viernes, 17 de enero de 2020

Alemania 1930: 107 diputados con camisa parda (8 de 10) - EL PROBLEMA CON LAS SA BERLINESAS: LA REVUELTA DE STENNES


El 5 de diciembre de 1928 se produjo un incidente armado en la frontera boliviana cuando el fortín Vanguardia atacado y destruido por una unidad del ejército paraguayo. El fortín se encontraba en la región del Chaco que ambos países se disputaban. Cinco soldados bolivianos resultaron muertos, otro cayó prisionero y las instalaciones resultaron destruidas. El gobierno boliviano de la época recurrió al general prusiano Hans Kundt[1] que había pisado por primera vez el país durante el gobierno del presidente Montes Gamboa en 1908 como jefe de una misión alemana de adiestramiento. Kundt se sintió identificado con el pueblo boliviano y contribuyó a la reorganización de su ejército. Los soldados le apreciaban por el interés que puso siempre en mejorar las condiciones de vida de la tropa. En 1914 había regresado a Alemania al estallar la Primera Guerra Mundial en la que alcanzó el rango de general de división. En 1921 regresó a Bolivia en donde se le ofrecieron los puestos de jefe de Estado Mayor y Ministro de la Guerra (que ocupó en 1923), reconociéndole el generalato. Las oscilaciones de la política boliviana le obligaron a exiliarse en 1930 cuando el general Blanco Galindo dio un golpe de Estado expulsando al presidente Siles Reyes al que poyaba Kundt. Cuando se inició la Guerra del Chaco y a causa de los tres primeros meses de derrotas continuas, el presidente Salamanca le ofreció la dirección del ejército, previendo, al mismo tiempo, que dispondría de un chivo expiatorio en caso de que el resultado del conflicto fuera adverso, como efectivamente fue. Por un lado, la oficialidad boliviana no era la prusiana que había dirigido siempre y no estaba dispuesta a arriesgar la vida en asaltos frontales; por otra, la geografía de la zona era adversa al ejército boliviano. La derrota de Alihuata-Campo Vía implicó su destitución y su posterior regreso a Alemania. Pues bien, uno de los oficiales que había marchado a Bolivia llamado por Kundt, no era otro que Ernst Rohem, el antiguo jefe de las SA.

Rohem recibió la propuesta de trabajo en Bolivia a través de Wilhelm Kaiser, un oficial retirado que había ejercido como agregado militar boliviano en Holanda y que, seguía encargado de realizar algunas misiones discretas para el gobierno alemán. Rohem partió apresuradamente para La Paz el 5 de diciembre de 1928. Las condiciones de su contrato igualaban prácticamente las del general Kundt a cuyas órdenes se puso[2]. Fue ascendido a teniente coronel del ejército boliviano y se le colocó al frente de la Sección III de Operaciones del Estado Mayor. Todo esto ocurrió mes y medios después del ataque al fortín Vanguardia cuando la situación ya se había momentáneamente pacificado. Rohem se quejó: “El hecho de que a mi llegada encontrara que la guerra entre Bolivia y Paraguay había sido resuelta estuvo lejos de ponerme contento. Soy inmaduro y malvado y la guerra y el tumulto tienen para mí más atractivo que la pacífica vida burguesa”.

Rohem había llegado a Bolivia acompañado por su amante de entonces, un pintor de 19 años, oriundo de Baviera, Martin Schätzl. Se hospedó en el pequeño apartamento en la calle Loayza y aprendió castellano. Pronto surgieron rivalidades con Kundt. La oficialidad boliviana pronto experimentó más aprecio hacia Rohem a quien consideraban mucho más enérgico y mejor preparado que Kundt. En los ejercicios militares de 1929, Rohem dirigió una división del ejército boliviano que se alzó con la victoria y Kundt sintió amenazada su posición empezando, a partir de ese momento, a desplazarlo del Cuartel General del Ejército en Miraflores a las guarniciones más alejadas de la capital (Oruro, Challapata, Uyuni, Sucre, el Chaco). A pesar de haber cambiado de amante y seguirle en todos estos desplazamiento su nuevo efebo, un recluta llamado Llanque, Rohem sentía añoranza de la vida mundana berlinesa.

