jueves, 5 de marzo de 2026

"Ginebra o Moscú". La respuesta de Drieu La Rochelle a la decadencia de Europa


 Introducción

“Los nacionalistas son hijos de su siglo, es decir, del siglo pasado. Su secta surgió en el siglo XIX de la misma fuente que la de los marxistas. Existe un parentesco cierto, guardando las proporciones, entre hombres como Marx y Taine, ambos descendientes de Hegel, cuya lección han corrompido; y los nietos son primos a pesar de la diferencia de las distancias: Maurras y Mussolini, por un lado. Lenin por el otro”.

Drieu La Rochelle, Ginebra o Moscú

 

Si se quiere entender a Drieu La Rochelle hay que sumergirse en este libro y en su gemelo El Joven Europeo (traducido en esta colección). Ambas forman parte de la “obra política” de Drieu. Pero, éste no fue un “político” al uso: era, más bien, un esteta. La política y la estética nunca terminan de encajar y, por tanto, es comprensible que la obra política de Drieu está sometida a luces y sombras y esta mezcla de tonos, está presente, en cada una de sus obras, casi en cada página. Y es que Drieu, a pesar de que intenta llegar a sus conclusiones utilizando la vía de la razón, a menudo sigue sus propias intuiciones. En eso reside la medida de su genio... pero también la relativa debilidad de su pensamiento político.

Drieu intuyó, prácticamente antes que nadie, que la “era de las naciones” estaba concluyendo. Había sido soldado en el frente (algo que le inspiró su Comedie de Charleroi) y vivió en primera fila las destrucciones, materiales y espirituales, de la Primera Guerra Mundial. Entonces percibió una idea que repetirá habitualmente: “el hombre contra la máquina”. Y no se hacía demasiadas ilusiones sobre quién resultaría vencedor.

Aquel conflicto y los movimientos que generó colateralmente (especialmente, la gran convulsión que fue la Revolución de Octubre en Rusia y el desembarco masivo del “estilo de vida americano” en Europa), marcaron a fuego su tiempo y al propio Drieu. Entonces surgió su segunda gran intuición: “Europa, a partir de ahora, deberá luchar contra gigantes”.

Añadirá una última consideración, para él la mas decisiva: el mundo camina hacia la decadencia. La idea de decadencia es habitual en Drieu. Es un pesimista y, al mismo tiempo, un vitalista. Esta combinación hizo de él un “fascista” (bien es cierto que sui generis). Veía en la Europa que había salido de la guerra, resignación, frustración y conformismo. Decadencia, en una palabra.

¿Cómo era la Europa que conoció Drieu?

Vale la pena describir el contexto en el que Drieu escribió esta obra. Hace un siglo, Europa tenía necesidad de olvidar la gigantesca masacre que había tenido lugar apenas unos años antes y que había segado de raíz a toda una generación. Europa -y entre ellos, Drieu- quería olvidar, pero la pesadilla era recurrente.

La Europa posterior a la Primera Guerra Mundial, entre Versalles y la Gran Depresión de 1929 (esto es, la época en la que Drieu escribe El joven europeo y Ginebra o Moscú) fue un continente de contrastes extremos: pocos en el bando derrotado habían conseguido asimilar la humillación del Tratado de Versalles. Elaborado por políticos vengativos, sin conocimientos sobre la historia de Europa, ni siquiera sobre la naturaleza humana; incluso en el bando de los vencedores, la mayoría de combatientes retornaron a sus hogares con un trauma profundo: les habían dicho que era necesario “salvar a la patria”, pero, al volver, vieron que los negociantes, los traficantes, los banqueros y los individuos sin escrúpulos eran los únicos que se habían beneficiado del conflicto.

Incluso para los vencedores, la victoria no borró el trauma de las trincheras, sino que hizo que se preguntaran el “¿por qué?” y el “para qué” de los sacrificios extremos que les habían exigido sus gobiernos. Nunca nadie había pedido un sacrificio tan radical en defensa de unos ideales tan miserables. Para colmo, la inestabilidad económica de Europa se hizo endémica en aquellos años. Los que se habían mantenido al margen de la guerra, optaron por huir de los problemas y refugiarse en una explosión de libertad creativa. Para ellos fueron los “años locos”. Los otros, entre los figuraba Drieu, pasaron ese tiempo reflexionando sobre cómo evitar que otro conflicto igual pudiera repetirse.

El pesimismo existencial que ya se había anunciado entre lectores de la obra de Nietzsche, contribuyó a que se rompiera la fe ciega en el progreso (que se percibió capaz de desembocar en situaciones indeseables) y en las virtudes de la razón (para explicar el comportamiento de los seres humanos). Sobre Europa, planeaba la muerte de casi 10 millones de jóvenes en los frentes. Cada día, al salir a la calle, el ciudadano europeo, veía antiguos soldados mutilados o aquejados de “neurosis de guerra” (shell shock) que les recordaban justo aquello que querían olvidar. No puede extrañar, por tanto, que se generase un vacío espiritual y una crisis de valores sin precedentes en todos aquellos con la suficiente sensibilidad para percibir el sinsentido de lo que había ocurrido.

Como tampoco puede extrañar que, como reacción muy humana a los horrores vividos, surgiera un deseo, histérico, delirante y furioso, de vivir y disfrutar del presente. Esta tendencia transformó a la “postguerra” en los “felices veinte”. En ciudades como París, Londres y Berlín, apareció un hedonismo desenfrenado como nunca antes en lugar alguno. Los que podían permitírselo buscaban satisfacciones sensuales inmediatas, en ocasiones escandalosas, en otras, simplemente viciosas, groseras en algunos casos, escandalosas en muchos. En cualquier caso, el “carpe diem”, desembocó en una rebelión contra las normas establecidas por el orden burgués de la época.

Los imperios centrales (el Reich Alemán y el Imperio Austrohúngaro), el Imperio Otomano y el Ruso desaparecieron, dando lugar a una calderilla de nuevos países (Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia, etc.), cuyas fronteras, deliberadamente arbitrarias y mal definidas en Versalles, se convertirían en focos de tensiones étnicas y territoriales constantes.

Francia creía que Alemania debía pagar por la guerra, a pesar de que no fuera Alemania la responsable del conflicto. Y los políticos franceses no tuvieron piedad de Alemania en Versalles. Las condiciones económicas que impuso, a despecho de cualquier visión realista e, incluso del simple sentido común, generaron una primera hiperinflación en Alemania en 1923. Los ahorros de toda una vida no eran suficientes ni para comprar un mendrugo de pan. Fue así como aumentó el resentimiento de toda una nación hacia el Tratado de Versalles.

Para colmo, la victoria de la Revolución Soviética y la creación del Komintern, así como sus primeras actuaciones irresponsables, brutales y criminales en la revolución húngara de Bela Kuhn y en los movimientos subversivos que estallaron en Alemania entre noviembre de 1918 y 1923, generaron un gran miedo al comunismo entre las clases medias y una esperanza de revancha social en franjas del proletariado. Cuando Drieu escribe Ginebra o Moscú, el fascismo ha llegado al poder y el estalinismo se ha asentado en la URSS. Las clases medias alemanas reaccionarían al desafío comunista y a la inestabilidad económica, facilitando el ascenso del hitlerismo. Pero en 1928, nadie podía prever el formidable empuje del NSDAP a partir del año siguiente.

Luego vinieron las innovaciones estéticas y las modas en el ocio. Lo “americano” (esto es, lo estadounidense) invadió Europa. El “jazz” fue el primer producto americano que inundó los locales de ocio europeos. La juventud que quería estar “en la onda”, bailaba en toda Europa el charlestón. Las mujeres -buena parte de las cuales habían trabajado en las fábricas durante la guerra y no quisieron volver al hogar tradicional- cambiaron también sus costumbres. Apareció la figura de la garçonne o flapper, con el pelo corto (estilo bob) y maquillada; usó y abusó de cigarrillos. Las faldas se acortaron para que pudiera bailar con más soltura. El corsé quedó relegado al olvido y se adoptaron prendas más sueltas y deportivas. Todo para dejar atrás, el trauma bélico y “vivir la vida”.

El deseo de olvidar la tragedia fue todavía mayor entre las vanguardias artísticas. Si la razón engendraba monstruos, el surrealismo nos sumergiría, voluntaria y deliberadamente, en lo irracional. Sin el surrealismo, Freud se hubiera olvidado. Con el surrealismo, las explicaciones freudianas aportaron un soporte seudo-científico a los manifiestos surrealistas. El mundo de los sueños y el inconsciente constituyeron una vía de escape y rebelión contra la lógica que había llevado a la guerra. Ya durante la contienda había aparecido el dadaísmo, lo absurdo convertido en “anti-arte”, caótico e inútil, que fue a morir en el surrealismo.

