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lunes, 24 de septiembre de 2018

365 QUEJIOS (137) – SI TE VAS DE VACACIONES ¿PORQUÉ SE OBSTINAN EN AMARGARTE?


Mis vacaciones han empezado hace unos días. Es bueno desconectar para conocer otros horizontes y cambiar de aires. España es cada vez más irrespirable. Siento tener que decirlo, pero cuando uno llega a otro país todo parece más sereno y calmado. Se nota haber dejado atrás el caos carpetovetónico. Nada de noticias alarmantes, Nada de colgajos amarillos y trapos raros, nada de títulos universitarios inmerecidos o inexistentes y nada de gritos de niños díscolos ante la mirada abúlica de sus padres. Incluso si preguntas algo se obstinan en contestarte. ¿Estoy definiendo una utopia imposible? No, me refiero a Portugal. Si todo esto lo dice alguien que ama a su Patria, puede entenderse que no solo me “duela España” sino que la sienta como una puñalaica en el costado. Pero de lo que me quejo es de que, hasta última hora, se empeñen en recordarte que aquí –esto es, allí, en España- ya casi nada funciona.

Ando por el Norte de Portugal, hace 40 años que no vengo por aquí desde aquel inolvidable agosto de 1975 en el que el Norte de Portugal, católico y conservador, derroto al Portugal de la Revolución de los Claveles. Solamente la llega del Regimiento de Artillería Ligera de Lisboa, el RALIS, la unidad más izquierdista de las fuerzas armadas consiguió restablecer el orden. Hubo un antes y un después de aquel agosto de 1975: antes, la extrema-izquierda dominaba desde el 25 de abril de 1973; después de las “misas por Portugal” celebradas en toro el Norte del país, la extrema-izquierda ya no volvió nunca más a levantar cabeza. Es más, los que quisieron hacer carrera política pasaron del MRPP y demás grupos maoístas o castristas, al Partido Socialista.

La primera en la frente: salgo de mi casa a 50 km del aeropuerto dos tres horas de anticipación. Calculo llegar una hora antes del embarque. El autobús que debería llevarme, llega con 45 minutos de retraso. La segunda en el estómago: el ambotellamiento de las calles de Barcelona a las 10 es mayestático. Llego al aeropuerto con apenas 30 minutos de anticipación sobre la hora de salida del vuelo. Entre la T1 y la T2, otro autobús, el que hace el camino opuesto al que he cogido, ha pinchado... y por algún motivo, hay que trasvasar a los pasajeros al nuestro. En tramo hasta la T2 se vuelve angustioso porque los pasajeros que vuelven son del Inserso y he visto caracoles paralíticos más rápidos. “Vamos a llegar tarde”, le digo al chófer. “Presente una queja”, me responde. Empiezo a ponerme nervioso porque el Prat es un aeropuerto elefantíaco. Dentro uno puede recorrer kilómetros hasta que llega a su puerta de embarque. Además, hay que superar el control de seguridad.

https://eminves.blogspot.com/2018/07/iberia-alternativa-mision-y-destino-de.html

Ahí ocurre lo inevitable. A pesar de que no hará ni unas semanas que hago el mismo recorrido, las normas van cambiando. Ahora, no solamente hay que colocar ordenador, tablet y demás “dipositivos de conectividad” fuera de las maletas, sino que, además, hay que colocarlos en bandejas separadas. Menos mal que para estos trances visto o chinos o pantalón corto y me preocupo de no llevar nada que pueda sonar en el arco de detección de metales. Da igual, porque si no es por una cosa es por otra, pero siempre, este tipo de control –inútil por lo demás- se lleva un buen rato. El segurata mira el ordenador de la chica que me precede como si fuera una mina antitanque camuflada. Tarda, inexplicablemente, un buen rato. Me temo que con el mismo argumento, se detendrá el mismo tiempo con mi ordenador, de la misma marca. Pero no, con el mío lo que pasa es que va en la misma bandeja que el tablet. Así que tengo que volver a pasarlo. Maldición. Al final, no le hace ni repajolero caso. Pero en el va y viene, desaparecen –quiero pensar que por mi culpa y no por su peligrosidad- media docena de zumos de frutos que había previsto para el viaje. Recorro los 500 metros que me separan de la puerta de embarque, las cintas transportadoras –pocas y lentas- no ayudan. Todo esta saturado de gente. ¡Que tiempos aquellos en los que los aeropuertos eran glamurosos y poco frecuentados! Al final, resulta que en lugar de iniciarse el embarque a la hora D, se hace a D+30 minutos. Una vez dentro del avión nos informan que lleva una hora de retraso…

Cuando dejo atrás el Prat y veo Barcelona desde lo alto, creedme que me satisface pensar que hasta dentro de dos semanas no volveré. Sé que nada de lo que puede encontrarme por delante será tan caótico como lo que he dejado atrás. Escribo esto entre la bruma de la costa  el silencio. Se oye, de tanto en tanto, alguna gaviota. Esto es vida. Es posible que lo que veo fuera de España no sea el “orden ideal” en el que sueño, pero, coño, todo es más racional, más serio, más coherente, menos escandaloso. Si bien no es suficiente, si es necesario para poder vivir tranquilamente.

https://eminves.blogspot.com/search?q=milicia


lunes, 13 de agosto de 2018

365 QUEJÍOS (106) – MASCOTAS EXÓTICAS


Hubo un tiempo en el que la gente tenía compañía porque tenía familia o estaba integrada en una familia. ¿Mascotas? Sí, claro que había mascotas: no había masía que no fuera guardada por un perro, lo más intranquilizador posible. Y luego estaban los que criaban pajaritos en la terraza (recuerdo ahora, por algún motivo, al marido de la protagonista de Plaça del Diamant, la novela de Mercedes Rodoreda) o el indiano que volvía con un animalico de aquellas lejanas tierras (habitualmente una cacatúa o un titi). Luego se impusieron las peceras (decían que inducían serenidad) y más tarde los perros de tamaño medio y los gatos. Una vecina tenía infinidad de gatos y me llamaba la atención porque toda su casa olía de forma particular. Otra, antigua corista venida a más, daba de comer a los que recorrían ociosos el solar de al lado. Pero fue en los años 90 cuando empecé a percibir que estaban irrumpiendo un nuevo tipo de animales domésticos: las especies exóticas. Y de eso me quejo: de que cada vez hay más.

