martes, 26 de abril de 2016
Notas sobre A la sobra de Franco (la OAS en España)
viernes, 22 de abril de 2016
Acaba de salir el nº XLV de la Revista de Historia del Fascismo. Marzo | Abril 2016
jueves, 21 de abril de 2016
¿Cómo nos ven los inmigrantes?
Infokrisis.– En el repaso de viejos textos olvidados en discos duros perdidos me
encuentro este artículo que creo que publiqué hará diez años en la
revista IdentidaD. Tiene gracia como el problema que abordo aquí
–¿cómo nos ven los recién llegados?– ha conservado su actualidad. Solamente me
he permitido pulirlo y añadirle algún párrafo. Se verá que no hay en estas
líneas ni pizca de racismo, xenofobia ni nada parecido, pero tampoco
concesiones. Ha que llamar a las cosas por su nombre y no hacer concesiones a
lo políticamente correcto. Cuando haces una, estás perdido. Luego terminas
aludiendo a Al Capone “presunto gánster” o “subsaharianos” a los
negros y magrebí a los moros.
¿Cómo nos ven los inmigrantes?
He tenido muchas relaciones con magrebíes y
andinos, tanto en España, como inmigrantes, como en sus países de origen en
donde el inmigrante era yo. Lo que sigue son los juicios recogidos de una
muestra lo suficientemente amplia de testimonios como para pensar que es
posible llegar a conclusiones empíricas razonables y significativas. Así nos
ven los inmigrantes... Las opiniones de estas personas son siempre subjetivas,
pero basadas en algunos datos reales y, en cualquier caso, suponen una línea de
tendencia.
Nos ven como:
1. “Débiles y atontados”
En la cárcel de la Santé –me enteré tarde de que
eso de ir por Francia con tres pasaportes, tres carnés de conducir y tres DNI
italianos, todos con foto pero ninguno con mi nombre, estaba mal visto;
problemas de la clandestinidad y el exilio– conocí a un tunecino detenido por
pequeño tráfico de drogas. Era joven y se había criado en Francia. Francia le
había ofrecido lo que no existía en su país: educación, subsidios,
posibilidades de formación. Era mucho más fácil comprarse un BMW último modelo
a sus 20 años, traficando con cocaína. Además, despreciaba a los
franceses. “Son débiles y atontados”, me decía. Me ponía como
ejemplo que, cuando era tironero en Les Halles, sabía que si un ciudadano
lograba detenerlo solamente tenía que gritar “racistes” histéricamente
para que lo soltaran. Hubo un tiempo en el que la clase media francesa se
asustaba con sólo la posibilidad de que alguien pueda llamarles “racistas”.
Todos los delincuentes magrebíes lo saben. En el Raval de Barcelona ya ha
ocurrido el mismo episodio: al grito de “racistas”, una pareja
de policías debió soltar al delincuente marroquí, intimidados por la reacción
de los viandantes. Por eso los inmigrantes consideran a los europeos atontados.
No les cabe en la cabeza que los gobiernos
europeos puedan dar subsidios y ayudas de todo tipo a gentes como ellos que
tienen muy claro lo que buscan: “pillar”. Piden una mezquita y las autoridades
se la dan, delinquen una y mil veces y nunca terminan encerrados cuando en su
país les cortarían la mano, después, por supuesto, de la conveniente paliza en
comisaría… Vulneran la ley de extranjería, violentan las fronteras y les
obsequian con ropa nueva –además de marca, alimentos gratuitos y les trasladan
a la península en avión de lujo.
Todo esto les da la perspectiva a los inmigrantes
de que los europeos somos DÉBILES y ATONTADOS. Débiles porque no sabemos
defender lo nuestro, abrimos la puerta a delincuentes ue vienen a robarnos y ni
siquiera hay valor para encerrarlos en las cárceles; y atontados porque no nos
damos cuenta de que ellos cada vez son más fuertes y los europeos menos, más
sumergidos en la oleada migratoria, retirándonos de barrios enteros en los que
la “limpieza étnica” es realizada con extrema eficacia y, todavía,
subvencionando al invasor. ¿Cabrían más muestras de debilidad y tontería? Los
inmigrantes tienen razón en percibirnos así.
