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domingo, 18 de noviembre de 2018

365 QUEJÍOS (200) – SER PADRES, ALGO PROPIO DE HÉROES


Me quejo de que la procreación es un instinto que está “out”. Va a menos. Lo sabemos todos: cada vez tenemos menos hijos (o no tenemos), los tenemos cada vez más mayores o nos vemos obligados a recurrir a métodos alternativos para satisfacer nuestro instinto de padres (fecundación in vitro, adopciones, vientres de alquiler). Todo esto resulta mucho más curioso y contradictorio, si tenemos en cuenta la verdadera masacre ocasionada por abortos y píldoras del día después. Considero estas tendencias, contradictorias entre sí, como otro más -entre los importantes- de los signos de la decadencia de europea. Hará treinta años me sorprendí cuando me dijeron que tres hijos ya constituían una “familia numerosa”. Yo pensaba -ingenuo de mí- que “numerosa” eran las familias a las que el franquismo daba el “Premio Nacional de Natalidad”: ocho o nueve hijos, como mínimo. Hoy tener un hijo es un lujazo. Y tal como está la vida en España, es un acto para el que hay que ser plenamente consciente. Lo digo sin ironías de ningún tipo: hoy, para ser padres, en España, hay que estar dispuesto a derrochar el mismo valor que un héroe en el campo de batalla.

La paternidad en Europa y entre la raza blanca, atraviesa malos momentos. Me preocupa la raza blanca, porque, esa es mi identidad. No veo que chinos ni africanos tengan el mismo problema, francamente: ellos tienen asegurado su futuro. La raza blanca, la mía, parece estar abocada a la implosión. Dicen los sociólogos y los demógrafos que cuando un pueblo alcanza cierto nivel de confort y resuelve los problemas de la mortalidad infantil, deja de preocuparse por tener hijos. La tesis dista mucho de estar demostrada: aquí, los inmigrantes que llegan de fuera, siguen teniendo los mismos hijos que han tenido siempre. Esta ley sociológica parece cumplirse solamente con los nacidos blancos y europeos.

¿Tener hijos? ¿por qué? ¿para qué? Ya es curioso que tengamos que mencionar algo que, antes se daba por sentado: ¿Cómo que por qué? Para perpetuar el propio linaje, por eso. La condición humana se levanta sobre un sustrato biológico: somos mamíferos superiores y, por tanto, tenemos todos los instintos propios del orden taxonómico al que pertenecemos: instinto de supervivencia, instinto territorial, instinto de agresividad. Solo que los humanos los “modulamos” a través de estructuras o categorías sociales: el instinto territorial pasa a ser el patriotismo, el instinto de agresividad se concentra en la milicia, el instinto de supervivencia en el sexo y en la procreación.

Una concepción de este tipo es “peligrosa” y choca directamente con las ideologías de género. Porque está claro que si se acepta esto (y parece difícil negarlo a la luz de los conocimientos de la biología y de la etología), las “ideologías de género” resultan descartables: las relaciones homosexuales valen como muestra de libertad de opción, pero no son la traslación de nuestros “instintos animales”, sino, más bien la manifestación de preferencias personales que, por distintos motivos, se manifiestan en individuos de cada género que, en ejercicio de su libre albedrío, al optado por una forma de sexualidad que distinta a la impuesta por el hecho biológico.



Sorprende que, en la actualidad, la paternidad sea torpedeada desde tantos puntos de vista: no nos referimos a las “ideologías de género”, sino, más bien a hechos bastante más importantes y sólidos: los ritmos de vida, la alimentación, factores aún desconocidos, influyen negativamente en la capacidad de procreación. Cada vez hay más mujeres y hombres que no poseen la capacidad de procrear. Que esto está ligado a la presencia de pesticidas o de determinados productos químicos parece indiscutible (entre los agricultores que, en teoría están más próximos a la naturaleza, la esterilidad es una verdadera epidemia constatada estadísticamente). A nadie, por supuesto, parece preocuparle: quien quiera ser padre tiene la opción de adoptar un niño.

La adopción no es algo nuevo. Se ha hecho siempre: en la antigua Roma era frecuente que un emperador “adoptara” al hijo de alguna familia patricia, lo educara y lo nombrara sucesor suyo. Sin embargo, esta práctica se ha convertido hoy en un simple negocio: no existe actividad humana alguna que el capitalismo no haya pervertido. Se compran niños a bajo precio y se venden caros. Las comisiones a repartir entre las partes implicada en este comercio son sustanciosas.

