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jueves, 17 de octubre de 2019

Crónicas desde mi retrete (31) 10 PREGUNTAS Y RESPUESTAS SOBRE LA CRISIS DE NUESTRO TIEMPO


En 2014, durante un período de estancia en Malta, pergeñamos la “teoría del mundo cúbico”. Empezamos a trabajar en este tema a la vista de la dificultad de integrar aspectos muy distintos presentes en la modernidad y aparente difíciles de interpretar conjuntamente, a pesar de coincidir en el mismo momento histórico. Cinco años después, aquellos apuntes que dieron lugar a un libro (Teoría del Mundo Cúbico – Riesgos y destino de la globalización) son de nuevo objeto de meditación. En primer lugar, porque parece como si cuatro descerebrados con un cóctel molotov pudieran generar inquietud y miedo. Hoy, el miedo es el rasgo distintivo de nuestra sociedad. De hecho, el miedo es un reflejo condicionado de la naturaleza que tiende y refuerza el instinto de conservación (se huye de algo para sobrevivir). Ahora bien, el problema consiste en distinguir aquello que vale la pena temer y aquello otro que no deja de ser espectáculo destinado a generar algún tipo de resultado inmediato (cócteles molotov para obligar a la otra parte a negociar). La ocasión de haber reimpreso esta obra nos da la ocasión para recordar su contenido en forma de preguntas y respuestas que, a fin de cuentas, suponen un viaje al final de la noche del momento histórico que nos ha tocado vivir

1. ¿Cuál es el gran problema de nuestro tiempo?
Es la sinergia entre globalización económica, mundialismo cultural y cambio tecnológico acelerado. Cualquier otro problema es mucho menor (independentismo catalán, traslado de los restos de Franco) o forma parte de alguno de estos (inmigración masiva, crisis económica, ideologías de género) o son consecuencia de las interacciones entre estos tres elementos críticos (inseguridad generalidad, precarización, problemas psicológicos de la población, degradación del medio biológico, del cultural).
2. ¿Globalización, mundialismo y cambio tecnológico, están unidos o son independientes unos de otros?
Globalismo y mundialismo son la cara y la cruz del mismo fenómeno, mientras que el desarrollo tecnológico es relativamente independiente de estos fenómenos. Han aparecido en distintos momentos de la historia. El mundialismo aparece en la segunda mitad del XIX y se confirma en 1945. La globalización económica se intuye desde los años 30 del siglo XX, pero se impone entre 1978-80 (irrupción de la Tatcher y Reagan) y 1989 (caída del Muro de Berlín). En cuanto al cambio tecnológico es algo impuesto por la misma evolución del capitalismo y por la acumulación de los avances científicos previos. La globalización, un fenómeno esencialmente económico, precisa de un marco cultural apropiado para ser aceptada por las poblaciones. Este marco lo aporta el mundialismo. Y, en cuanto a la innovación tecnológica, está a punto de dar el salto de la tercera a la cuarta revolución industrial.
3. ¿Puede decirse que estos tres fenómenos sean derivaciones de la evolución del capitalismo?
Lo son porque se producen en un mundo en el que el capitalismo es hegemónico, pero lo que nos afecta directamente es que la sociedad pintada por las novelas cyberpunk de los años 80 y 90 (máxima tecnología, mínima capacidad adquisitiva para la mayoría) está en puertas de hacerse realidad… De todas formas, nos equivocaríamos si viéramos en el capitalismo a un fenómeno único y monolítico que muestra las mismas características a lo largo de toda su historia. Y el capitalismo nacido en la Edad Media es muy diferente del capitalismo financiero actual. El capitalismo va cambiando a medida que se va generando más progreso tecnológico: no es que se adapte a él, es que lo incorpora siempre y cuando pueda ofrecer mejores beneficios a los propietarios del capital.
Conviene, por tanto, hablar de “revoluciones industriales”, mucho más que de “fases del capitalismo”. Las primeras preceden a las segundas: la primera fue la del motor de vapor, la segunda revolución industrial la del motor de explosión y la electricidad, la tercera la del microchip y la que tenemos ante las puertas, la de la inteligencia artificial, la biomecánica, la genética, la robótica y la criogenia. Mientras que las fases del capitalismo (artesanal, industrial, multinacional y financiero) no coinciden exactamente con las anteriores. Ahora bien, lo que cuenta es que en el momento actual estamos en la fase de colusión entre neocapitalismo globalizado e inicio de la cuarta revolución industrial. Tormenta perfecta porque lo que hasta ahora estaba al alcance de todos (la sanidad, por ejemplo), a partir de ahora estará solamente al alcance de quien pueda pagarla (al menos en sus resultados más novedosos) y porque muchos sectores que hasta ahora vivían del trabajo, a partir de ahora, se encontrarán con que un robot lo realiza.
4. ¿Cuál es el resultado del proceso?
El que ningún valor, ninguna experiencia histórica, ninguna estructura social o política que hayamos conocido se mantendrá en esta nueva época a cuyo nacimiento estamos asistiendo. Nada de lo que hayamos conocido o nos hayan enseñado en la escuela, servirá. La “cuarta revolución industrial” que tiende hacia la “singularidad” (la toma de conciencia de la máquina y el que ella misma genere “pensamiento”) se concretará entre el 2030 y el 2050, es decir, está a la vuelta de la esquina. Si ahora nos quejamos de “pérdida de identidad”, dentro de unos años nos quejamos de que incluso lo humano ha perdido identidad tal como proponen las ideologías transhumanistas. No olvidemos que los valores y las pautas por las que se mueve nuestra sociedad datan de un período situado entre el humanismo renacentista y la “revolución romántica” del XIX. A nadie se le escapa lo inviable de intentar regir el siglo XXI y su “cuarta revolución industrial” con los esquemas nacidos en el XVIII. A pesar de que dé la sensación de que este proceso es extremadamente fluido y movedizo, en realidad puede ser considerado como la “solidificación del mundo”.
5. ¿Qué significa “proceso de solidificación del mundo”?
Es el tránsito de la “esfera”, la figura más móvil y ágil de la geometría espacial, al “cubo”, la figura más estable e inmóvil. Lo que antes era fluido, ahora se convierte en estático e inamovible. Antes, en un mundo “esférico” era posible crear, rectificar y enderezar el mundo con esfuerzos a medida de lo humano. Ahora, sin embargo, en un mundo “cúbico” todo resulta inamovible y fiera del alcance de lo humano. En conclusión: el proceso de solidificación del mundo supone la exclusión del factor humano en el proceso de construcción y marcha hacia el futuro. En lugar de ser dueño de nuestro destino, globalización y mundialismo, se han apropiado del mismo de manera absoluta e inapelable.

