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lunes, 18 de diciembre de 2023

Un repaso histórico al “golpismo” en los últimos 50 años (1): del leninismo al golpismo iberoamericano

La lectura del libro de Curzio Malaparte, Técnica de golpe Estado, deja hoy un sabor amargo: en la era de la informática, de la robótica, de la ingeniería genética y de las redes sociales, lo escrito hace 90 años, en un mundo completamente diferente, tiene poco o nula aplicación. El libro que durante los siguientes 50 años a su publicación había sido un verdadero manual del “perfecto golpista” ya no lo es. Tanto el método leninista de conquista del Estado, como las estrategias utilizadas hasta finales de los años 70 por los militares iberoamericanos para desalojar a gobiernos débiles, corruptos o caóticos, se muestran hoy superados.

Así pues, antes de entrar en la “técnica del golpe de Estado” en 2023, vale la pena realizar un pequeño repaso histórico a las concepciones golpistas, tanto de la izquierda (el leninismo) como de la derecha (las intentonas golpistas en Iberoamérica), para luego realizar un pequeño repaso al “golpismo español” en referencia al 23-F. Esto nos dará una perspectiva histórica suficiente como para poder abordar, finalmente, lo que ha sido el objetivo de esta serie de artículos: elucidar si existe (o no…) una “técnica del golpe de Estado” aplicable en estas primeras décadas del siglo XXI.

La imposibilidad de operar según el leninismo ortodoxo

Malaparte nos habla de la concepción leninista de la revolución que, en realidad, no pasa de ser un golpe de estado protagonizado por una vanguardia, el partido bolchevique, que concebido como un mecanismo político-militar actúa con precisión y disciplina. Pero eso ya no existe y todo induce a pensar que la construcción de un partido según el modelo leninista, basado en una perfecta identificación ideológica de sus cuadros políticos con una doctrina “científica” que induzca a un voluntarismo extremo, es algo que pertenece al pasado. Las ínfulas “científicas” del marxismo están hoy más que diluidas, nadie cree en la “conciencia de clase” del proletariado (como no sea la común aspiración a dejar de ser proletarios), del voluntarismo se ha pasado al repliegue sobre lo individual, a la exasperación del Yo y de los intereses propios por encima de cualquier otra aspiración y, todo ello ha inhibido compromisos revolucionarios que podrían correr el riesgo de hacer peligrar las propias posiciones.

La falta, además, de apoyos exteriores (hundimiento de la URSS a finales de los 80) ha contribuido también a la disolución del impulso revolucionario y a su desaparición completa. Desde mediados de los años 70, los partidos comunistas de Europa Occidental renunciaron al leninismo declarándose “eurocomunistas” y negando públicamente ser la quinta columna del a política exterior soviética desde los tiempos del Komintern (pero no renunciando a las subvenciones y subsidios que siguieron cobrando hasta el hundimiento de los regímenes comunistas del Este de Europa), abdicando también del “centralismo democrático” leninista, no tanto por el concepto en sí (“los organismos inferiores se subordinar a los superiores, las minorías se subordinan a las mayoría y la totalidad del partido al comité central”) como por los reflejos negativos que podían suscitan palabras como “centralismo” o “subordinación”.

El modelo leninista de golpe de Estado solamente era posible si existía un núcleo activista, férreamente organizado y con apoyo exterior (el propio Lenin se beneficio del apoyo de la Alemania guillermina durante la Primera Guerra Mundial para sobrevivir en el exilio y revitalizar el partido). Requería, por una parte, altas dosis de “voluntarismo”, incluso de “idealismo”: los elementos motores, no solamente estaban espoleados por un proyecto político utópico que les daba fuerza ante circunstancias adversas y riesgos personales, sino que, además, disponían de un “campo de aplicación” propio, en el que otras fuerzas políticas apenas podían concurrir: el proletariado y su cacareada “conciencia de clase”. Desde el momento en el que se hizo evidente que el proletariado no tenía otro objetivo que convertirse en “clase media” y que los “30 años gloriosos del capitalismo” (desde 1943 hasta 1973, es decir desde la entrada de los EEUU en la Segunda Guerra Mundial hasta la primera crisis del petróleo provocada por la guerra del Konkipur) habían mejorado las expectativas económicas del proletariado, la “conciencia de clase”, simplemente, se evaporó y, con ella, la combatividad de franjas obreras ideologizadas. Los intentos de sustitución de la “clase obrera tradicional”, por una “nueva clase explotada” que realizaron determinadas franjas trotskistas en la primera mitad de los 70, tratando de incorporar a los inmigrantes (como “nuevo proletariado”) no dieron los resultados apetecidos: las brechas culturales, religiosas y étnicas, impidieron convertir a la inmigración en “proletariado antiburgués” y, como máximo lograron incorporar algunos votos a la izquierda mediante un régimen de subsidios y subvenciones como contrapartida.

La deriva golpista en Iberoamérica

Desde entonces, la izquierda comunista dejó de pensar en términos insurreccionales. El “golpismo” quedó solamente como patrimonio del campo político de la derecha autoritaria que, en efecto, siguió pensando que el “ejército al poder” era la mejor consigna de la que podían alardear. En los años 60 y 70 proliferaron los golpes de Estado en Iberoamérica. En todos ellos el esquema fue el mismo: una situación política progresivamente degradada, un orden público en quiebra y una economía que empeora… ante todo ello, un buen día, las fuerzas armadas toman el poder para restablecer el orden. No era preciso un detonante concreto: la situación política, diagnosticada como próxima a la “muerte cerebral” de la nación era suficiente como para poner en marcha el mecanismo golpista.

Así, vimos cómo se sucedían golpes de Estado en prácticamente todos los países iberoamericanos, especialmente tras la subida del castrismo en Cuba que generó un intento de exportar la revolución. El Ché Guevara, víctima de su fantasía revolucionaria, creyó que el proceso cubano podía reproducirse en otros países iberoamericanos. Su análisis no fue en absoluto riguroso y olvidó las constantes sociológicas y geopolíticas tan obvias como que en Bolivia ya se había realizado un remedo de “reforma agraria” y no iba a ser esa la consigna que movilizara a los campesinos, o que en Cuba el espacio geográfico entre los núcleos de población era relativamente estrecho, mientras que en países como Boliviana, el alejamiento era extremo: teniendo en cuenta que “el pueblo” es para la guerrilla, lo que el agua es para el pez, difícilmente un “pez” guerrillero podían sobrevivir en zonas sin apenas “agua”, o con núcleos de población rural, muy dispersos. Por otra parte, el Ché olvidó también factores históricos e, incluso, étnicos. No concebía que el carácter del indio del altiplano andino fuera radicalmente diferente al mestizo, al cuarterón o al criollo cubano, ni tampoco que las condiciones político-militares fueran radicalmente diferentes entre Cuba y, por ejemplo, Argentina o Bolivia.