Entiendo que algunas de estas especies se tengan en el campo. Yo mismo, opté por tener dentro de casa un murciélago, simplemente, porque se comía cualquier insecto que pudiera entrar. Su eficacia era mejor que la de cualquier insecticida. La única molestia es que, mientras estabas viendo la tele o leyendo, pasaba una sombra negra oscilante. Eso quería decir que había detectado algún insecto y se preparaba para ejercer su oficio. Luego conocí a un chica que tenía pirañas en la pecera. Luego cambio la piraña por una iguana (que se escapó) y la última vez que la vi iba con un hurón… Pero hay muchas más especies exóticas que gozan del favor de quienes quieren estar a la última moda: el minicerdo, el erizo africano, el dragón barbudo, la boa constrictor, el camaleón, etc, etc.
Hace unos años, estaba leyendo en un parque público de Barcelona por pura casualidad. Apenas había gente, pero apareció una pareja con una especie de gusano peludo y con patas, muy nervioso y al que llevaban con una correa. Era un hurón. El parque es grande, pero había poca gente. La parejita con el hurón se preocupó de pasar cerca de todos los que nos encontrábamos allí para que vieran que tenían una mascota exótica… Por cierto, aquel verano hubo una epidemia de pulgas en los parques barceloneses.

¿Mascotas? En ciudad, pocas. Tal debería ser el principio. ¿Exóticas? Menos aún. ¿Motivo? Están fuera de su hábitat y puede ocurrir lo que ocurrió en el parque que mencionaba antes. Mientras leía me di cuenta de que de un árbol en concreto llegaba un estruendo particular. Pude entender pronto lo que ocurría: había una colonia de cacatúas, especie hasta ahora inédita en los árboles de Barcelona. Seguramente, algunas cacatúas se habían escapado de sus jaulas o de los domicilio de sus propietarios y habían formado una colonia de cientos de cacatúas. Caso a tener en cuenta, porque, en general, todas las especies exóticas tienden a ser “especies invasoras” en hábitats que no les corresponden.

Habitualmente, una mascota “hace compañía” y sustituye a la familia que no se tiene o que está lejos (o se ha alejado). Es un simple “objeto de ocio”. El problema es que es un objeto vivo y requiere cuidados, de la misma forma que genera riesgos. Claro está que quienes tienen alguna mascota “la quieren mucho”, pero, cuidado: estamos hablando de una especie animal, irracional y que no quiere ni deja de querer. Defiende porque tiene instinto territorial, se siente próxima de aquel que le da de comer (otra amiga, por cierto, era propietaria de una empresa criadora de grillas; sí, de grillos vivos que se servían como alimento para estas especies exóticas), pero, no nos engañemos, ni nos entiende, ni se comunica con nosotros, ni nos quiere… eso son fantasías de quien quiere justificar tener una mascota en plena ciudad. Todo es, claro está, discutible, pero el problema es que en las grandes ciudades la mascota se comercializa como cualquier producto de teletienda: MASIVAMENTE. Y hoy, hace falta solamente asomarse a la calle para ver que hay demasiadas mascotas y que no solamente hace falta que el propietario de una se agache a recoger la caca, sino que debería también llevar una botella de seis litros de agua, para arrojar el pis a la alcantarilla: especialmente en verano.

Pero lo que ya está fuera de discusión es que las mascotas exóticas deberían de estar simplemente prohibidas: no es su hábitat, no pueden estar. ¿Y los propietarios? Yo les recomendaría que tuvieran hijos, que si necesitan compañía se apuntaran a algún club y que si quieren introducir el exotismo en sus vidas viajen. ¿Mascotas en ciudad? No, por favor. Peces, quizás. ¿Exóticas? Menos aún.

viernes, 13 de julio de 2018

365 QUEJÍOS (75) – VIVIR EN PUEBLOS PEQUEÑOS


En 1981 me vi obligado por las circunstancias (yo era entonces un “perseguido político”) a vivir una temporada alejado en el campo, en Francia. La experiencia me entusiasmó. En pocos meses aprendí el arte de la herrería, manejé hachas y motosierras, sembré y me alimenté con lo sembrado, manejé y monté caballos, maté a ovejas y cabras para comer, ordeñé, aprendí a hacer queso y mantequilla, cultivé –con gran éxito, hay que decirlo- champiñones y, por resumirlo, disfruté de la vida. Desde entonces me quedó el gusanillo de que la vida en el campo era una maravilla. Lo he intentado, y después de aquella feliz experiencia han seguido otras tres a este lado de la frontera, que no podrían calificarse como completamente satisfactorias. Me quejo de que vivir en pueblos pequeños ya no es como antes. Me quejo de que la modernidad lo ha arrasado todo: en las grandes urbes y en los terruños. Me quejo de que las ciudades son cada vez más hostiles, pero los pequeños pueblos no resultan tan acogedores como podría pensarse.

Vázquez Montalbán me definió como un “exiliado interior” a mediados de los años 60. Tenía cierta razón. El problema es la importancia que se le da a la noción de “exilio” y de “interioridad”. El exilio y la necesidad de huir por razones políticas me implicaron habituarme a vivir fuera de España y hacer de cada lugar en el que me encontraba una “patria”, en la que seguramente había algunos camaradas y, por tanto, una tarea común que hacer. Me habitué a vivir fuera del ambiente que me había visto nacer y entender la figura de los “nobles viajeros” de la antigüedad. Así que la noción de “exilio” fue para mí una epifanía. Luego vino en mi ayuda la noción de “interioridad”. Ésta solamente la puedes experimentar en toda su intensidad, cuando el rechazo a lo que te rodea te obliga a refugiarte en ti mismo: permaneciendo distante de “lo exterior”, encuentras refugio en “lo interior”. Eso me ocurrió en el primer período de cárcel en Francia, apenas 90 días, los suficientes para descubrir –a través de Julius Evola y de René Guénon, hay que decirlo- lo que “la interioridad” y su función.

