Mostrando entradas con la etiqueta monarquía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta monarquía. Mostrar todas las entradas

jueves, 28 de mayo de 2026

MEMORIA HISTÓRICA DEL FRANQUISMO: LA CUESTIÓN MONÁRQUICA O COMO JUAN CARLOS LLEGÓ A SER REY DE ESPAÑA

Era evidente que, ante el cambio del panorama internacional que se había iniciado en 1942 con el declive de los fascismos y coronado en 1945 con la creación de un “nuevo orden internacional”, iba a repercutir en el interior del régimen español. Como ya hemos visto, el primer y más temprano paso, fue la sustitución de los “falangistas revolucionarios” y pro–Eje del entorno de Serrano Suñer, por nacional–católicos. Poco a poco, primero tímidamente, y luego con más intensidad hasta mediados de los años 60, el régimen lanzó una nueva consigna que sustituía, tanto al falangismo como al nacional–catolicismo: la “democracia orgánica”, a pesar de que, en el fondo, no era nada más que una adaptación del corporativismo fascista y del corporativismo católico del XIX.

El régimen, no se presentaba como un “estado fascista”, sino como una “monarquía católica, social y representativa”. El gobierno de Franco se explicaba como una especie de interregno de “regencia” hasta que se nombrara a un nuevo rey. Y este era el problema: que el plazo se iba dilatando más y más. Nunca parecía ser un buen momento para operar el “recambio” definitivo y toda la armadura institucional del régimen parecía temporal, improvisada y sin futuro.

Una regencia es un período en el que una persona (el regente) o un consejo ejercen las funciones de la jefatura del Estado en un sistema monárquico porque el rey legítimo no puede hacerlo. La regencia, en la práctica, es un gobierno interino que mantiene la estructura monárquica mientras se espera a que el titular legítimo pueda o deba asumir el mando. Esta situación se produce, generalmente, por tres razones: la minoría de edad del heredero de la corona, cuando el rey está enfermo o mentalmente impedido, o bien cuando el trono está vacante, pero el país se define legalmente como una monarquía. Este último era el caso del régimen español.

Inicialmente, la Ley de Sucesión de 1947 fue la ley más importante de este período porque definió a España como un Reino, pero sin especificar qué rey, ni siquiera qué dinastía se sentaría, antes o después, en el trono. Esta Ley declaraba a Franco como Jefe del Estado vitalicio, con la potestad de nombrar a su sucesor como rey o regente. Aunque su título oficial era “Caudillo”, en la práctica actuaba como un regente a perpetuidad. Él guardaba el trono “vacante” hasta que decidiera quién sería el sucesor.

A medida que la guerra iba quedando atrás y se pensaba más en el futuro, parecía evidente que la regencia de Franco, antes o después, incluso si era vitalicia, concluiría. La Ley de Sucesión apenas explicaba lo que ocurriría después y apenas mencionaba que, en caso de fallecimiento del Caudillo o de su incapacidad, asumiría la jefatura un “Consejo de Regencia” de forma transitoria para asegurar que el sucesor nombrado tomase posesión del cargo sin que hubiera un vacío de poder. Eso era todo.

La generación militar de Franco era, mayoritariamente, “alfonsina”. Tras el fallecimiento de Alfonso XIII en Roma el 28 de febrero de 1941, su hijo Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, era sucesor directo… pero nada garantizaba que, una vez nombrado Rey, no emprendiera la “vía inglesa”, esto es, la creación de una “monarquía constitucional” con partidos políticos, estructura liberal con cambios continuos de rumbo y se retornara a una situación anterior al 18 de julio de 1936.

Y eso implicaba que los objetivos que se había fijado Franco en 1936 quedarían sin alcanzar, en especial el desarrollo económico de España y el recuperar el tiempo perdido en relación a otros países europeos. Eso, por sí mismo, explica el por qué, durante los años 40 y 50, años duros para el régimen de Franco y en los que todavía distaba mucho por alcanzarse ese objetivo final, el tema de la restauración monárquica no ocupara un lugar preponderante. Solo fue a mediados de los años 60, en pleno furor desarrollista, cuando se dieron pasos adelante en esta dirección y se redactó la última de las Leyes fundamentales del Reino, la Ley Orgánica del Estado. A partir de ahí, sí puede decirse que el régimen español se “institucionalizó” completamente. Y, aunque no tuviera una “constitución” propiamente dicha, el racimo de las siete “leyes fundamentales” ejercía esa misma función.

El otro problema era que, en la coalición cívico–militar que dio lugar a la sublevación de julio de 1936, habían participado los requetés, las milicias carlistas, de manera muy significativa, especialmente en el Norte de España. Durante el conflicto, los requetés aspiraban a la instauración de su línea monárquica en el trono. Su participación fue decisiva en algunos momentos de la guerra y contrastó con la ausencia prácticamente total de combatientes “alfonsinos” (exceptuando oficialidad profesional en donde sí eran mayoritarios).

