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jueves, 17 de enero de 2019

365 QUEJÍOS (245) – ALGO ESTÁ CAMBIANDO EN EL MUNDO (1 de 3)

Hay que leer las páginas económicas y, sobre todo, los informes especializados que no llegan a la prensa, para advertir que en estos momentos se están produciendo cambios en la tendencia económica que afectarán a nuestro futuro. Y son cambios en cadena. Ya resulta difícil entender cómo, al producirse la primera gran crisis de la globalización, en 2007-2008 (negada hasta la saciedad por un tontorrón llegado de carambola a la presidencia del gobierno en España) los gobiernos de todo el mundo no adoptaron medidas al comprobarse que el mundo era demasiado grande y, sobre todo, demasiado desigual para que existiera -en ese momento- una economía mundial globalizada. Pues bien, ahora nos aproximamos a la segunda gran crisis de la globalización. Si los gobiernos que comían de la mano de los “señores del dinero” que eran los que dictaban las reglas del juego (y las siguen dictando), en esta segunda, algo está cambiando también en el terreno político.

En efecto, lo que está ocurriendo en estos momentos en Francia -la revuelta de los “chalecos amarillos” frente a la que la “revolución de mayo” del 68 fue un juego de niños y la “intifada urbana” de 2005 no pasó de ser una travesura de las “bandas étnicas”- indica que las clases medias ya no pueden más: en un tiempo récord, el “presidente” Macron se encuentra en las horas más bajas que haya sufrido un mandatario francés después de la derrota ante Alemania en junio de 1945… ¿Qué ocurre? Ocurre algo tan simple como que el electorado va por un lado y el poder económico intenta ir por otro: Macron no es más que el delegado del poder político que, amparado por la Brunete-mediática se encaramó en la presidencia engañando al electorado y contándole que podía solucionar sus problemas. Luego, una vez en el poder, ha decepcionado a todos sus electores. Sí, esto es algo normal en política, pero, a fuerza de hacerse una y otra vez, el electorado ha ido cambiando, gustos, preferencias y actitudes.

Si miramos en el mapa de Europa se cumple lo que auguramos cuando se inició la crisis económica de 2007-2008: ésta sería, inicialmente, sólo económica, pero al generar un volumen de paro insoportable y, consiguientemente, de malestar social, mutaría en poco tiempo en crisis social y, de persistir, terminaría siendo una crisis política. Entonces -y pueden leerse todos los artículos que escribimos en aquellos momentos- nos fijábamos solamente en España, pero ahora podemos constatar que se ha tratado de un efecto mucho más amplio que abarca a toda Europa e incluso al continente americano: ahí están Bolsonaro y Trump en sus cargos evidenciando que la crisis social ha llevado directamente a un cambio de orientación político.

Porque una cosa era que estallara la “burbuja inmobiliaria” (primera fase de la crisis) y que, en la fase actual, el grueso de las viviendas ya no sea comprada por ciudadanos de a pie, sino por grupos económicos que las destinan al turismo o bien se trata de clientes de “alto standing”. El fenómeno de las microcasas en los EEUU o de los pisos compartidos en España (1.000 euros por cuchitriles en los que se albergan tres treintañeros, algo habitual en Barcelona), la incapacidad para formar familias (que no se resuelve publicitando los “nuevos modelos familiares” o con inmigración masiva), los bajísimos niveles de ahorro, la pérdida constante de capacidad adquisitiva y el hecho de que los ciudadanos que tienen una nómina se vean presionados por impuestos cada vez más asfixiantes destinados a pagar a Estado que no quiere enterarse de que la olla a presión social está a punto de estallar, por no hablar de una España inviable con 17 autonomías, todo esto son algunos de los elementos que ya conocemos y que están presentes en nuestra sociedad generando un malestar social creciente. Y lo peor está por venir: cuando la robótica reduzca sistemáticamente los puestos de trabajo, cuando los repositores de los supers se vean sustituidos por robots, las cajeras por chips que calculen automáticamente el costo de la compra con solo pasar cerca del lector, cuando los oficios de la construcción sean sustituidos por prefabricados, cuando los servicios de correos, mensajería y logística, sean realizados por drones y los taxis por coches dirigidos por GPS, cuando los trabajos agrícolas terminen de ser sustituidos completamente por máquinas y, finalmente, cuando la inteligencia artificial pueda reducir el número de técnicos, incluso de abogados, no bastará solamente con autorizar el consumo de cannabis para tener a la población tranquila y somnolienta.

Pero hay algo más: el precio de la gasolina no puede dejar de crecer y, si bien es cierto, que en breve buena parte del parque móvil será híbrido, no es menos cierto que aviones y barcos de mercancías jamás podrán prescindir del combustible fósil… que se va acabando y que, consiguientemente, iniciará un ascenso continuo. De hecho, ya está ascendiendo. Y esto hace que lo que hasta ahora resultaba rentable (fabricar palillos en China y traerlos a Europa en barco), a partir de ahora ya no resulte tan rentable (y sí lo sea, por ejemplo, comprarlos en Polonia). Por increíble que pueda parecer, las cifras del comercio mundial están variando: ¿qué está pasando? Muy simple: la globalización retrocede, la regionalización aumenta. Era evidente que esto podría ocurrir y, de hecho, los economistas de la “revolución conservadora” alemana de los años 30, ya habían previsto ese fenómeno: allí en donde los economistas modernos creen haber inventado la pólvora con la noción de “regionalización”, los economistas alemanes que luego se pusieron al servicio del Tercer Reich le llamaban “economía de grandes espacios”: Europa era uno de ellos. Pero la Europa que se construyó después de la guerra ha terminado siendo una pieza más de la globalización.

Copio y pego de La Vanguardia de hoy: “los intercambios globales han dado en los últimos años un paso atrás, para dejar mayor espacio a las importaciones y exportaciones que tienen lugar en un área regional delimitada”... Es la economía de los “grandes espacios”. El flujo del comercio mundial ha bajado en los dos últimos años a la mitad. Los bienes que se venden al exterior están en todo el mundo en declive. Esto ha hecho que el PIB mundial que, en 2007 estaba en el 28% haya descendido hoy al 22,5%. Incluso la deslocalización está en declive: en la actualidad, sólo el 18% de los intercambios obedece a esta lógica de producción barata y esta externalización sólo afecta al 3% de la fuerza laboral global. En otras palabras, casi ocho de cada diez unidades de consumo que se importan y exportan hoy en día y no sigue el recorrido países de bajo coste-economías avanzadas.

¿A qué se debe este fenómeno? La explicación que da la consultora McKinsey es muy fácil de entender: los países emergentes consumen ahora cada vez más lo que fabrican. Para el 2030, su población representará la mitad de la demanda mundial. Las mercancías no tienen hoy tanta necesidad de desplazarse: se quedan dentro. Es el caso de China. Hoy los chinos tienen cada vez más poder adquisitivo. En el 2007 China vendía al exterior el 17% de lo que producía. Diez años después, sólo el 9% (en Alemania el porcentaje es del 34%). Pensemos en los móviles: hoy los chinos pueden encontrar marcas locales sin tener la necesidad de comprar una extranjera.

Y luego está la logística: las rutas transoceánicas que hacían que fuera más barato un pantalón producido en Bangladesh y vendido a Europa que uno fabricado in situ en el Viejo Continente están cambiando su rumbo. La consultora ofrece cifras concretas: “Desde el 2013, el porcentaje del comercio intrarregional sobre los intercambios globales ha subido un 2,7% (a costa de las operaciones comerciales que tenían lugar entre regiones alejadas), llegando casi a la mitad del total”. Por el contrario, se ha detectado un aumento del comercio en las áreas homogéneas, como la Europa de los 28 y en el seno de la región Asia Pacífico. Para Mc Kinsey “la regionalización es tangible en aquellas cadenas de valor innovadoras, donde ahora hay que integrar los proveedores más próximos”. Dicho de otra manera: la deslocalización es algo que ya empieza a pertenecer al pasado. La robotización de los procesos, por otra parte, tiende a igualar los costes de lo producido en Europa con lo que se produce en otras regiones del mundo. Para la consultora citada, la automatización reducirá el comercio global de bienes un 10% en el año 2030.

Los dos pilares mundiales de la globalización, China y EEUU, tienden en estos momentos a estar enzarzados en una guerra comercial con aumento respectivo de las barreras arancelarias lo que hace que el comercio multilateral global sea cada vez más caro. La oleada de proteccionismo hará que el PIB chino descienda un 1,5% y el norteamericano un 1% en los próximos dos años. Parece poco, pero, considerado en bruto supone una cantidad significativa.

El esquema es el siguiente: la globalización generó crisis económicas, estas, a su vez, generaron, crisis sociales y, finalmente, de ellas se ha recompuesto el panorama político en cada nación… asumiéndose políticas (populistas) que generan, finalmente, la crisis de la globalización. Este es el planteamiento central que lo explica todo.

Ahora hará falta realizar consideraciones sobre las consecuencias político-económicas de todo este proceso y extraer algunas consecuencias.

Parte III – El futuro de la globalización y España

sábado, 19 de enero de 2019

365 QUEJÍOS (247) – ALGO ESTÁ CAMBIANDO EN EL MUNDO (3 de 3)


La tercera etapa de nuestro rápido estudio tiene como objetivo repasar el lugar de España en el mundo post-globalizado. Si realizamos un rápido recorrido de lo ya visto podemos resumir afirmando que la globalización económica, en estos momentos está siendo sustituida por la “regionalización” (esto es, por lo que, desde los años 30, los economistas alemanes llamaron “economía de grandes espacios”). Sin embargo, la globalización conserva todavía la iniciativa en el terreno de la economía financiera y está a la ofensiva en el terreno cultural a través de su punta de lanza, la UNESCO. Sin embargo, en este terreno, el radicalismo y la irrealidad de sus propuestas, han contribuido, junto con el rechazo a la idea de inmigración masiva, multiculturalidad y mestizaje, una reacción por parte del electorado que, de momento, el stablishment no ha logrado recuperar. Así las cosas, queda examinar el papel de España y la situación de nuestro país en un mundo post-globalizado.

En el terreno en el que España está ubicado geopolíticamente, la Unión Europea, se produjo una mutación en los años 90: tras el Tratado de Maastrich, las instituciones centrales europeas ganaron peso y fueron conquistadas por políticos neoliberales que la transformaron en la “pieza europea de la globalización”. Eso implicó un creciente rechazo por parte del electorado  que se concretó en la negativa holandesa y francesa aceptar la “constitución” propuesta por la Comisión Europea. Luego vino la crisis económica de 2007, los problemas de la deuda en los países del Sur de Europa y, diez años después, el panorama político de la UE ha cambiado radicalmente (los partidos clásicos de centro-derecha y de centro-izquierda están en recesión y se asiste al nacimiento de fuerzas políticas nuevas que pueden obtener hasta el 25% de los escaños en el Parlamento de Estrasburgo esta primavera), mientras que el proceso de “construcción” europea ha quedado embarrancado.

