martes, 17 de mayo de 2022

CRÓNICAS DESDE MI RETRETE: CONTRA EL “OPTIMISMO CIENTÍFICO”. Del “homo sapiens” al “homo deus”

Uno de los espejismos de nuestra época es ese “optimismo científico” que se evidencia en los medios. “¿Cómo? ¿Qué hay un virus que lo arrasa todo? ¡Tranquilos, aquí no pasa nada! En breve estará lista la vacuna que resolverá la cuestión. ¿Acaso el VIH, mortal en los 80, no se ha convertido hoy en una enfermedad crónica?”. Es uno de los últimos argumentos que hemos oído machaconamente en todos los medios de comunicación desde febrero-marzo de 2020. La ciencia lo puede todo, resuelve todos los problemas, los que existen hoy y los que aparecerán mañana. Quien no tiene confía en la ciencia, tiene un problema. Ciencia es hoy la definición más breve de “progreso”. Luego resulta que las cosas no son exactamente así.

En los años 60 se planteó un debate epistemológico sobre la ciencia y su neutralidad. Había quienes sostenían que existía una “ciencia” al servicio del capitalismo y que, por tanto, la ciencia no era neutral, sino que era una prolongación del capitalismo para alcanzar mejor, más rápidamente y de manera más rentable, sus fines últimos. Los otros decían que la ciencia era neutral porque un invento como la bomba atómica podía servir tanto a los “capitalistas” como a los “comunistas”. Al final, lo más razonable -pasadas la fiebre del mayo del 68- que la ciencia era neutral en sus principios, pero su aplicación no lo era. La ciencia forense difundida desde hace 20 años de manera pedestre por la franquicia “CSI”, puede ser aplicada tanto por la investigación policial para la resolución de crímenes, como por criminales que no deseen dejar huellas (la serie Dexter, por ejemplo, estaba basada en esta idea).

Así que, a la conclusión sobre la neutralidad de la ciudad, pero no de sus aplicaciones, podemos añadir otra: la ciencia puede ser empleada, tanto en su aspecto “luminoso”, benéfico para la humanidad, como en su aspecto “oscuro”. Y, a partir de aquí, incluso, tenemos una tercera conclusión al alcance de la mano: los “optimistas científicos” se refieren, únicamente, a los aspectos positivos de los nuevos descubrimientos y posibilidades que se van abriendo en los distintos campos, pero nunca, absolutamente nunca, de su “lado oscuro”. Porque todo progreso científico y todo avance técnico, conllevan, inevitablemente, un aspecto problemático.

A pesar de que nos reconocemos como partidarios de la energía nuclear como la forma más barata para garantizar el suministro de energía, al menos en Europa, y que consideramos que las centrales nucleares del siglo XXI no tienen nada que ver con las de la segunda mitad del XX, y son, por tanto, más seguras, siempre planeará la posibilidad de un fallo técnico, humano o un atentado. Pero es que todas las formas de producción de energía tienen su aspecto oscuro: la energía eólica, por ejemplo, genera problemas acústicos que impiden la vida humana en las proximidades de parques eólicos. Quién haya visitado alguno sabe perfectamente de lo que estamos hablando. Y, por otra parte, todo depende de que sople viento, de la misma forma que la energía solar funciona mientras no haya nubes en lontananza…

No existe una solución 100% segura y que, al mismo tiempo, no implique algún tipo de perjuicio, molestia, riesgo o residuo.