Durante la guerra no surgieron apena tensiones con los falangistas; existía entre ambas facciones cierta competencia en cuanto a arrojo y heroísmo, pero no se produjeron choques de importancia hasta que llegó la paz. Como ya hemos visto, los incidentes del Santuario de Begoña marcaron un antes y un después. Ni siquiera la creación del “Movimiento Nacional” con la fusión de las milicias falangistas y carlistas, tuvo efectos prácticos. Los carlistas siguieron utilizando la boina roja, pero no la camisa azul y los falangistas a la inversa. Las diferencias entre ambos grupos eran lo suficientemente fuertes como para que cada uno se atuviera a sus propios rasgos de identidad.

Entre 1939 y 1945, para la inteligencia británica, estaba claro que el riesgo eran los “falangistas revolucionarios” (el grupo formado en torno a Serrano Suñer) y era a estos a los que habia que neutralizar. Ya hemos visto cómo lo hicieron. Inmediatamente antes y después del “incidente de Begoña”, los falangistas fueron desarrollando un sentimiento antimonárquico que no estaba implícito en el ADN de la Falange fundacional.

En efecto, les habían llegado rumores de que “los monárquicos” recibían apoyo de los aliados, especialmente del Reino Unido y que pretendían instaurar una monarquía. Fue en esos años en los que la “solidaridad de las trincheras” que había evitado el choque directo entre falangistas y carlistas, se transformó en el antimonarquismo falangista que no era capaz de distinguir entre “carlistas y tradicionalistas” a un lado y “monárquicos alfonsinos y juanistas”, a otro.

En cuanto a las relaciones entre carlistas y el régimen de Franco, éste les reconoció siempre su valor en la guerra, sus sacrificios y su contribución a la victoria. Y, a cambio, les dio una presencia casi continua en el ministerio de Justicia (como a los falangistas se les dio en los sindicatos y en el ministerio de Trabajo). Pero, donde Franco no estaba dispuesto a ceder era en el establecimiento de una monarquía tradicionalista sentando en el trono a uno de los pretendientes carlistas (existieron varios y a este tema consagramos el volumen LVII de la Revista de Historia del Fascismo). Franco consideraba que, salvo en Navarra, País Vasco, Cataluña y zonas de Andalucía, el carlismo no estaba suficientemente extendido como para que todo el país aceptase su línea monárquica.

El franquismo hizo con el carlismo lo que el tiempo no había conseguido: desmovilizarlo. Una parte, se integró en el régimen, otra parte, minoritaria, con el tiempo, pasaría a combatirlo y terminaría, a mediados de los 60, haciendo causa común con la “oposición democrática”, cambiando sus objetivos de “Dios, Patria, Rey”, por “Libertad, Federalismo, Autogestión”. Otra parte, se difumino dentro de las estructuras del régimen; líderes carlistas, como el Conde de Rodezno, aceptaron cargos en el gobierno para intentar influir desde dentro. Sin embargo, el carlismo en su conjunto fue marginado gradualmente por Franco que no compartía especialmente su foralismo.

En este contexto de confusión ideológica y política, el sector mayoritario del carlismo optó por la “inactividad política”. Cuando muere Franco, el carlismo todavía mantenía algunas “brasas” dispersas. Su canto del cisne y la exteriorización de todos estos problemas y disidencias internas tuvo lugar poco después de la muerte de Franco, en el Montejurra–76, en el que las dos fracciones entraron en conflicto abierto y a tiros.

El gran problema del carlismo fue la falta de apoyos internacionales. Los movimientos similares en otros países europeos (el Ejército de la Santa Fe en Italia, los jacobitas ingleses o los vandeanos franceses) habían desaparecido y “ser monárquico” en los años 50 y 60 implicaba, casi necesariamente, ser partidario de una monarquía constitucional a la inglesa. Y ese era el terreno en el que mejor se movían los antiguos alfonsinos, devenidos “juanistas” (y que, ciertamente, habían conseguido integrar a algunos antiguos tradicionalistas).

Hacia finales de los años 40, lo esencial del carlismo –que todavía era un movimiento de masas en algunas regiones–, al menos, sus dirigentes, habían entendido perfectamente que su contribución al bando sublevado en 1936 no sería recompensada con la instauración de su línea monárquica en el trono. Muy pocos dudaban de que sería un pretendiente de la otra rama dinástica, el que sucedería a Franco; pero subsistían dudas: ¿quién?, y ¿cuándo?

Para un monárquico, la “legitimidad” es el elemento que obliga al respeto y a la aceptación de la autoridad de un Rey. Y en este punto, parecía claro que, cuando Franco hablaba de la “restauración de la monarquía” sería fiel a este punto. Y el legítimo heredero de la Corona era Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, hijo de Alfonso XIII y de Victoria Eugenia de Battenberg.