Aparecieron reacciones a estos movimientos. No todos los artistas buscaban el caos y el absurdo; los hubo que proponían un arte geométrico, equilibrado y puro que tendiera a la reconstrucción social. En la URSS, el constructivismo se puso al servicio de la revolución y del estajanovismo. Quería ser un instrumento para la construcción de una nueva sociedad. En el límite, Mondrian y el neoplasticismo, redujeron el arte a líneas rectas y colores primarios buscando el equilibrio y a la pureza de lo absoluto. Pero el movimiento artístico más masivo de la época, el Art Deco que (a diferencia de las vanguardias que apenas interesaban a pequeños grupos de intelectuales), llegó a ser un estilo popular entre las masas. Sus formas eran nuevas, aerodinámicas, sus materiales no se habían utilizado nunca en decoración (metales, especialmente). La estética del futuro y su exaltación de la forma, la velocidad y la máquina, había llegado.

Y luego estaba el cine; desde el final de la guerra se había consolidado como el “séptimo arte” como una de las formas de ocio preferidas por las masas. La primera “escuela de cine” apareció en Alemania, el expresionismo: un cine propio de la angustia que vivía el país entre la derrota, la hiperinflación, la inestabilidad y la decadencia. La realidad quedaba deliberadamente distorsionada para expresar sentimientos subjetivos. Todo en el cine expresionista fueron sombras y pesadillas, angustia y desasosiego, escepticismo y terror.

El decorativismo de la Bauhaus y su “funcionalismo” (“La forma sigue a la función”, era su lema) revolucionó el diseño al unir el arte con la industria. En arquitectura se introdujo el uso de acero, vidrio y hormigón armado, eliminando la decoración innecesaria; dominaron los espacios abiertos y funcionales. Aparecieron de la mano de la Bauhaus, diseños icónicos que todavía hoy siguen teniendo vigencia (la Silla Wassily de Marcel Breuer). En diseño gráfico se impusieron las fuentes “sans serif” (sin adornos, a “palo seco”) que priorizaban la legibilidad antes que la belleza de los caracteres.

Así era Europa hace cien años. Un magma de tendencias surgidas de las distintas psicologías de sus habitantes y de la intromisión cultural llegada del otro lado del océano. Ante un trauma, algunos optaron por superarlo y dejarlo atrás en función del “aquí y del ahora”: lo asumen, lo metabolizan y lo aplican en sus vidas; pero en otros espíritus el trauma sigue presente en cada día, en todo momento, inolvidable, imborrable, da igual si viven como burgueses o como proletarios, nunca olvidarán aquellos días en los que, tras despertar, pensaban que ese sería su último día.

La obra política y la evolución personal de Drieu (1)

Drieu se encontraba entre ambos extremos, en una posición intermedia y eso explica las oscilaciones de sus novelas. incluso en el interior de cada una de ellas; especialmente en Gilles, una de sus mejores relatos: Gilles regresa de las trincheras. París le parece superficial, decadente y burgués. Nada en los ambientes parisinos le satisface. Busca la salvación en el surrealismo y en la política, pero tras la efervescencia inicial, todo se desvanece para él. Finalmente, asume el fascismo como remedio para la decadencia de Occidente y termina en España luchando con el bando nacional en la Guerra Civil. Gilles, alter ego del propio Drieu, es la expresión de sus ilusiones y de su nihilismo que termina superando con su compromiso con el fascismo. No quiere hundirse, pero vivir frenéticamente, le hastía.

El camino que se inicia con El Joven Europeo y Ginebra o Moscú y termina en el suicidio de Drieu, a pesar de no ser lineal, tiene unas referencias que siempre permanecen constantes: su diagnóstico no cambia en los siguientes 17 años (superación de la Nación-Estado, la idea europea, el constante pensamiento en la decadencia, la paz). Pero, a medida que va aquilatando experiencias a lo largo de los años 20, 30 y hasta el inicio del conflicto entre el Reich y la URSS, se aprecia una progresiva radicalización en sus tomas de posición.

A mediados de los años 20 adopta, en efecto, la idea de “construcción europea” como contrapunto a la decadencia. En Ginebra o Moscú, Drieu nos presenta una Europa decadente y enferma, pequeña y dividida, presionada por el capitalismo materialista de Estados Unidos y el colectivismo revolucionario de la URSS. Propone una “federación europea”. No es una idea nueva, ni siquiera original: en esos mismos momentos, el Conde Coudenhove-Kalergi y su Movimiento Paneuropeo, presentaba en todas las cancillerías del Viejo Continente su propuesta federalista.

La idea europea de Drieu y la Paneuropa del Conde Coudenhove-Kalergi

Quizás valga la pena hacer un alto en el camino para explicar similitudes y diferencias entre la concepción europea de Coudenhove-Kalergi y de Drieu. Drieu compartía la conclusión a la que había llegado Coudenhove-Kalergi (la necesidad de la unidad europea), pero difería radicalmente en el método, los valores y, sobre todo, en el “espíritu” que debía animar esa unión.

Ambos reconocían que, tras la Primera Guerra Mundial, el eje de la política mundial se había desplazado hacia los EEUU y dependía cada vez más de la, entonces naciente, URSS. Europa ya no era el “centro del mundo”. Ambos ven a Europa “aplastada” geopolíticamente por peligros exteriores a ella: el capitalismo norteamericano y el socialismo soviético. Esto los lleva a considerar que la “unidad europea” es la única alternativa que le queda al continente para sobrevivir en el nuevo ciclo histórico que se ha abierto. Y, hasta aquí, ambos tienen razón en sus respectivos análisis.

Pero, a partir de esta constatación, todo difiere entre ellos: Coudenhove-Kalergi defiende una Europa demoliberal y cosmopolita; Drieu, por el contrario, propone una “revolución vitalista” como medicina contra la decadencia. El diagnostico es el mismo, pero los remedios son casi antagónicos.

Los caminos divergen aún más, cuando el Conde Coudenhove-Kalergi ve como modelos de su “federalismo” en la Suiza de los cantones y en los Estados Unidos de América, ambos ejemplos de “federaciones” voluntarias y pacíficas. La vía que propone Drieu es la de una Europa fuerte, viril, construida por una élite dispuesta a superar los antagonismos de la época (capitalismo-comunismo). Coudenhove-Kalergi creía en la democracia (si bien no tuvo inconveniente en “vender” su proyecto al fascismo italiano, siendo recibido por Mussolini; el propio Julius Evola le entrevistó) y tenía en alta estima a la Sociedad de Naciones. Drieu abominaba de la “Ginebra” de los diplomáticos y trinchera de los demócratas; la Sociedad de Naciones allí radicada, le parecía débil y lo consideraba foro mundial de la charlatanería.

Mas distancia les separaba en la percepción del “enemigo”: para Coudenhove-Kalergi, el viejo nacionalismo europeo era el enemigo; Drieu, en cambio, si bien estaba de acuerdo en señalar a este enemigo, percibía otro mucho más peligroso y desafiante: la decadencia materialista, surgida de la falta de espíritu, del aburguesamiento y de la pérdida de vigor guerrero.

Drieu conocía perfectamente la obra de Coudenhove-Kalergi. De hecho, en Ginebra o Moscú se hacen referencias implícitas al movimiento paneuropeo (era imposible no eludir su realidad para quien se declarase “europeísta” en aquel momento). Pero Drieu acusaba a Coudenhove-Kalergi de ser un “tecnócrata” que no entendía la dimensión espiritual y trágica de la empresa, un racionalista pequeñoburgués que se dirigía a los parlamentos y a los gobiernos surgidos de la masacre y de la derrota para convencerles de que, unidos, defenderían mejor sus intereses. Drieu, creía que la unidad europea solo podría surgir de una revolución espiritual y, posiblemente, de un conflicto que forjara al “hombre nuevo”.

Coudenhove-Kalergi, fue el padre del europeísmo moderno, en tanto que Drieu representó la deriva fascista de esa misma idea.

