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jueves, 12 de mayo de 2022

Ernst Jünger - Elementos para una biografía política - F. Kister (3 de 3) - FRASES DE JÜNGER - LA ÚLTIMA ENTREVISTA EN LENGUA CASTELLANA


 CONSTANCE

Entre las dos guerras, Jünger se había lanzado a cuerpo descubierto en la política. A los cien años, durante una entrevista en 1994, Jünger declaró, a propósito de Heidegger, que el escritor debía tomar sus distancias en relación a la política, a fin de no dejarse contaminar. ¿Disgusto, dejadez o distanciamiento?

Numerosos críticos distinguen dos Jünger, el del compromiso político y el de la “emigración y el exilio interior”, como si una brusca ruptura hubiera escindido su vida en dos trozos. Nosotros queremos, por el contrario, subrayar la continuidad de su pensamiento. Ciertamente, ha conocido una larga evolución que le llevó del compromiso total del soldado y del político, hasta el distanciamiento casi absoluto. Sin embargo, discernimos varias características constantes del personaje.

Primeramente el recurso al sueño y al viaje. Un lazo estrecho une al Wandervogel que recorría los campos con el viejo sabio que se entregaba a las cacerías sutiles. Durante toda su existencia, se evadió en el terreno de los sueños. Su búsqueda le condujo incluso a los paraísos artificiales de las drogas. Su obra está repleta de anotaciones oníricas y algunos textos están inspirados por sueños. A más de cien años, su capacidad para maravillarse ante el mundo permaneció intacta, tal como testimonia la dulce sonrisa que mostraba al estar con sus queridos insectos.

Su ética aristocrática ha atravesado todo el siglo XX. A pesar de las pruebas y de las heridas, la más cruel de las cuales fue la pérdida de su hijo Ernstel, supo conservar su rigor moral y su libertad de espíritu. Siguió siendo siempre el “anarquista prusiano”.

Desgraciadamente, la aspiración a la pureza y al espíritu de independencia, llevados tan lejos, le impidieron realizar una acción práctica y política.

Amigo fiel, no abandonó a Niekisch, ni a Heidegger, aunque no aprobó la postura política de este último. Teniendo horror a la democracia parlamentaria, enunció su pensamiento rechazando la polémica verbal. Espíritu libre, rechazó toda sujeción o compromiso a un partido o a un régimen. Anti-burgués, desarrolló su personalidad en detrimento del individualismo.

El encuentro con la técnica, muy ambivalente, a la vez creadora y destructora, marco toda su obra, desde Tempestades de Acero a Eumeswil. Como soldado la afrontó en los campos de batalla, como Trabajador quiso domesticarla, el Rebelde la despreció, finalmente el Anarca la utilizó, por medio del Luminar, para completar el Eterno Retorno.

Desde su juventud, conservó la actitud distante que hizo de él una figura hierática. El observador impasible que contempla las tempestades de acero es el mismo que observa al Cóndor. Sin embargo, participaba en los acontecimientos, pero su retiro le permitía quizás preservarse de su violencia. Su propio dolor se convirtió en tema de estudio, cuando, tras morir Ernstel, escribió: “Me pregunto lo que todavía podría dañarme”.

¿Qué podemos añadir sino que sin tales hombres, la Humanidad, correría el riesgo de no tener ningún respeto por sí misma?

TRABAJOS CONSULTADOS

BANINE (Umm El), Ernst Jünger aux faces multiples, Lausanne, 1989, 213 p.

BRUDER (Lou), « Une entrée en matière », en Magazine littéraire, n° 324, 1994, p. 48-50

DE BENOIST (Alain), « Ernst Jünger: la figure du travailleur entre les dieux et les titans », en Nouvelle école, 40, 1983, p.11-61

DE BENOIST (Alain), Ernst Jünger. Une bio-bibliographie, Paris, 1997, 186 p.

DUPEUX (LOUIS), National-bolchevisme dans l’Allemagne de Weimar (1919-1933), Paris, 1979, VII-743 p. en 2 tomes

HERVIER (Julien), « Ernst Jünger et la question de la modernité », en La Révolution conservatrice dans l’Allemagne de Weimar, dir Louis Dupeux, Paris, 1992, p. 61-73

HERVIER (Julien), « Nazisme et littérature : les figures du mal dans l’oeuvre romanesque de Ernst Jünger », en La révolution conservatrice dans l’Allemagne de Weimar, dir Louis Dupeux, Paris, 1992, p. 353-359

HERVIER (Julien), Deux individus contre l’Histoire. Drieu La Rochelle, Ernst Jünger, s.l., 1978, 485 p. 151

HERVIER (Julien), « Le grand tournant », en Magazine littéraire, 324, 1994, p. 37-40

JÜNGER (Ernst), « Leipzig », in Magazine littéraire, 324, 1994, p. 52-58

KALTENBRUNNER (Gerd Claus), « Ernst Jünger : une existence mythique », en Nouvelle école, 48, 1996, p. 20-25

MÖHLER (Armin), La Révolution conservatrice en Allemagne (1918-1932), Puiseaux, 1993

MÖHLER (Armin), « Le cas Ernst Jünger (1961) », en Nouvelle École, 48, 1996, p. 43-47

PALMIER (Jean-Michel), Weimar en exil. Le destin de l’émigration intellectuelle allemande antinazie en Europe et aux Etats-Unis, Paris, 1988, 2 tomos

PALMIER (Jean-Michel), « Le chasseur de cicindèles », en Magazine littéraire, 324, 1994, p. 40-45

PLARD (Henri), « Une oeuvre retrouvée d’Ernst Jünger: Sturm », en Etudes germaniques, 23e a., 1968, n° 4, p. 600-615

PONCET (François), « L’archipel jüngérien », en Nouvelle école, 48, 1996, p. 26-30

RIHOIT (Xavier), « Un réquisitoire contre l’esprit bourgeois », en Eléments, 70, 1991, p. 39-41

ROZET (Isabelle), « Un destin allemand », en Enquêtes sur l’histoire, 20, 1997, p. 16-18

SAATDJAN (Dominique), « Heidegger : une lecture du Travailleur », en Magazine littéraire, 324, 1994, p. 45-47

SAGNES (Nora) et TOWARNICKI (Frédéric), « Chronologie (de Ernst Jünger) », en Magazine littéraire, 324, 1994, p. 28-33

SANCHEZ PASCUAL (Andrés), « Entretien avec Ernst Jünger (1995) », in Nouvelle école, 48, 1996, p. 14-19

SCHWARZ (Theodor), Irrationalisme et humanisme. Critique d’une idéologie impérialiste, Lausanne, 1993, 131 p. (traduction de Irrationalismus und Humanismus. Kritik einer imperialischen Ideologie, Zurich-New York, 1944)

TOWARNICKI (Frédéric), « J’ai l’habitude d’être suspect », in Magazine littéraire, 324, 1994, p. 22-27

VENNER (Dominique), « La figure même de l’Européen », en Eléments, 83, p. 38-41

WALTER (Georges), « Visite à Wilflingen (1976) », en Magazine littéraire, 324, 1994, p. 34-37

WANGHEN (Pierre), « Jünger et la France », en Nouvelle école, 48, 1996, p. 31-42

Algunas frases de Jünger:

“La incursión en la anarquía es tan instructiva como la primera aventura amorosa o el primer combate, estos primeros contactos tienen en común la derrota, que suscita fuerzas nuevas y superiores.”

