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lunes, 3 de marzo de 2025

La nueva geopolítica mundial: la historia está discurriendo ante nuestros ojos. (I)

En 1989, los publicistas sentenciaron el final de la Guerra Fría. Y, para desmentirlo, en lugar de proceder al desguace de la OTAN -desguace obligado al carecer de enemigo, dada la quiebra del sistema de alianzas de la URSS- no solamente se reforzó, sino que inició una inexorable “marcha hacia el Este”, incumpliendo la promesa dada por George Bush a Mijail Gorbachov en Malta en diciembre de 1989. Rusia tenía en aquel momento graves problemas que se agravaron aún más en el período 1991-1999, cuando el país cayó en manos de un alcohólico, Boris Eltsin. Pero, a partir de 2000, se inició el enderezamiento de Rusia que en 2013 ya estaba en condiciones de detener la “marcha hacia el Este” de la OTAN. Luego vino el conflicto ucraniano, los 16 paquetes de sanciones contra Rusia y, finalmente, el cambio de política internacional que se produjo con la segunda llegada de Trump al poder. Ahora, el cambio histórico es radical y los únicos que no se han dado cuenta son aquellos países que creen que se les paró el reloj antes de 1939 y creen que todavía pesan en el concierto mundial: Francia y el Reino Unido. Vale la pena revisar los cambios geopolíticos que se están produciendo en estos momentos y que marcarán el resto del siglo.

1945: LAS ÚLTIMAS HORAS DE EUROPA

Adriano Romualdi, escribió un libro con ese título: aludía a las horas que precedieron a la capitulación alemana tras la caída de Berlín en manos del ejército rojo. Romualdi sostenía -con razón- que el desenlace de la Segunda Guerra Mundial -querida por la santa alianza entre el capitalismo americano, las finanzas judeo-anglosajonas y el “partido de la guerra” encabezado por el tándem Roosevelt-Churchill, no lo olvidemos- había sido la “derrota de Europa”. A partir de ese momento, la URSS y los EEUU, convertidos en superpotencias enfrentadas dominaban en Europa despedazada.

Los gobernantes ingleses y franceses, se negaron a creer que sus respectivos países figuraban en el bando de los derrotados y que la victoria hacia sido soviético-norteamericana, mientras que Europa figuraba como el continente arrasado. Además, tenían un asiendo en el Consejo de Seguridad de la recién creada ONU y, por tanto, figuraban entre los rectores del nuevo orden mundial surgido de Yalta en 1945. No era así: de hecho, era todo lo contrario. Ni ingleses ni franceses podían retener en 1939 a sus colonias que ya hacían gala de movimientos independentistas muy desarrollados. Oswald Spengler tenia razón cuando, en Años Decisivos, comentó que la utilización de fuerzas coloniales por parte de ambos países en la Primera Guerra Mundial demostró a los indígenas que los “blancos” no eran invulnerables y, de la misma forma, que habían luchado contra los Imperios Centrales, podrían luchas contra los colonialistas ingleses y franceses. No se equivocó. Aunque no hubiera existido la ONU, ni su “comité de descolonización”, era más que evidente que los imperios coloniales estaban en franca desintegración que se aceleró con el resultado de la Segunda Guerra Mundial.

EL PROYECTO DE LA COMUNIDAD EUROPEA DE DEFENSA

En efecto, diez años después de finalizado el conflicto, Francia e Inglaterra habían perdido lo esencial de su Imperio. La intervención anglo-francesa en Suez en 1956, fue cortada en seco por los EEUU: Europa ya nunca volvería a intentar actuar por su cuenta en política internacional. Los europeos, todavía no habían extraído conclusiones del proyecto frustrado de la Comunidad Europea de Defensa (CED) vinculado a los seis países que habían suscrito el pacto de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), primer paso en la larga construcción de lo que es hoy la UE.

Francia en aquel momento, se encontraba embarcada en la guerra de Indochina (1946-1954) oliendo la derrota de Diem-Bien-Phu, tras la negativa del presidente Eisenhower de apoyar a Francia con bombarderos B-29 Superfortress. En agosto de 1954, el proyecto de la CED se desmoronó cuando la Asamblea Francesa se negó a apoyar el Tratado constitutivo que debía ir en paralelo a la creación de la CECA y a los intentos de unificación europea. El concepto del CED implicaba el “rearme alemán”, a lo que el gobierno francés se negó.

Y sin embargo, el proyecto de la CED era extraordinariamente coherente con la idea de “unificación europea”: previa que un ejército europeo sustituiría así a los ejércitos nacionales y los "soldados nacionales" existirían sólo bajo el mando de un Ministro de Defensa europeo. Esto hubiera debido de satisfacer al nacionalismo francés: Alemania no habría sido rearmada directamente, sino que se le habrían suministrado armas que sólo se utilizarían bajo supervisión europea… Fue lo más cerca que se estuvo de crear un ejército europeo unificado.

Sólo después de Suez, Francia y el Reino Unido entendieron que, a pesar de la “grandeur” y de la filosofía de la “Commonwealth of Nations”, a pesar de sus asientos en el Consejo de Seguridad de la ONU, eran, en la escena internacional, irrelevantes. Aquella era la hora del duopolio USA-URSS…

UE: PACIFISMO, ANTIMILITARISMO, DEBILIDAD

En 1968, cuando todo esto empezaba a ser historia, se produjo el boom del antimilitarismo y el pacifismo: nadie quería la guerra y, de hecho, ni siquiera quería defenderse. Los ejércitos, por lo demás, tras la guerra de Argelia, se habían convertido en dóciles cuerpos funcionariales sometidos a las constituciones nacionales que los excluían de cualquier decisión política. El resultado fue que, cuando cayó el Muro de Berlín, Europa respiró: ya no serían necesarios ni grandes presupuestos de defensa, ni grandes inversiones armamentísticas, ni siquiera ministros de defensa que conocieran el sector…

Todos esperábamos que, al haberse quedado sin “enemigo” (con el hundimiento de la URSS), la OTAN entraría en letargo. Pero ocurrió todo lo contrario.

La unificación de Alemania, la desintegración y el cambio de sistema de la URSS, la desaparición del Pacto de Varsovia y del COMECON y la fragmentación de Yugoslavia, fueron los grandes acontecimientos históricos de finales de los 80 y principios de los 90, y fue en ese contexto cuando EEUU, literalmente, engañó a Gorbachov con la promesa incumplida de que aceptara la unificación alemana a cambio de que la OTAN no avanzaría “ni una pulgada” hacia el Este.

Luego, la guerra de Kuwait y su rápido desenlace hizo que el presidente George Bush proclamara el “nuevo orden mundial” en el que EEUU era la “única potencia hegemónica”. Nadie se le opuso: China estaba concentrada en su despertar, Rusia tenía suficientes problemas internos y Europa pasaba las horas muertas discutiendo unos reglamentos inextricables y creando una burocracia que fue sustituyendo, poco a poco, a la “tecnocracia” inicial. Creada en virtud del Tratado de Maastricht, el 1 de noviembre de 1993, la UE no es, en la práctica, ni un “Supraestado federal”, ni una “Unión”, ni siquiera una alianza: es una “unión de facto” de 27 miembros que han renunciado a tener una constitución y unas reglas sencillas de convivencia para mayor gloria de su burocracia parasitaria. Desde el comienzo de su andadura, la UE, se configuró como “la pata europea de la globalización”. En un mundo sin la URSS, la UE no atribuyó ningún papel especial a la defensa que siguió encomendada a la OTAN, esto es, al Pentágono.

LA MADRE DE TODOS LOS CONFLICTOS: UNA GEOPOLÍTICA ERRÓNEA

Y entonces se desencadenó el problema: los estrategas de la OTAN [norteamericanos] seguían obsesionados por la geopolítica clásica y consideraban que el “gran enemigo” de “Occidente” era la URSS, devenida Rusia. Y, contra toda lógica, contra todo respecto a los acuerdos firmados, contra toda evidencia, concluyeron que “Rusia es culpable” y, por tanto, había que ampliar la “defensa occidental”, incorporando a más y más miembros (a pesar de que algunos de ellos, disponían de ejércitos testimoniales y en otros, la integración fue tan rápida que ni siquiera se dio la oportunidad a sus ciudadanos de opinar).

