miércoles, 8 de enero de 2020

Alemania 1930: 107 diputados con camisa parda (2 de 10) - LA ESCISIÓN DE OTTO STRASER


Otto Johann Maximilian Strasser era el hermano más pequeño de Gregor. Había nacido en 1897. Combatió en la Primer Guerra Mundial y participó en los combates e 1919 que acabaron con la República Soviética de Baviera. Luego, su comportamiento político fue errático. Se afilió durante un corto período al Partido Socialdemócrata (SPD). Se opuso a las maniobras de la derecha en la primera mitad de los años veinte y solamente empezó a colaborar con el NSDAP a partir de la refundación del partido en 1925. Lo hizo como periodista y se integró en el ala izquierda del partido junto a su hermano Otto y a Joseph Goebbels. Fue uno de los partidarios de que el partido revisara su programa originario de 25 puntos, lo actualizada e insistiera más en los aspectos socialistas del mismo. 

La fracción mantuvo la iniciativa hasta la Conferencia de Bamberg en la que Goebbels se alineó definitivamente con Hitler y Gregor Strasser renunció a sus propuestas. Solamente Otto Strasser siguió sosteniendo posturas socialistas utilizando la editorial berlinesa que controlaba, la Kampfverlag (Ediciones La Lucha), a partir de la cual ideó su propia versión del nacional-socialismo. Los documentos difundidos por la editorial eran “un brebaje vago y ofuscante de nacionalismo místico radical, anticapitalismo estridente, reformismo social y antioccidentalismo”[1].

La empresa había sido constituida en 1926 por los hermanos Strasser en el momento en el que Gregor decidió abandonar su trabajo profesional como farmacéutico para dedicarse por entero a la política. Además de su hermano Otto, le secundó el que en aquel momento era gauleiter de Pomerania Theodor Vahlen que había ingresado en el partido el año anterior. En contraste con las ideas de la central de Baviera, la nueva editorial desde el principio estuvo enfocada para destilar una versión del nacional-socialismo que pudiera ser agradable y asumible por los sectores del proletariado urbano. Antes de la fundación de la editorial habían iniciado la publicación regular de las Nationalsozialistischen Briefe (Cartas nacional-socialistas). En poco tiempo, esta publicación fue el germen de una serie de publicaciones que empezaron a difundir las ideas de la “línea strasserista”. Su lema fue “Westlichen Kapitalismus wie dem östlichen Bolschewismus gleich feindlich” (el capitalismo occidental es igualmente enemigo como lo es el bolchevismo oriental).


Los costes de creación de la editorial ascendieron a 4.000 marcos contra la hipoteca sobre los beneficios generados por la farmacia de Gregor Strasser. En su momento álgido, la Kampfverlag publicó nueve diarios, el más importante de todos ellos, el publicado en la capital, el Berliner Arbeiterzeitung (Diario de los Trabajadores de Berlín), seguido por die Faust, Die Flamme y seis ediciones locales de Der Nationale Sozialist.

Ambos hermanos se distribuyeron los trabajos: Gregor quedó como editor de libros y folletos, además de cómo periodista y escritor, mientras que Otto fue el editor jefe de la cadena de diarios. Trabajaron en la empresa Hans Hinkel, Walther Darré y el dibujante Hans Schweitzer. Dos años después de su fundación, la editorial estaba en plena expansión y dio los primeros balances positivos. Sin embargo, a lo largo de su actividad, distintos procesos penales incoados contra los distintos medios que administraban los Strasser, dieron como consecuencias abundantes multas y penas de prisión de las que Gregor pudo escapar debido a su condición de parlamentario. Mucho peor fue la ruptura con Goebbels en 1926 que se convirtió en una verdadera pugna por el control del Gau de Berlín. Las Nationalsozialistischen Briefe y Der Angrif (Al ataque) publicado por Goebbels, competían como diario del NSDAP en la capital alemana.

En 1928, Gregor Strasser se plegó a las exigencias de Hitler a la vista de que su línea obrerista no había conseguido éxitos notables. Sin embargo, su hermano Otto persistió en las mismas posiciones.

En 1930, el grupo de intelectuales nacional-socialistas que rodeaban a Otto Strasser permanecía escéptico ante la línea que había impuesto Hitler. Optaron por un “anticapitalismo recalcitrante, abogaron por amplias nacionalizaciones, exigieron una alianza con Rusia o, apartándose de la línea trazada por el Partido, apoyaron movimientos huelguísticos locales”[2]. La polémica llegó a su punto álgido cuando Hitler formalizó el pacto con el DNVP para la compaña contra el Plan Young.

En enero de 1930, la polémica entre las dos fracciones continuaba in crescendo. Hitler, entonces, exigió la entrega de la empresa editorial. Ofreció 80.000 marcos por la editorial, prometiéndole en contrapartida el cargo de responsable de propaganda de la central del partido. Strasser rechazó la oferta. Unos meses después el 21 y 22 de mayo del mismo año, tuvo lugar una nueva reunión en la que estuvieron presentes Max Amann, Rudolf Hess, Gregor Strasser y su hermano y el propio Hitler. La reunión se prolongó durante siete horas; tras unos primeros intercambios de conceptos sobre el arte y las ideas revolucionarias (Hitler consideraba que el Arte era eterno y que todo lo que merecía ese nombre procedía del arte griego traído del Norte por aqueos y dorios), la conversación se encaminó sobre la economía, la personalidad y los problemas de la raza. Era evidente que Hitler estaba examinando a Otto Strasser, evaluando los puntos en los que podían existir desacuerdos. 

En último lugar tocó el tema del socialismo. Strasser dio su opinión. Era la trampa. Acto seguido, Hitler le acusó de sobrevalorar más la idea que él se forjaba del “socialismo” y situarlo por delante del principio de mando, el principio del Führer: “pretendía otorgar a todo partidario el derecho de decidir sobre la idea, incluso decidir si el Führer seguía o no siendo fiel a la misma”[3]. Hitler definió esta concepción como democracia de la peor especie y para la que, entre nosotros, no hay lugar reservado (…) Entre nosotros, Führer e idea forman una unidad indivisible y todo partidario ha de hacer lo que el Führer ordene, por cuando él encarna la idea y sólo él conoce la última meta”. Finalmente fue todavía mucho más claro, si ello era posible: no estaba dispuesto a que nadie, y menos un grupo de “literatos megalómanos” destrozara la disciplina de los miembros del partido[4].


El fondo de la cuestión no era lo que cada parte entendía por “socialismo”, sino un problema de mucho mayor calado. Otto Strasser pretendía introducir el principio democrático en el interior del partido. En su opinión, el Führer era la expresión de la voluntad popular de sus miembros, o dicho de otra manera, el escalón jerárquico superior, el Führer, surgía de la voluntad de la base[5]. Hitler no estaba dispuesto a asumir este concepto: su concepto era otro. Lo explicó en el curso de la reunión: “Yo soy socialista, muy diferente, por ejemplo, del riquísimo señor Graf von Reventlow. He empezado como simple obrero. No puedo, todavía hoy, ver que mi chófer tenga una comida distinta a la mí. Pero lo que usted entiende bajo la palabra socialismo es únicamente marxismo recalcitrante”[6].

