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miércoles, 12 de septiembre de 2018

365 QUEJÍOS (136) – EL DÍA DE LA MARMOTA EN VERSIÓN INDEPE

Cuando se está fuera de España, lo que ocurre en la Patria se redimensiona y adquiere, casi siempre, un tamaño más próximo al real. Reconozco que en Cataluña es difícil hacerse una idea de lo que está ocurriendo y más si se elige TV3 como canal de paso obligado. Lo llevo diciendo desde hace años: en Cataluña no pasa nada. Bueno, pasa algo: que los nacionalistas de ayer, independentistas de hoy, no se resignan a que su opción sea irrelevante desde las últimas elecciones generales para el gobierno de la nación. Pasa que el nacionalismo que no desemboca en la independencia carece de sentido. Y pasa que la creación de nuevas naciones pequeñitas es cosa del anteayer. Así pues, no me voy a quejar de nada de todo eso. Me quejo de que Cataluña se parezca cada vez más a la película Atrapado en el tiempo y que cada 11-S vuelva a ser una reedición del Día de la Marmota. Y eso sí es para quejarse.

En 1977 le dije a Blas Piñar: “Dentro de 10 años el 20-N se celebrarará en un teatrito”. Me equivoqué por muy poco. Yo iba a los 20-N. El 20-N de 1977 fue “el de la lluvia”. Llovió a cascoporro y todos nos mojamos hasta las entrañas. El año anterior, el 76, yo estaba colgado de los güevos del caballo de Felipe IV (del IV no del VI) y la plaza estaba llena en dos tercios. Sin embargo, certifico que en los dos 20-N siguientes aquello  se disparó: pasadas las primeras elecciones democráticas la afluencia empezó a ser masiva hasta el 20-N de 1981, a partir de ahí empezó el declive por mucho que El Alcázar proclamara que habían asistido 1.000.000 de personas en 1980 y 1.500.000 en 1981. Además, después del 23-F ya daba igual los que se concentraran allí: la democracia ya estaba consolidada y la incapacidad de la derecha franquista para pensar en términos políticos hizo que su potencial fuera a parar al PP en donde se terminó diluyendo con el paso inexorable del tiempo.

Si menciono el 20-N, en el post 11-S, es por la “guerra de los números”: en 2011 se llegó a dar la cifra de 2.000.000 de asistentes a una manifestación a la que, difícilmente, debieron ir más de 300.000 personas (que no son pocas). Cifra análoga a la del “mejor 20-N” (quizás el de 1979 ó 1980). El Alcázar, con toda su prosopopeya patriótico franquista llegó a sacar un extra titulado La manifestación más grande jamás contada

http://eminves.blogspot.com/2016/10/cuadernos-blancos-tintin-con-camisa.html

Con el 11-S pasa algo parecido. Hay una guerra de cifras: los organizadores consideran un fracaso todo lo que baje de 500.000 de asistentes (y nunca han sido tantos), así que maquillan las cifras. No es raro. Todos lo hacen. Lo que pasa es que llegar a multiplicar por 7 los asistentes (como se hizo el 2011 dando la cifra de 2.000.000 de manifestantes) parece algo exagerado e increíble: como si 1/3 de la población catalana hubiera asistido. Poco después hubo elecciones catalanas y los votos independentistas sumados no llegaron a esa cantidad (se quedaron en 1.800.000, así que…). Este año la cifra oficial es de 1.000.000 de manifestantes (mejor redondear…) aunque todos sabemos que no ha llegado ni en broma a esa cifra. De hecho lo sabe todo el mundo, menos el pringao que está en medio y tiene la sensación de ser un átomo minúsculo en un océano de gente. Este año el problema que han tenido ha sido que la manifestación se ha hecho en una zona fácilmente mesurable y lo más objetivo es reconocer que no han podido asistir más de 250.000 personas. Que no son pocas.

A pesar de las belicosas declaraciones del troglodita que ejerce de “honorable”, un verdadero “tigre de calçots”, lo cierto es que se ha tratado de una diada a la defensiva y en la que lo único que se ha pedido es “la libertad de los presos”. Yo coincido casi con los manifestantes: los presos no pueden quedarse eternamente como “preventivos”, es preciso que el juicio se vea y que se vea rápido. A pesar de que el “tiempo jurídico” no es el mismo que el “tiempo político”, personalmente sé lo que desgasta un año de cárcel, especialmente si se ignora la condena o se ignora cuánto más se va a permanecer en el chopano. Así que no estaría de más que el gobierno instara a los tribunales a ponerse las pilas y si el juzgado que lleva el caso precisa más funcionarios que los tenga, si precisa más fotocopiadoras que se las pongan, pero un proceso que se dilata tanto es, en esto como en todo, inadmisible.

