sábado, 19 de marzo de 2022

SÁNCHEZ, UNA VEZ MÁS, CONFIRMA SU PAPEL DE PERRO FIEL DE QUIEN LE PAGUE

Reconozco que, a poco de conocer el anuncio del gobierno español de cambiar su postura histórica ante el problema del Sahara, apoyando el plan de Marruecos de conceder una significativa autonomía para el Sáhara, me invadió una sensación de ira. Pero la ira es mala compañera y lo mejor, ante estos, episodios es reflexionar. La primera certidumbre fue que un acuerdo de estas características -al margen de cualquier consideración- se podría haber hecho hace 20, 40 años o dentro de 5 o de 10. Lo que no se podía hacer era en el momento más inoportuno, ahora, cuando existe una crisis energética y de suministros de gas natural a nuestro país… la parte mayoritaria del cual procedía, mira por dónde, de Argelia, el principal damnificado por este acuerdo Sánchez-Mohammed.

No soy de los que lloran por los “derechos humanos” de los telediarios, ni de los que se emocionan por argumentos tales como la “libertad de los pueblos oprimidos”, ni siquiera por la independencia del Sáhara que perdió mi apoyo desde 1970 cuando el Frente Polisario asesinó, a traición y por la espalda, a los primeros soldados españoles. Acepto que, en política internacional, solo hay intereses. Los que favorecen a nuestro país y los que le perjudican.

Sentí verdadera irá cuando el primer acto del “rey emérito”, con Franco todavía vivo, consistió en ir a “apoyar al ejército de África”, saludar a toda la oficialidad y, al día siguiente, firmar la retirada del Sáhara. Sí, estaba claro que no se podía conservar aquella colonia, pero sí se podía haber aguantado el chantaje de la “marcha verde” (organizada, por cierto, desde Washington y con funcionarios de la CIA dirigiéndola in situ) y, se podía haber cumplido el mandato de la ONU sobre el referéndum (que se podía haber adelantado para que no quedasen dudas ante el “derecho internacional” sobre cuál era el sentir del pueblo saharaui. Pero, todo se hizo mal desde el principio y, no fueron tampoco los “polisarios” los que más contribuyeron a clarificar las cosas. No se hizo porque EEUU temía que el nuevo país se alineara con Argelia, alineada a su vez con la URSS y quedara cortado el suministro de fosfatos a “Occidente”. Por eso estuvo allí la CIA encargándose de encarrilar la situación.

Marruecos ocupó el Sahara (y Mauritania, otra parte, a la que luego renunciaría). Es cierto que el Sahara era suficientemente pequeño, con poca población y muy dispersa, como para ser independiente y poder garantizar sus fronteras, su integridad y su propia subsistencia. Pero, el Sahara tampoco podía ser parte de Marruecos: sus habitantes ni se sentían, ni eran marroquíes. Así que lo que hizo Marruecos era facilitar un trasvase de sus excedentes de población a las arenas marroquíes, mientras los saharauis, tras las banderas del Polisario se iban a Argelia… en donde siguen 47 años después. La guerra que iniciaron desde Tinduf era insensata: después de los habituales golpes de mano propios de la guerra de guerrillas en el desierto, Marruecos -una vez más asesorado por la CIA- aunque formalmente se presentaba como “país de influencia francesa”- creó unos “muros defensivos” que contenían a los guerrilleros en zonas desérticas, despobladas y sin valor militar. El Polisario “cesó el fuego”, reconociendo la derrota de su ofensiva armada, pero no la de su causa política. Y, mientras Marruecos seguía con sus trasvases de población, España continuaba esforzándose en hacer “cumplir el mandato de la ONU” y, para ello, hasta la primera década del milenio, intentó una y otra vez hacer un “censo” de saharauis de pura cepa… Intento inútil porque el tiempo y el viento borra cambia hasta las dunas del desierto.

La política española era de “amistad con Marruecos”. Y la de Marruecos consistió en chantajear a España: con la inmigración, con el haschisch, con lo que fuera, extendiendo el cazo cada vez que el rey y su majzén tenían un capricho. A todo esto, Felipe González, optó por comprar gas natural a Argelia y, para traerlo a España, (hoy todavía no se sabe por qué, pero no creo que cueste mucho deducirlo) aprobó un trazado para el gaseoducto que pasa por Marruecos… enemigo ancestral de nuestro proveedor de gas y que ponía en manos de aquel país, la espita energética. Es posible que González pensara que eso supondría evidenciar “buenas intenciones” de España, algo así la “la renuncia preventiva” que popularizó la política exterior de ZP, pero es mucho más probable que los mismos que lo pusieron en el poder en Suresnes y sufragaron toda su carrera de abogadillo de pocos pleitos a presidente del gobierno español, se sugirieran ese trazado.

La política del gobierno español siguió sin variar en los períodos de gobierno del PP: Aznar alardeó de haber “reconquistado” Perejil, pero no dijo que los acuerdos negociados con Colin Powell, establecían que el peñón era “territorio español”… pero España no podía hacer efectivo ese dominio.

Nunca, en ningún momento, ningún gobierno español ejerció su derecho de veto en la Unión Europea a los acuerdos preferenciales suscritos con Marruecos que, entre otras cosas, suponían apuntillar a sectores de nuestra agricultura. Nunca, ni un gesto que pudiera ser considerado como hostil por Marruecos.

En 2020, el Polisario, sorprendentemente, anunció que reiniciaba la guerra contra Marruecos. Nada había que lo justificase, ni este reinicio de hostilidades tenia un objetivo claro. Pero lo cierto es que la declaración abrió una nueva fase en el conflicto entre los dos países del Magreb. Y, para colmo, el jefe del polisario fue atentado en una clínica español, desencadenando otra crisis que costó el cargo a la ministra de exteriores, González Laya.

Lo que ocurrió luego, lo sabemos todos: crisis de “refugiados” en la frontera, llegadas masivas (el 2022 la inmigración por allí se ha incrementado ¡un 240%!). Los dos años de Covid, la crisis energética, el conflicto ucraniano… Y bruscamente, el ministro de exteriores español, anuncia el acuerdo con Marruecos que, en un día, desdice las políticas de 47 años de España en la cuestión. Y esto llega en el peor momento: cuando la UE ha adoptado sanciones a Rusia que afectan, especialmente, a la cuestión energética.

El ministro Albares (al bar es, por cierto, donde podía irse, si me permiten el chiste fácil) dice en El Mundo que “el gobierno confía en que la mayor compra de gas por la invasión rusa calme a Argelia ante el giro en el Sáhara”… Si se entiende bien, esto implica que Argelia se “calmará” si le compramos más gas. Difícil. En realidad, lo que va a hacer es subir el precio del gas. En otras palabras, el consumidor español, perderá y lo notará cuando le llegue la factura de la luz. El sanchismo volverá a echar la culpa a Putin de la subida del precio de la energía… y asunto zanjado. Se paga más por que “estamos en el lado luminoso” de la historia, junto a los justos y honrados defensores de las “libertades ucranianas”. Somos tan solidarios que hacemos un pequeño sacrificio en nuestros bolsillos en defensa de un hermoso y pequeño país agredido por un coloso dirigido por un psicópata sádico. Tal es el “relato oficial” del sanchismo. Una vez más, la posverdad se impone sobre la Verdad, la mentira emotiva sobre la fría realidad. Pagamos usted y yo.

Hace menos de una semana El Independiente publicaba la noticia de que España en estos momentos está comprando ya más gas natural a EEUU que a Argelia. Compramos a EEUU el 32,9% del total de gas que consumimos, a Argelia en 23,’2% y a Rusia menos del 5% (frente al 17% el año anterior)... Así pues, el problema energético de España es que compra a un proveedor que lo vende mas caro (EEUU que lo transporta en barcos metaneros como gas licuado), mientras que el gaseoducto Argelia-Marruecos-España permanece cerrado.

Las noticias sobre Marruecos y el gas se venían prolongan imperceptiblemente desde principios de 2022. Eran noticias que apenas interesaban. No aparecían reflejadas en los informativos que priorizaban el Ómicron y Ucrania. Pero están ahí: a principios de febrero pudo leerse en El País: “Nuevo gesto de acercamiento de España a Marruecos”. La notica era surrealista a pesar de que pasó desapercibida. Si hasta ahora el gaseoducto España-Argelia servía para llevar gas en dirección sur-norte, ahora el gobierno español autorizaba a Marruecos a utilizarlo en sentido inverso: para que Marruecos compre gas a terceros proveedores (EEUU como podía esperarse), lo deposite en puertos españoles del sur y desde allí se canalice en dirección a Marruecos a través del gaseoducto que llevaba entonces tres meses sin utilizarse.

