martes, 18 de julio de 2023

LAS ELECCIONES DEL 23-J – TODO LO QUE ESTÁ EN JUEGO Y QUE VALE LA PENA RECORDAR ANTES DE VOTAR (O DE NO VOTAR)

Seguramente se trata de las elecciones más incómodas convocadas jamás en país occidental alguno, pero también las más necesarias. Estas elecciones decidirán solamente una cosa: si España, en los próximos cuatro años, seguirá teniendo al frente a “Pedro I El Mentiroso” o a “Feijóo El Gris”. Nada más. Y, por supuesto, que nadie crea que estás elecciones van a ser la piedra angular para la resolución de los graves problemas que nuestro país tiene planteados. Raras han sido las ocasiones en las que las unas elecciones han servido para algo más que cambiar el rostro del mascarón de proa. Ahora bien, siempre que estamos próximos a un proceso electoral, tenemos por costumbre decir algunas palabras sobre las alternativas en disputa en la esperanza de poder aclarar la intención de voto de nuestros lectores. Y, claro está, reflexionar en voz alta sobre nuestra propia actitud.

1. UNAS ELECCIONES HISTÓRICAS

Nos atrevemos a decir que estas elecciones son las más importantes de la reciente historia de España por tres motivos:

1) Los años en los que Sánchez ha estado al frente de un gobierno de coalición de las izquierdas han generado un arsenal legislativo que corre el riesgo de alterar definitivamente y para siempre el rostro de la sociedad española: Ley Tras, ley del aborto, ley de eutanasia, ley de la vivienda, ley de ingreso mínimo vital, ley sobre los beneficios de la banca, ley sobre la memoria democrática, ley sobre revalorización de pensiones, ley sí solo si, ley del tope del gas, reforma laboral. Ni una sola de las leyes aprobadas contiene algún elemento positivo: todas, o han legislado aspectos irrelevantes que ya estaban contemplados por otras leyes, o suponen normas radicales de “ingeniería social” o bien son inaplicables. Es el resultado un caos legislativo sin precedentes, que sirve más a los intereses de la no-España y de los grupos marginales de la sociedad, que a los de la inmensa mayoría de los ciudadanos.

2) Mientras el gobierno satisfacía los intereses de minorías marginales, los graves problemas de fondo se iban agravando más y más: a los ya existentes heredados de anteriores períodos, se han unido problemas artificiales generados por el propio gobierno, problemas derivados de la coyuntura internacional y, finalmente, otros generados por los errores del propio gobierno.

3) Nunca antes, el gobierno ha estado en manos de un enfermo mental con un cuadro clínico propio del perfecto psicópata: a) falta de empatía, b) egolatría, c) encanto superficial, b) capacidad para mentir y d) ausencia absoluta de escrúpulos morales.

2. ESPAÑA HA ENTRADO EN LA “POLÍTICA DE BLOQUES”

Estas son las primeras elecciones del nuevo cuadro político que se ha generado en los últimos años y que afecta a cada vez más países. El sistema político español ha atravesado tres etapas:

1) La etapa de bipartidismo imperfecto para la que fue diseñada la constitución de 1978: dos partidos, uno de centro-derecha y otro de centro-izquierda se iban alternando en el poder por mayorías absolutas y, cuando no las tenían, apoyados por nacionalistas moderados catalanes o vascos.

2) La etapa de pluripartidismo iniciada a partir de la crisis económica de 2008-2011, cuando se demostró lo caduco de los dos grandes partidos y asistimos al nacimiento de nuevas formaciones, Podemos y Ciudadanos primero y luego Vox. El parlamento quedó fragmentado y precipitó la moción de censura que dio acceso al poder a Sánchez.

3) La etapa de “bloques”: se inicia tras las últimas elecciones generales, cuando sube al poder un gobierno de izquierdas (socialistas + extrema-izquierda) apoyado por nacionalistas radicales que intenta aplicar políticas radicales de ingeniería social dictada por los organismos internacionales (Agenda 2030 de la ONU y mundialismo cultural de la UNESCO). La velocidad y la poca sutilidad con que se han intentado aplicar esas medidas ha generado una reacción conservadora de la misma intensidad, aunque de sentido opuesto.

El resultado ha sido la división de la sociedad española en dos bloques:

- El bloque “progresista”: con un PSOE cuyo electorado está compuesto por inmigrantes nacionalizados, minorías sexuales, universitarios progresistas, directivos de ONGs, apoyado por una extrema-izquierda (ayer Podemos, hoy Sumar) que en realidad es una amalgama de decenas de tendencias inorgánicas, partidos, círculos, grupos menores, sin programa común y sin liderazgos reales, y finalmente nacionalistas radicales catalanes, vascos.

- El bloque “conservador”: con un PP que, momentáneamente, se ve apoyado por las clases medias, los sectores católicos y conservadores, agricultores, apoyado por Vox que cada vez se parecerá más a un “partido populista” europeo que agrupará al voto de la “clase obrera blanca”, acentuará su carácter anti-inmigracionistas y nacionalista. El entorno ideológico oscilará entre el viejo conservadurismo católico, la derecha liberal y la derecha nacional.

3. LOS RASGOS DE ESTE NUEVO PERÍODO SON:

a.- desaparición de partidos centristas

b.- desaparición de opciones nacionalistas moderadas.

c.- dos lenguajes completamente diferentes sin posibilidades de coalición ni acuerdos.

d.- dos orientaciones políticas opuestas en todos los ámbitos.

4. DOS BLOQUES PARA CUATRO CORRIENTES:

En otras ocasiones ya hemos escrito que la única diferencia entre los dos bloques (conservador y progresista), dentro de los cuales existen dos sensibilidades diferentes (la moderada y la radical), no tiene nada que ver con ideologías, sino con “velocidades”:

- La izquierda radical (ayer Podemos, hoy Sumar, más los radicales independentistas) practica una velocidad acelerada en dirección al abismo. Quieren arrojar a la sociedad española por ese abismo que consideran un “gran salto” en la construcción de una sociedad nueva. La quieren rápido y ya, forzando el paso. Aman los experimentos nuevos, originales y excéntricos.

- La izquierda moderada (el PSOE) va en la misma dirección, aspira también a la construcción de una nueva sociedad, pero está dispuesta a realizar esta marcha a una velocidad que sea más asumible para la sociedad española y no le entrañe a la sigla socialista altos costes electorales, para eso precisaría una mayoría absoluta.

- La derecha moderada (el PP) no rechaza completamente los cambios sociales, es más, estaría dispuesta a liderar algunos siguiendo la política “gatopardista” (cambiar algo para que no cambie nada). Permanecen parados ante el abismo tienen la creencia de que los problemas de la sociedad podrían resolverse aplicando criterios técnicos.

- La derecha racial (Vox), además del rechazo a las políticas progresistas y a la marcha por la pendiente de la decadencia, aspiran a revertir el camino recorrido. No solo se niegan a arrojarse al abismo, sino que quieren recorrer el camino en sentido opuesto. Son partidarios de todas las reformas constitucionales capaces de impedir avanzar en dirección al abismo.

5. ¿Y QUÉ ES EL “ABISMO”? ¿DÓNDE ESTÁ EL “ABISMO”?

Lo que llamamos y reconocemos como “abismo” está compuesto por cinco rasgos:

1) Sumisión a la Agenda 2030 dictada por la casta funcionarial de la ONU, el gran proyecto mundialista de ingeniería social, pensado a escala planetaria, pero que solamente se aplica en “Occidente” (EEUU+UE).

2) Un tránsito mal calculado entre la Tercera y la Cuarta Revolución Industrial que implicará cambios radicales en los hábitos sociales, los modelos de comportamiento y de trabajo y que llegan a una velocidad excesiva como para que puedan afrontarse sin generar conflictos sociales radicales.

3) La creación de una sociedad sin raíces, ni identidades comunitarias, ni siquiera valores universalmente reconocidos, en beneficio de valores relativos, identidades menores de carácter sexual, y contenidos culturales mundialistas; una sociedad inviable y en la que los únicos valores admisibles son hedonistas, economicistas y materialistas.

4) El caos étnico que fragmenta a las sociedades en grupos estancos en función de la pertenencia a determinados grupos raciales y religiosos, que en toda Europa se han mostrado impermeables a la integración y que conduce directamente a la guerra civil que será, a la vez, religiosa, étnica y social.

5) El avance del “modelo chino” que recoge lo peor del capitalismo (el consumismo, la búsqueda del máximo beneficio, la depredación de recursos) y lo peor del comunismo (masificación, dirigismo, sumisión al poder, control social) en un mundo en el que la globalización ha muerto y Europa el ámbito al que pertenecemos- ha visto disminuido su poder internacional.

6. ¿TERCERAS VÍAS? DESENGAÑAROS

En nuestros oídos resuenan todavía viejas consignas de nuestra juventud: “ni derechas, ni izquierdas”, llamamientos a una “tercera posición”, referencias a un espacio “de tercera vía”. Quizás por nuestra formación política originaria, tenemos cierta predilección por estas fórmulas… pero, muy a nuestro pesar, hay que reconocer que ese tiempo ha terminado. Mo sólo ha concluido el tiempo del “centrismo” (equidistancia entre derecha e izquierda dentro de un régimen parlamentario), sino de las “terceras vías” (en una perspectiva antisistema).

Es preciso, pues, constatar, de partida:

- En la actual situación ya no caben posiciones fuera de la “política de bloques”. O se está con la derecha conservadora o se está con la izquierda. En la actualidad solamente existen posibilidades de construir “tercerismos” sobre el plano teórico, pero -mientras permanezcan las actuales constantes de la política española e internacional- son de imposible traducción a términos políticos.

- Valen como testimonialismos, valen para aquellos que sienten la necesidad de “hacer lo correcto”, pero no para los que experimentan la necesidad de construir el futuro. El radicalismo de la ingeniería social progresista es tal que ha abolido cualquier terreno intermedio de discusión y de renovación.

- En este contexto, no hay posibilidades de “lucha cultural”, menos aún de “lucha política” y ninguna, por supuesto, de “lucha social”: ambos bloques obligan a una posición en su interior a la vista de la potencia de cada uno de ellos. El espacio intermedio solamente puede ser concebido como una “tierra de nadie”, batida por los obuses, minada, con trincheras a ambos lados, yerma y desierta en la que es imposible encontrar población que aporte “fuerza social” a una acción política, cultural o social “tercerista”.

