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lunes, 3 de marzo de 2025

La nueva geopolítica mundial: la historia está discurriendo ante nuestros ojos. (I)

En 1989, los publicistas sentenciaron el final de la Guerra Fría. Y, para desmentirlo, en lugar de proceder al desguace de la OTAN -desguace obligado al carecer de enemigo, dada la quiebra del sistema de alianzas de la URSS- no solamente se reforzó, sino que inició una inexorable “marcha hacia el Este”, incumpliendo la promesa dada por George Bush a Mijail Gorbachov en Malta en diciembre de 1989. Rusia tenía en aquel momento graves problemas que se agravaron aún más en el período 1991-1999, cuando el país cayó en manos de un alcohólico, Boris Eltsin. Pero, a partir de 2000, se inició el enderezamiento de Rusia que en 2013 ya estaba en condiciones de detener la “marcha hacia el Este” de la OTAN. Luego vino el conflicto ucraniano, los 16 paquetes de sanciones contra Rusia y, finalmente, el cambio de política internacional que se produjo con la segunda llegada de Trump al poder. Ahora, el cambio histórico es radical y los únicos que no se han dado cuenta son aquellos países que creen que se les paró el reloj antes de 1939 y creen que todavía pesan en el concierto mundial: Francia y el Reino Unido. Vale la pena revisar los cambios geopolíticos que se están produciendo en estos momentos y que marcarán el resto del siglo.

1945: LAS ÚLTIMAS HORAS DE EUROPA

Adriano Romualdi, escribió un libro con ese título: aludía a las horas que precedieron a la capitulación alemana tras la caída de Berlín en manos del ejército rojo. Romualdi sostenía -con razón- que el desenlace de la Segunda Guerra Mundial -querida por la santa alianza entre el capitalismo americano, las finanzas judeo-anglosajonas y el “partido de la guerra” encabezado por el tándem Roosevelt-Churchill, no lo olvidemos- había sido la “derrota de Europa”. A partir de ese momento, la URSS y los EEUU, convertidos en superpotencias enfrentadas dominaban en Europa despedazada.

Los gobernantes ingleses y franceses, se negaron a creer que sus respectivos países figuraban en el bando de los derrotados y que la victoria hacia sido soviético-norteamericana, mientras que Europa figuraba como el continente arrasado. Además, tenían un asiendo en el Consejo de Seguridad de la recién creada ONU y, por tanto, figuraban entre los rectores del nuevo orden mundial surgido de Yalta en 1945. No era así: de hecho, era todo lo contrario. Ni ingleses ni franceses podían retener en 1939 a sus colonias que ya hacían gala de movimientos independentistas muy desarrollados. Oswald Spengler tenia razón cuando, en Años Decisivos, comentó que la utilización de fuerzas coloniales por parte de ambos países en la Primera Guerra Mundial demostró a los indígenas que los “blancos” no eran invulnerables y, de la misma forma, que habían luchado contra los Imperios Centrales, podrían luchas contra los colonialistas ingleses y franceses. No se equivocó. Aunque no hubiera existido la ONU, ni su “comité de descolonización”, era más que evidente que los imperios coloniales estaban en franca desintegración que se aceleró con el resultado de la Segunda Guerra Mundial.

EL PROYECTO DE LA COMUNIDAD EUROPEA DE DEFENSA

En efecto, diez años después de finalizado el conflicto, Francia e Inglaterra habían perdido lo esencial de su Imperio. La intervención anglo-francesa en Suez en 1956, fue cortada en seco por los EEUU: Europa ya nunca volvería a intentar actuar por su cuenta en política internacional. Los europeos, todavía no habían extraído conclusiones del proyecto frustrado de la Comunidad Europea de Defensa (CED) vinculado a los seis países que habían suscrito el pacto de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), primer paso en la larga construcción de lo que es hoy la UE.

Francia en aquel momento, se encontraba embarcada en la guerra de Indochina (1946-1954) oliendo la derrota de Diem-Bien-Phu, tras la negativa del presidente Eisenhower de apoyar a Francia con bombarderos B-29 Superfortress. En agosto de 1954, el proyecto de la CED se desmoronó cuando la Asamblea Francesa se negó a apoyar el Tratado constitutivo que debía ir en paralelo a la creación de la CECA y a los intentos de unificación europea. El concepto del CED implicaba el “rearme alemán”, a lo que el gobierno francés se negó.

Y sin embargo, el proyecto de la CED era extraordinariamente coherente con la idea de “unificación europea”: previa que un ejército europeo sustituiría así a los ejércitos nacionales y los "soldados nacionales" existirían sólo bajo el mando de un Ministro de Defensa europeo. Esto hubiera debido de satisfacer al nacionalismo francés: Alemania no habría sido rearmada directamente, sino que se le habrían suministrado armas que sólo se utilizarían bajo supervisión europea… Fue lo más cerca que se estuvo de crear un ejército europeo unificado.

Sólo después de Suez, Francia y el Reino Unido entendieron que, a pesar de la “grandeur” y de la filosofía de la “Commonwealth of Nations”, a pesar de sus asientos en el Consejo de Seguridad de la ONU, eran, en la escena internacional, irrelevantes. Aquella era la hora del duopolio USA-URSS…

UE: PACIFISMO, ANTIMILITARISMO, DEBILIDAD

En 1968, cuando todo esto empezaba a ser historia, se produjo el boom del antimilitarismo y el pacifismo: nadie quería la guerra y, de hecho, ni siquiera quería defenderse. Los ejércitos, por lo demás, tras la guerra de Argelia, se habían convertido en dóciles cuerpos funcionariales sometidos a las constituciones nacionales que los excluían de cualquier decisión política. El resultado fue que, cuando cayó el Muro de Berlín, Europa respiró: ya no serían necesarios ni grandes presupuestos de defensa, ni grandes inversiones armamentísticas, ni siquiera ministros de defensa que conocieran el sector…

Todos esperábamos que, al haberse quedado sin “enemigo” (con el hundimiento de la URSS), la OTAN entraría en letargo. Pero ocurrió todo lo contrario.

La unificación de Alemania, la desintegración y el cambio de sistema de la URSS, la desaparición del Pacto de Varsovia y del COMECON y la fragmentación de Yugoslavia, fueron los grandes acontecimientos históricos de finales de los 80 y principios de los 90, y fue en ese contexto cuando EEUU, literalmente, engañó a Gorbachov con la promesa incumplida de que aceptara la unificación alemana a cambio de que la OTAN no avanzaría “ni una pulgada” hacia el Este.

Luego, la guerra de Kuwait y su rápido desenlace hizo que el presidente George Bush proclamara el “nuevo orden mundial” en el que EEUU era la “única potencia hegemónica”. Nadie se le opuso: China estaba concentrada en su despertar, Rusia tenía suficientes problemas internos y Europa pasaba las horas muertas discutiendo unos reglamentos inextricables y creando una burocracia que fue sustituyendo, poco a poco, a la “tecnocracia” inicial. Creada en virtud del Tratado de Maastricht, el 1 de noviembre de 1993, la UE no es, en la práctica, ni un “Supraestado federal”, ni una “Unión”, ni siquiera una alianza: es una “unión de facto” de 27 miembros que han renunciado a tener una constitución y unas reglas sencillas de convivencia para mayor gloria de su burocracia parasitaria. Desde el comienzo de su andadura, la UE, se configuró como “la pata europea de la globalización”. En un mundo sin la URSS, la UE no atribuyó ningún papel especial a la defensa que siguió encomendada a la OTAN, esto es, al Pentágono.

LA MADRE DE TODOS LOS CONFLICTOS: UNA GEOPOLÍTICA ERRÓNEA

Y entonces se desencadenó el problema: los estrategas de la OTAN [norteamericanos] seguían obsesionados por la geopolítica clásica y consideraban que el “gran enemigo” de “Occidente” era la URSS, devenida Rusia. Y, contra toda lógica, contra todo respecto a los acuerdos firmados, contra toda evidencia, concluyeron que “Rusia es culpable” y, por tanto, había que ampliar la “defensa occidental”, incorporando a más y más miembros (a pesar de que algunos de ellos, disponían de ejércitos testimoniales y en otros, la integración fue tan rápida que ni siquiera se dio la oportunidad a sus ciudadanos de opinar).

