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viernes, 23 de mayo de 2025

España ¿tiene todavía remedio? (I) PSOE = “asociación criminal”.

Cada vez más lícito dudar de que la España democrática y constitucional tenga remedio. Quien decía hace cuarenta y tantos años que a España le faltaba tradición democrática tenía razón. Hoy seguimos sin tenerla. Más aún, algunos estamos convencidos de que ese régimen no se ha hecho para un pueblo como el nuestro. En 1975 se tenía “ansiedad” democrática y una parte de la población, estaba dispuesta a manifestarse por ella, como un niño se emociona ante la posibilidad de que le regalen un juguete nuevo.

Hoy, la “ansiedad” de entonces se ha convertido en hartazgo y extrañeidad: hartazgo por la presión fiscal mayor de Europa, hartazgo por el deterioro creciente del régimen y extrañeidad en relación a la tarea de gobierno (de hecho, la “participación popular” se reduce a votar desinformados sobre las verdaderas intenciones de los candidatos una vez cada cuatro años).

Y, para colmo, la fealdad instalada en las calles, con sus velos y sus coranes, sus chilabas, sus formas de bombona de butano y la llegada de todo lo que estéticamente está más alejado del concepto de belleza clásico, mesura y ponderación. Y decimos “fealdad” como elemento objetivo porque en Europa existe desde la más remota antigüedad una unidad medida de la belleza: “la divina proporción” o “número áureo”. Y la fealdad como nuevo paisaje urbano, agota la vista. Y es que, además del saqueo practicado por Hacienda (sí, lo comprendemos: de alguna manera hay que sufragar las “paguitas”, las “ayudas al desarrollo”, los cinco niveles de la administración, y las “mordidas” y corruptelas de los gobernantes), además de la degradación del orden público, de la inseguridad en todos los niveles (empezando por el jurídico y terminando por los ahorros), además, esa fealdad que cansa la vista y ha sido la peor de las “innovaciones” estética traídas por el régimen constitucional.

Por no hablar de la otra “fealdad”, la peor de todas, la “fealdad ética”: la que exhibe RTVE en los nuevos programas excremenciales al estilo de "La Familia de la Tele", "Malas Lenguas", el concurso "Make Up Stars", “La Revuelta” y demás… que han logrado lo que parecía increíble: que las audiencias del “ente público” (que pagamos todos) sean casi residuales.

España no tiene remedio: nos estamos olvidando de lo que es la justicia, el deber, la honestidad e, incluso, la belleza. Y, en buena parte, eso se lo debemos al infame entre los infames, al hombre que nunca más podrá pasear sin una nutrida escolta por las calles de España y que, incluso si se cruza con un turista español en las playas de Santo Domingo, seguramente recibirá una granizada de insultos y recordatorio de sus infamias o, cuando entre en una celda, nunca tendrá a otro delincuente que pueda alegar ser más infame que él.

Dicho todo lo cual, a modo de introducción, parece bastante claro que el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, aspira, no solo a llegar al final de la legislatura, sino a repetir mandato. Que lo consiga o no, ya es harina de otro costal. Para él, la alternativa es clara: o Moncloa o la prisión. Así que toca resistir y aceptar el chantaje continuo de la no-España y de los restos de Sumar. Pero, lo cierto, es que, a estas alturas, cuando el próximo 2 de junio de cumplan siete años de permanencia de Sánchez en La Moncloa, la cuestión es si la situación en la que se encuentra el país tiene o no remedio.

Supongamos que, antes o después, llega al poder una coalición formada por el PP y Vox (y aquí tampoco se puede ser muy optimista a la vista de las reiteradas declaraciones de Feijóo, prodigio de falta de liderazgo y mediocridad, producto de la mejor clase política generada por el stablishment). La situación real con la que se encontrará será, simplemente, catastrófica y el pozo demasiado profundo como para salir sin ajuste duro-durísimo.


UN EJEMPLO: EL PROBLEMA DE LA OKUPACION YA ES IRRESOLUBLE

Fijémonos, por ejemplo, en algo sobre lo que, prácticamente, existe unanimidad en este momento: la ocupación de viviendas como hecho ilegal. Pocos dudan -y los pocos que dudan se sitúan en el territorio de la izquierda más marciana- que la okupación es un delito que debe ser castigado con la misma dureza que el robo de cualquier propiedad privada. Además, la permisividad ante la ocupación ha hecho, incluso, que una parte sustancial de los inquilinos que han firmado un contrato, se crean con derecho a interrumpir los pagos mensuales. ¿Por qué no iban a hacerlo si, en la práctica, la ocupación está despenalizada y basta con alegar cualquier situación de “vulnerabilidad” para interrumpir un proceso de desalojo?

Pues bien, si tenemos en cuenta que, como mínimo, cada propiedad okupada alberga a una media de 5 personas, nos encontraremos con que los 100.000 pisos que están okupados ilegalmente en este momento, albergan a la espectacular cifra de ¡medio millón de personas! La cifra de 100.000 viviendas okupadas es la que da la web desokupa rápido. Lo saben porque se han especializado en la materia. Su conclusión no tiene desperdicio: España es el país de Europa con un mayor parque de viviendas okupadas. El gobierno, por cierto, no da cifras totales del fenómeno, sino sólo de las okupaciones anuales… Tampoco existe una estadística de “desalojos” y “lanzamientos” judiciales. En otras palabras: el gobierno (y los gobiernos autonómicos) oculta las dimensiones reales del fenómeno.

Está demasiado claro que el fenómeno de la ocupación está directamente ligado al de la permisividad ante la entrada masiva de inmigrantes imposibles de acomodar en los circuitos labores y que, en realidad, aspiran a ser subsidiados sine die por el Estado Español. Pero también aquí, la responsabilidad es de Pedro Sánchez y de su gobierno de cabezas huecas integrales que reproducen el modelo de su patrón.

Y ahora pensemos por un momento lo que podría ocurrir si un gobierno con autoridad y decisión, mañana, decidiera desalojar a medio millón de personas… Podemos estar seguros que se produciría un estallido social inmediato. Y es que, a fuerza de dejar pudrir el problema de la ocupación, en el momento actual ¡ya no tiene solución! (al menos solución pacífica).

Después de que, la “construcción de viviendas sociales” tuviese un papel casi protagonista en la anterior campaña electoral a la que asistimos a una serie de promesas extravagantes (“construiremos 400.000 de viviendas sociales”, “600.000”, etc) por parte de Pedro Sánchez, lo cierto es que, desde 2018, apenas se han construido 24.000 y, no por el gobierno, sino por las comunidades autónomas (mayoritariamente en manos de la derecha). 

Si solamente en Salt (Gerona) se produjeron dos noches de violentísimos incidentes por el intento de desalojo de un imán africano, podemos pensar lo que ocurriría en una ciudad como Mataró en donde hay 760 viviendas okupadas, con un total aproximado de entre 5.000 y 7.500 okupas, sobre un total de 95.000 habitantes. Y si bien es cierto que Mataró tiene la tasa de okupación más alta de tota España, también es cierto que ni el gobierno central, ni los gobiernos autonómicos, ni los ayuntamientos, ofrecen cifras oficiales claras e inapelables por las que pueda ponerse la mano en el fuego: todos tienden a disminuir el número de las okupaciones, para no alarmar ni a la población, ni al turismo.

Pero lo cierto es que, España es hoy la capital mundial de la okupación. Y eso no tiene solución a corto plazo. La solución, en cualquier caso, no tiene solamente que ver con la escasez de vivienda, sino con otros factores que deberían abordarse en conjunto. La inmigración ilegal, el primero de todos. Y da la impresión de que a Feijóo, el tema de la inmigración no le interesa particularmente o, digámoslo de otra manera, le interesa solo en la medida en que no tocarlo puede hacer que se fuguen votos hacia el discurso más radical de Vox. Por todo ello, en este tema, mucho nos tememos que la actitud del PP y del PSOE en esta materia son exactamente idénticas.