La OTAN es una “alianza” en la que todos sus miembros son responsables solidarios de las iniciativas tomadas por solo uno de ellos: el Pentágono, esto es, el complejo militar-industrial norteamericano. Hipotecar la defensa europea a un grupo extraeuropeo representante del “dinero viejo”, supone dejar en manos de otros el propio destino y renunciar a una política exterior tendente a defender los intereses del viejo continente. Pues bien, esto es lo que han hecho los gobiernos europeos de derechas o de izquierdas desde los años 90…

Los Brzezinsky, los Kissinger, los geopolíticos “clásicos” no supieron ver que la Rusia postcomunista no aspiraba a la “expansión” (tiene territorios suficientes en Siberia), sino solamente a su SEGURIDAD. Las administraciones norteamericanas no entendieron que las humillaciones que sufrió Rusia durante la perestroika y el gobierno de Eltsin, marcaron a fuego a las siguientes generaciones que si extrajeron consecuencias prácticas encarnadas en la figura de Vladimir Putin. No advirtieron en 2013, cuando organizaron el “euromaidan” (la “revolución naranja”) que no estaban ante una Rusia gobernada por un alcohólico, sino por un país que se había reconstruido y no iba a tolerar más ofensas.

ZELENSKY, SU CAMARILLA JUDÍA Y GEORGE SOROS

Un año después del “euromaidan” (un verdadero golpe de Estado organizado por la CIA y por las fundaciones de Soros) las repúblicas del Donetsk y Lugansk se separaban de Ucrania y solicitaban su ingreso en la Federación Rusa, mientras que Crimea se constituyó en República, convocó un referéndum el 16 de marzo de 2014, en donde un 85% de la población aprobó su adhesión a la Federación Rusa. A partir de ese momento, el gobierno ucraniano, envió grupos armados irregulares a estas repúblicas, hostigando a la población civil pro-rusa y causando entre 14.000 y 20.000 víctimas.

Los intentos de integración de Ucrania en la OTAN son viejos: en septiembre de 1992, abrió Embajada en Bruselas, desde donde prosiguieron los contactos entre Ucrania y la OTAN. El 29 de diciembre de 2014, Petró Poroshenko, el entonces presidente ucraniano, prometió celebrar un referéndum sobre el ingreso en la OTAN. Entonces llegó Volodimir Zelensky.

Zelenski fue elegido presidente de Ucrania el 21 de abril de 2019. Uno de sus primeros actos de gobierno fue solicitar la incorporación de su país a la OTAN y a la UE… Zelensky, recién llegado a la política es de origen judío y había sido aupado por Igor Kolomoisky, oligarca igualmente judío. Sin ánimo de avivar la idea de una “conspiración judía”, lo cierto es que un tercer judío, George Soros, entra, desde el principio en esta historia dramática: fue uno de los primeros partidarios del cambio político en Ucrania tras su independencia de la Unión Soviética en 1991. Soros, a través de su Open Society Foundation, y canalizó millones de dólares para promover el “euromaidan” y trabajó con la CIA, la National Endowment for Democracy y la USAID–, para crear grupos antirrusos. Soros y el Departamento de Estado de Estados Unidos, junto con el entonces vicepresidente Joe Biden, fueron fundamentales para instaurar en el poder a Zelensky.

Se ha dicho que tanto Kolomoisky como Soros han financiado las actividades paramilitares de la extrema-derecha neo-nazi en Ucrania. ¿Judíos apoyando  neo-nazis? La propaganda de Putin ha insistido mucho en que el régimen ucraniano está apoyado por los neo-nazis locales… La cosa se entiende mucho mejor si se tiene en cuenta que el Batallón Azov ha sido enviado siempre a puestos de primera línea en donde se han ido desgastando y sufriendo ingentes bajas… ¿Podía esperarse otra cosa que judíos enviando a neo-nazis a morir? En cualquier caso, la colusión entre Soros y Zelensky es tan extrema que, incluso en Instagram se ha bromeado -jugando con los parecidos físicos- en que el segundo es hijo del primero o, incluso, un clon.

LOS OBJETIVOS ESTRATÉGICOS RUSOS EN EL CONFLICTO UCRANIANO

El problema en marzo de 2025 es grave: tras casi cuarenta meses de combate y de que los medios occidentales (gracias a los subsidios de la USAIDS) anunciaran una retahíla de victorias y ofensivas continuas ucranianas, el panorama militar es absolutamente desolador para Zelensky: desde los primeros meses de combates, los rusos demostraron que, para ellos, se trataba de una guerra con unos objetivos estratégicos muy claros:

- Sellar la incorporación del Este ucraniano a la Madre Rusia.

- Impedir la adhesión de Ucrania a la OTAN y a la UE.

- Establecer la neutralidad de Ucrania (similar a la austríaca durante la Guerra Fría).

- Defender los derechos de las minorías rusas en el Oeste ucraniano.

- Borrar a Zelensky y a su camarilla de oligarcas judíos del poder.

Pues bien, los primeros objetivos están prácticamente cubiertos, mientras que el resto (neutralidad, minorías rusas, liquidación de la oligarquía) quedarán resueltos en las “negociaciones de paz”. ¿Entre quién? Ente los EEUU y Rusia, por supuesto.

Y esto nos lleva al gran cambio geopolítico que se está produciendo ante nuestra mirada y de la que ni los servicios de inteligencia europeos, ni los ministerios de exteriores, ni “mister PESC” de la UE, están advirtiendo. Esta parte del análisis nos confirmará en el hecho de que, para los antiguos Estados colonialistas, Francia y el Reino Unido, el tiempo no ha pasado y el choque con la realidad que se inició con el final de la Primer Guerra Mundial y terminó con la derrota de Suez y con la descolonización, todavía no se ha producido. Macron y Starmer creen que abrazando a Zelensky (el gran perdedor que mendiga el abrazo mientras pone el cazo…) y sentándose en el Consejo de Seguridad de la ONU, siguen siendo “grandes potencias”. No lo son, ni lo volverán a ser. La nueva geopolítica les ha rematado. Es el precio de haber pasado algo más de un siglo viviendo de fantasías, recuerdos del pasado e imperios coloniales en estado gaseoso…

 










 

domingo, 29 de marzo de 2020

LA GUERRA FRIA Y SU GUION (4ª parte) -> LA SEGUNDA FASE DE LA GUERRA FRIA (1962-1973)


De todas formas, en esta primera fase de la Guerra Fría, la tensión no tuvo un perfil lineal. Se sucedieron momentos de gran tensión seguidos de una fase de distensión inaugurada con el fallecimiento de Stalin en 1953. Su sucesor, Nikita Sergievich Kruschev, había sido uno de los más enérgicos defensores de Stalingrado durante la Segunda Guerra Mundial. Había conocido de cerca los destrozos que puede causar un conflicto y no estaba dispuesto a pasar otra vez por ese trance y, mucho menos, si pendía sobre el globo la amenaza de destrucción nuclear. Su mandato corresponde a una situación de relajación de la tensión interior en el seno de una URSS sobrecalentada por las purgas de Stalin que se prolongaron durante veinte años, y por la tensión con los EEUU. El 25 de febrero de 1956, Kruschev había pronunciado el famoso “discurso secreto” en el curso del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética.

A partir de ese momento, Kruschev intentó mejorar sus relaciones con los EEUU, en especial a causa de los problemas surgidos en Europa y mucho más concretamente en Alemania (enclave occidental en Berlín). Desde el punto de vista armamentístico, siguió aumentando el potencial atómico soviético, pero impuso una moratoria en el programa naval y en 1960 propuso a los EEUU la reducción de un tercio de los ejércitos mutuos. Otra muestra de los “nuevos tiempos” y de la “distensión” de este período fueron los viajes recíprocos realizados por Richard Nixon, vicepresidente de los EEUU con Eisenhower, correspondido por una visita de trece días de Kruschev a los EEUU.


Desde entonces, da la sensación de que la mayor agresividad ya no está en el lado soviético sino en el norteamericano. La primera prueba de ello fue el derribo del avión U–2 pilotado por Gary Powers, sobre territorio soviético que indicaba el reinicio de los vuelos de espionaje. En su segundo viaje a EEUU en 1960, se produjo el famoso incidente del zapato en la sede de la ONU como respuesta a una invectiva del delegado filipino, acusando a la URSS de doble moral en la descolonización.