 

La obra política y la evolución personal de Drieu (2)

Drieu siempre tuvo muy claro que un intelectual debe comprometerse y luchar por sus ideas. Tras escribir Ginebra o Moscú, siguió su proceso de radicalización. Poco después de la aparición de esta obra, se desencadenó la crisis económica de 1929. El nacional-socialismo no tardará en hacerse con el poder en el Reich. Entonces, Drieu percibe la debilidad de las democracias y la fuerza vital de los fascismos. En su particular y personalísima visión de la política, metaboliza estas tendencias, rechazando sin paliativos a los sistemas democráticos y priorizando por encima de todo, la búsqueda de un “orden fuerte”: un movimiento revolucionario que acabe con el “viejo orden”. Las realizaciones del Tercer Reich y de la Italia Fascista, así como el drama de la guerra civil española, con las gestas de legionarios, falangistas y requetés, le fascinan. Se suma al Partido Popular Francés de Jacques Doriot y, aunque unos meses después, se distancie de él, verá en el exalcalde comunista de Saint Denis, al líder que precisa Francia y que ya ha irrumpido en Italia, Alemania y España.

Luego estallará la Segunda Guerra Mundial. Vale la pena recordar que Drieu, como la élite de la intelectualidad francesa, desde Louis Ferdinand Céline hasta Robert Brasillach y la redacción del Je suis partout, fueron pacifistas. Todos ellos creen que una nueva guerra entre europeos será el fin de Europa.

A los pocos meses del inicio de las hostilidades, Drieu realiza el tránsito definitivo. Cree que no existe “federación sin federador” y que la idea del “nuevo orden europeo” promovida por el embajador alemán en París, Otto Abetz, es la correcta. Las democracias, esto es “Ginebra” y todo lo que representa, han fracasado. “Moscú” sigue siendo una especie de hermano menor del materialismo y del productivismo norteamericano. Solo el Reich y sus ejércitos triunfantes, que han batido en un mes a la cadavérica Tercera República, pueden ejercer una función unificadora. Además, percibe que la victoria alemana dista mucho de ser una venganza por el Tratado de Versalles. La derrota de la malhadada República Francesa es percibida por Drieu (y por todos los que apostaron por la “colaboración” como una oportunidad histórica: el enemigo exterior, ha abatido al régimen que los franceses no habían podido destruir en 70 años. La paz alemana, es una paz generosa.

Este punto es importante porque, en aras del realismo político, Drieu abandona la idea de una federación europea construida desde Francia y con Europa. Ahora cree que la nueva Europa debe construirse alrededor de Alemania y bajo su liderazgo, como un mal menor frente al comunismo y la decadencia. La caída en estas esperanzas, tras Stalingrado, el desembarco en Normandía y los bombardeos de terror anglosajones sobre Europa, lo sumió en una profunda depresión. Sabía que -y lo sabía porque el Tratado de Versalles se lo había enseñado- que los vencedores de ayer volverían a ser terribles con los vencidos. No habría una “paz entre caballeros”, como en junio de 1940, sino una oleada de venganzas. Apenas rectificó sus posiciones; ni huyó a Simaringen como otros intelectuales y políticos que se habían destacado en la “colaboración”, ni siquiera se ocultó. Era consciente de que el final del Tercer Reich suponía el final de las esperanzas en la idea europea y que la muerte de Europa era su propia muerte. Por eso se suicidó.

En sus escritos políticos, Drieu demuestra que nunca fue un traidor a su nación: reconoció, antes bien, la debilidad de todas las naciones europeas para afrontar el tiempo nuevo. Quería que Francia renaciera dentro de una Nueva Europa que, en un momento dado, solamente el Reich tenía posibilidades de construir; ese fue su gran “pecado” político y el suicidio su penitencia.

De qué va el libro que tiene entre las manos

En 1859, Charles Dickens publicó Historia de dos ciudades, una novela histórica que transcurre en tiempos de la Revolución Francesa. Las “dos ciudades” son Londres y París. Para Dickens, la primera ciudad simboliza la paz y el orden, la vida simple, la serenidad de ánimo y la estabilidad política; mientras, París, su antítesis nos presenta a una ciudad a la sombra de la guillotina, caótica, inestable e, incluso, terrorífica. Lo que une a ambas ciudades para el autor es la percepción de que se avecina una época de grandes cambios.

Ignoramos si Drieu La Rochelle tuvo en cuenta esta novela a la hora elaborar su ensayo Ginebra o Moscú, pero lo cierto es que, al igual que Dickens, señala a estos dos polos urbanos como alternativas de su tiempo. A diferencia del novelista inglés, Drieu se ve incapaz de elegir como referencia ideal a una de las dos ciudades. Ambas le generan desconfianza y prevenciones.

“Ginebra” representa para Drieu el liberalismo burgués y al pacifismo internacionalista, la democracia parlamentaria occidental y a un orden basado en la diplomacia, el capitalismo moderado y los pactos. Si ha elegido Ginebra como arquetipo de todo esto y no a la vecina Zurich, en el mismo cantón, es porque allí estaba instalada la Sociedad de Naciones. Drieu no se identifica con esa ciudad ni con lo que representa: la considera decadente, débil, agotada, con una vitalidad ausente y carente de energía histórica. No cree que de allí puede salir nada más que una reedición del espíritu burgués. Y, por tanto, prevé que, mientras el espíritu de Ginebra se proyecte sobre Europa, nada podrá sacar al continente de la pendiente de la decadencia.

Frente a Ginebra, la otra ciudad-símbolo que Drieu toma como arquetipo es “Moscú”. Ve allí la sede de la revolución bolchevique y del Komintern, la capital del comunismo soviético, una ideología total que interpreta, asume y orienta todas las energías de lo colectivo destinadas a construir un Estado fuerte, a establecer una disciplina de hierro y a movilizar a las masas a la manera estajanovista para transformar por completo la sociedad. En esa época, Drieu tenia a Moscú como centro de una vertiginosa fuerza revolucionaria y regeneradora, medicina contra la pasividad liberal representada por Ginebra. Drieu abominaba del comunismo, tanto como despreciaba a la burguesía e, incluso, preveía que terminaría convergiendo con el capitalismo norteamericano, ambos hijos del materialismo y del economicismo.

Ginebra o Moscú sostiene que Europa atraviesa una crisis profunda tras la Primera Guerra Mundial y que el liberalismo burgués, simbolizado por Ginebra y la Sociedad de Naciones, está agotado. Por su parte, Moscú representa la fuerza revolucionaria, pero también el riesgo de generar situaciones caóticas. Drieu plantea que la época exige una decisión radical, el equilibrio liberal ya no es viable. El ensayo dista mucho de ser una defensa del comunismo, es más bien la propuesta de una reflexión sobre la necesidad de una regeneración enérgica de Europa. En el fondo, expresa su búsqueda de una alternativa fuerte frente a lo que percibe como decadencia occidental.

La reflexión de Drieu parte de la situación de Europa en la primera postguerra. El ensayo se inicia con una crítica a los nacionalismos y la constatación de que las pequeñas naciones europeas ya no tienen la dimensión adecuada para afrontar los desafíos de su tiempo. La guerra y sus efectos colaterales han demostrado que Europa es pequeña y no está en condiciones de sobrevivir en medio de los dos gigantes que ya están aquí: Rusia y EEUU. Su análisis sobre la decadencia le lleva a ver en la unificación europea el remedio para los males de Europa. Pero esa Europa que precisa una renovación profunda, se enfrentaba a dos alternativas en el momento en el que Drieu escribió el ensayo: o seguir la vía representada por “Ginebra” (orden liberal, diplomacia, decadencia burguesa) o encarrilarse en vía de “Moscú” (la revolución, la explosión caótica de energías colectivas, transformación radical).

La tesis central es que Europa no puede mantenerse en el equilibrio liberal de Ginebra: debe transformarse radicalmente o, de lo contrario, desaparecer como potencia histórica. El libro es una meditación sobre la crisis de civilización y la necesidad de una nueva forma de organización política total.

Ginebra o Moscú escrito en 1928, es un ensayo político fundamental del autor, que publicó después de su relato novelado El Joven Europeo el año anterior. Ambos trabajos abordan la misma crisis desde dos ángulos: la novela lo hace a través de la experiencia personal de un joven europeo, y el ensayo trata la cuestión mediante un análisis político y filosófico.

El ensayo aborda de manera sistemática las fuerzas que Drieu consideraba destructivas para Europa, como el materialismo «decadente» de la democracia y el capitalismo, y plantea la unión europea como único remedio. Escrito en el período de entreguerras, refleja la “crisis del espíritu” europeo que intelectuales como Paul Valéry también diagnosticaron. La obra muestra a un Drieu La Rochelle europeísta que buscaba una solución para evitar lo que veía como una decadencia irreversible.

En resumen, Genève ou Moscou es una obra clave para entender las corrientes de pensamiento europeísta y las posiciones políticas de Drieu en los años 20, así como la evolución ideológica de un autor fundamental en la literatura francesa del siglo XX.