6. ¿Qué intenta explicar la teoría del mundo cúbico?
Si aceptamos que el cubo es la figura que corresponde a nuestro momento histórico, se trata de situar en cada una de las caras del cubo aquellos elementos políticos, sociales, económicos, científicos y culturales que correspondan:
- La cara superior será la de los beneficiarios de la globalización.
- La cara inferior, su opuesta, corresponderá a los damnificados por la globalización.
- En uno de los lados figurarán, los actores geopolíticos tradicionales.
- En el opuesto, los actores geopolíticos emergentes.
- En la otra cara lateral tendremos los recursos energéticos y el progreso científico y
- En la opuesto, lo que hemos calificado como “neodelincuencia”.
Al analizar someramente cada una se estas caras se percibe que no tienen una densidad y un impacto homogéneo ni siquiera en cada una de sus superficies. Al igual que en la figura del cubo, existen “zonas sensibles”, las doce aristas que es donde se producen los “contactos” más directos y, por tanto, más explosivos entre estas seos caras. Se identifican perfectamente porque, en cada una de estas aristas podemos situar todos los fenómenos que ocupan la actualidad cotidiana. Pensemos, por ejemplo, en la deslocalización industrial: el tránsito de las industrias del primer mundo genera “damnificados por la globalización” y beneficia a los “actores geopolíticos emergentes”, pero, a su vez, también genera desequilibrios interiores en estos dado que la industria llega por lo precario de los salarios, de tal manera que en esos países nunca se formará una clase media como la que generó Europa en el siglo XIX y XX. Este análisis se repite en cada una de las aristas y permite un análisis muy completo de la situación.
7. ¿Cuál es la conclusión de esa perspectiva?
La teoría del mundo cúbico no es solamente un método de análisis o una regla mnemotécnica para analizar la actualidad, sino, sobre todo y por encima de todo, un instrumento para prever la evolución futura e identificar los puntos de ruptura. Como se sabe, cuanto más duro es un mineral, más fácil es hacerlo estallar en mil pedazos: todo consiste en encontrar su “punto de ruptura”. Por tanto, a la vista de la realidad que muestran las seis caras del cubo, las doce aristas en las que se generan fricciones, hay que concluir que el “mundo solidificado” está sometido a tensiones extremas en sus ocho “vértices” y que, por tanto, aunque pudiera actuarse sobre alguno de ellos, no podría evitarse que el potencial explosivo acumulado en los otros, tienda a disgregar el conjunto.
En el libro se analiza cada uno de estos vértices sistemáticamente y se analiza si los vectores que se generan producen contradicciones, sinergias o repulsiones. Si el resultado de este análisis indicase que en los vértices se generan sinergias, la conclusión sería que las tendencias son “centrípetas”, que mantendrían la unidad del conjunto; pero el resultado es justamente el opuesto: vencen las tendencias “centrífugas” que garantizan en un plazo no excesivamente largo, crisis generalizada, inestabilidad y estallido. El diagnóstico final es que, siendo el cubo la figura más estable de la geometría espacial, en este caso, su potencial explosivo interior, no solamente neutraliza esta estabilidad, sino que asegura su ruptura. De hecho, la cristalización en cubos, en gemología, garantiza que una estructura grande puede ser partida en cubos menores y luego nuevamente fragmentada en la misma forma, hasta convertirse en polvo, con más facilidad que cualquier otra estructura mineral.
8. ¿Quién dirige el sistema?
Nadie. Existen, claro está, individuos y grupos de presión con más o menos poder, pero incluso ellos no tienen capacidad de decisión y previsión, sino que, a su vez, son dirigidos mecánicamente por 10 principios que les obligan a actuar de manera dogmática. Estos diez principios constituyen el credo de su “religión”: el neocapitalismo mundialista y globalizador. Son fácilmente identificables y constituyen la cúspide de la pirámide y el “ojo que todo lo ve” escrutador. Les hemos dedicado el capítulo final de nuestra Teoría del mundo cúbico, los hemos enumerado y descrito con precisión. Si según René Guènon, los principios que han regido el ciclo histórico que ahora termina, fueron enunciados como metafísica hacia el siglo VII a. JC, ahora nos encontramos con otros principios, radicalmente opuestos que podrían ser calificados como una “metafísica invertida”: no un ir más allá de la física, sino más bien un intento de dominar el terreno de la “phisis”. El “sistema” ya no lo dirigen personas físicas, lo dirigen dogmas económicos asumidos por un reducido núcleo duro de “señores del dinero”.  
9. ¿Cómo encuadrar este esquema e la crisis española?
Nuestro país llegó tarde al nacimiento del capitalismo por factores históricos muy concretos. El siglo XIX lo desgarró profundamente y terminamos de quedar descolgados del pelotón de cabeza envueltos en guerra civiles sin fin. La estabilidad franquista sirvió para acortar esta distancia, concentrar poder para poder ganar terreno perdido especialmente entre 1959 y 1973. Pero, a partir de ese momento, iniciada la transición y tras 40 años de democracia, se une en el país, los errores cometidos durante la transición, se han ido acumulando los problemas, agravados todavía más por la ruina del sistema educativo incapaz de formar espíritus críticos. La crisis española es idéntica a la que se da en otros países de Europa Occidental, agravada por la debilidad cada vez mayor de nuestra clase media y sin salida dentro de las pautas tradicionales por el hecho de que el “patriotismo español” se basa históricamente en dos principios: religión y monarquía, y ambos están en profunda e irrecuperable crisis.
10. ¿Qué puede hacerse o rectificarse y sobre qué principios podría basarse una contraofensiva contra la decadencia?
Personalmente, creo que poco. De todas formas, vale la pena distinguir entre la esfera personal y de proximidad y la esfera político-social. En esta última creo que todo esta perdido y que, como máximo, puede ralentizarse algún proceso de decadencia. Hoy el sistema nos sitúa ante una enormidad: la inmensidad de la tarea que supone rectificar la marcha errónea de tres siglos de civilización y lo ridículo que pone a nuestro alcance: el voto cada cuatro años. Evidentemente, para contener alguna amenaza hace falta terreno sólido en el que apoyarse. Pues bien, en la actualidad -a diferencia de en la primera parte del siglo XX- ya no existen ni fuerzas sociales, ni valores culturales tradicionales, ni estructuras que puedan ser consideradas como terreno sobre el que asentarse sólidamente, no ya para lanzar contraofensivas, sino para mantener posiciones.
Ahora bien, donde sí puede influirse es en el terreno personal, en la propia interioridad, y en los círculos familiares o sociales en los que nos movemos y sobre los que tenemos influencia. De todos los planteamientos enunciados hasta ahora en el siglo XXI, el más acertado me parece el “arqueofuturista” (aceptar y asumir, incorporar y ser maestros en las nuevas tecnologías y en los avances científico-tecnológicos, manteniendo, rescatando, viviendo y difundiendo los valores originarios que han dado lugar a los mejores momentos de la civilización. Esto implica realizar una síntesis entre una Tradición (valores que reencontrar y vivir) y una Revolución (que hoy es tecnológica, pero que luego deberá trasladarse al plano político). No es fácil. No solamente hay que partir del cero absoluto, sino también superar confusiones e ideas erróneas, incluso entre los que comparten el terreno de la disidencia. Y, claro está, en estos casos, siempre vale la pena recordar la frase de Hoffmanstal, esperar hasta el momento en que “los que han permanecido en vela en la noche oscura, den la mano a los que han nacido en el nuevo amanecer”.

martes, 26 de febrero de 2019

365 QUEJÍOS (281) - EL FINAL DE LA GUERRA FRÍA


Pensando en el paso inexorable del tiempo, llegó a la conclusión de que mis recuerdos de juventud están ligados a un fenómeno que parece difícil de explicar para las generaciones que vinieron después y que, sin embargo, condicionó la vida de mi generación. El otro día, respondía a un programa de una radio uruguaya tratando de explicar que aquel conflicto fue una simple lucha geopolítica por la hegemonía mundial. No tuvo casi nada de conflicto ideológico, fue el simple choque entre una potencia oceánica y una potencia continental. Lo que siguió a la Guerra Fría fue la globalización, el mundo que conocemos hoy (o, más bien, que sufrimos). No quiero entrar en este artículo en lo que fue aquel período de 40 años de historia, pero si reconstruir en breves líneas cómo terminó. Nos ayudará a entender el ciclo histórico que siguió.

El “año Orwell” o el año en que creímos morir

En los últimos años de la Guerra Fría, resultaba evidente que los EEUU, especialmente a partir de la proclamación de la Guerra de las Galaxias (que aspiraba a eliminar en la estratósfera los mísiles balísticos que hubieran sido lanzados sobre territorio norteamericano antes de que llegaran al objetivo), los soviéticos respondieron con la guerra psicológica, una guerra low–cost. En efecto, la instalación en Alemania de mísiles tácticos Pershing–2 de corto alcance, apenas 1.000 km, destinados a frenar a las unidades mecanizadas rusas en el momento en el que cruzaran el Telón de Acero en dirección al Oeste, fueron aprovechados por la URSS para su última gran ofensiva psicológica: movilizar, con la excusa del pacifismo, a millones de ciudadanos de Europa del Oeste como protesta por la instalación de estas armas que, en realidad, neutralizaban el poder terrestre soviético, el único frente en el que los soviéticos eran más fuertes que la OTAN.
Cuando llegó 1984, el “Año Orwell”, Occidente estaba sometido a lúgubres presagios. Los medios de comunicación occidentales aprovecharon para aludir a los escritos de este autor británico, conocido por su anticomunismo (o, mejor, antiestalinismo, si tenemos en cuenta que en su juventud militó en el trotskismo). Su novela emblemática, 1984, parecía apuntar a la creación de una distopía totalitaria fácilmente asimilable al modelo soviético. Los equipos de “operaciones psicológicas” de la OTAN también y antimilitarista que la URSS estaba favoreciendo y dando alas (inyectando dinero e información) en los países occidentales. Esto explica por qué, en la última fase de la Guerra Fría, apareció un formidable movimiento pacifista que llegaba allí en donde los debilitados y capi disminuidos partidos comunistas occidentales ya no podían llegar.

