domingo, 27 de septiembre de 2015

Cataluña: una tierra, dos identidades


Info|krisis.- El triunfalismo de Artur Mas cuando el recuento andaba por el 75% de los votos era lo que cabía esperar. La claca soberanista ha aplaudido a rabiar y todos los miembros de la candidatura han aguantado la sonrisa y se han esforzado en mostrarse optimistas y vencedores… Pero esa victoria no está tan clara: los resultados obtenidos por Junts pel Sí son inferiores a los que obtuvo hace cuatro años ERC + CiU (38 en 2012… 32 en 2015: 6 diputados perdidos que han ido a parar a CUP: 3 en 2012, 7 en 2015 y el resto de votos a UDC). El soberanismo oficialista no ha avanzado: ha retrocedido, se mire como se mire.

Si eran elecciones “plebiscitarias”, el plebiscito no ha ido bien para sus promotores

Tal como se esperaba, los independentistas han ganado en escaños pero han salido derrotados en votos. Después de cuatro años de obsesión soberanista y de presión continua en los medios de comunicación catalanes, Artur Mas no solamente no ha logrado avanzar, sino que ha retrocedido. Que él y si claca hayan optado por enmascarar la realidad ante su parroquia y presentar los resultados como una “victoria histórica” quizás logre emocionar a algún incauto soberanista de corazón blandengue, pero ni entre los analistas políticos, ni entre las cancillerías europeas, las consecuencias de estos resultados pueden enmascararse: el 47,5% de los votos han ido a parar a las dos candidaturas soberanistas; el 52% a las no soberanistas… a pesar de que los 72 escaños soberanistas les den mayoría parlamentaria.


Los resultados son exactamente iguales en número a los obtenidos durante el referéndum del pasado 27 de noviembre: 1.800.000 votos, tal es el techo del soberanismo. Menos de 2.000.000 de votos. Con este resultado cabe “felicitar” a Artur Mas por haber fracturado a la sociedad catalana y verse incapaz de avanzar más allá del techo soberanista.

De todas formas vale la pena realizar algunas consideraciones suplementarias sobre el bloque soberanista. Algo ha cambiado en estas elecciones: CiU ha dejado de existir y Artur Mas ha preferido que CDC no concurriera sola, para ello ha lanzado la cortina de humo con el cartel de Junts pel SÍ en el que quedaban difuminadas y enmascaradas las debilidades de CiU (los casos de corrupción especialmente y la destrucción de la coalición que ha sido hegemónica en Cataluña desde hace casi 40 años).

De no haberse elaborado esta lista unitaria, probablemente ERC hubiera pasado a ser el primer partido catalán. En su sentimentalismo nacionalista, Junqueras ha querido evidenciar su “generosidad” difuminándose en una lista unitaria pensando que con ella se podría romper el techo soberanista obtenido en el frustrado referéndum del 27–N. No lo han conseguido. El proyecto soberanismo ha llegado a su tope histórico: a partir de aquí solo le queda remitir y todo va a depender de las dosis de realismo que sea capaz de asumir el independentismo.

El gran error de Mas

Lo que parece confirmado es la defunción política de Artur Mas que pasará a la historia como el presidente de la Generalitat que gobernó solamente para una parte de Cataluña, utilizó los recursos institucionales descaradamente para beneficio de un partido y olvidó cualquier otra cosa que no fuera una política soberanista; el presidente se ha limitado a obtener una mayoría de escaños (gracias a la particular ley electoral catalana destinada a eternizar el nacionalismo en el poder) pero no de votos….

El gran error de Mas ha sido presentar estas elecciones como “plebiscitarias”… en las que lo que cuentan ¡son los votos, no los escaños! Su segundo gran error ha sido acudir a las elecciones sin más activos que el haber partido a Cataluña en dos: ni éxitos económicos, ni éxitos en educación, ni éxitos en política laboral, ni éxitos en sanidad, sino más bien con una lenta degradación de estos servicios. Y el problema es que el soberanismo lleva ya desde 2004 recreándose, primero en el Nou Estatut y luego en la campaña soberanista: 11 años sin acción de gobierno (más allá del reparto del 3%) y con una creciente presión soberanista… que hace tiempo que ha tocado techo.