El resultado fue que, allí donde apareció una “guerrilla castro-guevarista”, el núcleo originario no tuvo posibilidades de afianzarse (salvo en Colombia y por circunstancias muy diferentes o en Nicaragua donde se daban condiciones relativamente similares a las cubanas: existencia de una dictadura de largo recorrido, proximidad y contigüidad de los núcleos de población rural y negativa de los EEUU a actuar en socorro del que hasta entonces había sido su aliado -Somoza- a causa de la línea política “liberal” del gobierno de Washington [Carter]). Allí donde emergió una “guerrilla rural” en Iberoamérica, allí fue aplastada.

La renovación del impulso guerrillero llegó a través de trabajos técnicos y de experiencia prácticas que advirtieron que, incluso en algunos países iberoamericanos, los campos de estaban despoblando, los núcleos de población se encontraban excesivamente diversos como para poder desarrollarse una “guerra de guerrillas” al estilo vietnamita o al cubano. Tanto Carlos Mariguela fundor de la Acçao Libertadora Nacional, vinculada al Partido Comunista de Brasil y autor del Minimanual de la guerrilla urbana, como Abraham Guillén, un republicano español radicado en Uruguay que escribió en 1965 Estrategia de la guerrilla urbana, advirtieron que, ante determinadas concentraciones de la población en algunos países iberoamericanos, había que desplazar el eje de los combates desde el campo a la ciudad. Las guerrillas que sobrevivieron hasta la segunda mitad de los años 70 en el subcontinente americano, incluso las organizaciones terroristas que se reavivaron en territorio europeo en los años 60 (el IRA) o que nacieron a partir de esa fecha (ETA, Brigadas Rojas y media docena más de siglas del terrorismo italiano) se movieron en función de las líneas definidas por Guillén y Mariguela, mucho más que por las de Lenin o Trotsksy.

Pero a finales de la década de los 70 había quedado claro que la desproporción de fuerzas era excesiva y que el Estado siempre tenía la ventaja: sus instrumentos técnicos eran mucho mayores, su potencial de fuego incomparable y no quedaba superado por la capacidad de sorpresa de unos grupos guerrilleros de escasa experiencia en el manejo de las armas, muy reducidos y siempre seguidos por de cerca por las fuerzas de seguridad del Estado. Cuando ETA(m) en España intentó un remedo de guerrilla rural el 1 de febrero de 1980 en las proximidades de Ispáster, atacó un convoy de cuatro vehículos seis guardias civiles resultaron asesinados, pero dos miembros de ETA murieron al explotarles una granada que arrojaron al interior de uno de los vehículos para rematar a los guardias civiles y no tuvieron tiempo de alejarse. El objetivo del ataque era apoderarse de morteros producidos en una fábrica de armamento, lo que consiguieron, pero el balance final (seis guardias civiles y por dos etarras muertos) desalentó posteriores intentos en esa dirección. En efecto: a la guardia civil le resultaba mucho más fácil reponer efectivos caídos que a la organización terrorista. Fue la primera vez que ETA reunía a dos comandos (taldes) para realizar una operación concebida según los criterios clásicos de una acción de guerrilla rural. El experimento, aparte de los morteros obtenidos, se demostró negativo para la banda que nunca más volvería a intentar acciones de este tipo. ETA se centraría siempre, a partir de entonces, en acciones de guerrilla urbana.

Tanto en España como en Iberoamérica las guerrillas marxistas, rurales o urbanas, fueron las excusas para los movimientos golpistas de los años 60 y 70. No hizo falta ningún otro “detonante”. El drama de estos movimientos guerrillero-terroristas consistía en que tuvieron fuerza suficiente como para asesinar mediante el tiro en la nuca o la bomba, pero carecían de “fuerza social” suficiente como para convertirse en un peligro para la supervivencia del Estado. De esa incapacidad política para atraer masas (e, incluso, minorías activas) derivó su fracaso político y su papel de “espantajo” para justificar golpes militares. En ningún momento, en ningún país, esos movimientos terroristas fueron lo suficientemente fuerzas y contaron con el apoyo social suficiente como para constituir un riesgo. De hecho, ni siquiera los propios apoyos que ellos mismos habían constituido soportaban algunos de los más crueles atentados.

La acción de los gobierno democráticos oscilaba siempre entre intentar minimizar la importancia de estos grupos terroristas y el dramatismo con que los cuerpos que eran objeto de los atentados los asumían. En España, durante el período de UCD se optó por ignorar y minimizar estos atentados, por evitar que aparecieran en primera página en los informativos y que los funerales por las víctimas fueran públicos. En una segunda etapa, la que corresponde al “felipismo”, se optó por una “estrategia francesa”, la “guerra sucia”… pero, tampoco produjo los resultados esperados: por una parte, el GAL se convirtió en una máquina de dilapidar fondos invertidos que se perdían, siempre, por el camino, antes de llegar a los bolsillos de los mercenarios que cometían los atentados. Tras una serie de torpezas, fracasos y reclutamiento de funcionarios corruptos, se optó por la presión política (en el último período del ”felipismo” y durante el “aznarato”. El resultado fue óptimo: la combinación entre presión política (legislación contra los “frentes políticos” del terrorismo) y aumento de la presión policial, llevó a ETA contra las cuerdas a finales del período de gobierno de José María Aznar. De hecho, en aquella época, tanto el nivel de actividad, como la selección de los terroristas que integraban los comandos etarras, había caído en picado. En 2003, ETA prácticamente era un grupo a la desbandada, infiltrado desde la cúpula en la que los comandos eran detenidos aún antes de que entraran en acción. Fue el zapaterismo el que convirtió esta derrota en “negociación”. Si se hubiera continuado con aquella política de doble presión, sin duda el panorama político de nuestro país hoy sería completamente diferente.

En países iberoamericanos, bastó, simplemente, con la presión militar-policial, para acabar con el fenómeno terrorista. Los 9.000 desaparecidos en Argentina (y no 30.000 como suele repetir la vulgata de los “derechos humanos”) o los menos de 900 de Chile o la veintena de “desaparecidos” en el último gobierno militar boliviano contribuyeron a que las filas terroristas dejaran de registrar altas. Acercarse a algunas siglas suponía, inmediatamente, un peligro de muerte. El terrorismo desapareció del mapa político iberoamericano, salvo en Colombia y, por razones, muy específicas (el papel del narcotráfico) y abarcó apenas un breve período de tiempo en la historia de Perú (localizado especialmente en Ayacucho) con Sendero Luminoso. Pero la victoria sobre el terrorismo, fue completa, definitiva y sin apelación.

Contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, se cree que estos golpes de Estado fueron favorecidos desde los EEUU lo cual es cierto, pero solo hasta determinado punto. Hasta finales de los años 60, estaba claro que lo que interesaba a los EEUU era que estuvieran en el poder, en su “patio trasero”, gobiernos que no reprodujeran el comportamiento del castrismo cubano. Desde este punto de vista, cualquier gobierno, democrático o militar, legal, legítimo o de facto, que mantuviera buenas relaciones con EEUU, libertad de comercio y de penetración económica para las empresas norteamericanas, era bien visto por Washington. Era, igualmente frecuente, que los militares que habían protagonizado una intentona golpista hubiera sido formados en “contrainsurgencia” por la Escuela de las Américas con sede en Panamá, destinado a formar militares especialistas em lucha antisubversiva. Sin embargo, a finales de los años 60, especialmente por los repetidos golpes de Estado que se habían producido en Bolivia, los norteamericanos se dieron cuenta de que el fervor nacionalista del estamento militar golpista era igual o superior a su furor antisubversivo. Era frecuente que un gobierno militar pusiera coto a determinadas personalidades “de confianza” de los EEUU por juzgarlos poco nacionalistas. En algunos casos, incluso, en los gobiernos del General Torres en Bolivia (1970) o de Velasco Alvarado en Perú (1968), el gobierno surgido de un pronunciamiento militar terminaba asumiendo posiciones nacionalistas y, por tanto, contrarias a los intereses de los EEUU.

Por otra parte, estaban los “signos de los tiempos”. La guerra del Vietnam y las campañas en defensa de los derechos humanos se habían convertido en algo habitual en los EEUU. Para el gobierno de Washington tomar partido -como habían hecho hasta ese momento- por gobiernos militares como los de Brasil (1964), de Bolivia o de Argentina (golpes del 1955 y de 1966), se convirtió en algo que corría el riesgo de erosionar interiormente a su propio gobierno. Nunca más, los EEUU volverían a instigar movimientos golpistas (ni siquiera en Chile), sino que el eje central de su acción consistió, más bien, en obstaculizar la gestión de gobiernos de izquierda marxista y, al mismo tiempo, favorecer soluciones “centristas”. Esto explica el por qué a partir de los años 70, los golpistas iberoamericanos ya no cuentan con el apoyo del Departamento de Estado norteamericano, sino que éste, como ocurrió en Chile, Argentina y Bolivia, obstaculizó por todos los medios la gestión de los gobiernos militares.

El caso extremo, cuando se produjo definitivamente el punto de inflexión y se desactivaron todos los intentos posteriores de golpes de Estado en Iberoamérica fue entre 1981 y 1983 en el espacio comprendido entre la guerra de las Malvinas (cuyo desenlace aceleró la caída del gobierno militar argentino y el cerco económico al que fue sometida Bolivia en el mismo período de tiempo y que llevó en septiembre de 1983 a la dimisión del general Bildoso y a la entrega del poder al congreso elegido en 1980. Desde entonces no se han vuelto a producir movimientos militares en Iberoamérica. En ambos casos, las maniobras disuasorias fueron  urdidas durante el gobierno del presidente Reagan, paradójicamente considerado como uno de los presidentes más anticomunistas y que, aparentemente, deberían haber tenido más aprecio a gobierno nacionales que adoptaban posiciones igualmente anticomunistas. Pero este es un análisis demasiado superficial de lo que fue el gobierno de Reagan y la política internacional en aquellos años.

En el caso argentino, todo se entiende mejor si se tiene en cuenta que el presidente de la Junta Militar, General Galtieri, que sucedió al general Viola en noviembre de 1981, previamente a su “golpe” dentro del gobierno militar, había viajado en dos ocasiones a los EEUU entrevistándose en el mes de agosto anterior, entrevistándose con altos funcionarios de los EEUU, incluido el vicepresidente George Bush. De regreso, preparó el golpe contra Viola, tras lo cual se desplazó de nuevo a los EEUU siendo considerado en la época como el “niño mimado” de la administración Reagan en Iberoamérica. Cinco días después de su regreso a Argentina culminó su proyecto, derrocando al General Viola. Galtieri había vuelto a Argentina con promesas importante para el país: inyecciones económicas procedentes de los EEUU y, sobre todo, ayuda para que la bandera de la República Argentina ondeara de nuevo en las islas Malvinas. La única condición que ponía el vicepresidente Bush era que los norteamericanos pudieran disponer de una base (en las Malvinas o en las Georgias del Sur situados ambos archipiélagos en la “ruta del petróleo” que conducía el crudo desde el Golfo Pérsico hasta Europa a través del Atlántico y que, en aquella última fase de la Guerra Fría era la zona más débil de la OTAN). El proyecto de Galtieri, por tanto, se sostenía en la ayuda norteamericana para la recuperación de una colonia usurpada y su mediación ante la administración Tatcher.

Sin embargo, cuando Galtieri dio el paso al frente y ocupó las Malvinas, los EEUU se inhibieron ante la reacción de Margaret Tatcher. No solo eso, sino que, además, pusieron a disposición del gobierno británico a sus satélites espías y a sus redes de comunicación. El resultado fue catastrófico para el gobierno argentino que no se recuperaría del golpe y caería poco después.

A Galtieri, además, se le había pedido que interviniera en Bolivia. En efecto, el régimen boliviano del General García Meza que llegó al poder en julio de 1980, había sido, directamente, una proyección del gobierno militar argentino. Sin embargo, desde el primer momento, las relaciones entre el nuevo gobierno boliviano y los EEUU fueron tensas: inicialmente, los EEUU promovieron el cerco económico-diplomático, luego desincentivaron a militares más duros y decididos que García-Meza (los Generales Lucio Añez y, particularmente, el General Faustino Rico-Toro) para que renunciaran a hacerse con las riendas del poder. Los EEUU llegaron, incluso, a lanzar al mercado reservas de cobre y estaño que tenían almacenadas desde la Segunda Guerra Mundial, para hundir el precio de estos minerales sobre los que se sostenía la economía boliviana. El resultado fue que, a partir de agosto de 1981, el gobierno de García-Meza solamente pudo preocuparse de sobrevivir y evitar que la crisis del país creciera, mientras que la embajada norteamericana coqueteaba con la izquierda y el centro-izquierda boliviano, mucho más dúctiles a los dictados del Departamento de Estado que los militares nacionalistas que se habían hecho cargo del poder en julio de 1980.

Para desincentivar cualquier intentona golpista posterior y a diferencia de períodos anteriores, los EEUU directamente se preocuparon de aplicar castigos ejemplares contra los protagonistas de este último golpe en Bolivia: tanto el General García-Meza como su ministro del Interior, Luis Arce Gómez fueron acusados de “narcotráfico”, secuestrados y enviados a EEUU en donde resultaron condenados a penas de prisión que, prácticamente, suponía morir en la cárcel en un país extranjero (Arce, tras pasar 30 años en prisión en EEUU, fue enviado a Bolivia en 2009, muriendo en la cárcel en 2020; en cuanto a García-Meza, permaneció en la cárcel desde 1995 hasta 2008, siendo enviado a su casa por su precario estado de salud, muriendo en 2018). En Argentina, los juicios contra las juntas militares que gobernaron el país tuvieron lugar en 1985 resultando condenados a altas penas de prisión, al no admitir el tribunal el argumento de la defensa de que habían tenido que luchar en una guerra contra el terrorismo. En ambos casos, las mayores presiones procedieron de EEUU y otro tanto cabe decir del gobierno militar chileno presidido por el General Pinochet que, en la última etapa de su vida, fue objeto de persecución judicial, entre otros, por el juez español Baltasar Barzón.