Todo lleva a Estados Unidos. Perdón, no a “Estados Unidos”, ni siquiera al arterioesclerótico que duerme en la Casa Blanca, sino a los verdaderos poderes económicos gobiernan en aquel país. Han apostado por dar un nuevo zarpazo a través de la energía (no en vano uno de los objetivos del Fondo Económico Mundial, estado mayor del neoliberalismo es la “transición energética” eufemismo para justificar las exacciones de las compañías del sector con la excusa de las “energías renovables” y de las “energías verdes”). El mundo se mueve con energía, cuantos más concentrado esté el sector energético, más se podrán realizar aumentos de precios. Pero el problema es Rusia que produce buena parte de la energía mundial hasta el punto de que pueda exportarla. Y el gobierno ruso está en el “lado oscuro”, no en el “luminoso” presidido por el Fondo Económico Mundial y su Agenda 2030, Rusia está fuera de su disciplina, por eso se trata de cortar las relaciones comerciales y el suministro energético ruso mediante una “guerra” provocada por el deseo insensato de la OTAN de colocar sus misiles en las taquillas del metro de Moscú…

Ahora empiezan a tener sentido todas las noticias que se encuentran en internet sobre gas, Marruecos, los suministros norteamericanos, y las decisiones de los títeres políticos que, como Sánchez, están en el cargo, no como representantes del pueblo español, sino como delegados del Foro Económico Mundial. Y no les importa absolutamente nada el que sea nuestro pueblo el que deba pagar la tiranía de los beneficios de las empresas gaseras norteamericanas.

Más que nunca, hoy, es preciso entender que, o se está en el verdadero “lado oscuro”, el que se agrupa detrás de los intereses multicolores del Fondo Económico Mundial y de su Agenda 2030, o se están en el “lado justo” de los que luchan contra la tiranía de las gentes dinastías financieras, de los grandes consorcios financieros dueños de las gaseras y contra el imperio decadente que cada vez tiene más inestabilidad interior y exige más a sus vasallos.

Esto es lo que está en el fondo de la cuestión de este peregrino acuerdo sobre el Sáhara, adoptado al dictado por el gobierno Sánchez. Aquí no manda el PSOE, ni los pobres podemitas abocados hacia su autodestrucción, aquí no mando Sánchez ni sus “ministros y ministras”, ministrillos todos, aquí manda el Foro Económico Mundial. Aquí y en Ucrania, y en Canadá, y en Marruecos, por mucho que la posverdad diga otra cosa.

martes, 15 de marzo de 2022

ENTREVISTA CON EL BLOG "MIS CORREOS CON GENTE INQUIETANTE"


El blog Mis correos con gente inquietante me envió un cuestionario que respondí y que está publicado en este blog cuya lectura recomiendo. Este es el diálogo por e-mail que mantuvimos:

 

- Si no estoy equivocado, usted reside habitualmente en Canadá. Me gustaría conocer de primera mano su experiencia personal allí en los últimos años, bajo el gobierno de Trudeau, del "Partido Liberal de Canadá".

He residido en Canadá y, ahora pasó temporadas en aquel país. En conversaciones con canadienses y con otros europeos allí, adquirí la convicción de que existen los mismos problemas (crisis económica, pérdida de poder adquisitivo, inmigración masiva, inseguridad creciente) en todo el mundo desarrollado, pero en Canadá eran, simplemente, mucho menores. Luego llegó de la nada Justin Trudeau, aupado por el Foro Económico Mundial; un actor fracasado, auténtico “niño de papá”, que se las daba de “liberal” y que no era nada más que una mixtura entre los modales ideológicos amanerados de ZP y la mirada vacía y psicópata de Pedro Sánchez.

En Canadá, por ejemplo, no existía “demanda social” de legalización del porro, ni de legislación favorable al mundo gay. Es un país muy tolerante para necesitar todo eso. Recuerdo una manifestación en Montreal anunciada durante semanas a favor de la legalización del haschisch y que no contó con más de 125 asistentes, visiblemente freakys locales. Pero eso no fue obstáculo para que, llegado al poder, Trudeau legalizara el porro, y generase un arsenal legislativo favorable a la minoría LGTBIQ+.

El carácter canadiense es afable, dialogante y liberal en el sentido de admitir distintos puntos de vista, por eso, no han gustado las medidas de Justin Trudeau, que imponían penas de prisión, multas, por simples errores (como llamar “Mariano”, que deseaba ser llamado “María”, por su simple deseo y a pesar de no haber sido hormonado, ni pasar por el delirante proceso de “transexualización”). Y así, Canadá ha ido “normalizándose” y tomando su modelo de San Francisco de California, más que de su propia identidad histórica.

Los canadienses, por su particular carácter tolerante, lo han aceptado hasta que Trudeau ha intentado imponer las normas anti-covid a los camioneros y a toda la sociedad. Entonces el país ha estallado en un grito de protesta que se ha prolongado durante un mes. Hoy, los camioneros y los manifestantes anti-Agenda 2030, han sido desalojados del centro de Ottawa, pero Trudeau es un cadáver político al haber propuesto la aplicación de medidas liberticidas y huir a paradero desconocido en el instante de mayor tensión. En Canadá, hoy, ha quedado muy claro que Trudeau, lejos de resolver todos los problemas del país, él mismo es el gran problema. Mundialismo y globalización son los dos problemas reales de nuestro tiempo. Lo más triste es que hoy, Canadá se parece, en el peor sentido, a cualquier otro país europeo más de lo que se parecía hace cinco o siete años.


 

- Decía Balzac que todo poder es una conspiración permanente. Con la perspectiva que da el paso del tiempo, después de tantos años de militancia, libros publicados, viajes, experiencias personales... ¿sigue teniendo esa pulsión revolucionaria, o prefiere como se suele decir, "ver los toros desde la barrera", manteniéndose en un segundo plano?

En lo personal -y pocas veces hablo de “lo personal”- soy una persona “quemada” por mi pasada militancia en la extrema-derecha. Por lo demás, nunca me ha interesado la política como “carrera”, ni en los años 70, en donde pude optar por esa vía, ni mucho menos ahora, que, aunque quisiera, me estaría completamente cerrada. No es que esté en “segundo plano”, es que nunca pretendí estar en el “primero”. Para mí, la política era militancia, activismo, aventura, destino, ideas. Ya he vivido todo eso y me parecería ocioso (incluso vicioso) persistir en esa vía. Procuré hacerlo lo mejor posible y de la manera más ilusionada y razonable. Hoy, me defino como “apolítico”, entendiendo por tal una actitud distanciada de la política, no desinteresado por la política.

En lo esencial, no he variado mis opiniones doctrinales, desde los años 70. Por supuesto, las he renovado e ido adaptando. Me han servido como patrón para interpretar la realidad y, hoy, a mis casi 70 años, creo que son justas en la medida en que la evolución de los hechos me ha ido dando la razón. Esas posiciones son contrarias al liberalismo y a la partidocracia como creadores de debilidad y corrupción, opuestas al “relativismo” (creo en valores absolutos), completamente opuesto a cualquier forma de progresismo (con todo lo que le acompaña) y, en lo positivo, identificado con los valores de la cultura clásica y los valores “tradicionales” (que no son, en absoluto, los valores burgueses). Más europeísta que nacionalista, y considerando que el papel de España debería ser el de puente entre Europa y América, por tanto, en absoluto “eurasista”. Consciente, además, de que vivimos al final de un ciclo y que la agonía todavía se va a prolongar unas décadas.

Me cuesta hacerme a la idea de que el mundo que van a heredar mis hijos y mis nietos, va a ser mucho peor, mucho más injusto, mucho más absurdo y mucho más decadente, que el mundo que me legaron mis padres. Me defino como un conservador consciente de que no hay nada que merezca del conservado, como un “anarca” (en el sentido jungeriano) que abomina del pensamiento masificado y con un revolucionario que aspira solamente a una revolución del orden.

- Eso que han llamado "transición a la democracia" se presenta habitualmente como un esfuerzo colectivo de izquierdas y derechas para superar el franquismo, una especie de acuerdo mágico por la cual el "consenso" y la "unidad de los demócratas" lograron la modernización del país y su entrada en la OTAN y en la UE. Cualquiera que sepa un poco de historia sabe que la versión oficial de la transición tiene muchas notas a pie de página, asesinados en atentados de falsa bandera que generaron entre la "opinión pública" un desapego creciente hacia opciones políticas más ideologizadas y peligrosas para el sistema. En Italia y en Portugal ocurrió lo mismo, con lo que entiendo que no fue algo casual. ¿Qué papel tuvieron los servicios secretos americanos en esos "acontecimientos"? ¿Hasta qué punto los servicios rusos, la TASS o la KGB, tenían influencia en España?

La “versión oficial” de la transición dice eso, efectivamente, pero la realidad cuenta otra cosa. Lo primero que hay que tener en cuenta es que la “transición” no empezó con la muerte de Franco, sino durante el período de presidencia de Carrero Blanco. Carrero era consciente de que el incipiente capitalismo español precisaba nuevos mercados y que era necesario ingresar en la Comunidad Económica Europea, aunque también buscase mercados nuevos en el Este de Europa (el comercio español con el Este de Europa se inició con Carrero entre 1972 y 1973). Carrero quería dar a la “democracia orgánica” un semblante aceptable para Europa y parecido al régimen de la República Federal Alemana: socialdemocracia sí, comunismo no. Por eso impulsó un estatuto de asociaciones políticas. Transición sí, pero controlada y limitada a una línea roja que excluía al PCE y a la extrema-izquierda de la vida política.


