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lunes, 2 de mayo de 2011

La muerte de Bin Laden, escenificando el final de una época

Info-krisis.- El 2 de mayo han matado a Bin Laden. Peor fue lo del parque de Monteleón ese mismo día en 1808. De alguna manera se tenía que acabar con la historia improbable de un terrorista que durante 10 años ha mantenido en jaque a los servicios de inteligencia y a las policías de todo el mundo. Y lo he hecho un triste 2 de mayo. Hay algunas reflexiones que se me ocurre en este momento.
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Las cosas han cambiado mucho en los últimos 10 años. En 2001, cuando Bush utilizó los dos mil y pico muertos de las Torres Gemelas como excusa para emprender dos guerras coloniales, los EEUU todavía aspiraban a ser “la ciudad en la colina”, el país modelo de virtudes con su “destino manifiesto”, recompensado por Dios con la hegemonía mundial. Al menos eso se creía en el “cinturón de la Biblia” y entre los cristianos “renacidos”. Y con mucho más fundamento lo creían también los cerebros neoconservadores que, como el “primo de Zumosol” querían enseñar a diestro y siniestro como se mantiene una “voluntad de imperio” (con minúsculas) rentable para los negocios. 

domingo, 17 de octubre de 2010

Catalunya: Señalar el problema. El riesgo no es el terrorismo, sino el islamismo

Publicado: Miércoles, 06 de Febrero de 2008 17:08 
Infokrisis.- A finales de enero de 2008 resultaron detenidas 14 personas en el barrio del Raval de Barcelona acusados de preparar un atentado suicida en el metro… Desde muchos medios se ha dudado la realidad de este atentado, de la misma forma que ya dudamos antes de otras redadas similares (la detención de Abú Dadah y de otros doce islamistas acusados de planear el atentado contra el WTC el 11-S, o el llamado “comando Dixán”, por citar las dos operaciones más conocidas) que se han traducido en absoluciones o condenas por delitos menores.

sábado, 16 de octubre de 2010

El modelo histórico del 11 de septiembre

Infokrisis.- Este artículo forma parte de nuestra obra "La Gran Mentira" dedicada a desmontar la versión oficial de los atentados del 11-M. dicha obra fue publicada solo unos meses después de los ataques. Desde entonces la versión oficial ha sido apuntillada y rematada por distintos trabajos desarrollados en los EEUU. Sin embargo, en estos trabajos está completamente ausente la perspectiva histórica. A fin de cuentas, son norteamericanos, poco dispuestos a realizar un examen crítico sobre su historia pasada. Nuestra tesis, en cambio, sostiene algo diferente: el "auto-atentado", la provocación que va a costar vidas al pueblo norteamericano, pero que va a servir como "casus belli" para un conflicto en el que los EEUU obtendrán buenos beneficios, no es una novedad en la historia de este país, sino una constante. Desarrollamos esta idea en las páginas que siguen extraídas de la citada obra.

El misterio del ántrax a nueve años vista

Infokrisis.- En octubre de 2001 se produjo en EEUU la alarma del ántrax, primera de una larga serie de 32 “alarmas” que se han ido sucediendo hasta ahora casi ininterrumpidamente. Aquella alarma se extendió a nivel mundial. Ernesto Milà –con el seudónimo de “León Klein”- analizó este episodio en su libro “11-S: La Gran Mentira”, actualmente agotado. Este artículo fue escrito pocos días después de producirse el episodio del ántrax y constituye una de las primeras versionescríticas que se redactaron sobre un tema que, finalmente, tal como intuíamos, no fue más que un "autoatentado" impulsado desde las esferas del gobierno neo-con norteamericano a fin de reforzar la psicosis causada por el 11-S.
 

"Takfires": dando una explicación absurda a lo inexplicable

Infokrisis.- Hemos recuperado este artículo publicado en nuestro blog www.krisis.info (hackeado desde las alcantarillas y que fue sustituido por infokrisis)  en junio de 2004, a poco de haberse cometido los atentados del 11-M. El sabotaje de www.krisis.info hizo que este artículo desapareciera, sin embargo, lo hemos recuperado para nuestros lectores a la vista de la importancia del tema. Lo importante de este artículo es las fuentes que cita, en gran medida, de intoxicación pero que tienden a explicar y a justificar el por qué los responsables del 11-M (como también los del 11-S) considerados como integristas islámicos tenían un comportamiento tan poco islamista.

viernes, 15 de octubre de 2010

TERRORISMO Y MILENARISMO

Infokrisis.- Otro artículo escrito a mediados de los años 90, después del ataque con sarín en el metro de Tokio. el artículo fue publicado en la revista Defensa y reproducido en otras revistas europeas del mismo género. A veinte años de distancia debemos reconocer que nos olvidamos del elemento esencial : el terrorismo en el siglo XXI se ha convertido en un instrumento táctico en manos de poderes desconocidos para justificar cualquier movimiento estratético. El 11-M aupó al peor presidente del gobierno posible a La Moncloa y los ataques del 11-S abrieron las puertas para las guerras de Afganistán e Irak. Sí es cierto, en cambio, que acertamos en algunos aspectos parciales del análisis. Otro artículo rescatado para completar la colección...

jueves, 14 de octubre de 2010

ANTRAX versión 2.0.

Infokrisis.- Se trataba de elaborar unos apuntes para escribir algún artículo sobre la difusión de ántrax en los EEUU durante el último trimestre de 2001, después de los ataques del 11-S. Otras ocupaciones me desviaron de este artículo que, finalmente, no pudo ser concluido. Sin embargo, creo que puede ser interesante el publicar estos apuntes a beneficio de inventario y para establecer que desde 2001 existe una conspiración para crear alarma social. Y esta es una prueba de esto.

El 12 de diciembre de 2001, la cuestión del ántrax repuntó por última vez en las primeras páginas de los diarios americanos. Ya habían pasado dos meses desde el inicio de los primeros sobres con ántrax. A mediados de diciembre, los bombarderos americanos machacaban las posiciones talibán en Tora Bora y la carne de cañón de la Alianza del Norte asaltaba las cuevas donde la mitología del 11 de septiembre ubicaba a Bin Laden. Pocos talibanes se rinden, la mayoría de los que resultan capturados están heridos, uno de ellos es un joven musulmán norteamericano, John Walker, que se había adherido a las filas de Al Qaeda. Se sabe que no era un hombre importante en la organización, apenas un militante de base. Esto no impidió que funcionarios del Departamento de Estado pusieran en su boca declaraciones, a todas luces tan falsas como increíbles. La Vanguardia del 13 de diciembre tituló la noticia a tres columnas: “El talibán americano vaticina un ataque bioquímico en EE.UU.”. Y el diario catalán, tras dar la noticia de forma destacada, comentaba en el último párrafo, no sin cierta ingenuidad: “Su testimonio, sin embargo, no tiene mucho peso. No es probable que un soldado raso talibán, como era él, tuviera acceso a los planes terroristas de Al Qaeda”. El corresponsal de La Vanguardia olvidaba decir que la información sobre las supuestas declaraciones del talibán americano habían sido filtradas por el Pentágono.

Y ya que hablamos de intoxicación informativa, llama la atención comprobar las noticias que fueron emitidas desde EE.UU. en relación a las investigaciones y a la existencia de laboratorios capaces de fabricar ántrax, por que en la disparidad de informaciones vertidas por los distintos centros de poder de los EE.UU., hay algunas claves extremadamente importantes. Mientras que para el Gobierno (tamdem Cheney-Rumsfeld), la autoría de la campaña de ántrax había que atribuirla a Irak, el FBI culpó del origen de las esporas a “un laboratorio militar norteamericano”. Y todas las pistas, en efecto, llevaban a esta segunda posibilidad. ¿Por qué esta disparidad de criterios? ¿Acaso ese FBI –o, mejor dicho, algunos funcionarios- que ocho años antes había hecho todo lo posible para que estallara la primera bomba en el WTC, ahora estaban aquejados de un irreprimible deseo de profesionalidad y eran sinceros a la hora de indicar la existencia de una conspiración interior? ese mismo FBI que, junto a la CIA, habían enviado pistas falsas a buena parte de los gobiernos occidentales sobre presuntos miembros de Al Qaeda y estaba implicado en la maniobra de presentar a falsos culpables ¿se convertía ahora en brillante defensor de la verdad? No. Lo que ocurrió es que entre el 11 de septiembre y el momento en el que se produce la psicosis del ántrax, han pasado muchas cosas en EE.UU. Se hace evidente que la CIA y los organismos militares se están implicando en una nueva aventura exterior de la que pueden derivarse consecuencias imprevisibles; el tradicional aislacionismo americano queda atrás; en las semanas siguientes al 11-S, EE.UU. ha empezado a bombardear Afganistán, está desplazando tropas y medios militares ingentes a la zona y se prevé la intervención en otras zonas de la región. El FBI no puede llamarse a engaño. Sabe que cuando la CIA, a despecho de cualquier lógica y razonamiento, intenta implicar a Irán, Iraq o Rusia, lo que está es preparando las bases para acciones militares en el futuro. Y el FBI teme que esto vaya demasiado lejos y que el peso del complejo militar-industrial sea excesivo en el futuro. Así que denuncia la conspiración veladamente… cumpliendo sus funciones, es decir, realizando una investigación en profundidad. El 20 de diciembre de 2001 el FBI expone sus pruebas ante los medios de comunicación. La Vanguardia titulaba en su página 9: “El FBI cree que el ántrax salió de un laboratorio militar estadounidense”. Una docena de funcionarios militares estaba bajo investigación.

El foco de difusión del ántrax era la base del ejército de Fort Detrick en Maryland, un centro que suministraba carbunco de la cepa “Ames” (a la que pertenecían las cartas enviadas a los senadores Tom Daschle y Patrick Leahy, a la NBC y a la redacción del Washington Post. Las primeras informaciones filtradas por el FBI sobre el laboratorio de Maryland se remontaban al 4 de diciembre. En ese momento, los muertos por ántrax ascendían a 5 y los posibles contaminados a 10.000… Después de esa declaración del FBI la epidemia desapareció como por ensalmo. La declaración del FBI equivalía a decir: “Sabemos quiénes habéis fabricado el ántrax y por qué lo habéis hecho. Así que no sigáis por ese camino o todo saldrá a la superficie”. Y efectivamente, la epidemia desapareció bruscamente. La psicosis colectiva se disipó.

Las otras pruebas difundidas por el FBI en la rueda de prensa eran mera coreografía. Exhibieron los textos de las cartas que acompañaban a las esporas. En ellas podían leerse frases del género “Alá es grande” y “Muerte a Estados Unidos”, algo irrelevante. En realidad, gracias a estas frases, la postura del FBI había empezado a estar clara a partir del 26 de octubre cuando, a través del Washington Post, ésta agencia federal filtró la sospecha de que no existían terroristas extranjeros tras las cartas con ántrax. En efecto, las frases estaban redactadas en un correcto inglés-americano y, por lo demás, la caligrafía no denotaba rasgos propios de quien está habituado a escribir en caracteres árabes.

