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jueves, 23 de marzo de 2023

60 AÑOS DE "CABALGAR EL TIGRE". NOTAS SOBRE LA RUPTURA DEL SER HUMANO CON LA POLÍTICA

El título de este parágrafo podría resumirse así: el principal rasgo del “tiempo nuevo” es la pérdida para el ser humano de cualquier tipo de identidad que valga la pena asumir, o si se prefiere, la sustitución de identidades naturales por amalgamas artificiosas, homogeneizadas artificialmente, esto es, “inclusivas”. Del eslogan de 1789, “libertad, igualdad, fraternidad”, el que se impone en las primeras décadas del siglo XXI es el segundo: y no se trata, simplemente, de una igualdad que tenga relación con la idea de “equidad”, que, en cualquier caso, sería admisible, sino de una igualdad a ultranza, impuesta artificialmente, de la misma manera que una apisonadora iguala las piedras y las inmoviliza con alquitrán. El resultado es una calzada lisa, llana y utilizada por los grandes vehículos en sus desplazamientos, esto es, por las grandes corrientes de la época. Estás, vale la pena señalarlo, son las mismas, en Oriente y en Occidente, en el bloque asiático como en bloque occidental. Por distintos caminos, se ha llegado a la construcción de un mismo tipo humano, del que el ciudadano chino es la quintaesencia: ha asumido lo peor del individualismo liberal occidental y del gregarismo socialismo, “un país – dos sistemas”. La sombra de la hegemonía china se proyecta sobre un mundo que ya está previamente “igualado” y dispuesto a aceptar, como natural, su influencia.

El conflicto ucraniano ha contribuido a que hablar de “globalización” y “mundialismo” ya no tenga la extensión y la profundidad que tuvo solo un lustro antes. Las sanciones ordenadas por el pentágono e impuestas con fidelidad perruna por los gobiernos occidentales, ha acelerado la división del mundo en dos bloques antagónicos en las formas de gobierno (democracias en Occidente y autocracias en Eurasia), pero con la misma vocación de dominio sobre las conciencias.

Este dominio se ha realizado por fases espontáneas que tienen mucho que ver con el noble arte de la alquimia. El alquimista trabajaba sobre el “mercurio” (el espíritu), consciente de que era el elemento intermedio entre la “sal” (el cuerpo físico) y el “azufre” (el alma). Se trataba, inicialmente de separar las distintas partes del “mixto”; sobrevenía, entonces, la “obra al negro”. Una vez purificado el “mercurio”, mediante sucesivas “disoluciones”, se trataba, de que éste se uniera al “azufre”. Así, el “mercurio”, en lugar de quedar atraído por la “sal” (por el cuerpo físico, por la materia), quedaba en la órbita del “azufre” (el mundo superior). En la última fase de la obra, la “obra al rojo”, se trataba de reavivar la “sal” mediante la fuerza del “mercurio” renovado por el “azufre”. En otras palabras, se trataba de desplazar el eje de la vida, del mundo corporal, sensual y material, al mundo de las esencias puras, a los mundos superiores. Pues bien, el proceso que tiene lugar en el ser humano moderno es parecido sólo que en sentido inverso,:un proceso propio del “fin de ciclo”.

En efecto, en estos momentos, resulta muy difícil para un ser humano, concebir algo que no sea para él tangible desde el punto de vista material. Cuando se habla de la realidad de los mundos sutiles, lo más habitual es aludir al universo mental y a todo lo que está unido a él. Esto lleva, en el mejor de los casos, a la adopción de posturas moralistas. Incluso el cristianismo ha caído, más allá de su dogmática, en algo similar. El ser humano, poco a poco, ha terminado “desconectado” progresivamente de todo lo que está más allá de lo físico. Su mente solamente es capaz de comprender lo físico y no solamente no alberga interés por los mundos superiores, sino que ni siquiera contempla la posibilidad de que puedan existir. Una mente que piensa solamente en términos de materia, se siente, irremisiblemente, atraída por todo lo que es material y no concibe valores más allá de la materia. Aquello que su mente no consigue comprender, lo fía desarrollo de la ciencia, que, antes o después, terminará explicándolo. Porque la ciencia ha terminado siendo el gran fetiche del siglo XXI, algo que ya podía preverse desde el positivismo del XIX.

La vieja máxima délfica de “conócete a ti mismo”, acompañada de otra situada frente a este, “sé tú mismo”, es solamente entendida, en primer lugar, como una afirmación de las propias necesidades y de los rasgos de la “personalidad”, en absoluto de las potencialidades que se ocultan detrás de esa máscara y que afectan a los dominios metafísicos. Y, en cuanto al “sé tu mismo”, no es comprendido más que como exaltación de la propia individualidad. Parece como si algo invisible impidiera que el hombre del siglo XX pudiera ir más allá de estas concepciones simplistas. En este dominio se encuentra el origen de las enfermedades psicológicas, verdadera pandemia de la época: hoy, el 25% de los menores de 30 años en España precisan la ayuda de psicólogos y psiquiatras; mañana, en 2040, se calcula que un 40% de la población mundial sufrirá algún tipo de desequilibrio psíquico.

