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viernes, 20 de marzo de 2020

DOSSIERS DE LA HISTORIA - LA ORDEN DE LOS ILUMINADOS DE BAVIERA



DOSSIERS DE LA HISTORIA – Nº1 – Primavera 2020

LA ORDEN DE LOS ILUMINADOS DE BAVIERA

Los “iluminati” están de moda… lamentablemente, los que más hablan de ellos son los que ignoran más su verdadera historia. De ahí que hayamos decidido traducir tres textos que consideramos capitales para entender la naturaleza del “fenómeno illuminati”: el texto escrito por Henri Coston relatando el nacimiento, los orígenes de la secta, sus primeros doctrinarios, sus objetivos, organización y métodos, su desenlace, su relación con la masonería y las dudas sobre su supervivencia después de la revolución francesa. Dos textos de Jacques Bordiot, también traducidos del francés, nos pondrán en la pista de las relaciones entre iluminismo y marxismo, con la demostración de que el segundo procede directamente del primero; por otra parte, la Panorthosia, el sistema de enseñanza creado por el rosacruz Jan Amos Comenius, precursor de la Orden de los Iluminados y que ha sido reiteradamente elogiado e incorporado a la UNESCO desde su fundación. Los Iluminados siguen presentes en el siglo XXI.

El dossier se ha completado con una serie de estudios sobre la presencia de los iluminados de Baviera en alguna de las conspiraciones liberales del primer tercio del siglo XIX en España, en el fenómeno de la piratería y sobre las dos líneas del iluminismo: la “francesa” (o el iluminismo místico) y la “alemana” (o el iluminismo político).

Un dossier de 225 páginas en las que se encuentra todo lo que es preciso saber sobre el iluminismo, con el que inauguramos la publicación de estos dossiers trimestrales sobre temática histórica.

Ficha técnica:

Título: Dossiers de la Historia nº 1 – primavera 2020

Tema: La Orden de los Iluminados de Baviera
Autores: Henri Coston, Jacques Bordiot, Vicente de la Fuente, Ernesto Milá
Tamaño del volumen: 15 x 21 cm
Páginas: 225
Abundantemente ilustrado con fotografías y gráficos
Portada plastificada y en cuatricomía.
Precio de venta al público: 22,00 €
Distribuidor en todo el mundo: Amazon

https://www.amazon.es/Dossiers-Historia-Iluminados-Baviera-Primavera/dp/B0863TFDHX/ref=sr_1_1?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&keywords=dossiers+de+la+historia&qid=1584719126&s=books&sr=1-1


viernes, 31 de enero de 2020

FOTOGENIA DE LA ESCUADRA Y DEL COMPÁS - LA IRRESISTIBLE ATRACCIÓN DE HOLLYWOOD HACIA LAS SOCIEDADES SECRETAS


Rescato este artículo que había escrito hace 15 años y que se publicó en varias revistas impresas. Alude a cinco películas que tienen como trasfondo la masonería, algunas implícitamente ("Fuerzas Ocultas", rodada durante la ocupación alemana de Francia y que puede verse en youTube) y otras como simples guiños (La Liga de los Hombres Extraordinarios") o como aberraciones imaginativas ("La Búsqueda") e, incluso, como clásicos de Kipling ("El hombre que pudo reinar"). En los últimos diez años el género ha proliferado y nos confirma en la idea de que la escuadra y el compás mantienen su "fotogenia".
Como mínimo ocho presidentes de los EEUU en el siglo XX, han sido masones: William McKinley, Theodore Roosevelt, William Taft, Warren Harding, Franklin Delano Roosevelt, Harry Truman, Lyndon Johnson o Gerald Ford. El mismo presidente Clinton perteneció a una asociación de  hijos de masones. EEUU es el único país del mundo en el que la masonería tiene un poder absorbente y está presente en algunas de las instituciones más importantes del país, en especial en el Pentágono. Pero también en Hollywood, tradicionalmente, siempre ha existido un buen número de actores y directores que pertenezcan a la orden. Así pueden entenderse los guiños de algunas películas producidas en Hollywood y los argumentos de otras. La masonería está presente en Hollywood.

¿Qué tienen en común Clark Gable, Glenn Ford, John Wayne, Peter Sellers, Oliver Hardy, Harold Lloyd, Harpo Marx, Mario Moreno “Cantinflas” o Telly Savalas? Todos son actores, en efecto, pero hay algo más: todos ellos, un buen día de su vida, desfilaron con la pernera izquierda del pantalón arremangado y el hombro izquierdo descubierto, con los ojos vendados, ante logias masónicas regularmente constituidas. En efecto, todos ellos fueron iniciados en la masonería. Y son sólo unos nombres extraídos al azar. Hubo y hay muchos más.

Para sus miembros, la masonería es un grupo que busca el perfeccionamiento del ser humano. Para sus detractores, una oscura sociedad que protagoniza desde conspiraciones hasta tráfico de influencias. Como siempre, la verdad ni es completamente blanca ni negra, sino que está hecha de matices grises y claroscuros. No es pues éste el momento de realizar un balance crítico de la masonería, sino solamente recordar en las páginas de cine de IdentidaD, unas cuentas películas que han tocado algunos aspectos de la sociedad.




“Fuerzas ocultas”: la iniciación masónica filmada


En 1943, Francia estaba ocupada, en buena medida por las tropas del III Reich. Muchos franceses habían decidido colaborar con el ocupante o bien con el Mariscal Petain en la zona donde se mantuvo una administración francesa. En los 10 años anteriores, desde que estalló a finales de 1933, el “escándalo Stavisky” (una estafa piramidal protagonizado por un ciudadano de origen judío en el que se vieron envueltos varios miembros de la masonería francesa), la derecha francesa había adoptado una fuerte actitud antimasónica. Henry Marqués-Riviére, realizó un guión para Nova Films que sería protagonizado por Maurice Remy y dirigido por Paul Riche; su título era significativo: Fuerzas Ocultas.

Las primeras escenas de la película fueron rodadas dentro de la Asamblea Francesa: los diputados graznan y aúllan, como animales de un zoológico. Uno de los diputados parece decir algo razonable: pide la unión de los franceses por encima de los partidos, más allá de la derecha y de la izquierda, exige un esfuerzo por alcanzar un régimen de justicia social. Su actitud llama la atención de otros diputados masones que le invitan a ingresar en la logia. Duda, pero finalmente, ignorando exactamente qué era la masonería, termina integrándose. Lo esencial de la película –y lo que la justifica– es precisamente, que, por primera vez se reprodujo una ceremonia de iniciación masónica, con todo detalle, algo inédito hasta entonces. Marqués-Riviére podía reproducirla porque él mismo había sido iniciado en las logias a finales de los años 20.