Algo parecido ha ocurrido con la OTAN que los gobiernos norteamericanos han querido seguir manteniendo como piezas militares de su política militar contra, a pesar de que la URSS desapareciera. Los gobiernos europeos han ido ahorrando inversión en defensa, considerando que, subsidiariamente, el Pentágono llega allí donde no llegan nuestros gobiernos. El resultado ha sido doble: Europa sin defensa y Europa sin política exterior independiente de los EEUU en relación a Rusia. Esto lleva al absurdo de que reactores españoles vayan al Báltico a “vigilar” las inexistentes incursiones de cazas soviéticos o que la infantería española, legión y paracas, vayan a los países más lejanos como “tropa auxiliar” de las aventuras coloniales de EEUU.

Todo esto, unido a la debilidad y a la falta de carácter y estatura de los distintos gobiernos españoles, a ocupar un lugar periférico en la UE: España hoy, a pesar de ser, con Polonia, los dos países de tamaño medio de la UE que podrían bloquear cualquier iniciativa que fuera contra sus intereses, nuestros gobiernos nos han transformado en el “convidado de piedra” de la UE. Esto ha hecho que algunos nos planteáramos sinceramente si el lugar España en la geopolítica del futuro estuviera vinculada a la UE o a Iberoamérica. Es más, algunos hemos establecido la prioridad en política exterior: confluir con Portugal, condición sine qua non, para jugar un peso decisivo en cualquiera de las dos opciones.


Es hora de tener el valor de reconocer que los tiempos de Aljubarrota y de las rivalidades entre España y Portugal pertenecen al pasado. La organización de una “federación ibérica” en la que los antiguos reinos de Castilla, Aragón y Portugal participaran, liquidaría de un plumazo el absurdo problema autonómico, salvaría a Portugal de la situación en la que se encuentra hoy tras el Brexit al ver debilitada su tradicional alianza con el Reino Unido, y supondría una formidable plataforma de actuación tanto de cara a todo el continente americano como a Europa.

Sobre Europa: la irrupción del “populismo” en Europa es todavía confusa en esta materia. Para sus dirigentes más lúcidos, no se trata de regresar al viejo nacionalismo decimonónico, sino más bien de reconocer que la fórmula de organización en Estados-Nación ha quedado fuera de la corriente general de la historia y que se precisa algún tipo de cooperación entre países del mismo ámbito geográfico, étnico, cultural y económico. La idea que, en estos momentos, se está gestando en los cerebros más lúcidos del populismo europeo es: “Si a Europa, no a esta Europa”, o bien “Europa sí, pero no así”. Son muy pocos, cada vez menos, los que rechazan la idea de una aproximación de las políticas y de las economías europeas. Incluso en el ámbito del euro, el hecho de que su implantación haya causado perjuicios extraordinarios en las economías del sur de Europa, no es óbice para que la idea de una divisa única para todo el continente, no sea buena. El cambio de posición de Marine Le Pen en la materia a principios de 2019 confirma lo que decimos.

¿Qué puede hacer España ante la futura Europa? En primer lugar, recuperar lo que nunca debimos de haber perdido: el que las enormes extensiones agrícolas de España se vuelvan a convertir en el granero de Europa. Resulta increíble que nuestros gobiernos no hayan hecho nada para vetar los acuerdos agrícolas de la UE con Marruecos, Argelia, Sudáfrica o Israel y que tengamos que estar comiendo mercaderías procedentes de estos horizontes mientras nuestros campos de cultivo, cada vez más, se ven desiertos. España necesita una “segunda revolución agraria” que reordene el sector, especialmente todo lo relativo al cooperativismo. En segundo lugar, la UE precisa defenderse con aranceles proteccionistas de la ofensiva de manufacturas importadas. Es mucho más importante protegerse de la penetración china -porque, en cualquier momento, China se puede ver abocada a un conflicto interior o bien puede presionar a Europa con la amenaza de interrumpir importaciones e inversión- que exporta a China. En tercer lugar, Europa -y con ella España- precisa olvidarse de la economía liberal y neo-liberal y obligar al Estado a intervenir, por una parte, regulándola en beneficio de la empresa y del consumidor europeo y, por otra parte, generando iniciativas económicas a nivel europeo que permitan que los beneficios de las nuevas tecnologías se queden en Europa. Esto implica también, invertir preferencialmente en el sector tecnológico.

Para ello habrá que sacrificar otros sectores: la ayuda al tercer mundo en primer lugar, los subsidios a la inmigración que deberá retornar ordenadamente a sus países de origen y generar allí riqueza en lugar de absorber recursos en Europa y, finalmente, obligar a que sea la iniciativa privada la que financie a las ONGs existentes. Si todo el dinero que hoy se dilapida en estos sectores sin futuro, se invirtiera en renovación tecnológica podrían ponerse en marcha nuevos proyectos científicos y económicos capaces de hacer que, en apenas una década, Europa recuperase el retraso que lleva. España tiene mucho que ofrecer en este terreno, pues no en vano, disponemos de universidades capaces de formar profesionales competentes. Nuestro problema está en la enseñanza primaria que ha perdido su carácter educativo para convertirse en un simple almacén de niños díscolos. Una de las primeras exigencias que requiere nuestro país es una reforma radical de la enseñanza, con renovación completa del cuerpo profesoral, y con una orientación radicalmente diferente a la que ha tenido en los últimos 45 años. Está claro que sin una política de juventud que incluya prohibición de cualquier tipo de drogas y condenas ejemplares para quienes trafiquen con la salud pública, nada de todo esto puede ser eficiente.

La península ibérica es una especie de gigantesco portaviones situado en el Atlántico: es la plataforma para llegar al continente americano y también la puerta del Mediterráneo. Esto último es lo que determina nuestro papel en Europa: contener al “sur”, contener al Islam que se ha mostrado incompatible e irreductible a cualquier otra forma de vida que no sea la que propone. Esto determina una actitud clara: no hay lugar para el islam en Europa y, por supuesto, desde 1492 no hay lugar para el Islam en España. La orilla norte del Mediterráneo debe protegerse de la incapacidad de la orilla sur para ordenar sus países.
Así pues, primera prioridad: federación ibérica. Segunda prioridad: renegociación del tratado con la UE sobre bases nuevas y en base a la primera prioridad, con el objetivo de abandonar la periferia europea en la que estamos ahora España y Portugal y pasar al “centro”, a ser uno de los ejes directores de una Unión Europea reformada y emancipada de las redes mundiales de la globalización.

Pero esto último no puede hacerse sin atender a lo que está ocurriendo en el continente americano. A efectos geopolíticos, el problema histórico de España ha sido desde el siglo XVI que está geográficamente en Europa, pero… en un extremo de Europa. Las necesidades geopolíticas y el papel de España no puede ser el mismo que el de Rumania (fronterizo con Rusia) o el de Alemania (centro de Europa). Además, la lengua que se habla en Iberoamérica es el castellano (incluso en Brasil va progresando) y el avance de los “latinos” en los EEUU es superior al de cualquier otra comunidad étnica: hoy en un 15% de los EEUU se habla castellano de manera preferencial y esto es solo el comienzo del vuelco demo-lingüístico que está teniendo lugar y que el presidente Trump ha identificado demasiado tarde. Por tanto, la habilidad de una conducción política en España consiste en hacer pasar los intereses de Europa en Iberoamérica a través de España y viceversa. Si bien la lejanía geográfica es un impedimento para poder hablar de algo más que cooperación económica, política y cultural, si parece claro que una federación ibérica debería de orientar su política de cooperación e inversiones hacia el continente americano. Por eso precisamente es necesaria una “federación ibérica” porque a través de Castilla debería ponerse el ojo en la presencia en la UE renovada, a través de Aragón en el Mediterráneo y a través de Portugal en la proyección oceánica sobre el continente americano.

¿Qué hace falta para aproximarse a este ideal? Voluntad política que solamente puede salir de una renovación de la clase política actual y de una verdadera “revolución” que liquide la herencia nefasta de los últimos cuarenta años de corrupción y de debilidad política. Y es entonces cuando regresamos a lo que ya hemos tratado en anteriores “quejíos”: véase el artículo LAS CUATRO FASES DE LA REVOLUCIÓN CONSERVADORA. Hacía solamente cuatro años, nada de todo esto podía siquiera intuirse: pero los cambios políticos que se han producido tanto en Europa como en América, permiten pensar en nuevos objetivos y, sobre todo, sentenciar la recesión de la colaboración y la crisis del modelo humanista-universalista propuesto por los mundialistas de la UNESCO y por sus antenas en la izquierda española.

No existen grandes diferencias en la izquierda: el PSOE se ha declarado siempre partidario de la globalización y del mundialismo, a diferencia de Podemos que se sitúa contra la globalización pero se muestra a favor del mundialismo. Tales son los “enemigos principales” porque la lucha decisiva es tanto contra la globalización económica como contra el mundialismo cultural en la medida en que ambos restan identidad, soberanía y personalidad a los pueblos.



viernes, 8 de febrero de 2019

365 QUEJÍOS (266) - PROS Y CONTRAS DE UNA MANIFESTACIÓN



No hará ni veinte días escribíamos un Quejío titulado “Algo está cambiando en el mundo”, en el curso del cual indicábamos que la globalización estaba remitiendo y que las cifras del comercio mundial así lo indicaban. Distinguíamos entre la globalización económica y el mundialismo como ideología y decíamos: “La Santa Alianza entre el capital financiero y la multiculturalidad son los verdaderos enemigos de la identidad de los pueblos”, para concluir en la siguiente entrega, afirmando que los “enemigos principales” en el terreno político son, hoy por hoy -mañana puede cambiar- el PSOE que se muestra a favor de la globalización económica y del mundialismo y Podemos que se define contra la globalización económica, pero a favor del mundialismo.

En política, si vale la pena definir entre “enemigos principales” y “enemigos secundarios” es, porque, a partir de ello, se deduce automáticamente, como consecuencia, el régimen de alianzas y a quién hay que dirigir los ataques. Resulta un error de agitación decir “ni derechas, ni izquierdas”, porque en las doctrinas militares de todo el mundo está claro que aquel que combate en dos frentes siempre es derrotado (con la excepción histórica, claro está, de César en Alessia… pero hoy no estamos en aquella época y faltan líderes políticos que lleguen a la altura de la suela de César). Una cosa es una definición doctrinal y otra definir al enemigo: y esto es algo dinámico, a diferencia del “enemigo doctrinal” en cuya definición entran consideraciones más rígidas. Lo que quiere decir, en realidad, quien dice “ni derechas, ni izquierdas”, es “ni capitalismo, ni comunismo”… Pero confundir “doctrina” con práctica política es peligroso y puede llevar -lleva, frecuentemente- al aislamiento y a la esterilidad (encerrarse en la propia torre de marfil). El “enemigo principal” de hoy, puede dejar de serlo mañana. De la misma forma que el aliado en una fase de la lucha política, puede convertirse en el competidor en la siguiente.

Todo esto viene a cuenta del debate suscitado en nuestros medios sobre si hay que apoyar la manifestación anti-PSOE del próximo domingo. Acudir tiene su pro y su contra. El pro, obviamente, es que el PSOE se encuentra en estos momentos -y a pesar de la cocina del CIS- en una situación de debilidad, posiblemente, como nunca antes en su historia. Solamente tiene parangón con el final del período zapateriano, si olvidamos que a ZP lo eligieron en las urnas y que a Sánchez no lo ha elegido nadie. Tanto PP, como Cs, han detectado la intranquilidad y debilidad del PSOE (y especialmente de sus barones regionales) ante la actitud del presidente en la “crisis indepe”, y se han lanzado a movilizar la calle. Vox se ha sumado y otros grupos menores están en ello. Si antes hemos dicho que, aquí y ahora, el PSOE y Podemos son los enemigos principales y los motivos por los que lo son, lo más coherente es, no solamente, acudir a la manifestación sino animar a otros a que lo hagan: porque en estos momentos y antes de que el gobierno realice más destrozos que pueden marcar a varias generaciones (como realizó Zapatero en su momento: si estamos en dos billones de deuda impagables es porque el ciclo deudor de inició con su política para superar la crisis y si hoy tenemos crisis independentista fue por su debilidad -y la de sus predecesores- ante CiU y ERC).