A esta fase de corte con el mundo del espíritu, sigue la etapa de “normalización” y “estandarización”. Para gobernar un país como España en el que, sobre 44 millones de habitantes, cada uno aspira a tener su propia individualidad y a competir solamente en el acceso a bienes materiales, es preciso cambiar los mecanismos de poder real. Foucault hablaba del “biopoder” ejercido por las monarquías absolutas y que se ha mantenido hasta no hace mucho: se trataba de dominar los cuerpos. El gobernante absoluto, el dictador estalinista, el espadón tiránico, incluso el dirigente democrático y liberal, mantenían su poder en tanto que demostraban tener “derecho de muerte y poder sobre la vida”. Hasta principios del siglo XX, en efecto, las ejecuciones eran públicas. Se trataba de una “justicia ejemplificadora”: quien no seguía la regla impuesta por la ley, podía pagarlo con su vida. Cada ejecución pública, y antes, los castigos corporales infringidos ante la población, el cepo, la picota, o la ejecución pública mediante una elaborada y cruel tortura a la que fue sometido el regicida frustrado Robert-François Damiens (que Foucault, narra detalladamente con particular e indisimulado deleite sádico) en 1757, o el tratamiento al que había sido sometido antes Ravaillac en 1610, trase atentar contra Enrique II, incluso, antes, el mismo castigo de la crucifixión anterior, tenían como objetivo -afirma Foucault, al que no hay, necesariamente, que creer- obtener el “dominio sobre los cuerpos”. Eso aseguraba a los jefes políticos, la sujeción y la sumisión de su pueblo; Foucault utiliza la palabra “disciplinar”. Para Foucault, todas las instituciones creadas por el Estado capitalista, desde los hospitales a los cuarteles, los tajos y las minas, solamente buscan ejercer el poder de “disciplinar” al individuo y convertirlo en mecanismos meramente productivos, sometidos, eficientes y, sobre todo, dóciles al poder. Se trata de practicar una “biopolítica” cuyo objetivo era el dominio sobre el cuerpo de los ciudadanos.

La tortura pública y ejecución de Ravaillac y de Damiens, fueron necesarias a causa de la escasez y de lo limitado de los medios de comunicación de masas en aquellos siglos. Pero, a medida, que estos empezaron a proliferar desde finales del siglo XIX, los métodos para “disciplinar” a los ciudadanos fueron cada vez más sutiles. El “lavado de cerebro”, las “operaciones psicológicas” y el control sobre la información y sus contenidos, se convirtieron pronto en auxiliares eficientes de la “biopolítica”. Al acabar el siglo XX y comenzar el nuevo milenio, la aparición de nuevas tecnologías hizo que todo esto variase sustancialmente. Por entonces estaba claro que ya no se trataba de “disciplinar” individuos, sino a pueblos enteros, incluso a toda la humanidad, pues no en vano eran las décadas en las que se creía que podía llegarse en breve a un mundo globalizado y triunfaban los conceptos mundialistas.

Las sociedades habían ido ganando en “libertades” y se había producido también una elevación del nivel de vida, un alejamiento de las enfermedades endémicas de otras épocas, una mejora en las comunicaciones, en la salud y en la educación, a lo que se unía la intensificación de las comunicaciones interpersonales a través de sistemas analógicos primero y digitales después. A medida que pasaban las décadas del siglo XX, iban desapareciendo barreras, prevenciones, dogmas, tabús sociales, el sujeto era cada vez más libre y, sin embargo, lo sorprendente era –como ha observado Byung-Chul Han– que, en lugar de “progresar” hacia una sociedad más sana, más natural, más auténtica, en tanto que más libre, este proceso ha hecho que se disparasen las enfermedades mentales, las depresiones, los trastornos bipolares, las dolencias psicosomáticas, las crisis de pánico, en los niños el TDH (Trastorno de Déficit de Atención), etc. Byung-Chul Han interpreta este fenómeno lanzando un concepto nuevo: el de “sociedad del rendimiento”.

El concepto reconoce que, en este nuevo modelo social, somos “libres”, pero, al mismo tiempo, somos competitivos o bien estamos obligados a utilizar esa libertad para sobrevivir en el día a día. El único indicativo de que nuestra vida “va bien” es el éxito económico. Es decir, cualquier actividad está vinculada a obtener algún tipo de “rendimiento” que nos permita algún tipo de beneficio. En otras palabras, somos libres de todo… salvo de realizar actividades libres independientes del rendimiento. Estamos obligados a ser eficientes porque nos hemos transformado en “empresarios de nosotros mismos”, debemos de demostrar que “nuestra empresa”, esto es, nuestra vida, es rentable. No se trata ya de la libertad de “poder hacer algo”, sino del “deber de hacerlo”, porque, de no hacerlo, nuestra rentabilidad disminuye y consiguientemente nuestra autoestima merma.