Hasta ese momento, el dogma establecido en la mitología del 11 de septiembre implicaba, obligatoriamente, pensar que Iraq o Al Qaeda, o ambos en comandita, estaban tras el bioterrorismo. El mismo día en que el FBI, a través del Post excluía la presencia de terroristas extranjeros, el Departamento de Estado recordaba que sólo EE.UU., Rusia e Iraq estaban en condiciones de fabricar esporas tan sofisticadas. Lo cual era, manifiestamente falso. El 4 de diciembre el FBI respondía difundiendo el perfil de la persona que podía enviar el ántrax: científico, con acceso a la fuente de ántrax y con conocimientos y tecnología suficiente para refinarlo. Pero no era solo el FBI quien había decidido romper la baraja y evidenciar que todo era una conspiración interior. Los medios científicos no iban a la zaga. Es difícil callar a todo un pueblo. El diario La Razón del 25 de octubre sacaba a colación las declaraciones de Barbara Hatch Rosenberg, prestigiosa bióloga molecular de la Universidad de Nueva York que elaboró un informe sobre las esporas de ántrax, en el que se aseguraba que una persona que trabaja para el gobierno o que tiene contactos con funcionarios, había sido responsable de los ataques. La doctora Rosemberg añadía: “Toda la información disposible lleva a pensar lleva a pensar en un laboratorio del gobierno como la fuente, bien del ántrax, bien de la fórmula para pulverizarlo”. La doctora era tajante en un punto: “Sólo existe un país capaz de desarrollar los medios para hacer armas biológicas”. Y ese país era EE.UU. Pocos días después, el FBI lanzó otro rumor a través del mismo diario: Serían activistas ultraderechistas norteamericanos los que estarían tras la campaña. En 1998 se produjo un extraño episodio de compra de esporas de ántrax por un militante ultra, luego… Esa pista se vertió en los medios pero no produjo el efecto deseado. Faltaba el móvil; por lo demás, era difícil concebir a ultras norteamericanos, católicos y evangélicos, escribir en el interior de los sobres “Mueran los EE.UU.” (ellos tan patriotas) o “Alá es grande” (ellos tan cristianos)… La carta de los ultras era una salida fácil: se evitaba la posibilidad de que el ántrax fuera la excusa para otra aventura exterior y, al mismo tiempo, se exoneraba a los funcionarios del gobierno de ser responsables del ataque biológico. La opinión pública norteamericana acogió la filtración con escepticismo y nadie volvió a insistir nunca más en ella.

Y es que la campaña del ántrax había tenido un efecto colateral en la opinión pública: en una encuesta publicada el 20 de octubre de 2001, el 53% de los norteamericanos pensaban que las autoridades federales y locales no habían hecho lo necesario para prepararse contra un ataque biológico. Y eso era negativo para la credibilidad del gobierno y para la posible reelección de Bush. La creación de la psicosis había ido demasiado lejos; la cuerda se estaba tensando demasiado. Si la campaña de ántrax se inició para cubrir la crueldad de los bombardeos, ahora se corría el riesgo de que el gobierno perdiera credibilidad y pareciera incapaz de asegurar la protección del pueblo americano.

Cada vez más, las sospechas planeaban sobre funcionarios del gobierno. De nada servían informaciones no contrastadas por otras fuentes que las del Pentágono (es decir, fuentes indignas del más mínimo crédito y especializadas en la intoxicación informativa) según las cuales, se habían encontrado en Afganistán 40 bases de armas químicas… una vez más, los genios de la intoxicación informativa no eran capaces de explicar cómo era posible que ningún talibán aventajado hubiera hecho uso, in extremis, de alguna de estas armas. El enemigo es “malo” por que posee armas de destrucción masiva, pero también es “tonto” por que los “buenos” las capturan antes de que sean capaces de utilizarlas. La información, publicada el 28 de noviembre, debe considerarse como otro intento de desviar la cuestión del ántrax hacia Afganistán. Vale la pena recordar que esas informaciones eran vertidas en los días más duros del bombardeo de Kandahar cuando ya se tenían datos suficientes de que se habían producido “daños colaterales” de consideración entre la población civil. Además, estaba reciente la muerte de una anciana de 94 años, Ottilie Lundgren, quinta víctima mortal del ántrax. A despecho de todos los informes de los especialistas, incluso en una fecha tardía, el 20 de noviembre de 2001, el Subsecretario de Estado afirmaba que EE.UU. se preparaba para acusar públicamente a Corea del Norte, Iraq, Irán, Libia y Siria de fabricar armas biológicas, entre ellas ántrax. Se aseguraba que Iraq “ha desarrollado, producido y almacenado precursores y armamentos paragüera biológica”. Decididamente, el gobierno parte de una presupuesto básico: que el pueblo de los Estados Unidos carece del más mínimo espíritu crítico y de nula capacidad de análisis. Por que la cuestión no es que el Iraq o en Marte se fabricaran armas bacteriológicas, sino que la epidemia de ántrax partía de laboratorios norteamericanos.

Resumamos el estado de la cuestión:

-          a partir del 10 de octubre, a un mes de los atentados, EE.UU. es víctima de una ola de pánico provocada por la recepción de sobres de correo que contenían esporas de ántrax. Mueren 5 personas.
-          Estos envíos generan una oleada de psicosis colectiva en los EE.UU. que relega a segundo plano la campaña de bombardeos de terror sobre Afganistán.
-          El Departamento de Estado presenta esta campaña como relacionada con los atentados del 11 de septiembre, es decir, con Bin Laden, Afganistán e Iraq. Ni una sola prueba avala esta teoría.
-          El FBI y medios científicos y académicos americanos recuerdan que este tipo de esporas solo pueden fabricarse en laboratorios del Gobierno de los EE.UU.
-          Tras esta denuncia, la campaña cesa.
Resulta difícil extraer otra conclusión más que considerar el episodio del ántrax como una nueva fase de la guerra psicológica emprendida por el mismo grupo de poder responsable de los atentados del 11-S.

© Ernest Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

11-S. LA GRAN MENTIRA. (IX de XV). La improbable pista española

Infokrisis.- Si Atta era un terrorista formado en las escuelas de Al Qaeda, desde luego, no había aprendido bien las lecciones de cómo pasar desapercibido. Nunca ningún terrorista en la historia ha dejado tantas pistas, salvo quizás Lee Harvey Oswald en los meses inmediatamente anteriores al asesinato de Kennedy. Poco a poco se han ido sabiendo detalles de la vida de Atta que inducen a pensar que hay elementos poco claros que permiten pensar que Atta es el “terrorista imposible”.

V
LA IMPROBABLE “PISTA ESPAÑOLA”
LA INCREÍBLE ENTRADA DE ATTA EN EE.UU.

El 19 de octubre, desde Miami, las agencias difundieron la noticia de que a Mohamed Atta estuvo a punto de no poder entrar en Estados Unidos al volver de un viaje a España. El funcionario del Servicio de Inmigración que revisó su pasaporte el 10 de enero, sospechó cuando éste le dijo que tomaría lecciones de vuelo durante su permanencia como turista en el país. La noticia fue difundida por  The Miami Herald, obteniéndola de fuentes próximas a la investigación que desde luego no explicaron como un peligroso terrorista, en un alarde de sinceridad, explica el elemento central de su preparación para el atentado del 11-S. ¿No era más lógico que callara su preparación como piloto especialmente a un funcionario que no tenía posibilidades de saber cuáles eran los motivos de su entrada en EE.UU.? Por que lo más sorprendente es que Atta tenía una visa de turista y no un visado “M” de estudiante. Interrogado a este respecto por un segundo funcionario le explicó que estaba esperando un "ajuste de estatus". Las explicaciones parecieron satisfactorias y se le permitió el ingreso. Aparentemente, este segundo funcionario tampoco advirtió que la anterior visa de turista del egipcio de 33 años, había expirado el 2 de diciembre del 2000 ¡nueve meses antes! y que había sobrepasado su previa estancia en el país. Si se le hubiera prohibido la entrada, podría haber sido detenido en el Centro de Procesamiento de Krome, en Miami, o deportado en el próximo vuelo a Madrid de donde provenía. Para quien conoce la rigurosidad de los aduaneros norteamericanos resulta imposible pensar que esto pudo ser así. Por lo demás, resulta contradictorio que terroristas tan hábiles como para poder derribar el WTC, fueran tan absolutamente patosos a la hora de cuidar sus visados, máxime cuando un terrorista sabe que debe dar que hablar lo menos posible, especialmente en las aduanas.

El incidente protagonizado por Atta en su entrada en Miami no fue el único encontronazo que tuvo con la autoridades norteamericanas. EFE, recopilando material publicado en EE.UU., presentó otros dos “tropiezos” del terrorista que se suman a la fatal cadena de casualidades que impidió su detención. El 27 de diciembre, un funcionario de la Administración de la Aviación Federal amenazó -sin cumplir la advertencia- con interrogar e investigar a Atta y a otro de los sospechosos, Marwan al-Shehhi, tras haber abandonado éstos una avioneta alquilada en una pista de acceso del aeropuerto de Miami, debido a una avería. El 28 de mayo, pese a una orden favorable, la policía no arrestó a Atta al no presentarse éste a una citación judicial por conducir sin permiso de conducir válido.

Los servicios aduaneros norteamericanos, molestos por que se les achacara negligencia en la detección de las irregularidades cometidas con Atta en su entrada al país, tacharon de "incorrectas" las noticias difundidas por la prensa y desmintieron todos los extremos relativos a los fallos en la verificación del status de Atta en EE.UU. El Servicio de Inmigración dejó claro que Atta llegó al aeropuerto internacional de Miami (Florida) el 10 de enero de 2001 y presentó un visado de turista válido. Los inspectores de inmigración lo interrogaron en esa ocasión.

Su historial fue verificado por el INS (servicio de inmigración), el Departamento de Estado y de otras instituciones de justicia, aseguró. Agregó que los inspectores de inmigración de Miami descubrieron que Atta fue un estudiante pero que tenía un visado válido y que estaba pendiente su cambio de situación de visitante a estudiante.

Pero la última entrada de Atta en Estados Unidos encierra otro hecho absolutamente grotesco. El 10 de enero del 2001 no sólo entró en el país un Mohamed Atta ¡sino dos! La noticia procede también del Miami Herald. Las cintas magnéticas de las aduanas, muestran que uno de los Atta fue autorizado a permanecer en el país hasta el 9 de julio y el otro hasta el 8 de septiembre. ¿Dos personas con nombre idéntico que entran en el país el mismo día? Imposible. ¿O hay que pensar en los dos Lee Harvey Oswald que utilizaron documentación con el mismo nombre, uno fotografiándose en los EE.UU. con un rifle y el otro dando que hablar en el consulado americano en la capital mejicana? Para la investigación, el verdadero Atta, salió del país el 7 de julio, dos días antes de que expirara su viaje. Viajó de Miami a Madrid, para volver el 19 de julio por el aeropuerto de Atlanta. Los medios de comunicación américa, informados siempre por “fuentes anónimas de la investigación” informaron 72 horas después de los atentados que, es posible que Atta se entrevistara en España con un agente de origen iraquí para ultimar los atentados del 11 de septiembre.

El 1 de octubre el Miami Herald señaló que los 19 sospechosos de haber participado en los atentados de Nueva York y Washington entraron y salieron fácilmente a Estados Unidos. Según los datos obtenidos por el periódico, nueve de ellos tenían visas de turistas o empresarios y uno de estudiante. No se obtuvieron informaciones sobre los nueve restantes pero las autoridades presumen que al menos algunos de ellos ingresaron ilegalmente al país.

Mohamed Atta, Marwan Alshehhi y Ziad Jarrah, quienes vivieron simultáneamente en Hamburgo, tenían aparentemente visas de turistas de múltiples entradas que les permitían entrar y salir de Estados Unidos a su antojo.

