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viernes, 2 de agosto de 2019

UN ARTICULO DEL HISTORIADOR CATALAN VICENS VIVES EN LA REVISTA FASCISTA DE GEOPOLÍTICA 1941


Uno de los más prestigiosos historiadores catalanes de la primera mitad del siglo XX, fue Jaume Vicens Vives. Las crónicas lo sitúan hoy, poco menos que como un regionalista moderado bien visto por el franquismo y con excelentes conexiones con el Opus Dei. Es posible que así fuera, pero tambien se olvida que, en la época, los mejores geógrafos y geopolíticos eran alemanes e italianos... por tanto, fascistas y nacional-socialistas. Vicens Vives colaboró de buen grado en sus publicaciones, un elemento que siempre se pasa por alto en las biografías y hagiografías que se le dedican. Como muestra de esta colaboración con los geopolíticos italianos, reproducimos este artículo aparecido en la revista italiana Geopolítica 1941, páginas 5-10. El artículo aparece en lengua española y con la traducción italiana a continuación. Lo hemos rescatado de aquella publicación para nuestros amigos. Hay que decir que Vicens Vives fue el introductor de la geopolítica en España y hasta no hace mucho, su manual sobre la materia ha constituido la única fuente de que disponían los estudiosos de esta disciplina como obra de referencia publicada en España.


Algunos caracteres geopolíticos de la expansión mediterránea de España

La adecuada comprensión de cualquier movimiento expansivo de los dos estados de la Península Hispánica (y no, simplemente, Ibérica), ha de basarse en el atento estudio de su estructura geopolítica interna y de su situación geofísica general. En nuestras primeras tentativas para fijar los rasgos esenciales de la Geopolítica española, hemos podido entresacar de la Historia y la Geografía la noción esquemática de la existencia de dos campos de fuerza geopolíticos que se cruzan, normalmente, en la Península Hispánica. Uno de ellos, el continental, orientado en la misma dirección que los meridianos, enlaza el Occidente europeo con el África Menor a través de España. El segundo brazo de la cruz, éste marítimo, vincula el Atlántico con el Mediterráneo, y proporciona a los pueblos peninsulares las dos salidas típicas de su expansión por las rutas del mar, las cuales han seguido fielmente en el curso de su existencia histórica. Y así, mientras las vías del Océano señalan los rumbos imperiales de la España de la Edad Moderna, las rutas del Mediterráneo guardan el sabor de la expansión geopolítica hispánica durante el Medioevo.

La política mediterránea de España desde el siglo XII, época en que los pueblos del Nordeste peninsular (los de la antigua Marca Hispánica transformada en Principado de Cataluña) emprendieron claramente una actividad marítima, ofrece rasgos peculiares de oscilación, tanto en la intensidad de los esfuerzos puestos a contribución para el logro de los fines geopolíticos básicos de la expansión transmediterránea, como en la misma selección de los objetivas a cubrir. En el curso de los muchos siglos de la Historia de España en el Mediterráneo es dable reconocer, por tanto, ciertas vacilaciones o indecisiones que en algunos momentos cruciales comprometieron las energías infinitas gastadas en el levantamiento tenaz y paulatino de la hegemonía hispánica con el Mediterráneo occidental. Ya en el mismo punto de partida de la expansión mediterránea de la Corona de Aragón, vemos a Jaime I segregar de sus posesiones peninsulares a las Baleares, recientemente conquistadas a iniciativa y con la cooperación militar entusiasta de los marinos del litoral catalán, a pesar de constituir aquel archipiélago un eficiente glacis de seguridad y el punto de apoyo para futuras empresas mediterráneas (1262). Algo más tarde, y ante una situación internacional confusa, Jaime II parece abandonar a su destino las recientes adquisiciones de la Corona de Aragón en Sicilia (1295). Luego es la política indecisa de los dos primeros Austrias españoles (siglo XVI) respecto al establecimiento del poder berberisco en África Menor, que mina la robustez de la estructura geopolítica del imperio hispánico en el Mediterráneo. En fin, la ciega sumisión a los tratados de Utrecht y Restado, que no logra remediar una última y desesperada tentativa del cardenal Alberoni sobre Cerdeña y Sicilia (1758), acarrea el hundimiento, quizás prematuro, de la hegemonía de España en las aguas del mar latino.