“La palabra que está de moda por el momento es postmodernidad; designa una situación que existe desde siempre. Se llega ya a ella cuando una mujer se coloca en la cabeza un sombrero nuevo.”

“Más profundo que la palabra es el silencio.”

“Nada es más peligroso que la riqueza sin poder”

“Un error sólo se convierte en falta cuando se persevera en él.”

“Lo que llama la atención en las utopías de nuestro siglo es que se presentan con el estilo de la ciencia y que son pesimistas.”

“También hay que prevenir contra los historiadores; se envilecen hasta el punto de convertirse en meros peones y cómplices del periodismo.”

“Necesito autoridad, aunque no crea en ella.”

"La resistencia espiritual no es suficiente. Hay que contraatacar"

“Hay que prevenir contra los historiadores; se envilecen hasta el punto de convertirse en meros peones y cómplices del periodismo”.

“El monarca quiere dominar a muchos; el anarca, sólo a sí mismo”

“Día a día se agrava mi aversión secreta hacia todo lo que rinde beneficios. Leer y soñar, estos narcóticos eran mis antídotos, pero las regiones en que son posibles los actos me parecían definitivamente fuera de su alcance”.

“No podemos escapar de nuestras fronteras o de nuestro ser más íntimo. Es cierto que podemos ser transformados, pero vamos a caminar siempre dentro de nuestras fronteras, dentro del círculo marcado”.

“La perfección humana y la perfección técnica son incompatibles. Si luchamos por uno tenemos que sacrificar a la otra: existe, en todo caso, una ruptura de los caminos. Quien consiga comprender esto hará que un trabajo más limpio, de una manera que la otra”.

“Hoy en día sólo la persona que ya no cree en un final feliz, sólo uno que renunció conscientemente, es capaz de vivir. Hay un siglo feliz; pero hay momentos de felicidad, y no hay felicidad en el momento.

“Así son las cosas: los años de buena cosecha son también los años de vileza”.

“Allí donde se extingue la identidad individual, no hay castigo ni recompensa”.

“La voluntad es ciega, el dolor es miope”.

“Llegué a la conclusión de que un solo ser humano, entendido en su profundidad, que da generosamente los tesoros de su corazón, pone en nosotros más riquezas que las César o Alejandro nunca pudieron conquistar. Este es nuestro reino, la mejor de las monarquías, la mejor república. Aquí está nuestro jardín, nuestra felicidad”.

La última entrevista con Jünger en lengua castellana

-  Dentro de unos días cumplirá usted cien años y está considerado como el intérprete extraordinario de un siglo ecléctico y lleno de aventura, como eclécticas y aventureras han sido, en el fondo, su vida y su obra. ¿Qué impresión le produce haberlo atravesado por entero?

- Nací en 1895, el mismo año en que Röntgen descubre los rayos X y estalla el asunto Dreyfus. El descubrimiento de Röntgen da nacimiento al siglo de la técnica. Por primera vez se puede mirar en el interior de la materia y observar aquello que el microscopio no permitía ver. Sin Röntgen no habríamos tenido el desarrollo de la investigación sobre el átomo, no se habría conseguido su escisión ni se habría podido pensar en la fisión atómica. Un pequeño gran gesto científico está, como pueden ver, en el origen de la modernidad de este siglo. En cuanto a Dreyfus, se puede decir que el asunto que se desató alrededor de su caso marca de manera decisiva la historia de la democracia como una victoria de la opinión pública crítica contra las fuerzas conservadoras.

- ¿De qué manera lo han marcado estos dos acontecimientos, si se puede utilizar esta expresión?

- Digamos que se trata no tanto de asuntos en los que me haya interesado como del aire mismo que he respirado. Recuerdo que en las conversaciones con mis padres, durante las comidas, en los albores del nuevo siglo, esos dos asuntos eran los temas centrales. Se hablaba del asunto Dreyfus y se discutía sobre los nuevos descubrimientos científicos, dado que mi padre era químico. Era inevitable que desde niño mirase con atención todo lo novedoso que ocurría, intuyendo y presagiando lo que acontecería a continuación. En aquel entonces reinaba un gran optimismo: se decía que este siglo sería el del Gran Progreso. Y lo que deterioró esa confianza no fue tanto la Primera Guerra Mundial como la Segunda. El cambio esencial de nuestro siglo se ha producido precisamente a partir de su mitad, desde 1945 en adelante.

- Es singular esta manera suya de fechar. Normalmente se considera que la desconfianza ante la idea del progreso se manifestó a principios de los años veinte, inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial. Y no es casual que precisamente Alemania, que había salido del conflicto derrotada, se convirtiese en una especie de guía espiritual que desarrolló una crítica muy pesimista acerca de los valores del progreso.

- En el plano filosófico y literario, en las grandes visiones de la historia y en el pronóstico sobre el futuro de la civilización, el tema del "Kulturpessimismus" (pesimismo cultural) había surgido ya con anterioridad y tuvo en Spengler su expresión más vigorosa y nítida. De la idea de un progreso lineal de la historia, que implica un desarrollo siempre creciente, él regresó a una configuración cíclica en que el desarrollo no se prolonga infinitamente, sino que es una fase de la vida comprendida entre el nacimiento y la muerte. Lo que esta visión de la historia y su "Kulturpessimismus" produjeron en nosotros no fue, sin embargo, una actitud crepuscular. Nosotros, los jóvenes, no nos podíamos permitir una decadencia como la que a finales del siglo XIX se había permitido la generación francesa de Huysmans. La fatiga al anochecer es saludable, pero antes del mediodía es preocupante. Además era también una cuestión de carácter. Las visiones apocalípticas que suscitó el paso del cometa Halley en 1910, y más aún el naufragio del Titanic dos años después, en vez de tener un efecto deprimente encendieron nuestra fantasía. Nuestra actitud era la de quien quería reconocer con mirada desencantada la nueva realidad de la técnica y del trabajo y tomar parte en ella sin añoranzas nostálgicas ni proyecciones apocalípticas. En todo caso, casi de lo que se trataba era de volver a encontrar, en el mito o en la historia, una potencia que obrase como contrapeso del pesimismo. Tal como había dicho Nietzsche en Ecce homo: "Yo soy un decadente, pero también soy su antítesis". En la hoguera del crepúsculo anunciado por Spengler lo que yo vi fue erguirse en toda su potencia la figura del trabajador. Fue la Segunda Guerra Mundial la que nos hizo descender a las profundidades, al vórtice del nihilismo.