Los escaparates de consumo, para colmo, y el exhibicionismo en redes sociales, son los proyectores que deben necesariamente demostrar que nuestra vida es perfecta, que va bien, que somos felices. Estamos obligados a serlo, pero, lamentablemente, la felicidad es, como el agua entre las manos, algo que se escapa a quien la persigue obsesivamente: siempre resulta inevitable que se cuele algún elemento no previsto, alguna bajada en nuestro rendimiento, o que alguien nos aventaje y demuestra vivir “mejor” que nosotros. Queremos utilizar nuestra libertad para obtener “poder”. Pero, a poco que miramos a nuestro entorno comprobamos que nuestra libertad es una ilusión y que el poder obtenido no es tal, sino, en cualquier caso, menor que el de otros y, en cualquier momento, si nos descuidamos, podemos vernos arrojados a posiciones irrelevantes. Nuestro “rendimiento” será, entonces, bajo; nuestra autoestima aún más baja. Por tanto, cualquier actividad que hagamos deberá ir destinada a promocionar un “producto”: nosotros mismos. Solo así tendremos la convicción de haber rentabilizado nuestra vida.

Si nos dedicamos a actividades no productivas, si nos ausentamos de las redes sociales, si no demostramos, mediante signos externos, capacidad adquisitiva, evidenciar el mantenernos en vanguardia de la moda, podemos considerarnos frustrados. Llega un momento en el que perdemos la noción de nosotros mismos: ya no sabemos quiénes somos, la que somos, el lugar en el que nos encontramos, porque es posible que el “look” que proyectemos a otros, no sea el que corresponde a nuestro verdadero yo.

Además, el papel de las redes sociales ha resultado deletéreo: somos “libres”, pero estamos constantemente observados por otros, por miles de desconocidos. Tenemos la sensación de que hay que buscar sus “likes”, satisfacerlos, captar su interés y su atención. Si lo conseguimos, anhelaremos que esa tendencia aumente más y más. Y si, por el contrario, fracasamos, podemos sufrir un derrumbe emocional difícil de superar.

Esto hace que, paradójicamente, en momentos históricos en los que han desaparecido instituciones, costumbres, hábitos, leyes y estructuras tradicionales que limitaban -y encarrilaban- las libertades, cuando deberíamos de ser más libres que nunca antes, sea el momento en el que estamos más controlados, observados, tiranizados y sometidos al conjunto. Es el gran hallazgo del neoliberalismo: lo que Han llama “la psicopolítica”. El sistema ha desistido de controlar los cuerpos, no nos “disciplina” mediante el miedo al castigo, o mediante la difusión de reglas y patrones de comportamiento, le basta simplemente con controlar nuestra mente y los “policías” son los otros. Nosotros mismos, podemos actuar como “policías del pensamiento” de otros.

Además, este planteamiento tiene otra ventaja que señala Han: un poder es tanto más efectivo cuanto menos visible es su presencia. Hoy, el poder actúa con la fuerza de un imán: el metal no percibe nada material, tangible, exterior, pero siente una irresistible atracción hacia el imán que se sitúa por encima de su propia voluntad. Es el redescubrimiento casi satánico del viejo principio taoísta del “wei wu wei”, el “actuar sin actuar”. No actúa, porque otros son los que actúan por él; no ejerce presión directa sobre nosotros, porque para eso están los otros. No ejerce sobre nosotros ningún control violento, no busca disciplinarnos: podemos aceptar ir con la corriente o contra ella, pero sabemos lo que ocurre en cada caso.

No es que la “biopolítica” haya sido liquidada por la “psicopolítica”; más bien, lo que ocurre es que éste tiende a complementar a aquella, a mantener el “control de los cuerpos”, realizando presión sobre sus mentes.

Aquí es donde se percibe el callejón sin salida del concepto de “libertad” emanada por la Revolución de 1789 y teorizado por los iluministas; deliberadamente hemos utilizado la minúscula para aludir al concepto. El caso del ser humano moderno, muestra que, incluso ante la ausencia de leyes y cortapisas, ante la desaparición de prejuicios y limitaciones, incluso en condiciones económicas que favorezcan la autonomía y el cumplimiento de cualquier deseo de consumo, el individuo no será libre porque puede estar sometido -de hecho, lo está- al peor de los tiranos: su propia interioridad. Y, por eso mismo, el concepto tradicional de libertad, tiene que ver también con el de “pureza”. Algo “puro” es algo que no está contaminado por nada, que no está condicionado por nada, que es él mismo, que es independiente de todo y no está penetrado por nada. Así mismo, la Libertad -esta vez con mayúscula- es la capacidad que tiene el ser humano de controlarse a sí mismo, de dominar todo lo que puede constituir una “impureza”: liquidar cualquier elemento que lo haga dependiente del exterior de sí mismo, controlar sus instintos -no renunciar a ellos porque eso implicaría tanto como renunciar a la condición humana- pero si tener la capacidad y la disposición para controlarlos. Y así se llega al concepto metafísico de Libertad. Luego, claro está, habrá que aludir a las libertades sociales que no son más que la proyección a este nivel del principio superior; y aquí, en lo contingente, ya no podemos hablar de “una Libertad”, sino de “las libertades”.

