Mostrando entradas con la etiqueta ideologías de género. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ideologías de género. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de febrero de 2022

ELEMENTOS PARA UN MANIFIESTO CONTRA LA IDEOLOGIA DE GENERO (3) - EL SEXO COMO "CONSTRUCCIÓN SOCIAL"

Es una vieja historia que empezó en 1949, cuando Simone de Beauvoir escribió El segundo sexo. Presentó a la mujer como “una construcción cultural”. Escribió: “No se nace mujer, se llega a serlo”. En realidad, cabría decir que se nace biológicamente mujer: es decir, existe un determinismo biológico que posibilita el que la mujer pueda realizar funciones que el hombre no podría conseguir. Luego, el entorno de civilización en el que se ha nacido y el momento, contribuyen a formar la identidad femenina que, en ningún caso es una “construcción” artificial, sino la consecuencia de un hecho biológico originario que determina cierta funcionalidad. Se puede minimizar la importancia de este hecho, se le puede enmascarar bajo hojarascas progres con aspiraciones cientifistas, especulaciones de clase, consideraciones antropológicas, etc, etc, pero el hecho de base no cambiará: se nace “mujer”, como se nace “hombre” y una exigencia mínima de la organización social implica división de funciones y optimización de recursos.

Las ideologías de género consideran a Simone de Beauvoir como la “madre de todos los estudios de género”. Y tienen razón. El problema -que no puede olvidarse- es que la ideología de género es hija directa de personajes que no fueron en absoluto modelos, sino más bien, que, como Simone de Beauvoir, tenían rasgos y prácticas sexuales poco edificantes con quienes se aproximaron a ellas. No es aquí el caso de detallar cómo Bianca Lamblin cuanta que fue “explotada sexualmente” por la madre de todos los feminismos (algo que expuso en su libro A Disgraceful Affair: Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre and Bianca Lamblin), o la actriz Olga Kosakiewicz que había conocido a la Beauvoir en 1932 y declaró luego que ella y Sartre la “habían dañado psicológicamente”, o Natalie Sorokin, cuya madre se quejó en 1943 de que la Beauvoir había “descarriado a su hija”. En efecto, la feminista era maestra y, a raíz del incidente, fue suspendida de por vida para ejercer esa profesión.

La biografía de Simone de Beauvoir evidencia el problema de todas las doctrinarias (y doctrinarios) del mundo LGTBIQ+: en todos ellos es fácilmente perceptible una neurosis sexual que los lleva a otorgar a la sexualidad un papel absolutamente desproporcionado en su ecuación personal y al margen de cualquier otra consideración.

En realidad, todas las teorías que sostienen tienden a explicar y justificar su propia obsesión sexual, sus propios problemas personales derivados de esas neurosis obsesivas. Así pues, sus “estudios sobre sexualidad”, están muy lejos de ser obras de rigor científico, realizadas con criterios objetivos, sino que están elaboradas desde la propia subjetividad, a partir de las propias frustraciones y de la necesidad, no tanto de explicar, como de justificar los propios comportamientos (y esto vale también paga Foucault que experimentó la necesidad de racionalizar filosóficamente la pedofilia para justificar sus prácticas pedófilas con niños). La reivindicación del aborto, por ejemplo, no deriva directamente de un “deseo de libertad”, como de la negativa a ser madre -es decir, a cumplir la función biológica determinada por el género de nacimiento- sino por la necesidad de poder disfrutar del máximo de relaciones sexuales sin que la maternidad pueda alterar el cuerpo o desviarlo del ejercicio del sexo hacia el cuidado de los hijos.

DE LA “CONSTRUCCIÓN SOCIAL” A
LA “OPTIMIZACIÓN DE LAS SOCIEDADES”

Los doctrinarios LGTBIQ+, al no poder negar el hecho biológico fundamental, del nacimiento como hombre o como mujer, sostienen que, a la vista de este dato, se educará al recién nacido de una manera u otra y, por tanto, por eso hablan de “construcción cultural”. Sostienen que, si a un nacido varón se le educa como una niña, se comportará como tal… Error: lo que se obtendrá es un sujeto neurótico en el que sus facultades internas y sus secreciones glandulares estén en contradicción con su comportamiento social. Esta tensión interior estará en el origen de sus disfunciones y de sus comportamientos anómalos. Por otra parte, el hecho de que una parte de las funciones determinadas por el sexo, deriven de “construcciones sociales”, en sí mismo, no es negativo: las sociedades solamente son viables cuando existe una división de funciones. Así se optimizan los datos aportados por la biología. No es que el hombre imponga su agresividad sobre la mujer: es que en el hombre existen secreciones hormonales que aportan más agresividad y que, por tanto, le permiten desarrollar mejor determinadas actividades y roles. Por otra parte, no es que la mujer sea más “débil”, sino que tiene mejor desarrollados los instintos que derivan de la maternidad.

Claro está que una mujer, mediante ejercicio físico, ingesta de esteroides anabólicos, inyecciones de testosterona, etc, puede desarrollar fuerza y agresividad similares o superiores al varón, y hacer más grave su voz (dado que la testosterona afecta a la anatomía de la laringe y ensancha las cuerdas vocales). Y, por supuesto, un varón puede seguir una terapia de feminización desde la pubertad, que atenuará sus cambios físicos (bello corporal y tono de voz). Bastará con bloquear la acción de la testosterona. Pero aquí volvemos al régimen de “imitaciones”. Los árboles crecen rectos, pero los jardineros pueden hacerles adoptar formas caprichosas. Entonces dejan de ser “árboles naturales” para pasar a ser “árboles decorativos”. Cuando el jardinero o el médico dejan de aplicar elementos “correctores”, se vuelve a la normalidad, si bien la planta o el sujeto deben afrontar las consecuencias de sus actos. La terapia hormonal feminizante, por ejemplo, puede afectar a la fertilidad y a la función sexual y general problemas de salud.

En principio, lo más razonable no parece ser cambiar de sexo a capricho, ni negar la existencia de los sexos, atribuyéndolos a “construcciones culturales”, sino más bien, reconocer que nacer hombre o nacer mujer predisponen para realizar determinadas actividades. Está claro que el devenir histórico hace que hoy no sean necesarios fortalezas casi sobrehumanas para cazar cada día alimentos con los que alimentar a la tribu, y es también evidente que la mujer no puede estar encerrada en casa desde el día de su nacimiento cuidando a proles que, hoy, en el mejor de los casos, se reducen a uno o a tres hijos, como máximo, en nuestro horizonte cultural. La “división de funciones” y la “optimización” de las cualidades que acompañan al nacimiento como hombre o como mujer, definen nuestra identidad sexual. Inclinan, aunque no determinan necesariamente. Pero esto nos lleva a otro problema.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

CRONICAS DESDE MI RETRETE: REDIMENSIONANDO EL ABECEDARIO LGTBIQ+

La presión de la “ideología de género” es cada vez mayor. Crece de día en día en todos los terrenos. En el mundo de las series, por ejemplo, es difícil encontrar en los stremings, lo que uno busca en casi todos los temas salvo en materia “LGTBI”. Filmin fue pionera en esto, pero ahora, tanto HBO, como Amazon, como Netflix cuentan con un apartado bien visible dedicado a esta temática. Y una característica común: es imposible que estas series sean rentables, todas ellas tienen una calidad muy mediocre, unos intérpretes de baratillo y, en general, resultan aburridas, lloronas y sosainas. ¿Y qué me dicen de la publicidad? Las dos normas universalmente aceptadas en nuestros días para los publicista es que para vender desde un yogur a un vehículo de alta gama y, por supuesto, una colonia, hay que introducir a un negro. Si no hay negro, parece que el producto no se venderá bien. La segunda norma es colocar a un gay o a individuos de sexualidad ambigua en el spot. Si hablamos de realitys la cosa va camino de desmadrarse: algún canal de televisión ofrece un reality de Drag-Queens a la vista del éxito que tuvo la serie “La Veneno”. Hay un momento en el que uno se pregunta: “Pero, vamos a ver, ¿hay tanto LGTBIQ+ por ahí que justifique este despliegue inusual de medios a favor de su causa?