Nomenklatura y gerontocracia soviética e “imperio del mal”

La muerte de Brézhnev en 1982 fue el inicio del final de la última fase de la Guerra Fría. Le sucedió un corto período en el que el país fue gobernado por dos fieles miembros del “aparato”, Yuri Andrópov (1982–1984) y Konstantin Chernenko 1984–1985) que no aportaron grandes variaciones. Puede decirse que, sin el prestigio de Brézhnev, los problemas que ya existían al final de su mandato se fueron agudizando. Andropov intentó combatir la corrupción que había arraigado profundamente en el período de su predecesor. Ambos continuaron la guerra de Afganistán y las promesas de apoyo a los dirigentes de los países del Pacto de Varsovia, en cada uno de los cuales, el ejemplo polaco había envalentonado a la disidencia. La instalación de misiles de corto alcance SS–20 en las fronteras orientales de la alianza militar soviética fue respondida por los Pershing–2 norteamericanos, pero, así como en el Este no se produjeron movimientos de protesta, en Occidente fueron masivos. Ahora se sabe que estaban impulsados directamente por los equipos de operaciones especiales y guerra psicológica del KGB. Para ello, como habían realizado en los 60 años anteriores contaban con los intelectuales y la izquierda de Europa Occidental. Fue durante el período de gobierno de Andropov cuando Reagan acuñó su frase llamando a la URSS “el imperio del mal”.

Lo cierto es que el problema de los soviéticos –entre otros– era la edad de sus dirigentes. Andropov había nacido en 1914, Chernenko en 1911, Breznev en 1906… Todos ellos habían visto y participado en la Segunda Guerra Mundial y conocían las desgracias de un conflicto. Ninguno de ellos estaba dispuesto a apretar el botón nuclear, ni se veían presionados por una opinión pública belicista o siquiera con tendencias antiimperialistas.  Para ellos la “coexistencia pacífica” era algo más que una bonita consigna, era la forma en la que podían rendir el mejor servicio a su pueblo: mantener alta la guardia, avanzar en donde las circunstancias lo permitieran, pero evitar un enfrentamiento directo y frontal con Occidente. Pero era una clase política que se extinguía rápidamente.

Por lo demás, se habían sucedido tres presidentes soviéticos en menos de cuatro años: el cuarto debería ser, necesariamente, más joven e incluso aportar una nueva visión de la política. Visión, todavía más necesaria porque durante esos últimos años, la situación interior se había agravado: Afganistán, lejos de ser una “paseo militar” se había convertido en una sangría, la revuelta polaca se ampliaba, la presión armamentística de los EEUU era cada vez más insoportable y el descontento, la corrupción y el alcoholismo aumentaban en el interior, sin olvidar que las etnias no–rusas crecían a menos velocidad que la etnia rusa que siempre había sido la columna vertebral del país desde los tiempos de los Romanov.


Gorvachov: la buena voluntad no basta

Y entonces llegó al poder Mikhail Gorbachov. Con él todo cambiaría. El motor de estos cambios fueron dos palabras: “perestroika” y “glasnost”. La glasnost (apertura, transparencia, franqueza) fue un intento de liberalizar la política interior soviética, mientras que la perestroika era la búsqueda de una reestructuración de la economía. Glasnost no era un término nuevo en Rusia. Había aparecido ya en 1920 durante la guerra civil contra los “blancos”. A Trotsky se le ocurrió subordinar los sindicatos a la burocracia del partido. Esta política no convenció a muchos bolcheviques (Alexandra Kolantai, Zinóviev) y fue denostada por todos los revolucionarios de fuera del partido. Fue entonces cuando se relajó la censura y se permitió que las bases del partido participaran en las decisiones del ejecutivo bolchevique. A eso se le llamó glasnost, término que recuperó Gorbachov en 1985 para calificar a su nueva línea política.

El resultado inmediato fue que cuando los medios de comunicación soviéticos empezaron a hablar de los problemas reales de la URSS, el ciudadano quedó absolutamente conmocionado: alcoholismo, corrupción, contaminación ambiental y destrozos ecológicos, un presupuesto de defensa secreto, problemas de carestía (inexistentes en Occidente desde la postguerra), mala calidad en las viviendas, problemas en las nacionalidades periféricas que aspiraban a la descentralización absoluta o a la independencia, así como los mitos que habían hecho fortuna en Occidente (partidos políticos, elecciones libres, derecho de reunión y manifestación) llegaron demasiado tarde, cuando, además, ya se había iniciado la centrifugación del sistema soviético de alianzas y cada país del Pacto de Varsovia seguía el ejemplo polaco y realizaba su particular adaptación de la glasnost a su situación concreta. A partir de ahora, ya todo resultaba imparable.

Gorvachov pensaba que, profundizando en las reformas, la presión popular disminuiría. Error. Lo que ocurrió fue justamente lo contrario. En el discurso del 27º Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética celebrado en enero de 1987, Gorvachov presentó su programa de reformas: anunció la introducción del mercado libre, la descentralización de la economía nacional y reformas liberalizadoras en la vida política. Dos desastres ocurridos en aquella época, acentuaron las dificultades del nuevo presiden soviético: el incidente en la central nuclear de Chernóbil que demostró las deficiencias del programa nuclear soviético y el terremoto de Armenia que causó 20.000 muertos. Aumentó el descontento y, a pesar de que Gorvachov suscitaba simpatías en Occidente como ningún otro dirigente soviético, lo cierto es que en su país resultaba cada vez más impopular y apenas podía contar con partidarios. Poco a poco, se fue organizando una oposición a su derecha y a su izquierda que llevó al fin de la URSS y al fallido golpe de Estado que lo expulsó del poder.

Reforma necesaria y reforma imposible

La URSS murió víctima de factores exógenos y endógenos, pero fundamentalmente, lo que ocurrió fue una “revolución democrática” que se atuvo en todo a las revoluciones precedentes, empezando por la francesa: los intelectuales tomaron partido contra el régimen, éste no entendió que en los años 60 había llegado una cita con las “reformas necesarias”; pero en aquel momento, el régimen se sentía fuerte y no tenía por qué oír la voz del sentido común que le sugería realizar las reformas mientras el bolchevismo aún fuera fuerte, hegemónico y mayoritario, así que, como antes Luis XV y después Nicolás II y muy en especial su antecesor Alejandro III. Pasó el tiempo y la “reforma necesaria” seguía siéndolo, pero el régimen soviético ya no era tan fuerte como antes: la población vivía en plena carestía, la cola para comprar cualquier cosa era algo habitual, las viviendas angostas y sombrías, la burocracia asfixiante, pero el régimen se desangraba en Afganistán (el Vietnam soviético), sus aliados del Pacto de Varsovia empezaban a desconfiar de la vitalidad de la URSS, el problema de las nacionalidades, la Guerra de las Galaxias y un presupuesto militar insostenible... todo, absolutamente todo indicaba que, en esas circunstancias, cualquier reforma llegaba tarde y sería tomada por todos como un gesto de debilidad. Por eso fracasó la glasnost.

En cuanto a la “perestroika” fue todavía peor. En el fondo podía pensarse que la tarea histórica del bolchevismo (como en España la del franquismo) consistió en asumir el poder en un país atrasado que había llegado tarde a la revolución industrial, concentrar el poder, planificar la economía y conseguir en unas décadas recuperar el tiempo perdido. Algo de eso había, en realidad. Contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, el ideal de Lenin era hacer de Rusia una especie de EEUU del Este de Europa: con su mismo nivel de vida, con su misma industrialización, una especie de American way of life a la soviética. Gorvachov recuperó ese plan. Lo que ocurrió después tiene su lógica: antes o después, una economía autoritaria y planificada, termina generando islotes de capitalismo e iniciativa privada que, a partir de cierta concentración económica, reivindican no solamente libertad económica sino también libertades políticas. Desde el momento en el que Gorvachov anunció medidas liberalizadoras de la economía, era evidente que poco después debería acometer reformas políticas democráticas.