- Pero usted, ¿qué idea tiene del progreso?

-  Para mí se trata de un antropomorfismo con el que el hombre moderno ha intentado leer la historia. Un sucedáneo de la idea del espíritu del mundo. Hay que tomar distancia respecto de él y observar, más bien, el universo y su historia desde el punto de vista del principio de la conservación de la energía. La potencia del cosmos se mantiene siempre idéntica, no hay progreso ni regresión, aceleración o desaceleración que la puedan modificar. Lo que cambia son solamente las figuras, las formas que la historia, mejor dicho la Tierra, produce intensamente desde su profundidad. El problema que aquí veo brotar es otro: ¿podemos considerar al hombre, esta aparición soberana en la historia del universo, como responsable de su evolución?

- Hemos mencionado la guerra, un tema planteado sobre todo en su producción juvenil. ¿Qué efecto le causa hoy por hoy volver a pensar en ese tema?

-  Ante todo quiero precisar una cosa: para mí, el verdadero gran motivo de interés ha sido la técnica, cuya potencia se ha manifestado de manera impresionante en la guerra mundial de 1914/18, la primera guerra de materiales. Se trató de un conflicto profundamente distinto de todos los anteriores, porque el choque no se produjo solamente entre ejércitos, sino entre potencias industriales. Ante aquel escenario mi visión de la guerra asumió la forma de un activismo heroico. Naturalmente, no se trataba de simple militarismo, porque siempre, también en aquel entonces, he concebido mi vida como la vida de un lector antes que como la de un soldado.

-  ¿En qué sentido?

-  En el sentido de que fue sobre todo la lectura de algunos libros lo que me ofreció motivos para la acción. Cuando, en cambio, he creído extraer esos motivos de la realidad, he quedado profundamente decepcionado. Quiero decir que para mí el heroísmo nacía más de una experiencia literaria que de una efectiva y concreta posibilidad de vida.

-  ¿Pero qué nexo había entre los dos planos, entre la literatura y la vida?

-  La realidad literaria, a diferencia de la vida concreta, estaba inevitablemente destinada a ser disuelta por la transformación tecnológica del mundo. De ahí mi intento de elevar la literatura a experiencia de vida antes de que se cumpliese definitivamente lo que Marx había previsto, es decir que ya no sería posible concebir una "Ilíada" después del invento de la pólvora. Eso significa entender qué es lo que ocurre con la entrada de la técnica.

-  ¿La técnica es para usted una línea divisoria de las aguas tan importante como para resultar decisiva en la separación de mundos incluso literariamente diferentes?

-  La técnica es la danza mágica que baila el mundo contemporáneo. Podemos tomar parte en las vibraciones y en las oscilaciones de este último solamente si entendemos la técnica. De lo contrario quedamos fuera del juego.

- Volveremos sobre este asunto. Mientras tanto, para destacar algunos aspectos biográficos, hay que decir que ha sido usted considerado un héroe de la Gran Guerra, herido reiteradas veces y posteriormente premiado con la máxima condecoración, la Ordre pour le Mérite...

-   Me llevó al heroísmo la lectura del Orlando furioso de Ariosto. Aquellas palabras, aquellas rimas leídas durante las pausas entre un combate y otro fueron las que me motivaron. No así la retórica y la ideología de guerra que siguieron a nuestra victoria en la guerra franco-prusiana de 1870/71, cuya importancia había sobrevalorado exageradamente la generación de nuestros padres, cuando en realidad se había tratado de una guerra muy pequeña. Esa sobrevaloración se manifestó particularmente en la antítesis ideológica que contrapuso el noble espíritu prusiano y el espíritu mercantil inglés fomentada por Guillermo II, que no soportaba a sus parientes del otro lado del canal de la Mancha. Se podría añadir, en este caso, que a Alemania le faltó un Shakespeare que supiese representar sus vicisitudes. Por otra parte, ¿cómo esperar la aparición de un Shakespeare si los personajes y actores de aquella fase de la historia alemana no fueron suficientemente grandes como para merecerlo?

- ¿Es siempre verdad que las grandes obras necesitan que haya grandes sucesos históricos?

- Los grandes sucesos siempre son literarios. La historia, con sus hechos, es un almacén repleto en el que cada cual puede tomar lo que quiera.

- Lo que usted dice no hace sino confirmar qué importante ha sido, en sus elecciones, más que una ética cierta visión estética de la vida. ¿Cómo explica esta inclinación suya?

-  Ver la relación entre ética y estética simplemente como una antítesis no es suficiente para mí. Más aún, conduce a una desviación. Por eso diría que ética y estética se encuentran y se tocan por lo menos en un punto: lo que es verdaderamente bello no puede no ser ético, y lo que es realmente ético no puede no ser bello.

- Pero esto, en el fondo, es el estilo. ¿Su visión del mundo está realmente caracterizada por el estilo?

- Eso espero. Y por la misma razón jamás he descendido ni descenderé al plano de las polémicas y de las controversias. Lo encuentro de pésimo gusto. Jamás, rebajarse por debajo del propio nivel.

- ¿Considera que todavía es posible salvaguardar el estilo, ese gesto delicado y aristocrático, en un mundo que tiende a la despersonalización y a la manipulación del individuo?

- Definiría a la nuestra como una sociedad de individuos masificados que, por eso, necesita elites muy restringidas, destinadas a desarrollar una función importantísima. Sobre este extremo me atengo a la sentencia de Hércules que dice "Uno solo, para mí, es diez mil". Hoy por hoy ese número debería elevarse a potencia.

-  ¿En el sentido de que las elites habrían de ampliarse o restringirse en el futuro?

-  En el sentido de que, cuanto más crece la masificación, tanto mayor es el valor y la fuerza espiritual de los pocos que son capaces de sustraérsele.

- Estamos acostumbrados a pensar en las elites en términos más sociológicos que espirituales. Usted, ¿cómo las definiría?

-  La definición sociológica de elite es ya un indicio de la corrupción del concepto. Para mí, una advertencia para no confiar ya ni siquiera en las elites, sino, a estas alturas, solamente en los grandes solitarios.