La OTAN es una “alianza” en la que todos sus miembros son responsables solidarios de las iniciativas tomadas por solo uno de ellos: el Pentágono, esto es, el complejo militar-industrial norteamericano. Hipotecar la defensa europea a un grupo extraeuropeo representante del “dinero viejo”, supone dejar en manos de otros el propio destino y renunciar a una política exterior tendente a defender los intereses del viejo continente. Pues bien, esto es lo que han hecho los gobiernos europeos de derechas o de izquierdas desde los años 90…

Los Brzezinsky, los Kissinger, los geopolíticos “clásicos” no supieron ver que la Rusia postcomunista no aspiraba a la “expansión” (tiene territorios suficientes en Siberia), sino solamente a su SEGURIDAD. Las administraciones norteamericanas no entendieron que las humillaciones que sufrió Rusia durante la perestroika y el gobierno de Eltsin, marcaron a fuego a las siguientes generaciones que si extrajeron consecuencias prácticas encarnadas en la figura de Vladimir Putin. No advirtieron en 2013, cuando organizaron el “euromaidan” (la “revolución naranja”) que no estaban ante una Rusia gobernada por un alcohólico, sino por un país que se había reconstruido y no iba a tolerar más ofensas.

ZELENSKY, SU CAMARILLA JUDÍA Y GEORGE SOROS

Un año después del “euromaidan” (un verdadero golpe de Estado organizado por la CIA y por las fundaciones de Soros) las repúblicas del Donetsk y Lugansk se separaban de Ucrania y solicitaban su ingreso en la Federación Rusa, mientras que Crimea se constituyó en República, convocó un referéndum el 16 de marzo de 2014, en donde un 85% de la población aprobó su adhesión a la Federación Rusa. A partir de ese momento, el gobierno ucraniano, envió grupos armados irregulares a estas repúblicas, hostigando a la población civil pro-rusa y causando entre 14.000 y 20.000 víctimas.

Los intentos de integración de Ucrania en la OTAN son viejos: en septiembre de 1992, abrió Embajada en Bruselas, desde donde prosiguieron los contactos entre Ucrania y la OTAN. El 29 de diciembre de 2014, Petró Poroshenko, el entonces presidente ucraniano, prometió celebrar un referéndum sobre el ingreso en la OTAN. Entonces llegó Volodimir Zelensky.

Zelenski fue elegido presidente de Ucrania el 21 de abril de 2019. Uno de sus primeros actos de gobierno fue solicitar la incorporación de su país a la OTAN y a la UE… Zelensky, recién llegado a la política es de origen judío y había sido aupado por Igor Kolomoisky, oligarca igualmente judío. Sin ánimo de avivar la idea de una “conspiración judía”, lo cierto es que un tercer judío, George Soros, entra, desde el principio en esta historia dramática: fue uno de los primeros partidarios del cambio político en Ucrania tras su independencia de la Unión Soviética en 1991. Soros, a través de su Open Society Foundation, y canalizó millones de dólares para promover el “euromaidan” y trabajó con la CIA, la National Endowment for Democracy y la USAID–, para crear grupos antirrusos. Soros y el Departamento de Estado de Estados Unidos, junto con el entonces vicepresidente Joe Biden, fueron fundamentales para instaurar en el poder a Zelensky.

Se ha dicho que tanto Kolomoisky como Soros han financiado las actividades paramilitares de la extrema-derecha neo-nazi en Ucrania. ¿Judíos apoyando  neo-nazis? La propaganda de Putin ha insistido mucho en que el régimen ucraniano está apoyado por los neo-nazis locales… La cosa se entiende mucho mejor si se tiene en cuenta que el Batallón Azov ha sido enviado siempre a puestos de primera línea en donde se han ido desgastando y sufriendo ingentes bajas… ¿Podía esperarse otra cosa que judíos enviando a neo-nazis a morir? En cualquier caso, la colusión entre Soros y Zelensky es tan extrema que, incluso en Instagram se ha bromeado -jugando con los parecidos físicos- en que el segundo es hijo del primero o, incluso, un clon.

LOS OBJETIVOS ESTRATÉGICOS RUSOS EN EL CONFLICTO UCRANIANO

El problema en marzo de 2025 es grave: tras casi cuarenta meses de combate y de que los medios occidentales (gracias a los subsidios de la USAIDS) anunciaran una retahíla de victorias y ofensivas continuas ucranianas, el panorama militar es absolutamente desolador para Zelensky: desde los primeros meses de combates, los rusos demostraron que, para ellos, se trataba de una guerra con unos objetivos estratégicos muy claros:

- Sellar la incorporación del Este ucraniano a la Madre Rusia.

- Impedir la adhesión de Ucrania a la OTAN y a la UE.

- Establecer la neutralidad de Ucrania (similar a la austríaca durante la Guerra Fría).

- Defender los derechos de las minorías rusas en el Oeste ucraniano.

- Borrar a Zelensky y a su camarilla de oligarcas judíos del poder.

Pues bien, los primeros objetivos están prácticamente cubiertos, mientras que el resto (neutralidad, minorías rusas, liquidación de la oligarquía) quedarán resueltos en las “negociaciones de paz”. ¿Entre quién? Ente los EEUU y Rusia, por supuesto.

Y esto nos lleva al gran cambio geopolítico que se está produciendo ante nuestra mirada y de la que ni los servicios de inteligencia europeos, ni los ministerios de exteriores, ni “mister PESC” de la UE, están advirtiendo. Esta parte del análisis nos confirmará en el hecho de que, para los antiguos Estados colonialistas, Francia y el Reino Unido, el tiempo no ha pasado y el choque con la realidad que se inició con el final de la Primer Guerra Mundial y terminó con la derrota de Suez y con la descolonización, todavía no se ha producido. Macron y Starmer creen que abrazando a Zelensky (el gran perdedor que mendiga el abrazo mientras pone el cazo…) y sentándose en el Consejo de Seguridad de la ONU, siguen siendo “grandes potencias”. No lo son, ni lo volverán a ser. La nueva geopolítica les ha rematado. Es el precio de haber pasado algo más de un siglo viviendo de fantasías, recuerdos del pasado e imperios coloniales en estado gaseoso…

 










 

miércoles, 20 de marzo de 2024

¿MORIR POR KIEV? ¿SOPLAN VIENTOS DE GUERRA O DE NEGOCIO?

Estamos ante una campaña de “operaciones psicológicas” destinada a transmitir a la población la proximidad de una guerra. Pero también estamos a pocos meses de cambios históricos, tanto en EEUU como en la UE: en 2025 ya nada será como antes. Incluso, a partir de mayo, cuando se produzcan las elecciones europeas, quedará claro que los gobiernos que hoy proponen una guerra exterior, pero que ni siquiera son capaces de controlar a las minorías étnicas parasitarias en su interior, quedan en situación de debilidad en el conjunto de la UE. Por lo demás, la victoria de Donald Trump en EEUU -si llega a la votación- está cantada. Y Trump ha sido muy explícito sobre sus planes. Así pues, es dudoso que, entre finales de 2024 y los primeros meses de 2025 pueda mantenerse la tensión belicista… algo que saben muy bien quienes la han desencadenado. Así pues ¿existe un riesgo de guerra? ¿a qué obedece esa campaña de preparación psicológica? Estas líneas intentarán situar el fondo de la cuestión.

*      *      *



OCURRIÓ HACE VEINTE AÑOS: EL MECANISMO DIABOLICO EN MARCHA

Los que tenemos memoria sabemos cómo empezó la “preparación psicológica” para la guerra de Irak:

- primero, se insistió por activa y por pasiva en la complicidad de Irak con… Al-Qaeda y en su responsabilidad en cualquier masacre que estallara en el mundo. Incluso, nuestro ínclito José María Aznar sostuvo -con no menos seriedad- que ETA y Saddam eran lo mismo.

- luego se nos convenció de que el ejército de Saddam Hussein (del que se decía que era el “tercero en el mundo”) estaba preparando una ofensiva generalizada contra los países vecinos y una escalada de violencia para acabar con Israel;

- finalmente, esta noticia se magnificó y apareció la leyenda de que poseía “armas de destrucción masiva” (incluso Colin Powell, secretario de defensa, con una seriedad pasmosa, afirmó que estas “armas”, gases químicos letales, se fabricaban en camiones móviles…);

Y esto duró dos años, desde que se apagaron los ecos de la invasión norteamericana de Afganistán en 2001 hasta la noche en la que se produjeron los ataques a Bagdad el 1º de mayo de 2003… Sabemos lo que ocurrió después.

   

LA CAMPAÑA PSICOLÓGICA VUELVE A REPETIRSE

Ahora vuelve a repetirse el mismo proceso: “Rusia es culpable”, han sentenciado desde el despacho oval de la Casa Blanca. Así pues, gobiernos “aliados” (es decir, vasallos, porque los imperios no tienen “aliados”), grupos de comunicación, ONGs y tertulianos, cumpliendo la orden se apresuran a culpabilizar de todo lo culpabilizable a Rusia y a Putin.