2. “Depravados y afeminados”
El hijo de un gobernadorcillo local en Costa de
Marfil nos intentaba explicar, mal que bien, que el SIDA era un invento europeo
para acabar con los africanos. Textual. No añadimos ni una coma a la frase que
nos soltó a la sombra del único tugurio de Pangamo donde se podía conseguir una
cerveza fresca. Y además añadía: ¿por qué los europeos no se mueren del sida si
se pasan la vida dándose por el culo? En francés, la frase sonaba sólo
levemente menos homófoba. En el fondo, el marfileño en cuestión estaba diciendo
algo que todos sabemos: hay una evidente depravación de las conductas en
Europa.
Jonas Savimbi, líder de la Unión para la
Independencia Total de Angola (UNITA) nos dio en cierta ocasión una lección que
recordamos bien: “Para mí Europa es la cuna de la civilización: Grecia,
Roma, las catedrales, el Renacimiento, la ciencia… pero vuestra Europa de hoy
está en otro sitio, no es la mía”. Es triste que un africano tenga que dar
lecciones a unos europeos sobre cómo ser europeos. Lo grave era que
compartíamos el punto de vista de Savimbi. En el fondo, él se había criado en
Europa, había conocido Portugal, Francia, Suiza. Y era un hombre inteligente y
valiente: en uno de sus viajes a Europa pudo percibir el derrumbe moral del
continente. Pornografía a gogó, ausencia completa de valores éticos
y morales, ridiculización de quien pretendiera tenerlos o defenderlos. Savimbi
no era el único africano que tenía esta visión de Europa. Era cristiano, pero
los islamistas no piensan diferente.
No me gusta el Islam, bebo moderadamente alcohol y
los tacos de jamón me impiden tomarme en serio una religión que proscribe una y
otra cosa. Pero reconozco que los niveles actuales de alcoholismo y
drogadicción en Europa han rebasado límites alarmantes. Sin hablar de la
ingesta de comida basura y el sobrepeso que de ello eriva. Y, por supuesto, sin
hacer referencia a la ruina ética del continente. Los inmigrantes tienen razón
en vernos como depravados.
En todo el continente africano, cuando se logra
entablar amistad con sus habitantes y se crea un mínimo lazo de confianza, la
primera pregunta –inevitable– que te formulan es si en Europa todos somos “pedés” (homosexuales).
La imagen del hombre y de la mujer europea que remiten los inmigrantes
africanos a su país de origen es de que aquí los hombres se casan con hombres y
las mujeres con mujeres, se besan en público (algo que los africanos te cuentan
siempre entre carcajadas y muecas de asco). La homosexualidad es una infamia en
el África negra e incluso en buena parte de la población magrebí. Lo cierto es
que en estos horizontes la familia tiene todavía un gran peso en la sociedad y
sigue siendo su “célula básica”.
A los africanos no les cabe en la cabeza que aquí
la homosexualidad reciba los parabienes legales y sociales, mientras que el
aborto y la eutanasia se consideran algo normal, pan de cada día en esta
civilización decadente. Y lo que no entienden, sobre todo cuando perciben que
tú, en el fondo, piensas lo mismo, es cómo permites esta situación y por qué no
haces algo. Es difícil explicarles que tienen razón y que, en el fondo, la
sociedad europea se ha relativizado primero y feminizado después y, lo que ha
quedado, finalmente, es una mezcla de depravación y afeminamiento global.
Triste percibir que los inmigrantes no se han
equivocado mucho en su percepción de Europa.