En el siglo XXI se evitar sugerir la más mínima limitación a “las libertades”, por mucho que sea evidente que algunas son “positivas” (la libertad de expresión, la libertad de información) y otras son, simple e incuestionablemente “negativas” (la libertad para mentir, la libertad para masacrar al prójimo, la libertad para ocupar o sustraer propiedades ajenas, etc.). Cualquier orden social exige, si pretende ser estable, una limitación a las libertades negativas, una idea que parece asustar a las vanguardias progresistas. Éstas parten de la base de que cualquier infracción a una ley se realiza invocando el principio de la necesidad o bien por falta de formación. Lo segundo se resolvería mediante la “educación” y lo primero habilitando leyes que admitan que cualquier necesidad humana, por el mero hecho de existir, debe ser satisfecha, a pesar de que suponga vulnerar las leyes naturales (elegir, por ejemplo, sexo), o bien las leyes sociales (el fenómeno de la ocupación) o la simple lógica (el fenómeno de la inmigración masiva inasumible para Europa). Se trata de eliminar cualquier límite que impida hacer efectivas “las libertades”.

Era frecuente observar en los medios anarquistas del siglo XX, como aquellos que abogan por una existencia libre de trabas y de estructuras que limiten las libertades, siempre terminen siendo grupos sometidos a la “estricta observancia” de los principios y a la censura que la aparente o real vulneración de estos por parte del individuo, lo haga acreedor a las denuncias de la “policía del pensamiento”. Esta deformación del comportamiento anarquista, finalmente, se ha extendido a toda la sociedad. Nunca una sociedad ha estado tan sometida a una tiranía “soft” como la nuestra. Hasta el extremo de que, como en la novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa, reír se ha convertido en una herejía peligrosa: el que ríe, es que lo hace de algo o de alguien. La inclusión impide cualquier comentario que pudiera ser considerado como un menoscabo para no importa quién. El resultado ha sido la desaparición de programas de humor, el que un conocido cocinero televisivo se haya visto obligado a dejar de contar chistes entre receta y receta, o que el 2020 la serie Los Simpson amenazara con eliminar el personaje de “Apu” porque podía ser considerado como un estereotipo del emigrante; hoy, por ejemplo, por primera vez en setenta años, han desaparecido las sitcom, las divertidas “comedias de situación” de las parrillas televisivas; las que se siguen viendo son reposiciones antiguas. Hoy resultaría imposible filmar una sitcom con suficiente fuerza como para hacer reír. La presión de lo “políticamente correcto”, la vigilancia de la “policía del pensamiento”, el miedo a quedar fuera de la dirección de la corriente, hace imposible y sospechoso la sonrisa. Mientras no haya inclusión, mientras la igualdad no sea absoluta y universal, mientras no se resuelvan los grandes problemas del planeta enunciados por la Agenda 2030, reír puede ser un síntoma de frivolidad, de falta de conciencia social, de discriminación. Esto es “psicopolítica”. Este es el principal rasgo de nuestro tiempo.








lunes, 3 de noviembre de 2025

GUSTAVE LE BON - PSICOLOGÍA DEL SOCIALISMO - UN RETRATO ATEMPORAL DEL SOCIALISMO DE SIEMPRE

 

“La multitud no razona; acepta o rechaza las ideas en bloque; no soporta la duda ni el examen. Lo que afirma o niega lo afirma o niega con vehemencia, y considera como enemigos a quienes no piensan como ella”

(G. Le Bon, La psicología de las multitudes)

 

En sus 90 años de vida, Gustave Le Bon (1841-1931) compuso una obra enciclopédica que marcó su tiempo y todavía prolonga su vigencia en el siglo XXI. En la medida en la que situó a la “raza” y todo lo que la hizo acompañar en sus teorías con las ideas de jerarquía racial, determinismo racial, comportamiento racial, e incluso, determinismo racial, no puede extrañar que la obra de Le Bon haya sido “cancelada” por los turiferarios de la corrección política.