Durante el gobierno de Pinochet, por cierto, las mayores presiones y la mayor oposición procedieron, de nuevo, de los EEUU, especialmente durante el gobierno de Jimmy Carter. Las relaciones entre ambos países quedaron marcadas para siempre y, si la tensión entre Santiago y Washington descendió ligeramente en la última etapa del régimen fue a causa de las buenas relaciones que mantenía el gobierno chileno con el británico de Margaret Tatcher gracias a la actitud adoptada por Chile durante la guerra de las Malvinas. En efecto, Pinochet decidió que el “enemigo geopolítico” de su país era Argentina y, por tanto, no solamente se abstuvo de apoyarlo política y militarmente, sino que su territorio sirvió como base al espionaje británico.

Sea como fuere, desde los primeros años 80, estos juicios y estas medidas severas, desincentivaron cualquier pronunciamiento golpista y se da el caso de que, tanto en Argentina, como en Chile, en Perú y en Bolivia, a pesar de afrontar crisis político-económicas mucho mayores en los años siguientes, los ejércitos permanecieron mudos y mirando a otra parte: nadie quiso arriesgarse a dar un paso al frente que lo hubiera situado en el punto de mira de los defensores de los “derechos humanos”, de la “justicia internacional” y, sobre todo y por encima de todo, contra los intereses del Departamento de Estado de los EEUU.

Después del “modelo iberoamericano” de golpe de Estado y, a la vista de que éste había quedado obsoleto e inoperante, nadie volvió a teorizar sobre cómo sería un golpe en las postrimerías del siglo XX y en las primeras décadas del siglo XXI. Acaso porque era imposible que se produjeran movimientos de este tipo, al menos en los países del Primer Mundo. Solamente en África -y por razones geopolíticas muy concretas- se han seguido produciendo movimientos golpistas especialmente en la “franja del Sähel” que divide África entre el Magreb y el África negra. Las operaciones golpistas -promovidas verosímilmente por la República Popular China y/o por la Federación Rusa- han tenido como objetivo colocar una barrera entre el ”portaviones” de los EEUU en África (Marruecos) y el África subsahariana. En zonas más desarrolladas del planeta, el golpismo es, en las actuales circunstancias, poco menos que imposible.


LINKS DE LA SERIE

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (1) – Sobre las dictaduras de nuestro tiempo y España

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (2) – Cuando un golpe de Estado puede ser la solución a recurrir

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (3) - ¿Hay solución dentro de la constitución?

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (4) – Condiciones necesarias para un golpe de Estado

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (5) – La técnica golpista: justificaciones

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (6) – La técnica golpista: la práctica (A)

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (7) – La técnica golpista: la práctica (B)








miércoles, 15 de noviembre de 2023

¿Cuándo un golpe de Estado es la “solución final” a la hay que recurrir? (4): CONDICIONES NECESARIAS PARA UN GOLPE DE ESTADO

A pesar de que todos los indicativos político-económicos sugieran la proximidad de una crisis terminal para un país, la persistencia y agravación de tal situación, es condición necesaria, pero no suficiente como para que estalle un movimiento de rectificación que rompa las dinámicas existentes hasta ese momento. Hacen falta otros elementos, a los que llamaremos “condiciones objetivas” para un “golpe de timón”. Son ocho. Los enumeramos

A) Extendido deseo de cambio

El hartazgo extendido entre la población es otra de las condiciones objetivas que indican la posibilidad de que se produzca un golpe de Estado. Las masas precisan de una “levadura”, esto es, de un movimiento organizado que las movilice, les dé rostro, objetivos y convierta su frustración en fermento de rebelión. No vamos aquí a describir los elementos que deben estar presentes en un “movimiento organizado de protesta nacional”, pero sí a insistir en el hecho de que si ese movimiento -de carácter político- no es capaz de operar la mutación de la desesperación en deseo de cambio, extendido a un amplio sector de la población; las experiencias históricas demuestran que con que un 20% de la población apoye ruidosamente y afirme su deseo de cambio, es suficiente: con menos, ese movimiento quedaría diluido. Ese 20% constituye lo que podríamos llamar “fracción activa de las masas”.

B) Sensación de que el régimen ha agotado todas sus posibilidades

Es importante que esas masas sean conscientes, no tanto de lo que quieren, como de aquello que rechazan. Deben estar convencidos de que el régimen ha apurado ya todas sus posibilidades, que ya no quedan opciones que explorar dentro del régimen y que éste ha fracasado. Se trata, por tanto, de sustituirlo antes de que ocurra algo irremediable. Que ya no da más de sí y que cualquier hora que pasa implica unos centímetros más en el hundimiento del país. No es algo difícil de demostrar, es el argumento por excelencia: “no hay opciones dentro del régimen; no podemos confiar en los que llevan tantas décadas fracasando y hundiéndonos poco a poco”. Se ha llegado a una hora en la que ya no pueden pensarse en soluciones “reformistas”: si hubiera sido posible cualquier reforma, hace tiempo que se habría puesto en práctica. Si no se ha hecho es porque los partidos mayoritarios se sienten cómodos con la actual situación: ellos no pierden nada, el ciudadano, en cambio, se arriesga a perderlo todo, incluido el futuro de sus hijos.

C) Insolidaridad de las masas con el régimen

Cuando llega el momento en que un sector de la población exterioriza su desprecio hacia las instituciones, desconfía de ellas, cuando se ha generalizado la sensación de que se trata de estructuras burocráticas inútiles que solamente enriquecen a los staffs de los partidos políticos y a los que están habituados a hacer buenos negocios a la sombra del poder, en ese momento, cualquier petición -por razonable que pueda ser- del gobierno pidiendo a los ciudadanos apretarse el cinturón, realizar algún esfuerzo en no importa qué dirección, caerá en saco roto. No se trata de que a las masas no les importe el futuro de las distintas opciones que han gobernado hasta ayer, se trata de que anide en ellas una desconfiaza absoluta, insalvable, irrecuperable, irrenunciable, no solo ante la clase política del régimen, sino ante el mismo régimen. Cuando se llega ese punto, cuando los representantes del régimen son abucheados en sus apariciones públicas, cuando la abstención electoral se sitúa en torno al 40%, cuando aumenta desmesuradamente la cantidad de votos nulos y en blanco, o, simplemente, cuando sistemáticamente se impide que las medidas adoptadas sean respetadas y acatadas por una fracción activa de la población, eso sugiere que ese régimen ha entrado en una etapa de disgregación: se generarán abandonos, dimisiones, silencios significativos y se percibirá nerviosismo e histeria en los responsables gubernamentales, signos inequívocos de una situación de desgaste terminal.