Don Juan, quinto hijo y tercer varón de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, había nacido el 20 de junio de 1913, en el Palacio Real de La Granja de San Ildefonso, en Segovia. No le correspondía la titularidad del trono: el primogénito de los hermanos era Alfonso (nacido en 1907), le seguía Jaime, Beatriz y María Cristina. Don Juan no estaba destinado a reinar, pero su hermano mayor Alfonso, el primogénito, renunció a sus derechos para casarse con una plebeya y su otro hermano, segundo en la línea de sucesión, fue apartado por ser sordo de nacimiento. De esa forma, Don Juan se convirtió en heredero al trono. En cuanto a las mujeres, la Ley Sálica las apartaba de la sucesión. El título de “Conde de Barcelona”, por el que es más recordado, lo adoptó en 1941, tras la muerte de su padre Alfonso XIII, como un “título de incógnito” que representaba la soberanía de la Corona española sin utilizar el título de Rey mientras no pudiera reinar.

A su vez, Don Juan, se casó en Roma el 12 de octubre de 1935 con su prima, María de las Mercedes de Borbón–Dos Sicilias. La pareja tuvo cuatro hijos nacidos en el exilio: la Infanta Pilar Duquesa de Badajoz, Juan Carlos que luego sería Rey de España, la Infanta Margarita Duquesa de Soria y el malogrado Infante Alfonso, fallecido en 1956 en un accidente en el que se ha vinculado con cierta frecuencia (y sin base real), a su hermano mayor Juan Carlos. Su padrino fue el rey Jorge V del Reino Unido y el agua utilizada para su bautismo fue traída especialmente del río Jordán, una tradición habitual en la familia real española.

Al comenzar la Guerra Civil, Don Juan intentó unirse al bando sublevado de Franco para luchar. Sin embargo, fue interceptado en la frontera y obligado a regresar al exilio por orden del general Mola. Inicialmente, Don Juan creyó que Franco restauraría la monarquía en su persona, pero la dilación y la espera interminable, le llevó a un progresivo enfrentamiento público con Don Juan.

A principios de los años 40, Franco ya había empezado a desconfiar de Don Juan que había encarrilado sus aficiones de marino en la Royal Navy británica, navegando por el Índico y el Pacífico. Durante su estancia en la marina británica, se hizo dos tatuajes de dragones en los brazos, una rareza para la nobleza de la época. Tras pasar por Francia, Suiza e Italia, la familia se instaló en 1946 en Estoril (Portugal), en la conocida “Villa Giralda”. Allí vivió durante casi 35 años, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la Transición española.

Antes del distanciamiento definitivo, en el curso de una reunión de 1948 en el yate Azor, Franco y Don Juan acordaron que el hijo de éste, Juan Carlos, se educara en España bajo la tutela del Régimen. Es posible que, en esa etapa, Don Juan todavía tuviera alguna esperanza de sentarse en el trono. Si la tenía, pronto se eclipsaron.

Dos años antes de la reunión en el Azor, el 6 de abril de 1946, y a poco de instalarse en Estoril, Don Juan creó su “Consejo Privado”, una especie de organismo consultivo que le asesoró en su reivindicación al trono de España. Este organismo estaba compuesto, en su mejor momento, por 90 miembros, todos ellos salidos de la aristocracia financiera, las élites intelectuales y la política monárquica de la época.

En su primer año de vida, el consejo fue presidido por el militar monárquico, Alfredo Kindelán, quien al año siguiente sería sustituido por un intelectual poco dispuesto a mostrar disidencias públicas hacia el régimen: José María Pemán que lo dirigiría hasta su disolución en 1969, cuando Franco designó oficialmente a su hijo, Juan Carlos, como su sucesor a título de Rey. José María de Areilza (quien además presidía el Secretariado Político, el brazo ejecutivo del Conde), José María Gil–Robles, Antonio García–Trevijano, Joaquín Calvo Sotelo, Carlos Ollero Gómez, Alfonso García Valdecasas, fueron otros miembros relevantes. Participaron también aristócratas como el Duque de Alba, el Duque del Infantado, el Conde de los Andes y el Conde de los Gaitanes. Entre los intelectuales estaba presente Gonzalo Fernández de la Mora, Luis Rosales, Florentino Pérez Embid, Pedro Sainz Rodríguez (exministro), Luis María Anson (periodista), José de Yanguas Messía (exministro y vicepresidente del consejo) y Joaquín Satrústegui.