Algo teatral en su ejecución, la película muestra lo que ocurre en el interior de las logias cuando se cierran las puertas. La liturgia masónica, fielmente reproducida, suscitó en la época adhesiones incondicionales y odios profundos. La moraleja de la película es que no hay que entrar en lo que no se conoce. El diputado iniciado, poco después de jurar lealtad a la logia, es requerido para apoyar un tráfico de influencias, algo a lo que no está dispuesto en absoluto.

“El hombre que pudo reinar”: el mejor Kipling

En los siguientes 30 años, la masonería apenas apareció en el cine. A pesar de todo, esa época, de 1945 a 1975, es el período dorado en el que más actores miembros de la masonería aparecen en superproducciones. Pero no será hasta ese año, 1975, cuando se unen tres elementos: una interpretación excepcional, un guión original de envergadura y una ejecución esmerada. Con estos tres elementos, no es raro que El hombre que pudo reinar constituyera un éxito cinematográfico y aún hoy no haya perdido nada de su frescura.

La película está basada en la obra de mismo nombre escrita por Rudyard Kipling, él mismo francmasón. Interpretada por el dúo Michael Caine – Sean Connery, ambos en el cenit de su fama, y con Christopher Plummer en el papel de Kipling, consiguen uno de las mejores interpretaciones de la historia del cine. La película es relativamente fiel a la novela de Kypling y se desarrolla en el actual Afganistán, demostrándonos que aquel país no ha cambiado nada en 125 años.

Caine y Connery, sargentos mayores del ejército británico destacado en la India, son masones y, de paso, aventureros, vividores y estafadores. Pero tienen un extraño sentido masónico de la lealtad y traban amistad con el también masón Kipling ante el cual firman su proyecto de convertirse en reyes del Kafiristán. El llevar colgada del cuello la escuadra y el compás, les facilitará la tarea pues, no en vano, es el símbolo que dejó Alejandro Magno en la fabulosa ciudad de Iskandar fundada por él.

En la película aparecen por primera vez en el cine algunos símbolos y frases de reconocimiento utilizados por la masonería. John Huston, dueño del lenguaje cinematográfico, fue el artífice de esta gran película.



Sherlock Holmes versus el Jack el Destripador

El éxito de la película de Huston todavía no se había disipado cuando Bob Clark, director sobrio y buen artesano, lanzó un imaginativo producto que aunaba el interés por la personalidad de Sherlock Holmes –que siempre ha ocupado por derecho propio un lugar particular en la historia del cine- y el morbo por los asesinatos de Sherlock Holmes. Hacía poco que Billy Wilder había lanzado su extraordinaria Vida privada de Sherlock Holmes y faltaban todavía unos años para que el tema de Jack el Destripador se convirtiera en remake habitual en los años 80 y 90 con media docena de títulos, todos ellos de singular interés (desde Jack el destripador con Michael Caine, Armand Asante y Jane Seymour, hasta Desde el infierno con Jhonny Deep). Pero nadie había intentado una síntesis entre el personaje literario creado por Conan Doyle (francmasón, dicho sea de paso) y el mito del crimen, Jack el Destripador. Bob Clark se atrevió.

Imaginemos qué ocurriría si la investigación sobre los crímenes de Whitechapel en el misérrimo East End londinense de finales del XIX, hubiera sido encargada a Sherlock Holmes. Indudablemente, el pintoresco detective habría llegado hasta el final y desenmarañado la trama urdida en torno a los truculentos crímenes.
A poco de irrumpir en la investigación, Holmes –interpretado por Christopher Plummer- percibe que una sociedad secreta está implicada en los crímenes. Para él, las crueles incisiones realizadas por el asesino reproducen las que Hiram Abi, el arquitecto del Templo de Salomón, recibió de los “tres hermanos”: Jubelas, Jubelos y Jubelum, los “tres jewes” que, en la época, se confundió con “tres judíos”.

Holmes realiza ante las cámaras los gestos rituales, los saludos y signos de reconocimiento con los responsables de la investigación. De hecho, es rigurosamente cierto que Scotland Yard, la policía británica, históricamente siempre ha tenido un número inusualmente alto de francmasones y si un funcionario quiere prosperar dentro de la institución siempre se le recomendará ingresar en logia.

Finalmente, la propia masonería resuelve el problema de uno de sus miembros, enloquecido –que resultará ser Jack el Destripador- realizándole una precisa lobotomía.

“La Búsqueda”: el apogeo de lo secreto

En 2004 una película sabrá interpretar el nuevo clima de la época generado tras los atentados del 11-S: algo no encaja, una verdad oculta parece escapar de las crónicas de los diarios, como si algo bullera entre bambalinas y no entendiéramos lo que ocurre porque no estamos al corriente de la acción de las “fuerzas ocultas”. Éstas han existido siempre, así pues vale la pena mirar atrás para intentar percibir su influencia y su radio de acción. En ese contacto generado entre 2001 y 2004, aparece la primera entrega de La Búsqueda, a la que seguirá una secuela tres años después, del mismo carácter.

La masonería ha tenido una gran influencia en los EEUU desde su fundación. La mayor parte de los firmantes de la Declaración de Independencia eran masones y el propio George Washington aparece en la iconografía de aquel país, con el mandil masónico. La película nos cuenta que el tesoro de los templarios, por indecibles caminos, llegó a los EEUU y allí fue custodiada por los “padres de la independencia” que, finalmente, lo escondieron… pero dejaron algunas pistas que el protagonista, Nicolas Cage –que realiza también una de sus habituales actuaciones inexpresivas- sigue hasta, por supuesto, encontrarlo.

La película, en el fondo, se hace eco de la tradición defendida por cierta masonería de tener un origen templario. Los símbolos masónicos aparecerán a lo largo de toda la película y las referencias a personajes históricos de la orden.

La segunda parte, La Búsqueda: el diario secreto, irá en la misma dirección e incluso será algo más dinámica girando en torno a otro misterio de la historia norteamericana: el asesinato de Lincoln. Las referencias a la masonería están más atenuadas pero se alude a la carta de la Reina Victoria de Inglaterra al General Albert Pike que será uno de los grandes maestres de la masonería norteamericana al que el mistificador “Leo Taxil” considerará en sus libelos antimasónicos como el primer servidor de Satanás en la masonería. La película cita también la figura de Frederic Bartholdi, el escultor masónico que diseño la Estatua de la Libertad y que, según el filme, debió dejar una pista de dónde está oculto en nuevo tesoro buscado por el inexpresivo Cage.