El hecho de que la URSS hubiera descendido el listón armamentista y el presupuesto de defensa, permitió derivar ingentes cantidades de fondos a la conquista del espacio. En 1961, la URSS se atribuyó un gran éxito al colocar en órbita al primer ser humano, el astronauta Yuri Gagarin. Por entonces ya se había hecho cargo de la presidencia la nueva administración norteamericana dirigida por John Fitzgerald Kennedy con el que la URSS creía que era posible un mejor nivel de entendimiento. De hecho, fue todo lo contrario. Cuando todavía no se había disipado el éxito de la URSS en el espacio, se conoció la derrota norteamericana en Bahía de Cochinos en la que los mercenarios cubanos de la CIA fueron derrotados a poco de desembarcar en la isla, hecho que precipitó de una vez y para siempre a Cuba en la órbita soviética.

A partir de ese momento, ninguno de los dos bandos, por buenas que fueran las intenciones de unos o de otros, o incluso de ambos, podían realizar más concesiones. La situación internacional se fue volviendo cada vez más rígida. Berlín seguía estando en el ojo del huracán, más como símbolo que como problema real. Pero era rigurosamente cierto que los berlineses orientales abandonaban su sector masivamente en dirección a los barrios occidentales El 13 de agosto de 1961, se inició la construcción del Muro de Berlín que supuso un fracaso propagandístico para la URSS, para los partidos comunistas y, en especial, para el propio Kruschev que salió tocado de la experiencia y animó a la oposición interior a preparar el relevo.

La colocación de mísiles nucleares en Turquía hizo que la URSS trata de estabilizar la balanza, colocando su equivalente a dos pasos de Florida. Así empezó la “crisis de los misiles” que situó durante dos semanas, una vez más, a la humanidad ante el riesgo del holocausto nuclear. En los últimos discursos pronunciados por JFK antes de su asesinato se percibe un intento de recomponer las relaciones normales con la URSS. Los planes para cumbres sucesivas hasta lograr el desarme se frustraron por su asesinato de JFK en Dallas en noviembre de 1963.


2ª FASE DE LA GUERRA FRÍA: LA DISTENSIÓN. 1962–1973

Los años 60 fueron como un período particularmente próspero en Europa: los efectos y las destrucciones de la Segunda Guerra Mundial se han superado completamente, la desmoralización por la pérdida de influencia de Francia e Inglaterra en el mundo, se compensó mediante unos niveles de vida desconocidos hasta entonces. El Plan Marshall estuvo en la base del “milagro económico” de aquellos años. Incluso en España, había empezado el “desarrollismo” y los años de crecimiento económico que proseguirán en toda la década. Mientras, la Europa del Este y la URSS parecen estancadas económicamente. El régimen comunista generó pesadas maquinarias burocráticas. Además, el esfuerzo armamentístico impuesto por los EEUU hizo mella en las economías nacionales del Este que estancadas en los problemas de desabastecimiento de los mercados. Europa se ha resignado también a estar dividida y solamente aspira a que su territorio no se convierta en un campo de combate entre las dos superpotencias no europeas.

Sin embargo, este período no será un paseo triunfal, ni un baño de rosas. Las tensiones existieron en Europa: el muro de Berlín se acababa de construir, las rebeliones de los años 60 en los países comunistas habían sido sofocadas, pero no la sensación de que se vivía en un régimen de ocupación. Francia terminó liquidando su imperio en Argelia con los acuerdos de Evian que pusieron fin a quince años de terrorismo independentista y de guerra civil que tuvieron como resultado final la aparición de un terrorismo nacionalista con la OAS. En Irlanda del Norte se gestó la resurrección del IRA que volvería a estar presente a finales de la década, mientras que en otros países de Europa Occidental aparecían movimientos de “nueva izquierda” que desembocarían en oleadas revolucionarias en Francia (Mayo del 68) y en Italia (Otoño Cálido) y en una segunda etapa en la aparición de movimientos terroristas con distintas motivaciones, algunos al final de la década y otros en los años 70: Brigadas Rojas, Banda Baader–Meinhof, Accción Directa, ETA, GRAPO, FRAP…

Las novedades en la izquierda eran producto de tres fenómenos:
1) la pugna en el movimiento comunista internacional entre la URSS y China, producido tras la muerte de Stalin, cuando Mao, acusó a los nuevos dirigentes soviéticos de “revisionistas” (obviamente, en aquella disputa estaban también vivos reivindicaciones territoriales y ambiciones geopolíticas),
2) las cada vez peores condiciones de vida en los países del Este de Europa, que generó distintas disidencias, la más importa de las cuales fue, sin duda, la checoslovaca que terminó arrasada por los tanques soviéticos en el agosto de 1968 y
3) el trabajo de los servicios de inteligencia occidentales que consiguieron romper especialmente las bases juveniles de algunos partidos comunistas y orientarlos en la vía del maoísmo y en la disidencia trotskista, buena parte de la cual estuvo siempre teledirigida por servicios de inteligencia occidentales.
Todo esto dio como resultado la aparición en Europa de la “nueva izquierda”, formada por intelectuales y por una base casi exclusivamente juvenil excepcionalmente radicalizada, que se unió a otros cambios sociales propios de la época, que van desde las variaciones en la vida católica impuestas por el Concilio Vaticano II (el concilio de la confusión que entrañó el inicio de una crisis en el seno de la Iglesia todavía no superada en nuestros días), a los movimientos de liberación de todo tipo, a los cambios de las costumbres, a la implantación de nuevos modelos musicales y estéticos, a la rebelión de la juventud y al choque generacional. El resultado de todo esto fue el abandono de los cánones de la sociedad y de la familia burguesa que habían imperado desde principios del siglo XIX y la apertura de nuevos frentes de crisis social que sustituían a la cada vez más superada “lucha de clases”, incluso a la mucho más real “lucha entre naciones”.


A pesar de que la crisis terminal del marxismo se evidenció desde principios de los años 80, fue en esa época, los 60, cuando empezó a mostrar sus primeros efectos, tanto en la Europa del Este como entre los comunistas occidentales. En el Oeste, en cambio, los EEUU recuperaban la iniciativa en la carrera espacial y colocaban a un hombre en la Luna el 20 de julio de 1969. A pesar de haber sido los soviéticos quienes lanzaran el primer satélite artificial, a pesar de haber sido los primeros en enviar sondas a Venus y Marte en 1960, y luego el primer ser vivo (la perrita “Laika”), sus dificultades interiores en el período posterior a Kruschev, cuando reemprendieron la carrera armamentística convencional (especialmente en el desarrollo de una poderosa marina de guerra), les obligaron a renunciar a los éxitos mediáticos en el espacio.

Los 60 fueron la época dorada del terrorismo o, si se prefiere, de la guerrilla urbana y de la guerrilla rural, por mucho que estas estrategias alcanzaran sus máximos desarrollos y niveles de violencia en los años 70. A ello contribuyó la experiencia cubana y la creación de la OSPAAAL, a la que ya hemos aludido, que exportó guerrillas a distintos países iberoamericanos. De todas ellos, obviamente, la más famosa fue la guerrilla del Ché en Bolivia. Famosa pero no efectiva: de hecho, desde su llegada al país andino, el Ché fue vigilado constantemente por la CIA, seguido y, finalmente, masacrado por un combinado de fuerzas bolivianas asesoradas por militares argentinos. A falta de algo mejor, se transformó en mito, mientras que en Argentina, Brasil y Uruguay aparecía un fenómeno nuevo: la “guerrilla urbana”, teorizada por Abraham Guillén, un antiguo comunista español, en el que se basaron los núcleos que dieron vida al Movimiento Montonero, al Movimiento Tupamaros y a la Acción Libertadora Nacional de Carlos Margihela en Brasil. Aquella efusión guerrillera concluyó pronto y de nada sirvió toda la ayuda prestada por la OSPAAAL, los asesores cubanos, los campos de entrenamiento en la isla y los armamentos enviados. La desproporción entre los guerrilleros urbanos y las fuerzas policiales era tal que, poco a poco, sin obtener ningún éxito definitivo (donde más se aproximaron fue en Uruguay), fueron desarticulados entre efusiones de sangre, ejecuciones sumarias e interrogatorios drásticos.