Vayamos a otro terreno. Las ciencias de la salud. Los grandes capitales excedentes de las empresas tecnológicas, están invirtiendo en este campo. Nadie se quiere morir. Nadie quiere estar enfermo. Algunos, incluso, quieren vivir eternamente. Y la ciencia investiga en esa dirección. No es ciencia ficción, son realidades que ya se han alcanzado: se ha conseguido prolongar la vida de ratas de laboratorio multiplicando por cuatro su vida normal, prolongando los telómeros que garantiza la correcta reproducción de sus células. Esto, supondría, en la vida humana, la posibilidad de alcanzar los 320 años, sin ir más lejos. Así mismo, se están experimentando la llamada “tecnología CRISPR” que, básicamente consiste en cortar y pegar genes averiados en las cadenas de ADN y sustituirlos por otros “sanos”. En otras palabras, se consigue “editar el ADN”. Está bien eso de poder vivir algo más de tres siglos… pero el problema no es sólo vivir, sino ¿cómo será nuestra calidad de vida? ¿y cómo reaccionará nuestra mente ante un mundo que no tiene nada que ver con el que conocimos en la infancia, ni siquiera cuando cumplimos los primeros 100 años; habremos llegado a la “madurez” hacia los 150 años… ¿Qué puede haber de malo en prolongar la vida hasta más allá de los tres siglos? ¿Podemos imaginar lo que hubiera supuesto nacer en la España de 1700 y morir en 2022? ¿Podría el cerebro almacenar y procesar tantos recuerdos? ¿podría soportar tantos cambios? ¿Qué calidad de vida tendríamos? La cuestión de la “superlongevidad” -posible, desde el punto de vista técnico ya en nuestros días- genera nuevos problemas de muy difícil solución… sobre los que ninguno de los científicos que están trabajando en esos proyectos, habla.

El inefable Elon Musk está financiando el proyecto “Neurolink” que consiste en conectar directamente cerebro y ordenador. A pesar del hermetismo que rodea este proyecto, se ha hecho público que, en una fecha indeterminada, en cualquier caso, antes de los próximos 25 años, sería posible crear una interface para que podamos “descargar” todo lo que hay en nuestro cerebro en la “nube”. La idea es que, este proyecto, avanzará junto a otras nuevas tecnologías. La robótica, por ejemplo. Si tenemos que estar en Australia, no será necesario, nos dice el bueno de Musk, que viajemos allá. Bastará con cargar un robot con el contenido de nuestra partición en la “nube”, para que “nosotros” estemos allí, sin estar… ¿Ciencia ficción? De momento, sí. Pero, no olvidemos que se están invirtiendo miles de millones de dólares en investigaciones en esa dirección.

Mucho más realista y al alcance de la mano es el abandono de los trasplantes de órganos. Dicen que España es líder en “donaciones” de órganos. De poco servirá de aquí a un lustro, cuando puedan “imprimirse” en impresoras 3D, órganos artificiales, utilizando como “tinta”, células madres. Será un gran avance, porque no existirá “rechazo” y el organismo no se verá saturado al cabo de unos años por los residuos químicos de los medicamentos antirrechazo. La cuestión de fondo, una vez más, no es técnica, sino si la Seguridad Social correrá a cargo de los gastos de este tipo de operaciones o la técnica estará solamente al alcance de algunos privilegiados. Las desigualdades sociales correrán el riesgo de traducirse en tiempo de vida: los más afortunados podrán pagarse el “estirado” de telómeros, podrán reemplazar cualquier organismo que se les averíe por una réplica impresa en 3D y, en el límite, si todo falla y no hay remedio, siempre les cabrá la posibilidad de contratar una póliza con ALCOR, empresa que lleva funcionando un cuarto de siglo, con sucursal en España, que garantiza la conservación criogénica del cuerpo físico ante la muerte por cualquier enfermedad incurable, y la “descriogenización” en el momento en el que se encuentra una cura para esa dolencia. El seguro de vida cubre los gastos de conservación. Y si no se tiene una fortuna suficiente para pagar los gastos de criogenización y conservación de todo el cuerpo, lo que se conserva -lo que hoy se está conservando- es la cabeza cuyo cerebro será trasplantado a un robot a la primera ocasión.

En el límite de este “optimismo científico” se encuentran los gurús del posthumanismo (a no confundir con el transhumanismo). Mientras que este sostiene la posibilidad de mejorar las capacidades humanas mediante las nuevas tecnologías, los posthumanistas afirman que, una vez superada la etapa transhumanista, es preciso llegar a una situación en la que el ser humano puede emanciparse por completo de la biología que lo limita, para refugiarse en la “nube”, crear en ella una especie de ”conciencia global”, lo que consideran sería el límite de la evolución darwiniana: habremos, pues, recorrido, el camino entre el gusano y el hombre, como decía Nietzsche… para transformarnos finalmente en un único ser global, con una única conciencia de especia, casi como la que gobierna un hormiguero o una colmena.