La creación del Consejo Privado fue la resultante lógica del “Manifiesto de Lausana”, hecho público el 19 de marzo de 1945, el documento más importante emitido por Don Juan de Borbón durante el franquismo. Se publicó dos meses antes de la rendición del Tercer Reich, cuando muchos creían que el régimen de Franco parecía haber llegado a la estación término. Don Juan entendió que, si la Monarquía quería sobrevivir, debía distanciarse del régimen de Franco (próximo a las potencias del Eje) y presentarse ante los Aliados como una alternativa democrática. En el manifiesto, Don Juan criticaba duramente al régimen de Franco, calificándolo de “sistema inspirado en los regímenes totalitarios” que ponía en peligro el futuro de España y proponía, como no podía ser de otra manera la restauración de una “Monarquía tradicional” que sería “democrática y constitucional”. Como complemento, aludía a una “amnistía política para los vencidos de la Guerra Civil”.

Este documento convenció a Franco de que Don Juan nunca podría ser su sucesor y sometió a referéndum la Ley de Sucesión de 1947, que se incorporaría a las “Leyes Fundamentales”. De los 16.187.992 electores, votaron 14.454.426; los votos afirmativos fueron 12.628.983 (89,86%) y los negativos 643.501. El texto establecía la constitución de España como reino y la sucesión de Franco como el jefe de Estado español, que sería propuesto por el propio Franco a título de rey o de regente del reino, pero que tendría que ser aprobado por las Cortes españolas. Y esto fue lo que Carrero Blanco, entonces subsecretario de Presidencia comunicó a Don Juan: Franco nombrará al monarca del reino “cuando lo considere conveniente” y le comunicó que podría “ser Rey de España, pero de la España del Movimiento Nacional, católica, anticomunista y antiliberal”.

A pesar de que el “Manifiesto de Lausana” marcara el inicio de lo que se llamó la “oposición monárquica”, lo cierto es que, muy esporádicamente, Don Juan de Borbón publicó otros tres documentos estratégicos para presentarse como la única salida democrática para la España de posguerra. La respuesta a la Ley de Sucesión y a la carta de Carrero Blanco fue el llamado “Manifiesto de Estoril” en el que Don Juan declaraba ilegal e inválida la ley.

Hubo que esperar hasta 1969 (más de veinte años) para que, tras el nombramiento de Juan Carlos como sucesor “a título de Rey”, Don Juan emitiera un comunicado (conocido como “Manifiesto de 1969”) en el que, no atacaba directamente a su hijo, pero reafirmaba su derecho exclusivo a los derechos dinásticos, calificando la acción de Franco como una “ruptura en la línea de sucesión”. De hecho, la ruptura había tenido lugar en 1931, cuando se instauró la República.

Resulta sorprendente, por otra parte, que, entre estos pocos manifiestos y una actividad política muy menguada durante todos esos años, figurase en 1948 un acuerdo secreto entre Don Juan y ¡el PSOE! Para crear un frente común contra Franco y establecer un régimen democrático. Este acuerdo demostraba que Don Juan estaba dispuesto a cualquier cosa para llegar al trono, incluso pactar con quien había derribado del trono 17 años antes a su padre… pero, también, que todo esto ocupaba un lugar muy secundario en su relajada vida personal en Estoril.

Acaso por esa falta de compromiso (e, incluso, de interés) por los sucesos políticos que estaban ocurriendo en España, el papel de la “oposición monárquica” fue siempre muy limitado y de la que se tenían escasas noticias, salvo en los corrillos de la aristocracia y de la élite económica. Por otra parte, la reunión en el yate Azor y los contactos con Franco, así como el hecho de que el presidente del Consejo Privado fuera José María Pemán, le permitían no cortar completamente los contactos con el régimen de Franco, a fin de mantenerse como una “figura de unidad”.

Pero, desde 1945 y 1947, parecía muy claro que, si Franco tenía la intención de ceder la jefatura, antes o después, Don Juan no iba a heredarla. Pero existían otras dos posibilidades, una de ellas era que, finalmente, Franco optara por un candidato monárquico, pero de otras ramas de la familia Borbón: los Borbón Dos Sicilias, los Borbón Parma, o los Borbón Dampierre… Si nos atenemos a la “línea de sucesión alfonsina” (Borbón Anjou), el sucesor debería ser Don Juan… o bien su hijo Juan Carlos. Pero había otros borbones.

Juan Carlos había nacido en Roma, donde su familia, la Casa Real española, vivía exiliada tras la proclamación de la Segunda República. Pasó sus primeros años entre Roma, Estoril (Portugal) y Suiza, recibiendo una educación en colegios católicos y privados. Estudio en el colegio de San Sebastián y más tarde en la Academia Militar de Zaragoza (1955–1957), en la Escuela Naval de Marín y en la Academia General del Aire, formándose como oficial de los tres ejércitos, cursó también estudios de Derecho, Ciencias Económicas y Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. 

En 1969, Juan Carlos juraba los “Principios Fundamentales” del Régimen, asumiendo simbólicamente la continuidad del sistema franquista. A partir de ese momento se convirtió oficialmente en “Príncipe de España” y sucesor del general Franco en la jefatura del Estado. Franco confiaba en que Juan Carlos perpetuaría el sistema tras su muerte. Además, la sucesión había quedado asegurada.