Pero no es solamente en la cuestión -cada vez más acuciante- de las okupaciones, es en transportes, es en gasto público, es en empleo, es en deuda pública, es en corrupción, es en división de poderes, es en libertad de expresión, es en industria y en agricultura, es en política internacional, en donde estamos asistiendo a una degradación irreversible. Esa crisis generalizada en todos los sectores es lo que impide ser optimista, venga quien venga después de Sánchez.

HACIA UNA “CAUSA GENERAL” DEL SANCHISMO

El sanchismo precisa que se incoe una “causa general”. Es de justicia que un gobierno que perdió las anteriores elecciones y que solamente gobierna gracias a las concesiones realizadas a los partidos independentistas y minoritarios, que, a la vista de los procesos judiciales abiertos desde hace ahora algo más de un año, desde el primer momento no ha hecho otra cosa que ejercer prácticas corruptas, no se vaya de rositas nuevamente. “Causa general” quiere decir agrupación de todas las prácticas corruptas en un solo sumario abierto contra el Partido Socialista Obrero Español -cuyo nombre, ya de por sí, es una estafa- que solamente puede tener una sentencia final: el reconocimiento de que ese partido, ya sea por tradición o por degeneración, se ha convertido en una asociación criminal que ha sumido al país en una crisis de la que le será muy difícil -casi imposible- salir.

Platón se planteaba cuántos granos de arena hay que sumar para generar un “montón”. Análogamente podríamos preguntarnos: ¿Cuántos casos de corrupción deben estar protagonizados por miembros de un partido político para que pueda ser considerado “asociación criminal”? Sean los que sean, el gobierno de Pedro Sánchez lo ha superado con mucho. Y no hay “un montón” de casos de corrupción, sino “una montaña”.

 

  





 









jueves, 28 de diciembre de 2023

LAS DIEZ CONTRADICCIONES INSUPERABLES POR LAS QUE COLGARÁN POR LOS PIES A PEDRO SANCHEZ SUS PROPIOS SOCIOS (3 de 3)

 

8. Contradicción entre las aspiraciones del electorado socialista y la realidad del pedrosanchismo

¿A qué aspira el electorado socialista tradicional? Respuesta: a que sus siglas triunfen sobre la derecha y, sobre todo, que no se tenga que avergonzar de lo que ha votado. El 30% de los votantes socialistas se avergonzaban a mediados de diciembre de lo que habían votado en junio. Podían esperar un gobierno de coalición con la izquierda (Sumar), pero nunca antes hubieran podido esperar que fuera la no-España la que abriera a Sánchez las puertas del gobierno de la nación. Cuando hablamos de “electorado socialista”, nos referimos al “tradicional”, esto es, a aquellos electores que llevan décadas votando los mismos colores y que considerarían un desdoro votar a cualquier otro. Ese electorado es, fundamentalmente, perteneciente a la “tercera edad”. Va menguando por causas biológica en cada elección. Fueron los que votaron a Felipe González en 1977 y siguieron haciéndolo a sus sucesores, eso sí, cada vez más descontentos. Los “viejos socialistas” tenían ya muy poco que ver con ZP, pero nada absolutamente con Pedro Sánchez y las monsergas de sus ministras.

Durante la anterior legislatura, esos electores achacaron todas las incongruencias del gobierno a las ministrillas y ministrillos de Podemos, no a errores de Sánchez. Pero ahora no hay error posible: si Sánchez ha elegido gobernar con los votos de la no-España es porque él lo ha buscado. No es raro que sus electores tradicionales se hayan visto decepcionados. Llevan de decepción en decepción desde 2003 cuando ZP accedió al poder gracias a las bombas del 11-M. Entonces se alegraron, pero unos años más tarde, cuando, desde La Moncloa se empezó a ver en qué consistía el “buenismo”, loa perplejidad de estos electores fue en aumento. Eran de los que consideraban que estaba bien no levantarse ante la bandera USA y retirar las tropas de Irak… pero, por lo mismo, no entendieron por qué había que enviar más tropas a Afganistán. Y luego, cuando estalló la crisis de 2007-2011, no entendieron como ZP en lugar de salvar puestos de trabajo, se limitó a salvar a los constructores y, sobre todo, a la banca.


Estos electores han ido de decepción en decepción con Sánchez: ya fruncieron el ceño cuando pactó con Podemos, intuían que aquel grupo de “loquitas” les iba a traer más problemas que beneficios, como, de hecho, así fue. Tampoco les hizo mucha gracia que Yolanda Díaz promoviera Sumar. Les hubiera sido más grato, pactar con el PCE, una de las muchas siglas que se ocultan bajo ese rótulo. Hoy, sospechan que Sumar es la misma olla de grillos que fue Podemos en sus mejores momentos y, de momento, con la legislatura todavía en pañales, los cinco diputados de Podemos no han tardado ni un mes en escindirse en nombre de la “unidad de la izquierda”. Pero lo peor fue la política de pacto con los independentistas catalanes, vascos, gallegos, incluso con Coalición Canaria.

Y es que la izquierda, la de toda la vida, siempre ha sido jacobina. No ha sido en absoluto amante del nacionalismo regional que, a fin de cuentas, era un subproducto de las burguesías regionales que explotaban a los trabajadores. Han podido aceptar el “Estado de las Autonomías” como garante de las libertades regionales dentro de la unidad del Estado, pero nada más. Y si bien es cierto que los cuadros socialistas han visto en las autonomías una especie de “oficina de empleo” para sus militantes de segunda y tercera fila, también es cierto que una cosa son los afiliados al partido (que buscan, sobre todo, su beneficio personal a cambio del pago de una cuota) y otras muy distinta los electores que votan regularmente a la sigla “PSOE” y que ven las cosas de una manera muy diferente.

Es más que posible que un tercio de los electores socialistas decidan -especialmente en Cataluña- no volver a votar en su vida a esa sigla. Cuando han vivido decepción tras decepción siempre hay un momento en el que se produce la ruptura: y, entonces, el amor profesado a la sigla, se convierte en odio eterno. Hoy, el socialismo ha llegado a ese punto.  

9. Contradicciones entre el paquete LGTBIQ+ y las obsesiones de género y el sentir de la sociedad española

Todos tenemos algún amigo gay dentro o fuera del armario. Es un buen tipo y eso nos da pie para que su vida sexual no nos importe. Ha decidido un camino y allá él y sus amores. Pero otra cosa es el “misionero” LGTBIQ+, que quiere que cualquier excentricidad sexual sea computada por la sociedad como algo de lo más normal, que tengamos que soportar su espíritu misional, que nuestros hijos tengan que soportar en la escuela adoctrinamiento obsesivo. Y, no solo eso, sino que cuanto más excéntrica sea su modalidad sexual, más debe estar presente en todas partes y mayores esfuerzos hay que poner en preservar sus “libertades”. Lo malo del mundo gay es cuando cree que se lo merece todo y que cualquier limitación a “sus libertades” es una mancha para la democracia. Y una cosa es ser gay y otra muy distinta convertirse en misionero, desmadrarse “el día del orgullo gay” y que los ayuntamientos subvenciones sus manifestaciones y hagan la vista gorda a exhibiciones que pueden ser consideradas como “escándalo público”. Ver a una comitiva gay en pelotas es algo que puede causar hilaridad a algunos, curiosidad a otros, repulsión a muchos, pero que puede resultar traumático para un menor. Y si a alguien no se le permite ir en bolas un día de cada día, no se ve en función de qué derechos puede aceptarse que desfile subsidiado en una manifestación que reúne a aquellos que, a falta de sentirse orgullosos de algo meritorio, lo están de su sexualidad.