- Así pues, los “terceristas” harían bien en reservar sus escasos efectivos, evitar lanzarlos al combate, huir de enfrentamientos directos con cualquiera de las dos actitudes y evitar discusiones sobre si conviene apoyar al bloque progresista para avanzar la desintegración del sistema o apoyar al bloque conservador para huir de situaciones de vacío de poder y evitar descender a situaciones aún más deterioradas para la comunidad.

- Las cuatro posiciones divididas en los dos bloques, en su totalidad, tienen que ver con actitudes ante el sistema surgido en 1789 y del que ha derivado el caos de la modernidad. Parece evidente que cualquier “tercera vía” se sitúa en “otra parte”: no tiene nada que ver con el sistema de valores construido a partir de la Revolución Francesa y de la Revolución Americana, y por tanto, tiene poco que ver y que hacer con las distintas fórmulas para “hacer avanzar” o “rectificar” las iniciativas nacidas en esos hitos históricos y en los que siguieron (Revolución de Octubre, creación de las Naciones Unidas y sus satélites, mayo del 68 y contestación, new-age y transhumanismo).

- Para que el “tercerismo” y la defensa de las identidades puedan tener una opción, es preciso que, antes, el sistema colapse y que, cuando ese colapso se haya producido, existan, al menos en potencia, un marco doctrinal completo, una clase política dirigente de reemplazo y unos objetivos políticos concretos que alcanzar y que sea posible alcanzar mediante una estrategia y unos diseños tácticos. Nada de todo esto existe hoy. De ahí la necesidad de concentrar esfuerzos en las catacumbas y prepararlos.

7. BIEN ¿Y ENTONCES A QUIEN VOTAR?

Parece bastante claro que, en la teoría de las “cuatro velocidades”, solamente hay una opción a la que se pueda apoyar: aquella que, dentro del bloque conservador, propone alejarse lo más posible del “área peligrosa”, lo que hemos llamado y descrito como “el abismo”. Esa opción es Vox.

Ahora bien, seríamos excesivamente ingenuos si pensáramos que con Vox todos los problemas se van a resolver:

- No se van a resolver de la misma forma que Trump no estuvo en condiciones de resolver los problemas de los EEUU (e incluso algunas de sus medidas fueron problemáticas: convertir campos de cultivo de cereales en campos de marihuana, por ejemplo), como tampoco los resolvió Jaïr Bolsonaro en Brasil, ni los resolverá Giorgia Meloni en Italia, ni seguramente los podrá resolver en Francia, Marina Le Pen: el cáncer progresista ha hecho metástasis y afectado a todos los organismos del cuerpo social. Se pueden aplicar tratamientos paliativos, pero hay que pensar que buena parte de los males que afectan a nuestra sociedad, como máximo, pueden “cronificarse”, es decir, evitar que vayan a más, que la situación del conjunto empeore, pero, difícilmente, muy difícilmente, conseguirán sanarse.

- Así pues, votar ni es una obligación, ni una necesidad, pero si se decide ir a votar, es preciso hacerlo teniendo en cuenta los límites de la opción: nada importante se va a resolver. Seguirán existiendo autonomías y el gasto público, en consecuencia, seguirá siendo inasumible, seguirá existiendo deuda de billón y medio e intereses de 42.000 millones de euros solamente a pagar en 2024, los tenedores de la deuda serán los que impongan sus condiciones a cualquier gobierno, por tanto, no puede esperarse que disminuya la presión fiscal. Así mismo, España seguirá en la UE, presa por la legislación y las normativas anquilosadas y burocráticas y que espera una renovación profunda que nadie es capaz de hacer sin que la entidad estalle en mil pedazos.

- En el mejor de los casos, el voto a Vox, serviría para dar alas a una “coalición conservadora” en la que el centro-derechismo del PP, con sus ultraliberales, sus pro-OTAN y su confusionismo ideológico (en general, las derechas no han interpretado que caminamos hacia una nueva sociedad generada por la Cuarta Revolución Industrial y no han definido su modelo de sociedad en ese contexto nuevo, creyendo que, en las dos próximas décadas, si ellos gobiernan, todo seguirá igual. Cuando en realidad, en cada Revolución Industrial se asiste a una distinta concepción del poder, a unos nuevos “amos” (habitualmente, los propietarios de las nuevas tecnologías) que imponen las nuevas reglas del juego.

- Votar, una vez más, no resolverá absolutamente nada, salvo el cambio de protagonismos. Poco más. Y, ciertamente, alejar al psicópata clínico que gobierno hoy es una exigencia de sentido común, pero lo que vendrá después no será un camino de rosas.

8. EL PUNTO MÁS DÉBIL DE LA COALICIÓN CONSERVADORA

Cuando hemos definido a Núñez Feijóo como “el gris” es porque creemos que ese es el tono que mejor corresponde a sus orientaciones. No hace ni un mes, Feijóo todavía no había abandonado su viejo proyecto de “pactar con el PSOE”. En el fondo, era el proyecto que le acompañaba desde que sustituyó a Casado al frente del partido: “el PSOE es mi primera opción de alianzas”. Lo dijo por activa y por pasiva. No era absurdo… en un marco pluripartidista, pero sí es muy ingenuo de su parte, pensar que en la situación de “política de bloques” en la que hemos entrado, este llamamiento puede hacerse. A lo peor es que Feijóo no ha entendido la nueva situación generada. No importa, si él no lo ha entendido, el electorado si lo ha hecho.

Obviamente, los desplantes de Sánchez, su carácter psicopático e insano, han hecho imposible que Feijóo mantuviera durante mucho tiempo aquella primera línea política. La debió modificar en cuanto comprobó que paralelamente a la negociación con Sánchez para la renovación del Consejo Supremo del Poder Judicial, éste tomaba medidas por su cuenta que torpedeaban dichas negociaciones: Feijóo tardó en entender que si Sánchez prefería apoyarse en el magma ultrafragmentado y multiforme de la extrema-izquierda y de la no-España, antes que, con el PP, era porque a este último le hubiera sido mucho más difícil manejar. Y, por lo demás, a Sánchez no le importa nada -ni España, ni el PSOE, ni ideal alguno- salvo él mismo: por lo que obligarle a rectificar era algo que nunca hubiera aceptado.

Tras las elecciones municipales y autonómicas pasadas, Feijóo rectificó su llamamiento al PSOE: ya no iba dirigido a Sánchez, ni a la actual dirección socialista, sino a García-Page y a “algunos diputados socialistas” que le harían falta para gobernar sin el apoyo de Vox. Si hemos de creer lo que ha ido diciendo a lo largo de la campaña: excluye la presencia de Vox en el gobierno.

También aquí es muy posible que se equivoque:

- Después de las elecciones, especialmente, si el PSOE queda con menos de 90-100 diputados, Sánchez no podrá evitar que los barones del partido se le echen encima y, sencillamente, lo despedacen. Para ello ha intervenido en la formación de las candidaturas colocando a sus amigos al frente de las mismas, en la creencia de que podrá apoyarse en el grupo parlamentario, y contrarrestar el peso de los barones. Esta estrategia no está asegurada: todo va a depender de cómo quede el PSOE después de las elecciones. Si la derrota es por un margen muy amplio, lo más probable es que los “amigos” de Sánchez, por arte de magia, dejen de serlo, sino en los días siguientes a las elecciones, sí en los meses próximos, cuando Feijóo mire “debajo de las alfombras” o se realice una auditoría sobre las cuentas del Estado. Aflorarán casos de corrupción, despilfarro y mala gestión deliberada e interesada. Dudamos de que los apoyos a Sánchez se mantengan en esas condiciones e, incluso, que su plan de ser Secretario General de la OTAN u ocupar cualquier otro cargo internacional pueda llegar a buen puerto. El problema del PSOE es de futuro en dos sentidos:

1) Sobre qué líneas programáticas se basará en los próximos años y

2) Cuál será el futuro Secretario General del PSOE.

Ninguna de las dos cuestiones tiene una respuesta fácil y, probablemente, la primera no tiene ninguna (desde el zapaterismo el PSOE ha renunciado a la socialdemocracia para zambullirse en la ideología Agenda 2030) y para la segunda solamente puede recurrir a barones de poco calado político fuera de sus “territorios”. No hay que descartar que la sigla PSOE siga a otras siglas socialistas “indecorosamente fenecidas”: el Partido Socialista Francés o el Partido Socialista Italiano. Y aquí reconocemos expresar tanto un deseo como una posibilidad.

- Vox, debería de ser realista: no solamente no debería estar en el gobierno, sino que debería “esperar su momento”. Estas no van a ser “las elecciones de Vox”. Puede aspirar a realizar un apoyo crítico a un eventual gobierno del PP presidido por Feijóo, pero a nada más. De hecho, no debería de aspirar a nada más, salvo a situarse en posición para romper el PP en el siguiente ciclo electoral. Feijóo, como máximo podrá atenuar algunas de las líneas más extremas y problemáticas del pedrosanchismo. Nada más. Y lo hará afrontando una situación económica global negativa, una situación política internacional endiablada (con el ascenso de la República Popular China a primera potencia mundial y con un conflicto ucraniano cuyo final o su enquistamiento solamente dependen de quién venza en las elecciones norteamericanas de 2024), con una UE paralizada y en la que los partidos populistas cada vez amplían más su peso y su influencia (actualmente, la Acción por Alemania es el segundo partido del país en intención de voto y en Francia, Marine Le Pen ya ha superado a Macron en intención de voto, tras los incidentes provocados por las bandas étnicas). Además, Feijóo no es un “hombre de ideas”: es un burócrata, con unas ideas generales vagas en muchas materias, erróneas en algunas (no olvidemos que propuso la vacunación obligatoria cuando estaba al frente de la autonomía gallega…), no ha enunciado políticas económicas claras, ni, por supuesto, un modelo económico concreto. Lo más que puede hacer es enmendar los errores económicos más graves del pedrosanchismo (como Rajoy hizo con las meteduras de pata del zapaterismo), pero poco más.