Y este era el problema: Gorvachov en aquellos años no tenía intención de destruir el sistema socialista, sino que sólo aspiraba a reformarlo. En sus primeros años de permanencia en el poder, Gorvachov no realizó ningún cambio económico importante. Toda su actividad se centró en tender la mano a Occidente, seguir financiando a movimientos pacifistas y contrarios a la OTAN, tratando de capear los temporales internos que se anunciaban en el horizonte. De hecho, la perestroika (esto es, las reformas económicas) no habían sido diseñadas por él, sino que estaban en barbecho desde la época de Chernenko y Andrópov, pero por distintas circunstancias, nunca se había creído posible aplicarlas, ni siquiera impulsarlas. En realidad, la perestoika consistía simplemente en transformar la economía soviética burocratizada en lo que se quiso llamar “economía socialista de mercado”, la misma experiencia que luego se realizó en China en los años 90. La “perestroika” era una verdadera “revolución por arriba”, realizada por la nomenklatura soviética. En realidad, cuando se aplicó no fue más que una privatización salvaje de los recursos del Estado realizada por un Gorvachov terminal y, posteriormente, en plena anarquía económica cuando el país sufrió el gobierno del que fue presentado en Occidente como “héroe ruso”, cuando en realidad, no pasó de ser un individuo obtuso y alcoholizado: Boris Eltsin.

Si tu adversario ha caído, remátalo…

En realidad, la perestroika” se fue acelerando y resultó el equivalente a los típicos procesos de ultraliberalismo que habían arrasado la economía chilena (con la irrupción de los “Chicago boys”) y posteriormente en EEUU y el Reino Unido con Ronald Reagan y Margaret Tatcher. Lejos de resolver todos los problemas de la economía soviética, lo que ocurrió fue que en un breve espacio de tiempo se generaron gigantescas acumulaciones de capital y de corrupción; la agricultura que funcionaba particularmente bien (aunque tenía problemas de distribución) quedó descoyuntada, la producción disminuyó, se permitió la entrada de capital extranjero (sin que existiera consenso en el gobierno soviético al respecto) y se produjo una parálisis casi inmediata caracterizada por cierres masivos de empresas, interrupción de la investigación científica, inflación. La pauperización y la pobreza, hasta entonces sin apenas incidencia en el país (cuya población vivía modesta, pero no pobremente) alcanzaron al 90% de los rusos.

La estrategia de Gorvachov era la contraria a la que habían utilizado sus precedentes: si, para estos, había que armarse y estar preparado con una capacidad militar convencional y nuclear para disuadir a os EEUU de actuar contra la URSS y lograr conservar las conquistas sociales, él, Mikhail Gorbachov tendería la mano, demostraría que la URSS no albergaba intenciones agresivas contra Occidente, lograría un respiro para reestructurar la economía, rebajando el presupuesto militar, accedería a reformas políticas que acercaran a la población a su gobierno y abriría un período de estabilidad política mundial en la que los ideales de la revolución de 1917 seguirían vivos, pero en un marco “humano”. Lo que ocurrió fue justamente lo contrario.

Hacia el “otoño de las naciones”

Los servicios secretos occidentales pronto advirtieron que la URSS con Gorvachov estaba dando síntomas de debilidad. El adversario estaba caído y, para los analistas de la inteligencia norteamericana y del Departamento de Estado, el mejor momento para rematar a tu adversario es, justamente, cuando está de rodillas en el suelo: entonces le puedes patear tranquilamente la boca, el estómago, donde te plazca. Y eso fue lo que hizo la OTAN (es decir el sistema norteamericano de alianzas) con la URSS: manipular a la opinión pública mediante los nuevos millonarios, condicionar a la opinión pública y apoyando, de todos los líderes posibles, al más nefasto, incapaz y chapucero: Boris Eltsin. Bruscamente, en los medios de comunicación occidentales, Gorvachov seguía apareciendo como el hombre que “estaba cambiando la URSS”, pero la figura de Eltsin era tratada cada vez con más condescendencia. Nadie recordaba que era un alcohólico empedernido, un habitual narcisista buscador del aplauso fácil: se le presentaba como el “hombre que sabía lo que había que hacer”, sin las dudas ni los lastres de Gorvachov.  

De nada sirvió que éste reconociera perdida la partida en Afganistán e iniciara la retirada de tropas en 1988, de nada sirvió que anunciara distintas propuestas de desarme, de nada sirvió que la prensa pudiera criticar, denunciar o desprestigiar (a menudo sin motivo) a funcionarios y políticos (para aupar a otros), de nada sirvió que hiciera valer el reconocimiento de que cualquier república soviética podía separarse de la Unión por el acuerdo de 2/3 de sus habitantes y que se iniciara la centrifugación de la “casa común”… Siempre alguna voz pedía “más”, siempre algún medio de comunicación nuevo (el origen de cuyos fondos se ignoraba) indicaba la necesidad de más y más reformas liberalizadoras… 

¡Y esto a pesar de que la transformación de la economía estatal con un sector público omnipresente, a una privatización salvaje estaba llevando a la degradación de los servicios públicos, a la pérdida del poder adquisitivo de los salarios y a la depreciación de las pensiones! Hacia 1988, la prensa liberal rusa estaba de acuerdo en que las reformas “avanzaban muy lentamente” … y que, por eso, se estaban produciendo “reacciones perversas” en el bienestar de la población. Era una falsedad: las reformas se estaban haciendo a prisa y corriendo, pero ya nada podía satisfacer a la oposición. Quería, simplemente, el poder, aunque lo que recibiera como herencia fuera un país en ruinas.

Los cambios acelerados en los países del Este

Reagan fue recibido en Moscú y Gorvachov le ofreció una significativa reducción de armamentos. Si el consejo de liberalizar la economía había sido dado por Margaret Tatcher, el de dejar que cada país aliado tomara su propio rumbo fue sugerido por Reagan. El muro de Berlín hacía caído el 9 de noviembre de 1989. A partir de ese momento, era evidente que la URSS había perdido la Guerra Fría y que el bolchevismo entraba en el desván de la Historia. Lo que ocurrió en los dos años siguientes certificó este balance final.

Ya de poco importaba el que Eltsin hubiera sido expulsado del PCUS. En mayo de 1990 fue elegido presidente de la Duma y desde allí aceleró las medidas que precipitaron el fin de la URSS. Las Repúblicas Bálticas y Moldavia celebraron elecciones que dieron mayoría a los independentistas… algo que podía esperarse después del llamado “otoño de las naciones” en 1989, cuando se hizo evidente que la URSS apenas podía afrontar los problemas interiores y, por tanto, ya no estaba en condiciones de atajar movimientos liberalizantes en su cinturón de alianzas.

En Polonia, ese año, Solidarnosc fue reconocido y legalizado; las elecciones del 4 de julio de 1989 fueron muy adversas para el gobierno y el 24 de agosto se estableció el primer gobierno no comunista desde 1948 que convocó elecciones presidenciales para mayo de 1990 tras las que Lech Walesa, secretario del sindicato, fue elegido presidente.

En Hungría, el régimen había sido, a partir de la revolución de 1956, menos duro que en otros países del Este. Se le llamaba a su régimen “comunismo goulash”. En mayo de 1989 se logró rehabilitar a la revolución de 1956 y 100.000 personas asistieron al homenaje a Imre Nagy, líder aquel episodio. En octubre de 1989 se modificó la constitución y se permitió el pluripartidismo. Las primeras elecciones libres tuvieron lugar en mayo de 1990.

En Berlín el muro se derrumbó metafóricamente en la noche del 9 de noviembre de 1988. En septiembre de ese año, el levantamiento de las restricciones en los países del Este limítrofes permitió que 13.000 alemanes orientales pasaran a Hungría y de ahí a Occidente. En otoño comenzaron las manifestaciones masivas contra el régimen; éste no pudo reaccionar y fue incapaz de aplicar reformas pedidas. De todas maneras, en Alemania, el único indicativo de la liberalización no eran las elecciones, sino el libre tránsito entre el Este y el Oeste de Alemania. La caída del Muro de Berlín fue un símbolo y, a partir de ese momento, ya nada podía impedir la reunificación del país, lo que ocurrió legalmente el 3 de octubre de 1990. A partir de ese momento, estaba claro que una época había terminado.