Marxismo por un lado y democratismo por otro, tales eran los dos ejes del ataque de Hitler a las posiciones de Otto Strasser. Éste se vio acorralado. Ni siquiera su hermano rompería una lanza por él en caso de negar la autoridad del Führer en los términos definidos por Hitler. Así que optó por pasar al ataque. Su campo era el socialismo así que preguntó a Hitler si en caso de llegar al poder modificaría la situación de la producción; el socialismo era precisamente eso: reparto de beneficios, participación de los obreros en las decisiones de la empresa, autogestión y/o cogestión, titularidad de los medios de producción, etc. Hitler tenía otra versión del “socialismo”: “¿Cree usted que estoy tan loco como para destrozar la economía? Sólo si tales personas [los capitalistas y patrones de las empresas] no actúan según los intereses de la nación, sólo entonces intervendría el Estado. Pero no es necesario recurrir, para ellos, a las expropiaciones ni al derecho de autodeterminación”

Hitler terminó resumiendo sus ideas: “siempre ha existido un solo sistema: responsabilidad hacia arriba, autoridad hacia abajo; así había sido durante siglos y no puede ser de otra manera”[7]. Otto Strasser le preguntó por “la revolución”, a lo que Hitler respondió, “Solamente hay una clase posible de revolución, y no es económica n política ni social, sino racial”. Lo prioritario era, pues, un Estado fuerte que fuera capaz de garantiza la producción en beneficio de los intereses del Reich, lo que incluía, de todos y cada uno de los habitantes del Reich.

Hitler, en su concepción del nacional-socialismo aspiraba a unificar los elementos opuestos: el socialismo era, para él la posibilidad de que el Estado velara por el individuo, mientras que el nacionalismo era el individuo el que debía contribuir a la grandeza de la nación. Es evidente que se trata de una concepción coherente, ante la cual, el “socialista” Otto Strasser no podía oponer gran cosa, aparte de una sincera búsqueda de justicia social, propuestas de orden anticapitalista, y poco más. Y para eso ya estaba la izquierda. Hitler partía de la integración de los dos conceptos “nacionalismo” y “socialismo”, mientras que para Strasser se trataba de dos concepciones distintas y que no se había planteado integrar en una síntesis. En realidad, parece que, la reunión que se celebró en el Hotel Sanssousi, en la Linkstrase, donde solía alojarse Hitler cuando se encontraba en Berlín fue lo más parecido a un diálogo de sordos. Hitler refutó las posiciones de Strasser, y recibió de éste indiferencia ante sus argumentos[8].


Dos semanas después de haber regresado a Berlín, profundamente disgustado por la actitud de Otto Strasser, la editorial de éste publicó el folleto titulado ¿Sillón ministerial o revolución? en el que reproducía las tesis que había defendido en la reunión del Hotel Sanssousi, eludiendo colocar las refutaciones de Hitler y acusándole de haber traicionado a los “socialistas” del NSDAP. Para colmo, en abril de 1930 estalló una huelga del sector metalúrgico en Sajonia. Hitler prohibió que se respaldase esa iniciativa; pero las publicaciones de la Kampfverlag siguieron haciéndolo[9].

Era evidente que los protagonistas estaban entrando en la última fase del conflicto. Parece increíble que Otto Strasser se atreviera a publicar un folleto que implicaba un enfrentamiento público con Hitler. Seguramente estaba demasiado confiado en que buena parte del NSDAP le apoyaría. Sin embargo, Hitler que, hasta ese momento, había optado por la prudencia, la negociación y el ofrecimiento de cargos a cambio de acatamiento a su autoridad (incluso la cantidad ofrecida por las acciones de la editorial Kampfverlag eran una mano tendida a la vista de lo deficitario y de las deudas acumuladas por la empresa), a partir de entonces se decidió por el enfrentamiento con todas las consecuencias. Estatutariamente ordenó al gauleiter de Berlín, Josep Goebbels, la expulsión inmediata de Strasser y de sus seguidores, fueran quienes fueran y a despecho de su rango y militancia anterior. Le escribió transmitiéndole estas órdenes y añadiendo:

“Ocultos tras la máscara de pretender luchar por el socialismo, se lleva a cabo una política que, de acuerdo, casi exactamente, con la de nuestros enemigos de tipo judeo-liberal-marxista. Lo que estos círculos solicitan corresponde al deseo de nuestros enemigos (….) [por tanto es] imprescindible expulsar sin contemplaciones y sin excepciones a estos elementos destructivos del Partido”[10].

La gran acusación lanzada por Hitler era la de que Otto Strasser y sus hombres actuaban como un club de debates literarios, elaboraban meras teorías, pero hacían poco para llevarlas a la práctica[11]. Goebbels, que había esperado durante largo tiempo esta decisión (e incluso que estuvo a punto de dimitir ante el retraso de la solución definitiva) recogió la acusación y la reprodujo por todos los medios a su alcance: los disidentes eran “literati”. Estaban dispuestos a hablar mucho, como si la lucha política fuera una tertulia de salón, pero mucho menos un combate a muerte contra el marxismo, tal como Hitler había decretado durante el proceso de reconstrucción del partido.

Hay dos cosas que llaman la atención de este proceso escisionista que se encaminaba hacia su último episodio. El primero fue el tiempo que Hitler tardó en tomar la resolución de expulsar al grupo rebelde. Existieron presiones constantes, como mínimo la última fase de la campaña contra el Plan Young, por parte de Herman Goering, Walter Buch y, por supuesto, de Geobbels, para que tomara drásticas medidas para acallar al ala izquierda del partido que parecía cada vez más envalentonada. Hitler, al menos en dos ocasiones, abandonó su tarea de agitación y propaganda cotidiana, para reunirse con Otto Strasser. Le ofreció dinero para compensar las pérdidas que había empezado a tener la editorial desde el momento en el que se inició la recesión económica mundial; cargos desde los que pudiera mantener una posición personal digna ajena por completo al aroma de la derrota y el sometimiento. Fueron muchas las anotaciones que el impaciente Goebbels garabateó en su diario quejándose de la falta de iniciativa del führer para resolver el problema[12]. No era indecisión, como se ha interpretado, esta actitud, era sentido táctico


Hay momentos en los que las expulsiones pueden dañar irreparablemente una organización revolucionaria. Se trataba primero de buscar “fórmulas amigables” para resolver el problema. De ahí la ronda de conversaciones con Strasser. No se trataba de negociar posiciones o de aplazar la resolución de los problemas. Se trataba de mantener la estrategia de conquista del poder emprendida y las decisiones adoptadas desde su salida de la prisión de Landsberg. Y si la ruptura se veía como inevitable, simplemente había que esperar el momento en el que se producirán menos daños. Hitler lo hizo: pocos días después de la expulsión, tal como se esperaba, el canciller Brüning declaró disuelto el Reichstag. El ruido de los escindidos quedaría acallado por la convocatoria de nuevas elecciones.