LA IDEOLOGÍA DE GENERO: FALAZ, DÉBIL Y MOVEDIZA

La respuesta que nos dan los “progres” es: “aunque solamente hubiera uno por cada letra, habría que partirse el pecho en defensa de sus derechos y contra la opresión heteropatriarcal”. No parece muy convincente, a fin de cuentas, estos días hemos visto como el zoológico de Amberes ha prohibido a Adie Timmermans que dejara de visitar a Chita, un macho de 38 años con el que tenía una “relación” desde hacía cuatro años”. No creo que la tal Chita, ni otros chimpancés, tengan a muchas admiradoras, francamente, pero por la regla de tres “progre”, ese amor humano-simiesco debería de ser defendido a capa y espada. Tanto es así que, a nadie le extrañe que, en breve, a la letanía LGTBIQ+ se le añada la “A” de “amor animal”. A eso nos encaminamos, sin ironías.

La “perspectiva de género” parte de un principio unánimemente aceptado por todo ese batiburrillo de letras, a saber: “el género es algo que una definido social artificial” y los “roles sexuales” están “socialmente construidos con comportamientos y atributos que una sociedad dado considera apropiados para hombres y mujeres”.

Esta base, tiene tres atributos: es falaz, débil y movediza y encubre una realidad.

- Es falaz porque, quien ha estudiado biología, incluso gramática, sabe que existen dos géneros: masculino y femenino, al menos para las especies superiores. El género “ambiguo”, en gramática, son aquellas palabras que pueden utilizarse indistintamente con ambos géneros: “el lente” o “la lente”. Excepciones a la norma. La construcción de géneros no es caprichosa o gratuita, depende de un sustrato biológico que constituye su “infraestructura”, de la que la “superestructura” que deriva de ella es la “construcción social” y no al revés. Hay causa y efecto. Los “ideólogos de género”, negando la causa, creen poder afirmar la inconsistencia del efecto.

- Es débil, porque no se somete ni está respaldado por las leyes de la ciencia, ni por las de la lógica, ni siquiera por el sentido común o el instinto. Lo que ha existido siempre -la diferenciación en géneros- seguirá existiendo por mucho que los “progres” se nieguen a aceptarlo: un puño cerrado será lo contrario de una mano abierta y a fuerza de repetir que la imagen de un puño debe verse como una mano abierta, la persona razonable, seguirá viendo el puño, por una simple razón: es un puño y no otra cosa. A veces, comulgar con una rueda de molino tan grande como esta es demasiado hasta para los propagandistas más avezados.

- Es movediza, porque no está construida sobre datos objetivos aportados por la ciencia, sino por construcciones subjetivas dictadas por la particular psicología de los “ideólogos de género”. La construcción artificial de la que han partido no se basa en una apreciación objetiva de la realidad que sugeriría el “punto de normalidad”, sino a partir de excepciones y, sobre todo, de pulsiones personales del “ideólogo de género” que se siente obligado a racionalizarlas, para evitar la sensación de “anormalidad”. El “ideólogo de género” suele ser alguien con algún problema personal que no está dispuesto a asumir como tal y que tiende a transferir a la sociedad: “No soy culpable de que me haya enamorado del gorila Chita, la sociedad que no admite ese amor puro es la culpable…”. La transferencia de la culpa es habitual en varias escuelas de psicología y de psicoanálisis.

CUANDO LAS ENCUESTAS REDIMENSIONAN EL PROBLEMA 

A SU JUSTA MEDIDA

Una encuesta publicada por El País (boletín oficial del estado progre) sostenía el pasado 29 de junio de 2021 (no a la muerte de Franco) que el 93,9% de los españoles se declara heterosexual. El porcentaje cae 11 puntos entre los jóvenes de 18 a 24 años y desciende hasta el 82,7%. El País se sorprende que, en el tramo siguiente de edad, de los 25 a los 34 años, la heterosexualidad aumente al 91,2%. En las grandes ciudades, añade la encuesta, el porcentaje de heterosexuales sube a un 93´1%, mientras que en las pequeñas ciudades baja en ciudades de tamaño medio (entre 400.000 y 1.000.000 de habitantes) al 89’9%. La encuesta la realizó la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Jaume I de Castellón.

Demos estas cifras por buenas y tomemos el promedio: si el 93,9% de los españoles se declaran heterosexuales, todo el alfabeto LGTBIQ+ se reduce, en conjunto al 6,1% de la población. Estamos por encima de la media europea: un 5’9% identificado con el colectivo LGBTIQ+ y, somos el segundo país europeos por detrás de Alemania con un 7,4% y al mismo nivel que el Reino Unido (si bien esta otra encuesta, aumenta nuestra cuota de LGTBI+ al 6,8%).

Las feministas radicales parten de la base de que, si el 50% de la población es de género femenino, ellas luchan por los derechos de ese 50% y, por tanto, lo representan. Pero la realidad dice otra cosa: el feminismo radical tiene un apoyo muy limitado y sus excesos verbales, su intolerancia y sus acciones extremistas y chillonas, lo limitan aún más. Así mismo, los grupos LGTBIQ+ constituyen una pequeña fracción de la población, que, además es heterogénea y poliforme (lesbianas, gays, transexuales, transgénero, travestidos, bisexuales, intersexuales, queer y lo que puede llegar en el futuro, representado por el signo “+”), en total un 5,9% de la población del país. Si tenemos en cuenta que los gays, supone entre un 4-5% de la población, salidos o no de la ebanistería, nos queda a repartir menos de un 2% entre todas las demás variedades.

ALGUNAS APRECIACIONES SOBRE EL ABECEDARIO LGBTIQ+

En los últimos tiempos se pretende que se acepte como normal a mujeres virilizadas, cicladas y hormonadas, con el pelo y el vestido masculinos. Es difícil que lo consigan: para ello deberían destruir la noción de estética, de feminidad y de belleza. Cuando los elementos más radicales de la ideología de género dicen que “queda mucho camino por recorrer”, tienen razón: 4.000 años de cultura circulan por nuestros genes, no pueden destruirse de un día para otro. Hay que arrasar con demasiados conceptos estéticos que incluso tienen que ver con la matemática (la “divina proporción”, el número de Oro, la serie de Finobacci), la estatuaria griega y cualquier otra forma de arte (que, en el fondo, expresa lo que un pueblo lleva en sus genes). No es fácil, desde luego, sustituir a la Victoria de Samotracia por las diosas del paleolítico obesas, con el abdomen, la vulva, las nalgas y las mamas extremadamente grandes. Y, más allá de esto, los doctrinarios LGTBIQ+ quieren establecer que ese modelo estético, además, era lesbiana… ¡Claro que hace falta mucho camino por recorrer! De la misma forma que hay hombres y mujeres, también existe la fealdad y la belleza, la estética y su negación, el Sol y la Luna, el oro y el mercurio… y, por mucho que se intenta, nunca podrá homogeneizarse en función de la “igualdad”.

Los realitys sobre Drags-queens, por su parte, parecen ser meras exaltaciones del freakysmo y, también aquí, de la fealdad. Antes era posible saber que estábamos en carnaval gracias a los disfraces. La inviabilidad de la sociedad moderna se demuestra en que, para algunos, todos los días son carnaval.

¿Y los transexuales? Los partidarios de que los transexuales pasen por el quirófano y se sometan a abracadabrantes operaciones que escalofrían a quien tiene clara su identidad sexual, hombre o mujer, han sido justificadas a causa del alto porcentaje de suicidios de ese colectivo. Todo sea para evitar estos desenlaces lamentables. Bien, pero lo que se suele eludir es que quienes pasan por el quirófano ¡tienen un nivel de suicidios, prácticamente, similar! Con lo que no se resuelve el problema, sino que, incluso se agrava, en lugar de tomar el toro por los cuernos y acudir a las terapias psicológicas. En realidad, una operación de “cambio de sexo” no “cambia el sexo”, cambia el aspecto exterior de la sexualidad -lo que es muy diferente- pero el sistema hormonal hay que seguirlo rectificando hasta la muerte mediante medicación, o de lo contrario, los caracteres propios del sexo de nacimiento se manifestarán de nuevo.