El soberanismo no entiende que una mayoría del 51% (que no ha tenido) de los votos o de apenas cinco escaños por encima de la mayoría absoluta (contando los votos de CUP) son insuficientes para proclamar la independencia. Solamente la ingenuidad, sino la estupidez nacionalista, podía creer que Cataluña sería el primer caso en la historia de una nación generada por una votación (que, a fin de cuentas, no es más que una fotografía de la opinión de una sociedad en un momento dado y en absoluto el relejo de un proyecto histórico).

No albergamos la menor duda de que el soberanismo no extraerá consecuencias de este resultado y seguirá atascado en el “referéndum” (que perderían) y en una fuga hacia adelante a pesar de que los resultados electorales y el análisis más superficial indica que el soberanismo carece de mayoría social.

La coalición soberanista es muy posible que estalle en mil pedazos al examinar con calma los resultados del 27–S fuera de las cámaras de TV. No está claro siquiera que Artur Mas siga siendo presidente de la Generalitat, ni de lo que ocurrirá mañana. También en el soberanismo existen sectores más lúcidos y otros más obtusos y obcecados. De todas formas el soberanismo no puede, a estar alturas, renunciar al que ha sido su leitmotiv desde que en 2003 Carod–Rovira, entonces secretario general de ERC afirmaba seriamente que “2014 será el año de la independencia”. No lo ha sido y, a medida que pase el tiempo, será cada vez más imposible alcanzar ese objetivo.

La peripecia de los partidos estatalistas

Toca ahora hablar del bloque del bloque estatalista formado por Ciudadanos y el PP.

El partido de gobierno en España apenas ha obtenido 11 escaños, quedado en quinta posición. El llamado “efecto Albiol” llegó demasiado tarde y, por lo demás, no aportaba gran cosa. Su mensaje y el de Rajoy no era otro que el de cumplir la constitución y la imposibilidad legal de que un proceso soberanista llegara hasta el final. Para ellos, el problema de la independencia se reducía al respeto de la constitución… ¡Y esto lo decía el partido que tradicionalmente, –hasta que Mas se vio afectado por el sarampión soberanista– había pactado una y otra vez, reiteradamente con CiU, le había tapado sus vergüenzas, había mirado a otro lugar ante sus corruptelas e incluso había accedido a remover a algún líder del PP en Cataluña (Vidal Quadras) sólo porque Pujol lo exigió a aquel Aznar que afirmaba seriamente hablar en catalán en familia… El PP ha perdido más de 100.000 votos en lo que constituye un fracaso histórico y sin precedentes que lo contrae todavía más.

Estos votos, indudablemente han ido a parar íntegramente a Ciudadanos que, por lo demás ha recibido votos procedentes del PSC y de la abstención. Cs, con un programa basado únicamente en la lucha contra el soberanismo, sin ningún otro tema añadido, ha triplicado prácticamente sus votos y sus diputados. Insistimos: Cs no tiene absolutamente ningún otro atractivo para el electorado catalán más allá de la lucha contra el soberanismo. Esto lo sitúa en un espacio próximo al PP: a partir de estos resultados, Cs tenderá a aproximarse al PP en lo relativo a la gobernabilidad del Estado y si este partido pierde la mayoría absoluta en las próximas elecciones generales, sabe que tendrá a Cs como apoyo. Las elecciones catalanas han aproximado a ambas opciones irremediablemente.

Esto es todavía más preocupante para el bloque soberanista porque uno de sus escenarios, el más querido, era una mayoría absoluta en votos y diputados que negociara, no con el PP, sino con un gobierno de izquierdas encabezado por el PSOE y apoyado por Podemos. Era la forma de obtener algún rédito: pero el panorama cambia extraordinariamente si el soberanismo se las tiene que ver en 2016 con una coalición PP–Cs en la que Cs sea consciente de que su pujanza en Cataluña se debe solamente a su decidida e intransigente posición antisoberanista.