Y ya tenemos a nuestra familia, con 1,4 niños por pareja por término medio, que tiene lo que la naturaleza le obliga a tener para perpetuar la especie: un hijo. Ahora toca educarlo. Es ahí en donde deberá sortear a lo largo de dos décadas, todas sus habilidades para que el hijo no descarrile. Los obstáculos serán muchos: la estupidez del sistema educativo, los compañeros y los padres de compañeros asilvestrados, las muchas distracciones existentes en la oferta de ocio para niños, los malos ejemplos, que siempre son superiores a los buenos, la litrona, el porrito, a los malos hábitos derivados de la ley del mínimo esfuerzo, y, claro, como lo que tenemos es 1,4 niños/pareja, se lo merece todo, la manifestación de cualquier deseo, de todo capricho, la insinuación de que quiere algo que otros amigos tienen, es suficiente como para que no se lo escatimemos. ¿Regañarle? Pero si la criatura es un cielo, el rey de la casa, emperador de nuestra vidas y tiranuelo de toda la familia… Si le decimos que no a algo, corremos el riesgo de hacer de él un desgraciado reprimido; hay que persuadirle, en absoluto obligarle; hay que respetar su deseo, nunca forzarlo a nada; debe educarse en libertad, nada de imposiciones… Y luego pasa lo que pasa: que, a la que nos descuidemos, el niño se ha habrá convertido en un ni-ni para toda la vida, nadie le habrá enseñado a luchar por nada, carecerá de valores, por carecer, ni siquiera tendrá identidad, personalidad o rasgos distintivos: será igual a cualquier otro ejemplar de su generación surgida del fracaso escolar.

No me digan que no es para admirar la tarea de los que, consciente y responsablemente, deciden hoy ser padres. Y digno de una medalla al mérito el de aquellos padres que, además de querer serlo, son capaces de ejercer ese oficio con éxito. Yo los comparo a héroes: el héroe es aquel que realiza las misiones más peligrosas y demoledoras, en el curso de las cuales debe permanecer desde el primer momento hasta el último en el que culmina su misión, alerta, en guardia, con los ojos abiertos, dispuesto siempre a entrar en acción para salvar la posición o alcanzar el objetivo propuesto.

La educación de los hijos es más importante que el tenerlos. Es ahí en donde se demuestra el heroísmo, la abnegación y la entrega. O mucho me equivoco, en la actualidad, solamente hay una minoría de parejas heterosexuales que hayan decidido, consciente y responsablemente tener hijos. Pero, de estos, creo -a la vista de lo que se ve en las calles de nuestro país- que solamente una minoría son capaces de educarlos. Y de estos, es muy probable, que, como ocurre en cualquier misión, muchos de ellos no alcancen el objetivo propuesto.

No es de ahora, la crisis de la procreación empezó hace cuarenta años (fue e Guerra, ese que ahora va diciendo incluso cosas sensatas sobre el independentismo catalán, el que dice en 1983 que había que quitar los “puntos” -pequeños complementos de suelto que se daban a los trabajadores por cada hijo- del salario porque era “fascista”…). Ahora no es una crisis: es un verdadero holocausto. Luego vino la crisis de la enseñanza, la crisis de las costumbres y ahora estamos inmersos en la crisis de las identidades sexuales queridas por las “ideologías de género”. Para que venga alguien y me diga que los padres de hoy no están abocados a una tarea heroica. Son los nuevos “últimos de Filipinas”.

martes, 26 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (58) – LA EDUCACIÓN DE LOS PEQUEÑOS


Hoy, quienes verdaderamente merecen una Laureada de San Fernando en España son los padres. No hay acto más heroico en la sociedad española de 2018 que el desear tener conscientemente hijos y estar dispuestos a educarlos. No me voy a quejar de que los héroes siempre son una minoría, ni que la imagen de los padres empieza a ser una especie en vías de extinción (Cataluña es una de las zonas del planeta en donde la natalidad está más baja, a pesar de la aportación de 1.500.000 inmigrantes en los últimos 20 años y, ni aún así). De lo que me voy a quejar es de que nadie parece haber enseñado a los padres a educar a sus hijos.