Frente a estas vacilaciones momentáneas, destacamos la perseverancia y continuidad en la acción de otros momentos más afortunados; notables en las directrices políticas de un Pedro el Grande, el héroe de 1285; de un Pedro IV, el reagrupador, en el siglo XIV, de las posesiones catalanas en el Mediterráneo; de un Alfonso el Magnánimo, el expugnados de Nápoles, que dio la tónica imperial a la expansión marítima de la Corona de Aragón; de un Fernando el Católico, el definitivo estructurador de este imperio. Nombres de monarcas que simbolizan los tenaces esfuerzos de los mercaderes y navegantes de Cataluña, Baleares y Valencia, en busca de nuevos campos para su actividad comercial y política.


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Toda política de expansión marítima en los tiempos modernos ha de contar con la aquiescencia irreductible del cuerpo entero de la nación. Se trata siempre de una obra de largo alcance, en que han de preverse reveses circunstanciales y han de superarse desfallecimientos eventuales, determinados por la dureza de la lucha en los mares y en las expediciones transmarítimas. Ya no se concibe cualquier forma de irradiación geopolítica en el Océano, motivada por el puro mecanismo de los intereses de las poblaciones de la costa. Es cierto que el litoral será siempre la antena sensible de las inquietudes marítimas de una potencia, pero su papel esencial estriba en transmitir tales inquietudes hacia el interior, conmover los órganos todos del Estado y, luego, servir de ariete a las necesidades vitales de la nación que ha logrado avivar y poner en marcha. Cualquier empresa marítima ha de reunir, en haz indestructible, marinos de la costa y campesinos de tierras adentro, ya que en ella se concentran, como en un dardo acerado, la potencia y la vitalidad biológica de un Estado.

Es posible encontrar la causa íntima de los vaivenes que antes hemos señalado en la política mediterránea de España, en la no conjugación perfecta entre el rumbo preconizado por las poblaciones de la fachada oriental de la Península y la orientación seguida muchas veces por los núcleos del interior. Gran parte de la inestabilidad de la expansión mediterránea de la Corona de Aragón se debe al hecho de que fue llevada a cabo casi exclusivamente por los navegantes del litoral catalán, sin contar con la cooperación entusiasta, armónica y eficiente del hinterland aragonés. Los éxitos mejores, los correspondientes a la época de los Reyes Católicos, pueden ser atribuidos a la sagaz combinación que realizaron esos monarcas, reuniendo a los esfuerzos tradicionales de la Corona de Aragón las energías y posibilidades de la Castilla dinámica y pletórica de vida de fines del siglo XV. Luego, la atracción de América y la primera “fiebre del oro” hicieron variar la ruta de los esfuerzos castellanos, y la política del Estado se canalizó hacia otras direcciones, juzgando suficientemente consolidada la posición mediterránea de España. Los síntomas de este error, revelados en el siglo XVII con los éxitos de las armadas holandesa, francesa e inglesa en el Mediterráneo occidental, y con los primeros indicios de la descomposición del Imperio en las revueltas de Nápoles y Sicilia, no fueron debidamente apreciados, ni tampoco contrarrestados por una potencia estatal ya en decadencia. Y ello dio paso a un siglo XVIII, en que no sólo perdiéronse Nápoles y Sicilia, sino, lo que es más grave, túvose, que ceder a naciones extrañas dos de las posiciones básicas de la política mediterránea de España: Gibraltar y Menorca.

Sería una conclusión prematura atribuir al núcleo castellano, a cuyo alrededor ha cristalizado el Estado español moderno, cierta incapacidad para orientar la política mediterránea de España. Desde que aparece a la vida histórica, Castilla propugna una política de expansión que la lleva de la meseta hispánica a las fachadas marítimas peninsulares. En esta directriz hay en parte, evidentemente, tendencias unificadoras del suelo de la Península, pero también se descubre en ella la ambición de lograr salidas a los mares circundantes, lo que corresponde al deseo de practicar una política marítima determinada. Respecto al Mediterráneo, Castilla busca desde el siglo XI una salida siguiendo el curso del Ebro; y ante el fracaso de su empeño en esta dirección —a causa de la formación de un núcleo estatal hegemónico en la depresión ibérica: la Corona de Aragón— se fragua una nueva salida al mar, mucho más al Sur, por la lampa fisiográfica que une la submeseta meridional con la fachada mediterránea de Alicante y Murcia: la Mancha y la depresión del valle del Segura (siglo XIII). Atribuyó el Estado castellano medieval tanta importancia a la posesión de este anden costero, que no transigió con las pretensiones y reclamaciones de la Corona de Aragón, cuya política se orientaba, después de la conquista de Valencia, a proseguir su expansión a lo largo del corredor litoral mediterráneo. Murcia quedó para Castilla, y desde el litoral murciano la España de la Edad Moderna desarrolló su política sobre África e Italia. Aun hoy día la importancia militar y naval de Cartagena es un testimonio vivo de la existencia de una política castellana propia en el Mediterráneo occidental.