- Mencionaba usted anteriormente su elección de no rebajarse jamás a polemizar. Sin embargo, frecuentemente ha estado implicado en polémicas. Sobre todo por su pasado en el ejército alemán, pasado que más de un crítico le reprocha a causa de la indulgencia con que habría tolerado usted al régimen nazi. Hay además un episodio del que nos gustaría tener su versión. Cuando apareció su novela "Sobre los acantilados de mármol", en la que se debatía la idea del tiranicidio, corrió usted algunos riesgos. Goebbels y Goering querían su cabeza, pero Hitler dijo: "Jünger no se toca".

- Las polémicas no tienen el mismo espesor que las ideas. No se trata de estar a su altura contestando a tono, porque no hay tono sino solamente ruido. Por lo que atañe a Hitler el asunto fue así: no había transcurrido ni una semana desde que Sobre los acantilados de mármol había aparecido en las librerías, cuando el Reichsleiter de Hannover, un tal Bouhler, se quejó ante Berlín convencido de que el libro incitaba al complot. Hitler, que estimaba mis diarios de la Primera Guerra Mundial, sentenció que debían dejarme en paz. En más de una ocasión él había emitido señales de amistad y manifestó interés por mi persona. Pero no me dejé halagar por aquellos ofrecimientos. Hubiera sido hasta demasiado fácil instrumentarlos para obtener de ellos alguna ventaja personal. No habría sido necesario un gran esfuerzo para obrar como Goering. Quisiera luego añadir, aunque creo que un autor debería respetar la regla de no hablar jamás de sus propios libros, que en el caso de Sobre los acantilados de mármol el efecto político era para mí secundario. Algunos amigos me han reprochado el haber disminuido dicho efecto, que para muchos fue en cambio el más importante. Pero yo prefiero llamar la atención sobre el hecho de que en aquella ocasión me puse en otro plano. En el fondo está claro que si mi actitud se hubiese convertido en una toma de posición política, tal vez habría encontrado compañeros y secuaces, pero me habría rebajado al mismo nivel de Hitler. He sido un opositor suyo, pero no un opositor político. Sencillamente, estaba en otra dimensión.

-  ¿Lo conoció usted personalmente?

-   No, nunca lo conocí. Cuando todavía era el anónimo jefe de un grupúsculo como el de los nacional-bolcheviques de Nickischy en aquel entonces yo todavía vivía en Leipzig. Cierto día, debió de ser en 1921, se hizo anunciar por Hess, pero yo no tuve tiempo para recibirlo. Por otra parte yo estaba convencido de que se trataba de uno de los muchos e insignificantes sectarios que circulaban por aquel entonces. A Dios gracias, aquel encuentro no tuvo lugar. Si por casualidad se hubiese producido y acaso Hitler me hubiese apoyado una mano sobre el hombro mientras alguien nos inmortalizaba, me imagino que la fotografía habría dado la vuelta al mundo. Afortunadamente las cosas fueron de otra manera.

-  Hannah Arendt afirmó que usted estuvo siempre del lado de la Resistencia a pesar de que sus libros hubiesen tenido influencia sobre la elite nazi.

-  Tengo presente aquel reconocimiento, que naturalmente me halaga. Pero personalmente, habiendo visto y vivido lo que ocurrió antes y después, experimento cierta alergia respecto al uso indiscriminado de la palabra resistencia. Sin contar con que la resistencia espiritual no es suficiente. Hay que contraatacar.

-   ¿Nos está diciendo que siente algún arrepentimiento por aquello que no ha hecho?

-  Compruebo que contra un régimen cruel y feroz, al final importa también la manera de enfrentarnos a él.

-  Como funcionario alemán en la París ocupada, ¿tuvo relación con Cotette?

- Sí, ella se dirigió a mí para que ayudase a un joven amigo suyo, judío, que había sido detenido por nuestra policía. Me interesé por él y conseguí que lo dejasen en libertad. Colette me lo agradeció mucho. Todavía guardo un libro que me regaló en aquella ocasión, con una hermosa dedicatoria en la que me expresa su agradecimiento.

-  Entre los escritores que conoció, ¿hubo también colaboracionistas como Drieu La Rochelle y Céline?

-  Sí, pero no sólo éstos, también frecuentaba las veladas de Florence Gould, por ejemplo, Jean Paulhan, de quien sólo después de la guerra supe que había sido uno de los cabecillas de la Resistencia. En cuanto a Drieu, su suicidio me afectó mucho. A mi entender fue un gesto precipitado. La relación con Céline es un capítulo aparte. Ya desde antes de la guerra había oído hablar muy bien de él al editor Ernst Rowohlt, que había adquirido los derechos de Voyage au bout de la nuit (Viaje al fin de la noche). Cuando se publicó, la novela me causó una gran impresión, tanto por la fuerza del estilo como por la atmósfera nihilista que evocaba, y que reflejaba muy bien la situación de aquellos años. Pero cuando lo conocí personalmente, en el París ocupado, y tuve ocasión de encontrarme con él muchas veces en la Embajada y en los jueves de Florence Gould, quedé profundamente decepcionado. Su manera de actuar no me resultaba nada simpática, y creo que la antipatía era recíproca. No me gustaba su colaboracionismo ni su ostentoso antisemitismo. De ello hablo en mis diarios parisienses, pero a fin de no ofenderlo le doy el seudónimo de Merline. Lamentablemente, cuando los diarios se tradujeron al francés, la redactora -la escritora Banine, que por otra parte era amiga mía y odiaba cordialmente a Céline- lo reconoció tras el seudónimo y recuperó el nombre verdadero. Este incidente me costó su rencor; tanto es así que intentó contra mí un juicio por difamación. Cuando me interrogaron en Ravensburg, para no comprometer a Banine y liquidar de la manera más rápida ese desagradable embrollo, dije que se había tratado de un error de imprenta. También he conocido a Marguerite Yourcenar. Me regaló un ejemplar dedicado de sus Mémoires d'Hadrien (Memorias de Adriano). Aunque ya no me acuerdo de los detalles de la conversación que mantuvimos, recuerdo que fue muy brillante. La señora Yourcenar era una personalidad rica e interesante. Entre otras cosas me habló de su padre y de la singular manera que éste tenía de festejar el 14 de julio: hacía abrir las letrinas de su castillo.

-   ¿Ha conocido a Hannah Arendt?

-  No, nunca nos encontramos. Heidegger me habló de ella a menudo.

- Con Heidegger y con Carl Schmitt usted ha compartido cierto destino. ¿Qué recuerdo tiene de ellos?

- Tengo un recuerdo no solamente literario, sino también personal, privado. Fui amigo de ambos. Me encontré con Heidegger muchas veces e incluso fui a visitarlo a su casa de montaña en Todtnauberg. A estas alturas es necesario estar en condiciones de dar un juicio objetivo sobre él. Quiero decir que, a estas alturas, de lo que se trata es de evaluar al pensador por su potencia especulativa y no por sus opiniones políticas. Lo mismo es válido para un artista o un poeta. Por ejemplo, admiro muchísimo a Heinrich Heine como poeta, en tanto que no comparto para nada sus convicciones políticas: entre ambas perspectivas es preferible adoptar la más favorable. Con Carl Schmitt tuve una relación aún más estrecha, muy personal. Entre otras cosas fue el padrino de mi hijo Alexander, de quien hoy sería el cumpleaños.