- Dentro de cuatro años, lo más probable es que el elector conservador se haya hartado de las promesas y las ambigüedades de Feijóo: para entonces, Vox debería tener un historial “limpio”, sin manchas derivadas de haber colaborado en la gestión de un PP impotente y en el que se manifiesten sus “dos almas”: la conservadora y la liberal. Entonces sí será el “momento” de Vox, el del “sorpasso” o, incluso el de la formación de un gran bloque de la derecha liderado por Vox y por la corriente del PP más afín a este partido. Un compromiso con el gobierno Feijóo, formar parte de él, cualquier actitud que vaya más allá de un apoyo crítica, sería empañar el propio historial, evidenciar imposibilidad para aplicar el programa de Vox, quedar en actitud muy secundaria confinado en ministerios de tercera o cuarta fila, en los que se maneja algo de presupuesto, pero apenas se influye en la sociedad y, a la hora de las grandes decisiones, se permanece como “convidado de piedra”. Algo parecido a lo que le ha ocurrido a Podemos en el gobierno Sánchez.

9. LA POSIBILIDAD DE QUE VENCIERA EL PSOE…

Siempre, claro está, existe la posibilidad de que venciera el bloque de las izquierdas… Al menos eso es lo que hoy todavía afirmaba el CIS (si es que alguien, a estas alturas puede creer las “profecías” de Tezanos). Cuatro años más de pedrosanchismo supondría el advenimiento de un estado de “fallo catastrófico” para nuestro país, un mirar al fondo del “abismo”, con el vértigo que genera y la atracción por el vacío que inevitablemente se siente. Pensar en otros cuatro años de “bloque de izquierdas” supondría certificar el fin de nuestro país, de nuestra sociedad y, por supuesto, de nuestra identidad. Y esto, cuando todavía no existe un movimiento de resistencia “tercerista”. La peor de todas las opciones.

En otras elecciones no hemos tenido inconveniente en proponer la abstención, el voto nulo o el voto en blanco, pero en esta ocasión, la pesadilla de cuatro años más de “pedrosanchismo” es suficientemente inquietante y aterradora como para proponer el voto para el bloque conservador, con todas las limitaciones, las dudas y las ambigüedades que encierra.

Quien piensa hoy en la identidad, en el pueblo y la nación, en su grupo étnico y en la cultura que le corresponde, debe ser consciente de que necesita GANAR TIEMPO, dilatar los plazos, ampliar el período de creación de infraestructuras doctrinales, organizativas y estratégicas, para cuando se producto el desplome del sistema y el colapso de los modelos nacidos con posterioridad a 1789. Porque, si de algo podemos estar seguros es que ese colapso se producirá.

Parafraseando a Shakespeare y a su Julio César, podemos decir que entre 2030 y 2050 podrá decirse aquello de que “los idus de marzo han llegado… pero no han pasado”. Todos los futurólogos ven con relativa claridad la marcha de nuestra civilización hasta esos topes, a partir de 2050, todo se vuelve incierto, problemático, incluso inviable, oscuro y descorazonador. Votar a Sánchez en estas elecciones, supone acortar esta horquilla temporal: aproximar el “desplome nacional” al 2030, adelantarlo, hacerlo inminente.

10. CONCLUSIÓN: PROBLEMAS “ENDÓGENOS” Y “EXÓGENOS”. LA “TORMENTA PERFECTA”

Podemos decir que, en esta convocatoria electoral, el votante debe reconocer la existencia de dos tipos de problemas: “endógenos” (los que derivan de la propia situación española) y “exógenos” (que afectan a un contexto mucho más amplio):

1) Problemas endógenos: El régimen nacido en 1978 ha generado una situación “normal” en democracia: la inconsecuencia de un sistema que solamente se rige por mayorías “cuantitativas” y no “cualitativas”, termina introduciendo una “selección a la inversa”: siguen en la clásica política los más demagogos, los que más ambiciosos, los que menos posibilidades tienen de destacar en la sociedad civil. La “calidad” se va retrayendo: el campo queda solo para los oportunistas sin escrúpulos. Al final, el poder queda en manos de personajes con graves trastornos de senectud (un Biden, verdadera marioneta de los distintos grupos de presión elitistas norteamericanos) o un Pedro Sánchez (auténtico caso clínico y confirmación de que la política -junto con la empresa- son los campos de actuación preferenciales de los psicópatas integrados). A esto se ha llegado después de 40 años de pendiente. Como era de esperar, el empobrecimiento creciente en la calidad y preparación de clase política, ha generado el que se hayan enquistado problemas (vertebración del Estado, características de nuestro mercado laboral, desindustrialización creciente, crisis del campo, presión fiscal sobre la clase media, descenso del nivel cultural general de la población, pérdida de poder adquisitivo de la mayoría, crisis de natalidad, acción deletérea de la UE, endeudamiento creciente e insoportable a partir del zapaterismo, etc.) que hoy tienen difíciles soluciones y que ningún gobierno se atrevería a afrontar, so pena de desencadenar una oleada de protestas.

- Problemas “exógenos”: son aquellos problemas cuya capacidad de resolución ya no está en manos de manos de la clase política española, porque superan nuestras fronteras y han sido generados por factores ajenos a nuestro país; son de tres tipos:

1) Institucionales, generados por nuestra adscripción a distintos organismos internacionales, tanto por la acción de la ONU (Agenda 2030), como de la UNESCO (mundialismo), como de la FAO (en manos de China y de los consorcios farmacéuticos), de la FAO (con sus nuevas “propuestas alimentarias”), con la OTAN, con la Unión Europea y con todos los acuerdos y pactos que, en ocasiones de manera muy irresponsable, han suscrito gobiernos españoles en estos últimos 40 años.

2) Coyunturales, es decir, problemas que han ido apareciendo poco a poco, nadie los había previsto (aunque podían preverse): son problemas económicos, de producción y distribución, de escasez de materias primas, problemas de carácter antropológico (incluso la identidad humana está hoy desdibujada con la IA, la robótica, las nuevas tecnologías y todo lo que acompaña a la Cuarta Revolución Industrial), cultural (la pérdida de identidad supone siempre un empobrecimiento cultural y una bajada drástica del nivel cultural medio de la población), pérdida de confianza en los organismos internacionales y dudas sobre su papel, crisis de los sistemas educativos, crisis de la información, crisis energética e imposibilidad de disponer de un modelo energético de futuro propio, aumento de la criminalidad e incapacidad de los poderes públicos para afrontarla con medidas drásticas, salvajismo creciente en las calles y en los espectáculos públicos, generalización del uso de drogas y de cualquier tipo de adicciones, etc, etc, etc. Antes, todos estos problemas hubieran podido afrontarse, uno a uno, a medida que iban apareciendo, pero, en la actualidad, resulta impensable que el sistema pueda afrontarlos todos en el mismo momento.

3) Históricos en el marco de la civilización occidental que nos han acompañado desde 1789 y cuya solución no ha sido resuelta y que fueron el resultado de la Primera Revolución Industrial y de las que han seguido hasta nuestros días. El sistema ha ido aplazando su resolución y ocultando la existencia misma del problema. El lema “libertad-igualdad” encerraba muchas dudas y contradicciones que, desde el principio, se enmascararon; después de los intentos de rectificación del socialismo utópico, del bolchevismo, de la socialdemocracia, de las revoluciones tercermundistas, de la nueva izquierda sesentaiochesca, de los “indignados”, del neoliberalismo, hoy hemos ido a parar al “pensamiento único”, a las locuras de las distintas corrientes “postmodernistas”, a la “corrección política”, que más que “soluciones” no pasan de ser reflejos de una tendencia histórica generalizada, de una especie de fatum por el que discurre la civilización occidental. A esta categoría pertenecen también los conflictos geopolíticos, las rivalidades geohistóricas y los “choques de civilizaciones” en curso.

Todo esto hace que estemos ante la posibilidad inequívoca de una “tormenta perfecta”: ya no son problemas que puedan afrontarse de uno en uno, sino que han coincidido en el espacio (en el marco de la civilización “occidental” especialmente) y en el tiempo y el sistema ya carece de vitalidad y energía como para afrontar su resolución (que, inevitablemente, comprometería la misma existencia del sistema).

Tal es la situación de conjunto. ¿Podemos pensar que votando a tal o cual opción, se van a disipar las nubes de la “tormenta perfecta”, que gracias a una simple papeleta con tal o cual sigla, lograremos que el Sol siga luciendo en un cielo despejado? No seamos tan ingenuos como para esperar mucho de una acción tan banal como votar.








martes, 4 de julio de 2023

EL CONFLICTO UCRANIANO Y LA DERIVA DE LA POLÍTICA INTERNACIONAL (3 de 3) - los "camaradas ucranianos"

 
ANEXO: SOBRE LOS “CAMARADA UCRANIANOS”

En Ucrania existen organizaciones nacionalistas, social-nacionalistas, neo-nazis y de extrema-derecha, variedades que es preciso no confundir. Pero es muy importante tener claro:

1) Que en Kiev no está asentado un gobierno neo-nazi, ni siquiera de extrema-derecha populista. Cuando se inició la nueva fase del conflicto en febrero de 2022, Putin declaró que luchaba contra el “gobierno nazi ucraniano”. Nada más lejos de la realidad: la declaración tenía como único objetivo legitimar la guerra, remitiéndola a la “gran guerra patria” a efectos de política interior y al “antifascismo” tan habitual en los países de Europa. En Ucrania existen grupos de las distintas variedades de extrema-derecha, como existen en Rusia y en cualquier otro país. Pero en Ucrania no tienen un peso político específico, se trata de grupos minoritarios que han sido reciclados como carne de cañón para la política de Zelensky.

2) Que en el momento actual en Ucrania no existen libertades políticas. El escenario político está dominado por un partido, el que llevó al poder a Zelensky, Servidor del Pueblo, partido all-catch (en el que entra todo y niega tener ideología), que proclama que su único objetivo es “una Ucrania fuerte, poderosa y libre”. El resto de partidos están prohibidos desde marzo de 2022. El principal partido de la oposición, la Plataforma de Oposición – Por la Vida, rusófilo y euroescéptico, junto con otros 10 partidos menores están prohibidos. En junio de 2022 se prohibieron otros 17 partidos. La excusa es siempre la misma: sospechas de rusofilia. Dicho de otra manera: Ucrania no es una democracia. Solamente son “aceptados” aquellas formaciones que cumplen los requisitos marcados desde el Washington: entrada en la OTAN e ingreso en la UE, negativa a negociar con Rusia. Así pues, los partidos de extrema-derecha que siguen operando en el país, son los que han aceptado e incorporado esta temática.

