sábado, 21 de septiembre de 2019

Crónicas desde mi retrete (9) – LA “HOMILÍA DE LA IZQUIERDA AGÓNICA” EN EL PREGÓN DE LA MERCED


Dios las crea y ellas se juntan. Ada Colau y Manuel Carmena, ex alcaldesa de Madrid una y actual alcaldesa de Barcelona la otra, pertenecen a dos generaciones de la izquierda (ni siquiera de la “izquierda radical”, porque, a fin de cuentas, todas las variedades taxonómicas de la izquierda comparten los mismos valores y, sobre todo, idénticos tópicos). Ante la situación de pago forzoso de la segunda, la Colau la ha invitado a presentar el “pregón de la Merced” en Barcelona, fiesta local de la ciudad. Pues bien, en ese pregón de apenas tres folios, están contenido todos los elementos de identificación de lo que podríamos llamar “la izquierda agónica”.

Los podemos desgranar uno a uno, hasta el punto de considerar este “pregón” como un verdadero manifiesto -algo kitsch, desde luego, pero manifiesto al fin y al cabo- de la “izquierda agónica”.

Nostalgia del pasado remoto y fe en futuro lejano. 

Hoy, para ser de izquierda, hay que vivir dos momentos: el pasado y la nostalgia de la “lucha antifranquista” y de las “luchas obreras por las libertades” o bien un futuro remoto hecho de valores finalista (la multiculturalidad, la tolerancia, el pacifismo y tal y tal). Lo que es imprescindible para la izquierda, es huir del presente. Los últimos mohicanos de la izquierda, se mueven mal en un presente que no deja de desmentir todas y cada una de sus afirmaciones. Por eso hay cada día menos intelectuales de izquierda y más viscerales que comparten esos criterios, por eso, incluso abuelos que han votado siempre al PSOE o al PCE, lo hacen ahora por opciones de la derecha. Están hartos de que sus propuestas choquen con la realidad y, lo que es peor, tiendan a degradar la realidad.

De ahí que en el “pregón” de la Carmena se hable mucho del “antifranquismo” y de cuando ella era joven y vivía en Barcelona y los grises aporreaban a los obreros de la SEAT en huelga. ¡Qué tiempos aquellos! No es extraño que se niegue a ver la realidad barcelonesa actual: la del “Welcome refugies”, en donde no hay grises aporreando, sino moros apuñalando en los barrios y donde, en lugar de clase obrera, hay parados y empresas deslocalizadas.

Para la izquierda agónica, lo fundamental es huir del presente: ese presente que se ha construido a golpe de valores “progresistas” y que cada vez más se muestra como inviable, siendo, a la postre, el impulso inercial hacia el precipicio. La izquierda no puede comparar el ayer con el hoy porque se percibe excesivamente esa degradación, así que prefiere hacerlo con un remoto pasado (los años 60) y no con el presente, sino con un futuro esplendoroso que será construido a golpe de valores “progresistas”, esos mismos que ahora, visiblemente, están empobreciendo y generando cada vez más caos social, económico, étnico y nacional.



La santa religión de los derechos humanos

El “pregón” de la Carmena era para las fiestas de la Merced, patrona de Barcelona. Barcelona ha tenido otras patronas: Santa Eulalia, la Santa Madrona, ahora la virgen de la Merced. Parece claro que se trata de una figura ligada a la religión tradicional de nuestro pueblo. Se podrá ser católico, agnóstico o ateo, pero deberá reconocerse que el sector mayoritario del pueblo español ha sido hasta no hace mucho, católico, y que el catolicismo está en el intríngulis de buena parte de nuestra historia. La Carmena, en tanto que antigua marxista, debería ser atea, sin embargo, muestra una conmovedora fe religiosa.

Dice en el “pregón”: “Con deleite, profundizo en esta fiesta vuestra y de dónde viene.  Ha quedado ligada a la advocación de la virgen de la Mercè. A lo largo la historia las advocaciones siempre han respondido a valores. Qué importante resulta ahora esa advocación. Qué importante, me parece a mí, el valor del concepto de la merced, que es el de la acogida, el de la compasión, el de la ayuda a quien más lo necesita”.
Es significativo que introduzca estos elementos aquí, en la parte religiosa de su discursito, confirmando lo que Spengler escribió ahora hace 100 años: cuando la fe tradicional de un pueblo decae, no es sustituida por un ciclo de objetividad y realismo, sino por simples supersticiones. Si la Carmena tuviera ojos y viera, entendimiento y entendiera, se daría cuenta de que esos valores de “acogida, compasión, ayuda”, el “Welcome refugies”, para ser más claro, son, precisamente, los que han convertido Barcelona en un infierno.

Y es que, para la Carmena, la “religión de los derechos humanos” se ha convertido en la fórmula religioso/supersticiosa de la modernidad. Y, es curioso, porque el primer derecho humano -sin el cual todo los demás no pueden ejercerse- el derecho a la seguridad, no está consignado en la “Santa homilía de la ONU a los modernos” y, por tanto, fiel a esta fe, la Carmena tampoco tiene nada que añadir.

El bonito mito de que hablando se entiende la gente

Hasta aquí, el “pregón” de la Carmena era kitsch, lo que se dice, una historieta de una abuela miope que nunca ha debido ser la alegría de la huerta, sino alguien perdido en sus mundos de fantasía ideal e intentando que la realidad encajara a martillazos en su propio esquema. Al no conseguirlo, simplemente, desfigura y se niega a reconocer la realidad, la niega. Pero, el discurso en su segunda mitad se vuelve cursi hasta el deliquio. Véase, por ejemplo, este párrafo:

Cuenta que en 2016 apareció en Madrid una pancarta blanca que decía “Parlem” (hablemos, en catalán) y añade: “Parlem! Qué belleza de este vuestro idioma, tan rico tan preciso, con una entonación, con una música que a mi me parece un encaje de blonda tejido con los miles de hilos de vuestras cuerdas vocales. Hablar, escuchar son verbos que describen la esencia de la democracia. Esa democracia que nos trajo la libertad y que no podemos dejar de mimar y cuidar. Cuidar la democracia como cuidamos a los nuestros a nuestros amigos a nuestros quereres”.

Por ejemplo: ¿que el presidente de la gencat se niega a cumplir una orden de los tribunales? No pasa nada, hablemos. ¿Qué un grupo de tontorrones se caliente y cree que la independencia está a la vuelta de la esquina, que es posible y que tienen fuerza necesaria para obtenerla a despecho de las simetrías electorales y de la legislación vigente? Hablemos. ¿Qué un etarra ha matado a 45 personas, impulsado por la peña de amigos y porque carece de dos dedos de frente y está más próximo al psicópata que al ser humano? Hablemos y démosle una segunda oportunidad. Hablando se resuelve todo es lo que nos dice la Carmena: ya se sabe la retahíla, “tolerancia, diálogo, cultura del pacto, democracia, en definitiva”.


Comparaciones selectivas: ayer oscuro  futuro luminoso

La Carmena recordaba en una de las partes más cursilonas de su discurso, lo mal que se vivía en la Barcelona de los 60. Dice que había chabolas. Y las había. Más en los años 50, puede creerme. De hecho, las chabolas fueron desapareciendo, poco a poco, entre los años 50 y 1975. En 1982 solamente quedaban en el Carmelo. Dicho de otra manera: las chabolas fueron el resultado de las migraciones interiores en la postguerra y el régimen franquista realizó un esfuerzo supremo por que desaparecieran. Se crearon barrios enteros a velocidad de vértigo y eso generó problemas que todavía duran en nuestro país: la fe en que el ladrillo lo resuelve todo. Pero todo esto es demasiado evidente para que puede ponerse en tela de juicio. Hay algo todavía peor.