Cuando ya descendemos a grupos “de género”, más problemáticos y menos habituales (transexuales, travestidos, queers y demás), emprendemos algo parecido al “descenso del Mekong” de la película “Apocalypse Now”. Hay un momento en el que estamos zambullidos en plena locura. España, con Pedro Sánchez ha llegado hasta ese punto. En efecto, el hecho de que un menor que todavía no puede votar, puede, por sí mismo, “decidir” sobre una operación de cambio de sexo y que esta sea a cargo de la Seguridad Social, al igual que toda la provisión de fármacos que deberá tomar hasta que muera para mantener una ficción de que ha “cambiado” de sexo (cuando su ADN seguirá siendo el mismo toda su vida: de hombre o de mujer, con el que ha nacido), es solamente una muestra de la locura a la que han llegado las vanguardias del movimiento LGTBIQ+.

Y esto en un momento en el que cada vez menos fármacos están subvencionados, cuando para cualquier operación -incluso de urgencia- hay que esperar semanas y/o meses y cuando el sistema sanitario está cada vez más sobrecargado por millones de inmigrantes que han llegado a España en condiciones de salud precarias o que mantienen hábitos insanos de vida. El cálculo del pedrosanchismo es: “existen gays, lesbianas y transexuales, y en torno a cada uno de ellos existen amigos, vecinos, familiares, que los quieren y aprecian, por tanto, a pesar de que algunos de estos grupos sean ínfimas minorías, globalmente suponen un porcentaje que puede hacer ganar algunos diputados”. Es el razonamiento perverso que el PSOE utilizada desde los tiempos de Felipe González cuando la mayoría absoluto que obtuvo en 1983 se sustentaba en buena medida en la “despenalización del consumo de drogas” (que generó, inmediatamente, en los años sucesivos una epidemia de heroinómanos y facilitó la extensión del VIH).

Desde este punto de vista, vale la pena apoyar al feminismo de “cuarta generación”, a gays, lesbianas en cualquier capricho y exigencia que tengan, y no digamos a transexuales, queers, y cualquier otra variante que puede añadirse. Y eso es lo que hacen como si no hubiera otros problemas mucho más acuciantes, que afectan a grupos sociales mucho más amplios y más necesitados… Y este es el problema: que la mayoría de la sociedad española, está dispuesta a ser tolerante con todo este batiburrillo de siglas, pero lo que no están dispuestos a sacrificar sus propios derechos para capricho momentáneo de algunos que hubieran salido mejor parados con entrar en una consulta de psicología en lugar de una y otra vez en un quirófano con obligación de hormonarse durante toda su vida y todo para parecerse -más o menos- a un hombre o a una mujer.

El pedrosanchismo está preso por esta minoría que ha carcomido incluso sus propias filas. Y que, como todas las minorías que saben que son imprescindibles para que alguien puede seguir gobernando, siempre “quieren más”. El PSOE ya no puede dar marcha atrás en la vía que ha asumido: el “todo por la patria” de algunos se ha convertido en el “todo por lo LGTBIQ+”. Lo que pidan, lo que exijan: todo, absolutamente todo, deberá pagarse, incluso las operaciones de cirugía estética de este grupo. Y la sociedad española está en otra perspectiva y no está dispuesta a seguir financiando con sus impuestos, caprichos de cambio de sexo, ni chiringuitos subsidiados de este colectivo. Y menos aún en momentos de precariedad económica.

Lo que los miembros del colectivo LGTBIQ+ quieren es algo que el gobierno no podrá seguir dando hasta el punto que ellos desean. Hay un punto en el que el PSOE deberá elegir entre seguir cediendo a las exigencias LGTBIQ+ o asumir que buena parte de su propio electorado considera que ya se ha llegado demasiado lejos en este terreno y aceptar, incluso, que uno de los factores de pérdida del voto tradicional socialista y de reforzamiento del voto conservador, es el apoyo prestado a este grupo minoritario.

10. Contradicción entre la “visión” del pedrosanchismo y la triste realidad

Lo peor que puede hacer un político es creerse sus propias mentiras. Esto ya pasó con ZP, con la diferencia de que, más que mentir, se había refugiado en los “mundos de bambi”, idealizados buenistas e ingenuos. Zapatero nunca entendió porque la “economía iba bien” (cuando iba bien), ni por qué empezó a ir mal. Ignoraba por completo que el PIB mide el volumen del movimiento económico y, por tanto, que si anualmente la población española crecía un millón de personas (gracias a la inmigración) y se trata de un grupo social subvencionado, estará claro que en cuatro años se habrá producido un aumento de población del 10% y, por tanto, un aumento similar de movimiento económico medido por el PIB (porque esa población comerá, consumirá y vivirá, incluso algunos, trabajarán). Pero no será un aumento de la “riqueza”, ni de la “productividad”. Con Rajoy, España regresó al realismo: había que apretarse el cinturón y superar la crisis como fuera. Y Rajoy consiguió capear el temporal a costa de aumentar el endeudamiento público, pero cuando fue derrotado por una moción de censura, la situación económica, aunque mucho mejor que en el momento en el que se hizo cargo del poder, seguía lastrada por la deuda y por los intereses.

Con Pedro Sánchez las cosas fueron sensiblemente diferentes: en tanto que licenciado en economía, Sánchez conoce muy bien la situación del país y para embellecerla se aferra a unas cuantas cifras macroeconómicas interpretadas a su criterio torticeramente: selecciona la que da la sensación de prosperidad e ignora todas las demás que indican regresión, pobreza y precarización. Pero sabe muy bien que la situación es inviable a medio plazo. Piensa que todo estallará en la cabeza de alguno de sus sucesores, no en la suya. Y eso le tiene absolutamente sin cuidado: siempre tendrá la ocasión de echarle las culpas al malhadado sucesor, sea quien sea, o a “la coyuntura”.

Eso es perfectamente acorde con la deformación psíquica de Sánchez. La situación del país es catastrófica y ha ido empeorando desde 2019 cuando se hizo cargo del poder. Y no solo a nivel económico y moral. En todos los rubros de la vida social, el país ha entrado en barrena: con la educación quebrada en todos sus niveles y con una crisis que ha terminado por llegar incluso al sector universitario, con el orden público desintegrado y la delincuencia campando a sus anchas, con una inmigración masiva cada vez más descontrolada y con España convertida en el “coladero de Europa”, con una sociedad que ha dejado de producir nacimientos y que en apenas 20 años verá un vuelco étnico sin precedentes en la historia de Europa, con una inseguridad jurídica que inhibe inversiones y sin un modelo económico que suponga una orientación para inversores, con un mercado laboral esclerotizado, un aumento de la vivienda, procesos de gentrificación en las grandes ciudades, ruina y abandono del campo gracias a las políticas suicidas de la UE (ante las que el gobierno español, que podía vetarlas, permanece mudo), sin defensa nacional, con una crisis institucional y una constitución avejentada, sin posibilidades de practicar políticas de austeridad adelgazando el volumen del Estado y eliminando niveles burocrático-administrativos, con una sociedad que ha renunciado a valores, a su propia identidad, a sus propias tradiciones, etc, etc, etc… va a resultar milagrosos que España sobreviva y si lo hace será como país irrelevante dentro de una Unión Europea no menos irrelevante y sin futuro.

Pero Pedro Sánchez se niega a ver esta realidad: proclama, como antes hizo ZP, que el país “avanza como una moto”, que no hay sombras en el horizonte, que quien ve alguna posibilidad de perturbación es un “extremista fascista” y que su forma de hacer las cosas es la mejor posible… y, sin duda lo es, para llevar a un país a la ruina. Esta es quizás la mayor contradicción de la que hace gala su gobierno Frankenstein 2.0: presentar una situación insostenible como el mejor de los mundos y cuando no existen posibilidades razonables de recuperación de la normalidad (salvo por la vía de reformas radicales de carácter económico, social o constitucional, imposibles de realizar con las actuales simetrías parlamentarias). Cualquiera de las diez contradicciones que hemos señalado es, en sí misma y con independencia de las otras nueve, insuperable y bastaría para hacer caer el gobierno. Ahora sabemos que unas tienen fecha de caducidad y que otras, antes o después, se manifestarán inevitablemente. Y es por eso que resulta imposible pensar que Sánchez va a soportar el peso de las circunstancias durante los tres años y medio que quedan de legislatura.