3) El principal partido de extrema-derecha es Svoboda (“Libertad”, antes Partido Nacional Social de Ucrania). Declaran 20.000 afiliados y en las elecciones de 2019 quedaron en noveno lugar con 307.244 votos lo que suponía un 1,62% del total. Es la organización que se reclama heredera de Stepan Bandera sucesora de la histórica Organización de Nacionalistas Ucranianos. Su programa es muy simple: nacionalismo conservador, su programa de 9 puntos podría ser compartido por cualquier partido populista europeo, al menos, en 8 de sus tesis. Su momento de gloria fue tras el golpe de Estado que apeó a Yanokovych del poder en febrero de 2014, cuando cuatro miembros de Svoboda formaron parte del nuevo gobierno. La otra formación “neo-nazi” es la Unión Nacional de Ucrania, a partir de la Unión Social Nacional Ucraniana. Su símbolo es el “wolfsangel” y su lema “Raza, Nación Tierra”. Sería el grupo neo-nazi por excelencia que estuvo presente en el “euromaidán” y cuenta con un millar declarado de afiliados.

4) A esto habría que sumar grupo nacionalistas clásicos (la Asamblea Nacional Ucraniana, el Právy Sektor, el C14 formado por nacionalistas radicales, etc, los cuales mantienen formaciones paramilitares. Cabe decir que la extrema-derecha ucraniana es bastante similar a la de cualquier otro país del Este, incluida Rusia. Su papel político en Ucrania es, en la actualidad, minúsculo. Sumados no llegan al 5% del electorado (cifra mínima para tener acceso al parlamento). Ahora bien, el conflicto y las primeras declaraciones de Putin para justificarlo ante Occidente han generado cierta confusión, a las que se sumó la presencia de algunos voluntarios de extrema-derecha europea y norteamericana en el Batallón Azov. Pero se ha tratado de incorporaciones individuales, reducidas a unas pocas decenas de personas.

En conclusión, puede afirmarse que la presencia de grupos de “extrema-derecha” en sus distintas variantes en Ucrania no justifica una toma de posición a favor de este país por parte de los que, en países occidentales, se identifican con estas posiciones. Y esto por tres motivos:

- el papel de estos grupos en el gobierno de Zelensky está hoy reducido a cero; algo que se entiende perfectamente dado el poder de la oligarquía judía en el país y el origen judío del propio Zelensky y de otros altos cargos de su gobierno, incompatible con el antisemitismo histórico del que hacen gala estos grupos.

- en Rusia existen grupos similares: el equivalente al Svoboda sería el Partido Liberal Demócrata de Rusia, liderado hasta su muerte por Vladimir Zhirinovski, y el equivalente a la Unión Nacional de Ucrania sería el ya disuelto Pamiat, al Frente Patriótico Nacional, la Unidad Nacional Rusa (ilegalizada en el 2000 y que contó con 20.000 afiliados), la Unión Panpopular de Rusia de Serguei Baburin y, por supuesto, el círculo en torno a Alexandr Duguin.

- un análisis de política exterior no puede estar lastrado por las filias o las fobias, por la presencia de “amigos” o “camaradas” en uno u otro bando. El análisis de un conflicto de política internacional debe estar realizado desde un triple punto de vista: el histórico (cómo se ha originado una crisis y cuáles son sus raíces últimas), el de las partes implicadas (los actores y sus alianzas) y el de las repercusiones que tiene para la zona geográfica desde la que se realiza el análisis. Y esto es precisamente lo hemos intentado hacer en esta serie de tres  posts. 








EL CONFLICTO UCRANIANO Y LA DERIVA DE LA POLÍTICA INTERNACIONAL (2 de 3) - Origen histórico, actores, horizontes y

1. La Guerra Fría desde las dos partes de la trinchera

El origen del “conflicto ucraniano”, paradójicamente, se sitúa en el final de la Guerra Fría. Durante cuarenta años, entre 1948 y 1988 se nos había explicado que la URSS era un Estado agresivo e imperialista y que los partidos comunistas eran las quintas columnas de su política exterior; que su gobierno era antidemocrático y que, por todo ello, si triunfaban los partidos comunistas o si los blindados del Pacto de Varsovia atravesaban las líneas defensivas de la OTAN, nos esperaba un tiempo de opresión, oscuridad y terror.

Esta perspectiva era aceptada por todas las fuerzas políticas en Occidente -salvo, claro está, por los partidos comunistas- y tenía una parte de verdad. El problema era que, en la otra parte, las cosas se veían exactamente igual: los EEUU y su capitalimperialismo buscan oprimir a las clases sociales y a los países libres, someterlos a sus intereses económicos y a su inmoralidad disfrazada con la máscara de Disneyworld. Por tanto, era preciso defenderse de esta agresión contra los pueblos libres y plantar cara al imperialismo como se hizo en Vietnam, en Cuba, etc. A pesar de que, en Occidente, esta posición no era compartida más que por la izquierda y la extrema-izquierda, lo cierto es que también había algo de verdad en las afirmaciones.

La cuestión era que tanto la URSS como EEUU se sentían amenazados y reaccionaban asestando cuantos zarpazos podían. Cuarenta años después del inicio del conflicto, EEUU resultó vencedor. Desapareció el Pacto de Varsovia y el COMECON, desaparecieron los residuos de la segunda guerra mundial en los países del Este, las bases rusas en Europa del Este, se desmontaron. El peligro había pasado… Sin embargo, EEUU siguió en pie de guerra.

Cuando cae la URSS, EEUU interviene masivamente en un conflicto local -el que había estallado entre Kuwait e Irak- y, operando mediante bombardeos a gran altura, lluvias masivas de misiles e incluso bombardeos navales desde acorazados supervivientes de la Segunda Guerra Mundial; tras obligar a Saddam a retirarse de Kuwait, proclama en boca de George Busch senior, “el nuevo orden mundial”. En otras palabras: mundialismo cultural, globalización económica, dominio del dólar como única moneda de cambio internacional. O se aceptaban las nuevas reglas del juego o quien mostrara reservas sería destruido.

Y, por supuesto, ¿para qué respetar las promesas y las seguridades dadas por Bush a Gorbachov de que la OTAN no crecería hacia el Este? El vencedor siempre tiene la potestad de imponer las reglas a la parte derrotada. No hay generosidad, ni puede haberla. En la película La Casa Rusia (1990), el agente de la CIA encarnado por Roy Scheider, en un momento dado dice: “Cuando tienes al adversario en el suelo, no se trata de darle la mano para que se levante; hay que aprovechar para patearle el estómago”. Esto es, precisamente lo que trataron de hacer los EEUU. Intervinieron en la política interior rusa, promovieron la figura de un personaje nefasto, mediocre, alcoholizado hasta la saciedad, Boris Eltsin, a la presidencia del país. Durante los ocho años que ocupó el cargo, Rusia se hundió hasta el extremo de que apareció una poderosa oligarquía, la economía se hundió, el PIB cayó un 50%, apareció la hiperinflación, el paro masivo, la esperanza de vida retrocedió casi un lustro, se produjeron estallidos de guerra civiles generados artificialmente en la periferia del país.

La situación de Rusia a finales del milenio era parecida a la de la Alemania de 1930 o a los EEUU de 1929-39. Hoy nadie puede dudar que la llegada de Putin a la presidencia -y poco importan las artimañas y las operaciones de “bandera falsa” que se realizaron para auparlo- frenó este proceso de decadencia y supuso un acicate para la tarea de reconstrucción nacional.

2. El dogmatismo geopolítico novecentista
o la obsesión anti-rusa del Pentágono

Mientras, en el Pentágono, los análisis de Zbigniew Brzezinsky seguían siendo “oráculos sagrados”. Su teoría era que la “seguridad” del “tablero mundial” solamente dependía de unos EEUU que estuvieran presentes en el espacio euroasiático y de que Rusia nunca pudiera reconstruir su poder imperial. Así pues, el problema no era el “comunismo”: el problema era Rusia.

En realidad, Brzezinsky no había inventado nada nuevo: se había limitado a trasladar las líneas maestras de la política colonial británica durante más de dos siglos, a la otra orilla del Atlántico. En efecto, desde los años 30, el Imperio Británico en decadencia ya no podía garantizar su hegemonía en Europa continental y precisó “exportar” su tesis central, a saber, impedir que en el espacio europeo existiera una potencia dominante y, sobre todo, impedir entendimientos París-Berlín-Moscú. Y no era una cuestión “ideológica”, no se trataba de si los “comunistas” gobernaban en alguna de estas capitales, sino de que ni franceses, ni alemanes, ni rusos pudieran ser potencias hegemónicas, ni siquiera aliadas, en Europa (lo que hubiera arrojado fuera del espacio europeo al mundo anglosajón).

En 1992 era evidente que una parte de Europa, la Europa del Este, había sido evacuada por las tropas rusas y, al menos momentáneamente, parecía haber superado las consecuencias de la “derrota de Europa” en 1945 (cuando no solo Alemania e Italia fueron derrotadas, sino cuando norteamericanos y soviéticos ocuparon Europa evidenciando su derrota como continente), pero en la Europa del Oeste, las cosas seguían exactamente igual que antes: no solo eso, sino que la OTAN, esa alianza creada para defender a Europa de la amenaza soviética, seguía viva y activa, ampliándose, a pesar de que esa amenaza se había extinguido. Ni Bush ni sus sucesores tuvieron nunca la más mínima intención de disolver la OTAN, ni mucho menos de evacuar las bases militares norteamericanas en Europa Occidental. No solo eso, sino que, mediante pactos económicos, obligaron a los países del Este Europeo que se habían liberado del comunismo a ingresar en la OTAN, como condición sine qua non para sumarse a los beneficios alegremente ofrecidos por la UE.

