martes, 4 de julio de 2023

EL CONFLICTO UCRANIANO Y LA DERIVA DE LA POLÍTICA INTERNACIONAL (2 de 3) - Origen histórico, actores, horizontes y

1. La Guerra Fría desde las dos partes de la trinchera

El origen del “conflicto ucraniano”, paradójicamente, se sitúa en el final de la Guerra Fría. Durante cuarenta años, entre 1948 y 1988 se nos había explicado que la URSS era un Estado agresivo e imperialista y que los partidos comunistas eran las quintas columnas de su política exterior; que su gobierno era antidemocrático y que, por todo ello, si triunfaban los partidos comunistas o si los blindados del Pacto de Varsovia atravesaban las líneas defensivas de la OTAN, nos esperaba un tiempo de opresión, oscuridad y terror.

Esta perspectiva era aceptada por todas las fuerzas políticas en Occidente -salvo, claro está, por los partidos comunistas- y tenía una parte de verdad. El problema era que, en la otra parte, las cosas se veían exactamente igual: los EEUU y su capitalimperialismo buscan oprimir a las clases sociales y a los países libres, someterlos a sus intereses económicos y a su inmoralidad disfrazada con la máscara de Disneyworld. Por tanto, era preciso defenderse de esta agresión contra los pueblos libres y plantar cara al imperialismo como se hizo en Vietnam, en Cuba, etc. A pesar de que, en Occidente, esta posición no era compartida más que por la izquierda y la extrema-izquierda, lo cierto es que también había algo de verdad en las afirmaciones.

La cuestión era que tanto la URSS como EEUU se sentían amenazados y reaccionaban asestando cuantos zarpazos podían. Cuarenta años después del inicio del conflicto, EEUU resultó vencedor. Desapareció el Pacto de Varsovia y el COMECON, desaparecieron los residuos de la segunda guerra mundial en los países del Este, las bases rusas en Europa del Este, se desmontaron. El peligro había pasado… Sin embargo, EEUU siguió en pie de guerra.

Cuando cae la URSS, EEUU interviene masivamente en un conflicto local -el que había estallado entre Kuwait e Irak- y, operando mediante bombardeos a gran altura, lluvias masivas de misiles e incluso bombardeos navales desde acorazados supervivientes de la Segunda Guerra Mundial; tras obligar a Saddam a retirarse de Kuwait, proclama en boca de George Busch senior, “el nuevo orden mundial”. En otras palabras: mundialismo cultural, globalización económica, dominio del dólar como única moneda de cambio internacional. O se aceptaban las nuevas reglas del juego o quien mostrara reservas sería destruido.

Y, por supuesto, ¿para qué respetar las promesas y las seguridades dadas por Bush a Gorbachov de que la OTAN no crecería hacia el Este? El vencedor siempre tiene la potestad de imponer las reglas a la parte derrotada. No hay generosidad, ni puede haberla. En la película La Casa Rusia (1990), el agente de la CIA encarnado por Roy Scheider, en un momento dado dice: “Cuando tienes al adversario en el suelo, no se trata de darle la mano para que se levante; hay que aprovechar para patearle el estómago”. Esto es, precisamente lo que trataron de hacer los EEUU. Intervinieron en la política interior rusa, promovieron la figura de un personaje nefasto, mediocre, alcoholizado hasta la saciedad, Boris Eltsin, a la presidencia del país. Durante los ocho años que ocupó el cargo, Rusia se hundió hasta el extremo de que apareció una poderosa oligarquía, la economía se hundió, el PIB cayó un 50%, apareció la hiperinflación, el paro masivo, la esperanza de vida retrocedió casi un lustro, se produjeron estallidos de guerra civiles generados artificialmente en la periferia del país.

La situación de Rusia a finales del milenio era parecida a la de la Alemania de 1930 o a los EEUU de 1929-39. Hoy nadie puede dudar que la llegada de Putin a la presidencia -y poco importan las artimañas y las operaciones de “bandera falsa” que se realizaron para auparlo- frenó este proceso de decadencia y supuso un acicate para la tarea de reconstrucción nacional.

2. El dogmatismo geopolítico novecentista
o la obsesión anti-rusa del Pentágono

Mientras, en el Pentágono, los análisis de Zbigniew Brzezinsky seguían siendo “oráculos sagrados”. Su teoría era que la “seguridad” del “tablero mundial” solamente dependía de unos EEUU que estuvieran presentes en el espacio euroasiático y de que Rusia nunca pudiera reconstruir su poder imperial. Así pues, el problema no era el “comunismo”: el problema era Rusia.

En realidad, Brzezinsky no había inventado nada nuevo: se había limitado a trasladar las líneas maestras de la política colonial británica durante más de dos siglos, a la otra orilla del Atlántico. En efecto, desde los años 30, el Imperio Británico en decadencia ya no podía garantizar su hegemonía en Europa continental y precisó “exportar” su tesis central, a saber, impedir que en el espacio europeo existiera una potencia dominante y, sobre todo, impedir entendimientos París-Berlín-Moscú. Y no era una cuestión “ideológica”, no se trataba de si los “comunistas” gobernaban en alguna de estas capitales, sino de que ni franceses, ni alemanes, ni rusos pudieran ser potencias hegemónicas, ni siquiera aliadas, en Europa (lo que hubiera arrojado fuera del espacio europeo al mundo anglosajón).

En 1992 era evidente que una parte de Europa, la Europa del Este, había sido evacuada por las tropas rusas y, al menos momentáneamente, parecía haber superado las consecuencias de la “derrota de Europa” en 1945 (cuando no solo Alemania e Italia fueron derrotadas, sino cuando norteamericanos y soviéticos ocuparon Europa evidenciando su derrota como continente), pero en la Europa del Oeste, las cosas seguían exactamente igual que antes: no solo eso, sino que la OTAN, esa alianza creada para defender a Europa de la amenaza soviética, seguía viva y activa, ampliándose, a pesar de que esa amenaza se había extinguido. Ni Bush ni sus sucesores tuvieron nunca la más mínima intención de disolver la OTAN, ni mucho menos de evacuar las bases militares norteamericanas en Europa Occidental. No solo eso, sino que, mediante pactos económicos, obligaron a los países del Este Europeo que se habían liberado del comunismo a ingresar en la OTAN, como condición sine qua non para sumarse a los beneficios alegremente ofrecidos por la UE.

A lo largo de la década de los 90, EEUU mantuvo un pulso con Alemania y con el Vaticano en el territorio de Yugoslavia. Alemania, en aquel momento, creía que un corredor hacia el Mediterráneo a través de Austria, Eslavonia y Croacia, beneficiaría a su comercio; el Vaticano quería hacer de Croacia lo mismo que había hecho con Polonia: un Estado en el que su influencia fuera determinante. Y, finalmente, los EEUU, siempre guiados por las visiones geopolíticas de Brzezinsky y sus neurosis obsesiones antirusas, quería destruir a los “eslavos del Sur”. Estos tres países hicieron que un problema que hubiera podido solucionarse en la mesa de negociaciones o, incluso, en el marco de la UE, se solventara mediante distintos episodios bélicos en los que el gobierno de Slovodan Milosevic se llevó la peor parte.

Hubo que esperar hasta que Javier Solana, un clásico socialista-oportunista, llegara a la jefatura de la OTAN para que aceptara ser el telefonista de Clinton y transmitiera a las bases aéreas militares las órdenes de bombardear y destruir lo que quedaba de Yugoslavia. Y Solana demostró saber marcar bien los teléfonos. La OTAN había demostrado ser un instrumento del Pentágono y del complejo militar-industrial norteamericano, contra los pueblos europeos. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, europeos habían matado a europeos para mayor gloria del “imperio global norteamericano”.

3. Cuando el “nuevo orden mundial USA"
sigue siendo “nuevo”, pero ya no es USA

Pero las cosas iban a cambiar a partir del año 2000. Los EEUU seguían creyendo que el “nuevo orden mundial” definido tras la guerra de Kuwait sería “el suyo”: mundialismo cultural y globalización económica. No contaban con que había un país que se vería beneficiado por encima de cualquier otro. Era el país al que se habían deslocalizado las plantas de producción: la República Popular China. A partir del año 2000, el despegue económico de China fue hasta tal punto brutal que algunos años superó el crecimiento del PIB con cifras de dos dígitos. Washington seguía obsesionado con Rusia, creía que los chinos serían una potencia económica de segundo orden, irrelevante desde el punto de vista militar. Se equivocaban en ambos factores.

En China se daban cuatro condiciones para convertirse en una superpotencia: vitalidad demográfica, tecnología y territorio. Y, a medida que el mundo iba entrando en la Cuarta Revolución Industrial, estuvo claro que, estos cuatro elementos se iban a combinar para desplazar el eje de la historia, del Atlántico a Asia-Pacífico.