Finalmente, Goebbels obtuvo lo que pedía: una purga implacable en la sección berlinesa. El 3 de julio, Hitler aplazó el discurso que tenía previsto pronunciar en Berlín. Esa misma tarde redactó la carta de expulsión. Al día siguiente, 4 de julio, Otto Strasser y veinticinco miembros del partido que le apoyaban incondicionalmente lanzaron su carta “Los socialistas abandonan el NSDAP” (ver anexo). Inmediatamente, Goebbels convocó una reunión de los afiliados del Gau en el Berliner Hasenhaide. Allí fue claro: “El que no se someta será expulsado violentamente”. Así lo hizo con Strasser y un grupo de seguidores que habían acudido a la convocatoria no dándose por enterados de su expulsión. Strasser y los suyos calificaron esta expulsión de “stalinismo puro” y de “persecución al socialismo”, pero ya importaba poco lo que pudieran decir o hacer.

Gregor Strasser dimitió inmediatamente como redactor de los diarios de la Kampfverlag y se distanció lo que pudo de su hermano. El conde Von Reventlow y la mayoría de quienes hasta ese momento se habían mantenido en el “ala izquierda” del partido, hicieron otro tanto. La mayoría lo hicieron, no por la perspectiva de prebendas y para obtener una posición económica segura, sino simplemente por un sentido de la lealtad personal hacia Hitler que había sabido perdonarles tantos actos de infidelidad.

Muy pocos siguieron a Otto Strasser y se reconocieron en su llamamiento Los socialistas abandonan el NSDAP. El nuevo partido, Kampfgemeinschaft Revolutionärer Nationalsozialisten (Comunidad de Lucha de los Nacionalsocialistas Revolucionarios) quedó oficialmente constituido en octubre de 1930, no llamó apenas la atención ni registró otras simpatías más que las procedentes de los sectores nacional-revolucionarios de la Revolución Conservadora, de los que, a fin de cuentas, formaban parte implícitamente. Se dotó de un órgano, Der Nationale Sozialist Zeitung que apenas editaba unos pocos miles de ejemplares y le era imposible rivalizar con el Der Angrif de Goebbels. Las magras huestes de Otto Strasser se vieron reforzadas por unos cuantos cientos de disidentes de las SA que habían seguido a Walter Stennes, agrupándose ambos bajo el rótulo de Schwarze Front (Frente Negro) que no fue mucho más lejos.

Cuando se conocieron los resultados de las elecciones y se vio el impresionante triunfo obtenido por Hitler, era normal que cualquier disidencia que se hubiera producido antes dentro del NSDAP tendiera a extinguirse o quedase reducida a la mínima expresión. La polémica en torno a las ideas de Otto Strasser cerró para siempre la discusión sobre lo que el nacional-socialismo entendía exactamente por “socialismo”. Nunca más, ni siquiera durante la Noche de los Cuchillos largos volvió a repetirse la discusión en los mismos términos.

La expulsión de los disidentes contribuyó (junto con el éxito electoral) a consolidar aún más, si ello era posible, la autoridad de Hitler. Las discusiones mantenidas con los disidentes en los meses previos a su expulsión habían servido como excusa para que Hitler pudiera explicar a la cúpula del partido sus posiciones. Incluso desde el punto de vista doctrinal, el proceso que había llevado a la decisión fatal de expulsar a los rebeldes había servido para dar un paso adelante en el afianzamiento de las posiciones doctrinales. Las elecciones que se avecinaban, finalmente, sirvieron para demostrar que los votantes no se inclinaban hacia el programa del NSDAP, sino hacia las promesas de su führer.




[1] I. Kersahw, Hitler, op .cit., pág. 327.
[2] Cf. J. Fest, op. cit., pág. 316.
[3] Ídem, pág. 317.
[4] Ídem.
[5] Strasser lo explicó así: “Un Caudillo debe servir a la Idea. Sólo a esto podemos consagrarnos por entero, puesto que ella es eterna, mientras que el Caudillo es efímero y puede cometer errores”. Hitler le respondió que este criterio era un disparate y que “Para nosotros el Caudillo es la Idea, y los miebros del partido tienen que obedecer todos solamente al Caudillo” (I. Kershaw, op. cit., pág. 328.
[6] Cf. J. Fest, op. cit., pág. 317-318.
[7] Siete años después, Hitler, al decir de Friedrich von Misses, había generado la forma más eficiente de “socialismo”: el Estado decidía lo que se producía, cuáles debían ser los márgenes de beneficio de los empresarios, los salarios de los obreros y los repartos de beneficios… No hizo falta realizar muchas más modificaciones para mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora. La economía nacional-socialista era una economía planificada en la que los distintos agentes estaban obligados a seguir las pautas trazadas por el Estado en tanto que éste tenía como misión velar por los intereses de todos los grupos sociales que componían la nación.
[8] J. Fest, op. cit., pág. 319.
[9] I. Kershaw, op. cit., pág. 327.
[10] J. Fest, op. cit., pág. 319.
[11] “Mientras yo lo dirija, el Partido nacionalsocialista no se convertirá en un club de debates literarios, desarraigados o de bolcheviques caóticos de salón, sino que seguirá siendo lo que hoy es: una organización de la disciplina que no fue creada para locuras doctrinarias de pájaros migratorios políticos, sino para lucha por el futuro de Alemania en la que se habrán destruido los conceptos de clase” (Ídem).
[12] “El Führer quiere que eche a los pequeños pero que no toque a los peces gordos. Es muy típico de Hitler. Hace promesas que no cumple” (Diario de Goebbels, anotación correspondiente al 25 de junio de 1930) “Hitler, el vacilante, siempre va aplazando las cosas” (ídem, anotación correspondiente al 28 de junio de 1930).

martes, 7 de enero de 2020

Alemania 1930: 107 diputados con camisa parda (1 de 10) - LA LUCHA CONTRA EL PLAN YOUNG


A partir de 1929, el NSDAP se convierte en un partido de masas que arrastra entusiasmos crecientes por parte de la sociedad alemana. La gran recesión económica mundial de 1929 no estaba en el origen de este extraordinario desarrollo, como máximo, era un coadyuvante. En la base del éxito creciente del NSDAP estaba la inquebrantable fe que sus militantes tenían en su “misión” y el hecho de que desarrollasen un dinamismo muy superior al de cualquier otra formación política de la época, comunistas incluidos. Cuando apenas Hitler había salido de la cárcel, puesto en orden el interior de su partido, se iniciaron los primeros éxitos. Los tres años que discurren entre 1929 y las primeras semanas de 1933 constituyen un período en el que el NSDAP, día a día, fue ganando fuerza social hasta convertirse, con mucho, en la fuerza que contaba con un mayor apoyo popular. En este artículo vamos a desarrollar la historia del período transcurrido entre la campaña contra el Plan Young y los resultados de las elecciones de 1932, incluidas la salida de Otto Strasser, la revuelta de las SA berlinesas, las relaciones con los industriales y la propaganda del NSDAP.