Pero hay alguna estimación que podría percibirse como contraria a la oportunidad de esa manifestación. Lo que logrará es confirmar y ampliar una “fractura vertical” en la sociedad española, entre derecha e izquierda. Poco importa que Cs tenga en este esquema problemas de ubicación política, porque cuando hay dos fracciones, o se está a la derecha o se está a la izquierda y el espacio de centro, como siempre hemos dicho, es una ficción propia de momentos puntuales de crisis. Es más, la actitud de Cs propiciará el inicio de reajustes interiores que pueden acelerar la voluntad de Manuel Valls de anticipar la disputa del cargo de secretario general a Albert Rivera. En lo que se refiere al PP, la movilización de la calle es el único recurso al que puede recurrir actualmente para superar su estancamiento… con el riesgo de que, una vez en la calle, Vox demuestre tener mas “punch” y el electorado de derecha opte, finalmente, por votar a una opción más “comprometida” con el ideario conservador. Por que, si el PP vuelve alguna vez al poder, está claro que ya no podrá aplicar esa política de pasotismo que caracterizó a Rajoy ante el “problema indepe” y que ha situado al PP en la crisis.

¿Existe riesgo de fractura vertical? No desde luego al nivel que existía durante la Segunda República y que terminó en guerra civil. Ni siquiera al riesgo de lo que en estos momentos se está produciendo en Venezuela. Pero sí existe un riesgo de radicalización de los discursos políticos situados a la derecha y a la izquierda. 


¿Sería buena o mala esta radicalización? Sería excelente que, de una vez por todas, el discurso político fuera claro y sin matices: se está a favor de la “unidad del Estado” o en contra, se está a favor de la “reinserción de presos” o de la “defensa de las víctimas”, de está a favor de que la enseñanza cumpla su función formativa o se sigue desconociendo que la enseñanza en España está quebrada, se defiende la sanidad pública y sin fisuras y se amplían las coberturas, o se está a favor de la privatización, se compromete el Estado a la defensa de las pensiones o se llama a la privatización, se está a favor de una reforma de la UE o se considera que la UE en su formato actual es el mejor de los mundos, se acepta la globalización y el mundialismo o se rechaza, se está a favor o en contra de la corrupción, se recupera soberanía o se cede soberanía, se está a favor de la inmigración masiva o se está en contra, se defiende la identidad nacional o se disuelve, se supera la guerra civil o se está obsesionado por ella… y así sucesivamente. Radicalizar, quiere decir, “ir a las raíces”, evitar compromisos titubeantes en busca de centrismos inestables. Radicalizar no es generar caos ni confusión, sino todo lo contrario: situar los debates en los términos que le corresponden, por graves que sean.

Y el próximo domingo deben estar en la calle todos aquellos que perciben la política del PSOE como la más nefasta que pueda mantenerse en estos momentos. Hay veces que uno debe salir a la calle para parar la locura instalada en las oficinas ministeriales: menos de un año de presencia de Sánchez en Moncloa han colmado los telediarios de discursos obsesivos de sobre “ideologías de género” y sobre “memoria histórica”, actitudes ignorantes y peligrosas sobre el independentismo catalán y antifascismo de los años 30. Es preciso una clarificación del discurso político en España y “clarificación” implica “radicalización”, ir a las raíces de los problemas, llamar al “pan, pan y al vino, vino” y dejarse ya de poses.

Hay algo con lo que los convocantes de la manifestación del domingo parecen no haber contado. Salir a la calle el domingo va a implicar, sobre todo, que las cúpulas del PP y de Cs, se van a ver arrastradas y obligadas a “radicalizar” sus discursos: esto perjudicará sobre todo a Cs y abrirá una pugna interior. Pero, si la posición de Cs es la más arriesgadas (un centrismo que, a fin de cuentas, se escora definitivamente a la derecha, no es un centrismo, sino un centro-derecha sin posibilidad de establecer puentes con el PSOE), la del PP no lo es menos: si radicaliza su discurso, puede encontrarse haciendo campaña para Vox… Pero lo que está claro es que el PP, si quiere sobrevivir, ya no podrá nunca más hacer como Aznar “que hablaba catalán en familia” o como Rajoy que miraba a otro lado esperando que las situaciones se resolvieran solas o que un juececillo dictara una sentencia “conforme a derecho”.

La tendencia actual del debate político en España es a una polarización de las posiciones: a un lado el “progresismo” (el conjunto de la izquierda y de las fuerzas independentistas en torno a un programa “mundialista y universalista” deducido de los documentos de la UNESCO), al otro el “populismo” (Vox y un PP-“voxicizado”, nacionalista, conservador). ¿Y el centrismo de Cs? Cuando se enteren que existe Cs porque existe el independentismo catalán y que, una vez conjurado el fenómeno (y si no lo ataja la clase política, lo hará la propia historia pues, no en vano, el independentismo circula en dirección opuesta al sentido de la historia), ocurrirá con el centrismo lo que ocurrió con UCD cuando terminó la transición (que se descompuso en apenas unos meses), ya será tarde con Valls o con Rivera o con el que quede en el chiringo.

Un último punto, finalmente. La parte más cuestionable de la manifestación del domingo es la que propone “la defensa de la constitución” (utilizamos la minúscula porque hay nombres que no merecen ni el esfuerzo de pulsar con el meñique la techa BloqMayus). Cada vez está ganando cuerpo la opinión de que esta constitución fue el producto de una época y de unos consensos que han quedado muy atrás. Defender la constitución como algo sagrado e inviolable, aquí y ahora, es elevar a la categoría de dogma religioso lo que fue un simple acuerdo entre élites político-económicas, grupos mediáticos e intereses extranjeros. Ha funcionado tanto como ha creado problemas. ¿Por qué? Porque fue hija de la ambigüedad. Esta constitución no sirve. El hecho de que, en la actualidad, no existan consensos suficientes como para elaborar otra, no quiere decir que haya que sobrevalorarla o exaltarla a un documento que ha permitido la parcelación del Estado en 17 taifas, o que un cretino como Sánchez, esté de carambola ejerciendo un cargo para el que no ha sido elegido, buscando relatores y relatos para mantenerse unas semanas más en el poder.

De ahí que nos fijemos en el lema de la manifestación: “ELECCIONES YA”. Aquí y ahora, eso es lo que hace falta. Luego, ya veremos… Ja en parlarem…




viernes, 18 de enero de 2019

365 QUEJÍOS (246) – ALGO ESTÁ CAMBIANDO EN EL MUNDO (2 de 3)


Si las cifras macroeconómicas indican que la globalización está en retirada y si el sentido común nos dice que es un sistema perverso que jamás debió ver la luz, hay que reconocer, también, paralelamente, que existen muchas fuerzas que todavía lo apoyan y que creen en sus virtudes. El que la globalización emprenda la retirada no quiere decir que haya sido vencida, ni remotamente. E, incluso, en la actualidad, el problema estriba en intuir las consecuencias que puede tener este cambio de rumbo para las naciones europeas.

Lo cierto es que hoy, solamente China apuesta decididamente por la globalización amparada en el hecho de que se trata de un mercado enorme y atractivo para las importaciones y que solamente ofrece garantías a los países que tienen abiertas sus puertas a los productos chinos. A partir de los 90 se produjeron deslocalizaciones masivas, fueron los años del petróleo barato y la época dorada del comercio mundial. Los optimistas defendían el sistema mundial globalizado diciendo que cada país se especializaría en la producción de algunos bienes y pintaban un armonioso cuadro de importaciones y exportaciones en todas direcciones y en todo el planeta. El resultado fue: 1) que las plantas de producción industrial se desplazaron progresivamente a China, 2) que China se confirmó en la “factoría mundial”, 3) que la economía de los países occidentales se desplazó del sector industrial al sector servicios y 4) que se produjeron nuevas deslocalizaciones de China a Vietnam, con mano de obra más barata aún. Pero no hay que olvidar el fenómeno más perverso y que precedió a todo esto: desde el final de la Guerra Fría ya se observó una “financiarización” de la economía: los inversores no buscaban generar riqueza con su capital, sino especular en unos mercados económicos, progresivamente más volátiles. Los neoliberales abrieron las puertas a la libre circulación de capitales, que precedió a la libre circulación de mercancías. Y este es el problema: que aunque el tránsito de mercaderías propio de la globalización tienda a disminuir, la economía financiera sigue viva y activa. Y este es el gran peligro del siglo XXI.

El riesgo de una economía basada en la especulación es que imposible de estabilizar: tan pronto el capital mundial inversor se concentra en un país que en ese momento ofrece las mejores posibilidades para obtener beneficios, como unos meses después, ese mismo capital migra a otros horizontes en los que los beneficios son mayores. Tenemos así un capital en permanente fuga a la búsqueda del máximo rendimiento y que ni siquiera es controlador por brokers o por grandes inversores, sino por sistemas de software. Y los programadores no han considerado más criterio que la optimización de los beneficios. Hasta ahora, ningún país ha habilitado defensas contra el capital especulativo. Hacerlo, podría suponer el que bolsas inmensas de capital financiero se retiraran de las bolsas del país que osara modificar las reglas del juego y precipitarlo en la falta de fondos incluso para sobrevivir como Estado. No hay que olvidar que uno de los productos financieros seguros es la deuda pública (que en España ha llegado a los dos billones y que en EEUU está por los ¡¡30 billones de dólares!!).

Pero si los reductos del capital financiero (grupos bancarios, consorcios financieros, fondos de inversión, fondos de capital-riesgo) apuestan todavía por la globalización y parecen intocables, hay otras fuerzas que también apuntan en dirección contraria a la economía real. Distinguirmos entre “globalización” y “mundialismo”. El primero es un concepto exclusivamente económico, el segundo, por el contrario, afecta a la cultura, a los valores y a las orientaciones de la sociedad. No son lo mismo, ni tampoco están promovidos por los mismos centros de poder: su coincidencia es meramente táctica, van en la misma dirección, pero no por los mismos carriles. El mundialismo está facilitado por distintas organizaciones internacionales nacidas en 1945: fundamentalmente la UNESCO, laboratorio ideológico del “nuevo orden mundial”. La UNESCO promueve valores “universalistas”, lo que implica homogeneizar las cultural regionales en beneficio de un “mestizaje” cultural, étnico y religioso. Con frecuencia se suele confundir el carácter de la UNESCO: su tarea como defensora del patrimonio cultural e inmaterial de la humanidad es su tarea oficial, pero oficiosamente, la secta que controla el organismo tiende a extender un mensaje ideológico construido a partir del puro sincretismo y de la idea de que la humanidad ha entrado en una nueva fase de “unificación mundial” y que todas las actividades, cultura, raza, lengua, religión, sexo, deben servir a este propósito mediante la palabra más habitual utilizada en sus foros: “multiculturalidad” que ha sustituido a aquella otra que tiene connotaciones más negativas: “mestizaje”.