Los gobiernos comunistas de Checoslovaquia, Bulgaria y Rumania, fueron arrastrados por los cascotes desprendidos del Muro de Berlín. El 17 de noviembre de 1989, la policía checoslovaca todavía se sentía con fuerzas de repeler a las manifestaciones estudiantiles, lo que precipitó la unificación de la oposición y la creación del Foro Cívico dirigido con el escritor Václac Havel, mientras que en el interior del Partido Comunista, inmovilistas y evolucionistas se enfrentaban a muerte. El 10 de diciembre de 1989 todo se precipitó: Husak dimitió, Havel se convirtió en jefe del Estado y Alexander Dubcek, héroe de la “primavera de Praga”, pasó a ser presidente del Parlamento. Las elecciones de 1990 se saldaron con la victoria del Foro Cívico. Las costuras de aquel país artificial creado por los vencedores de la Primera Guerra Mundial y que ya se había desintegrado en el período 1938–1939, no resistieron la oleada de libertad: checos y eslovacos, pueblos con pocos puntos en común y muchas rivalidades ancestrales, terminaron separándose dos años después.

Bulgaria, país pacífico y tranquilo en donde la población había tolerado estoicamente cuarenta años de régimen comunista sin muchas protestas, se vio arrastrado por sus vecinos. La dirección del Partido Comunista quiso evitar manifestaciones de masas contrarias al régimen. Todo se precipitó en el momento de escucharse la noticia de lo sucedido en Berlín: el 10 de noviembre de 1989, un golpe de Estado interno en el Partido Comunista relevó a Tudor Zhivkov que dirigía el país desde 1954. A partir de ahí el camino hacia la democracia resultó expedito sin grandes traumatismos.

Peor fue lo ocurrido aquel otoño en Rumania, país en donde Nicolay Ceaucescu gobernaba desde 1974. Era un régimen que había coqueteado con Occidente y que suponía una forma particular de comunismo. El arresto de un predicador protestante en Transilvania marcó el inicio de la revuelta en Timisoara que se extendió a todo el país. El 21 de diciembre de 1989 una manifestación convocada para apoyar al régimen se transformó en un acto de protesta que convenció a Ceaucescu de abandonar el país al día siguiente. Sin embargo, resultó detenido y fusilado tras un simulacro de juicio. Hoy se sabe que las fotos difundidas en Occidente sobre la “masacre de Timisoara” eran, simplemente, falsas…

Las actos finales de la Guerra Fría

Es evidente que todos estos regímenes del Este cayeron porque la URSS, a diferencia de durante la revolución húngara de 1956, durante las protestas berlinesas de 1954, durante la primavera de Praga de 1968, o durante las reiteradas huelgas en los astilleros de Danzig a partir de 1980, ya no se encontraba en condiciones prestar ayuda para apuntalarlos. También es evidente –las falsedades difundidas en Occidente en torno a la citada “masacre de Timisoara” así lo confirman– que algunos servicios de inteligencia occidentales “ayudaron” a que se produjeran las protestas populares.

Ya solamente quedaba certificar el final de una época. La escenificación se realizó el 3 de diciembre de 1989 en la Conferencia de Malta que reunión a Mikhail Gorvachov y a George H. W. Bush. Unos meses después, el 1 de julio de 1991, se disolvió oficialmente el Pacto de Varsovia y la propia Unión Soviética emitió su morituri el 25 de diciembre de 1991. Había terminado un período y empezaba otro: la era de la globalización.

Desde el punto de vista internacional, la Guerra Fría había sido el período del “bilateralismo”, de la misma forma que el período anterior fue el del “multilateralismo europeo” y el posterior, el del “unilateralismo” norteamericano… al menos hasta un período difuso comprendido entre el 11 de septiembre de 2001 y el verano de 2007, es decir, entre el casus belli para las intervenciones de EEUU en Afganistán e Iraq y el inicio de la gran crisis económica. La lucha entre capitalismo, comunismo y fascismo del período posterior a la Primera Guerra Mundial y que se prolongó hasta 1945, convertida en lucha entre el capitalismo y el comunismo durante la Guerra Fría, pasaría a ser la Edad de Oro y de Hielo del ultraliberalismo.

sábado, 19 de enero de 2019

365 QUEJÍOS (247) – ALGO ESTÁ CAMBIANDO EN EL MUNDO (3 de 3)


La tercera etapa de nuestro rápido estudio tiene como objetivo repasar el lugar de España en el mundo post-globalizado. Si realizamos un rápido recorrido de lo ya visto podemos resumir afirmando que la globalización económica, en estos momentos está siendo sustituida por la “regionalización” (esto es, por lo que, desde los años 30, los economistas alemanes llamaron “economía de grandes espacios”). Sin embargo, la globalización conserva todavía la iniciativa en el terreno de la economía financiera y está a la ofensiva en el terreno cultural a través de su punta de lanza, la UNESCO. Sin embargo, en este terreno, el radicalismo y la irrealidad de sus propuestas, han contribuido, junto con el rechazo a la idea de inmigración masiva, multiculturalidad y mestizaje, una reacción por parte del electorado que, de momento, el stablishment no ha logrado recuperar. Así las cosas, queda examinar el papel de España y la situación de nuestro país en un mundo post-globalizado.

En el terreno en el que España está ubicado geopolíticamente, la Unión Europea, se produjo una mutación en los años 90: tras el Tratado de Maastrich, las instituciones centrales europeas ganaron peso y fueron conquistadas por políticos neoliberales que la transformaron en la “pieza europea de la globalización”. Eso implicó un creciente rechazo por parte del electorado  que se concretó en la negativa holandesa y francesa aceptar la “constitución” propuesta por la Comisión Europea. Luego vino la crisis económica de 2007, los problemas de la deuda en los países del Sur de Europa y, diez años después, el panorama político de la UE ha cambiado radicalmente (los partidos clásicos de centro-derecha y de centro-izquierda están en recesión y se asiste al nacimiento de fuerzas políticas nuevas que pueden obtener hasta el 25% de los escaños en el Parlamento de Estrasburgo esta primavera), mientras que el proceso de “construcción” europea ha quedado embarrancado.

Algo parecido ha ocurrido con la OTAN que los gobiernos norteamericanos han querido seguir manteniendo como piezas militares de su política militar contra, a pesar de que la URSS desapareciera. Los gobiernos europeos han ido ahorrando inversión en defensa, considerando que, subsidiariamente, el Pentágono llega allí donde no llegan nuestros gobiernos. El resultado ha sido doble: Europa sin defensa y Europa sin política exterior independiente de los EEUU en relación a Rusia. Esto lleva al absurdo de que reactores españoles vayan al Báltico a “vigilar” las inexistentes incursiones de cazas soviéticos o que la infantería española, legión y paracas, vayan a los países más lejanos como “tropa auxiliar” de las aventuras coloniales de EEUU.

Todo esto, unido a la debilidad y a la falta de carácter y estatura de los distintos gobiernos españoles, a ocupar un lugar periférico en la UE: España hoy, a pesar de ser, con Polonia, los dos países de tamaño medio de la UE que podrían bloquear cualquier iniciativa que fuera contra sus intereses, nuestros gobiernos nos han transformado en el “convidado de piedra” de la UE. Esto ha hecho que algunos nos planteáramos sinceramente si el lugar España en la geopolítica del futuro estuviera vinculada a la UE o a Iberoamérica. Es más, algunos hemos establecido la prioridad en política exterior: confluir con Portugal, condición sine qua non, para jugar un peso decisivo en cualquiera de las dos opciones.


Es hora de tener el valor de reconocer que los tiempos de Aljubarrota y de las rivalidades entre España y Portugal pertenecen al pasado. La organización de una “federación ibérica” en la que los antiguos reinos de Castilla, Aragón y Portugal participaran, liquidaría de un plumazo el absurdo problema autonómico, salvaría a Portugal de la situación en la que se encuentra hoy tras el Brexit al ver debilitada su tradicional alianza con el Reino Unido, y supondría una formidable plataforma de actuación tanto de cara a todo el continente americano como a Europa.