Si alguien pretende superar a la familia como “célula base de la sociedad”, lo tiene claro. El inevitable fracaso de los “nuevos modelos familiares” degradará la vida comunitaria al nivel de “tribu” en su acepción africana: es decir, donde no existen familias estables y, por tanto, no existe la posibilidad de educar a los hijos en el seno de la familia, siendo encargada “la tribu” de hacerlo a través de alguna institución interpuesta creada al efecto. La familia, habrá que recordarlo, es una institución extendida en todo el universo indo-europeo, mientras que la “tribu” –al menos la forma a la que nos dirigimos- es fundamentalmente africana. Hay que ir con cuidado con los experimentos de “fusión” y “mestizaje” porque nunca sitúan su resultado en un nivel intermedio, sino inferior a las dos partes. Haga fusión entre Beethoven y el rap y lo que tendrá será un producto infumable.

No nos desviemos. La ruptura entre las generaciones fue en los años 60 el primer problema con el que se encontró la educación de los hijos. Esta ruptura se debió a los cambios rápidos de civilización: los padres ya no comprendían el mundo de sus hijos, ni tampoco podían dedicarles mucho tiempo a su educación porque, tras la segunda guerra mundial, con la incorporación de la mujer al mundo laboral, quedó abolida la división de funciones en el seno de la familia. Los padres encargaban –como se había hecho, más o menos, siempre- a los abuelos el cuidado de sus hijos. A mediados de los años 70 se impusieron los métodos de educación antiautoritarios. Fue un error y de ese error me quejo como de que no aparezcan pedagogos capaces de proponer una marcha atrás.

Los padres intentan hoy ser “amigos de los hijos”, intentan razonarles, no imponerles criterios autoritarios, no gritarles ni darles órdenes, tratar de convencerlos de que hagan o coman esto o aquello… Lo he visto en innumerables ocasiones –soy abuelo, así que sé de lo que hablo- en parques públicos, en transportes, en locales: cualquier cosa antes de ordenarles o imponerles algo. ¿No quieren comer? ¡Que le vamos a hacer! ¡lo hemos intentado! Cualquier cosa antes que hacer algo que contravenga la voluntad del pequeño y si se trata de torcer esa voluntad que sea mediante el convencimiento racional…

Lo que es la ignorancia: hasta los 7 años el cerebro del niño no está completamente formado. Hasta esa edad carece de “uso de razón”, por tanto, todo lo que sea razonar con él, es completamente inútil. El niño se mueve por impulsos, instintos, no por razonamientos. Por tanto, todos los padres que antes de esa edad quieren “razonar” con sus hijos es como si lo hicieran con una pared. El niño ni lo entiende, ni lo retiene. Antes de esa edad lo que hay que enseñarles son “dinámicas”: la de comer, la de jugar, la de ordenar lo que ha desordenado, la de hacer sus necesidades y mantener higiene personal, la socialización con otros niños, valorar y adiestrarle en los “buenos instintos” y enseñarle lo que es “malo” y que no deberá hacer nunca. No es importante que comprenda los motivos, sino habituarlo a esa dinámica. Será a partir del momento en que tenga “uso de razón” cuando habrá que hacerle entender los motivos. Antes es inútil. Y es justamente la tendencia que sigue la educación moderna en el seno de la familia. ¿El resultado? Que los niños no aprenden dinámicas sino a moverse por impulsos adquiridos cuando eran los “reyes de la casa” y su voluntad era ley. Es así como tenemos desde hace unas décadas a pequeños dictadores y no a hombres y mujeres dignos de tal nombre de tamaño pequeño…

Me quejo de que hay algo todavía peor que la caída de las tasas de natalidad. Me quejo de que una gran parte de los padres tratan de razonar con niños de año y medio o tres años, como si se tratara de premios Nobel. En otras palabras: me quejo de que no saben educar a sus hijos. Me quejo de que uno de los frentes en donde la crisis social del siglo XXI es más estridente y grave es en la educación, incluida la educación en el seno de la familia.

jueves, 10 de mayo de 2018

365 QUEJÍOS (11): LOS ALARIDOS DEL NIÑO DE LA VECINA



Establezcamos un axioma (proposición suficientemente evidente como para no necesitar demostración): LOS NIÑOS ESPAÑOLES SON MÁS CHILLONES QUE EN CUALQUIER OTRO PAÍS DEL MUNDO (incluidos los países más chillones del tercer mundo). Me quejo de eso: NO SABEMOS EDUCAR LA VOZ DE NUESTROS NIÑOS. CUANDO JUEGAN, LO HACEN A TRAVÉS DE ONOMATOPEYAS Y ALARIDOS. Cualquier viajero sabe que esto ocurre solamente en España. Harina de otro costal es explicarse el por qué.