Cuando se produjo el golpe de Estado contra el gobierno de Siles, mientras Kundt y la mayoría de oficiales de la misión alemana le permanecieron fieles, Roehm tomó parte destacada en la conspiración. Durante un par de semanas, Siles consiguió mantener el orden en la capital y las tropas permanecieron acuarteladas, pero cuando el 25 de junio de 1930, la Primera División del Ejército con base en Oruro se alzó contra Siles, inclinando la balanza definitivamente contra el presidente. A pesar de que Rohem no firmó el documento suscrito por los oficiales de la guarnición justificando su actuación, era evidente que la unidad no se hubiera movilizado de no existir órdenes expresas emanadas de él pues, no en vano, era el comandante de la unidad. Todos los oficiales alemanes se tuvieron que exiliar… salvo Rohem.

Aún se quedaría unos meses más en Bolivia. Fue llamado a La Paz, en donde volvió a convivir con Schätzl. Apenas había puesto la condición de ser nombrado subjefe de Estado Mayor para seguir en Bolivia, cuando a mediados de octubre de 1930 recibió un telegrama urgente de Hitler: “Te necesito”[3]. Partió inmediatamente para Alemania llegando a Munich el 6 de noviembre[4]. El 5 de enero de 1931 asumiría nuevamente el cargo de jefe de Estado Mayor de las SA.

¿Qué era lo que reclamaba la presencia de Rohem en Berlín? ¿Por qué Hitler le había enviado aquel telegrama tan breve como perentorio? Para responder a estas cuestiones hay que tener en cuenta la situación de las SA berlinesas y el episodio conocido como la “revuelta de Stennes”.

A pesar de que con la expulsión de Otto Strasser parecía que el “ala izquierda” del partido se había plegado a las decisiones de Hitler, había sectores de las SA que, no por ideología, sino por simple discrepancia “de clase” o simplemente por esprit de corps, se consideraban como el elemento central del partido y practicaban un sistemático menosprecio hacia la Organización Política a la que desde los primeros tiempos de las SA llamaban jocosamente “OP-Política Cero”. Estos sectores de las SA se consideraban como los verdaderos y únicos portadores de la idea nacional-socialista y estaban convencidos de que el objetivo final de su lucha política era mejorar sus posiciones personales. No en vano eran ellos los que ponían las bajas y la sangre en las luchas contra el marxismo en las calles de Alemania.

Cuando se convocaron las elecciones de 1930 ya surgió un primer chispazo al elaborar las listas de candidatos al Reichstag que incluían a tres dirigentes de las SA. Para colmo, se añadía el problema de que la milicia del partido carecía de autonomía financiera y toda unidad de las SA dependía del Gau correspondiente. Y, finalmente, existía la natural impaciencia entre hombres habituados a los combates y a la lucha armada, que resistían mal la promesa de Hitler de conquistar el poder solamente con medios legales. Estos eran necesariamente lentos y no garantizaban siquiera la conquista del objetivo final. “Solamente la lucha ofrece resultados” repetía una y otra vez Hitler. Pero él consideraba la lucha como una combinación de activismo y agitación en las instituciones.


Walter Stennes, dirigente de las SA en el Este de Alemania con el grado de SA-Oberführer Ost, solamente consideraba un activismo creciente que, finalmente cristalizaba en una insurrección armada contra el Estado. La frenética actividad en la que se embarcaron las SA y la OP previa a las elecciones de 1930 que había agotado físicamente a unidades enteras de las SA y la llegada de los efectos más perversos de la crisis de 1929, fueron los factores que desencadenaron la revuelta de las SA berlinesas. Una de las reivindicaciones de las SA era el bajo sueldo que se les pagaba a cambio de estar movilizados constantemente para lo que requiriera el mando. Tenían tendencia a pensar que la promoción de cargos dentro del NSDAP y de las SA se debía al amiguismo y no a los méritos contraídos que, para ellos, eran exclusivamente las muestras dadas de arrojo físico, bravura y acometividad.

Stennes había sustituido a Kurt Daluege que había ingresado en el partido en 1922 y pronto destacó en los combates callejeros en Berlín. Cuando Daleuge fue sustituido en 1930 por Stennes, la milicia berlinesa contaba con quince mil hombres. Stennes había sido policía, perteneció inicialmente al entorno de Rohem, pero cuando este se fue a Bolivia, figuró en el entorno de Otto Strasser. Sin embargo, consiguió evitar la expulsión de los miembros del “ala izquierda” del partido.