La segunda mitad de 1929 fue pródiga en acontecimientos en la República de Weimar, el más importante de todos, sin duda, la campaña contra el Plan Young. Hitler  era consciente en ese momento de que necesitaba un eje de propaganda en torno al cual movilizar la militancia y convertirlo en una formación capaz de ofrecer una alternativa a los partidos tradicionales. Por otra parte, a Hitler no se le ocultaba lo peligroso de no tener una política de alianza suficientemente clara. Necesitaba, como fuera, vencer el aislamiento que habían decretado en torno suyo los partidos moderados y los nacional-alemanes. En política, el aislamiento es la muerte. Hitler vio la oportunidad en dos hechos que se desarrollaron en plazo de unas pocas semanas: la muerte del canciller Gustav Stresseman (3 de octubre de 1929) y el referéndum sobre el Plan Young (22 de diciembre de 1929). El primer episodio indicaba que había concluido un período de relativa estabilidad en la República y abría un período de caos que, para colmo, coincidió con la llegada de los primeros efectos de la recesión internacional iniciada con el “jueves negro”  de Wall Street (24 de octubre de 1929). La lucha contra el Plan Young sirvió para que una oleada de patriotismo recorriera Alemania y se reactualizaran las discusiones y tensiones de la postguerra.

La lucha contra el Plan Young

En 1929 resultaba evidente que resultaba imposible para Alemania cumplir con las cláusulas del Plan Dawes para el pago de las indemnizaciones de guerra que imponía el Tratado de Versalles. El 7 de junio de 1929 el Comité Aliado de Reparaciones emitió un informe. Los representantes norteamericanos eran tres banqueros, Owen D. Young, J.P. Morgan y Thomas Lamont. Básicamente anotaban que Alemania, en cualquier momento podía dejar de pagar las indemnizaciones de guerra a causa de lo incierto de su economía y que era preciso reunir una nueva conferencia de países vencedores para establecer nuevas  cláusulas mucho más realistas y diferentes plazos para hacer efectivas las reparaciones. A pesar de que tanto en Francia como en el Reino Unido el informe elaborado por los tres banqueros fue acogido con muchas reservas, el 31 de agosto de 1929 la Comisión terminó de elaborar un nuevo plan que fue aprobado en la conferencia aliada celebrada en La Haya en enero de 1930. El nuevo plan estipulaba que el monto total de las indemnizaciones que Alemania debía pagar ascendía a 26.350 millones de dólares pagaderos en 58 años, a razón de 473 millones de dólares por año. Un tercio de la suma se pagaría de manera incondicional mientras que el resto podría postergarse hasta el año 1988. Alemania no debería de tener problemas para afrontar estos pagos siempre y cuando destinara a ellos una partida en los presupuestos del Estado e impusiera a su población un impuesto sobre el trasporte. Para posibilitar el Plan se establecía que los bancos norteamericanos concederían créditos a Alemania.

Pero mientras se producían las negociaciones y los estudios se produjo la crisis bursátil. Los bancos norteamericanos retiraron sus fondos en el extranjero, fundamentalmente en Europa y anularon los créditos que posibilitaban la ejecución del Plan Young. Era inevitable que con el retraimiento de dos tercios del comercio mundial, se hiciera imposible la ejecución del plan. Finalmente, la aprobación de la Ley Hawley-Smoot al imponer aranceles a las importaciones a los EEUU, hizo que se redujera todavía más el comercio internacional. Esto generó que los países exportadores de manufacturas a los EEUU sufrieran una reducción drástica de pedidos que se tradujo en un aumento desmesurado del paro. En Alemania el 33,7% de los trabajadores fueron arrojados al paro en 1931 y la cifra se elevó hasta el 40% durante 1932.

La opinión pública alemana movilizada especialmente por la derecha (la izquierda, en general, aceptaba la responsabilidad alemana en el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial) inició una vigorosa campaña contra el Plan Young. La existencia misma del plan (aunque mejoraba las condiciones impuestas en el Plan Dawes) era considerado como una consecuencia del Tratado de Versalles que evidenciaba el odio de los vencedores y su intención de estrangular a los vencidos.


El 9 de junio de 1929, distintas organizaciones de derecha radical unieron sus fuerzas en una comisión solicitando un referéndum sobre el Plan Young, esto es, contra el Plan Young. El impulsor de esta campaña era Alfred Hugemberg, jefe de un importante grupo de comunicación que había iniciado sus actividades como hombre de confianza del industrial Gustav Krupp. Desde su juventud había sido nacionalista y antisemita[1], como lo prueba el que fuera fundador de la asociación Alldeutscher Verband (Liga Pangermanista) en 1891. A partir de 1918, se independizó y organizó su propio grupo de comunicaciones que abarcaba todos los ámbitos mediáticos disponibles en ese momento, incluido el cine. En pocos años se convirtió en un empresario multimillonario. Sus recursos económicos le posibilitaron el convertirse en dirigente del DNVP en cuya lista fue elegido diputado al Reichstag desde 1920 hasta la subida al poder de Hitler que lo incorporó como ministro. En 1928 había sido elegido presidente del mismo, como jefe de línea del ala más radical del mismo. Un sector del DNVP no aceptó la imposición de esa línea que les aproximaba al NSDAP y, tras escindirse, pasaron a formar el Partido Conservador Popular. Pero donde Hubenberg apostó a fondo fue en la campaña contra el Plan Youg. Fue entonces cuando buscó apoyo del NSDAP. Hitler estaba dispuesto, no sólo a prestárselo, sino también a ser el elemento más dinámico de la coalición anti Plan Young.

El objetivo de la coalición capitaneada por Young era la aprobación de una Freiheitsgesetz, o Ley de la Libertad, presentada por los diputados del grupo en el parlamento del Reich, según la cual, Alemania renunciaba a seguir pagando indemnizaciones y cualquier funcionario público de no importa qué nivel que colaborara en el pago o en cualquier iniciativa que pudiera culminar en el pago de un plazo, incurriría en delito. El proyecto de ley rechazaba igualmente la culpabilidad alemana y la ocupación de una parte del país establecida en Versalles. Según la constitución de la República de Weimar, cuando el 10% del cuerpo electoral firmaba una petición para discutir un proyecto de ley, éste debía ser debatido en el parlamento y sometido a voto. Si el Reichstag rechazaba el proyecto, el presidente de la república, debía ser sometido a referéndum vinculante para el gobierno en caso de ser aprobado.

La campaña por la aprobación de la Freiheitsgesetz se inició oficialmente el 16 de octubre de 1928. Las SA y la Organización Política del NSDAP se lanzaron a recoger firmas. El gobierno reaccionó prohibiendo las manifestaciones públicas de los seguidores de Hitler y de Hugenberg. Sin embargo, estos estuvieron en condiciones de reunir las firmas suficientes para que el proyecto fuera votado en el parlamento. El Reichstag lo rechazó por 318 votos contra 82, así pues fue inevitable realizar el referéndum preceptivo que constituyó un verdadero fracaso para Hugenberg, pero no, como veremos, para el NSDAP. En efecto, la coalición obtuvo apenas el 13,8% de los votos en el referéndum que tuvo lugar el 22 de diciembre.