Parecían haberse disipado todas las dudas sobre la sucesión. El nombramiento de Carrero Blanco como “presidente del gobierno”, mostró que se trataría de una “monarquía tutelada” y a la sombra de las “Leyes Fundamentales del Reino” que Juan Carlos había jurado en las Cortes.

Se ha dicho que, durante su educación y su estancia en España, Juan Carlos fue el “rehén político” de Franco. No es cierto. La estancia de Juan Carlos y su educación fue el resultado del acuerdo suscrito en el yate Azor entre Franco y Don Juan. Lo que si fue evidente es el resentimiento que acumuló Don Juan a lo largo del franquismo y que culminó con el hecho de que no fuera tomado en consideración para recuperar el trono. No sería sino muy tardíamente, en 1977, cuando renunció a sus derechos dinásticos en favor de su hijo, ya convertido en rey.

Pero, a falta de una “oposición monárquica” real, la cuestión de la sucesión tuvo algunos flecos más antes de 1975. En efecto, la boda entre Alfonso de Borbón y Dampierre, y María del Carmen Martínez–Bordiu y Franco, hija mayor de Carmen Franco y, por tanto, nieta del Jefe del Estado, fue uno de los grandes acontecimientos sociales del tardofranquismo. La ceremonia se celebró en la capilla del Palacio de El Pardo y contó con la presencia del propio Francisco Franco como padrino. Como regalo de bodas, Franco le otorgó el título de Duque de Cádiz y el tratamiento de Alteza Real, un gesto de alto significado político que algunos interpretaron como un posible intento de cambiar la sucesión a su favor.

A pesar de su linaje, su padre había renunciado a los derechos al trono español por su discapacidad auditiva, y el propio Alfonso fue educado fuera de España, llegando a no hablar español hasta los 17 años. Aunque era un Borbón español –era hijo del infante Jaime de Borbón (hijo del rey Alfonso XIII) y nieto, por tanto, del último monarca antes de la Segunda República; por tanto, era primo hermano del entonces príncipe Juan Carlos–, para la corriente legitimista francesa, Alfonso de Borbón era el heredero directo de la Casa de Borbón de Francia y había heredado el título de Duque de Anjou.

Henri de Orleans, jefe de la Casa de Orleans, demandó a su primo Alfonso ante la justicia civil francesa por “usurpación de títulos” y “uso de símbolos”. En diciembre de 1988, apenas un mes antes de la muerte de Alfonso, el Tribunal de Gran Instancia de París dictó una sentencia que supuso una victoria moral y legal para él. El tribunal declaró que, bajo las leyes de la República Francesa, los títulos de nobleza y los escudos de armas de las antiguas familias reinantes no tienen protección legal como tales dentro del orden público actual. La justicia dictaminó que Alfonso podía seguir usando el título de duque de Anjou y las flores de lis, ya que los Orleans no tenían el monopolio sobre unos símbolos que pertenecen a la historia de Francia y a todos los descendientes de la Casa de Borbón. 

Su matrimonio fracasó. En 1979 se separaron y cuatro años después se divorciaron definitivamente. La década de los 80 fue trágica para él. En febrero de 1984, sufrió un grave accidente de tráfico en el que falleció su hijo mayor, Francisco de Asís, de 11 años. Alfonso, que conducía el vehículo, quedó sumido en una profunda depresión. Una vez recuperado, el 30 de enero de 1989, en la estación de Beaver Creek (Colorado, EE. UU.) antes de un campeonato mundial, chocó a gran velocidad contra un cable de acero que unos operarios habían colocado a la altura de su cuello, falleciendo prácticamente decapitado. Su hijo pequeño, Luis Alfonso de Borbón y Martínez–Bordiú, heredó sus títulos nobiliarios y es hoy quien reclama para sí el trono de Francia como “Luis XX” para los círculos legitimistas.

No parece realista pensar que Franco, monárquico alfonsino, hubiera valorado seriamente, instalar en el trono a Alfonso de Borbón; harina de otro costal es que el matrimonio Franco no estuviera orgulloso de que una nieta entroncara su linaje con el de los borbones españoles. Es también posible que Franco utilizara este matrimonio para ejercer algún tipo de presión sobre el príncipe de España y, más aún, sobre su padre, Don Juan Conde de Barcelona.







sábado, 20 de octubre de 2018

365 QUEJÍOS (173) – SI ES QUE ME OBLIGAN A SER MONÁRQUICO


Me quejo de la “recusación” que realizó el parlamentito independentista de Cataluña apoyado por En Comú-Podemos, de la figura de Felipe VI. Esto último me obliga a quejarme en primer lugar de un parlamentito independentista que ya solo sirve para escenificar “gestos” y encontrar tontorrones útiles que los apoyen. Pero mucho más me quejo de que tonterías de este tipo me llevan cada vez más a sentirme monárquico, incluso a mi pesar.