Así pues, la realidad obliga a constatar que:

1) Las poblaciones están reaccionando contra la globalización y el mundialismo en Europa y en el continente americano. Así pues, se está produciendo un cambio de rumbo político que es visible por la aparición de opciones populistas en Europa y por la victoria electoral de Donald Trump y de Jair Bolsonaro en EEUU y Brasil.

2) El comercio mundial remite, pero no así la economía financiera y, hasta ahora, ningún gobierno está en condiciones de poner el cascabel al gato: ¿cómo desmontar la economía financiera? ¿cómo actuar contra las grandes acumulaciones de capital sin generar una desplome de las inversiones? ¿cómo romper la santa alianza entre el capital financiero y los medios de comunicación que posibilita la realización de campañas en contra de gobiernos y formaciones políticas contrarias a la globalización? En una palabra: ¿cómo desactivar la economía financiera mundial?

3) Los factores geopolíticos cuentan en la ecuación: si bien Rusia comparte la idea de que la globalización es inviable y en esto existe un acuerdo tácito con las posiciones de Trump o de Bolsonaro, incluso con las de parte de los “populismos” europeos, no es menos cierto que, mantiene su alianza con China, principal beneficiario de la globalización y lo hace por razones geopolíticas.

4) La reducción del comercio mundial globalización no puede hacer olvidar el hecho de que treinta años de deslocalizaciones han generado desertización industrial en Europa y en América del Norte (EEUU ha perdido desde 2008, 5 millones de puestos de trabajo en el sector industrial).

5) Europa, cuya clase política que emergió en 1945 está desgastada y avejentada, huérfana de nuevas ideas, cree que el futuro sigue siendo de la globalización y que ésta tiende al mejor de los mundos. De ahí que se vea incapaz de reformar la UE y de convertirla en algo muy diferente a lo que es hoy: la pieza europea de la globalización. Esta inadecuación creciente es lo que explica que, por todas partes, aparezcan “populismos”, más o menos conscientes de la necesidad de rectificar el rumbo. Pero el problema para los “populismos” una vez lleguen al poder es que les va a resultar difícil recuperar la industria perdida en los años dorados de la deslocalización, especialmente en sectores estratégicos.

6) Nunca hay que perder de vista que la China Popular actual representa una contradicción insuperable entre en un sistema de producción capitalista y el régimen de estructura comunista. A medida que la población china vaya ganando nivel de vida y se vaya formando una burguesía lo suficientemente densa como para generar cambios políticos, aumentará la inestabilidad interna: pero el conflicto es insuperable y conduce directamente al conflicto civil. Hará falta ver si el gobierno chino no opta por la táctica habitual en EEUU: “ante conflictos interiores, mejor optar por aventuras bélicas en el exterior”.

En conclusión: la situación, a diferencia de hace cinco años cuando parecía que el “nuevo orden mundial” estaba solidificado, es extraordinariamente fluida. Y mucho más en España.


sábado, 18 de octubre de 2014

Noche y día: El Veredicto y Borgman o la Europa que cambia


Info|krisis.- Los tiempos no están como para muchas alegrías y los analistas políticos correríamos el riesgo de ingresar en urgencias psiquiátricas si no desconectáramos con cierta frecuencia de la triste cotidianeidad político-económica que nos rodea. Siempre, claro está, nos queda ver la tele. Pero uno de los directivos de Tele 5 lo dijo hace unos años: “Yo vendo publicidad, pero entre anuncios pongo programación para que la gente vea mi publicidad”. No, no nos queda ni la tele, ni la de pago, ni el TDT, a menos que queramos intoxicarnos con 40 minutos de programación por 20 de publicidad. Además, la publicidad aparece en los momentos más críticos de las películas, hacia el final, en los momentos-clímax. Así pues a nadie le extrañará que sea un fanático del peer to peer para series y películas. Todo antes que aguantar que Jack el destripador fragmente una película interesante en seis partes entre inserciones publicitarias masivas. Una película al día parece una dosis razonable, sin interrupciones, en la calma del hogar, en la serenidad de la noche.

En los dos últimas días he visto dos películas que quizás valga la pena comentar y que, en cualquier caso, figuran entre las que se pueden recomendar para cinéfilos medianamente exigentes. El Veredicto y Borgman.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Sintra (I): el camino de las esculturas

 
En Sintra, entre el centro urbano y la zona “noble” de la misma, alguien ha decidido colocar una serie de figuras cinceladas por varios escultores, unidos por una misma temática: el lenguaje de los símbolos. Cada una de estas formas no puede entenderse como aislada de las demás, sino que todas ellas forman un conjunto simbólico. Los artistas que las han elaborado han querido, sin duda, decirnos algo. Cada cual podrá leerlas según su intuición y estamos seguros de que otros querrán ver un mensaje diferente al que, por nuestra parte, hemos considerado.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Crónicas desde mi retrete (42) HOY HACE 30 AÑOS



Un digital se preguntaba hoy: “¿Dónde estaba usted el día que cayó el Muro de Berlín?”. Es una de esas fechas, como el asesinato de Kennedy, el día en que murió Franco, los atentados contra las Torres Gemelas o el 11-M, en el que casi todos recordamos lo que hacíamos. Para mí es fácil: estaba en el hospital conociendo a mi hija recién nacida. Para los que no son padres, resulta difícil transmitir la emoción que se siente cuando nace un hijo. Se recuerda todo de aquel día: a los padres que esperábamos impacientes en la sala, a Rosa María Mateo, entonces corresponsal enviada a Berlín, con un colocón monumental dando la noticia, in situ, de la caída del Muro por la noche y en la mañana, en la misma sala, el programa de Pepe Navarro en el que entrevistaba a un africano afincado en Valencia y que decía ser “nazi”, recuerdo incluso al tipo que me encontré en las escaleras del clínico y que decía conocerme (pero que 30 años después sigo sin recordar quién diablos era). Hoy mi hija cumple 30 años.

El mundo ha cambiado demasiado en esas tres décadas. Sé perfectamente, que cuando mi hija cumpla 50, todo será radicalmente diferente a cómo es hoy. La historia se ha acelerado en los últimos cien años. Para incluso que la velocidad de aceleración es cada vez mayor. El viento al que cantó Bob Dylan en su Blowin in The Wind, ya no permite escuchar ninguna respuesta. Puestos a recordar al viejo Dylan, mucho más oportuna es hoy su The times ther are a-changing (los tiempos van cambiando), si bien, va a ser difícil seguir su consejo, “aprender a nadar”, para mantenerse a flote. A la velocidad con la que se ha acelerado la historia después de la caída del Muro, hay que reconocer que, efectivamente, los tiempos van cambiando, pero a una velocidad inhumana e imposible de adaptarse a ellos, incluso para las nuevas generaciones.

El 9 de noviembre de 1989, quedaba la esperanza de que la caída del Muro y la reunificación de Alemania fueran suficientes para que se introdujeran modificaciones en la política internacional: que la OTAN se disolviera por falta de enemigo (no se ha disuelto, sino que se ha reforzado), que la URSS, reconvertida poco después en Federación Rusa, dejara de ser el enemigo (pero mientras siga existiendo la OTAN, sus cabezas nucleares apuntarán a Moscú), que la reunificación alemana sirviera a aquel país para revisar su historia y proclamar que el conflicto de 1939-45, no fue responsabilidad exclusiva del Tercer Reich, sino del “partido de la guerra” que tenía en Churchill, Roosevelt y Benes a sus cabezas visibles (ocurrió todo lo contrario y la llamada “querella de los historiadores” no sirvió para esclarecer ni ese, ni otros puntos sobre la “responsabilidad alemana”), creíamos que la reunificación alemana sería el inicio de una Europa “libre y fuerte” (cuando, en realidad, Europa está hoy más dividida que nunca y pesa menos en el mundo que en cualquier otra época histórica)…

Ignorábamos que el derrumbe del bloque soviético y el final de la Guerra Fría, no supondría la entrada en un período de paz universal, sino de guerras localizadas, tensiones sin fin y que el nuevo ciclo histórico -el unilateralismo norteamericano como superador del bilateralismo propio del ciclo anterior- sería de corta duración y terminaría en la primera década del milenio cuando ya era evidente el empantanamiento de los EEUU en Irak y Afganistán o el ascenso de potencias regionales emergentes o la reconstrucción de Rusia.

Creíamos que la geopolítica iba a marcar nuestros destinos y lo seguimos creyendo cuando los EEUU invadió Afganistán e Irak. Hubo un momento en el que las tesis de Fukuyama sobre el “fin de la historia” se hicieron tan famosas como en los años anteriores las de Alvin Tofler nos convencieron de que nos encontrábamos en un proceso de mutación que definió como “tercera ola”. Era todo un espejismo. Lo que había ocurrido era algo tan simple como que el capitalismo financiero precisaba un mercado de capitales universal para reproducirse: se había entrado en la era de la globalización y, todo lo demás, empezando por la geopolítica, pasaba a un lugar secundario.

La globalización hizo desplazar el eje de la historia, de los Estados Nacionales a un poder supranacional plutocrático, sin rostro: el poder del capital financiero. Ese poder, surgido de varios siglos de acumulación de capital y de concentración en cada vez menos manos, cristalizó en cuanto la “era digital” confirmo que había llegado para quedarse.

Pero el mundo es demasiado desigual y demasiado grande para pensar que puede estar “unificado” sin que haya “beneficiarios” (los menos, los poseedores de capital financiero) y “perjudicados” (el resto de la población). Las crisis cíclicas del capitalismo, ahora son crisis a nivel mundial sin que existan “zonas de refugio”
.
No, decididamente, estos últimos treinta años, no han sido fáciles: todas las esperanzas de aquel día, todas, sin excepción, han quedado decepcionadas. Hoy podemos tener la convicción de que no caminamos en dirección a un mundo más justo, más seguro o más estable, sino en dirección diametralmente opuesta. El tren en el que viajamos, parece circular a velocidad creciendo por unos raíles que terminan ante un muro de hormigón y, en el interior, los pasajeros, seguimos atentos a banalidades siempre a punto por la industria del entertaintment, a la que pertenecen, incluso, las campañas electorales.

Mañana toca ir a votar. Cuando alguien realiza una acción es porque cree que puede servir para algo. Yo creo que los problemas que se han acumulado en los últimos treinta años, tienen tal envergadura que se engaña el que cree que, con el simple acto de depositar una papeleta en una urna, va a solucionar algo más que la vida de los que resulten elegidos. La decepción es el signo de nuestro tiempo y hay que ser consecuentes con ella. Si un rito es completamente inútil, no es obligatorio seguir practicándolo. Es más, el individuo pragmático, evita perder el tiempo: por eso me di de baja en el listado para recibir propaganda electoral.

Todo esto constituye la parte más negativa de estos últimos 30 años. La caja de Pandora ha abierto todos los horrores y todos los errores que se han expandido urbi et orbe. ¿Queda la esperanza? No, en realidad, lo que queda es el día a día. Si la crisis está en el sistema, si vivimos unos tiempos de inseguridad generalizada, sensación de que lo que nos aguarda en los próximos veinte años, va a ser todavía más duro de lo que hemos vivido, siempre queda la posibilidad de inhibirse, participar de una realidad aparte, construyéndola, disponer de serenidad para prever lo que pueda ocurrir en el futuro (y actuar coherentemente) y, sobre todo, no creer en nada, ni trata de encarnar nada que no sea en los famosos “valores eternos”, procurando asumirlos en nuestro día a día. En una palabra: lo que nos queda es algo tan simple como ser felices y coherentes.