- Hablando de política, en Italia se discute encarnizadamente de la derecha y la izquierda. ¿Qué piensa usted de estas dos categorías?

- Actualmente son ya categorías orgánicas, como las partes del cuerpo. Piense por ejemplo en las manos: ambas son indispensables. Es obvio que cada una existe en función de la otra. Desde este punto de vista, por lo tanto, la derecha y la izquierda son igualmente necesarias. Lo que me pareció claro desde las convulsiones de la república de Weimar es que ya no se sostiene la tradicional representación espacial del significado político de estas dos categorías, según la imagen de un Parlamento en que la derecha se instala en un lado y la izquierda en el otro. Y esto es aún más válido hoy por hoy, en la edad de la técnica y de las comunicaciones de masas. Personalmente, de todas maneras, me considero más allá de tal esquema, que ha llenado anaqueles de ideología.

-  A propósito de técnica y de comunicación de masas: además del invento de los rayos X, el año de su nacimiento fue también el de la invención del cine. ¿Qué idea tiene acerca de este arte tan popular en nuestro siglo?

-  Me gusta imaginar el cine como algo que atañe a la relación entre técnica y magia. Una relación toda ella por investigar, incluso en el aspecto del público. Me pregunto si el cine ha sustituido, siquiera parcialmente, a la novela, y qué efectos ha producido esta sustitución. Aunque el público que va al cine, precisamente porque es vasto y anónimo, no coincide exactamente con el público de los que leen.

- Usted ha mencionado la magia en relación con la técnica: es una hermosa definición del cine.

-  A menudo la técnica tiene algo de asombroso. Es cómico, pero a veces, mientras hablo con alguien por teléfono, todavía tengo la sensación de llevar a cabo no solamente un acto posibilitado por la técnica, sino también algo que es mágico. Lo mismo vale para el cine, pero también para otras cosas. Podemos grabar nuestra conversación, filmarla, y de tal suerte hacerla revivir dentro de cien años, acaso vista desde un punto de vista diferente. Una filmación nos da la oportunidad de resucitar a personas desaparecidas de las que se han perdido el recuerdo, la presencia física, la voz, el gesto. Creo que este efecto, que yo llamo mágico, está destinado a emerger de una manera aún más impresionante: ya se está hablando de realidad virtual, de cuarta dimensión. El pensamiento mismo se digitaliza.

-  ¿Y por lo que atañe a la televisión?

- También ésta tiene un significado mágico. Y dicho aspecto brujeril no se debe, entendámonos, a la actitud de un hombre primitivo ante un suceso sorprendente y desconocido. A través de la televisión podemos dar vida a una realidad que no está presente ante nosotros. Espero que pronto se puedan tener imágenes televisivas en tres dimensiones. Su carácter mágico se vería así potenciado.

- Esto en lo que se refiere al futuro. ¿Cómo imagina usted, por lo tanto, el próximo siglo?

-  No tengo una idea demasiado feliz y positiva. Por decirlo con una imagen, quisiera citar a Hölderlin, que en Brot und wein (Pan y vino) escribió que vendrá la edad de los titanes. En esta edad venidera el poeta deberá aletargarse. Los actos serán más importantes que la poesía que los canta y que el pensamiento que los refleja. Será una edad muy propicia para la técnica, pero desfavorable para el espíritu y para la cultura.

[Jünger, esta a punto de festejar su centenario, cuando fue entrevistado en su casa de Wilflingen por el periodista italiano Franco Volpi. Los fragmentos más salientes de esa conversación fueron reproducidos por el diario argentno Clarín en su edición del 6 de junio de 1999.]








miércoles, 11 de mayo de 2022

Ernst Jünger - Elementos para una biografía política - F. Kister (2 de 3) - JÜNGER Y EL NACIONAL-SOCIALISMO


 ¿Nacional-socialista?

Tras la guerra, algunos han reprochado a Jünger una presunta simpatía por el nacional-socialismo o, al menos, el haber facilitado al NSDAP elementos ideológicos. Ciertos periodistas subrayaron también que había dedicado un ejemplar de Feuer und Blut a Hitler en 1926.

Según la tesis de Louis Dupeux, tres rasgos distinguen a los nacional-bolcheviques de los nacional-socialistas:

-          Una orientación protestante que implicaba un civismo riguroso;

-          El desdén por la ideología de masas y por el espíritu elitista.

-          La voluntad de romper con el espíritu burgués.

Sería preciso añadir el rechazo al racismo y más particularmente al antisemitismo.

Aunque Louis Dupeux no lo considera como un nacional-bolchevique completo, por nuestra parte encontramos todas estas características en Ernst Jünger. Sin pertenecer al movimiento, participaba de este ambiente mediante sus escritos, su trabajo de coeditor y también por la connivencia intelectual que le vinculaba a Ernest Nietkisch.

Jünger evidenciaba en sus artículos un nacionalismo socializante. Al principio de su compromiso, deseaba la unión de los partidos nacionalistas. En ese momento no excluía a los nacional-socialistas. Pero, a partir de 1926, rechazó el que Hitler pudiera convertirse en el guía de Alemania. En realidad, no distinguía a ningún hombre que pudiera dirigir Alemania, proponía que se instaurase un comité provisional, que comprendiera al menos un jefe de Estado Mayor, para vigilar la pureza y el rigor del movimiento.

Su actitud personal hacia el nacional-socialismo no era equívoca. En realidad, Hitler le parecía un dirigente “peligroso” y aborrecía especialmente “la brutalidad” de las bases de las SA. Jamás conoció a Hitler y entre la cúpula del NSDAP solamente tenía amistad con Goebbels. Una entrevista con Hitler prevista para 1927, fue anulada en el último minuto. Ese año, el NSDAP le propone un puesto en su lista electoral con posibilidades de salir elegido como diputado para el Reichstag, pero Ernst Jünger rechazó la oferta precisando que prefería “escribir un solo verso antes que representar a sesenta mil cretinos en el Parlamento”.

Poco después de su ascenso al poder, el nuevo régimen le propuso convertirse en miembro de la Academia Alemana de Poesía. Una vez más Jünger rechazó la oferta. La Gestapo registró su domicilio bajo el pretexto de buscar cartas de su amigo anarquista Mühsam. En 1934, habiendo sabido que el Völkischer Beobachter publicó sin su conocimiento, un extracto del Corazón venturoso, escribió al diario para protestar, porque no quería pasar como uno de sus colaboradores. Cuatro años más tarde, Goebbels le invitó, una vez más, a unirse al NSDAP, pero, al igual que Ulises, rechazó el canto de sirena que quería atraerle hacia los arrecifes. Habiendo rechazado toda colaboración, incluso literaria, con el nuevo régimen, Jünger podía esperar, sino represalias, si al menos hostilidad y, en el mejor de los casos, indiferencia.