Cuando todas estas peripecias terminaron, me sentí incómodo en la gran ciudad. Ruidos, olores, ambiente hostil, degradación creciente, nuevas construcciones que ocultaban sólo el desplome interior de la sociedad española que empezó en los 80, con el “desencanto” y que hoy persiste cuando ya nadie se acuerda de “los indignados”. Busqué experiencias de vida en el campo. Hoy estoy felizmente instalado en un pequeño pueblo de pescadores. Y, créanme, si uno acepta su situación de “exiliado interior”, éste es el mejor de los mundo. A 50 metros de casa, la playa. A 100 metros, en dirección opuesta, la montaña. Saliendo del casco urbano, el olor a porro y a gasolina quemada queda atrás, es difícil que un perro pulgoso te traspase su pasaje de pulgas, e incluso hay gente entrañable. Pero, no nos engañemos, ni pretendamos engañar: ni soy de aquí, ni siquiera pretendo integrarme aquí.

¿El motivo? Somos de donde somos. Yo soy de Tabarnia. Nací en la “Esquerra del Eixample”. "Soy" de allí. Puedo estar navegando sobre el Amazonas camino de Manaos con caucho en la bodega, puedo estar junto a las quimeras de Notre Dame de París o esperando un contacto en Carrara, puedo escribir un artículo en La Paz o refugiarme bajo una mesa en Beirut, incluso me puedo tomar un pescaíto frito y unas bravas en el Maresme o en una taberna de Santillana, pero no soy de ninguno de estos lugares. Sé muy bien quién soy y de dónde vengo: soy un hombre, tengo un lugar de origen y pertenezco a un linaje que se inició en el siglo XV, esa es mi identidad, no tengo otra. Puedo adaptarme y, de hecho no me cuesta mucho hacerlo, pero no soy del sitio en el que me encuentro. Ni siquiera pretendo serlo: la situación de “exilio interior” es mucho más cómoda. El lugar del que provengo (la ciudad de Barcelona, España) ya no existen como las conocí. Son otras y de ese lugar no soy yo.

El otro día lo hablaba con un abuelo de por aquí: no vale la pena tratar de integrarse porque en los pueblos pequeños la vida ha quedado tan descoyuntada e inorgánica como en las grandes ciudades, con la diferencia de que en Diagonal Mar o en la Zona Olímpica hay diferencias entre vecinos del mismo bloque, mientras que en un pueblo, lo que te impide integrarte es que está todo el mundo el peleado y las enemistades van por familias. Hacer amistad con unos, implica que otros te miren mal y a la inversa. ¿Entienden por qué no me interesa integrarme en nada?

La modernidad es inviable por su carga de valores individualistas y finalistas (paz universal, amor, fraternidad, humanismo). La ausencia de valores instrumentales (los necesarios en el día a día: honor, lealtad, sacrificio, esfuerzo), depreciados por la escuela, por los medios de comunicación y no transmitidos por ninguna institución, olvidados en la mayoría de familias, es lo que hace que la vida rural y urbana vayan degenerando progresivamente. No es que uno no pueda integrarse en un pequeño pueblo, es que no vale la pena hacerlo. Más que quejarme de eso, lo reconozco simplemente. Me quejo, eso sí, de que la vida ya no es como antes




viernes, 6 de julio de 2018

365 QUEJÍOS (68) – FARMACOS QUE NO CURAN


Leo hoy en La Vanguardia digital que el ministerio de sanidad ha retirado un centenar de medicamentos para la tensión. En condiciones normales la noticia ni me hubiera llamado la atención, pero dado que tomo unas pastillas para regular la presión arterial, la cosa era de mi interés porque lo que decía el medio era que “se ha detectado una impureza que podría provocar cáncer”. Si os estáis medicando por hipertensión os sugeriría que miraseis la noticia no sea que os zampando cada mañana cáncer con forma de remedio salvífico. La Vanguardia. Noticia originaria de la AEMPS en éste link  ¿Qué si me quejo? Claro que me quejo: me quejo de que nos vendan productos farmacéuticos que en lugar de sanar generen otras enfermedades.

¡Ah, y lo más bueno! Que la N-Nitrosodimetilamina (NDMA) en casi una veintena de fármacos producidos por prestigiosos laboratorios farmacéuticos ¡ha sido fabricada en China! Claro, como la “marca China” es sinónimo de chapuza, vamos a entregar a China la fabricación de moléculas que deberían sanar…

Durante muchos años he procurado evitar fármacos porque soy consciente de este tipo de problemas: es rigurosamente cierto que una infusión de hojas de olivo remedia, sin más, los problemas de la tensión arterial. De hecho, siempre que he vivido en el campo he procurado recurrir a la medicina natural de la zona y no me ha ido mal. No olvidemos que todos los remedios que se venden en las farmacias tienen principios activos salidos del mundo vegetal. Pero hay dos problemas: el primer de todos que uno ya no vive en el campo y el segundo que en cada época del año, el principio activo varía en cantidad en la naturaleza: No produce el mismo efecto, una infusión de hojas de olivo en verano que en invierno. Es la naturaleza. Y para remediar el problema está la farmacopea que te ofrece productos que tienen siempre la misma composición química y estabilizan lo que no está estabilizado en la naturaleza.

No es la primera vez que los fármacos antihipertensión generan problemas. Hace veinte años, los que estaban en el mercado tenían tendencia en determinados organismo a curar la hipertensión, pero su uso prolongado generaba parkinson. A partir de ese momento, los pacientes eran medicados para remediar esa enfermedad… pero los fármacos de la época parecían afectarles al corazón. Fue así como perdí a un amigo que tenía todavía mucha vida por delante.