La miseria de la izquierda y del catalanismo moderado

Si Junts pel SÍ ha obtenido una victoria pírrica (cuyo carácter será más visible todavía en los próximos días) ha habido dos grandes derrotados: Catalunya si que es pot (Podemos + IVC) y UDC. La rotura de la coalición CiU ha desvelado por fin el misterio de lo que tenía detrás los democristianos de UDC, apenas nada, tan solo 100.000 votos que no les han dado ni para un diputado testimonial. Es el fin histórico del catalanismo conservador, la imposibilidad de resucitar la Lliga de Cambó en versión siglo XXI. Un partido de esas características desaparecerá en los próximos meses sin dejar huella y una vez abandonado el pesebre nacionalista, sin haber conseguido hacerse con un espacio propio. Los más oportunistas intentarán reentrar en CDC por la puerta trasera o acomodarse de alguna manera en el PP a la vista de que la debilidad de este partido precisa cómo sea de nuevas contribuciones.
En cuanto a Catalunya si que es pot, ha cosechado un gran batacazo que, sin duda, pesará en las espaldas de Podemos en las próximas elecciones generales. Han hecho una muy mala campaña. Cuando se inició la campaña electoral aparecían como el segundo partido con más intención de voto, quince días después habían caído a la cuarta posición… ¡aun teniendo en cuenta que esta coalición sumaba los votos de ICV más los partidarios de Podemos, el resultado ha sido inferior al que obtuvo hace cuatro años ICV en solitario!

El porqué de esta derrota se debe a la ambigüedad de sus propuestas: en un momento en el que lo que estaba en juego ¡únicamente! era definirse o no ante el soberanismo, Catalunya si que es pot, se ha ido por las ramas aludiendo a solidaridad con la inmigración, dar la palabra a los movimientos sociales, escuchar las alternativas vecinales… y mantener cierta ambigüedad en materia de soberanismo. Pablo Iglesias, de todas formas, ha sido el que se ha expresado con más claridad en una opción claramente antisoberanista… pero su candidato en Cataluña Franco Rabell afirmó seriamente que él, él era independentista. El resultado ha sido que esta coalición ha obtenido menos votos de los que había obtenido hace cuatro años ICV en solitario. Un fracaso absoluto que indica que no siempre la “unidad” multiplica los votos…

Queda aludir al PSC. Hace un año esta opción empezaba a ser residual ante el ascenso de Podemos, especialmente en Cataluña. El PSC sigue perdiendo votos, pero no ha sufrido la sangría que se podía prever. Atrapado entre el bloque soberanista y el antisoberanista, el PSC ha tirado por la vía de en medio, fiel a su tradición en este sentido que data ya desde los tiempos de la Segunda República: ni soberanismo, ni españolismo… “tercera vía”, lo que en 1931–36 llamaban “República Federal Española”, un proyecto que no ha generado más entusiasmos que el voto cerril que siempre ha tenido el PSC en Cataluña. Lejanos están los tiempos en los que el PSC era la segunda fuerza y el apoyo del PSOE para obtener mayorías absolutas. El PSC ha perdido cuatro diputados y 25.000 votos, pero puede darse por satisfechos si ha logrado detener la sangría que se preveía. No ha sido por méritos propios, desde luego. La única contribución de Iceta ha sido un mal y torpe baile de osito de peluche en un mitin mucho más que sus propuestas, el resto lo ha hecho la rama catalana de Podemos–IU que ha demostrado su incapacidad para ir más allá de las ambigüedades tradicionales de la izquierda catalana.

¿Cómo evolucionará la situación en Cataluña en los próximos meses?

Parece difícil que Artur Mas siga siendo interlocutor válido para el gobierno central, parece difícil incluso que, a la vista de que el proceso soberanista se va alargando más de lo previsto, que ERC reivindique espacios mayores de poder… ¿incluso la presidencia de la Generalitat? Está en su derecho, la cuestión es cómo reaccionara Artur Mas y en qué términos accedería a pasar a segunda fila y a reconocer que su proyecto está embarrancado, frustrado y congelado desde la mitad de la legislatura pasada.

En las próximas semanas se evidenciarán los conflictos en el interior de la coalición soberanista y se verá lo que están dispuestos a ceder a la CUP, hoy más necesaria que nunca para que el proyecto soberanista reciba un último aliento. Demasiadas contradicciones, demasiadas tensiones entre las partes y, sobre todo, un 3% en los tribunales que tizna con su porquería cualquier opción soberanista mientras los antiguos cuadros de CDC sigan frecuentándola.