Las similitudes entre aquella “preparación psicológica” para la guerra del Golfo (que, en el fondo, fue la misma que la que siguió Roosevelt y Churchill desde 1938 hasta que lograron convertir un conflicto localizado en una guerra mundial), son evidentes. Pero la situación internacional es completamente diferente.

Los signos son inequívocos: todos los gobiernos títeres del Departamento de Estado norteamericano (incluido el español, aunque con cierta timidez) están de acuerdo en algo que dista mucho de ser cierto: que el conflicto ucraniano y las consiguientes “conquistas rusas” no detendrá a Vladimir Putin. Pregunta capciosa: ¿Cuándo Vladimir Putin ha evidenciado con algún gesto el que quiera “conquistar” para la Federación Rusa territorios europeos o asiáticos? Respuesta: NUNCA.

La guerra de Ucrania -y esta es la parte importante del relato “occidentalista”- no la inició Putin, sino la ambición de la OTAN de integrar a Ucrania en su dispositivo anti-ruso, incumpliendo las promesas -por enésima vez- realizadas por el presidente Bush (padre) al entonces líder soviético Gorvachov. Rusia -entonces en situación de debilidad, especialmente durante el gobierno alcohólico de Boris Eltsin- había callado ante las sucesivas incorporaciones de países del Este europeo a la OTAN, ante los intentos del Pentágono de encender conflictos en el Cáucaso y en las ex repúblicas soviéticas, a su intervencionismo en Ucrania. Etc, etc, etc. El repertorio de golpes “occidentales” contra Rusia fue interminable. Pero a partir de principios del milenio empezó la reconstrucción del Estado Ruso de la mano de Vladimir Putin.

La debilidad, la apatía y el celo alcohólico de Eltsin fue sustituida por el deseo de restablecer la dignidad del Estado y de la Nación rusa. Y al intento de integrar a Ucrania en la OTAN (que ya había inducido una guerra de guerrillas en las repúblicas que se independizaron de Kiev y pidieron su integración en la Federación Rusa, aprobada en referéndum), Putin contestó con un ataque localizado en el sur-este de Ucrania.

Gobiernos lacayos, tertulianos a sueldo, medios de comunicación deficitarios, todos, condenaron la “invasión rusa”, cuando el responsable de una guerra (y de todas las masacres posteriores) no es el que ataca primero, sino el que hace posible esa guerra. Y los EEUU buscaron implicar a los países de la UE en un conflicto provocado, en última instancia, en las oficinas del Pentágono:

- Primero, el Departamento de Estado ordenó sanciones contra Rusia. Y los gobiernos occidentales sancionaron a Rusia, a pesar de que ellos eran los primeros perjudicados (¡hasta eso llega la voluntad imperialista y hasta eso alcanza la indignidad de gobiernos traidores hacia quienes los han elegido!).

- Luego, llegaron incluso a sabotear con atentados terroristas instalaciones rusas en el Báltico -la voladura del Nord Stream- para interrumpir el flujo de gas ruso a Europa Occidental y, por supuesto, los propios EEUU ofrecieron gas al doble de precio a los gobiernos europeos. Pero la economía de mercado es incontrolable y los rusos se las ingeniaron para que su gas siguiera llegando a los mercados europeos a través del comercio triangular. Más caro, por supuesto, por la presencia de intermediarios.

. Los EEUU enviaron (y siguen enviando) material militar a Ucrania. A fin de cuentas, los ucranianos ponen los muertos y los beneficios van a parar al consorcio militar-petrolero-industrial verdadero núcleo de la “administración Biden” (¿o es que alguien cree que ese anciano acartonado, con neuronas atrofiadas y que desde hace, como mínimo cinco años, ha perdido el sentido de la realidad, es quién gobierna en la Casa Blanca?).

Pero, solo con la ayuda militar norteamericana -materiales obsoletos y a punto de caducar- no se sostenía la guerra contra Rusia: hacía falta que los gobiernos “vasallos” -los más afectados por las sanciones- pusieran algo de su parte. España envió seis tanques “Leopard”, prácticamente inservibles para la guerra de posiciones en la que se había convertido el conflicto ucraniano desde el momento en que las tropas rusas alcanzaron los objetivos que pretendía. Alemania -gobernada por ecolocos, socialdemócratas y liberales- fue quien más se esforzó. Polonia -que aspira a dar una dentellada al territorio ucraniano cuando termine el conflicto- dio un paso atrás. El resto de gobiernos enviaron fondos y ayudas evaluadas en decenas de miles de euros… ¡a uno de los países más corruptos del mundo y en el que quien gobierna verdaderamente es la mafia azkenazíe!

Y el tiempo ha ido pasando: las ofensivas ucranianas, anunciadas a bombo y platillo por la prensa y los tertulianos occidentales, no han prosperado. Se diría que eran tan solo excusas para mostrar que Zelensky hacía algo con el dinero y con las armas que se le enviaban. De hecho, lo único que ha conseguido ha sido seguir poniendo más muertos. Los ataques con drones occidentales se han visto respondidos, en represalia, con una destrucción cada vez más sistemática de infraestructuras (la estrategia no es de Putin, ya se ensayó en los bombardeos de la OTAN contra Yugoslavia a finales del siglo XX).

El hecho incuestionable es que la guerra ya está perdida -lo estaba desde el primer día- para Ucrania: hay que cuestionar incluso la “voluntad de lucha por su libertad” del “pueblo ucraniano” que, de momento, ha sido abandonado por 2.000.000 de ciudadanos que han preferido huir a Occidente que servir a su país con las armas…

EL MUNDO SE ESTÁ RECONFIGURANDO CONTINUAMENTE

Se está abriendo un nuevo escenario, resultado de los efectos secundarios del conflicto ucraniano. Contrariamente a lo que preveían sus impulsores (las plutocracias occidentales y, concretamente, estadounidenses), Rusia no es hoy más débil que hace tres años. El mundo se ha partido en dos: “Occidente” (dividido, confuso, en crisis) y el “resto del mundo” (China, India, Rusia, etc.) que, o bien aspiran a la hegemonía comercial mundial (China) o bien quieren seguir su propio camino sin imposiciones, ni conflictos (Rusia, India). El conflicto ucraniano, ha matado la “globalización”: esta es la primera constatación.

Ahora bien, el conflicto ucraniano estalló porque en EEUU el verdadero poder -repetimos, el complejo militar-petrolero-industrial- ha colocado a un verdadero monigote en el poder. Pero cada cuatro años hay elecciones en los EEUU. Y, por lo demás, el ciclo electoral democrático sigue en los países occidentales. Los hitos próximos van a ser: las elecciones europeas de junio de 2024 y las elecciones en los EEUU en noviembre. En ambos casos se puede producir un giro radical en la situación.

- En EEUU el complejo militar-petrolero-industrial no ha encontrado un candidato de reemplazo. Kamala Harris, colocada en la vicepresidencia para sustituir a Biden cuando sus problemas cerebrales ya no pudieran ocultarse más, lo tenía casi todo para ser la candidata ideal del “stablishment”: mujer y de piel oscura… pero carecía de cualquier otro atributo que pudiera despertar empatía en el electorado. Hoy es uno de los políticos más denostados en los EEUU. Habrá que prestar atención al candidato a la vicepresidencia del “ticket” demócrata: solo a un ciego se le oculta que Biden, en caso de salir elegido, no resistiría muchos meses más antes de ser inhabilitado. Pero esta cuestión es improbable: Biden tiene muy pocas posibilidades de salir elegido. La diferencia entre Biden y Trump es tal, que el primero solo podría vencer en el caso de que Trump no pudiera presentarse a las elecciones por alguna artimaña legal (lo que se ha intentado desde el mismo momento en el que dejó la presidencia), porque muriera de muerte natural (las hamburguesas y la comida “típicamente americana” que suele degustar, no son precisamente garantías de larga vida) o bien, porque fuera asesinado (y no sería la primera vez que en los EEUU una acción terrorista contra una personalidad cambia la política de la administración). En caso de victoria de Trump está claro que uno de los primeros objetivos sería cesar toda ayuda a Kiev. ¿La OTAN? “Si Europa quiere defensa ¡que la pague!”. Como empresario, sabe que nadie puede soportar un nivel de endeudamiento como el que tiene actualmente los EEUU y que, si sigue entrando dinero en las arcas públicas, es mejor destinarlo a reconstruir las infraestructuras, sanear la sociedad norteamericana, generar puestos de trabajo y aminorar la carga de la deuda. Todo lo demás -empezando por Ucrania- es secundario. Sabemos pues, muy bien, cuál va a ser la política de la segunda administración Trump: cesar compromisos gravosos en el exterior y orientarse hacia la reconstrucción interior (que buena falta hace, como cualquiera que ha viajado a los EEUU ha podido constatar).