Sobre Europa: la irrupción del “populismo” en Europa es todavía confusa en esta materia. Para sus dirigentes más lúcidos, no se trata de regresar al viejo nacionalismo decimonónico, sino más bien de reconocer que la fórmula de organización en Estados-Nación ha quedado fuera de la corriente general de la historia y que se precisa algún tipo de cooperación entre países del mismo ámbito geográfico, étnico, cultural y económico. La idea que, en estos momentos, se está gestando en los cerebros más lúcidos del populismo europeo es: “Si a Europa, no a esta Europa”, o bien “Europa sí, pero no así”. Son muy pocos, cada vez menos, los que rechazan la idea de una aproximación de las políticas y de las economías europeas. Incluso en el ámbito del euro, el hecho de que su implantación haya causado perjuicios extraordinarios en las economías del sur de Europa, no es óbice para que la idea de una divisa única para todo el continente, no sea buena. El cambio de posición de Marine Le Pen en la materia a principios de 2019 confirma lo que decimos.

¿Qué puede hacer España ante la futura Europa? En primer lugar, recuperar lo que nunca debimos de haber perdido: el que las enormes extensiones agrícolas de España se vuelvan a convertir en el granero de Europa. Resulta increíble que nuestros gobiernos no hayan hecho nada para vetar los acuerdos agrícolas de la UE con Marruecos, Argelia, Sudáfrica o Israel y que tengamos que estar comiendo mercaderías procedentes de estos horizontes mientras nuestros campos de cultivo, cada vez más, se ven desiertos. España necesita una “segunda revolución agraria” que reordene el sector, especialmente todo lo relativo al cooperativismo. En segundo lugar, la UE precisa defenderse con aranceles proteccionistas de la ofensiva de manufacturas importadas. Es mucho más importante protegerse de la penetración china -porque, en cualquier momento, China se puede ver abocada a un conflicto interior o bien puede presionar a Europa con la amenaza de interrumpir importaciones e inversión- que exporta a China. En tercer lugar, Europa -y con ella España- precisa olvidarse de la economía liberal y neo-liberal y obligar al Estado a intervenir, por una parte, regulándola en beneficio de la empresa y del consumidor europeo y, por otra parte, generando iniciativas económicas a nivel europeo que permitan que los beneficios de las nuevas tecnologías se queden en Europa. Esto implica también, invertir preferencialmente en el sector tecnológico.

Para ello habrá que sacrificar otros sectores: la ayuda al tercer mundo en primer lugar, los subsidios a la inmigración que deberá retornar ordenadamente a sus países de origen y generar allí riqueza en lugar de absorber recursos en Europa y, finalmente, obligar a que sea la iniciativa privada la que financie a las ONGs existentes. Si todo el dinero que hoy se dilapida en estos sectores sin futuro, se invirtiera en renovación tecnológica podrían ponerse en marcha nuevos proyectos científicos y económicos capaces de hacer que, en apenas una década, Europa recuperase el retraso que lleva. España tiene mucho que ofrecer en este terreno, pues no en vano, disponemos de universidades capaces de formar profesionales competentes. Nuestro problema está en la enseñanza primaria que ha perdido su carácter educativo para convertirse en un simple almacén de niños díscolos. Una de las primeras exigencias que requiere nuestro país es una reforma radical de la enseñanza, con renovación completa del cuerpo profesoral, y con una orientación radicalmente diferente a la que ha tenido en los últimos 45 años. Está claro que sin una política de juventud que incluya prohibición de cualquier tipo de drogas y condenas ejemplares para quienes trafiquen con la salud pública, nada de todo esto puede ser eficiente.

La península ibérica es una especie de gigantesco portaviones situado en el Atlántico: es la plataforma para llegar al continente americano y también la puerta del Mediterráneo. Esto último es lo que determina nuestro papel en Europa: contener al “sur”, contener al Islam que se ha mostrado incompatible e irreductible a cualquier otra forma de vida que no sea la que propone. Esto determina una actitud clara: no hay lugar para el islam en Europa y, por supuesto, desde 1492 no hay lugar para el Islam en España. La orilla norte del Mediterráneo debe protegerse de la incapacidad de la orilla sur para ordenar sus países.
Así pues, primera prioridad: federación ibérica. Segunda prioridad: renegociación del tratado con la UE sobre bases nuevas y en base a la primera prioridad, con el objetivo de abandonar la periferia europea en la que estamos ahora España y Portugal y pasar al “centro”, a ser uno de los ejes directores de una Unión Europea reformada y emancipada de las redes mundiales de la globalización.

Pero esto último no puede hacerse sin atender a lo que está ocurriendo en el continente americano. A efectos geopolíticos, el problema histórico de España ha sido desde el siglo XVI que está geográficamente en Europa, pero… en un extremo de Europa. Las necesidades geopolíticas y el papel de España no puede ser el mismo que el de Rumania (fronterizo con Rusia) o el de Alemania (centro de Europa). Además, la lengua que se habla en Iberoamérica es el castellano (incluso en Brasil va progresando) y el avance de los “latinos” en los EEUU es superior al de cualquier otra comunidad étnica: hoy en un 15% de los EEUU se habla castellano de manera preferencial y esto es solo el comienzo del vuelco demo-lingüístico que está teniendo lugar y que el presidente Trump ha identificado demasiado tarde. Por tanto, la habilidad de una conducción política en España consiste en hacer pasar los intereses de Europa en Iberoamérica a través de España y viceversa. Si bien la lejanía geográfica es un impedimento para poder hablar de algo más que cooperación económica, política y cultural, si parece claro que una federación ibérica debería de orientar su política de cooperación e inversiones hacia el continente americano. Por eso precisamente es necesaria una “federación ibérica” porque a través de Castilla debería ponerse el ojo en la presencia en la UE renovada, a través de Aragón en el Mediterráneo y a través de Portugal en la proyección oceánica sobre el continente americano.

¿Qué hace falta para aproximarse a este ideal? Voluntad política que solamente puede salir de una renovación de la clase política actual y de una verdadera “revolución” que liquide la herencia nefasta de los últimos cuarenta años de corrupción y de debilidad política. Y es entonces cuando regresamos a lo que ya hemos tratado en anteriores “quejíos”: véase el artículo LAS CUATRO FASES DE LA REVOLUCIÓN CONSERVADORA. Hacía solamente cuatro años, nada de todo esto podía siquiera intuirse: pero los cambios políticos que se han producido tanto en Europa como en América, permiten pensar en nuevos objetivos y, sobre todo, sentenciar la recesión de la colaboración y la crisis del modelo humanista-universalista propuesto por los mundialistas de la UNESCO y por sus antenas en la izquierda española.

No existen grandes diferencias en la izquierda: el PSOE se ha declarado siempre partidario de la globalización y del mundialismo, a diferencia de Podemos que se sitúa contra la globalización pero se muestra a favor del mundialismo. Tales son los “enemigos principales” porque la lucha decisiva es tanto contra la globalización económica como contra el mundialismo cultural en la medida en que ambos restan identidad, soberanía y personalidad a los pueblos.



jueves, 17 de enero de 2019

365 QUEJÍOS (245) – ALGO ESTÁ CAMBIANDO EN EL MUNDO (1 de 3)

Hay que leer las páginas económicas y, sobre todo, los informes especializados que no llegan a la prensa, para advertir que en estos momentos se están produciendo cambios en la tendencia económica que afectarán a nuestro futuro. Y son cambios en cadena. Ya resulta difícil entender cómo, al producirse la primera gran crisis de la globalización, en 2007-2008 (negada hasta la saciedad por un tontorrón llegado de carambola a la presidencia del gobierno en España) los gobiernos de todo el mundo no adoptaron medidas al comprobarse que el mundo era demasiado grande y, sobre todo, demasiado desigual para que existiera -en ese momento- una economía mundial globalizada. Pues bien, ahora nos aproximamos a la segunda gran crisis de la globalización. Si los gobiernos que comían de la mano de los “señores del dinero” que eran los que dictaban las reglas del juego (y las siguen dictando), en esta segunda, algo está cambiando también en el terreno político.

En efecto, lo que está ocurriendo en estos momentos en Francia -la revuelta de los “chalecos amarillos” frente a la que la “revolución de mayo” del 68 fue un juego de niños y la “intifada urbana” de 2005 no pasó de ser una travesura de las “bandas étnicas”- indica que las clases medias ya no pueden más: en un tiempo récord, el “presidente” Macron se encuentra en las horas más bajas que haya sufrido un mandatario francés después de la derrota ante Alemania en junio de 1945… ¿Qué ocurre? Ocurre algo tan simple como que el electorado va por un lado y el poder económico intenta ir por otro: Macron no es más que el delegado del poder político que, amparado por la Brunete-mediática se encaramó en la presidencia engañando al electorado y contándole que podía solucionar sus problemas. Luego, una vez en el poder, ha decepcionado a todos sus electores. Sí, esto es algo normal en política, pero, a fuerza de hacerse una y otra vez, el electorado ha ido cambiando, gustos, preferencias y actitudes.