Pero hasta la gran crisis de 2007-2011, los EEUU estaban convencidos de que las inyecciones diarias de yuanes chinos en las bolsas norteamericanas contribuirían, no solo a garantizar el consumo en los EEUU, sino a alejar los riesgos de guerra con China; este país habría entendido cuál sería su papel en la historia mundial del siglo XXI: convertirse en la “gran factoría mundial”. Los EEUU creyeron que los excedentes económicos chinos seguirían invirtiéndose ad infinitum en las bolsas norteamericanas, por lo que el verdadero enemigo, incluso en el nuevo escenario Asia-Pacífico, seguía siendo Rusia. Así pues, era necesario torpedear a cualquier aliado que pudiera tener Moscú en cualquier parte del mundo. El análisis era una muestra de cómo el rigidismo dogmático geopolítico puede llevar a desenfoques en la percepción y, de ahí, a errores en las políticas adoptadas.

La crisis de 2007-2011, hizo reflexionar al gobierno chino: estuvo a punto de perder medio billón de dólares invertidos en los bancos de inversión Fanie Mae y Freddie Mac, que estuvieron a punto de seguir el camino de Leman Brothers. Fue un toque de atención. A partir de ese momento, China dejaría de apostar masivamente por las bolsas norteamericanas, iría reduciendo sus inversiones, diversificándolas y, sobre todo, las reorientó a otros escenarios: Iberoamérica, África… Pero hizo algo más.

La crisis de 2007-2011, recordó a la República Popular China quién era su adversario: el dólar y la economía dolarizada; por eso, desde mediados de la década siguiente se preparó para torpedear la hegemonía mundial del dólar como primera divisa de intercambio mundial. China había entendido que la fortaleza norteamericana derivaba de un dólar sobredimensionado gracias a su papel en la economía mundial. Con un dólar debilitado, el único recurso al que podría aspirar sería el militar para mantener su hegemonía mundial, pero la sociedad norteamericana no toleraría esa vía y se entregaría a cualquier presidente aislacionista en materia internacional.

4. Rusia y China, mismo lado de la trinchera,
pero distintas posiciones

Rusia, por su parte, desde el momento en que su reconstrucción empezó a dar frutos -lo que coincidió con la primera gran crisis de la globalización, 2007-2011- se mantuvo fiel al esquema que había trazado el Estado Soviético en su última etapa, con Gorbachov: la construcción de un mundo multipolar en el que Rusia sería una de las patas y que se apoyaría en otras potencias regionales. Este proyecto, para muchos países, era mucho más atractivo que el “nuevo orden mundial” dictado desde Washington y, mucho más prometedor: tal fue el origen de los “países BRICS” (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) que, unido a la red de alianzas que había tejido Moscú con Irán, suponía un polo de atracción para tres quintas partes de la población mundial.

Hoy, la política exterior de Putin tiene ese objetivo: un mundo multipolar capaz de asegurar la estabilidad y la paz a través de potencias regionales. En este proyecto queda implícito el reforzamiento del papel del Estado -herencia de la época soviética- que una vez despojado de la idea mesiánica marxista, se convertía en un instrumento político que en cada país podía adaptarse según la propia tradición y las propias circunstancias antropológicas, históricas y culturales. No era preciso que el mismo modelo de democracia triunfara en todo el mundo: era preciso que cada modelo de estado fuera lo suficientemente fuerte como para garantizar políticas estables y constantes que evitaran tensiones provocadas por cambios de gobiernos o la aparición de grupos de presión que forzaran al Estado a plegarse a sus intereses. En este sentido, Putin representa hoy el viejo principio mussoliniano: “nada por encima del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”.

Este diseño no es el mismo que el que guía a la República Popular China. Ésta aspira a la hegemonía económica mundial. China ha mantenido la integridad del Estado comunista en toda su dureza y especialmente porque corresponde a las características del pueblo chino que no ha conocido a lo largo de su historia otra fórmula de gobierno más que el mandarinato.

El maoísmo no fue nada más que la actualización de esa fórmula a la realidad china del siglo XX. Hoy, esa fórmula sigue estando vigente en China, pero no aspira a exportarla. Ha entendido -como Julius Evola había anticipado ahora hace casi 100 años- que la tendencia del capitalismo a convertir al productor alienado en consumidor integrado es el destino final de los regímenes liberales y que basta con generar histeria consumista y desenfrenadas y delirantes carreras hacia el consumo masivo, para mantener “contenta” y entretenida a la población. Gracias, además, a las nuevas tecnologías es posible garantizar el control de las poblaciones y facilitar el que el Estado o las grandes corporaciones, utilizando los elementos de análisis del comportamiento facilitados por el big-data, conozcan al consumidor mejor de lo que se conoce a sí mismo, puedan prever sus reacciones y garanticen el orden y la estabilidad social. En otras palabras, la República Popular China engloba e integra, aquí y ahora, lo peor del capitalismo, con lo peor del comunismo y tiende a materializar el imperio del “último hombre”, mejor que cualquier otro sistema político.

5. EEUU: “La vida sigue igual…” (como decía la canción)
en la “sociedad molusco”

Para los EEUU nada ha cambiado. Presos de su dogmatismo geopolítico, no advierten que en el último lustro han cambiado muchos elementos de la ecuación:

- La OTAN se va ampliando en dirección a Moscú, pero las nuevas incorporaciones son interesantes solamente porque permiten instalar bases militares del Pentágono cada vez más avanzadas. En realidad, cada paso que da hacia adelante la OTAN, cada nueva incorporación, suma un elemento de disensión interna: los últimos ingresos de Finlandia (2023), Macedonia del Norte (2020), Montenegro (2017), Albania (2009), no aportan nada desde el punto de vista militar, generan, simplemente, una factura que tendrá que pagar la UE. La permanencia de la mayoría de estos países en la OTAN dependerá de que sean o no admitidos o no en la UE. Ya hemos visto como Turquía, socio fundador de la OTAN en 1949, ha cambiado prácticamente de bando, después de ver decepcionadas sus expectativas de ingreso en la UE. En otras palabras: las ampliaciones facilitan únicamente tránsitos territoriales de tropas, pero apenas refuerzan el potencial de conjunto, más bien introducen posibilidad de posiciones contrapuestas en el interior.

- Por otra parte, el sistema americano de bases avanzadas en las fronteras de Rusia, resulta ilusorio desde el punto de vista militar mucho más que intimidatorio. Recordemos que la preparación del ataque contra Irak en 2003, se prolongó durante casi un año. Disponer, por ejemplo, de una base avanzada en Georgia con 40 marines, más que un punto de observación o de respuesta rápida es tener a 40 futuros rehenes al alcance de la mano del enemigo. Un misil hipersónico puede liquidar esa base de un plumazo. Los EEUU están presos en la lógica colonial heredada del imperio británico que ya se demostró falso en la guerra del Vietnam: una base, por grande que sea, no sirve para nada más que para controlar lo que está dentro del perímetro de esa base, y muy difícilmente lo que está en el exterior, especialmente, si la población es hostil.

- Mientras el complejo militar-petrolero-industrial genera conflictos armados desde los años 40, aumentando su peso en la industria norteamericana, no advierte que, interiormente, su sociedad se está debilitando cada vez más. La fisonomía de los EEUU es hoy similar a la de un molusco provisto de un caparazón aparentemente duro, pero bajo cuyas balvas se encuentra un cuerpo y unos organismos extremadamente blandos y frágiles: la crisis del fentanilo ha demostrado que el imperio de las corporaciones farmacéuticas es intocable; los 400.000 muertos por esta droga hablan por sí mismos. El hecho de que carteles mexicanos hayan cambiado su producción, de cocaína a fentanilo, es igualmente significativo: es una droga destinada a destruir la clase media blanca. Recorrer los EEUU supone advertir que se han quedado atrás en lo que a infraestructuras se refiere. Desde hace décadas aprovecha las construidas entre los años 40 y 70, las remienda, las repara una y mil veces, pero es incapaz de alcanzar los estándares europeos y no digamos chinos. De los últimos presidentes de los EEUU, solamente Donald Trump fue consciente de este problema y obró en consecuencia adoptando una política aislacionista en beneficio de la reconstrucción interior, pero eso implicaba merma en los beneficios del complejo militar-petrolero-industrial.

- Los aliados europeos de los EEUU se encuentran al límite de su capacidad. Cuatro décadas de inmigración masiva han alterado completamente las sociedades de Europa Occidental, el eje franco-alemán, motor de la UE, está agotado. Las muestras de este agotamiento es la incapacidad de ambos países por integrar a millones de inmigrantes, los problemas generados por esos contingentes inintegrables y subsidiados gracias al trabajo de la clase media autóctona. Las sacudidas que sufre periódicamente Francia o el hecho de que, en el momento de escribir estas líneas, Acción por Alemania figure en las encuestas como el “segundo partido en intención de voto”, el rechazo cada vez más generalizado a la Agenda 2030 y especialmente a la “soga verde” que asfixia a la economía europea con sus monsergas de “transición energética”, “energías renovables”, etc, el hecho de que los gobiernos europeos sean los únicos que se han tomado en serio los 17 puntos contenidos en el proyecto de ingeniería social de la ONU o el que cualquier “refugiado” (o presunto tal) procedente de un conflicto en las antípodas aspire simplemente a establecerse en Europa, la negativa a cortar radicalmente el flujo de inmigrantes, permite pensar que hoy, ya, las sociedades de Europa Occidental carecen de vitalidad y de cohesión interior incluso para garantizar su propia supervivencia y que, en apenas una generación, los contingentes llegados en tres generaciones de inmigrantes, harán imposible la existencia de sociedades europeas occidentales e impondrán su ley en determinadas zonas, exigiendo seguir recibiendo subsidios y completándolos con periódicos saqueos con cualquier excusa: ayer la final de la Champion’s, hoy la muerte de un pequeño delincuente, mañana las Olimpiadas de París, poco importa. Los “aliados europeos” de la OTAN no están mucho mejor que los propios EEUU: sociedades “molusco”, duras por fuera, blandas por dentro.

