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viernes, 29 de mayo de 2026

PSICOLOGÍA POLÍTICA – GUSTAVE LE BON - La razón crea la ciencia, los sentimientos mueven la historia


En esta obra, Gustav Le Bon examina cómo las emociones colectivas y las masas dictan las decisiones del poder. ¿Por qué las multitudes siguen ciegamente a ciertos líderes? ¿Qué fuerzas invisibles gobiernan las decisiones de una nación? Gustav Le Bon desmantela los secretos de la mente colectiva y los riesgos de su utilización política. Este clásico imprescindible te revela la verdadera anatomía del poder. No te dejes engañar por la superficie de la política. Aprende cómo se manipulan los sentimientos de las masas. Entiende la lógica irracional que mueve a las sociedades modernas. Descubre por qué las ideas abstractas dominan las revoluciones. Analiza el arte de la persuasión y el contagio mental.

La obra se basa en 5 conceptos clave que Le Bon identifica con claridad. Para dominar el arte de la psicología política es preciso tener en cuenta:

1. La existencia de un alma colectiva, especie de denominador común susceptible de unir a las mentes individuales en una sola dirección unificada.

2. La irracionalidad en el comportamiento de las masas: Pérdida del juicio crítico al formar parte de un grupo.

3. Los procesos de contagio mental que facilitar la propagación rápida de emociones e ideas entre las masas como si fueran virus.

4. La creación formas de “misticismo político” en los que las masas muestran una devoción ciega hacia determinadas concepciones o jefes políticos.

5. La naturaleza de los “conductores de pueblos”, esos líderes que fanatizan a las masas mediante la sugestión y le inducen al “alma colectiva”

Para Le Bon, los gobernantes exitosos no usan la lógica, sino tres herramientas verbales que constituyen los “mecanismos de la acción política de masas”:

  1. La afirmación pura: Enunciar ideas de forma simple, sin pruebas ni demostraciones.
  2. La repetición: Reiterar la misma frase constantemente para grabarla en el subconsciente.
  3. El prestigio: Fuerza magnética del líder que paraliza el espíritu crítico ajeno.

Esta obra facilita al lector: una comprensión radical de los fenómenos de la política de masas y descifra el comportamiento de las multitudes. Ofrece herramientas críticas para proteger tu mente de la propaganda. Facilita lo que podemos llamar “una visión de vanguardia que permite anticipar los movimientos de los gobernantes, sean quienes sean. Es, sobre todo, una obra de lectura obligatoria para politólogos, periodistas y ciudadanos despiertos… o que aspiren al despertar.

 

SUMARIO

Nota del Traductor

LIBRO I - OBJETIVO Y MÉTODO

Psicología política

Necesidades económicas y teorías políticas

Métodos de estudio de la psicología política

LIBRO II - LOS FACTORES PSICOLÓGICOS DE LA VIDA POLÍTICA

El origen de las leyes y las ilusiones legislativas

Los males de las leyes

El papel político del miedo

Transformación moderna del derecho divino

Factores psicológicos de las luchas bélicas

Factores psicológicos de las luchas económicas

Influencia psicológica de la enseñanza universitaria

LIBRO III - EL GOBIERNO POPULAR

La élite y la multitud

Génesis de la persuasión

La mentalidad obrera

Las nuevas aspiraciones populares

La impopularidad parlamentaria y la escalada

Los avances del despotismo

LIBRO IV - ILUSIONES SOCIALISTAS Y SINDICALISTAS

Las ilusiones socialistas

Las ilusiones sindicalistas

La evolución anárquica del sindicalismo

LIBRO V - ERRORES DE LA PSICOLOGÍA POLÍTICA EN LA COLONIZACIÓN

Nuestros principios de colonización

Resultados psicológicos de la educación europea en los pueblos inferiores

Resultados de instituciones y religiones europeas en los pueblos inferiores

Razones psicológicas de la impotencia de la civilización europea para transformar
a los pueblos inferiores

Las nuevas formas de colonización

LIBRO VI - EVOLUCIÓN ANÁRQUICA Y LA LUCHA CONTRA LA DESINTEGRACIÓN SOCIAL

La anarquía social

El avance de la delincuencia

El asesinato político

Persecuciones religiosas

Las luchas sociales

Fatalismo moderno y disociación de las fatalidades

La defensa social

 

CARACTERISTICAS DE LA OBRA

Tamaño: 15 x 23 cm

Páginas: 466

Impreso en papel de 80 grs.

Portada en cuatricomía

Precio de Venta al Público: 31,20 €

Pedidos: PSICOLOGÍA POLÍTICA

Pedidos por email: eminves@gmail.com







 

lunes, 3 de noviembre de 2025

GUSTAVE LE BON - PSICOLOGÍA DEL SOCIALISMO - UN RETRATO ATEMPORAL DEL SOCIALISMO DE SIEMPRE

 

“La multitud no razona; acepta o rechaza las ideas en bloque; no soporta la duda ni el examen. Lo que afirma o niega lo afirma o niega con vehemencia, y considera como enemigos a quienes no piensan como ella”

(G. Le Bon, La psicología de las multitudes)

 

En sus 90 años de vida, Gustave Le Bon (1841-1931) compuso una obra enciclopédica que marcó su tiempo y todavía prolonga su vigencia en el siglo XXI. En la medida en la que situó a la “raza” y todo lo que la hizo acompañar en sus teorías con las ideas de jerarquía racial, determinismo racial, comportamiento racial, e incluso, determinismo racial, no puede extrañar que la obra de Le Bon haya sido “cancelada” por los turiferarios de la corrección política.

