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viernes, 3 de junio de 2016

AHORA SÍ: ESPAÑA HA DEJADO DE SER CATÓLICA


Manuel Azaña, en los comienzos de la Segunda República dijo aquella frase que resultó tan discutida: “España ha dejado de ser católica”. En realidad era mentira y lo que la derecha entendió, no era exactamente lo que el viejo ateneísta había querido decir. Con esta frase, Azaña afirmaba solamente que la legislación anticlerical que había establecido la Segunda República en sus dos primeros años de vida, bastaba para que el Estado Español abandonada cualquier influencia del catolicismo y fuera un Estado laico. Nadie dudaba, que en aquel momento, el catolicismo español era ampliamente mayoritario y lo siguió siendo de manera indiscutible en los siguientes cincuenta años.

Pero ahora la frase de Azaña tiene un nuevo sentido y está más próxima a lo que sus detractores le atribuyeron. Porque ahora, ahora sí, España, estadísticamente, ha dejado de ser católica. Ya después del cierre del Concilio Vaticano II empezaron a aparecer las primeras muestras de debilidad del catolicismo español (la primera, sin duda, la aparición de “curas marxistas”, la segunda la desmovilización de la juventud católica, la elevación de la edad media del clero, la despoblación de los seminarios y la pérdida de vigor de las organizaciones católicas).

jueves, 14 de abril de 2016

La democracia española ha fracasado (a ver si lo reconocemos)


Info|krisis.- Una democracia solamente puede considerarse como tal, cuando tiende a elevar el nivel cultural de un pueblo. De lo contrario ¿para qué sirve que una masa amorfa, con un nivel cultural bajo–bajísimo acuda a las urnas? Solamente el hecho de ver a la enseñanza española en la cola de Europa ya es suficientemente ilustrativo del resultado que han dado los casi cuarenta años de régimen constitucional.

Hoy, 14 de abril, me ha dado por pensar en la Segunda República. Aquel régimen tuvo pocos hombres de valía; fue traído por hombres mediocres de entre los que uno resaltaba por encima de todos los demás: Manuel Azaña. De Azaña se sabe que era rarito, tan raro como suelen ser intelectuales que aprecian más el debate en el Ateneo que el disfrute de la vida. A pesar de que su voz era gélida, que no adoptaba gesticulaciones sino que se quedaba hablando ante el micrófono como un pasmarote, lo cierto es que las masas le escuchaban horas y horas. Su éxito radicaba en que quiso para España lo que nuestro país no había tenido en el siglo XIX: una revolución burguesa. Eso debía haber sido la Segunda República, pero las veleidades proletarias de los socialistas, el anticlericalismo de manual de las izquierdas y los frenos a la reforma agraria por parte de latifundistas sureños y cerealistas castellanos, la hicieron imposible.