Alshehhi obtuvo visa en Dubai, mientras que Jarrah y Atta la lograron en Berlín, donde actualmente se presume que fue planificado el ataque contra las Torres Gemelas del World Trade Center y el Pentágono que ha costado más de 6.000 vidas. El trío viajó más frecuentemente que los otros supuestos secuestradores, desplazándose fácilmente entre Estados Unidos, Madrid, Amsterdam, Casablanca y Munich. Atta llegó a Estados Unidos en un vuelo de Czech Airlines desde Praga el 3 de junio del 2000, luego de obtener su visa el 18 de mayo. Las autoridades de emigración le otorgaron permiso de permanencia hasta el 2 de diciembre del 2000, pero el presunto secuestrador sólo abandonó el país el 4 de enero del 2001. A pesar de ello su visa no fue revocada y se le permitió regresar a Estados Unidos el 10 de enero luego de un viaje a España.

Nawaf Alhamzi, uno de los presuntos secuestradores del vuelo 77 de American Airlines que fue estrellado contra el Pentágono, consiguió visa más de un año después de que la CIA emitiera una alarma sobre él a causa de su conexiones con actividades terroristas. Ingresó a Estados Unidos el 15 de enero del 2000 procedente de Hong Kong con una visa obtenida en Yida (Arabia Saudí) en abril de 1999. Su compañero Jalid Almihdhar consiguió una visa de negocios en Yida, donde también las obtuvieron Walid Alshehri, Abdul Alomari, Said Alghamdi y Ahmed Alhaznawi.

Al menos cuatro de los presuntos secuestradores pueden haber usado una identidad falsa. Según diplomáticos de la embajada de Arabia Saudí en Washington, dos de ellos podrían haber usado pasaportes robados a ciudadanos de su país. Salem Alhamzi, uno de los sospechosos del secuestro del avión que fue lanzado contra el Pentágono, podría haber usado los documentos de un ciudadano saudí del mismo nombre, quien denunció el robo de su pasaporte en El Cairo, hace tres años. Por su parte, Alomari podría haber usado la identificación de otro saudí, quien denunció el robo de su maletín en Denver en 1995
El 19 de septiembre, Bert Rodríguez, entrenador del Fitness Centers, en Dania Beach, al norte de Miami, dijo que agentes del FBI lo entrevistaron en relación con el entrenamiento suministrado a Ziad Jarrahi, uno de los sospechosos de secuestrar el vuelo 93 de United Airlines.  Jarrahi "vino aquí y me pidió que lo entrenara. Era muy agradable, de hablar suave y muy modesto. Sus rasgos físicos, piel blanca, pelo corto y el acento, lo hacían parecer de origen alemán. Nunca me imaginé que era árabe". Le comentó que estudiaba negocios y estaba tomando clases de vuelo, pidió ser entrenado en técnicas de defensa personal con cuchillos y armas, pero tranquilizó al entrenador diciéndole que llevaría armas de plástico a las sesiones. Recibió clases durante cuatro meses y dejó de asistir a las mismas en agosto. ¿Un terrorista peligroso elegido para una no menos arriesgada misión que pide recibir clases particulares de defensa personal? Decididamente, los planes de formación terrorista de Al Qaeda dejan mucho que desear.

Más sorprendente fue la noticia difundida desde Miami el 3 de octubre  por el The Miami Herald, según la cual Atta solicitó y recibió un pasaporte de la exótica y absurda Conch Republic (República de la Conchas), una comunidad de Cayo Hueso (Florida) que proclama su independencia. Justo un año antes del atento, en septiembre del 2000, Atta obtuvo en septiembre de 2000 este documento. , que aparentemente ha sido utilizado al menos por uno de los "funcionarios" de la "república" para entrar a Estados Unidos y algunos países del Caribe. La supuesta nación emite dos tipos de pasaportes que imitan los de cualquier país. Solo que, al tratarse de un país sin existencia real al no estar reconocido por las Naciones Unidas ni por ningún otro Estado, en lugar de entregarlos, los venden. La versión corriente, con tapas de azul marino, que cuesta 109 dólares, y la versión diplomática, de color rojo, para "dignatarios" dispuestos a pagar 1.200 dólares. Resulta absolutamente increíble que un terrorista busque este tipo de pasaportes para cruzar fronteras, dado que los servicios aduaneros de todo el mundo están alertados ante este tipo de iniciativas fraudulentas. Días pues, el mismo diario de Florida aclaró que los agentes del FBI “aún no están seguros de que se trate de la misma persona”. Peter Anderson, secretario general de la Conch Republic, dijo que el grupo está cooperando ampliamente con el FBI y que durante la primavera (boreal) del 2000 el grupo recibió una gran cantidad de solicitudes de personas con nombres árabes y desde países como India, Pakistán y los Emiratos Arabes Unidos. El pasaporte de la "república" que posee Anderson está sellado cinco veces con timbres que aparentemente pertenecen al Servicio de Emigración de Estados Unidos.

LOS DOCUMENTOS IMPOSIBLES

Un nuevo golpe de tuerca en la operación de guerra psicológica se realizó el 28 de septiembre cuando el  The Washington Post publicó un reportaje dramático sobre la preparación de los atentados. El diario indicó hoy que los investigadores un manuscrito de cinco páginas en árabe, en el equipaje de Mohammed Atta. Se supo que Atta había viajado con Abulaziz Alomari desde Portland, Maine, a Boston y allí ambos tomaron el vuelo 11 de American Airlines, que secuestraron y estrellaron contra una de las Torres del World Trade Center de Nueva York. Lo más sorprenden es que, precisamente el equipaje de Atta y no otros,  no fue transferido al vuelo 11, y los investigadores encontraron, entre otros artículos, el manuscrito que comprende plegarias, exhortaciones y algunas instrucciones prácticas para la víspera del encuentro con la muerte.

"Verifica todos tus artículos, tu maleta, tus ropas, cuchillos, tu testamento, tus documentos de identificación, tu pasaporte, todos tus papeles", señala el manuscrito. Los rigurosos periodistas añadían una nota a estas líneas: “los investigadores no están seguros de si el autor de la nota fue Atta”... La “honestidad” quedaba a salvo. Luego seguía un consejo infantil para terroristas que llevaban cinco años fraguando la operación: "Verifica tu seguridad antes de salir. Asegúrate de que nadie te sigue"  y, finalmente, se añadía un consejo de urbanidad  absolutamente banal: "Asegúrate de que estás limpio, tus ropas limpias, tus zapatos también". 

Pero donde el texto aparece más tópico es en los párrafos en donde se “demuestra” que los terroristas eran fanáticos integristas islámicos. Se incluyen oraciones islámicas e insta a los comandos a que acepten la muerte y sean optimistas. Y más adelante: "Todos odian la muerte, temen la muerte" o "Pero sólo los creyentes, que saben de la vida después de la muerte y la recompensa después de la muerte, serán los que busquen la muerte", excesivamente tópicas. Bajo el título "La última noche", el manuscrito recuerda a los lectores que en esta noche "enfrentarán muchos desafíos". Dice concretamente: "Debéis encararlos y comprenderlo totalmente... Obedeced a Dios, a su mensajero, y no luchéis entre vosotros, porque esto os debilita, permaneced firmes. Dios está con quienes se mantienen firmes". El manuscrito contiene breves instrucciones con tono de oraciones, como la que sigue al subtítulo "Al entrar al avión": "Oh Dios, abre todas las puertas para mí. Oh Dios, que respondes a las plegarias y las preguntas de quienes te preguntan, te pido tu ayuda. Te pido tu misericordia. Te pido que ilumines mi camino. Te pido que levantes el peso que me agobia".

Pero las casualidades no terminan aquí. Porque no sólo el texto pudo conocerse gracias a un error en el envío del equipaje, sino por que el FBI encontró una copia de un documento casi idéntico entre los restos del vuelo 93 de United Airlines que se estrelló en una zona rural de Pensilvania. La existencia de copias del texto sugiere que sirvió como lectura a varios de los terroristas suicidas en las últimas horas antes de su ataque. "Purifica tu corazón y límpialo de todos los asuntos terrenales", puede leerse en este segundo documento.

Dado que, el comportamiento de los terroristas en los años anteriores a los atentados, no fue en absoluto “ortodoxo” en relación al integrismo islámico, sino más bien todo lo contrario, la misteriosa pluma que redactó este segundo documento escribió: "Ha pasado el tiempo de la diversión y de derroche, ha llegado la hora del juicio". Salvo este párrafo, necesario a la vista de que Atta y sus compañeros solían hacer una vida relativamente disipada, el texto vuelve otra vez a las indicaciones místicas: "Tienes que convencerte de que las pocas horas que te quedan de vida son muy pocas", prosigue el texto. "A partir de allí empezarás a vivir una vida feliz en el paraíso infinito".

La agencia EFE, preguntó a John Voll, del Centro para la Comprensión entre Cristianos y Musulmanes en la Universidad George Washington, qué opinaba sobre todas estas frases e instrucciones: a excepción de las instrucciones sobre cuchillos y ropas limpias, "todo lo demás puede encontrarse en algunos manuales de devoción medievales". El documento "parece escrito por alguien que vive en un contexto devoto, y está arraigado en un amplio discurso espiritual islámico", agregó. Jonathan Brockopp, profesor de estudios islámicos en Bard College, señaló una incoherencia entre el tono espiritual y devoto del texto, y la misión final de los terroristas, que incluyó la muerte de inocentes y el suicidio de los atacantes. Aunque el Islam exhorta al martirio en defensa de la fe, "hay una distinción importante entre el suicidio y el martirio, porque los mártires no buscan la muerte", dijo Brockopp.

"Un mártir busca la gloria de Dios y quiere ser instrumento de Dios", agregó. "No busca, necesariamente, la muerte". Uno de los párrafos del manuscrito contiene la declaración de fe; "Dios, en ti confío". Y agrega: "me pongo en tus manos, y pido con la luz de tu fe que ha iluminado a todo el mundo y aclarado todas las tinieblas de este planeta, que me guíes hasta que gane tu aprobación. Esa es mi meta final".

¿Qué puede pensarse de todo esto? Dos anomalías permiten conocer los testamentos espirituales de los terroristas. Una maleta que no está donde tenía que estar y unos papeles que figuran, precisamente, entre lo poco que se salvó del accidente del Vuelo 93 sobre Pensylvania. No hace falta haber pasado un curso de “operaciones especiales” para saber que, una casualidad quizás pudo darse, dos es imposible y mucho menos en este terreno. No hay ninguna razón para que los terroristas fueran acompañados de estos escritos. Por un lado se les exhorta a cuidar si alguien los sigue, pero por otro nadie les explica que si, casualmente, son detenidos, estos escritos constituirían una prueba abrumadora de que intentaban realizar un atentado terrorista. Por lo demás, el escrito sirve para justificar algo que iba a ser imposible ocultar durante la investigación: el comportamiento poco islámico de Atta y los demás. Imaginemos gente que hace cinco años ha tomado la decisión de morir por el Islam, pero durante esos cinco años, el lugar de llevar una vida de preparación ascética... decide pasárselo lo mejor posible. Esto sin contar la contradicción que supone esta vida, con “la que vendrá” en el Paraíso de Alá, que el Islam considera como el verdadero gozo.