No hay que excluir que el bloque soberanista opte por ignorar la realidad de las urnas y mantener el proyecto soberanista conscientes de que es su último tren. En un mundo globalizado en el que cada vez hay menos lugar para la soberanía de las naciones, una pequeña nación inédita hasta ahora, va en contra sentido de la historia. Y lo que es peor: en una Cataluña con un 20% de inmigración, a lo que hay que sumar un 2–3% más de hijos de estos inmigrantes nacidos en Cataluña pero ajenos a la sociedad catalana y no integrados, en una Cataluña con 1.500.000 inmigrantes de los que la mayoría es de origen islamista, Cataluña, independiente o integrada en el Estado tiene un gran problema, mayor que cualquier otra región del Estado.

El fracaso del PP catalán ha deslegitimado a García Albiol como su primer espada. Eso es importante en clave interna, pero también en el sentido de que deja un espacio político libre que en estas elecciones la prensa daba cubiertas por el PP de Albiol: el espacio anti–inmigración. Ahora se abre una nueva época para PxC a condición de tener claro cuál es su espacio político: la rama catalana de un movimiento anti–inmigración, euroescéptico e identitario que defienda la realidad catalana de un territorio dos identidades y que tenga el valor de recordar que la constitución de 1978 está muerta y enterrada y en 38 años solamente ha sido capaz de dar vida a cuatro lacras: partidocracia – corrupción – centrifugación – inmigración ilegal y masiva. Ha hecho bien PxC en evitar desgastarse en una competición en la que las posiciones estaban polarizadas.

La ausencia de un proyecto español en Cataluña… y en todo el Estado

Pero estas elecciones han revelado algo más, mucho más en realidad: la ausencia de un proyecto político español que fuera más allá del respeto a la constitución (Cs)  y de la amenaza del miedo al vacío de una Cataluña independiente (PP). Lo más decepcionante de estas dos candidaturas ha sido lo pobre de sus argumentos y de sus proyectos.

Las naciones no se crean ni se destruyen porque una generación, en un momento dado de su historia, haya depositado un voto en una urna. Eso solamente indica, como hemos dicho, una fotografía puntual del estado de ánimo de la población nada más. Pero una nación tampoco se mantiene ni se puede mantener –y esto es lo que olvidan Cs y PP– mediante el recurso a una legalidad caduca y a unos terrores patológicos. Una nación se mantiene porque existe un proyecto nacional en torno al cual se polariza la población y que indica los objetivos a alcanzar, y hacia dónde dirigir los esfuerzos. Lo que algún “innombrable” llamó “un proyecto sugestivo de vida en común”. Pues bien, este proyecto hace tiempo que está ausente para España y ni los últimos gobiernos han sido capaces de elaborarlo, ni la sociedad civil ha conseguido generar algún tipo de ilusión, ni los intelectuales han tenido el valor de afrontar el tema y, por supuesto, esta tarea está más allá de las posibilidades de la clase política surgida al calor de la constitución del 78.

Mientras ese proyecto nacional que debe indicar “misión” y “destino” de España en el contexto internacional y objetivos en materia interior y en políticas sociales, nuestro país no podrá enarbolar una bandera en la que nos podamos sentir identificados. En esas circunstancias, no nos cabe la menor duda de que si el proyecto soberanista cede será por cansancio y saturación, no porque un proyecto español le siegue el césped bajo sus espardenyas… Ni el soberanismo alcanzará su objetivo ni renacerá un patriotismo constructivo, vitalista y enérgico que dé un nuevo sentido al ser español.

Las elecciones del 27–S no han resuelto ningún problema, simplemente han abierto más dudas. El fracaso del soberanismo ha tenido su contrapartida en la cortedad de los argumentos de los partidos no soberanistas. Hoy casi todos los partidos utilizan los más inverosímiles argumentos para declararse vencedores, pero a poco que lo mediten, ninguno puede alardear de victoria alguna. Todos han perdido algo. La sociedad catalana ha perdida más. Ya no hay una “sociedad catalana”, hay dos. El gobierno del 3% es, además el gobierno del 47,5%.

© Ernesto Milà – info|krisis – http://info-krisis.blogspot.com