viernes, 18 de febrero de 2022

UCRANIA: UN CONFLICTO ARTIFICIAL CREADO POR LA OTAN, QUE PODRÍA SERVIR PARA REPLANTEAR EL FUTURO DE EUROPA

Llevamos casi un mes, a vueltas con la crisis ucraniana. Seamos claros desde el principio: el problema ha sido generado artificialmente por una sola de las partes. Biden necesita hacer olvidar al pueblo americano, no solamente que es un líder “débil” (sobre su sombra planea la sombra del fraude electoral y, a pesar de los ataques mediáticos, Trump sigue contando con la máxima popularidad y la posibilidad de derrotarle de aquí a tres años), sino que su cerebro ya ha perdido capacidades cognitivas. Otros “líderes” occidentales -Macron, el primero de todos- quieren hacerse pasar como mandatarios que cuentan en la escena internacional, de cara a las próximas elecciones presidenciales francesas y acuden a Moscú para “negociar la distensión”. Tras el encuentro con Putin, el presidente ruso declaró entre ironía y resignación, que había mantenido un encuentro de ¡seis horas! Con Macron y que éste le había “taladrado” con argumentos que ni eran de recibo, ni procedían, ni tenían nada que ver con la realidad. Y hoy, a primera hora, oyendo los informativos, hemos sacado la conclusión de que los cañones ya están hablando en Ucrania. Todo falso, como cabía esperar.

¿QUIÉN HA CREADO EL PROBLEMA?

El cálculo de los “poderes reales” (esos que manejan los hilos de la economía, de la alta finanza y del capital, y que colocan a figurones, cada vez más esperpénticos, como mandatarios, para que un electorado intelectualmente inane los elija “democráticamente”) era que la posibilidad de sanciones económicas retraería a Putin y le haría aceptar las condiciones impuestas por la OTAN que, en realidad, se reducían a dos: que Ucrania entrara en la Alianza Atlántica y, sobre todo, que lo hiciera también en la Unión Europea. El cálculo era el siguiente: Rusia no puede permitirse disminuir sus exportaciones de gas y de petróleo a Europa y, por tanto, cederá ante la posibilidad de sanciones. Error.

La otra parte no ha respondido como los “poderes reales” esperaban. Una vez más, la información con la que contaban, generada por servicios de información y analistas burocratizados que han aprendido a mantenerse en sus cargos diciendo solamente lo que los “poderes reales” esperaban oír, se han equivocado. En Rusia ya no existen neo-stalinistas que pretendan reconstruir un “imperio soviético” a costa de Occidente. Los últimos se extinguieron en la primera mitad de los 80. Con Gorvachov, de lo que se trataba era de llegar a una mutua “coexistencia pacífica”.

Todo lo que ocurrió después -intervenciones de los EEUU, directamente o con la pantalla de la OTAN en Yugoslavia, Afganistán, Irak, Siria, en las “revoluciones árabes” y en la plaza Maidan, todos los movimientos en política internacional que se han dado en el último cuarto de siglo SIN EXCEPCIÓN han sido protagonizados por los EEUU, salvo en el período Trump que la historia considerará como cuatro años en los que un presidente de aquel país fue consciente de que había que reconstruir infraestructuras antes que mantener la ficción del “único imperio mundial”. Por primera vez desde hace más de un siglo, un presidente de los EEUU no inició una guerra de conquista… Con Biden se recuperó la tradición agresiva y belicista. Y, como siempre, cuando un presidente tiene problemas interiores (y en EEUU se van acumulando), sus “asesores” le indican la conveniencia de crear enemigos exteriores.

Ucrania estalinista, lejos de la Ucrania tradicional

La “excusa ucraniana” ha fracasado y estos días se viven los últimos chispazos. Putin no dio un paso atrás: se explicó y lo hizo con un lenguaje que todos entendimos perfectamente. Rusia no tiene ningún interés en “invadir” Ucrania, pero tampoco renuncia a la defensa de un 40% de ucranianos que se sienten ruso, se expresan en ruso y miran hacia Rusia. Y, por supuesto, Rusia no puede permitir que, en la frontera ucraniana, a menos de 500 km de las torres del Kremlin se instalen plataformas de lanzamiento de misiles que tardarían 25 minutos en caer sin dar tiempo de reaccionar a las defensas rusas. Putin lo ha expuesto con claridad: “¿Qué tal si instalamos misiles en la frontera del Río Grande? ¿Y cómo lo ven en Cuba o en Venezuela?”. Argumento inapelable.

Vale la pena recordar que la Ucrania actual no es la Ucrania histórica, ni mucho menos la que sostienen -sin mucha convicción, es cierto- los países occidentales y que incluiría incluso a Crimea. La Ucrania actual es la histórica, más un agregado de fragmentos -Crimea incluida- que fueron añadidos en la etapa estalinista, especialmente por razones administrativas y de control, que -en su mayoría- nunca habían formado parte de ninguna entidad “ucraniana”. Esto y su particular situación geopolítica, hacen que este país tenga una parte que mira a Occidente y otra que mira a Rusia. No es un problema actual, ni que se haya manifestado ahora, es un problema que está presente desde la desintegración de la URSS.