Pero en los últimos veinte años parte de la producción farmacéutica internacional se ha trasladado a China. Y luego pasa lo que pasa. China, vale la pena no olvidarlo, es una dictadura en la que cualquier problema que pueda aparecer y que redunde en la pérdida de prestigio de su industria de exportación, puede ser considerada como “traición”, por tanto, fallos de seguridad, introducción de impurezas (como lo que ha ocurrido en este caso), son ignorados deliberadamente por los operarios y los técnicos, no sea que acaben en la mazmorra fría por años acusados de “sabotaje a la producción”.
En alguna otra ocasión he alertado sobre los riesgos de “la marcha China” (de ahí que no frecuente ni bares chinos, ni restaurantes chinos, ni todo a 100 chinos, no es por racismo es porque no quiero comer y utilizar bienes producidos sin el más mínimo respeto ni interés por los usuarios). Y ahora viene esto. También en los fármacos, en lo que debería curarnos, China ha introducido sus productos con el consiguiente efecto: lo que debería servir para curar alguna dolencia no particularmente grave, simplemente, nos apuntilla.

Lo peor es que el producto “posiblemente cancerígeno” (y sabemos lo que implica el “posiblemente” en esta materia) es que había sido aprobada por la FDA (agencia responsable de alimentos, medicamentos, cosméticos, etc) norteamericana en 1996… ¿Y Europa? ¿No tiene nada que decir Europa sobre esta aprobación? ¿Es que Europa debe limitarse a dar vía libre a todo lo que se aprueba en EEUU aun a sabiendas de que los “lobbys” serían capaces de vender a su madre si con ello obtuvieran un beneficio?

Me quejo de no saber ni lo que como, ni siquiera de si los fármacos que deberían curarme pueden generarme nuevas enfermedades.


domingo, 3 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (34) MOCIONES DE CENSURA ANTES QUE ELECCIONES

¿Qué respeto puede merecer el “presidente del gobierno” que llega al poder sin más que un aval parlamentario momentáneo en un marco político en el que el parlamento responde a las realidades de hace tres años y medio y no a las simetrías electorales de hoy? Está bien esto de que las mociones de censura prosperen y que se convoquen nuevas elecciones inmediatamente: y al Rey le hubiera correspondido disolver las cámaras y ¡fiesta! Pero que haya una moción de censura, se tumbe a un gobierno a causa de un cambalacheo oportunista y miserable de unos y de otros, y luego de ese cambalacheo surja un gobierno inestable, francamente, me parece casi un reclamo para reformar la constitución (por cierto, cuando un traje tiene una mancha, se lava; cuando está destrozado, se tira; y de la misma manera, cuando una constitución tiene un desajuste, se reforma, pero cuando toda ella es un arcaísmo viviente y ha demostrado ampliamente su ineficacia, se la tira a la papelera y se redacta otra, o se echa mano de alguna anterior).

Me estoy quejando de que la política ha dejado, desde hace mucho tiempo, de interesar al pueblo español, consciente en esto de que, gobierno quien gobierne, siempre la tarea del gobierno discurrirá por un camino que no ha sido abierto por la población, sino por los bulldozers de grupos de presión que no se presentan a las elecciones. Trump no está haciendo nada diferente a lo que hizo el moreno, ni el morenín hizo algo muy diferente  a lo que hizo su precedente, ni éste nada que no hubiera hecho antes su papá, Georges Busch… y así hasta remontarnos, más o menos, el período de Kennedy que, por cierto, renovó en Indochina lo que el presidente Polk en 1845 al iniciar las guerra con México o el presidente McKinley había hecho declarando la guerra a España utilizando un “casus belli” autoinducido (asesinato del presidencia vietnamita Diem ejecutado por la CIA y ordenado por JFK unas semanas antes de su muerte). Da la sensación de que los presidentes de los EEUU pasan, pero el stablishment permanece en su sitio desde hace 150 años. En España, lo mismo.

La corrupción le costó a Felipe González el cargo y se lo ha vuelto a costar a Rajoy. Corrupción que, en el caso del PP, procedía del período aznariano y que el gallego no había tenido carácter para erradicar. La fórmula de Rajoy sobre la presunción de inocencia y la independencia del poder judicial, es lo que le ha pasado factura: ha coincidido la titulitis enfermiza de la Cifuentes, la sentencia de la Gurtel y la detención de Zaplana, para terminar de rematar al gobierno Rajoy  al que, de lo más que se le puede acusar es de pasividad, indolencia, timidez y apatía en todos los frentes. Desde el caso Cifuentes se evidenció que el PP estaba debilitado y que, en todo, la tarea de gobierno implicaba más energía. Desde que estallara un caso tan simple que se hubiera resuelto simplemente con una exigencia de dimisión desde el primer día, se ha evidenciado, una vez más, que “al perro viejo todo se le antojan pulgas”.

Me quejo de que la moción de censura ha servido para derribar a un gobierno, pero no puede servir en absoluto para formar otro compuesto por un mosaico de partidos que no tienen nada que los una y los cohesiones, salvo el hecho puntual de echar a Rajoy. Con ese batiburrillo, es evidente, que no puede gobernarse y que cuando antes de convoquen elecciones mucho mejor. Así pues, en última instancia, de lo que me estoy quejando es de que no saber todavía el día que tendré que acudir a las urnas a votar el blanco o lo disfrutaré de un día de sol y playa figurando en el que espero que sea el partido mayoritario: el de la abstención. Porque, de lo que me quejo, a fin de cuentas, es de que ni en EEUUI, ni en España, unas elecciones han resuelto nunca gran cosa, sino que todo ha seguido como antes con unos figurones nuevos y con el stablishment (o los “poderes fácticos” como se hispaniza el término) que, esté quien esté, siempre serán los mismos.

