Algunos que entonces militábamos en la extrema-derecha, desde
1969, no nos hacíamos ninguna ilusión sobre el futuro del franquismo. Cuando
Franco muere, ya habían caído los regímenes de Grecia y Portugal: era evidente
que se trataba de una “operación geopolítica” diseñada ¿por? Solamente existía
en aquel momento, un poder en Europa Occidental capaz de apuntalar y derribar
gobiernos: los EEUU. En aquel momento, gobernaba en Washington el Partido
Republicano, hasta agosto de 1974 con Richard Nixon y, a partir de ese momento,
Gerald Ford hasta finales de 1976 con Nelson Rockefeller como vicepresidente.
Luego ascendió al poder Jimmy Carter. La presencia de Rockefeller en la
vicepresidencia era la muestra de que el verdadero poder no estaba en la Casa
Blanca, sino en el Consejo de Relaciones Exteriores, una entidad privada
formada por el verdadero poder que hacía y deshacía a su antojo, constituida
por miembros del poder económico, empresarial y financiero que tenían ideas
propias sobre cómo manejar la política interior y exterior del país. Desde principios
del Siglo XX, los presidentes se sucedían uno tras otro, pero el CFR siempre
estaba allí, cerca del poder, condicionando el poder, orientando el ejercicio
del poder. Del CFR emanó la Comisión Trilateral, que fue el sector hegemónico
durante el período de Jimmy Carter.
En resumen, el “sector mundialista” dominó la política
norteamericana durante la época Nixon y en las de sus sucesores. Y este poder
tenía ideas muy claras:
1) la democracia era el único gobierno legítimo,
2) La OTAN era la expresión militar de la democracia,
3) Era necesario rebajar la tensión internacional con la URSS y demostrar que “Occidente” no tenía intenciones agresivas. A eso se llamó “coexistencia pacífica”.
En este contexto, las dictaduras anticomunistas de la Europa del
sur ya no tenían sentido: habia que proceder a su derribo y a su integración en
la OTAN. Portugal era “socio fundador” de la OTAN y Grecia, había ingresado en
1952 y abandonó el mando militar tras la ocupación turca de parte de Chipre en
1974, cuando todavía el país estaba dirigido por un gobierno militar. Se conoce
la situación de España en relación a la OTAN: excluida, pero vinculada a la
“defensa de Occidente” mediante pactos bilaterales con los EEUU.
El caso griego determinó el cambio de rumbo de la política
exterior. Hasta ese momento, Washington había apoyado a gobiernos militares,
especialmente en Iberoamérica, pero, a partir de ese momento, cuando
comprobaron que, incluso los militares educados en la Escuela de las Américas,
eran más nacionalistas que anticomunistas, y, por tanto, frecuentemente
hostiles al intervencionismo norteamericano, variaron la orientación.
España, por su parte, también había dado muestras de reticencias a
la hora de firmar el Tratado de no Proliferación a sabiendas de que, de
convertirse en potencia nuclear, el régimen pasaría ser intocable. El teórico de este principio era el Almirante Carrero Blanco,
que, al mismo tiempo, era el presidente del gobierno y la garantía de
continuidad del franquismo. Se sabe lo que ocurrió con él…
Pero, además de la necesidad de una España sumisa a la OTAN y que
le diera “profundidad” (hasta entonces, desde la frontera entre las dos
Alemanias y los pirineos mediaban apenas 1000 km, esto es, dos días de marcha
de una división acorazada, mientras que la incorporación de España, duplicaba
esta distancia, facilitando la capacidad de reacción en caso de ataque
soviético) y coordinación a la defensa europea, existían otros motivos que
nos inducían a pensar que el franquismo no podría mantenerse por mucho tiempo.
El primero de todos, era la formación de un escuálido capitalismo
español en los años 60 que precisaba urgentemente de nuevos mercados para
colocar sus productos. Eso pasaba por una integración de España en la Comunidad
Económica Europea. Pero desde “el contubernio de
Munich” estaba muy claro que, en ese club, solamente se podía participar
provisto de una estructura democrática formal.
Luego, ampliamos este análisis e introdujimos elementos
“ideológicos”: España se había convertido en buena medida a lo largo de los
años del “desarrollismo” en una economía liberal incipiente, sistema económico
al que acompaña siempre en lo político, una democracia liberal. En otras
palabras: la infraestructura económica creada por el franquismo durante los
años del desarrollismo, terminaría por empujar a la superestructura política
por los caminos de la democratización para eliminar esta contradicción entre
economía y política.
Básicamente, éste era el análisis que hacíamos en aquellas
postrimerías del franquismo.
Desde 1970 algunos estábamos al corriente de la evolución de la
política española gracias a los contactos que manteníamos con el Servicio
Central de Documentación (SEDEC) y con el Coronel San Martín y su grupo.