LOS ACANTILADOS DE MÁRMOL [1939]

Una frase de Sobre los acantilados de mármol [Auf den Marmoklippen] muestra el desdén que sentía hacia el poder: “No vamos a considerar en absoluto a los brotes del bosque como adversarios”. En efecto, Jünger distinguía siempre sus adversarios [Gegner] para los que evidenciaba respeto, de sus enemigos [Feind] a los que despreciaba.

Durante una estancia en Suiza, soñó con un incendio que le inspiró su novela Sobre los acantilados de mármol. Redactó la novela entre febrero y julio de 1939 y, movilizado, corrigió las pruebas en septiembre, en un bunker de la línea Sigfried. Catorce mil ejemplares se vendieron en pocas semanas. Se ha considerado el libro como una crítica de la tiranía en general.

La historia de desarrolla en un país fabuloso, sede de una alta civilización. Este lugar mítico estaba dividido en dos partes, la Marina y la Campania, por los acantilados de mármol. En los confines de la Campania, se extendían los humedales y los bosques, sobre los que reinaba un ser misterioso y bárbaro, el Gran Guardabosques [Oberfoerster], cuyo aspecto y maneras algunos han querido ver a Hitler. Sin embargo, el Gran Guardabosques no se identifica enteramente con él, posee más bien algunos rasgos de Stalin. En realidad, la figura del Gran Guardabosques supera a los personajes históricos, simboliza al eterno tirano. Algunos comentaristas extranjeros de la novela subrayaron la similitud entre la figura jungueriana y el canciller, sin tener en cuenta las consecuencias que podía tener para el autor. Se critica igualmente su estetización de la violencia.

En la novela, encontramos a la mayor parte de miembros del entorno de Ernst Jünger. Así, los dos hermanos protagonistas, se parecen extrañamente a Ernst y a Friedrich Georg. Sin embargo, habían combatido juntos durante la guerra de Alta-Plana. En la época, todavía hacían apología de la potencia y se mostraban implacables ante los débiles. Ahora, se habían retirado del mundo y se consagraron enteramente al estudio de las plantas, constituyendo poco a poco un gran herbolario, a la manera de Linneo. Así mismo, el personaje de Perpetua, símbolo de la eternidad, corresponde a su compañera y el niño adoptado por la pareja, Erion, su hijo Ernstel.

Jünger describió el lento pero inexorable ascenso de la amenaza, hasta su apogeo, cuando las fuerzas maléficas destruyeron los acantilados de mármol. Varios episodios de su novela, nos parecen hoy premonitorios. Durante una patrulla, los dos hermanos descubren con horror el taller de descuartizamiento de Köppels-Beeck. Se encuentra también en el texto una expresión que se ha convertido en célebre: “El bandolerismo que la Campania ya conocía, se repitió entonces, y los habitantes se habían retirado resguardados por la oscuridad y la niebla [= Nacht und Nebel]. Nadie volvió”.

Jünger sobrevivió bajo el Tercer Rech, en parte gracias a su condición de héroe nacional, pero también gracias al éxito de sus escritos de guerra que el propio Hitler admiraba. Por el contrario, jamás leyó Sobre los acantilados de mármol. El Führer ordenó a sus servicios policiales no importunar al escritor. Tras la guerra, Jünger realizó un sibilina alusión a sus protectores, sin nombrarlos. Por nuestra parte, nos inclinamos a creer que Goebbels se encontraba entre ellos.

LA GUERRA DE KNIEBOLO

El capitán Jünger participó en la campaña de Francia en 1940. En su diario afirma que se trata de la guerra de Hitler y no de la suya. Por prudencia, mencionada a Hitler con el seudónimo de “Kniebolo”. En junio de 1941, su regimiento parte para Rusia. El general Speidel, que era uno de sus admiradores y un opositor al régimen, destinó a Jünger al control del correo militar, en París, a fin de que pudiera proseguir su obra literaria.

Sobre los acantilados de mármol, en su segunda versión, la segunda versión del Corazón Venturoso, así como Jardines y Rutas [su primer diario] fueron publicados en traducción francesa en 1942. Durante el mismo año inicia la redacción de La llamada, texto que se titulará más tarde La Paz. Frecuentaba los medios intelectuales parisinos y se entrevistó con la mayoría de grandes escritores de la época, conoció a Sacha Guitry, Jean Giraudoux, Marcel Jouhandeau y al menos conocido Jean Paulhan del que sabía que era un resistente activo. Fue así como participo en la gran “República de las Letras”. No pasaba un día sin que discutiera con un intelectual. Se encontró igualmente con Céline en el Instituto Alemán.

A finales de 1942, Heinrich Stüpnagel, uno de los futuros conjurados del 21 de julio de 1944, lo envío en misión al Cáucaso, a fin de que valorara la moral de las tropas y la actitud de la oficialidad. De retorno, redactó para Speidel un informe sobre las sórdidas luchas de influencias que se producían entre el ejército y el partido. En su Garten und Strasen, Jünger comentaba el Salmo 73. La censura le pidió que suprimiera este fragmento. Él lo rechazó. Fue suficiente para que las autoridades del Reich prohibieran su publicación.

El mariscal Rommel fue el primer lector de su texto La Paz. Rommel en ese momento ya se había comprometido a participar en el complot del 20 de julio. Se ha dicho que La Paz, se convirtió en una especie de manifiesto de los conjurados lo que es, todas luces, exagerado. Parece ser que Jünger tenía idea de que se preparaba un complot pero no participó en él en absoluto. Su combate era en solitario. Además, no aprobaba los atentados políticos. Tras el fracaso del pustch se vio obligado a destruir papeles comprometedores. Sin embargo, fue puesto en situación de destino y las autoridades le pidieron que dimitiera de las fuerzas armadas. Llegó a su domicilio de Kichhorst. El 1º de diciembre de 1944, el juez Fresler dirigió una carta a Martin Bormann sobre el procedimiento abierto contra Jünger por su novela Sobre los acantilados de mármol. La maniobra tendía probablemente a llevarlo ante el Volksgerecht [tribunal popular] por crimen de alta traición.

El 24 de noviembre, su hijo mayor, Ernstel, de entonces 18 años, resultó asesinado por los partisanos italianos no lejos de los “acantilados de mármol” de Carrara. Jünger se sintió culpable de su muerte. En 1950, Jünger llevó el cadáver de su hijo a la propiedad de Wilflingen, que había pertenecido a una rama de la familia Stauffenberg, donde permaneció siempre con flores.