“La Liga de los Hombres Extraordinarios”

Allan Moore y Kevin O’Neill realizaron un cómic en el que reunieron a todos los iconos de las novelas de terror de finales del siglo XIX y principios del XX. Ahí estaban todos: era la Liga de los Hombres Extraordinarios. Ahí están el profesor Alan Quatermain, típico explorador británico, Mina Harker, protagonista femenino del Drácula de Stocker, convertida ya en vampira, el Capitán Nemo, personaje de Julio Verne, presentado como hindú, el dúo Jekyll/Hyde,  el hombre invisible,  el mismísimo Dorian Gray… La combinación, podría haber sido mediocre, desequilibrada y desequilibrante, sin embargo, llevada al cine, el director desarrolla hábilmente la trama hasta convertir el filme en un vademécum de la literatura fantástica de finales del XIX. Sólo por eso, esta película merecería ser vista. Pero también ella hay unas leves alusiones a la masonería que justifican su presencia en este artículo.

En efecto, el personaje del Capitán Nemo luce algunos símbolos masónicos que aparecen también en la decoración de las estancias bajo su control y en el puño de uno de los bastones coronado por una calavera que aparece en la cinta.

Nemo es un nacionalista hindú resentido con el Imperio Británico y que se ha convertido en una especie de tecnopirata habiendo diseñado una nave prácticamente invulnerable que pone al servicio de sus ideales pacifistas llevados hasta el extremo de hacer la guerra a quien no los comporte.

Conclusiones: mucha ficción, poco realismo

Dejando aparte la calidad de estas películas –que oscila de lo brillante a lo convencional- casi todas ellas tienen en común dedicar mucho más tiempo a pintar una francmasonería fantástica que tiene muy poco que ver con la realidad de la institución. Hay que reconocer que la cinta que presenta más elementos realistas sobre la masonería es, precisamente, la primera que se filmó durante la ocupación alemana.

Es cierto que el filme Fueras ocultas se resiente del clima de la época y que la película se realizó bajo la ocupación alemana, pero no hay que olvidar que el guión fue realizado por un antiguo franc-masón que se limitó a aportar dos elementos inestimables: la reproducción exacta y rigurosa de una iniciación masónica como no había hecho hasta entonces –y como no se volvería hacer nunca más– ninguna película, y la presentación de la masonería como una organización que ejerce el tráfico de influencias.

Los miembros de la orden rechazan esta última atribución e insisten en presentarse como una organización que busca solamente el perfeccionamiento del ser humano y en cuyo interior está prohibido hablar de política, negocios o religión. Pero la historia de la orden masónica desdice en buena medida estos nobles ideales: la masonería fue el motor intelectual de las revoluciones liberales desde el siglo XVIII a mediados del siglo XX, y con demasiada frecuencia ha confundido la fraternidad masónica con la complicidad entre masones. Fraternidad no es amiguismo.



DOS ANEXOS

El misterio de Luis Buñuel y su Ángel Exterminador

Buñuel sin duda es uno de los padres del cine español, aunque buena parte de su obra se realizó desde México o desde Francia. En 1962 dirigió El Ángel Exterminador, producción mexicana protagonizada por Silvia Pinal que siguió a Viridiana, el éxito internacional que propulsó de nuevo la carrera de Buñuel. Es una película extraña: unos altos burgueses acuden a una cena, pero no pueden salir de la habitación en la que tiene lugar el ágape. La comida empieza a escasear, las relaciones personales se van deteriorando y el salvajismo va sustituyendo a las maneras burguesas del inicio. Tal es la trama de esta película, cuyo título estuvo inspirado por una idea de Bergamín.

La película es considerada como una de las grandes obras del cine mexicano y figura entre las mejores 1.000 películas de la historia del cine según The New York Times. Buñuel hubiera preferido haber rodado la película en París o Londres, sin embargo, el presupuesto era limitado y muy modesto. No es ningún secreto que en aquel momento gobernaba en México el Partido Revolucionario Institucional, buena parte de cuyos cuadros estaban vinculados a la masonería. Quizás fuera por eso que Buñuel lanzó varios guiños a la masonería.

Uno de los protagonistas resulta ser miembro de la Logia Amanecer nº 21 del Oriente de México. En una de las escenas dos personajes se dan la mano y se transmiten la palabra de paso del Grado de Compañero. También se oye a uno de los personajes lanzar el grito masónico de ayuda.

Buñuel no era masón, pero todo induce a pensar que  conocía la temática masónica muy a la perfección. De hecho, él mismo era autor del guión.

La B’nai B’rith en Hollywood

La llamada “Orden Independiente de los B’nai B’rith” o “Hijos de la Alianza” es una curiosa organización que solamente admite a judíos sionistas y se estructura a modo de una organización masónica. Fue fundada en Nueva York en 1843 por Henry Jones y otros 11 compañeros. Se suele decir que es la “masonería judía” y ha sido la matriz de otras organizaciones de defensa de los derechos humanos como la Liga Antidifamación de los EEUU. Tiene el estatuto de Organización No Gubernamental.

Está presente en 58 países y cuenta con 50.000 miembros en todo el mundo, 7.000 de los cuales están distribuidos en 28 países europeos. Está presente en el Parlamento Europeo y en el Consejo de Europa, así como en las delegaciones de la ONU en Ginebra y en la UNESCO en París. Su objetivo es la “lucha contra el antisemitismo, el racismo, la xenofobia y la defensa del Estado de Israel”, así como defender la identidad, la cultura y el patrimonio judíos.

En el ejercicio de estas funciones, los b’nai b’trih norteamericanos, al percibir la extraordinaria fuerza del séptimo arte a mediados de los años 20, instalaron varias logias en Hollywood cuyos miembros participaron  en la creación de la industria del cine. El 1927, el presidente de los B’nai B’rith, firmó un acuerdo con el organismo regulador de la industria del cine para evitar los temas antisemitas. Más tarde, cuando Cecil B. de Mille rodó Rey de Reyes, la orden consiguió que cambiara algunas escenas para evitar que la responsabilidad de la muerte de Cristo recayera sobre los judíos.

En los años 40, lo logia de los B’nai B’rith en Hollywood llegó a contar con ¡1.600 afiliados! Logias de la orden se interesaron en los años 70 por la industria de la televisión. Fruto de esa actividad fue la extraordinaria proliferación de series cinematográficas que en los años 70 trataron el tema del Holocausto.

