Info|krisis.- El 5 de mayo de 2016, después de
una amplia campaña publicitaria se estrenó en Netflix la serie de TV
Marseille, compuesta por ocho de episodios de lo que puede considerarse “ficción
política”. Las críticas en Francia oscilan entre lo negativo o lo muy negativo.
Lo entendemos perfectamente. Los diálogos son flojos, casi de cartón piedra,
demasiado tópico para ser creíble, el guion es previsible y ni siquiera
introduce alguna sorpresa digna de tal nombre capaz de alterar la mediocridad
del conjunto. Falla el guión, no falla el presupuesto, ni los actores, ni la
fotografía. Era una apuesta demasiado arriesgada de Netflix (productora al mismo tiempo de la serie) y el resultado
–por lo menos según la crítica– es ampliamente negativo.
Netflix se proponía realizar algo parecido a House of Cards, sólo que ambientado en Europa. Pero los parámetros son muy diferentes.
Washington –escenario privilegiado de las tropelías del “presidente Francis
Frank J. Underwood”– no es Marsella, ni el presidente de los EEUU es un alcalde
regordete y desaliñado. Ciertamente, tanto el imperio americano como el
ayuntamiento de Marsella son instituciones en crisis, pero la cúspide de los
EEUU es mucho más glamurosa que el ayuntamiento de una ciudad cada vez más
multicultural. Si Netflix pensaba que
era posible denunciar la corrupción y la mala calidad de la clase política
europea, denunciar los golpes bajos electorales, la ausencia completa de ética y
la psicopatía anidada en el código genético de los políticos al uso o la
volubilidad del electorado, cambiando a Kevin Spacey por Gérard Depardieu y la
Casa Blanca por el Ayuntamiento de Marsella, se han equivocado.