Recuerdo un breve poema de Christopher Logue, casi un aforismo nietzscheano:
Acérquense al precipicio…

¡Podemos caernos…!
Acérquense, no lo duden…
¡Está muy algo!
Acérquense mientras puedan…
Y ellos se acercaron,
Él, entonces, los empujó
Y ellos volaron.
Hay muchos que pensamos así. Hartos de acumular decepción tras decepción. Cansados de ver a “este viejo y raro mundo que agoniza y que apenas si acaba de nacer” (Pete Seeger). Airados por campañas electorales de rebajas. Saqueados por clases políticas sin más posibilidades, ni interés, que medrar. Asqueados por la hipocresía y los dobles lenguajes, por los “ministerios de la verdad” y por los mitos de nuestro tiempo. Hay muchos que deseamos volar, aunque volar suponga encerrarnos en nuestro propio mundo.

Treinta años después de que naciera mi hija, recuerdo la felicidad que experimenté cuando la tuve por primera vez entre los brazos. La felicidad… el gran objetivo de toda vida, cada vez más difícil de alcanzar a la vista de que la clientela de psiquiatras y psicólogos no deja de crecer. Nuestro momento histórico, el primero en el que tenemos a nuestro alcance todos los medios científicos y tecnológicos para lograr la felicidad, ha terminado siendo uno de los momentos mas problemáticas a nivel económico, político, social, cultural e, incluso, antropológico (el trans-humanismo, no augura nada bueno para lo humano [ver artículo Pequeña guía para entender las cuatro tendencias de la postmodernidad: trans-humanismo, new age, Unesco, neoliberalismo]. La utopía no ha concluido.

A mediados de los años 60 Herbert Marcuse dio una serie de conferencias agrupadas en un ensayo titulado El final de la utopía: decía el penúltimo miembro de la Escuela de Frankfort que lo único que nos separaba de la utopía era la mala distribución de la riqueza. Se equivocaba, claro está. Lo que nos separa de la utopía es que somos seres rotos: estamos en ruptura con nuestros hijos, en ruptura con trabajos que no nos gustan, con sistemas políticos ineficientes, con una ordenación extraña y anómala del mundo, estamos incluso en ruptura con nuestras mujeres, no nos reconocemos ni en una patria, ni en una cultura, estamos en ruptura con nuestro pasado (esto es, con la historia), con el mismo medio ambiente en el que vivimos, con nuestras propias raíces y con todo lo que nos da algún signo de identidad. Incluso estamos en ruptura con nosotros mismos. A veces lo percibimos oscuramente. Otras, la industria del entertaintment crea una tela de araña que nos atrapa y nos impide ver más allá. De ahí la necesidad de asomarnos al vacío y, si nadie nos empuja, tener el valor de saltar solos: aunque nada pueda hacerse en el plano “exterior”, todo está abierto en el plano “interior”. Eso supone soldar todas las rupturas hoy existentes. El salto es posible. Necesitaremos una “metanoia”, un cambio radical de conciencia. Sólo eso. Entonces, como decía el poema de Logue, volaremos.

Tales son las reflexiones que se me ocurren esta mañana de reflexión, no sobre el circo de mañana, esas votaciones que no resolverán nada, sino sobre la caída del Muro de Berlín, el nacimiento de mi hija, lo que ha llovido desde entonces, las inundaciones que nos aguardan y la balsa necesaria para navegar sobre ellas…


domingo, 17 de octubre de 2010

Una reflexión sobre el universalismo masónico... (Anexo a la Docrina Excéntrica)

Infokrisis.-Los dos vídeos introductivos al tema del universalismo masónico están extraídos de la famosa (e inencontrable) película "Forces Ocultes" [fuerzas ocultas], firmada en Paris durante la ocupación alemana. Por primera vez en el cine se puede ver una ceremonia de iniciación masónica en el grado de Aprendiz. El guión y la ambientación habían sido establecidos por Marqués-Riviere, antiguo miembro de la masonería que pasó al campo opuesto tras percibir que cierta masonería había traicionado a sus orígenes [aludía al Gran Oriente de Francia]. En la actualidad la ceremonia de iniciación en la masonería es prácticamente idéntica.

jueves, 21 de mayo de 2026

LIBRO GRATIS EN PDF: ¿POR QUÉ 2030 LLEGAREMOS AL FIN DE LA "GRAN NOCHE"?


Ofrecemos la Introducción a la obra de Gaston Georgel, Las Cuatro Edades de la Humanidad que hemos traducido para nuestros amigos y enviamos gratuita e íntegramente (a partir del 25 de mayo de 2026 y hasta el 31 del mismo mes; luego se podrá obtener solamente a través de e-Mule. El peso del archivo es de 25,8 Mb y el PDF consta de 418 páginas) con solicitarlo a eminves@gmail.com

El Relojero de la Tradición:
Gaston Georgel
y la Convergencia Cíclica hacia el Horizonte de 2030

La obra de Gaston Georgel que el lector tiene entre sus manos no es un tratado de historia al uso, sino la cartografía de un destino ineludible. En un mundo que mide el éxito por la acumulación de datos y la velocidad del progreso lineal, Las cuatro edades de la humanidad se alza como un recordatorio de las leyes cíclicas que rigen el cosmos. Georgel, actuando como el «relojero» de la Tradición, no se limitó a teorizar sobre la decadencia espiritual, sino que tradujo las intuiciones metafísicas de René Guénon al lenguaje de la precisión matemática y el ritmo astronómico. Traducir hoy este texto es un llamamiento a la resistencia ante el horizonte que nos agurda en el año 2030, una fecha que Georgel señaló hace décadas como el umbral donde nuestra civilización agotaría sus posibilidades para dar paso a la «gran liquidación» y a un «tiempo nuevo».

Georgel, a pesar de su importancia, es uno de los autores tradicionalistas más desconocidos en el ámbito iberoamericano. La relación de Georgel con Guénon no fue académica, sino de mentor-discípulo a través de correspondencia. Georgel validó con datos históricos y matemáticos la doctrina del Manvantara expuesta por Guénon e integró la cronología hindú en el ciclo astronómico precesional como expondremos más adelante.

Mientras que Guénon operaba en el plano de los principios puros —exponiendo la doctrina de los ciclos con la cautela de quien sabe que dar las fechas exactas es peligroso para el profano—, Georgel aplicó esos principios al rigor del calendario.

Es fundamental aclarar que Georgel, a diferencia de otros de sus discípulos, no trató de rectificar la cronología o las ideas expuestas por Guénon, sino que más bien fue lo que podríamos llamar su continuador técnico. Se conserva la correspondencia cruzada entre ambos. Inicialmente, Guénon se mostraba contrario ante el intento de fijar fechas precisas para el fin del Kali Yuga. Sin embargo, Georgel, mediante un estudio exhaustivo de las crónicas históricas y de la astronomía, convenció al metafísico francés de que el ritmo de la historia de Occidente seguía patrones matemáticos que eran posibles de detectar.

Guénon reconoció que la obra de Georgel permitía pasar de la intuición de la decadencia a la evidencia del alcance de nuestro ciclo y situar nuestro tiempo dentro de las «eras» contempladas por la Antigüedad. Si Guénon diagnosticó la enfermedad de la modernidad, rescatando las doctrinas tradicionales, Georgel fue quien calculó cuánto tiempo le quedaba de vida a la civilización actual.

En el curso de la elaboración de Las Cuatro Edades de la Humanidad, Guénon estuvo en contacto permanente con Georgel, aportó algunas ideas, rectificó otras. Lamentablemente, Guénon murió pocas semanas después de la publicación de esta obra y, aunque no pudo realizar una recensión y un comentario en su revista —Études Traditionelles— la obra es, hoy en día, la referencia absoluta para cualquiera que quiera entender, no solo por qué el mundo moderno colapsa, sino cuándo se espera que ese colapso llegue a su punto de inflexión.

Ni esta obra, ni ninguna otra de Georgel habían sido traducidas a nuestra lengua hasta ahora. Tuvimos conocimiento de la misma gracias a la revista Totalité, publicada en París a finales de los 70 y hasta mediados de los 80 y, posteriormente, leímos otros textos del mismo autor que, en esos mismos años, era una lectura obligada para todos los tradicionalistas europeos, seguramente a causa de la proximidad al «año Orwell», 1984, y de las tensiones internacionales que acompañaron la última fase de la Guerra Fría.

Georgel sigue siendo hoy el principal exponente de la «ciclología tradicional» en Occidente. Solamente Jean Phaure en su obra Le Cycle de l’Humanité Adamique (Dervy Livres, París 1973), ha añadido algunas ideas. Mientras Guénon sentaba las bases metafísicas en obras como El reino de la cantidad, Georgel aplicó esas leyes al devenir histórico concreto. A diferencia de Guénon —alejado de todo lo que no fuera metafísica—, a Georgel le preocupaba, como a todos nosotros, situar nuestro momento histórico dentro de las tradiciones de Oriente y Occidente; y aspiraba a responder a las preguntas clave: ¿cuánto tiempo le queda a nuestra civilización antes del desmoronamiento? ¿cómo situar en nuestra cronología gregoriana la culminación del Kalí-Yuga hindú, de la Edad del Hierro greco-latina y de la Edad del Lobo nórdica? ¿Es posible integrar estas profecías con el ciclo astronómico reconocido por la “ciencia oficial” de la Precesión de los Equinoccios? ¿Cuál es la fecha clave ante la que debemos estar atentos?

El viaje que nos propone Georgel es, por tanto, un descenso de la Metafísica a la Cronología. Lo que el lector encontrará en esta obra —especialmente si conoce el conjunto de los trabajos de René Guénon— es validar con datos históricos y matemáticos la doctrina del Manvantara tal como éste la expuso en La crisis del mundo moderno. Podrá compararla con otras cronologías: la expuesta por Hesíodo en Los Trabajos y los Días, y las observaciones de la astronomía oficial sobre el «Gran Año» o «Año Platónico».

Sobre esto último cabe decir que el que el eje de la Tierra se mueve como el de una peonza, generando el fenómeno conocido en astronomía como «Precesión de los Equinoccios». La prolongación del Eje terrestre se desplaza de una a otra “Estrella Polar” en un círculo completo a través de las doce constelaciones zodiacales, en cada una de las cuales permanece durante 2.160 años y, por tanto, su tránsito completo es de 2.160 x 12 = 25.920, duración del «Año Platónico», constituyendo cada una de sus doce etapas, los «Meses Platónicos». Para Georgel y la escuela tradicionalista, este número no es solo una aproximación astronómica, sino una constante numérica sagrada de la que dependen de forma exacta las fluctuaciones de las civilizaciones, las transiciones de las mentalidades humanas y el paso de una «era astronómica» a otra, nombradas según la constelación en la que se encuentra. En la actualidad estaríamos, pues, en un momento de tránsito entre la «Era de Piscis» y la «Era de Acuario».

