Querido Diario:
Es difícil caminar por la
modernidad especialmente si se tiene descendencia. ¿Qué hacer con los hijos? ¿Educarlos
alertándoles de los riesgos de todo lo que les rodeas? ¿Advirtiéndoles que
posiblemente todo lo que les guste, desde el fast-food, hasta las nuevas
tendencias de la moda, pasando por la tele-basura son absolutamente nocivos
para la inteligencia e incluso para la
salud? ¿No correremos el riesgo de crear bichos raros? Y, por el contrario,
¿qué ocurre si optamos porque sean “individuos integrados en su época”?
¿Seremos capaces de verlos convertidos en fotocopias de los modelos en uso?
¿Resistiremos ver crecer a nuestros hijos sin personalidad, sin criterio propio,
asumiendo los valores de un sistema que odiamos, consideramos injusto y, para
colmo, vemos como una fenomenal acumulación de absurdos? Servidor ya no tiene
este problema con sus hijos porque han crecido hechos y derechos. Ahora cuando
está por llegar el primer nieto, todos estos problemas vuelven a reaparecer.
Según el tipo de educación que los padres den a sus hijos, conseguirán hacer de
ellos o bien individuos integrados en lo peor del sistema o bien bichos raros
instalados en la marginalidad. Tal es el dilema. Así pues no hay solución salvo
dotarlos de capacidad y espíritu crítico, para que sean ellos cada día los que
tengan capacidad de elección, selección y discriminación (porque “discriminar”
es ser capaz de diferenciar una cosa de otra, lo verdadero de lo falso, sin ir
más lejos; servidor se considera una gran discriminador y recomienda la
rehabilitación de este término hoy recluido al ámbito de lo racial, lo sexual o
lo social). ¿El principal riesgo que van a encontrar unos padres conscientes de
la necesidad de que sus hijos tengan rostro propio, personalidad y capacidad crítica
para discriminar? Sin duda, el sistema de enseñanza “gratuito” (que sólo lo es
para inmigrantes) y “obligatorio” (que sí es) reducido a mero sistema de
almacenaje de los alumnos.