El 7 de agosto de 1930, Josep Goebbels se reunió con Stennes y con otros mandos de las SA berlinesas quienes exigieron tres lugares seguros para miembros de su milicia en la candidatura del NSDAP para las elecciones generales. Amenazó con que si sus exigencias no eran aceptadas, se revelaría con el 80% de las SA berlinesas. Stennes intentó ver a Hitler en Munich pero no logró ser recibido por este. Sus subordinados consideraron este episodio una ofensa y dimitieron de sus cargos negándose a realizar tareas de propaganda y protección del partido[5].

El 30 de agosto debía tener lugar un gran mitin en el Sporpalast en el que debía tomar la palabra Goebbels. Los hombres de las SA asignados para la protección de este mitin, a última hora fueron movilizados por Stennes para acudir a un desfile en el otro extremo de Berlín. Poco después se produjo el asalto de una unidad de las SA a la sede del partido en la Hedemannstrasse ocasionando graves destrozos en el edificio y enfrentándose por primera a las SS. Goebbels pidió ayuda a Hitler para evitar que la revuelta de las SA se extendiera –como estaba ocurriendo- a otras provincias. Estos incidentes indujeron a Pfeffer von Salomon, entonces jefe de las SA, a presentar la dimisión.

Hitler que se encontraba en ese momento en el Festival Wagneriano de Beyreuthse, optó por trasladarse inmediatamente a Berlín. En primer lugar, Hitler consiguió detener la revuelta personándose en los distintos acuartelamientos que se habían unido a la sublevación. Sin embargo, cuando luego, por la noche, mantuvo dos reuniones con Stennes no hubo acuerdo posible. Era el 30 de agosto de 1930. Al día siguiente, optó por convocar un mitin al que asistieron unos 2.000 miembros de las SA. Hitler en el curso de esta reunión, aprovechando la dimisión de von Salomon, aprovechó para anunciar que asumía el mando supremo de las SA y de las SS, decisión que fue acogida con júbilo por los presentes. En la parte central de su discurso, enumeró los logros de las SA y recordó algunos de sus episodios más heroicos, glosó a la figura de Horts Wessel (uno de los más conocidos miembros de las SA berlinesas que había sido asesinado por los comunistas el 23 de febrero anterior y a cuyo funeral Hitler no pudo asistir). En la última parte de su discurso realizó un llamamiento a la lealtad. El anciano General Litzmann, un héroe de guerra unánimemente respetado, hizo el juramento de fidelidad a Hitler en nombre de las SA. Acto seguido, Stennes leyó la orden de Hitler por la cual se concedían mejoras económicas a las SA (que saldrían de un incremento de veinte pfennings en la cuota del partido)[6].

Los resultados de la breve revuelta habían sido, en primer lugar, el pago de una elevada factura por la destrucción absoluta de los locales de la Hedemannstrasse, pero lo más importante era que las SA habían sido de nuevo “domesticadas” mediante una combinación de golpe dramático (la asunción de la jefatura por Adolf Hitler) y acción banal (subida de sueldo). Y había incluso algo más importante: el papel de las SS había crecido brusca y extraordinariamente. No solo con unos efectivos minúsculos habían defendido tenazmente a las oficinas del partido y a sus dirigentes, sino que ni uno solo de sus miembros se planteó hacer otra cosa que cumplir con su misión de guardia de confianza del führer. En aquellas tensas horas, un exiguo grupo de las SS berlinesas había acompañado a Hitler por los distintos acuartelamientos en los que no sabían cómo sería recibido. Siempre, en todo momento y en cualquier circunstancia por adversa que fuera, las SS habían respondido como se esperaba de ellas. Hitler al concluir la crisis hizo algo más que agradecerles los servicios prestados, les concedió una divisa que a partir de ese momento les caracterizó: “Mi honor se llama lealtad” que correspondía a la frase que Hitler les había dirigido en aquellos momentos: "SS Mann, deine Ehre heißt Treue!" (Hombre de las SS: tu honor es la lealtad). Himmler y Daleuge fueron promovidos al grado de Obergruppenführer, el primero en el Sur de Alemania y el segundo en el Norte.