 "Bumbling Biden", las "torpezas de Biden", una de las webs más seguidas en EEUU que denotan a las claras que el deterioro mental de Biden no es solo un recurso electoral trumpista.

- Luego están las elecciones en la Unión Europea. La tendencia más probable es: un debilitamiento de la izquierda, un mantenimiento a la baja de la derecha liberal y un aumento de las distintas candidaturas de derecha nacional (lo que sus adversarios suelen tildar de “extrema-derecha”). Y la UE está en una situación en la que precisa una reforma de arriba abajo: REFORMA O LIQUIDACIÓN. Los últimos quince años -cuya política ha estado dominada por el centro-izquierda- han arrojado fuera de la política internacional a la UE. Europa es hoy un enano político, con pérdida de posiciones en materia económica, provista de una burocracia pesada y asfixiante dominada por el eje franco-alemán, que además ha dejado de regirse por criterios tecnocráticos -como en otro tiempo- y que no es más que la “pata europea” de una globalización que ya ha dejado de existir.


La cuestión en las próximas elecciones europeas, ya no es si se producirá un "giro a la derecha", sino la envergadura de la derrota de la izquierda y el incremento de la "derecha nacional".

Si en EEUU las cosas están claras, en la UE es todo mucho más complejo. Todo dependerá de la envergadura del descalabro de las candidaturas de izquierdas y de los avances de la “derecha nacional” (así como de su capacidad para elaborar estrategias unitarias en el parlamento europeo). Pero, en cualquier caso, parece muy difícil que, a partir de finales de año se sigan manteniendo las constantes de la situación actual: ni Ucrania va a poder resistir mucho más, ni le queda tiempo al complejo militar-petrolero-industrial para completar la campaña de “preparación psicológica” para una nueva guerra generalizada.

Y esto no lleva a la cuestión esencial: ¿existen posibilidades de que estalle un conflicto generalizado?

LAS POSIBILIDADES DE UN CONFLICTO GENERALIZADO

Las declaraciones de Macron al respecto (un presuntuoso que no puede mantener el orden ni siquiera a 500 metros del palacio del Elíseo y que aspira a tener un peso internacional), las de Lloyd Austin, secretario de defensa de EEUU, alertando sobre la próxima “invasión rusa”, la intención de los gobiernos europeos de rearmarse e, incluso, la de la pobre Margarita Robles (uno de los pocos ministros que, dentro del actual gobierno español, puede alardear de tener una carrera propia, de haber, incluso, trabajado en la administración de justicia… pero que carece por completo de conocimientos en materia militar y debe fiarse de informes de la inteligencia española, la cual se fía de los que le llegan de la CIA y del Departamento de Estado) de enviar media docena más de Leopard a Ucrania, todo eso, sumado, no pasa de ser un “fuego de paja”.

En las actuales circunstancias, nadie quiere la guerra. Absolutamente nadie:

- Putin porque conoce los resultados de la última guerra mundial que todavía pesan en el subconsciente colectivo del pueblo ruso (el que pagó más cara su participación: entre 18 y 20.000.000 de muertos).

- El complejo militar-petrolero-industrial de los EEUU porque sabe que el tiempo se le agota, no dispone de tiempo suficiente para que una campaña de operaciones psicológicas acondicione las mentes para una guerra, y, a partir de noviembre, ya nada será como antes.

- Los gobiernos europeos porque saben perfectamente que no están ni siquiera en condiciones de superar conflictos interiores que pudieran suscitar minorías étnicas en el momento en el que fuera imposible seguir subvencionándolas (algo que ocurriría en caso de conflicto y de “economía de guerra”).

¿POR QUÉ PROLIFERAN LAS BRAVATAS BELICISTAS? (RECORDANDO EL COVID)

La pregunta que subyace es: pero si nadie quiere la guerra, ¿a qué viene todo esa retahíla de declaraciones belicistas y esa campaña de operaciones psicológicas para preparar a la población para la guerra? Error: no es una campaña para preparar una guerra, sino para preparar el gran negocio armamentista. Para eso si que hay plazo de aquí a final de año. Y en eso, todas las partes están de acuerdo:

- el complejo militar-petrolero-industrial de EEUU porque su negocio es la fabricación de armas, se usen o no;

-la UE porque revitalizando la industria armamentística generaría nuevos puestos de trabajo y revitalizaría su economía…

La actual campaña de “operaciones psicológicas” desencadenada es muy similar a la que ya vimos con ocasión del COVID:

- primero se genera el miedo, el consabido “moriremos todos”,

- segundo se decretan medidas absolutamente irracionales que se aceptan por el miedo generado previamente y,

- finalmente, viene la salvación en forma de vacuna milagrosa.

Todo esto ¿para qué? ¿Cómo experimento social? Es posible, pero lo que es seguro es que la “campaña del COVID” fue generada desde la OMS por compañías del sector farmacéutico y para multiplicar exponencialmente sus beneficios. A fin de cuentas, lo que se pretendió con aquella “gran mentira” (el virus existía, pero la mayoría de muertes ha sido causada por los malos protocolos para tratar el virus, emitidos por la OMS y difundidos por gobiernos ignorantes, tertulianos crédulos y aceptados por una población aterrorizada, aislada y sometida a presión psicológica en la soledad de su hogar) no era más que una operación económica.

Si aquello fue protagonizado por las multinacionales del sector sanitario, amparados en la “autoridad” de la OMS, la crisis actual tiene como instigadores -lo repetimos de nuevo- al complejo militar-petrolero-industrial de los EEUU que utiliza al Departamento de Estado y al de Defensa como portaestandartes y la OTAN como “cómplice necesario”. No se busca una guerra que, en el estado actual de la carrera armamentística, EEUU no podría vencer -y que, después de noviembre- ni siquiera buscaría Donald Trump y que ningún país europeo desea, lo único que se pretende es dar un impulso al sector armamentístico. Eso es todo y eso es lo que dice la lógica.

NO DEJARSE IMPRESIONAR POR LA VIRULENCIA DE LAS DECLARACIONES

Así pues, es preciso no dejarse impresionar por la gravedad de las informaciones. El riesgo de conflicto es mínimo. Hace dos años y medio, cuando empezó el conflicto ucraniano existían muchas más posibilidades: la administración Biden tenía aún mucho tiempo por delante, incluso la izquierda progresista se encontraba, a nivel mundial, en una situación mucho mejor que en la actualidad (en el ámbito iberoamericano, el Grupo de Puebla dominaba sin discusión el escenario Iberoamericano y el peninsular: hoy es un despojo y las protestas se acumulan en el único país en el que ha logrado prosperar en los dos últimos años, Brasil). Inicialmente se dudaba de la posición que iba a adoptar China e India en relación al conflicto ucraniano: hoy ya no hay duda. No están en el campo “occidental”: su proximidad con el gobierno ruso es indudable y otro tanto ocurre con Irán. No es el mismo escenario y, por tanto, los instigadores de la “operación psicológica pro-bélica” han desencadenado la campaña con un objetivo mucho más realista: poner en marcha las fábricas de armamento. Multiplicar, repetimos, sus dividendos.

Claro está que luego se tratará de ver en qué conflictos puede emplearse ese armamento. Y aquí no parece existir una gran diferencia en torno a la Guerra Fría: en frentes secundarios. África tiene todos los puntos para consumir grandes cantidades de armas convencionales para matarse a gusto. Incluimos también el Magreb. Y aquí es donde entra España:

- Valdría la pena que los españoles no olvidásemos que Marruecos reivindica fragmentos de territorios históricamente españoles, incluidas las Islas Canarias, además de Ceuta, de Melilla y de las Islas Adyacentes.

- Ni olvidemos tampoco que en España la tensión política, los callejones sin salida constitucionales, la ceguera, la psicopatía y la mediocridad de algunos gobernantes está llevando a situaciones paralelas a las que concluyeron en 1936 en el estallido de una guerra civil.

No es hacia Ucrania hacia donde Margarita Robles debería mirar, sino a reforzar el dispositivo militar español de cara a los dos únicos conflictos posibles que pueden aparecer en nuestro horizonte estratégico: una ofensiva del “enemigo del Sur”, Marruecos, o bien un problema político-civil, incluso étnico, que no sean ya capaces de controlar las fuerzas de orden público.