Barcelona vuelve a ser una ciudad de barraquismo: desde los trenes de cercanías se puede percibir. Y por lo demás, las “soluciones habitacionales” propuestas por los socialistas ya en este milenio, han hecho que el “barraquismo vertical” se enseñoreara de Barcelona con pisos de 30 metros cuadrados y habitaciones de 6 metros alquiladas entre 400 y 600 euros según los barrios. Si se compara el precio de la vivienda durante el franquismo con el nivel salarial y el precio actual, se ve perfectamente que entonces la clase trabajadora tenía acceso a una vivienda digna y que hoy, simplemente, la única posibilidad que se les da, es la de alejarse de las grandes ciudades. Y la tonta del bote traída de Madrid por su homóloga local, la Nada Colau, nos habla de la “belleza de los huertos urbanos”, de “capitales de la ecología ciudadana” y de cursiladas ridículas que demuestran que debería graduarse de nuevo la vista.

*     *     *

Esto es el “programa de izquierdas” de Mauela Carmena: negación de la realidad, religión de los derechos humanos, los mitos finalistas del progresismo de siempre y, claro está, el “Welcome refugies”. No busquéis, porque no hay nada más. En eso se ha quedado una izquierda que transita detrás de los féretros de Marx y Engels, en las calles del cementerio de la historia. La izquierda actual es uno de esos zombis que andan sueltos sin enterarse de que están muertos y que solamente dejan de tambalearse cuando les machacan la cabeza. 

La izquierda progresista, como los independentistas catalanes, siguen existiendo, a pesar de que su ciclo histórico hace mucho que ha concluido, por una sola razón: detentan todavía las llaves de la caja y cuentan con apoyos mediáticos. Eso es lo que le ha permitido a Nada Colau, traer a Barcelona a Manuela Carmena a pronunciar su retahíla de cursiladas propias de una abuela cebolleta progre. A nadie, por supuesto, le ha importado lo que dijera: cuando hay fiesta mayor la gente lo que quiere es desmadre (disbauxa, en catalán), no que le cuenten milongas. De ahí el papel de los medios: reproducir la indigencia intelectual de la Carmena como muestra de solemne declaración de principios…





viernes, 20 de septiembre de 2019

Crónicas desde mi retrete (8) – TRES SIGNOS DE QUE ESTE PAÍS ESTÁ AL LÍMITE


Este país, narcotizado por el Sálvame de Lux, el Gran Hermano Vip, la liga de fútbol, las chorradas de género y la “cuestión catalana”, lleva décadas viviendo de espaldas a la realidad e ignorando que el sistema educativo ha quebrado hace tiempo, que nuestra economía sigue siendo una de las más débiles de la UE, que nuestra sociedad está en fase de desintegración y pérdida de rasgos identitarios, que el sistema autonómico es insoportable y que la clase política tiene el perfil de una asociación de vecinos de barriada o de un AMPA del extrarradio. Y, claro está, este pueblo no se ha enterado de lo que ha ocurrido: que se van a celebrar las cuartas elecciones en un año y que, elección tras elección, nada se resuelve y todo se agrava.

Pero hay tres síntomas de que sectores cada vez más amplios de la sociedad española están empezando a no creer ni en Papa Nöel ni en los Reyes Magos, ni siquiera en el parlamento. Son tres síntomas puntuales, pero que no pueden perderse de vista:


Primer síntoma:

465.000 personas han secundado el jueves la campaña lanzada en Internet para pedir a los diputados y senadores que renuncien a la indemnización económicas que se les abona tras la disolución de las cortes generales: “Si no curras, no cobras”, tal es el lema. Y no dudamos que en las horas siguientes esta cifra puede triplicarse o cuadruplicarse.
Es de justicia y de derecho: “Si no curras, no cobras”. Y vale la pena que todos los que leáis estas líneas vayáis al Link de la campaña y la firméis: “Si no curras, no cobras”. ¡Que no falte ni uno! Es como llamar por su nombre a la banda de parásitos que han visto en la política una forma de mucho sueldo y poco trabajo.

Pero, no nos engañemos, si el parlamento español es un camelo, inútil e, incluso, incapaz de cumplir su función “legislativa”, podéis imaginar lo que son las 17 fotocopias reducidas, creadas para alimentar a una clase política que está dispuesta a pagar la cuota del partido, si recibe a cambio el 1.000 por 1.

En cualquier caso, esas 465.000 personas (y los millones que espero hayan firmado mañana) son buena muestra de que un sector creciente del electorado empieza a ser consciente de que esto no funciona, incluso algunos pensamos que “esto”, desde el principio, no ha funcionado, ni podía funcionar, ni funcionará jamás tal como está constituido el parlamento.

Segundo síntoma:

Entre 140.000 y 150.000 ciudadanos han pedido que se les deje de enviar publicidad a sus casas. Petición inédita, pero necesaria. Los nuevos comicios costarán la friolera de 140 millones de pesetas y solamente el PSOE gastará 14,5 de los que 5,5 serán en envíos de propaganda electoral a domicilio. Las cifras del PP son similares y las de los demás partidos algo menores. Seamos buenos con esta banda de oportunistas: no les generemos gastos innecesarios. Total, lo que nos envíen, iría directo a la basura. ¡Cómo si a estas alturas pudiéramos creer sus hermosos propósitos y sus cantos de sirena (o más bien rebuznos)!

También aquí, las cifras corren el riesgo de dispararse. Y se dispararían de no ser porque para pedir la abstención del envío de propaganda electoral hay que recurrir a la Sede Electrónica del Instituto Nacional de Estadística y, seamos claros, funciona con el culo. De todas formas, ofrecemos el enlace para los que tienen certificado digital y Cl@ve o para los que quieren tenerla: Sede Electrónica del INE. Felicidades si lográis que no ensucien vuestro casillero con los envíos de los partidos que han hecho posible la desintegración de este país y de esta sociedad.

Si no lo conseguís, tampoco os desesperéis, siempre tenéis la posibilidad de tirar los envíos a la basura de manera visible. Yo recomiendo hacerlo en papeleras públicas para que la población perciba el rechazo creciente al sistema de partidos tal como está configurado.



Tercer síntoma:


El fantasma de la abstención. Cuando se celebren las próximas elecciones generales, habrán pasado siete meses desde las anteriores. Y son las cuartas en un año (se voto en las europeas y en las municipales). Demasiada “consulta” para tan pocos resultados. Y, lo que es peor, demasiada evidencia de incapacidad en la clase política cuando se avecina otro nuevo repunte de la misma crisis económica que en 2007-2011.

¿Cuánta gente irá a votar? Menos, desde luego, que en las anteriores elecciones generales. Por lo demás ¿a quién votar? Ayer salía la noticia de que el 45% de votantes de Cs estudiaban cambiar su voto. No creo que en los demás partidos los resultados sean muy diferentes. ¿Os imagináis a alguien que esté contento con lo que se ha hecho con su voto en los últimos siete meses? Si hay alguien, debería acudir a urgencias médicas.

Este país ha probado el centrismo, la izquierda y la derecha, con análogos resultados. Sería inútil discutir ahora cuál de estas opciones ha sido más nefasta. Queda, claro está, probar a la derecha de la derecha y a la izquierda de la izquierda y queda articular coaliciones. Pero, claro, para formar coaliciones y que no registren una rebelión de los votantes, antes, en campaña, cada partido debería explicar con quién se alía. Y esto choca con la primera regla del político español en campaña: “No me cabe la menor duda que ganaremos…”, dicen todos, así que, ¿para qué preocuparse por las coaliciones? Y luego pasa lo que pasa, que es lo que ha pasado en estos últimos siete meses: la falta de cultura de coalición, tanto en el electorado como en la clase política, hace muy difícil que alguien pueda pactar sin que se le desplome su intención de voto y se esfumen sus apoyos.

Se baraja que la abstención puede situarse en torno al 35%. Sí, han existido mayores niveles de abstención en otras elecciones, pero no en un marco como el actual de deshilachamiento progresivo del régimen político español y de incapacidad manifiesta de la clase política.