Las mismas dificultades de Castilla para abrirse paso al Mediterráneo, explican las oscilaciones geopolíticas a que antes nos hemos referido, e indican la existencia de causas íntimas que, en ciertas ocasiones, han inutilizado los esfuerzos de España para desarrollar una política mediterránea eficaz y activa, conforme a su secular tradición en el Mare Nostrum. En primer lugar, hemos de destacar la peculiar estructura geográfica del reborde oriental del macizo hispánico. Como es sabido, la meseta hispánica forma un conjunto de peniplanicies elevadas, que se inclinan hacia el Oeste y el Atlántico. En su borde frontal levantino, la meseta cae hacia el mar por una serie de aterrazamientos, dispuestos en forma de peldaños montañosos, que se soldaron al macizo hispánico durante el Terciario, formando un conjunto orográfico denominado Sistema Ibérico. De contextura caliza, este reborde montañoso constituye un país de relieve abigarrado, donde los cursos de agua se abren difícil paso por profundas y abismadas hoces y gargantas. Por tanto, existen muy contadas vías naturales de comunicación entre la meseta y el Mediterráneo. Entre Madrid y Valencia, por ejemplo, ha sido muy difícil el establecimiento de rutas, a pesar de que, por su situación respecto a la meseta, la ciudad levantina parecería ser la desembocadura natural del interior de España a su fachada mediterránea.


En cambio, la Geografía ha impuesto otras rutas, mucho más dilatadas. Una de ellas, busca la depresión del Ebro siguiendo el valle del río Jalón, que afluye en el Ebro cerca de Zaragoza, y, habiéndolo alcanzado, la aprovecha para proseguir hacia el litoral catalán (Barcelona o Tarragona), no sin antes haber tenido que superar los cordales montañosos de las cadenas costeras de Cataluña. A esta ruta, que podríamos llamar Centro-Nordeste, forma complemento la que se abre hacia el Sudeste, y que como hemos indicado constituye la vía natural de acceso de la meseta al Mediterráneo; por la Mancha y el valle del Segura, salvando las alineaciones montañosas del Sistema Bético, conduce a los puertos meridionales de la fachada levantina mediterránea: Alicante y Cartagena. No hacemos referencia a los enlaces de la meseta con la costa meridional (Almería, Málaga, Algeciras), porque en este caso habríamos de profundizar en un tema que cae fuera del objeto del presente estudio: el problema del Estrecho.

A la dificultad de rápidas comunicaciones entre los núcleos sensibles del litoral mediterráneo con los centros rectores del interior de España, cabe añadir otra, de no menor significación: la distribución desigual de las franjas de humanidad desde la costa a la meseta. No hacemos hincapié en la diferencia de géneros de vida (en la costa: industria o agricultura intensiva de cereales), porque a juicio nuestro esta actividad distinta sirve para el adecuado complemento económico de la vida peninsular. Pero sí queremos hacer notar la existencia de una zona de débil densidad humana que se orienta de Norte a Sur, desde Huesca a Albacete, paralelamente al litoral y correspondiente en muchos casos con la zona fisiográfica del Sistema Ibérico. Barrera geopolítica formidable, tanto por su impermeabilidad al tránsito como por su vacío humano. Son comprensibles las dificultades con que lucha la costa para transmitir sus impulsos geopolíticos a los núcleos de la meseta a través del hinterland citado.