D) Escasa credibilidad de los portavoces del régimen

Hay un momento en el que los portavoces del régimen dejan de ser tomados en consideración: cualquier cosa que digan es, entonces, tomado con reservas por un sector amplio de la población. Han dejado de creer en promesas, pero también informaciones y datos, propuestas y medidas adoptadas por el régimen. Cuando en un bar de barriada, el público que escucha un discurso gubernamental, exterioriza burlas, incredulidad o, incluso, odio inconmensurable, todo eso sugiere que el nivel de putrefacción del régimen está muy avanzado y que el gobierno de turno carece por completo de credibilidad, diga lo que diga. De todas las “condiciones objetivas” que estamos enumerando, esta es la más significativa y lógica: desde hace tanto tiempo, a través de los medios de comunicación, se dan explicaciones sobre tal o cual fenómeno, que luego resultan ser falsas (¡incluso en meteorología!), que lo normal era que la confianza de la población en su gobierno quedara progresivamente mermada. No se trata de exteriorizar discrepancias y de utilizar razonamientos lógicos, se trata, simplemente, de que cualquier afirmación que haga un portavoz del régimen caiga en la sima de la indiferencia y termine llegando al pozo de la hostilidad.

E) Existencia de una minoría organizada de las masas opuesta al régimen

No hay que confundir la “fracción activa de las masas” con la “clase política dirigente”, núcleo central y directorio del movimiento de cambio socio-político. Estamos refiriéndonos a un grupo pequeño, pero extremadamente diversificado, con capacidad para introducirse en cualquier ambiente y transmitir la llama de la agitación. Obviamente, sus miembros deben de pertenecer a distintos grupos sociales y estar unidos por una voluntad y un programa. No es necesario que constituyan un movimiento político propiamente dicha: es, más bien, una red lo que se precisa. Red de contactos, red transmisión de sugestiones y orientaciones, red de coordinación, red de planificación, pero también de acción. Para ser efectiva, una red de este tipo debe tener una característica esencial: sus miembros deben ser “mejores” que las personalidades del régimen, nombres de prestigio en sus respectivos campos de acción, conscientes de lo que se están jugando y de lo que está en juego. No puede tratarse de ambiciosos tornadizos y sin escrúpulos (de estos ya hay suficientes en las bancadas parlamentarias y en las filas del régimen), deben encarnar valores morales y responsabilidades que hayan puesto de manifiesto y cualificaciones profesionales que nos hayan situado como personajes conocidos, respetados e incuestionables en sus sectores de actividad. No se trata de encontrar “influencers” que se sumen, sino de cualificaciones mucho más exigentes. A fin de cuentas, de lo que se trata es de sustituir a una clase política dirigente, corrupta, degenerada y sin escrúpulos, por otra, sino por un grupo de personas que garantices: patriotismo, eficiencia en la gestión y competencia. De la calidad de quienes compongan este núcleo central, dependerá en grandísima medida, el éxito o el fracaso de lo que seguirá después. Un núcleo central dirigente, no puede apelar a “los más”, sino a “los mejores”.

F) Extendido movimiento de protesta popular

Cuando el centro dirigente, o la dinámica misma de las circunstancias, hacen que el régimen se enfrente a la posibilidad de perder el control en las calles, es cuando comenzarán los abandonos, las deserciones y los “cambios de camisa”. Ha ocurrido siempre y siempre volverá a ocurrir: las gentes se adhieren a un movimiento por convencimiento, por inercia o por miedo. Sea como fuere, cuando el régimen pierde el control de las masas, cuando estallan protestas, revueltas, motines a lo largo y ancho del país, suele ser el momento en el que las personalidades del régimen se dan cuenta de que solamente tienen de su parte “papeles”, en forma de leyes que han ido aprobando desde los orígenes mismos del régimen, pero que lo escrito en cualquier ley puede ser sustituido, derogado o vuelto en sentido contrario. En ese momento, es cuando las voluntades flaquean, sobre todo, si los que se manifiestan en las calles están apoyados por personalidades de prestigio en instituciones políticas, culturales, sociales o en estructuras jerárquicas. Lo esencial de los movimientos de protesta popular es que transmitan miedo a los responsables del régimen, les enseñen que están próximos al final y que ese final puede ser terrible para ellos. De la misma forma que en la Revolución Francesa la nobleza cedió sin prácticamente combatir, en especial después de los primeros asaltos a los palacios. Terminó habiendo más nobles en los hoteles de Londres que en las cárceles de la guillotina. En efecto, al presentir el final, el ver a masas cada vez más encolerizadas, los más prefieren siempre la huida.

G) Sinergia con movimientos similares existentes en otros países.

Un movimiento de reconstrucción nacional, por el hecho de ser “nacional” no debe encerrarse en el interior de las fronteras de su nación. Debe, por el contrario, abrirse a la colaboración con otras fuerzas políticas y sociales presentes en otros países del mismo entorno geográfico. En España, ciertamente, estamos viviendo una situación de crisis permanente, pero no es, contrariamente a lo que pueda pensarse, un rasgo “nacional”: en todos los países de Europa Occidental (en Italia y en Portugal, en Bélgica y en Holanda, en Suecia, especialmente, y, por supuesto en Francia y en parte de Alemania) se está asistiendo al desmoronamiento acelerado de la sociedad y de las instituciones. Quizás Francia esté en vanguardia de todos estos procesos, pero también allí la polarización del electorado en dos bloques sugiere que se ha llegado a un punto límite y que, en breve aparecerán todas las “condiciones objetivas” necesarias para que se produzcan movimientos políticos tendentes a restaurar los tres principios que se reconocían como esenciales en la época del Divino Augusto: “Paz, Justicia, Orden”. El movimiento de cambio debe, necesariamente, contactar y coordinarse con otros movimientos similares presentes en toda la “Europa de la crisis” y con cualquier país o movimiento político que reconozca la necesidad de una intervención decisiva para restaurar “Paz – Justicia – Orden”. Cuando falta alguno de estos tres elementos, no existe “seguridad” y, sin seguridad, no puede ejercerse ninguno de los derechos humanos que pasan a ser mera palabrería sentimental. En toda Europa Occidental existen movimientos de resistencia, que, sin duda, pueden encontrar eco en el resto de Europa y en otros países: se trata de coordinar esfuerzos de cara, tanto a generar el efecto contagio en otros países como garantizar el apoyo de sus gobiernos o de parte de su sociedad, en el proyecto de regeneración nacional y presentar como comprensible y necesario en otros países.