EL “PACIFISTA”

Al acabar la guerra, Jünger rechazó someterse a los procesos de desnazificación, ya que nunca había pertenecido al NSDAP. Esto no evitó que a menudo se viera estigmatizado como autor maldito, denigrado, sobre todo por los intelectuales comunistas y los que querían adquirir “buena conciencia”. El silencio de sus amigos parisinos le hizo sufrir todavía más que las vociferaciones de sus enemigos. Bertold Brecht fue el único que pidió a sus camaradas comunistas que cesaran los ataques contra él. Algunos de sus detractores esperaban beneficiarse criticándolo, otros le reprochaban su ensayo El Trabajador en el que el Tercer Reich encontró argumentos para su propaganda. La bajeza de los primeros era evidente, la irracionalidad de los segundos consternadora. En efecto, se trataba de la misma técnica que consistía en acusar a Nietzsche de los excesos del Tercer Reich, al margen de cualquier consideración cronológica. En la senda del filósofo de Sils Maria, Jünger detestaba las ideologías de masas y proponía más bien una forma de aristocracia, en el sentido etimológico.

Los aliados mantuvieron la prohibición de que publicara hasta el año 1949, si bien La Paz, que había dedicado a la juventud de Europa y del mundo, apareció clandestinamente en Amsterdam en 1945. Cincuenta años más tarde, declaró: “En mi opinión, el futo más precioso de estas guerra fue mi ensayo titulado La Paz; allí afirmaba la necesidad de una Europa unificada”.

El texto no cae en los excesos universalistas tan frecuentes entre los pacifistas. Por el contrario, Jünger, remite a un estilo poético, con acentos guerreros para predicar la paz. En alemán, el sustantivo Friede es de género masculino.

Según el autor, el último conflicto no fue un enfrentamiento entre naciones, sino una guerra civil mundial [Welbürgerkrieg] que forjó tanto a los pueblos como a los corazones. Fue la primera obra en común de la humanidad; la paz debe ser la segunda. Para realizarla, es preciso resolver tres problemas fundamentales: el espacio, porque los Estados luchan por conquistar territorios; el derecho a la concordia no puede establecerse más que entre pueblos libres; y finalmente, la cuestión del Trabajador, única figura capaz de colocar la movilización total, operada por la guerra, al servicio de la paz.

Ahora, cuando las fronteras quedan rotas por el seísmo, llega el momento propicio para que los pueblos se unan en amplios bloques geopolíticos. Europa no puede ser dominada por sus dos avatares, los Estados Unidos y la Unión Soviética, los Imperios [Imperien] instaurarán en su seno una unidad en la diversidad. En el interior del Imperio, cada uno será libre de pertenecer al pueblo que desee. El nuevo Estado reconciliará las dos formas de la democracia, la liberal y la totalitaria. Bajo la égida del Estado totalitario, serán situados los aspectos que tengan que ver con la civilización: la técnica, la industria, la economía, la defensa. Mientras que en los dominios culturales serán regidos por el poder liberal: la lengua, la historia, las costumbres, las leyes, las artes y la religión. El Orden Nuevo se fundará sobre una teología post-nihilista y el Estado no concederá su confianza más que a los individuos que crean en una razón superior al hombre.

EL EQUILIBRO DE LAS FUERZAS: HELIÓPOLIS [1949]

Heliópolis traslada en parte la atmósfera que reinaba en el Cuartel General alemán en París y las luchas por el poder entre la Wehrmacht y el partido nacional-socialista, en un mundo donde el Estado universal se ha realizado. En la ciudad de Heliópolis, dos poderes se enfrentan, de una parte el procónsul, que tiene como héroes al oficial Lucius de Geer; de otra parte, el Alguacil, un tirano demagogo que asienta su poder sobre la fuerza, el temor y la técnica. El que realiza los trabajos sucios para el Alguacil, el inquietante Messer Grande, es por otra parte un apasionado del progreso en todas sus formas y particularmente por los trabajos del doctor Mertens, que dirige el Instituto de Toxicología, donde, según se rumorea, se envenena a los opositores. Lucius se enamora de Boudour Péri, la sobrina de un comerciante parsi, un pueblo perseguido. Pronto, ambos son víctimas del Alguacil. Lucius salvará a Boudour y a su tío Antonio con peligro de su vida, luego se exiliaran en los astros, el dominio de una tercera fuerza, el Regente, que corresponde tanto a la esfera religiosa como a una sabiduría superior que protege la libertad del individuo.

Si al final de los Acantilados de Mármol, el mal triunfa, en Heliópolis, sin embargo, se restaura un precario equilibrio de fuerzas. De nuevo, la resistencia es asumida por un grupo aristocrático de militares. En la final de la novela, el piloto de la nave espacial, Phares, declara a Lucius: “Conocemos vuestra posición, la del espíritu conservador que ha querido servirse de los medios revolucionario y ha fracasado”. Jünger constata el fracaso de su compromiso político y se vuelve hacia la esfera mágico-religiosa.

APORÍAS DEL REBELDE [1951]

En El Tratado del Rebelde o El emboscado [Der Waldgänger], Ernst Jünger dibuja una nueva figura. La palabra Waldgänger designa al proscrito islandés de la Alta Edad Media escandinava que se refugiaba en los bosques. Excluido de la comunidad, este réprobo podía ser abatido por cualquier hombre que lo encontrara. Por su parte, Jünger define al Rebelde de la siguiente manera: “Llamamos así a aquel que, aislado y expulsado de su patria por la marcha del universo, se en finalmente entregado a la nada. Tal podría ser el destino de un gran número de hombres e incluso de todos, es preciso pues que se añada un carácter. El rebelde se ha comprometido a la resistencia y tiene una intención de participar en la lucha, aunque sin esperanza. Por lo tanto, rebelde es aquel que se pone por su naturaleza al servicio de la libertad, relación que le conduce con el tiempo a una revuelta contra el automatismo y a un rechazo a admitir la consecuencia ética, el fatalismo. Al tomarlo así, seremos pronto sorprendidos por el lugar que tiene el recurso a los bosques, en el pensamiento y en la realidad de nuestros años".

Al principio de su ensayo, el autor denuncia el sistema de plebiscito practicado por las dictaduras, pero está muy claro que los reproches se dirigen a estas caricaturas de elecciones o de referéndums que se aplican en las democracias parlamentarias. El Rebelde rechaza la sociedad moderna que considera como totalitaria, sea cual sea su forma de gobierno. A la inversa del Trabajador, rechaza la necesidad y combate la técnica que conduce al mundo a su perdición.  Sin embargo, no renuncia a los instrumentos modernos de los que tiene necesidad para preservar su libertad. Su actitud paradójica recuerda la de los dos hermanos de los Acantilados de mármol. En efecto, ¿cómo combatir al Mal utilizando los mismos instrumentos y métodos que él?