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En los siglos de preponderancia hispánica en el Mediterráneo, iniciada con la expansión de los catalanes hacia Levante, se llegó a una estabilización geopolítica determinada, que nosotros hemos calificado de “vertebración hispánica del Mediterráneo occidental”. En la cuenca de este mar sólo son posibles dos estructuras geopolíticas permanentes. Una, cuyo eje básico está tendido de Norte a Sur, vincula Francia al África Menor; tal fue la construcción política imperial francesa en el siglo XIX: Marsella-Argel. Otra, la tradicional y mucho más estable, la creada por Roma, de Este a Oeste, en el siglo III antes de nuestra Era, y la utilizada por España, de Oeste a Este, desde el siglo XIII, que es transversal y se apoya en los reductos isleños del Mediterráneo: Sicilia-Cerdeña-Baleares. No hablamos de otra estructuración geopolítica actual, la inglesa, apoyándose en Gibraltar y Malta, ya que no se trata de verdadera vertebración mediterránea, sino de un mero dispositivo estratégico para defender y salvaguardar una determinada ruta marítima.

La consideración histórica del establecimiento de la hegemonía hispánica en el Mediterráneo occidental permite poner de relieve los rasgos íntimos de la vertebración geopolítica del sistema imperial hispánico. A principios del siglo XIII la Península no poseía ningún punto firme en el Mediterráneo, a excepción del litoral de Cataluña. A fines de la misma centuria, la Corona de Aragón ha logrado poner pie en dos bases esenciales: las Baleares, que cubren la fachada peninsular, y Sicilia, que domina la comunicación entre las dos cuencas del Mediterráneo. La conquista de Cerdeña en el transcurso del siglo XIV y primeros decenios del XV, robustece la línea directriz de la expansión de España: queda constituido el eje Baleares-Cerdeña-Sicilia. Al mismo tiempo, la definitiva conquista de Gibraltar pone en manos de Castilla la llave del Estrecho. Al producirse la unión de las Corona de Aragón y Castilla, el Estado español moderno asegura formalmente la estructura hispánica del Mediterráneo occidental y garantiza los flancos de su línea vertebral: al Norte, queda protegida por la conquista de Nápoles y la alianza con Génova; al Sur, por la conquista de las fortalezas piráticas del África Menor. Teóricamente, por tanto, las líneas geopolíticas que representarían la verdadera contextura del predominio hispánico en el Mediterráneo, serían tres, todas orientadas, en términos generales, de Noroeste a Sudeste: Córcega-Nápoles; Cataluña-Raleares-Cerdeña-Sicilia; y Cartagena-Orán. La posesión total de las plazas del Estrecho (Gibraltar, Ceuta y Tánger), al producirse la unión de Portugal con España, estructura sólidamente la coherencia del conjunto mediterráneo frente a cualquier tentativa atlántica.

En la actualidad sería empeño quimérico pensar en una restauración integral de este conjunto geopolítico, que se hizo posible por una eventual decadencia de Italia. Sin embargo, en un momento de revalorización mediterránea, España no puede olvidar su rango tradicional en las aguas del mar que antaño señorearon sus naves catalanas y levantinas. Un nuevo impulso vital ha de permitir la superación de las vacilaciones que arruinaron una obra de siglos. Con su aportación espiritual y humana, España puede contribuir al resurgimiento pleno de las posibilidades mediterráneas en el marco de los pueblos estrictamente mediterráneos.

JAIME VICENS VIVES

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Reflexiones sobre la crisis de España


Reflexiones sobre la crisis de España - Ernesto Milá - E–Book.- Desde hace ya unos meses circula en las plataformas digitales de e–Book un libro de Ernesto Milá dedicado a la crisis histórica de España y a sus posibilidades de superación (para adquirirlo pulsar: http://amzn.to/18rxF7W). Para saber algo más sobre las tesis contenidas en esta obra hemos entrevistado a Milá

– ¿Tu crees que a estas alturas la crisis de España le interesa a alguien?

– A veces tengo mis dudas. Lo normal sería que la crisis de España interesara… a los españoles. Pero no es del todo evidente a la vista de que la inmensa mayoría de los españoles están visiblemente vueltos de espaldas al futuro de su país y desinteresados por él. España tiene un déficit histórico de despreocupación de los españoles por su propio destino.