Uno de los elementos más lúcidos y perturbadores de este ensayo es la asimilación que hace Drieu entre el capitalismo y el comunismo. Él fue el primero en ver que ambos sistemas tendían a converger. Hoy, cuando examinamos la trayectoria de la República Popular China (“un país, dos sistemas”, como estableció Deng Xiaoping, líder supremo de la República Popular China desde finales de los años 70 hasta principios de los 90), vemos que Drieu tenía razón. El propio Lenin en sus últimos escritos ya había indicado que el modelo para la Nueva Política Económica eran los EEUU y que su objetivo era alcanzar el “estilo de vida americano” en una generación. Julius Evola, por otro camino mucho más sólido y disciplinado que el seguido por el visceral Drieu, llega a la misma conclusión al final de su obra Rivolta contro il mondo moderno. No fueron tomados en serio e, incluso, en el caso de Drieu, su observación fue considerada como una salida ingeniosa, extravagante o provocadora para impresionar o sorprender. Hoy sabemos que era algo mucho más profundo.

El lector está a punto de abordar una obra en la que el autor capta perfectamente el pathos de su época y, en ello reside su fuerza, pero también del método empleado en el análisis surge su principal carencia: la frialdad necesaria para construir una alternativa realista está ausente. El Drieu que vemos en esta obra es un exaltado, provocador, eufórico de presentar contradicciones y aventurar tesis, enunciar conceptos nuevos y convertir sus intuiciones en carriles para la marcha hacia el futuro.

Quien lea Ginebra o Moscú en 2025 no puede ignorar lo que acaeció después en la vida de Drieu: la breve germanización de Europa, la derrota francesa de 1940, la colaboración, el suicidio... Quizás en esta obra esté el germen de toda su trayectoria vital posterior, sus momentos de euforia, sus crisis anímicas, las modificaciones sucesivas de su proyecto y su trágico final.

Si hemos decidido traducir y editar esta obra cien años después de que fuera escrita y nunca antes publicada en nuestra lengua, es por los paralelismos que pueden establecerse entre el ayer decadente y el hoy más decadente aún, son perturbadores. Una Europa a la que todavía le cabía la esperanza de encontrar en su unidad un revulsivo ante las grandes potencias que habían aparecido en el horizonte (EEUU y la URSS) y una Unión Europea que, lograda la federación continental, se revela como la más contraproducente de todas las concepciones europeístas y que ha sumido a Europa en esa irrelevancia absoluta que preveía a Drieu: tal es el ayer esperanzado y el hoy sin futuro.

En China se empiezan a comercializar robots y ya es, sin duda, el país a la vanguardia de la Cuarta Revolución Industrial. Mientras, en EEUU se intenta recuperar el tiempo perdido y, Donald Trump alude al “American First” como un intento de seguir en la lucha por la hegemonía económica mundial. Por su parte, Putin reaviva el sentimiento patriótico ruso, refuerza su nacionalismo y evita actuaciones que puedan alterar el orden internacional (contrariamente a lo que se viene diciendo).

Finalmente, la Unión Europea desde principios del milenio parece trabajar denodadamente para dificultar la vida a los europeos. ¿Las pruebas? Los acuerdos con países no europeos para la importación de sus productos agrícolas, mientras se obstaculiza a los agricultores europeos cualquier posibiidad de sobrevivir y se les sugiere que deberian arrancar sus sembrados y convertirlos en “huertas solares”. Esto y los molestos tapones de botellas, impuestos por la UE, son sus “grandes realizaciones”.

La idea europea ha fracasado porque sus gestores no han estado a la altura de la Gran Política que exigía la construcción de una Europa-Nación.

Ginebra o Moscú y El joven europeo

A pesar de ser dos obras independientes y consecutivas, han sido reunidas en un solo volumen por Gallimard. Se ha aludido a ambas obras como “libros gemelos”, una especie de dos caras de la misma moneda en la que el autor aborda idénticos temas desde ángulos diferentes.

El Joven Europeo es un relato autobiográfico novelado en el que aparecen ideas políticas, mientras que Ginebra o Moscú, tiene el formato de ensayo político. En el primer libro hay cierta desenvoltura en la forma de denunciar la decadencia. En el segundo esa misma denuncia se realiza sin perífrasis literarias, ni diálogos simbólicos, sino llamando a las cosas por su nombre.  En El Joven Europeo, Drieu narra situaciones y explora la psicología del personaje, alguien marcado por la guerra, símbolo de toda una generación; en el ensayo, por el contrario, trata de argumentar y razonar, intenta identificar los males de su época (que encuentra en el capitalismo y en el comunismo que, intuye, se fusionarán en el futuro. Su análisis de la crisis europea de su tiempo le lleva a enunciar su solución universal: la unión continental. El protagonista de su novela, en cambio, es consciente de la decadencia, él mismo, vive en la decadencia, dialoga consigo mismo sobre el crepúsculo de Francia y de Europa, pero no aspira a entrever soluciones.

Ambas obras, como hemos dicho, son la cara y la cruz de la misma búsqueda. Lo que las une es su autor y el diálogo interior que realiza Drieu consigo mismo.  En el relato protagonizado por el “joven europeo”, el eje central de la trama discurre en torno a la idea de decadencia simbolizada por el music hall. En el ensayo Génova o Moscú, diagnosticado el mal, el médico receta cirugía mayor. Si el “joven europeo” ha visto acortado su horizonte existencial, el ensayo escrito a continuación le ofrece una tarea histórica: la construcción de una Patria nueva, la única vía para escapar del ocaso y de la amenaza, del capitalismo americano o del comunismo soviético. Es, como señala un análisis, la “traducción política de las ideas del joven europeo”.

En la novela, Drieu habla, como en la mayoría de sus novelas, a través del protagonista, el “joven europeo” al que transmite sus ideas. En Génova o Moscú, opta por anularse a sí mismo, intenta elaborar un discurso político que aspire a la objetividad, si bien, lo que logra es que su sensibilidad, sus miedos, sus traumas de guerra, su proyecto político, afloren con los tintes propios de un novelista: “Entre Calais y Niza, me asfixio; quisiera alargarme hasta los Urales. Mi corazón, nutrido de Goethe y Dostoievski, burla las aduanas, traiciona las banderas, se equivoca de sello en sus cartas de amor”. Drieu se olvida con demasiada frecuencia en esta obra de sus intenciones iniciales y el “joven europeo” sale de nuevo a la superficie. Y éste, como Drieu, quiere asumir una gran tarea, una misión histórica en la que él y su generación superen la decadencia o se quemen en la tarea.

Conclusión: Drieu, el esteta que quiso opinar sobre política

En sus diarios y en sus momentos de depresión, Drieu reconocía que la política lo había envenenado y desviado de su verdadero oficio, la escritura. Era un hombre de su tiempo y creía poder decir algo a sus contemporáneos.

En literatura, Drieu fue un profesional de primera fila, uno de los mejores novelistas que ha dado el siglo XX francés, desgraciadamente “cancelado” hoy por su “colaboracionismo” (como Céline, sin duda alguna el mejor novelista desde principios del novecientos, cancelado igualdad por la temeridad de alardear de sus ideas antisemitas sin ningún tipo de cortapisa). Ahora bien, gracias a su vocación y a lo que podríamos llamar, su “amateurismo político”, su ignorancia total de las reglas de la política y su concepción ideal de políticas regidas por ideales (cuando en realidad, toda política es deudora de intereses), Drieu pudo escribir un Gilles, la historia de su compromiso político, el alter ego de Drieu que tras varias páginas de profundas reflexiones sobre la decadencia termina combatiendo contra la República en el ejército de Franco y de la Falange.

Drieu era capaz de formular, por la vía de sus intuiciones, mucho más que por el sendero del razonamiento lógico, diagnósticos a cualquier mal de su tiempo. Su fino olfato captaba el aroma de la decadencia allí donde se encontrase. Intuía el malestar de su generación en libros como El joven europeo y La Comédie de Charleroi. Él y toda su generación había resultado desgarrada emocionalmente, herida y mutilada en las masacres que se sucedieron en la guerra de trincheras entre 1914 y 1918. Diez millones de jóvenes europeos como él, cubiertos de diferentes uniformes, murieron en la masacre más absurda que vieron los siglos. Quizás el destino de los supervivientes fuera aún peor: vieron cómo se aproximaba ineluctablemente un nuevo conflicto y solo algunos -Drieu entre ellos- se atrevieron a hacer algo para evitarlo.

Pero su capacidad para “describir” los males de Europa, resultante de su genio como escritor, iba muy por delante de su calidad como “prescritor” de los remedios que precisaba el continente. Su terreno fue la estética (las descripciones), pero las prescripciones correspondían a otro plano en el que no estaba familiarizado: la política.