En torno a la persona de Atta existe tal cúmulo de “casualidades” que es imposible pensar que no se trate de un montaje, burdo a poco que se le examine de cerca. El hecho de que el pasaporte de Atta se encontrara semicalcinado en las inmediaciones del WTC no es el mayor disparate que se difundió. Quien vio el atentado y el estallido de los aviones con sus miles de galones de combustible, sabe perfectamente que de aquel infierno de fuego y carburante ardiente, nada de lo que iba en el interior del avión debió salvarse. Y, de hecho, nada se salvo, ni siquiera las cajas negras con los registros de las conversaciones e incidencias de los vuelos, absolutamente nada... salvo el pasaporte de Atta que, milagrosamente, fue encontrado por los equipos de rescate. ¿Y qué pensar de las maletas de Atta encontradas en el interior del vehículo que le llevó al aeropuerto en donde, entre otras lindezas, se encontró un ejemplar del Corán, un ejemplar que no pudo quedarse en casa de Atta, o que podía haberlo acompañado en el vuelo, sino que debió de estar en el vehículo para que, desde el primer momento, no hubiera ninguna duda de que los autores del atentado eran integristas islámicos. De hecho ¿qué otra persona podría dejar un Corán en el interior de un vehículo, sino fuera un peligroso terrorista islámico.

"Prepárate para enfrentarte a tu dios. Prepárate para ese momento", es una de las frases escritas en la nota, según el semanario “Neeswek” que recibió estos datos de una “fuente anónima”. Junto con la nota, las autoridades investigan un paquete que Atta envió el 4 de septiembre a Mustafá Ahmed, de los Emiratos Arabes Unidos. Las autoridades sospechan que Ahmed fue la persona que financió directamente los ataques terroristas del 11 de septiembre, según “Neeswek. "No sabemos con certeza qué contenía el paquete", señaló la fuente anónima. "Mustafá puede ser la clave en las finanzas de Osama bin Laden. Estamos investigándolo de cerca", agregó la fuente. La revista agrega que las autoridades creen que otros secuestradores enviaron dinero a Ahmed o a algunas otras personas en el Medio Oriente en los días previos al ataque. "Estaban devolviendo lo que les quedó", explicó un agente de inteligencia. "Ellos estaban partiendo a un lugar en el que el dinero no era de mucha utilidad", agregó el agente. Las autoridades creen que toda la operación que terminó en los atentados del 11 de septiembre costó unos 200.000 dólares, aunque los terroristas pudieron haber tenido acceso a cerca de medio millón de dólares. ¿Devolver lo que les quedó del dinero cuando Atta poco antes estaba derrochando ese mismo dinero en espectáculos tan poco islámicos como los de streep-tease? Por lo demás, nunca, nadie ha sabido mucho más del tal “Mustafá Ahmed de los Emiratos Árabes Unidos”.

Esta parte del episodio es tan absolutamente incoherente que demuestra, por sí mismo, que algo no encaja en la versión oficial. Es mucho más fácil pensar que alguien lanzó el pasaporte quemado de Atta en las inmediaciones del WTC después de cometido el atentado, que alguien colocó la maleta de Atta sin facturar en la terminal de equipajes del aeropuerto y, seguramente, esa persona colocó dejó también el coche aparcado con el Corán en su interior. Como también es más lógico pensar que otra persona colocó el segundo documento hallado en las inmediaciones de los restos del Vuelo 93. A la vista de lo incoherente del contenido de los documentos, hay que pensar que no pudo ser elaborado por terroristas que llevaban preparando concienzudamente el atentado, sino por alguien interesado en que, desde el primer momento se reforzara la “pista islámica”. ¿Quién pudo asumir todas estas tareas para cuya elaboración hace falta un “equipo” bastante amplio? La falsificación y dispersión de documentos no puede ser sino obra de uno de los veinte servicios de inteligencia que actúan en los Estados Unidos.

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11-S. LA GRAN MENTIRA. (VIII de XV). La trama financiera. El misterio del ántrax

Infokrisis.- A los pocos días del atentado se puso de manifiesto que alguien había especulado con las- acciones de las compañías propietarias de los aviones estrellados con el WTC, el Pentágono y la pradera de Pensilvania. ¿Quién? Bin Laden, por supuesto. Si él era el planificador de los atentados, él debía ser también el conocedor de que las acciones de estas compañías aéreas podían desplomarse y, consiguientemente, especular con ellas. La especulación era un cargo más que pesaba contra Bin Laden –ese cerebro de las finanzas, titulado en economía por las mejores universidades  inglesas- y la prueba definitiva de su culpabilidad.

IV. LA TRAMA FINANCIERA

Pero ¿qué ocurría si él no tuviera nada que ver con la especulación a la baja? Sencillamente, que el culpable sería otro. El asunto de las acciones es fundamental para tener la prueba definitiva de la autoría de los atentados. Así pues, vale la pena dedicar unas líneas al asunto.

El 12 de septiembre ya se sabía que una semana antes se habían llevado lo que se definió como “maniobras características de aprovechamiento de informaciones privilegiadas”. En efecto, la United Airlines y de American Airlines sufrieron una caída del 42 y del 39% en el valor de sus acciones. La especulación proporcionó a los misteriosos inversores 4 y 5 millones de dólares en ganancias respectivamente, según la Comisión de Control de Operaciones Bursátiles de Chicago. Sólo otra compañía sufrió caídas similares, la KLM Royal Dutch Airlines, lo que implica pensar que alguno de sus aviones pudo ser objeto de un secuestro frustrado. Pero las compañías aéreas no eran las únicas en sufrir especulación. Algunas compañías cuya sede social estaba en el WTC también fueron objeto de maniobras especulativas. Las operaciones de venta de acciones de la Morgan Stanley Dean Witter & co se multiplicaron por doce la semana antes de que se hundiera la Torre Sur y con ella la sede social de la compañía. Los especuladores ganaron 1’2 millones de dólares. Por su parte, la Merril Lynch & Co, situada en un edificio próximo al WTC que acabó derrumbándose, proporcionó unos beneficios de 5’5 millones de dólares. Y otro tanto ocurrió con las acciones de las aseguradores que daban cobertura a las empresas domiciliadas en el WTC. En total, los especuladores –esto es, los inductores del atentado- lograron un mínimo de 16’7 millones de dólares en beneficios solo en estas cinc1o compañías. Pero, en realidad se especuló con muchas más empresas.

Anne M. Mergier reprodujo un informe de la Organización Internacional de las Comisiones de Valores (IOSCO) que coordinaba las investigaciones. El 15 de octubre presentaron las investigaciones de este organismo concluyeron que “las ganancias logradas alcanzarían varios centenares de millones de dólares, lo que constituye el más importante delito de aprovechamiento ilícito de informaciones privilegiadas jamás cometido”. El informe prosigue explicando que se logró establecer que la mayor parte de las transacciones pasaron “por el Deutsche Bank y su sucursal americana de inversiones, la empresa Alex Brown, mediante un procedimiento de portage (que asegura el anonimato de quienes realizan las transacciones)”.
Pero la sociedad Alex Brown está dirigida por A.B. Krongard. Anne M. Mergier rescató algunos elementos significativos de su biografía: “Capitán de marines, apasionado por el tiro y las artes marciales, este banquero se convirtió en asesor del director de la CIA y desde el 26 de marzo último es el número tres de esa agencia de inteligencia estadounidense”. Con esos antecedentes no puede extrañar que la Alex Brown se negara a cooperar con la investigación para identificar a los que Mergier llama “los iniciados” y añade: “prudentemente los “iniciados” renunciaron a cobrar los 2’5 millones de dólares de ganancias sobre American Airlines que tuvieron tiempo de embolsarse antes de que se diera la alarma”.

Todo esto es extremadamente turbador. Mientras ha durado la tensión que siguió a los atentados y, posteriormente, el dramatismo de la campaña contra el régimen afgano, todos los intentos de abrir investigaciones en las direcciones apuntadas han chocado con trabas y obstáculos. Nadie parecía interesado –a pesar del dramatismo del atentado y de la gravedad de los datos vertidos por la IOSCO- en penetrar en la opacidad de los paraísos fiscales en donde había ido a parar el dinero.

V. EL MISTERIO DEL ÁNTRAX

El 12 de diciembre de 2001, la cuestión del ántrax repuntó por última vez en las primeras páginas de los diarios americanos. Ya habían pasado dos meses desde el inicio de los primeros sobres con ántrax. A mediados de diciembre, los bombarderos americanos machacaban las posiciones talibán en Tora Bora y la carne de cañón de la Alianza del Norte asaltaba las cuevas donde la mitología del 11 de septiembre ubicaba a Bin Laden. Pocos talibanes se rinden, la mayoría de los que resultan capturados están heridos, uno de ellos es un joven musulmán norteamericano, John Walker, que se había adherido a las filas de Al Qaeda. Se sabe que no era un hombre importante en la organización, apenas un militante de base. Esto no impidió que funcionarios del Departamento de Estado pusieran en su boca declaraciones, a todas luces tan falsas como increíbles. La Vanguardia del 13 de diciembre tituló la noticia a tres columnas: “El talibán americano vaticina un ataque bioquímico en EE.UU.”. Y el diario catalán, tras dar la noticia de forma destacada, comentaba en el último párrafo, no sin cierta ingenuidad: “Su testimonio, sin embargo, no tiene mucho peso. No es probable que un soldado raso talibán, como era él, tuviera acceso a los planes terroristas de Al Qaeda”. El corresponsal de La Vanguardia olvidaba decir que la información sobre las supuestas declaraciones del talibán americano habían sido filtradas por el Pentágono.

Y ya que hablamos de intoxicación informativa, llama la atención comprobar las noticias que fueron emitidas desde EE.UU. en relación a las investigaciones y a la existencia de laboratorios capaces de fabricar ántrax, por que en la disparidad de informaciones vertidas por los distintos centros de poder de los EE.UU., hay algunas claves extremadamente importantes. Mientras que para el Gobierno (tamdem Cheney-Rumsfeld), la autoría de la campaña de ántrax había que atribuirla a Irak, el FBI culpó del origen de las esporas a “un laboratorio militar norteamericano”. Y todas las pistas, en efecto, llevaban a esta segunda posibilidad. ¿Por qué esta disparidad de criterios? ¿Acaso ese FBI –o, mejor dicho, algunos funcionarios- que ocho años antes había hecho todo lo posible para que estallara la primera bomba en el WTC, ahora estaban aquejados de un irreprimible deseo de profesionalidad y eran sinceros a la hora de indicar la existencia de una conspiración interior? ese mismo FBI que, junto a la CIA, habían enviado pistas falsas a buena parte de los gobiernos occidentales sobre presuntos miembros de Al Qaeda y estaba implicado en la maniobra de presentar a falsos culpables ¿se convertía ahora en brillante defensor de la verdad? No. Lo que ocurrió es que entre el 11 de septiembre y el momento en el que se produce la psicosis del ántrax, han pasado muchas cosas en EE.UU. Se hace evidente que la CIA y los organismos militares se están implicando en una nueva aventura exterior de la que pueden derivarse consecuencias imprevisibles; el tradicional aislacionismo americano queda atrás; en las semanas siguientes al 11-S, EE.UU. ha empezado a bombardear Afganistán, está desplazando tropas y medios militares ingentes a la zona y se prevé la intervención en otras zonas de la región. El FBI no puede llamarse a engaño. Sabe que cuando la CIA, a despecho de cualquier lógica y razonamiento, intenta implicar a Irán, Iraq o Rusia, lo que está es preparando las bases para acciones militares en el futuro. Y el FBI teme que esto vaya demasiado lejos y que el peso del complejo militar-industrial sea excesivo en el futuro. Así que denuncia la conspiración veladamente… cumpliendo sus funciones, es decir, realizando una investigación en profundidad. El 20 de diciembre de 2001 el FBI expone sus pruebas ante los medios de comunicación. La Vanguardia titulaba en su página 9: “El FBI cree que el ántrax salió de un laboratorio militar estadounidense”. Una docena de funcionarios militares estaba bajo investigación.