Esta última perspectiva, defendida no en el terreno de la ciencia ficción, sino de las “ciencias de vanguardia”, constituye el límite extremo de una tendencia muy acusada en nuestro tiempo: la consideración de la ciencia como madre de todas las soluciones y el progreso como tendencia inevitable a la que nos conduce. ¿Para qué preguntarse más? La ciencia hace progresar a la humanidad y, poco importa, si vivimos 320 años, eternamente, o si superamos la “etapa biológica” y conseguimos emanciparnos de sus limitaciones. El resto no importa. La idea de “progreso” siempre vence y siempre hay que ir más lejos en la dirección que nos marca.

A principios del siglo XX, los avances científicos y técnicos, generaron un debate sobre la ciencia. Creo recordar que fue Henri Poincaré el que acuñó la expresión “ciencia sin conciencia” en su crítica a la ciencia positivista. La idea era que, si bien es cierto que la ciencia puede explorar en cualquier dirección, precisa hacerlo con una ética, una conciencia, una moral y unos criterios razonables de seguridad y prudencia.

La “era de la informática”, creada por inmaduros emocionales (desde Gates, hasta Musk, pasando por Jobs) augura los fracasos titánicos de la mitología y de la literatura: Ícaro que quiso llegar al sol (muy directamente relacionado con Elo Musk y su SpaceX), Fausto que vendió su alma al diablo a cambio de “conocimiento” y, a partir de ahí, todo se le torció (la “ciencia sin conciencia” de Poincaré), Prometeo que robó el fuego sagrado del conocimiento y sabemos cómo terminó (perífrasis simbólicas del transhumanismo), el doctor Frankenstein que quiso crear al “hombre perfecto” y le salió un engendro (otra variante simbólica del destino que aguarda a los delirios transhumanistas), Jekyll y Hyde, de Stevenson que creía que una fármaco podía mejorar las capacidades humanas y creo un monstruo (que remiten directamente a las “farmacéuticas” y a sus productos “milagro”, incluida la vacuna anti-Covid o el fentanilo que ha arrasado en los EEUU más que cualquier otra plaga bíblica), y, como suelen referir todos los textos trans-humanistas, el mismísimo Gilgamesh que se quejaba de que los dioses se habían reservado la inmortalidad para ellos y quería ser como los dioses.

En el fondo, lo que está detrás de todos estos proyectos inmaduros y frustrados es la transformación del “homo sapiens” en “homo Deus”, o, incluso, la paradoja de que el hombre que ha dejado de creer en Dios, ha terminado por creer que él era dios y, por tanto, sus proyectos consisten en realizar las capacidades de Dios a través de la técnica.

Quizás sea por esto, por lo que, hoy más que nunca, tiene más actualidad si cabe que en la Edad Media, la frase que definía al Diablo como “el mico de Dios”, el gran imitador. Su inversión. En verdad, que hoy vivimos tiempos radicalmente opuestos a cualquier idea de “normalidad”. Para poder “progresar” en esa dirección, la ciencia de vanguardia, para ser aceptada y tolerada, se abstiene de aludir a los aspectos negativos que encierra. Tan solo se centra en sus logros positivos, agradables a todos. Pero, cualquier avance técnico y científico, conlleva un riesgo. Nunca como hoy, los “optimistas tecnológicos”, en su absoluta irresponsabilidad, han evitado aludir a los riesgos de las nuevas tecnologías.

Lo más grave es que vivimos tiempos de pérdida de las identidades: todo lo que supone una referencia, esto es, un sistema identidades, es proscrito o se tiende a que quede lo más difuminado posible: vivimos tiempos de pérdida de las identidades nacionales, pérdida de las identidades culturales, pérdida, incluso, de las identidades sexuales. Lo que cabalga con las nuevas tecnologías y en su fondo, es algo todavía más grave y extremo: la pérdida de la identidad humana.