Manuel Azaña, en los comienzos de
la Segunda República dijo aquella frase que resultó tan discutida: “España ha
dejado de ser católica”. En realidad era mentira y lo que la derecha entendió,
no era exactamente lo que el viejo ateneísta había querido decir. Con esta
frase, Azaña afirmaba solamente que la legislación anticlerical que había
establecido la Segunda República en sus dos primeros años de vida, bastaba para
que el Estado Español abandonada cualquier influencia del catolicismo y fuera
un Estado laico. Nadie dudaba, que en aquel momento, el catolicismo español era
ampliamente mayoritario y lo siguió siendo de manera indiscutible en los
siguientes cincuenta años.
Pero ahora la frase de Azaña
tiene un nuevo sentido y está más próxima a lo que sus detractores le
atribuyeron. Porque ahora, ahora sí, España, estadísticamente, ha dejado de ser
católica. Ya después del cierre del Concilio Vaticano II empezaron a aparecer
las primeras muestras de debilidad del catolicismo español (la primera, sin
duda, la aparición de “curas marxistas”, la segunda la desmovilización de la
juventud católica, la elevación de la edad media del clero, la despoblación de
los seminarios y la pérdida de vigor de las organizaciones católicas).