Y es que, para un progresista, es mucho más sencillo borrar de un plumazo e ignorar una teoría, que criticarla. Freud, que intentó formular reservas explícitamente a Psicología de las multitudes de Le Bon, tan solo consiguió perderse en su propio terreno: Freud atribuye el instinto gregario a mecanismos inconscientes y, allí en donde Le Bon se expresa linealmente y con conceptos claros e indiscutibles, Freud debe recurrir a la lívido y a sus demás temas habituales para explicar por qué las masas siguen a los líderes, a establecer discutibles relaciones entre el “yo” y el “superyo” y, en definitiva a complicar lo que Le Bon había vuelto extremadamente sencillo de entender: que la personalidad individual se pierde en el seno de una masa; que el contagio y la imitación aparecen de forma inmediata en una masa humana y, por eso, sus reacciones tienden a ser las mismas; que las masas son “femeninas” y precisan seguir a alguien que las seduzca; que la inteligencia media de una masa no es el resultado de la media aritmética entre las inteligencias individuales sino que se sitúa en el punto de más bajo de todas ellas; que una masa experimenta una sensación de omnipotencia que anula la impotencia de cada uno de sus individuos cuando están aislados; que  una masa es capaz de cometer atrocidades irracionales que repugnarían individualmente a cada uno de sus miembros; que en una masa aparece un “alma colectiva” que condiciona tanto su pensamiento como su acción; y, finalmente, que ninguna raza se salva de estos condicionantes, a pesar de que las características de cada raza sean diferentes.

Quizás la gran diferencia entre la obra de Le Bon y la de Freud, es que la del primero es la de un espíritu científico, mientras que la de Freud es la de un especulador. El científico busca entender los fenómenos particulares a través del estudio de lo global; un especulador es quien, a partir de unos pocos casos examinados, establece abusivamente leyes universales. Le Bon es un científico multidisciplinario que trabajo distintas áreas del conocimiento (antropología, medicina, psicología social, sociología, historia, geografía, investigación científica, y seguramente nos dejamos algún campo por el que se interesó), Freud, en cambio, no pasa de ser un psicólogo de las “profundidades” e inventor de una terapia, el psicoanálisis, cuya eficiencia, un siglo después de su creación, dista mucho de estar demostrada. Freud, no ha sido “cancelado”, pero su sistema, incluso en su época, mostró tales deficiencias que muchos de sus discípulos (especialmente Adler y Jung) se distanciaron de él.

*     *     *

La “cancelación” de Le Bon se ha basado en dos puntos que para la progresía ha presentado como muestras del “mal absoluto”: su consideración de que la mujer es inferior al hombre y su idea de la existencia de razas superiores e inferiores. Ambas posiciones, eran habituales en su época y, por lo demás, hay que matizarlas.

En efecto, sobre la “superioridad masculina”, los conocimientos científicos en la segundad mitad del siglo XIX y en la primera del siglo XX, estaban lastrados por las observaciones de Darwin sobre la evolución de las especies. Le Bon era darwinista y, por tanto, tenía en alta estima las opiniones del padre del evolucionismo. Para éste, el aumento de la capacidad craneal y del peso del cerebro eran elementos determinantes en la evolución: las especies con un cerebro más grande, deberían ser, para él, “más evolucionadas”. De ahí, Le Bon deduce que, en el interior de una misma raza, los más inteligentes serían aquellos que en Francia se llama “les grosses têtes”, “cabezas grandes”, “grandes cerebros”, equivalente, en la lengua de Cervantes, a “grandes pensadores”. Le Bon constató que las mujeres tenían menor masa cerebral y eso le llevó a decir que los cebreros masculinos y femeninos han experimentado un proceso evolutivo diferente.

Hoy, sin embargo, se sabe que el volumen del cerebro es independiente de la inteligencia y no es en absoluto un factor determinante. Las conexiones neuronales y la rapidez con la que estas transmiten la información, es el elemento que, hoy, se considera fundamental para establecer las capacidades desiguales de las inteligencias individuales.

En cuanto a las razas el problema es bastante más complejo. Pero también aquí, las posiciones de Le Bon están marcadas por el espíritu de su tiempo. Cuando se leen sus obras, especialmente Psicología de las revoluciones y esta que presentamos hoy, parece muy claro que cuando alude a “raza”, se está refiriendo, más bien, a “etnia”. Raza sería, por ejemplo, la caucásica, dentro de la cual, existen distintos grupos étnicos. La contraposición que hace, por ejemplo, entre germanos y anglosajones por un lado y latino-mediterráneos, por otro, solamente tiene sentido aludiendo a la etnia.

La “raza” se basa en las características físicas (y la historia ha generado mezclas y movimientos de pueblos europeos, superponiéndose grupos étnicos y produciéndose inevitables mestizajes entre cepas poco diferenciados entre sí), mientras que la “etnia” es un concepto especialmente cultural. La raza está basa en la biología; la etnia, en cambio, en los rasgos culturales (lengua, tradiciones, cultura, dieta). La “raza” es algo inmutable (se nace en una raza y es imposible pasar a otra), mientras que los rasgos étnicos pueden enmascararse, cambiarse o adoptarse relativamente. Una misma raza siempre está seccionada en distintas etnias: los caucásicos europeos, por ejemplo, están divididos en eslavos, germanos, latinos, anglosajones, etc. Las etnias, en cambio, son unitarias y sin apenas diferencias sustanciales en su interior.

El problema puede surgir cuando en una misma nación existen distintas etnias o cuando un mismo territorio geográficos está poblados por distintas razas. Un caso sería la isla caribeña La Española poblada por negros en la parte occidental y blancos en la parte oriental, que han dado lugar a la República Dominicana y a Haití. Ambos países alcanzaron la independencia respectivamente en 1821 y 1804. La isla, bajo soberanía francesa, fue el primer país caribeño que obtuvo la independencia con el nombre de Haití tras una revuelta de esclavos negros en la parte oriental de la isla que, más adelante, se apropiaron de toda la isla, hasta que en 1844 la parte occidental se declaró independiente. Hoy, la parte oriental, poblada por negros, está sumida en la pobreza más absoluta (con un PIB en 2024, idéntico al de 1950), mientras que la parte occidental ha experimentado un fuerte crecimiento económico generando una desproporción abismal entre los dos Estados de la misma isla (con un crecimiento anual del 5,3% desde 2000). A pesar de que esta desigualdad creciente puede explicarse por muchas causas, la raza sería para Le Bon, la principal de ellas.