Me quejo de que “en democracia”, tienes la garantía de que, de tanto en tanto, podrás votar, pero también de que los que mueven los hilos de la farsa son, a fin de cuentas, inamovibles.


viernes, 1 de junio de 2018

365 QUEJAS (33) – HAY MUCHO DESAPRENSIVO POR LAS REDES


… Sé por experiencia que la red es un basurero de resentimientos y el terreno privilegiado para que mierdecillas de todos los pelajes intenten aguijonear al objeto de su odio. No me quejaré de estos que, en el fondo, no hacen sino confirmar algunas de las intuiciones que todos tenemos (que entre los gilipollas, los canallescos y los hijoputescos, el aforo ya está completo). De lo que me quejo es de esa gente que te pide algo por Internet como la cosa más natural del mundo y te trasladan la carga de buscar algo que a ellos mismos les correspondería realizar. Y en este sentido, me ha pasado de todo.

Un día, el hijo de un conocido me pidió si le podía informar de un trabajo sobre uno de esos temas que conozco. La criatura tardó poco en decirme que el trabajo debía de ser tres folios y estar listo para dentro de hoy para mañana. Por la amistad que me unía con su padre, se lo envié. Ni se dignó hacer el acuse de recibo. No ha sido un caso único. Cuando, por primera vez, en 1996 alguien me enseñó cómo funcionaba eso de Internet y pude elegir entre ver la web del Vaticano o la del Play Boy (en España, lo que entonces se llamaba “bbs” (que hoy vienen a ser los blogs) se podían contar con los dedos de la oreja. Desde entonces he recibido decenas, seguramente más, de peticiones de gente que se ha puesto en contacto conmigo para que le facilitara lo que, buscando un poco, podría encontrar por sí mismo en Google. Se trata de gente –habitualmente estudiantes– que se han encontrado un procedimiento todavía más fácil que el “cut&paste” para elaborar sus trabajos: simplemente te lo encargan o te piden si tienes algo escrito sobre tal o cual tema. Y si cuela, cuela. De estos sí que me quejo. Pero hay algo todavía peor.

Me quejo especialmente de las propuestas, cada vez más frecuentes que te formula tal o cual web para que les envíes material elaborado… Como si escribir un artículo de uno o dos folios no se llevara su tiempo. En los seis meses me han propuesto en cuatro ocasiones cuatro el que envíe colaboraciones a distintos medios digitales recién estrenados. Dado que he colaborado con varios, alguien piensa que puedo colaborar con muchos más… ad honorem, es decir, sin ningún tipo de remuneración. Porque, hoy escribir 25 líneas para un digital es algo que ¡se paga! (poco, claro está, pero se paga: creo recordar que entre 1 y 5 euros… así es como está el mercado). Sin embargo, hay unos cuantos digitales que van sobreviviendo a condición de que sean otros los que aporten contenidos. He aceptado acuerdos de enviar contenidos a cambio de publicidad de productos propios y solamente con unos pocos digitales "simpáticos"… pero lo sorprendente es que, en los últimos tiempos, hay gente que te propone proyectos "kolosales" y de “gran calado”, dando por sentado que serás tú quien los ejecute y quien aporte los contenidos... ad honoren, en román paladino, “por la patilla”.

Seamos claros: NADIE DA ALGO –algo con mínima calidad- A CAMBIO DE NADA, NI SIQUIERA EN LA RED. Yo pediría a los amigos y conocidos que habitualmente suelen escribir, que se nieguen a entregar sus artículos a coste cero: les saldría más rentable abrir ellos mismos un blog, colocar publicidad contratada a través de Google y ganar, al menos, unos euracos al mes por el fruto de su trabajo. Pero eso de enviar, día tras día, semana tras semana, artículos de opinión y noticias para que los beneficios se los coman otros, eso sí que no. Pues bien, esa práctica es habitual en la red. De eso me quejo, de que hay mucho parásito y buscavidas por estos pagos.

Claro está que luego te dicen que los costes de “hosting”, que sí el local, que si el software, que si la publicidad para promover la web, todo ello (y las bravas con el gin-tonic que se atiza el “directos del medio digital”), absorbe costes y que “cuando haya beneficios” ya se pagarán los artículos”. Mentira: un digital digno se puede llevar por menos de 1.000 euros al año, todos los gastos, incluido el famoso “hosting” y el “software” (que incluso puede ser gratuito a poco que se tengan mínimas habilidades de programación). Si no hay beneficios… es que no hay lectores y en ese caso ¿para qué seguir con el “digital”? Si hay los millones de lectores que proclama cada digital –fácilmente comprobables en alexa.com- es que hay ingresos y si hay ingresos el autor de los artículos debe recibir una contraprestación. ¿Los ideales? Primero págame el artículo y luego decidiré si entrego ese beneficio “para la causa”…

Hace unos años, alguien me dijo que ponía al mes 2.000 euros para mantener un digital escandaloso y de nula credibilidad. Le contesté a esa persona que estaba siendo víctima de una estafa: cualquier iniciativa que, tras el lanzamiento, no se financia a sí misma, es mejor abandonarla. Si algo no es rentable a los dos años de nacer, nunca lo será. Salvo que algún parásito lo convierta en medio de vida, a condición de que otros pongan los contenidos… ad honorem, claro. De eso es de lo que me quejo y bien alto, porque son varios los amigos que han picado en otra edición del “consabido timo del camarada”.




miércoles, 30 de mayo de 2018

365 QUEJÍOS (31) DEJAD QUE LOS ENFERMOS PONGAN SUS CRUCES AMARILLAS


¿Están enfermos los independentistas? Lo están: el nacionalismo es una sífilis que corroe el cerebro, una de las coberturas más eficaces al nihilismo y el recuerdo de nuestra herencia animal (lo que Nietzsche decía sobre que “hemos recorrido el camino entre el gusano y el hombre y aún queda en nosotros mucho de gusano”). José Antonio Primo de Rivera situó al nacionalismo como “lo espontáneo” en contraposición a su concepción sobre la Nación concebida como una “unidad de destino” (que representaría “lo difícil”, antítesis de “lo espontáneo”). Debió llegar Konrad Lorenz para situarlo como una modulación del “instinto territorial” propio de las especies animales. Bien, pero todo tiene un límite. Porque una cosa es ser y sentirse apegado a la tierra que a uno le vio nacer, otra cosa es convertir ese apego en obsesión política (en “pequeña política”, tan distante de la “gran política” de la que hablara Nietzsche como un analfabestia puede estarlo del Nobel). 