A lo largo de la década de los 90, EEUU mantuvo un pulso con Alemania y con el Vaticano en el territorio de Yugoslavia. Alemania, en aquel momento, creía que un corredor hacia el Mediterráneo a través de Austria, Eslavonia y Croacia, beneficiaría a su comercio; el Vaticano quería hacer de Croacia lo mismo que había hecho con Polonia: un Estado en el que su influencia fuera determinante. Y, finalmente, los EEUU, siempre guiados por las visiones geopolíticas de Brzezinsky y sus neurosis obsesiones antirusas, quería destruir a los “eslavos del Sur”. Estos tres países hicieron que un problema que hubiera podido solucionarse en la mesa de negociaciones o, incluso, en el marco de la UE, se solventara mediante distintos episodios bélicos en los que el gobierno de Slovodan Milosevic se llevó la peor parte.

Hubo que esperar hasta que Javier Solana, un clásico socialista-oportunista, llegara a la jefatura de la OTAN para que aceptara ser el telefonista de Clinton y transmitiera a las bases aéreas militares las órdenes de bombardear y destruir lo que quedaba de Yugoslavia. Y Solana demostró saber marcar bien los teléfonos. La OTAN había demostrado ser un instrumento del Pentágono y del complejo militar-industrial norteamericano, contra los pueblos europeos. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, europeos habían matado a europeos para mayor gloria del “imperio global norteamericano”.

3. Cuando el “nuevo orden mundial USA"
sigue siendo “nuevo”, pero ya no es USA

Pero las cosas iban a cambiar a partir del año 2000. Los EEUU seguían creyendo que el “nuevo orden mundial” definido tras la guerra de Kuwait sería “el suyo”: mundialismo cultural y globalización económica. No contaban con que había un país que se vería beneficiado por encima de cualquier otro. Era el país al que se habían deslocalizado las plantas de producción: la República Popular China. A partir del año 2000, el despegue económico de China fue hasta tal punto brutal que algunos años superó el crecimiento del PIB con cifras de dos dígitos. Washington seguía obsesionado con Rusia, creía que los chinos serían una potencia económica de segundo orden, irrelevante desde el punto de vista militar. Se equivocaban en ambos factores.

En China se daban cuatro condiciones para convertirse en una superpotencia: vitalidad demográfica, tecnología y territorio. Y, a medida que el mundo iba entrando en la Cuarta Revolución Industrial, estuvo claro que, estos cuatro elementos se iban a combinar para desplazar el eje de la historia, del Atlántico a Asia-Pacífico.

Pero hasta la gran crisis de 2007-2011, los EEUU estaban convencidos de que las inyecciones diarias de yuanes chinos en las bolsas norteamericanas contribuirían, no solo a garantizar el consumo en los EEUU, sino a alejar los riesgos de guerra con China; este país habría entendido cuál sería su papel en la historia mundial del siglo XXI: convertirse en la “gran factoría mundial”. Los EEUU creyeron que los excedentes económicos chinos seguirían invirtiéndose ad infinitum en las bolsas norteamericanas, por lo que el verdadero enemigo, incluso en el nuevo escenario Asia-Pacífico, seguía siendo Rusia. Así pues, era necesario torpedear a cualquier aliado que pudiera tener Moscú en cualquier parte del mundo. El análisis era una muestra de cómo el rigidismo dogmático geopolítico puede llevar a desenfoques en la percepción y, de ahí, a errores en las políticas adoptadas.

La crisis de 2007-2011, hizo reflexionar al gobierno chino: estuvo a punto de perder medio billón de dólares invertidos en los bancos de inversión Fanie Mae y Freddie Mac, que estuvieron a punto de seguir el camino de Leman Brothers. Fue un toque de atención. A partir de ese momento, China dejaría de apostar masivamente por las bolsas norteamericanas, iría reduciendo sus inversiones, diversificándolas y, sobre todo, las reorientó a otros escenarios: Iberoamérica, África… Pero hizo algo más.

La crisis de 2007-2011, recordó a la República Popular China quién era su adversario: el dólar y la economía dolarizada; por eso, desde mediados de la década siguiente se preparó para torpedear la hegemonía mundial del dólar como primera divisa de intercambio mundial. China había entendido que la fortaleza norteamericana derivaba de un dólar sobredimensionado gracias a su papel en la economía mundial. Con un dólar debilitado, el único recurso al que podría aspirar sería el militar para mantener su hegemonía mundial, pero la sociedad norteamericana no toleraría esa vía y se entregaría a cualquier presidente aislacionista en materia internacional.

4. Rusia y China, mismo lado de la trinchera,
pero distintas posiciones

Rusia, por su parte, desde el momento en que su reconstrucción empezó a dar frutos -lo que coincidió con la primera gran crisis de la globalización, 2007-2011- se mantuvo fiel al esquema que había trazado el Estado Soviético en su última etapa, con Gorbachov: la construcción de un mundo multipolar en el que Rusia sería una de las patas y que se apoyaría en otras potencias regionales. Este proyecto, para muchos países, era mucho más atractivo que el “nuevo orden mundial” dictado desde Washington y, mucho más prometedor: tal fue el origen de los “países BRICS” (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) que, unido a la red de alianzas que había tejido Moscú con Irán, suponía un polo de atracción para tres quintas partes de la población mundial.

Hoy, la política exterior de Putin tiene ese objetivo: un mundo multipolar capaz de asegurar la estabilidad y la paz a través de potencias regionales. En este proyecto queda implícito el reforzamiento del papel del Estado -herencia de la época soviética- que una vez despojado de la idea mesiánica marxista, se convertía en un instrumento político que en cada país podía adaptarse según la propia tradición y las propias circunstancias antropológicas, históricas y culturales. No era preciso que el mismo modelo de democracia triunfara en todo el mundo: era preciso que cada modelo de estado fuera lo suficientemente fuerte como para garantizar políticas estables y constantes que evitaran tensiones provocadas por cambios de gobiernos o la aparición de grupos de presión que forzaran al Estado a plegarse a sus intereses. En este sentido, Putin representa hoy el viejo principio mussoliniano: “nada por encima del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”.

Este diseño no es el mismo que el que guía a la República Popular China. Ésta aspira a la hegemonía económica mundial. China ha mantenido la integridad del Estado comunista en toda su dureza y especialmente porque corresponde a las características del pueblo chino que no ha conocido a lo largo de su historia otra fórmula de gobierno más que el mandarinato.

El maoísmo no fue nada más que la actualización de esa fórmula a la realidad china del siglo XX. Hoy, esa fórmula sigue estando vigente en China, pero no aspira a exportarla. Ha entendido -como Julius Evola había anticipado ahora hace casi 100 años- que la tendencia del capitalismo a convertir al productor alienado en consumidor integrado es el destino final de los regímenes liberales y que basta con generar histeria consumista y desenfrenadas y delirantes carreras hacia el consumo masivo, para mantener “contenta” y entretenida a la población. Gracias, además, a las nuevas tecnologías es posible garantizar el control de las poblaciones y facilitar el que el Estado o las grandes corporaciones, utilizando los elementos de análisis del comportamiento facilitados por el big-data, conozcan al consumidor mejor de lo que se conoce a sí mismo, puedan prever sus reacciones y garanticen el orden y la estabilidad social. En otras palabras, la República Popular China engloba e integra, aquí y ahora, lo peor del capitalismo, con lo peor del comunismo y tiende a materializar el imperio del “último hombre”, mejor que cualquier otro sistema político.

5. EEUU: “La vida sigue igual…” (como decía la canción)
en la “sociedad molusco”

Para los EEUU nada ha cambiado. Presos de su dogmatismo geopolítico, no advierten que en el último lustro han cambiado muchos elementos de la ecuación:

- La OTAN se va ampliando en dirección a Moscú, pero las nuevas incorporaciones son interesantes solamente porque permiten instalar bases militares del Pentágono cada vez más avanzadas. En realidad, cada paso que da hacia adelante la OTAN, cada nueva incorporación, suma un elemento de disensión interna: los últimos ingresos de Finlandia (2023), Macedonia del Norte (2020), Montenegro (2017), Albania (2009), no aportan nada desde el punto de vista militar, generan, simplemente, una factura que tendrá que pagar la UE. La permanencia de la mayoría de estos países en la OTAN dependerá de que sean o no admitidos o no en la UE. Ya hemos visto como Turquía, socio fundador de la OTAN en 1949, ha cambiado prácticamente de bando, después de ver decepcionadas sus expectativas de ingreso en la UE. En otras palabras: las ampliaciones facilitan únicamente tránsitos territoriales de tropas, pero apenas refuerzan el potencial de conjunto, más bien introducen posibilidad de posiciones contrapuestas en el interior.

- Por otra parte, el sistema americano de bases avanzadas en las fronteras de Rusia, resulta ilusorio desde el punto de vista militar mucho más que intimidatorio. Recordemos que la preparación del ataque contra Irak en 2003, se prolongó durante casi un año. Disponer, por ejemplo, de una base avanzada en Georgia con 40 marines, más que un punto de observación o de respuesta rápida es tener a 40 futuros rehenes al alcance de la mano del enemigo. Un misil hipersónico puede liquidar esa base de un plumazo. Los EEUU están presos en la lógica colonial heredada del imperio británico que ya se demostró falso en la guerra del Vietnam: una base, por grande que sea, no sirve para nada más que para controlar lo que está dentro del perímetro de esa base, y muy difícilmente lo que está en el exterior, especialmente, si la población es hostil.

- Mientras el complejo militar-petrolero-industrial genera conflictos armados desde los años 40, aumentando su peso en la industria norteamericana, no advierte que, interiormente, su sociedad se está debilitando cada vez más. La fisonomía de los EEUU es hoy similar a la de un molusco provisto de un caparazón aparentemente duro, pero bajo cuyas balvas se encuentra un cuerpo y unos organismos extremadamente blandos y frágiles: la crisis del fentanilo ha demostrado que el imperio de las corporaciones farmacéuticas es intocable; los 400.000 muertos por esta droga hablan por sí mismos. El hecho de que carteles mexicanos hayan cambiado su producción, de cocaína a fentanilo, es igualmente significativo: es una droga destinada a destruir la clase media blanca. Recorrer los EEUU supone advertir que se han quedado atrás en lo que a infraestructuras se refiere. Desde hace décadas aprovecha las construidas entre los años 40 y 70, las remienda, las repara una y mil veces, pero es incapaz de alcanzar los estándares europeos y no digamos chinos. De los últimos presidentes de los EEUU, solamente Donald Trump fue consciente de este problema y obró en consecuencia adoptando una política aislacionista en beneficio de la reconstrucción interior, pero eso implicaba merma en los beneficios del complejo militar-petrolero-industrial.