3. “Se preocupan sólo más por sus mascotas”
Los islamistas tienen manía a los perros. Los
perros son “haram” que es lo contrario de “halal”. En El Corán se
habla de “los perros del infierno”, esto es del perro como animal diabólico. De
hecho, los incidentes entre propietarios de perros y musulmanes son frecuentes
en las zonas con alto grado de islamización. Pero, qué queréis que os diga, me
da la sensación de que en esto, también, tienen razón. Y lo dice alguien que
siempre que ha vivido en el campo se ha procurado perros como compañía
imprescindible.
En Europa y particularmente en España la gente
tiene demasiadas mascotas. Para muchos es la alternativa a tener hijos. No hay
que gastar mucho en su educación, y se acaban entre 10 y 14 años, justo cuando
un adolescente empieza a ser problemático. Tiene gracia que muchos propietarios
de mascotas, primero compren un animalico de un sexo, luego, al ver que se
aburre, compren otro de la misma especie, preferentemente del sexo opuesto. Así
pueden olerse el culo mutuamente y, parece, que eso les entretiene. Es el
sucedáneo de “la parejita” que todo matrimonio de los buenos viejos
tiempos aspiraba. Los hay con 10 y 14 gatos. Algunos propietarios de
tres y cuatro perros no dan abasto en recoger cacas cuando los sacan de paseo.
En algunos barrios de Barcelona, el olor a meado de perro es notorio. Hay
domicilios particulares en los que el aroma a perro (o a gato), eclipsa a
cualquier otro. Así que creo que en esto, los inmigantes tienen algo de razón.
También tienen razón cuando se preguntan qué será
de esos singles que viven solos a la vuelta de unas décadas.
Ahora les va bien, pero cuando ni con viagra se les empine o cuando las lorzas
tapen cualquier otro encanto y se pueda sembrar en sus arrugas, ¿dónde tendrán
los hijos para acompañarlos? Ellos en cambio, no tienen miedo al futuro, saben
que en su ancianidad tendrán apoyo de una familia numerosa. Saben, en
definitiva, que los hijos son el futuro de una pareja, de una sociedad y de un
país.
4. “Viven bien y comen mejor”
Según los estándares africanos y andinos, la vida
del grueso de la población europea es una ganga. He conocido andinos para los
que calzar abarcas era un lujo, y muchos más que no conocieron el calzado hasta
que fueron llamados para su servicio militar. Y tiene gracia, porque en todos
los países andinos los jóvenes están orgullosos de servir a su país en el
Ejército. Allí reciben ropa digna, comida y educación. No pueden concebir por
qué en Europa se abomina de las FFAA y se renuncia a servir a la Patria. Y,
justo es reconocer que, una vez más, tienen razón.
Pero se equivocan en lo de la comida y el vivir
bien. Aquí radica su error. Han llegado a lo que pensaban era una tierra de
promisión y el problema es que, ni para los de aquí ni para los recién
llegados, atan los perros con longaniza. Aquí viven bien los que viven bien, el
resto viven a salto de mata. Ese es el futuro que les espera a la mayoría de
inmigrantes. Un búlgaro que conocí en Madrid, de etnia turca, cobraba unos 600
euros al mes, en el año 2000, como peón no cualificado de la construcción. Se
quedaba con 200 y enviaba los otros 400 a su familia. Dormía en un parque
público en verano y en una caja de cartón en invierno. Con los 400 euros, su
familia podía vivir seis meses (hace veinticinco años) en Bulgaria. Vivir bien…
No me negarán que hay algo de triste y primitivo, pero, al mismo tiempo, de
heroico en todo esto. No creo que muchos de nosotros nos sacrificáramos así por
nuestras familias. En cierto sentido, tienen razón: vivimos bien; incluso los
que viven mal, viven mejor que las clases medias de los países africanos y
andinos.