Decía al principio que esto recuerda el Día de la Marmota. Se conoce la película de Bill Murphy y Andie MacDowell: un periodista displicente entra en un bucle temporal del que no puede escapar. Cada día vivirá los mismos hechos, pero tendrá la ocasión de rectificar su comportamiento hasta que, finalmente, se convierte en un tipo que logra seducir a su productora porque ha alcanzado el nivel requerido de humanidad. Y todo sucede el Día de la Marmota. Es una muy buena película que me recuerda lo que ocurre en Cataluña y lo que les ocurre a los independentistas.

Cada año tienen la ocasión de rectificar y cada año imprimen un pequeño giro a su guión. El 11-S de 2017 se celebraba para apoyar el seudoreferéndum del 1-O. Todo era triunfalismo. El año anterior, se celebró para impulsar la unión de todas las fuerzas políticas tras el “procés”. Ahora lo que se busca es “liberar a los presos”. El que viene se protestará por las multas multimillonarias y las condenas que les habrán caído. Habrá habido elecciones en el Estado y el camino a la independencia seguirá cerrado por la constitución. Cataluña, región otrora industrial, seguirá siendo el paraíso turístico para visitantes en chancletas y en busca de botellón y porrito barato. Las empresas que se fueron no volverán. Y las defecciones, que están siendo ahora por vía de ausentarse sin dejar señas, dejarán paso a las defecciones acompañadas de recriminaciones públicas.

Todo lo que no avanza, retrocede. Cuando al lumbreras de turno se le ocurrió tirar adelante la “vía del referéndum”, hacia 2010, Cataluña entró en el bucle: cada 11-S se repite lo mismo pero con un ligero cambio de escenario. Desde las detenciones de septiembre de 2017, la cosa no ha progresado, todo lo contrario: muestra divisiones internas irreconciliables, Quim Torra ni siquiera tiene partido, es diputado por Junts per Catalunya, disidente de ERC, no se integró en el PDCat y va de independentista indepe o de independiente independentista… Sergi Pàmies en La Vanguardia dice hoy que “el mensaje es la constancia”. Si La Vanguardia fuera un período con un mínimo sentido de la ironía, donde dice “constancia” hubiera puesto “día de la marmota”.

La película fue inmejorable, pero ni Quim Torra, ni Puigdemont son Bill Murray  ni Andie MacDowell. Fundamentalmente, de eso me quejo: la película tenía guión, lo que está ocurriendo en Cataluña es que, año tras año, nadie entre los indepes, tiene valor para reconocer el fracaso y salir del bucle formado por autocompasión, victimismo, apelación a unas masas que irán disminuyendo (como ocurrió en los 20-N) y agitación, no de los partidos políticos, sino de TV3, el RAC y Catalunya Radio. Me quejo de que el Día de la Mazrmota indepe nunca saldrá del bucle: salir implica reconocer que el tiempo del nacionalismo ha pasado.


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domingo, 9 de septiembre de 2018

365 QUEJÍOS (133) – CATALUÑA: BOIA CHI MOLLA!


“Boia chi molla!” fue una consigna italiana que popularizó Avanguardia Nazionale durante la revuelta de Reggio Calabria. La traducción directa sería “Verdugo el que ceda” y, en cualquier caso, es una invitación a mantener la resistencia ante un poder establecido. Es la estrategia que mantiene hoy Quim Torra. Y ha fracasado: porque si la independencia es imposible –y lleva ya un decalage temporal de cuatro años en relación a la fecha icónica de 2014 enunciada por Carod-Rovira–, lo razonable sería dar la batalla por perdida. ¿Porqué el independentismo no quiere asumir la derrota y ha pasado a una estrategia resistencialista? Me quejo de que el independentismo catalán, va a la deriva desde hace un año y no se ha dado cuenta de que es hora de pasar página. Me quejo de que el Estado tampoco tiene arrestos suficientes para recordarles su situación de fracasados y la situación puede eternizarse. Vale la pena meditar sobre la hora catalana en estos momentos previos al 11-S.

Un año es tiempo suficiente para comprobar el fracaso de un proyecto político. Obviamente, Puigdemont no lo reconocerá jamás y para él, el independentismo sigue yendo de victoria en victoria. Situado más a su derecha, Quim Torra, encarna el ala más cavernícola, reaccionaria y ultramontana del independentismo, y va un poco más allá: para él, el referéndum del 1-O fue legítimo, sus resultados incuestionables y Cataluña es una república independiente a la que solamente la intolerancia castellana impide tener un asiento en la Asamblea General de las Naciones Unidas... Así de simple. 

Artur Mas, por su parte, calla para siempre, tras el palo jurídico-económico por el anterior seudo-referéndum del 9-N. Los Pujol cuentan sus dineros, inexplicablemente, tranquilos. De los “dos Jordis”, personajes irrelevantes, se acuerdan solo unos pocos balcones. Y un año a la sombra es tiempo más que suficiente como para que el más inteligente de toda esta peña (aunque también el más emotivo), Oriol Junqueras, reconozca públicamente que la fase del “optimismo independentista” ha periclitado. El humo de los canutos impide que la CUP se entere de algo más que de dónde han colocado el tiesto y el librillo de papel de fumar. Y la población que ve TV3, más engañada que un niño en noche de Reyes, cree que esto ya es una república y esperan el discurso de Torra en la ONU. Los mentores del “procés” quieren demostrar que la cosa sigue viva: y es por eso que han adoptado la consigna del “Boia chi molla!” y su corolario: “non mollare” (no ceder).