Existe un nivel todavía más lamentable: cuando el nacionalismo se transforma en enfermedad y arrasa con la racionalidad. Es lo que en estos momentos está ocurriendo en Cataluña. Las cruces amarillas en las playas son muestra de que los servicios de salud mental de Cataluña (convenientemente transferidos desde hace décadas por el gobierno del Estado) no terminan de funcionar bien. Me quejo de que alguien se ha vuelto loco en Cataluña y la sanidad catalana no hace nada para impedirlo.

En pleno delirio de la ideología de género, el pasado día de la mujer trabajadores, un grupo feminista de Vinaroz llevó la playa de aquella localidad con 739 cruces contra los crímenes machistas de los últimos diez años. Son muchas cruces… porque ha habido muchos crímenes. Lo puedo entender. Lo que no puedo entender es lo de las cruces en las playas catalanas, cruces amarillo pálido, por más señas, como no sea para irse haciendo a la idea de que algo se ha muerto… y es, mira por dónde, el propio proceso soberanista que siempre ha carecido de pies y cabeza, siendo un mero tubo digestivo: comer recursos públicos para defecarlos en forma de propaganda soberanista.

Me dicen que las cruces las colocan unos “comités de defensa de la república” que es como decir un ente abstracto situado en el vacío en medio de la nada. República inexistente e inviable y comités que no son más que otra sigla de la CUP, los borrokillas gracias a los cuales Quim Torrat debe su cargo. Aquellos que convocaron una “huelga general” y provocaron un embotellamiento masivo ante la pasividad de los Mossos. Que también fue para quejarse.

Ha sido providencial esto de la plantada de cruces porque ha evidenciado que algunos sectores independentistas, incapaces de reconocer que su proyecto ha fracasado, han optado por lo siniestro. Yo no creo que valga la pena perder cinco minutos recogiendo estas cruces que, por sí mismas, son, no solamente el símbolo de un fracaso político y el epitafio del independentismo, sino la muestra más palpable de su estado de confusión mental: porque en los últimos 40 años, solamente el independentismo ha generado 5 víctimas mortales, cuatro miembros de Terra Lliure a los que les explotaron entre las manos las bombas que iban a colocar y una mujer que vivía en un edificio que se derrumbó en Berga a causa de un atentado de estos discapacitados mentales.

Si aceptamos que la vida es una tensión dialéctica entre Eros y Thanatos, el principio del placer y el principio de la finitud y la muerte, habrá que reconocer que a estos chicos que van realizando plantadas de cruces amarillo pálido, además de faltarles un hervor, deberían disfrutar un poco más de la vida, vivir sin tiempos muertos en lugar de exaltar la muerte de un proyecto político que desde el momento de su alumbramiento era puro cadáver. Me quejo, de que aquí en Cataluña, muchos precisan asistencia psiquiátrica y deberían luchar para que se ampliara el servicio del “Servei Catalá de Sanitat” en lugar de tratar de amargar la vida a los que disfrutamos (principio del placer) en las playas de la tierra que nos vio nacer. Las cruces a los cementerios y los proyectos muertos al basurero de la historia.



sábado, 26 de mayo de 2018

365 QUEJÍOS (27) ¿CERCANÍAS O BORREGUEROS?


Cuando estoy en España, evito al máximo bajar a Barcelona. Lo que ocurre es que algunas veces resulta inevitable. Suelo ir en tren… la R1, línea de cercanías. Acaso la peor línea de cercanías que alguien pueda concebir. A determinadas horas, creo que más del 50% de viajeros va si billete. Pero no me quejo de eso –aunque también- sino de los niveles de salvajismo que he llegado a ver en esa línea y que creo es único en España. Esa línea ha dejado de ser un tren de cercanías y se ha degradado en un borreguero de hace más de medio siglo: en efecto, en sus vagones circula mucho ganao de la peor especie.

No me extraña que cada año suban los billetes de RENFE: si cada vez pagan menos, alguien tiene que pagar más. Por supuesto, desde 2006 ó 2007, RENFE ha renunciado a que vayan revisores en el interior de los vagones. En aquellos años, ya intentaron linchar a alguno que se obstinaba en ser riguroso en su trabajo. A esto siguió la incorporación de seguridad, mucha seguridad en el interior de los trenes y en las estaciones. Por supuesto no sirve para nada: en las estaciones, los vigilantes tienden a ubicarse en los sitios menos expuestos y, deliberadamente, se alejan de los lugares por los que se cuelan los que quieren ir sin billete. Y los que iban en el interior de los trenes acompañando a los revisores hace tiempo que han desaparecido. Si en alguna ocasión hay una pareja, se limita a recorrer el tren de un extremo al otro, bajar en la siguiente estación y hacer otro tanto con el siguiente. Así que, primera queja: LA “SEGURDAD” EN LOS TRENES NO SIRVE ABSOLUTAMENTE PARA NADA. EN LAS ESTACIONES SIRVE AUN PARA MENOS.

En Canadá cuando vas a subir a un tren, hay un cartel que dice: Tickets pour l’honeur (Billetes, por el honor). Ni hay revisor, ni tienes que marcar el billete a la entrada, sino que simplemente, se te dice que puedes subir al tren dado que “por tu honor”, se da por supuesto, que tienes billete. En un país como España en donde el honor es algo que desde los años 80 no cuenta y que se ha retirado de la vida pública, un cartel así haría reír a los desaprensivos.

Pero lo peor no es que un cada vez más elevado porcentaje de viajeros vaya sin billete, lo peor es el ganao que corre por esa línea. Existen varios modelos:

1) aquel que sube al tren hablando por teléfono y 20 estaciones después sigue hablando a voz en grito (esto es particularmente grave entre andinos, africanos, chinos y magrebíes).