La coalición anti Plan Young demostraría en la práctica la vitalidad y la capacidad de activismo del NSDAP, su imagen y su atractivo muy superiores al resto de socios. El NSDAP, se encontró bruscamente con la posibilidad de introducir sus mensajes entre el electorado de la derecha a través de los medios de comunicación del grupo editorial Hugenberg. Su publicidad que, hasta ese momento era limitada, de repente llegó a la totalidad de la nación. Sus mensajes dramáticos y excepcionalmente gráficos, recordando que el Plan Young suponía “la pena de muerte para los no nacidos” o la “imposición de un Gólgota para el pueblo alemán”, la exigencia de castigo para los “traidores que esclavizaban al pueblo alemán”, encontraron eco en una sociedad sobre la que se volvían a proyectar nubarrones amenazadores.

En realidad, tras la escisión de los “conservadores”, el ala moderado del DNVP, Hugenberg creía que una campaña de alcance nacional lograría frenar la merma que su partido estaba teniendo por su derecha y recuperar lo que había perdido en el centro. Y lo primero parecía más importante que lo segundo. En tanto que su poder económico era muy superior a lo que podía movilizar todo el NSDAP, Hugenberg estaba convencido de que “domesticaría” a Hitler. Todos los historiadores coinciden en que Hitler abordó esta campaña de una manera mucho más leal y sin segundas intenciones. Tanto es así que algunos de sus camaradas se inquietaron[2]. Hitler era mucho más lineal que el retorcido Hugenberg. Le interesaba la campaña, inicialmente por un motivo, creía en la justeza de la causa defendida. Pero, en segundo lugar, a medida que fue desarrollando la campaña, advirtió que era una oportunidad increíble para lograr una mayor repercusión a nivel nacional.

Por lo demás, ni antes, ni después, ni durante la campaña, la opinión que Hitler se había forjado sobre Hugenberg varió: era la que tenía sobre todo el nacionalismo conservador. Se trataba de un sector “reaccionario y apolillado”, nostálgico y, sobre todo, burgués, que ya conocía desde sus tiempos de agitador en Munich. Ni le impresionaba su dinero, ni su grupo parlamentario. No pudo evitar, sin embargo, que la izquierda de su partido, representada especialmente por Otto Strasser y su editorial berlinesa, mirara con recelo estos contactos con la derecha. En realidad, a partir de ahí se generarían las grietas definitivas que terminaron en la publicación del documento Los socialistas abandonan el NSDAP en la que formalizaron su salida solo unos meses después, el 4 de julio de 1930.


Pero Hitler sabía lo que hacía, mucho mejor, sin duda que Hugenberg que era incapaz de percibir la extraordinaria capacidad activista de los militantes hitlerianos. Para participar en la coalición, Hitler exigió a Hugenberg completa libertad en la propaganda. Incluso para tranquilizar al “ala izquierda” del partido propuso a Gregor Strasser, el más caracterizado miembro de ese sector. No pudo evitar, de todas formas, que mientras duró la campaña los medios de editorial de su hermano, Otto Strasser publicaran llamamientos en primera página acusando a la derecha: “El mayor peligro para el pueblo alemán no lo constituye el marxismo, sino mucho más los partidos burgueses”[3].

A poco de iniciarse la campaña, el NSDAP convocó el Día Nacional del Partido en Nuremberg. Hitler aprovechó para movilizar sus fuerzas e indicarles los objetivos de la lucha contra el Plan Young. Pero, en la práctica, la concentración se convirtió en la primera gran demostración de fuerza que indicaba, ya con el apoyo de los medios de comunicación de Hugenberg, que el partido había crecido extraordinariamente. Asistieron 200.000 miembros del partido. Treinta trenes especiales condujeron hasta la ciudad a miles de miembros de las SA el 3 y 4 de agosto. La ciudad se vio repleta de uniformes, banderas al viento, bandas de música, militantes y simpatizantes llegados de Baviera, Austria y Schleswig-Holstein en su inmensa mayoría. Durante más de tres horas, Hitler vio como sus huestes desfilaban ante su Mercedes compresor, flanqueado por Pfeffer von Salomon, Hess y otros dirigentes del partido. Los sectores más radicales de las SA tuvieron conciencia de su fuerza creciente y propusieron acciones de fuerza: estaban convencidos de que podían tomar el poder con una acción audaz. Hitler les disuadió: había empeñado su palaba en alcanzar el poder por medios legales; y era el führer del NSDAP. En realidad, en ese momento (verano de 1929), las SA estaban en condiciones de movilizar los mismos efectivos que el ejército regular.


La campaña en sí misma puede considerarse el primer gran éxito táctico del NSDAP. El futuro führer era consciente de que si no quería aparecer como un socio secundario en la coalición debía conseguir que la campaña fuera un ensayo de movilización general en la que otros pusieran medios, escenarios y públicos, para que él y sus activistas pudieran convencerles de en qué opción se encontraba el futuro. 

Para ello consiguió elevar el tono de la campaña hasta el punto de que ningún otro partido fue capaz de llegar tan lejos y plantear propuestas tan audaces y radicales. El planteamiento de Hitler consistía en demostrar que la República de Weimar se estaba hundiendo y que en su caída estaba arrastrando a todo el pueblo alemán. La caída se estaba produciendo porque la república estaba carcomida por el afán de lucro y la usura, era hija de la traición y un títere de los “partidos marxistas” que, en cualquier momento, podían aprovechar la debilidad del Estado para plantear el ataque final. Ese era el peligro: la solución estaba en el radicalismo, la fortaleza, la agresividad y la capacidad activista del NSDAP

Hitler prometía: “Llegará el instante en el que los culpables del hundimiento de Alemania olvidarán la risa. El pánico les atenazará. Deben saber, también, que el juez llegará”. Estas palabras, pronunciadas en el curso de un mitin en la pequeña ciudad de Hersbruck, resonaron en toda Alemania gracias a la cadena mediática de Hugenberg. Él seguía creyendo que estaba ganando la partida porque era a través suyo que éste alcanzaba rango político nacional. Creía que controlaba una partida que ya se empezaba a jugar en otro terreno. Llama la atención que, desde ese momento, para evitar que el NSDAP progresara en medios proletarios, la izquierda empezó a caer en el error de presentar a Hitler como un títere de Hugenberg. No había nada más que comparar las huestes y a los mismos líderes, para darse cuenta de que el pequeño y débil “conserje”, seguido por unos cuantos miles de buenos burgueses temerosos del futuro, era la imagen misma del siglo XIX ante las huestes del NSDAP y ante la propia imagen de Hitler, desplazándose en avión, en coche, hablando hasta la extenuación ante partidarios cada vez más exaltados y en un lenguaje que era capaz de entender desde el obrero de la Krup hasta la misma dirección de la empresa, con sus mujeres incluidas. Hasta ese momento, el NSDAP estaba considerado como un partido extremista, poco serio, ridículo por su teatralidad, y por lo que se refiere a Hitler, los burgueses no habían olvidado sus tiempos de agitador de cervecería; su fama de revolucionario y rebelde les intranquilizaba. Mientras persistiera esa imagen el partido no podría roer las bases electorales de los partidos de derechas. 