Gracias a estas relaciones obteníamos respuestas a las dudas que nos planteaba
la futura evolución del régimen:
- ¿Por qué el gobierno impulsaba las “asociaciones políticas” desde finales de los 60? Respuesta: era una forma de favorecer la
organización de una derecha y de un centro político, frente a una izquierda ya
organizada en torno al PCE.
- ¿Habría “partidos políticos” en el futuro? Respuesta: sí, hasta el Partido Socialista, la línea roja
empezaba excluyendo a los comunistas y a las ligas de extrema-izquierda.
- ¿Cómo se integrarían estos partidos en el sistema franquista? Respuesta: Mediante el “tercio familiar” de las Cortes.
- ¿Franquismo después de Franco? Respuesta:
Todo estaba atado y bien atado, Juan Carlos encarnaría la “monarquía que quiso
franco” y Carrero Blanco sería el “hombre fuerte”.
Las respuestas eran breves y tajantes, tendían a dar “seguridad”
en el futuro. Pero, en lo personal, no terminaba de “tragármelo”. Y mucho menos
tras el asesinato de Carrero.
Al acabar 1975, con el cadáver de Franco junto al de José Antonio
en el Valle de los Caído, era evidente que sería imposible evitar la marejada
democratizadora. Personalmente, estaba convencido
de que se produciría una transición hacia una democracia formal. No sabía cómo,
pero era evidente que el poder económico, el poder mediático (los nuevos de
comunicación: la Cadena 16, el incipiente Grupo Z, y El País
que empezó a publicarse en mayo de 1976), empujaban hacia la transición y, lo
que era peor, estaba claro que sus andanadas iban dirigidas contra “el bunker”.
Las técnicas de “dinámica de grupos” indican que en todo diálogo político se
trata de encontrar alguna parte a la que le toque ejercer el papel de
“malo-malísimo” y que suscite la unidad de todos los demás. Tal era el papel
que se deparaba “al búnker”, esto es, a la extrema-derecha, la parte activa de
la “mayoría silenciosa” que apoyaba al franquismo.
Yo, por entonces, desde 1974, colaboraba con grupos falangistas,
empecé a escribir regularmente artículos en el semanario Fuerza Nueva, si
bien dedicaba la mayor parte de mi tiempo a la red de ayuda a los exiliados
neofascistas italianos que iban llegando en cada vez mayor número desde 1973. El hecho de que el Príncipe Junio Valerio Borghese, un héroe de
la Segunda Guerra Mundial, pero también comandante de un submarino italiano
durante la Guerra Civil Española con varios barcos de ayuda a la Republica
hundidos, se encontrara exiliado en España, y que hubiera llegado también
Stefano delle Chiaie, jefe de Avanguardia Nazionale, mejoraron mis fuentes de
información. Se habían entrevistado con Carrero Blanco (marino como el
comandante Borghese) y luego, acompañados por el coronel San Martín, con el
propio Franco. Delle Chiaie, incluso, dio un curso sobre “guerra
revolucionaria” a un grupo de oficiales del SEDEC, cimentando una red de
contactos personales basados en la amistad.
Estas relaciones dieron a Delle Chiaie un punto de vista
coincidente con el de los “carreristas” del régimen. Recuerdo que Blas Piñar,
entonces procurador en Cortes, pidió explicaciones a Carrero Blanco en 1973 sobre
por qué se estaba estimulando el comercio con países del otro lado del Telón de
Acero. Blas opinaba que este comercio era innoble y condenable como cualquier
contacto con el comunismo. A mí, sin embargo, me había llegado la información,
a través de Delle Chiaie, de que era el “Plan B” diseñado por el Almirante:
si la Comunidad Económica Europea cerraba las puertas a una mayor cooperación
con España, no había problema: se estimulaba el comercio con los países del
Este y aquí paz y después gloria…
El asesinato de Carrero (lo más probable es que fuera un asesinato
“permitido”) supuso un corte brutal a cualquier posibilidad de que el
franquismo sobreviviera a sí mismo. De hecho, si
en los meses siguientes a su muerte, todavía no se habia producido una
desbandada de la clase política vinculada al franquismo y su tránsito hacia los
terrenos de la oposición democrática, fue a causa del miedo y del respeto que
imponía el anciano decrépito y frágil de el Pardo, cuya vida se iba agotando.
A partir del asesinato de Carrero se desvanecieron todas mis
dudas: el régimen no sobreviviría. No sabía, ni podía prever lo que ocurriría,
pero estaba seguro de que España desembocaría en un régimen democrático formal,
impuesto por el “mundialismo” que gobernaba en EEUU, por los intereses
económicos, tanto interiores como exteriores, de los que los nuevos grupos
mediáticos no eran más que los ejecutores necesarios y los políticos que hasta
entonces habían servido al franquismo tendrían un papel esencial en el desguace
del régimen.





