En cierta ocasión, sentado en un restaurante, la niña de apenas tres años de la mesa de enfrente empezó a gritar, sus padres y familiares no la calmaban así que comenté en voz alta lo inútiles que eran y que ni siquiera se preocupaban de educar a su hija para que no molestara en los locales públicos. Por increíble que pueda parecer, los padres –que me habían oído perfectamente- prefirieron abandonar el local antes que enseñar a la niña que en lugares públicos no se chilla. En los últimos años, confirmando la anécdota, debo decir que no he visto a padres que se esforzaran en educar la voz de sus hijos (que es como educarlos a ellos mismos). Da la sensación de que la actual generación de padres considera que cualquier reconvención, regañina o simplemente intento de rectificar el carácter de su vástago, vaya a castrarlo y sea algo inhumano. El resultado es que, cuando alcanzan los 14 años, ya resulta imposible que aprendan a modular la voz.

Por lo demás, una de las muestras del fracaso educativo de la enseñanza primaria es que en España, los niños se comunican POR ONOMATOPEYAS, MUCHO MÁS QUE CON FRASES CONSTRUIDAS MEDIANTE VOCABLOS. Y esto,  también, es algo que solamente existe en España. He contado en varias ocasiones que, en cierta ocasión, en Praga, dentro de un par, en la mesa de al lado, estaban sentados merendando un grupo de cuatro niños de 12-13 años ¡y hablaban entre ellos! ¡ni gritaban, ni se comunicaban por onomatopeyas, ni mediante alguna red social! ¡ESTABAN HABLANDO! Era algo que hacía tiempo no veía en España. En otra ocasión, en Québec, en un fast-food en el que me encontraba, entraron como 90 jóvenes escolares. Me horroricé: algo así en España equivalía a tener que evacuar el local ante los gritos, los chillidos, las peleas, la música, etc… Al cabo de poco rato vi que los profesores tenían perfectamente controlada la situación: TODOS ELLOS SE COMPORTARON CÍVICAMENTE.

¿El balance? ESTAMOS FORMANDO ENERGÚMENOS A FUERZA DE RENUNCIAR A EDUCARLOS. Educar quiere decir RECTIFICAR las tendencias y transmitir hábitos sociales correctos. Implica, naturalmente, ejercer presión sobre el niño: pero es rigurosamente necesario. O de lo contrario, lo que va creciendo es una raza asilvestrada incapaz de vivir en sociedad y de comunicarse de manera racional. ESTO ES LO QUE TENEMOS HOY. Corresponde a los sociólogos y educares explicar cómo hemos llegado hasta ese punto. Pero es una situación que resulta imposible de soportar.

En mi pueblo, procuro no salir a la misma hora que sueltan a los niños de los colegios. Cada día que veo el espectáculo de los niños saliendo de la escuela, no sé por qué, recuerdo aquellas películas del Oeste en las que se producía una estampida de búfalos. Pues lo mismo.

LO ESENCIAL PARA MANTENER LA CONTINUIDAD DE UNA SOCIEDAD ES ESTABLECER CÓDIGOS DE COMUNICACIÓN ENTRE SUS MIEMBROS: CUANTO MÁS SOFISTICADOS SON ESOS CÓDIGOS Y MÁS ELABORADOS, MAYOR ES EL NIVEL CULTURAL Y EDUCATIVO DE ESA SOCIEDAD –implica que todos sus miembros se han esforzado en alcanzar unos mismos estándares aceptados por todos- CUANDO MÁS SIMPLES, PRIMITIVOS Y ONOMATOPÉYICOS SON ESOS CÓDIGOS, MÁS PRIMITIVA ES UNA SOCIEDAD. Si hemos de vivir los decibelios que emiten las jóvenes generaciones, hay que reconocer que la sociedad española se ha degradado al nivel de los neandertales recién bajados del árbol.

La generación en la que me eduque y la generación en la que he educado a mis hijos eran capaces de gritar más y mejor que la de ahora. PERO SABÍAMOS CONTROLAR EL SONIDO, MODULAR LA VOZ Y SUBORDINAR NUESTRO IMPULSO A LA NORMA SOCIAL ACEPTADA DE NO CAUSAR MOLESTIAS A LOS VECINOS. De eso me quejo. De que de esto ya no quede ni rastro.