La muerte de Franco y, antes, el asesinato de Carrero, lo trastocaron todo. EEUU quería una España (y un Portugal y una Grecia) dotada de un régimen idéntico a cualquier otro país europeo y sin ningún tipo de limitaciones a la inversión extranjera, con un sector estatal reducido al mínimo y privatizado. Y lo consiguió. Los verdaderos actores de la transición fueron los intereses del capitalismo español que necesitaba nuevos mercados en el exterior, los inversores norteamericanos que veían a España como tierra de promisión y el Pentágono que pretendía ganar para la OTAN el espacio entre los Pirineos y Gibraltar, dando profundidad a la “alianza”. El Rey, Suárez, Carrillo, se llevaron la gloria de la transición, pero, es cuestión de tiempo, que la historia redimensione los papeles que asumieron en una obra cuyo libreto ellos no habían escrito.

No creo que los servicios soviéticos tuvieran excesivo interés en España en aquel momento. Con todo, no hay que olvidar que, hasta el desplome de la URSS, el Partido Comunista de España siguió recibiendo fondos de los países del Este (la caída de Ceaucescu interrumpió definitivamente esta fuente). La inteligencia soviética tenía agentes dentro del PCE, como los tenía dentro de cualquier otro aparato comunista en el mundo, pero su acción durante la transición fue invisible. Para la URSS el statu quo español era el mejor que podía aspirar: fuera de la OTAN y al margen de las democracias.

En lo que a ETA se refiere, es cierto que tenía su base en Argel, país que, entonces, estaba alineado con la URSS. Si hubo intercambio de información entre el KGB e interlocutores españoles, debió pasar por allí y por el PCE. ¿La CIA? Sí, claro, su papel fue mucho más importante porque, a fin de cuentas, de lo que se trataba era de que España abriera sus puertas de par en par al capital norteamericano. Por lo que me consta, enviaron agentes para estar perfectamente informados de lo que ocurría aquí y de los posibles problemas que pudieran aparecen. Y neutralizarlos, por supuesto.

Pero lo esencial de las operaciones de “bandera falsa” que han podido identificarse en aquella época, corrieron a cargo de funcionarios de policía española y de otros cuerpos de seguridad, no en tanto que miembros de esos cuerpos, sino sirviendo a órdenes e intereses de los que ni siquiera eran conscientes. Básicamente, el problema de la transición consistió en que, en 1976, existía un “búnker” por la derecha y un Partido Comunista por la izquierda, y el resto de fuerzas políticas, tenían una existencia virtual. La transición solamente era posible realizarla con un “centro” que actuara como amortiguador de unos y otros. Para eso, se generó un terrorismo en gran medida artificial que actuó desde los extremos (ETA, Grapo y anarquistas por una parte y ultras desorganizados por otra) para que la gran masa de población se acogiera a la “protección” del Estado en el centro. Así nació el clima que favoreció el nacimiento de UCD. Tal es mi “teoría de la transición”, demostrarla ya es harina de otro costal…


 

- En su entrevista con Manuel Vázquez Montalbán para "Mis almuerzos con gente inquietante", hace ya treinta años, adivinaba acertadamente que el fascismo resurgirá, pero con una apariencia totalmente diferente a la de los "fascismos históricos" (nacional-socialismo, nacional-sindicalismo, falangismo). ¿Cuándo relee aquella entrevista, qué sensaciones tiene?

Vázquez Montalbán era un personaje entrañable. Si me apura, mejor persona que escritor. Y mucho mejor ensayista que novelista. Incluso, mejor cronista que ensayista. Era un “verso libre” en el PSUC (el PC en Cataluña) en cuyo comité central estuvo durante años. Me entendía bien con él, porque ambos no teníamos prejuicios en hablar con “adversarios políticos”. Y nosotros, lo éramos. Y, además, a ambos nos ha acompañado la ironía como forma de expresarnos.

Cuando Vázquez Montalbán realizó esa entrevista, yo tenía claras unas certidumbres, no propias, sino derivadas de la lectura de El fascismo visto desde la derecha de Julius Evola. A saber: que el fascismo era la concreción en un momento (la primera postguerra europea con la ofensiva del bolchevismo) y en un lugar (esencialmente Europa), de un movimiento en el que podían encontrarse aspectos negativos (formas de culto a las masas, concesiones tácticas no siempre morales), que, en cualquier caso, eran secundarias en relación al vector principal que suponía -y esto es lo importante- la recuperación y la traslación al siglo XX, de valores que siempre habían sido propios de la cultura y de la civilización europea: “orden – autoridad- jerarquía – justicia social”. Desde el mundo clásico estos valores que, en el fondo, constituían lo esencial de los “fascismos”, habían estado presentes en los mejores momentos de nuestra historia. 

Son esos valores tradicionales los que, en cualquier momento pueden reproducirse en algo que no se llamará “fascismo”, no tendrá siquiera similitudes formales con lo que conocemos del fascismo genérico, pero en su fondo, hará suyos, al menos una parte importante del bagaje intelectual del fascismo histórico. O si lo prefiere, puedo decirlo de otra manera: todo lo que valió la pena de los fascismos fue lo que en ellos fue herencia de la tradición y de la cultura europea. Hace un año dediqué un ensayo sobre lo que llamaba “transfascismo”; se componía de tres partes: el recordatorio de lo que fue el fascismo histórico (con la certidumbre que ya me acompañaba desde los años 60 de que nunca volvería), la descripción de la modernidad actual y de lo que cambiará en los próximos 20-30 años (y que hará irreconocible al mundo en la ordenación con que existe hoy) y, finalmente, una última parte en la que, punto por punto, definía lo que puede subsistir de cada rasgo del fascismo y cómo puede mutar. Por lo demás, de Vázquez Montalbán y de aquella entrevista, conservo mi afición por el sushi y la carne cruda.

 

- Ni la llamada "alt-right" ni las derechas populistas tipo Salvini o Abascal cumplen los requisitos mínimos del fascismo clásico, eso está fuera de cualquier debate. En todo caso, cumplen con una función "entrista", introduciendo debates impensables hace unos años en eso que llamamos "opinión pública". En el caso de VOX, ¿cuál cree que será la evolución del partido? ¿Qué opinión tiene acerca de Zemmour?

La velocidad con el que el mundialismo quiere imponer sus criterios, inevitablemente, genera resistencias. Esta velocidad creciente se debe a que, en cualquier momento, puede desatarse una crisis económica generalizada y hace falta neutralizar cuanto antes a la población y mantener los “objetivos” de la Agenda 2030 (cambio climático, igualdad, LGTBIQ+, energías renovables, transición energética, inmigración, etc). Las protestas que se han desarrollado en Canadá (“la caravana por la libertad”) y en Francia (los “chalecos amarillos”) indica la fragilidad del sistema: cada vez está más cerca de sus objetivos, pero las resistencias son cada vez mayores; y este es el problema: que el sistema no puede permitirse ni muchas demoras, ni la aparición de sarpullidos que correrían el riesgo de generar metástasis, paralizar y revertir el proceso mundializador.

En toda Europa han aparecido opciones antimundialistas y populistas con mejor o peor fortuna. Indudablemente no tienen nada que ver con el viejo fascismo (en la medida en que éste respondía a otra época y a otros desafíos completamente diferentes a los actuales y podía formularse en base a estructuras que hoy ya han desaparecido). Vox es una de estas opciones. Yo me atrevería a sugerir que, hoy por hoy, Vox es la formación “enigma”: todavía no se sabe, lo que puede dar de sí. El riesgo es que se limite a ser la componente de “derecha radical” del sistema, vaya permanentemente de la mano del PP, esto es, de la derecha liberal, o que vaya cayendo en los mismos errores que cualquier otro partido: burocratización, corrupción interna, cierta ambigüedad en el programa y unos objetivos inaplicables dentro de la constitución española actual (que requiere mayorías de ¾ partes para poderse aplicar) y que siga un camino similar al que, en el otro lado, ha recorrido Podemos en una década.

Juega a su favor el que el electorado empieza a estar muy harto de votar a partidos que siempre terminan decepcionándolo y, para muchos, es la última elección a la que entregar el voto, después de haber recorrido todo el espectro de siglas. Tiene en su contra cierta indefinición, especialmente en su programa económico, y una calculada ambigüedad para no ser confundido con viejas opciones ultras.

Pero, como digo, todavía deben demostrar que sus dirigentes están preparados y no son como los de cualquier otro partido hoy en el mercado de las siglas: ambiciosillos ansiosos de vivir del erario pública. El tiempo dirá si merecen, amplia y mantienen la confianza del electorado o se quedan en la cuneta como le ha pasado a Podemos o a Ciudadanos.

En lo que se refiere a la candidatura de Zemmour, no hay que olvidar que se trata de un “politólogo”, no de un dirigente político, es muy diferente limitarse a analizar que intervenir. Hasta ahora, como politólogo y polemista, Zemmour ha dado en el clavo en los “males de Francia”. Pero, también es cierto que Marie Le Pen, coincide, en lo esencial, y fuera de matices electorales, con él. Creo que ha sido un error presentar dos candidatos para disputarse el mismo espacio político, en un país en el que la segunda vuelta es la que da la victoria. Es cierto que Marine Le Pen, no puede ser permanentemente la “aspirante” a la presidencia y presentar su candidatura cada cinco años, para ser derrotada en la segunda vuelta; la lógica sugiere que lo más razonable hubiera sido llegar a una entente entre los dos candidatos y hacer un frente común que hubiera sumado más entusiasmos, en lugar de dividir el voto anti-stablishment. Pero ¿desde cuándo la lógica forma parte de las decisiones políticas? Incluso en la cuna del racionalismo cartesiano, el absurdo en política es frecuente.