Si miramos en el mapa de Europa se cumple lo que auguramos cuando se inició la crisis económica de 2007-2008: ésta sería, inicialmente, sólo económica, pero al generar un volumen de paro insoportable y, consiguientemente, de malestar social, mutaría en poco tiempo en crisis social y, de persistir, terminaría siendo una crisis política. Entonces -y pueden leerse todos los artículos que escribimos en aquellos momentos- nos fijábamos solamente en España, pero ahora podemos constatar que se ha tratado de un efecto mucho más amplio que abarca a toda Europa e incluso al continente americano: ahí están Bolsonaro y Trump en sus cargos evidenciando que la crisis social ha llevado directamente a un cambio de orientación político.

Porque una cosa era que estallara la “burbuja inmobiliaria” (primera fase de la crisis) y que, en la fase actual, el grueso de las viviendas ya no sea comprada por ciudadanos de a pie, sino por grupos económicos que las destinan al turismo o bien se trata de clientes de “alto standing”. El fenómeno de las microcasas en los EEUU o de los pisos compartidos en España (1.000 euros por cuchitriles en los que se albergan tres treintañeros, algo habitual en Barcelona), la incapacidad para formar familias (que no se resuelve publicitando los “nuevos modelos familiares” o con inmigración masiva), los bajísimos niveles de ahorro, la pérdida constante de capacidad adquisitiva y el hecho de que los ciudadanos que tienen una nómina se vean presionados por impuestos cada vez más asfixiantes destinados a pagar a Estado que no quiere enterarse de que la olla a presión social está a punto de estallar, por no hablar de una España inviable con 17 autonomías, todo esto son algunos de los elementos que ya conocemos y que están presentes en nuestra sociedad generando un malestar social creciente. Y lo peor está por venir: cuando la robótica reduzca sistemáticamente los puestos de trabajo, cuando los repositores de los supers se vean sustituidos por robots, las cajeras por chips que calculen automáticamente el costo de la compra con solo pasar cerca del lector, cuando los oficios de la construcción sean sustituidos por prefabricados, cuando los servicios de correos, mensajería y logística, sean realizados por drones y los taxis por coches dirigidos por GPS, cuando los trabajos agrícolas terminen de ser sustituidos completamente por máquinas y, finalmente, cuando la inteligencia artificial pueda reducir el número de técnicos, incluso de abogados, no bastará solamente con autorizar el consumo de cannabis para tener a la población tranquila y somnolienta.

Pero hay algo más: el precio de la gasolina no puede dejar de crecer y, si bien es cierto, que en breve buena parte del parque móvil será híbrido, no es menos cierto que aviones y barcos de mercancías jamás podrán prescindir del combustible fósil… que se va acabando y que, consiguientemente, iniciará un ascenso continuo. De hecho, ya está ascendiendo. Y esto hace que lo que hasta ahora resultaba rentable (fabricar palillos en China y traerlos a Europa en barco), a partir de ahora ya no resulte tan rentable (y sí lo sea, por ejemplo, comprarlos en Polonia). Por increíble que pueda parecer, las cifras del comercio mundial están variando: ¿qué está pasando? Muy simple: la globalización retrocede, la regionalización aumenta. Era evidente que esto podría ocurrir y, de hecho, los economistas de la “revolución conservadora” alemana de los años 30, ya habían previsto ese fenómeno: allí en donde los economistas modernos creen haber inventado la pólvora con la noción de “regionalización”, los economistas alemanes que luego se pusieron al servicio del Tercer Reich le llamaban “economía de grandes espacios”: Europa era uno de ellos. Pero la Europa que se construyó después de la guerra ha terminado siendo una pieza más de la globalización.

Copio y pego de La Vanguardia de hoy: “los intercambios globales han dado en los últimos años un paso atrás, para dejar mayor espacio a las importaciones y exportaciones que tienen lugar en un área regional delimitada”... Es la economía de los “grandes espacios”. El flujo del comercio mundial ha bajado en los dos últimos años a la mitad. Los bienes que se venden al exterior están en todo el mundo en declive. Esto ha hecho que el PIB mundial que, en 2007 estaba en el 28% haya descendido hoy al 22,5%. Incluso la deslocalización está en declive: en la actualidad, sólo el 18% de los intercambios obedece a esta lógica de producción barata y esta externalización sólo afecta al 3% de la fuerza laboral global. En otras palabras, casi ocho de cada diez unidades de consumo que se importan y exportan hoy en día y no sigue el recorrido países de bajo coste-economías avanzadas.

¿A qué se debe este fenómeno? La explicación que da la consultora McKinsey es muy fácil de entender: los países emergentes consumen ahora cada vez más lo que fabrican. Para el 2030, su población representará la mitad de la demanda mundial. Las mercancías no tienen hoy tanta necesidad de desplazarse: se quedan dentro. Es el caso de China. Hoy los chinos tienen cada vez más poder adquisitivo. En el 2007 China vendía al exterior el 17% de lo que producía. Diez años después, sólo el 9% (en Alemania el porcentaje es del 34%). Pensemos en los móviles: hoy los chinos pueden encontrar marcas locales sin tener la necesidad de comprar una extranjera.

Y luego está la logística: las rutas transoceánicas que hacían que fuera más barato un pantalón producido en Bangladesh y vendido a Europa que uno fabricado in situ en el Viejo Continente están cambiando su rumbo. La consultora ofrece cifras concretas: “Desde el 2013, el porcentaje del comercio intrarregional sobre los intercambios globales ha subido un 2,7% (a costa de las operaciones comerciales que tenían lugar entre regiones alejadas), llegando casi a la mitad del total”. Por el contrario, se ha detectado un aumento del comercio en las áreas homogéneas, como la Europa de los 28 y en el seno de la región Asia Pacífico. Para Mc Kinsey “la regionalización es tangible en aquellas cadenas de valor innovadoras, donde ahora hay que integrar los proveedores más próximos”. Dicho de otra manera: la deslocalización es algo que ya empieza a pertenecer al pasado. La robotización de los procesos, por otra parte, tiende a igualar los costes de lo producido en Europa con lo que se produce en otras regiones del mundo. Para la consultora citada, la automatización reducirá el comercio global de bienes un 10% en el año 2030.

Los dos pilares mundiales de la globalización, China y EEUU, tienden en estos momentos a estar enzarzados en una guerra comercial con aumento respectivo de las barreras arancelarias lo que hace que el comercio multilateral global sea cada vez más caro. La oleada de proteccionismo hará que el PIB chino descienda un 1,5% y el norteamericano un 1% en los próximos dos años. Parece poco, pero, considerado en bruto supone una cantidad significativa.

El esquema es el siguiente: la globalización generó crisis económicas, estas, a su vez, generaron, crisis sociales y, finalmente, de ellas se ha recompuesto el panorama político en cada nación… asumiéndose políticas (populistas) que generan, finalmente, la crisis de la globalización. Este es el planteamiento central que lo explica todo.

Ahora hará falta realizar consideraciones sobre las consecuencias político-económicas de todo este proceso y extraer algunas consecuencias.

Parte III – El futuro de la globalización y España

miércoles, 17 de octubre de 2018

365 QUEJÍOS (170) – MÁS ALLÁ DE LA UNIDAD NACIONAL


Julius Evola -doctrinario imprescindible-, escribió un libro de título extraño: El arco y la maza. En el contenido no aparece por lugar alguno, ni un arco, ni una maza. La perífrasis simbólica sugiere, en cambio, que con el arco se abaten objetivos lejanos, mientras que con un mazazo te cargas al que tienes delante. O dicho con otras palabras: hay que mirar lejos, pero no olvidarse de la proximidad (y viceversa). De hecho, en política, no puede actuarse sólo mediante regates en corto: hace falta prever ciclos prolongados. Colbert plantaba bosques de hayas para que en el siglo siguiente, Francia pudiera construir buques de guerra más grandes y sólidos que los de cualquier otra potencia. Hoy, la clase política actúa en función del día a día: precisamente, la subida del salario mínimo propuesta estos días por el gobierno es garantía de que las elecciones generales están a la vuelta de la esquina. Pero esta es otra historia. Me quejo, en realidad, de que mirar más allá de las necesidades actuales, no es comprendido por todos. Verán.