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No voy a ser yo quien recomiende abstención, pero si recomendar que se vote solamente por aquellas opciones que cumpla tres exigencias:
1) Que su programa responda a las necesidades reales y contenga soluciones definitivas y drásticas.2) Que su grupo dirigente esté identificado con ese programa y no sean simples vendedores de humo en busca de cuatro años de buen sueldo y poco trabajo.3) Que su acción pasada haya demostrado que esa opción merece que se confíe en ella.

jueves, 19 de septiembre de 2019

Crónicas desde mi retrete (7) – MENAS: GANAS DE HABLAR


Empecemos por lo esencial: reconocer que el primer derecho de un hijo es estar junto a sus padres, lo que equivale también a decir que la primera obligación de los padres es estar, educar y mantener a sus hijos. Esto, en las sociedades “normales”. Las sociedades enfermas olvidan este principio. En estos momentos de destrucción de los grandes puntos de referencia identitarios (los linajes familiares, las naciones, los grandes bloques culturales), suele olvidar que lo simple, como reza el principio de la “navaja de Ockham” es, siempre, lo oportuno y lo válido. En España, aquí y ahora, se puede hablar de cualquier cosa… a condición de huir de la simplicidad y complicar los discursos hasta lo indecible. Un caso: toda la polémica suscitada en torno a los MENAS.

Leo en La Vanguardia de hoy el siguiente titular “Las entidades exigen liderazgo para afrontar la crisis de los menas” y el subtítulo: “El sector social pide medidas a largo plazo para encarrilar la autonomía de los jóvenes migrantes”. ¿Han entendido algo? ¡Incluso se ha olvidado el principio de que una noticia hay que descomponerla en título, antetítulo, subtítulo y entradilla que deben ser el paradigma del contenido del cuerpo de la noticia! Aquí está mal redactado hasta el título, y no porque haya entrado en acción el becario de turno y el jefe de la sección tuviera ganas de irse a casa, sino porque no había nada serio que decir.

La noticia -muy extensa- nos cuenta el propio diario organizó una “mesa redonda” sobre este tema, con participación “de representantes de seis entidades y asociaciones especializadas en atención de los denominados menas”… y lo que dijeron es que la administración ha contenido el fenómeno pero ahora debe procurar que los “adolescentes encarrilen un futuro alejado de la calle”… parole, parole, parole. El diario no ha invitado, faltaría más, a ninguna asociación de vecinos que haya protestado por las exacciones y la permisividad con la que los menas han actuado en BCN.

Pero, eso sí, se dan algunas cifras de referencia: en Cataluña en lo que llevamos año han llegado 1.700 nuevos menas que elevan la cifra a 4.269… Las cifras son de la gencat que, claro, quiere tranquilizar a la gente afirmando que “son menos que el año pasado” (el que no se consuela es porqué no quiere. Y que la mayoría sobre de entre 16 y 18 años. El artículo puede leerse en cinco minutos y uno se lleva la impresión de que esos chicos precisan de la ayuda de todos nosotros, de la comprensión, de la buena voluntad y de unos cuantos millones de euros para salir adelante… Los “agentes sociales” piden para ellos “papeles y un trabajo”.


Al final uno llega a la conclusión de que los invitados por La Vanguardia proceden de otro planeta y no están en la Barcelona real. ¿O es que no se han enterado de lo que está pasando en los barrios y de lo que podría pasar si la prensa subsidiada por la gencat no adormeciera a la población con artículos soporíferos que encubren el drama real de una ciudad sitiada por la delincuencia, que se cae a trozos y en la que sus habitantes todavía están discutiendo como hacerse querer por los asaltantes?

Primero de todo: por mucho que los MENAS sean un NEGOCIO para determinadas empresas y servicios sociales, la obligación del Estado Español es colocar a los menos al lado de sus padres: si estos residen en Marruecos, lo normal es entregar esos menores al consulado de Marruecos más próximo y esperar que ellos los coloquen al lado de sus padres.

Segundo: lo que ha fracasado es la ley del menor. Así que “el legislador” (eso que llaman parlamento y que no es más que un “lugar donde se habla”, verdadero foro de nulidades que no son capaces de ponerse de acuerdo para formar un gobierno) debería de impulsar una reforma urgente. Los “menores” extranjeros, los MENAS, no son cosa del gobierno español, el gobierno español solamente debería preocuparse de retornarlos junto a sus padres. Y, por supuesto, si un MENA incumple las normas de los centros en donde se les acoge, y no digamos si delinquen, deberían de ser repatriados por vía de urgencia.

Tercero. En el artículo se puede leer: “Catalunya es una de las comunidades que acoge a más menores también es el destino preferido de los extutelados pues aquí hay una red de entidades que no existe en otras zonas de España”… lo que traducido quiere decir: en Cataluña se ofrece a los menas un sobresueldo de 642 euros -aprobado por TODOS LOS PARTIDOS del parlament de Cataluña a los ex menas hasta los 23 años. ¿Cómo no van a acudir los exmenas de toda la galaxia a Cataluña a disfrutar de lo que le queda a la gencat después de promover su maravilloso “procés”? Créanme, hay algo todavía más impresentable que “el legislador” del Parlamento de Madrid: esa fotocopia reducida de parlamento que hay en Cataluña y que para demostrar que existe le da a la churrera de las leyes autonómicas… ¡sin pensar en sus efectos y sin meditar sobre lo que van a generar inmediatamente!

Sin olvidar que, la “industria de los menas” es un negocio que puede figurar, en igualdad de condiciones, junto a otras “estafas humanitarias”, tan habituales en nuestra sociedad.

Así pues, basta ya de engaños, basta de cantamañanas y de “expertos”. Hay problemas simples. El de los MENAS pertenece a los muy simples: repatríese a los que llegan y el flujo se cortará en seco. De un día para otro. Problema resuelto. Y esos menas, seguro que en su país, se comportarán de una manera mucho más comedida a cómo lo hacen aquí. Dicho de otra manera: que los aguanten ellos. Por que aquí, en Cataluña, primero se niega la existencia de un problema (la inseguridad generada en grandísima medida por los menas) y luego se va de redentor de la raza humana ofreciendo más garantías que nadie en el mundo a los menas. Y luego pasa lo que pasa: que se apelotonan en busca de la sopa boba y de mayor permisividad y menor eficacia policial. ¡Cataluña es su tierra de adopción! ¡Cómo no van a aprovecharse de canelos y de practicantes de la “estafa humanitaria” reunidos por La Vanguardia!

Si Cataluña fuera un “Estado”, no se la habrían comido el millón de musulmanes que viven aquí. Hubiera sido pasto de los 5.000 menas “acogidos y tutelados”. ¿Y estos quieren ser independientes?

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Crónicas desde mi retrete (6): SIR OSWALD MOSLEY, AQUEL AMIGO DE JOSÉ ANTONIO


Recientemente he estado traduciendo una biografía sobre Sir Oswald Mosley y las entrevistas que concedió después de la Segunda Guerra Mundial a varios medios de comunicación de primera fila anglosajones. Reconozco que nunca me había preocupado excesivamente la figura de Mosley (a pesar de que tuve un profesor de inglés en 1969 que había sido blackshrit y todavía albergaba una gran simpatía por él y seguía afiliado a la Unión Movement). El fascismo británico, me pareció de esos fascismos de segunda fila que no lograron hacerse un hueco político y que tenía mucho de teatral. Hoy tengo la ocasión de rectificar esa opinión y afirmar que Mosley se adelantó a su tiempo y de todos los dirigentes fascistas, fue, no solamente el que estuvo durante más tiempo en activo (su ciclo político termina a principios de los años 70), sino el que realizó análisis y predicciones más precisos sobre el futuro de Europa.

Lo primero que me sorprendió es saber que, según Ian Gibson José Antonio viajó a Londres para conocer a Mosley en 1930. Error. No pudo ser en 1930, una fecha en la que, posiblemente José Antonio ni siquiera hubiera oído hablar de Mosley, un levantisco diputado laborista, llegado del conservadorismo y que estaba en la puerta de salida del partido y se preparaba para formar un “new party” de carácter transversal. Más o menos, la época en la que José Antonio y Mosley se conocieron debió ser entre 1932 y, lo más probable, en 1933. Ambos en esa época, se interesan por el fascismo italiano. Ambos van a ver a Mussolini (seis veces en el caso de Mosley y dos en el de José Antonio), conocen a Hitler (José Antonio en una ocasión cuando ya está en el poder y Mosley en varias asistiendo incluso a su boda que se celebró en Berlín). Mosley no fundó la British Union Fascist hasta 1932 y alcanzó fama internacional el año siguiente con sus mítines de masas en barrios obreros y con el apoyo que le deparó el vizconde de Rothermere.