Ahora bien, si las cosas están bastante claras en la isla La Española, en Europa, resulta casi obligado aludir a etnias más que a razas. Europa es la tierra en la que nació el socialismo, el tema de la obra que el lector tiene en sus manos. Así pues, el lector tendrá que juzgar cuando al escribir “raza”, lo adecuado, para el lenguaje actual, debería entender “etnia”.

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Si antes hemos puesto cierto énfasis en resumir las ideas de Le Bon expuestas en Psicología de las muchedumbres es porque, en realidad, esta obra constituye el marco teórico en el que se desarrolla Psicología del socialismo. Es significativo que ambas aparecieran en años sucesivos, 1985 y 1986. Si en la primera obra, Le Bon elabora una teoría completa sobre el comportamiento de las masas, en la segunda, aplica esta teoría al socialismo. Anteriormente, en 1894, Le Bon había publicado Leyes psicológicas de la evolución de los pueblos en la que se intuían las tesis que iba a desarrollar en su gran obra sobre la psicología de las masas. Estas tres obras, en realidad, constituyen el punto de arranque del estudio sobre los resortes que mueven a las masas.

A partir de los puntos que hemos enunciado y que expuso en Psicología de las muchedumbres, Le Bon interpreta el socialismo como una manifestación de la mentalidad de las masas y de su irremediable irracionalidad. No es una ideología, no es un método de análisis como pretendía Marx, tampoco es una doctrina política (aunque quiera serlo en sus distintas modalidades), ni siquiera es un movimiento reivindicativo, es, sobre todo, y por encima de todo, una “nueva fe”, una nueva forma de concebir la religiosidad, con sus dogmas, sus ritos, sus mártires y sus profetas.

Lo esencial de un sistema religioso es que no puede explicarse a través de la racionalidad; se cree en él por ser una verdad revelada, algo cuya única finalidad es mover masas, pulsar sus instintos para encaminarlas en determinada dirección. Le Bon ve en el caso del socialismo un ejemplo típico sobre como una idea utópica puede arraigar en el inconsciente de las muchedumbres.

El hecho de que Marx quisiera dar a su sistema un aspecto “científico” y, por tanto, racional, es secundario para Le Bon: las masas desconocen lo esencial de ese sistema que, desde el principio quedó relegado al estudio de un puñado de intelectuales. Nada de todo esto es lo que ha llegado a las masas, sino la ilusión de que la “lucha de clases” es el “motor de la historia” y que ésta concluirá, necesariamente, con el “triunfo del proletariado” a la formación de una “sociedad sin clases”. No son, pues, el aspecto pretendidamente científico de la teoría, lo que mueve a las masas, sino los dogmas que hemos resumido, lo que constituye su motivación y lo esencial de su fe. Una vez más, como siempre en la historia de los pueblos, la emoción termina primando sobre la racionalidad. Lo que ocurre es que los dogmas han ocultado, elegantemente, los resentimientos, las esperanzas, los deseos de revancha social y de igualdad (cuando en el mundo biológico al que pertenecemos, lo que reina es la desigualdad y la jerarquía).

Al igual que las muchedumbres son seducidas por líderes, en el socialismo ocurre otro tanto. El líder socialista es aquel que tiene la habilidad de movilizar el sustrato emotivo y sentimental de una masa de desheredados, convirtiéndolo en potencial político. Muchas variedades de “líderes” aspiran a dirigir a las masas: el intelectual gris, rata de biblioteca, solitario, el “reformador social” alucinado con la idea de “progreso” y la consideración de que él está destinado a acelerar ese progreso hasta sus últimas consecuencias, el intelectual demagogo que aspira, especialmente, a mejorar su situación personal, presentándose como sumo sacerdote de la nueva fe, quien mejor entiende sus dogmas, y cuya percepción de la realidad apenas alcanza más allá de su gabinete de estudio, siendo el resto el producto de elucubraciones mentales surgidas de la combinación de los dogmas aprendidos.

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Le Bon, vale la pena recordarlo, tiene ideas muy concretas sobre lo que es el progreso (evitamos llamarlas “progresistas”), particularmente cree en el avance de las ciencias, pero en política es un conservador clásico. Cree que las minorías ilustradas deben ser las que asuman la guía de los Estados, si es que se quiere llevar a cabo una gestión racional de la política y de la economía. Odia las estridencias, las revoluciones, los ajustes de cuentas que derivan de ellas y las situaciones de inestabilidad permanente que se prolongan hasta que llega un Bonaparte y las resuelve por medio de una dictadura.

Este conservadurismo intrínseco de Le Bon en lo político es lo que le hace considerar peligrosa a la muchedumbre porque, arrastrada por demagogos, tiende a destruirlo todo y es incapaz de distinguir entre lo que merece ser destruido y lo que pide ser conservado para mantener la cultura y la continuidad de un pueblo. Y, por eso mismo, considera peligroso al socialismo, capaz de convertir la energía irracional de las masas en una fuerza subversiva capaz de derribar gobiernos e instituciones y marchar hacia el caos. Su confianza está, más bien, depositada en una élite intelectual, una minoría que afronta los problemas con mesura y racionalidad y, a partir de ahí, formula propuestas de reforma social. Todo esto hace que el título de esta obra, Psicología del socialismo, sea deliberadamente engañoso: en realidad podía haberse llamado, con más razón, “Critica a la religión socialista” o, incluso, “Fundamentos de una seudo-religión”.