Parece evidente que, en estos momentos, España y la expresión organizada de su sociedad, el Estado Español, deben reconstruir su “unidad nacional”. ¿Por qué? Argumentos no faltan y puede realizarse perfectamente su anclaje en la historia, pero también en el pragmatismo: una unidad de 38 millones de españoles es más eficiente que diecisiete taifas o que una federación de microestados en centrifugación. ¿La prueba? Incluso en los EEUU, cuando hace diez años se produjo el huracán que asoló Nueva Orleans, ni las autoridades estatales, ni las locales, reaccionaron a tiempo. La crisis terminó cuando el Estado tomó cartas en el asunto. Diez años después, en Mallorca o diesiete años antes en las costas gallegas con la crisis del chapapote, la normalidad solamente se restableció con el envío, por parte del Estado, de unidades militares que en dos patadas resolvieron la situación. Los gobiernos autonómicos han tenido muy poco protagonismo y ni siquiera han sido capaces de movilizar voluntarios, que se pusieron en marcha, en ambos casos, por iniciativa propia. Y si los gobiernos autonómicos ni siquiera son capaces de afrontar instantes de crisis en sus autonomías ¿para qué diablos sirven aparte de para reventar presupuestos públicos?

Así pues, la lógica dice que, aquí y ahora, un Estado unitario es mas eficiente que las taifas autonómicas. Lo que debería bastar para desguazar el “Estado de las Autonomías”, primorosamente creado y que ha conducido directamente a crisis y más crisis, en el País Vasco y en Cataluña, cerradas siempre en falso. Negar que la “unidad nacional” fue un logro y que es irrenunciable, es algo que debería estar contenido en la carta constitucional, si la lógica y el sentido común hubiera existido alguna vez en la clase política democrática. Pero, en su lugar, lo que tuvimos fueron cambalacheos y actitudes de funambulistas que nos han traído hasta la situación actual.

Claro está que la “unidad nacional”, no ha sido siempre así: en 1492 era muy diferente que en 1714 y hoy, naturalmente, debería de tener otros contenidos. Entre 1492 y la Guerra de Sucesión, España no era “una”: existían “las Españas”. Para pasar del Reino de Valencia al Principado de Cataluña había que pagar peajes. Las instituciones y fueros de cada Reino y Principado eran diferentes a los de al lado. Y eso estaba bien… en el siglo XV, pero en el XVIII resultaba un arcaísmo. A medida que la Edad Media iba quedando atrás, la forma de organización propia de aquel ciclo histórico se iba convirtiendo en inadecuada para un mundo de cambiaba, lenta, pero inexorablemente.

Tiene gracia que, precisamente, el despegue de Cataluña como “polo industrial” no se produjera con las tan cacareadas “instituciones catalanas”, sino cuando estas fueron eliminadas por el Decreto de nueva Planta (que, por cierto, no prohibió el uso del catalán en la administración. La única vez que aparece en el decreto la cuestión idiomática fue en relación a la justicia que tenía que hacerse en castellano… antes se impartía en latín, no en catalán). Fue, precisamente, la “modernización” del Estado lo que llevó a la superación del concepto de “Españas”, instaurado por los Reyes Católicos y aceptado por los Austrias.



Y este es el problema: que la fórmula de “Estado Unitario”, ha sido la más adecuada para presidir un largo ciclo histórico que va desde el Tratado de Urech hasta la caída del Muro de Berlín. Este período de casi 300 años ha marcado el momento álgido de los Estados-Nación. Esos que toda la Europa identitaria apoya en estos momentos: el concepto que han revalidado los miembros del a AfD en las pasadas elecciones, o los nacional-demócratas nordicos, o el gobierno Salvini, o el ex Front National o Ressemblament National, o el UKIP, o los gobiernos húngaro y polaco, y tantos y tantos patriotas que alcanza las banderas de sus Estados Nacionales como enseñas de batalla contra la globalización, el cosmopolitismo, el mestizaje cultural, la inmigración masiva y la identidad nacional.

Sólo hay un problema. En 1989, con la caída del Muro de Berlín, se cerró definitivamente un período en la historia universal, la época de los Estados-Nación. No era algo nuevo. En el ya lejano 1931 la revista alemana Die Tat, extrayendo conclusiones de la crisis económica de 1929, ya ponía los puntos sobre las íes y afirmaba que la economía “expansiva”, identificada con el capitalismo inglés, era la responsable de la crisis y que era hora de generar una economía “intensiva”, no basada en la exportación, sino en la explotación de los recursos propios para los propios ciudadanos de una nación. Era una defensa de la “autarquía”, unido al reconocimiento también de que los Estados no tienen en su subsuelo ni recursos ni materias primas suficientes para afrontar todas las necesidades de la producción. 

Así pues, para ellos, autarquía era “economía de proximidad”, unido a intercambio de productos excedentarios por productos deficitarios en cada país. La idea era que, al final, existiera un equilibrio entre importaciones y exportaciones y que la balanza de pagos diera como resultado CERO. La tesis final de Die Tat era que la “autarquía” debía llevar a la colaboración entre las economías nacionales y a la creación de “bloques económicos”. Europa era uno de ellos. De ahí toda la retórica que acompañó durante la Segunda Guerra Mundial, sobre la construcción del Nuevo Orden Europeo. Porque, las propuestas de Die Tat fueron incorporadas al gobierno del Tercer Reich. Procedían de una reformulación de la teoría de Coudenhove-Kalergi sobre la reorganización del mundo en “cinco bloques”.



Estamos en 2017. Es bueno que se alcen banderas nacionales contra la globalización. De hecho, los Estados Nación constituyen barricadas contra el rodillo globalizador. Ahora bien, cuando el presupuesto del CERN o el del Airbus superan el presupuesto nacional de un Estado europeo de tamaño medio, parece evidente que el Estado Nación, en sus actuales circunstancias, no va a poder eternizarse, a menos que no sea como mito: existirá la bandera nacional, la administración del Estado, incluso el “orgullo nacional”… pero la nación no será independiente sino sometida al capricho de los capitales financieros, del capital especulativo mundial, de los fondos buitres y de los señores del dinero, tal como ocurre hoy, aquí y ahora.

Desde los años 20, cuando apareció el libro de Berdaiev Hacia una nueva Edad Media, existe la convicción de que nos aproximamos a una mutación histórica crítica, similar a la que tuvo lugar en el siglo XV en España con la unificación de las Coronas de Castilla y Aragón, similar a la que tuvo lugar en nuestro territorio en el siglo XVIII con el Decreto de Nueva Planta y con la configuración “unitaria” del Estado. La fórmula Estado Nacional puede ser una barricada, pero ya no es capaz ni de detener ni de abrir una ofensiva contra el rodillo globalizador. Es irrenunciable defender su integridad, afirmar y reforzar sus instituciones -esto es, el aparato del Estado-, cortar los brotes que pretendan hacer retroceder la historia hasta el siglo XV o incluso hasta la alta Edad Media…

Todo esto supone ir con la maza, atizando (simbólicamente, claro está) a objetivos cercanos: en la actualidad, cargando contra el independentismo.cat, sin duda la más troglodítica opción desintegradora. Pero esto no basta: es preciso mirar más lejos, allí hasta donde llega la flecha. Hace falta mirar más allá del Estado-Nación, porque puede ocurrir -de hecho está ocurriendo- que estemos orgullosos de nuestra bandera y de nuestra independencia y todo esto sirva solo para encubrir que España es un país dependiente al 100% de la economía globalizada y que lo que pueda votar el ciudadano mañana o pasado importa poco, porque las decisiones que nos afectan a todos, se toman en rascacielos lejanos en donde se sientan diosecillos de la economía, contentes y felices de que, mientras de ondean banderas nacionales, nadie parezca preocuparse de que el neoliberalismo devora, precisamente, todo lo que representa esa bandera.

¿Qué hay detrás del Estado-Nación? Respuesta: los bloques continentales. Y hace falta que España se defina si quiere estar en Europa o trabajar por una Comunidad Ibérica de Naciones que mire al otro lado del Océano. Eso sería utilizar el arco y las flechas: apuntar y adaptarse a un nuevo ciclo histórico