Resulta sorprendente que las biografías de José Antonio no mencionen a Mosley y que la propia “biografía apasionada”, que lo menciona, sea de pasada y de manera errónea. Si se ha conocido esa relación fue gracias a la autobiografía de Mosley publicada a finales de los 60 y a las menciones que realizó el británico en algunas entrevistas de postguerra, al responder a la pregunta de si Franco era o no “fascista”. Esta constatación permite afirmar que existe un hueco en todas las biografías realizadas sobre José Antonio: el referido a sus relaciones internacionales. Ya indicamos en José Antonio y los No Conformistas, sus relaciones (y las del propio Ledesma) con este movimiento francés. También hemos establecido con precisión las relaciones que tuvo con el fascismo italiano y con la “internacional fascista” y tratado, de manera exhaustiva, las relaciones con el Movimiento Nacional Sindicalista portugués (en José Antonio a contraluz). Quedaría ahora por establecer las relaciones con otros fascismos: con el “francismo” francés (relación de la que hay incluso constancia en el primer semanario de Falange, FE, o las relaciones con los fascismos belga, húngaro y rumano.

Estas relaciones eran normales: por la edad de ambos, jóvenes (Mosley era algo mayor que José Antonio), por su opción política y, por su puesto, por el origen aristocrático de ambos. Si se han desconsiderado es por cierta “desconfianza” de los medios falangistas hacia todo lo que es británico (la espina de Gibraltar sigue ahí y la rivalidad histórica anterior, también). Pero lo cierto es que tales relaciones existieron y que Mosley era un dirigente fascista muy particular.


Existe un Mosley anterior al 1º de septiembre de 1939 y un Mosley posterior a mayo de 1945. El primero es un nacionalista pacifista que cree en el imperio británico y en su obra. El segundo es el primero en darse cuenta de que cuando callaron los cañones en la Europa destrozada, los vencedores, ruso y americano, se habían partido los despojos del continente. Fue el primer europeísta de la postguerra. Lo demostró en el Congreso de Malmoe y, posteriormente, en la Declaración de Venecia, dos muestras del neofascismo europeísta. No es de extrañar que Mosley se sintiera bien, en esa época, sobre todo con Thiriart. De hecho, ellos eran los dos únicos “europeístas de corazón” que firmaron la Declaración de Venecia (que hemos traducido para el número 63 de la Revista de Historia del Fascismo, entre otros documentos). Von Thadden por el Socialistische Reichparteit (predecesor del NPD) y Giovanni Lanfré por el MSI, lo eran pero de forma mucho más atenuada.

Este es, pues, el primer mérito del Mosley de postguerra: su vocación europeísta… en el país más anti-europeísta. Segundo mérito inestimable: el haber sabido intuir en los años 50 el proceso de la globalización y el haber denunciado, incluso en los años 30, las deslocalizaciones empresariales que tenían lugar desde el Reino Unido hasta la India. En ese lapso de tiempo, cuando todavía faltaban décadas para la caída del Muro de Berlín que abrió el camino a la globalización, Mosley denunció lo que llamaba los “artificios de la alta finanza” (a la que siempre consideró como el “adversario principal”) para optimizar beneficios a costa de los pueblos de Europa. En las entrevistas que concedió en la postguerra, se anticipa a la globalización.

¿Cómo fue posible esta lucidez? Mosley, combatiente en la Primer Guerra Mundial, creyó que el sacrificio de su generación sería recompensado mediante políticas sociales que permitieran a los más débiles prosperar. Se dedicó a la política precisamente para lograr ese objetivo y por eso pasó del conservadurismo al laborismo y de éste al New Party y… de ahí al fascismo que vio siempre como una síntesis de “nacionalismo” y “socialismo”. A diferencia de la mayoría de líderes fascistas, lo que realmente le motivaba a Mosley era la forma en la que podían articularse políticas económicas justas y beneficiosas para la población. Por eso, más que ningún otro líder fascista, sus análisis fueron, sobre todo, económicos. Y este interés por la economía fue lo que le llevó a intuir que los procesos económicos de deslocalización que, inicialmente, se dieron en el seno del Imperio Británico en los años 30 y luego, con la descolonización, en un marco mucho más amplio, se terminarían convirtiendo en universales.

Mosley intuyó también -diez años antes del famoso discurso del conservador Enoch Powell en el parlamento británico en 1967 y de las reuniones del Monday Club- el papel de la inmigración en la decadencia europea. Porque, antes de la guerra, Mosley no hizo alusiones oportunistas a la “raza”, fue, especialmente, después de la guerra cuando advirtió que la raza era, efectivamente, uno de los niveles de identidad más completos y que la alteración de la composición étnica de un país, suponía su desintegración y despieza en comunidades rivales, borrando la memoria de su unidad.

Hoy, esta idea está muy extendida y son cada vez más quienes la comparten (de hecho, solamente puede ser negada por progresos tozudos y persistentes en sus errores, pero no por quien tenga ojos y vea), pero en 1954, cuando empezó a hablar de ella ante miles de personas en Hyde Park o en Trafalgar Square o en los barrios pobres de Londres y se puso de su lado -una vez más- a los jóvenes (los “teddy boys”), la idea era novedosa y el análisis causó impacto en la sociedad.

Obviamente, las entrevistas de postguerra son muy interesantes porque en ellas habla del “partido de la guerra” que, desde 1933 intentó arrastrar al Reino Unido hacia una confrontación y que, finalmente, lo logró en 1939. Si Mosley en esos años fue pacifista fue por advertir que un nuevo conflicto mundial acarrearía el fin del Impero, como, de hecho, así ocurrió.

Mosley no consiguió volver al parlamento británico después de la guerra, pero su partido (la Union Movement) sobrevivió hasta finales de los 70 y sus miembros dieron vida al National Front, a la League of Saint-George y a publicaciones como Sperhead. El rígido sistema político inglés se lo impidió, pero cada vez son más las voces que, en el Reino Unido, recuerdan que fue el político más prometedor del primer tercio de siglo, que estaba llamado a ser Primer ministro y que fue el mejor orador del parlamento británico en esa época y un verdadero agitador de masas hasta que la edad le obligó a retirarse de la política.

Hay que fijarse en Oswald Mosley. Recuperarlo. Porque, de todos los líderes fascistas de los años 30, fue el que más prolongó su liderazgo y el que demostró una mayor lucidez en sus análisis.

martes, 17 de septiembre de 2019

Crónicas desde mi retrete (5) EL GOTTERDAMERUNG DE Cs


Ciudadanos es, sin duda, el partido que ha resultado más desgastado desde las elecciones de abril de 2019. Solamente Rivera se mantiene en la cúspide del grupo de fundadores del partido. Poco a poco, se han ido produciendo pérdidas por goteo y rara es la semana que no se desgaja algún que otro notable. De todas formas, Cs puede reivindicar el haber tenido una vida más larga que las anteriores fórmulas centristas. UCD apenas duró seis años y el pico del CDS no se prolongó más allá de cinco. Claro está que Cs ha tenido dos fases: en la primera fue un fenómeno exclusivamente catalán que recogió el favor de los catalanes que no se reconocían ni en la línea timorata del PP ni en el soberanismo. Eso le hizo aparecer ante la opinión pública española como defensor de la “unidad del Estado y de la constitución” y facilitó su tránsito, en una segunda etapa, a la política nacional. Pero eso es hoy apenas un recuerdo.