Y es que, para un progresista, es mucho más sencillo borrar de un plumazo e ignorar una teoría, que criticarla. Freud, que intentó formular reservas explícitamente a Psicología de las multitudes de Le Bon, tan solo consiguió perderse en su propio terreno: Freud atribuye el instinto gregario a mecanismos inconscientes y, allí en donde Le Bon se expresa linealmente y con conceptos claros e indiscutibles, Freud debe recurrir a la lívido y a sus demás temas habituales para explicar por qué las masas siguen a los líderes, a establecer discutibles relaciones entre el “yo” y el “superyo” y, en definitiva a complicar lo que Le Bon había vuelto extremadamente sencillo de entender: que la personalidad individual se pierde en el seno de una masa; que el contagio y la imitación aparecen de forma inmediata en una masa humana y, por eso, sus reacciones tienden a ser las mismas; que las masas son “femeninas” y precisan seguir a alguien que las seduzca; que la inteligencia media de una masa no es el resultado de la media aritmética entre las inteligencias individuales sino que se sitúa en el punto de más bajo de todas ellas; que una masa experimenta una sensación de omnipotencia que anula la impotencia de cada uno de sus individuos cuando están aislados; que  una masa es capaz de cometer atrocidades irracionales que repugnarían individualmente a cada uno de sus miembros; que en una masa aparece un “alma colectiva” que condiciona tanto su pensamiento como su acción; y, finalmente, que ninguna raza se salva de estos condicionantes, a pesar de que las características de cada raza sean diferentes.

Quizás la gran diferencia entre la obra de Le Bon y la de Freud, es que la del primero es la de un espíritu científico, mientras que la de Freud es la de un especulador. El científico busca entender los fenómenos particulares a través del estudio de lo global; un especulador es quien, a partir de unos pocos casos examinados, establece abusivamente leyes universales. Le Bon es un científico multidisciplinario que trabajo distintas áreas del conocimiento (antropología, medicina, psicología social, sociología, historia, geografía, investigación científica, y seguramente nos dejamos algún campo por el que se interesó), Freud, en cambio, no pasa de ser un psicólogo de las “profundidades” e inventor de una terapia, el psicoanálisis, cuya eficiencia, un siglo después de su creación, dista mucho de estar demostrada. Freud, no ha sido “cancelado”, pero su sistema, incluso en su época, mostró tales deficiencias que muchos de sus discípulos (especialmente Adler y Jung) se distanciaron de él.

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La “cancelación” de Le Bon se ha basado en dos puntos que para la progresía ha presentado como muestras del “mal absoluto”: su consideración de que la mujer es inferior al hombre y su idea de la existencia de razas superiores e inferiores. Ambas posiciones, eran habituales en su época y, por lo demás, hay que matizarlas.

En efecto, sobre la “superioridad masculina”, los conocimientos científicos en la segundad mitad del siglo XIX y en la primera del siglo XX, estaban lastrados por las observaciones de Darwin sobre la evolución de las especies. Le Bon era darwinista y, por tanto, tenía en alta estima las opiniones del padre del evolucionismo. Para éste, el aumento de la capacidad craneal y del peso del cerebro eran elementos determinantes en la evolución: las especies con un cerebro más grande, deberían ser, para él, “más evolucionadas”. De ahí, Le Bon deduce que, en el interior de una misma raza, los más inteligentes serían aquellos que en Francia se llama “les grosses têtes”, “cabezas grandes”, “grandes cerebros”, equivalente, en la lengua de Cervantes, a “grandes pensadores”. Le Bon constató que las mujeres tenían menor masa cerebral y eso le llevó a decir que los cebreros masculinos y femeninos han experimentado un proceso evolutivo diferente.

Hoy, sin embargo, se sabe que el volumen del cerebro es independiente de la inteligencia y no es en absoluto un factor determinante. Las conexiones neuronales y la rapidez con la que estas transmiten la información, es el elemento que, hoy, se considera fundamental para establecer las capacidades desiguales de las inteligencias individuales.

En cuanto a las razas el problema es bastante más complejo. Pero también aquí, las posiciones de Le Bon están marcadas por el espíritu de su tiempo. Cuando se leen sus obras, especialmente Psicología de las revoluciones y esta que presentamos hoy, parece muy claro que cuando alude a “raza”, se está refiriendo, más bien, a “etnia”. Raza sería, por ejemplo, la caucásica, dentro de la cual, existen distintos grupos étnicos. La contraposición que hace, por ejemplo, entre germanos y anglosajones por un lado y latino-mediterráneos, por otro, solamente tiene sentido aludiendo a la etnia.

La “raza” se basa en las características físicas (y la historia ha generado mezclas y movimientos de pueblos europeos, superponiéndose grupos étnicos y produciéndose inevitables mestizajes entre cepas poco diferenciados entre sí), mientras que la “etnia” es un concepto especialmente cultural. La raza está basa en la biología; la etnia, en cambio, en los rasgos culturales (lengua, tradiciones, cultura, dieta). La “raza” es algo inmutable (se nace en una raza y es imposible pasar a otra), mientras que los rasgos étnicos pueden enmascararse, cambiarse o adoptarse relativamente. Una misma raza siempre está seccionada en distintas etnias: los caucásicos europeos, por ejemplo, están divididos en eslavos, germanos, latinos, anglosajones, etc. Las etnias, en cambio, son unitarias y sin apenas diferencias sustanciales en su interior.