La “distensión” o “coexistencia pacífica” fue la fórmula utilizada en esos años, especialmente en la segunda mitad de los sesenta y hasta 1972 para describir este período. Se trata de conceptos relativos, porque, sin duda estas fueron épocas en la que se produjeron “guerras calientes” en escenarios secundarios y periféricos de la Guerra Fría: en Vietnam especialmente y en todo el sudeste asiático, pero también en Oriente Medio en donde los actores se mostraban absolutamente incapaces de llegar a un entendimiento, permanentemente abocados a hacer estallar periódicamente guerras breves, pero de extraordinario poder aniquilador. Así mismo, y también como resultado de las experiencias guerrilleras urbanas y rurales, apareció en la segunda mitad de los años 60, como respuesta a la incapacidad árabe para derrotar a Israel, acciones guerrilleras por parte de Al Fatah, y de Al Saika, grupos armados palestinos que nunca consiguieron poner verdaderamente en peligro a Israel y que sirvieron solamente para aumentar los enfrentamientos en el interior del mundo árabe sobre las distintas posibilidades a adoptar ante el Estado judío. La organización Septiembre Negro, por ejemplo, surgió tras la expulsión de la resistencia palestina de Jordania en 1970 y tras una pequeña guerra de aniquilación a la que los supervivientes respondieron entre 1971 y 1973 realizando distintas acciones terroristas en Europa y África.

Las posibilidades de progreso del castrismo en Iberoamérica fueron yuguladas radicalmente por una serie de golpes de Estado militares que se fueron sucediendo en la mayoría de países de la zona y que desarticularon completamente cualquier posibilidad de acercamiento de alguno de estos Estados a la órbita comunista. Cuando Salvador Allende llegó al poder como candidato de la Unidad Popular en Chile, la CIA hizo esfuerzos por neutralizarlo en beneficio de un gobierno centrista, sin embargo, en septiembre de 1973, con una izquierda radicalizada, un gobierno incapaz de mantener el orden y una protesta creciente por parte de la derecha, el ejército se alzó y puso final a la experiencia socialista chilena. Cuba se sintió entonces mucho más sola: ninguno de sus intentonas de establecer “gobiernos amigos”, había progresado en país alguno.


Desde el punto de vista geopolítico el elemento crucial de esa época es el conflicto chino–soviético que estalló, inicialmente, a nivel ideológico, entre “marxismo–leninismo” y “revisionismo”, para pasar a ser luego un conflicto geopolítico cuando unos y otros reivindicaron territorios fronterizos en disputa. En la zona del Usuri se produjeron enfrentamientos directos entre los ejércitos de ambos países, cuando ya en Moscú se había producido un relevo en el Kremlim, siendo sustituido Kruschev por Leónid Breznev, considerado como neo–stalinista. En realidad, lo era, pero solo relativamente. A diferencia de Stalin, consideraba que era posible alcanzar una “coexistencia pacífica” con Occidente, a condición de medir mucho los pasos y mantener tranquilo en “frente interior” (de ahí que aumentara la represión contra la disidencia que había actuado con una holgura mucho mayor durante el período precedente y desde el final del stalinismo).

Breznev reconoció la necesidad de alcanzar mejores niveles de desarrollo económico para la población y para ello firmó entre 1972 y 1974 acuerdos económicos con los EEUU. Incluso España, con Carrero Blanco al frente del gobierno, pudo aumentar sus exportaciones a la URSS y admitió mercancías procedentes de aquel país. Con Nixon en la Casa Blanca y con Kissinger en el Departamento de Estado, la política exterior norteamericana adquirió un nuevo impulso. Aprovechando las disputas entre China y la URSS, los EEUU sondearon a ambas partes para ver con cuál podían entenderse mejor (lo que implicaba marginar a la tercera y debilitar su posición).



miércoles, 25 de marzo de 2020

LA GUERRA FRIA Y SU GUION (1ª parte) -> INTRODUCCION AL CONFLICTO


Se ha llamado “guerra fría” al conflicto que enfrentó a los Estados Unidos con la Unión Soviética y que abarcó oficialmente desde 1948 (cuando tuvo lugar el llamado “Golpe de Praga”) hasta 1989 (caída del Muro de Berlín). Sin embargo, el conflicto tenía antecedentes lejanos e incluso Alexis de Tocqueville fue capaz de preverlo algo más de un siglo antes de que se iniciara. Escribe Tocqueville en La democracia en América:

“Hay hoy en la Tierra dos grandes pueblos que, habiendo partido de puntos diferentes, parecen avanzar sobre un mismo fin. Son los rusos y los angloamericanos. Los dos han crecido en la oscuridad, y mientras las miradas de los hombres estaban ocupadas en otra parte se colocaron de golpe en la primera fila de las naciones, y el mundo conoció al mismo tiempo su crecimiento y su grandeza. Todos los demás pueblos parecen haber llegado, poco más o menos, a los límites que fijó la Naturaleza, y no tener ahora otra cosa que conservar. Aquellos, en cambio, están en crecimiento. Rusia es, de todas las naciones europeas, aquella cuya población aumenta proporcionalmente de modo más rápido. Para alcanzar su fin, el pueblo norteamericano descansa en el interés personal y deja obrar, sin dirigirlas, la fuerza y la razón de los individuos. El ruso concentra de alguna manera en un hombre todo el poder de la sociedad. El uno tiene como principal medio de acción la libertad; el otro la servidumbre. Su punto de partida es diferente, sus caminos son diversos; sin embargo, los dos parecen llamados por un secreto designio de la Providencia a tener en sus manos los destinos de la mitad del mundo”.

Tocqueville no se equivocaba, pero para que fuera posible ese enfrentamiento debían de producirse distintos cambios en ambos países.


EEUU primero amplió su espacio territorial, hacia el Oeste con la “nueva frontera” y hacia el sur con la guerra contra México de 1846 a 1858 que le proporcionó los Estados de Arizona Nuevo México, Nevada, Colorado y Utah, después de anexionarse Texas y adquirir California, como resultado de las políticas expansionistas que venía practicando desde 1809 con la compra de Florida a España y Luisiana a Francia. En 1860 resolvió su problema interior con la Guerra de Secesión, haciendo triunfar el espíritu del Norte. Menos de cuarenta años después se apropiaba de aquellos mares que consideraba su “patio trasero”, a costa de una España debilitada y disminuida en la guerra de 1898 que proporcionó a EEUU Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Poco después consiguió poner un pie en Europa durante la Primera Guerra Mundial y salir beneficiada en el Tratado de Versalles, mientras mantenía rigurosamente la “doctrina Monroe” (América para los americanos… del Norte). Todo esto se interrumpió con la crisis de 1929 que se mantuvo viva durante diez años. Sin embargo, el estallido de la Segunda Guerra Mundial (de la que el gobierno de los EEUU fue uno de los instigadores a partir de finales de 1938) le permitió poner de nuevo en marcha las fábricas y enviar ayuda militar a ingleses y soviéticos. A la vista de que, de todos los contenientes, los EEUU fueron el único país que no sufrió destrozos, era evidente en 1945 que ya era primera potencia mundial.


La historia rusa desde mediados del siglo XIX hasta 1945 fue mucho más azarosa. El Imperio Ruso, junto con el Segundo Reich y el Imperio Austro-húngaro constituían los últimos bastiones del “antiguo régimen” que habían sobrevivido a las revoluciones liberales de finales del siglo XVIII y del siglo XIX. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, la posición de la dinastía zarista era precaria. Habían fracasado las reformas políticas y el imperio ruso se veía enfrentado al Imperio Otomano, al Imperio Austro–Húngaro y al Reich alemán. De no participar en el conflicto hubiera garantizado la hegemonía alemana en Europa. Cuando el ejército alemán liquidó completamente a dos ejércitos rusos en Tannenberg en agosto de 1914, la posición rusa se mostró insostenible. La victoria alemana en los Lagos de Mansuria consiguió expulsar a los rusos de territorio prusiano. La posterior victoria rusa sobre las tropas austro-húngaras en Lvov apenas compensó la derrota. Pero el descontento alimentado por los intelectuales y los partidos de izquierda debilitó la posición del zar que optó por entregar el poder, después de la llamada “revolución de febrero” de 1917, a Aleksandr Kérenski el cual se vio incapaz de restablecer el orden en el país y se vio obligado a huir ante la llegada de los soviéticos. Éstos, una vez en el poder, firmaron la paz con Alemania y debieron afrontar unos años de guerra civil hasta que el régimen de estabilizó completamente e inició un período expansivo y revolucionario utilizando como instrumento al Komintern, esto es, a la Tercera Internacional o Internacional Comunista.