- Los aliados europeos de los EEUU se encuentran al límite de su capacidad. Cuatro décadas de inmigración masiva han alterado completamente las sociedades de Europa Occidental, el eje franco-alemán, motor de la UE, está agotado. Las muestras de este agotamiento es la incapacidad de ambos países por integrar a millones de inmigrantes, los problemas generados por esos contingentes inintegrables y subsidiados gracias al trabajo de la clase media autóctona. Las sacudidas que sufre periódicamente Francia o el hecho de que, en el momento de escribir estas líneas, Acción por Alemania figure en las encuestas como el “segundo partido en intención de voto”, el rechazo cada vez más generalizado a la Agenda 2030 y especialmente a la “soga verde” que asfixia a la economía europea con sus monsergas de “transición energética”, “energías renovables”, etc, el hecho de que los gobiernos europeos sean los únicos que se han tomado en serio los 17 puntos contenidos en el proyecto de ingeniería social de la ONU o el que cualquier “refugiado” (o presunto tal) procedente de un conflicto en las antípodas aspire simplemente a establecerse en Europa, la negativa a cortar radicalmente el flujo de inmigrantes, permite pensar que hoy, ya, las sociedades de Europa Occidental carecen de vitalidad y de cohesión interior incluso para garantizar su propia supervivencia y que, en apenas una generación, los contingentes llegados en tres generaciones de inmigrantes, harán imposible la existencia de sociedades europeas occidentales e impondrán su ley en determinadas zonas, exigiendo seguir recibiendo subsidios y completándolos con periódicos saqueos con cualquier excusa: ayer la final de la Champion’s, hoy la muerte de un pequeño delincuente, mañana las Olimpiadas de París, poco importa. Los “aliados europeos” de la OTAN no están mucho mejor que los propios EEUU: sociedades “molusco”, duras por fuera, blandas por dentro.

En estas circunstancias, provocar guerras o conflictos resulta suicida. Es más, cualquier pequeña alteración en la normalidad puede generar el hundimiento de esas sociedades, tanto en EEUU como en Europa Occidental. Pero la ceguera del complejo militar-petrolero-industrial norteamericano y la falta de talla de la clase política europea es tal, que el camino está marcado: era evidente que tratar de adelantar las líneas de la OTAN hasta las puertas de Moscú era una provocación en toda regla que no estaba motivada por ningún gesto hostil de Rusia… ¡pero era una necesidad del complejo militar-industrial! ¡sin guerras no hay beneficios! Y la ominosa retirada de Afganistán y el final contundente de la guerra civil siria generó un vacío en la tesorería de estos consorcios. Era preciso generar nuevos focos de tensión.

6. Y así llegamos al “conflicto ucraniano”...

Y ahí estaba un individuo sin experiencia política, sin partido digno de tal nombre, sin ideas, sin objetivos, al frente de Ucrania, un “Estado fallido” en el que los oligarcas hacen y deshacen a su antojo y que hoy ocupa el puesto número 116 en el ranking mundial de la corrupción (sobre 180, España ocupa el puesto 35, así que puede compararse), un Estado endeudado, que mantenía una guerra de baja cota contra las repúblicas del Dombas, haciendo gala de un nacionalismo propio del primer tercio del siglo XX y de reivindicaciones territoriales desmesuradas hacia el sudeste e, incluso, hacia Polonia, que tras veinte años de inestabilidad, había votado a un actor, Volodimir Zelensky, consciente de que o se lo comían los oligarcas gracias a los cuales había llegado al poder, o se lo comían sus propios votantes si la situación económica no remontaba, o se lo comían la población rusófona mayoritaria en la mitad Este del país… Zelensky solamente tenía una posibilidad de salir adelante: contar con los fondos de la UE, pero, para ello, debía de ingresar en la OTAN. Y Zelensky realizó ese movimiento peligroso que, en la práctica, suponía colocar misiles a 15 minutos de Moscú.

Es más que probable que los servicios de inteligencia occidentales le garantizaran que Rusia no estaba preparada para la guerra (en 1939, los servicios de inteligencia ingleses garantizaron a Polonia que el Tercer Reich no estaba preparado para la guerra, sino que tenía paridad de fuerzas, en apenas quince días, la caballería polaca llegaría a Berlín… La historia nuevamente se ha repetido y un nacionalista poco avezado en temática militar, en historia, incluso en cultura general y no digamos en operaciones de intoxicación, fiándose de informaciones falsas, ha dado el paso al frente). Zelensky pone los muertos; el complejo militar-industrial norteamericano pone las balas; la UE paga la factura.

Desde el principio hemos dicho que, en este conflicto, como en la Segunda Guerra Mundial, el responsable del desencadenamiento de las hostilidades no es el que dispara primero, sino el que crea las condiciones para que la única salida al conflicto no sea la mesa de negociaciones, sino la guerra. En este caso, el complejo militar-industrial norteamericano, verdadero poder en EEUU sobre un presidente aquejado visiblemente de demencia senil, es el culpable último, no solo del desencadenamiento del conflicto, sino de todo lo que ocurre durante el tiempo que se prolongue.

7. La naturaleza y los límites del conflicto

Desde el principio del conflicto hemos sostenido que se trata:

- de una guerra limitada para preservar la integridad y la identidad de las poblaciones rusófonas del Sureste de Ucrania y a las repúblicas formadas que se han integrado en la Federación Rusa.

- de una guerra defensiva, destinada a advertir a la OTAN: “hasta aquí hemos llegado, pero no más allá” y “las ampliaciones de la OTAN en 2004 (Bulgaria, países bálticos, Eslovaquia, Eslovenia), en 1999 (Polonia, Hungría, Chequia), en 2009 (Albania y Croacia), en 2017 (Montenegro), en 2020 (Macedonia del Sur), han terminado”. La OTAN ha ido sistemáticamente desestabilizando Ucrania generando “revolución verde”, “euromaidán”, golpe de Estado, destituciones de gobernantes elegidos, etc. Esta época ha terminado.

- se trata de una guerra de posiciones, no de movimientos. Esto implica que una vez alcanzados los objetivos de las operaciones limitadas al control de las regiones sobre las que se ha desencadenado las operaciones (el Dombas y el corredor que une a Rusia con Crimea a través de la costa del Mar Negro), el frente se estabilizaba, se creaban fuertes barreras defensivas y así hasta llegar a la mesa de negociaciones.

- habrá, por supuesto, negociaciones. Rusia ya ha alcanzado los objetivos que pretendía. La eficacia de la barrera defensiva se ha evidenciado con el fracaso de la “contraofensiva ucraniana”. Ahora queda esperar a las próximas elecciones norteamericanas y al paso del tiempo para que los países de la UE vayan atemperando su actitud (Francia en primer lugar, ya está revisando su posicionamiento internacional, insinuando Macron que podía pedir su “adhesión” a los “países BRICS”), antes de que Zelensky acceda a lo inevitable: reconocer mermas territoriales, neutralismo, y su alejamiento del poder, a cambio de participación rusa en la reconstrucción de las infraestructuras.

8. El tiempo no juega a favor de “Occidente”

Estos datos parecen difícilmente controvertibles. Ahora bien, podemos especular añadiendo un elemento adicional: el tiempo juega en contra de “Occidente” (EEUU+UE). Los EEUU se encuentran cada vez más debilitados. China les come cada vez más terreno. Están sufriendo, además, un conflicto entre dos formas de capitalismo: el de las corporaciones clásicas y el sistema bancario tradicional, con las big-tech, esto es, entre las empresas surgidas de las anteriores revoluciones industriales (el “dinero viejo”) y las surgidas de la cuarta revolución industrial (el “dinero nuevo”).

Los EEUU están sufriendo la crisis social más grave de su historia y poco importa que los negocios de las big-tech o del complejo militar-industrial vayan viento en popa: la realidad es que la vida se está haciendo cada vez más difícil para el ciudadano de a pie, la tercermundización de su sociedad es visible incluso en zonas que hasta ayer eran privilegiadas (San Francisco, meca del mundo LGTBIQ+, hoy convertido en sumidero social), la desdolarización de la economía mundial hará el resto. Y los EEUU ya no están en condiciones de intervenir militarmente contra China como cuando hicieron otro tanto después de que Saddam Hussein aceptara euros para pagar el petróleo que vendía.

En cuanto a los “aliados europeos” la situación no es mucho mejor. Ningún país europeo, ninguna sociedad europea, está dispuesta a “morir” ni por Kiev, ni por Washington, y si hasta ahora no han existido movimientos de protesta por la actitud seguidista en relación a los EEUU de los gobiernos europeos en el conflicto ucraniano, no hay garantías de que, de un día para otro, en caso de que el conflicto fuera a más, estalle un fuerte movimiento popular que garantice que aquel dirigente que elija “OTAN” inmediatamente perderá las elecciones siguientes.

Por otra parte, países como Francia están viviendo los chispazos de una guerra civil étnico-social, susceptible de extenderse desde Bélgica hasta los países mediterráneos. Y, en cuanto a Alemania, es inevitable que, antes o después, reaparezca la línea política de “marcha hacia el Este”, que traducido al siglo XX, equivaldría a una mayor cooperación con Rusia (línea que se cortó con la firma del Tratado de Maastrich).

La UE, como institución, se ha convertido en un monstruo burocrático, abandonando incluso la línea originaria de carácter tecnocrático y planificador que, al menos, tenía un sentido y una finalidad. Hoy, la UE no es nada más que un conjunto de instituciones y una pesada burocracia, lenta, paquidérmica, que, tras aspirar a ser la “pata europea” de la economía mundial globalizada, si ha visto sorprendida por el conflicto ucraniano. Porque esta es la gran novedad aportada por el conflicto: la globalización ha muerto.