Reconozco que nunca me he sentido republicano y que, como máximo, he sostenido lo de “gato negro, gato blanco, lo importante es que cace ratones”: República o Monarquía, lo importante es que todos seamos felices y el país lleve una vida estable, sin sobresaltos y en bienestar y que éste quede garantizado para nuestros hijos y nietos.

Reconozco, igualmente, que, entre mis mentores doctrinales, la obra de Julius Evola fue decisiva y que este pensador era monárquico tradicionalista y, junto con Charles Maurras, los dos puntales de la doctrina monárquica en el siglo XX, como los Balmes o los Donoso fueron exponentes de la misma corriente en el XIX español, o Maeztu y Menéndez Pelayo.

Así mismo, reconozco que -contrariamente, a lo que se tiene tendencia pensar- José Antonio Primo de Rivera, no solamente no fue antimonárquico, sino que siempre estuvo en contacto con monárquicos, especialmente alfonsinos y que, para los que lo ignoren, el servicio de orden en el exterior del Teatro de la Comedia, en el acto fundacional de Falange estuvo compuesto por tradicionalistas y en el interior, sentados en la platea, abundaban los alfonsinos, justo en un momento en el que el propio José Antonio se presentaba en Cádiz, junto a Pemán y Carranza, como candidatos por la derecha alfonsina. Así que muy republicano no era y desafío a quien sea a que me saque una sola línea antimonárquica en las Obras Completas. El respeto de José Antonio a la monarquía alcanzó hasta los días en los que se instruía contra él el proceso de Alicante, exigiendo al secretario del tribunal que rectificara su alusión “al Borbón” (refiriéndose a Alfonso XIII) y "tratara con respeto al que había sido Rey de España". El choque Falange – Monarquía se produjo tras la guerra civil, cuando los falangistas que figuraban en el entorno de Serrano Suñer (los Ridruejo, los Merino, los Tovar, los Laín) advirtieron que, la embajada inglesa estaba pagando a los generales monárquicos para evitar que España entrara en guerra junto a Alemania. Los falangistas “legitismistas”, los Girón, los Raimundo, los Primo de Rivera, evitaron pronunciarse. Los primeros consideraban que solamente la entrada en guerra, garantizaría la posibilidad de realizar la “revolución nacional”. En una segunda fase, tras 1945, los alfonsinos de ayer, fascistizantes y fascistizados hasta ese momento, se convirtieron en “demócratas de casi toda la vida” y con ese talante figuraron en el “consejo asesor” de Don Juan de Borbón. Eso acarreó la hostilidad falangista.


Pero esta es otra historia y lo es porque ni Don Juan de Borbón, ni su hijo Juan Carlos I, fueron lo que se dice “grandes reyes” de España. Del primero solamente se conocen dos o tres manifiestos redactados por otros; y del segundo la contradicción de ver restaurada la monarquía por Franco, de ser elegido por el mismo Franco como candidato a la sucesión en la jefatura del Estado “a título de Rey”, y, al mismo tiempo de ser él quien estampara su firma en la Constitución que venía a ser la negación de todo lo anterior.

El otro día en el retrete leía en el Pronto (en ese trance, servidor recurre al Pronto o a los cuadernos de crucigramas) un largo artículo de Peñafiel en el que ponía de chupa de dómine a Juan Carlos I, le recordaba todas sus infidelidades conyugales, la pillada que le hizo la Reina Sofía regresando a la Zarzuela antes de tiempo, cuando el monarca estaba con el putoncillo de turno, luego el asunto de la periodista suiza que hizo que durante 15 días las leyes y decretos aprobados por el felipismo fueran firmados por un ploter y, finalmente, el asunto Corina. Recordaba Peñafiel que la familia Real griega no quiere ni oír hablar de Juan Carlos I y que el ex Rey Constatino no quiere ni verlo. Juan Carlos I, se mire como se mire, no fue un gran rey y posiblemente figure entre Fernando VII e Isabel II en la lista de catástrofes borbónicas.

Ayer se dieron los Premios Príncipe de Asturias. Me llamó la atención un hecho: el que Felipe VI no solamente no leyera su alocución, sino que modulara perfectamente sus palabras y que el discurso fuera, indudablemente, mejor que el de cualquier político mitinero en campaña. Sin olvidar que fue el Rey el que terminó apuntillando institucionalmente la charada del 1-O y declarándose inequívocamente por la unidad del Estado y contra el proceso secesionista.