Pero es evidente para cualquier observador mínimamente avisado que el independentismo ha entrado en una fase que podríamos calificar como de “hipertrofia amarillista”. Los que colocaban lazos amarillos, en efecto, parecen haberse vuelto locos desde que plagaron las playas de cruces amarillas. En youTube hay videos colocados por ellos mismos en los que vemos sus propias casas invadidas por lazos. Demuestran tener poco trabajo y menos imaginación y una vida triste y patética. Los colgajos afean Cataluña, pero, recuerdan (y en especial a ellos) que hay una docena de presos indepes que se las van a ver con la justicia y que les va a caer un palo del que Artur Mas les podría contar por dónde les va a doler (en la butxaca). Hay gente que se rinde con banderas blancas, otros eluden pensar en la derrota colocando lazos amarillos. Pero el sentido es el mismo: nada más alejado de las “banderas victoriosas” que los colgajos amarillos.

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¿Tienen posibilidades de éxito en un próximo futuro? Absolutamente no. La vía insurreccional les está vedada (cuando no se tiene fuerza social suficiente, ni combatividad y se está habituado a practicar el victimismo desde generaciones, la insurrección, es una quimera). La vía electoral es difícil que les lleve mucho más allá de donde les ha llevado en una situación muy favorable. Si cuarenta años de “normalización lingüística” han hecho avanzar el uso del catalán como lengua habitual a un 35-37% de la población, es difícil que avance mucho más. Es decir, la vía de la cultura catalana tampoco les va a llevar mucho más lejos. En Europa no han conseguido hacer avanzar su causa (de hecho, ha retrocedido, si tenemos en cuenta que la Liga Nord prestaba hace una década apoyos que ya no presta desde el poder). 

¿Es posible un cambio en la geometría política del Estado Español? Imposible: de las fuerzas parlamentarias, solamente Podemos podría contemplar la posibilidad de un referéndum y, veremos lo que queda de Podemos en las próximas elecciones. En cuanto al PSOE, dentro de sí tiene un ala jacobina que se desgajaría ante cualquier cambio de actitud y, disminuido en Andalucía y Cataluña la mayoría absoluta es una quimera remota; sólo gobernará en coalición, nunca más en solitario (lo de ahora es una anomalía circunstancial) y solamente puede hacerlo con Ciudadanos (cuyo “principio de razón suficiente” es el antiindependentismo) o con el PP (si llega a reconstruirse será en función de los valores propios de la derecha unionista). Así pues, la lucha del independentismo es una lucha sin esperanzas que se puso en marcha cuando los Carod y los Mas se equivocaron en su diagnóstico de que la crisis económica de 2009 abría una etapa de debilidad del Estado Español. Otros muchos elementos entraban en la ecuación y no los tuvieron en cuenta.

Ahora queda “resistir” (la ideología del “Boia chi molla!”) que consiste en afear cada día un poco más Cataluña con millones de lazos amarillos colocados por unos pocos cientos de desocupados obtusos. ¿Hasta cuándo? Hasta que Torra sufra una crisis histérica, suelte cuatro soflamas para agradar al tendido y le caiga otra vez el 155 (después de las elecciones generales, claro). O hasta que se produzca el desplome electoral de los indepes (todo nacionalismo que no logra sus aspiraciones, antes o después, desaparece o se minimiza) que se producirá antes o después. ¿Y por qué? Porque a pesar de que los sufridores de TV3 no se enteren: el siglo XXI es el siglo de la globalización, en el que la fórmula de la Nación-Estado, el principio de las nacionalidades enunciado por Woodrow Wilson hace 100 años, y el nacionalismo romántico del siglo XIX, son cosas del pasado. Van contra la historia, por mucho que griten “Boia chi molla!”. Es lo que tiene la historia: que no retrocede y, si lo hace, es en su aspecto grotesco

Torra aspira a ser un Frankenstein con la cabeza del doctor Robert y su frenología supremacista catalana, el corazón con el latir de Estat Catalá de 1936 y las manos de Miquel Badía y de Daniel Cardona, con la verborrea de Eugeni Xammar, con un proyecto siempre frustrado situado entre Prats de Molló y el 6 de octubre de 1934. Un Frankenstein hecho de despojos de pobres mediocridades en su época y que hoy solamente recuerdan los más freakys entre los indepes. Apa nois, a fer l’onada el proper 11-S i ja ho sabeu: “Botxi el que cedeixi!”. Me quejo de que estos no se enteran de nada. Y la pregunta del millón es “¿quién le pondrá el cascabel al gato? ¿Quién de entre los capos indepes será el primero en reconocer que la partida se ha perdido? Nadie quiere ser el “verdugo”, el “botxí” de algo que está más muerto que la momia de Tutankamon