El Informe PISA de 2018 suponía el certificado de
defunción de la enseñanza en España. El diario El País, prefería ver el
vaso medio lleno y afirmaba: “La educación española se atasca en ciencias y
matemáticas, pero mejora en lectura”. Se le olvidaba explicar que las
ciencias y las matemáticas, hoy, suponen el futuro y que, sin mejorar en esas
áreas, España quedará en esa posición periférica, muy alejada de los centros
mundiales en los que se elabora el futuro, implicada en actividades de escaso
valor añadido y, como país de servicios, más que como potencia científica e
industrial. En cuanto a la mejora en lectura, no solamente se indicaba en
el Informe PISA que era relativa, sino que se eludía reconocer que los niños formados
en nuestras escuelas son capaces de leer, pero no de entender lo que están
leyendo… Lo sorprendente fue que el ministro de educación, Iñigo Méndez de
Vigo, considerase el informe “muy satisfactorio” … Algo falla en la
enseñanza en España y el problema radica en que, desde el principio de la
democracia, ni siquiera se quiere reconocer.
AQUELLA "ENCICLOPEDIA" DE LOS AÑOS 60
Los que tenemos más de 65 años, recordamos que aprendimos
a leer y a escribir entre los 5 y los 7 años. Al llegar a esa edad, nuestros
maestros ya daban por cierto que dominábamos ambas habilidades. A partir de
entonces se trataba, simplemente, de mejorarlas mediante la caligrafía y los
dictados. Se daba por supuesto que entendíamos lo que leíamos, porque
utilizábamos esas habilidades en otras asignaturas. De hecho, el libro de texto
de aquella época utilizado en las escuelas, La Enciclopedia Escolar,
tenía una estructura significativa. Estaba adaptado para niños de entre 7 y 10
años de edad. Vale la pena recordar la obra.
Se abría con “historia sagrada y religión” que debería
contribuir a formar unos valores. El siguiente capítulo era de “Lengua
Española” y la primera frase que aparecía precediendo a la Lección primera era:
“Idea es la representación mental de una cosa” y “Palabra es la
expresión de una idea”. Pues bien, esta correlación entre palabras e ideas
es la que, por algún motivo, parece haberse difuminado en las últimas décadas.
Al final de cada capítulo (de apenas una página y media), la
Enciclopedia, incluía una serie de ejercicios que tenían como finalidad
confirmar la comprensión de lo que se había leído y afirmar las habilidades
mentales y estéticas del niño. Se pedía que se dibujara tal o cual aspecto del
texto leído o que se completaran frases. Seguían los rudimentos de ortografía,
gramática y sintaxis.
El apartado siguiente era el de Aritmética y la primera
lección iba destinada a describir conceptos como unidad, cantidad y número. Hay
que recordar que cada capítulo estaba ilustrado. Quizás no se trataba ni de
grandes fotos ni de dibujos en cuatricomía: eran muy sencillos, pero ¿acaso la
mentalidad de un niño no es sencilla y no precisa solamente de abstracciones
para ponerse en marcha? Porque de lo que se trataba no era de que el niño se
recreara en ilustraciones y gráficos, sino que estimulara su creatividad. Se
enseñaba a contar, claro está, pero también a distinguir entre unidades,
centenas, decenas, etc y se planteaban los primeros “problemas” que el niño
debía resolver: “En una mano tienes 3 pesetas y en la otra el doble.
¿Cuántas pesetas juntas?”. Seguían las habilidades básicas de suma, resta,
multiplicación y división, con sus “tablas” de obligatorio aprendizaje. Y más
“problemas”: “He pagado 7 cafés a 4 pesetas cada uno. Si tenía 50 pesetas
¿cuántas pesetas me quedan?”. Pero lo más sorprendente es que en las
lecciones siguientes se hablaba de medidas de tiempo, de monedas e, incluso ¡de
“buena economía”! Rudimentos de lo que hoy llamaríamos “economía doméstica” y
unión entre las matemáticas, la economía y la moralidad, es decir, como no
derrochar dinero, como aprender a ahorrar, como prever gastos… Unas nociones
sobre el sistema métrico completaban el bloque.
Era obligado pasar de la aritmética a la geometría.
Las nociones trasmitidas eran tan simples que resultaba imposible no
comprenderlas. Puntos, líneas, superficies, volúmenes, aparecían con claridad y
resultaban fácilmente comprensibles para niños de 6 y 7 años. ¿Quién de mi edad
no recuerda cuando le enseñaron lo que eran las líneas “rectas, curvas, mixtas,
quebradas y onduladas”? O algo tan sencillo como líneas “rectas e inclinadas”,
o lo que eran las “líneas paralelas”… Era imposible no amar la geometría e
incluso realizar los primeros cálculos: “La altura de un triángulo mide 56
cm y su altura mide el doble. ¿Cuánto mide la altura?”. En ese momento
entendíamos porqué las matemáticas iban antes que la geometría y porqué antes,
incluso, iba la gramática… Al llegar a los poliedros, empezábamos a
percibir el mundo hecho con formas y sabíamos que ya éramos capaces de pensar
en tres dimensiones.