– ¿Cuándo se inicia esa despreocupación?

viernes, 7 de diciembre de 2012

RENOVAR LA IDEA DE ESPAÑA (I de V) - EL DRAMA HISTÓRICO DE ESPAÑA Y EL DRAMA ECONÓMICO ACTUAL


Lo hemos escrito en varias ocasiones, la idea de España no se ha renovado desde hace 121 años. Prácticamente, después de 1898 la idea de España no ha sufrido aportaciones nuevas a pesar de que España haya cambiado extraordinariamente y que el mundo lo haya hecho todavía más. Y esta reflexión es extremadamente importante porque una “nación” es especialmente una “misión” y un “destino”. La definición de Ortega y Gasset, popularizada por José Antonio Primo de Rivera, según la cual España es “una unidad de destino en lo universal”, implica tener muy claro cuál es ese “destino”. Y hoy las ideas del 98, ya no sirven para alumbrar el futuro de España en el siglo XXI porque el mundo es muy diferente de cómo lo era hace 121 años. De ahí que desde hace tiempo hayamos sostenido que la crisis de España es, sobre todo, la crisis de la “idea de España” y la incapacidad de los pensadores “patriotas” para abrir senderos nuevos. El día de la constitución (no merece mayúsculas un contrato incumplido del que España ya ha tenido muchas versiones en 200 años) nos ha animado a hacer algunas reflexiones en este sentido.

1) Tierra o Mar

El drama histórico de España consistió en ignorar la ley básica de la geopolítica, aquella que distingue entre naciones “marítimas” y naciones “continentales”, es decir, aquellas que dan más importancia a su expansión oceánica y aquellas otras que la dan a su expansión terrestre. En España, a partir del siglo XVI y hasta el XVII, se combatió entre dos frentes: de un lado en la conquista y colonización de América, de otro en las guerras europeas. Era evidente que España ni poseía la capacidad demográfica, ni la riqueza suficiente, ni existía una mentalidad en las masas capaz de asumir un desafío de tal magnitud que ningún país ha podido soportar jamás.

La nitidez y la duplicidad de este combate desangraron España durante dos siglos y fue precisamente en 1898 hasta donde se prolongó la agonía imperial. Luego, en el siglo XX, España fue incapaz de definir ese aspecto axial de nuestro pasado y de nuestro futuro: ¿nación continental o nación marítima? Dio, por un momento, la sensación durante el franquismo de que el impulso decidido a los astilleros, era el síntoma de que España había optado por un enfoque marítimo. El plan de renovación de la Armada elaborado a finales de los 60 pareció confirmar en esa dirección, pero al llegar la transición todo esto se difuminó y las necesidades de nuestra defensa, de nuestra industria y de nuestros intereses, se situó en el furgón de cola de la OTAN y se supeditó a los intereses de las Comunidades Europeas (hoy UE).

Ahora hace falta reconocer el error histórico que supuso el intentar compaginar durante el reinado de los Austrias el enfoque terrestre y el marítimo. Heroísmos aparte y asumiendo el hecho de que el legado de la historia es irrenunciable, la aventura colonial en América y las guerras de religión se nos aparecen hoy como insensatas. Y la alternativa pendiente de nuestra historia es precisamente el elegir por uno u otro enfoque, a la vista de que la experiencia histórica mundial enseña que es tan imposible luchar en dos frentes al mismo tiempo como el asumir dos empresas históricas tan antagónicas como titánicas.

No es raro que se trate de un episodio irresuelto de nuestra historia porque la situación geográfica de España parece configurarla como algo “descolgado” de Europa con quien estamos unidos solamente por los Pirineos (si olvidamos que la orilla occidental nos sitúa como integrantes del “estanque mediterráneo”). El hecho de que estemos rodeados de aguas por casi todas partes nos determina, pues, como “nación marítima” y, por tanto, nuestro impulso esencial debería de haberse situado en la construcción de una gran flota que garantizara la seguridad de los mares y asegurara la integridad de nuestras rutas comerciales.


Pero la destrucción de la Armada Invencible cortó ese sueño y, a partir de ese momento, el Imperio Español jamás estuvo en condiciones de garantizar la seguridad de las rutas marítimas con Iberoamérica. Esta situación se prolonga todavía hoy: carecemos de una marina de guerra en condiciones de garantizar algo más que la vigilancia de nuestras costas. La indecisión a la hora de habilitar un presupuesto capaz de convertir a nuestra marina de guerra en hegemónica en el eje estratégico Baleares – Estrecho – Canarias y de garantizar la seguridad marítima en los tránsitos hacia el Atlántico Sur, así como el hecho de que ni Portugal, ni Brasil, ni Argentina (países con los que sería posible establecer alianzas estratégicas interoceánicas) cuenten con una marina en condiciones de garantizar la seguridad en el Atlántico Sur, suponen dificultades casi insuperables para convertir a España en “potencia oceánica”. Y sin esto, el comercio con Iberoamérica pende de un hilo y no puede ser considerado en ningún caso como la orientación histórica que hoy se pueda asumir sin riesgos y con seguridad.