La intuición, que juega un papel esencial en la creación artística y literaria, es, sin embargo, peligrosa en el terreno de la política. En sus momentos de exaltación, Drieu se dejaba guiar por impulsos estéticos y morales; pero la política es el terreno del análisis, la Gran Política se basa en razonamientos lógicos, reflexiones reposadas, identificación de factores objetivos y discriminación de elementos subjetivos, exploración de la realidad, análisis del pasado y previsión del futuro, estudios estadísticos y observaciones sociológicas, finalmente, en algo tan banal y árido como el enunciado de estrategias y tácticas todo ello puesto al servicio de un proyecto ideal y titánico.

La vitalidad de Drieu no le permitía ser una “analista político” en el sentido pleno del término. Su corazón era la mayor de sus vísceras; y cuando era preciso elegir entre seguir los senderos del cerebro y de la objetividad, o los del corazón, siempre optaba por estos últimos. Esto explica sus “bandazos” y el hecho de que, en un momento dado, en el año 44, elogiara a los comunistas, de los que dos años antes había abominado, o que sus alegatos antiburgueses terminaran alternándose con sus preferencias por el “orden fuerte” en unas ocasiones y otras por la revolución. Drieu tenía “bandazos” como el corazón tiene sístoles y diástoles. Pulso y eso es la vida.

Ahora bien, hoy, en el siglo XXI, los espíritus libres, podemos permitirnos contemplar al Drieu de hace cien años y darnos cuenta de que el fondo de su análisis nunca cambió, fue siempre constante; lo que cambiaron fueron las esperanzas que ponía en tal o cual política. Siempre se mostró partidario de una Europa viril, espiritual y unida que superase la decadencia materialista; pero apostó por distintas soluciones. Al no ser un hombre de partido, salvo en el breve plazo en el que se identificó con Doriot y con su PPF, nunca tuvo una “montura política” sobre la que se sintiera cómodo: fue un jinete que cambiaba de corcel, a medida que iban apareciendo situaciones y actores nuevos en el horizonte. Su “amateurismo” le permitió ver cosas que los politólogos profesionales no veían (la angustia vital de una generación, por ejemplo), pero también le impidió construir una alternativa formulada en términos políticos viables.

¿“Bandazos”? Sí, desde fuera lo parecen. Pero siempre bajo una misma constante: la misma obsesión (salvar a Europa de la decadencia) y la búsqueda de un actor histórico que, en cada momento, le pareciera el más fuerte o el más prometedor. Su intención era correcta, sus apuestas temerarias. Su final, coherente con su vida.

Drieu, en sus momentos de mayor lucidez, reconoció que cuando el literato que se mete a político suele proyectar sobre la realidad sus fantasmas interiores. La política no es “estética” y difícilmente existe hoy una “ética política” (por mucho que alguien -¿Lenin, Gorki?- dijera que “la ética es la estética del futuro”, frase que, en cualquier caso, recupero el cineasta francés Jean-Luc Godard en los años 60). De hecho, ya incluso hace 100 años, la política había abandonado cualquier ideal ético. Las concepciones políticas de Drieu eran tributarias de la estética (el terreno en el que mejor se movía) y de algunas concepciones éticas (el estilo, la fuerza, la vitalidad, el rechazo a la vida cómoda, la juventud, el inconformismo). A través de estos filtros concebía la política. Como alguien ha dicho, esa era la mirada de un novelista, no de un estadista.

En sus momentos de euforia y exuberancia vital, prefería el caos revolucionario antes que el “claro de luna” burgués o el “boulot, dodo, métro” (trabajo, metro, cama) repetido día tras día, quitaesencia de la vida pequeñoburguesa, rutinaria, monótona y repetitiva, expresado en inglés como el “rat race” (carrera de las ratas), sugiriendo un ciclo monótono e interminable. En esos momentos, prefería el caos a la lenta sucesión de reformas democráticas que proponían otros.

Y para mantenerse en el sendero de la Gran Política hace falta tener la cabeza en el Cielo, pero los pies en la Tierra. Drieu, pensó la política con el corazón y las tripas de un novelista, y eso, en tiempos de tormenta, suele llevar al naufragio.

Ernesto Milá. Marzo 2026.

 







 

martes, 3 de marzo de 2026

Nueva crisis internacional: LA GRAN EQUIVOCACIÓN DE DONALD TRUMP (2) - NATURALEZA DEL YIHADISMO EN EUROPA Y CONCLUSIONES

ES FALSO QUE TODA FORMA DE ISLAMISMO GENERE YIHADISMO

Es significativo que Irán tenga un sustrato étnico indo-europeo y que fuera un imperio histórico en la antigüedad (el Imperio Persa). El islam apareció en el Imperio Persa en el año 633, aprovechando la debilidad de la monarquía sasánida por décadas de guerra contra los bizantinos. La islamización de Irán no fue una conversión súbita, sino un proceso de siglos. Inicialmente, la población rechazó la nueva religión. 

Irán mantuvo su lengua (persa) y muchas costumbres, a diferencia de otros territorios que se "arabizaron" por completo. Solamente en el siglo XI, cinco siglo después, el 90% de la población se había islamizado. Aunque los árabes conquistaron militarmente Irán, la cultura persa, muy superior a la árabe, terminó “conquistando” intelectualmente a sus invasores. Cuando se habla de la “edad de oro del islam” en ciencia, filosofía y literatura, en grandísima medida fue impulsada por eruditos de origen persa.

Como era de prever, estas diferencias fueron el germen de disidencias religiosas. Tras la muerte de Mahoma, apareció la querella dinástica entre los musulmanes que creían que el sucesor debía ser elegido por consenso entre los seguidores más capaces y apoyaron a Abu Bakr, suegro de Mahoma, dando lugar al Islam “sunnita” (mayoritario en el mundo islámico en un 85-90%), frente a los que defendían que el liderazgo debía permanecer en la familia del Profeta y apoyaron a Alí, su primo y yerno, y que fueron llamados chiitas (palabra procedente de Shiat Ali, el partido de Alí).

Los Grandes Imanes chiitas son considerados descendientes directos de Mahoma, inspirados e infalibles. Para ellos, el Imán tiene un conocimiento místico y secreto del Corán. Dan mucha importancia al martirio y al sacrificio (a raíz de la muerte de Hussein, hijo de Alí, en la batalla de Kerbala). Su área de dominio es Irán, con poblaciones mayoritarias o muy influyentes en Irak, Líbano (Hezbolá) y Baréin.

Pero esto es historia y compete especialmente a los fieles islamistas que, "por tradición" pertenecen a una u otra forma de entender su religión. Pero la pregunta clave es la siguiente: ¿Cuál de las dos formas de entender el islam es la que está generando terrorismo yihadista, cometiendo atentados en Europa? ¿a qué rama del islam pertenecen la mayor parte de los detenidos en Europa? Y, finalmente, ¿cuáles son las causas de su detención? 

Vaya por delante, que este tema está íntimamente unido a la inmigración musulmana en Europa y que los detenidos "europeos" por yihadismo son, en realidad, inmigrantes o hijos de inmigrantes islamistas no integrados en la cultura europea.

Antes de contestar a las preguntas formuladas, valdrá la pena decir algo sobre la "geografía" de las comunidades chiitas eh Europa

Entre la inmigración islámica en Europa, las comunidades chiitas apenas suponen un 10% del total de la presencia islamista. Los procedentes de Irán están instalados en Alemania (especialmente en Hamburgo y Berlín), Suecia y el Reino Unido. En Francia y Alemania se han asentado comunidades chiitas procedentes de Irak y del Líbano. Muchos refugiados afganos pertenecentes a la minoría hazara, predominantemente chiita, se han instalado en Alemania y países nórdicos debido a la persecución religiosa de que son objeto en su país. Los chiitas residentes en el Reino Unido proceden del subcontinente indio (India y Pakistán), Irak e Irán. Por su parte, en Francia, los 7 millones de musulmanes son mayoritariamente de origen magrebí (por tanto, sunnitas), existiendo una comunidad chiita procedente del Líbano y en menor medida de Irán.

Con estos datos ya podemos responder las preguntas que hemos formulado antes:

1) ¿Cuál de las dos formas de entender el islam es la que está generando terrorismo yihadista, cometiendo atentados en Europa?