9. “Ríe caminante, aquí yace la globalización”

Una vez iniciado el conflicto, el complejo militar-petrolero-industrial USA, obligó a los Estados de la OTAN a adoptar sanciones económicas contra Rusia que, en la práctica han tenido como único resultado el encarecimiento de los suministros de gas y petróleo. Al imponer estas sanciones, el complejo militar-petrolero-industrial veló solamente por sus propios intereses: se trataba de mostrar “unidad” frente a Rusia. El problema era que esa “unidad” era menor a la que mostraban los países BRICS o las simpatías que suscitaba la causa rusa en el mundo árabe, en Iberoamérica o en África. Y, cuando las empresas occidentales empezaron a retirarse de Rusia, so pena de sanciones, cuando la información procedente de Rusia era sistemáticamente censurada y se impedía la difusión de cualquier noticia procedente de canales rusos, cuando se impusieron las reducciones de compras energéticas a Rusia, éste país, simplemente, vendió sus excedentes, sin el más mínimo problema, a terceros países. Y lo que era peor, impuso recortes equivalentes y simétricos a los que era objeto. El resultado fue que, en apenas unos meses, el “mundo globalizado” dejó de serlo.

Ya no hay “una” globalización, hay “dos” caminos: el de “Occidente” (EEUU+UE) y el de los BRICS (que cuentan con la amistad creciente de Iberoamérica, Asia y África). El “nuevo orden mundial” definido por George Bush tras la guerra de Kuwait, ha terminado. Los EEUU no van a ser protagonistas de este nuevo ciclo histórico, sino China. Cada día que pasa, “Occidente” se va debilitando (internamente en cada país y en su papel en el mundo), mientras que China ofrece, fuera del marco del FMI y del Banco Mundial, créditos a devolver en yuanes, sin exigir más garantías que la apertura de puertas a su comercio y a su tecnología.

Es posible que EEUU, ante esta pérdida de poder, opte por desencadenar más conflictos localizados, más situaciones de tensión, incluso intente generalizar el conflicto ucraniano, ampliándolo. Será un mal cálculo. Nadie, ni siquiera en los EEUU aceptaría morir para mayor gloria de la cuenta de resultados del complejo militar-industrial. Y mucho menos en Europa.

10. Final: el marco teórico en el que nos situamos

Este es el esquema sobre el que se desarrolla el conflicto ucraniano. No se trata de establecer “quien tiene razón” o “quién es responsable” del conflicto (algo que, para nosotros, por lo demás, resulta, extremadamente claro). Se trata de situarlo en la historia de nuestro tiempo e insertarlo dentro del marco teórico histórico dentro del cual nos movemos. Un “progresista”, por supuesto, daría una interpretación completamente diversa, pero que para un “tradicionalista”, cada día que pasa, se confirma más en la legitimidad de su planteamiento: nos aproximamos al final de un ciclo histórico.

Estamos viviendo una Cuarta Revolución Industrial que tardará todavía entre 10 y 25 años en mostrar toda su potencialidad. Podemos aceptar que el protagonista de este momento histórico es el “último hombre” del que hablara Nietzsche, aquel que ya no tiene nada en lo que creer, nada que esperar, nada que construir, ni cada que hacer salvo consumir o soñar con consumir, habitar en mundos virtuales ante su incapacidad para reformar mundos reales. No habrá una “quinta” revolución industrial, como máximo, una profundización de la Cuarta. Más allá, ya resulta imposible establecer un horizonte.

La revolución a la que estamos asistiendo es sobre todo antropológica. Cualquier forma de identidad (nacional, cultural, sexual) puede ser cuestionada, incluso la biológica. Se tiende a la fusión hombre-máquina. Todo valor absoluto debe ser desterrado (salvo la creencia en el progreso ilimitado). La “bidimensionalización” del ser humano le ha convertido en consumidor integrado y su único problema es cómo adquirir fondos suficientes para alcanzar un nivel de consumo ideal. No existe, salvo como consumidor. Está amputado de su dimensión en profundidad, su “tercera dimensión”, aquella en la que su vida tendría un sentido y de la que se han alimentado la humanidad desde la noche de los tiempos. El consumismo compulsivo es la manifestación última de la materialización de las concepciones humanas y del reduccionismo de considerar al ser humano solamente como materia susceptible de ser satisfecha en sus necesidades animales. Es una idea propia de períodos de decadencia: cuando el hedonismo sustituye a cualquier otra aspiración.

Por tanto, el conflicto ucraniano hay que insertarlo como una parte, una simple escena, del fin de un ciclo histórico. En sí misma significativa porque supone la repetición de esquemas que ya hemos vivido anteriormente. No puede valorarse como algo aislado del contexto de crisis de civilización, sino que debe ser visto como una parte importante de esa misma crisis.

Como hemos visto, de entre las distintas posiciones que manifiestan hoy las partes implicadas, resulta muy difícil solidarizarse con Zelensky, el hombre de Washington en Kiev, el que aspira a que la UE reconstruya, subvencione y amamante al país y especialmente a sus oligarcas judíos; resulta muy difícil asumir el relato elaborado por Washington de un ataque contra Ucrania practicado por un ser malvado y despiadado, un psicópata enloquecido, Vladimir Putin. De la misma forma que resulta inasumible la primera versión dada por Putin, un ataque justificado para expulsar a los “nazis ucranianos del poder”.

Ahora bien, parece muy claro que si se trata de establecer qué parte está en el camino más correcto, habrá que reconocer que la tarea de Putin, más de veinte años trabajando para la reconstrucción del Estado ruso, que ha sacado a su país del hoyo más profundo al que un líder borracho, impuesto por los EEUU, hundió a su país, que no aspira a la hegemonía mundial, sino a un mundo multipolar, representa una opción mucho más saludable que unos EEUU que creen que nada ha cambiado desde la guerra de Kuwait, o de una República Popular China interesada solo en extender el modelo ultraconsumista a todo el mundo, basado en el control tecnoburocrático de su propia población y en la exportación de esos sistemas.

Queda por examinar la última trinchera de los partidarios de un alineamiento pro-ucraniano. Aquellos que alegan que los “camaradas ucranianos” están en la línea correcta y que defienden la memoria de los que murieron por la libertad de Europa entre 1939 y 1945. Veamos, brevemente, este apartado.








lunes, 3 de julio de 2023

LO QUE QUEDABA POR DECIR DEL CONFLICTO UCRANIANO (1 DE 3)

O se está a favor de la OTAN y, por tanto, a favor de su mayordomo ucraniano, Zelensky; o bien, se está en contra de la OTAN, en tanto que expresión del dominio militar norteamericano sobre Europa y, por tanto, se está en contra Zelensky. Y, dado que, en todo conflicto, hay dos bandos: tomar partido por uno u otro no puede ser nunca el resultado de una opción subjetiva, visceral o suscitada por la propaganda dominante, se esté donde se esté, sino como resultado de una reflexión lo más ampliamente posible, hacerlo implica evidenciar cuál es la alternativa que se considera más próxima. Y, además, el análisis debe realizarse en función de cómo afecte el conflicto al país al que se pertenece. Todo lo demás que pueda decirse sobre el conflicto ucraniano, es superfluo. Esto implica añadir algo a lo que ya hemos escrito desde febrero de 2014 sobre esta temática. Aspiramos a presentar en estos tres artículos:

1) Describir el origen del conflicto.

2) Definir la naturaleza misma del conflicto en sus distintas fases.

3) Definir las consecuencias del conflicto para España y para Europa.

Se nos permitirá añadir una pequeña introducción sobre nuestra posición personal ante el conflicto.

UCRANIA Y YO

De Ucrania sabía en 1988 lo que se había dicho tantas veces: que si era “el granero de Europa”, que si existía un nacionalismo cuyo líder histórico era Stephan Bandera y que existían grupos centrífugos que aspiraban a independizarse de la URSS (por entonces la “perestroika” todavía pensaba en reformar, no en abolir, el comunismo). Diez años después, en 2017-18 traduje la obra de Michele Rallo, L’Ukrania e il suo fascismo – L’Organizzazione dei Nazionalisti Ukraniani dalle origini alla guerra fredda que apareció fragmentado en los números 50, 51, 52, 53 y 54 de la Revista de Historia del Fascismo (que en los próximos días será publicado en forma de volumen unitario) y que consideramos esencial para una comprensión histórica del origen del problema.

Por supuesto, me interesé por Ucrania a raíz de los incidentes del “euromaidán”, en las falsas “revoluciones naranja” y desde el estallido del conflicto en las repúblicas del Donestz. En cualquier caso, debo aclarar que nunca tuve intención de realizar un análisis sobre el conflicto ni desde el punto de vista ruso, ni desde el ucraniano: en 2014 opinaba todavía que se trataba de un conflicto entre dos formas de nacionalismo, muy habitual en la Europa del Este, pero debo aclarar que mi opinión no estaba marcada ni por la propaganda rusa, ni por los contenidos masivamente divulgados por los medios de comunicación occidentales. Dicho lo cual contaré una pequeña anécdota.

En París conocí a un exiliado ruso. Debió ser en 1988. Anatoly Ivanov, cenamos en un bistró del barrio Latino y tuve ocasión de recibir algunas informaciones directas sobre la deriva que estaba emprendiendo la URSS. Pocos años después, Ivanov, volvería a Rusia y sería uno de los puntales de la “nueva derecha” de ese país. Me sorprendieron algunas de sus tomas de posición sobre la masonería y el judaísmo, pero en general me pareció un hombre juicioso y bien informado sobre su país. Le pregunté por el nacionalismo ucraniano. Recuerdo su respuesta: “Mejor que se vayan, son parásitos; nos cuestan mucho”. Archivé la respuesta sin tener elementos suficientes para rebatirla o, incluso, para entenderla.

Empecé a aceptar que algo de razón tenía Ivanov cuando, sin excesivas tensiones, se inició el proceso de independencia ucraniana el 21 de enero de 1990 que se prolongaría algo más de un año. Gorvachov estaba en el poder. No hubo resistencias numantinas. Fue como si Rusia se hubiera quedado un peso de encima. Quedaban, claro está, el problema del arsenal nuclear depositado en territorio ucraniano y la orientación política del país. Así que, poco después de la independencia, Bielorrusia, Rusia y Ucrania firmaron el tratado que disolvía la URSS y creaba la Comunidad de Estados Independientes. Ucrania estaría donde había estado siempre: formando parte de la Europa del Este, vinculada a Rusia. La cuestión nuclear tampoco fue difícil de negociar: simplemente, Ucrania, desde 1996 dejó de ser un país “nuclear” entregando a Moscú todo el arsenal atómico heredado de la URSS. No había ninguna razón para que ambos países entraran en guerra. Absolutamente ninguna.