El resentimiento, la decadencia de las tradiciones y, en especial, la pérdida de la religiosidad tradicional, hace que el vacío creado quede ocupado por una nueva dogmática en la que la esperanza escatológica en el más allá y en el fin de los tiempos quede sustituido por ideas simples: “igualdad”, “igualitarismo”, “reparto de la riqueza”, “justicia social”, que tienen un eco particular en los desheredados. Además, el socialismo, tiene la ventaja en relación a las religiones tradicionales, de que ofrece en el “más acá” la recompensa sin esperar a un problemático cumplimiento de las promesas y la felicidad eterna en el “más allá”. Y es que el socialismo es una “doctrina emocional” que apela a los sentimientos de la masa y les llama a la “redención” que se producirá sólo mediante la “igualdad económica”.

La presente obra debe leerse como un documento histórico exponente del pensamiento conservador, pero también como un libro profético y, como tal -en realidad como cualquier libro profético- un conjunto de previsiones de futuro de las que algunas se cumplirán y otras no. Sería un error minusvalorar la importancia de este libro y de la obra de Le Bon en nuestra historia reciente.

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Ya hemos aludido a Freud y a su poco convincente crítica a las teorías de Le Bon, pero hay que recordar también que éste influyó extraordinariamente en las concepciones de Ortega y Gasset que lo toma como punto de partida para augurar la llegada del tiempo en el que reinará el “hombre-masa”. Ambos, Le Bon y Ortega, son consciente de que la era de las masas supone una amenaza para la civilización que este último valora como resultante del progreso y desembocan en la formación de un “sujeto colectivo nuevo”.

Quizás donde las profecías de Le Bon acertaron especialmente en anunciar el advenimiento de la época del “cesarismo” (los fascismos, especialmente). Tras décadas de caos y de confusión, las masas se refugian en líderes carismáticos, se entregan a ellos, tras décadas de luchar y morir por sus libertades y en nombre de ellas, están agotadas y encumbran a alguien que les promete orden, estabilidad, reposo y felicidad. Hitler y Mussolini estaban por aparecer, Napoleón Bonaparte, Luis Napoleón e, incluso el Bonaparte frustrado, el general Boulanger, ya habían demostrado que, tras épocas caóticas, las masas acuden inevitablemente a un “césar”.

También sostenía que el triunfo del socialismo sería relativamente breve. La imposible realización de los objetivos utópicos del socialismo -en especial, los procesos de colectivización- terminaría con él. Auguraba así la revolución de octubre de 1917, el estalinismo y el posterior desmoronamiento del régimen soviético setenta años después. También sostenía, con razón, que la potencia económica alemana se debía a su mejor organización y al pragmatismo de su “raza”, mientras que Francia se vería apeada del pelotón de cabeza de las naciones a causa de su increíble tendencia a la burocracia y a favorecer la integración de Argelia y de los argelinos como ciudadanos de pleno derecho. Veía el “peligro amarillo” como algo que terminaría haciéndose realidad y la potencia de los EEUU como uno de los pilares del siglo XX. Anticipaciones geniales, sin más apoyo que la lógica, las estadísticas y el método positivo.

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Hoy tiene tendencia a pensarse que las innovaciones tecnológicas han dejado atrás el pensamiento de Gustave Le Bon y sus consideraciones sobre las masas, la geopolítica y la tecnología. En realidad, es todo lo contrario. Cuando Byung-Chul Han alude al enjambre en el libro del mismo título (2013), deja constancia de que las “redes sociales” han sustituido a la “masa”. No puede hablarse, por tanto, de “masas”, sino más bien de “enjambres digitales” y algo parecido es lo que expone Zygmunt Bauman en La modernidad liquida (2000) y en ensayos posteriores. Este autor define nuestro tiempo como la “modernidad tardía” en que se han aparecido nuevas formas de “colectividades efímeras”. Está aludiendo a las masas digitales.

Si para Le Bon, una “masa” era una “reunión física en la que los individuos pierden su individualidad y se fusionan en una mente colectiva”, la novedad es que, hoy, ya no es necesaria una aglomeración física; las “redes sociales” han sustituido esa condición por un equivalente digital. No estamos juntos en las calles, nos reunimos ante terminales electrónicas. Y en ese medio artificial, se cumplen las mismas leyes que enunciara Le Bon: la identidad individual se diluye en el flujo colectivo de emociones, marcadas por memes, los “nuevos gritos de la multitud” aparecen en forma de likes, retuits y trending topics. Gracias a ellos se genera un contagio emocional y un proceso de sugestión idéntico al que aparece aún en los espectáculos de masas: viralización de mensajes y contenidos, desinformación o información irracional, proliferación fakes y polarización electrónica, incluso los propietarios de las redes sociales premian a los que generan más emociones en menos tiempo.

Cuando Le Bon habla de “pasiones colectivas”, parece, también aquí, haberse anticipado a los algoritmos que estimulan y destrozan vidas y tendencias, generan “influencers” (los “líderes” de los que hablara Le Bon a los que todo el mundo quiere seguir, hagan lo que hagan), los “creadores de contenidos” (que consiguen generar entusiasmos, fiebres consumistas y demás formas de irracionalidad digital).

Y todo esto ¿cómo lo hacen? Tal y como establecía Le Bon para todo aquel que quiere influir en una masa: con frases simples (un mensaje de más de 280 caracteres ya se considera “difícil de leer”), arrancando al individuo de su racionalidad y arrojándolo al submundo de las pasiones desencadenadas. Es evidente que no pueden profundizarse ni ideas, ni doctrinas, ni siquiera se busca eso: los eslóganes, el etiquetado de los mensajes, los hashtags, deben bastar para ofrecer a cada cual aquello que parece buscar. El usuario busca el “producto perfecto”, sin darse cuenta de que él ha pasado a ser el “producto” y es con él con lo que comercian los propietarios de las redes sociales: cada dato de su individualidad cuenta para venderlo a cualquier empresa que lo solicite y esté dispuesto a pagarlo.