¿Comer bien? Realmente, no es así: comemos mal. La
dieta mediterránea es tan cara como nutritiva para quien quiere seguirla a
rajatabla. Realmente, es mucho más caro el fast–food, pero también
mucho más adictivo. Si el sobrepeso avanza a velocidad mayor que la inmigración
es gracias a la comodidad que los europeos nos hemos forjado a la hora de
comer: los consejos de Arguiñano, el “Canal Cocina”, o programas como “Todos
contra el chef”, [hace diez años se iniciaba lo que ahora es tendencia con
Master Chef y sus secuelas] apenas logran que algunos desocupados y ociosos
europeos, a menudo solteros, trabajen elaborados platos en sus cocinas de
diseño. La mayoría prefieren llamar por teléfono a la pizzería, al distribuidor
de hamburguesas o comida china más próxima y renunciar a elaborar platos de
cocina tradicional.
El resultado no puede ser más catastrófico. Esta
mañana he podido ver delante de mí a un tipo aquejado de obesidad mórbida
castigando a una Vespino que desaparecía bajo su peso y entre
los pliegues e sus nalgas y de sus muslos. La obesidad es una plaga en Europa.
Así pues, ¿comemos bien? No, desde luego, pero sí, si tenemos en cuenta la
cantidad y la proliferación de fast–food. De hecho, este tipo de
establecimientos han recibido un refuerzo con los inmigrantes andinos que los
han convertido en sus santuarios. El Kentucky de la calle de
la Montera, donde estuve hace quince días, parecía una sucursal de Quito o La
Paz.
Así pues, también aquí, en cierto sentido, los
inmigrantes tienen razón: comemos “bien”, esto es, comemos “mucho”, y
engordamos aún más. Un pueblo de gordos es un pueblo con colesterol en las
venas y el cerebro pastoso. Ni deportes de riesgo, ni población sana y
atlética, sino freaky y constreñida a una vida sedentaria…
Esta consideración tiene un trasfondo: el
inmigrante está convencido que ha llegado a la meca del consumo. Aquí en Europa
hay oro y recursos infinitos. No ha venido –contrariamente a la versión
políticamente correcta– a contribuir con su esfuerzo a pagar las pensiones de
nuestros abuelos, sino a beneficiarse él mismo de una pensión por baja laboral,
invalidez que arrastra de su país de origen, o simplemente para tratarse alguna
enfermedad. Se percibe a Europa como la meca de la abundancia y el continente
que puede pagar cualquier exigencia que se le formule. Cuarenta millones de
africanos con SIDA tienen a España como objetivo privilegiado. Y lo mismo puede
decirse de los 50.000 albinos que pueblan el continente negro. Si no alcanzan
España, se los comen sus conciudadanos.
5. “Sin nosotros no sabrían vivir”
A fuerza de la cantinela progre de que la
inmigración es necesaria en Europa, los inmigrantes han terminado por
creérsela. Para ellos, si los inmigrantes se fueran de Europa –que no se irán–
el continente se hundiría –algo que no ocurriría– y este razonamiento, falso y
mendaz, les crece en la sensación de que son protagonistas de algo. Ellos están
salvando a Europa. Luego vendrá el tío Paco con las rebajas y pedirán una
compensación que, desde luego, no merecen.
La inmigración está salvando, solamente, la cuenta
de beneficios de las patronales de la construcción y la hostelería. Su
papel no es determinante en ningún otro sector económico, ni siquiera en el
campo. Hablando de campo…
En estos momentos estamos en la recogida de la
ciruela, como hace meses y medio estábamos en temporada de la cereza y dentro
de un mes vendrá la vendimia, casi completamente mecanizada. Es tiempo de
vacaciones. Hubo un tiempo en que los jóvenes estudiantes, de vacaciones, nos
desplazábamos al campo y trabajábamos en alguna de estas campañas de recogida.
Ganábamos lo suficiente para poder comprar la Lambretta o
viajar a Europa, o simplemente, no sangrar a nuestros padres con una permanente
petición de fondos. Ahora todo eso se ha acabado: nuestros jóvenes, incluso los
que quieren trabajar en verano, no encuentran trabajo porque está cubierto por
la inmigración. Tampoco es un drama para ellos: “papá y mamá nos
mantienen, tranquilos y si fallan, siempre el Estado nos dará una paguita”.