En estas circunstancias, provocar guerras o conflictos resulta suicida. Es más, cualquier pequeña alteración en la normalidad puede generar el hundimiento de esas sociedades, tanto en EEUU como en Europa Occidental. Pero la ceguera del complejo militar-petrolero-industrial norteamericano y la falta de talla de la clase política europea es tal, que el camino está marcado: era evidente que tratar de adelantar las líneas de la OTAN hasta las puertas de Moscú era una provocación en toda regla que no estaba motivada por ningún gesto hostil de Rusia… ¡pero era una necesidad del complejo militar-industrial! ¡sin guerras no hay beneficios! Y la ominosa retirada de Afganistán y el final contundente de la guerra civil siria generó un vacío en la tesorería de estos consorcios. Era preciso generar nuevos focos de tensión.

6. Y así llegamos al “conflicto ucraniano”...

Y ahí estaba un individuo sin experiencia política, sin partido digno de tal nombre, sin ideas, sin objetivos, al frente de Ucrania, un “Estado fallido” en el que los oligarcas hacen y deshacen a su antojo y que hoy ocupa el puesto número 116 en el ranking mundial de la corrupción (sobre 180, España ocupa el puesto 35, así que puede compararse), un Estado endeudado, que mantenía una guerra de baja cota contra las repúblicas del Dombas, haciendo gala de un nacionalismo propio del primer tercio del siglo XX y de reivindicaciones territoriales desmesuradas hacia el sudeste e, incluso, hacia Polonia, que tras veinte años de inestabilidad, había votado a un actor, Volodimir Zelensky, consciente de que o se lo comían los oligarcas gracias a los cuales había llegado al poder, o se lo comían sus propios votantes si la situación económica no remontaba, o se lo comían la población rusófona mayoritaria en la mitad Este del país… Zelensky solamente tenía una posibilidad de salir adelante: contar con los fondos de la UE, pero, para ello, debía de ingresar en la OTAN. Y Zelensky realizó ese movimiento peligroso que, en la práctica, suponía colocar misiles a 15 minutos de Moscú.

Es más que probable que los servicios de inteligencia occidentales le garantizaran que Rusia no estaba preparada para la guerra (en 1939, los servicios de inteligencia ingleses garantizaron a Polonia que el Tercer Reich no estaba preparado para la guerra, sino que tenía paridad de fuerzas, en apenas quince días, la caballería polaca llegaría a Berlín… La historia nuevamente se ha repetido y un nacionalista poco avezado en temática militar, en historia, incluso en cultura general y no digamos en operaciones de intoxicación, fiándose de informaciones falsas, ha dado el paso al frente). Zelensky pone los muertos; el complejo militar-industrial norteamericano pone las balas; la UE paga la factura.

Desde el principio hemos dicho que, en este conflicto, como en la Segunda Guerra Mundial, el responsable del desencadenamiento de las hostilidades no es el que dispara primero, sino el que crea las condiciones para que la única salida al conflicto no sea la mesa de negociaciones, sino la guerra. En este caso, el complejo militar-industrial norteamericano, verdadero poder en EEUU sobre un presidente aquejado visiblemente de demencia senil, es el culpable último, no solo del desencadenamiento del conflicto, sino de todo lo que ocurre durante el tiempo que se prolongue.

7. La naturaleza y los límites del conflicto

Desde el principio del conflicto hemos sostenido que se trata:

- de una guerra limitada para preservar la integridad y la identidad de las poblaciones rusófonas del Sureste de Ucrania y a las repúblicas formadas que se han integrado en la Federación Rusa.

- de una guerra defensiva, destinada a advertir a la OTAN: “hasta aquí hemos llegado, pero no más allá” y “las ampliaciones de la OTAN en 2004 (Bulgaria, países bálticos, Eslovaquia, Eslovenia), en 1999 (Polonia, Hungría, Chequia), en 2009 (Albania y Croacia), en 2017 (Montenegro), en 2020 (Macedonia del Sur), han terminado”. La OTAN ha ido sistemáticamente desestabilizando Ucrania generando “revolución verde”, “euromaidán”, golpe de Estado, destituciones de gobernantes elegidos, etc. Esta época ha terminado.

- se trata de una guerra de posiciones, no de movimientos. Esto implica que una vez alcanzados los objetivos de las operaciones limitadas al control de las regiones sobre las que se ha desencadenado las operaciones (el Dombas y el corredor que une a Rusia con Crimea a través de la costa del Mar Negro), el frente se estabilizaba, se creaban fuertes barreras defensivas y así hasta llegar a la mesa de negociaciones.

- habrá, por supuesto, negociaciones. Rusia ya ha alcanzado los objetivos que pretendía. La eficacia de la barrera defensiva se ha evidenciado con el fracaso de la “contraofensiva ucraniana”. Ahora queda esperar a las próximas elecciones norteamericanas y al paso del tiempo para que los países de la UE vayan atemperando su actitud (Francia en primer lugar, ya está revisando su posicionamiento internacional, insinuando Macron que podía pedir su “adhesión” a los “países BRICS”), antes de que Zelensky acceda a lo inevitable: reconocer mermas territoriales, neutralismo, y su alejamiento del poder, a cambio de participación rusa en la reconstrucción de las infraestructuras.

8. El tiempo no juega a favor de “Occidente”

Estos datos parecen difícilmente controvertibles. Ahora bien, podemos especular añadiendo un elemento adicional: el tiempo juega en contra de “Occidente” (EEUU+UE). Los EEUU se encuentran cada vez más debilitados. China les come cada vez más terreno. Están sufriendo, además, un conflicto entre dos formas de capitalismo: el de las corporaciones clásicas y el sistema bancario tradicional, con las big-tech, esto es, entre las empresas surgidas de las anteriores revoluciones industriales (el “dinero viejo”) y las surgidas de la cuarta revolución industrial (el “dinero nuevo”).

Los EEUU están sufriendo la crisis social más grave de su historia y poco importa que los negocios de las big-tech o del complejo militar-industrial vayan viento en popa: la realidad es que la vida se está haciendo cada vez más difícil para el ciudadano de a pie, la tercermundización de su sociedad es visible incluso en zonas que hasta ayer eran privilegiadas (San Francisco, meca del mundo LGTBIQ+, hoy convertido en sumidero social), la desdolarización de la economía mundial hará el resto. Y los EEUU ya no están en condiciones de intervenir militarmente contra China como cuando hicieron otro tanto después de que Saddam Hussein aceptara euros para pagar el petróleo que vendía.

En cuanto a los “aliados europeos” la situación no es mucho mejor. Ningún país europeo, ninguna sociedad europea, está dispuesta a “morir” ni por Kiev, ni por Washington, y si hasta ahora no han existido movimientos de protesta por la actitud seguidista en relación a los EEUU de los gobiernos europeos en el conflicto ucraniano, no hay garantías de que, de un día para otro, en caso de que el conflicto fuera a más, estalle un fuerte movimiento popular que garantice que aquel dirigente que elija “OTAN” inmediatamente perderá las elecciones siguientes.

Por otra parte, países como Francia están viviendo los chispazos de una guerra civil étnico-social, susceptible de extenderse desde Bélgica hasta los países mediterráneos. Y, en cuanto a Alemania, es inevitable que, antes o después, reaparezca la línea política de “marcha hacia el Este”, que traducido al siglo XX, equivaldría a una mayor cooperación con Rusia (línea que se cortó con la firma del Tratado de Maastrich).

La UE, como institución, se ha convertido en un monstruo burocrático, abandonando incluso la línea originaria de carácter tecnocrático y planificador que, al menos, tenía un sentido y una finalidad. Hoy, la UE no es nada más que un conjunto de instituciones y una pesada burocracia, lenta, paquidérmica, que, tras aspirar a ser la “pata europea” de la economía mundial globalizada, si ha visto sorprendida por el conflicto ucraniano. Porque esta es la gran novedad aportada por el conflicto: la globalización ha muerto.

9. “Ríe caminante, aquí yace la globalización”

Una vez iniciado el conflicto, el complejo militar-petrolero-industrial USA, obligó a los Estados de la OTAN a adoptar sanciones económicas contra Rusia que, en la práctica han tenido como único resultado el encarecimiento de los suministros de gas y petróleo. Al imponer estas sanciones, el complejo militar-petrolero-industrial veló solamente por sus propios intereses: se trataba de mostrar “unidad” frente a Rusia. El problema era que esa “unidad” era menor a la que mostraban los países BRICS o las simpatías que suscitaba la causa rusa en el mundo árabe, en Iberoamérica o en África. Y, cuando las empresas occidentales empezaron a retirarse de Rusia, so pena de sanciones, cuando la información procedente de Rusia era sistemáticamente censurada y se impedía la difusión de cualquier noticia procedente de canales rusos, cuando se impusieron las reducciones de compras energéticas a Rusia, éste país, simplemente, vendió sus excedentes, sin el más mínimo problema, a terceros países. Y lo que era peor, impuso recortes equivalentes y simétricos a los que era objeto. El resultado fue que, en apenas unos meses, el “mundo globalizado” dejó de serlo.