Lenin percibió pronto que era preciso abordar la reconstrucción del país y abandonar determinadas veleidades revolucionarias presentes en los tres primeros años de gobierno soviético. La Nueva Política Económica destinada a transformar a Rusia en un “capitalismo de Estado” (que permitía la existencia de pequeñas empresas privadas, mientras el Estado tenía el control del comercio exterior, la banca y la gran industria) se promulgó en 1921 y vino en sustitución del llamado “comunismo de guerra”.

La muerte de Lenin y la llegada de Stalin trastocaron todo este planteamiento que corría el riesgo de dejar que se filtraran de nuevo criterios capitalistas y burgueses. Stalin sustituyó esta política por los Planes Quinquenales, colectivizó a los kulaks (campesinos “ricos”) y el país se hubiera desmoronado por los efectos de estas políticas y de la oposición interna que generaron incluso entre la vieja guardia bolchevique, de no ser por la instauración de una dictadura centralizada. Los cambios de rumbo de Stalin desorientaron al Komintern que no pudo aprovechar el éxito de los Frentes Populares que triunfaron en Francia y en España en 1936 y que compensaban la destrucción del Partido Comunista Alemán, tres años antes.


Tras un breve romance germano–soviético en 1939 que permitió la liquidación de Polonia por parte del Reich y de la URSS (pero, así como Francia e Inglaterra declararon la guerra a Hitler, no hicieron lo mismo con Stalin), las reivindicaciones de ésta sobre territorios de Rumania (Besarabia y Bucovina), y de Finlandia, hicieron temer a los alemanes que la URSS se preparaba para atacarles y se adelantaron en la Operación Barbarroja. Después de éxitos iniciales, los soviéticos, ayudados por el clima y por los envíos de armas y pertrechos norteamericanos que empezaron a llegar incesantemente, lograron recuperarse y en 1945 se habían convertido en el ejército más fuerte del mundo, punta de lanza de un espacio territorial inmenso, parte del cual había resultado indemne de las destrucciones de la guerra (en las zonas de Moscú hacia Siberia).

El 25 de abril de 1945, las tropas rusas y norteamericanos se encontraron a orillas del Elba. Parecía que la guerra había terminado y que la creación de las Naciones Unidas, así como los procesos de Núremberg, garantizaban que no habría una nueva conflagración. Sin embargo, desde finales de 1944, algunos estrategas ingleses y norteamericanos confirmaron que “algo no iba bien”. En efecto, los rusos estaban actuando de manera salvaje y brutal, no solamente en los territorios de Prusia Oriental que empezaban a ocupar, sino especialmente en las naciones que iban ocupando progresivamente (Polonia, Rumanía, Hungría, Bulgaria…). No solamente procedían a ejecuciones masivas, sino que no respetaban lo acordado: celebración de elecciones democráticas. Simplemente, llegaban y colocaban una administración soviética apoyada por los miembros del Partido Comunista local que habían llegado en los furgones con la hoz y el martillo. Y lo que era peor: no se tenía constancia de si se detendrían al llegar al Elba o proseguirían su avance.


De hecho, si Alemania resistió hasta lo indecible en 1944 y 1945 fue con la esperanza de poder negociar con los aliados occidentales un alto el fuego, trastocar las alianzas y lanzarse junto a ingleses y norteamericanos contra los bolcheviques. Esta esperanza estuvo viva en la cúpula del Tercer Reich hasta el inicio de la primavera de 1945. Mientras, algunos militares norteamericanos –el general Patton especialmente, pero no sólo él– advertían que los soviéticos habían acumulado 300 divisiones en el frente del Este, mucho más de lo que necesitaban para ocupar Alemania y vencer las últimas resistencias. Los EEUU respondieron con una exhibición de fuerza sobre la ciudad de Dresde que demostró de que estaban en condiciones de convertir en cenizas a cualquier fuerza que se atreviera a cruzar el Elba. Stalin comprendió perfectamente el aviso y se atuvo al pacto, pero no consintió en renunciar al dominio sobre Europa del Este.

A pesar de que en las conferencias de Teherán (noviembre de 1943), Yalta (febrero de 1945) y Postdam (agosto de 1945), se intentaron establecer las líneas de referencia para la postguerra, lo cierto es que, siempre, los acuerdos fueron precarios y ambiguos. En Yalta, Stalin dominó ampliamente ante un Churchill alcoholizado y un Roosevelt enfermo (moriría poco después).

En el curso de estas conferencias, Churchill siguió defendiendo el principio que constituía el axioma inglés desde principios del siglo XIX: “no dejar que ninguna potencia dominara el continente europeo”. Durante ese siglo y medio, Londres había tratado por todos los medios de impedir un eje París–Berlín–Moscú que hubiera implicado apearla de la política europea, y ahora seguía en la misma línea… sin darse cuenta de que las bases del Imperio Británico estaban siendo socavadas en esos mismos momentos por los movimientos anticolonialistas que, inicialmente habían sido estimulados por las potencias del Eje.

Tampoco advertía Churchill que las Islas Británicas habían quedado deshechas por la guerra y que EEUU se había convertido en la nueva potencia oceánica y comercial.



Sería vano y superficial afirmar que la Guerra Fría fue un conflicto entre el “Este” y el “Oeste”: en realidad, se dirimía en un gran tablero mundial. Es cierto que Europa estuvo en el centro y fue el continente en el que pudo estallar un conflicto “caliente”. Europa era todavía tras la Segunda Guerra Mundial, “el centro de la civilización”, pero no hay que olvidar que existieron “frentes secundarios” en la –Guerra Fría en Asia, África y América Latina– y que, en estos, frecuentemente, el conflicto pasó a ser “caliente”. Se trató de un conflicto mundial en el que dos naciones luchaban por la hegemonía.

Tampoco es cierto que se tratara de un conflicto ideológico: la Segunda Guerra Mundial había demostrado que todos podían pactar con todos, sin atender a sus orientaciones ideológicas. Los nacionalsocialistas lo hicieron con los soviéticos en 1939 y estos pactaron con los países capitalistas en 1941 para derrotar a los nazis, con la misma frialdad con la que en algunos medios aliados, a partir de 1944, se consideró la posibilidad de cambiar de alianzas y pactar con los nazis para oponerse a la embestida soviética… No, el conflicto ideológico existió, ciertamente, pero atenuado: no fue ni el principal factor, ni el decisivo. Se tomó en consideración en tanto que factor diferenciador, pero la “ideología” ocupó un aspecto muy secundario en el desarrollo de los acontecimientos: los “imperialistas norteamericanos” fueron bien recibidos en Pekín en 1973, los países “neutralistas”, frecuentemente eran dictaduras inmisericordes, en absoluto diferenciadas de los peores gobiernos autocráticos, en África, los gobiernos occidentales y la URSS apoyaron y mantuvieron en el poder a verdaderos sátrapas sedientos de sangre, simplemente porque beneficiaba a sus intereses y sin que mediara la más mínima consideración ideológica. Es cierto, de todas formas, que tanto en el Este como en el Oeste, existían quienes creían firmemente en la justeza de los ideales comunistas o en las bondades del libremercado y, esos eran, naturalmente, los enfoques que mantenía la propaganda de cada bloque para cubrir con una patina idealizada lo que no dejaba de ser un choque geopolítico de dimensiones mundiales.

La Guerra Fría fue, en definitiva, una simple guerra de influencias entre dos potencias que aspiraban a la hegemonía mundial, la URSS y los EEUU, que revistió y se rigió especialmente por las leyes de la geopolítica y que dispuso de un “frente principal” (Europa) y de “frentes secundarios” (Asia, África y América Latina) en los que existía la posibilidad de que la Guerra Fría de volviera “caliente”.


Quedaba por definir quién tuvo la razón y quién fue más honesto y digno en sus posiciones.  No es asunto del historiador plantearse tal problema. Pero hay que estar atentos: ambos bloques luchaban por ganar influencia y someter a la otra parte, simplemente porque no se fiaban de las intenciones del bando contrario. Cuando se escuchan los argumentos de las dos partes, se ve que ambos tienen cierta razón: unos percibían como ofensivos, movimientos que para los otros eran defensivos en la medida en que creían que estaban siendo atacados por el enemigo. ¿Cuál era la diferencia entre ambos bloques? ¿Las libertades públicas? ¿la asistencia social? ¿el bienestar? Todos estos elementos son muy secundarios y se prestan a argumentaciones poco veraces. La diferencia entre ambos bloques, en este terreno, la expuso perfectamente Alexandr Solzhenitzin: “En Rusia no puede decirse nada y en Occidente puede decirse todo, pero no sirve para nada”.