¿Y UCRANIA? LLANTO POR LA DESGRACIA DE UN PAÍS

¿Y Ucrania? Ucrania ya ha perdido la partida. Perdió desde el momento en el que, en lugar de optar por el neutralismo y por las buenas relaciones con Rusia y con la UE, calculó -no “Ucrania”, sino la mafia azkenazíe que gobierna allí- que podía muñir más la vaca occidental que a una Rusia que conoce bien quien es quien en la política ucraniana.

Cada vez va ganando peso la convicción entre la opinión pública occidental de que Zelensky deberá, antes o después, realizar “concesiones territoriales” a Rusia (en realidad, no hace falta: las incorporaciones ya están realizadas y Ucrania solamente tiene que aceptar que los territorios de habla, cultura y tradición rusa que, por azares de la historia -con la reordenación estalinista en primer plano- tenía accidentalmente incorporadas a su territorio, ya no lo están.

La verdadera cuestión que se dirimirá en las conversaciones de paz, será el estatuto de la Ucrania de la postguerra y el destino de Zelensky y de su camarilla (y, en este terreno, la gran duda es quién acabará con Zelensky, si la indiferencia occidental o bien su propio pueblo). ¿Quién reconstruirá Ucrania? ¿Quién pagará la reconstrucción? ¿Qué garantías de neutralidad podrá ofrecer un futuro gobierno ucraniano a Rusia? 

Esas son todas las cuestiones que será cuestión de dirimir en 2025, difíciles pero no destructivas como un conflicto generalizado.








martes, 4 de julio de 2023

EL CONFLICTO UCRANIANO Y LA DERIVA DE LA POLÍTICA INTERNACIONAL (2 de 3) - Origen histórico, actores, horizontes y

1. La Guerra Fría desde las dos partes de la trinchera

El origen del “conflicto ucraniano”, paradójicamente, se sitúa en el final de la Guerra Fría. Durante cuarenta años, entre 1948 y 1988 se nos había explicado que la URSS era un Estado agresivo e imperialista y que los partidos comunistas eran las quintas columnas de su política exterior; que su gobierno era antidemocrático y que, por todo ello, si triunfaban los partidos comunistas o si los blindados del Pacto de Varsovia atravesaban las líneas defensivas de la OTAN, nos esperaba un tiempo de opresión, oscuridad y terror.

Esta perspectiva era aceptada por todas las fuerzas políticas en Occidente -salvo, claro está, por los partidos comunistas- y tenía una parte de verdad. El problema era que, en la otra parte, las cosas se veían exactamente igual: los EEUU y su capitalimperialismo buscan oprimir a las clases sociales y a los países libres, someterlos a sus intereses económicos y a su inmoralidad disfrazada con la máscara de Disneyworld. Por tanto, era preciso defenderse de esta agresión contra los pueblos libres y plantar cara al imperialismo como se hizo en Vietnam, en Cuba, etc. A pesar de que, en Occidente, esta posición no era compartida más que por la izquierda y la extrema-izquierda, lo cierto es que también había algo de verdad en las afirmaciones.

La cuestión era que tanto la URSS como EEUU se sentían amenazados y reaccionaban asestando cuantos zarpazos podían. Cuarenta años después del inicio del conflicto, EEUU resultó vencedor. Desapareció el Pacto de Varsovia y el COMECON, desaparecieron los residuos de la segunda guerra mundial en los países del Este, las bases rusas en Europa del Este, se desmontaron. El peligro había pasado… Sin embargo, EEUU siguió en pie de guerra.

Cuando cae la URSS, EEUU interviene masivamente en un conflicto local -el que había estallado entre Kuwait e Irak- y, operando mediante bombardeos a gran altura, lluvias masivas de misiles e incluso bombardeos navales desde acorazados supervivientes de la Segunda Guerra Mundial; tras obligar a Saddam a retirarse de Kuwait, proclama en boca de George Busch senior, “el nuevo orden mundial”. En otras palabras: mundialismo cultural, globalización económica, dominio del dólar como única moneda de cambio internacional. O se aceptaban las nuevas reglas del juego o quien mostrara reservas sería destruido.

Y, por supuesto, ¿para qué respetar las promesas y las seguridades dadas por Bush a Gorbachov de que la OTAN no crecería hacia el Este? El vencedor siempre tiene la potestad de imponer las reglas a la parte derrotada. No hay generosidad, ni puede haberla. En la película La Casa Rusia (1990), el agente de la CIA encarnado por Roy Scheider, en un momento dado dice: “Cuando tienes al adversario en el suelo, no se trata de darle la mano para que se levante; hay que aprovechar para patearle el estómago”. Esto es, precisamente lo que trataron de hacer los EEUU. Intervinieron en la política interior rusa, promovieron la figura de un personaje nefasto, mediocre, alcoholizado hasta la saciedad, Boris Eltsin, a la presidencia del país. Durante los ocho años que ocupó el cargo, Rusia se hundió hasta el extremo de que apareció una poderosa oligarquía, la economía se hundió, el PIB cayó un 50%, apareció la hiperinflación, el paro masivo, la esperanza de vida retrocedió casi un lustro, se produjeron estallidos de guerra civiles generados artificialmente en la periferia del país.

La situación de Rusia a finales del milenio era parecida a la de la Alemania de 1930 o a los EEUU de 1929-39. Hoy nadie puede dudar que la llegada de Putin a la presidencia -y poco importan las artimañas y las operaciones de “bandera falsa” que se realizaron para auparlo- frenó este proceso de decadencia y supuso un acicate para la tarea de reconstrucción nacional.

2. El dogmatismo geopolítico novecentista
o la obsesión anti-rusa del Pentágono

Mientras, en el Pentágono, los análisis de Zbigniew Brzezinsky seguían siendo “oráculos sagrados”. Su teoría era que la “seguridad” del “tablero mundial” solamente dependía de unos EEUU que estuvieran presentes en el espacio euroasiático y de que Rusia nunca pudiera reconstruir su poder imperial. Así pues, el problema no era el “comunismo”: el problema era Rusia.

En realidad, Brzezinsky no había inventado nada nuevo: se había limitado a trasladar las líneas maestras de la política colonial británica durante más de dos siglos, a la otra orilla del Atlántico. En efecto, desde los años 30, el Imperio Británico en decadencia ya no podía garantizar su hegemonía en Europa continental y precisó “exportar” su tesis central, a saber, impedir que en el espacio europeo existiera una potencia dominante y, sobre todo, impedir entendimientos París-Berlín-Moscú. Y no era una cuestión “ideológica”, no se trataba de si los “comunistas” gobernaban en alguna de estas capitales, sino de que ni franceses, ni alemanes, ni rusos pudieran ser potencias hegemónicas, ni siquiera aliadas, en Europa (lo que hubiera arrojado fuera del espacio europeo al mundo anglosajón).

En 1992 era evidente que una parte de Europa, la Europa del Este, había sido evacuada por las tropas rusas y, al menos momentáneamente, parecía haber superado las consecuencias de la “derrota de Europa” en 1945 (cuando no solo Alemania e Italia fueron derrotadas, sino cuando norteamericanos y soviéticos ocuparon Europa evidenciando su derrota como continente), pero en la Europa del Oeste, las cosas seguían exactamente igual que antes: no solo eso, sino que la OTAN, esa alianza creada para defender a Europa de la amenaza soviética, seguía viva y activa, ampliándose, a pesar de que esa amenaza se había extinguido. Ni Bush ni sus sucesores tuvieron nunca la más mínima intención de disolver la OTAN, ni mucho menos de evacuar las bases militares norteamericanas en Europa Occidental. No solo eso, sino que, mediante pactos económicos, obligaron a los países del Este Europeo que se habían liberado del comunismo a ingresar en la OTAN, como condición sine qua non para sumarse a los beneficios alegremente ofrecidos por la UE.

A lo largo de la década de los 90, EEUU mantuvo un pulso con Alemania y con el Vaticano en el territorio de Yugoslavia. Alemania, en aquel momento, creía que un corredor hacia el Mediterráneo a través de Austria, Eslavonia y Croacia, beneficiaría a su comercio; el Vaticano quería hacer de Croacia lo mismo que había hecho con Polonia: un Estado en el que su influencia fuera determinante. Y, finalmente, los EEUU, siempre guiados por las visiones geopolíticas de Brzezinsky y sus neurosis obsesiones antirusas, quería destruir a los “eslavos del Sur”. Estos tres países hicieron que un problema que hubiera podido solucionarse en la mesa de negociaciones o, incluso, en el marco de la UE, se solventara mediante distintos episodios bélicos en los que el gobierno de Slovodan Milosevic se llevó la peor parte.