LA CUESTIÓN GAY EN CRUDO

Y llegamos a los gays. Cada cual es libre de vivir la sexualidad como quiera, pero no tanto para hablarnos constantemente sobre su sexualidad. Aunque alguien no lo crea, hay vida fuera del sexo. Vivimos una época de pansexualismo (homo, hétero, trans, parafílico…) ante la que se puede decir que lo importante ya, no es la “libertad sexual” (que existe sin restricciones), sino la “libertad del sexo” (es decir, el poder participar, percibir y realizar alguna actividad, en el que la sexualidad no se filtre por algún resquicio, vivir la propia sexualidad para atender esta parte de lo humano, sin que nos tiranice mañana, tarde y noche).

Cualquier práctica sexual es aceptable, mientras sea consensuada por la otra parte, pero el problema empieza cuando se quiere justificar. Cuando escribí “Los gays vistos por un hétero”, me llamó mucho la atención que en un diccionario gay escrito por un par de los más conocidos intelectuales de esta corriente no figurase ni el término “coito anal”, ni nada relativo al ano, a pesar de que buena parte de la sexualidad gay se resuelve por ese conducto. Sin embargo, el diccionario era interesante porque se procuraba dar una “perspectiva histórica” de la cuestión. Grecia, claro está, ocupaba un lugar destacado: en Grecia las prácticas homosexuales eran habituales y no estaban cuestionadas. Bien, pero se evitaba decir que las prácticas homosexuales griegas hoy serían condenadas por la ley y tenían mucho más que ver con lo que hoy conocemos como pederastia que con la homosexualidad entre adultos. De hecho, incluso hoy, cuando se alude a “abusos sexuales del clero”, se intenta por todos los medios aludir a que se trata de clero homosexual y pedófilo, en la medida en que el número mayor de abusados son niños.

El Centro Estadounidense para el Control de Enfermedades (CDC) da unas cifras que no pueden eludirse: el 63% de los portadores del virus del sida, el 82% de los casos de sífilis, el 20% de los casos de hepatitis B, el 37% de los casos de cáncer anal son gays y el 78% de ellos tienen una Enfermedad de Transmisión Sexual. Esto en EEUU. Es mucho para una población que en Europa está en torno al 5,9% de la población. Un estudio de 2002 realizado por el respetado Steve Baldwin, titulado “Abuso de menores y movimiento homosexual”, nos dice que este 5,9% de la población es responsable de entre el 25% y el 40% de los casos de pedofilia. Entiendo perfectamente que los gays eludan estos datos. Lo que no entiendo es porque los organismos médicos competentes no realizan un seguimiento para confirmar estas cifras o, simplemente, para advertir al mundo gay de los riesgos que pueden correr. Conocemos la respuesta: “dar datos de este tipo aumentaría la hostilidad a la comunidad gay”. En realidad, no. Es más, la lógica indica que solamente puede resolverse un problema sanitario cuando se reconoce su existencia.

El relativo aumento del número de gays en los últimos años se debe a tres factores completamente diferentes:

- el fracaso del sistema educativo y de la coeducación que parte del mito de que los géneros pueden convivir porque son “iguales”. No lo son: son, fundamentalmente, desiguales en todo. Eso hace que, en las clases, los niños tienden a hacerse notar ante las chicas aumentando su comportamiento agresivo y de “niño malo”; algunas chicas quieran imitarlos. Otra parte de los chicos queden absolutamente asustados de la carga de violencia de esas mujeres en ciernes, generando, desde muy jóvenes un rechazo a esa “feminidad salvaje”, en una edad en la que los arquetipos sexuales no están todavía muy bien definidos, tendiendo a la homosexualidad.

- los cambios en la alimentación y la introducción de aditivos, conservantes, colorantes, los piensos, el barniz interior de los envases de conserva, fertilizantes utilizados en agricultura, vermicidas, etc. Evo Morales, verdaderamente alguien muy poco fiable y menos “científico”, recomendó a los indios del Altiplano Andino no comer pollo porque estaba alimentado con hormonas femeninas. El video se hizo viral y con él la carcajada y el descrédito de la idea. Pero es rigurosamente cierto que el problema está ahí. El 1999 la Universidad de Bilbao realizó un estudio sobre los cambios de sexo en las gambas de la ría. No fue un estudio extemporáneo sino basado en que en el País Vasco parecía existir una mayor incidencia de la homosexualidad (que no se debía solamente a los cambios alimentarios, sino que era más patente que en otros lugares de España por el carácter telúrico, matriarcal y ginecocrático de la sociedad vasca). El cómo se produce todo esto es fácil de entender: al ingerir esos alimentos se altera el sistema hormonal. Somos lo que son nuestras hormonas. Y lo que es peor: a la desvirilización del varón y a la masculinización de la mujer, se une la esterilidad creciente de los varones, la pérdida de movilidad y del número de espermatozoides activos.

- el resultado de la moda establecida por los guardianes de la “corrección política”, ayudados por una publicidad mediática masiva. En los años 70, en España, algunos protagonistas de la transición confesaron que en aquellos momentos de “liberación sexual” se habían acostado con todo, salvo con peces. Era la moda de la época: si alguien rechazaba cualquier experiencia (las actrices del “destape” podrían hablar mucho sobre el tema), le decían que era “reprimido”, “inmaduro” o “reaccionario”. Hoy, vuelve a repetirse una situación parecida pero elevada a la enésima potencia y codificada con las siglas LGTBIQ+.

Si aceptamos que “somos lo que son nuestras hormonas”, aceptaremos también que en el interior del cuerpo humano existe una situación de equilibrio hormonal, como también puede darse una situación de desequilibrio, en otras palabras: un “estado de normalidad” y un “estado de anormalidad”.

EL GRAN PROBLEMA NO ES EL APARATO LGTBIQ+, 

SINO LA DESTRUCCIÓN DE LA FAMILIA

La incidencia de estos tres factores ha operado cambios en el comportamiento sexual de los españoles: si bien el número de miembros del colectivo LGTBIQ+ sigue siendo bajo, casi misérrimo, lo justo para dar a Podemos unos cuantos escaños, la acción de estos propagandistas ha caminado siempre unida a la doctrina paralela de los “nuevos modelos familiares” que implica la literal destrucción del matrimonio y de la vida de las parejas. Lo que, unido a factores económico sociales, convierte en inviable el futuro de las sociedades occidentales: hace 50 años era frecuente encontrar a parejas con más de seis hijos. Reconozco que cuando me enteré que con mis tres hijos ya era “familia numerosa”, me sorprendí -luego me decepcioné al saber que la gencat no me daba absolutamente ningún derecho- para mí “tres hijos” eran pocos hijos. Hoy es raro encontrar una pareja que voluntariamente haya decidido tener (y pueda mantener) más de un hijo. Mucho más raro es encontrar parejas que lleven 45 o 50 años casados. La media de un matrimonio en la actualidad son 14 años y, en algunos casos, no duran ni 14 meses.

Me pregunto, cómo es que a mi generación (que no tuvo más “lecciones de educación sexual” que la famosa historia de la conversación en la que papá te contaba como se reproducían las plantas, cuando ya lo sabías, o las conversaciones “de descubrimiento de la sexualidad” con los compañeros), le ha sido posible prolongar matrimonios en los que el amor está vivo 45 años después y las generaciones actuales sean incapaces de prolongar una relación-promedio de 14 años y de tener una natalidad de un hijo por pareja como máximo o como se pueden aceptar los “nuevos modelos familiares”, la mayoría de los cuales implican soledad a la vuelta de la esquina.

Algo no va bien: no me preocupa tanto la apisonadora LGTBIQ+, cuyo único fin es diluir las identidades sexuales, como otras instituciones que tienen a su cargo eliminar cualquier régimen de identidad (nacional, religioso, conceptual, artístico, étnico). Alguien sin raíces, alguien sin identidad, puede ser llevado como los peces muertos a favor de la corriente: un árbol con raíces profundas, se alza hacia el sol y no hay viento ni huracán que lo doblegue. Cuando se enseña a un hombre a ser verdaderamente Hombre y a una mujer a ser Mujer, la naturaleza hace el resto. Su produce una mutua atracción y se reconstruye la unidad primitiva platónica que aparece en todas las tradiciones y que, de distintas formas, ha estado presente hasta la modernidad.

Cuando se abolen las identidades sexuales, aparece la medusa LGTBIQ+ con sus tristes argumentaciones, sus ideólogos averiados y sus consignas estridentes. Es un signo de las enfermedades de nuestro tiempo, mucho más que un síntoma de “progresismo”.