Este problema ahora se ha reavivado, especialmente por razones geoeconómicas. Ahora bien, además de la artificialidad territorial de la actual Ucrania, el gobierno de aquel país está definido en el “Índice de Percepción de Corrupción”, elaborado por una ONG llamada “Transparencia Internacional” con sede en Berlín, como el país 122, siendo precedido por Sierra Leona y seguido por Zambia. El ranking tiene un total de 180 países (el último de los cuales es Sudán del Sur que sería, si nos atenemos a estos datos, “el país más corrupto del mundo” y Dinamarca el “país menos corrupto del mundo”). Es cierto que no hay que creer mucho estos rankings, repletos de incoherencias y elaborados siempre según criterios “políticamente correctos” y “eurocéntricos” (en España, esta organización está gestionada por Silvia Bacigalupo, coordinadora de las áreas de transparencia del programa electoral del PSOE, incluso se la mencionó como “ministrable” del pedrosanchismo…). La sensación que da Transparencia Internacional es que “come de la mano” de los centros de poder económicos y solo así se entiende que “Kosovo”, estado, simplemente mafioso querido y promovido por los EEUU, sólo ocupe el lugar 87, cuando le correspondía ir detrás de Sudán del Sur. Pero lo cierto es que el gobierno de Kiev dista mucho de ser democrático y el poder de los oligarcas mafiosos (y, por cierto, Rinat Ajmétov, Viktor Pinchuk, Ihor Kolomoyski, Henadiy Boholyubov y Yuri Kosiuk, que la componen, no son precisamente ucranianos de pura cepa, sino más bien tienen un origen judío, etnia que, históricamente, siempre ha protagonizado en la Ucrania histórica el grueso de la criminalidad; la “Malina”, la mafia ucraniana llegó a Nueva York y a Israel, compuesta íntegramente por judíos y, hoy,  es considerada como la organización criminal postsoviética más poderosa que actúa en los EEUU). Pues bien, el gobierno ucraniano está mediatizado por esta mafia que hace y deshace a su antojo. Una buena “credencial” para entrar en la UE…

Ucrania creía poder ejercer una cómoda posición al convertirse en independiente y ser la etapa de tránsito del gas ruso hacia Europa. Pero, desde el anuncio del gaseoducto que llevará el gas ruso hasta Alemania, orillando a Ucrania (los rusos alegaban que, además de pagar el peaje, las todopoderosas mafias ucranianas se quedaban con parte del gas que debería llegar a Occidente), las cosas han empeorado para este país.

Las consecuencias de una crisis artificial

La primera consecuencia de la crisis ha sido la reaproximación de Rusia y China que es mucho más sincera que la de EEUU con sus aliados europeos. A fin de cuentas, solamente Alemania está relativamente interesada en este conflicto: la entrada de Ucrania en la OTAN y en la UE supondría para Berlín, alejar su territorio del escenario de un conflicto con Rusia y resituarlo en Ucrania. Salvo Macron que ha querido tener su minuto de fama mediática colándose en el conflicto, ningún país europeo ha demostrado excesivo interés en la cuestión

Es cierto que la OTAN ha tocado el pito y los vasallos han acudido en formación, pero desganados y sin interés. De hecho, ni siquiera la opinión pública europea ha reaccionado como se esperaba: ni grandes manifestaciones “por la paz”, ni grandes movilizaciones a favor de la “defensa de Occidente”. Nada, solamente los tertulianos televisivos han repetido sus discursos tópicos y previsibles y una población como la española, harta de “alarmas”, “miedos” e impuestos, pérdida de poder adquisitivo, covides y demás, no ha mostrado el más mínimo interés por una cuestión que se percibía remota y cansina.

Y, sin embargo, por nuestra parte, estamos persuadidos de que la crisis ucraniana podría ser una oportunidad para Europa. Tanto por su situación geográfica como por su composición interna, Ucrania no es exactamente Rusia, pero tampoco puede ser un país volcado hacia un Occidente que sigue con fidelidad perruna las consignas de los EEUU. En primer lugar, se trata de que los ucranianos, región por región, decidan qué quieren ser. Las repúblicas del Donetsk, ya han decidido, pero Ucrania es más grande y habría que oír a otras regiones del país.

Lo que quedara de Ucrania, esto es, la Ucrania histórica o poco más, está claro que debería adoptar una posición neutralista, similar a la que tuvo Austria, Suecia o Finlandia durante la durante la Guerra Fría. No solamente es la más razonable, sino también la necesaria. Y, ahora, vale la pena añadir algo más sobre Europa.