La tesis de Georgel es que la Tradición hindú ya conocía este fenómeno de la Precesión de los Equinoccios y, por tanto, juzga que es posible (y necesario) realizae un «encaje» entre las «eras zodiacales» y la teoría hindú del Manvantara que nos habla de cuatro «edades», coincidiendo el ciclo de 25.920 años con la duración exacta de la Edad de Oro (Satya Yuga). Así pues, no es que estemos «cambiando de era astronómica», sino que, además, estamos en los minutos finales del Kali Yuga, la última fase del actual Manvantara.

Desde la perspectiva tradicionalista, el inicio de Acuario coincide con la «fase de liquidación» del ciclo actual. Georgel sugiere que el paso a Acuario marca el punto donde las estructuras del mundo moderno se desmoronan para permitir el «reseteo» del sistema. Para Georgel, el inicio de una era zodiacal no es un evento aislado, sino un engranaje que hay que situar dentro del Manvantara.

La exigua biografía de un desconocido discípulo de Guénon

Antes de seguir, creemos conveniente aportar unos pocos datos biográficos sobre Georgel que servirán, sobre todo, para mostrar su ortodoxia en relación a las tesis guënonianas. La brevedad de esta exposición no debe sorprender. Georgel no era un hombre que buscara notoriedad. Ni siquiera existe una foto suya (las que aparecen en bases de fotografías corresponden a un actor, célebre en los años 20, del mismo nombre con el que se le suele confundir).

Gaston Georgel nació el 25 de marzo de 1899 en Le Tholy (región de los Vosgos) y falleció el 31 de julio de 1988 en Belfort. Cursó estudios superiores de Historia en la ciudad de París. Fue precisamente durante sus años de formación universitaria cuando descubrió, de manera puramente accidental en una revista, un artículo sobre las simetrías numéricas en los reinados de Francia. Este hallazgo fortuito lo llevó a investigar a fondo las estructuras del tiempo no lineal y los ritmos de las civilizaciones; su carrera se orientó para siempre en el análisis de los patrones cíclicos y la cronología sagrada.

Esta investigación no era algo extraño en la época: Oswald Spengler acababa de publicar su obra La decadencia de Occidente, tratando de fijar una «filosofía de la historia» que permitiera prever acontecimientos futuros y leyes cíclicas en el devenir de los seres humanos. En nuestro país, concretamente en Cataluña, el «farmacéutico de Figueras», Alexandre Deulofeu, se interesó también por el tema que le obsesionó a lo largo de toda su vida tratando de encontrar un patrón cíclico (al margen de la escuela tradicionalista) o, como él llamó, «la matemática de la historia», obsesión que trasladó al pintor Salvador Dalí en su «período místico-nuclear» y que ya le había llamado la atención durante su inmersión en el surrealismo.

A lo largo de su vida, Georgel trabajo discretamente como empleado público en el servicio postal y en la administración local, siempre en la ciudad de Belfort en el Franco Condado no lejos de Suiza; a pesar de ser calificado frecuentemente como «historiador» o «ensayista» en las reediciones de sus obras, Georgel nunca ejerció como profesor universitario ni como investigador institucional. Fue un licenciado en Historia que utilizó sus conocimientos para establecer una «cronología tradicional». Su trbajo se sitúa al margen de las modas académicas y de la obligatoriedad de seguir el método histórico lineal-progresista, que él mismo criticó en sus libros

A raíz de sus descubrimientos, Georgel conectó su trabajo con Guénon. Entablaron una correspondencia epistolar que duró varios años. Guénon ya había mencionado la doctrina de los ciclos cósmicos (basada en el Manvantara de la cosmología hindú), pero consideraba que los cálculos cronológicos exactos eran casi imposibles de precisar para el hombre moderno. Georgel, sin embargo, asumió el reto y dedicó su vida a intentar traducir matemáticamente esos ciclos a la historia humana concreta. Les quatre âges de l’humanité, es considerada su obra cumbre y el estudio occidental más serio sobre los ciclos cósmicos.

En este libro y en todos sus trabajos posteriores, calculó minuciosamente el final de la actual Edad de Hierro. Aunque inicialmente apuntaba al año 1999, reajustes matemáticos posteriores basados en el mecnismo de las precesiones equinocciales retrasaron la fecha clave de la gran transición cíclica hacia el icónico año 2030. Y resulta sorprendente porque esta obra fue escrita en la postguerra e impresa originalmente en la ciudad francesa de Besançón por las Éditions “Servir”. El proceso de redacción y corrección del manuscrito se extendió entre 1945 y 1948), período en el que Georgel intercambió numerosas cartas con René Guénon para ajustar los complejos cálculos matemáticos y doctrinales sobre los ciclos cósmicos antes de mandarlo a la imprenta. Lo que resulta más sorprendente aún, y de ahí buena parte del interés que merece esta obra, es que en la época en la que Georgel escribió su obra nadie, absolutamente nadie, pensaba que el año 2030 fuera la culminación de una «agenda» elaborada por las Naciones Unidas.

¿Nos está diciendo Georgel que 2030 es la culminación de la historia, tal como pretende la ONU? En absoluto. Lo que nos sugiere es que la Era de Acuario no es el inicio de una nueva «civilización progresista», sino el punto de ruptura necesario, el punto de desorden máximo, en el que coinciden matemáticamente el fin de una era zodiacal (la Era de Piscis) y el agotamiento del Gran Ciclo de 64.800 años. El año 2030 no es solo una fecha en nuestro calendario, sino el momento en que el fenómeno de la precesión astronómica se alinea con la muerte simbólica de una humanidad que ha olvidado su origen.

Georgel murió en 1988 y sus archivos personales fueron entregados al Estado (FranceArchives) que aún no los ha digitalizado y, por tanto, son prácticamente inaccesibles. Fuera de Francia, sus libros son muy apreciados por investigadores tradicionales de Rusia, Brasil, Hungría y Estados Unidos.

Una triple coincidencia

Así pues, 2030, inicio de la Era de Acuario, es el marco astronómico de esta transición, no solo dejando atrás la Era de Piscis (en la que nos encontramos actualmente), sino también la Edad Oscura, la Edad de Kali y el inicio de una reordenación del Cosmos. La Era de Acuario supone, pues, el «clímax del invierno cósmico» en el que la humanidad toca fondo antes de que la rueda vuelva a la Edad de Oro.

Georgel llega al año 2030 porque es el año donde coinciden los tres “relojes”:

        —   El reloj hindú de los Yugas (6.480 años del Kali Yuga).

        —   El reloj de las Eras astrtonómicas (el fin de Piscis).

        —   El reloj de los Ritmos Históricos (la aceleración final que empezó en 1314).

Esa triple coincidencia le da la seguridad matemática para fijar la fecha. En 1986, en su última obra Chronologie des derniers temps, publicada dos años antes de morir, insiste en que el final del actual Manvantara (el cierre del Kali Yuga) se sitúa en torno al año 2030 o 2031 y alude al rápido desencadenamiento de las crisis y de la disolución de las estructuras tradicionales como preámbulo al «Gran Retorno».

Todo lo que ha ocurrido en los cuarenta años que median entre la publicación de esta obra y la actualidad, encajan perfectamente con el cuadro descrito por Georgel en la «fase de liquidación» que previó como necesaria antes de la restauración de una nueva Edad de Oro: la aceleración del tiempo (sensación de que los eventos ocurren cada vez más rápido), la disolución de las fronteras y las identidades tradicionales, la afirmación de una «espiritualidad a la inversa» o caricatura de la tradición.

Mientras otros autores tradicionalistas hablan de la «decadencia» en términos doctrinarios, poéticos o filosóficos, Georgel ofrece un calendario y destruye el mito del progreso. Igual que un ser humano nace, crece, envejece y muere, la humanidad atraviesa fases biológicas inevitables. Su obra demuestra que no vamos hacia «mejor», sino hacia el cierre de un ciclo de posibilidades. Manejando textos de la tradición hindú, describe al Kali Yuga como la edad de menor duración, pero la más intensa: todo es materia, cantidad y velocidad. Pero, como un motor recalentado y cansado, el sistema actual ya ha agotado su «combustible» metafísico; la digitalización total, la IA, la robótica, la ingeniería genética, todas las tecnologías que entran dentro de la Cuarta Revolución Industrial, la pérdida de lo humano y la aceleración del rasero igualitario, son las características de nuestro tiempo, después de todo lo cual ya no puede pensarse en nada, no existe más «progreso» posible, ni posibilidd de nuevos enfoques en la misma dirección. De vivir Georgel consideraría que todo esto son elementos que confirman la idea que previó, de que el tiempo se está «comprimiendo» y «acelerando» antes de la gran transición.

Georgel demuestra que el Año Platónico (la precesión), las Edades según el hinduismo y la aceleración de la historia, son engranajes perfectos de una misma maquinaria. Para comprender la magnitud de la tesis de Georgel, el lector debe abandonar la noción moderna de que el tiempo es una línea infinita y homogénea que siempre tiende al progreso indefinido. Para Georgel y para la escuela Tradicionalista, el tiempo es cualitativo y se despliega en forma de espiral descendente. La unidad que articula toda su obra es el Manvantara, un ciclo completo de humanidad que Georgel fija en 64.800 años.

Ciclo Hindú

Años

Prop.

Relación con las Eras Zodiacales

Satya Yuga (Oro)

25.920

4

Equivale a 1 ciclo precesional completo (12 eras zodiacales).

Treta Yuga (Plata)

19.440

3

Equivale a 9 eras zodiacales.

Dvapara Yuga (Bronce)

12.960

2

Equivale a 6 eras zodiacales.

Kali Yuga (Hierro)

6.480

1

Equivale a 3 eras zodiacales (Piscis es la última).

TOTAL Manvantara

64.800

10

30 Eras Zodiacales en total.

La «Era de Piscis» (que Georgel asocia con los últimos 2.160 años), en la que nos encontramos en el actual ciclo precesional, no es solo una era más, sino que coincide con la era del último Yuga: el final de la Era de Piscis (de 2.160 años) es también el final del Kali-Yuga (6.480 años) y del actual Manvantara (64.800 años). Y ese año es el 2030. Así pues, estamos ante un “triple portazo” cósmico. La coincidencia de este cambio astronómico con el agotamiento matemático del Kali Yuga nos sitúa ante lo que Georgel denomina «la liquidación de los tiempos», un periodo donde «la aceleración es tal que la historia misma parece colapsar bajo su propio peso».

Contras las interpretaciones modernas sobre la Era de Acuario

Para entender lo que sigue hará falta establecer algunos conceptos de uso frecuente en astrología. Como se sabe el zodiaco es una franja de la bóveda celeste atravesada por 12 constelaciones, cada una de las cuales abarca, para la tradición astrológica, 30º de abertura. Para la astronomía moderna dichas constelaciones existen igualmente, pero la separación entre ellas es arbitraria. Ahora bien, dichas constelaciones no son percibidas siempre en la misma forma desde la Tierra. En efecto, el eje terrestre, sufre una lenta pero constante -y mesurable- oscilación, como efecto del juego de atracciones gravitacionales ejercidas por el Sol y la Luna sobre nuestro planeta. Este movimiento -similar al de una peonza- provoca un fenómeno conocido como "predecesión de los equinoccios" consistente en el desplazamiento del "punto vernal" (intersección entre el ecuador de la bóveda celeste y la franja de la misma atravesada por las constelaciones zodiacales). La oscilación del eje terrestre hace que, desde la tierra, el punto vernal se desplace de una constelación a otra en sentido contrario a las agujas del reloj; pues bien, a este proceso se le denomina "predecesión de los equinoccios" y determina las eras zodiacales. Como hemos visto, actualmente nos encontramos al final de la "Era de Piscis", próximos a entrar en la "Era de Acuario".