El primer efecto de la alianza con Hugenberg era ampliar extraordinariamente la audiencia, lo segundo llegar hasta donde solamente llegaban unas pocas fuerzas: a todos los rincones de Alemania.

La campaña fue un fracaso. El referéndum dio una victoria amplísima a los partidarios de aceptar el Plan Young. La Freiheitsgesetz fue rechazada por el electorado. Pero esto era lo de menos. Apenas un 13,5% el electorado apoyo la Ley contra la esclavización del pueblo alemán. Era la cuarta parte de lo que necesitaban y un 5% menos de lo que habían obtenido el NSDAP y el DNVP por separado en las elecciones generales de hacía menos de un año. Pero todo esto era lo de menos: Hitler había irrumpido en la política nacional alemana. Ya no era ni un fenómeno bávaro, ni un ex convicto recién liberado dirigente de un partido descompuesto: era el cabeza visible, el más llamativo, de cuantos habían emprendido la campaña contra el Plan Young. Hitler, no sólo estaba royendo a los partidos de la derecha, sino que, bruscamente, se estaba convirtiendo en el político de más empuje de esa misma derecha.

Había otro elemento interesante en este episodio. Hitler, en el curso de la campaña contra el Plan Young pudo relacionarse con los capitanes de la industria pesada. Hasta ese momento, solamente había podido conocer a empresarios bávaros o a Fritz von Thyssen, pero estas relaciones no se habían traducido en grandes apoyos. No había tenido hasta ese momento, la posibilidad de explicarles sus posiciones. Ahora lo había hecho. La gran patronal alemana descubrió a un movimiento antimarxista enérgico, respetuoso con la propiedad privada, en el que podían confiar. Hitler siempre supo transmitirles seguridad y la sensación de que sabía en todo momento lo que había que hacer. Elsa Bruckmann, de soltera princesa Cantcucene, le había presentado al industrial Emil Kirdorf en 1926 a poco de salir de prisión. Kirdorf pagó las deudas del partido y en los años siguientes continuó siendo uno de los más sólidos puntales económicos del NSDAP. Las donaciones de estos industriales permitieron cambiar la sede del partido al Palais Barlow en la Briennerstrasse de Munich, rebautizado como “Casa Parda” (Braunes Haus). El edificio fue íntegramente reformado y el propio Hitler tuvo la última palabra en la decoración interior y los detalles del mobiliario. En su despacho figuraba, en lugar preferencial, un busto de Mussolini y un cuadro que reproducía un asalto del Regimiento List en Flandes. En la sala de reuniones contigua, una placa de bronce mostraba los nombres de los caídos durante el pustch de Munich.




[1] La biografía más accesible sobre Alfred Hugenberg es en estos momentos, la escrita por Jesse Russel y Ronal Cohn, publicada por Book on Demand, Miami, 2012. También en lengua inglesa puede consultarse Alfred Hugenberg and German politics, de John A. Leopold, Ann Arbor, Mich. : University Microfilms International, 1977. No existe ninguna obra dedicada a Hugenberg publicada en lengua castellana. Existe, sin embargo, una referencia tangencial a él en la obra de El periodista comprometido, coordinada por Pilas Bellido y Maribel Cintas, Centro de Estudios Andaluces, Consejería de Presidencia, Sevilla, 2009, págs.. 86 y sigs. Esta obra alude especialmente a las empresas periodísticas del grupo dirigido por Hugenberg. Joachim Fest lo describe como “bajo y rechoncho, con bigote poblado y corte de pelo a lo cepillo, con su apariencia marcialmente estilizada, daba la sensación de un portero jubilado, y no de un hombre de orgullosos y exigentes principios” (Hitler y la grandeza histórica, Editorial Noguer, Barcelona, 1974, pág. 297).
[2] Cf. J. Fest, op. cit., pág. 297.
[3] Ídem, pág. 298.

jueves, 2 de enero de 2020

CINE Y FASCISMO (4 de 4) – CONCLUSIÓN Y ANEXOS



Conclusión

El cine italiano del Ventennio es más un cine de entretenimiento que un cine de propaganda del régimen. Mussolini se preocupó mucho más de forjar una industria del cine nacional fuerte y con iniciativa, que un instrumento pasivo al servicio del régimen. Menos de un 10% de las películas filmadas en aquellos 20 años pueden ser consideradas como específicamente de propaganda política, directa o indirecta. Salvo Camiccie Nera, película de la que se dice que al verla proyectada Mussolini lloró, la mayoría de cintas de ese tipo demuestran que el fascismo hasta finales de la década de los 30 no situó en su justa medida el valor del cine como instrumento de propaganda política.

En este artículo nos hemos centrado especialmente en el cine de propaganda durante el Ventennio. Ha sido inevitable que mencionáramos las realizaciones del régimen en este terreno (especialmente de la Mostra Bienal de Venezia y del Instituto LUCE), pero también, a la hora de concluir este artículo, hay que destacar que la industria cinematográfica italiana, trabajó con bastante libertad durante el Ventennio y no fue, contrariamente a lo que algunos pretendieron, una mera correa de transmisión entre el régimen y las clases populares, principales consumidoras de productos cinematográficos. Eso fue lo que permitió que, durante el Ventennio, las vocaciones cinematográficas se formaran libremente y así fue como directores que, en la postguerra alcanzaron fama internacional (Antonioni, Rosellini, De Sica), pudieran adquirir una experiencia importante en aquellos años.

Pero es evidente que si hay que destacar alguna de las creaciones del fascismo en materia cinematográfica como muestra perenne de su tarea de gobierno en este capto habrá que aludir a la Bienal de Venecia que todavía hoy sigue siendo, junto con el festival de Cannes, una muestra de la vitalidad (decreciente, por cierto) del cine europeo frente a su competidor hollywoodiense. Esto es lo que ha quedado del régimen fascista en el campo de la cinematografía, eso y Cineccità, la ciudad del cine, que todavía hoy sigue funcionando a un aceptable ritmo de trabajo.

 

CINCO CURIOSIDADES SOBRE EL CINE FASCISTA

1. El Istituto Luce

La idea de crear un ente paraestatal dedicado a la cinematografía se decidió, inicialmente, al periodista Luciano De Feo, preocupado por la forma de educar mediante la imagen a la población analfabeta. El Istituto se creó oficialmente el 5 de noviembre de 1925 obteniendo la calificación de “Ente moral” de derecho público. Previamente había existido como sociedad anónima con el mismo nombre. En sus estatutos figuraba como finalidad del LUCE “la difusión de la cultura popular y de la instrucción general por medio de visiones cinematográficas, comercializadas en las mejores condiciones posibles y distribuidas con fines de beneficencia y propaganda nacional y patriótica”. Desde 1927 elaboró el Giornale Luce, (del que se produjeron 428 ediciones a partir de 1927) considerado hoy como el precedente de todos los telenoticias italianos.