El foco de difusión del ántrax era la base del ejército de Fort Detrick en Maryland, un centro que suministraba carbunco de la cepa “Ames” (a la que pertenecían las cartas enviadas a los senadores Tom Daschle y Patrick Leahy, a la NBC y a la redacción del Washington Post. Las primeras informaciones filtradas por el FBI sobre el laboratorio de Maryland se remontaban al 4 de diciembre. En ese momento, los muertos por ántrax ascendían a 5 y los posibles contaminados a 10.000… Después de esa declaración del FBI la epidemia desapareció como por ensalmo. La declaración del FBI equivalía a decir: “Sabemos quiénes habéis fabricado el ántrax y por qué lo habéis hecho. Así que no sigáis por ese camino o todo saldrá a la superficie”. Y efectivamente, la epidemia desapareció bruscamente. La psicosis colectiva se disipó.

Las otras pruebas difundidas por el FBI en la rueda de prensa eran mera coreografía. Exhibieron los textos de las cartas que acompañaban a las esporas. En ellas podían leerse frases del género “Alá es grande” y “Muerte a Estados Unidos”, algo irrelevante. En realidad, gracias a estas frases, la postura del FBI había empezado a estar clara a partir del 26 de octubre cuando, a través del Washington Post, ésta agencia federal filtró la sospecha de que no existían terroristas extranjeros tras las cartas con ántrax. En efecto, las frases estaban redactadas en un correcto inglés-americano y, por lo demás, la caligrafía no denotaba rasgos propios de quien está habituado a escribir en caracteres árabes.

Hasta ese momento, el dogma establecido en la mitología del 11 de septiembre implicaba, obligatoriamente, pensar que Iraq o Al Qaeda, o ambos en comandita, estaban tras el bioterrorismo. El mismo día en que el FBI, a través del Post excluía la presencia de terroristas extranjeros, el Departamento de Estado recordaba que sólo EE.UU., Rusia e Iraq estaban en condiciones de fabricar esporas tan sofisticadas. Lo cual era, manifiestamente falso. El 4 de diciembre el FBI respondía difundiendo el perfil de la persona que podía enviar el ántrax: científico, con acceso a la fuente de ántrax y con conocimientos y tecnología suficiente para refinarlo. Pero no era solo el FBI quien había decidido romper la baraja y evidenciar que todo era una conspiración interior. Los medios científicos no iban a la zaga. Es difícil callar a todo un pueblo. El diario La Razón del 25 de octubre sacaba a colación las declaraciones de Barbara Hatch Rosenberg, prestigiosa bióloga molecular de la Universidad de Nueva York que elaboró un informe sobre las esporas de ántrax, en el que se aseguraba que una persona que trabaja para el gobierno o que tiene contactos con funcionarios, había sido responsable de los ataques. La doctora Rosemberg añadía: “Toda la información disposible lleva a pensar lleva a pensar en un laboratorio del gobierno como la fuente, bien del ántrax, bien de la fórmula para pulverizarlo”. La doctora era tajante en un punto: “Sólo existe un país capaz de desarrollar los medios para hacer armas biológicas”. Y ese país era EE.UU. Pocos días después, el FBI lanzó otro rumor a través del mismo diario: Serían activistas ultraderechistas norteamericanos los que estarían tras la campaña. En 1998 se produjo un extraño episodio de compra de esporas de ántrax por un militante ultra, luego… Esa pista se vertió en los medios pero no produjo el efecto deseado. Faltaba el móvil; por lo demás, era difícil concebir a ultras norteamericanos, católicos y evangélicos, escribir en el interior de los sobres “Mueran los EE.UU.” (ellos tan patriotas) o “Alá es grande” (ellos tan cristianos)… La carta de los ultras era una salida fácil: se evitaba la posibilidad de que el ántrax fuera la excusa para otra aventura exterior y, al mismo tiempo, se exoneraba a los funcionarios del gobierno de ser responsables del ataque biológico. La opinión pública norteamericana acogió la filtración con escepticismo y nadie volvió a insistir nunca más en ella.

Y es que la campaña del ántrax había tenido un efecto colateral en la opinión pública: en una encuesta publicada el 20 de octubre de 2001, el 53% de los norteamericanos pensaban que las autoridades federales y locales no habían hecho lo necesario para prepararse contra un ataque biológico. Y eso era negativo para la credibilidad del gobierno y para la posible reelección de Bush. La creación de la psicosis había ido demasiado lejos; la cuerda se estaba tensando demasiado. Si la campaña de ántrax se inició para cubrir la crueldad de los bombardeos, ahora se corría el riesgo de que el gobierno perdiera credibilidad y pareciera incapaz de asegurar la protección del pueblo americano.

Cada vez más, las sospechas planeaban sobre funcionarios del gobierno. De nada servían informaciones no contrastadas por otras fuentes que las del Pentágono (es decir, fuentes indignas del más mínimo crédito y especializadas en la intoxicación informativa) según las cuales, se habían encontrado en Afganistán 40 bases de armas químicas… una vez más, los genios de la intoxicación informativa no eran capaces de explicar cómo era posible que ningún talibán aventajado hubiera hecho uso, in extremis, de alguna de estas armas. El enemigo es “malo” por que posee armas de destrucción masiva, pero también es “tonto” por que los “buenos” las capturan antes de que sean capaces de utilizarlas. La información, publicada el 28 de noviembre, debe considerarse como otro intento de desviar la cuestión del ántrax hacia Afganistán. Vale la pena recordar que esas informaciones eran vertidas en los días más duros del bombardeo de Kandahar cuando ya se tenían datos suficientes de que se habían producido “daños colaterales” de consideración entre la población civil. Además, estaba reciente la muerte de una anciana de 94 años, Ottilie Lundgren, quinta víctima mortal del ántrax. A despecho de todos los informes de los especialistas, incluso en una fecha tardía, el 20 de noviembre de 2001, el Subsecretario de Estado afirmaba que EE.UU. se preparaba para acusar públicamente a Corea del Norte, Iraq, Irán, Libia y Siria de fabricar armas biológicas, entre ellas ántrax. Se aseguraba que Iraq “ha desarrollado, producido y almacenado precursores y armamentos paragüera biológica”. Decididamente, el gobierno parte de una presupuesto básico: que el pueblo de los Estados Unidos carece del más mínimo espíritu crítico y de nula capacidad de análisis. Por que la cuestión no es que el Iraq o en Marte se fabricaran armas bacteriológicas, sino que la epidemia de ántrax partía de laboratorios norteamericanos.

Resumamos el estado de la cuestión:

-          a partir del 10 de octubre, a un mes de los atentados, EE.UU. es víctima de una ola de pánico provocada por la recepción de sobres de correo que contenían esporas de ántrax. Mueren 5 personas.
-          Estos envíos generan una oleada de psicosis colectiva en los EE.UU. que relega a segundo plano la campaña de bombardeos de terror sobre Afganistán.
-          El Departamento de Estado presenta esta campaña como relacionada con los atentados del 11 de septiembre, es decir, con Bin Laden, Afganistán e Iraq. Ni una sola prueba avala esta teoría.
-          El FBI y medios científicos y académicos americanos recuerdan que este tipo de esporas solo pueden fabricarse en laboratorios del Gobierno de los EE.UU.
-          Tras esta denuncia, la campaña cesa.

Resulta difícil extraer otra conclusión más que considerar el episodio del ántrax como una nueva fase de la guerra psicológica emprendida por el mismo grupo de poder responsable de los atentados del 11-S.

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11-S. LA GRAN MENTIRA. (VII de XV). Segunda Parte. Los hechos del 11-S

Infokrisis.-Todos lo vimos por TV, sin embargo, no siempre lo que se ve tiene relación con lo que ocurre. Por eso vale la pena repasar la cronología de aquel infausto día, hora a hora. La frase que conviene recordar antes de enumerar lo que ocurrió aquel día, es que en el terrorismo internacional nada es lo que parece. En la sociedad del espectáculo es relativamente fácil convertir cualquier atentado en espectáculo de masas. Y esto fue, en el fondo lo que ocurrió el 11-S.
Cronología de los hechos:

08:45 (14:45 hora española).- Un avión choca con la torre norte del World Trade Center en Manhattan (Nueva York).

09:05 (15:05 hora española).- Un segundo avión colisiona con la torre sur. La Bolsa estadounidense cierra tras el ataque.

09:17 (15:17 hora española).- Las fronteras con México y Canadá se cierran.

09:21 (15:21 hora española).- La autoridad portuaria de Nueva York cierra todos los puentes y túneles hacia y desde la ciudad.

09:30 (15:30 hora española).- El presidente George W. Bush declara desde Florida que "el país, ha sufrido un ataque terrorista".

09:40 (15:40 hora española).- EEUU paraliza todos los vuelos de la nación por primera vez en su historia.

09:45 (15:45 hora española).- Un tercer avión cae sobre el Pentágono, parte del cual se derrumba.

09:57 (15:57 hora española).- El presidente Bush cancela una presentación en Florida y parte con rumbo desconocido.

10:05 (16:05 hora española).- El Pentágono, la Casa Blanca, el Departamento de Estado, el Departamento de Justicia, El Capitolio, la CIA y otros edificios gubernamentales son evacuados. A la misma hora la torre sur del World Trade Center se derrumba.

10:10 (16:10 hora española).- El vuelo 93 de la empresa United Airlines en dirección a San Francisco, se estrella en Pensilvania.

10:20 (16:20 hora española).- Todas las bolsas europeas registran fortísimas pérdidas durante toda la jornada y al cierre, mientras el euro se revaloriza frente al dólar a raíz de los atentados. A la misma hora un destacado dirigente del Frente Democrático para la Liberación de Palestina desmiente cualquier implicación en los atentados de Nueva York.

10:28 (16:28 hora española).- Se derrumba la segunda torre.


10:46 (16:46 hora española).- El Secretario de Estado, Collin Powel, suspende su viaje en Latinoamérica y vuelve a los EEUU.


10:48 (16:48 hora española).- United Airlines confirma la pérdida del vuelo 175 en ruta a Los Angeles.


10:58 (16:58 hora española).- Israel evacua sus representantes en todo el mundo.


11:02 (17:02 hora española).- El alcalde de Nueva York, Rudy Guiliani, pide a los ciudadanos que permanezcan tranquilos y en casa.


11:16 (17:16 hora española).-  El Centro para el Control de Enfermedades prepara equipos de lucha contra el bioterrorismo.


11:18 (17:18 hora española).- La compañía aérea American Airlines informa que ha perdido dos aviones, el vuelo 11 con 81 pasajeros y 11 tripulantes y el vuelo 77 con 58 pasajeros y 6 tripulantes. Ambos estaban en ruta hacia la ciudad de Los Angeles.


11:30 (17:30 hora española).- La OTAN evacua todo personal prescindible de sus cuarteles en Bruselas. 


12:04 (18:04 hora española).- El aeropuerto de Los Angeles, destino de dos de los aviones siniestrados, es evacuado.


12:13 (18:13 hora española).- La parte sur de la isla de Manhattan es evacuada y 10.000 efectivos acuden a la zona para efectuar tareas de rescate.


12:15 (18:15 hora española).- El aeropuerto de San Francisco, destino del siniestrado vuelo 77, es evacuado y cerrado.