El problema puede surgir cuando en una misma nación existen distintas etnias o cuando un mismo territorio geográficos está poblados por distintas razas. Un caso sería la isla caribeña La Española poblada por negros en la parte occidental y blancos en la parte oriental, que han dado lugar a la República Dominicana y a Haití. Ambos países alcanzaron la independencia respectivamente en 1821 y 1804. La isla, bajo soberanía francesa, fue el primer país caribeño que obtuvo la independencia con el nombre de Haití tras una revuelta de esclavos negros en la parte oriental de la isla que, más adelante, se apropiaron de toda la isla, hasta que en 1844 la parte occidental se declaró independiente. Hoy, la parte oriental, poblada por negros, está sumida en la pobreza más absoluta (con un PIB en 2024, idéntico al de 1950), mientras que la parte occidental ha experimentado un fuerte crecimiento económico generando una desproporción abismal entre los dos Estados de la misma isla (con un crecimiento anual del 5,3% desde 2000). A pesar de que esta desigualdad creciente puede explicarse por muchas causas, la raza sería para Le Bon, la principal de ellas.

Ahora bien, si las cosas están bastante claras en la isla La Española, en Europa, resulta casi obligado aludir a etnias más que a razas. Europa es la tierra en la que nació el socialismo, el tema de la obra que el lector tiene en sus manos. Así pues, el lector tendrá que juzgar cuando al escribir “raza”, lo adecuado, para el lenguaje actual, debería entender “etnia”.

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Si antes hemos puesto cierto énfasis en resumir las ideas de Le Bon expuestas en Psicología de las muchedumbres es porque, en realidad, esta obra constituye el marco teórico en el que se desarrolla Psicología del socialismo. Es significativo que ambas aparecieran en años sucesivos, 1985 y 1986. Si en la primera obra, Le Bon elabora una teoría completa sobre el comportamiento de las masas, en la segunda, aplica esta teoría al socialismo. Anteriormente, en 1894, Le Bon había publicado Leyes psicológicas de la evolución de los pueblos en la que se intuían las tesis que iba a desarrollar en su gran obra sobre la psicología de las masas. Estas tres obras, en realidad, constituyen el punto de arranque del estudio sobre los resortes que mueven a las masas.

A partir de los puntos que hemos enunciado y que expuso en Psicología de las muchedumbres, Le Bon interpreta el socialismo como una manifestación de la mentalidad de las masas y de su irremediable irracionalidad. No es una ideología, no es un método de análisis como pretendía Marx, tampoco es una doctrina política (aunque quiera serlo en sus distintas modalidades), ni siquiera es un movimiento reivindicativo, es, sobre todo, y por encima de todo, una “nueva fe”, una nueva forma de concebir la religiosidad, con sus dogmas, sus ritos, sus mártires y sus profetas.

Lo esencial de un sistema religioso es que no puede explicarse a través de la racionalidad; se cree en él por ser una verdad revelada, algo cuya única finalidad es mover masas, pulsar sus instintos para encaminarlas en determinada dirección. Le Bon ve en el caso del socialismo un ejemplo típico sobre como una idea utópica puede arraigar en el inconsciente de las muchedumbres.

El hecho de que Marx quisiera dar a su sistema un aspecto “científico” y, por tanto, racional, es secundario para Le Bon: las masas desconocen lo esencial de ese sistema que, desde el principio quedó relegado al estudio de un puñado de intelectuales. Nada de todo esto es lo que ha llegado a las masas, sino la ilusión de que la “lucha de clases” es el “motor de la historia” y que ésta concluirá, necesariamente, con el “triunfo del proletariado” a la formación de una “sociedad sin clases”. No son, pues, el aspecto pretendidamente científico de la teoría, lo que mueve a las masas, sino los dogmas que hemos resumido, lo que constituye su motivación y lo esencial de su fe. Una vez más, como siempre en la historia de los pueblos, la emoción termina primando sobre la racionalidad. Lo que ocurre es que los dogmas han ocultado, elegantemente, los resentimientos, las esperanzas, los deseos de revancha social y de igualdad (cuando en el mundo biológico al que pertenecemos, lo que reina es la desigualdad y la jerarquía).

Al igual que las muchedumbres son seducidas por líderes, en el socialismo ocurre otro tanto. El líder socialista es aquel que tiene la habilidad de movilizar el sustrato emotivo y sentimental de una masa de desheredados, convirtiéndolo en potencial político. Muchas variedades de “líderes” aspiran a dirigir a las masas: el intelectual gris, rata de biblioteca, solitario, el “reformador social” alucinado con la idea de “progreso” y la consideración de que él está destinado a acelerar ese progreso hasta sus últimas consecuencias, el intelectual demagogo que aspira, especialmente, a mejorar su situación personal, presentándose como sumo sacerdote de la nueva fe, quien mejor entiende sus dogmas, y cuya percepción de la realidad apenas alcanza más allá de su gabinete de estudio, siendo el resto el producto de elucubraciones mentales surgidas de la combinación de los dogmas aprendidos.