Georgel advierte que lo que el mundo moderno llama «Era de Acuario» es, en realidad, la fase de disolución final. El aire (elemento de Acuario) representa la desmaterialización: internet, la «nube», la IA, lo virtual, la pérdida de contacto con la tierra y con lo humano. Es la «espiritualidad invertida» de la que hablaba René Guénon en El reino de la cantidad. Sitúa aquí el límite porque, matemáticamente, es donde se agotan las posibilidades de manifestación de nuestra humanidad actual. Acuario actuaría como el «vacío» o el espacio de transición hacia un nuevo Satya Yuga (la Edad de Oro del mundo clásico).

La misma fascinación contemporánea por la Era de Acuario es, según la lógica de Georgel, un síntoma del fin del ciclo. Mientras la astrología popular la ve como un amanecer, la ciclología tradicional la identifica como la medianoche del ciclo. Tanto Georgel como Guénon coinciden en advertir sobre la facilidad con la que el mundo moderno adopta conceptos como el Acuario al estilo ocultista o al manejado por la ONU en la Agenda 2030. Lo que se tiene por un «logro», no sería más que un signo —otro más— de la aceleración de los tiempos.

Lo que hoy se conoce popularmente como «Era de Acuario» es una construcción moderna que surgió a finales del siglo XIX y se consolidó en el XX. Aunque hoy es un concepto relativamente popularizado, su origen estuvo ligado a círculos ocultistas que buscaban dar un marco astrológico a los cambios sociales y espirituales.

Es imperativo que el lector distinga entre este producto del imaginario ocultista y la función que esta era zodiacal ocupa en la cronología de Georgel.

Desde la década de 1960, primero la contracultura, luego la New Age y, finalmente, el transhumanismo, han saludado a «Acuario» como una era de fraternidad e igualdad universal, un «despertar de conciencia» (recuérdese la ópera rock Hair); pero, la perspectiva de la Tradición Primordial es mucho más sobria. Desde este punto vista —que es el de Georgel— podemos decir que «Acuario» supondrá, algo parecido a la Caja de Pandora: tras difundir todos los horrores del universo, ofrecerá la esperanza de una nueva Edad de Oro y la restauración de la espiritualidad primordial. Acuario no representa, por tanto, una «nueva civilización», como creían los hippys de los años 60, los fundadores de la ONU (convencidos de que su fundación en 1945 marcaba el inicio de la “Era de la Luz” o los ocultistas del siglo XIX y del primer tercio del siglo XX como Paul Le Cour el ocultista que más teorizó sobre las esperanzas en Acuario), sino una promesa de enderezamiento tradicional.

No hay que olvidar —que es lo que suelen olvidar todos los ocultistas y progresistas— que el signo complementario de Acuario es Leo y que de la misma forma que la Edad de Piscis ha tenido como protagonismo a una religión basada en “los peces”, “los pescadores” y en “la Virgen” (Virgo es el complementario de Piscis), la relativa ambigüedad de Acuario está compensada por el fuego y la luz que deriva de Leo.

El mito de Acuario y el cristianismo

Acuario es un signo de aire. Georgel veía en esto la prefiguración de una sociedad desvinculada de la tierra (que para él representaría la economía financiera sobre la real, la identidad digital sobre la física, la robótica sobre lo humano, la materia sobre el espíritu). Lo que el mundo moderno llama «globalismo» y los hippies y ocultistas llamaron «fraternidad acuariana», no es más que una inversión de la verdadera unidad espiritual; una uniformidad impuesta por la técnica, no por la luz interior.

Georgel sostiene en su obra que la entrada definitiva en las influencias de Acuario coincide con el agotamiento matemático del Manvantara. El año 2030 no es, por tanto, el inicio de una utopía, sino el umbral de la “Gran Liquidación”, el momento en que la humanidad agota sus posibilidades actuales para dar paso, tras una crisis catártica, a un nuevo Satya Yuga o Edad de Oro”.

La pregunta que algunos pueden plantearse es: «si la era de Piscis ha estado marcada por el cristianismo, ¿implica esto que al salir de esta era zodiacal, el cristianismo desaparecerá?».

Para Georgel, el declive de la Cristiandad no es fruto de un error político, o una fatalidad derivada del materialismo, ni siquiera una consecuencia inevitable de la tecnificación de nuestras sociedades, sino una necesidad cíclica. En el Evangelio según San Mateo (capítulo 18:7) escrito está: «¡Ay del mundo por los escándalos! porque necesario es que vengan escándalos; mas ¡ay de aquel hombre por el cual viene el escándalo!», idea que se repite en el Evangelio de Lucas (Lucas 17:1-2): «Es imposible que no vengan escándalos; pero ¡ay de aquel por quien vienen!». En otras palabras: un mal puede ser necesario si contribuye a confirmar el orden cósmico. Y así debe ser entendido nuestro tiempo, como un desorden tan necesario como inevitable para contribuir al orden general.

Dicho lo cual sería necesario analizar si existe algún elemtno que sugiera el presentimiento de «Acuario». Como se sabce, el mito de Acuario está vinculado al «copero de los dioses», a la figura del «aguador». La constelación de Acuario se sitúa en una región del cielo que los astrónomos antiguos llamaban «El Mar» o «Aqua», debido a que está rodeada por otras constelaciones relacionadas con el agua (Piscis, Cetus o el río Erídano). En Babilonia se asociaba este signo con el dios Ea (o Enki), dios de la sabiduría y de las aguas dulces subterráneas, a quien se representaba sosteniendo un jarrón del que brotaban ríos. Esta época del año coincidía con su temporada de inundaciones destructivas. En Egipto la constelación se vinculaba con el dios Hapi, la deificación de las crecidas del río Nilo. Se creía que la primavera y las inundaciones que fertilizaban las tierras comenzaban exactamente cuando el aguador sumergía su enorme jarra en el río. Y, en el mundo clásico, la mitología griega adaptó estas tradiciones previas a través de la historia de Ganímedes, un príncipe troyano de extraordinaria belleza del que Zeus se enamoró y raptó para llevarlo al Monte Olimpo, donde recibió la inmortalidad y asumió el rol de copero de los dioses. Zeus inmortalizó su silueta en las estrellas como la constelación de Acuario, el portador del agua. Hay que entender por esa «agua», no un elemento físico, sino una metáfora de sabiduría, conocimiento, ideas y nutrición intelectual.

Pues bien, en el Evangelio aparece la figura del «aguador» en varios fragmentos. En Marcos 14:13 puede leerse: «Y envió a dos de sus discípulos, y les dijo: Id a la ciudad, y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle». Y en Lucas 22:10: «Él les dijo: He aquí, al entrar en la ciudad os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle hasta la casa donde entrare». El «aguador» es, por tanto, una señal dada por Jesús a Pedro y Juan para que encontraran, sin levantar sospechas ante las autoridades que ya lo buscaban, el lugar exacto donde se celebraría la Última Cena.

La doctrina católica apenas ha reparado en esta figura y en su papel capital; significativamente, uno de los pocos teólogos que se han preocupado por su figura ha sido el Papa Benedicto XVI en su obra Jesús de Nazaret donde dice que pudo haber sido un sirviente o un «miembro de la comunidad esenia». Lo deduce porque en la Palestina de aquella época, la acción de llevar agua a los hogares era realizada por mujeres, así que, si se trataba de un hombre, era muy probable que perteneciera a este grupo religioso formado por hombres que vivían en comunidad y practicaban la castidad, por lo que debían hacer ellos mismos todas las tareas… incluida la de aguador. La explicación es ingeniosa, pero abre nuevos interrogantes: ¿confiaba Jesús en los esenios más que en sus propios partidarios?, ¿Jesús era un miembro de la secta esenia?, ¿un acto tan importante como la Última Cena podía confiarse a un esenio?, ¿no sería arriesgado confiar la organización del evento a alguien que no perteneciera a la propia comunidad? ¿Existe otra interpretación?

La hay, en efecto. El simbolismo cristiano está íntimamente ligado al simbolismo de Piscis: el Pez (Ichthys) símbolo del propio Cristo y emblema de identidad de los primeros cristianos. Como se sabe, los cristianos primitivos adoptaron la palabra griega para pez, ΙΧΘΥΣ (Ichthys), como un código de reconocimiento. Cada letra correspondía a la confesión de fe: Iēsoûs Christós Theoû Yiós Sōtèr (“Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador”). Piscis se asocia con las redes, el océano y la captura de almas en el plano espiritual. El hecho es que los primeros discípulos eran pescadores de Galilea: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres» (Mateo 4:19) dijo a Simón Pedro y a Andrés, a los que se sumarán otros del mismo oficio que arrojarán las redes para captar almas. El milagro de los panes y los peces que aparece repetido en los evangelios, conecta con el principio de abundancia espiritual de Piscis. Los cinco panes y los dos peces de los que se alimentarán cinco personas. La propia constelación de Piscis, desde tiempos precristianos se representa con el símbolo de dos peces unidos por una cuerda. La constante presencia del «agua» en episodios evangélicos (el caminar sobre las aguas en Mateo 14:25, que representa la supremacía del espíritu por encima de las corrientes emocionales y materiales del mundo, el Bautismo en el Jordán, en el que el agua se convierte en el canal de purificación e iniciación espiritual, el episodio de la tempestad calmada en el que Jesús reprende al viento y ordena al mar: «Calla, enmudece» (Marcos 4:39), manifestando su regencia divina sobre el océano. El episodio del lavatorio de los pies en la Última Cena. El episodio del pago del impuesto del templo en el que Jesús ordena a Pedro: «ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que sacares, tómalo, y abierta su boca, hallarás un estatero [una moneda]; tómalo, y dáselo por mí y por ti» (Mateo 17:27). El pez emerge directamente como el proveedor del sustento y de la resolución de problemas terrenales… Todo ello demuestra la predilección casi obsesiva de los narradores evangélicos por describir mediante símbolos, siempre vinculados a Piscis, la nueva religión. A lo que hay que sumar el papel de la Virgen en la Tradición Cristiana: la Madre de Dios, y la importancia creciente que ha tenido su culto, especialmente en los dos últimos siglos, en la liturgia católica. La Virgen, está inequívocamente vinculada a la constelación y al signo astronómico de Virgo, el opuesto y, por tanto, complementario, de Piscis en la rueda del zodíaco.