Sánchez, aunque no lo quiera reconocer, es un cadáver político: lo es desde las elecciones autonómicas y municipales de 2023, logró salvarse en la medida en que tuvo la sangre fría y la irresponsabilidad de pactar con todos y entregarles lo que no era suyo: parcelas de soberanía nacional, flagrantes ilegalidades, concesiones que no estaban en manos del poder ejecutivo. Cada uno de sus aliados circunstanciales olió el miedo de Sánchez a perder el poder y elevó el listón de sus exigencias. Y Sánchez no tuvo el más mínimo reparo en conceder aquello que no le pertenecía. El resultado va a suponer una catástrofe más para España. Quizás lo único bueno que salga de todo esto es que, con su política insensata, la sigla “PSOE” habrá quedado quemada para siempre.


LAS DIEZ CONTRADICCIONES INSUPERABLES POR LAS QUE COLGARÁN POR LOS PIES A PEDRO SANCHEZ SUS PROPIOS SOCIOS (1 de 3)

LAS DIEZ CONTRADICCIONES INSUPERABLES POR LAS QUE COLGARÁN POR LOS PIES A PEDRO SANCHEZ SUS PROPIOS SOCIOS (2 de 3)

LAS DIEZ CONTRADICCIONES INSUPERABLES POR LAS QUE COLGARÁN POR LOS PIES A PEDRO SANCHEZ SUS PROPIOS SOCIOS (3 de 3)








lunes, 30 de octubre de 2023

EL VERDADERO ESTADO DE LA NACIÓN (y 15): Balance final: España en liquidación por "insuficiencia constitucional"

Si alguien cree que un país puede soportar todas estas tensiones, se equivoca. Son demasiados frentes de crisis abiertos e iniciados muchos de ellas hace décadas, como para pensar que pueden ser superados. Podría pensarse que cada uno de estos problemas, aislados unos de los otros, podrían ser resueltos por algún gobierno que se empeñara en la tarea. 

Pero, aquí y ahora, todos estos problemas se han acumulado en el tiempo: problemas estructurales de carácter político (partidocracia, fallas de la constitución del 78, vertebración del estado, formación de dos bloques de intereses antagónicos separados por una brecha insalvable), hundimiento de principios (corrupción, crisis de la enseñanza, empobrecimiento cultural), problemas internacionales (conflicto ucraniano, presencia en la UE y en la OTAN, Agenda 2030), crisis de identidad (inmigración masiva, multiculturalismo, “diversidad”), crisis de la natalidad, crisis económicas (ausencia de modelo económico, endeudamiento excesivo, gasto público insostenible), etc, etc, etc, coinciden en el mismo momento, se superponen unos a otros, se retroalimentan.

Nuestro país -pero también, toda Europa Occidental- afronta una “tormenta perfecta” en un momento de debilidad política y moral interior. Es muy ingenuo quien piensa que gobiernos que, lejos de resolver, cuando podían estos problemas, y que los han dejado fermentar, no se han preocupado por ellos, o incluso los han generado, en los últimos 40 años, van a estar en condiciones de hacer ahora, en una situación muchísimo más deteriorada, lo que no resolvieron cuando tuvieron ocasión.

Es cierto que las “tormentas perfectas” pueden ser afrontadas por determinados modelos de embarcaciones que han sido diseñadas para eso, de la misma forma que hay sistemas políticos capaces de encarar situaciones como ésta. Pero no, desde luego, el régimen nacido en 1978. El drama que atraviesa España en estos momentos es que, el bloque de la derecha solamente es capaz de estructurar su programa basándose en la “defensa de la constitución” (que ha demostrado su ineficacia creciente), mientras que el bloque de la izquierda articula su discurso en la “profundización de la democracia” (que implica una rectificación de la constitución de 1978, pero no es una dirección razonable, sino avanzando posiciones en dirección a la decadencia, como si los tramos recorridos hacia el precipicio que ya hemos recorrido no fuera suficiente y hubiera que acelerar el paso). 

Ninguna de las dos opciones es aceptable, lógica, ni razonable. La primera supone solamente una ralentización de un proceso degenerativo inevitable que empezó poco después de la aprobación de la constitución (cuando a principios de los 80 se aumentó el volumen del Estado con la generalización de las autonomías). La segundo no es más que una marcha hacia el abismo a paso ligero, como si la inevitable caída supusiera “volar hacia un mundo ideal”. Esa es la única diferencia entre “políticas de derechas” y “políticas de izquierda”.

Pero, los dos grandes bloques políticos están de acuerdo en una sola cosa: que para modificar la constitución es preciso un consenso y una amplia mayoría parlamentaria, que no dispone ninguno de los dos bloques… así pues, salvo reformas constitucionales parciales impuestas desde las instancias internacionales, no existe la más mínima posibilidad de que nuestro sistema político pueda regenerarse desde el interior.  

La lógica impone pensar que los “padres de la constitución” no tuvieron en cuenta ni los resultados que ésta podía tener en su aplicación y desarrollo, ni siquiera fueron capaces de prever que el paso del tiempo generaría condiciones completamente diferentes a las que se daban en 1978. En su infinito narcisismo, pensaron que habían hecho una constitución para “toda la vida”, la vida de la generación de entonces y de las generaciones venideras. Así que decidieron cerrar las puertas a una reforma sin consenso… pero ese consenso es hoy imposible. Incluso, en el caso de que pudiera darse, sería sospechoso dada la catadura moral y las motivaciones de las direcciones de los dos grandes partidos y, por extensión, de la clase política española, producto degenerado de décadas de impunidad, mal gobierno y prácticas corruptas.

No solamente España, sino en todo el mundo, se asiste al mismo proceso: se están formando dos bloques a los que van a parar todas las opciones políticas existentes, el bloque de la derecha conservadora y el bloque de la izquierda progresista. En medio, una gigantesca, profunda y amplia brecha insalvable. Ya no hay centrismos, ni posibilidades de reconstruir consensos por grave que sea la crisis y por mucho que se presente como la única posibilidad de salir del impasse en el que nos encontramos.

En España, los grupos mediáticos que facilitaron la transición democrática, han desaparecido o han diluido su poder. La situación internacional es completamente diferente. Incluso la sociedad ha cambiado radicalmente, se han producido desde entonces la Tercera y la Cuarta Revolución Industrial. Todo ha cambiado… todo, menos la constitución.

Si aceptamos que esta constitución no está a la altura -y es difícil sostener lo contrario si nos asomamos sin prejuicios ni limitaciones a la situación real del país que es lo que hemos hecho en esta serie de posts-, si los dos grandes bloques políticos carecen de líderes que vayan más allá de ser meros productos de marketing y publicidad, ignorando incluso lo que es el “sentido de Estado”, verdaderos jefes de bandas de saqueadores que piensan más en su futuro personal y de su camarilla, que en el de la Nación que deberían dirigir, habituados al engaño, a la falsificación de datos, a las interpretaciones beneficiosas para su lógica y sus intereses, pero alejados de la objetividad y la verdad desnuda, si no hay posibilidades realmente aplicables de reformar la constitución, parece imponerse la idea de abrirse a otras posibilidades que, en condiciones normales, no podrían -ni siquiera, deberían- ser contempladas.