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Le Bon, vale la pena recordarlo, tiene ideas muy concretas sobre lo que es el progreso (evitamos llamarlas “progresistas”), particularmente cree en el avance de las ciencias, pero en política es un conservador clásico. Cree que las minorías ilustradas deben ser las que asuman la guía de los Estados, si es que se quiere llevar a cabo una gestión racional de la política y de la economía. Odia las estridencias, las revoluciones, los ajustes de cuentas que derivan de ellas y las situaciones de inestabilidad permanente que se prolongan hasta que llega un Bonaparte y las resuelve por medio de una dictadura.

Este conservadurismo intrínseco de Le Bon en lo político es lo que le hace considerar peligrosa a la muchedumbre porque, arrastrada por demagogos, tiende a destruirlo todo y es incapaz de distinguir entre lo que merece ser destruido y lo que pide ser conservado para mantener la cultura y la continuidad de un pueblo. Y, por eso mismo, considera peligroso al socialismo, capaz de convertir la energía irracional de las masas en una fuerza subversiva capaz de derribar gobiernos e instituciones y marchar hacia el caos. Su confianza está, más bien, depositada en una élite intelectual, una minoría que afronta los problemas con mesura y racionalidad y, a partir de ahí, formula propuestas de reforma social. Todo esto hace que el título de esta obra, Psicología del socialismo, sea deliberadamente engañoso: en realidad podía haberse llamado, con más razón, “Critica a la religión socialista” o, incluso, “Fundamentos de una seudo-religión”.

El resentimiento, la decadencia de las tradiciones y, en especial, la pérdida de la religiosidad tradicional, hace que el vacío creado quede ocupado por una nueva dogmática en la que la esperanza escatológica en el más allá y en el fin de los tiempos quede sustituido por ideas simples: “igualdad”, “igualitarismo”, “reparto de la riqueza”, “justicia social”, que tienen un eco particular en los desheredados. Además, el socialismo, tiene la ventaja en relación a las religiones tradicionales, de que ofrece en el “más acá” la recompensa sin esperar a un problemático cumplimiento de las promesas y la felicidad eterna en el “más allá”. Y es que el socialismo es una “doctrina emocional” que apela a los sentimientos de la masa y les llama a la “redención” que se producirá sólo mediante la “igualdad económica”.

La presente obra debe leerse como un documento histórico exponente del pensamiento conservador, pero también como un libro profético y, como tal -en realidad como cualquier libro profético- un conjunto de previsiones de futuro de las que algunas se cumplirán y otras no. Sería un error minusvalorar la importancia de este libro y de la obra de Le Bon en nuestra historia reciente.

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Ya hemos aludido a Freud y a su poco convincente crítica a las teorías de Le Bon, pero hay que recordar también que éste influyó extraordinariamente en las concepciones de Ortega y Gasset que lo toma como punto de partida para augurar la llegada del tiempo en el que reinará el “hombre-masa”. Ambos, Le Bon y Ortega, son consciente de que la era de las masas supone una amenaza para la civilización que este último valora como resultante del progreso y desembocan en la formación de un “sujeto colectivo nuevo”.

Quizás donde las profecías de Le Bon acertaron especialmente en anunciar el advenimiento de la época del “cesarismo” (los fascismos, especialmente). Tras décadas de caos y de confusión, las masas se refugian en líderes carismáticos, se entregan a ellos, tras décadas de luchar y morir por sus libertades y en nombre de ellas, están agotadas y encumbran a alguien que les promete orden, estabilidad, reposo y felicidad. Hitler y Mussolini estaban por aparecer, Napoleón Bonaparte, Luis Napoleón e, incluso el Bonaparte frustrado, el general Boulanger, ya habían demostrado que, tras épocas caóticas, las masas acuden inevitablemente a un “césar”.

También sostenía que el triunfo del socialismo sería relativamente breve. La imposible realización de los objetivos utópicos del socialismo -en especial, los procesos de colectivización- terminaría con él. Auguraba así la revolución de octubre de 1917, el estalinismo y el posterior desmoronamiento del régimen soviético setenta años después. También sostenía, con razón, que la potencia económica alemana se debía a su mejor organización y al pragmatismo de su “raza”, mientras que Francia se vería apeada del pelotón de cabeza de las naciones a causa de su increíble tendencia a la burocracia y a favorecer la integración de Argelia y de los argelinos como ciudadanos de pleno derecho. Veía el “peligro amarillo” como algo que terminaría haciéndose realidad y la potencia de los EEUU como uno de los pilares del siglo XX. Anticipaciones geniales, sin más apoyo que la lógica, las estadísticas y el método positivo.