Era evidente que el problema estaba solamente parcheado. El sucesor de von Salomon y la persona delegada por Hitler para dirigir en su nombre a las SA, Otto Wagner, se las ingenió para obtener fuentes de ingresos alternativas para sus hombres. Amigo de Pfeffer y compañero suyo en el Freikorps Rossbach, era un hombre de negocios que convenció a una empresa tabaquera para lanzar los cigarrillos Sturm (luego aparecerían los cigarrillos Trimmler y Alarm) para las SA. Una parte de los beneficios que generaban estas marcas iba a parar a las arcas de las SA y redundaban en aumentos de sueldo. También aparecieron las hojas de afeitar Stürmer y la margarina Kampf[7].


Esa era otra diferencia entre las SS y las SA. No es que los primeros no fumaban. Es que Heinrich Himmler se jactaba de que podía ordenar a sus hombres que dejaran de fumar. Añadía que tenían dos opciones: “obedecer o la pistola”. Aludía a que una desobediencia de ese tipo empeñaba su honor, por lo que la única salida aceptable que tenía era el suicidio[8].

Apagada la revuelta de Stennes, apareció Ernst Rohem en Munich. No tardaría en dar problemas entre los nuevos cuadrados de las SA a causa de su homosexualidad. Hitler debió de cortar todas estas habladurías el 3 de febrero de 1931 rechazando explícitamente “cosas que pertenecen puramente al ámbito privado” y subrayando que las SA no eran una “institución moral de señoritas sino un grupo de rudos combatientes”[9]. Poco después, Stennes que solamente se había calmado temporalmente volvió a escribir nuevos artículos en Der Angriff en los que defendía la toma del poder por la vía insurreccional. Una vez más, Hitler debió manifestar su posición favorable a conquistar el poder solamente por métodos legales. En un artículo publicado en el Völkischer Beobachter definió como simple “mentira” el que el NSDAP se hubiera planteado la toma del poder por métodos no legales y advirtió a los “provocadores” surgidos del propio partido que no hacían otra cosa más que facilitar armas a los enemigos para acentuar la persecución:

“Se me acusa de ser demasiado cobarde para luchar ilegalmente. No soy demasiado cobarde para eso, por supuesto. Sólo soy demasiado cobarde para llevar a la SA a enfrentarse con el fuego de las ametralladoras. Necesitamos a la SA para cosas más importantes, la necesitamos para la construcción del Tercer Reich. Nos atendremos a la constitución y llegaremos pese a ello a conseguir nuestro objetivo”[10].

Eran momentos en los que el gobierno del canciller Bruning había aprobado un decreto de emergencia que ponía en manos del gobierno poderes excepcionales para prohibir partidos políticos que no se atuvieran a la legalidad vigente. Para evitar la prohibición Hitler dio la orden de que todas las organizaciones del partido se atuvieran a la legalidad. Pero Stennes no estaba dispuesto a ceder. Cuando hacía poco que había concluido la revuelta de la SA berlinesa (el 1 de septiembre de 1930), aparecía otra crisis del mismo signo que indicaba que la anterior se había cerrado en falso. Hitler decidió en la tarde del 1 de abril de 1931 que había que acabar de una vez por todas con el problema. Convocó a Goebbels y a otros dirigentes del NSDAP en la ciudad de Weimar. Les comunicó que Stennes había sido depuesto como jefe de las SA para Alemana del Este. Inmediatamente, Goebbels recibió una llamada telefónica anunciándole que las SA berlinesas habían ocupado la sede del NSDAP y la redacción de Der Angriff. Unas horas después, la dirección berlinesa de las SA publicaba una nota en la que acusaba a Hitler de “despotismo y demagogia irresponsable”.

En Weimar, Goebbels recibió plenos poderes para acabar con la disidencia: “Lo que necesites, lo respaldaré”[11], le dijo a Goebbels. Lo primero era recabar compromisos de lealtad de todas las secciones del partido. Hitler y Goebbels llamaron personalmente a cada uno de los gauleiter. Mientras, Stennes aumentó el tono de la discusión emitiendo más comunicados de carácter revolucionario que dejaban a Otto Strasser como moderado. Consiguió extender la subversión por los gaue de Berlín, Pomeraria, Schleswig-Holstein y Silesia. Pero las aguas volvieron pronto a su cauce y la rebelión consiguió ser detenida.