Lo cierto es que Cs llegó a ser el partido más votado en las elecciones al parlamento de Cataluña en 2017, en lo que supuso una verdadera humillación para los nacionalistas. Hoy, suerte tendrían si consiguieran recuperar la mitad de aquellos 1.109.732 votos. El propio Rivera se movía bien torpedeando a los botarates independentistas o ejerciendo de azote a los eclécticos socialistas. Menos tablas se le han visto en los debates en el parlamento español o respondiendo en campaña a cuestiones sobre economía de las que ha evidenciado no tener la más remota idea. Y otro tanto, le ha ocurrido a Inés Arrimadas: un 10 en la asignatura de antiseparatismo y un suspenso en cualquier otra materia. Cero absoluto, por cierto, en inmigración.

Lo peor que le pudo ocurrir a Cs fue la convocatoria de elecciones municipales este año y la llegada extemporánea de Manuel Valls, presentado como “el azote de la delincuencia en París” (y en cuyo mandato la delincuencia en París se mostró como incontrolable). Fue primer ministro del vecino país entre 2014 y 2016. Para él, incluso lugar contra el terrorismo estaba llamado al fracaso. Tras los atentados yihadistas en Niza llegó a decir “Francia tendrá que vivir con el terrorismo”, siendo abucheado por ello. Fracasó al postularse como candidato socialista en las presidenciales de 2017 y fue entonces cuando llamó a la puerta de Ciudadanos, recordando que había nacido en Barcelona…


Era evidente que el objetivo político de Valls no era ser un modesto concejal en BCN, sino que se había propuesto un plan en tres etapas: ser alcalde de Barcelona, ser secretario general de Ciudadanos y ser presidente del gobierno español. Pero Cs fracasó en aquellas elecciones, apenas obtuvo 6 escaños (solo 3 eran miembros de Cs) y el plan descarriló desde la primera fase. Eso no impidió que Valls cediera sus votos a la Colau para evitar que el Maragall-separata candidato de ERC fuera nombrado alcalde y que, desde entonces, sus propuestas en política municipal y sus protestas por la caída de Barcelona al nivel de ciudad faro de la delincuencia mundial fueran nulas. Valls intentó que se olvidara su fracaso personal en Barcelona protestando por el hecho de que Rivera apoyara al PP y negociara con Vox. Y, a partir de aquí, ya todo se volvió un mar de lágrimas para el partido de Naranjito.

El centrismo solamente aparece en momentos de crisis (apareció en Cataluña con la crisis generada por el Maragall-sociata y su Nou Estatut y saltó a nivel nacional con la crisis económica de 2009). En esos momentos es tenido por una parte del electorado como referencia. Pero, luego, pasado el momento álgido de la crisis (o, lo que es aún peor, cuando el electorado se habitúa a la crisis permanente), el partido centrista, que en campaña electoral nunca ha desvelado sus cartas alegando que quería “gobernar por mayoría”, se ve obligado a decidir con quién se acuesta: parte de su electorado que procede del PSOE aborrece en lo que se ha convertido el PSOE y la otra parte que viene de los pastos del PP no quiere saber con el partido al que acaba de dar la espalda. Así que unos y otros se sienten traicionados y estafados. El partido sobrevive una legislatura más por los cargos que ha obtenido y porque, a fin de cuentas, para los miembros de su “aparato”, es tan lucrativo como cualquier otra opción política. Y entonces empiezan las fugas, las luchas por el poder, los “posicionamientos” de sus cargos públicos para ver en qué siglas podrían satisfacer otra legislatura a sus electores, la crisis, la oscuridad, la agonía y la muerte final, por mucho que el dinero de La Caixa esté detrás.

Rivera, ha esperado a que Sánchez rechazara cualquier pacto con Podemos, para esperar su hora de postularse como apoyo incondicional al presidente en funciones. Se adelante así a Valls y le corta cualquier posibilidad de que se presente como el “centrista aceptable para los socialistas”. Pero Rivera actúa también por puro interés: sabe que, en los tres últimos meses el desgaste de su partido ha sido continuo e imparable y que, de convocarse nuevas elecciones, perdería, como mínimo, entre un tercio y una cuarta parte de sus votos que se repartirían entre la abstención, el PP y el PSOE (sin excluir que alguno fuera a parar a Vox). Así que mejor garantizar el que, aunque Naranjito esté agónico, él, Albert Rivera, pueda mantener unos años más la atención del electorado.

Lo más probable es que la desintegración de Cs tenga lugar tras las próximas elecciones, cuando lo que hasta ahora ha sido una fuga por goteo con abandonos notables, se convierta en tránsitos masivos a otros partidos en el nuevo Gotterdamerung centrista.

El esperpento político español, que ha alcanzado sus más altas cotas tras las elecciones de abril, todavía no ha terminado. De los partidos que nacieran de la crisis del régimen político español en 2010 (vinculada a la crisis económica y que termino siendo una crisis política) queda poco: Podemos está más despiezado que una vaca en el matadero y Cs quiere vivir su momento de gloria colocando a Rivera en un ministerio antes de colapsar. Así que, de las nuevas siglas de aquel momento, sólo parece quedar Vox. En las próximas elecciones se verá si esas siglas se consolidan, desaparecen u optan por retornar al redil de la derecha liberal. “España Suma”, pero los partidos restan.




domingo, 15 de septiembre de 2019

Crónicas desde mi retrete (4): ¡EL “NACIONALISMO MODERADO” QUIERE LEVANTAR CABEZA!


Cuando CiU se descompuso bajo el peso de la corrupción, el llamado “nacionalismo moderado” desapareció del panorama político de Cataluña. Un buen día, eso que desde la transición se llamaba así, se ausentó sin dejar señas, reapareciendo como independentismo. Era normal: todo “nacionalismo” o tiende a la construcción de una Nación arropada por un Estado, o no es nada. Así pues, en buena lógica, todo “nacionalismo moderado” es apenas una etapa intermedia en el camino hacia la independencia. De lo contrario, en lugar de llamarse “nacionalismo” se llamaría “regionalismo”. Y eso último sí que ha desaparecido completamente del panorama político catalán. Nadie en esta región ha querido resucitar el mensaje de la Lliga de Cambó (como se intentó varias veces en la transición e incluso en tiempo más modernos, intentando fusionar a la rama catalana del PP con fragmentos del “nacionalismo moderado”, especialmente procedentes de UDC.

El regionalismo, el “provincialismo”, el foralismo, el cantonalismo, pertenecen a otra época que ha quedado atrás, muy atrás, en la historia. Ahora, solamente cuentan tres opciones:
- los que quieren construir un bloque geopolítico fuerte de carácter supranacional (llámese hispanismo o europeísmo, según miren hacia Iberoamérica o hacia Europa),

- los que quieren construir un microestado independentista (con el “procés” o con inventos que estiren el “nou estatut” hasta la independencia)
- y los que aspiran a mantener la unidad del Estado tal como la hemos conocido en los dos últimos siglos (exceptuando el breve sarpullido federalista de la Primera República).
No hay más.

Por eso cuando, desde hace unos días, La Vanguardia va insistiendo en que “se está preparando una opción nacionalista moderada” es lícito, en primer lugar, mostrar una sonrisa de conmiseración hacia el proyecto y luego, prepararse para combatir esta nueva falacia.


El 21 de septiembre se reunirán en Poblet, 200 personas de un “grupo de reflexión” que intentan recomponer el “nacionalismo moderado”. Lo que se conoce del documento es una mezcla de obviedades (que el “procés” embarrancó o que ha sido tomado como “deslealtad” por el resto del Estado) y de lugares comunes con los programas de CiU anteriores a que estallara a causa de sus corruptelas. No esperéis nada nuevo, sino la aparición de una nueva sigla que quiere traer los aromas equívocos del pujolismo de los primeros años de la transición.

¿De dónde sale el batiburrillo de gente que aspira a lanzar una nueva sigla política? De Convergencia Democrática de Cataluña, el partido de Pujol, pasado luego a llamarse PDCat y cuatro o cinco grupúsculos “de estudio” (Lliures, Avancem, Convergents o… La Lliga) que solamente existen en la mente de no más de un centenar de nostálgicos de CiU.