12:42 (18:42 hora española).- El embajador de los Talibanes en Pakistán, Mullah Salam Zaeef, declara que "Afganistán siente el dolor de los niños estadounidenses y esperamos que se haga justicia".


13:29 (19:29 hora española).- Bush, en una segunda declaración desde la base de la Fuerza Aérea en Barksdale, afirma que los responsables de los atentados serán perseguidos y castigados.


13:48 (19:48 hora española).- Bush llega al Cuartel General del Mando Aéreo Estratégico, situado en la base aérea de Offutt (Nebraska).


15:56 (21:56 hora española).- El alcalde Rudolph Giuliani dice que el número de muertos en los atentados contra las Torres Gemelas podrían ser "mucho mayor de lo que ninguno de nosotros podemos resistir".


16:42 (22:42 hora española).- Bush parte hacia Washington.
17:40 (23:40 hora española).- Un edificio próximo a las torres del World Trade Center Se derrumba tras consumirse pasto de las llamas.


18:00 (00:00 hora española).- Kabul, capital de Afganistán, atacada por mísiles en plena noche. Un portavoz del Pentágono desmiente que Estados Unidos esté detrás de una posible operación de represalia, y la achaca a la oposición afgana al Gobierno talibán. A las 20:30 hora local, 02:30 del miércoles hora española, el presidente estadounidense se dirige por tercera vez a la nación. En un discurso televisado, asegura que EE UU no hará distinciones entre los que cometen los actos terroristas y los que les protegen o cobijan. Bush asegura que el país perseguirá la paz, la libertad y la justicia y que los que pretendían crear el caos no lo han conseguido pues Estados Unidos es "una nación fuerte".


12 de septiembre: Bruselas: La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) acordó que los actos terroristas desde el exterior pueden enmarcarse en el Artículo V del Tratado del Atlántico Norte, que establece la obligación de defensa mutua.

13 de septiembre: Washington: La policía federal norteamericana (FBI) identificó al menos a 50 personas que colaboraron en los atentados y el secretario de Estado, Colin Powell, apunta a Bin Laden como principal sospechoso de la tragedia.

14 de septiembre: Washington: El FBI informó que siete de los secuestradores recibieron entrenamiento como pilotos en Florida, confirmó la primera detención de un "testigo material con información relevante" e identificó a los 19 terroristas suicidas.

15 de septiembre: Washington: Georg W. Bush acusó al millonario saudita Osama Bin Laden de ser el "principal sospechoso" y anunció una "acción arrolladora, continuada y eficaz" contra los autores. Kandahar (Afganistán): El líder de los talibanes, el mullah Mohammed Omar, llamó a los musulmanes a la "guerra santa".

16 de septiembre: Kabul: Bin Laden negó su implicación en atentados del 11 de septiembre.

17 de septiembre: Washington: George W. Bush reclamó a Bin Laden "vivo o muerto".

20 de septiembre: Kabul: Los ulemas afganos pidieron a Bin Laden que abandone voluntariamente Afganistán.

28 de septiembre: Nueva York: El Consejo de Seguridad de la ONU adoptó una resolución que permite la congelación de activos financieros de sospechosos terroristas o vinculados con organizaciones terroristas.

1 de octubre: Roma: La opositora Alianza del Norte y el rey afgano en el exilio, Mohamed Zaher Shah, acuerdan formar un gobierno de transición en Afganistán.

2 de octubre: Bruselas: La OTAN invocó la cláusula de defensa mutua tras recibir pruebas de Estados Unidos sobre la complicidad de "Al Qaeda" (organización de Bin Laden) en los atentados.

5 de octubre: Washington: La administración Bush calificó de "inaceptables" las declaraciones del primer ministro israelí, Ariel Sharon, quien dijo que Estados Unidos sacrificaba a su país para ganarse el favor del mundo árabe en su intento por consolidar una coalición internacional contra el terrorismo.

6 de octubre: Washington: El presidente George W. Bush anunció un ataque inminente sobre Afganistán.

7 de octubre: Estados Unidos comenzó el ataque sobre Afganistán.


EL MISTERIO DEL VUELO 93


En los cuatro aviones estrellados el 11 de septiembre subsiste el mismo misterio: se ignora exactamente qué ocurrió en su interior. Las cajas negras de los cuatro se han perdido. No existen conversaciones entre los pilotos y los controladores aéreos. Tan sólo unas cuantas conversaciones inconexas realizadas presuntamente desde teléfonos móviles por pasajeros a sus familias. Ya habrá ocasión de hablar sobre ellas. Pero, de entre todos los misterios, el del vuelo 93 de United Airlines es, sin duda, el más complejo.

A los pocos días de producirse los atentados, la mitología del 11 de septiembre, lanzó uno de sus bulos más dramáticos: los heroicos pasajeros del vuelo 93 supieron por los teléfonos móviles (esos mismos que en todos los vuelos se ordena imperativamente apagar) que otros tres aviones se habían estrellado contra el WTC y el Pentágono y, puestos a morir, optaron por comportarse como patriotas afrontando a sus secuestradores. En la lucha que siguió, el avión terminó por estallar o estrellarse en Pensylvania. Vanity Fair explicó en un amplio reportaje que el vuelo “podrá recordarse como una de las mayores historias de heroísmo jamás contadas”. New York Times, más ponderado, explicó que “la grabadora de la cabina del avión había registrado una lucha salvaje y desesperada a bordo (...) y a pesar de que no ofrecía una imagen clara ni completa (...) parece indudable que hubo un enfrentamiento caótico que, al parecer, provocó la caída del avión”. Newsweek publicó fragmentos de la grabación: se oían oraciones musulmanas y cristianas, gritos, insultos. El mismo Presidente Bush y otros altos funcionarios de su administración, loaron en innumerables ocasiones a los “héroes del vuelo 93”. En el momento de escribir estas líneas, la pradera de Pensilvania en la que se estrelló el avión es considerada como un nuevo “cementerio de los héroes” y visitada diariamente por americanos medios.

La grabación revela conversaciones de rutina entre la tripulación y la torre de control de Cleveland, interrumpidas por gritos y una voz anglosajona ordenando "fuera de aquí". Es evidente que están secuestrando el aparato. Quien parece uno de los secuestradores advierte a los pasajeros: "Hola, les habla el capitán. Les recuerdo a todos mantenerse sentados. Hay una bomba a bordo y todos vamos a hacer el esfuerzo para conseguir nuestras exigencias". Un controlador aéreo escuchó el anuncio y confirmó la información con la tripulación de un avión que volaba por el área. Después realizó cerca de 20 intentos para comunicarse con el vuelo 93, pero nunca hubo respuesta. Solo algunos pasajeros pudieron comunicar con sus familiares a través del móvil. Se ha difundido la versión de que tres pasajeros lograron oprimir a los secuestradores pero no lograron mantener el control de la aeronave. Todo esto es extremadamente incierto. En realidad no se sabe nada sobre los últimos ocho minutos. El propio forense que realizó las improbables autopsias, certificó que la causa de la muerte de los 40 pasajeros fue “asesinado” y en el caso de los 4 supuestos terroristas “suicidio”. Pero, a pesar de haber colaborado estrechamente con el FBI en las dos semanas siguientes al atentado, Miller reconoció a la prensa –y sus declaraciones las reprodujo El País el 27 de diciembre de 2001- que “no puede probarse lo que ocurrió. Sólo deducirlo”. Y el cronista añadía: “Tampoco saben, ni él ni nadie más, qué fue exactamente lo que hizo que el vuelo 93 cayera (...). O, si alguién lo sabe, no lo ha dicho”. Existe un vacío absoluto que contrasta con la importancia que el episodio ha tenido en la conciencia del pueblo americano. La idea de una “venganza patriótica” en aquellos días posteriores al atentado, fue estimulada por dos episodios fuertemente emotivos y sentimentales, la imagen de Bush hablando con un megáfono, junto al bombero más anciano de Nueva York, sobre las ruinas del WTC y, de otro lado, la difusión del “heroico combate” de los pasajeros del vuelo 93 contra sus secuestradores.

Dejando atrás la mitología, veamos ahora qué se sabe de manera objetiva sobre lo que ocurrió en el interior del avión.

Gracias a un testigo presencial se sabe como se estrelló el avión. Leer Purbaugh confirmó que a las 10:06: “Hubo un fuerte estruendo y, bruscamente, sobre mi cabeza, apareció el avió sobre mi cabeza a unos 16 metros de altura (...) Fue apenas una fracción de segundo y lo ví todo a cámara lenta, parecía que no iba a acabar nunca. El avión osciló de un lado a otro y, de pronto, se inclinó y cayó en picado contra la tierra con una gran explosión”.

Las grabaciones telefónicas parecen demostrar que varios pasajeros tenían intención de afrontar a sus secuestradores. La grabadora del interior de la cabina también ha aportado datos, pero estos no han sido revelados a la opinión pública. No ha podido evitarse la aparición de teorías alternativas que han sido desmentidas de plano por las Fuerzas Aéreas Norteamericanas: ni estalló una bomba en el interior del avión, ni éste fue derribado por un caza. La primera versión se dedujo a partir del testimonio de varios pasajeros que, mediante el móvil, explicaron a sus familias que algún secuestrador llevaba lo que parecía una bomba adosada a su cuerpo. La negativa de la USAF fue lo suficientemente rotunda como para que no hubiera dudas sobre la opinión oficial. Sin embargo persistían algunos interrogantes que, al menos, concedían cierta credibilidad a las hipótesis alternativas.

Los restos del avión aparecieron dispersos por varios kilómetros. Se llegaron a encontrar cartas a 13 km del siniestro. Uno de los motores apareció a dos kilómetros del lugar, algo difícil para una pieza que pesa algo más de un tonelada. La mayoría de los restos tienen, como máximo, cinco centímetros. Estos hechos inducen a pensar si no fue un bomba que estalló en la sujeción de uno de los motores –el que se encontró a dos kilómetros del resto, lo desprendió y esto precipitó la caída.

La celeridad con que las USAF negó las versiones alternativas es comprensible. Para la USAF ninguno de los aviones que despegaron llegó a tiempo para interceptar el vuelo. Se reconoce que “lograron aproximarse” al avión antes de que éste se precipitara sobre tierra. La fuerza aérea no quería verse implicada en un episodio que costó la vida a 40 americanos. Sin embargo, es rigurosamente cierto que se han difundido informaciones contradictorias sobre la actuación de los cazas YF-16 de la base de Andrews. Se sabe que una escuadrilla despegó a las 8:52 con la misión de interceptar al avión. Otra escuadrilla despegó a las 9:35 cuando el avión giró 180º y se puso en la trayectoria de Washington, enfilando hacia la Casa Blanca. Los controladores aéreos oyeron decir al piloto que “había un bomba a bordo”. El vuelo se estrelló media hora después. Es decir, había tiempo suficiente para que los YF-16, aviones supersónicos, interceptaran al aparato. Incluso un controlador aéreo declaró en el periódico local de New Hampshire que uno de estos cazas persiguió al avión secuestrado. Esto sin olvidar que el vicepresidente Cheney reclaró el 16 de septiembre que Bush había autorizado derribar al aparato. ¿Lo derribaron realmente? No todos los testimonios son coincidentes. Por lo demás, seguir a un avión, no implica derribarlo necesariamente. Lo que si parece confirmado por media docena de testigos presenciales en tierra, es que existió otro avión que volaba a baja altura, “pequeño, blanco, con motores posteriores, de color blanco”. Purbaugh, sobre cuya cabeza pasó el vuelo 93 antes de estrellarse, declaró que no era una “avión militar” y puede creerse en su opinión por que sirvió en la marina durante tres años. Existen dos aviones que responden a las características descritas por los destigos (pequeño, maniobrable, motores traseros). Uno es el “Thunderbold A-10”, llamado “cazatanques”, del que la Guardia Nacional dispone de algunos ejemplares. El otro es el “Depredator”, avión sin piloto, guiado desde tierra con misiones de observación. No pudo ser el primero por que hubiera dejado constancia en los radares. El “Depredator”, sin embargo es extremadamente reducido; ha sido utilizado en Afganistán e Iraq, en donde fue derribado uno de ellos. Está provisto de elementos de observación, videocámaras, equipos de fotografía, etc. Es significativo que ninguno de los testigos afirmara que este segundo avión –fuera cual fuera- disparó misil alguno o ametralló al vuelo 93.  Oficialmente, la USAF y el FBI han explicado que este pequeño avión era un “Falcon” privado que volaba en las inmediaciones. Las autoridades le pidieron por radio que descendiera de 12.300 a 1.600 metros para observar lo que había sucedido. Este “Falcon” no podía ser el avión que los testigos dijeron ver por la sencilla razón de que apareció cuando el vuelo 93 se había estrellado.