Los B’nai B’rith son una estructura diferente a la franc-masonería, pero su estructura interior es idéntica: estructuración en grados, ritos de iniciación, existencia de una jerarquía rectora. Habitualmente, la relación entre ambas organizaciones es buena. Resulta imposible desvincular algunas tendencias de Hollywood del peso que los B’nai B’rith tienen en la industria de Hollywood.

martes, 10 de diciembre de 2019

PARA ENTENDER MEJOR A LOS EEUU: LOS TRES GRANDES “DESPERTARES RELIGIOSOS” (1 de 4)


Se ha dado en llamar “despertares espirituales” a las distintas oleadas de renovación en materia de religiosidad (o seudo-religiosidad) producidas en los EEUU durante los últimos 250 años. A pesar de tratarse de un fenómeno local, estos “despertares” han tenido repercusión en el resto del mundo, en particular, el último, el llamado “Tercer Gran Despertar Espiritual”.

Este “despertar”, el actual, se inició a mediados de los años sesenta del siglo XX nacieron y alcanzaron una creciente influencia en EEUU, lo que se ha llamado genéricamente “nuevos movimientos religiosos”. Casi todos ellos, hunden sus raíces en movimientos anteriormente existentes, pero, la novedad es que irrumpen con una fuerza inusitada que antes no tenían. Siempre, desde finales del siglo XIX, habían existido movimientos religiosos, más o menos, exóticos, pero solamente a partir de los años sesenta del siglo XX alcanzan un carácter masivo, se sitúan más cerca de las esferas de poder y lograron implantarse a nivel planetario. Siempre, así mismo, han existido movimientos evangélicos cristianos, pero hasta las dos últimas décadas del siglo XX, no influyen decisivamente en la política y en la vida social americana.

Algo está pasando en América que no somos capaces de percibir en su totalidad; algo que nos salpicará a todos; mejor dicho, que nos está salpicando ya. Estamos perdidos en pleno bosque y la vegetación nos impide tener perspectiva del paisaje global, pero lo cierto es que se está produciendo una renovación religiosa que, partiendo de EEUU, tiende a crear un “nuevo orden religioso mundial”. Es, seguramente, un efecto de la globalización, pero es, también, algo más que eso. Vale la pena recordar la importancia de estos tres “grandes despertares espirituales”.

El Primer Gran Despertar Espiritual Norteamericano

Gottlieb Mittelberger, un observador alemán que recaló en las colonias de nueva Inglaterra, expresó con claridad la situación en 1754; recordó que en Filadelfia existían 12 iglesias, pero también 14 destilerías de ron… En esa época bullía lo que se ha dado en llamar «Primer Gran Despertar» que, que finalmente, cristalizó de la mano de George Whitefield, un predicador carismático, llamado el «Gran Itinerante». No le costaba reunir a 10.000 fieles reclutados entre los baptistas y la periferia más extrema del puritanismo, lo que nos indica que, a mediados del siglo XVIII, las excentricidades religiosas ya recogían el fervor de un sector mayoritario de la sociedad americana. Whitefield realizó en 30 años, siete giras continentales y su actividad hizo crecer la influencia del puritanismo más extremo y excéntrico. Otros siguieron su obra dentro del marco del Primer Gran Despertar.

Se trató, ciertamente, de un «despertar espiritual», pero que tuvo orientaciones muy diferentes. De un lado, es innegable que tuvo una componente «iluminista». Tampoco en este terreno nada ha cambiado en la modernidad con respecto a la tradición religiosa de los EEUU. El «iluminismo» cree en la posibilidad de una brusca comprensión de la verdad, mediante un diálogo directo con Dios. En este diálogo el síntoma más significativo es la caída de un velo y la percepción intuitiva de una nueva realidad. Uno de sus predicadores, Samuel Jhonson, lo había expresado magistralmente cuando definió lo que sintió al leer una obra de Francis Bacon: «me había sentido como aquel que emerge de las sombras y se encuentra de pronto con la luz de un día soleado». Este tipo de experiencias eran consideradas como «liberadoras» y, no hay absolutamente nada que separe esta visión de la que mantienen los «cristianos renacidos» en los EEUU desde los últimos años del siglo XX.

Pero lo importante es recordar también la otra tendencia del Primer Gran Despertar. Samuel Jhonson fue, así mismo, primer presidente del King’s Collage. Otro predicador puritano y congregacionista, Eleazar Wheelock fue, también, fundador de una escuela para niños indígenas que luego se convirtió en la Facultad de Dartmount especializada en estudios de los clásicos. Esta segunda tendencia del Primer Gran Despertar tuvo una repercusión particular en el terreno formativo y educativo y repercutió en el contenido mismo de las enseñanzas. Además, a partir de 1785, los anglicanos de Boston adoptaron una teología no trinitaria y se convirtieron en la primera «iglesia unitaria» de Norteamérica. A partir de ese momento, aparece un nuevo tipo de confesión religiosa que ya no tiene absolutamente nada que ver con las europeas.

El resultado de este Primer Gran Despertar, previo a la lucha por la independencia de las colonias y que allanó el camino hacia este proceso, fue la constitución de una nueva forma religiosa basada en cinco puntos:
1) énfasis en la predicación,
2) ausencia casi completa de clero,

3) liturgia reducida a la mínima expresión,

4) aumento del valor de la experiencia individual y

5) moralismo como eje central aplicado a la vida cotidiana y a la enseñanza.
El logro fundamental fue que el Primer Gran Despertar dio una identidad común a todos los núcleos de población dispersos por la Costa Este. Hasta entonces, cada comunidad parecía aislada de las demás y tenía inevitablemente a una secta religiosa como corriente mayoritaria. Cada colonia era un mundo aparte y estaba vinculado con el exterior sólo a través de Londres. Con la aparición del Primer Gran Despertar, se forma una conciencia colectiva, se establece un denominador común, autónomo y autosuficiente, alejado de la metrópoli. Es significativo que, en realidad, Whitefield, predicador itinerante recorriera todas las colonias de forma incansable. Cuando murió, fue el primer norteamericano recordado tanto en Georgia como New Hampshire. Whitefield fue la primera figura pública «norteamericana». Gracias al Primer Gran Despertar y a sus predicadores las colonias comprendieron lo que tenían en común.

Como hemos visto, el Primer Gran Despertar espiritual norteamericano daría lugar al movimiento que cristalizó en la independencia nacional. A partir de ese momento, se inicia un período de rápido desarrollo económico, afluencia masiva de inmigrantes europeos que huían de las guerras napoleónicas y de los destrozos de la Revolución Francesa, y un espectacular crecimiento demográfico que hacía necesaria la producción de bienes en cadena.