Quien dice “sociedad igualitaria” dice, en el fondo, “sociedad sin identidad” en la que todos sus miembros son iguales a los granos de arena de una playa, indiferenciados, irrelevantes, aislados unos de otros. Aquel que tiene identidad, sabe quien es, sabe también que la “igualdad” es pura ficción y que, en materia sexual, “igualdad” supone idéntica polaridad y, por tanto, cese de la atracción que solamente puede venir dada por el contraste, por la -palabra maldita- “desigualdad” de roles sexuales.

domingo, 18 de noviembre de 2018

365 QUEJÍOS (200) – SER PADRES, ALGO PROPIO DE HÉROES


Me quejo de que la procreación es un instinto que está “out”. Va a menos. Lo sabemos todos: cada vez tenemos menos hijos (o no tenemos), los tenemos cada vez más mayores o nos vemos obligados a recurrir a métodos alternativos para satisfacer nuestro instinto de padres (fecundación in vitro, adopciones, vientres de alquiler). Todo esto resulta mucho más curioso y contradictorio, si tenemos en cuenta la verdadera masacre ocasionada por abortos y píldoras del día después. Considero estas tendencias, contradictorias entre sí, como otro más -entre los importantes- de los signos de la decadencia de europea. Hará treinta años me sorprendí cuando me dijeron que tres hijos ya constituían una “familia numerosa”. Yo pensaba -ingenuo de mí- que “numerosa” eran las familias a las que el franquismo daba el “Premio Nacional de Natalidad”: ocho o nueve hijos, como mínimo. Hoy tener un hijo es un lujazo. Y tal como está la vida en España, es un acto para el que hay que ser plenamente consciente. Lo digo sin ironías de ningún tipo: hoy, para ser padres, en España, hay que estar dispuesto a derrochar el mismo valor que un héroe en el campo de batalla.

La paternidad en Europa y entre la raza blanca, atraviesa malos momentos. Me preocupa la raza blanca, porque, esa es mi identidad. No veo que chinos ni africanos tengan el mismo problema, francamente: ellos tienen asegurado su futuro. La raza blanca, la mía, parece estar abocada a la implosión. Dicen los sociólogos y los demógrafos que cuando un pueblo alcanza cierto nivel de confort y resuelve los problemas de la mortalidad infantil, deja de preocuparse por tener hijos. La tesis dista mucho de estar demostrada: aquí, los inmigrantes que llegan de fuera, siguen teniendo los mismos hijos que han tenido siempre. Esta ley sociológica parece cumplirse solamente con los nacidos blancos y europeos.

¿Tener hijos? ¿por qué? ¿para qué? Ya es curioso que tengamos que mencionar algo que, antes se daba por sentado: ¿Cómo que por qué? Para perpetuar el propio linaje, por eso. La condición humana se levanta sobre un sustrato biológico: somos mamíferos superiores y, por tanto, tenemos todos los instintos propios del orden taxonómico al que pertenecemos: instinto de supervivencia, instinto territorial, instinto de agresividad. Solo que los humanos los “modulamos” a través de estructuras o categorías sociales: el instinto territorial pasa a ser el patriotismo, el instinto de agresividad se concentra en la milicia, el instinto de supervivencia en el sexo y en la procreación.

Una concepción de este tipo es “peligrosa” y choca directamente con las ideologías de género. Porque está claro que si se acepta esto (y parece difícil negarlo a la luz de los conocimientos de la biología y de la etología), las “ideologías de género” resultan descartables: las relaciones homosexuales valen como muestra de libertad de opción, pero no son la traslación de nuestros “instintos animales”, sino, más bien la manifestación de preferencias personales que, por distintos motivos, se manifiestan en individuos de cada género que, en ejercicio de su libre albedrío, al optado por una forma de sexualidad que distinta a la impuesta por el hecho biológico.



Sorprende que, en la actualidad, la paternidad sea torpedeada desde tantos puntos de vista: no nos referimos a las “ideologías de género”, sino, más bien a hechos bastante más importantes y sólidos: los ritmos de vida, la alimentación, factores aún desconocidos, influyen negativamente en la capacidad de procreación. Cada vez hay más mujeres y hombres que no poseen la capacidad de procrear. Que esto está ligado a la presencia de pesticidas o de determinados productos químicos parece indiscutible (entre los agricultores que, en teoría están más próximos a la naturaleza, la esterilidad es una verdadera epidemia constatada estadísticamente). A nadie, por supuesto, parece preocuparle: quien quiera ser padre tiene la opción de adoptar un niño.

La adopción no es algo nuevo. Se ha hecho siempre: en la antigua Roma era frecuente que un emperador “adoptara” al hijo de alguna familia patricia, lo educara y lo nombrara sucesor suyo. Sin embargo, esta práctica se ha convertido hoy en un simple negocio: no existe actividad humana alguna que el capitalismo no haya pervertido. Se compran niños a bajo precio y se venden caros. Las comisiones a repartir entre las partes implicada en este comercio son sustanciosas.

Y ya tenemos a nuestra familia, con 1,4 niños por pareja por término medio, que tiene lo que la naturaleza le obliga a tener para perpetuar la especie: un hijo. Ahora toca educarlo. Es ahí en donde deberá sortear a lo largo de dos décadas, todas sus habilidades para que el hijo no descarrile. Los obstáculos serán muchos: la estupidez del sistema educativo, los compañeros y los padres de compañeros asilvestrados, las muchas distracciones existentes en la oferta de ocio para niños, los malos ejemplos, que siempre son superiores a los buenos, la litrona, el porrito, a los malos hábitos derivados de la ley del mínimo esfuerzo, y, claro, como lo que tenemos es 1,4 niños/pareja, se lo merece todo, la manifestación de cualquier deseo, de todo capricho, la insinuación de que quiere algo que otros amigos tienen, es suficiente como para que no se lo escatimemos. ¿Regañarle? Pero si la criatura es un cielo, el rey de la casa, emperador de nuestra vidas y tiranuelo de toda la familia… Si le decimos que no a algo, corremos el riesgo de hacer de él un desgraciado reprimido; hay que persuadirle, en absoluto obligarle; hay que respetar su deseo, nunca forzarlo a nada; debe educarse en libertad, nada de imposiciones… Y luego pasa lo que pasa: que, a la que nos descuidemos, el niño se ha habrá convertido en un ni-ni para toda la vida, nadie le habrá enseñado a luchar por nada, carecerá de valores, por carecer, ni siquiera tendrá identidad, personalidad o rasgos distintivos: será igual a cualquier otro ejemplar de su generación surgida del fracaso escolar.

No me digan que no es para admirar la tarea de los que, consciente y responsablemente, deciden hoy ser padres. Y digno de una medalla al mérito el de aquellos padres que, además de querer serlo, son capaces de ejercer ese oficio con éxito. Yo los comparo a héroes: el héroe es aquel que realiza las misiones más peligrosas y demoledoras, en el curso de las cuales debe permanecer desde el primer momento hasta el último en el que culmina su misión, alerta, en guardia, con los ojos abiertos, dispuesto siempre a entrar en acción para salvar la posición o alcanzar el objetivo propuesto.

La educación de los hijos es más importante que el tenerlos. Es ahí en donde se demuestra el heroísmo, la abnegación y la entrega. O mucho me equivoco, en la actualidad, solamente hay una minoría de parejas heterosexuales que hayan decidido, consciente y responsablemente tener hijos. Pero, de estos, creo -a la vista de lo que se ve en las calles de nuestro país- que solamente una minoría son capaces de educarlos. Y de estos, es muy probable, que, como ocurre en cualquier misión, muchos de ellos no alcancen el objetivo propuesto.