Hubo que esperar hasta que Javier Solana, un clásico socialista-oportunista, llegara a la jefatura de la OTAN para que aceptara ser el telefonista de Clinton y transmitiera a las bases aéreas militares las órdenes de bombardear y destruir lo que quedaba de Yugoslavia. Y Solana demostró saber marcar bien los teléfonos. La OTAN había demostrado ser un instrumento del Pentágono y del complejo militar-industrial norteamericano, contra los pueblos europeos. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, europeos habían matado a europeos para mayor gloria del “imperio global norteamericano”.

3. Cuando el “nuevo orden mundial USA"
sigue siendo “nuevo”, pero ya no es USA

Pero las cosas iban a cambiar a partir del año 2000. Los EEUU seguían creyendo que el “nuevo orden mundial” definido tras la guerra de Kuwait sería “el suyo”: mundialismo cultural y globalización económica. No contaban con que había un país que se vería beneficiado por encima de cualquier otro. Era el país al que se habían deslocalizado las plantas de producción: la República Popular China. A partir del año 2000, el despegue económico de China fue hasta tal punto brutal que algunos años superó el crecimiento del PIB con cifras de dos dígitos. Washington seguía obsesionado con Rusia, creía que los chinos serían una potencia económica de segundo orden, irrelevante desde el punto de vista militar. Se equivocaban en ambos factores.

En China se daban cuatro condiciones para convertirse en una superpotencia: vitalidad demográfica, tecnología y territorio. Y, a medida que el mundo iba entrando en la Cuarta Revolución Industrial, estuvo claro que, estos cuatro elementos se iban a combinar para desplazar el eje de la historia, del Atlántico a Asia-Pacífico.

Pero hasta la gran crisis de 2007-2011, los EEUU estaban convencidos de que las inyecciones diarias de yuanes chinos en las bolsas norteamericanas contribuirían, no solo a garantizar el consumo en los EEUU, sino a alejar los riesgos de guerra con China; este país habría entendido cuál sería su papel en la historia mundial del siglo XXI: convertirse en la “gran factoría mundial”. Los EEUU creyeron que los excedentes económicos chinos seguirían invirtiéndose ad infinitum en las bolsas norteamericanas, por lo que el verdadero enemigo, incluso en el nuevo escenario Asia-Pacífico, seguía siendo Rusia. Así pues, era necesario torpedear a cualquier aliado que pudiera tener Moscú en cualquier parte del mundo. El análisis era una muestra de cómo el rigidismo dogmático geopolítico puede llevar a desenfoques en la percepción y, de ahí, a errores en las políticas adoptadas.

La crisis de 2007-2011, hizo reflexionar al gobierno chino: estuvo a punto de perder medio billón de dólares invertidos en los bancos de inversión Fanie Mae y Freddie Mac, que estuvieron a punto de seguir el camino de Leman Brothers. Fue un toque de atención. A partir de ese momento, China dejaría de apostar masivamente por las bolsas norteamericanas, iría reduciendo sus inversiones, diversificándolas y, sobre todo, las reorientó a otros escenarios: Iberoamérica, África… Pero hizo algo más.

La crisis de 2007-2011, recordó a la República Popular China quién era su adversario: el dólar y la economía dolarizada; por eso, desde mediados de la década siguiente se preparó para torpedear la hegemonía mundial del dólar como primera divisa de intercambio mundial. China había entendido que la fortaleza norteamericana derivaba de un dólar sobredimensionado gracias a su papel en la economía mundial. Con un dólar debilitado, el único recurso al que podría aspirar sería el militar para mantener su hegemonía mundial, pero la sociedad norteamericana no toleraría esa vía y se entregaría a cualquier presidente aislacionista en materia internacional.

4. Rusia y China, mismo lado de la trinchera,
pero distintas posiciones

Rusia, por su parte, desde el momento en que su reconstrucción empezó a dar frutos -lo que coincidió con la primera gran crisis de la globalización, 2007-2011- se mantuvo fiel al esquema que había trazado el Estado Soviético en su última etapa, con Gorbachov: la construcción de un mundo multipolar en el que Rusia sería una de las patas y que se apoyaría en otras potencias regionales. Este proyecto, para muchos países, era mucho más atractivo que el “nuevo orden mundial” dictado desde Washington y, mucho más prometedor: tal fue el origen de los “países BRICS” (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) que, unido a la red de alianzas que había tejido Moscú con Irán, suponía un polo de atracción para tres quintas partes de la población mundial.

Hoy, la política exterior de Putin tiene ese objetivo: un mundo multipolar capaz de asegurar la estabilidad y la paz a través de potencias regionales. En este proyecto queda implícito el reforzamiento del papel del Estado -herencia de la época soviética- que una vez despojado de la idea mesiánica marxista, se convertía en un instrumento político que en cada país podía adaptarse según la propia tradición y las propias circunstancias antropológicas, históricas y culturales. No era preciso que el mismo modelo de democracia triunfara en todo el mundo: era preciso que cada modelo de estado fuera lo suficientemente fuerte como para garantizar políticas estables y constantes que evitaran tensiones provocadas por cambios de gobiernos o la aparición de grupos de presión que forzaran al Estado a plegarse a sus intereses. En este sentido, Putin representa hoy el viejo principio mussoliniano: “nada por encima del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”.

Este diseño no es el mismo que el que guía a la República Popular China. Ésta aspira a la hegemonía económica mundial. China ha mantenido la integridad del Estado comunista en toda su dureza y especialmente porque corresponde a las características del pueblo chino que no ha conocido a lo largo de su historia otra fórmula de gobierno más que el mandarinato.

El maoísmo no fue nada más que la actualización de esa fórmula a la realidad china del siglo XX. Hoy, esa fórmula sigue estando vigente en China, pero no aspira a exportarla. Ha entendido -como Julius Evola había anticipado ahora hace casi 100 años- que la tendencia del capitalismo a convertir al productor alienado en consumidor integrado es el destino final de los regímenes liberales y que basta con generar histeria consumista y desenfrenadas y delirantes carreras hacia el consumo masivo, para mantener “contenta” y entretenida a la población. Gracias, además, a las nuevas tecnologías es posible garantizar el control de las poblaciones y facilitar el que el Estado o las grandes corporaciones, utilizando los elementos de análisis del comportamiento facilitados por el big-data, conozcan al consumidor mejor de lo que se conoce a sí mismo, puedan prever sus reacciones y garanticen el orden y la estabilidad social. En otras palabras, la República Popular China engloba e integra, aquí y ahora, lo peor del capitalismo, con lo peor del comunismo y tiende a materializar el imperio del “último hombre”, mejor que cualquier otro sistema político.

5. EEUU: “La vida sigue igual…” (como decía la canción)
en la “sociedad molusco”

Para los EEUU nada ha cambiado. Presos de su dogmatismo geopolítico, no advierten que en el último lustro han cambiado muchos elementos de la ecuación:

- La OTAN se va ampliando en dirección a Moscú, pero las nuevas incorporaciones son interesantes solamente porque permiten instalar bases militares del Pentágono cada vez más avanzadas. En realidad, cada paso que da hacia adelante la OTAN, cada nueva incorporación, suma un elemento de disensión interna: los últimos ingresos de Finlandia (2023), Macedonia del Norte (2020), Montenegro (2017), Albania (2009), no aportan nada desde el punto de vista militar, generan, simplemente, una factura que tendrá que pagar la UE. La permanencia de la mayoría de estos países en la OTAN dependerá de que sean o no admitidos o no en la UE. Ya hemos visto como Turquía, socio fundador de la OTAN en 1949, ha cambiado prácticamente de bando, después de ver decepcionadas sus expectativas de ingreso en la UE. En otras palabras: las ampliaciones facilitan únicamente tránsitos territoriales de tropas, pero apenas refuerzan el potencial de conjunto, más bien introducen posibilidad de posiciones contrapuestas en el interior.

- Por otra parte, el sistema americano de bases avanzadas en las fronteras de Rusia, resulta ilusorio desde el punto de vista militar mucho más que intimidatorio. Recordemos que la preparación del ataque contra Irak en 2003, se prolongó durante casi un año. Disponer, por ejemplo, de una base avanzada en Georgia con 40 marines, más que un punto de observación o de respuesta rápida es tener a 40 futuros rehenes al alcance de la mano del enemigo. Un misil hipersónico puede liquidar esa base de un plumazo. Los EEUU están presos en la lógica colonial heredada del imperio británico que ya se demostró falso en la guerra del Vietnam: una base, por grande que sea, no sirve para nada más que para controlar lo que está dentro del perímetro de esa base, y muy difícilmente lo que está en el exterior, especialmente, si la población es hostil.