Por el contrario, el Rebelde puede refugiarse en los bosques que todo hombre lleva en sí mismo: el arte y el pensamiento. Las aporías [paradojas o dificultades lógicas insuperables NdT] del Rebelde aparecen, cuando debe traducir en actos su revuelta interior… Sobre este punto, el Rebelde se parece al Lucius de Geer que conoce una apoteosis espiritual refugiándose en los dominios del Regente, pero que, a nivel político, es un vencido. Jünger tiene razón al subrayar que los regímenes totalitarios son frágiles, porque deben movilizar lo esencial de su energía en la represión de una minoría de resistentes, pero este acceso de optimismo no convence en absoluto al lector. Ni Lucius, ni el Rebelde, ni el mismo autor pueden permanecer indiferentes ante el dolor de otros, pero se privan de los medios necesarios para combatir a los verdugos.

Con Heliópolis y El Tratado del Rebelde, Ernst Jünger se separa de la filosofía contemplativa y del retiro interior que había propuesto en Los Acantilados de Mármol, para afirmar la necesidad de la resistencia.

EUMESWIL

Eumeswil es el límite del ciclo de metamorfosis de las figuras jungianas. Ahora enuncia los rasgos del Anarca, una figura refinada del Rebelde. El héroe y narrador de la novela, Venator, es un historiador que centra sus investigaciones en torno a una visión cíclica de la Historia, sigue la pista de las figuras perennes, los arquetipos de personajes o de acontecimientos, por medio de un ordenador gigantesco, el Luminar, que contiene todo el material histórico acumulado por la humanidad.

El autor adopta el estilo que presta al historiador, hecho de frases cortas e incisivas. Por la tarde, Venator oficia como barman del círculo privado de Condor, el dictador hábil y esteta que reina en Eumeswil, una de las ciudades-Estado nacidas de la desintegración del Estado universal. Su bar es un lugar privilegiado para observar los juegos del poder. A diferencia del anarquista convencional, el Anarca no desea suprimir la autoridad, se acomoda y aprende a vivir en su seno, preservando su liberta de espíritu.

El Rebelde huía de la sociedad, el Anarca se inserta en ella. “El anarquista viven en la dependencia, primeramente de su voluntad confusa y en segundo lugar del poder. Se une a los poderosos como una sombra; el soberano, en su presencia, siempre está en guardia (…) El anarquista es un partener del monarca que sueña con destruir. Golpeando a la persona, fortalece el orden de la sucesión. El sufijo “ismo” tiene una acepción restrictiva: acentúa quiere el querer a expensas de la sustancia [...] La contrapartida positiva del anarquista, es el Anarca. Este no es el partener del monarca, sino su antípoda, el hombre que el poderoso no lleva a captar, aunque él también sea peligroso. No es el adversario del monarca, sino su antítesis. El monarca quiere reinar sobre una multitud de personas y incluso sobre todos; el Anarca sobre sí mismo y sobre él solo. Lo que le procura una actitud objetiva, es decir escéptica hacia el poder, es que deja desfilar ante él a las figuras inteligibles, seguramente, pero no sin emoción íntima, no sin pasión histórica. Anarca, todo historiador de nacimiento lo es más o menos; si es grande, accede imparcialmente, de este fondo de su ser, a la dignidad de árbitro”.

En varias obras de Jünger, encontramos la oposición entre dos fuerzas contradictorias y el recurso a una tercera potencia que trasciende a las dos primeras. Los dos hermanos de Los Acantilados de Mármol se enfrentan al Gran Guardabosques, luego se refugian en sus antiguos adversarios de Alta-Plana. En Der Friede, el Estado totalitario y el Estado liberal engendran el Imperio. En Heliópolis, la lucha entre el Procónsul y el Alguacil, es superada por el recurso al Regente. Con Eumeswill, el conflicto parece neutralizado. Existe una oposición al Cóndor, encarnado por los liberales, vanos habladores refugiados en los sótanos de la ciudad. En cuanto al Anarca, no experimenta la necesidad de luchar contra la soberanía, ya que participa de ella a su manera.

LOS “ACECHADORES”

Jünger llamaba Verfolger [rastreador, perseguidor], a los profesionales de la prensa escandalosa. Estos individuos le persiguieron hasta el final de su vida. El autor no les concedió la más mínima importancia.

En 1983, las autoridades alemanas organizaron una recepción para entregarle el premio Goethe. Los Verdes empezaron a vituperar en la calle contra el escritor a quien asimilaban a una reliquia de un pasado vergonzoso. La cosa era todavía más sorprendente dado que, Jünger se había interesado desde principios de los años 60 en los problemas de la ecología e incluso porque numerosos antiguos nacional-revolucionarios, entre ellos Paul Weber, militaban en las filas de los Grünen.

El 6 de junio de 1994, el Der Spiegel publicaba una carta considerada como “prueba” de que el “Merlín” de los Diarios de guerra no era otro que Céline. En realidad, se trataba de un secreto a voces, aireado desde hacía mucho tiempo. En efecto, el nombre de Céline aparecía ya en todas las cartas en la traducción francesa del Diario de guerra. Su biógrafo, Banine, en efecto, había traducido el sobrenombre a instancias del autor. Furioso, Céline había intentado un proceso por difamación contra Jünger. Señalemos que Jünger suprimió los fragmentos que mencionaban a Céline en las ediciones ulteriores. No sabemos si quería borrar de su obra al personaje, evitar un nuevo proceso o volver su diario menos denso como le pedía el editor.

En la edición del 18 de noviembre de 1993, del Die Woche, el periodista Víctor Farias, muy conocido en Alemania por sus diatribas contra Heidegger, acusaba a Ernst Jünger de haber escrito un artículo antisemita, en los años treinta. El folletinista afirmaba que Jünger no se había nunca separado de sus simpatías nazis y había incluso deseado el genocidio de los judíos. En realidad, se trataba de un artículo que Ernst Jünger había publicado en los Suddeutschen Hefnen en 1930, en el marco de un dossier que trataba sobre el problema de la condición judía. La mayor parte de los demás redactores de la revista eran, por otra parte, judíos. De forma insidiosa, Farias no había precisado en qué revista ni en qué circunstancias el artículo de Jünger había sido publicado, lo que dejaba al lector suponer que se trataba de un periódico nazi o antisemita. En su contribución, Jünger se pronunciaba por la asimilación de los judíos alemanes y concluía que debían “ser judíos en Alemania o no ser”, fórmula que incluso interpretada con mucha mala fe, no significaba en absoluto que deseara el exterminio de los judíos…