No es de ahora, la crisis de la procreación empezó hace cuarenta años (fue e Guerra, ese que ahora va diciendo incluso cosas sensatas sobre el independentismo catalán, el que dice en 1983 que había que quitar los “puntos” -pequeños complementos de suelto que se daban a los trabajadores por cada hijo- del salario porque era “fascista”…). Ahora no es una crisis: es un verdadero holocausto. Luego vino la crisis de la enseñanza, la crisis de las costumbres y ahora estamos inmersos en la crisis de las identidades sexuales queridas por las “ideologías de género”. Para que venga alguien y me diga que los padres de hoy no están abocados a una tarea heroica. Son los nuevos “últimos de Filipinas”.

jueves, 25 de octubre de 2018

365 QUEJÍOS (178) – IDEOLOGÍAS DE GÉNERO VS PEDOFILIA


Cuando uno ha visto lo que ha visto, tiende a ponerse en lo peor y a prever de manera anticipada lo que puede ocurrir a la vuelta de pocos años. Recuerdo por ejemplo que, entre 1975 y 1977 fueron asesinados o resultaron heridos, más de una docena de Guardias Civiles al retirar ikurriñas que estaban ligadas a una carga explosiva. ¿Y todo para qué? Para que la ikurriña se legalizase al cabo de pocas semanas. ¿Qué le contamos ahora a los familiares de las víctimas, a los mutilados o a los muertos? ¿Qué han muerto por nada? Y es que, a veces, las leyes de un Estado cambian y lo que ayer era delito, mañana deja de serlo. De hecho, a las estatuas de la Justicia, más que con una venda y una balanza (como si los tribunales fueran una tienda ultramarinos despachada por una de la ONCE) como atributos simbólicos, le correspondería una ruleta de la suerte. No me voy a quejar de esto, sino de otras evoluciones previsibles que se anuncian en el horizonte en relación a las ideologías de género.

Vivimos tiempos de rebajas por fin de temporada. La “civilización occidental” cuyas bases nacieron hace 2.700 años en la Grecia clásica, están -vale más que nos hagamos a la idea- desapareciendo. Un par de generaciones más y serán recuerdo en una Europa mestiza (seguirá existiendo una África africana, un Asia asiática, pero Europa será cualquier cosa menos europea porque solamente aquí (aquí y en EEUU) las ideologías del mestizaje y de la interculturalidad se han convertido en oficiales. El “maridaje” entre la filosofía clásica y el animismo africano es, créanme, tan imposible como entre Beethoven y el tam-tam. Así que, en mi óptica de conservador con poco que conservar, lo que resulta de este mestizaje, será cualquier cosa, menos superior a la cultura de nuestros padres. Supondrá, no ya el descenso de un peldaño en la escala cultural, sino la pura y simple ruptura de la escalera con batacazo final. Y esto vale también para las ideologías de género.

Arriba de todo, al final de la escalera, en el último peldaño podemos situar al mundo clásico, apolíneo por un lado, sereno y hecho de medida y armonía, que tenía su complemento orgiástico y báquico aportando ritmo. Si el mundo clásico ha sido algo es ritmo, medida y armonía. Y basta ver nuestras catedrales para comprobarlo. Luego, esa escalera tiene un peldaño final: el mestizaje que es como si la escalera se hiciera mil pedazos y dejara de existir. Más abajo del mestizaje sólo existe el caos.

La ideología de género, a diferencia del freudismo o del feminismo derivado del sufraguismo, incluso a diferencia de la ideología gay en sus primeros pasos, no nos propone vivir el sexo (que, por cierto, es lo mejor que puede hacerse con el sexo) sino “rectificar” la sexualidad. Los gays y las feministas del siglo XX reivindicaban derechos. Querían que sus hábitos sexuales no fueran objeto de condena moral, ni mucho menos tuvieran repercusiones legales. En sus primeros pasos, su lucha consistía en evitar que su opción sexual fuera discriminada por la ley. Y eso parecía justo: ¿por qué no iban a votar las mujeres? ¿por qué iba a estar penado, como lo estaba, el realizar sodomía en el interior del matrimonio incluso con el consentimiento de la esposa? ¿por qué el destino de un sodomita tenía que ser la cárcel? ¿por qué se iba a discriminar a una mujer en el trabajo por el hecho de serlo? ¿por qué iba a necesitar el permiso de su marido para aprender a conducir? Preguntas que hoy están resueltas y que han llevado a la “igualdad” en materia sexual.

Pero todo esto no eran “ideologías de género”, sino de “grupos sociales” (no solo eran ideologías en torno al sexo, sino minusválidos, okupas, porreros, ecologistas, incluso de psiquiatrizados). Pretendían rectificar la actitud de la sociedad ante “sus” problemas y ante lo que a ellos les hacía “diferentes”. Se podía pensar lo que se quisiera de todos estos “grupos sociales”, pero, hay que reconocer que respondían a cuestiones reales que afectaban a algunos sectores de la sociedad.
Ya en cierto feminismo de los 60 (el grupo norteamericano WITCH) se observaban algunos comportamientos y actitudes que podríamos llamar “maximalistas”: lo suyo, sus propuestas, no solamente eran “diferentes”, sino que en ellas se advertían dos rasgos. Uno era el odio hacia el varón -mucho más que las reivindicaciones concretas-, el otro era cierto afán “misional”: querían extender sus propuestas sobre la superioridad de lo femenino a toda la sociedad y de manera radical. Aquello llamó la atención, pero fue un fuego de paja. Poco después de su creación, el grupo WITCH estalló y algunas de sus miembros volvieron al feminismo moderado y otras se dedicaron a estudiar, en el ámbito de la “new age”, la espiritualidad femenina. Y pasó el tiempo.



En España no nos dimos cuenta de lo que estaba ocurriendo hasta que José Luis Rodríguez Zapatero llegó al poder. A partir de entonces, su “cruzada” (porque se trató de una verdadera cruzada), fue por forzar un cambio social. No se trataba ya de aceptar el feminismo o de que nos tuviera sin cuidado el que fulanito o menganito fueran gays. Se trataba de rectificar las pautas de la sociedad, no solamente para que esto lo considerásemos “normal”, sino que se convirtiera en el estándar de normalidad. La igualdad debía de ser TOTAL. Cualquiera que hablara de diferenciación hombre-mujer debía ser considerado hereje y sus palabras, anatema. Se inventó un término: “discriminación positiva”. No se trataba ya de que las mujeres pudieran optar a ser “directoras generales” de las empresas o a estar presentes en las listas electorales, sino que, necesariamente, todos estos sectores, por ley, debía de registrar la presencia de un 50% de mujeres. Lo contrario vulneraría la legislación vigente.

El zapaterismo hizo algo más que negar la “especialización” que la biología da a los distintos géneros dentro de una misma especie: quiso alterar y modelar la sociedad borrando los roles sociales de ambos sexos. Si un “matrimonio” era la unión de un hombre y de una mujer para procrear, a partir de ahora, un matrimonio sería una “pareja” sin distinción de sexo. Lo cual parecía justo a condición de que una “pareja” siguiera llamándose “pareja” y no matrimonio y a que los derechos de las parejas no fueran exactamente los mismos que los del matrimonio. Porque, de eso se trató en el zapaterismo, a fin de cuentas.

Unos pocos gays quisieron “tener hijos”… ¿Era la pareja homosexual el marco más adecuado para una adoptación? Muchos pensaban que no. Es más, sabían que, desde siempre, existían unas normas muy estrictas -incluso demasiado- para formalizar adopciones. Pero, con el tiempo, las exigencias se habían ido rebajando y, finalmente, cuando llegó Zapatero, aparecieron empresas especializadas en adopciones que compraban sus “productos”, ya fabricados, en el Tercer Mundo, rigiéndose por el principio del comercio: comprar barato – vender caro. Y luego estaban los vientres de alquiler que también suponían el pago, libremente aceptado, de una cantidad por nueve meses de “trabajo” de gestación, contra entrega del recién nacido… Algunos podrían considerar todas estas prácticas como repugnantes, pero para el zapaterismo suponían la posibilidad de ser recordado como un “gran reformador social”.

El problema de las adopciones de niños por parte de parejas gays (como de cualquier otra adopción realizada a la ligera) eran los casos de pedofilia: la atracción sexual que los menores de edad tienen para algunos individuos. Atracción irreprimible que llega a situaciones extremas. Tal era el riesgo. Y mientras los servicios policiales iban desarticulando cada vez más redes de pedofilia (y en gran medida, de pedofilia homosexual), el gobierno cada vez facilitaba más y de manera más fácil las adopciones por parte de parejas gays. Se nos dijo que no existían relaciones entre unos y otros fenómenos. Y la sociedad, que tenía que superar la crisis económica de 2007 no se preocupó más del tema.