 

 - Hace años compré un libro titulado "El enemigo del sur", posiblemente un texto pionero a la hora de explicar los chantajes de Marruecos a los sucesivos gobiernos españoles, que siempre vienen a ser el mismo. ¿Llegaremos a ver un conflicto armado entre España y Marruecos? ¿Qué papel podría tener Argelia en ese conflicto?

No creo que la sangre llegue al río. Al menos no, entre España y Marruecos. Un buen día, nos despertaremos y el gobierno español de turno, habrá negociado la entrega de Ceuta y Melilla, a cambio de que Marruecos facilite más inmigrantes a España, por ejemplo... Y siempre habrá algún ministro del gobierno español, que intentará convencernos de que salimos ganando y que es por el futuro de nuestras pensiones y de nuestros hijos, incluso por el bien de la población española en Ceuta y Melilla. Y, si no, al tiempo. Unos años después y el mismo esquema podría repetirse con Canarias. En El enemigo del sur, que firmé con el seudónimo de “León Klein” en la primera edición de 2004, planteaba que España solamente tiene un único enemigo y los planes militares del Estado Mayor, no contemplan ningún riesgo procedente de los Pirineos o del Atlántico. La única eventualidad de un conflicto internacional para España está localizada en el eje Gibraltar-Canarias, esto es, en el Sur.

No hay pelea, suele decirse, cuando uno de los dos contendientes renuncia a pelear, o no está en condiciones de hacerlo. La sociedad española no puede soportar ni una guerra, ni un conflicto que obligue a algo al ciudadano medio; éste solamente aspira a comer, beber, vivir tranquilo y que nadie la moleste. Por su parte, el Estado Español no podría soportar las tensiones, esfuerzos presupuestarios y obligaciones de una guerra. Marruecos lo sabe pero, históricamente, desde mediados de los noventa ha iniciado una guerra de baja cota contra España en cinco frentes: inmigración masiva; paso libre hacia el norte de, entre 80 y 100.000 tonelada de haschisch exportado ilegalmente hacia España; guerra económica aumentando la exportación de productos agrícolas hacia la UE que arrinconan a la agricultura española -ante la que inexplicablemente nuestros gobiernos, del PP, ni del PSOE, no reaccionan, pudiendo imponer su derecho al veto en la UE-; inexorable construcción del Gran Marruecos (que apunta, por este orden, hacia las Islas Adyacentes, hacia Ceuta y Melilla y hacia Canarias); y, finalmente, realiza los chantajes más desaprensivos, tanto a España como a la UE, con absoluta impunidad y contando con su papel de base del Pentágono en África, exigiendo dinero y créditos a fondo perdido para “frenar” a la inmigración masiva, pero sin hacer nada efectivo para detenerla, sino más bien, todo lo contrario: la estimula, incluso con menores.

Todo esto supone una carga económica anual de miles y miles de millones, el debilitamiento de la cohesión de la sociedad española y la existencia de una “bolsa” de carácter étnico, religioso y cultural que no tiene absolutamente nada que ver con nuestro país y que ni siquiera está interesada en integrarse.

Ahora bien, el conflicto entre Marruecos y Argelia si es uno de esos puntos calientes del globo que, en cualquier momento, puede estallar en una guerra abierta. Marruecos reivindica, desde su fundación, las regiones argelinas de Tinduf y Bechar. El apoyo de Argelia al Polisario (instalado precisamente en las arenas de Tinduf) agrava la situación, así como el tradicional odio ancestral entre ambos países. Argelia, en todos los terrenos, tiene mucho más interés por Francia que por España (sus inmigrantes ilegales deben pasar por España, para llegar a Francia), de la misma forma que en Marruecos esta vinculación es mayor con España.

Lo que nadie ha logrado entender, ni la historia pretende explicar, es lo que pasó por la cabeza de Felipe González para aprobar el trazado de un gaseoducto que condujera el gas argelino a España ¡a través de Marruecos!, porque los conflictos entre ambos países son consuetudinarios.

En fin, sea como fuere, existen más posibilidades de conflicto entre Argelia y Marruecos que entre Marruecos y España. Ahora bien, aquel conflicto, supondría, no solamente para España, sino para toda la UE, una oleada de millones de “refugiados”, esto es, el espaldarazo definitivo al multiculturalismo multiétnico en Europa. Y eso es a lo que debemos de estar atentos, así como a las modificaciones de la situación en Ceuta, Melilla y Canarias.


 

- La izquierda posmoderna sigue emperrada en considerar al franquismo como un "régimen fascista", algo totalmente erróneo, ya que si por algo se caracterizó Franco fue por su pragmatismo y su adaptación a los cambiantes escenarios internacionales en todo momento. En este sentido, y con todas las salvedades posibles, ¿podríamos decir que el franquismo, por aquello de los ministros falangistas y los tecnócratas, desarrolló políticas de "tercera posición"?

El gran error consiste en considerar que hubo “un” franquismo, cuando, en realidad, el franquismo tuvo varias etapas que demostraron la capacidad de adaptación de Franco a las circunstancias cambiantes. Tras el período “falangista imperial” que coincidió con el triunfo de las armas alemanas en la Segunda Guerra Mundial, vino el período nacional-católico en la que los puestos ministeriales fueron ocupados por “propagandistas católicos” y miembros de la derecha monárquica. Luego, ya en los 50 y, especialmente, a partir de 1959, las necesidades del desarrollo y los acuerdos con los EEUU, hicieron que el régimen precisara de tecnócratas y echara mano de los miembros del Opus Dei.

No fue un régimen fascista, salvo para ignorantes que vean fascismo hasta en su propia sombra. No se pareció en nada al régimen del Tercer Reich que marcaba a los grandes industriales el rumbo a seguir y limitaba sus beneficios, ni siquiera al del “Ventennio” fascista. Las similitudes formales que tuvo fueron con otro tipo de regímenes: con el Estado Novo de Oliveira Salazar, con el régimen del mariscal Petain con capital en Vichy, con el gobierno del mariscal Antonescu en Rumania, con el gobierno de Miklos Horthy en Hungría, incluso con el breve régimen de Metaxas en Grecia: es decir, con gobiernos cuyas tres características eran ser autoritarios, conservadores y paternalistas.

Los ministros falangistas que tuvo el régimen de Franco en los años en los que Serrano Suñer tuvo influencia efectiva, no eran “terceristas”, sino que el rasgo que les caracterizaba era ser pro-germanos y lo mismo valía para el propio Miguel Hedilla. Sostenían que la “revolución nacional” en España dependía de la suerte de las armas alemanas y que, participar en la guerra al lado del Reich era la forma de acelerar los cambios en España. Tal era la actitud la sostenían los “falangistas revolucionarios” (con Ridruejo al frente). Existía otro sector falangista, en la misma época, los “falangistas legitimistas” (que había conocido personalmente a José Antonio y/o pertenecían a su familia -su hermana Pilar- o a su entorno político -Fernández Cuesta) que aceptaban cualquier decisión de Franco. Y esto vale también para Girón y Arrese.

Entre 1939 y 1942 no hubo políticas “terceristas” en España: o bien se estaba con Alemania, o bien se adoptaba una postura de neutralidad. Fue, más adelante, cuando Franco elaboró la teoría de que la Segunda Guerra Mundial era, en realidad, un conflicto en el que había dos guerras completamente diferentes, la guerra de Alemania contra las democracias en la que España se declaraba neutral, y la guerra contra el comunismo en la que España tenía que saldar cuentas pendientes y por eso envió a la División Azul. Esta posición, le valió luego el que los EEUU respetara al régimen e, incluso, en los años 50 pactara con él. No puede hablarse de sombras de “tercerismo” en ningún caso.


 

- Vivimos tiempos distópicos, y mi impresión personal es que muy poca gente en la UE es consciente de que el final del "proyecto europeo" podría estar mucho más cerca de lo que pensamos. ¿Qué opinión tiene al respecto? Allá por mediados de los ochenta y dentro del llamado "área", ¿se podía intuir la disolución de la Unión Soviética y la caída del comunismo en los países del este de Europa?

La Comunidad Económica Europea nació, como su nombre indica, con una intencionalidad económica y con una voluntad de evitar nuevos choques entre Francia y Alemania. Luego, más adelante, en la época de Maastrich quiso ir más allá, cuando cayó el Telón de Acero. Pero no lo ha logrado y se ha limitado a quedar integrada y configurada como el “apéndice europeo” de la globalización, sin advertir que Europa es una de las zonas geográficas más afectadas negativamente por este proceso (con deslocalizaciones industriales de Oeste a Este y con una invasión migratoria de Este y Sur a Oeste y Norte). La constitución europea (que fue votada favorablemente durante el zapaterismo -sin mucho interés por parte de la población, bien es cierto-, fue rechazada en otros países y, desde entonces, nunca más se ha vuelto a oír hablar de ella). La UE está estancada y sin posibilidades, ni voluntad, de hacer otra cosa. El “proyecto europeo” de la UE es… seguir sin “proyecto europeo”, como iniciativa integrada en el proyecto globalizador.