Por otra parte, la irrupción del Islam como fuerza política en el norte de África, especialmente en Marruecos, Mauritania, Mali y Senegal, hace que nuestra penetración hacia el Sur (que en buena medida sería una penetración naval) sea completamente imposible y extremadamente limitada. Harina de otro costal hubiera sito si con posterioridad a la Reconquista hubiera continuado el arrinconamiento del Islam en el Magreb Occidental para garantizar que la seguridad del Mediterráneo Occidental y el paso por Gibraltar estaban completamente en manos de España.

Las naciones “marítimas”, habitualmente determinan la aparición de imperios comerciales (Atenas, Cartago, EEUU) y plutocracias democráticas. Pero, como decían los antiguos alquimistas “para fabricar oro es necesario poseer el oro”, y España ni ayer ni hoy ha tenido los recursos económicos suficientes como para poder afrontar la construcción de una marina de guerra, algo que hoy es más caro que nunca (salvo que se renuncie a la construcción de navíos de superficie y se centren los presupuestos en el arma submarina. Hoy, las limitaciones económicas siguen impidiendo la realización de un plan de esta magnitud.

Así pues, inicialmente, España estaría obligada a ser una “potencia terrestre”. Pero en la actualidad, la mala negociación del acuerdo de adhesión a la Unión Europea, gestionado de manera irresponsable por el gobierno de Felipe González, nos confinó a un lugar “periférico” dentro de Europa: vimos como nuestra industria estratégica (altos hornos, industria pesada, astilleros, minería) quedaba completamente liquidada y nos transformamos en un mero país de “servicios”, geriátrico de Europa, dotado de actividad económica de escaso valor añadido (turismo y construcción) y poco más.

Por ello, nuestro drama actual, radica en que, sea como fuere, por imperativos históricos del pasado remoto, o por condicionamientos debidos a los errores de los últimos gobiernos democráticos, el hecho es que estamos en malas condiciones de asumir cualquiera de las dos orientaciones.

Europa está “cerca” geográficamente y, por tanto, con ella es con quien estamos obligados a tener la mayoría de intercambios comerciales. Sin embargo, con América nos une una lengua cada vez más extendida (especialmente con la América que “interesa” y que no es, desde luego, la andina, sino la ribereña del Atlántico y del Pacífico a la vista de que en amplias zonas del interior, se ha extendido entre las capas indígenas la idea de que la miseria actual de esas poblaciones radica en la etapa de colonización), incluso en el Norte.

En EEUU, la expansión de los núcleos hispanos es imparable y las tres últimas elecciones presidenciales indican que quien quiera ser presidente de los EEUU debe hacer campaña en castellano o al menos simular que lo habla. Los hispanos constituyen, sin duda, la mayor contradicción interior de aquel país: los hispanos rompen, no sólo la unidad lingüística, sino también la unidad cultural y de valores de los EEUU. A los valores “blancos, anglosajones y protestantes” que hasta ahora han sido hegemónicos allí, se están superponiendo los valores “cristianos, hispanos y criollos” apoyados en una lengua que muestra una extraordinaria potencia en los EEUU. Se engañan quienes piensan que la minoría hispana va a tener el mismo destino, subordinado y marginal, de los afroamericanos.

España no puede permanecer al margen del destino de las comunidades hispanas al otro lado del Atlántico, pero el drama es que no lo puede hacer en solitario. Así pues –si de lo que se trata es de una orientación oceánica y marítima- de lo que se trata es que una diplomacia agresiva al servicio de un gobierno fuerte labre pactos y acuerdos especialmente con Portugal, Argentina, Brasil, Chile y Venezuela. Solo a través de acuerdos de este tipo valdría la pena lograr la revitalización marítima de España. De lo contrario habría que renunciar a este tipo de orientación y centrarse en la exclusivamente terrestre.


Una orientación de este tipo pasa por una renegociación del acuerdo de adhesión a la UE y porque España recuperara el viejo proyecto de liderar a los países de tamaño medio de la UE para alterar la actual hegemonía franco-alemana, cortar cualquier acuerdo preferencial con terceros países que menoscabara los intereses de España (especialmente con Marruecos, Argelia, Túnez e Israel), o simplemente separarse de la UE, arrastrando a los países de tamaño medio y presentando una alternativa (que no puede ser sino la formación de un eje euro-ruso de espaldas a la Europa atlantista que se limita a permanecer a remolque de los EEUU a través de la OTAN.