Vale la pena explicar por qué aparecen en este momento y justo después de que el último 11-S haya sido el más decepcionante para los independentistas. Solamente los obtusos muy obtusos creen que la independencia catalana es todavía una opción política. De hecho, si por los partidos políticos fuera, ese tema ya habría desaparecido de sus programas, pero ni ERC, ni el PDcat se atreven a confesar públicamente su fracaso. Temen que la “sociedad civil independentista” recupere la bandera, y les haga perder votos. Pero la ausencia de masas en las últimas movilizaciones ha desmovilizado a la CUP-CDR, supone un baño de realismo para ERC y es un elemento de confusionismo y ruptura interior entre las distintas fracciones del PDCat (al borde de la desintegración entre el paleto Waterloo, el obtuso que ocupa la presidencia y cientos de afiliados despistados que no saben hacia donde tirar). A cualquier observador imparcial no se le escapa que el independentismo catalán, ante el fracaso de su proyecta, ha emprendido la vía de la sectarización y del fanatismo… pero lo que es el “seny” desertó de sus filas si es que estuvo presente en alguna ocasión.

Y así tenemos que, tras adquirir visibilidad esta crisis del independentismo el pasado 11-S y perdida la esperanza de movilizar masas más allá de la tarde en la se conozcan las sentencias para los primeros procesados por el 1-O (hay que recordar que hay varios juicios más abiertos), los “nacionalistas moderados” han creído que esta es la ocasión de recuperar algunos mimbres del proyecto fracasado: especialmente de los más lúcidos y, también, de los más ambiciosos, que saben perfectamente que obstinarse en esa dirección es chocar contra un muro de hormigón y es preciso renovar el look, so pena de un inevitable desgaste.


Así pues, la reaparición del “nacionalismo moderado” es, solamente, un aspecto más de la crisis del independentismo y del fracaso del proceso. Sus impulsores quieren actuar como si aquí no hubiera pasado nada y como si el nacionalismo moderado pudiera rescatarse de la cuneta de la historia. No lo es: vale la pena que reconozcan que al “nacionalismo moderado” se le puede poner rostro, nombres y apellidos y que, el primero de todos, es el del jefe del clan de los Pujol al que se le pueden achacar todos los vicios y neurosis de un individuo sin escrúpulos, con la cabeza trastornada por la ambición y jefe de un clan mafioso que durante cuarenta años tuvo a Cataluña como su feudo medieval, haciendo y deshaciendo a su antojo.

Si los “nacionalistas moderados” quieren tener un mínimo de credibilidad, lo primero sería que condenaran en voz bien alta las exacciones y los latrocinios del clan Pujol y fueron primeros en pedir su procesamiento ante los tribunales. No lo harán, claro está, porque muchos de ellos formaban parte de la corte de aduladores y yes-men que acompañó al goodfather.

Y luego están las propuestas de las que La Vanguardia ha avanzado hoy unas cuentas: relación bilateral con el Estado, estatuto de participación de Cataluña en la UE, agencia tributaria catalana, veguerías en lugar de provincias, ¡más transferencias en educación, lengua, cultura a inmigración que deberían ser competencia exclusiva de la gencat! Y referéndum acordado… ¡¡Estas son las novedades que aporta el nuevo “nacionalismo moderado”!! En realidad, el problema -y por lo que esta nueva opción fracasará- es por carecer de espacio: el programa que proponen para reflexionar es el mismo de hace 15 años cuando el pobre Maragall tuvo la patética idea de lanzar su idea de un “nou Estatut”. El nuevo “nacionalismo moderado” fracasará, simplemente, porque ya no hay margen para ampliar el techo autonómico: después de la actual situación estatutaria o el Estado recupera competencias, o se produce la desconexión definitiva y estos “moderados” lo que plantean es otra vía para la desconexión, a la vista de que la anterior se ha cubierto, literalmente, de vergüenza, fracaso, victimismo y sumarios por vulneración de la legalidad vigente.

De esto no saldrá nada nuevo, salvo otra ruptura interior del independentismo (porque los “nacionalistas moderados”, en tanto que “nacionalistas”, son independentistas o no son nada, no vayamos a olvidarlo). Otra sigla más para romper el voto independentista. Sólo nos queda animar al Omnium y a la ANC que formen otro partido, a la vista de las vacilaciones de ERC y de la pérdida de influencia del PDCat… en las cunetas de la historia caben todavía muchos suicidas.
La Vanguardia jaleará este intento porque recupera la palabra “moderado”, pero no hay que engañarse, es otro ropaje del pujolismo y un remozado a la “vía hacia la independencia pactada”. Nada más.

Sería bueno que miraran en lo que se ha convertido Cataluña, sin duda la región del Estado, en donde la vida es más insegura, las administraciones ejercen menos su autoridad salvo para recaudar impuestos y multas y un 27% de inmigración ha desfigurado completamente la identidad catalana, atemorizada por cierto por manadas, delincuentes y navajeros... ¿Y estos quieren ser independientes?

sábado, 14 de septiembre de 2019

CRÓNICAS DESDE MI RETRETE (3): LA INMIGRACIÓN COMO PRIMER PROBLEMA


Cuando se aproximan nuevas elecciones vale la pena recordar cuáles son los problemas reales y las fantasías imaginarias que afronta el país. Y esto es esencial para realizar una opción de voto (o de abstención que también es una opción). En esta legislatura que no ha servido ni para elegir presidente del gobierno se han producido algunos debates y presentado proyectos de ley, especialmente por parte del PP y del PSOE. En estos proyectos se demuestra cuáles van a ser las orientaciones electorales de estos partidos. El PP sigue empeñado en “vitalizar la economía” utilizando las mismas fórmulas que ya empleó Aznar hace más de veinte años y que nos precipitaron a la mayor crisis (hasta ahora) vista en nuestro país: estimular el ladrillo, abrir el crédito, contener salarios y mirar a otro lado ante el problema de la inmigración. En cuanto al PSOE, ya se sabe: vender igualdad, ideología de género, “Welcome refugies”, derechos humanos y cualquier otra memez que encuentre eco en un electorado privado de capacidad crítica por el sistema educación socialista generado desde la transición y nunca alterado por el PP. ¿Y Ciudadanos? Equidistantes políticamente de unos y de otros, pero ambiguos en sus propuestas de fondo que contienen tanto de lo uno como de lo otro. ¡Qué lejos están los tiempos en los que se sabía que votando a Cs se votaba contra el independentismo catalán!


Seamos claros: la crisis que se asoma por las ventanas y que terminará cristalizando en el 2020, no es nueva, es la anterior crisis, la crisis de la globalización, a la que se van añadiendo incrustaciones cada vez más profundas. Hasta ahora no hay ningún partido que confiese públicamente que la globalización es inviable, que afecta a unas economías más que a otras, que aumenta las desigualdades y que genera una pequeña cúpula de corporaciones y una élite financiera extremadamente acomodada y genera una miseria creciente en pueblos y poblaciones. Así pues, todos aquellos partidarios de una economía mundial globalizada no son más que distintas opciones incapaces de identificar el gran mal de nuestro tiempo. Si no lo hacen, no es solamente porque ellos mismos no lo adviertan, sino porque la población tiene una percepción muy débil de lo que implica la globalización y para ella no es un tema capital.

Pero la globalización cristaliza en dos direcciones: de sur a norte en flujos migratorios tendentes a abaratar salarios y destruir la identidad de los pueblos, y de norte a sur en forma de deslocalización en busca de abaratar costes de producción y aumentar los beneficios de las inversiones. Y estos elementos si que son, necesariamente, muy visibles para la población: el primero porque altera el sustrato étnico de los países y su perfil identitario, generando, además, todo tipo de disfunciones y patologías sociales (empezando por la inseguridad y terminando por el choque de etno-cultural). El segundo, la deslocalización, porque reduce los puestos de trabajo de la economía real y los traslada a otros horizontes.