El verdadero Estado de la Nación (0): Abandonar la Unión Europea, una urgencia nacional

El verdadero Estado de la Nación (1): España [in]Defensa

El verdadero Estado de la Nación (2): Un sistema político elogiable en su insignificancia

El verdadero Estado de la Nación (3): Ni matrimonio, ni natalidad: animalismo

El verdadero Estado de la Nación (4): Una nación sin identidad y que ha renunciado a la suya propia

El verdadero Estado de la Nación (5): Sin modelo económico desde hace 15 años

El verdadero Estado de la Nación (6): La catástrofe lingüística de un pueblo

El verdadero Estado de la Nación (7): La inseguridad se ha convertido en el pan nuestro de cada día

El verdadero Estado de la Nación (8): El problema irresoluble de la deuda

El verdadero Estado de la Nación (9): El trabajo, un bien que se extingue

El verdadero Estado de la Nación (10): Las pretensiones del colectivo LGTBIQ+

El verdadero Estado de la Nación (11): Instituciones internacionales olvidables y responsables

El verdadero Estado de la Nación (12): Empobrecimiento cultural y brutalización de un país (y "bono cultural" de propina)

El verdadero Estado de la Nación (13): Los motivos y repercusiones del vuelco étnico, cultural y religioso

El verdadero Estado de la Nacion (14): Las posibilidades de un “rearme moral”

El verdadero Estado de la Nación (15): Balance final: España en liquidación por "insuficiencia constitucional"









jueves, 28 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (60) – PATRIOTISMO FUTBOLERO


Cada vez que se inicia un mundial de fútbol o algún equipo español logra algún éxito en competiciones internacionales, parece como si el patriotismo se reavivara y, salvo los raritos de siempre, se formara piña en torno a la selección española o al deportista de turno. No es malo que así sea, pero de lo que me quejo no es de eso, sino de que solamente el patriotismo se ponga de manifiesto con ocasión de eventos deportivos. Me quejo del patriotismo futbolero que ni es patriotismo, sino que no pasa de ser una forma modulada de hooliganismo que afecta, no al equipo de una ciudad, sino al de un Estado. Y en eso se queda. Y de eso me quejo.

Creo que hay sobredosis de fútbol. Creo que el fútbol es una cobertura al nihilismo (una más), una tapadera que evita ver lo insustancial de la vida moderna y una especie de estupefaciente de masas. Y lo dice alguien que en su juventud jugaba en el equipo del cole y era un afamado y veloz extremo-izquierda. Porque lo interesante de un deporte es practicarlo. Ver jugar un partido de tenis puede resultar un ejercicio de cuello, pero nunca será tan excitante como jugarlo. La competición es para los competidores competitivos. Sólo que en el último siglo se ha convertido en una forma de ocio. Y no, los juegos olímpicos de la antigüedad tenían tanto que ver con el deporte moderno, como la alquimia o la magia pueden tenerlo con la química o con la física de nuestros días.

Que guste ver el fútbol es una cosa, que su omnipresencia responde a unas necesidades muy concretas de la actual ordenación político-económico del mundo es otra que, por lo demás, nos parece innegable. Y en cuanto a las pasiones desatadas por el fútbol, son desde todo punto de vista, extemporáneas, especialmente cuando en algunos equipos relacionados con tal o cual provincia, están compuestos por gentes que solamente pisaron ese lugar cuando fueron contratados. Lejanos están los tiempos en que los clubes recurrían –como sería normal- a la cantera.

En España, además, la liga profesional de fútbol es la más fuerte del mundo… lo que inmediatamente remite al hecho de que el Estado Español es el que precisa a unos ciudadanos más despreocupados por la cosa pública, de espaldas a la triste realidad que les rodea y sempiternamente preocupados por la evolución de “su” equipo. No me voy a quejar de que muchos jugadores son perfectos tontorrones que cobran sueldos inmerecidos por algo que debería de haberse convertido en un trabajo “profesional”. Es demasiado tópico pensar que un ingeniero de sistemas o un cirujano de urgencias cobran salarios mezquinos comparados con el dinero que mueve la liga profesional de fútbol. Sin olvidar que millones de niños africanos quienes jugar a fútbol, no para divertirse, sino para convertirse en los nuevos Samuel Etoo, o Zinedine Zidan, otro motivo para venirse a Europa que nunca termina de tener el aforo completo.

Espero que gane España en el mundial, claro está. Pero si no gana, no me llevaré un berrinche, de la misma  forma que si ganara, cuando ganó, tampoco vería aumentado mi patriotismo. No creo que masas en la calle desatadas  por el fútbol puedan considerarse un fenómeno político en apoyo de tal o cual tendencia: ni preocupan en exceso los fanáticos del Barça cuando creen que su estadio ya es “territorio independiente de la repúblicatalana”, ni los obsesos de la selección española que reducen el patriotismo a los 90 minutos de un encuentro. El patriotismo es otra cosa mucho más profunda, más auténtica, menos mediatizada y más esencial. Y ese patriotismo está hoy casi ausente en España.

De hecho, cuando al “patriotismo” se le añade algún concepto queda desvalorizado: es lo que le ocurre al “patriotismo constitucional” del que hablara Aznar o del “patriotismo futbolero” tan presente en España y que la prensa quiere ligar con alfileres a la “extrema-derecha”. Es un fenómeno primitivo de masas. Nada más. Superficial e irrelevante. Lo más triste, y de lo que en realidad me quejo, es de que el patriotismo ha quedado reducido a esto. El 95% de los hooligans que se manifiestan a favor de “la roja”, lo ignoran todo sobre su propia patria, sobre su historia, sobre sus raíces. ¿Qué patriotismo ni qué gaitas? Espectáculo de masas y punto. De eso me quejo.

jueves, 19 de octubre de 2017

CRISIS GENCAT: MAMÍFEROS – MAMONES – MAMONCILLOS


Me decía ayer un amigo que, desde el punto de vista racional, ciertamente el proyecto independentista ha fracasado, pero –apuntaba- el nacionalismo no es racional. Tenía toda la razón y lo comparto. En un juego tan racional como el ajedrez, un jugador entrenado sabe cuando ha perdido la partida, con cuatro incluso diez jugadas de anticipación. Un nacionalista no. El nacionalismo es un producto de los estratos emotivos y sentimentales del ser humano, tiene mucho que ver con el subconsciente y con el instinto territorial de los mamíferos (y en torno a la gencat hay mucho “mamífero”, desde luego).

LA LUCHA ENTRE LO ESPONTÁNEO Y LO DIFÍCIL

El nacionalismo, todo nacionalismo, es una forma de primitivismo. Tenía razón José Antonio Primo de Rivera (cuya mera mención da pie a “matar al mensajero”) en su artículo escrito hará como ochenta y tantos años, La gaita y la lira. Una cosa es el apego a la tierra natal, al terruño (algo que José Antonio y el carlismo español, por cierto, no condenan, sino todo lo contrario), algo que define como “lo espontáneo” y otra muy distinta sentirse miembros de una comunidad mayor, más amplia, dotada de una “misión y un destino” (lo que José Antonio llama “lo difícil”). Así pues, la existencia es una lucha “entre lo espontáneo y lo difícil”.

Este planteamiento queda confirmado en el nacionalismo catalán: es espontáneo en la periferia catalana, en las zonas rurales, en la costa donde los pescadores salen a la mar, en “la muntanya”; es algo menos espontáneo, e insertado por la “inmersión lingüística”, las subvenciones de la gencat a “su” sociedad civil y difundida machaconamente por TV3% y demás medios del mismo jaez. Pero, el nacionalismo catalán carece de “lo difícil”: el proyecto independentista se agota en la propia independencia confirmando así el planteamiento joseantoniano.

EL AGOTAMIENTO DEL PATRIOTISMO ESPAÑOL

No cantemos victoria, porque eso mismo es lo que le ocurre al nacionalismo español, que oscila entre el “patriotismo futbolero” y el “patriotismo constitucional”, como límites inferior y superior. Este es otra forma de nacionalismo “espontáneo”. El nacionalismo catalán tiene mitos históricos. El nacionalismo español tiene un pasado… e incluso unos doctrinarios de altura: pero con la generación del 98, el patriotismo español se detuvo su teorización. Si hasta ese momento, “lo difícil”, esto es, la atribución de una “misión y un destino” a la nación, era posible, a partir de los años 50, y no digamos de los 60, este principio se fue diluyendo.