El usuario, permanece inconsciente ante esta realidad y en un estado de excitación permanente -también aquí, Le Bon acertó-, para lo que se precisa de una presencia constante, invasiva y omnipresente de las redes sociales en la vida de los sujetos. Los streamings, por ejemplo, no están tan interesados en que el público vea uno u otro de sus productos, como en que permanezcan siempre en su área buscando qué ver hoy o en días sucesivos, eterna y permanentemente. En cuanto a las redes digitales, se trata de “enganchar” al individuo consiguiendo que permanezca horas y horas corriendo el scrolling de la pantalla en busca de algo que le interese y con lo que identificarse.

Lo que hoy se llama “infantilización cognitiva” no es más que la actualización de las leyes enunciadas por Le Bon sobre el comportamiento de las masas. También aquí hay una diferencia con respecto al final del siglo XIX: hoy esa infantilización ya no es espontánea, sino generada por algoritmos. Ya no es una masa la que, reunida en un estadio, grita a un equipo y cubre de imprecaciones al contrario. La suma de las individualidades y su despersonalización absoluta se opera mediante algoritmos que amplifican y maximizan la interacción. Ahora, los “líderes” ya no salen del seno de las masas, sino de la razón matemática de los algoritmos y, con propiedad, puede hablarse de “multitudes programadas”.

*     *     *

Le Bon no es muy optimista en relación a los países latinos. Opina que se han quedado atrás en la historia y que les va a ser muy difícil recuperar la iniciativa. Precisamente por eso, los considera como aquellos en donde el socialismo arraigará antes. Percibe en su tiempo los primeros síntomas de esa tendencia. Al tratarse de países en los que el capitalismo es más tardío y existen grandes bolsas de pobreza y analfabetismo, son también los lugares en donde existe más ansia de revancha social y donde la población puede ser más fácilmente presa de demagogos, tribunos de la plebe, capaces de suscitar y hacer creíbles las fantasías más locas del socialismo (wokismo, estudios de género, corrección política….)

Estos son, en líneas generales, los contenidos de esta obra. Esperamos que su lectura reporte al lector las satisfacciones que a nosotros nos ha generado traduciéndola. Esperamos también que el lector utilice su espíritu crítico para separar aquello que son juicios circunstanciales, de las tesis generales de esta obra.

Ernesto Milá

Barcelona, 20 de octubre de 2020

  











miércoles, 15 de octubre de 2025

LEYES PSICOLÓGICAS DE LA EVOLUCIÓN DE LOS PUEBLOS - GUSTAVE LE BON

Prólogo

Este es, sin duda, el libro más polémico escrito por Gustave Le Bon. No levantó tanta polémica en el momento en que se escribió, 1894, como el que generaría en la actualidad. Es uno de esos libros que la UNESCO, preferiría quemar hasta el último ejemplar.

El tema, en sí mismo, parece banal e incluso cientifista. Casi darwiniano. En realidad, no es así, la intención de Le Bon es enunciar los principios que rigen la evolución de las culturas y sociedades, y cómo la psicología de masas influye en la evolución de las naciones. Todas las ideas tratadas en esta obra se centran en la naturaleza de la mente colectiva, su capacidad para la sugestión y cómo los productos culturales como el lenguaje y los mitos reflejan y moldean la evolución de un pueblo. Y, hasta aquí, todo parece banal: una simple investigación psicológica…

Pero las cosas se complican cuando Le Bon afirma que el comportamiento de un pueblo está regido por lo que llama “el alma de la raza”. Y esto si que choca frontalmente con las líneas maestras diseñadas por la organización de la que todos conocemos su sigla (UNESCO), pero muchos menos su significado (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura)… Y sorprende que una agencia especializada de las Naciones Unidas, niegue la existencia de las razas.

Porque, en efecto, la UNESCO, esa organización que vela por la educación, la ciencia y la cultura y que declara “patrimonio de la humanidad”, la paella o el sake, el día de los muertos en México o la dieta mediterránea, sostiene que “las razas no existen” y lo afirma con una seriedad pasmosa, sosteniendo, oh maravilla de maravillas, que lo que históricamente se conoció como "raza" es un constructo social que carece de fundamento científico y que ha sido usado para justificar el racismo y la desigualdad. 

Últimamente, todo se justifica como “constructo social”: desde el sexo hasta la belleza. Quien carece de otro argumento o su pereza mental le evita investigar algo mejor, se limita a pronunciar la sentencia definitiva que cierra la discusión… Todo lo que a un progresista no le gusta, tiende a considerarlo como una construcción artificial y deformadora de la verdad roussoniana originaria.

Claro está que a los que quienes niegan que el sexo sea ese “constructo”, tienen razón en recordar que existen cromosomas XX que dan como resultado “mujeres” y cromosomas XY de las que salen “hombres”. La cosa parece definitiva y enunciada por la ciencia más actual, asestando un golpe demoledor a la teoría del “constructo social”. Se podrá hablar de un determinismo genético, pero no una construcción artificiosa.

Sorprende todavía más que quienes desprecian la realidad genética del ser humano, en cambio la utilicen para justificar la inexistencia de las razas humanas. Esta, de nuevo y paradójicamente, es la postura de la UNESCO. Nos dicen que las diferencias genéticas entre las razas “son tan pequeñas que apenas importan”. La evidencia científica generada por la secuenciación del genoma humano, demostraría que la variación genética entre todas las personas es mínima, lo que valida que todos los seres humanos pertenecen a una misma y única "raza humana"… La UNESCO nos dice que el 99’9% del ADN humano es compartido por todos los individuos, añadiendo que eso “invalida la idea de razas biológicamente distintas”. No existen, pues, distintas “razas”, sino una sola “raza humana”.