Ahora -y llegamos al momento actual- se dan dos fenómenos: el primero es la introducción de la asignatura de “educación sexual” desde el parvulario y el segundo, lo que ya han denunciado, algunos policías de la Unidad de Investigación Tecnológica, que existe un movimiento mundial que considera la pederastia una orientación legítima, y aseguran que en el futuro se acabará legalizando, como ha terminado ocurriendo con la homosexualidad”… No lo decimos nosotros, sino que lo dice un policía que lleva años investigando redes de pedofilia.

Porque vamos a eso: en el límite extremo de las ideologías de género, lo que existe es una tendencia, por todos los medios, a desdramatizar e integrar en el patrimonio “cultural” de la modernidad, la pedofilia, como antes se ha hecho con el cannabis y de la misma forma que se hizo ayer con la ikurriña (salvando distancias, claro está). Lo que ayer era delito, hoy ha dejado de serlo y mañana, estará “normalizado” y, pasado, estén seguros, se priorizará.

No creo que sea un exceso decir que la pedofilia está en el límite de las ideologías de género y que, en el momento en el que una sociedad se pregunta “¿a fin de cuentas, porqué no podría ser la pedofilia consentida una forma más de ejercicio legítimo para ejercer la sexualidad?”, esa sociedad está condenada a la extinción. Una sociedad se extingue cuando pierde sus puntos de referencia, cuando liquida todo su sistema de identidades (incluida la sexual).



jueves, 18 de octubre de 2018

365 QUEJÍOS (171) - ¿ES EL NEO-FEMINISMO UNA ENFERMEDAD MENTAL (o solamente una enfermedad?


En Sant Pere de Ribes, existe la Calle de la Milana. La llamada “Milana”, era mi bisabuela. Dejó huella en el pueblo hasta el punto de que se perpetuó su memoria en una calle situada junto a la casa en la que vivió, allá arriba casi al final de la Calle del Pino. Se trataba de una mujer enérgica, que diariamente se montaba en el caballo, lo espoleaba y al galope llegaba cubría los cuatro kilómetros distantes hasta la masía de Mas Milà de la Crivillera, donde cultivaba viña. Ni era sufraguista, ni mucho menos feminista: pero era respetada en el pueblo, mandaba, le obedecían hombres y mujeres y, para colmo, tuvo cinco hijos y un feliz matrimonio. Esta pequeña historia familiar me sirve para quejarme de esas neo-feministas de hoy, perdidas en sus delirios antipatriarcales y en sus neurosis sexuales que nunca, absolutamente nunca, serán ni tan libres, ni tan respetadas, ni tan femenina como fue “la Milana” en un pequeño pueblo de El Penedès en las últimas décadas del siglo XIX y la primera del XX.

Creo interesante reconstruir una perspectiva histórica del recorrido realizado por las ideologías antipatriarcales desde el último cuarto del XIX hasta nuestros días.

La primera aparición de esta ideología fue el sufraguismo. Aquellas mujeres aspiraban a votar en un momento en el que solamente podían votar algunos varones (no todos, si sus ingresos eran inferiores a cierto tope). Parecía normal que lo reivindicaran. Aunque hubiera sido mucho más razonable reivindicar que el “sufragio universal” se extendiera a todos, hombres y mujeres. Pero a las sufraguistas solamente les interesaba su género. Es curioso que entre ellas encontremos a muchas que alternaban esta militancia con su presencia en las logias masónicas mas ubicadas a la izquierda (una de ellas, Marie Deraismés fue co-fundadora de la obediencia Derecho Humano que aún existe, incluso en España, como representante de la masonería más izquierdista) o bien a agrupaciones ocultistas que difundían las más peregrinas tesis “seudo espiritualistas” (la propia Annie Besant, presidenta de la Sociedad Teosófica, era una de ellas). Desde entonces, siempre ha existido una “componente mágica” en el feminismo. También encontramos feministas (o, mejor, sufraguistas, hablando con propiedad) en el espiritismo norteamericano y europeo situado en el gozne entre los dos siglos.


Seamos claros: es cierto que el papel de la mujer en la sociedad burguesa del XIX era muy secundario y que el drama estaba en el escalón social inferior: cuando la mujer proletaria tenía que trabajar en casa, cuidar de los niños y hacer otro tanto como empleada de cualquier hilatura. No fue éste el mejor momento para la mujer, especialmente para la “mujer proletaria”. Tampoco favorecía el mito bíblico del pecado original, transmitido por el Génesis mosaico a las religiones monoteístas en el que la mujer quedaba como la tontorrona que se comía la manzana y difundía el “pecado original” condenando a la humanidad a este valle de lágrimas.

Llegó la Primera Guerra Mundial y millones de hombres fueron movilizados en los frentes. La mujer debió de ocupar los puestos libres en las fábricas. No es extraño que, luego, tras la guerra se le reconocieran algunos derechos: en realidad, solo uno, de votar. Era poco, pero era algo. Y lo más interesante: se le concedió no gracias, precisamente, a las izquierdas, que preveían que el voto femenino favorecería a las fuerzas conservadores, como así ocurrió en la España de noviembre de 1933 que volcó el clima generado desde el 14 de abril de 1931, cuando el país quedó en manos de las izquierdas quemaconventos y matacuras (las calificamos así, simplemente, porque esta era la imagen de marca que les gustaba tener, especialmente tras los incendio de mayo de 1931 de iglesias).

Resulta difícil aceptar hoy que se llame “feminazis” a las feministas más odiosas, si tenemos en cuenta que la mujer se insertó completamente en la sociedad, yendo más allá de su derecho al voto, en la sociedad alemana construida durante el Tercer Reich. A ello contribuyó el que los “machonazis” prosperaron en grandísima medida gracias a la mujer: Hitler tenía un don especial para interpretar en sus discursos los problemas de las mujeres alemanas y les hablaba como alguien que las comprendía. Cuando algunas de ellas, se convirtieron en grandes personajes del Reich (imposible hablar de la documentalística y de la cinematografía alemana sin tener en cuenta a Leny Riefensthal o los progresos en la aviación a reacción sin recordar a Hanna Reitsch), o cuando se revisan las publicaciones de la época y se comprueba que en los campamentos de juventud y en los congresos del partido nazi, la igualdad parecía haberse conseguido y las jóvenes que lucían los emblemas de las organizaciones de juventud, todo induce a pensar que no se trataba precisamente de “feminazis” guardianas de siniestros campos de concentración, sino de, digámoslo ya, mujeres libres.

El final de la Segunda Guerra Mundial supuso una época de progreso indefinido (los “treinta años gloriosos”, de 1943 a 1973, en los que la economía mundial creció y creció más y más). Entonces se produjo un fenómeno interesante. La ley de la oferta y la demanda se empezó a aplicar al mercado laboral: si más trabajadores aspiraban al mismo puesto de trabajo, el patrono podía ofrecerles un salario más bajo que, de otra manera no aceptarían de optar solamente un trabajador a un puesto de trabajo. Y la cuestión era que la mujer suponía el 50% de la sociedad. Generar que ese 50% entrara en el mercado laboral suponía, simplemente, abaratar los costes salariales y tender a que los salarios se redujeran, aumentara el dinero circulante en forma de salarios y, por tanto, aumentara el consumo. No puede extrañar, por tanto, que tras la Segunda Guerra Mundial, en el mundo anglosajón especialmente se empezara a reivindicar la noción de “igualdad”. Dicho de otra manera: las mujeres en la segunda mitad del siglo XX, ocuparon el mismo papel que ocupa ahora la inmigración: depreciar el valor de la fuerza de trabajo, tirar a la baja de los salarios, para permitir rebajar los costos y aumentar los márgenes de beneficio.