H) Descontento extendido entre los poderes fácticos

No es lo mismo el que, en una granja aislada, lejos de una capital de provincia e, incluso, alejada de la granja contigua, exista una familia que manifieste ruidosamente su protesta ante el régimen, que el hecho de que, en una gran ciudad, en algún barrio, se produzca una protesta popular contra las condiciones de vida y contra la actuación del gobierno. Para que una protesta pueda irradiar desde zonas agrícolas, hará falta que existe cierta densidad de población. Sin embargo, en ciudad, las protestas se extienden con mucha rapidez. Pero, incluso, dentro de una ciudad, no todos los sectores que viven en ella tienen la misma influencia y el mismo peso social. Wellington decía que el tricornio de Napoleón valía por 50.000 soldados. En efecto, hay sectores sociales que son, en vistas a un movimiento de cambio, mucho más importantes que otros. Se les ha llamado tiempo atrás “poderes fácticos”: poderes que existen en la sociedad aun cuando carezca de poder político directo, pero que ante situaciones de crisis, están obligados a dar ejemplo a la ciudadanía y a asumir sus responsabilidades: magistratura, milicia, fuerzas de seguridad, cuerpos funcionariales, por ejemplo. En otro tiempo, era inevitable añadir la nobleza y el clero, pero la nobleza ha desertado de cualquier responsabilidad en el futuro de la nación y el clero español, envejecido y desorientado, tienen hoy un peso escaso, incluso despreciable.

*     *     *

¿Se dan todas estas circunstancias en España? Rotundamente no. Por tanto, hoy no es posible que nadie pueda dar un golpe de Estado en nuestro país. ¿Hay que felicitarse por ello? Seguramente, pero hay que tener en cuenta que a pesar de que no estén presentes en los porcentajes correctos todas estas “condiciones objetivas”, no es menos cierto que casi todas, en mayor o menor medida, revolotean sobre la arena política española. Este elemento es extremadamente importante a tenor de la evolución que hemos previsto de la situación política española en los próximos años.

Podemos establecer así la situación actual de cada una de estas “condiciones objetivas” cuando el gobierno Frankenstein 2.0. de Pedro Sánchez se prepara para el que todos auguramos como el ciclo más inestable de la política española desde la primavera de 1936:

A) Extendido deseo de cambio                                                                            CRECIENTE

B) Sensación de que el régimen ha agotado todas sus posibilidades            INCIPIENTE

C) Insolidaridad de las masas con el régimen                                                    CRECIENTE

D) Escasa credibilidad de los portavoces del régimen                                      CRECIENTE

E) Existencia de una minoría organizada de las masas opuesta al régimen   MÍNIMA

F) Extendido movimiento de protesta popular                                                    MÍNIMO

G) Sinergia con movimientos similares existentes en otros países                 MÍNIMO

H) Descontento extendido entre los poderes fácticos                                       INCIPIENTE

Por tanto, puede deducirse que, cuando estamos próximos al “estreno” del Frankenstein 2.0. las “condiciones objetivas” para que se dé una salida “atípica” al régimen surgido en 1978 son sólo INCIPIENTES. Si en una escala de este tipo, las gradaciones son “óptima”, “buena”, “creciente”, “incipiente”, “mínima” y “nula” y aceptamos que, para que pueda producirse un golpe de Estado, deben alcanzar la condición de “óptimas” en las ocho condiciones, deberemos aceptar que, a fecha 15 de noviembre de 2023, nos encontramos en una fase en la que tales condiciones se sitúan entre “incipiente” y “creciente”... con todo lo que ello implica, especialmente, porque nadie, absolutamente nadie, ni en este país, ni en el extranjero, ve posibilidades de que en los próximos meses vaya mejorando la situación política, social y económica, sino que tenderán a manifestarse brutalmente los elementos que hemos señalado como presentes en nuestro análisis sobre EL VERDADERO ESTADO DE LA NACIÓN

A partir de ahí, el régimen se enfrentará a una doble alternativa: 

- la de MÍNIMOS: un cambio de gobierno y a una ruptura radical con las experiencia socialistas desde 2004, lo que equivale a un problemático gobierno del "bloque de la derecha", a la vista de que cabe pensar si todavía puede resolverse la situación económico-social del país y proceder a la necesaria reforma constitucional.

- la de MÁXIMOS: a un cambio de régimen. Dado que resulta imposible que existan "consensos" suficientes para ese cambio, la única vía posible es la del "golpe de Estado".


LINKS DE LA SERIE

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (1) – Sobre las dictaduras de nuestro tiempo y España

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (2) – Cuando un golpe de Estado puede ser la solución a recurrir

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (3) - ¿Hay solución dentro de la constitución?

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (4) – Condiciones necesarias para un golpe de Estado

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (5) – La técnica golpista: justificaciones

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (6) – La técnica golpista: la práctica (A)

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (7) – La técnica golpista: la práctica (B)









, publicado en Info-Krisis.

sábado, 16 de septiembre de 2023

NOTAS SOBRE LAS DICTADURAS DE NUESTRO TIEMPO… Y ESPAÑA (1)

¿Estamos volviendo a la época de los “golpes de Estado”? Respuesta: sí, porque solo en los últimos tres años se han producido nueve de estos movimientos. ¿Por qué se producen estos “golpes de Estado”? Respuesta: por deterioro interior, por toma de conciencia frente al caos y por apoyos exteriores. Y, finalmente, ¿podría producirse un golpe de Estado en España? Tal es la cuestión a la que pretendemos responder con este estudio en cinco partes y una conclusión:

1) ¿Cuándo el golpe de Estado es la “solución final” aceptable?

2) ¿Qué elementos son necesarios para un golpe de Estado?

3) ¿Cuáles son los errores habituales de un golpe de Estado?

4) ¿Es posible un golpe de Estado en España?

*     *     *

Introducción: justificación de este estudio

1. Unas notas sobre el golpismo en Iberoamérica

Creo necesario iniciar este estudio con un recuerdo personal: en los años 70 y 80 conocí a algunos protagonistas de los golpes de Estado que sacudieron Iberoamérica en aquella época. Vale la pena establecer dos elementos que, generalmente, se ocultan: es cierto que parte de sus protagonistas fueron militares formados en la Escuela de las Américas (hoy, eufemísticamente llamado, “Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad”). El único cambio sustancial ha sido el que, inicialmente, la “escuela” estuvo situada en la zona del Canal de Panamá (entre 1946 y 1984) y, a partir del año 2000 se reubicó en el Hotel Melia Panamá Canal. Allí se daban -y se siguen dando- cursos para militares iberoamericanos, impartidos por profesionales del Pentágono. Por allí han pasado 60.000 militares iberoamericanos. Su función era doble: por una parte, combatir a la subversión marxista en el subcontinente y, por otra, formar militares “amigos” de los EEUU.