2) Luego está el colgao, empanao de los pies a la cabeza, con olor a porro ya impregnado hasta en el tuétano; hay que decir que es el que da menos problemas, simplemente se queda frito destilando ese olor característico que en la R1 ya es habitual y forma parte de la explosión de olores que el viajero experimenta al subir a uno de estos trenes (orines, sudores, porros).

3) También está el extranjero maleducado que ha salido de uno de los 750 clubs de cannabis existentes en Barcelona y antes de subir ha aprovechado para comprarse unas birras. Borrachuzos y colgados que no ahorran gestos para molestar a los viajeros y que les importa un pito lo que se pueda pensar de ellos o la sensación que puedan dar. Simplemente, no se enteran de nada.

4) Luego está el payaso que se cree que todos tenemos la obligación de escuchar su música. Música de mierda, claro está. Con móviles de mala calidad, atronando en el vagón.

5) No pueden faltar el gitano rumano con su música infumable, luego el rumano que pone pañuelos de papel con un mensaje escrito (que nunca me he molestado en leer) y que al cabo de un rato vuelve para recoger los beneficios (un día uno se olvidó un paquete cerca de mí, lo abrí y aquellos pañuelos parecían papel de lija del nº 3). Y así sucesivamente.

En fin de semana es todavía peor y si es a altas horas de la noche, peor todavía. Uno tiene la sensación de tener una experiencia similar a la descrita por Joseph Conrad en El Corazón de las Tinieblas (llevado al cine por Coppola en Apocalypse Now): a medida que la línea avanza (el río Congo en la novela y el Mekong en la película), el entorno se va haciendo cada vez más hostil y sombrío. Al final, el viajero tiene la sensación de que ha conocido “el horror”. Eso es la R1. Una de las líneas que merecen figurar como una de las más insoportables de los ferrocarriles mundiales.

DE ESO ME QUEJO Y SOBRE TODO DE QUE ESTO NO SEA UNA SITUACIÓN ANÓMALA Y RECIENTE, SINO QUE LA LLEVO EXPERIMENTANDO CADA VEZ QUE COJO ESTA LÍNEA, COMO MÍNIMO DESDE EL AÑO 2009… Porque lo peor de toda esta historia es que los poderes públicos ya se han resignado a que estas situaciones sean irreversibles. RENFE, por supuesto, aplaza la incorporación de nuevos convoys más cómodos y modernos. ¿Para qué si dentro de unos días van a estar destrozados, pintados y repintados por fuera y poblados por frekys y monstruitos llegados de los cuatro rincones del planeta y los ciudadanos que cada día acuden a su trabajo, pagan su billete, no dicen nada, protestan, ni se rebelan? DE ESO SI QUE ME QUEJO.


martes, 15 de mayo de 2018

365 QUEJÍOS (16) MALDITO SEA EL TURISMO MASIFICADO QUE HA DESFIGURADO MI CIUDAD


Uno de los motivos por los que me alejé de Barcelona es por tener conciencia de que el rumbo que le habían impreso los ayuntamientos que la dirigieron a partir de los mundiales de fútbol de 1982 era inviable y conducía directamente a la inhabitabilidad. En aquella ocasión, el ayuntamiento dirigido por Maragall descubrió que los italianos se encandilaban con las Ramblas y la arquitectura monstruosamente kistch de Gaudí. ¿Por qué no organizar unas olimpiadas? El socialista encontró eco en el Presidente del Comité Olímpico Internacional de la época, un franquista de tomo y lomo. Fue la santa alianza entre la socialdemocracia catalana y el desarrollismo franquismo. Pero no es de esto de lo que me quejo.

En 1992 tuvieron lugar aquellas olimpiadas y se urbanizó una zona abandonada de la ciudad que se intentó reconciliar con el mar. Como aquello no era suficiente porque la ciudad seguía hasta el Besós, se convocó un peripatético Forum Mundial de las Culturas doce años después, que supuso un nuevo aporte especulativo en la Diagonal Mar en 2004. A partir de ahí la cosa se desató: el turismo fue creciendo, la ciudad vaciada de sus habitantes de siempre, sus viviendas convertidas en hoteles galácticos, los edificios de barrios enteros transformados en pisos turísticos y la ciudad sufrió una segunda desfiguración en apenas 20 años. En efecto, a la que había aportado la inmigración masiva de carácter magrebí a partir de 1996, se unió la que trajo el turismo masivo e insostenible.

PERO HOY NO ME QUEJO DE TODO ESTO, SINO DEL GANADO QUE LLEGA A LA CIUDAD  CONDAL (y que no es otro que buena parte del que llega, igualmente, a cualquier otro lugar de un país convertido en reserva turística).

Personalmente, me gusta viajar: NO SOY TURISTA, SOY VIAJERO, me repito cada vez que cojo un avión para algún destino. ¿Qué diferencia hay entre ambos conceptos?

1) El turista vaga de una ciudad a otra sin importarle mucho lo que ve, piensa en pasárselo bien, es una actividad ligada a la dinámica hedonista. El viajero, no solamente quiere conocer otros países, sino impregnarse de ellos, observarlos, juzgarlos y entenderlos, aprender un poco más del mundo que le ha tocado vivir.

2) El turista no cambia su estilo de vida, sino que lo afirma allí a donde va: el putero busca putas baratas a cascoporro, el porrero mas canabinoides a menos precio, el alcohólico cervezas a 26 céntimos lata, el gay una buena red y el discotequero impenitente una ruta del babalao que absorba su semana de ocio. El viajero busca conocer otros pueblos y otras culturas, saber algo más sobre su presente y sobre su pasado.

3) El turista se adapta a lo que le ofrecen los paquetes turísticos más baratos y masificados. Si se encontrara en solitario ante unas ruinas históricas se sentiría mal: necesita masificación y proximidad humana, cuanto más agobiante mejor. El viajero busca él mismo organizarse sus viajes, los planifica, los prepara, los disfruta, en una palabra y sabe muy bien que los circuitos turísticos, son siempre trampas para incautas y para gentes poco exigentes.