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Hoy tiene tendencia a pensarse que las innovaciones tecnológicas han dejado atrás el pensamiento de Gustave Le Bon y sus consideraciones sobre las masas, la geopolítica y la tecnología. En realidad, es todo lo contrario. Cuando Byung-Chul Han alude al enjambre en el libro del mismo título (2013), deja constancia de que las “redes sociales” han sustituido a la “masa”. No puede hablarse, por tanto, de “masas”, sino más bien de “enjambres digitales” y algo parecido es lo que expone Zygmunt Bauman en La modernidad liquida (2000) y en ensayos posteriores. Este autor define nuestro tiempo como la “modernidad tardía” en que se han aparecido nuevas formas de “colectividades efímeras”. Está aludiendo a las masas digitales.

Si para Le Bon, una “masa” era una “reunión física en la que los individuos pierden su individualidad y se fusionan en una mente colectiva”, la novedad es que, hoy, ya no es necesaria una aglomeración física; las “redes sociales” han sustituido esa condición por un equivalente digital. No estamos juntos en las calles, nos reunimos ante terminales electrónicas. Y en ese medio artificial, se cumplen las mismas leyes que enunciara Le Bon: la identidad individual se diluye en el flujo colectivo de emociones, marcadas por memes, los “nuevos gritos de la multitud” aparecen en forma de likes, retuits y trending topics. Gracias a ellos se genera un contagio emocional y un proceso de sugestión idéntico al que aparece aún en los espectáculos de masas: viralización de mensajes y contenidos, desinformación o información irracional, proliferación fakes y polarización electrónica, incluso los propietarios de las redes sociales premian a los que generan más emociones en menos tiempo.

Cuando Le Bon habla de “pasiones colectivas”, parece, también aquí, haberse anticipado a los algoritmos que estimulan y destrozan vidas y tendencias, generan “influencers” (los “líderes” de los que hablara Le Bon a los que todo el mundo quiere seguir, hagan lo que hagan), los “creadores de contenidos” (que consiguen generar entusiasmos, fiebres consumistas y demás formas de irracionalidad digital).

Y todo esto ¿cómo lo hacen? Tal y como establecía Le Bon para todo aquel que quiere influir en una masa: con frases simples (un mensaje de más de 280 caracteres ya se considera “difícil de leer”), arrancando al individuo de su racionalidad y arrojándolo al submundo de las pasiones desencadenadas. Es evidente que no pueden profundizarse ni ideas, ni doctrinas, ni siquiera se busca eso: los eslóganes, el etiquetado de los mensajes, los hashtags, deben bastar para ofrecer a cada cual aquello que parece buscar. El usuario busca el “producto perfecto”, sin darse cuenta de que él ha pasado a ser el “producto” y es con él con lo que comercian los propietarios de las redes sociales: cada dato de su individualidad cuenta para venderlo a cualquier empresa que lo solicite y esté dispuesto a pagarlo.

El usuario, permanece inconsciente ante esta realidad y en un estado de excitación permanente -también aquí, Le Bon acertó-, para lo que se precisa de una presencia constante, invasiva y omnipresente de las redes sociales en la vida de los sujetos. Los streamings, por ejemplo, no están tan interesados en que el público vea uno u otro de sus productos, como en que permanezcan siempre en su área buscando qué ver hoy o en días sucesivos, eterna y permanentemente. En cuanto a las redes digitales, se trata de “enganchar” al individuo consiguiendo que permanezca horas y horas corriendo el scrolling de la pantalla en busca de algo que le interese y con lo que identificarse.

Lo que hoy se llama “infantilización cognitiva” no es más que la actualización de las leyes enunciadas por Le Bon sobre el comportamiento de las masas. También aquí hay una diferencia con respecto al final del siglo XIX: hoy esa infantilización ya no es espontánea, sino generada por algoritmos. Ya no es una masa la que, reunida en un estadio, grita a un equipo y cubre de imprecaciones al contrario. La suma de las individualidades y su despersonalización absoluta se opera mediante algoritmos que amplifican y maximizan la interacción. Ahora, los “líderes” ya no salen del seno de las masas, sino de la razón matemática de los algoritmos y, con propiedad, puede hablarse de “multitudes programadas”.

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Le Bon no es muy optimista en relación a los países latinos. Opina que se han quedado atrás en la historia y que les va a ser muy difícil recuperar la iniciativa. Precisamente por eso, los considera como aquellos en donde el socialismo arraigará antes. Percibe en su tiempo los primeros síntomas de esa tendencia. Al tratarse de países en los que el capitalismo es más tardío y existen grandes bolsas de pobreza y analfabetismo, son también los lugares en donde existe más ansia de revancha social y donde la población puede ser más fácilmente presa de demagogos, tribunos de la plebe, capaces de suscitar y hacer creíbles las fantasías más locas del socialismo (wokismo, estudios de género, corrección política….)

Estos son, en líneas generales, los contenidos de esta obra. Esperamos que su lectura reporte al lector las satisfacciones que a nosotros nos ha generado traduciéndola. Esperamos también que el lector utilice su espíritu crítico para separar aquello que son juicios circunstanciales, de las tesis generales de esta obra.

Ernesto Milá

Barcelona, 20 de octubre de 2020