Este fue el problema: que entre 1931 y 1970, el “patriotismo español” vio como la hierba quedaba segada bajo sus pies. La escuela maurrasiana (a la que pertenecía Ramiro de Maeztu, el principal teórico del patriotismo español en esos años) sostenía que la nación se basa en dos instituciones, el catolicismo y la monarquía. Ambas columnas eran las que “habían hecho Francia” y Maeztu demostró que también habían tenido arte y parte en la formación de las Españas. Pero el ideal monárquico se fue diluyendo en los 60 (incluso el carlismo que hasta entonces era un movimiento de masas combativas en algunas zonas, empezó a disgregarse y el viejo alfonsinismo nunca emergió de nuevo durante el franquismo salvo en los círculos de poder, no en las calles) y el Vaticano II apuntilló a la Iglesia Católica.

Por eso se entiende que cuando muere Franco en 1975, la justificante del patriotismo español ya no podía ser ni la defensa de la Iglesia, ni la monarquía… ¡sino la defensa del franquismo! Y eso explica que hoy, para muchos, no solamente en Cataluña, sino en el resto de España, patriotismo = franquismo, sea una ecuación real.

El franquismo era quien, a fin de cuentas,  quien había garantizado la unidad nacional en los últimos 40 años y había dado “misión y destino” al país: ¿misión? Alcanzar una sociedad desarrollada. ¿Destino? La monarquía. ¿Problema? Que una vez se alcanzó la “sociedad desarrollada”, las fuerzas económicas que se habían generado tomaron la iniciativa, y precisaban la integración en la Comunidad Económica Europea… para lo que era preciso una forma política democrática.

A partir de aquí, el patriotismo español quedó paralizado. Salvo los intentos de Calvo Serer (España sin problema) y Laín Entralgo (España como problema), hoy muy lejanos ya, después de Maeztu y de la generación del 98, el patriotismo español no se reformuló. Hoy siguen sin aparecer nuevos doctrinarios que se formulen la pregunta de ¿cuál va a ser el destino de España en el futuro? Acaso porque se trataba de una pregunta retórica que carece de respuesta. Así pues, dado que las respuestas aportadas por el franquismo, ya no eran válidas, ni realistas, aparecieron respuestas pedestres: ¿Qué cual va a ser el futuro? Que “la roja” gane todos los partidos o… que la Constitución garantice nuestra “unidad”.

EL PROBLEMA DE LA “DIMENSIÓN NACIONAL”

Lo cierto es que la “dimensión nacional” es un concepto que no hay que perder de vista. Hoy los “Estados Nación” ya no responden a las realidades de nuestro tiempo. El hecho de que el presupuesto del CERN o del Airbus, sean superiores al presupuesto de cualquier nación de tamaño medio, es significativo. Para afrontar los retos de la modernidad ya no se puede recurrir al Estado Nación tal como lo hemos conocido hasta 1945. Hace falta alguna estructura más amplia. Y este sería el núcleo del debate: ¿alguna forma de Europa? ¿eurasia? ¿euroamérica? (como piensa quien esto escribe). Pero lo que está claro es que “lo espontáneo”, el pequeño nacionalismo de barretina, faixa, espardenyes y falç, eso vale para el folklore, para las festas majors, con sus castellers, sus grallers, sus gegants y sus sardanas… y para poco más.

La “crisis gencat” nos ha aproximado al drama de nuestro tiempo: la lucha entre la irracionalidad absoluta del independentismo (que no dispone de un solo argumento sostenible desde el punto de vista racional e incluso desde una perspectiva mínimamente razonable) y la irracionalidad relativa del “patriotismo constitucional” que se obstina el querer considerar como vigente algo que desde hace mucho tiempo está superado por la historia. Y lo mismo ocurre con abordar el problema desde posiciones “franquistas”: ni existe una Iglesia Católica de la que España pueda ser “escudo y defensa”, ni que pueda “guiar los pasos de la Nación”, ni el “desarrollismo” puede ser considerado como objetivo realista en una economía globalizada.
Por lo demás, ya lo hemos dicho en muchas ocasiones: el “patriotismo constitucional” es poco, el “independentismo” es nada. ¿Y eso por qué? Simplemente, porque la historia no da marcha atrás: los condados medievales, se agruparon en “regiones”, las “regiones” en “Estados-Nación”, ¿por qué? Simplemente, porque en cada época, las necesidades son cubiertas por una u otra dimensión. En la actualidad, la “dimensión del Estado-Nación” es pequeña, no digamos lo que supondría una “micronación”: mera calderilla.

EL TRIPLE ROSTRO DEL INDEPENDENTISMO

El independentismo, tal como se presenta en la actual crisis tiene un triple rostro:

- por una parte, el rostro de “lo expontáneo”, gente que se siente arraigada en su tierra y cuya visión no llega más allá del terruño. Es comprensible e incluso aceptable. Hay mucha gente así en la Cataluña interior, la muntanya y las zonas de pescadores.

- por otra parte, el rostro de “lo interesado”, compuesto por funcionarios de la gencat, pequeños empresarios, tejido social amamantado por las ubres de la gencat y que quiere más autonomía (especialmente económica) para poder “pillar” de lleno, tal como ha demostrado la historia de la gencat desde 1932 hasta nuestros días.

- finalmente, el rostro de “lo irracional”, formado por una mezcla de alucinados, futboleros del Barça, productos de la inmersión lingüística que no se sienten competitivos más allá de las cuatro paredes de la nacioncilla construida por la gencat, no entienden los cambios de la modernidad y reaccionan como corresponde a su situación psicológica y sociológica: agresivamente.

El primer grupo es el único al que puede reconocerse sinceridad: en ellos se manifiesta el “instinto territorial” de los mamíferos superior. Son los “mamíferos” (que podemos llamar también “auténticos”, porque creen y viven su identidad con el terruño).

En los segundos, ese instinto ha pasado a ser el de los “mamones” (los que maman de la teta de la gencat).

Los terceros son meras víctimas del adoctrinamiento, la crisis económica y los cambios de la modernidad (los podríamos calificar de “mamoncillos”). Viven en ciudades y pueblos de tamaño medio, mezcla de hooligans futboleros, clientes de club de cannabis, inadaptados poco competitivos que no han logrado insertarse en el primer tercio de la “sociedad de los tres tercios” y prefieren no ver el futuro, sino generar “ruido” en el presente.

Los tres son estados psicológicos: el de los “auténticos”, el de los “vividores”, el de los “intoxicados”, respectivamente. Los “vividores” han dirigido la gencat hasta ahora. Son los que han manipulado sus recursos económicos y educativos. Del adoctrinamiento generado por estos vividores, han emanado “los intoxicados" (y/o “mamoncillos”). En cuanto a los “maníferos”, nada más fácil que manipular los sentimientos de gentes sencillas. CiU es lo que ha hecho en los últimos 40 años, terreno en el que hoy compite con ERC.

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miércoles, 26 de diciembre de 2012

RENOVAR LA IDEA DE ESPAÑA (IV de V) - ¿ESPAÑA CON PORTUGAL?


6) ¿España con Portugal?

Salvo para los nacionalistas de uno y otro lado de la frontera, las historias de España y Portugal son tan simétricas que podría pensarse que no son dos países sino que sus tribulaciones han ocurrido en el mismo.

Una de las mayores tragedias de nuestra historia se encierra en la frase “Entre España y Portugal todavía está Aljubarrota”. En efecto, desde 1385, los resquemores entre ambos países han permanecido latentes y a poco que se rascara a uno y otro lado de la frontera hispano-portuguesa han reaparecido a lo largo de la historia de ambos países.

Intermitentemente en la historia han ido apareciendo chispazos unitaristas partidarios de un acercamiento entre España y Portugal. Inútil recordar que en los siglos del nacionalismo estos chispazos han sido extremadamente minoritarios y que la opinión pública de ambos países ha permanecido al margen y de espaldas a dicha idea unificadora. Sin embargo, hoy estamos convencidos de que es lo que se precisa para que ambos países puedan encontrar su lugar en un mundo globalizado e incluso las estadísticas –con todo lo que de falso y deformador de la realidad tienen- parecen demostrar que el ideal iberista goza de una creciente reputación en ambos países. Creemos que es hora de resucitar el IDEAL IBERISTA, revisarlo y adaptarlo a la realidad del siglo XXI.