La geografía que seguía nos ayudaba a orientarnos y a
conocer nuestro entorno. Empezaba por los “puntos cardinales”, a lo que seguía
la explicación de lo que era un plano y un mapa. Luego se explicaba lo que era
“mi pueblo – ayuntamiento y partido judicial” y se instaba a que el alumno
conociera las fiestas de su pueblo, su forma de administración, dónde estaba
situado y qué accidentes geográficos importantes tenía. Del pueblo se pasaba en
la lección siguiente a “Mi provincia, región y nación”. En los ejercicios se
preguntaba: “La industria principal de mi pueblo es…”, “Los frutos más
abundantes de mi provincia son…” o este otro: “Escribe en un papel diez
nombres de productos de tu provincia. Cópialos después en tu cuaderno por orden
alfabético de su primera letra”, lo que implicaba un dominio de la
gramática, conocimientos de economía y capacidad de observación. Y, claro está,
se situaba a España en Europa, sin olvidar estudiar, región por región, cada
parte de España, iniciando cada capítulo sobre las regiones -hoy autonomías-
con una frase de algún escritor famoso. Se situaba a la región en España, a
España en Europa, a Europa en el globo terráqueo y a éste en el universo y, a
partir de aquí, se enseñaba lo que eran los planetas y el sistema solar, los
movimientos de la tierra.
Se llegaba así a la historia de España. Se escribía: “España
es una nación. La Historia de España nos cuenta las cosas que han ocurrido en
ella desde que nació hasta nuestros días”. Y esa historia empezaba con los
“primeros pobladores” hasta 1936. Claro está que se trataba de una historia
“ideologizada”. Pero todas las referencias a la guerra civil se reducían a una
página: “España volvió a estar mal gobernada. La religión era perseguida,
los asesinatos y las huelgas eran diarias y nuestra patria estaba punto de caer
en manos del comunismo”. Sobre lo que vino luego se resumía: “Terminada
la guerra, Franco se ha dedicado a reconstruir a España y ha conseguido
muchísimas mejoras materiales, religiosas y sociales”… Toda esta
interpretación de la historia de España era, ciertamente, subjetiva y contenía
los mitos de una época (como en la actualidad esos mitos han sido sustituidos
por otros) pero lo importante es señalar que se facilitaba una perspectiva
completa de nuestra historia que, luego, el propio alumno, dotado del espíritu
crítico que le daba la capacidad para resolver problemas de matemáticas, con
conocimiento de las leyes de la lógica, podía reinterpretar a informarse e
incluso comentar con sus padres y asumir una versión más objetiva del pasado.
Seguían las ciencias naturales en donde se incluía desde los
tres estados de la naturaleza (gaseoso, sólido y líquido), hasta los tres
“reinos” (animal, vegetal y mineral), nociones de física y química, tránsitos
de un estado a otro, meteorología, reconocimiento de árboles y rudimentos de lo
que quince años después se conocería como “ecología”. Cómo reconocer a los
animales y a sus especies, enfermedades que pueden causar virus y microbios,
nociones de física que terminaban con la electricidad y que, en realidad,
suponían una introducción a todas estas ramas de las ciencias de la naturaleza.
Finalmente, en lo que más adelante se llamaría “formación
del espíritu nacional”, pero que no se organizaba en lecciones, se incluía todo
aquello que era específico del “régimen anterior”: los distintivos, banderas,
himnos, consignas, pero también poemas patrióticos, referencias a los “caídos”,
fechas conmemorativas. Se insistía en la diferencia entre “formación para niñas”
o “formación para niños”. El último capítulo era sobre festividades y
conmemoraciones escolares. El Halloween aparece como “Día de Todos los Santos”,
la solidaridad con el tercer mundo está presente en el “Día del Domund”. Sin
olvidar, por supuesto, un capítulo importante, dedicado a la “urbanidad”,
entendido como transmisión de las normas esenciales de comportamiento social y
de trato con la gente. Y el libro termina con las señales de tráfico y lo
esencial para la comprensión de los signos de circulación, los semáforos o lo
que debe saber todo peatón…
LO QUE VA DE AYER A HOY
Se trata un volumen ingenuo de casi 300 páginas. Si
exceptuamos todo lo que podría ser considerado como el zeitgeist de la
época y, sobre todo si tenemos en cuenta los resultados obtenidos, nada impide
decir que aquel volumen -como las “cartillas escolares” previas que tenía antes
de los siete años y los libros específicos de cada materia que teníamos después
de los 10 años, eran extraordinariamente más eficaces en su función de
aprendizaje que los actuales volúmenes y sistemas de enseñanza, la medida de
cuyo fracaso, la da la posición mediocre de nuestro país en la escena mundial y
el hecho de estar a la cola de Europa en el programa PISA.