Ya no hay “una” globalización, hay “dos” caminos: el de “Occidente” (EEUU+UE) y el de los BRICS (que cuentan con la amistad creciente de Iberoamérica, Asia y África). El “nuevo orden mundial” definido por George Bush tras la guerra de Kuwait, ha terminado. Los EEUU no van a ser protagonistas de este nuevo ciclo histórico, sino China. Cada día que pasa, “Occidente” se va debilitando (internamente en cada país y en su papel en el mundo), mientras que China ofrece, fuera del marco del FMI y del Banco Mundial, créditos a devolver en yuanes, sin exigir más garantías que la apertura de puertas a su comercio y a su tecnología.

Es posible que EEUU, ante esta pérdida de poder, opte por desencadenar más conflictos localizados, más situaciones de tensión, incluso intente generalizar el conflicto ucraniano, ampliándolo. Será un mal cálculo. Nadie, ni siquiera en los EEUU aceptaría morir para mayor gloria de la cuenta de resultados del complejo militar-industrial. Y mucho menos en Europa.

10. Final: el marco teórico en el que nos situamos

Este es el esquema sobre el que se desarrolla el conflicto ucraniano. No se trata de establecer “quien tiene razón” o “quién es responsable” del conflicto (algo que, para nosotros, por lo demás, resulta, extremadamente claro). Se trata de situarlo en la historia de nuestro tiempo e insertarlo dentro del marco teórico histórico dentro del cual nos movemos. Un “progresista”, por supuesto, daría una interpretación completamente diversa, pero que para un “tradicionalista”, cada día que pasa, se confirma más en la legitimidad de su planteamiento: nos aproximamos al final de un ciclo histórico.

Estamos viviendo una Cuarta Revolución Industrial que tardará todavía entre 10 y 25 años en mostrar toda su potencialidad. Podemos aceptar que el protagonista de este momento histórico es el “último hombre” del que hablara Nietzsche, aquel que ya no tiene nada en lo que creer, nada que esperar, nada que construir, ni cada que hacer salvo consumir o soñar con consumir, habitar en mundos virtuales ante su incapacidad para reformar mundos reales. No habrá una “quinta” revolución industrial, como máximo, una profundización de la Cuarta. Más allá, ya resulta imposible establecer un horizonte.

La revolución a la que estamos asistiendo es sobre todo antropológica. Cualquier forma de identidad (nacional, cultural, sexual) puede ser cuestionada, incluso la biológica. Se tiende a la fusión hombre-máquina. Todo valor absoluto debe ser desterrado (salvo la creencia en el progreso ilimitado). La “bidimensionalización” del ser humano le ha convertido en consumidor integrado y su único problema es cómo adquirir fondos suficientes para alcanzar un nivel de consumo ideal. No existe, salvo como consumidor. Está amputado de su dimensión en profundidad, su “tercera dimensión”, aquella en la que su vida tendría un sentido y de la que se han alimentado la humanidad desde la noche de los tiempos. El consumismo compulsivo es la manifestación última de la materialización de las concepciones humanas y del reduccionismo de considerar al ser humano solamente como materia susceptible de ser satisfecha en sus necesidades animales. Es una idea propia de períodos de decadencia: cuando el hedonismo sustituye a cualquier otra aspiración.

Por tanto, el conflicto ucraniano hay que insertarlo como una parte, una simple escena, del fin de un ciclo histórico. En sí misma significativa porque supone la repetición de esquemas que ya hemos vivido anteriormente. No puede valorarse como algo aislado del contexto de crisis de civilización, sino que debe ser visto como una parte importante de esa misma crisis.

Como hemos visto, de entre las distintas posiciones que manifiestan hoy las partes implicadas, resulta muy difícil solidarizarse con Zelensky, el hombre de Washington en Kiev, el que aspira a que la UE reconstruya, subvencione y amamante al país y especialmente a sus oligarcas judíos; resulta muy difícil asumir el relato elaborado por Washington de un ataque contra Ucrania practicado por un ser malvado y despiadado, un psicópata enloquecido, Vladimir Putin. De la misma forma que resulta inasumible la primera versión dada por Putin, un ataque justificado para expulsar a los “nazis ucranianos del poder”.

Ahora bien, parece muy claro que si se trata de establecer qué parte está en el camino más correcto, habrá que reconocer que la tarea de Putin, más de veinte años trabajando para la reconstrucción del Estado ruso, que ha sacado a su país del hoyo más profundo al que un líder borracho, impuesto por los EEUU, hundió a su país, que no aspira a la hegemonía mundial, sino a un mundo multipolar, representa una opción mucho más saludable que unos EEUU que creen que nada ha cambiado desde la guerra de Kuwait, o de una República Popular China interesada solo en extender el modelo ultraconsumista a todo el mundo, basado en el control tecnoburocrático de su propia población y en la exportación de esos sistemas.

Queda por examinar la última trinchera de los partidarios de un alineamiento pro-ucraniano. Aquellos que alegan que los “camaradas ucranianos” están en la línea correcta y que defienden la memoria de los que murieron por la libertad de Europa entre 1939 y 1945. Veamos, brevemente, este apartado.








lunes, 3 de julio de 2023

LO QUE QUEDABA POR DECIR DEL CONFLICTO UCRANIANO (1 DE 3)

O se está a favor de la OTAN y, por tanto, a favor de su mayordomo ucraniano, Zelensky; o bien, se está en contra de la OTAN, en tanto que expresión del dominio militar norteamericano sobre Europa y, por tanto, se está en contra Zelensky. Y, dado que, en todo conflicto, hay dos bandos: tomar partido por uno u otro no puede ser nunca el resultado de una opción subjetiva, visceral o suscitada por la propaganda dominante, se esté donde se esté, sino como resultado de una reflexión lo más ampliamente posible, hacerlo implica evidenciar cuál es la alternativa que se considera más próxima. Y, además, el análisis debe realizarse en función de cómo afecte el conflicto al país al que se pertenece. Todo lo demás que pueda decirse sobre el conflicto ucraniano, es superfluo. Esto implica añadir algo a lo que ya hemos escrito desde febrero de 2014 sobre esta temática. Aspiramos a presentar en estos tres artículos:

1) Describir el origen del conflicto.

2) Definir la naturaleza misma del conflicto en sus distintas fases.

3) Definir las consecuencias del conflicto para España y para Europa.

Se nos permitirá añadir una pequeña introducción sobre nuestra posición personal ante el conflicto.

UCRANIA Y YO

De Ucrania sabía en 1988 lo que se había dicho tantas veces: que si era “el granero de Europa”, que si existía un nacionalismo cuyo líder histórico era Stephan Bandera y que existían grupos centrífugos que aspiraban a independizarse de la URSS (por entonces la “perestroika” todavía pensaba en reformar, no en abolir, el comunismo). Diez años después, en 2017-18 traduje la obra de Michele Rallo, L’Ukrania e il suo fascismo – L’Organizzazione dei Nazionalisti Ukraniani dalle origini alla guerra fredda que apareció fragmentado en los números 50, 51, 52, 53 y 54 de la Revista de Historia del Fascismo (que en los próximos días será publicado en forma de volumen unitario) y que consideramos esencial para una comprensión histórica del origen del problema.

Por supuesto, me interesé por Ucrania a raíz de los incidentes del “euromaidán”, en las falsas “revoluciones naranja” y desde el estallido del conflicto en las repúblicas del Donestz. En cualquier caso, debo aclarar que nunca tuve intención de realizar un análisis sobre el conflicto ni desde el punto de vista ruso, ni desde el ucraniano: en 2014 opinaba todavía que se trataba de un conflicto entre dos formas de nacionalismo, muy habitual en la Europa del Este, pero debo aclarar que mi opinión no estaba marcada ni por la propaganda rusa, ni por los contenidos masivamente divulgados por los medios de comunicación occidentales. Dicho lo cual contaré una pequeña anécdota.

En París conocí a un exiliado ruso. Debió ser en 1988. Anatoly Ivanov, cenamos en un bistró del barrio Latino y tuve ocasión de recibir algunas informaciones directas sobre la deriva que estaba emprendiendo la URSS. Pocos años después, Ivanov, volvería a Rusia y sería uno de los puntales de la “nueva derecha” de ese país. Me sorprendieron algunas de sus tomas de posición sobre la masonería y el judaísmo, pero en general me pareció un hombre juicioso y bien informado sobre su país. Le pregunté por el nacionalismo ucraniano. Recuerdo su respuesta: “Mejor que se vayan, son parásitos; nos cuestan mucho”. Archivé la respuesta sin tener elementos suficientes para rebatirla o, incluso, para entenderla.