El hundimiento de la URSS fue imposible de prever en los primeros meses del gobierno de Gorvachov. Todo lo más, apuntaba a algunas modificaciones en política interior y a un nuevo tono dialogante en política exterior. Tras la caída del Muro de Berlín, y tras la guerra de Kuwait, ya estaba claro que EEUU había ganado la partida. Treinta y dos años después, Rusia se ha reconstruido, los EEUU acumulan problemas y ya distan mucho de ser el “único imperio global” que fueron entre 1989 y 2001 y han entrado en liza nuevos actores. A todos nos sorprendió en 1986-87 lo ocurrido en la URSS.

Recuerdo que en esa época publicábamos la revista DisidenciaS y dedicamos un dossier a los países del Este. Lo que nos sorprendía en aquel momento era la velocidad con la que se estaban disolviendo los regímenes comunistas. Hoy, creo que mi generación tuvo la desgracia de vivir su juventud en un período en el que Europa estaba rota, dividida y ocupada entre Washington y Moscú. Me llenó de alegría que la URSS desapareciera y me llena todavía más de entusiasmo vivir sabiendo que el fin de los EEUU, tal como lo hemos conocido, está próximo.


 

- En su muy interesante blog "Infokrisis" (https://info-krisis.blogspot.com), que desde aquí recomiendo a todo el mundo, además de hacer análisis de corte político o geopolítico, hace algunas reseñas de series o películas que han llamado su atención recientemente. De todo lo que ha visionado o leído últimamente, ¿qué ha llamado su atención? ¿tiene algún próximo libro de próxima aparición?

Bueno, en realidad, la que se interesa por la crítica cinematográfica es mi esposa. Yo me contento con dinamizar una web dedicada únicamente a series de televisión y, en especial, a las novedades de los streamings (seriesTVinfo: https://seriestvinfo.com/). Reconozco que, en los últimos cinco años, la calidad media de las series de televisión ha ido bajando paralelamente a su aumento numérico. En la actualidad estoy preparando otra web sobre el cine español entre 1939 y 1975 que era de una talla muy superior al que se sugiere hoy y que dio a la historia de la cinematografía grandes películas hoy olvidadas y directores geniales hoy denostados por su colaboración con el régimen.

Hace diez años, si alguien me hubiera preguntado qué destacaría de los estrenos de series, le hubiera contestado que todo lo procedente de los países nórdicos, el “nordic noir”. Hoy, ese género ha perdido la iniciativa y estas plataformas se han visto inundadas por productos turcos, coreanos, producciones del sureste asiático, mediocres, sino infames; al mismo tiempo, lo producido en Hollywood por Netflix y HBO, se ha convertido en un repertorio LGTBIQ+, sin olvidar series esperpénticas en las que personajes históricos de Ana Bolena, la corte de la “princesa española”, personajes de novelas como Arsenio Lupin, o arquetipos míticos como Aquiles, jarls vikingos, son interpretados por actores de raza negra.

No es que me queje de la sobrerrepresentación de temáticas LGTBIQ+, me quejo de la mediocridad general, la falta de interés, incluso las malas interpretaciones y la banalidad de la inmensa mayoría de estos productos de puro adoctrinamiento. Y en cuanto a la presencia absurda de actores negros encarnando a personajes, tiende a adoctrinar en el sentido de que todos pertenecemos a la “raza humana” y, por tanto, qué más da si Ana Boleta, la duquesa de Eboli o la corte de la hija de los Reyes Católicas está formada por negros o árabes. Lamentablemente, el absurdo empieza con una confusión taxonómica: no existe “raza humana”, sino “género humano”. Y entre las razas existen diferencias de carácter cultural y antropológico. Que los streamings y los fondos de inversión que los patronean tengan necesidad de borrar cualquier signo de identidad entre pueblos, razas, personas, sexos, es algo que requiere un “adoctrinamiento” machacón. Que la calidad de todos estos productos seudo-culturales es baja o muy baja, es una constatación que puedo formular como crítico.

 

 

viernes, 11 de marzo de 2022

FEIJO, ÚNICO CANDIDATO. EL PP, CON EL FORO ECONOMICO MUNDIAL, FRENTE A VOX

El PP acaricia el poder. Si Sánchez fuera un político inteligente, convocaría hoy mismo elecciones anticipadas, amparándose en que las discrepancias con Podemos son cada vez mayores. Sánchez contaría ahora con dos factores que se irán atenuando con el paso del tiempo: en primer lugar, no podrá seguir explicando la crisis económica -probablemente, mas grave que la de 2007-2011- solamente responsabilizando a “Rusia”; ni tampoco contará con una nueva pérdida del norte por parte del PP que, dejada atrás la crisis de Casado, volverá a repuntar en las encuestas.

Pero Sánchez es sólo un político ambicioso de pocos escrúpulos, como su colega canadiense Justin Trudeau: dos piezas troqueladas por el Fondo Económico Mundial, a medida de su proyecto mundialista y globalizador. No en vano, se han sentado juntos en la cumbre de la OTAN, han departido, han aparecido como hermanos en todas las fotos. A Sánchez, ni siquiera le ha importado que Trudeau esté tan quemado como la brasa de una barbacoa al atardecer. Simplemente, el Foro Económico Mundial los crea y ellos se juntan. Esa ambición por satisfacer a los poderosos y engañar al ciudadano es lo que tienen en común Sánchez y Trudeau y, por eso mismo, ni uno ni otro convocan elecciones anticipadas y no lo harán hasta que no se lo ordene la “superioridad”: es decir, la asamblea de “señores del dinero”.

El problema es que una serie de arribistas, de derechas y de izquierdas, de centro-derecha y de centro-izquierda, liberales y socialdemócratas, cortejan a la corte de la riqueza y el poder mundial. Casado no era completamente consciente de quién mandaba, lo intuía, pero no sabía hasta qué punto, incluso en el interior de su partido, tenían fuerza y poder. Se enteró cuando dudó sobre si mantener los pactos con Vox. Y los “señores del dinero” no permiten dudas ni vacilaciones. Si dudas sobre quién van a ser tus aliados, has perdido. Casado no le prestó mucho interés al asunto. Intuía que la compañía de Vox -no aceptada por esos círculos mundialistas- podía ser peligrosa, pero si le ayudaba a mantener el poder en algunas comunidades autónomas y, en las próximas elecciones generales, a cambia de algunas prebendas, Vox le cedía sus votos para la sesión de investidura, mejor que mejor. Error de apreciación.

Vivimos una época dominada por lo que podríamos llamar “la dictadura del dinero”: no importa que haya elecciones libres, no importa que gobiernen unos y otros, de lo que se trata es de que todos los que toquen poder acepten el hecho inconfesable pero muy real de que los “señores del dinero”, organizados en el Foro Económico Mundial, mandan por encima de cualquier otra instancia, por encima de constituciones y soberanía, y, hoy por hoy, son la única fuente de legitimación del poder. Si alguien duda de ellos, si un político no está dispuesto a ofrecer todo, absolutamente todo él, en cuerpo y espíritu, a los “señores del dinero”, puede darse por políticamente muerto. Ahora, Casado ya se ha enterado. Feijóo no quiere que le pase lo mismo.

Ayer, Feijóo presentó los miles de firmas que avalan su candidatura única a la presidencia del PP. Candidato único, elegido seguro. No habrá sorpresas. Nadie en el PP quiere, ahora, que vuelva a pasar lo que ha pasado con Casado y Ayuso, que una polémica interne les quite una victoria que casi tocan con las manos. No volverá a pasar, por supuesto. Todos los dirigentes del PP formarán junto a Feijóo, barones y marqueses, mandarines y caciques, todos con su tropa. No está claro que todos sean conscientes de quién manda en el partido. La mayoría creen que manda el secretario general, sea quien sea. Se equivocan: el secretario general, en el PP tanto como en el PSOE, mandan mientras cumplen las consignas que les llegan de instancias superiores, de los “amos del dinero”. Su iniciativa es mínima y nunca en asuntos de capital importancia. Mandan, mientras sigan obedeciendo y haciéndose acreedores de la confianza del verdadero poder. Si Feijóo se desvía un ápice, muere políticamente, como ha muerto Casado, mientras que otros, como la Ayuso, saben que su techo es el actual y que, más allá de dónde están, ya no podrán escalar. Almeida, por su parte, opta por reconocer que están más cómodos en la alcaldía de Madrid (capital de una nación de la periferia europea y, por tanto, políticamente, insignificante) y prefiere hacerse olvidar a nivel nacional.

Lo hemos dicho y lo hemos repetido: la crisis que llevó a Casado a la tumba, no ha sido por una polémica absurda sobre una facturita miserable (que son unos cuántos cientos de miles de euros por unas mascarillas inútiles, cuando lo que se dirime es el destino de un país) con la Ayuso, sino la actitud del Partido Popular ante Vox. Y existían dos posiciones: la de Casado (“con Vox, mejor que no, pero si no hay más remedio, pactad…”) y la de Ayuso (“como no tenemos, ni probablemente tengamos mayoría absoluta, mejor empezar a pensar en pactar con Vox, antes que con el PSOE”).