Excluimos por obvias razones culturales y antropológicas, la segunda opción que sería separarse de la UE y orientarse hacia el mundo árabe y que a medio plazo impondría como alto precio la pérdida del perfil histórico y de la identidad española. Así mismo, no hay que perder de vista que la orientación marítima siempre da lugar a gobiernos oligárquicos y plutocráticos, mientras que la orientación terrestre genera una mayor valorización de la idea del Estado. Se trata, por tanto, de ser conscientes de estas repercusiones en el terreno político: porque puede ocurrir que un país tenga vocación comercial y marítima, pero su idiosincrasia no sea la más adecuada para desembocar en la organización en torno a oligarquías plutocráticas. Y puede ocurrir, así mismo, que una orientación “terrestre” sea inviable porque existe en las masas un espíritu anárquico e inorgánico que impida la creación de un Estado fuerte.

Así pues, esta pregunta de cuál es la orientación geopolítica de España no puede cerrarse completamente en el momento en este momento y lo recuperaremos de nuevo al final de este estudio.

2) Modelo económico

La orientación geopolítica de España (potencia naval o terrestre) tiene, como hemos visto, una íntima repercusión, en el plano económico. No todos los proyectos pueden realizarse porque la dimensión de nuestra economía es cada vez más limitada y en los actuales momentos de crisis se ha revelado como extraordinariamente frágil.

En los últimos 10 años hemos sostenido que el modelo económico de España adoptado desde 1996 y que supone una renovación parcial del proyecto franquista (esto es, crear una economía cuyo motor sea la construcción y el sector turístico, la hostelería) era un modelo económico erróneo que nos llevaría, antes o después, a la ruina. Este momento ha llegado ya y se ha agravado a causa de la crisis económica generada por la imposible globalización.


Hemos sostenido, igualmente, que no saldremos de la crisis económica hasta que no estemos en condiciones de enunciar un nuevo modelo económico de sustitución. Y este es el segundo problema que debe afrontar un proceso de reconstrucción nacional. Tampoco aquí está muy clara cuál es la salida. El zapaterismo, intentó conjugar al mismo tiempo el modelo económico heredado del aznarismo (ladrillo, salarios bajos, inmigración y acceso fácil al crédito) ampliando incluso la presencia de algunos de sus elementos (inmigración masiva) con un modelo idealizado e imposible basado en I+D+i. Incluso las propuestas de Vox en materia económica van en la misma dirección que el aznarismo de hace veinticinco años: ladrillo-ladrillo-ladrillo. Poco, desde luego. Nada para el futuro.

El intento zapaterista suponía ignorar que desde hace casi 40 años nuestro sistema educativo está en crisis, que estamos a la cola de Europa en materia educativa, que el fracaso escolar y los estudios en carreras “de letras” con pocas salidas profesionales, son el elemento dominante en nuestro panorama juvenil y que, por todo ello, nuestro modelo económico (por el momento y mientras el sistema educativo no renazca de sus cenizas) está condicionado por la baja calidad de la formación de la mayoría de nuestros jóvenes. Un panorama de I+D+i solamente podría realizarse con una masa juvenil capacitada para asumir trabajos en ese sector y bien remunerados… lo cual no tiene nada que ver con la situación actual en la que nuestros jóvenes mejor preparados o no encuentran trabajo en España o se trata de trabajo mal pagado y eventual, obligándoles en ambos casos, a mirar a otros países europeos o americanos.


Por otra parte, mientras la globalización no sea definitiva y completamente abolida en la ordenación económica mundial, no podemos aspirar a una reindustrialización en la que los costes de producción siempre resultarían superiores a los que ofrecen hoy los países (especialmente extremo-orientales) que han ido configurándose como “factoría mundial”.

No hay, así mismo, la menor duda, de que la transformación de las economía occidentales de productivas en especulativas, no redunda en beneficio de la Unión Europa y, mientras el PIB sea la medida del “bienestar económico” y no la “renta per cápita”, la estructura sociológica de Europa será una clase madia cada vez más comprimida por la fiscalidad y reducida en número, una oligarquía económica cada vez más restringida pero cada vez más poderosa y unos grupos sociales poco competitivos, compuestos mayoritariamente por jóvenes y mayores de 45 años, sin trabajo estable, ni posibilidad de acceder a los escaparates de consumo.