El gran problema para la seguridad interna de la Unión Europea es el “yihadismo”. Pero sería erróneo no distinguir en este terreno la actitud de los sunnitas y chiitas asentados en nuestro territorio. El análisis de los grupos yihadistas desarticulados en la UE demuestra a las claras que la inmensa mayoría de las redes son de orientación sunnita. Y la casi totalidad de los ataques terroristas y redes de reclutamiento detectados en suelo europeo corresponden al yihadismo sunnita. Para Europol (TE-SAT 2025), el yihadismo sunnita sigue siendo la amenaza más letal en la UE.

2) ¿A qué rama del islam pertenecen la mayor parte de los detenidos en Europa por terrorismo?

Los chiitas detenidos en Europa nunca, hasta, ahora han perpetrado ataques indiscriminados contra civiles. En cambio, todos los detenidos, casi sin excepción, detenidos por "actividades terroristas" o por haber protagonizado o preparado actos de yihadismo en territorio europeo, pertenecen a las distintas escuelas de la rama sunnita.

3) ¿Cuáles son las causas de las que se ha acusado a los chiitas detenidos en Europa? 

Los chiitas detenidos en Europa pertenecen a redes operativas vinculadas principalmente a Hezbolá (organización palestina vinculada al chiismo iraní), cuya actividad puede definirse como “logística y de financiación”, antes que como “operativa-y terrorista”. En julio de 2024, por ejemplo, la Guardia Civil española, en colaboración con autoridades alemanas, desarticuló una red logística que enviaba componentes para construir más de mil drones destinados a Hezbolá. Sus acciones suelen estar dirigidas contra intereses específicos de Israel o disidentes iraníes en suelo europeo, bajo la dirección de servicios de inteligencia estatales. 

Estos elementos deben tenerse en cuenta a la hora de valorar el "riesgo islamista" entre las comunidades islámicas asentadas en Europa. Los medios de comunicación, incluso los partidos antiinmigrtacionistas, cometen el error de no distinguir entre musulmanes chiitas y musulmanes sunnitas a la hora de informar sobre nuevas detenciones. 

Miente, por tanto, quien diga y repita que la actual ofensiva contra Irán es una ofensiva contra el "terrorismo internacional". Como europeos nos importan, sobre todo, los peligros que acechen a nuestra gente, a nuestro suelo y a nuestra soberanía. Irán no ha provocado atentados terroristas contra población civil en Europa... si bien es cierto que está vinculado a grupos terroristas que luchan contra el Estado de Israel en Oriente Medio. Es mucho mas justo y conforme a la verdad, decir que el chiismo iraní se siente directamente implicado en lucha contra el Estado de Israel y utiliza medios terroristas para hostigarlo a través de Hezbolá.

Se trata de una distinción que dista mucho de ser sutil. Es de principios y nos ayuda a discriminar entre las distintas formas de islamismo y a conocer los riesgos que encierra cada una. 

LA POSICIÓN DE PEDRO SANCHEZ

Poco puede decirse de la posición de Sánchez ante el conflicto. Sánchez es solamente un presidente “formal”, pero no real, que toda Europa da por amortizado: no manda, no tiene criterio propio, depende de lo que le impongan sus aliados parlamentarios, en realidad, sus “señores”, de los que él no es más que un siervo del que, en cualquier momento, pueden prescindir. Si no lo han hecho ya es por considerar que lo que vendrá después les dejará muy poco margen de actuación. Que Sánchez esté “contra el ataque a Irán” es algo tan frívolo cómo las opiniones de los actores en los premios Goya a favor de Gaza…

En otro tiempo, cualquier gobierno español utilizaba las crisis exteriores y las relaciones internacionales para justificar la ausencia de los presidentes del gobierno. En otras palabras: las crisis interiores se relegaban a segundo plano con "fugas" hacia el exterior

Pero, hasta llegar a Zapatero, los acuerdos que se adoptaban y las posiciones que se defendían eran acordes con las "políticas de Estado", suponían, como máximo, intentos de ganar protagonismo y prestigio en el exterior para desviar la atención de los problemas nacionales. No es esto lo que está realizando Pedro Sánchez.

Absolutamente todas sus medidas en política exterior, incluidas las declaraciones sobre el ataque a Irán, tienen dos motivos: 

1) No se trata de desviar una atención centrada en la mala gestión de las políticas gubernamentales, sino de desviar el foco de la atención mediática, desplazándola de los escándalos que rodean al presidente y a la figura de Zapatero, hacia esta crisis internacional.

2) Ambos personajes -Zapatero y Sánchez- han practicado líneas políticas completamente erráticas. Y siempre por intereses personales. Si la política de ambos está orientada a favorecer al régimen de la República Popular China y a países como Venezuela o Marruecos, no se debe a la consideración de que estas opciones vayan a mejor la posición de España en el contexto internacional (de hecho, la están perjudicando), sino a que estos países les han ofrecido mayores ventajas personales que, esperamos, los juzgados, puedan ir esclareciendo.

Estos vaivenes en política exterior, no se han debido al cambio en las circunstancias internacionales, sino solamente por un afán de supervivencia personal. El oscurantismo del gobierno a la hora de explicar los giros pro-marroquíes, la preferencia por empresas chinas, a la hora de subvencionar empresas o el apoyo a regímenes como el bolivariano, no se han debido a que el sanchismo y el zapaterismo hayan descubierto una  "nueva geopolítica" para España, es lo que ha dado pie a las más variadas interpretaciones: permite pensar que las "maletas de Delsy" en Barajas contenían cualquier cosa, empezando por cocaína (y que tiene su prolongación en la cuestión de la "salud de Sánchez"), hasta suponer que el cambio de política en relación a Marruecos se debe, a Dios sabe qué, encontró la inteligencia marroquí en los teléfonos pirateados de Sánchez, o intuir que personajes como Bono, Blanco o ZP, cobran comisiones desmesuradas por su apoyo a las empresas chinas a pesar de los riesgos que conlleva trabajar con ese país. La opacidad es la madre de todas las rumorologías.

Además, la regla no escrita en política internacional en todos los países del mundo, es que las líneas maestras de la política exterior de un país, deben consensuarse con la oposición para evitar que cada cambio de gobierno, la modifique. Las líneas políticas exteriores son lo que dan "fiabilidad" y solvencia a un país. 

Con Sánchez se ha llegado a la máxima devaluación de España en el contexto internacional

- Al ser un país de la UE, nos vemos afectados por la irrelevancia creciente de esta federación en cuestiones internacionales.

- Al adoptar el sanchismo una línea errática en política internacional, simplemente, no tenemos países que confíen en España; en otras palabras: carecemos de aliados, incluso dentro de la UE.

Por tanto, las declaraciones de Sánchez, sobre cualquier tema que se pronuncie, tienen un valor muy relativo: en todas las cancillerías se sabe que su período de gobierno toca a su fin y que, diga lo que diga, tiene como único objetivo el salvar sus intereses personales, familiares y de clan. 

Es ese reloj parado y que ha perdido una manecilla y que solamente da la hora exacta una vez al día. Tan irrelevante como eso.

CONCLUSIONES PROVISIONALES

Pero, de todo lo dicho hasta aquí, podemos deducir unas cuantas conclusiones:

1) Trump se ha equivocado con este ataque, contradictorio con su política de interés prioritario en la “defensa del hemisferio”.

2) Lo que tuvo éxito en Venezuela, no lo va a tener en Irán: ambos regímenes son muy distintos cultural, política y antropológicamente.

3) La solidez del régimen iraní, a pesar de las inciertas manifestaciones de protesta de principios de año, es mucho mayor que la del régimen venezolano.

4) El principal factor diferencial es de matiz religioso: la clase política iraní cree en su religión, mucho más de lo que los bolivarianos creen en su proyecto laico.

5) En ambos casos, Irán y Venezuela, la intervención norteamericana tiene como nexo común el petróleo. Tanto Irán como Venezuela eran proveedores de petróleo a China.

6) China es el gran adversario geopolítico de los EEUU y el único que puede disputarle la hegemonía en el comercio (y, por tanto, en la política) mundial.

7) El ataque a Irán responde, en segundo plano, a la política de defensa del Estado de Israel que aspira a eternizar su hegemonía nuclear en la zona.

8) La actual fase del conflicto de Oriente Medio tiende a generar una situación parecida a la de 1973 cuando la guerra del Yomkipur desencadenó la primera gran crisis del petróleo.

9) La falta de oposición interior organizada en Irán hace difícil que se produzca el mismo esquema que “funcionó” en Venezuela: la aparición de “kolabos” en el interior del régimen.

10) En pocos días EEUU comprobará que Irán es un hueso más duro de roer y se conformará con la destrucción de infraestructuras civiles y de la industria nuclear iraní.