Todo lo que ocurre en una guerra suele ser manipulado y tergiversado por la propaganda. Luego, el vencedor escribe el relato en el que da su versión “políticamente correcta”. Es el tiempo el que se encarga de desvirtuar los argumentos de la propaganda: hoy se sabe que la versión dada durante 100 años sobre el estallido de la Primera Guerra Mundial era falso. Pero han hecho falta que pasara un siglo para ver más allá. Cuando dentro de 30 ó 40 años se reescriban los motivos que llevaron a la Segunda Guerra Mundial seguramente muchos se sorprenderán. Y otro tanto puede decirse sobre la Guerra Fría.

Lo cierto es que el universo soviético se sintió, desde 1945, condenado por Occidente y Stalin respondió tratando de no dejarse avasallar: en Corea, parece evidente la responsabilidad comunista en el inicio del conflicto, de la misma forma que en Vietnam los EEUU fueron, indiscutiblemente, los instigadores.

No hubo inocentes en la Guerra Fría, esa es la triste y terrible realidad. Cada parte actuaba en función de sus propios intereses; nada más. Hay que agradecer a las clases políticas de aquellas épocas que fueran lo suficientemente lúcidas como para entender que, con armas nucleares en las manos, una chispa podía hacer desaparecer la vida sobre la tierra y midieran mucho sus iniciativas y sus pasos. Pero no fueron lo suficientemente inteligentes para establecer calendarios de desarme ni para lograr climas de apaciguamiento. 


martes, 26 de febrero de 2019

365 QUEJÍOS (281) - EL FINAL DE LA GUERRA FRÍA


Pensando en el paso inexorable del tiempo, llegó a la conclusión de que mis recuerdos de juventud están ligados a un fenómeno que parece difícil de explicar para las generaciones que vinieron después y que, sin embargo, condicionó la vida de mi generación. El otro día, respondía a un programa de una radio uruguaya tratando de explicar que aquel conflicto fue una simple lucha geopolítica por la hegemonía mundial. No tuvo casi nada de conflicto ideológico, fue el simple choque entre una potencia oceánica y una potencia continental. Lo que siguió a la Guerra Fría fue la globalización, el mundo que conocemos hoy (o, más bien, que sufrimos). No quiero entrar en este artículo en lo que fue aquel período de 40 años de historia, pero si reconstruir en breves líneas cómo terminó. Nos ayudará a entender el ciclo histórico que siguió.

El “año Orwell” o el año en que creímos morir

En los últimos años de la Guerra Fría, resultaba evidente que los EEUU, especialmente a partir de la proclamación de la Guerra de las Galaxias (que aspiraba a eliminar en la estratósfera los mísiles balísticos que hubieran sido lanzados sobre territorio norteamericano antes de que llegaran al objetivo), los soviéticos respondieron con la guerra psicológica, una guerra low–cost. En efecto, la instalación en Alemania de mísiles tácticos Pershing–2 de corto alcance, apenas 1.000 km, destinados a frenar a las unidades mecanizadas rusas en el momento en el que cruzaran el Telón de Acero en dirección al Oeste, fueron aprovechados por la URSS para su última gran ofensiva psicológica: movilizar, con la excusa del pacifismo, a millones de ciudadanos de Europa del Oeste como protesta por la instalación de estas armas que, en realidad, neutralizaban el poder terrestre soviético, el único frente en el que los soviéticos eran más fuertes que la OTAN.
Cuando llegó 1984, el “Año Orwell”, Occidente estaba sometido a lúgubres presagios. Los medios de comunicación occidentales aprovecharon para aludir a los escritos de este autor británico, conocido por su anticomunismo (o, mejor, antiestalinismo, si tenemos en cuenta que en su juventud militó en el trotskismo). Su novela emblemática, 1984, parecía apuntar a la creación de una distopía totalitaria fácilmente asimilable al modelo soviético. Los equipos de “operaciones psicológicas” de la OTAN también y antimilitarista que la URSS estaba favoreciendo y dando alas (inyectando dinero e información) en los países occidentales. Esto explica por qué, en la última fase de la Guerra Fría, apareció un formidable movimiento pacifista que llegaba allí en donde los debilitados y capi disminuidos partidos comunistas occidentales ya no podían llegar.

Nomenklatura y gerontocracia soviética e “imperio del mal”

La muerte de Brézhnev en 1982 fue el inicio del final de la última fase de la Guerra Fría. Le sucedió un corto período en el que el país fue gobernado por dos fieles miembros del “aparato”, Yuri Andrópov (1982–1984) y Konstantin Chernenko 1984–1985) que no aportaron grandes variaciones. Puede decirse que, sin el prestigio de Brézhnev, los problemas que ya existían al final de su mandato se fueron agudizando. Andropov intentó combatir la corrupción que había arraigado profundamente en el período de su predecesor. Ambos continuaron la guerra de Afganistán y las promesas de apoyo a los dirigentes de los países del Pacto de Varsovia, en cada uno de los cuales, el ejemplo polaco había envalentonado a la disidencia. La instalación de misiles de corto alcance SS–20 en las fronteras orientales de la alianza militar soviética fue respondida por los Pershing–2 norteamericanos, pero, así como en el Este no se produjeron movimientos de protesta, en Occidente fueron masivos. Ahora se sabe que estaban impulsados directamente por los equipos de operaciones especiales y guerra psicológica del KGB. Para ello, como habían realizado en los 60 años anteriores contaban con los intelectuales y la izquierda de Europa Occidental. Fue durante el período de gobierno de Andropov cuando Reagan acuñó su frase llamando a la URSS “el imperio del mal”.

Lo cierto es que el problema de los soviéticos –entre otros– era la edad de sus dirigentes. Andropov había nacido en 1914, Chernenko en 1911, Breznev en 1906… Todos ellos habían visto y participado en la Segunda Guerra Mundial y conocían las desgracias de un conflicto. Ninguno de ellos estaba dispuesto a apretar el botón nuclear, ni se veían presionados por una opinión pública belicista o siquiera con tendencias antiimperialistas.  Para ellos la “coexistencia pacífica” era algo más que una bonita consigna, era la forma en la que podían rendir el mejor servicio a su pueblo: mantener alta la guardia, avanzar en donde las circunstancias lo permitieran, pero evitar un enfrentamiento directo y frontal con Occidente. Pero era una clase política que se extinguía rápidamente.

Por lo demás, se habían sucedido tres presidentes soviéticos en menos de cuatro años: el cuarto debería ser, necesariamente, más joven e incluso aportar una nueva visión de la política. Visión, todavía más necesaria porque durante esos últimos años, la situación interior se había agravado: Afganistán, lejos de ser una “paseo militar” se había convertido en una sangría, la revuelta polaca se ampliaba, la presión armamentística de los EEUU era cada vez más insoportable y el descontento, la corrupción y el alcoholismo aumentaban en el interior, sin olvidar que las etnias no–rusas crecían a menos velocidad que la etnia rusa que siempre había sido la columna vertebral del país desde los tiempos de los Romanov.


Gorvachov: la buena voluntad no basta

Y entonces llegó al poder Mikhail Gorbachov. Con él todo cambiaría. El motor de estos cambios fueron dos palabras: “perestroika” y “glasnost”. La glasnost (apertura, transparencia, franqueza) fue un intento de liberalizar la política interior soviética, mientras que la perestroika era la búsqueda de una reestructuración de la economía. Glasnost no era un término nuevo en Rusia. Había aparecido ya en 1920 durante la guerra civil contra los “blancos”. A Trotsky se le ocurrió subordinar los sindicatos a la burocracia del partido. Esta política no convenció a muchos bolcheviques (Alexandra Kolantai, Zinóviev) y fue denostada por todos los revolucionarios de fuera del partido. Fue entonces cuando se relajó la censura y se permitió que las bases del partido participaran en las decisiones del ejecutivo bolchevique. A eso se le llamó glasnost, término que recuperó Gorbachov en 1985 para calificar a su nueva línea política.