Solamente a partir de 1935, el Istituto Luce creó el Ente Nazionale Industrie Cinematografiche (ENIC) completamente dedicado a la producción de películas de ficción. Su primera producción importante fue Scipione l’Africano (1937) dirigida por Carmine Gallone (el director dijo al acabar la película: “Si no le gusta a Mussolini me pego un tiro”... la película a pesar de no gustarle excesivamente al Duce fue bien acogida por la crítica y el público).

En 1936, el Istituto Luce que hasta ese momento había dependido directamente de la Presidencia del Gobierno (Mussolini), paso orgánicamente al Ministerio de Cultura Popular y ese mismo año, estableció su sede en Cinecittà.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial el instituto siguió existiendo y produciendo numerosos documentales y películas, dirigido entre otros por Liliana Cavai, Ettore Scola, y otros conocidos directores italianos, muy alejados del fascismo. En 2009, la sociedad se fusionó con Cinecittà Holding, constituyéndose en sociedad anónima con el nombre de Cinecittà Luce. Como colofón a esta historia cabe decir que el 6 de julio de 2012, se creó el canal YouTube en donde se están incorporando progresivamente las películas más representativas de la historia del cine italiano (y buena parte de las que aludimos especialmente en este artículo).


2. Sin novedad en el Alcázar

El episodio histórico del cerco del Alcázar de Toledo durante la Guerra Civil Española, paradójicamente, fue objeto de la filmografía italiana y jamás tuvo en el régimen franquista una película que le fuera dedicada. La película obtuvo un premio en la Mostra Internazionale d’Arte Cinematografica. Dirigida por Augusto Genina en 1940 su título original fue L’assedio dell’Alcazar y se rodó íntegramente en Cinecittà, salvo algunas escenas de exteriores que se rodaron en Toledo. La película y su difusión fueron favorecidas por el Ministerio dell’Informazione e Propaganda. La película fue filmada con un despliegue de medios poco común en las producciones de la época y en el mercado español se distribuyó con el nombre de Sin novedad en el Alcázar.

Además de la narración exaltada de los hechos históricos que se produjeron en torno al asedio, la película destaca por reconstruir la vida diaria de los sitiados, sus sensaciones, sus sentimientos y su temores. Es, indudablemente, una película de propaganda pero su éxito en la época se debe precisamente a que no fue solamente eso. El propio Michelangelo Antonioni, que luego alcanzaría fama mundial como director del neorealismo italiano, elogió la cinta cuando esta fue proyectada en la Mostra de Venezia. Decía Antonioni: “Entre los momentos mejor conseguidos anotemos el pánico al primer bombardeo, el matrimonio in extremis y los últimos combates; páginas cinematográficas que compensan el leve impacto inicial de la película”.

No se trató de la única película sobre la Guerra Civil filmada en Italia. Edgar Neville en 1939 filmó en aquel país el largometraje Carmen fra i rossi que poco después fue proyectado en España con el título de Frente de Madrid. Entre ambas versiones se produjeron cambios sustanciales como el papel de protagonista principal que en la versión italiana fue ocupado por Fosco Giachetti y en la española por Rafael Rivelles. La versión española se perdió y hoy se da como irrecuperable, mientas que la versión italiana fue proyectada en aquel país en 2006 en Bologna, en el curso del XX Festival del Cinema Ritrovato.


3. La Corona de Hierro

Rodada en 1941, La Corona de Hierro fue la gran triunfadora de la Mostra Internazionale d’Arte Cinematografica di Venezia. A su director, Alessandro Brasetti, le corresponde el título de mejor director italiano durante el Ventennio y, sin duda, el mejor director identificado con el régimen fascista. Después de cursar estudios en el Colegio Militar Italiano de Roma, atraído por el cine, ejerció como periodista y crítico del séptimo arte en el diario L’Impero. En 1926 fundó Il mondo e lo schermo, subtitulado “semanario ilustrado del conematógrafo”, que publicó un total de 22 números, sustituido luego por Lo Spettacolo d’Italia. Tras esta sólida experiencia como crítico abordó la filmación de películas fundando en 1928 la Cooperativa Augustus con la que filmó su primera película, Sole, en la línea ruralista del régimen. La película fue un fracaso comercial, pero Blasetti siguió en la línea emprendida filmando la primera cinta sonora italiana, Resurrectio (1930). Sus experiencias en cine histórico datan de ese mismo año cuando conoció a Ettore Petrolini, colaborando en la filmación de Nerone, con la que el régimen marcó su interés por las cintas de contenido histórico. En los años siguientes, Blasetti siguió filmando temas de interés para el fascismo (Terra madre en la que exaltaba la vida campesina, Palio de contenido populista), filmes impulsados por su creatividad mucho más que sugeridos por el régimen. Todavía hoy se duda si Vecchia Guardia fue filmada como testimonio de su fidelidad al fascismo o bien promovida por el régimen. Al producirse el hundimiento del fascismo, Blasetti no se sumó a la República Social evitando así la depuración de todos los elementos que habían colaborado con el régimen. Su habilidad consistió siempre en presentarse como mediador entre la industria del cine norteamericana y las necesidades de protección de la industria nacional. En la postguerra dirigió a los grandes actores del cine italiano y se integró como realizador en la RAI.

La Corona de Hierro fue presentada como producción “kolosal” del cine italiano, cosechando un gran éxito en ese país. Eran los tiempos en los que se intentaba favorecer la aceptación de la alianza con Alemania y, por tanto no puede extrañar que la película incluyera una serie de elementos “germanizantes” en la trama que no fueron apreciados en absoluto durante su estreno en Alemania (Göbbels comentó que hubiera sido menester “fusilar” al director...).

La trama cuenta a su manera una vieja leyenda itálica cristianizada. La Corona de hierro, ha sido forjada con uno de los clavos de la cruz de Cristo. La expedición que la transporta enviada por el emperador de bizancio al papa como signo de paz, atraviesa un territorio hostil en el que Licinio ha derrotado a Artace y se está a punto de firmar un tratado de paz que es arruinado con el asesinato de este último por parte de Sedemondo y estableciendo un régimen de esclavitud para su pueblo. Tras esto intenta apoderarse de la Corona de Hierro exterminando la escolta que la custodiaba, pero la reliquia se sustrae a la usurpación hundiéndose milagrosamente en la tierra. Una anciana profetiza que el comportamiento de Sedemondo será castigado, que al fratricida le nacerá una mujer y a la víctima un varón y que ambos se amarán trágicamente. Así ocurre en efecto 20 años después, haciendo efectivo su amor en medio de la resistencia de Sedemondo y bajo la amenaza de Eriberto, rey de los tártaros. Finalmente, tras indecibles penalidades, la reliquia recuperada, también milagrosamente, seguirá hasta su destino en Roma, mientras Arminio e Tundra se casan y pacifican el reino.