Feijóo, en cambio, lo tiene mucho más claro, quizás porque procede de una región en donde el PP nunca ha tenido que pactar para mantenerse en el poder autonómico gallego. Además de esto, Feijóo ha extraído una enseñanza del duelo Casado-Ayuso: nunca oponerse a los designios de los “señores del dinero”, sino, antes bien, seguir por el camino que trazan –“ellos, que saben…”- sin dudas, sin vacilaciones, sin medias tintas. Por eso, Feijóo es el único candidato y por eso mismo será elegido por una base que, lo que quiere, es disfrutar de las mieles del poder y colocar a hermanos, primos, cuñados y amigos del alma en los resortes del poder.

Feijóo ha demostrado hoy su "valía". Antes de la celebración del congreso, antes de que se cierren los pactos en Castilla y León, a despecho de las necesidades del PP de esa autonomía y de los intereses de la Ayuso en Madrid, Feijóo lo ha dicho en voz bien alta: “El PP descarta a Vox como socio preferente y orecerá al PSOE que gobierne siempre la lista más votada”… La frase es característica del espíritu que reina entre los aspirantes a gobernar por cuenta de los “señores del dinero”: se trata, ante todo, de demostrar el espíritu que les guía (pactar con el PSOE y cerrar el paso a los “populistas”). Todo lo demás (incluso, cuando desde el punto de vista técnico, el que “gobierne la lista más votada” es una garantía de inestabilidad y de parálisis política que se demostraría en cada votación parlamentaria, a la vista de que la “lista más votada” no es, necesariamente -y menos en estos tiempos en los que las “mayorías absolutas” ya han quedado lejos- la que pueda ganar votaciones en los parlamentos) absolutamente todo lo demás es secundario.

¿Por qué el PP se opone de una manera tan encarnizada a Vox, que, empezó siendo una especie de PP(auténtico) antes de encontrar su propio camino en la estela de los populismos europeos? Es fácil responder a esta pregunta: Vox está por la “soberanía nacional”, extrae votos de los sectores anti-inmigracionistas (y el mestizaje y la multiculturalidad son valores intocables que debe asumir todo perro fiel de los “señores del dinero”), no tiene confianza en la Agenda 2030, ni cree en los “grandes problemas” que ésta sitúa (LGTBIQ+, igualdad, cambio climático, multiculturalidad, etc.) y, antes bien, se identifica con todo lo que es hostil en el terreno político internacional, a estos objetivos. Por tanto, Vox es “otra cosa”, como Marina Le Pen lo es, al igual que Viktor Orban o el propio Donald Trump… Esta es la cuestión de fondo.

El nuevo mundialismo cultural y la globalización económica que proponen los “señores del dinero”, o se acepta o se rechaza. Y si se acepta, esto implica que se asumen todas las consecuencias. Entonces, se está en el “buen camino”. Cualquier duda, cualquier vacilación, cualquier mano tendida a los que se sitúan fuera de esa línea roja, equivale a la “muerte política”, al ostracismo, a hacerse acreedor de calificativos denigratorios (“ultra”, “violento”, “extremista”, “radical”, “populista”, “xenófobo y racista”, “machista y homófobo”…).

El mundo político está dividido en dos por esa línea roja: o a favor del “nuevo orden mundial”, de la “agenda 2030”, de la “corrección política”, del “pensamiento único”, a favor del mundialismo y de la globalización, o bien en contra de algo de todo esto, o contra todo esto, o por las ideas de nación, soberanía, liberalismo tradicional, identidad étnica y cultural. O se está con los intereses de los “señores del dinero” o bien se están con los intereses de una ciudadanía a la que se requiere su voto y para ello hace falta articular un discurso con aceptos populistas. Cuanto antes la clase política de derechas reconozca la existencia de esa “línea roja” que ya no está marcada por la divisoria “izquierda-derecha”, antes se reorganizarán las fuerzas contrarias al mundialismo y a la globalización.

El PP, en su interior, tiene tres almas: la que piensa en términos de derecha tradicional y no tiene problemas en pactar con otros grupos de la derecha (Ayuso), los oportunistas que pactarían a su derecha si hiciera falta y con la socialdemocracia cuando se prestara la ocasión (Casado) y, los que tienen claro el axioma de “nunca pactar con el populismo” (Feijóo). Gana esta última tendencia, sí, pero el problema es que, esta actitud va a tener consecuencias electorales en forma de corrimientos de votos.

Si bien la actitud de Feijóo puede atraer a antiguas electores de Ciudadanos (grupo que ya puede darse por finiquitado y al que solo le queda entonar el morituri), también es muy posible que pierda electores por su derecha y que estos vayan a parar a Vox que, en tanto que “frente del rechazo” puede atraer a sectores que hasta ahora han votado a la izquierda, pero que no están identificados (o, incluso, han llegado a horrorizarse) con las temáticas y obsesiones de esa izquierda en materia LGTBIQ+, o en materia de inmigración, y que sienten verdadera náusea por el PP, pero no así por un partido “populista”. Vox crecerá en esa dirección, a condición de que adopte sin excepción los mismos temas en función de los que ha crecido el populismo europeo. Ahora bien, la duda es si Vox y sus cuatros locales son conscientes de dónde están y de por qué están marginados y condenados al ostracismo por el resto de fuerzas políticas.

Feijóo, de momento, se ha cubierto las espaldas: de su “programa” y de cómo piensa dotar al PP de algo parecido a una estrategia, solamente sabemos que, “nada con Vox”. Ahí, ha dado en el clavo, porque el resto importa poco: a partir de ahora, si nos creemos a que los medios de comunicación serán benévolos con él, a que, incluso el PSOE procurará no erosionarlo más de la cuenta e incluso pensará que, aunque en las próximas elecciones pierda las riendas de La Moncloa, siempre podrá llegar a un acuerdo con el PP. A fin de cuentas, el PP es, para la UE mucho más presentable que Podemos. Y, mira por dónde, el PSOE es también, para Feijóo, más asumible que Vox, a la hora de establecer pactos.

Pero no lo olvidemos. El Foro Económico Mundial no es una reunión de mil-millonarios con influencia. Antes bien, es el punto de encuentro de “trillonarios”, dinastías económicas tejidas desde el siglo XVII, fondos de inversión monstruosos. Élites económicas cuyo único plan consiste en encontrar virreyes políticos y mediáticos lo suficientemente débiles, ambiciosos y desaprensivos como para seguir sus consignas al pie de la letra. El día que los electores lo entiendan, posiblemente, las actuales siglas que han protagonizado los últimos 45 años de política española desaparecerán para siempre.

jueves, 10 de marzo de 2022

La crisis del 29: la gran oportunidad del NSDAP (4 de 4) - CÓMO AFECTÓ A LOS MOVIMIENTOS RADICALES

En 1929, algunos sectores políticos y sociales empezaron a pensar que el principal responsable del crack bursátil (y de la crisis que inevitablemente le seguiría) era la extraordinaria proliferación de capital especulativo o de lo que Marx llamaba “capital ficticio”. En efecto, la economía productiva había sido sustituida a lo largo de la segunda fase de los “felices años veinte” por la economía especulativa.

Marx lo había previsto e incluso observado en el temprano capitalismo que pudo analizar y estableció que el crecimiento del capitalismo especulativo estaba sometido a ciclos. En estos ciclos podía observarse un primer período de preparación de la “burbuja” y de auge en el cual aparece una demanda de capital y una búsqueda de beneficios.

Poco a poco, el capitalista se da cuenta de que los mejores beneficios son los que se generan rápida y fácilmente: no se trata tanto de producir y situar en los mercados tangibles, vender y administrar los beneficios, como de especular, esto es, vender algo intangible a lo que se le atribuye un valor irracional pero siempre creciente. Para esto precisa capital, y por eso, la demanda de crédito se vuelve febril, pero no para producir bienes tangibles, sino para adquirir cada vez más acciones intangibles no vinculadas a riquezas reales y objetivamente mesurables.

La bolsa que, en principio, era el método por el que las empresas podían financiarse sin recurrir a los créditos bancarios, vendiendo participaciones en sus beneficios a través de los cuales recibirán un capital que podrán utilizar para expandir sus actividades, pasó a ser un foro meramente especulativo: ¿para qué introducirse en los complicados –y no siempre seguros– mecanismos de producción y consumo para los que hay que conocer la realidad de sectores económicos concretos si se quiere invertir con garantías, si se pueden obtener beneficios más rápidos comprando y vendiendo acciones que suben como la espuma?

Además, en los períodos especulativos se genera espontáneamente un clima psicológico entre los inversores que parece decir: “si no inviertes hoy te quedarás atrás y perderás la ocasión de enriquecerte de un día para otro”. La bolsa, pasa de ser un mecanismo de financiación de empresas, a convertirse en un hipotético juego en el que solamente se puede ganar… al menos mientras la burbuja no pincha. En esos meses, la masa de “capital ficticio” adquiere una imagen de solidez que en realidad no tiene al no disponer de bienes tangibles que lo avalen.  En otras palabras: las acciones compradas y vendidas en bolsa ya no tienen ninguna relación con su valor real ni con su rentabilidad, son un mero producto especulativo sin ningún tipo de tangibilidad más allá del papel sobre el que están impresas.