- Mientras el complejo militar-petrolero-industrial genera conflictos armados desde los años 40, aumentando su peso en la industria norteamericana, no advierte que, interiormente, su sociedad se está debilitando cada vez más. La fisonomía de los EEUU es hoy similar a la de un molusco provisto de un caparazón aparentemente duro, pero bajo cuyas balvas se encuentra un cuerpo y unos organismos extremadamente blandos y frágiles: la crisis del fentanilo ha demostrado que el imperio de las corporaciones farmacéuticas es intocable; los 400.000 muertos por esta droga hablan por sí mismos. El hecho de que carteles mexicanos hayan cambiado su producción, de cocaína a fentanilo, es igualmente significativo: es una droga destinada a destruir la clase media blanca. Recorrer los EEUU supone advertir que se han quedado atrás en lo que a infraestructuras se refiere. Desde hace décadas aprovecha las construidas entre los años 40 y 70, las remienda, las repara una y mil veces, pero es incapaz de alcanzar los estándares europeos y no digamos chinos. De los últimos presidentes de los EEUU, solamente Donald Trump fue consciente de este problema y obró en consecuencia adoptando una política aislacionista en beneficio de la reconstrucción interior, pero eso implicaba merma en los beneficios del complejo militar-petrolero-industrial.

- Los aliados europeos de los EEUU se encuentran al límite de su capacidad. Cuatro décadas de inmigración masiva han alterado completamente las sociedades de Europa Occidental, el eje franco-alemán, motor de la UE, está agotado. Las muestras de este agotamiento es la incapacidad de ambos países por integrar a millones de inmigrantes, los problemas generados por esos contingentes inintegrables y subsidiados gracias al trabajo de la clase media autóctona. Las sacudidas que sufre periódicamente Francia o el hecho de que, en el momento de escribir estas líneas, Acción por Alemania figure en las encuestas como el “segundo partido en intención de voto”, el rechazo cada vez más generalizado a la Agenda 2030 y especialmente a la “soga verde” que asfixia a la economía europea con sus monsergas de “transición energética”, “energías renovables”, etc, el hecho de que los gobiernos europeos sean los únicos que se han tomado en serio los 17 puntos contenidos en el proyecto de ingeniería social de la ONU o el que cualquier “refugiado” (o presunto tal) procedente de un conflicto en las antípodas aspire simplemente a establecerse en Europa, la negativa a cortar radicalmente el flujo de inmigrantes, permite pensar que hoy, ya, las sociedades de Europa Occidental carecen de vitalidad y de cohesión interior incluso para garantizar su propia supervivencia y que, en apenas una generación, los contingentes llegados en tres generaciones de inmigrantes, harán imposible la existencia de sociedades europeas occidentales e impondrán su ley en determinadas zonas, exigiendo seguir recibiendo subsidios y completándolos con periódicos saqueos con cualquier excusa: ayer la final de la Champion’s, hoy la muerte de un pequeño delincuente, mañana las Olimpiadas de París, poco importa. Los “aliados europeos” de la OTAN no están mucho mejor que los propios EEUU: sociedades “molusco”, duras por fuera, blandas por dentro.

En estas circunstancias, provocar guerras o conflictos resulta suicida. Es más, cualquier pequeña alteración en la normalidad puede generar el hundimiento de esas sociedades, tanto en EEUU como en Europa Occidental. Pero la ceguera del complejo militar-petrolero-industrial norteamericano y la falta de talla de la clase política europea es tal, que el camino está marcado: era evidente que tratar de adelantar las líneas de la OTAN hasta las puertas de Moscú era una provocación en toda regla que no estaba motivada por ningún gesto hostil de Rusia… ¡pero era una necesidad del complejo militar-industrial! ¡sin guerras no hay beneficios! Y la ominosa retirada de Afganistán y el final contundente de la guerra civil siria generó un vacío en la tesorería de estos consorcios. Era preciso generar nuevos focos de tensión.

6. Y así llegamos al “conflicto ucraniano”...

Y ahí estaba un individuo sin experiencia política, sin partido digno de tal nombre, sin ideas, sin objetivos, al frente de Ucrania, un “Estado fallido” en el que los oligarcas hacen y deshacen a su antojo y que hoy ocupa el puesto número 116 en el ranking mundial de la corrupción (sobre 180, España ocupa el puesto 35, así que puede compararse), un Estado endeudado, que mantenía una guerra de baja cota contra las repúblicas del Dombas, haciendo gala de un nacionalismo propio del primer tercio del siglo XX y de reivindicaciones territoriales desmesuradas hacia el sudeste e, incluso, hacia Polonia, que tras veinte años de inestabilidad, había votado a un actor, Volodimir Zelensky, consciente de que o se lo comían los oligarcas gracias a los cuales había llegado al poder, o se lo comían sus propios votantes si la situación económica no remontaba, o se lo comían la población rusófona mayoritaria en la mitad Este del país… Zelensky solamente tenía una posibilidad de salir adelante: contar con los fondos de la UE, pero, para ello, debía de ingresar en la OTAN. Y Zelensky realizó ese movimiento peligroso que, en la práctica, suponía colocar misiles a 15 minutos de Moscú.

Es más que probable que los servicios de inteligencia occidentales le garantizaran que Rusia no estaba preparada para la guerra (en 1939, los servicios de inteligencia ingleses garantizaron a Polonia que el Tercer Reich no estaba preparado para la guerra, sino que tenía paridad de fuerzas, en apenas quince días, la caballería polaca llegaría a Berlín… La historia nuevamente se ha repetido y un nacionalista poco avezado en temática militar, en historia, incluso en cultura general y no digamos en operaciones de intoxicación, fiándose de informaciones falsas, ha dado el paso al frente). Zelensky pone los muertos; el complejo militar-industrial norteamericano pone las balas; la UE paga la factura.

Desde el principio hemos dicho que, en este conflicto, como en la Segunda Guerra Mundial, el responsable del desencadenamiento de las hostilidades no es el que dispara primero, sino el que crea las condiciones para que la única salida al conflicto no sea la mesa de negociaciones, sino la guerra. En este caso, el complejo militar-industrial norteamericano, verdadero poder en EEUU sobre un presidente aquejado visiblemente de demencia senil, es el culpable último, no solo del desencadenamiento del conflicto, sino de todo lo que ocurre durante el tiempo que se prolongue.

7. La naturaleza y los límites del conflicto

Desde el principio del conflicto hemos sostenido que se trata:

- de una guerra limitada para preservar la integridad y la identidad de las poblaciones rusófonas del Sureste de Ucrania y a las repúblicas formadas que se han integrado en la Federación Rusa.

- de una guerra defensiva, destinada a advertir a la OTAN: “hasta aquí hemos llegado, pero no más allá” y “las ampliaciones de la OTAN en 2004 (Bulgaria, países bálticos, Eslovaquia, Eslovenia), en 1999 (Polonia, Hungría, Chequia), en 2009 (Albania y Croacia), en 2017 (Montenegro), en 2020 (Macedonia del Sur), han terminado”. La OTAN ha ido sistemáticamente desestabilizando Ucrania generando “revolución verde”, “euromaidán”, golpe de Estado, destituciones de gobernantes elegidos, etc. Esta época ha terminado.

- se trata de una guerra de posiciones, no de movimientos. Esto implica que una vez alcanzados los objetivos de las operaciones limitadas al control de las regiones sobre las que se ha desencadenado las operaciones (el Dombas y el corredor que une a Rusia con Crimea a través de la costa del Mar Negro), el frente se estabilizaba, se creaban fuertes barreras defensivas y así hasta llegar a la mesa de negociaciones.

- habrá, por supuesto, negociaciones. Rusia ya ha alcanzado los objetivos que pretendía. La eficacia de la barrera defensiva se ha evidenciado con el fracaso de la “contraofensiva ucraniana”. Ahora queda esperar a las próximas elecciones norteamericanas y al paso del tiempo para que los países de la UE vayan atemperando su actitud (Francia en primer lugar, ya está revisando su posicionamiento internacional, insinuando Macron que podía pedir su “adhesión” a los “países BRICS”), antes de que Zelensky acceda a lo inevitable: reconocer mermas territoriales, neutralismo, y su alejamiento del poder, a cambio de participación rusa en la reconstrucción de las infraestructuras.

8. El tiempo no juega a favor de “Occidente”

Estos datos parecen difícilmente controvertibles. Ahora bien, podemos especular añadiendo un elemento adicional: el tiempo juega en contra de “Occidente” (EEUU+UE). Los EEUU se encuentran cada vez más debilitados. China les come cada vez más terreno. Están sufriendo, además, un conflicto entre dos formas de capitalismo: el de las corporaciones clásicas y el sistema bancario tradicional, con las big-tech, esto es, entre las empresas surgidas de las anteriores revoluciones industriales (el “dinero viejo”) y las surgidas de la cuarta revolución industrial (el “dinero nuevo”).