Blasetti siempre declaró –y es posible que esta fuera la intención originaria– que la cinta tenía una intención pacifista y era una fábula contra la violencia. En realidad, en esa época, las potencias del Eje, insistían en su voluntad pacifista y en su intención de negociar las cuestiones que les importaban. La película supone un punto de encuentro de muy distintos elementos, todos fácilmente reconocibles, desde la tragedia griega de Edipo, hasta el mito del Grial y desde las leyendas arcaicas itálicas hasta los viajes de Marco Polo, pasando por las sagas nórdicas, los cuentos de Andersen e incluso Tarzán.
Si hoy se recuerda todavía a la película es por el hecho de haber mostrado por primera vez el seno desnudo de una mujer (durante unos pocos segundos) en el cine sonoro italiano, el de Clara Calami.


4. Cinecittà. Obra predilecta del fascismo

En el barrio romano de Tuscolana (barrio que tanto en el período fascista como en el neofascista tuvo una gran actividad política, siendo la cuna de Avanguardia Nazionale), iniciaron sus actividades en 1937 los estudios de Cinecittà. Inicialmente, fueron propiedad de Cinecittà Luce, configurándose como el “vértice de la industria cinematográfica italiana”, incluida de la producción televisiva. Hasta 2010 se habían filmado 3000 películas en aquellos estudios, 90 de las cuales fueron nominadas para algún Oscar, obteniéndolo 47 de ellas. Los mejores directores de la postguerra (incluidos Fellini, Coppola, Visconti o Scorsese) trabajaron allí. En la Cinecittá sigue existiendo como sociedad privada con participación (minoritaria) del Estado, dirigida por Luigi Abete y compuesta por un amplio completo de edificio y estudios distribuidos a lo largo de 40 hectáreas en los que se encuentran 22 platós, aislados acústicamente, con sus servicios (camerinos, oficinas, salas de montaje, almacenes, etc). Los estudios disponen también de una piscina de 7.000 metros cuadrados y de servicios de postproducción, laboratorios, salas de proyección y de conferencias, restaurantes, etc.

A lo largo de 1931 las autoridades culturales fascistas se convencieron definitivamente de la necesidad de contar con un instrumento de cultura popular y de propaganda que, además, facilitara a la incipiente cinematografía italiana convertirse en una gran industria. En 1934, Luigi Freddi, militante de primera hora del Partido Fascista, futurista y amigo de Galeazzo Ciano, recibió el encargo de constituir una Direzione Generale della Cinematografia. Freddi, amigo del cineasta norteamericano Griffith, tomó como modelo para el proyecto, a Hollywood. Su idea era promover la creación de una gran industria nacional italiana que dispusiera de una infraestructura suficiente para facilitar el trabajo en todos los niveles. La Ley Alfieri, promulgada en 1939, asentó esta industria sobre la base de la autarquía y el proteccionismo hacia las producciones nacionales. Entre las iniciativas de su Direzione se constituyó el ENIC en cuyo ámbito nació Cinecittà.

El 26 de septiembre de 1935 un incendio destruyó la productora Cines de Via Veio, tras la cual Freddi habilitó en lo que entonces eran las afueras de Roma, en pleno campo, 50 hectáreas dedicadas a producción que ofreció a Cines y a otras empresas italianas del sector. La zona era propiedad de distintos aristócratas latifundistas y las obras iniciadas el 26 de enero de 1936 se concluyeron el 28 de abril de 1937.

Ese primer año se filmaron 19 películas, cantidad que fue aumentando con el paso del tiempo llegando a 48 en 1940, 59 en 1942 y 25 cuando tuvo lugar en hundimiento del fascismo en 1943. A partir de entonces, la República Social Italiana traslado la capital del cine a Venecia que ya por entonces había logrado una consolidada fama gracias al festival de cine bienal, en lo que se llamó Cinevillaggio. Cinecittà fue ocupado por los alemanes durante la guerra utilizándolo como cárcel para sospechosos de colaborar con la resistencia.


5. El festival de Venecia

Otra de las realizaciones del fascismo que sobrevivieron hasta el final del régimen y pudieron prolongar su vigencia hasta nuestros días, es el Festival Internacional de Venecia (también conocida como Biennale di Venezia o simplemente la Mostra de Venezia) cuya primera edición se abrió el 6 de agosto de 1932. La idea originaria surgió del conde Giuseppe Volpi di Misurata (que sería el primer presidente de la Mostra), del escultor Antonio Mariani y de Luciano Feo. El festival se considera que fue la primera manifestación internacional de este tipo. En aquella primera ocasión la Mostra se celebró en el Hotel Excelsior y registró la presencia de películas que han pasado a la historia del cine: Prohibido de Fran Capra, Gran Hotel de Edmund Gulding, Los Campeones de King Vidor, el Frankenstein de James Whale, etc.  Las salas donde se realizaban las proyecciones fueron frecuentadas por 24.000 espectadoras y asistieron las grandes estrellas de la época: Greta Gardo, Clark Gable, Fredric March, Wallace Beery, Hames Cagney, Loretta Young, John Barrymore, Joan Crawford, Vitorio De Sica, Boris Karloff, etc. La primera película proyectada fue El doctor Jekyll de Rouben Mamoulian.

Dado que la primera experiencia había sido todo un éxito de crítica y público, el gobierno italiano decidió celebrar una segunda muestra dos años después, del 1 al 20 de agosto de 1934. La única diferencia en relación a la primera edición fue que, así como la primera no fue competitiva, en esta segunda se distribuirían premios, el primero de todos, la Coppa Mussolini, para la mejor película. Aun no existía un “jurado” y los premios fueron otorgados en función de las opiniones de algunos expertos y del parecer del público. Otros premios instituidos entonces fueron la Grandi Medaglia d’Oro dell’Associazione Nazionale Fascista dello Spettacolo y los premios a la mejor interpretación que correspondió a Katherine Hepburn. A partir de la edición de 1935 y hasta la postguerra no se admitieron películas soviéticas.

En 1937 se inauguró el Palazzo del Cinema, de estilo modernista, que durante unos años fue sede de la Mostra. Hasta ese momento, el festival había podido ir creciendo en fama e influencia, sin embargo, a partir de 1938, el alineamiento de Italia con las posiciones del III Reich, modificaron la situación. Las películas alemanas, empezaron a ganar la partida a Hollywood y los actores y directores norteamericanos fueron pasando progresivamente a segunda fila. En ese año Olympia de Leni Riefenstahl recibió el máximo galardón. Era evidente que, el régimen fascista, además de promover la industria italiana del cine, estaba colaborando a la formación de un cine europeo que era mirado con desconfianza desde Hollywood. Esta tendencia quedó todavía más clara cuando ese año (1938) se celebró una retrospectiva dedicada al cine francés.

En los años siguientes, la agravación de las tensiones internacionales hicieron que el protagonismo del festival se centrara en las producciones de los países del Eje y de sus aliados, interrumpiéndose en 1943. No sería hasta 1946 con la guerra concluida, cuando el festival reabrió sus puertas.

CINE Y FASCISMO 1
CINE Y FASCISMO 2
CINE Y FASCISMO 3

CINE Y FASCISMO 4