El Segundo Gran Despertar Espiritual Norteamericano

Mientras todo este proceso socio-económico se activaba, los valores de Norteamérica, especialmente religiosos, seguían vivos. Pero a partir de 1790, cuando la lucha por la independencia empezaba a quedar atrás, apareció una nueva forma de religiosidad que ha dado en llamarse «Segundo Gran Despertar». Todavía harían falta 200 años más para que se generase el «Tercero», que prosigue todavía en nuestros días.

Ya ese Segundo Despertar tuvo como instigadores a predicadores itinerantes que organizaban grandes asambleas públicas generando histeria colectiva y crisis liberadoras para muchos asistentes. El movimiento irradió a partir del Estado de Kentucky. Los predicadores excitaban hasta el frenesí a los asistentes situándolos en una especie de trance profundo e innegable. En el punto culminante, algunos de los presentes caían al suelo con un grito penetrante, se convulsionaban, movían la cabeza de un lado a otro vertiginosamente y luego parecían como muertos. Algunos caían en una risa espontánea e irrefrenable, pero, en absoluto, contagiosa; en otros se producían extraños fenómenos paranormales, el sujeto, tras danzar, parecía estar ausente con una sonrisa beatífica en el rostro. Los había que «huían por miedo» según un testigo, y otros cantaban «con el cuerpo», sin que el sonido surgiera de sus labios. Puede parecer algo extraño, e incluso alguien sospechará que las descripciones están falseadas, pero, en realidad, nada de lo dicho es diferente de lo que ocurre, aquí y ahora, en las asambleas de los «cristianos renacidos», ni en sus principios, ni en su fenomenología.

Este movimiento, que alcanzó a prácticamente toda la sociedad norteamericana, generó las grandes organizaciones religiosas específicamente norteamericanas en los años siguientes: cuáqueros, mormones, e incluso al movimiento dietista del doctor Kellogg, ya en la segunda mitad del siglo. El Segundo Gran Despertar duró casi 75 años y condujo directamente a la Guerra de Secesión.
En buena medida, el desencadenante emotivo de la guerra fue la novela de Harriet Beecher Stowe La Cabaña del Tío Tom. El libro presentaba una situación de inhumanidad con la que eran tratados los esclavos y no se correspondía absolutamente en nada a la realidad. De hecho, la Beecher jamás había viajado al Sur y todo lo relativo a los suplicios y crueldades a los que eran sometidos los negros, salió de su imaginación. Se trataba de una fanática presbiteriana que creía que el espíritu del Segundo Gran Despertar era imprescindible para la formación de la conciencia nacional americana. Pensaba que la sociedad de su tiempo vivía una fuerte corriente materialista que sólo podía ser contrarrestada mediante la práctica religiosa intensiva y enérgica. Religión, política y cultura debían caminar al mismo paso y ser hijas de la misma matriz, sostenía la Beecher. La única forma, para ella, de alcanzar esa meta era realizando un esfuerzo mesiánico que tensara las cuerdas de la sociedad americana y le diera un nuevo impulso. Ese esfuerzo era la conquista del Oeste (había dicho «está claro que el destino religioso y político de la nación habrá de decidirse en el Oeste»). Para ella, solamente el «evangelismo» podía unir a los hombres y mujeres de la frontera en un mismo ideal. Lo que entendía por «evangelismo» era exactamente el mismo concepto que hoy tenemos de «fundamentalismo cristiano». Y si era preciso movilizar conciencias contra el Sur en nombre de la lucha contra la esclavitud, no iba a reparar en los costes y en el dolor que generaría esa iniciativa: simplemente, para ella, la guerra civil era necesaria por el bien de Norteamérica.

En aquel momento, las dos confesiones más arraigadas eran los metodistas, confesión más extendida en 1844, seguidos por los baptistas en el sur. Pero, a partir de entonces aparecieron los movimientos escatológicos y milenaristas que hoy, nuevamente, han recuperado la iniciativa con los «cristianos renacidos».

En 1818, William Millar, un baptista del sur, estudió detenidamente los textos bíblicos y concluyó que el mundo terminaría en 1844. Reclutó a miles de seguidores. Llegada la fecha, nada ocurrió. Para la mayoría de sus fieles se produjo la «gran decepción», pero no así para un grupo de ellos instalados en Battle Creek que pasaron a llamarse Adventistas del Séptimo Día. Desde allí irradiaron a todo el mundo, hasta nuestros días, y se convirtieron en el centro de un imperio vegetariano desde que el doctor John H. Kellogg se hizo cargo del lugar.

Kellog basaba su teoría nutricionista en el desayuno con cereales. Parece banal, pero insertaba su estudio en las raíces culturales norteamericanas. La popularización de los cereales estaba, para Kellog, cargada de virtudes morales. Su mentora, Ellen Harmon, había tenido de adolescente un éxtasis místico en la que «vio» la santidad de los alimentos del desayuno. Gracias a los copos de maíz, los Padres Peregrinos del Mayflower habían salvado la vida; nada como el maíz era más norteamericano. De hecho, lo cultivaban los indios, pero, inicialmente, era inexistente en Europa. El maíz era un regalo de Dios y no podía ser un azar el que se lo hubieran encontrado los colonos. A partir de este principio visionario, el doctor Kellog utilizó todo su saber y sus artes de business management, para justificar y promocionar el consumo de copos de maíz. Si los movimientos religiosos del Segundo Gran Despertar, volvieron a emerger en los años 80, en forma de «cristianos renacidos», el movimiento de Kellogg se reencarnó en los distintos sectores de la New Age.

De aquel Segundo Gran Despertar surgieron, igualmente, los mormones. Fue mucho lo que aportaron a la conciencia nacional americana. De hecho, Joseph Smith, su fundador, proporcionó a América «raíces históricas profundas». Lo de menos era que se trataba de pura invención, lo importante es que, Norteamérica, a partir de Smith era, como mínimo tan «antigua» como la Vieja Europa.

Lo que nos cuenta Smith es que, en 1827 «un ángel», Moroni, le había revelado el emplazamiento de unas planchas de metal en las que estaba escrito la historia de una de las tribus perdidas de Israel. Gracias a unas piedras, Urim y Thurim, y a la colaboración de otro ángel, logró traducir el texto que, editado con el nombre de Libro de Mormon, describe la historia de un pueblo precolombino procedente de la torre de Babel, que cruzó el Atlántico -¡en barcazas!- y logró sobrevivir en el nuevo mundo. Así que «América» procedía, no de la oleada de navegantes y descubridores del siglo XV-XVI… sino del período incierto, pero, en cualquier caso, remoto, de la Torre de Babel. En el 384 de nuestra era, Moroni, hijo de Mormon, enterró las tablas que luego Joseph Smith «descubriría» y que, por cierto, nadie más que él logró ver. Esta locura colectiva logró asentarse y modelar el Estado de Utah hasta nuestros días, sin duda, hoy uno de los Estados más prósperos de los EEUU; allí la influencia mormona sigue siendo absoluta.