Así, las nuevas generaciones, en lugar de endurecerse, se van ablandando
progresivamente.
De ahí que, también en este terreno, la opinión de
los inmigrantes por subjetiva que pueda parecer, no es del todo falsa: hoy
podemos vivir sin inmigrantes, dentro de unos pocos años, no. Nos habremos
acostumbrado a que nuestros hijos–mascota no hagan nada más que vivir en
un dolce fare nien-te, apático y alejado de cualquier esfuerzo y
sacrificio, incluido el de buscarse la vida en los meses de verano. Y,
entonces, sí que será cierto que la sociedad europea no sabrá vivir sin
inmigrantes. El problema es que los inmigrantes no han venido aquí para
sustituir a papá y mamá, sino para ganarse la vida. Llegará el día en que
ocurra algo parecido a cuando Odoacro, Rey de los Hérulos, depuso a Rómulo
Augústulo de una patada y asesinó a su papaíto que tanto quería y que lo colocó
a la cabeza del Imperio Romano. Se dice que estamos al comienzo de una “nueva
edad media”. En realidad, no: estamos reviviendo la caída de Roma la Grande.
6. “Son
muy racistas”
El inmigrante tiene un vago concepto de lo que es
el racismo. Racismo es toda prevención, hostilidad o reserva contra gentes como
él, de otro color. Hasta no hace poco, España no era un país racista. Franco,
incluso, tuvo una “guardia mora” y la especie de los “militares africanistas”
estaba muy extendida en el ejército. Si un país se vuelve racista, no es por
una reflexión meditada, ni tras haber asumido las tesis del Conde de Gobineau,
Chamberlain o del Ku–Klux–Klan, sino por haber acumulado experiencias
traumáticas. Un constructor muy próximo me decía: “contraté a una
docena de ecuatorianos, todos iban de “oficiales primera”, cuando en realidad
nunca habían trabajado en una obra. Solamente podían trabajar llevando carros
de escombros”. Un colombiano que contraté, también como oficial
primera, se negó a cobrar el sueldo de un peón cuando a las tres horas de
trabajar percibí que su cualificación máxima era la de peón novel. Así que
abandonó la empresa. Dos semanas después, él había cambiado la orientación de
“su” negocio. Me llamó por si me interesaba comprarle cocaína colombiana “que
no está tocada”. Le colgué. Seguramente, para él, eso era ser racista.
También he contratado marroquíes –nunca argelinos,
cuya “fama” les precede–; eran buenos chicos e, incluso, algunos muy simpáticos
y amables. Sólo que con simpatía y amabilidad no se construye una casa. Su
velocidad de trabajo era propia de una tortuga paralítica y, en cuanto a su
habilidad profesional, era de otro tiempo. Sus técnicas de trabajo anticuadas y
superadas. Su rendimiento profesional, ruinoso. Para colmo, vino el Ramadán.
Sus encomiables deberes religiosos hicieron bajar aún más su productividad. Y
luego estaba la mentalidad de zoco: el regateo constante de las condiciones
salariales y la imposibilidad de establecer pactos innegociables a corto plazo.
Nunca he entendido por qué un marroquí, desde muy
niño, si resulta detenido en España después de haber cometido un robo, termina
considerando que todos –policías, jueces, víctimas, funcionarios de juzgados,
el que pasaba por ahí…, todos– son “racistas”.
El inmigrante ha sido y sigue siendo el niño
mimado de la sociedad progre. Y como todo niño mimado, está siendo
malcriado. Un maestro de escuela me comentaba que un niño argelino le llamó
racista en plena clase cuando le increpó para que dejara de jugar con los
juegos del teléfono móvil. Además del insulto, me decía la maestra, estaba la
“mirada de odio”. Sí, el niño malcriado termina odiando a papá y mamá porque ya
no pueden acceder a sus nuevos caprichos. He visto ese mismo odio en muchos
inmigrantes, y ese mismo odio es el que hizo estallar los sucesos de la
“intifada” francesa de noviembre de 2005 y el que, finalmente, terminará
haciendo estallar una guerra racial, étnica y social, en Europa. A la acusación
de “racistas” le sigue el odio. Estamos en ese punto.