ME QUEJO DE QUE EL TURISMO QUE LLEGA A BARCELONA HA DESBARATADO SIMPLEMENTE LA VIDA CIUDADANA Y QUE UNA PARTE IMPORTANTE, NI SIQUIERA PRECISABA PISOS TURÍSTICOS (QUE HAN ALTERADO HASTA DEJAR IRRECONOCIBLES ALGUNOS BARRIOS), HUBIERA BASTADO, A LA VISTA DE SU NIVEL DE EDUCACIÓN, CON ARROJARLOS A PORQUERIZAS Y CUADRAS PIOJOSAS. NI MERECEN MÁS, NI CONOCEN MÁS, NI SU NIVEL DE EDUCACIÓN EN LA CONVIVENCIA DA PARA MÁS.


jueves, 10 de mayo de 2018

365 QUEJÍOS (11): LOS ALARIDOS DEL NIÑO DE LA VECINA



Establezcamos un axioma (proposición suficientemente evidente como para no necesitar demostración): LOS NIÑOS ESPAÑOLES SON MÁS CHILLONES QUE EN CUALQUIER OTRO PAÍS DEL MUNDO (incluidos los países más chillones del tercer mundo). Me quejo de eso: NO SABEMOS EDUCAR LA VOZ DE NUESTROS NIÑOS. CUANDO JUEGAN, LO HACEN A TRAVÉS DE ONOMATOPEYAS Y ALARIDOS. Cualquier viajero sabe que esto ocurre solamente en España. Harina de otro costal es explicarse el por qué.

En cierta ocasión, sentado en un restaurante, la niña de apenas tres años de la mesa de enfrente empezó a gritar, sus padres y familiares no la calmaban así que comenté en voz alta lo inútiles que eran y que ni siquiera se preocupaban de educar a su hija para que no molestara en los locales públicos. Por increíble que pueda parecer, los padres –que me habían oído perfectamente- prefirieron abandonar el local antes que enseñar a la niña que en lugares públicos no se chilla. En los últimos años, confirmando la anécdota, debo decir que no he visto a padres que se esforzaran en educar la voz de sus hijos (que es como educarlos a ellos mismos). Da la sensación de que la actual generación de padres considera que cualquier reconvención, regañina o simplemente intento de rectificar el carácter de su vástago, vaya a castrarlo y sea algo inhumano. El resultado es que, cuando alcanzan los 14 años, ya resulta imposible que aprendan a modular la voz.

Por lo demás, una de las muestras del fracaso educativo de la enseñanza primaria es que en España, los niños se comunican POR ONOMATOPEYAS, MUCHO MÁS QUE CON FRASES CONSTRUIDAS MEDIANTE VOCABLOS. Y esto,  también, es algo que solamente existe en España. He contado en varias ocasiones que, en cierta ocasión, en Praga, dentro de un par, en la mesa de al lado, estaban sentados merendando un grupo de cuatro niños de 12-13 años ¡y hablaban entre ellos! ¡ni gritaban, ni se comunicaban por onomatopeyas, ni mediante alguna red social! ¡ESTABAN HABLANDO! Era algo que hacía tiempo no veía en España. En otra ocasión, en Québec, en un fast-food en el que me encontraba, entraron como 90 jóvenes escolares. Me horroricé: algo así en España equivalía a tener que evacuar el local ante los gritos, los chillidos, las peleas, la música, etc… Al cabo de poco rato vi que los profesores tenían perfectamente controlada la situación: TODOS ELLOS SE COMPORTARON CÍVICAMENTE.

¿El balance? ESTAMOS FORMANDO ENERGÚMENOS A FUERZA DE RENUNCIAR A EDUCARLOS. Educar quiere decir RECTIFICAR las tendencias y transmitir hábitos sociales correctos. Implica, naturalmente, ejercer presión sobre el niño: pero es rigurosamente necesario. O de lo contrario, lo que va creciendo es una raza asilvestrada incapaz de vivir en sociedad y de comunicarse de manera racional. ESTO ES LO QUE TENEMOS HOY. Corresponde a los sociólogos y educares explicar cómo hemos llegado hasta ese punto. Pero es una situación que resulta imposible de soportar.

En mi pueblo, procuro no salir a la misma hora que sueltan a los niños de los colegios. Cada día que veo el espectáculo de los niños saliendo de la escuela, no sé por qué, recuerdo aquellas películas del Oeste en las que se producía una estampida de búfalos. Pues lo mismo.

LO ESENCIAL PARA MANTENER LA CONTINUIDAD DE UNA SOCIEDAD ES ESTABLECER CÓDIGOS DE COMUNICACIÓN ENTRE SUS MIEMBROS: CUANTO MÁS SOFISTICADOS SON ESOS CÓDIGOS Y MÁS ELABORADOS, MAYOR ES EL NIVEL CULTURAL Y EDUCATIVO DE ESA SOCIEDAD –implica que todos sus miembros se han esforzado en alcanzar unos mismos estándares aceptados por todos- CUANDO MÁS SIMPLES, PRIMITIVOS Y ONOMATOPÉYICOS SON ESOS CÓDIGOS, MÁS PRIMITIVA ES UNA SOCIEDAD. Si hemos de vivir los decibelios que emiten las jóvenes generaciones, hay que reconocer que la sociedad española se ha degradado al nivel de los neandertales recién bajados del árbol.

La generación en la que me eduque y la generación en la que he educado a mis hijos eran capaces de gritar más y mejor que la de ahora. PERO SABÍAMOS CONTROLAR EL SONIDO, MODULAR LA VOZ Y SUBORDINAR NUESTRO IMPULSO A LA NORMA SOCIAL ACEPTADA DE NO CAUSAR MOLESTIAS A LOS VECINOS. De eso me quejo. De que de esto ya no quede ni rastro.