En el curso de este Segundo Gran Despertar norteamericano, aparecieron conceptos e ideas que venían de Europa en las valijas de los inmigrantes, pero que solamente en EEUU llegaron a convertirse en verdaderos movimientos de masas.

Del místico sueco Emmanuel Swedemborg y de los 38 densos volúmenes de sus escritos, emanaron las sectas más exóticas. Así mismo, fueron extremadamente bien acogidos el mesmerismo y la homeopatía que encontraron en el territorio americano su tierra de promisión. El hijo directo del messmerismo, el espiritismo, fue un producto típicamente americano que irradió a partir 1847 generando fenómenos de histeria colectiva en los que los protagonistas, mediums, afirmaban ponerse en contacto con «entidades desencarnadas» (almas de los muertos). Robert Owen, hijo del famoso socialista utópico inglés, pronunció una conferencia sobre este tema en la Casa Blanca, ante el escepticismo de Lincoln y la adhesión entusiasta de su mujer. Ésta, tras el asesinato del presidente, recurrió a médiums y técnicas espiritistas para comunicarse con él. En 1870, los espiritistas tenían 11 millones de adeptos en EEUU.

El pragmatismo norteamericano y la tendencia al misticismo de pacotilla, dio como resultado una nueva formulación religiosa basada en la aplicación práctica y utilitaria de los principios religiosos. Lo que aportó el Segundo Gran Despertar, fue la conciencia de que «no hay problema, por grave que sea, que no tenga solución». Cualquier enfermedad, por terrible y destructora que sea, puede curarse mediante la fe. Es la «auto-ayuda» (¿les suena el término?) llevada a sus últimas consecuencias. Esta corriente tuvo en Mary Baker Eddy a su principal exponente. Aquejada de dolores terribles que ninguna medicina oficial lograba paliar, fue, finalmente, curada por un tal Quimby, que practicaba el mesmerismo, una forma de curación mediante una mezcla de imposición de manos e hipnosis. A partir de ahí, intuyó el origen mental de cualquier dolencia y creó su propio sistema de curación espiritual basado en el principio de que toda realidad está en la mente y cualquier otra cosa es pura ilusión, tal como, por lo demás, afirmaba Swedemborg.

Pero este Segundo Gran Despertar y sus procedimientos de «autoayuda» debían de tener todavía otro profeta, junto a Mary Baker, el doctor Kellog, Joseph Smith y los adventistas, etc., se trataba de Ralph Waldo Emerson cuyos libros y tratados sobre el carácter han inspirado a generaciones de buscadores de textos de «auto-ayuda». Emerson era un utopista que promovió una comunidad que terminó en bancarrota. De él quedan sus libros reutilizados en sucesivos tratados editados desde entonces (mediados del siglo XIX, hasta nuestros días). Y aún hubo más.

Los emigrantes alemanes, ciertamente influidos por los socialistas utópicos, crearon comunidades florecientes como la Harmony de Pensilvania. Eran pietistas y proponían la confesión auricular, pero eran hábiles trabajadores y hubieran logrado perpetuar sus comunidades de no ser por que rechazaban el matrimonio y la procreación. Evidentemente, tenían “fecha de caducidad” y, en apenas una generación, se extinguieron. Otra de estas comunidades, la de Oneida, realizó experimentos avanzados y «sicalípticos». Practicaban el amor libre, el «matrimonio complejo» (decidido comunitariamente) y, finalmente, educaban a sus hijos como en los kibbutz actuales.

Todo este enjambre de sectas y confesiones exóticas cristalizó en el gran hallazgo de América: el impulso dado al sistema educativo. Educación es, ayer y hoy, progreso. A mediados del siglo XIX, ya existía un denso tejido educativo, público y privado, en los EEUU. El Estado se había hecho cargo de sostener económicamente la educación de millones de niños y adolescentes. Las escuelas públicas no estaban controladas por ninguna secta religiosa, pero extendían valores religiosos: para ellos, religión y educación eran terrenos inseparables. Pragmáticos, como siempre, intentaron que, más que una forma de culto, la educación difundiera una forma de comportamiento y actitud social, que luego, los padres, en el hogar, podían o no fortalecer.

Decir que aquello era una balsa de aceite religiosa es completamente inexacto. Las tensiones dramáticas en materia espiritual existieron desde los comienzos de la nación americana. No hace falta aludir a la «caza de brujas» que tuvo lugar en Salem en el siglo XVIII y que evidenció hasta dónde podía llegar la histeria colectiva y lo mínimos que podían ser los desencadenantes. En esa misma época, Thomas Merton quien intentó llevar a EEUU la costumbre pagana de la fiesta del «Palo de Mayo» se hizo acreedor de la persecución por motivos religiosos.

A partir del primer cuarto del siglo XIX, empezaron a llegar de forma masiva inmigrantes irlandeses, esto es, católicos, que encajaron mal con este panorama religioso. En los veinticinco años que siguieron, establecieron diócesis por todo el territorio de los EEUU y a partir de 1834 tuvieron que afrontar campañas anticlericales procedentes de distintos sectores evangélicos y masónicos. Aparecieron panfletos difamatorios, especialmente contra los conventos. No faltaban, al igual que en la literatura anticatólica europea, elementos pornográficos que colocaban un punto de picante en el relato. Tuvieron inmenso éxito. En 1834, un convento de monjas ursulinas fue incendiado en Boston. No hubo tribunal capaz de condenar a los instigadores y, hasta los propios jueces, estaban convencidos de que se asesinaba a niños ilegítimos en los inexistentes calabozos subterráneos del convento.