11) Llegado a este objetivo y ante la imposibilidad de derribar al régimen, lo más probable es que cesen los ataques mutuos, al menos temporalmente y que las partes se den por satisfechas.

12) Trump ha olvidado que Oriente Medio es “tierra del Islam” y que allí se disputan la hegemonía tres regímenes: Irán, Arabia Saudí y Turquía. No es “tierra de democracia anglosajona

13) Determinados temas y hábitos practicados en Irán, pueden repugnar a un europeo y no desear legítimamente que estén presentes en Europa: el papel relegado a la mujer, el uso de velo islámico, la teocracia, el ramadán, las prohibiciones alimentarias, las costumbres en general: pero se trata de cuestiones que afectan a Irán, esto es, a otro país, con otras tradiciones y otros usos y, ante los cuales, Europa solamente puede aspirar a que no penetren en nuestro continente, ni se hagan habituales entre nosotros. Defender para Irán un "modelo de vida europeo" es "eurocentrismo". Cada país tiene sus tradiciones: en Europa, las tradiciones europeas por encima de todo. 

  

Desde el punto de vista de los intereses de Europa, lo esencial es:

- No verse arrastrado a un conflicto en el que Europa no tiene nada que ganar ni que perder.

- Los intereses de la OTAN no son los intereses de Europa y mucho menos de una OTAN que solamente aspira a que los europeos aumenten su presupuesto de defensa para comprar material militar norteamericano.

- No hay absolutamente ningún dato objetivo que respalde la existencia de una “amenaza rusa” sobre Europa, por tanto, la OTAN podría disolverse sin que nuestra “seguridad” se viera afectada.

- El gran riesgo económico que pesa en estos momentos sobre Europa es: una crisis directamente relacionada con el precio de la energía, y con la negativa a apostar por la energía nuclear de países como Alemania y España, la única que puede garantizar que Europa no pierda definitivamente el tren del desarrollo económico en la Cuarta Revolución Industrial.

- El gran riesgo interior en Europa lo constituyen las bolsas de inmigración masiva procedente del Tercer mundo y, especialmente, del mundo árabe. A conjurar ese riesgo deben apuntar las políticas y los planes de defensa.

- De la misma forma que Oriente Medio es “zona del islam”, Europa es tierra de los pueblos blancos teñida por el cristianismo: hay que evitar que la crisis de oriente medio redunde en un aumento de las bolsas del islam sunnita en el continente.

 

 







Nueva crisis internacional: LA GRAN EQUIVOCACIÓN DE DONALD TRUMP (1)

El ataque a Irán ha constituido su primer gran error en política exterior. Podemos entender su insistencia en Groenlandia (tierras raras y espacio estratégico continental para EEUU), podemos entender su política arancelaria (defender el comercio, el trabajo y los intereses de los EEUU que, a fin de cuentas es su país), podemos entender su actitud en el conflicto ucraniano (negociación y negocios, antes que guerra), podemos entender su exigencia de que los “aliados europeos” paguen su defensa (en forma de armamento comprado a EEUU), podemos entender la retirada de EEUU de organismo internacionales completamente inútiles, podemos entender el secuestro de Maduro y la “intervención” del régimen venezolano, pero nos ha costado mucho más entender su política en Oriente Medio que encierra bastantes peligros.

EL PROCESO HASTA LLEGAR AL ATAQUE A IRÁN

Así como el ataque a Venezuela se realizó después de que Corina Machado recibiera el Premio Nóbel de la Paz y tras evidenciarse un gigantesco fraude electoral en las elecciones presidenciales de 2024. Las manifestaciones de protesta que entonces siguieron, y que colocaron al país en situación de pre-guerra civil, así como el número de exiliados, hicieron innecesaria una “preparación previa” para justificar el ataque a Venezuela y secuestro de Maduro: quedó claro que existía, más o menos, espontáneamente una actitud "anti-bolivariana" en una fracción importante del pueblo venezolano. Los ataques a lanchas que portaban droga contribuyeron a dar credibilidad sobre las relaciones entre el régimen bolivariano y el narcotráfico y, una vez iniciado el conflicto, la debilidad de sus estructuras y el oportunismo sin principios de sus dirigentes, empezando por Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello (ministro del interior), Vladimiro Padrino (responsable de defensa), hicieron el resto. Ningún país de la zona, ni el México de Sheinbaum, ni la Colombia de Petro, ambos gobiernos de izquierdas, se limitaron a nada más que “condenas enérgicas” y protocolarias, pero haciendo gala de una pasividad absoluta.

En el caso del ataque a Irán y del asesinato del ayatolá Alí Jameney, todo está resultando completamente diferente. En primer lugar, el ataque ha venido precedido de manifestaciones de la “oposición” realizadas desde principios de 2026 y de las que es muy difícil hoy establecer su importancia real, así como el número de muertos, e incluso su espontaneidad. Amnistía Internacional y el grupo Iran Human Rights estiman que al menos 3.428 personas habían fallecido “hasta finales de enero”. Otras fuentes de derechos humanos elevan la cifra por encima de los 5.000 a 7.000 fallecidos. Y, finalmente, existen estimaciones que sostienen que 30.000 personas podrían haber muerto solo en las primeras 48 horas. Las cifras oficiales del oficialista Consejo de Seguridad Nacional de Irán admitieron un total de 3.117 personas.

La concordancia entre las cifras de Amnistía Internacional y del gobierno iraní, son significativas y pueden darse como “aproximativas”, excluyendo las demás que parecen artificialmente “hinchadas” con intención de justificar de lo que vendrá después. Las manifestaciones tuvieron un primer momento álgido entre el 8 y 9 de enero y luego se reavivaron el 21 de febrero, con mucha menos fuerza, hasta poco antes del ataque norteamericano. En el momento actual, dista mucho de estar claro si las manifestaciones que se están produciendo son contra el régimen o contra la intervención extranjera. Hay que estar preparado para las operaciones de “guerra psicológicas” y poner en tela de juicio los datos que llegan hasta España.

A diferencia de la oposición venezolana (que, al menos, está momentáneamente unida en torno a la figura de Corina Machado, la oposición iraní está multidividida y carece por completo de fuerza organizada en el interior del país

Los monárquicos han visto en las manifestaciones de enero un intento de ganar protagonismo, pero su causa parece definitivamente perdida y a pesar de que el hijo del última Sha es la figura con mayor visibilidad, ello no quiere decir que existan partidarios suficientes en el interior del país como para que pueda reivindicar un papel protagonista. Y los que existen no están organizados, ni han tenido papel alguno en las manifestaciones contra el régimen. En cuanto al pomposamente llamado Consejo Nacional de la Resistencia de Irán, a pesar de su nombre no es más que un lobby de exiliados adinerados que opera en EEUU y la UE, sin apoyos en el interior. Mucho más efectivos parecen los reformistas de la oposición interior, partidarios de reformas pero que no destruyan el Estado islámico. Además de esto existen “opositores étnicos” entre las minorías kurdas, beluchas y árabes que reclaman autonomía.

Los presentados como protagonistas de las movilizaciones de principios de año, serían los llamados “niños de la revolución”, la Generación Z, nacidos después del año 2000 y que no se sienten apegados a la revolución de 1979. También existe malestar entre los trabajadores que protagonizaron algunas huelgas en 2025, entre camioneros, maestros y miembros del sector petrolero. En cuanto al lema que ha llegado a Europa como eco de las protestas: “Mujer, vida, libertad”, no es tal, sino un lema kurdo, que nació en 2022 tras la muerte de Mahsa Amini bajo custodia por la “policía de la moral”. Los activistas de la Generación Z parecen más apegados a la consigna de “Estado laico y democracia”. Aparte de las posibilidades de comunicarse entre ellos mediante redes sociales, carecen por completo de una expresión orgánica estructurada. De ahí su debilidad y el hecho de que las manifestaciones cesaran en cuanto el gobierno cortó Internet a la población.

Hay que dudar de la espontaneidad de las manifestaciones de principios de año. En su momento parecían justas frente a un régimen teocrático, pero, hoy, legítimamente podemos pensar que se trató solamente de una “operación psicológica” previa y necesaria para justificar el ataque el ataque ante la opinión pública: magnificar unas manifestaciones de oposición, hinchar el número de víctimas, insistir en los “derechos humanos” parece una cantinela excesivamente repetida para justificar a posteriori el asesinato del ayatolá Jamenei.

