Como se sabe Benedicto XVI era el último papa
de la profecía de Malaquías, quizás no tan antigua como se creyó, pero que, en
cualquier caso, desde el siglo XVII acierta en cuanto a las características de
los papas que se van sucediendo en el trono de San Pedro. Albino Luciani, como
se sabe estaba asociado al lema “luz blanca”, perfecta traducción de su nombre
laico. Juan Pablo II, “labori dei soli”, correspondía tanto a su carácter
trabajador como a la novedad de que fuera uno de los pocos papas rubicundos de
la historia. Y así sucesivamente. Da la sensación de que Malaquías o quien
fuera, percibió como en una perspectiva aérea y rápida las características del
reinado de los papas y retuvo en su memoria el rasgo que más le llamó la
atención, asociándola a un lema. A fin de cuentas, una profecía no es más que
la dramatización sensible de un hecho intuido. Pues bien, la lista de papas
aportada por Malaquías ya ha concluido.
Con Benedicto XVI ha tenido lugar una novedad
sin precedentes. No era normal encontrarse con un papa dimisionario. La
cuestión que se plantea es por qué ha dimitido. El decir que no se sentía con
fuerzas no sirve: ¿Con fuerzas para qué? A fin de cuentas, el antiguo miembro
de las Hitlerjugend y artillero de la FLAK, era un intelectual y si llegó al
papado fue precisamente por su superioridad en ese terreno. El intelectual lo
es hasta su muerte. Pero el intelectual no es, necesariamente un gestor
enérgico. Y todos sabemos que resulta muy difícil dirigir incluso una empresa
familiar con la bondad y la razón.