A esto se une el problema de la inmigración masiva. Nuestra sociedad está todavía más fragmentados por la introducción con calzados de media docena de grupos étnicos no europeos (negro-africanos, magrebíes, orientales, indígenas sudamericanos, musulmanes de medio y extremo oriente, gitanos rumanos) que contribuyen a convertir nuestra sociedad en un mosaico carente de intereses comunes y en el que paradójicamente, el conjunto de origen español se declara “anti-racista”, pero cada grupo no europeo está interesado solamente en la defensa de sus intereses étnicos…


Así pues, es preciso plantearse objetivos a corto y a medio plazo. A corto plazo hay que tener en cuenta que, salvo la acumulación de población en las costas, la realidad es que buena parte del interior de España está despoblado o en vías de despoblación, especialmente en zonas de Castilla la Vieja y Aragón. En estas zonas existiría riqueza agrícola si existiera población y capitales suficientes para explotarla. Lo que estamos proponiendo es que la economía española reconozca su realidad y el hecho de que, si se quiere dar una salida a millones de jóvenes con formación muy precaria y en situación de paro, no tiene más remedio que retornar a un modelo económico en el cual el sector primario (relacionado con los recursos naturales y su transformación).

Esto implica, en primer lugar, renegociar el acuerdo de adhesión a la UE, obteniendo el reconocimiento de España como “factoría alimentaria de Europa” y, en segundo lugar por vetar y denunciar cualquier acuerdo suscrito por la UE con países del Magreb, Sudáfrica o con Israel. La importación de frutas, verduras, hortalizas, ganado vacuno y ovino, que pueda ser cultivado o criado en España no debe de ser objeto de importaciones procedentes de esos países.

El objetivo a medio plazo no es menos evidente y necesario: se trata de que la UE denuncie la globalización y se emancipe de ella. Esto solamente ocurrirá cuando se reduzca la dependencia de la economía financiera y cuando Europa se sustraiga completamente a las influencias y a las leyes de la alta finanza internacional, de los “señores del dinero” y de las grandes instituciones financieras mundiales (FMI, Banco mundial, especialmente). Europa debe convertirse en una “unidad económica” capaz de disponer de un mercado interior potente, reduciendo al mínimo las importaciones procedentes del exterior de ese espacio.

La lección de la crisis de 2008 no ha sido aprendida ni asimilada, ni por la clase política, ni por la población. En aquel momento, el sector de la construcción cayó con el estallido de la burbuja inmobiliaria. Y, si bien es cierto, que nunca más se volverán a generar procesos hipertróficos como el que vimos entonces, lo cierto es que, en la actualidad (2019) estamos viendo un repunte del sector que augura una próxima reproducción de aquella crisis en una escala menor.
Así mismo, el sector de hostelería, corre el riesgo de disminuir su actividad en los próximos años, a causa de la competencia de los países de Europa Central y de los Balcanes y lo único que nos permitirá seguir recibiendo turistas es bajando el listón, abaratando costes para atraer a turismo de aluvión, litrona y bocata que llega a España con los fortaits ya cerrados. Una perspectiva absolutamente indeseable, pero a estas alturas el pretender atraer a “turismo de calidad” ya parece demasiado remoto como para poder actualizarse. Desde los años 60, el turismo que ha venido a España ha sido siempre “de aluvión” y a estas alturas, las infraestructuras turísticas ya están diseñadas para ese perfil, con lo que resulta prácticamente imposible rectificar y enderezar un fenómeno que desde el principio se torció.

Por lo tanto, resumiendo, desde el punto de vista del modelo económico, las dos opciones que pueden asumirse son: énfasis en el sector primario con recolonización de los espacios interiores del país, renegociación del acuerdo de adhesión a la UE priorizando a España como “granero y despensa de Europa”, facilitar la ruptura de la UE con la economía globalizada mundial y en especial lucha contra los centros financieros internacionales, constitución de Europa como “gran espacio económico”, ajeno e independiente de la globalización.

Segunda Parte

3) ¿Con Europa o contra Europa?
4) ¿Qué modelo político?
5) ¿Nacionalismo o patriotismo?
6) ¿España con Portugal?
7) ¿Qué enfoque cultural?

© Ernesto Milà – infokrisis – ernesto.mila.rodi@gmail.com – Artículo revisado el 11.06.2019.