El día 4, un artículo de Hitler en el Volkischer Beobachter atacaba las tesis de Stennes (que, en realidad, eran exactamente las mismas que las que había sostenido pocos meses antes Otto Strasser y su grupo). Minimizó la aportación de Stennes al nacional-socialismo, le acusó de minar la fidelidad a su persona de manera sistemática, calificó su actitud en ese momento de “necia y criminal”, capaz de arruinar los años de trabajo y facilitar al gobierno el proceso de ilegalización del partido. Finalmente, proclamó su voluntad de destruir a los conspiradores hasta la raíz y pidió a los hombres de las SA que eligieran entre “el sargento de policía Stennes” o el “fundador del Movimiento nacionalsocialista y jefe supremo de vuestra SA, Adolf Hitler”[12].


Cuando estas líneas salieron en letra impresa, la rebelión ya había remitido. En total fueron purgados quinientos SA de las unidades del Norte y del Este de Alemana. Goering asumió las competencias que habían sido las de Stennes, salvo en lo relativo al Gau de Berlín que siguió íntegramente en poder de Goebbels.

En cuanto a Rohem, inmediatamente pasó a reestructuras las SA. A finales de ese año, había conseguido triplicar los miembros de la organización: de 88.000 de enero de 1930 a los 260.000 que formaban en diciembre de ese mismo año. La organización ya no estaba formada en su tronco central por excombatientes o veteranos de los freikorps. Los nuevos militantes eran hijos de campesinos, estudiantes procedentes de las clases medias que, en lugar de ingresar en clubs de tipo o en organizaciones deportivas, lo hacían en las SA. La energía y la lealtad de Rohem era uno de los factores que había permitido a Hitler conjurar el peligro que constituía Stennes (cuyo fraccionalismo, de no haber sido atajado, sin duda hubiera costado un proceso de ilegalización del partido).




[1] Para datos sobre la vida de Kundt puede consultarse El general y sus presidentes: vida y tiempos de Hans Kundt, Ernst Röhem y siete presidentes en la historia de Bolivia (1911-1939), Robert Rockmann, Plural Editores, La Paz, 29007.
[2] Para datos sobre la presencia de Rohem en Bolivia, cf. Todos los hombres del Führer: la élite del nacionalismo (1919-1945), Ferran Gallego, Capítulo IV, pág., De Bolsillo, Barcelona, 2008, 133 y sigs.
[3] Se sabe que Rohem era una de las escasísimas personas que tuteaban a Hitler. En NSDAP utilizaba el “tuteo revolucionario” mucho menos que cualquier otra formación fascista europea. En la lengua alemana no se utiliza el tuteo como forma de complicidad política, sino como producto de una larga trayectoria personal. El dato sobre el tuteo es mucho más relevante teniendo en cuenta que en ese momento, Hitler ya era el jefe indiscutible del NSDAP  mucho más todavía si tenemos en cuenta que los cuatro años que pasó Rohem en Bolivia se iniciaron después de un desacuerdo en relación a la primacía de la parte política (NSDAP-OP) o de la parte militar (SA) en el movimiento nacional-socialista.
[4] Al llegar a Alemania, Rohem debió soportar las recriminaciones realizadas por los oficiales que habían permanecido fieles a Kundt en Bolivia y habían regresado con él. Publicó una especie de autoefensa en el Illustierte Beobachter en la que aprovechaba para identificarse con la causa del ejército boliviano y con el país al que consideraba como su segunda patria.
[5] I. Kerwhaw, op. cit., pág. 349.
[6] El episodio de la revuelta de Stennes y de las SA berlinesas está narrado con cierto detalle en I.Kershaw, op. cit., págs. 348-351; J. Fest, op. cit., pág. 320-323; Adrian Weale, SS: una historia nueva, Turner Publicaciones SL, 2013, Madrid, pág. 66-67; Dietrich Orlow, The Nazi Parti 1919-1945: A complete history, Enigma Books, Nueva York, 2010, capítulo Illusions and Dilemmas.
[7] El nazismo, Patricia Agosto, Ocean Press, Minneapolis, 2008, pág. 60.
[8] Heinz Hoene, La Orden de la Calavera, Plaza & Janés, Barcelon, 1977, pág. 129
[9] J. Fest, op. cit., pág. 350.
[10] Ídem. 251.
[11] Ídem.
[12] Ídem, 352.