viernes, 8 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (40) BALCONES DE CATALUÑA O LA FEALDAD COMO ÉTICA


Se dijo a finales de los 60 que la ética era la estética del futuro. Y con el tiempo da la sensación de que algo de eso hay: en un mundo en el que cualquier referencia ética parece ir desapareciendo, no es raro que la fealdad se vaya enseñoreando de las calles. En Cataluña, sin ir más lejos, especialmente en pueblos, la fealdad se ha apoderado de los balcones y está presente en las calles. Desde hace seis o siete años un cierto número de balcones –que nunca es superior al 10%, todo hay que decirlo- lucen colgajos permentemente. Algunos, incluso, los coleccionan: están ahí hasta que se caen de viejos. Dado que esto es Cataluña, basta que te regalen algo para que lo exhibas: si te regalan unos cuantos trapos de publicidad para el seudoreferendum del 1-O, los colocas en el balcón y ahí se quedan durante meses hasta que un viento huracanado termina por llevárselo o la erosión del tiempo desgasta los colores. La fealdad está en los balcones. Me quejo de la fealdad voluntaria de las ciudades catalanas, especialmente de los barrios que hacen profesión de fe independentista.

He visto balcones en los que hay apelmazados el colgajo pidiendo la libertad de los presos, el otro sobre el SI al seudoreferéndum, luego está aquel otro que recuerda que allí vive alguien que simpatiza con la inmigración, la bandera estelada de rigor, el lazo amarillo, el Ja som república, media docena o docena y media de lazos amarillo páliducho. Y todo en menos de cuatro metros de balcón. Estamos lejos del día en que el vecino colocó tanta farfalla en su balcón. Ahora, todo eso, ocho nueve, doce meses después, luce polvoriento, desteñido, sin lustre. Además de ser feo resulta triste: es la exteriorización de un fracaso (porque el nacionalismo independentista ha fracasado, y de qué manera, por mucho que se niegue a reconocerlo). Me quejo de tener vecinos sin el pudor suficiente para ocultar su credo político y de su triste orgullo de fracasados.

Pero me quejo también de que algunos ayuntamientos. Cada vez menos, todo hay que decirlo. No se sabe bien encomendándose a qué, han decidido colocar en las rotondas de acceso a los pueblos, banderas independentistas bien lustrosas y periódicamente renovadas (dos o tres veces al año) y de tamaño XXL. Esas no son compradas en los Todo a 100 chinos (Gao-Ping ha hecho su agosto con esto del independentismo), son de las caras. Y las pagamos con nuestros impuestos. Cada cual se conforma y se contenta con lo que puede: ya que ni tienen, ni tendrán una nación a su medida, se conforman con poner una bandera que solo para ellos tiene algún significado. Y que para colmo, es fea

Me quejo de que los diseñadores de la “estelada” taparon las históricas cuatro barras de la Corona de Aragón con un triángulo masónico, con el color del nomeolvides –la flor masónica por excelencia, azul SEPU, de nombre cursi y acaramelado- y para colmo, en su interior colocaron una estrella blanca de cinco puntas, símbolo egipcio del inframundo, el Duath. Ni a propósito hubiera podido hacerse una bandera tan mal conjuntada. Es la bandera de quienes son incapaces de hacer ondear una de verdad.

Me quejo de que pasen las semanas, los días y los años, y esas banderas sigan allí. Recuerdo que un día, mi abuela, en pleno franquismo, colocó una camisa en el interior del balcón de un primer piso del Ensanche barcelonés. Apenas se veía desde la calle, pero un miembro de la guardia urbana subió al inmueble y multó a la abuela porque aquello “afeaba” la calle. En realidad, tenía razón y mi abuela pagó. Hoy algunos catalanes juzgan que el olor a porro, a meadas de perro y a gasolina quemada que destilan las calles de Barcelona, no son suficientes y quieren colocar un punto más de fealdad en la vida urbana. Ahora ya no hay guardias urbanos que afeen esta actitud a los vecinos. Simplemente, pasan por debajo de estos colgajos, como si no existieran. Lo dicho, la fealdad es la estética del independentismo. De eso me quejo.