EL LARGO CAMINO HACIA EL CONFLICTO UCRANIANO

A partir de la independencia, cuando cesaron de llegar las subvenciones del Estado Soviético, Ucrania inició una rápida caída por la pendiente: entre 1991 y 1999, el país perdió el 60% de su PIB y su economía sufrió hiperinflación. Nada más nacer, Ucrania se había convertido en un “Estado fallido”: corrupción, criminalidad organizada, aparición de una oligarquía mafiosa (siempre, por cierto, de origen judío-jazaro), caos social, caracterizaron al país desde la independencia hasta el año 2000. En los siete años siguientes, la economía se repondría especialmente gracias a las aportaciones rusas y a que este país ya había conseguido salir del hoyo que supuso el período Eltsin, el hombre bendecido por Occidente como impenitente borracho y enterrador de Rusia.

En ese período, la OTAN ya había vulnerado algunas de las promesas formuladas por George Bush a Gorbachov y era evidente que estaba adelantando sus líneas en dirección a la frontera ucraniana. La prueba inequívoca de la traición eran las incorporaciones que estaban realizando los antiguos países del Pacto de Varsovia, a la Unión Europea (lo cual era lógico) y a la OTAN (lo que suponía una vulneración de los acuerdos). Y, además, cada vez estaban más presentes los “quintacolumnistas” occidentales en la política ucraniana.

Cuando en 2004, Viktor Yanukóvich venció en las elecciones presidenciales, bastó una campaña de agitación para desencadenar manifestaciones de apoyo al candidato opositor, Viktor Yúshchenko que, finalmente, se hizo cargo del poder. Sin embargo, no pudo evitar que dos años después, Yanukóvich lo sustituyera y que, poco más de un año después, éste fuera derrotado por Yulia Timoshenko. El mal recuerdo que dejaron favoreció el que Yanukóvich volviera a la presidencia en 2010. Hay que decir que Yanukóvich ha sido definido como “pro ruso”, mientras que la pareja Yúshchenko- Timoshenko eran pro-occidentales.

El deterioro de las relaciones con Rusia se sitúa entre 2006 y 2009 cuando los rusos quisieron establecer un precio razonable para el gas natural ruso. Hasta ese momento, Ucrania pagaba un precio simbólico por ese gas, a cambio de dejar pasar a través de su territorio, los gaseoductos hasta Europa Occidental. Los rusos se quejaban de que se habían producido “pinchazos” en los gaseoductos y habían sido desviados cantidades ingentes de gas.

A partir de ese momento, Putin empezó a plantear la construcción de gaseoductos que contorneasen al Estado ucraniano por el Norte (el North Stream) y por el Sur (a través de Turquía). La intención era doble: hacer pagar a los ucranianos el precio de mercado por el gas que consumían y eludir las malas prácticas que comprometían la integridad de los gaseoductos y de sus flujos a través del territorio ucraniano.

Estaba claro que los rusos, dada la inestabilidad política en Ucrania, habían entendido perfectamente que el paso siguiente de los países occidentales era vender a Ucrania el mismo “pack” que habían vendido a los antiguos países del Pacto de Varsovia: entrar en la UE y, de paso, en la OTAN. Y la OTAN, no lo olvidemos, tenía solamente una finalidad: combatir, no ya al “expansionismo soviético”, sino luchar contra Rusia.

Esta posición de Occidente se vio todavía más clara cuando se produjo el “Euromaidán” en 2013. Yanukóvich, presidente electo del país, manifestó su rechazo a llegar a un acuerdo con la UE y optó por estrechar vínculos con Rusia. El agit-prop pro-occidental generó una serie de manifestaciones y disturbios en la calle exigiendo la dimisión del presidente electo democráticamente. Los disturbios se saldaron con un número de muertos y heridos que es difícil de establecer. Una camarilla pro-occidental en connivencia con la oligarquía ucraniana, se instaló en el gobierno de Kiev. Zelensky es el último producto de esa camarilla. El camino para la incorporación de Ucrania a la OTAN y a la UE estaba abierto. La única diferencia era que, ni Occidente era todo lo fuerte que creía serlo antes de la crisis de 2007-2011, y Rusia había conseguido detener su caída en picado iniciada con el final de la “perestroika” y finalizada con la llegada de Putin al poder.

A partir de ese momento, Rusia actuó en una doble dirección: por una parte, acelerando prescindir de Kiev para el envío del gas a Occidente y, en segundo lugar, favoreciendo la incorporación de los territorios ucranianos que, solamente por caprichos del destino (durante la época soviética) habían sido incorporados a la entidad ucraniana, pero que, mayoritariamente, estaban poblados por rusos y que, por lo demás, eran territorios con una considerable riqueza minera. Es en ese momento cuando se inicia el conflicto ruso-ucraniano, no en febrero de 2022.

UCRANIA PARTIDA EN DOS

En efecto, el conflicto armado empieza en 2014. Tras ser destituido el presidente Yanukóvich, las regiones surorientales del país, mayoritariamente rusófilas, rechazaron la política de aproximación a la OTAN y ruptura con Rusia. La población rusófila optó por iniciar manifestaciones callejeras de protesta por las decisiones del nuevo gobierno, especialmente en materia lingüística que anulaban la co-oficialidad de la lengua rusa. Estos grupos se mostraban partidarios de integrarse en Rusia. En Crimea, las autoridades convocaron un referéndum para adherirse a la Federación Rusa. Los ciudadanos acudieron masivamente a las urnas (el 80%) y con una respuesta masiva (el 96%) a la incorporación de la República de Crimea a la Federación Rusa. Esta dinámica se contagió a las regiones del Dombás, mayoritariamente habitadas por ciudadano rusófonos, que constituyeron las Repúblicas del Donetsj y de Lugansk. El 11 de mayo de 2014, se celebraron los referendos en ambas repúblicas: con una participación del 75%, los referendos dieron un resultado del 90% a favor de la independencia y un 10% en contra.

Resultados inapelables y que responden perfectamente a la identidad lingüística de estas zonas. El gobierno ucraniano no reconoció los resultados, ni rectificó su política de “ucranianización” de estos territorios. No solo eso: inicio, instigado por los agentes de la OTAN, ataques terroristas contra los exponentes rusófilos. Es decir, desde 2014, los ataques terroristas ucranianos no han cesado. Es importante señalar que estos ataques se han realizado únicamente en el territorio de estas repúblicas, no se han producido incursiones, ni operaciones de represalia en territorios bajo administración ucraniana. A pesar de los acuerdos de Minks (febrero de 2915), los sucesivos altos el fuego no han sido respetados: los ataques de unidades irregulares ucranianas que trataban de “recuperar” el territorio de ambas repúblicas, prosiguieron.

Es importante señalar que estos ataques ucranianos se produjeron desde el mismo día del referéndum. Es más, resulta posible establecer quién fue el primer muerto de esta guerra generada, querida y promovida por la OTAN: en la ciudad de Krasnoarmiisk, la Guardia Nacional ucraniana disparó varias ráfagas de fusil contra un colegio electoral asesinando a un ciudadano. En otros pueblos, se sucedieron incidentes parecidos, incluso ataques de artillería por parte ucraniana sobre población indefensa. Es, así mismo, significativo, que en 2014 y 2018 se han celebrado elecciones en ambas repúblicas, eligiendo autogobiernos y parlamentos con representaciones de distintas opciones políticas, pero los grupos pro-ucranianos, renunciando a la vía política optaron por expediciones terroristas de castigo.

Las cifras de muertos, desde 2014 hasta la generalización del conflicto en 2022, son susceptibles de distintas valoraciones, pero oscilan entre los 15.000 y los 40.000 muertos. Las cifras de civiles muertos oscilantes entre los 3.000 y los 5.000.

UNA PRIMERA RECAPITULACIÓN

Si bien el balance del conflicto 2014-22 está sujeto a caución lo que sí puede establecerse es:

1) Que los habitantes de Crimea y de las Repúblicas del Donets y de Lugansk, han optado por una amplísima mayoría por desentenderse de la línea anti-rusa adoptada por el gobierno de Kiev y han mostrado su intención de integrarse en la Federación Rusa. Es su opción y, como tal, es una opción legítima, expresada abiertamente en las urnas y con resultados que no dejan lugar a dudas.

2) Que, a falta de sólidos apoyos en las poblaciones locales, el gobierno de Kiev optó por lanzar ataques terroristas contra estas repúblicas y operaciones que generaron un número elevado de muertos en ambos bandos (los grupos irregulares ucranianos perdieron entre 4.000 y 6.000 guerrilleros, generando un número mayor de bajas entre la población civil y entre las fuerzas pro-rusas). La intención era evidente: no se trataba de hostigar a las poblaciones prorrusas de estas repúblicas sino de ampliar deliberadamente el conflicto.

3) Que el llamado “conflicto ucraniano” no se inició en febrero de 2022, sino que era un conflicto latente en el que la voluntad de un pueblo de negarse a integrarse en la OTAN, a renunciar a su lengua y a su cultura, fue respondida por ataques irregulares.

4) Que nadie ha podido negar que la voluntad mayoritaria de las poblaciones del sureste de Ucrania iba en contra de la política adoptada por el gobierno de Kiev tras la insurrección del “Euromaidán”. Los medios occidentales han achacado a los referéndums, falta de libertad, falseamiento de las votaciones, etc, etc: pero lo cierto es que los resultados se corresponden perfectamente con los volúmenes de población rusófona y que, difícilmente un rusoparlante votaría algo que atentara contra su propia identidad cultural.

5) La intervención de la OTAN en este conflicto, como el valor al soldado, es algo que “se le supone”. Era una forma de crear problemas a Rusia (que para el Pentágono constituye una verdadera, obsesión más allá de toda lógica, motivada por el dogmatismo geopolítico más fanático, rígido e inamovible) y de ganar tiempo hasta convencer a los países europeos de apoyar al nuevo gobierno formado por un actor de mediocre carrera, Zelensky, candidato del partido Servidor del Pueblo cuyas orientaciones son nacionalismo, europeísmo, neoliberalismo y atlantismo.

 

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