Pero si el secuestro de Maduro parece haber tenido éxito para impulsar un “nuevo curso” en Venezuela, en Irán el asesinato de Alí Jamenei, no parece que vaya a tener un final tan simple. Es probable, incluso, que ocurra todo lo contrario. Mientras Maduro ha pasado de ser "el máximo líder bolivariano" a ser "reo a la espera de juicio", Jamenei, de ser "líder espiritual de la revolución", ha sido elevado a la categoría de "mártir de la revolución" (se nota que en el Pentágono ignoran la importancia del concepto de "martirio" en el chiismo iraní)

VENEZUELA – IRÁN: UN OLOR COMÚN A PETRÓLEO

Las operaciones contra el régimen venezolano y contra el régimen iraní, tienen un trasfondo común: el olor a petróleo.

En los días previos al ataque, la producción de petróleo de Irán se sitúa en aproximadamente 3,1 a 3,3 millones de barriles por día, siendo el cuarto mayor productor dentro de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y el que posee las terceras mayores reservas probadas del mundo.

Por su parte, la producción de petróleo de Venezuela se sitúa en torno a 1 millón de barriles diarios, habiendo registrado un ligero aumento respecto al promedio de 2024 que fue de unos 921.000 barriles/día. Aunque el país posee las mayores reservas probadas de crudo del mundo, su producción actual sigue siendo baja en comparación con sus niveles históricos superiores a los 3 millones de barriles/día, debido a sanciones, falta de inversión, mala gestión y corrupción, que han llevado al deterioro de infraestructuras.

Puede entenderse el interés de Trump en el petróleo venezolano. Él mismo ha afirmado que aspira a que la “zona de influencia” de los EEUU sea “el hemisferio occidental”, esto es, el continente americano (véase nuestro artículo 2025-2040: La mutación del Nuevo Orden Mundial ha comenzado en Venezuela). Ahora bien, Irán no está en esa “zona de influencia”; por lo tanto, el ataque puede explicarse por dos factores:

1) El 80% del petróleo iraní va a parar a refinerías en China. Y, parece claro, que el gran adversario de los EEUU y el que le disputa su hegemonía mundial, es China. Atacando a la industria petrolera iraní, EEUU está aguijoneando a China. Este país es hoy el quinto mayor productor de petróleo del mundo (superado por EEUU, Arabia Saudí, Rusia y Canadá). El 60% de ese petróleo procede del mar o del llamado petróleo de esquisto que ha crecido significativamente, superando los 8 millones de toneladas en 2025 y de pozos ultra-profundos antes inaccesibles. Sin embargo, la producción china es inferior a sus necesidades. De ahí que importe petróleo de Rusia, su principal proveedor; de Arabía Saudí, Irak y Malasia (pero que, en realidad, procede -dato importante- de Irán o Venezuela, reetiquetado para evitar sanciones internacionales) y directamente de Irán. Pero, a partir de octubre 2025, las importaciones desde Irán habían llegado a superar a las de Arabia Saudita en términos de volumen diario.

2) La alianza con el Estado de Israel que se niega a ser un estado más en la zona, el único que posee armamento nuclear propio y, por tanto, dispone de una superioridad estratégica ante sus vecinos. Esto explica la insistencia de las distintas administraciones de los EEUU en impedir la realización del programa nuclear iraní que anularía esta ventaja. Desde mediados de los años 80 se fueron produciendo asesinatos selectivos de científicos iraníes especializados en ingeniería nuclear y sabotajes cibernéticos contra la industria nuclear de este país que culminaron en junio de 2025 contra el ataque a la planta subterránea de centrifugación de uranio, que seguía a los ataques que tuvieron lugar entre 2020 y 2021 atribuidas a Israel y que ha culminado con la Operación Furia Épica, una ofensiva coordinada contra instalaciones nucleares y militares tras considerar agotada la vía diplomática. EEUU defiende así a su aliado más seguro en Oriente Medio.

IRAN NO ES VENEZUELA

Es habitual considerar a Irán como “un régimen oscurantista”. Algo de esto hay, como en cualquier forma de islam, una religión de otras latitudes, ajena por completo a Europa. Pero hace falta estudiar el tema más de cerca para ver las cosas con mayor precisión.

La “revolución iraní” fue la primera de las “revoluciones islámicas” y, sobre todo, fue una revolución religiosa frente al laicismo de la monarquía del Sha. Pero, incluso en los primeros momentos, el régimen iraní ha tenido distintas tendencias. Nos equivocaríamos si pensáramos que TODO el régimen iraní está compuesto por ayatolas anclados en la doctrina y en el primitivismo islámico.

Históricamente, el gobierno de Irán ha contado con un número notable de doctorados en universidades occidentales de prestigio, especialmente durante la administración de Hassan Rouhani (2013-2021), donde ¡llegó a haber más ministros con doctorados de EEUU que en el propio gabinete estadounidense! 

Los gobiernos más recientes (Raisi, Pezeshkian) han reemplazado a muchos “tecnócratas científicos” de la era Rouhani por “tecnócratas ideológicos”, formados en la Universidad Imam Sadeq de Teherán. A pesar que es menos común hoy que hace una década, algunos miembros del gobierno iraní mantienen formación occidental: Abbas Araghchi, ministro de Asuntos Exteriores, obtuvo un doctorado en la Universidad de Kent en el Reino Unido y el que fuera ministro de economía hasta 2025, Abdolnaser Hemmati, se formó en la Universidad de Chicago. La tendencia actual es a buscar reemplazos ministeriales en universidades nacionales de élite (como la Universidad Tecnológica Sharif o la Universidad de Teherán) y en instituciones ideológicas.

Con todo esto, queremos decir que el gobierno iraní es completamente diferente al de, por ejemplo, Afganistán y, por supuesto, al de Arabia Saudí, países en donde no existe ningún tipo de institución representativa. En Arabia, su mente más lúcida, Mohamed bin Salman, solo tiene formación universitaria en derecho carrera que cursó en el propio país; habitualmente, en Arabia, los ministros salen de la élite aristocrática, "los Príncipes", con cierta formación universitaria en el extranjero. Esta tendencia está mucho más patente en Turquía, en donde los ministros de mayor importancia (exteriores, finanzas y energía) se han formado en universidades inglesas y norteamericanas. Obviamente, en estos tres países, la pertenencia a la confesión islámica es obligada. El islam es, en estos países, lo que la “ideología” es en Occidente.

Esta simbiosis entre fe religiosa y capacidad técnica es lo que hace que estos regímenes sean especialmente duros de roer. Cuanto más unificada están en la cúpula los rasgos político-religiosos, más coherente y sólido es el régimen: Irán, por cierto, es, de estos tres países el que muestra más “resiliencia”, y el hecho de que haya superado sus crisis interiores, bombardeos y asesinatos selectivos por parte del Mosad, se debe a que el régimen ha procurado que convicción religiosa y preparación técnica hayan ido al paso. Y esto es lo que sitúa al régimen iraní en una posición mucho más sólida que el régimen venezolano. Por eso hemos dicho al principio que, si Trump creía que podría torcer la voluntad del régimen iraní, liquidando a su presidente, se equivocaba.

En efecto, el “régimen bolivariano” y el “régimen de los ayatoláhs” no son comparables en ningún punto, y no solo por las diferencias culturales y antropológicas entre ambos países, sino por factores mucho más concretos.

En primer lugar, frente a la concreción de la doctrina islámica y a su concepción teocrática del poder, en Venezuela el poder ha estado en manos de un movimiento que oscilaba entre la demagogia social y el bandidismo puro y simple, hasta, en el mejor de los casos, un odio nacionalista hacia los EEUU. Esto era todo. Nunca hubo nada de profundo en el “proyecto bolivariano”, sino, como máximo, los lugares habituales propios a la demagogia más izquierdista.

Esto explica por qué, el secuestro de Nicolás Maduro, hizo reflexionar al resto de la cúpula “bolivariana” y decidir que la mejor vía para seguir defendiendo sus propios intereses, era plegarse a la voluntad de los EEUU. Empezando por Delcy Rodríguez.

Por otra parte, es significativo que los cuadros “bolivarianos” hayan surgido de las facultades de derecho del país y del ejército y, sobre todo, se priorizara a la hora de su elección, no tanto su preparación, ni sus estudios, sino su fidelidad perruna al Partido Socialista Unido de Venezuela. Maduro no era más que un mediocre líder sindical.

Todo eso permite ver las diferencias abismales entre el gobierno venezolano y el de Irán. La banalización del espíritu religioso que se da en Venezuela y que hace que la élite política “bolivariana” apenas tenga, en el mejor de los casos, cierto “misticismo revolucionario castroguevarista” absolutamente laico, contrasta con la convicción religiosa de los cuadros iraníes que creen firmemente en su religión tradicional. Una religión que exige morir en defensa de su fe.

Es este factor el que Trump no ha tenido en cuenta.