Hoy, es difícil poner la mano en el fuego por nada ni por nadie y mucho menos por una institución que ha tenido como exponentes a verdaderos mentecatos. Sería absurdo negar que resulta imposible ver en la consorte a una reina Hay, pues, luces y sombras en la Zarzuela. Pero no es menos cierto que, España ha sido hecha por la monarquía y por el catolicismo. Del segundo queda poco y nada en el terreno político, casi se diría que el Vaticano está en liquidación por fin de temporada. La Corona sigue ahí. Frente a ello, hasta ahora, los períodos republicanos han sido de confusión, dolor, inestabilidad permanente, conflictos, centrifugación y, para rematarlo, masacres. No me pidan que me sienta republicano porque ésta no es la República Romana de los Escipiones y de César, de Cicerón y del Senado Romano (de la que un embajador griego decía que esperaba ver un foro de bárbaros y encontró una asamblea de reyes). Las Repúblicas nacidas en este desgraciado rincón del planeta han oscilado entre el fracaso y la catástrofe.

Si Juan Carlos I no fue un buen rey se debió a tres factores: su debilidad de carácter que le hizo oscilar como una caña al viento (justificando, además, esa actitud alegando que el rey debía estar por encima de las partes), su desinterés por lo que ocurría en el país puesto de manifiesto en una vida disipada, su círculo de amistades entre lo que podemos encontrar a los protagonistas de muchos escándalos financieros ocurridos en sus casi 40 años de reinado (desde Ruiz Mateos a Mario Conde,  pasando por el príncipe de Chokutua). Reconozco que siempre consideré a la reina mucho más seria y mucho más persona que a su esposo. El otro día en el retrete, me lo confirmó el artículo de Pronto. Pero no nos equivoquemos: Felipe VI no está hecho de la misma pasta que su padre.

Por si me quedara alguna duda, la recusación formulada por eso que se llama abusivamente “parlament de Catalunya”, me confirma en que algo bueno tendrá la monarquía cuando estos hooligans se sientes obligados a condenarla.

viernes, 31 de octubre de 2014

Revista de Historia del Fascismo nº XXXIV. Editorial y sumario.


Info|krisis.- El número de Octubre de la REVISTA DE HISTORIA DEL FASCISMO tiene como tema central la primera parte de un pormenorizado estudio sobre las relaciones entre José Antonio (y, por extensión, Falange Española) y la monarquía. Si hemos elegido este tema es precisamente porque, claro a primera vista, no lo es tanto cuando se realiza una investigación exhaustiva. Tal es una de las funciones que hemos acometido desde el primer número de esta revista: revisar criterios, juicios, mitos, prejuicios, apriorismos y posiciones unanimemente compartidas pero cuyos contenidos no se corresponden con la realidad. La investigación historica debe tener un único móvil: la reconstrucción del pasado tal cual fue. A eso se le llama objetividad. La objetividad, para ser tal, implica no realizar concesiones de ningún tipo. A nada. A nadie. La verdad, sólo.

 Nacional-sindicalismo
José Antonio y la monarquía (I de II). Una cuestión compleja…
Los grupos falangistas no son en absoluto monárquicos; cuesta encontrar a algún partidario de la monarquía en sus filas. Todos, casi con unanimidad, se sienten «republicanos», si bien existen discrepancias sobre el modelo de República que persiguen, aunque una mayoría la defina como «república nacional sindicalista». La tesis que sosteníamos en nuestra obra José Antonio y los no–conformistas es precisamente que el fundador de la Falange experimentó una continua evolución política entre 1930 y 1936, que una cosa era lo que José Antonio decía en los discursos y escribía en los artículos, otra lo que hacía como jefe nacional de Falange Española y otra lo que hacían, pensaban y creían los miembros de su propio partido. En relación a la monarquía cabe decir que ese es otro de los temas en los que, a pesar de la aparente unanimidad de los falangistas, no está muy clara la posición personal de José Antonio. Este ensayo está dividido en dos partes: en esta primera presentamos la casuística joseantoniana, sus opiniones en torno a la monarquía y lo que representaban, la concepción aristocrática de José Antonio y las razones que llevaron a la Falange a declararse mayoritariamente como anti-monárquica. En la segunda parte analizaremos las cuestiones históricas y doctrinales de la cuestión.
Nacional-socialismo
El camino hacia el golpe de Munich (II de II).El duro aprendizaje político
En la primera parte de este estudio abordamos las circunstancias específicas de Baviera que contribuyeron a crear el caldo de cultivo más adecuado para que el NSDAP se transformara en una fuerza política emergente y extraordinariamente activa. En esta segunda parte insistiremos en el aspecto activista del partido y en la dinámica impresa por Hitler desde que asumió la jefatura del mismo, así como las circunstancias que llevaron al intento frustrado de golpe de Estado del 9 de noviembre de 1923, poniendo especial énfasis en las relaciones de Hitler con el entorno nacional-conservador que gobernaba Baviera en aquel momento. En su conjunto, este episodio constituirá una preciosa enseñanza para Hitler y para el NSDAP que comprobó que ante una situación socio-económica favorable solamente el activismo desenfrenado aporta frutos y que las fuerzas de la derecha conservadora tendían a ver en cualquier forma de activismo antimarxista un sujeto político a manipular.
Fascismo Italiano
Fascismo y esoterismo (II de III). Los grupos ocultistas bajo el fascismo
En el número anterior iniciamos el estudio sobre las relaciones entre fascismo y esoterismo. En aquella primera entrega describimos la influencia de la Tradición Romana y el intento de algunos sectores del fascismo por revivir el vínculo con el mundo mágico del Imperio. Aludimos a los símbolos imperiales que asumió el fascismo como propios y a cómo se consagró el primer fascio littorio, describimos el rito de la consagración de la Grande Orma y cómo se realizó de nuevo la ceremonia de fundación de Roma en el Palatino en la tragedia Rumon. En esta segunda parte describimos la vida de los grupos ocultistas bajo el fascismo: teósofos, antropósofos, rosacrucianos, presencia de Crowley en Italia. Excluimos a la masonería a la que ya le dedicamos un estudio especial.