Empecé a aceptar que algo de razón tenía Ivanov cuando, sin excesivas tensiones, se inició el proceso de independencia ucraniana el 21 de enero de 1990 que se prolongaría algo más de un año. Gorvachov estaba en el poder. No hubo resistencias numantinas. Fue como si Rusia se hubiera quedado un peso de encima. Quedaban, claro está, el problema del arsenal nuclear depositado en territorio ucraniano y la orientación política del país. Así que, poco después de la independencia, Bielorrusia, Rusia y Ucrania firmaron el tratado que disolvía la URSS y creaba la Comunidad de Estados Independientes. Ucrania estaría donde había estado siempre: formando parte de la Europa del Este, vinculada a Rusia. La cuestión nuclear tampoco fue difícil de negociar: simplemente, Ucrania, desde 1996 dejó de ser un país “nuclear” entregando a Moscú todo el arsenal atómico heredado de la URSS. No había ninguna razón para que ambos países entraran en guerra. Absolutamente ninguna.

EL LARGO CAMINO HACIA EL CONFLICTO UCRANIANO

A partir de la independencia, cuando cesaron de llegar las subvenciones del Estado Soviético, Ucrania inició una rápida caída por la pendiente: entre 1991 y 1999, el país perdió el 60% de su PIB y su economía sufrió hiperinflación. Nada más nacer, Ucrania se había convertido en un “Estado fallido”: corrupción, criminalidad organizada, aparición de una oligarquía mafiosa (siempre, por cierto, de origen judío-jazaro), caos social, caracterizaron al país desde la independencia hasta el año 2000. En los siete años siguientes, la economía se repondría especialmente gracias a las aportaciones rusas y a que este país ya había conseguido salir del hoyo que supuso el período Eltsin, el hombre bendecido por Occidente como impenitente borracho y enterrador de Rusia.

En ese período, la OTAN ya había vulnerado algunas de las promesas formuladas por George Bush a Gorbachov y era evidente que estaba adelantando sus líneas en dirección a la frontera ucraniana. La prueba inequívoca de la traición eran las incorporaciones que estaban realizando los antiguos países del Pacto de Varsovia, a la Unión Europea (lo cual era lógico) y a la OTAN (lo que suponía una vulneración de los acuerdos). Y, además, cada vez estaban más presentes los “quintacolumnistas” occidentales en la política ucraniana.

Cuando en 2004, Viktor Yanukóvich venció en las elecciones presidenciales, bastó una campaña de agitación para desencadenar manifestaciones de apoyo al candidato opositor, Viktor Yúshchenko que, finalmente, se hizo cargo del poder. Sin embargo, no pudo evitar que dos años después, Yanukóvich lo sustituyera y que, poco más de un año después, éste fuera derrotado por Yulia Timoshenko. El mal recuerdo que dejaron favoreció el que Yanukóvich volviera a la presidencia en 2010. Hay que decir que Yanukóvich ha sido definido como “pro ruso”, mientras que la pareja Yúshchenko- Timoshenko eran pro-occidentales.

El deterioro de las relaciones con Rusia se sitúa entre 2006 y 2009 cuando los rusos quisieron establecer un precio razonable para el gas natural ruso. Hasta ese momento, Ucrania pagaba un precio simbólico por ese gas, a cambio de dejar pasar a través de su territorio, los gaseoductos hasta Europa Occidental. Los rusos se quejaban de que se habían producido “pinchazos” en los gaseoductos y habían sido desviados cantidades ingentes de gas.

A partir de ese momento, Putin empezó a plantear la construcción de gaseoductos que contorneasen al Estado ucraniano por el Norte (el North Stream) y por el Sur (a través de Turquía). La intención era doble: hacer pagar a los ucranianos el precio de mercado por el gas que consumían y eludir las malas prácticas que comprometían la integridad de los gaseoductos y de sus flujos a través del territorio ucraniano.

Estaba claro que los rusos, dada la inestabilidad política en Ucrania, habían entendido perfectamente que el paso siguiente de los países occidentales era vender a Ucrania el mismo “pack” que habían vendido a los antiguos países del Pacto de Varsovia: entrar en la UE y, de paso, en la OTAN. Y la OTAN, no lo olvidemos, tenía solamente una finalidad: combatir, no ya al “expansionismo soviético”, sino luchar contra Rusia.

Esta posición de Occidente se vio todavía más clara cuando se produjo el “Euromaidán” en 2013. Yanukóvich, presidente electo del país, manifestó su rechazo a llegar a un acuerdo con la UE y optó por estrechar vínculos con Rusia. El agit-prop pro-occidental generó una serie de manifestaciones y disturbios en la calle exigiendo la dimisión del presidente electo democráticamente. Los disturbios se saldaron con un número de muertos y heridos que es difícil de establecer. Una camarilla pro-occidental en connivencia con la oligarquía ucraniana, se instaló en el gobierno de Kiev. Zelensky es el último producto de esa camarilla. El camino para la incorporación de Ucrania a la OTAN y a la UE estaba abierto. La única diferencia era que, ni Occidente era todo lo fuerte que creía serlo antes de la crisis de 2007-2011, y Rusia había conseguido detener su caída en picado iniciada con el final de la “perestroika” y finalizada con la llegada de Putin al poder.

A partir de ese momento, Rusia actuó en una doble dirección: por una parte, acelerando prescindir de Kiev para el envío del gas a Occidente y, en segundo lugar, favoreciendo la incorporación de los territorios ucranianos que, solamente por caprichos del destino (durante la época soviética) habían sido incorporados a la entidad ucraniana, pero que, mayoritariamente, estaban poblados por rusos y que, por lo demás, eran territorios con una considerable riqueza minera. Es en ese momento cuando se inicia el conflicto ruso-ucraniano, no en febrero de 2022.

UCRANIA PARTIDA EN DOS

En efecto, el conflicto armado empieza en 2014. Tras ser destituido el presidente Yanukóvich, las regiones surorientales del país, mayoritariamente rusófilas, rechazaron la política de aproximación a la OTAN y ruptura con Rusia. La población rusófila optó por iniciar manifestaciones callejeras de protesta por las decisiones del nuevo gobierno, especialmente en materia lingüística que anulaban la co-oficialidad de la lengua rusa. Estos grupos se mostraban partidarios de integrarse en Rusia. En Crimea, las autoridades convocaron un referéndum para adherirse a la Federación Rusa. Los ciudadanos acudieron masivamente a las urnas (el 80%) y con una respuesta masiva (el 96%) a la incorporación de la República de Crimea a la Federación Rusa. Esta dinámica se contagió a las regiones del Dombás, mayoritariamente habitadas por ciudadano rusófonos, que constituyeron las Repúblicas del Donetsj y de Lugansk. El 11 de mayo de 2014, se celebraron los referendos en ambas repúblicas: con una participación del 75%, los referendos dieron un resultado del 90% a favor de la independencia y un 10% en contra.

Resultados inapelables y que responden perfectamente a la identidad lingüística de estas zonas. El gobierno ucraniano no reconoció los resultados, ni rectificó su política de “ucranianización” de estos territorios. No solo eso: inicio, instigado por los agentes de la OTAN, ataques terroristas contra los exponentes rusófilos. Es decir, desde 2014, los ataques terroristas ucranianos no han cesado. Es importante señalar que estos ataques se han realizado únicamente en el territorio de estas repúblicas, no se han producido incursiones, ni operaciones de represalia en territorios bajo administración ucraniana. A pesar de los acuerdos de Minks (febrero de 2915), los sucesivos altos el fuego no han sido respetados: los ataques de unidades irregulares ucranianas que trataban de “recuperar” el territorio de ambas repúblicas, prosiguieron.

Es importante señalar que estos ataques ucranianos se produjeron desde el mismo día del referéndum. Es más, resulta posible establecer quién fue el primer muerto de esta guerra generada, querida y promovida por la OTAN: en la ciudad de Krasnoarmiisk, la Guardia Nacional ucraniana disparó varias ráfagas de fusil contra un colegio electoral asesinando a un ciudadano. En otros pueblos, se sucedieron incidentes parecidos, incluso ataques de artillería por parte ucraniana sobre población indefensa. Es, así mismo, significativo, que en 2014 y 2018 se han celebrado elecciones en ambas repúblicas, eligiendo autogobiernos y parlamentos con representaciones de distintas opciones políticas, pero los grupos pro-ucranianos, renunciando a la vía política optaron por expediciones terroristas de castigo.

Las cifras de muertos, desde 2014 hasta la generalización del conflicto en 2022, son susceptibles de distintas valoraciones, pero oscilan entre los 15.000 y los 40.000 muertos. Las cifras de civiles muertos oscilantes entre los 3.000 y los 5.000.

UNA PRIMERA RECAPITULACIÓN

Si bien el balance del conflicto 2014-22 está sujeto a caución lo que sí puede establecerse es:

1) Que los habitantes de Crimea y de las Repúblicas del Donets y de Lugansk, han optado por una amplísima mayoría por desentenderse de la línea anti-rusa adoptada por el gobierno de Kiev y han mostrado su intención de integrarse en la Federación Rusa. Es su opción y, como tal, es una opción legítima, expresada abiertamente en las urnas y con resultados que no dejan lugar a dudas.