Lo que saldría de la unión de ambos países es un bloque de 65 millones de habitantes, con una prolongación lingüístico-cultural de 360.000.000 más en el continente sudamericano, otros 45.000.000 en Centroamérica y 116.000.000 en México, lo que da un total de 520.000.000 al sur de Río Grande y de 600.000.000 de habitantes que hablan castellano y portugués en todo el mundo. Este bloque es hoy débil porque desde el siglo XVII ha sufrido constantemente los embates del mundo anglosajón, pero podemos pensar lo que supondría en este momento un bloque de poder de esa magnitud capaz, en primer lugar de animar a los pueblos situados al sur de Río Grande a romper con la hegemonía política, militar y cultural de los EEUU; en segundo lugar, permitiría a la nueva Iberia ser un experimento inédito en la historia del siglo XXI: por una parte, un Estado de vocación europea, con cultura clásica y orígenes comunes con un conjunto de pueblos continentales y, por otra parte, como puente con el subcontinente situado al otro lado del Atlántico.

La búsqueda de un futuro ibérico común reforzaría así mismo su carácter marítimo y su vocación atlántica (que no “atlantista”). Es evidente que una vocación de este tipo implicaría desplazar la capitalidad comercial a Lisboa verdadera atalaya oceánica, manteniendo la capitalidad política en Madrid, más protegida y resguardada. En el siglo XX hemos visto como el Atlántico se convertía en un “mar anglosajón”. Se trata ahora de preparar las bases para que en la segunda mitad del siglo XXI, el Atlántico se convierta en un “mar ibérico”.

Desde Río Grande hasta el estrecho de Magallanes, estamos hablando de un continuum cultural y lingüístico, dotado de población, recursos naturales y tecnología, que forman una de las unidades naturales de la economía post-globalizada. Es preciso prevenir lo que podríamos llamar “desviaciones seudo-románticas” que pueden aparecer en la zona: una cosa es el “ideal bolivariano” que presupone un destino común para todos los pueblos de Iberoamérica, y otra muy distinta el “ideal indigenista” que aspira a restaurar las antiguas cultural pre-colombinas.

Vamos a ser claras al respecto: esas culturas estaban prácticamente muertas cuando se produjo la llegada de los colonizadores. No existe continuidad ni transmisión regular entre las antiguas culturas y religiones andinas y los actuales representantes del indigenismo. Lo que hoy se considera “indigenismo” es un subproducto surgido de la agregación de residuos inconexos de las viejas tradiciones, recuperadas y reinterpretadas con mejor o peor fortuna, con sugestiones procedentes del a “new age” y del ecologismo más supersticioso (en donde la teoría de Gea se recombina con el culto telúrico a la Pachamama, en un sincretismo ingenuo cuando no ridículo).

Por otra parte, no hay que perder de vista el elemento étnico. Si en la actualidad se vive en los países andinos una recuperación del indigenismo es porque en Bolivia, Perú o Ecuador, este grupo étnico es el mayoritario, no por lo que pueda aportar en sí mismo. Ya hemos aludido al origen sincrético del actual indigenismo, pero existen también barreras étnicas. Los actuales Estados centro y suramericanos surgieron de la formación de una burguesía criolla, culturalmente arraigada en las mismas tradiciones que las ibéricas, pero que aspiraban a la independencia en la medida en la que siempre que aparece una clase burguesa con fuerza suficiente busca inmediatamente defender sus intereses y ampliarlos contando con un Estado propio. A los estratos originarios andinos la idea de Estado moderno les era prácticamente desconocida. No se trata pues, tanto de defender el “indigenismo” andino (alejado completamente de nuestro horizonte y de nuestra dinámica cultural) o cualquier otra forma de subcultura (macumba, candomble, y restos de religiones africanas llevas al nuevo mundo en los barcos esclavistas, en zonas del Caribe y de Brasil), como de apoyar y sostener las visiones culturales originarias del mundo clásico que fueron trasplantadas a Iberoamérica por los Conquistadores y Bandeirantes.

Llama la atención que fuera el integralismo portugués el último que propusiera una forma de iberismo que no estaba en absoluto alejada del que al otro lado de la frontera estaba proponiendo Ramiro de Maeztu (es más, en el entorno de la revista Acción Española, dirigida inicialmente por el marqués de Quintanar y luego por el propio Maéztu, las colaboraciones con intelectuales integralistas portugueses fue continua desde el primer número y el propio Marqués de Quintanar tenía a Antonio Sardinha como su maestro de pensamiento y mentor intelectual). El ideal iberista siempre ha fascinado a algunos patriotas españoles y portugueses. Supone, en primer lugar, la fusión de dos viejos reinos históricos que, tras la pérdida de las colonias del siglo XIX que se prolongó hasta el último cuarto del siglo XX, vieron reducidas sus posibilidades históricas.


Tras la Segunda Guerra Mundial, se evidencia que el mundo “se ha empequeñecido”. Los sistemas de transporte y los avances tecnológicos especialmente en comunicaciones hacen que los desplazamientos de un lado al otro del planeta sean más sencillos. El mismo resultado del conflicto bélico hace que de un mundo multipolar en el que grandes zonas del planeta quedaban fuera del alcance de alguno de los Estados Nacionales imperialistas, se pase a un mundo bipolar y, a partir de la caída del Muro de Berlín, en 1989, se pase a un mundo unipolar. A partir de esos hitos cada vez resultará más difícil que los rasgos de las identidades nacionales no resulten desfigurados y perjudicados.

Hacia principios de los años 60 varios fenómenos contribuyen a la aceleración de la pérdida de soberanía nacional por parte de los pequeños Estados que deben alinearse a un lado u otro de las dos grandes superpotencias. España lo hace del lado atlantista aun sin estar incluido dentro de la OTAN, a donde nos han llevado los pactos firmados por Franco con Eisenhower. Portugal, mucho más directamente fue miembro fundador de la OTAN desde 1949. Pero no fue solamente desde el punto de vista militar, también desde el punto de vista económico, ambos países fueron progresivamente penetrados por sociedades multinacionales que se hicieron con el control de amplios sectores de la economía y, a partir de la democratización, tras la negociación de ambos países con las “Comunidades Europeas” pasaron a formar parte de la actual UE. Cuando eso ocurría, ambos países ya estaban incluidos dentro de la economía mundial globalizada, situados, dentro de la división internacional del trabajo, entre los países de la periferia europea.

A parte de los errores propios de los gobiernos españoles y portugueses, es indudable que la entrada de ambos países en la zona euro y la misma pertenencia a la UE, mientras que por una parte supusieron determinados avances a partir de la llegada masiva de fondos de integración, por otra parte, impidieron la salida de la crisis utilizando los mecanismos que hasta entonces habían sido propios de un Estado soberano.

En el momento de escribir estas líneas lo que se percibe es:

1) Que el Estado Español y el Estado Portugués ya no disponen de la “dimensión nacional” adecuada para afrontar los problemas que derivan de una emancipación de la economía globalizada, ni siquiera para sobrevivir dentro de un marco gobernado por las grandes acumulaciones de capital y la existencia de centros de poder mundial. Son demasiado “pequeños” para resistir a otros Estados e incluso a conglomerados económico-financieros que hoy dictan sus reglas.

2) Que la unión entre ambas naciones y la existencia de una obvia “área de influencia común” en el continente iberoamericano, generación una “nueva dimensión nacional” más acorde con las hechuras de la economía mundial y, por consiguiente, generarían un Estado más fuerte en condiciones de afrontar los desafíos de la misma.