El resultado inmediato fue que cuando los medios de comunicación soviéticos empezaron a hablar de los problemas reales de la URSS, el ciudadano quedó absolutamente conmocionado: alcoholismo, corrupción, contaminación ambiental y destrozos ecológicos, un presupuesto de defensa secreto, problemas de carestía (inexistentes en Occidente desde la postguerra), mala calidad en las viviendas, problemas en las nacionalidades periféricas que aspiraban a la descentralización absoluta o a la independencia, así como los mitos que habían hecho fortuna en Occidente (partidos políticos, elecciones libres, derecho de reunión y manifestación) llegaron demasiado tarde, cuando, además, ya se había iniciado la centrifugación del sistema soviético de alianzas y cada país del Pacto de Varsovia seguía el ejemplo polaco y realizaba su particular adaptación de la glasnost a su situación concreta. A partir de ahora, ya todo resultaba imparable.

Gorvachov pensaba que, profundizando en las reformas, la presión popular disminuiría. Error. Lo que ocurrió fue justamente lo contrario. En el discurso del 27º Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética celebrado en enero de 1987, Gorvachov presentó su programa de reformas: anunció la introducción del mercado libre, la descentralización de la economía nacional y reformas liberalizadoras en la vida política. Dos desastres ocurridos en aquella época, acentuaron las dificultades del nuevo presiden soviético: el incidente en la central nuclear de Chernóbil que demostró las deficiencias del programa nuclear soviético y el terremoto de Armenia que causó 20.000 muertos. Aumentó el descontento y, a pesar de que Gorvachov suscitaba simpatías en Occidente como ningún otro dirigente soviético, lo cierto es que en su país resultaba cada vez más impopular y apenas podía contar con partidarios. Poco a poco, se fue organizando una oposición a su derecha y a su izquierda que llevó al fin de la URSS y al fallido golpe de Estado que lo expulsó del poder.

Reforma necesaria y reforma imposible

La URSS murió víctima de factores exógenos y endógenos, pero fundamentalmente, lo que ocurrió fue una “revolución democrática” que se atuvo en todo a las revoluciones precedentes, empezando por la francesa: los intelectuales tomaron partido contra el régimen, éste no entendió que en los años 60 había llegado una cita con las “reformas necesarias”; pero en aquel momento, el régimen se sentía fuerte y no tenía por qué oír la voz del sentido común que le sugería realizar las reformas mientras el bolchevismo aún fuera fuerte, hegemónico y mayoritario, así que, como antes Luis XV y después Nicolás II y muy en especial su antecesor Alejandro III. Pasó el tiempo y la “reforma necesaria” seguía siéndolo, pero el régimen soviético ya no era tan fuerte como antes: la población vivía en plena carestía, la cola para comprar cualquier cosa era algo habitual, las viviendas angostas y sombrías, la burocracia asfixiante, pero el régimen se desangraba en Afganistán (el Vietnam soviético), sus aliados del Pacto de Varsovia empezaban a desconfiar de la vitalidad de la URSS, el problema de las nacionalidades, la Guerra de las Galaxias y un presupuesto militar insostenible... todo, absolutamente todo indicaba que, en esas circunstancias, cualquier reforma llegaba tarde y sería tomada por todos como un gesto de debilidad. Por eso fracasó la glasnost.

En cuanto a la “perestroika” fue todavía peor. En el fondo podía pensarse que la tarea histórica del bolchevismo (como en España la del franquismo) consistió en asumir el poder en un país atrasado que había llegado tarde a la revolución industrial, concentrar el poder, planificar la economía y conseguir en unas décadas recuperar el tiempo perdido. Algo de eso había, en realidad. Contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, el ideal de Lenin era hacer de Rusia una especie de EEUU del Este de Europa: con su mismo nivel de vida, con su misma industrialización, una especie de American way of life a la soviética. Gorvachov recuperó ese plan. Lo que ocurrió después tiene su lógica: antes o después, una economía autoritaria y planificada, termina generando islotes de capitalismo e iniciativa privada que, a partir de cierta concentración económica, reivindican no solamente libertad económica sino también libertades políticas. Desde el momento en el que Gorvachov anunció medidas liberalizadoras de la economía, era evidente que poco después debería acometer reformas políticas democráticas.

Y este era el problema: Gorvachov en aquellos años no tenía intención de destruir el sistema socialista, sino que sólo aspiraba a reformarlo. En sus primeros años de permanencia en el poder, Gorvachov no realizó ningún cambio económico importante. Toda su actividad se centró en tender la mano a Occidente, seguir financiando a movimientos pacifistas y contrarios a la OTAN, tratando de capear los temporales internos que se anunciaban en el horizonte. De hecho, la perestroika (esto es, las reformas económicas) no habían sido diseñadas por él, sino que estaban en barbecho desde la época de Chernenko y Andrópov, pero por distintas circunstancias, nunca se había creído posible aplicarlas, ni siquiera impulsarlas. En realidad, la perestoika consistía simplemente en transformar la economía soviética burocratizada en lo que se quiso llamar “economía socialista de mercado”, la misma experiencia que luego se realizó en China en los años 90. La “perestroika” era una verdadera “revolución por arriba”, realizada por la nomenklatura soviética. En realidad, cuando se aplicó no fue más que una privatización salvaje de los recursos del Estado realizada por un Gorvachov terminal y, posteriormente, en plena anarquía económica cuando el país sufrió el gobierno del que fue presentado en Occidente como “héroe ruso”, cuando en realidad, no pasó de ser un individuo obtuso y alcoholizado: Boris Eltsin.

Si tu adversario ha caído, remátalo…

En realidad, la perestroika” se fue acelerando y resultó el equivalente a los típicos procesos de ultraliberalismo que habían arrasado la economía chilena (con la irrupción de los “Chicago boys”) y posteriormente en EEUU y el Reino Unido con Ronald Reagan y Margaret Tatcher. Lejos de resolver todos los problemas de la economía soviética, lo que ocurrió fue que en un breve espacio de tiempo se generaron gigantescas acumulaciones de capital y de corrupción; la agricultura que funcionaba particularmente bien (aunque tenía problemas de distribución) quedó descoyuntada, la producción disminuyó, se permitió la entrada de capital extranjero (sin que existiera consenso en el gobierno soviético al respecto) y se produjo una parálisis casi inmediata caracterizada por cierres masivos de empresas, interrupción de la investigación científica, inflación. La pauperización y la pobreza, hasta entonces sin apenas incidencia en el país (cuya población vivía modesta, pero no pobremente) alcanzaron al 90% de los rusos.

La estrategia de Gorvachov era la contraria a la que habían utilizado sus precedentes: si, para estos, había que armarse y estar preparado con una capacidad militar convencional y nuclear para disuadir a os EEUU de actuar contra la URSS y lograr conservar las conquistas sociales, él, Mikhail Gorbachov tendería la mano, demostraría que la URSS no albergaba intenciones agresivas contra Occidente, lograría un respiro para reestructurar la economía, rebajando el presupuesto militar, accedería a reformas políticas que acercaran a la población a su gobierno y abriría un período de estabilidad política mundial en la que los ideales de la revolución de 1917 seguirían vivos, pero en un marco “humano”. Lo que ocurrió fue justamente lo contrario.

Hacia el “otoño de las naciones”

Los servicios secretos occidentales pronto advirtieron que la URSS con Gorvachov estaba dando síntomas de debilidad. El adversario estaba caído y, para los analistas de la inteligencia norteamericana y del Departamento de Estado, el mejor momento para rematar a tu adversario es, justamente, cuando está de rodillas en el suelo: entonces le puedes patear tranquilamente la boca, el estómago, donde te plazca. Y eso fue lo que hizo la OTAN (es decir el sistema norteamericano de alianzas) con la URSS: manipular a la opinión pública mediante los nuevos millonarios, condicionar a la opinión pública y apoyando, de todos los líderes posibles, al más nefasto, incapaz y chapucero: Boris Eltsin. Bruscamente, en los medios de comunicación occidentales, Gorvachov seguía apareciendo como el hombre que “estaba cambiando la URSS”, pero la figura de Eltsin era tratada cada vez con más condescendencia. Nadie recordaba que era un alcohólico empedernido, un habitual narcisista buscador del aplauso fácil: se le presentaba como el “hombre que sabía lo que había que hacer”, sin las dudas ni los lastres de Gorvachov.  