2) Que, a falta de sólidos apoyos en las poblaciones locales, el gobierno de Kiev optó por lanzar ataques terroristas contra estas repúblicas y operaciones que generaron un número elevado de muertos en ambos bandos (los grupos irregulares ucranianos perdieron entre 4.000 y 6.000 guerrilleros, generando un número mayor de bajas entre la población civil y entre las fuerzas pro-rusas). La intención era evidente: no se trataba de hostigar a las poblaciones prorrusas de estas repúblicas sino de ampliar deliberadamente el conflicto.

3) Que el llamado “conflicto ucraniano” no se inició en febrero de 2022, sino que era un conflicto latente en el que la voluntad de un pueblo de negarse a integrarse en la OTAN, a renunciar a su lengua y a su cultura, fue respondida por ataques irregulares.

4) Que nadie ha podido negar que la voluntad mayoritaria de las poblaciones del sureste de Ucrania iba en contra de la política adoptada por el gobierno de Kiev tras la insurrección del “Euromaidán”. Los medios occidentales han achacado a los referéndums, falta de libertad, falseamiento de las votaciones, etc, etc: pero lo cierto es que los resultados se corresponden perfectamente con los volúmenes de población rusófona y que, difícilmente un rusoparlante votaría algo que atentara contra su propia identidad cultural.

5) La intervención de la OTAN en este conflicto, como el valor al soldado, es algo que “se le supone”. Era una forma de crear problemas a Rusia (que para el Pentágono constituye una verdadera, obsesión más allá de toda lógica, motivada por el dogmatismo geopolítico más fanático, rígido e inamovible) y de ganar tiempo hasta convencer a los países europeos de apoyar al nuevo gobierno formado por un actor de mediocre carrera, Zelensky, candidato del partido Servidor del Pueblo cuyas orientaciones son nacionalismo, europeísmo, neoliberalismo y atlantismo.

 

ARTICULOS PUBLICADOS EN INFO-KRISIS
SOBRE EL CONFLICTO UCRANIANO








viernes, 30 de junio de 2023

CRÓNICAS DESDE MI RETRETE: PARIS, ENSAYO GENERAL PARA LOS JUEGOS OLÍMPICOS DE 2024

Los incidentes que se están desarrollando en París en estos días, protagonizados por lo que allí llaman “la racaille” (equivalente a “la escoria”), dicen que han sido provocados por la muerte de un menor que trató de huir de la policía. No es cierto, como tampoco es cierto que los incidentes muy similares que tuvieron lugar durante la final de la Champions hace algo más de un año fueran “espontáneos”. De hecho, desde la intifada de 2005, que se prolongó durante más de un mes, tampoco hubo nada imprevisto: todo esto -y lo que seguirá- es el resultado de haber admitido, en Francia desde los años 70, a flujos masivos de inmigración descontrolada. Aquellas aguas, trajeron inevitablemente, estos lodos. El problema no es hasta cuándo se prolongarán estos incidentes -es verano y la sangre está más caliente que en otras épocas del año- sino lo que ocurrirá el año que viene por estas fechas, cuando la irresponsabilidad y las mordidas de las que se hizo acreedor el Comité Olímpico Internacional situaran en París las próximas olimpiadas. Hará falta situar un blindado en cada esquina y unidades de paracaidistas en los terrados con orden de disparar a matar, para mantener el orden ¿Apostamos? Si Macron sobrevive a la que se avecina, puede decirse que está tocado con la gracia celestial…

EL PARÍS QUE CONOCÍ

En 1980 yo era de los que pensaba que París era la mejor ciudad del mundo. Mientras estuve allí, viví en varios barrios. Por supuesto, la pequeña habitación en la isla de Sant Louis desde cuyo ventanuco se podía ver el ábside de Notre Dame, era mi lugar favorito. Como también el apartamento en la Avenue Versailles, esquina Exelmans. O la Montaigne de Sainte Genevieve y la place de la Contrescarpe en el Latino. Y, cómo no, la rue Gay-Lussac. En aquellos años, ya había “barrios peligrosos”. Ir, por ejemplo, por Stalingrad, prolongación de la zona golfa de Pigalle, era lo más parecido a sumergirse en la qashba de Argel. Los macarras, los burdeles y las putas de la rue Saint-Denis también eran como para no tomárselos a broma. Y, en la zona en donde estuvo la sede de Ordre Nouveau, en la rue des Lombards, no muy lejos de les Halles, también había que ir con tiento. Zonas, como Place d’Italie, estaban tomadas por los “amarillos”. Me di cuenta cuando me dieron las llaves de un apartamento situado en un rascacielos frente a la universidad de Tolbiac y, esperando el ascensor, todos los que me rodeaban eran orientales. En la prisión de La Santé, todo estaba rigurosamente distribuidos: los subsaharianos en unos módulos, los argelinos en otros, los europeos en los que quedaban. Ni siquiera los argelinos querían estar con los argelinos.

Buscado en España, tras una manifestación contra el local barcelonés de la UCD, en el que se produjeron algunos incidentes leves, tuve que refugiarme en Francia una temporada. Casi agradecí tener que irme: era la posibilidad de vivir “la aventura”. Y la experimenté hasta las heces. Nada más llegar a París, A. Robert, antiguo Secretario General de Ordre Nouveau me dio las llaves de un apartamento en Courveneuve. En plena banlieu, no lejos de Saint-Denis, población de donde había sido alcalde Jacques Doriot. Allí vivía ya una amplia comunidad argelina y subsahariana. Demasiado para mi gusto, pero el ambiente que se vivía era relajado, tranquilo, pacífico, en una palabra.

EL PARÍS QUE VÍ CAER

A lo largo de los veinte años siguiente volví una y otra vez a París, visité los barrios nuevos que se habían ido construyendo durante el período de Mitterand. Lamenté que la masificación turística hubiera erosionado aquella capital. La última vez que volví fue en 2000 cuando se celebró el congreso del Front National, tras la escisión de los “megretistas”; tres años después Jean Marie Le Pen llegaría a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Era normal: lo que media entre 1980 y 2000, lo que vi directamente, fue la caída en picado de una ciudad. El abandono, la delincuencia, la masificación, la locura, parecían haberse apoderado de París. Recuerdo que, dando una vuelta a primera hora, por Saint Michel vi a un colegio de primaria dirigirse hacia Notre-Dame: de los 30-35 niños, apenas dos, quizás tres como máximo, eran de origen europeo. Aquello era inviable. No he querido volver nunca más a París. Ya he reconocido que lloré cuando vi como las llamas se apoderaban de Notre-Dame.

En 1970, en Toulouse ya me había perdido por algún barrio completamente islamizado y luego, en Perpignan, en el barrio de Saint-Jacques, vi como los argelinos disputaban a los gitanos el control de las calles. Y llegó la intifada de 2005 en París. Recuerdo lo que escribió nuestro llorado Guillaume Faye: “son los primeros chispazos de una guerra civil que será a la vez racial y social”. Tenía razón.

En los veinte años que siguieron se ha convertido en una tradición el incendio nocturno de vehículos: hoy, que ardan 40 en una sola noche es lo más normal y algo que no altera a casi nadie. Como el que sean entre 200 y 400 los que arden en fin de año. Normal. ¿Quién los incendia? Obviamente, “la racaille”. Y es evidente que, amordazados por la corrección política, por el arsenal legislativo emanado desde los ministerios de la verdad, nadie pueda decir en voz alta, bien alta, clara y nítida, de dónde ha salido esa “racaille”, quién la forma y a que grupos étnicos-sociales pertenecen.

“SER FRANCES” Y “HABER NACIDO EN FRANCIA”, NO SON LO MISMO

Es algo parecido a lo que ocurre en España con la violencia de género: el mal en ascenso, no puede atajarse porque existe una negativa deliberada a certificar qué grupos étnico sociales protagonizan esa violencia. No vale decir -ni en Francia, ni en España- que los incidentes estén protagonizados “por españoles, nacidos en España”. Para ser “español” hace falta estar integrado en la sociedad española, de la misma forma que para poder ser considerado “francés” hace falta algo más que tener pasaporte francés.

Y los “papeles” europeos se han repartido con una alegría irresponsable a personas que, en muchos casos, ni siquiera hablaban nuestras lenguas romances o germánicas, ni siquiera tenían la más mínima intención de integrarse, ni creían tener ninguna obligación con los Estados europeos, más que el de darles un número de cuenta corriente para que les ingresaran los subsidios y las subvenciones.

Miente -o, lo que es casi peor, se equivoca en su idealismo cándido- quien diga que la inmigración masiva ha “enriquecido” a Europa. Mirad las calles de París y lo comprobaréis.