El problema es que, la Escuela tuvo éxito en lo primero, pero fracaso notoriamente en lo segundo. Olvidaron que la mayoría de militares iberoamericanos, no eran mercenarios; especialmente, los que protagonizaron golpes de Estado y períodos de gobierno en la década de los 60-80 eran “antisubversivos”, pero también “nacionalistas”. Les interesaba acabar con la guerrilla castrista, pero no tanto para comer de la mano de los EEUU. De ahí que, casi siempre, el Departamento de Estado, fracasara en su intento de “domesticar” a los militares iberoamericanos y terminara “condenando” los golpes de Estado que se producían y obstaculizando por todos los medios el desarrollo de su gobierno.

Puedo dar fe de que, en el golpe de Estado que tuvo lugar el Bolivia en julio de 1980, desde el primer momento, el Departamento de Estado y la Embajada de los EEUU trataron por todos los medios de evitar el golpe. Para ello, apostaron por políticos de muy dudosa catadura (que terminarían protagonizando sonoros escándalos de corrupción y vinculación con el narcotráfico a partir de 1983), distribuyeron cantidades elevadas a los jefes de las divisiones orgánicas del ejército para evitar el movimiento golpista, y luego sometieron al país a un cerco económico (llegando incluso a hundir el mercado internacional del cobre y del estado, sacando al mercado reservas de estos minerales acumuladas en EEUU desde la Segunda Guerra Mundial) y difundiendo sistemáticamente a través de sus canales, informaciones que, no solamente no se correspondían con la verdad, sino que, además, eran pura intoxicación informativa. Recuerdo todavía como, los dirigentes del llamado “Movimiento de Izquierda Revolucionaria” (que menos de una década antes había protagonizado un catastrófico intento guerrillero cuyos pocos integrantes se refugiaron en el Chile allendista), se peleaban por acudir a las recepciones en la embajada de los EEUU, mientras que el procónsul yanqui pedía la expulsión de los asesores extranjeros (entre los que me encontraba).

Así mismo, recuerdo que el profesor Lewis A. Tambs, en el curso de un curso sobre geopolítica que dio en Madrid y al que asistí, no tuvo el menor reparo en explicarnos que el golpe que puso fin al gobierno de Unidad Popular en Chile, había contado con el apoyo del Servicio Nacional de Inteligencia brasileño y que los EEUU tan solo pretendían la caída de Allende y la formación de un gobierno “sumiso” entre la Democracia Cristiana y el Partido Nacional. Y Tambs debía saberlo porque en ese momento ya era un peso pesado en el Departamento de Estado y fue uno de los que elaboraron los “Documentos de Santa Fe”, que marcaron la política de la administración Bush en Iberoamérica. Eso explica el que, posteriormente, incluso con los “Chicago boys” destrozando la economía chilena, el gobierno norteamericano adoptara inequívocamente una posición opuesta al gobierno del General Pinochet.

Recuerdo, finalmente, que miembros de la embajada argentina en La Paz me comentaron, poco después de la guerra de las Malvinas, que, antes del conflicto, el General Galtieri, cuanto todavía no era presidente, había viajado en dos ocasiones a los EEUU y mantuvo encuentros con altas personalidades del gobierno norteamericano, incluido el vicepresidente George H.W. Bush. Regresó a Argentina convencido de que los EEUU le apoyarían para sustituir al general Viola (lo cual era cierto) y en su plan de ocupación de las Malvinas (a cambio de autorizar a los EEUU a instalar una base en estas islas o en las Georgias del Sur, con la misión de ejercer como “centinelas” en la ruta del petróleo del Golfo Pérsico a Europa y EEUU… lo que, desde luego, la historia demostró que no fue cierto). Tras sustituir a Viola, Galtieri -creyendo en el apoyo de los EEUU- ocupó las Malvinas: a partir de ese momento, todo se torció y los EEUU tomaron partido públicamente por Margaret Tatcher y apoyaron el esfuerzo bélico británico, lo que condujo a una nueva usurpación de las islas y al hundimiento del gobierno militar argentino.

Así pues, el mito fomentado por la “izquierda antiimperialista” era la complicidad de los EEUU en los golpes militares que se sucedieron en Iberoamérica entre los años 60 y los 80. El departamento de Estado, en realidad, prefería bregar con políticos socialistas, socialdemócratas o incluso con antiguos guerrilleros, mucho más oportunistas, incluso más serviles, antes que con militares nacionalistas. Se dieron cuenta, de que la carne de político se cotizaba más barata que la de militares y que, estos, en última instancia, por mucho que hubieran sido formados en la Escuela de las Américas y, por mucho, que se mostraran buenos alumnos en las enseñanzas contra la guerrilla, seguían siendo nacionalistas y, por tanto, miraban con desconfianza los intentos del Departamento de Estado y de sus procónsules por influir en sus países.

Cuando cayeron los gobiernos militares de Argentina, Chile y Bolivia, los EEUU trataron de que no volvieran a repetirse movimientos golpistas. Y lo hicieron con distintas tácticas: la primera de todas -y la más sencilla de aplicar- era la acusación de haber vulnerado los “derechos humanos” que, efectivamente, habían sido vulnerados sin discusión; la segunda fue lanzar acusaciones de “narcotráfico” (Tambs durante su estancia como embajador en Colombia ideó el término “narcoterrorismo” que, aplicó, tanto a la guerrilla colombiana como a los asesores europeos que nos encontrábamos en otros países iberoamericanos, aun a sabiendas de que las acusaciones eran falsas). El general García Meza, el Coronel Lucho Arce Gómez y el coronel Faustino Rico-Toro, fueron extraditados a los EEUU, aun cuando no fue sino hasta la caída del gobierno militar, cuando el narcotráfico se disparó en Bolivia ¡incluso con la intervención directa de fuerzas espaciales norteamericanos en la lucha contra la droga en aquel país, graciosamente autorizada por los gobiernos democráticos!). La tercera táctica, consistió en idear una constelación de noticias falsas sobre lo que habían sido y hecho aquellos gobiernos. Desde el principio del golpe militar en Bolivia de julio de 1980, se difundieron noticias sobre “miles de muertos en La Paz”, cuando en realidad, en todo el país -si no recuerdo mal- apenas murieron 14 personas y por muy distintas causas. No hubo genocidio sistemático, ni nada que se le pareciera remotamente.

Todo eso impidió el que volvieran a producirse movimientos golpistas en Iberoamérica. Cuarenta años después, cabe preguntarse si la situación en todos estos países es mejor, igual o peor. No hay que olvidar, además, que, tanto el Fondo Monetario Internacional, como el Banco Mundial, concedieron desde la segunda mitad de los 70, créditos fáciles a todos los gobiernos iberoamericanos, con la intención de que no pudieran retornarlos y obligarles a liquidar a bajo precio el patrimonio del Estado. Y se trató -lo sé porque el delegado boliviano en el FMI, un hombre próximo a nuestro círculo, nos habló de esta táctica como algo conocido y sistemático- de una política de saqueo deliberada.