3) Que a la vista de que la Unión Europea ha terminado configurándose como una estructura especialmente beneficiosa para las economías más fuertes de la eurozona (especialmente la alemana y a distancia la francesa), es hora de ir pensando en una alternativa que nos refuerce dentro de la UE, pero que sea capaz de general un “Plan B” en caso de que la UE termine disolviéndose o bien cuando la reiterada lesión a nuestros intereses (como ha ocurrido durante esta crisis) nos obligue a dar por cancelado el pacto de adhesión. Y en una tercera opción: cuando un gobierno digno de tal nombre renegocie los acuerdos con la UE.

Indudablemente, dos países, uniendo sus esfuerzos y su peso, aun siendo periféricos, conseguirían presumiblemente liderar al pelotón de “países de tamaño medio” de la UE, algo que Aznar ya intentó amparándose en el poder extra europeo y antieuropeo de los EEUU. De lo que se trata hoy ya no es de esto, sino de ligar el destino de Europa (con UE o de una Europa reconstruida y regenerada, al destino de otras zonas geográficos pujantes. Porque la UE tiene tres opciones:

- O ser un socio de los EEUU, constituyendo el Reino Unido el eslabón de enlace entre ambos lados del océano, con la agravante de que los EEUU quieren solamente una Europa políticamente débil y militarmente aliada. Una Europa fuerte jamás toleraría el estatus semifeudal que siguen teniendo los EEUU en nuestro territorio. Una Europa libre jamás toleraría la presencia masiva de tropas coloniales norteamericanas en nuestro suelo que están aquí para protegernos de un enemigo inexistente. Esta es la opción que hay que rechazar sin contemplaciones: los intereses del mundo anglosajón y los intereses de Europa son distintos, los aliados del mundo anglosajón y los que nos interesan a los europeos no son los mismos. Europa tiene que ser una realidad político-militar autónoma o bien se limitará a ser el escenario de enfrentamientos de los EEUU con quienes les disputan su hegemonía, como ya ocurrió durante el período de la guerra fría.

- O mantener la actual formulación de la UE como una especie de alianza de Estados europeos medianos y pequeños que aceptan la hegemonía económica alemana, un país que antepone sus intereses nacionales a los intereses europeos. Ha sido Alemania la que nos obligó a liquidar nuestra industria pesada, a renunciar a altos hornos y minería, la que liquidó sectores enteros de nuestra economía durante la reconversión industrial y la que, proponiendo acuerdos preferenciales con Argelia, Marruecos, Túnez e Israel está literalmente liquidando nuestra agricultura. No queremos una “Europa Alemana” o, más bien una Europa cuyo destino sea proteger los intereses de las industrias y de los bancos alemanes. Si hoy hay crisis de deuda pública en algunos países europeos se debe a que bancos alemanes y franceses prestaron a los países del sur de Europa de manera irresponsable cantidades que no iban a engrosar los circuitos de la economía productiva sino de la especulativa. Los bancos alemanes han contado con el apoyo del Estado alemán, que ha obligado a los Estados del Sur de Europa a apretarse el cinturón y endeudarse para evitar la quiebra de las instituciones germanas, cuyos errores eran lo que les habían conducido a esa situación. Nunca más un Estado debe de situarse como defensor de la banca que opera en su territorio, ni nunca más otro Estado debe estar obligado a garantizar la seguridad económica de otro Estado cuyos bancos han prestado dinero de manera irresponsable a sus entidades financieras. La Europa-alemana es, en realidad, la Europa de la banca alemana y no podemos sino rechazarla con todas nuestras fuerzas.

- O forjar un polo de agregación de los Estados de tamaño medio de la UE (y nos estamos refiriendo a Iberia) capaz de hablar de tú a tú al Estado Alemán. Esa Iberia debería plantear al Reino Unido cuál es su situación: por Europa o contra Europa, por el mundo anglosajón junto a los EEUU o por el mundo europeo con los europeos, a la vista de que ambas actitudes son incompatibles y sospechosas de deslealtades y traiciones. Esa Iberia debería de estar en condiciones de poner sobre el terreno la alianza con Iberoamérica para plantear una nueva estrategia en una UE desenganchada del a tutela norteamericana y en la que la disolución de la OTAN marque el primer tiempo: mano tendida y alianza con Iberoamérica y con Rusia, contención con el mundo árabe, tutela sobre África negra, distanciamiento del proceso de quiebra de los EEUU y, por supuesto, propuesta de una defensa europea común capaz de garantizar la seguridad en la marcha hacia esos objetivos político-económicos.

La historia se forja a través de grandes proyectos. La fusión entre dos naciones históricas supone una acumulación de experiencias y la formación de un bloque de poder capaz de operar como revulsivo, no solamente en Europa, sino en toda nuestra área cultural de influencia. Para salir de las grandes crisis históricas son precisos los grandes proyectos que vayan más allá de donde la historia se ha detenido o se ha torcido.

La recuperación del ideal iberista es acaso la más afortunada reflexión que nos impone la crisis económica que sacude a ambos países y la crisis política que afecta particularmente a España y de la que es difícil salir al haberse encaminado la Constitución de 1978 hacia el “Estado de las autonomías”. Se trata de una reunificación, no de una fusión sin base histórica. Hasta la invasión árabe no hay datos históricos que justifiquen la separación. Bajo los reinados de Felipe II, Felipe III y Felipe IV, entre 1580 y 1640, ambos países eran uno y alumbraban el mayor imperio civilizador después del Imperio Romano.

A nadie se le escapa el carácter oceánico de una fusión de este tipo que incluiría a las Azores, a Madeira y a las Canarias, pero también a las ciudades de Ceuta y Melilla y a un mapa autonómico español simplificado, reordenado y nacionalizado, reducido a Galicia, la Comunidad Vasca, Aragón, Cataluña, Levante, Andalucía y Castilla (que incluiría a las dos actuales Castillas, a Madrid, Rioja, Cantabria, Murcia, Navarra, Asturias y Extremadura).


La reunificación con Portugal sería también la ocasión de transformar a la desgastada e inerte monarquía española en un régimen presidencialista y unicameral. La cuestión lingüística es más fácil de resolver con Portugal (en donde está clara la lengua) que con las autonomías españoles (en donde coexisten dos identidades diferenciadas y por tanto de lo que se trata es de que cada una de ellas tenga el acceso a la educación en la lengua de su elección y que los organismos autónomos del Estado garanticen la igualdad de esas dos identidades.

La reunificación supondría al mismo tiempo la creación del segundo espacio geográfico más amplio de la UE (después de Francia) y el cuarto mayor de Europa (tras Francia, Rusia y Ucrania). Dada la actual población de ambos países, la reunificación supondría el alcanzar un peso similar al de los mayores países de la UE (Francia, Alemania y el Reino Unido) y, por tanto, nos corresponderían 78 escaños en el Parlamento Europeo.

En la actualidad y según una encuesta de 2010 realizada por la Universidad de Salamanca, el 40% de los españoles y el 46% de los portugueses se muestran partidarios de una federación de este tipo. Sin olvidar que en la actualidad la inmensa mayoría de españoles y de portugueses conocen sus respectivos países y están vinculados por lazos de amistad e incluso familiares. Inútil recordar que la crisis económica nos ha deparado el mismo triste destino de endeudamiento público y que estamos afrontando una situación extremadamente difícil que lo sería menos con el efecto galvanizador dado por una reunificación que pondría en marcha fuerzas creativas que hasta ahora han permanecido ocultas o en estado de latencia.


Finalmente, aspiramos a transmitir que una revisión del futuro de España pasa necesariamente por abordar de nuevo handicaps históricos que permanecen el suspenso desde hace siglos. Dicho de otra manera, la revisión del futuro de España, no puede ser más que el de una convergencia con Portugal.

Contenidos

Primera Parte
Segunda Parte
6) ¿España con Portugal?
7) ¿Qué enfoque cultural?


(c) Ernesto Milá - ernesto.mila.rodri@gmail.com