Por tanto, Gustave Le Bon perdió el tiempo explicando que el “alma de una raza” es lo que determina la cultura, la historia, el pasado y el devenir de un pueblo. Así que, usted ha perdido el dinero comprando este libro y puede tirarlo a la basura: la materia que estudia Le Bon ha sido “cancelada” por la UNESCO. Todo lo que usted necesita saber ha sido dicho en la Declaración sobre la raza y los prejuicios raciales, aprobada en 1978 por la UNESCO y que condena el racismo “científicamente infundado y promueve la igualdad de dignidad y derechos para todos los humanos”.

¿Y la diversidad cultural? Bueno, eso es, nos dice la UNESCO, el “ejercicio del derecho a la diferencia”. A partir de ahí, decir que “yo soy de raza blanca y aquel es de raza amarilla”, es algo digno de pasar por la “fiscalía del odio”. Porque, libros como éste, podrían ser considerados, como “racistas”, al aludir a las distintas “almas de las razas” (¿no sería, precisamente eso, ejercer el “derecho a la diferencia”?).

En realidad, una cosa es la UNESCO y la ONU y otra sus cuerpos funcionariales. La ONU no es, como se desprende de su enunciado, una “organización de naciones unidad”, eso sería únicamente su Asamblea General en la que están presentes delegados de cada nación. Pero, detrás de la Asamblea General existe un cuerpo de funcionarios que son los que gestionan el organismo, y, no se limitan a velar por la paz y la resolución de los conflictos -empeños en los que, históricamente, la ONU ha obtenido resultados pobres o pobrísimos- sino que “tienen ideas”. La Agenda 2030, por ejemplo.

Al ser aprobada en Asamblea General y elaborada por el cuerpo funcionarial, la Agenda 2030 llegó a los gobiernos como “norma superior”, prácticamente de obligado cumplimiento. En realidad, solamente en la UE se ha tomado en serio y la ha asumido íntegramente como eje inspirador de sus políticas (¡y así nos va!). En el resto del mundo apenas ha generado comentarios y mucho menos acciones concretas, salvo de ONGs subsidiadas y de partidos que la evolución de las sociedades ha dejado sin doctrina y sin señas de identidad.

¿Qué objetivo tienen las clases funcionariales de la UNESCO y de la ONU? Respuesta: la “unificación mundial”, perspectiva en la que ellos serían la élite y el núcleo central inspirador del “gobierno mundial”. Su “producto”, por tanto, es el “mundialismo”, a no confundir con la “globalización” que sería solamente el aspecto económico -y, por tanto, importante- de esa “unificación mundial”. Para ello era necesario abolir todos los “constructos sociales”: ¿las naciones? Residuos del pasado, meros “constructos” artificiales y artificiosos, como las razas o los sexos. Lo importante y “universal” son cosas como la paella, el sake o la dieta mediterránea que pueden ser compartidas en todo el mundo, no así el jamón de Guijuelo o el vino de Rioja que excluiría vegetarianos, abstemios y… musulmanes.

En esas organizaciones internacionales reside el “núcleo duro” inspirador de cualquier concepción “progresista” y su motor.

Hay que recordar la base del progresismo: Juan Jacobo Rousseau, un hombre extraño, poco comunicativo, huraño, un neurótico de manual, perdido en fantasías primitivas que se han demostrado falsas: “el hombre es bueno por naturaleza, pero la sociedad le ha hecho malvado”, luego, “reformemos la sociedad, hagamos una sociedad igualitaria y problema resuelto”. Tan simple como eso.

La pena era que el punto de partida de Rousseau era, hoy lo sabemos, una simple mamarrachada, de la cual se han nutrido las sucesivas generaciones de “progres” incautos. Pues bien, la culminación de aquel error originario, ha sido la Agenda 2030 y la teoría del “constructo” racial…

Ya que la UNESCO alude a que las diferencias entre las razas son mínimas y las reduce a un 0’1% de nuestro material genético, deberíamos recordarle que cualquier funcionario de la UNESCO comparte con una mosca, el 60% de los genes. La diferencia no reside en la cantidad total de bases de ADN, sino en la gran cantidad de genes en común que regulan funciones vitales y procesos biológicos fundamentales para ambos. Más aún, ese mismo funcionario de la UNESCO se sorprendería al saber que su material genético apenas está separado del de un chimpancé por un 1’2%... Pue bien, este 1,2% es lo que nos hace seres de dos especies distintas: el chimpancé y el humano. Por tanto, hay que relativizar los porcentajes de ADN: aunque entre los humanos exista un 99’9% de genes comunes, eso no implica que las razas sean “constructos humanos”.

Lo más curioso de estos razonamientos “progresistas” es que nadie pone en duda que África es el “continente negro” o que “China es el país de los chinos”… pero decir que “Europa es el continente de los blancos” ¡sea anatema! Decir -como dice Le Bon- que existe un “alma de la raza” ¡sea anatema! Establecer una jerarquía entre razas humanas merece la hoguera. Así pues, si usted cree en las teorías de la UNESCO sobre las razas, con este libro podrá encender un buen fuego.

Hablando de fuego. Otra de las grandes gestas de la UNESCO ha sido defender que no fueron los islamistas quienes quemaron la biblioteca de Alejandría. La organización de la “cultura” y la “educación” prefiere creer que fueron los romanos y, luego los cristianos, quienes la incendiaron. Nunca los islamistas, por mucho que el escritor del siglo XIII Bar Hebraeus (obispo de la Iglesia Ortodoxa Siriana) citara a Omar diciéndole a Juan Filópono (Yaḥyā al-Naḥwī): «Si esos libros están de acuerdo con el Corán, no tenemos necesidad de ellos; y si se oponen al Corán, destrúyelos», frase que puede ponerse en duda, pero no el hecho de que la intolerancia islámica puede llegar a eso y a mucho más. No en vano es la única religión que propone en su libro sagrado la “guerra santa” como forma de expansión.