7. “Sus mujeres nos desean”
Resulta innegable que el comportamiento de algunos
inmigrantes ha terminado generando un racismo galopante en la sociedad
española. Si por azar, tras campañas y campañas de reeducación, la sociedad
española desterrara ese racismo incipiente, nada cambiaría. El “otro” es mucho
más racista y, lo es con mucha más intensidad. Recuerden la “mirada de odio”
del niño argelino de la historia anterior. No es una excepción. Un africano me
decía que ellos eran más racistas que cualquier otro (toda África está
estratificada por tonos de piel: piel clara por arriba, negro azabache en las
profundidades; se da el caso de que un negro achocolatado me preguntó en cierta
ocasión porqué hablaba con “negros” refiriéndose a que le había dirigido la
palabra a otro con la piel más oscura que él).
La sexualidad y los estereotipos sexuales cabalgan
muy frecuentemente con los tópicos racistas: que “los negros la tienen grande”,
que “las orientales tienen un chumi estrecho”, o que si “las negras huelen” y
“a los magrebíes les gusta dar por culo” y así sucesivamente. De todo tiene que
haber, claro está. No es bueno utilizar estos tópicos sexuales que cosifican a
las personas, y luego resulta que no se adaptan a la realidad: el inmigrante
tomado individualmente suele ser un tipo excelente, cordial, trabajador… pero
“él” no es el problema. El problema para un país y para un continente es que
han llegado decenas de millones como él y en poco tiempo. A esto el Diccionario
de la Real Academia tiene un palabro que lo define: “invasión”.
Una amiga china me comentaba que entre ellas
hablan sobre las dimensiones del pene de los europeos y les da miedo. No es
para tanto. Luego, cuando experimentan, ese miedo se va diluyendo. Por otra
parte, es evidente que las andinas que trabajan en puticlubs se tienen por
mujeres fatales deseadas por todos. Tampoco es eso, ni a todos les gusta que le
digan aquello de “¿Qué te hago papito?”, con otro acento. Pero
el hecho es que una inmigración femenina, buena parte de la cual está
trabajando en puticlubs, tiende a creerse que es irresistible para los autóctonos.
Y, por otra parte, el primitivismo de algunos inmigrantes, especialmente
magrebíes y africanos, resulta insultante para la mujer española, además de
suponer una total ignorancia de técnicas sexuales, cuando no un desprecio
absoluto por el placer de la mujer. He recogido incontables testimonios de
mujeres que dicen sentirse ofendidas por las miradas de los moros. Lo menciono
porque no es un tic racista de quien esto escribe, sino que,
seguramente, todos habremos oído juicios similares que son susceptibles de
llevar a establecer modelos empíricos de comportamiento.
Lo cierto es que, en la mentalidad del inmigrante,
la sexualidad ocupa un papel muy destacado. Y se termina de comprender.
Realmente, ver a una mujer magrebí enfundada en esa especie de traje
antiestético y, antifemenino y hasta la saciedad, coronado con el velo, es uno
de los espectáculos más antieróticos que pueden verse. No es de extrañar que el
hombre magrebí en Europa vaya como una moto a la vista de los reclamos eróticos
que su propia cultura le niega.
En nuestros viajes “a lo largo y ancho del mundo”
hemos podido constatar que, cuanto más primitivo es un país, el sexo ocupa un
lugar más destacado. Existen países donde resulta difícil no entablar una
conversación en la que el sexo no aparezca en un momento u otro, o
constantemente. Brasil es uno de ellos. Resulta, literalmente, agobiante y
cansa el primer día que se experimenta. En Ghana, la conversación no gira
solamente en torno a la sexualidad hombre–mujer, sino que incluso abarca a los
monos, o a las monas… y recuerdo que en la reserva de Silvertown de Costa
de Marfil, el guía miraba con una lubricidad indisimulada a las monas que
podían verse a uno y otro lado del recorrido.