Entre el miedo a sufrir de por vida consecuencias nefastas o caer en el descrédito a causa de las campañas de “fakes news” propagadas por los servicios de operaciones psicológicas del Departamento de Estado y de los organismos de inteligencia norteamericanos; ante la convicción de que les sería imposible enderezar sus países a causa de la actitud que los gobiernos de los EEUU que, insistimos, nunca apoyaron estos “pronunciamientos”, sino que los combatieron; nunca más volvieron a producirse movimientos golpistas en Iberoamérica.

2. De Iberoamérica a la franja del Sahël

Pero el golpismo no desapareció. El escenario del golpista está, en la actualidad, trasladado a África y, concretamente, a la “franja del Sahël”. Era algo que podía esperarse desde el inicio del siglo XXI, cuando se produjeron conatos de fundamentalismo islámico en esas zonas. Con esa excusa los EEUU mejoraron sus relaciones con Marruecos hasta el punto de instalar el “Africom” (Mando Regional del Pentágono para África) en ese país.

A esto se añadió la necesidad de Marruecos de contar con un “protector exterior” que garantice la supervivencia y la estabilidad de la dinastía alahuí. En 2020, Mohamed VI ya ofreció una base en Alcazarseguir que sustituyera a la de Rota (cuando faltaba un año para renegociar la presencia americana en España). Marruecos es, hoy, importante para el dispositivo militar americano en África. De hecho, este país es la “puerta” para el continente negro y hoy, puede decirse, cada día que pasa, Marruecos está más próximo a los EEUU.

Existen allí cuatro bases en funcionamiento en el norte del país y otros tres proyectos de construcción de nuevas bases en Gercif, Taourirt, Monte Arruit y Alcazarseguir. Obviamente, Marruecos apunta a que estas bases refuercen sus reivindicaciones sobre Ceuta, Melilla y Canarias. Los EEUU justifican esta presencia alegando que, en dirección al Norte, los gobiernos españoles están tendiendo a disminuir la presencia militar en la zona del Estrecho, con lo que, EEUU precisa un aliado más “seguro” y “fuerte” en la zona. Y en dirección al sur, para permitir despliegues rápidos de fuerzas ante crisis que pudieran producirse en la franja del Sahël y más al sur. EEUU han sustituido a Francia como potencia “tutelar” del gobierno alahuí.

Lo cierto es que los EEUU tienen razones para sentirse inquietos. En los últimos 10 años se ha multiplicado la presencia, tanto de Rusia como de China en África e, incluso, la República de Sudáfrica ha pasado a la lista de “países BRICS”, ofreciendo al resto de África negra una vía inequívoca: ni Rusia ni China suscitan resquemores colonialistas o neocolonialistas entre los países africanos (a fin de cuentas, ambos países apoyaron a los movimientos independentistas de esos países, con armas, pertrechos y diplomacia en la ONU), por lo que su penetración es mucho más rápida y profunda que la de Francia (cuya noción de “francité” está prácticamente expulsada en África), del Reino Unido o Bélgica que dejaron malos recuerdos en los países que colonizaron.

Lo cierto es que África es hoy uno de los continentes que tienen más valor estratégico, especialmente, por que abunda en “tierras raras”, elementos químicos derivados de los actínidos y de los lantánidos, esenciales en las nuevas tecnologías. Así como los países europeos y los EEUU han querido reproducir en África los mismos patrones políticos que rigen en occidente, chinos y rusos, mucho más pragmáticos, saben, desde el principio, en donde han fracasado europeos y norteamericanos, así que negocian directamente con los gobiernos en el poder o bien, si estos se muestran completamente inoperantes, desmesurados en sus pretensiones o incapaces de establecer un orden que haga viables la explotación y el transporte de minerales, tienden a favorecer golpes de Estado y a colocar en el poder a elementos más enérgicos y capaces de establecer la autoridad del Estado.


Solamente en algunas zonas del Sahël occidental, en donde se han producido movimientos islámicos de cierta importancia, especialmente en Malí y en algunas zonas de Níger, los golpes de Estado que se han producido han sido respuestas al fundamentalismo musulmán. En el resto de países estos golpes han tenido otros desencadenantes. Y no han sido pocos: nueve golpes de Estado en la zona del Shäel (más el último en Gabón, el 30 de agosto de 2023) desde 2020, en Malí (2), Burkina-Faso (2), Chad, Nigeria, Sudán, Níger y Guinea-Conakri, a los que se suman otros cinco golpes frustrados (en Guinea-Bissau, Santo Tomé y Príncipe, República Centroafricana, Níger y Sudán.

Así pues, la “época de los golpes de Estado”, no ha pasado; simplemente, se ha trasladado de Iberoamérica a África. Geográficamente, más cerca de Europa… Y es normal que, hasta ahora, esos golpes hayan tenido lugar en el Sahël: es la zona que separa el Magreb y el norte árabe-musulmán, del resto del continente negro. De nada le va a servir a los EEUU estar masivamente presente en Marruecos, si todo el Sahël se encuentra en manos de gobiernos más próximos a Rusia y China que a EEUU.

*     *     *


Tal es la situación en septiembre de 2023. El reciente golpe de Estado en Gabón ha conmovido a los medios “políticamente correctos”, especialmente por el apoyo popular innegable que han mostrado los nuevos gobernantes. Por supuesto, los organismos internacionales han protestado… pero no parece que ni Rusia ni China vayan a romper relaciones diplomáticas con estos gobiernos, antes bien, todo induce a pensar que van a estrecharlas a medida que los países occidentales, en su defensa irracional de la democracia, el liberalismo y la partidocracia, allí en donde nunca han funcionado, vaya arrojando más y más a Gabón a la esfera ruso-china.

Hasta aquí nos hemos preocupado por demostrar dos elementos: 1) que EEUU siempre se ha mostrado hostil a golpes de Estado (no tanto por su defensa de los “derechos humanos” que ni siquiera se respetan en territorio norteamericano, como por su exigencia de gobiernos sumisos que mantengan formas aparentemente democráticas) y 2) que la “vía golpista” sigue vive, hoy más que nunca, solo que se ha trasladado de Iberoamérica a África (más lejos de nosotros antropológica, cultural y económicamente, pero más cerca geográficamente).

Y esto permite plantear una cuestión tabú: ¿puede darse un golpe de Estado en algún país europeo y concretamente en España? Es, a partir de aquí cuando entramos en la materia de nuestro estudio.

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¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (1) – Sobre las dictaduras de nuestro tiempo y España

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (2) – Cuando un golpe de Estado puede ser la solución a recurrir

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (3) - ¿Hay solución dentro de la constitución?

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (4) – Condiciones necesarias para un golpe de Estado

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (5) – La técnica golpista: justificaciones

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (6) – La técnica golpista: la práctica (A)

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (7) – La técnica golpista: la práctica (B)