La Enciclopedia Escolar que hemos detallado era el
libro que los escolares de aquellos grises años 50 y los primeros 60,
utilizábamos entre los 7 y los 10 años. Aquel texto era voluminoso, pero nos
sentíamos orgullosos de llevarlo a clase porque implicaba que habíamos dejado
atrás las “cartillas” de nuestros primeros años de parvulario. La Enciclopedia
elemental abría las puertas al bachillerato de los 50 y 60, con sus seis años
de estudio, acabados los cuales, el alumno tenía una perspectiva cultural
amplia, fuera cual fuera la rama que luego estudiaría (ciencias, letras,
formación profesional).
Lo comparo con los textos que están ahora mismo al alcance
de los niños de la misma edad y percibo que algo está fallando desde principios
de los años 70. La irrupción de las nuevas teorías educativas en España
durante los últimos años del franquismo, unido a los cambios de la sociedad
española, pareció generar una primera crisis de la enseñanza. Durante la
transición, los problemas que afectaban al país, eran muchos y nadie se
preocupó de la educación. Luego, como resultado de los pactos de la
transición, el socialismo quedó como dueño exclusivo en este terreno, para no
abandonarlo jamás (de la misma forma que la derecha se quedó con el área de la
justicia de manera inamovible). La partición autonómica del país, el
tránsito a lo digital, la irrupción de los videojuegos y de nuevas formas de
ocio, la llegada de inmigración masiva que alteró sustancialmente la
composición de las aulas en algunas regiones del país, todo esto, unido, dio
como resultado el que los colegios pasaran de ser centros de formación a
simples almacenes de alumnos y que, en su conjunto, la enseñanza adoptara un
tono errático tanto en sus contenidos como en su orientación.
LA FOTOGRAFÍA REALIZADA POR EL PROGRAMA PISA
La fotografía que aporta el “Programa Internacional para la
Evaluación de Estudiantes”, más conocido como “Informe PISA”, realizado por la
OCDE a nivel mundial, es la confirmación de lo que decimos. Estos últimos
cuarenta años, desde 1980, no han supuesto una recuperación en sentido positivo
de la enseñanza en España, sino que han acentuado la crisis de la misma que ya
se percibía desde los últimos años del franquismo. Hoy, la enseñanza en
España no cumple su función, no forma, no informa, no preparara ni capacita.
No se entiende, por ejemplo, como en el año 2008, España
tuviera un gasto anual en instituciones educativas por alumno un 3% mayor en
relación al PIB por habitante que Finlandia o que Holanda y, sin embargo,
quedáramos en el programa PISA ¡veinte puestos por detrás de ambos países!
Resulta inadmisible, especialmente, el destrozo realizado en nuestro país en el
terreno de la Formación Profesional. La tasa de estudio de estas
especialidades no llega al 24% siendo una de las más reducidas de Europa,
mientras que en Finlandia es de un 65% y en el Holanda de un 76%. Sobre 70
países avaluados, España ocupa el 28 en Ciencias, el 25 en habilidades lectoras
y el 32 en matemáticas. Claro está que otros países están peor, pero lo
importante es que estamos a la cola de Europa Occidental que es, a fin de
cuentas, nuestro entorno geográfico y cultural más próximo. Y lo que es
peor, desde que se inició el Programa PISA en el año 2000, España está
estancada en materia educativa: no avanza ni, aparentemente, retrocede.
Incluso, si nos comparamos con Portugal en las seis
evaluaciones realizadas hasta ahora, veremos que, en matemáticas, Portugal
estaba por detrás de España en el año 2000 (459 puntos frente a 491), sin
embargo, en 2015, Portugal aventajó a España (487 puntos frente a 486). En el
área de Ciencias, Portugal obtuvo en 2000, 459 puntos y 501 en 2015, mientras
que España, que estaba situada por delante de Portugal a principios del milenio
ahora está por detrás habiendo pasado de 491 puntos a 493. Otro tanto ha
ocurrido, finalmente, en el área de lectura en donde Portugal inició la carrera
por detrás de España (con 470 puntos frente a 493) para luego superar,
igualmente a España en la evaluación de 2015 (con 498 puntos frente a 496).
Parece bastante claro que hay algo que no funciona,
especialmente si tenemos en cuenta que por delante están países emergentes que
aspiran a conquistar el futuro (especialmente asiáticos), mientras que en el
pelotón medio en el que se encuentra España, ocupamos un lugar casi fronterizo
con el tercer mundo.
El terreno de la educación no ha sido, precisamente, uno
en los que se haya producido una mejora en los últimos 40 años, sino que es,
quizás, aquel en el que se ha evidenciado más una transformación negativa que
parece no tener fin.