También apareció el temor a una «conspiración católica» destinada a conquistar el valle del Mississippi, dirigida por el Papa y el emperador austriaco. Escritores notables (Lyman Beecher o Samuel Morse) afirmaron que los emperadores europeos enviaban a América a sus súbditos para que se apoderaran del país. Era cierto que los inmigrantes católicos aceptaban salarios bajos y rompían el mercado de trabajo, pero era incuestionable que la riada migratoria no estaba inducida por ningún «centro oculto» de poder europeo. De todas formas, esta tendencia al «conspiracionismo» ha estado, a partir de entonces, implícita en un reducto de la población norteamericana que siempre ha integrado cualquier acontecimiento en su particular visión del mundo, por irracional que fuera. Aún hoy, en la América profunda, se cree que la ONU es una conspiración comunista destinada a esclavizar a América y quienes justifican este criterio no tienen dificultades en encontrar una amplia panoplia de argumentos paranoides…

Desde la autora de La Cabaña del Tío Tom hasta los conspiracionistas anticatólicos, pasando por los mentores del movimiento cuáquero, los mormones, los adventistas, los messmeristas, espiritistas, nutricionistas, etc., lo que se había creado era una propia «religión nacional» que influía decisivamente en la vida norteamericana y en la formación de la mentalidad y el carácter a través del sistema educativo público. Ciertamente, esta religión era indefinida, carecía de un culto único e incluso sus enfoques eran radicalmente distintos… pero coincidían en su rechazo a la esclavitud. Sin embargo, la esclavitud era tan antigua en Norteamérica como el gobierno representativo. Efectivamente, había aparecido en 1619 cuando un navío holandés llevó a los primeros esclavos al territorio de las colonias de Nueva Inglaterra.

Progresivamente, a lo largo del segundo tercio del siglo XIX, pudo comprobarse que el esclavismo y el espíritu religioso eran altamente incompatibles y terminaron desembocando en la guerra civil. No en vano Paul Jhonson dice en su Historia de los EEUU: «el Segundo Gran Despertar, con su aguda intensificación de la pasión religiosa, significará la sentencia de muerte de la esclavitud, del mismo modo que el Primer Despertar había firmado la sentencia de muerte del colonialismo británico».

Una vez terminada la guerra civil, América irradiará poderosamente, primero en Centroamérica (guerra contra México e intervención en distintos países centroamericanos, directamente o mediante “filibusteros”), después en el Caribe y el Pacífico (guerra contra España), para luego proyectarse sobre Europa (con las dos guerras mundiales), sobre el sudeste asiático (frustrada intervención en la Península Indochina) y más tarde sobre Oriente Medio y Asia Central (directamente o a través de la alianza privilegiada que EEUU mantiene con el Estado de Israel). Es indudable que esta expansión tiene una motivación fundamentalmente geopolítica y económica, pero el gran hallazgo de Norteamérica ha sido justificarla, no en función de las ambiciones territoriales o la intención manifiesta de depredación económica, sino por argumentos éticos y morales. En la etapa actual correspondió a los “cristianos renacidos” aportar las argumentaciones intervencionistas a la opinión pública.


http://eminves.blogspot.com/2016/04/ocultismo-y-politica-en-el-siglo-xx.html

lunes, 28 de enero de 2019

365 QUEJÍOS (255) – LAS SECTAS YA NO SON COMO LAS DE ANTES


En otro tiempo, los gurús se esforzaban un poco más. Eran estafadores, pero tenían mucha más altura. Algunos, incluso, se creían su papel de “guías espirituales”. En los años 60, el anciano Jiddu Khrisnamurti que había sido presentado 40 años antes como el “Cristo de la nueva Era” por la Sociedad Teosófica, andaba como gurú de la “jet-set” pontificando sobre la paz y el amor. ¿Quién se acuerda hoy de Khrisnamurti? En los 80 y 90 se discutía si la sociedad Nueva Acrópolis era o no “fascista”. Se lo pregunté a uno de sus dirigentes en España -que todavía anda por la secta- y me contestó, literalmente, que “las inteligencias que gobiernan el mundo -los mahatmas- crearon la Sociedad Teosófica para enderezar a la humanidad y fracasaron, luego crearon a los fascismos… y fracasaron. Y ahora han creado a la Nueva Acrópolis”… que también ha fracasado a la vista del paso del tiempo. Uno iba por la calle y veía carteles del Lectorium Rosacrucianum, de los Gnósticos de CARF, de la Gran Fraternidad, el Partido Humanista, fue el momento dorado de los movimientos ocultistas, luego arrasaron las escuelas de yoga, los gurús llegados de oriente. Luego vinieron las terapias, hace unos años identifiqué una treintena de curalotodos. Lo sorprendente es que todo este submundo sigue vivo y latente, pero apenas da señales de vida. Sus huestes sobreviven, pero diezmadas y ya no queda del impulso originario que tuvieron en los años 80.

La crisis está presente en el mundo editorial: ya no se publican ni libros de astrología, ni siquiera de parapsicología que en los años 70 y 80 dieron a Plaza&Janés o a una pléyade de editoriales menores, sus mejores beneficios. En poco tiempo se editaron todos los libros de hermetismo y alquimia que no se habían publicado en los 300 años anteriores. Y, tal como aparecieron, desaparecieron. De todo esto, lo que queda es Cuarto Milenio y tres revistillas (Enigmas, Mas Allá y Año Cero) que repiten sistemáticamente temas y cuya venta no creo que, en conjunto, llegue ni a 10.000 ejemplares.

El problema de todo este sector es que la gente quería resultados y efectos. Se apuntaba a un grupo esotérico porque creía que con un mes de pago de cuota iba a poder realizar “desdoblamientos astrales” o a conocer sus vidas anteriores. Otros pensaban que les enseñaran a adquirir poderes olvidando que “lo que la naturaleza no te ha dado, Salamanca no te lo regalará”… La gente que acudí a estos grupos, o bien quería calor humano, o adquirir “poderes”. Era como el que se apuntaba a la masonería, lo hacía para el “progreso del género humano”, sí, pero también y sobre todo por la creencia generalizada de que ir a las logias podía proporcionar poder personal.

Luego vino el mundo de las videntes. En los años 80 y 90 cada emisora de radio tenía su programa sobre “esoterismo” que se financiaba con cargo a la publicidad contratada con videntes. La mayoría de ellas eran incapaces de distinguir si iba a llover o no, a pesar de que el cielo estuviera cubierto de gruesos nubarrones. También aquí, la inmigración operó a la baja en el sector: aparecieron todo tipo de babalaos, paydesantos, grandes brujos, que vendía encantamientos y magia vudú. Sus servicios eran gratuitos -les movía un indecible “amor a la humanidad”- pero los medios que servían para su culto (harina de mandioca, raíces exóticas, productos rituales, velones, aceites consagrados) había que pagarlos a precio de oro. Todos, sin excepción, eran fraudes como eran fraudes los “sanadores filipinos” que practicaban cirugía psíquica, los chamanes de medio pelo que ofrecían ayahuasca (algo de LSD con harina de algarroba…) y los erotómanos que vendían “tantrismo” y los que se anunciaban en call-centers como “consejeros espirituales”.