De nada sirvió que éste reconociera perdida la partida en Afganistán e iniciara la retirada de tropas en 1988, de nada sirvió que anunciara distintas propuestas de desarme, de nada sirvió que la prensa pudiera criticar, denunciar o desprestigiar (a menudo sin motivo) a funcionarios y políticos (para aupar a otros), de nada sirvió que hiciera valer el reconocimiento de que cualquier república soviética podía separarse de la Unión por el acuerdo de 2/3 de sus habitantes y que se iniciara la centrifugación de la “casa común”… Siempre alguna voz pedía “más”, siempre algún medio de comunicación nuevo (el origen de cuyos fondos se ignoraba) indicaba la necesidad de más y más reformas liberalizadoras… 

¡Y esto a pesar de que la transformación de la economía estatal con un sector público omnipresente, a una privatización salvaje estaba llevando a la degradación de los servicios públicos, a la pérdida del poder adquisitivo de los salarios y a la depreciación de las pensiones! Hacia 1988, la prensa liberal rusa estaba de acuerdo en que las reformas “avanzaban muy lentamente” … y que, por eso, se estaban produciendo “reacciones perversas” en el bienestar de la población. Era una falsedad: las reformas se estaban haciendo a prisa y corriendo, pero ya nada podía satisfacer a la oposición. Quería, simplemente, el poder, aunque lo que recibiera como herencia fuera un país en ruinas.

Los cambios acelerados en los países del Este

Reagan fue recibido en Moscú y Gorvachov le ofreció una significativa reducción de armamentos. Si el consejo de liberalizar la economía había sido dado por Margaret Tatcher, el de dejar que cada país aliado tomara su propio rumbo fue sugerido por Reagan. El muro de Berlín hacía caído el 9 de noviembre de 1989. A partir de ese momento, era evidente que la URSS había perdido la Guerra Fría y que el bolchevismo entraba en el desván de la Historia. Lo que ocurrió en los dos años siguientes certificó este balance final.

Ya de poco importaba el que Eltsin hubiera sido expulsado del PCUS. En mayo de 1990 fue elegido presidente de la Duma y desde allí aceleró las medidas que precipitaron el fin de la URSS. Las Repúblicas Bálticas y Moldavia celebraron elecciones que dieron mayoría a los independentistas… algo que podía esperarse después del llamado “otoño de las naciones” en 1989, cuando se hizo evidente que la URSS apenas podía afrontar los problemas interiores y, por tanto, ya no estaba en condiciones de atajar movimientos liberalizantes en su cinturón de alianzas.

En Polonia, ese año, Solidarnosc fue reconocido y legalizado; las elecciones del 4 de julio de 1989 fueron muy adversas para el gobierno y el 24 de agosto se estableció el primer gobierno no comunista desde 1948 que convocó elecciones presidenciales para mayo de 1990 tras las que Lech Walesa, secretario del sindicato, fue elegido presidente.

En Hungría, el régimen había sido, a partir de la revolución de 1956, menos duro que en otros países del Este. Se le llamaba a su régimen “comunismo goulash”. En mayo de 1989 se logró rehabilitar a la revolución de 1956 y 100.000 personas asistieron al homenaje a Imre Nagy, líder aquel episodio. En octubre de 1989 se modificó la constitución y se permitió el pluripartidismo. Las primeras elecciones libres tuvieron lugar en mayo de 1990.

En Berlín el muro se derrumbó metafóricamente en la noche del 9 de noviembre de 1988. En septiembre de ese año, el levantamiento de las restricciones en los países del Este limítrofes permitió que 13.000 alemanes orientales pasaran a Hungría y de ahí a Occidente. En otoño comenzaron las manifestaciones masivas contra el régimen; éste no pudo reaccionar y fue incapaz de aplicar reformas pedidas. De todas maneras, en Alemania, el único indicativo de la liberalización no eran las elecciones, sino el libre tránsito entre el Este y el Oeste de Alemania. La caída del Muro de Berlín fue un símbolo y, a partir de ese momento, ya nada podía impedir la reunificación del país, lo que ocurrió legalmente el 3 de octubre de 1990. A partir de ese momento, estaba claro que una época había terminado.

Los gobiernos comunistas de Checoslovaquia, Bulgaria y Rumania, fueron arrastrados por los cascotes desprendidos del Muro de Berlín. El 17 de noviembre de 1989, la policía checoslovaca todavía se sentía con fuerzas de repeler a las manifestaciones estudiantiles, lo que precipitó la unificación de la oposición y la creación del Foro Cívico dirigido con el escritor Václac Havel, mientras que en el interior del Partido Comunista, inmovilistas y evolucionistas se enfrentaban a muerte. El 10 de diciembre de 1989 todo se precipitó: Husak dimitió, Havel se convirtió en jefe del Estado y Alexander Dubcek, héroe de la “primavera de Praga”, pasó a ser presidente del Parlamento. Las elecciones de 1990 se saldaron con la victoria del Foro Cívico. Las costuras de aquel país artificial creado por los vencedores de la Primera Guerra Mundial y que ya se había desintegrado en el período 1938–1939, no resistieron la oleada de libertad: checos y eslovacos, pueblos con pocos puntos en común y muchas rivalidades ancestrales, terminaron separándose dos años después.

Bulgaria, país pacífico y tranquilo en donde la población había tolerado estoicamente cuarenta años de régimen comunista sin muchas protestas, se vio arrastrado por sus vecinos. La dirección del Partido Comunista quiso evitar manifestaciones de masas contrarias al régimen. Todo se precipitó en el momento de escucharse la noticia de lo sucedido en Berlín: el 10 de noviembre de 1989, un golpe de Estado interno en el Partido Comunista relevó a Tudor Zhivkov que dirigía el país desde 1954. A partir de ahí el camino hacia la democracia resultó expedito sin grandes traumatismos.

Peor fue lo ocurrido aquel otoño en Rumania, país en donde Nicolay Ceaucescu gobernaba desde 1974. Era un régimen que había coqueteado con Occidente y que suponía una forma particular de comunismo. El arresto de un predicador protestante en Transilvania marcó el inicio de la revuelta en Timisoara que se extendió a todo el país. El 21 de diciembre de 1989 una manifestación convocada para apoyar al régimen se transformó en un acto de protesta que convenció a Ceaucescu de abandonar el país al día siguiente. Sin embargo, resultó detenido y fusilado tras un simulacro de juicio. Hoy se sabe que las fotos difundidas en Occidente sobre la “masacre de Timisoara” eran, simplemente, falsas…

Las actos finales de la Guerra Fría

Es evidente que todos estos regímenes del Este cayeron porque la URSS, a diferencia de durante la revolución húngara de 1956, durante las protestas berlinesas de 1954, durante la primavera de Praga de 1968, o durante las reiteradas huelgas en los astilleros de Danzig a partir de 1980, ya no se encontraba en condiciones prestar ayuda para apuntalarlos. También es evidente –las falsedades difundidas en Occidente en torno a la citada “masacre de Timisoara” así lo confirman– que algunos servicios de inteligencia occidentales “ayudaron” a que se produjeran las protestas populares.

Ya solamente quedaba certificar el final de una época. La escenificación se realizó el 3 de diciembre de 1989 en la Conferencia de Malta que reunión a Mikhail Gorvachov y a George H. W. Bush. Unos meses después, el 1 de julio de 1991, se disolvió oficialmente el Pacto de Varsovia y la propia Unión Soviética emitió su morituri el 25 de diciembre de 1991. Había terminado un período y empezaba otro: la era de la globalización.

Desde el punto de vista internacional, la Guerra Fría había sido el período del “bilateralismo”, de la misma forma que el período anterior fue el del “multilateralismo europeo” y el posterior, el del “unilateralismo” norteamericano… al menos hasta un período difuso comprendido entre el 11 de septiembre de 2001 y el verano de 2007, es decir, entre el casus belli para las intervenciones de EEUU en Afganistán e Iraq y el inicio de la gran crisis económica. La lucha entre capitalismo, comunismo y fascismo del período posterior a la Primera Guerra Mundial y que se prolongó hasta 1945, convertida en lucha entre el capitalismo y el comunismo durante la Guerra Fría, pasaría a ser la Edad de Oro y de Hielo del ultraliberalismo.