Pero hay otro problema. No existe ningún dato que permita acreditar esa versión, ni piloto alguno ha reconocido ir a los mandos del “Falcon”. El que si ha reconocido volar en las inmediaciones del Vuelo 93 ha sido Bill Wgriht a bordo de una Piper a escasos 5 kilómetros, hasta el punto de “poder ver las enseñas de United en el aparato”. Pero éste no pudo ser el avión divisado desde tierra por que “le ordenaron que se alejara de la nave secuestrada y aterrizaría inmediatamente”, según se lee en El País (27.12.01). “Una de las primeras cosas que se me ocurrieron –declaró Wright- al recibir la orden fue que esperaban que estallase en el aire o lo iban a derribar”.

Otro testimonio publicado por Associated Press explica que ocho minutos antes de la colisión un hombre llamó desde el móvil al teléfono de urgencias, 911. Le atendió Glen Cramer el cual explicó que el pasaje, en un estado de gran excitación, encerrado en el lavabo, le explicó que el avión estaba cayendo. Se había oído una explosión y salía humo del aparato, pero era imposible precisar de qué parte. Cramer le pidió varias veces que confirmara la información. Luego se cortó la llamada. Esta fue la última recibida desde el vuelo 93. Ocho minutos después el avión se estrellaba. Cramer –como el resto de controladores- ha recibido la orden de que no hable públicamente de estos hechos.

El FBI sostiene que no hay nada raro en la dispersión de los restos o en la aparición del motor a distancia de los demás restos. Pero si es extraño, especialmente, el hecho de que aparecieran cartas tan lejos y tan poco tiempo después de la caída. La hipótesis del misil dirigido por un caza en vuelo debería descartarse: en efecto, el testimonio de Purbaugh y de la media docena de testigos es definitivo, hubo otro avión, pero de éste aparato no salió ningún misil hacia el Vuelo 93.

¿Entonces? ¿qué ocurrió? Hay otros testimonios no menos enigmáticos que han sido incorporados a la hipótesis conspirativa. El FBI afirmó que junto al Falcon privado existía un avión militar en un radio de 40 kilómetros. Se trataba de un Hércules C130. Veintiocho de estos aparatos fueron dotados en 1995 con equipos de “guerra electrónica” capaces de “afectar intencionadamente a los mecanismos de un avión y provocar, por ejemplo una caída en picado incontrolable”. El País señalaba que en 1996, un avión de la TWA cayó al mar víctima de una interferencia electromagnética, pero existe armamento desarrollado e incorporado a los C130 que puede provocar voluntariamente los mismos efectos.

Las hipótesis son tres:

-          O los pasajeros se enfrentaron a sus secuestradores y estos estallaron la bomba que presuntamente llevaban adosada, o en el curso de la lucha el avión se precipitó, o bien los secuestradores lo estrellaron al ver que no podían alcanzar sus objetivos, o incluso, liberados los pasajeros de sus secuestradores, al tomar los mandos del avión, se estrellaron con él.

-          O el avión fue derribado mediante algún tipo de sistema exterior al propio avión y a la voluntad de los secuestradores y del pasaje.

-          O, finalmente, una bomba estalló en algún lugar del aparato que provocó el desprendimiento de uno de los motores.

Los datos de los que no puede dudarse son:

-          Se sabe ciertamente que en el interior del avión cuatro secuestradores se hicieron con el control del aparato.

-          Hubo voluntad de lucha por parte de los pasajeros, pero no puede certificarse que ésta se produjera en realidad.

-          Un segundo avión (sin que se sepa exactamente el tipo de avión y su procedencia) estuvo en las inmediaciones del Vuelo 93 y debió ver todo lo que ocurrió.

-          Se desconoce completamente lo que ocurrió en el interior del avión en los ocho últimos minutos posteriores a la última llamada efectuada desde un móvil.


© Ernest Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es  http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

11-S. LA GRAN MENTIRA. (VI de XV). El modelo histórico del 11 de septiembre

nfokrisis.- ¿Cómo podemos sostener que un sector de la administración americana haya podido planificar o colaborar en la ejecución de un atentado que haya costado la vida de 3000 americanos? ¿No es acaso una monstruosidad sólo pensarlo? ¿no es escandaloso el mero hecho de enunciar esta hipótesis de trabajo? ¿no es una afrenta para los muertos y para el gobierno de su país que los ha llorado y vengado?
 

Pues bien, si los opositores a la tesis oficial tenemos legitimidad moral para exponer una hipótesis alternativa, es por la sencilla razón, de que operaciones de este tipo han sido una constante en la historia americana.

En esta parte de la obra vamos a ver someramente algunos “modelos históricos” del 11-S. No son pocos. No son desdeñables en la historia de los Estados Unidos.

PROVOCACIONES DE LA CIA: UN PEQUEÑO EJEMPLO

El 10 de octubre de 2001 se publicó uno noticia que demostraba el estilo de trabajo de los servicios secretos norteamericanos. La noticia se generó en Brasil en los años setenta. En aquella época, los militares ocupaban tranquilamente el poder y abordaban cómodamente la creación de infraestructuras en todo el país. La guerrilla urbana de Carlos Marighela había sido completamente liquidada en la década anterior y el gobierno militar tenía ideas propias. Quería convertirse en “potencia continental”. Para ello tenía recursos naturales, tecnología, población y territorio; era, en efecto, una nación “transoceánica”,  concepto geopolítico según el cual resulta imprescindible para alcanzar la hegemonía en un espacio geográfico el que las costas de un país sean bañadas por las aguas de dos océanos. Ciertamente las aguas brasileñas sólo dan al Atlántico, pero los militares se las habían ingeniado para ampliar su área de influencia hacia el Pacífico; en la parte Este de Bolivia los intercambios comerciales se hacían en aquella época en cruceiros, la moneda brasileña; los militares cariocas habían abordado la construcción de carreteras transamazónicas que cruzarían horizontalmente el país y los fronterizos hasta el Pacífico; y, finalmente, el Servicio Nacional de Inteligencia brasileño había tenido mucho más peso en el golpe de Chile de Pinochet que la propia CIA, contrariamente a lo que se ha dicho y lo que se tiene tendencia a creer. Baste recordar que el propio Pinochet se había formado en la escuela geopolítica brasileña... a la que pertenecía todo este orden de ideas que acabamos de exponer.

Pues bien, en esta balsa de aceite, la CIA planeó realizar atentados terroristas en Brasil cuya responsabilidad sería atribuida a organizaciones de izquierda. Estas revelaciones fueron realizadas por un antiguo colaborador de la inteligencia americana, actualmente ingeniero químico estadounidense, Robert Muller Hayes. Trabajó para la CIA en Brasil entre 1972 y 1976 y recibió la orden de preparar un atentado terrorista contra el Consulado americano en Sao Paulo que sería atribuido a la izquierda. Hayes no era un cualquiera en la CIA; en 1987 investigó la participación de colaboradores de la agencia en el contrabando de armas y presentó sus conclusiones al Senado. A decir verdad, Hayes había sido en los años 60 y 70, un asesino de la CIA, tal como él mismo reconoció. No sólo cosechó informaciones comprometedoras sobre el gobierno brasileño de la época, sino que además asesinó a militantes de izquierda latinoamericanos refugiados en aquel país. En un momento dado, se arrepintió: “Yo seguía una regla sencilla; solo mataba a personas malas. Nada de inocentes, mujeres y niños. Es necesario mantener ciertos principios.  Cuando me negué a participar en el plan, pasé a ser perseguido y amenazado de muerte”. Fue entonces cuando sus superiores le pidieron que atentara contra el consulado americano en Sao Paolo para responsabilizar a la izquierda.

La historia de Hayes es significativa del estilo de trabajo de la inteligencia americana: todo vale –incluso la muerte de los propios ciudadanos- para conseguir un objetivo. En el episodio revelado por Hayes Hayes, sorprende que esos atentados contra el consulado americano eran completamente inútiles: la izquierda había sido derrotada en Brasil y el país era extremadamente estable, acaso demasiado estable para los intereses americanos. La muerte de unos cuantos americanos lejos de su patria iba a servir de muy poco... sin embargo se programó.

Y es que este accionar ha sido una constante en la historia americana.

De hecho, la gran expansión comercial de ese país está directamente ligada a diversos episodios bélicos (la guerra de Cuba, la Primera, la Segunda Guerra Mundial, etc.). La opinión pública americana nunca ha estado predispuesta para entrar en estos conflictos, pero siempre su resistencia ha sido vencida mediante un episodio traumático –un “casus belli”- que ha despertado el patriotismo y el deseo de “revenge” (venganza) entre la población. Estados Unidos no es el único país que ha utilizado esta estrategia para arrastrar a la opinión pública a conflictos, pero si desde luego es el que ha llegado más lejos en cinismo y frialdad. Véase.

I. EL EXTAÑO CASO DE EL ALAMO

El 6 de mayo de 1836, con ocasión de la guerra con Tejas, el Ejército mexicano del general Santa Ana, decidió poner fin a los asentamientos de colonos en Texas, en esa época territorio mexicano. Santa Ana decidió poner sitio al fuerte El Alamo que, doce días después, fue asaltado, muriendo la mayoría de sus defensores; a pesar de que el General Sam Huston se hallaba en las proximidades con unos destacamentos militares tan fuertes como el ejército de Santa Ana, no se mivió para auxiliar a los sitiados. La cuestión es todavía más sorprendente si tenemos en cuenta que pocas semanas después, ese mismo ejército combatió y venció a Santa Ana en la batalla de San Jacinto. El resultado fue la anexión de 1/3 del territorio mexicano a EE.UU., incluyendo los extensos territorios de Texas al grito de "Remember the Alamo" (Recuerda El Alamo). El Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848) confirmó la anexión de California, Arizona  y el resto de Texas a los EE.UU.

El Alamo podía haber sido salvado. Desde el punto de vista militar era perfectamente factible que el enfrentamiento de San Jacinto se hubiera adelantado sólo unas semanas. Pero, entonces, se hubiera perdido el factor emotivo que permitió la impresionante movilización nacional contra México que le amputó un tercio de su territorio nacional.