Los estereotipos sexuales son, en definitiva, una
marca de racismo. Pero, me da la sensación, de que el problema es que están
mucho más arraigados entre la inmigración que entre nuestra gente. Y aquí está
el origen del problema. A lo largo de la historia, los grandes incidentes
raciales han tenido su origen, frecuentemente, en actitudes sexuales de unos
que resultaban ofensivas (o que, directamente, eran ofensivas) para otros. Hay hombres
magrebís que se sienten “deseados”; en realidad, recibir la mirada de una
mujer, en su horizonte antropológico y cultural, implica ya “deseo”, y ese
presunto “deseo” abre las puertas a cualquier posibilidad. Incluida las
relaciones sexuales no consentidas. Igualmente, en ese mismo entorno, una mujer
con minifalda o pantalones ceñidos es, por este mismo hecho, una “sharmuta” (puta,
vamos). Y dejando aparte lo atractivo de las mujeres llegadas del Este
–verdadera reserva genética de Europa– lo cierto es que la mujer inmigrante
magrebí y andina no goza de particular predicamento entre los heterosexuales
carpetovetónicos. Las razas son lo que son y no son otra cosa. Por cierto, que
una querida amiga italiana me decía en París que un argelino la llamó racista,
y atacó por ahí cuando ella se negó a mantener relaciones sexuales con él.
Supongo que habréis oído historias similares. Demasiadas, y todas en la misma
tendencia como para ser sólo tópicos racistas.
Historias, en definitiva, que el Ministerio de
Igual-da, nunca ha tenido en cuenta para sus campañas contra la violencia
sexual.
* * *
Hay otros muchos juicios, pero estos son, desde
luego, los más habituales y los que hemos oído, en España y en el extranjero,
en más ocasiones. Es bueno saber lo que piensan de ti. Aunque saberlo no
contribuya a deshacer los prejuicios que unos y otros grupos étnicos tienen
trabados entre sí. Este es el quid de la cuestión: ayer no había racismo porque
no había inmigración; hoy hay racismo porque hay inmigración. El problema es
que nos da la sensación de que el racismo importado es muy superior al de origen
que, en el fondo, ha surgido de un mero empirismo realizado en pocos años.
Razón tenía aquel que sostenía que las etnias
están hechas para vivir en su entorno, en su territorio y en su marco natural.
La inmigración, querida e instigada por la globalización, es cualquier cosa
menos un fenómeno natural. En el fondo, rechazar la inmigración masiva y el
efecto llamada no es sino una de las caras del rechazo a la globalización
© Ernesto Milà – info|krisis – infokrisis@yahoo.es –
Prohibida la reproducción de este texto en formato digital sin mencionar
origen.

miércoles, 20 de abril de 2016
¿Qué es un «progre» y cómo ve el mundo?
«Progre», apócope de «progresista», suele utilizarse con voluntad denigratoria para resaltar las limitaciones de una ideología que no llega a tal, sino que apenas es un racimo de tópicos y prejuicios. «Progresía», por su parte, se utiliza como sinónimo de feligresía «progre». El «progresismo» es tan limitado en lo ideológico que «progre», su limitación silábica, se adapta mejor a sus contenidos, de la misma forma que un dinosauro político indocumentado no es un «reaccionario» –reaccionario sería un Donoso Cortés, un Metternich, un Guénon, un Evola, luminarias de un pensamiento conservador tan consecuente como coherente– sino más bien un «regre». Lo «progre» y lo «regre» son las dos caras de la misma moneda: la sobreutilización sistemática del tópico aplicado a la política y al día a día.

