Alemania
Los cinco grupos de la Revolución Conservadora ¿amalgama de lo irreconciliable?
Traducimos por primera vez al castellano el capítulo IV de la Die Konservatite Revolution dedicado a describir cada uno de los cinco grupos que componen el movimiento. Esto nos permitirá insertar en el contexto que le es propio, a una serie de organizaciones y tendencias que suelen aparecer dispersas en la historia del primer tercio del siglo XX en Alemania, como dice Mohler «a hombre que parecen no tener nada en común». Völkischen, jóvenes–conservadores, nacional–revolucionarios, movimiento de juventud y movimiento campesino, son las cinco corrientes que conforman la «Revolución Conservadora». Sin esta clasificación es imposible entender lo que fue la «revolución conservadora» y, así mismo, resulta imposible entender la interrelación entre todos estos grupos en relación al ascenso del nacional–socialismo. Esta clasificación demuestra muchas cosas: la variedad y el arraigo que tuvieron estas corrientes en la sociedad alemana, su riqueza intelectual, el haber impregnado a distintos grupos sociales y, finalmente, el haber creado un clima cultural favorable al ascenso del nacional–socialismo

Ficha técnica:
250 páginas
Formato 15x21 cm
Portada cuatricomía con solapas
Ilustrado
PVP: 18,00 euros (50% de descuento para librerías y grupos) + 3,00 de gastos de envío.

Pedidos: eminves@gmail.com

¿Conoces el calendario 2015 de la Revista de Historia del Fascismo?
¡Pídelo antes de que se agote?
21-30 cm, 14 láminas a todo color en cartulina de 350 grs, estucada, con alambre y lengüeta para colgar. 15,00 euros unidad



viernes, 5 de septiembre de 2014

Lo que nos traerá el último cuatrimestre de 2014


Info|krisis.- Concluido el mes de agosto y retornados sin excusa a los puestos de trabajo, falta saber qué nos depara el último cuatrimestre del año. Los dos tercios de 2014 que hemos consumido han sido particularmente interesantes desde el punto de vista informativo, pero los próximos meses van a ser, simplemente, de infarto. Vale la pena, hoy primero de septiembre, dar un repaso a lo que tenemos ante la vista.

Repasando los dos tercios cubiertos de 2014

Hasta ahora, 2014 va en camino de ser un “año histórico”. Si ahora terminara el año y juzgáramos lo que ha representado 2014 para la historia de España, sin duda diríamos que el suceso más importante ha sido el relevo en la monarquía y lo que ha supuesto la ceremonia de entronización de Felipe VI. Pero, a la vista de cómo se han hecho las cosas (muerte de Adolfo Suárez, aparición del libro de Pilar Urbano, mal estado de salud de Juan Carlos I, campaña de promoción de Felipe-Leticia, abdicación, ceremonia laico-parlamentaria descafeinada de “entronización”, consabido viaje de la nueva pareja real a Marruecos) el episodio indica una banalización creciente de la monarquía y parece tener mucho más impacto en los lectores de la prensa del colorín que en la política real.

lunes, 28 de abril de 2014

La monarquía juancarlista entra en su última fase


Info-krisis.- Durante la transición, los franquistas, a cambio de aceptar la democracia de los partidos, recibieron el que España siguiera siendo monárquica. Todos contentos: la oposición democrática tenía legalizados a sus partidos y los franquistas creían que con el Rey seguía proyectándose la voluntad del aquel que reinstauró la monarquía en España, Franco. Sin embargo, hasta el 23-F, la monarquía no fue aceptada ni tomada en serio. Desde entonces ha llovido mucho. Hoy, la crisis política del régimen y la corrupción en el entorno de la Familia Real nos han situado en puertas de la sucesión.

Desde hace semanas se vienen produciendo algunos “movimientos” en torno a la imagen del rey que parecen indicar que nos encontramos al final de un ciclo y al principio de otro. La erosión física del monarca parece irreversible a pesar de sus 76 años, pero hay algo todavía más deteriorado: la imagen de la institución monárquica.