En este mismo blog existen decenas de artículos sobre esta temática. Si hoy volvemos a recordar lo que ya hemos dicho es, precisamente, porque estamos ante unas nuevas elecciones y hace falta decantar posiciones: aunque un partido político se niegue a ir en contra de la corriente en materia de globalización, alegando que no es tema sobre el que la población esté particularmente sensibilizada, hace el mismo trabajo oponiéndose a las deslocalizaciones empresariales y a la inmigración masiva. Y la pregunta es: ¿algún partido tiene claro los riesgos de estos dos fenómenos? Gracias a ellos, España ha pasado de ser un país productor de manufacturas industriales a un país importador de esas mismas manufacturas. Y, por otro lado, un país homogéneo en su población, se ha convertido en un damero multicultural de grupos inintegrables que generan disfunciones en materia de seguridad (lo hemos dicho muchas veces: a pesar de que la mayoría de inmigrantes hayan venido aquí para trabajar, lo cierto es que la mayoría de delitos son cometidos por inmigrantes), por no hablar de la ruptura etno-cultural que se está produciendo especialmente en las grandes ciudades. Sin olvidar que la comunidad que más crece es la islámica que no comparte ni uno solo de los principios de organización y valores del mundo occidental.

Si existe un problema de seguridad en las grandes ciudades es SOLO porque se ha producido un aluvión migratorio. Si existe un problema irresoluble generado por los menas es SOLO porque a la falta de respeto por la ley de inmigración se une una ley del menor contemplada para NUESTROS MENORES, no para miles y miles de niños enviados por sus padres a un país en el que les está permitido hacer cualquier cosa que se les ocurra. Si existe violencia doméstica y agresiones sexuales en manadas, es porque, en su inmensa mayoría estadística, están protagonizadas por inmigrantes que han entrado sin respetar la legalidad vigente en materia de inmigración y que, a partir de ahí, creen tener patente de corso para cualquier exacción, capricho o perversión. Y si existe un lastre para los servicios sociales y para los presupuestos es por los costes de una inmigración íntegramente subsidiada: todo euro de ayuda a la inmigración masiva es un euro que se retrae a los que hemos construido este país durante generaciones.

Ni era necesaria la inmigración cuando fue favorecida para el aznarismo, ni lo es ahora, cuando, cada vez es más evidente que, se trata de un grupo social subsidiado que crea más problemas de los que resuelve y que, para colmo, tal como se acaba de demostrar en Hungría, hubiera bastado con una simple campaña demográfica y de estímulo a la natalidad, para que hubiera sido innecesaria. Pero, para eso, hubiera sido preciso que la clase política pensara en España y en su futuro, no en los cuatro años que dura una legislatura y con una ignorancia absoluta de cualquier perspectiva a un plazo más largo.



Mirad las calles y mirad vuestra sociedad: resolviendo el problema de la inmigración masiva, el mercado laboral volvería a la normalidad, las cargas sociales del Estado se verían liberadas de esa inmensa aspiradora de recursos que es la inmigración masiva. Las calles se verían libres de delincuentes en un 85% y solamente permanecerían entre nosotros aquellos inmigrantes necesarios que han llegado para trabajar y ganarse honradamente la vida.

Quedaría pensar sólo en cómo “relocalizar” la industria y eso es algo que no compete solamente a España, sino que debería realizarse en el marco de la Unión Europea. No es tan difícil: comercia con aquellos países que mantienen el mismo sistema jurídico, social y productivo. En realidad, existen problemas irresolubles (como el agotamiento de recursos o el aumento de la población), pero otros sí tienen fácil solución: la lucha contra la inmigración ilegal y masiva pertenece a estos últimos: basta con ligeros cambios legislativos para desembarazarnos de legiones de delincuentes y desincentivarlos de actuar en España, basta con algo tan simple como entregar a los miles de niños marroquíes a su embajada para que los reúnan con sus padres, basta con hacer pasar por la puerta de salida a los que han cruzado la valla de Ceuta o Melilla y basta, con hacer abandonar el país a inmigrantes que hayan delinquido, no demuestren un trabajo estable en los últimos años o células familiares que hayan recibido más subvenciones y generado más gastos públicos que ingresos. Bastaría con que se cumpliera la ley de inmigración, en lugar de aceptar el chantaje de ONGs subsidiadas con dinero público y campañas de pobres tontos estilo “Welcome refugies” o “ningún ser humano es ilegal”. No hace falta construir muros sino solamente garantizar la integridad de nuestras fronteras. Eso es todo. Y esto compete a las autoridades españolas. Si Hungría ha resuelto el problema ¿acaso España no lo podría resolver igualmente?

Así pues: no estoy dispuesto a votar, ni siquiera a considerar el voto a ningún partido, que no presente en primer lugar, en letras bien grandes y destacadas, las propuestas para resolver la cuestión de la inmigración. El tema del independentismo catalán ya ha sido redimensionado a su tamaño de “tigre de papel”, el resto de los problemas -incluso el económico- están vinculados, directa o indirectamente, a la inmigración masiva. Así que recomiendo votar solamente a opciones que tengan MUY CLARO como actuar ante este problema, sin miedo a vulnerar la corrección política y a reconocer aliados en Europa

La ambigüedad ya no puede ser una opción electoral.





viernes, 13 de septiembre de 2019

CRÓNICAS DESDE MI RETRETE (2) PREPARAROS PARA UN NUEVO CHOU ELECTORAL


No lo tenemos presente, pero llevamos desde el 28 de abril, dentro de poco cinco meses, sin gobierno o lo que es lo mismo “con un gobierno en funciones”. No nos engañemos: Pedro Sánchez tenía pocas opciones tras el resultado de las últimas elecciones. O bien se aliaba con los Cs o bien lo hacía con Podemos. A los primeros, por el camino, se les cayó media dirección del partido, iniciando lo que puede considerarse como la “tercera muerte” del centrismo (la de UCD fue la primera y la del CDS la segunda). Y en cuanto a Podemos… bueno, los más derrotados en aquellas elecciones eran los que tenían aspiraciones más altas y sin querer revisar su imagen. Desde mediados de mayo, cuando todo esto ya era muy evidente, Sánchez encargó al CIS el marcarle el momento más adecuado para una nueva consulta en la que pudiera obtener los escaños necesarios para gobernar en un país sin cultura de coalición y, de hecho, sin cultura política en general.

Las elecciones generales están, pues, cantadas. Pero los problemas a los que se enfrenta Sánchez son dos:

1) Malas perspectivas económicas 

Cuando la maquinaria alemana se ralentiza, la economía europea hace otro tanto y si entra en recesión, al cabo de unas semanas, esta recesión se extiende a toda Europa. Miente quien diga que esta será una nueva crisis económica. En absoluto, es la prolongación de la anterior, de la iniciada en 2007 y no reconocida oficialmente en España hasta dieciocho meses después. Es una crisis internacional y poco importa cuál es el detonante concreto: es, como la anterior, una muestra de la crisis y de la inviabilidad de la globalización: el mundo es demasiado desigual para poder aplicar las mismas reglas en todo el globo. Un sistema que solamente beneficia al capital especulativo, es un sistema querido únicamente por los grandes consorcios de inversión, por las grandes empresas de capital riesgo y por la alta finanza, compuesta por una élite económica que absorbe toda la riqueza mundial para garantizar un mínimo del 5% de beneficios.

Alemania se da cuenta ahora de que no puede competir con China ni siquiera en productos tecnológicos. EEUU que lo sabía desde hacía años, no está ya en condiciones de marcar la agenda de la economía mundial, por mucho que Trump intente romper -en beneficio de EEUU- la actual interpretación de la globalización. La crisis empieza a notarse en los países más débiles o con una economía más precaria (Argentina), arrastrará a otros del mismo hemisferio y se prolongará a Europa, especialmente en zonas como España en la que todavía no se han disipado los efectos de la anterior crisis.