El porqué de esa preferencia por el islamismo deriva de ser la última religión revelada y, por tanto, de la que la ONU y la UNESCO han extraído la idea de la “umma”, la “comunidad mundial de los creyentes” que ellos interpretan en clave de “unificación mundial”. Claro está que el “catolicismo” deriva del latín tardío catholĭcus, que a su vez proviene del griego katholikós (compuesto por kata -"sobre" o "acerca de"- y holos, "todo"), cuyo significado es "universal". Pero, la preferencia por el islam deriva de la presencia masónica entre los fundadores de ambas instituciones internacionales y la consideración de que la Iglesia había traicionado a su espíritu “universal”, persiguiendo a otras creencias y obstaculizando el “progreso”…

La lectura de la obra de Le Bon nos sugiere una constatación: por mucho que estos organismos internacionales hayan trabajado en favor de los “derechos humanos”, al menos uno de ellos, ha menguado: la libertad de expresión. Lo que podía decirse tranquilamente a finales del XIX, hoy está sometido, por una parte, a autocensura y por otra al riesgo de “cancelación”. La obra de Le Bon, dedicada a la psicología de las multitudes, a la psicología de las revoluciones, a la psicología del socialismo y, como esta, a la psicología de las razas, estaría vetada para las nuevas generaciones.

*     *     *

Una última advertencia. Somos contrario a asumir “integralmente” a un determinado pensador como “guía”. Pero sí reconocemos que determinados elementos tratados por determinados investigadores si deben tomarse en consideración. No todo en él es válido, hay especulaciones personales que tenían lógica a finales del XIX, pero están superadas en el primer cuarto del siglo XXI. Pero hay elementos que siguen vigentes y que pueden ser utilizados en un contexto de crítica a la modernidad. El tema de las desigualdades raciales, sin ir más lejos.

Es un problema de “cultura”. Y vale la pena hacer un alto, antes de empezar la lectura de esta obra. Originariamente, la palabra “cultura” derivaba de “cultivo”, pero no aludía a los masters o a los títulos universitarios, ni siquiera a las lecturas realizadas, sino del carácter.

Una “persona culta”, era una persona “con carácter”. Y poco importaba que se sentara en el sillón X de la Real Academia o bien fuera un pobre pastor de ganado: lo importante y lo que le definía era “tener carácter”. Algo que hoy se ha olvidado.

El “alma de la raza”, para el autor de este libro, era lo que, en cierta medida determinaba, los caracteres individuales de los pertenecientes a esa raza. Por eso, en el fondo, Le Bon va a converger con determinadas concepciones de Julius Evola sobre el tema racial. Ambos coinciden en que hay razas “puras” que ya han sufrido “mestizajes” en su carácter: salvajismo, indolencia, sumisión, servilismo, nunca han sido los rasgos ideales de “nuestra raza”, pero es evidente que están presentes desde mucho antes de que se iniciaran los tránsitos migratorios y, antes de que existiera un “mestizaje racial”, éste había sido precedido por un “mestizaje cultural”. Por tanto, el mejor complemento para la lectura de esta obra son los escritos de Julius Evola sobre la raza; su concepto de una “raza del alma”, tiene mucho que ver con “el alma de la raza” de Le Bon.

Y ahora, le dejamos en manos de Gustave Le Bon, esperando que el lector tenga el “carácter” suficientemente desarrollado para cribar el eje de su argumentación, de las divagaciones ocasionales que realiza el autor.


 
HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN NACIONAL-SOCIALISTA EN TRES VOLÚMENES


Sumario

INTRODUCCIÓN

LAS IDEAS IGUALITARIAS MODERNAS Y LAS BASES PSICOLÓGICAS DE LA HISTORIA 

LIBRO PRIMERO: LOS CARACTERES PSICOLÓGICOS DE LAS RAZAS 

CAPÍTULO I - EL ALMA DE LAS RAZAS 

CAPÍTULO II - LÍMITES DE VARIABILIDAD DEL CARÁCTER DE LAS RAZAS

CAPÍTULO III - JERARQUÍA PSICOLÓGICA DE LAS RAZAS 

CAPÍTULO IV - DIFERENCIACIÓN PROGRESIVA DE LOS INDIVIDUOS Y DE LAS RAZAS

CAPÍTULO V - FORMACIÓN DE LAS RAZAS HISTÓRICAS 

LIBRO SEGUNDO - CÓMO SE MANIFIESTA EL CARÁCTER PSICOLÓGICO DE LAS RAZAS EN LOS DIVERSOS ELEMENTOS DE SUS CIVILIZACIONES 

CAPÍTULO I - LOS DIVERSOS ELEMENTOS DE UNA CIVILIZACIÓN COMO MANIFESTACIÓN EXTERIOR DEL ALMA DE UN PUEBLO 

CAPÍTULO II - CÓMO SE TRANSFORMAN LAS INSTITUCIONES, LAS RELIGIONES Y LAS LENGUAS 

CAPÍTULO III - CÓMO SE TRANSFORMAN LAS ARTES 

LIBRO III - LA HISTORIA DE LOS PUEBLOS COMO CONSECUENCIA DE SU CARÁCTER 

CAPÍTULO I - CÓMO LAS INSTITUCIONES DERIVAN DEL ALMA DE LOS PUEBLOS 

CAPÍTULO II - APLICACIÓN DE LOS PRINCIPIOS ANTERIORES AL ESTUDIO COMPARATIVO DE LA EVOLUCIÓN DE LOS EEUU Y DE LAS REPÚBLICAS HISPANOAMERICANAS 

CAPÍTULO III - CÓMO LA ALTERACIÓN DEL ALMA DE LAS RAZAS MODIFICA LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LOS PUEBLOS 

LIBRO IV - CÓMO SE MODIFICAN LOS CARACTERES PSICOLÓGICOS DE LAS RAZAS 

CAPÍTULO I - EL PAPEL DE LAS IDEAS EN LA VIDA DE LOS PUEBLOS 

CAPÍTULO II - EL PAPEL DE LAS CREENCIAS RELIGIOSAS EN LA EVOLUCIÓN DE LAS CIVILIZACIONES 

CAPÍTULO III - EL PAPEL DE LOS GRANDES HOMBRES EN LA HISTORIA DE LOS PUEBLOS 

LIBRO V - LA DISOCIACIÓN DEL CARÁCTER DE LAS RAZAS Y SU DECADENCIA

CAPÍTULO I - CÓMO LAS CIVILIZACIONES SE DESVANECEN Y SE EXTINGUEN 

CAPÍTULO II - CONCLUSIONES GENERALES


Características:

Tamaño: 15x23 cm.