Pero, a mediados de los años 60, era preciso transformar esa tendencia del capitalismo en ideología para la mujer. No puede extrañar el que, a partir de entonces, el nacimiento del feminismo moderno fuera auspiciado por las fundaciones capitalistas y por los círculos de influencia (Bildelberg, Trilateral, Club de Roma, etc.). Gracias a ello el feminismo vio cómo aumentaba su influencia y su peso. Era evidente que se apoyaba en algunas reivindicaciones realistas (en algunos países occidentales, la mujer era jurídicamente dependiente del marido, incluso para sacarse el carné de conducir, residuos todavía de la sociedad y del paternalismo burgués del XIX), pero el énfasis se ponía en “la mujer trabajadora”, es decir, se la estaba incitando a que ingresara en el mercado de trabajo, para que así -se decía- pudiera ser independiente económicamente y no tuviera que estar sometida a los caprichos del cabeza de familia que era quien traía el dinero a casa y quien lo administraba. Lo justo, ocultaba el interés ampliar el mercado de trabajo para garantizar salarios cada vez más bajos y beneficios cada vez mayores.

Hacia los años 80-90, daba la sensación de que el feminismo remitía, simplemente, porque se había logrado alcanzar la igualdad. Era cierto que la mujer cobraba menos… pero también era cierto que en las profesiones de mayor valor añadido y en las escuelas técnicas, la mujer estaba casi ausente (en 1975 en la Escuela de Ingenieros de Barcelona, sobre 2.000 alumnos, apenas figuraba media docena de chicas y, aún hoy, en profesiones técnicas la mujer sigue siendo minoritaria… a diferencia de entre el funcionariado, las carreras de letras, derecho y especialmente psicología en donde tiende a ser mayoritaria, es decir, en carreras excesivamente extendidas y, por tanto, con salarios más bajos. Así pues, en los años 90 daba la sensación de que el feminismo había perdido su razón de ser. Por lo demás, las manifestaciones feministas habían remitido.


Y, de repente, ocurrió lo inesperado. Empezó a hablarse de la violencia contra la mujer. Esa violencia existía… pero no en las sociedades occidentales, sino que estaba siendo traída por las oleadas de inmigrantes procedentes del Tercer Mundo en donde, la mujer era desconsiderada y frecuentemente sometida a condiciones medievales de vida, tiranizadas por maridos que las tenían como objetos de su propiedad (mundo magrebí), sociedades en las que el alcohol hacía estragos y generaba violencia (sociedades andinas) o simplemente, sociedades en las que la no existía el concepto de “familia” y la mujer esa, simplemente, un conjunto de agujeros para generar placer del varón (sociedades tribales africanas). ¿Violencia doméstica en Europa? Existía, pero residual: ninguna sociedad, por civilizada que sea, puede evitar tener un porcentaje mínimo de psicópatas que generen actos de violencia. El único elemento sociológico que permitía explicar la violencia doméstica era, simplemente, la llegada masiva de inmigrantes.

En 2004 la situación era la siguiente: ZP, sorprendió a todos con sus medidas: una nueva ley del aborto, una nueva ley sobre violencia doméstica, una revisión de la ley del divorcio, medidas para desvalorizar la familia heterosexual, medidas en favor del mundo gay (en especial en la sensible materia de adopción), pero, sobre todo, lo que sorprendió era el nuevo clima creado. En efecto, las reivindicaciones de la izquierda sobre los derechos de la clase obrera habían desaparecido y se centraban ahora en los derechos de la mujer y en los derechos de la inmigración. Eso era todo. Algo tan absurdo y tan inadaptado a las sociedades occidentales solamente podía tener otro origen, extraueropeo.

Peor fue en la década siguiente, la actual, en la que irrumpió un neo-feminismo, agresivo que parecía el extremo límite del que había llegado con el zapaterismo. Su teorización era inexistente, se reducía a un conjunto de consignas y, sobre todo, a suscitar imágenes de odio incondicional hacia el varón: ya no se trataba de igualar en derechos al varón, sino de castrarlo, de someterlo, de eclipsarlo y de… feminizarlo. Lo que está detrás de esa “ideología” no es una serie de razonamientos encadenados y concatenados, sino un impulso irracional y extremo, que entra dentro de las componentes culturales de la modernidad, no tanto por su calidad argumental, sino porque se le ha dado cancha en los medios de comunicación. La mayoría de sus exponentes precisan asistencia psiquiátrica a tenor de sus razonamientos. Son los síntomas de una enfermedad del siglo XXI: la irrupción del irracionalismo y la superstición en la vida social. Tenía, una vez más, razón Oswald Spengler cuando decía que, tras la caída de la religión tradicional, no sobrevendría un período de racionalidad, sino de supersticiones y creencias insensatas. Y, no menos razón tenía Julius Evola, al proclamar que nuestra civilización vivía de todo lo que las anteriores habían rechazado como simple basura.

¿Qué ha ocurrido para que esto sea así? Si el feminismo de los años 60 estaba aupado por las necesidades objetivas del capitalismo, éste es de otra pasta: sus impulsores son otros. Hay que buscarlos en las supersticiones de algunos mandatarios de la UNESCO, atrincheras en sus cargos burocráticos desde su fundación que opinan que estamos entrando en una “nueva era” (la famosa new age) y que esta era está marcada por la sustitución de los mitos de “Piscis” (el cristianismo) y su complementario, “Virgo” (la virgen que ocupa un papel central en el catolicismo tras el Vaticano II y cuyo papel creció desde el Vaticano I con la proclamación del “dogma de la Inmaculada Concepción”), por la nueva era de “Acuario” en donde regirá… la mujer y se tenderá a la desvalorización de lo masculino.

Estos delirios ideológicos son los que han dado pie a las “ideologías de género”. Basta con leer el boletín de la UNESCO y seguir las informaciones diarias para ver que, tras esa hojarasca de seleccionar “patrimonio de la humanidad”, “patrimonios inmateriales de la humanidad” y demás, lo esencial es la “ingeniería social” y lo que, en esos círculos se llama, “ayudar al parto de la nueva era”.

Se cierra, pues, un círculo: si las primeras sufraguistas eran, frecuentemente, ocultistas y espiritistas, si el feminismo norteamericano de los años 60 tendía con frecuencia a exaltar el papel de la “witch” (bruja) y la espiritualidad femenina, el neofeminismo actual, tiene como principal promotor a la secta, derivada del teosofismo y que tiene a Alice Ann Bailey como inspiradora (sus obras, decía, que estaban escritas por “clariaudiencia” y dictadas por los “guías espirituales de la humanidad”). De una superstición a otra, pasando por el mito de la bruja como quintaesencia de la mujer… 
¿Díganme si no es para quejarse de toda esta locura?

viernes, 5 de octubre de 2018

365 QUEJÍOS (160) – SEXO: ABOLIENDO IDENTIDADES


Les contaré una historia carcelaria. En mis quince meses de encierro en la destartalada cárcel Modelo de Barcelona en 1986-87 (por un simple delito de manifestación ilegal fui condenado por un juez que no pudo condenarme a otra cosa más que a dos años de prisión y retenido el máximo posible por el Departamento de Justicia de la Generalitat, siendo primera -y única- condena y no reconociéndose los 3 meses de preventiva que hice en Meco por la misma causa...), conocí a varios transexuales y travestidos que, en un universo tan pequeño, suscitaban cierta curiosidad. No estaban en la cárcel por su condición sexual, sino, simplemente, porque habían hecho alguna trastada. Y algunos habían cometido enormidades. La sensación que me produjeron todos ellos era de cierta conmiseración por lo que habían hecho con su cuerpo y por lo que querían hacer, unido a la sensación de que estaban, literalmente, como las maracas de Machín. Tengo por cierto que –al menos los que conocí- precisaban más asistencia psicológica que pasar por el quirófano. Me quejo de que hoy, pasan por el quirófano con una facilidad pasmosa y a cargo de la Seguridad Social. Los procesos de castración, de transformación del pene en un seudovagina artificial, la hormonación permanente y los chutes de bótox, unidos a aumentos de pómulos, colocación de prótesis para imitar las curvas femeninas, se realizan –en buena medida- a cargo de la sanidad pública, mientras usted y yo debemos pagarnos los gastos de dentista y un número creciente de fármacos de uso común.

Los impulsos sexuales dependen de los equilibrios hormonales: no de los gustos ni del carácter; estos son un reflejo de nuestras secreciones hormonales. De los gustos dependerá si las preferimos pequeñitas y nerviosas o ellas tipos velludos o depilados. Pero lo normal, en la nuestra y en cualquier otra especie animal, lo habitual es encontrarse con que hay dos géneros y, gracias a ellos y a la pulsión sexual derivada de nuestro sistema hormonal, se manifiesta el instinto de reproducción que garantiza la perennidad de la especie. Y es que somos animales y como animales nos comportamos (en el mejor sentido de la palabra, faltaría más).