Si el viejo ocultismo ha desaparecido, las videntes telefónicas experimentan un visible reflujo, quedan siempre las religiones exóticas llegadas del tercer mundo: puestos a ser crédulos, nuestra sociedad ha concluido que un africano que ha conocido al brujo de la tribu o que afirma serlo él mismo, es mucho más eficiente que un psiquiatra, un sacerdote o la propia capacidad para tomar conciencia de uno mismo.

Reconozco que el mundo de las sectas y de las nuevas religiones ya no es como el de antes. Todo ha ido eclipsándose y decayendo. Uno estaría por creer que las concepciones religiosas que han estado en vigor en Europa en los últimos 2.000 años, son las correctas y desearía volver a ellas. Las abandoné en 1966, cuando tenía 14 años, pero si hoy me dediciera a volver a ellas me daría cuenta de que la propia Iglesia ya no es la que era: de hecho, no existe una Iglesia sino una multitud de sectas (que si el Yunque, que si el Opus, que si los catekumenales, que si comunión y Liberación, que si los kikos, que si Familia-Trabajo-Propiedad, qué se yo…). Demasiadas para alguien que le atraían mucho más los benedictinos, los franciscanos o el Císter. Reconozcámoslo: el hombre moderno, es un desahuciado en materia espiritual. No puede confiar en nadie, ni en la religión tradicional, ni en las sectas del siglo XX, ni en las nuevas religiones, ni en las operadoras de los call-centers, ni en el chamán o el babalao de turno. Como decía aquel: “el fuerte es más fuerte, cuando está solo”.

martes, 31 de julio de 2018

365 QUEJÍOS (94) – SECTAS Y “NUEVAS RELIGIONES”


Dos veces a la semana recibo un boletín informativo sobre sectas elaborado por un grupo católico antisectas. Ahora se habla mucho menos de sectas que hace treinta años y, sin embargo, sigue habiendo sectas, quizás más que nunca. La diferencia es que antes las sectas tenían una dimensión internacional y hoy aparecen gurús debajo de las piedras. Gurús irrelevantes, gurús de pacotilla, gurús sin dos dedos de frente, gurús de pocas luces, pero gurús al fin y al cabo. De lo que me quejo no es de la existencia de estos gurús –siempre ha habido espabilados que han intentado lucrarse con la estupidez ajena- sino el que hayan pasado a ser casi una “necesidad social”. Me quejo de que, nunca como hasta ahora, las sectas destructivas han tenido un lugar en la sociedad.

Una “secta” (destructiva o no) es una comunidad de personas en torno a un gurú que tienen creencias rígidas y cerradas y están dispuestos a sacrificar cualquier cosa en interés de la secta, convencidos de que obtendrán compensaciones materiales o espirituales. Creo que fue un error el que los jesuitas en los primeros estudios que realizaron sobre sectas cuando empezó el fenómeno de la “new age”, los calificaran de “nuevas religiones”. Lo son, pero esto implicaría que las “viejas religiones” tienen también algo de sectario. Y hay que reconocer que la película que separa uno de otro concepto es especialmente fina. No me cabe la menor duda de que el viejo romano del siglo I, e incluso del IV, consideraba que el cristianismo era una “nueva religión” y, por tanto, una secta que nada tenía que ver con su cultura y con su tradición. Solamente en muy escasas ocasiones, una secta se convierte en religión dominante. La mayoría de sectas (véase, por ejemplo, los gnósticos cristianos de los siglos I-IV) no pasan de ser pequeños grupos formados en torno a un “gurú” que periclitan al morir éste.

Pero, por otra parte, hay que reconocer que las sectas, como la religión son las muletas que utiliza el hombre de la calle para caminar por un mundo complicado y que le ayuda a salir adelante dándole explicaciones dogmáticas –y, por tanto, tranquilizadoras- a problemas existenciales. Gráficamente podríamos decir que una “religión” supondría caminar con una muleta y una “secta” hacerlo con dos o incluso con silla de ruedas. Todo depende del fervor y la credulidad con la que uno participe en el movimiento, como depende del arraigo que esa tradición religiosa pueda tener en el seno de la comunidad y la intensidad con la que se viva. En Occidente el catolicismo no es, desde luego, una secta, pero determinadas formas de vivir el catolicismo en grupos concretos, si es participar de la vida de una secta propiamente dicha.

Y luego está gente que se “engancha” a cualquier cosa: hay sectas políticas, existen sectas deportivas, incluso cualquier causa –el pro-inmigracionismo, la solidaridad, el feminismo, las ideologías de género, etc- puede derivar en actitudes sectarias. Hay gente que participa de manera tan fanática de un club de petanca o de un deporte que parece estar metido en una secta destructiva. Todo depende de la “fe” y la intensidad que se ponga en la causa que se asume.

Digo todo esto para centrar lo que es una “secta”. Los contornos no están muy bien definidos, ciertamente y el hecho de que los mismos sectarios nieguen que pertenecen a una secta lo hace todavía más complicado. Pero una cosa está clara –y, de hecho, también me voy a quejar de ello- : hay gente que lo mejor que puede hacer es estar en una secta. Así se entretiene en algo, así hace algo positivo, así evita mayores problemas a los que tiene cerca, así está entretenido y así encuentra una causa para vivir, ya que no tiene ni fuerza, ni inteligencia, ni valor para explicar cómo es el mundo y muestra una incapacidad absoluta para ver el mundo de manera objetiva y racional. Es triste, pero es así, al menos en una secta están contentos, como contento está el colgao con su chute.

Una última cosa. Me quejo –y no soy yo quien formula la queja sino Spengler- de que en la actualidad existe una floración vermicular de sectas porque la religión tradicional ha caído. El cristianismo ni moviliza masas, ni sus explicaciones y dogmas hoy resultan aceptables para las masas. Alguien dirá: “Bueno, hemos progresado…”. En absoluto: mirad a vuestro alrededor. Cuando cae la religión tradicional, no es sustituida por un período de objetividad y racionalidad, sino que el vacío dejado es llenado por lo irracional, gurús, videntes, coñas paranormales, cultos exóticos, religiones importadas, novedades en el supermercado espiritual para tiempos de rebajas… Incluso se ha hecho del consumo una religión. De eso, en definitiva, es de lo que me estoy quejando: que la religión tradicional haya caído para que la irracionalidad más absoluta nos embargue, porque ha sido la desaparición del cristianismo en Europa como fuerza social y cultural, la que ha abierto las puertas a las ideologías de género, a los dogmas laicos y a las supersticiones de todo tipo. Y hasta que pase la fiebre, pueden pasar décadas…