Páginas: 224

Portada en cuatricomía.

Impreso en papel de 80 gr.

Precio de Venta al Público: 22,88 €

Pedidos: Leyes Psicológicas de la Evolución de los Pueblos

O bien a: eminves@gmail.com








viernes, 8 de agosto de 2025

GUSTAVE LA BON - PSICOLOGIA DE LAS REVOLUCIONES (Y LA REVOLUCION FRANCESA)


Cuando se publicó Psicología de las Revoluciones en 1906, su autor, Gustave Le Bon, ya era muy conocido, no solo en el terreno de la “psicología social”, sino a nivel popular. Su libro sobre la Psicología de las Masas había alcanzado una extraordinaria difusión. En 1905 había estallado la primera revolución rusa, tras la derrota del país de los Zares ante el Japón, Le Bon aprovechó la coyuntura para lanzar esta obra sobre “las revoluciones”. En aquel momento sus referencias eran pocas, aparte de la fracasada revolución rusa, solamente podía recurrir a analizar las convulsiones que afectaron a Europa durante el siglo XIX y como secuelas de la Revolución Francesa. Sin embargo, las mismas conclusiones, idénticos procesos, se repitieron en la Revolución de Octubre (1917), posteriormente en las revoluciones que afectaron a Cuba, China, la misma contestación estudiantil de los años 60, los movimientos revolucionarios y terroristas de los 70, hasta el “movimiento de los indignados”, flor de un día en la España de la gran crisis económica.

Le bon en esta obra aísla los elementos esenciales de todo proceso revolucionario y lo hace con tal habilidad que sus planteamientos parecen proféticos y encajan como un guante en los momentos revolucionarios posteriores. Fue una obra que Le Bon compuso en poco tiempo; salió de la aplicación de los elementos que había señalado en su obra Psicología de las Masas, a los procesos revolucionarios que, en el fondo, no son más que fenómenos de masas desatadas.

La publicación de esta obra (que viene precedida por un estudio de Ernesto Milá sobre Le Bon, especialmente aconsejable para quien no conociera su Psicología de las Masas) se justifica en la medida en que ayuda a entender el origen de nuestro mundo y de fenómenos seudoculturales de muy bajo nivel (el último de los cuales es el wokismo) teorizados por semianalfabetos que gozan de éxitos de masas antes de hundirse y de hundir con ellos a sus propias sociedades. Dentro de este campo, EMINVES ha publicado diversos estudios sobre la Revolución Francesa (los trabajos de Pierre Gaxote y Bernard Fay) sobre la masonería del siglo XVIII o sobre la contrarrevolución (libro de Thomas Molnar y de Julius Evola, entre otros). Con Psicología de las Revoluciones, seguimos en esa misma dirección, introduciendo el análisis realizado por la psicología social..

 

Sumario

Prólogo: Las masas y sus resortes: psicología de la barbarie

Una introducción a Gustave Le Bon

Introducción

La revisión de la Historia

PRIMERA PARTE

    Elementos psicológicos de los movimientos revolucionarios

    LIBRO PRIMERO

    Características generales de las revoluciones

        Capítulo I - Revoluciones científicas y políticas

        Capítulo II - Revoluciones Religiosas

        Capítulo III - La acción de los Gobiernos en las Revoluciones

        Capítulo IV - El papel del pueblo en las revoluciones

    LIBRO SEGUNDO

    Las mentalidades predominantes durante la revolución

        Capítulo I - Variaciones individuales de carácter en épocas revolucionarias

        Capítulo II - La mentalidad mística y la mentalidad jacobina

        Capítulo III - La mentalidad revolucionaria y la mentalidad criminal

        Capítulo IV - La psicología de las masas revolucionarias

        Capítulo V - La psicología de las Asambleas Revolucionarias

SEGUNDA PARTE

La Revolución Francesa

    LIBRO PRIMERO

    Orígenes de la Revolución Francesa

        Capítulo I - Opiniones de los historiadores sobre la Revolución francesa

        Capítulo II - Fundamentos psicológicos del antiguo régimen

        Capítulo III - La anarquía mental y el papel asignado a los filósofos

        Capítulo IV - Ilusiones psicológicas de Ia Revolución francesa

    LIBRO SEGUNDO

    Influencias racionales, afectivas, místicas y cilectivas

        Capítulo I - Psicología de la Asamblea Constituyente

        Capítulo II - Psicología de la Asamblea Legislativa

        Capítulo III - Psicología de la Convención

        Capítulo IV - El Gobierno de la Convención

        Capítulo V - Las violencias revolucionarias

        Capítulo VI - Los ejércitos de la Revolución

        Capítulo VII - Psicología de los jefes de la Revolución

    LIBRO TERCERO

    La lucha entre las influencias ancestrales y los principios revolucionarios

        Capítulo I - Las últimas convulsiones de la anarquía. El Directorio

        Capítulo II - El restablecimiento del orden. La república consular

        Capítulo III - Consecuencias políticas del conflicto entre las tradición y revolución

TERCERA PARTE

Evolución moderna de los principios revolucionarios

    Capítulo I - Los progresos de las creencias democráticas desde la Revolución

    Capítulo III - Formas nuevas de las creencias democráticas

Conclusiones

 

Características:

Páginas: 340

Dimensiones: 15 x 23 cm

Impreso en papel de 80 grs,

Portada en cuatricomía

Previo Venta al Público: 26,00 €

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