PREPARAD EL FUNERAL POR LAS PRÓXIMAS OLIMPIADAS

En julio de 2024 deberían celebrarse los XXXIII Juegos Olímpicos en París. No sé que va a ser peor: que se celebren (veremos los incidentes de la Champions reproducidos durante quinces días y con un mayor nivel de violencia y agresividad) o que no se celebren (reconociendo implícitamente que las sociedades multiétnicas son inviables). Lo que si sé es que Macron puede encomendarse a sus hados porque la va a resultar muy difícil demostrar en las siguientes elecciones presidenciales, previstas para 2027, que conseguirá mantener el orden en las calles. Por poco que Marina Le Pen haga, tiene asegurado dormir en El Elíseo en el verano de ese año.

Lo que se está viviendo en París estos días -y lo que se va a vivir en los próximos días- certifica que la policía francesa está inerme ante la delincuencia: que puede dar el alto y ver como el delincuente huye -como en el caso de Näel, el joven de 17 años, pequeño delincuente que circulaba sin carné, con antecedentes y en un vehículo, del que las informaciones dicen que era “muy potente”, pero que evitan aclarar si era suyo. La prensa progresista tiende a “beatificar” a Näel, mientras que los sindicatos policiales lo han descrito como un “matón de barrio” y a sus padres (la madre ha organizado las movilizaciones) como “incapaces de educar a su hijo". Esa prensa ha exaltado que se matriculase en el liceo Louis-Blériot en Suresnes, “donde asistió a clase seis meses”, añadiendo poco después “antes de ausentarse el resto del año escolar”. O que se lance un tupido velo sobre la propiedad del vehículo (que desde luego no está al alcance de una familia de las banlieus).

ALGUNOS PUNTOS DIFÍCILMENTE REBATIBLES

La muerte de todo ser humano es una tragedia. Pierde todo lo que tiene, incluso la posibilidad de rectificar errores pasados. Obviamente, se trata de que muertes de este tipo no vuelvan a repetirse, pero si nos limitáramos a afirmar esto, nos quedaríamos en el cómodo lecho recorrido por los peces muertos que siguen la corriente. Hace falta añadir algo más y hacerlo con todo el realismo de lo que seamos capaces:

1. Algo ha fallado en los últimos cuarenta años en Francia y en toda Europa. En ningún lugar del continente se ha logrado “integrar” a la inmigración masiva.

2. La ley es igual para todos, hay que cumplirla: si alguien es parado por la policía, no hay excusa para no parar. Si no se para, si se escapa, uno debe atenerse a las consecuencias. Kyllan Mbappé, queda disculpado -por ser futbolista y no sociólogo o filósofo- al llamar al fallecido sin ironía “este angelito”. Cuando declinen los incidentes conoceremos el historial del fallecido y entenderemos mejor porqué huyó cuando le pidieron la documentación.

3.  En una sociedad castigada por la delincuencia étnica, como la francesa o la norteamericana, no es raro que se los grupos que protagonizan mayoritariamente actos ilegales sean sometidos a un control más habitual que otros grupos mayoritariamente inofensivos. Raro sería que se pidiera la documentación a turistas suecos o a japoneses que fotografían la arquitectura de Gaudí. Todos -salvo los que se niegan a reconocerlo- intuyen que grupos albergan los mayores contingentes de delincuencia.

4. Desposeer a la policía de autoridad para cumplir su misión supone realizar un doble salto mortal sin red: si no hay más delincuencia es porque, esencialmente, la policía cumple con las funciones que le son asignadas. Persígase a los policías, sométaselos a sospechas y se retraerán de sus funciones. Dado que el vacío no existe, la delincuencia aumentará.

5. La intuición de Faye a finales del siglo XX de que Europa camina hacia una guerra civil étnica, religiosa y social, se ha cumplido. No es una profecía: es una realidad. Reconocerla, equivale a reconocer el fracaso de la reglamentación europea sobre inmigración y la ruina sin el más mínimo resultado de las medidas de integración positiva y de subvenciones entregadas.

6. Cuando se llega a la conclusión de que las políticas adoptadas por derechas, por izquierdas, por instituciones nacionales e internacionales, son erróneas, el sentido común exige cambiar en dirección opuesta. Creemos que, en la actualidad, ya va a ser muy difícil no alcanzar el último grado de un conflicto de esta naturaleza -la guerra civil-; lo que estamos viendo hoy son los habituales choques entre vanguardias que preceden a las grandes batallas.

7. De las tres alternativas para la inmigración (asimilación, integración, multiculturalidad) han fracasado las dos últimas (pensar que el inmigrante podía integrarse en la sociedad de acogida recibiendo estímulos económicos y culturales, y pensar que la convivencia entre culturas separadas por brechas antropológicas es viable). Así que solamente queda la ASIMILACIÓN que se resume en “integración o expulsión” y, poco importa lo que diga el DNI. Ahora bien, para ello es preciso tener el valor de finir lo que es Europa, lo que es la cultura europea, lo que es el modo de vida europeo y lo que son los estándares europeos. Algo que la UE no ha estado en condiciones jamás de definir.

Para completar la lectura de este artículo ver:

10 VERDADES INCUESTIONABLES SOBRE LA INMIGRACIÓN MASIVA

UNA NUEVA FASE DE LA INMIGRACIÓN MASIVA

NOTRE-DAME, ¿POR QUÉ CREO QUE FUE UN ATENTADO?

LAS VIDAS DE LOS EUROPEOS IMPORTAN








 

 


jueves, 29 de junio de 2023

Notas para entender la "revuelta Prigozhin"

Los sucesos que se desarrollaron el pasado fin de semana en Rusia con la defección de Yevgueni Prigozhin, jefe del Grupo Wagner, han sembrado cierta confusión en torno a lo que está sucediendo en aquel país y sobre el desarrollo del conflicto ucraniano. Tertulianos de todas las cadenas han desatado una campaña de guerra psicológica, habitual desde el inicio del conflicto, pero que corre el riesgo de hacer imposible establecer dónde empieza la verdad y donde termina la exageración, la mala fe y, sobre todo, impedir hacernos una idea de la fase actual del conflicto.

1. PRIGOZHIN NO HA ENTENDIDO EL FONDO DE LA CUESTIÓN

¿Quién es el jefe del Grupo Wagner? Un judío de Leningrado, sin ninguna experiencia en combate, ni en dirección de asuntos militares. Por supuesto, sin conocimientos de estrategia ni de táctica. Un negociante del sector de la alimentación. Uno de tantos oligarcas judíos, sin sentido de la medida, sin sombra de patriotismo y, por supuesto, sin escrúpulos. Como cualquier otro oligarca, su único interés radica en cómo acumular más patrimonio personal. Nada más. No puede pedírsele, por tanto, que entienda de sutilizas políticas, ni siquiera de estrategia militar: lo único que entiende es de ingresos en sus cuentas corrientes.

Prigozhin no ha entendido que el objetivo de este conflicto no era la “conquista de Ucrania”, sino garantizar la seguridad de las repúblicas que renunciaron a seguir en el Estado ucraniano y se adhirieron a la Federación Rusa, garantizar la integridad de Crimea y evitar la incorporación de Ucrania a la OTAN. No se trataba, pues, de “conquistar Ucrania”, sino de alcanzar unos objetivos políticos muy claros. Por tanto, el conflicto que se ha desarrollado desde febrero de 2022 no era una “guerra total”, sino una “guerra limitada”. Y, prácticamente desde las primeras semanas de conflicto, no fue una “guerra de movimientos”, sino más bien, una “guerra de posiciones”.

Finalmente, Prigozhin no ha entendido que un ejército privado de 50.000 hombres, puede entenderse solamente en Rusia si acepta ponerse a disposición de la estrategia diseñada desde el Estado Mayor y reconoce su papel como fuerza auxiliar de apoyo, sin autonomía estratégica. Es normal que no lo entendiera: a fin de cuentas, como hemos dicho, él no es militar.

2. PRIGOZHIN O EL MALVERSADOR

Uno de los negocios iniciados por Prigozhin y que le han reportado más fondos y, al mismo tiempo, por lo que se le ha llamado “el cocinero de Putin”, es el de servicios de catering. Esta empresa, Concord Management and Consulting, fue fundada en 1995 y, entre otras actividades, ha servido millones de raciones a las fuerzas de vanguardia del ejército ruso. Desde el ministerio de defensa ruso se han quejado de la calidad deficiente de estas raciones. Parece que la polémica desatada en torno a estos suministros estuvo en el origen de los desencuentros que han desembocado en la rebelión del pasado fin de semana.

En efecto, en Rusia no existe la figura del “contratista de servicios de defensa”. Las circunstancias y los vacíos legales, han hecho que un oligarca pudiera fundar un ejército privado puesto a disposición de la política exterior rusa, pero sin estar sometido a la disciplina militar, ni a las indicaciones del ministerio de la defensa. Para llenar ese vacío, el gobierno ruso tiene en estudio una legislación que debería ponerse en práctica el 1º de julio y que preveía la integración de las unidades del Grupo Wagner dentro del ejército ruso.

En otras palabras: entre las sospechas de malversación de fondos y la certidumbre de que, en apenas diez días, el Grupo Wagner sería desmantelado, Prigozhin era consciente de que hasta ahí había llegado y de que, a partir de ahora, se abría ante él la posibilidad de terminar como los catorce oligarcas rusos muertos, suicidados entre enero y octubre de 2022 (en su mayoría, por cierto, también de origen judío). O lo que para él era casi peor: ver su imperio detenido y el crecimiento de sus cuentas bloqueado. Optó por realizar un órdago, una fuga hacia adelante, desafiar al Kremlim amparado en sus 50.000 hombres armados. Y fracasó.