Y esto constituyó lo esencial en el punto de inflexión entre los años 20 y los 30: que, frente a la economía liberal, bajo cuya tutela se había desarrollado la economía especulativa y que era el leit–motiv de las potencias que habían vencido en 1918, habían aparecido otras fórmulas económicas. Es significativo, en principio, que la crisis afectara solamente al mundo capitalista; la Unión Soviética permaneció completamente al margen de la misma y ni siquiera experimentó pequeñas alteraciones.

Mientras que el nivel de vida en los EEUU caía en picado, en la URSS la actividad económica desbordante generada por los “planes quinquenales”, convirtió, en esos mismos años, a aquella sociedad agraria en una sociedad industrializada. No es raro, por ello que cuando y el paro alcanzó el 27% en EEUU, el 44% en el Reino Unido y el 44% en Alemania, en la URSS existía prácticamente pleno empleo. Mientras que el comercio mundial disminuyó un 40%, la URSS triplicó su producción industrial, entre 1929 y 1940, que pasó del 5% del total mundial en 1929 al 18% en 1938. De pasar a ser la onceava potencia industrial, pasó al tercer lugar en ese período, se configuró como la cuarta potencia en extracción de carbón (cuando antes ocupaba el décimo lugar) y pasó al tercero en producción de acero.

Es evidente que la URSS se vio libre de la crisis económica en la medida en que no se trataba de una economía de mercado sino de un sistema económico casi completamente cerrado al exterior. Pero, al mismo tiempo, la URSS era la nación portaestandarte del comunismo y, por tanto, la difusión de los logros económicos de este país por parte de los partidos comunistas de Europa Occidental, tuvo como resultado el que amplias franjas de trabajadores asumieran esa militancia como respuesta a la crisis del sistema capitalista occidental.

El Frente Popular llegó al poder en Francia aplicando medidas muy parecidas a las del New Deal de Roosevelt. Si entre 1934 y 1937 existió en Francia un auge de los movimientos fascistas, no se debió tanto a la profundidad con que la crisis económica se manifestó allí como a los desajustes del sistema democrático y especialmente a la mala gestión y a los casos de corrupción que afloraban continuamente. En cuanto al fascismo francés, si bien tuvo una vertiente proletaria (el Partido Popular Francés de Jacques Doriot antiguo alcalde comunista de Saint Dennis) lo cierto es que fue limitada y no pasó de ser un movimiento anticomunista financiado por industriales, y solamente en muy contadas ocasiones[1] tuvo un verdadero peso específico en la política interior francesa.

En el Reino Unido, inmediatamente estalló la crisis se devaluó la libra esterlina y se creó la Commonwealth, un espacio económico propio para la libra y favorable a los intereses británicos. En realidad, el Reino Unido apenas había salido de la etapa de crisis en que se encontraba desde 1921. En ese contexto apareció el aristócrata Sir Oswald Mosley, fundando la British Union of Fascist. Mosley, antiguo ministro del gobierno laborista de Ramsay Mac Donald, había publicado en 1930 un memorando sobre la crisis en el que proponía medidas que anticipaban lo que sería el keynesianismo posterior, en buena medida orientadas a combatir el desempleo. Precisamente el rechazo de este memorando por parte del Partido Laborista fue la razón por la que Mosley lo abandonó para formar el New Party. Esta formación cada vez se vio más influenciada por el fascismo y en enero de 1931, el propio Mosley tuvo la ocasión de conocer a Mussolini. En abril de 1931 se constituyó el BUF, partido específicamente fascista, con buenas bases en los barrios obreros de Londres (especialmente en el East End) y del sudeste del Reino Unido. Llegó a contar con 50.000 militantes entre los cuales se encontraban líderes sindicales y también miembros de la aristocracia británica antes de 1935 cuando empezó su declive. Así pues, el fascismo británico no se benefició especialmente de la crisis de 1929, como tampoco pudo hacerlo de manera significativa el Partido Comunista.

En Italia las repercusiones fueron bastante menores a pesar de que descendieron los salarios y quebraron algunos bancos. La respuesta italiana a la crisis de 1929 fue aumentar la intervención del Estado en la economía y acelerar los pasos hacia la economía autárquica basada en una fuerte industria militar. Mussolini caminó en esa dirección reduciendo importaciones, aumentando la producción y fortaleciendo la moneda. Se acometió lo que Mussolini llamaba “grandes batallas”, la del trigo la primera de todas, fue un ensayo para reducir importaciones y aumentar la producción interior. La reevaluación de la lira desincentivaría las importaciones. Y finalmente se acometieron obras públicas (en redes de comunicaciones, monumentos y urbanismo en las grandes ciudades). La conquista de un Imperio en Abisinia, Libia y Albania, tenían como objetivo el generar más riquezas y materias primas[2]. Todas estas medidas constituyeron la “respuesta fascista” a la crisis, pero no contribuyeron ni a asentar un régimen que ya estaba asentado desde hacía un lustro, sino solamente a acelerar su proceso de institucionalización.

En España, las repercusiones de la crisis del 29 y de la depresión fueron también palpables aunque de menor intensidad que en otros países a causa del secular atraso de nuestra economía. La gestación y el inicio de la crisis tuvieron lugar en España durante el ciclo de la dictadura de Primo de Rivera[3] (1923–1930) un período de reformas en la administración y de grandes inversiones públicas que generó un alto nivel de endeudamiento, a pesar del cual se obtuvieron buenos resultados económicos y se recuperó algo del tiempo perdido en industrialización y modernización del país.

En 1927 empezaron a experimentarse problemas de financiación y el sistema impositivo, muy afectado por la fuga de capitales, no logró estabilizarse. En enero de 1930, Primo de Rivera dimitió presionado por Alfonso XIII. No fueron una crisis económica –relativa– la que propició la caída de la dictadura de Primo de Rivera, sino la actitud de los intelectuales, la pusilanimidad del monarca, la defección de los regionalistas catalanes, todo lo cual, mucho más que la crisis del 29, llevaron al advenimiento de la República. Hoy se acepta unánimemente que el contagio internacional tuvo más relevancia en la gestación de la recesión económica en España. Si la República apenas pudo afrontar esta situación se debió a los habituales problemas de asentamiento de un régimen recién establecido y a las políticas sectarias y anticatólicas que abordó en sus dos primeros años de vida que convencieron a la “otra España”, la monárquica, católica y conservadora, de que la convivencia era imposible.

Tampoco hay motivos suficientes como para pensar que la crisis económica tuviera una importancia decisiva en la irrupción del “fascismo español” que siempre fue muy limitada y que, hasta la guerra civil, no alcanzó el nivel de fenómeno de masas. Y en cuanto a la guerra civil, sus motivaciones distan mucho de estar relacionadas con la crisis del 29 y con la depresión que siguió.

Se suele convenir[4] que la moderación del impacto de la crisis en España se debió al atraso de la economía española y a su carácter eminentemente agrícola (el sector primario ocupaba al 40% de la mano de obra). No era, pues, la crisis bursátil, sino los ciclos de la agricultura, las sequías, los años de buena cosecha, lo que marcaban las oscilaciones importantes. En 1930 hubo una mala cosecha que arrastró hacia abajo el PIB mucho más que la crisis bursátil de Nueva York. El sector textil aumentó la producción y los salarios. Cuando en 1932 hubo una excelente cosecha se recuperó lo perdido dos años antes y el PIB aumentó. Al año siguiente cayó (mala cosecha) y en 1933 volvió a mejorar (… la cosecha había sido buena). La Bolsa de Madrid se había recuperado completamente en 1935. En ningún momento hubo pánico bancario y solamente quebró el Banco de Barcelona, el resto de instituciones permanecieron indemnes gracias a sus escasas inversiones industriales y a sus pocas operaciones internacionales.

Lo limitado del comercio exterior español en la época hizo que las repercusiones de la crisis fueran también limitadas. Existía una política económica proteccionista con altos aranceles y una valoración alta de la peseta. Disminuyeron las exportaciones y se redujo la inversión extranjera. La II República aumentaría la protección arancelaria en 1933 cuando la apertura del país a las importaciones era en España muy inferior a la media europea, así pues, aunque existieron repercusiones y disminución del comercio exterior (que cayó a la mitad entre 1930–35). Las exportaciones disminuyeron más que las importaciones y así aumentó el déficit comercial. Volvieron muchos inmigrantes que se habían ido a países americanos y, por tanto, disminuyeron las remesas. Para colmo, la República se negó a realizar devaluaciones competitivas de la peseta con lo que perjudicó a las exportaciones.