La (necesaria y lógica) neutralidad de Ucrania

No somos los nuevos conversos a la geopolítica. Hemos dicho muchas veces que la geopolítica es una “ciencia auxiliar de la política”, no el eje, ni la directriz de la política internacional y, mucho menos ahora, cuando se tiende a confundir “geopolítica” con “geoeconomía”. Por lo mismo, tampoco somos de los que creemos en la geopolítica diseñada por teóricos de alguno de los imperialismos que han existido en la historia. No creemos que “Eurasia” tenga hoy tres pivotes, Eurasia, China e Irán. Ni siquiera creemos que “Eurasia” pueda ser un ente unitario desde el punto de vista geopolítico. Más bien, pensamos que Eurasia es demasiado extensa, muy diversa interiormente y que, un país como el nuestro, por ejemplo, tiene muchos más puntos de coincidencia e intereses con cualquier país iberoamericano que con un tailandés, un mongol o, incluso, un iraní. Un análisis geopolítico no puede ir desvinculado del resto de factores que componen la realidad internacional. Y, sobre todo, de las necesidades de “misión” y “destino” que, a fin de cuentas, son las que dan la razón de ser a las naciones.

Este preámbulo sirve, únicamente, para manifestar que el destino de Europa, desde antes de la Segunda Guerra Mundial, no podía ser otro más que el neutralismo. Algunos lo llamaron “nuevo orden europeo” y consistía en mantenerse alejados de los dos grandes centros de influencia de la época: el expansionismo soviético y el imperialismo anglosajón. Pero el desenlace de la Segunda Guerra Mundial partió a Europa en dos y garantizó que, en caso de conflicto, el continente volvería a ser teatro de destrucciones sin límite. Tras el desplome de la URSS, la Guerra Fría quedó atrás. La OTAN debió de disolverse por “ausencia de enemigo”. Pero los EEUU inventaron otros y los gobiernos europeos siguieron acudiendo a toque de pito, cuando el Pentágono requería un gesto de sumisión.

Ahora estamos en otra época: Rusia no aspira a nada más que “vivir y dejar vivir”. No existe ningún motivo que justifique roces con aquella inmensa extensión, gobierne quien gobierne y se gobierne como se gobierne. Ese es el principio básico a aplicar.

La neutralidad de Ucrania debería ser el primer paso del neutralismo europeo

Europa no es débil; la debilidad europea nace solamente de tres factores: su escasez en materias primas, su división y el fracaso de la UE. El primero puede ser compensado gracias a su tecnología. Los otros dos, dependen de la calidad (o más bien, de la falta de calidad) de los gobiernos europeos.

La UE es un paquidermo burocrático que adopta resoluciones a la velocidad de una tortuga paralítica, formada por un mosaico de gobiernos, ninguno de los cuales alberga la idea de realizar una “misión” o de cumplir un “destino”. Por eso, la UE es una “federación” limitada e impotente y delega en la OTAN su defensa, esto es, en el Pentágono. Es natural que Rusia mantenga cierta suspicacia hacia los gobiernos occidentales. Hace falta reformar, desde las bases mismas de su creación, la naturaleza y el carácter de la UE y reformular todos sus planteamientos, especialmente en política exterior y defensa.

Y entonces llega la crisis ucraniana y, como se verá, su inevitable resolución para por la neutralización de aquel país. Pues bien, lo que exige neutralización no es solamente Ucrania, sino toda Europa. Esto es lo que Europa debe aprender: las otras dos posibilidades son, o bien la UE sigue bajo la sombra de la OTAN y sigue las órdenes del Pentágono sin poder manifestar la más mínima disidencia ni retraso en formar filas bajo la bandera de la “defensa atlántica”, o bien la UE cambia de bando y cede a la irresistible atracción gravitacional de un gigante como Rusia. De hecho, las políticas “euroasiáticas” son fundamentalmente enunciadas por nacionalistas rusos para mayor gloria de su país. Algo legítimo, sin duda, para un habitante de Moscú, de Kaliningrado o de Vladivostok, pero menos comprensible para un lisboeta, un francés o un griego.

Por eso, nos atreveríamos a lanzar la consigna de “LA NEUTRALIDAD DE UCRANIA, DEBE PRECEDER A LA NEUTRALIDAD DE EUROPA”, “NUESTRO LUGAR NO ESTÁ EN LA OTAN”, “RUSIA NO ES NUESTRO ENEMIGO, PERO TAMPOCO ES LA SOLUCIÓN A TODOS NUESTROS PROBLEMAS”.

Incluso sería posible recordar la máxima española: “NO DAR LANZADAS A MORO MUERTO”. Los EEUU son el “imperio en crisis”. Caerán por desplome interior. Hoy, basta con contemplar la deuda pública norteamericana, la sobrevaloración del dólar y los procesos disolventes que se dan dentro de la sociedad norteamericana, para advertir la inviabilidad a medio plazo de aquel país. Por tanto, a diferencia de en los tiempos de la Guerra Fría, ya no se trata de optar entre la URSS y los EEUU. La URSS ya no existe y Putin no demuestra ambiciones territoriales sobre Europa, le basta con una buena relación con los vecinos. Y los EEUU, son una sombra de lo que eran en 1989 cuando cayó el Muro de Berlín. Ir a EEUU y comprobaréis…

LA NEUTRALIDAD DE EUROPA ES LA MEJOR SOLUCIÓN PARA EL CONTINENTE… a condición, de que el camino que conduce a esa neutralidad, pase por una transformación radical del continente, incluida la superación de la partidocracia, madre de todas nuestras desgracias y gracias a la cual pueden avanzar impunemente globalización, mundialismo y todo lo que acarrean.