3. LA FASE ACTUAL DEL CONFLICTO

La censura de fuentes fiables sobre la marcha del conflicto garantiza que la opinión pública occidental piense que la “contraofensiva ucraniana” (de la que se lleva hablando tres meses) está siendo un “éxito”. Sin embargo, salvo un pequeño pueblo, sin ninguna importancia estratégica, lo cierto es que la “contraofensiva” está suponiendo un fracaso total para el ejército ucraniano. La voladura de la presa de Kajovka ha sido la excusa adoptada por Zelensky para justificar el fracaso de la tan cacareada contraofensiva. Sin embargo, se ignora todavía, quien pudo volar la presa.

Lo que dice la “ciencia militar” es que las fuerzas rusas ya han alcanzado los objetivos que se habían propuesto al iniciarse el conflicto. Los frentes están estabilizados. Las barreras antiminas y anticarros colocadas por el ejército ruso sugieren que no piensan avanzar más hacia el interior de Ucrania y que son defensas infranqueables para las unidades blindadas ucranianas. Por eso ha fracasado la contraofensiva.

Así pues, en el momento actual, todo se reduce a un juego de represalias: si los ucranianos intentan sabotear la retaguardia son “premiados” con unas cuentas decenas de drones suicidas o de cohetes sobre lo que queda de sus infraestructuras. Eso es todo.

4. ¿POR QUÉ SIGUE ABIERTO EL CONFLICTO?

La respuesta es muy simple: el sentido común aconsejaría a Zelensky sentarse en la mesa de negociaciones y aceptar lo inevitable, mermas territoriales y política neutralista. Pero esa no es la actitud impuesta por los que hicieron inevitable el conflicto: el complejo militar-industrial norteamericano dueño de la OTAN. Desde el inicio del conflicto, los Estados de la UE y los EEUU han enviado miles de millones en material bélico a Ucrania: la camarilla de Zelensky pone los muertos, se lucra el complejo militar industrial norteamericano.

Desde que se inició el conflicto, los EEUU han ido reforzando su posición, incluso dentro de la industria militar europea, mientras que la defensa europea se ha ido debilitando y lo que queda de industria militar está cada vez más penetrada por capital procedente del complejo militar-industrial norteamericano. Para este conglomerado -una de las columnas de la oligarquía USA que tiene a Joe Biden como títere- lo esencial no es acabar con los sufrimientos del pueblo ucraniano: sino prolongar al máximo el conflicto, como mínimo hasta las elecciones norteamericanas de 2024. Luego, ya se verá. No habrá paz antes de las elecciones en los EEUU. No habrá conversación y la esperanza de Zelensky es que venza de nuevo Biden y las cosas no cambien mucho para él.

El miedo de Zelensky es reconocer el hecho incontrovertible de que Ucrania no puede entrar en la OTAN, aceptar la merma territorial y encontrarse con una factora para la reconstrucción que “Occidente” no va a poder pagar. No se sabe cómo podría reaccionar la opinión pública ucraniana ante los hechos desprovistos de connotaciones propagandísticas: una guerra perdida, unos territorios que nunca va a recuperar e, incluso la posibilidad de que países como Polonia traten de asestarle más zarpazos territoriales.

5. ¿CUÁL ES EL PUNTO DÉBIL DE RUSIA?

El eje de la reconstrucción rusa acometida por Putin es garantizar la fortaleza y el prestigio del Estado en tanto que expresión política organizada de la nación. Ahora bien, esta no es la tendencia del mundialismo ni de la globalización tal como se las ha entendido en “Occidente”. Por lo demás, no debemos de llevarnos la impresión de que todos dentro de rusia comparten los objetivos de Putin. Existen -especialmente en el sistema bancario- “quintacolumnistas” del Foro de Davos, del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. Así mismo, existen fracciones que mantienen posiciones más “liberales” tanto en política como en economía. Y no se trata solo de Alekséi Navalni, cuyo “gobierno” no pasa de las cuatro paredes de su celda, sino, más bien del grupo de economistas enfeudados en el Banco Central de Rusia (Elvira Nabiullina). Sin olvidar que la CIA y las ONG subsidiadas por occidente, han tratado de realizar una acción deletérea y desestabilizadora de la política de Putin. La “quinta columna” de “Occidente” está dentro de Rusia y opera en el país.

6. ¿CUÁL ES LA POSICIÓN DE RUSIA EN POLÍTICA INTERNACIONAL?

Parece evidente que el nacionalismo ruso gobierna en Rusia. Y eso implica una idea de soberanía y de independencia que hace tiempo ha desaparecido en Occidente. Rusia forma parte hoy de los “países BRICS”, el “anti-Occidente”. Pero nos equivocaríamos si pensáramos que las políticas exteriores y los análisis de China y de Rusia son idénticos.

En primer lugar, China busca una hegemonía económica-tecnológica global; tiende a pensar que esa hegemonía le garantizará ser la única potencia mundial en la segunda mitad del siglo XXI. Los riesgos de guerra quedarán eliminados porque la unión de potencial tecnológico, capacidad productiva y expansión económica sustituirán a las rivalidades territoriales, a los proyectos de hegemonía política y a las veleidades nacionalistas.

Rusia, sin embargo, ve las cosas de distinta manera: sigue teniendo como objetivo un mundo “multipolar”, asentado sobre distintas “patas”, “Occidente” sería, indudablemente, una de ellas, siempre y cuando los EEUU renuncien a su proyecto mesiánico-imperialista y dejen de obstinarse en seguir manteniendo un papel que perdieron desde la gran crisis económico de 2007-2011.

De todas las políticas exteriores llevadas a cabo en la actualidad por las grandes potencias, la rusa parece la más razonable y se basa en el principio físicamente aceptado de que una mesa es más estable sostenida sobre cuatro patas. Rusia tiene la conciencia de ser una de ellas, China, por supuesto, es otra, pero no está tan claro en el futuro cuáles serán las demás: a la vista de lo sucedidos a finales de los años 80 y principios de los 90, es evidente que Rusia tiene una espina clavada y que esa espina tiene bandera USA. Por tanto, Rusia apoyará a China con todas sus fuerzas en el debilitamiento del dólar como moneda de cambio internacional. Concluida la hegemonía del dólar, habrá terminado también la de los EEUU.

Por otra parte, Rusia es consciente de que, tanto la OTAN como la UE, son estructuras débiles cuya fortaleza depende del Pentágono la primera, y de la capacidad de Washington por marcar políticas económicas que son seguidas con fidelidad perruna por los gobiernos europeos. Algunos de estos gobiernos -Macron en concreto- son conscientes de que a los EEUU les va a resultar muy difícil mantener su coherencia interna y su política exterior en los próximos años e, incluso, que es posible, un retorno al aislacionismo norteamericano y a la política del “decoupling” con la UE y con la OTAN. No en vano, Macron ha afirmado recientemente que la UE debería pedir su adhesión a los “países BRICS”. El conflicto ucraniano no ha sentado bien a la UE.

7. PRIGOZHIN EN BIELORRUSIA, PUTIN REFORZADO

Por el momento, ni la contraofensiva ucraniana ha tenido el más mínimo éxito (resultaría curioso saber el destino de los seis leopards enviados por Pedro Sánchez que no creemos ni que hayan sido capaces de entrar en combate), ni la “revuelta de los mercenarios” ha mermado la credibilidad del Kremlim. Lo que parecía ser un “golpe de Estado” en toda regla, se ha saldado con su salida a Bielorrusia (el Estado más próximo a Rusia, así que, se trata, más bien, de destierro a un país amigo de Putin).

Es posible que el propio Prigozhin fuera “intoxicado” por los servicios de información norteamericanos y le indujeran a una rebelión que no tenía la más mínima posibilidad de triunfar. De lo que no puede dudarse es de que el decreto que debería poner fin a las actividades autónomas del Grupo Wagner, han estado en el origen de la revuelta y que las investigaciones por malversación suponían para Prigozhin la posibilidad de terminar como las casi dos decenas de oligarcas judíos rusos. Por el momento, ha habido acuerdo: integración del Grupo Wagner en las operaciones en Ucrania, mantenimiento de sus posiciones en los países africanos en los que actúa y actuación de Lukashenko como anfitrión de Prigozhin. Casi una tormenta en un vaso de agua.

Para esperar al próximo episodio de este conflicto habrá que esperar a las elecciones norteamericanas de noviembre de 2024. O a que los rusos hagan pagar al ejército ucraniano con la misma moneda y sean voces en el interior de Ucrania las que empiecen a clamar por el final de una guerra que nunca pudieron ganar y que cada vez tiene menos sentido. El día en que el pueblo ucraniano entienda que es un rehén del complejo militar-industrial norteamericano y su única misión poner los muertos y alargar la guerra lo más posible, pedirán explicaciones a Zelensky. Y nadie es capaz de intuir cómo puede terminar el pequeño judío de Kiev.