Los EEUU están sufriendo la crisis social más grave de su historia y poco importa que los negocios de las big-tech o del complejo militar-industrial vayan viento en popa: la realidad es que la vida se está haciendo cada vez más difícil para el ciudadano de a pie, la tercermundización de su sociedad es visible incluso en zonas que hasta ayer eran privilegiadas (San Francisco, meca del mundo LGTBIQ+, hoy convertido en sumidero social), la desdolarización de la economía mundial hará el resto. Y los EEUU ya no están en condiciones de intervenir militarmente contra China como cuando hicieron otro tanto después de que Saddam Hussein aceptara euros para pagar el petróleo que vendía.

En cuanto a los “aliados europeos” la situación no es mucho mejor. Ningún país europeo, ninguna sociedad europea, está dispuesta a “morir” ni por Kiev, ni por Washington, y si hasta ahora no han existido movimientos de protesta por la actitud seguidista en relación a los EEUU de los gobiernos europeos en el conflicto ucraniano, no hay garantías de que, de un día para otro, en caso de que el conflicto fuera a más, estalle un fuerte movimiento popular que garantice que aquel dirigente que elija “OTAN” inmediatamente perderá las elecciones siguientes.

Por otra parte, países como Francia están viviendo los chispazos de una guerra civil étnico-social, susceptible de extenderse desde Bélgica hasta los países mediterráneos. Y, en cuanto a Alemania, es inevitable que, antes o después, reaparezca la línea política de “marcha hacia el Este”, que traducido al siglo XX, equivaldría a una mayor cooperación con Rusia (línea que se cortó con la firma del Tratado de Maastrich).

La UE, como institución, se ha convertido en un monstruo burocrático, abandonando incluso la línea originaria de carácter tecnocrático y planificador que, al menos, tenía un sentido y una finalidad. Hoy, la UE no es nada más que un conjunto de instituciones y una pesada burocracia, lenta, paquidérmica, que, tras aspirar a ser la “pata europea” de la economía mundial globalizada, si ha visto sorprendida por el conflicto ucraniano. Porque esta es la gran novedad aportada por el conflicto: la globalización ha muerto.

9. “Ríe caminante, aquí yace la globalización”

Una vez iniciado el conflicto, el complejo militar-petrolero-industrial USA, obligó a los Estados de la OTAN a adoptar sanciones económicas contra Rusia que, en la práctica han tenido como único resultado el encarecimiento de los suministros de gas y petróleo. Al imponer estas sanciones, el complejo militar-petrolero-industrial veló solamente por sus propios intereses: se trataba de mostrar “unidad” frente a Rusia. El problema era que esa “unidad” era menor a la que mostraban los países BRICS o las simpatías que suscitaba la causa rusa en el mundo árabe, en Iberoamérica o en África. Y, cuando las empresas occidentales empezaron a retirarse de Rusia, so pena de sanciones, cuando la información procedente de Rusia era sistemáticamente censurada y se impedía la difusión de cualquier noticia procedente de canales rusos, cuando se impusieron las reducciones de compras energéticas a Rusia, éste país, simplemente, vendió sus excedentes, sin el más mínimo problema, a terceros países. Y lo que era peor, impuso recortes equivalentes y simétricos a los que era objeto. El resultado fue que, en apenas unos meses, el “mundo globalizado” dejó de serlo.

Ya no hay “una” globalización, hay “dos” caminos: el de “Occidente” (EEUU+UE) y el de los BRICS (que cuentan con la amistad creciente de Iberoamérica, Asia y África). El “nuevo orden mundial” definido por George Bush tras la guerra de Kuwait, ha terminado. Los EEUU no van a ser protagonistas de este nuevo ciclo histórico, sino China. Cada día que pasa, “Occidente” se va debilitando (internamente en cada país y en su papel en el mundo), mientras que China ofrece, fuera del marco del FMI y del Banco Mundial, créditos a devolver en yuanes, sin exigir más garantías que la apertura de puertas a su comercio y a su tecnología.

Es posible que EEUU, ante esta pérdida de poder, opte por desencadenar más conflictos localizados, más situaciones de tensión, incluso intente generalizar el conflicto ucraniano, ampliándolo. Será un mal cálculo. Nadie, ni siquiera en los EEUU aceptaría morir para mayor gloria de la cuenta de resultados del complejo militar-industrial. Y mucho menos en Europa.

10. Final: el marco teórico en el que nos situamos

Este es el esquema sobre el que se desarrolla el conflicto ucraniano. No se trata de establecer “quien tiene razón” o “quién es responsable” del conflicto (algo que, para nosotros, por lo demás, resulta, extremadamente claro). Se trata de situarlo en la historia de nuestro tiempo e insertarlo dentro del marco teórico histórico dentro del cual nos movemos. Un “progresista”, por supuesto, daría una interpretación completamente diversa, pero que para un “tradicionalista”, cada día que pasa, se confirma más en la legitimidad de su planteamiento: nos aproximamos al final de un ciclo histórico.

Estamos viviendo una Cuarta Revolución Industrial que tardará todavía entre 10 y 25 años en mostrar toda su potencialidad. Podemos aceptar que el protagonista de este momento histórico es el “último hombre” del que hablara Nietzsche, aquel que ya no tiene nada en lo que creer, nada que esperar, nada que construir, ni cada que hacer salvo consumir o soñar con consumir, habitar en mundos virtuales ante su incapacidad para reformar mundos reales. No habrá una “quinta” revolución industrial, como máximo, una profundización de la Cuarta. Más allá, ya resulta imposible establecer un horizonte.

La revolución a la que estamos asistiendo es sobre todo antropológica. Cualquier forma de identidad (nacional, cultural, sexual) puede ser cuestionada, incluso la biológica. Se tiende a la fusión hombre-máquina. Todo valor absoluto debe ser desterrado (salvo la creencia en el progreso ilimitado). La “bidimensionalización” del ser humano le ha convertido en consumidor integrado y su único problema es cómo adquirir fondos suficientes para alcanzar un nivel de consumo ideal. No existe, salvo como consumidor. Está amputado de su dimensión en profundidad, su “tercera dimensión”, aquella en la que su vida tendría un sentido y de la que se han alimentado la humanidad desde la noche de los tiempos. El consumismo compulsivo es la manifestación última de la materialización de las concepciones humanas y del reduccionismo de considerar al ser humano solamente como materia susceptible de ser satisfecha en sus necesidades animales. Es una idea propia de períodos de decadencia: cuando el hedonismo sustituye a cualquier otra aspiración.

Por tanto, el conflicto ucraniano hay que insertarlo como una parte, una simple escena, del fin de un ciclo histórico. En sí misma significativa porque supone la repetición de esquemas que ya hemos vivido anteriormente. No puede valorarse como algo aislado del contexto de crisis de civilización, sino que debe ser visto como una parte importante de esa misma crisis.

Como hemos visto, de entre las distintas posiciones que manifiestan hoy las partes implicadas, resulta muy difícil solidarizarse con Zelensky, el hombre de Washington en Kiev, el que aspira a que la UE reconstruya, subvencione y amamante al país y especialmente a sus oligarcas judíos; resulta muy difícil asumir el relato elaborado por Washington de un ataque contra Ucrania practicado por un ser malvado y despiadado, un psicópata enloquecido, Vladimir Putin. De la misma forma que resulta inasumible la primera versión dada por Putin, un ataque justificado para expulsar a los “nazis ucranianos del poder”.

Ahora bien, parece muy claro que si se trata de establecer qué parte está en el camino más correcto, habrá que reconocer que la tarea de Putin, más de veinte años trabajando para la reconstrucción del Estado ruso, que ha sacado a su país del hoyo más profundo al que un líder borracho, impuesto por los EEUU, hundió a su país, que no aspira a la hegemonía mundial, sino a un mundo multipolar, representa una opción mucho más saludable que unos EEUU que creen que nada ha cambiado desde la guerra de Kuwait, o de una República Popular China interesada solo en extender el modelo ultraconsumista a todo el mundo, basado en el control tecnoburocrático de su propia población y en la exportación de esos sistemas.

Queda por examinar la última trinchera de los partidarios de un alineamiento pro-ucraniano. Aquellos que alegan que los “camaradas ucranianos” están en la línea correcta y que defienden la memoria de los que murieron por la libertad de Europa entre 1939 y 1945. Veamos, brevemente, este apartado.