Hoy, diez años después, cuando nuestra economía es todavía más tributaria del turismo internacional (y éste ha descendido en España casi un 1,5% este año y quizás más al final), cuando nuestra sociedad está lastrada por cinco millones de inmigrantes improductivos y subsidiados y por unas autonomías basadas en el despilfarro, va a sufrir, como ningún otro país europeo el nuevo embate de la crisis. Y, posiblemente, en esta ocasión, lo que queda de nuestra industria del automóvil se resienta, generando otro millón de parados irrecicables. Además, esta crisis sobreviene en un momento de mutación imparable impuesto por la robótica que, en apenas 10 años, morderá el 25% de los puestos de trabajo actualmente existentes. A esta oleada seguirá en la década siguiente, la sangría generada entonces por la inteligencia artificial que obviará millones de puestos de trabajo relacionados con las nuevas tecnologías.

Así pues, lo que tenemos ante la vista, gobierne quien gobierne, es un panorama de crisis permanente con crestas más graves (la que tendrá lugar en 2020-2022, como la que tuvo lugar entre 2008 y 2011) y en la que, como máximo, puede aspirarse a gobiernos que administren mejor las crisis y reconozcan la gravedad insostenible de algunos problemas (mundo globalizado, inmigración masiva, deslocalización, inseguridad creciente en todos los órdenes, quiebra de la enseñanza, proceso general de aculturización y pérdida de identidad, ineficacia de las instituciones) y ante las que absolutamente ningún partido es capaz de trazar un diagnóstico realista que tendría como corolario: “prepararos para lo peor, porque la situación está muy deteriorada para que el gobierno de un partido pueda resolverlo”.

2) Volatilidad del voto

Inicialmente, Sánchez creía que mostrándose dialogante haría aparecer al resto de partidos (especialmente a Cs y a Podemos) como responsables de que no se pudiera formar gobierno. Y eso implicaba un corrimiento de votos de derechas y de izquierdas hacia la sigla PSOE. Pero no está claro que esta tendencia vaya a darse en la práctica. Si estuviera tan claro, el 1º de septiembre, Sánchez habría convocado nuevas elecciones. No lo ha hecho, por tanto, cabe esperar que algo están detectando los cocineros del CIS que no puede enmascararse fácilmente y que indica prudencia.

No puede extrañar que, a principios de septiembre, la fiscalía del Estado haya decidido dar una nueva cornada al PP. El momento era el más adecuado. Justo cuando este partido empezaba a recuperarse y cuando franjas de electores que se había mudado a Cs y a Vox, empezaban a retornar, aparece este nuevo episodio de corrupción que frenará esta tendencia, o al menos la ralentizará.

Luego está el tema de la sentencia por el 1-O que debería publicarse cualquier día del mes de septiembre o de principios de octubre y lo que ocurrirá a continuación. Algo que nadie puede prever. Ahora bien, el bajón de asistencia a la “diada independentista” del 11-S, la evidente falta de entusiasmo de los partidos indepes, hace pensar que no se producirán cambios importantes, es más, que el “procés” es cosa del pasado y que la pequeña comunidad de Waterloo se extinguirá por sí misma. Las direcciones independentistas creen que las protestas reavivarán su causa, algo que no es del todo evidente. Como máximo aumentarán el sentimiento de victimización; nada más.

Sánchez no puede ceder antes de las elecciones indultos ni similares, sin el riesgo de perder parte de sus votos unitaristas. Además, aunque cambalacheara indultos por apoyo político, los indepes han sido siempre insaciables: quieren más y más y la UE ya no deja a Sánchez margen para mayores niveles de autonomía (como demostró la declaración tajante del parlamento francés o los portazos, uno tras otro, que recoge el paleto de Waterloo). Ceder para Sánchez, implica perder (en Cataluña un poco, en el resto de España mucho). Por lo demás, todos los analistas coinciden en que el independentismo es asunto zanjado y que se irá extinguiendo por sí mismo con el paso del tiempo.

Tras las próximas elecciones, de Podemos quedará muy poco: Sánchez les ha deparado tres meses de humillaciones y solamente le ha quedado decir: “Pero, hombre, Pablito, ¿Cómo siguen con esa coleta y esos aires de bachiller? ¿no ves que no das la talla, para ser ministro? ¿Y eso de llamar a tu partido “Unidas Podemos”? ¿crees que es serio? Como si yo llamara Carmen Calva a mi brazo derecho… ¿No ves que eres un cadáver político?”. No lo ha dicho, pero toda España sabe que lo ha pensado y que esos razonamientos, en el fondo, son los que han llevado a la marginación de Podemos desde el primer momento. Para colmo, Podemos no se ha enterado de que ya no es el producto del “movimiento de los indignados”, sino un residuo del PCE que, a su vez, es un residuo de Izquierda Unida, al que se le han agregado freakys, “ideólogas de género”, porreros y veganos que quieren impedir que violencia a gallinas y vacas… Podemos fue el gran perdedor de las anteriores elecciones y volverá a perder en la próxima consulta.


Análogo destino va a tener Cs, cuya agonía se presenta como inevitable y fugaz cuando se cierren las urnas ¿en noviembre? Y es que el gran problema de Cs ha sido el no definir previamente lo que haría con los votos de los ciudadanos: o para apoyar al PSOE o para apoyar al PP. En cualquiera de los dos casos, tenían poco margen de maniobra y muchas contradicciones internas. La presencia de Valls en Barcelona, creyendo que, podría utilizar el ayuntamiento para escalar a la presidencia del partido, puede darse en estos momentos por desmantelada.

Por otra parte, Cs y PP deberían empezar a pensar que no les vendría nada mal presentarse unidos en algunas circunscripciones en las próximas elecciones. Pero España no es país para coaliciones, por mucho que, cuando se conozcan los resultados de las próximas elecciones, quizás la fórmula de “gran coalición” (PSOE+PP) sea la única capaz de gestionar lo que se avecina.

Queda Vox. Desde las elecciones de abril, Vox no ha terminado de convencer a muchos electores: los que pensábamos que podría ser una buena opción anti-inmigracionista, no hemos vistos grandes avances en esa dirección. No se ha oído la voz de Vox con la fuerza que hubiera sido de desear en ninguno de los grandes temas: afrontar decididamente la inseguridad ciudadana, necesidad de endurecer las leyes, repatriación de MENAS y de inmigrantes ilegales… El elector que votó a Vox en abril, “quiere más”: ya no basta con twiters de los diputados o de Abascal sobre esto o aquello, quiere movilizaciones, quiere voz bien alta en el parlamento, quiere que un nutrido grupo de diputados despierte a la población y suponga un revulsivo a la dinámica conformista y mortecina del congreso de los diputados. Y, de momento, el elector de Vox no ha visto nada de esto… El margen que tiene el partido para rectificare es reducido y, de no hacerlo en los próximos días, perderá buena parte del crédito que obtuvo en abril. El momento de Vox llegará cuando se evidencien los momentos más duros de la crisis que se avecina y solamente si sabe distinguir los problemas graves y urgentes de los problemas obsesivos de la derecha de la que nació y de las sectas católicas presentes en sus entrañas.

Todo esto para decir que el tiempo en el que los partidos eran propietarios ad infinitum de un “electorado cautivo”, han quedado atrás. Desde la crisis de 2009, el voto se ha convertido en algo volátil para un 30-35% del electorado. Hoy está allí, mañana apoyo a los contrarios, pasado se abstiene y en las elecciones siguientes vota masivamente. Y todo esto, con una clase política cada vez de perfil más bajo, unos discursos políticos en el parlamento al nivel de enseñanza primaria y un estado de degradación creciente en todos los órdenes de la vida social.

Lo más terrible que enseñaron las elecciones de abril fue que España no tiene solución y que, ante la crisis, siempre habrá dirigentes políticos, que, caminando con paso firme hacia el abismo, dirán a sus electores: “España va bien” y que, cayendo, incluso, por el precipicio, tratarán de dar sensación de seguridad, no sea que vayan a perder algún voto.

Pero ni España va bien, ni hay en perspectiva la intuición de que aparecerá un “cirujano de hierro” que remedie la situación. ¿Elecciones? ¿para qué si aquí no hay posibilidades de que cambie nada?