Así mismo, llama la atención la importancia del Carnero en algunos fragmentos evangélicos. Este aspecto es importante, porque el Carnero está vinculado al signo de Aries, el inmediatamente anterior a Piscis. Jesucristo encarna el puente exacto entre ambas eras, marcando el fin de los antiguos sacrificios de sangre y el inicio de una nueva actitud espiritual. Así pues, la Era de Aries sería la del Antiguo Testamento y su inicio simbólico dataría de cuando Dios detiene el sacrificio de Isaac que estaba a punto de realizar Abraham y provee en lugar del hijo a un carnero trabado en un zarzal por sus cuernos. El Shofá (Cuerno de carnero), era el instrumento sagrado del pueblo de Israel para convocar las asambleas, derribar los muros de Jericó o anunciar el año del Jubileo era precisamente el shofar, fabricado con el cuerno de un carnero macho. La misma liberación de Egipto se selló con la sangre de un cordero untada en los umbrales de las puertas (Éxodo 12). Toda la teología del Antiguo Testamento se sostuvo sobre el sistema levítico de sacrificios continuos de ovejas, carneros y corderos en el Templo para expiar el pecado. Cuando Moisés baja del Sinaí encuentra a su pueblo adorando a un ídolo en forma de becerro de oro que destruye, convierte en polvo y arroja al río.

Cuando nace Jesús de Nazaret, el Sol del equinoccio vernal está abandonando la constelación de Aries para adentrarse en la de Piscis. En los evangelios, Jesús asume el papel del último cordero de la historia. Por eso, en el episodio del Bautismo en el Jordán, Juan el Bautista lo presenta al mundo diciendo: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). La crucifixión representaría el sacrificio definitivo del arquetipo de Aries. Jesús muere como el cordero pascual absoluto.

Con su muerte en la cruz y la posterior destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 d.C., se cierra un período (el «mes platónico de Aries») y se abre otro (el «mes platónico de Piscis»), de la misma forma que con la destrucción del «Becerro de Oro» por parte de Moisés, queda clausurado el período anterior (el «mes platónico de Tauro», identificado con la religiosidad egipcia, en la que el buey Apis, la vaca Hathor,  mientras que uno de los títulos del Faraón era Ka-nakht, «Toro Victorioso», incluso en la célebre Paleta de Narmer, se representa al faraón directamente bajo la forma de un toro que derriba las murallas de las ciudades enemigas y aplasta a los adversarios). Es significativo, en cualquier caso, que mientras en el Antiguo Testamento, Yavhé se revela especialmente a pastores de ovejas en el desierto (como Moisés o David), el Dios Hijo del Nuevo Testamento elige como futuros líderes espirituales a pescadores del Mar de Galilea. El cayado del pastor se transforma en una red del pescador. Así mismo, mientras en la era de Aries la purificación se realizaba mediante el fuego del altar del Templo, en la Era de Piscis el rito central de iniciación y renacimiento pasa a ser el Bautismo por agua.

Resulta aleccionador constatar que las esperanzas apocalípticas siempre terminan decepcionando a quienes las sustentan. Los judíos de la época de Cristo, bajo la influencia del período anterior, esperaban a un Mesías guerrero y conquistador, esperaban un «Rey de los Judíos», en sentido de líder político-militar, lo propio de la época de Aries cuyo planeta «regente» es Marte, asociado al dominio, la dirección, la guerra y el combate; pero, en su lugar apareció el Cristo que predicaba el perdón, el sacrificio personal, el amor incondicional y la disolución del ego. En los mismos años en los que Cristo nació en Palestina, los arúspices romanos miraban a los peces en los ríos intentando intuir los rasgos que se esperaban de la renovación de los cultos. Siempre hay «intuiciones» que pocas veces logran concretar la esencia de la espiritualidad del futuro.

A partir del Concilio Vaticano I, la Iglesia empezó a reavivar el culto a la Virgen que, desde entonces, ha ido adquiriendo cada vez mayor importancia; la totalidad del Concilio Vaticano II estuvo dedicada al aggiornamento de la religión católica, esto es, a su «puesta al día». Mientras, el mundo va cambiando, y da la sensación de que el mundo se está «feminizando» e, incluso, Ganímedes, el «copero de los dioses» es presentado como un arquetipo gay (dado que Zeus se enamoró de él). La propia Agenda 2030 es un racimo de objetivos que tienen en cuenta la interpretación que sus mentores hacen de la New Age, o Era de Acuario: la era de la “igualdad”, la era en la que las barreras entre los sexos, las razas, las naciones, las religiones, las culturas, desaparecerán, y sólo existirá la «Humanidad» con mayúscula, en un clima de paz, fraternidad y derechos humanos…

Pero, aunque no puede afirmarse cómo será el tiempo nuevo, si sabemos que no irá en ninguna de esas direcciones: ahí está el complemento de Acuario, Leo, el signo solar por excelencia, que indica jerarquía, orden, autoridad. Y la interpretación correcta de Acuario, no es como «exaltación de la humanidad», sino como «retorno a la verdadera espiritualidad».

Así pues, ¿habrá que pensar en una Iglesia fortalecida más allá de 2030 que haya retornado a los valores, las liturgias y los estilos de Trento? Nos tememos que no. Si el tránsito del Antiguo Testamento al Evangelio supuso un cambio total de perspectiva, el tiempo del Paráclito que está por llegar, implicará cambios no menos radicales, probablemente surgidas de destrucciones drásticas (que no solamente pueden ser físicas, sino también morales; de hecho, hoy es tan probable un colapso de civilización a causa de una catástrofe natural, una guerra o una pandemia, como derivada de un olvido absoluto de lo que es la ética y la moral, por no hablar de la metafísica).

Lo que sí podemos afirmar es que el catolicismo, tal como lo hemos conocido en nuestro ciclo histórico, está llegando a su fin. Y nos atreveríamos a decir que los arquetipos de ese tiempo nuevo serán los símbolos del «espíritu» (no en vano, será una era del espíritu), de la «jerarquía» (por la presencia de Leo), de la «juventud» (porque el ciclo nuevo se sitúa en el origen de una nueva Edad de Oro como sugiere Georgel), y, desde luego, más próxima a la espiritualidad primordial (dado que el «copero de los dioses», vive con ellos en el Olimpo).

Más allá de 2030

Acuario es un signo de Aire, y Georgel analiza esto con una agudeza asombrosa. Previó quye «lo intangible» estaría presente alque el final del ciclo. Hoy vemos esta presencia en la digitalización total, las criptomonedas, internet, la inteligencia artificial. No es «progreso espiritual», es, más bien, pérdida definitiva de contacto con la realidad orgánica y terrenal. Todo lo «moderno» es volátil. El «aire» de Acuario representa la inestabilidad. Todo se vuelve fluido, efímero y sin raíces, rasgos Georgel identifica como el estado previo a la regeneración.

En cuanto a la «fraternidad universal» que prometen los entusiastas de Acuario es, para Georgel, una parodia de la unidad tradicional. A Georgel no le hubiera costado identificar el globalismo y la colectivización tecnológica con formas de «espiritualidad invertida». Es una unión «por lo bajo» (el consumo, la técnica) y no «por lo alto» (lo sagrado).

Lo más impactante de su tesis, es que Acuario actúa como un disolvente. Su función no es construir una nueva civilización duradera, sino «limpiar» los restos del Kali Yuga. Georgel sitúa esta influencia como una fuerza que acelera la caída de las viejas instituciones para dejar el terreno vacío.

Georgel acuñó el término «Fase de Liquidación» para describir los últimos años antes del gran cambio. Para él, nuestro tiempo es el periodo de «agotamiento de las posibilidades». Previó que las estructuras creadas durante la última fase de la Edad de Hierro (economía basada en la deuda, Estados tecnoburocráticos dirigidos por auténticos bandidos que, no solamente no se atienen a alguna pauta moral, sino que desconocen incluso que lo que es la moral, tecnologías deshumanizantes, sustitución de lo humano por lo mecánico, reducción del «espíritu» a la «nube universal» como sostiene el transhumanismo) llegarían a un punto de saturación donde ya no podrían sostenerse. Se trataría de un agotamiento sistémico más allá del cual ya no hay nada que pueda ofrecerse. Esto explica la dificultad que tienen los futurólogos y los especialistas en prospectiva en definir lo que vendrá después de la Cuarta Revolución Industrial hoy en curso. Por tanto, se equivocan quienes creen que los grandes avances operados en el curso de esta mutación tecnológica conducen a un mundo mejor en el que, incluso, la vida humana se prolongará casi hasta el infinito (ver lo que escribimos en Info-Krisis sobre las teorías transhumanistas). Georgel, de vivir hoy, consideraría que la aceleración tecnológica actual es, en realidad, el “giro final” de una peonza antes de caer. Cuanto más rápido gira el mundo, cuanto mayor es su aceleración, paradójicamente está más cerca está de su detención absoluta…

El 2030 es el muro contra el que choca la modernidad, permitiendo que la rueda vuelva a su posición original: el inicio de un nuevo Satya Yuga. Acuario disuelve todo lo que es “forma” para que solo quede la «esencia».

Gaston Georgel, arraigado en su tierra natal

Georgel toma la cifra tradicional del ciclo completo de la humanidad (64.800 años) y la divide según la proporción 4:3:2:1. Como vimos, el Kali Yuga (la última décima parte) dura 6.480 años. Sitúa el inicio de este Kali Yuga en el 4450 a.C. (una fecha que coincide con ciertos cálculos tradicionales y el inicio de la civilización sumeria/egipcia). Si sumamos: -4450 + 6480 = 2030 d.C. El paso de la Era de Piscis a la de Acuario no es exacto en todos los sistemas, pero al cruzarlo con los ritmos de la historia europea, el «punto de inflexión» donde la influencia de Piscis se agota totalmente y la de Acuario toma el mando de forma disruptiva cae exactamente en el entorno de 2030.

Sin embargo, en tanto que ciudadano francés y buen conocedor de la historia de su país, considera que ésta es una especie de «termómetro espiritual» de Occidente. Su análisis de Francia le indica que está sometida a lo que llama «el pulso de la historia», un ciclo de 528 años que nuevamente le lleva a través de una «curva de aceleración de la historia» hasta el año 2030 en el que llega a su asíndota (el punto donde la línea se vuelve vertical y el tiempo “estalla”.

Traducir Las cuatro edades de la humanidad en este preciso momento histórico no ha sido un mero trabajo editorial, sino una respuesta a la urgencia de los tiempos. Al cerrar este volumen, el lector ya no podrá mirar el calendario con la misma inocencia. Gaston Georgel nos ha entregado las llaves para comprender que el caos que nos rodea —esa sensación de abismo que define nuestra década— no es el triunfo del sinsentido, sino el cumplimiento de una ley cósmica inexorable.

La fecha de 2030, que atraviesa estas páginas como una advertencia constante, no debe ser recibida con el terror paralizante de los antiguos apocalipsis, sino con la serenidad propia del Hombre de la Tradición. Georgel nos enseña que el fin de la Edad de Hierro es la condición necesaria para que la tierra vuelva a ser virgen, para que la luz del Satya Yuga vuelva a iluminar una humanidad restaurada en su eje espiritual.

Si la modernidad es, como decía Guénon, una anomalía en la historia, la obra de Georgel ha descrito el cronómetro que marca el final de esa desviación. Esta traducción busca ofrecer una brújula a quienes, en mitad de la actual crisis terminal de un ciclo, se niegan a ser arrastrados por la corriente de lo virtual y lo efímero. Al final del ciclo, solo lo que es esencial sobrevive. Que estas páginas sirvan para que el lector encuentre, en medio del naufragio del mundo moderno, esa «isla de los bienaventurados» que la Tradición siempre ha mantenido preservada para quienes saben leer los signos de los tiempos.

La rueda gira. El ciclo se agota. El retorno está próximo.

Ernesto Milá
(20.05.2026)