Por algún motivo siempre han existido individuos atraídos por los de su mismo sexo. ¿Motivos? Muchos, por supuesto: psicológicos, sociológicos… bien, en algunos momentos históricos se han integrado mejor en la sociedad y en otros han sido criminalizados y excluidos. Pero de lo que no cabe la menor duda es que la reproducción en todas las especies biológicas queda garantizada por la unión de los dos sexos y que el hecho de que una vaca simule montar a otra, a falta de toro, como cualquiera que ha vivido en el campo sabe, no deja de ser una curiosidad que se produce en situaciones en las que no es posible la relación normal con el otro sexo. Porque el sexo sirve para la reproducción y… para el placer, por tanto, no es descartable que alguien juzgue, por los motivos que sea, que puede obtener más placer del mismo sexo. Servidor llegó a ver a un preso que guardaba las lonchas de mortadela para cubrir el interior de un agujero que primorosamente había practicado en la pared y… penetrar el muro colocando un desplegable del play-boy delante. Así que uno está curado de espantos y sabe que en esto del sexo, como en botica, hay de todo y más. Pero hay algo que no se nos debe escapar, a saber: que en la actualidad el nivel de homosexualidad es mayor que en cualquier otro momento de la historia. Esta opinión -que no es discriminatoria, sino la simple constatación de una realidad- debe hacernos meditar, si es que en el actual momento se puede meditar en libertad.

Cuando se produce un nuevo fenómeno en las sociedades, es que existe alguna causa que lo provoca. Limitarnos a constatarlo es lo primero y es en lo que hoy se justifican las “ideologías de género”… que no se preguntan por los motivos. En 2000 o 2001, los biólogos vascos abordaron una investigación interesante: el cambio de sexo de las gambas de la ría de Bilbao. Se producía espontáneamente. Concluyeron que se debía a los vertidos tóxicos que modificaban su equilibrio hormonal. Significativo. Una anomalía. No podemos condenar a la gamba por cambiar de sexo como de zapatos, pero sí podemos impedir la causa que le provoca esta actitud.

También habría que valorar si la idea de “igualdad” entre los sexos no contribuye a disminuir la “tensión sexual” entre hombre y mujer que, en el fondo, es la fuente de la atracción y conduce a la unión. Si la mujer es completamente “igual” al hombre y viceversa, entre ambos no puede existir diferencia de potencial que genere “chispa” y, en el límite, si los sexos son iguales absolutamente iguales, como sostienen las “ideologías de género”, no existirán dos sexos sino uno. Y ya tenemos, de un plumazo, borradas las identidades sexuales. A partir de ahí todo es posible, incluso que los “animalistas” llamando a la puerta y proclamando los derechos de los primates, fotocopiados de los "derechos humanos".

Si a mi nieto de dos años le gustan las chicas de su edad, preferentemente rubias y juguetonas, no es por casualidad, es porque, simplemente, ha nacido así. Es su naturaleza. Si uno de mis hijos, a las pocas semanas de nacer vio, en la tele una chica ligera de ropa y nos sorprendió con su primera erección fue porque, “de fábrica”, el bagaje biológico con el que llegamos nos induce a estos comportamientos.  Hasta ahora, esto era lo normal y nadie se sorprendía. Teníamos “identidad sexual” definida y sabíamos qué hacer con ella (servir al instinto de reproducción uniéndonos al otro sexo y teniendo hijos formando con ellos una familia que tenía como objetivo generar el marco antropológico esencial para poder educarlos, criarlos y mantenerlos; la familia, se la definía, con razón, como “la célula básica”). Luego vino la teoría de los nuevos modelos familiares: todo valía y todo era igualmente válido para ese fin. Se criticaba a “la familia” y se traspasaban los defectos de la “familia burguesa” a toda forma de vida de las parejas heterosexuales. Hoy sigue sin estar demostrado que esta doctrina sea beneficiosa para los hijos y si nos atenemos a la inestabilidad creciente de las sociedades, cuestionar su eficiencia parece casi una exigencia. A esto se unía el problema de la infertilidad creciente alcanzada también por uso e ingesta de pesticidas, vermicidas, fungicidas, etc que ingerimos o respiramos y por un estilo de vida caracterizado por la inestabilidad y la inseguridad. Lo que obligaba a quienes experimentaban la paternidad como una necesidad, a adoptar. Y eso está muy bien. Se ha hecho en todas las épocas, sin embargo, sólo en la nuestra ha adquirido un rasgo perverso: la “oferta” corre a cargo de empresas especializadas, literalmente, en comprar niños a bajo precio -¿en África, en Asia, en los alrededores de Chernobyl?- y “venderlos” como objetos de lujo en Europa. Todo sea por el mestizaje y por la cuenta de beneficios. ¿Y la dignidad? ¿Dónde queda la dignidad del "producto"?

https://www.amazon.es/George-Iv%C3%A1novich-Gurdj%C3%ADeff-Vida-Herencia/dp/1521936706

Y para colmo están los que sienten que su sexo es otro y quieren cambiarlo como se cambia una fregona o una tostadora. Sí, supongo que esto de sentirse encerrado en un cuerpo y notar que no corresponde al propio sexo, no debe ser un plato agradable de degustar… pero es que el sexo depende de los equilibrios hormonales y quizás con unas pastillitas y algo de asistencia psicológica, se cambiarían las preferencias. En la cárcel, ese universo pequeño y cerrado en el que nada pasa desapercibido, he podido ver cómo cambiaban esas preferencias en los sujetos afectados y en muy poco tiempo: he podido conocer a presos que un día se despertaban y se vestían de mujer y al día siguiente lo hacían de hombre. He podido ver en el patio de la galería a tipos mostrando en el cuerpo colgajos de carne caída que en otro tiempo habían estado rellenos de prótesis imitando senos femeninos. He visto, como el Roy de Blade Runner, no "naves en llamas mas alla de Orión", sino travestís tan preocupados por su dosis de dosis de hormonas que estaban dispuestos a hacer cualquier cosa para obtenerlo; otros me han explicado que buscaban la castración y que conocían a un cirujano que les convertía por arte de birlibirloque un pene, arrugadillo él, en profunda vagina que me mantendría fresca a base de vaselina. He oído a otros que polemizaban con ellos afirmando que ellos jamás llegarían hasta allí, porque con el tiempo, esa vagina falla más que una escopeta de feria y tiende a cerrarse… Después de todas estas experiencias directas y vividas comprenderán que no crea mucho en esto del cambio de género y piense que un tratamiento farmacológico y asistencia psiquiátrica bastarían para resolver el problema en lugar de abrir las puertas del quirófano a la primera de cambio y pagar los costosos tratamientos de cambio de sexo y de apuntalamiento hormonal permanente a cargo de la seguridad social

Algo está fallando en nuestra sociedad y algo torpedea cualquier forma de identidad, incluida la sexual. Parece bastante claro que el origen de esta tendencia es, inicialmente, la introducción de combinados químicos en nuestra alimentación que generan este tipo de daños colaterales y, en segundo lugar, como consecuencia de esto, la aparición de las “ideologías de género” que, en lugar de denunciar que algo anómalo está ocurriendo con nuestra sexualidad y tratar de remediarlo, se contentan con construir una superestructura ideológica justificativa que hace de la necesidad, remedio.

Casi todo vale, desde luego, y nadie debería ser condenado por su opción sexual: pero el sexo no es un capricho, deriva de la biología y, en concreto, de nuestro sistema hormonal. Si algo modifica este bagaje biológico, no se trata de justificar sus consecuencias, sino que sería más razonable tratar de anular la causa. Me quejo de que nadie –salvo algunos investigadores a los que nadie lee sus artículos especializados- llama la atención sobre lo segundo, mientras que los medios optan unánimemente por lo primero. Y es que, a fin de cuentas, el sexo no es un capricho sino una lotería biológica: no se elige sexo como quien elige si llevar patillas dejarse bigote; se recibe y lo más normal sería aceptarlo tal cual llega.
   
http://eminves.blogspot.com/2018/09/p.html