Otro factor que contribuyó a que la crisis del 29 se notara en España, pero sin comparación con otros países europeos, fue el descenso de la inversión privada. Es cierto que la crisis internacional retrajo las inversiones, pero en España se producía otro fenómeno que era todavía más descorazonador para el capital: la inestabilidad política que se remontaba a los últimos dos años de la dictadura, al período de Berenguer, y que se prolongó hasta 1936. Si bien ese descenso de la inversión privada fue decisivo para que en España se notaran los efectos de la depresión internacional, la incapacidad de la República por asentarse, la inestabilidad social (con un movimiento obrero fuertemente radicalizado, prácticamente el único en el mundo desarrollado en el que el anarcosindicalismo era hegemónico), las oleadas de huelgas y de violencias que siguieron inmediatamente al establecimiento de la República (con las quemas de conventos, la inestabilidad política permanente y la violencia generalizada de carácter político–social), coincidieron con la llegada a Europa de los efectos de la depresión.

La República reavivó la inversión pública (en 1931–32) para compensar la caída de la privada del período 1929 a 1932. Se reemprendieron obras públicas que habían sido paralizadas con la caída de la dictadura. Entre 1931 y 1934, los ministros de Hacienda incrementaron el gasto público en un 25% para combatir el desempleo e invertir en infraestructura y educación. La presión fiscal también aumentó, pero la política fiscal apenas tuvo repercusiones sobre la producción y el empleo, porque el gasto público jamás superó el 13,5% del PIB, si la crisis se notó fue en gran parte porque España mantuvo una alta cotización de la peseta perjudicando a sus propias exportaciones.

En conclusión, la política económica republicana no causó depresión ni esta desencadenó la Guerra Civil, corolario que sacan algunos historiadores económicos. El origen de la Guerra Civil no fue económico sino político, aun cuando no tuviera nada que ver con el ascenso del “fascismo español”. La inestabilidad política hizo que la República jamás estuviera en condiciones de superar lo que generó a lo largo de toda su existencia una situación de inestabilidad que terminó en el estallido bélico y, a partir de ese momento, sí apareció un fascismo español que antes solamente estuvo presente de manera masiva en la Universidad.

Queda analizar el “caso alemán”. Y aquí parece que las cosas si dan la razón a quienes opinan que el nacional-socialismo llegó al poder gracias a los efectos de la crisis de 1929. Pero también aquí hay que matizar. El ascenso del nacionalsocialismo se inicia con la celebración del III Congreso de 1927 en Núremberg que sigue a la refundación oficial de 25 de enero de 1925. En las elecciones de 1928 cosecha 800.000 votos, el 2,6%, y 12 escaños. A partir de aquí se inicia el ascenso vertiginoso. Inmediatamente antes del crack bursátil tienen lugar nuevos avances electorales del NSDAP con la consigna “Pan y trabajo”, que aumentarán en los años siguientes, queda por establecer si esos avances se deben a la situación de crisis que vivía Alemania en ese momento o a otros factores.

La crisis del 29 empobreció a Alemania y a Austria. Los capitales norteamericanos que habían llegado después de la guerra se retiraron. Quebraron varios bancos y cayó la producción industrial. En diciembre de 1931 los parados llegaban a 6.000.000 a los que había que añadir otros 8.000.000 de trabajadores que solamente podían hacerlo a tiempo parcial.

En este clima, el canciller Brüning, miembro de Zentrum, aumentó los impuestos y recortó los servicios especialmente sociales, generando disturbios sociales y el aumento de las fuerzas extremistas de derechas e izquierdas. Pero mientras que el NSDAP disponía de un porcentaje muy alto de agricultores y clases medias y una presencia proletaria menor, el KPD y las demás formaciones de izquierda radical, eran casi exclusivamente una suma de proletarios (con un gran número de parados) e intelectuales; estos se movían con dos ejes de propaganda: el ejemplo de la URSS que había resultado indemne frente a la crisis económica y las reivindicaciones de los trabajadores en esos momentos. El NSDAP, por su parte, mantenía otros temas: la “puñalada por la espalda”, “la abolición de la servidumbre del interés”, “la ruptura del Tratado de Versalles”, la “reunificación del Reich” y… la lucha contra los efectos de la crisis de 1929.

Si bien es innegable que el crack de 1929 generó retirada de capitales americanos, empobreciendo a las clases medias y creando millones de parados y subempleados, lo cierto es que la respuesta a la crisis era solamente uno de los puntos ante los que el NSDAP daba su particular visión.

Los principios económicos del NSDAP eran “socialistas” en el sentido de que priorizaban la intervención del Estado para aplicar políticas de creación de empleo mediante el estímulo de la obra pública, la renegociación de la deuda contraída en el Tratado de Versalles y la defensa de los agricultores mediante una política de defensa de la propiedad agrícola y precios subsidiados por el Estado. No era una forma de keynesianismo en el sentido de que esa política no era solamente para tiempos de crisis, sino para regular toda la actividad económica, incluso en ciclos de bonanza.

Por otra parte, la crítica al patrón–oro y la defensa del patrón–trabajo, la renegociación con los inversores que aceptaran retrasar la percepción de sus intereses reinvirtiendo en Alemania, todo ello, era muy diferente del keynesianismo (y de sus variantes). Por otro parte, una vez en el poder, la promesa en la reunificación de los territorios alemanes en un solo Reich hizo que pronto el Tratado de Versalles saltara por los aires y que se desarrollara una industria de guerra que, a pesar de ser menor a lo que generalmente se cree, tendría importancia decisiva (junto con la creación de infraestructuras y la modernización general del país) en la superación de las consecuencias de la crisis de 1929[5].

El NSDAP llegó al poder porque era “nacionalista” y “socialista” y ambos conceptos sintonizaban con la sociedad alemana de la época. La humillación de Versalles no había sido digerida por la sociedad alemana diez años después de la afrenta y Hitler prometió resarcir al pueblo alemán. El nacionalismo estaba en el ambiente e incluso a la izquierda comunista le era difícil escapar a él. En cuando al “socialismo” se le consideraba como la priorización de los intereses de toda la sociedad frente a los intereses particulares. Y esa parte podía ser perfectamente entendida por los afectados por el paro, por los obreros y por las clases medias. Además, existía un último factor que coincidía con los intereses de la gran patronal: el NSDAP era la única fuerza capaz de batir a la revolución bolchevique. Lo había demostrado desde los freikorps hasta las batallas de cervecería. Así pues, no había dudas: había que apoyarles para que limpiaran Alemania de “rojos”; tal era la idea que iluminó las mentes de muchos alemanes de la época.

Todos estos factores se dieron cita en un período que sólo coincide formalmente con la crisis de 1929. De no haber existido, lo más probable es que Hitler hubiera llegado igualmente al poder y los episodios históricos posteriores se hubieran producido de la misma forma en que ocurrieron. Una vez instalado el nacional–socialismo en el poder y concluido el ciclo de la “sincronización”[6], el sector público se había convertido en el mayor inversor y el mayor consumidor en Alemania, arrinconando a la economía de mercado cada vez más desdibujada por el intervencionismo estatal. A parte de esto, los grandes beneficiarios de la política económica del III Reich fueron los agricultores y terratenientes prusianos y los grandes consorcios industriales[7]… sin embargo, el hecho de que el Estado fuera “socialista” (en la jerga nacionalsocialista esto implicaba que tenía una vocación y una responsabilidad social) impedía que los grandes capitalistas aprisionaran a las clases trabajadoras y que el capital fuera un instrumento especulativo desconectado completamente de la economía productiva. Tal fue la esencia de la respuesta nacionalsocialista a la crisis del 29.



[1]           Cfr. Revista de historia del Fascismo, nº I, artículo 1934–París: las Ligas Fascistas contra la República, págs. 76–85 y Revista de historia del Fascismo, nº VIII, artículo Georges Valois, el Círculo Proudhom y Le Faisceau, págs.4–57.

[2]           Cfr. Introducción a la economía internacional, Sergio A. Berumen, Esic Editorial, Madrid 2006, especialmente el capítulo dedicado a la Economía Fascista, págs 120–123.

[3]           Cfr. Un siglo de España. La economía. José Luis García Delgado y Juan Carlos Jiménez, Editorial Siglo XXI, Madrid 2001, especialmente el parágrafo La dictadura de Primo de Rivera. Intervencionismo frente a la crisis y reactivación industrial, pág. 62 y siguientes; a pesar de su hostilidad manifiesta del autor, puede consultarse sobre este período La dictadura de Primo de Rivera (1923–1930). Textos, de Jordi Cassasas Ymbert, Anthropos, Barcelona 1983; Ideología y educación en la dictadura de Primo de Rivera, Ramón López Martín, Universidad de Valencia, Valencia 1995.

[4]           Cfr. La Gran Depresión y la II República, Francisco Comín, El País, 2 de enero 2012, edición digital http://elpais.com/diario/2012/01/29/negocio/1327845145_850215.html

[5]           El gasto militar subió del 3% del PIB en 1933 al 23% en 1939. Cfr. http://es.wikipedia.org/wiki/Gran_Depresi%C3%B3n

[6]           Cfr. Revista de Historia del Fascismo, nº XIII, artículo La noche de los cuchillos largos, págs. 4–87, especialmente el parágrafo dedicado a la “sincronización” en donde se explica ampliamente esta fase del III Reich

[7]           Cfr. http://es.wikipedia.org/wiki/Gran_Depresi%C3%B3n