II. EL EXTRAÑO CASO DE LA VOLADURA DEL “MAINE”

Cincuenta años después del episodio de El Alamo, en la noche del 15 de febrero de 1898 una enorme explosión destruyó la proa del acorazado Maine, uno de los más poderosos de la marina estadounidense. Perecieron 286 tripulantes de su dotación, abrasados o ahogados, mientras el buque se hundía en la bahía de La Habana. Los grupos imperialistas de Washington y la prensa amarilla de Nueva York aprovecharon el suceso para azuzar a la opinión pública contra España. Dos meses más tarde, Estados Unidos declaraba la guerra a la vieja potencia colonial. Tras la agresión a México, seguía la guerra contra España cuyo objetivo era convertir el Caribe en una zona de influencia indiscutiblemente americana.

EE.UU. ya había liquidado la pomposamente llamada "conquista del Oeste". En esa época ya estaban definitivamente enlazados los territorios del Este y del Oeste de los EE.UU. Claro que para ello hizo falta eliminar a las poblaciones indígenas en el genocidio más brutal y planificado de la historia. En ese tiempo ya se había desarrollado el embrión del poderío industrial norteamericano; el país estaba gobernado por la oligarquía industrial y financiera anglosajona, blanca y protestante enormemente enriquecida. Y uno de los sectores más pujantes y, políticamente, más comprometidos en toda esta aventura era la prensa. Decir “prensa” a fines del siglo XIX equivalía a pronunciar el nombre de John Randolph Hearts.

Gracias a Hearts la población ignoraba el genocidio de la población indígena y se sentía orgullosa del robo a México de extensos territorios. En este contexto ocurre el incidente de El Maine.

Las investigaciones revelaron que la explosión había sido interna, pero en EEUU nadie quiso escuchar. El gobierno español pidió un informe a la Royal Navy británica que concluyó que la explosión no era culpa de España, pero nadie en EEUU quiso escuchar. Hoy, incluso en Norteamérica, se reconoce que España no fue responsable de la voladura del Maine y se sostiene que se trató de una explosión fortuita en las calderas.

A raíz de esta guerra, España perdió Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Guam y Wake que pasaron a entrar en la zona de influencia americana. Y también se despertó sin Marina. Sigsbee, capitán del Maine, recibió un mensaje cuyo contenido completo nunca se ha conocido y se dirigió hacia el puerto de La Habana. Amarró a pocos metros del crucero español Alfonso XII, que apenas sufrió pequeños daños en la arboladura como efecto de la explosión; si se hubiera tratado de una explosión exterior estos daños hubieran sido extremadamente mayores. Y otro tanto hubiera ocurrido con el crucero español Legazpi, y el americano Ciudad de Washington, anclados en las proximidades.

Desde el principio, el debate consistía en establecer si el Maine se hundió a causa de una explosión accidental o bien de una explosión voluntaria provocada en el interior del propio buque. El Jefe de Policía de La Habana aludía directamente a la colocación de un artefacto explosivo dentro del barco por alguien de la tripulación o por un visitante. Jamás se sabrá a ciencia cierta por quien. Pero hay algún elemento que vale la pena tenerse en cuenta. Menos de cien horas antes de la explosión, el yate de John Randolh Hearst –con el evocador nombre de “Bucanero”- estuvo anclado a muy poca distancia de donde amarró el Maine. Se sabe que hizo numerosas flotas del Maine y luego levó anclas. Hearts, sin duda, fue el más belicista de los magnates norteamericanos. Había escrito: “Mi lema es que mientras otros hablan mi Journal actúa”. Y se conoce otra de sus frases “geniales”: "denme un incidente y yo ocasionaré una guerra".

Sea como fuera, todas las versiones apuntaban a una explosión en una de las calderas que generaban energía eléctrica; el incendio se comunicó a la Santa Bárbara del buque y a los torpedos y dinamita almacenada. Una explosión exterior inicial y con autoría humana, pudo provocar la siguiente y más grave en el pañol.

Clara Barton, fundadora de la Cruz Roja americana, se hallaba en La Habana, lamentaba aquella hecatombre a la que no pudo dar explicación razonable. Añade que desde el puerto los cubanos gritaban "traen dinamita para volar barcos españoles pero les explota a ellos". Los propios americanos reconocieron que los españoles habían reaccionado inmediatamente prestando ayuda a los heridos y náufragos. Toda la prensa europea e incluso algunos diarios norteamericanos negaban que España tuviera algún tipo de implicación con la deflagración. Edwin Lawrence Gogki, director y propietario del Evening Post, fue una excepción. Días después del siniestro escribió "nada tan desgraciado como el comportamiento de estos diarios [se refería a los de Hearst y al Word] se ha conocido jamás en la historia del periodismo de este país, con reproducción falseada de hechos, invención deliberada de cuentos calculados para excitar al público, a lo que se añade una temeridad desenfrenada en la composición de titulares. Es una vergüenza pública que los hombres puedan hacer tanto daño con el objeto de vender más periódicos".

EE.UU. no aceptaron la solicitud de arbitraje internacional. Apoyado por el grupo de Hearts, el gobierno americano incitaba al odio contra España y se negaba a reconocer cualquier argumento exculpatorio... una situación que tiene extraordinario paralelismo con lo ocurrido tras el 11-S. A poco que se examine con objetividad y serenidad los hechos, se advertirá que las declaraciones del portavoz talibán en Afganistán en el sentido de que Bin Laden sería entregado en cuanto se presentaran pruebas fehacientes de su culpabilidad en los atentados del 11 de septiembre, no fue tenido en cuenta, a pesar de que parece una oferta extremadamente sensata. Sólo que, desde el primer momento, EE.UU. ya había decidido que Bin Laden era culpable y que había que intervenir en Afganistán. En el caso del Maine era evidente que España no quería la guerra. Estados Unidos sí. Gracias a esa guerra, EE.UU. sustituyó a España en el Caribe y el Pacífico en lo que supuso la primera vuelta de tuerca de su expansión internacional.

III. EL EXTRAÑO CASO DEL “LUSITANIA”

Veinte años después, cuando la Doctrina Monroe (“América para los americanos... del Norte”) ya se había afianzado y el desarrollo industrial del país le permitía aspirar a nuevos mercados, la Primera Guerra Mundial le brindó una oportunidad de ampliar sus horizontes comerciales. Como era habitual con el pueblo americano, tampoco en esta ocasión existía una opinión pública belicista interesada en implicarse en lo que hasta ese momento se conocía como la “Guerra Europea”. Sin embargo, en Europa, especialmente en Inglaterra, se deseaba ardientemente que EE.UU. entrara en guerra al lado de las potencias aliadas. Todos los combatientes europeos estaban desgastados por tres años de guerra de desgaste y parecía que ninguno de los dos bandos pudiera alcanzar una hegemonía decisiva sobre el otro. Fue entonces cuando ocurrió el misterioso episodio del Lusitania y, una vez más, EE.UU. encontró el medio para convencer a su opinión pública de que había que entrar en guerra para satisfacer ese primitivo afán de venganza estimulado artificialmente: una vez más el esquema del Maine, de El Alamo, volvía a repetirse. No sería la última vez.

Hundido en la costa meridional de Irlanda, el 7 de mayo de 1915, a las 14:11, a veinte kilómetros de distancia, en la Old Head Kinsale, el Lusitania arrastró consigo a 1198 personas, 124 de las cuales eran americanas. Sabemos que el Lusitania fue hundido por un submarino alemán. Sin embargo se ha debatido hasta la saciedad los motivos por los que fue torpedeado. ¿Era el Lusitania un barco de pasajeros o era un buque artillado? ¿Es cierto que transportaba armas? Hoy no es posible dudar de que el trasatlántico fue sacrificado intencionadamente, a fin de inducir a la opinión pública americana a aceptar la intervención en la Guerra Europea.

El último viaje del trasatlántico -de Nueva York a Liverpool- comenzó el 1 de mayo de 1915. Los alemanes advirtieron a los pasajeros que pensaban viajar en el Lusitania que desistieran de su propósito y cancelaran sus reservas. Recordaron que todo barco de pasajeros perteneciente a un país enemigo que entrara en aguas de la zona de guerra se exponía a ser atacado.

La embajada alemana en Washington llegó incluso a publicar en los periódicos americanos anuncios que advertían: “A los viajeros que proyecten embarcarse en una travesía por el Atlántico, se les recuerda que existe estado de guerra entre Alemania y Gran Bretaña, y que los barcos de bandera británica pueden ser destruidos. Los pasajeros que viajen por la zona de guerra en barcos de Gran Bretaña o de sus países aliados, lo harán bajo su propia responsabilidad”.

A pesar de todo, 188 americanos reservaron pasajes a bordo del Lusitania, en cuya “inocente” declaración de carga no figuraban las más de 4000 cajas de municiones que transportaba, destinadas a contribuir al esfuerzo de guerra de los aliados.

El capitán William Tumer, recibió un mensaje del vicealmirante sir Henry Coke: “Submarinos en actividad a la altura de la costa meridional de Irlanda”. Uno de esos submarinos, el U-20, al mando del comandante Walter Schwiege, avistó al Lusitania. El barco iba armado por lo menos con doce cañones de 6 pulgadas y transportaba municiones y explosivos. En 1913, fue modificado para ser dotado de artillería pesada en caso necesario, quedando transformado en un crucero de guerra auxiliar. Una de las calderas del buque fue convertida en un depósito de municiones dotado de montacargas que podían elevar los proyectiles hasta la cubierta. ¿Por qué el Lusitania se hundió tan rápidamente? El torpedo disparado por el submarino alemán era del tipo “G”, cuyo poder de destrucción y de penetración era moderado. Fue el único impacto que recibió y bastó para lanzarlo al fondo del mar en apenas 18 minutos. Es casi seguro que la explosión hizo estallar las 4000 cajas de municiones que, como se admitió más tarde, viajaban clandestinamente a bordo? Todo induce a pensar que el Lusitania era en realidad un transporte de material bélico, camuflado como transporte de pasaje. El Almirantazgo inglés atrajo el buque hacia una zona infestada de submarinos alemanes. Era una trampa.

Después del desastre, norteamericanos y británicos se pusieron de acuerdo para encubrir lo ocurrido. Hoy se reconoce que la declaración de carga del buque fue falsificada; además, en los partes oficiales de sir Henry Coke, tanto como en el registro de señales del almirantazgo, faltan las entradas correspondientes al 7 de mayo: son las únicas páginas perdidas de los documentos oficiales en todo el periodo de la guerra. Los 188 pasajeros americanos muertos fueron la excusa para entrar entrar en la Guerra Europea y transformarla en Mundial.

Este conflicto, históricamente, sirvió para debilitar las potencias europeas, provocar la mayor alteración de fronteras de todo el siglo XX, y consagrar la supremacía del capitalismo americano. Mientras que las potencias continentales sufrieron altos niveles de destrucción material, especialmente Francia y Alemania, EE.UU., situado fuera del radio de acción de las bombas, pudo poner en marcha una ingente producción industrial al servicio del esfuerzo bélico. Este esquema se repetiría en la Segunda Guerra Mundial.

Cuando ocurría el incidente del Lusitania, algo había cambiado en relación al del Maine. Se había creado un eje anglosajón que dura hasta nuestros días y que consagró a Inglaterra como el principal ayuda de cámara de la política expansionista americana.

IV. EL EXTRAÑO ATAQUE A PEARL HARBOUR

Se suele pensar que EE.UU. entraron en las dos guerras mundiales con el fin de defender la democracia y la libertad, frente a gobiernos oscurantistas o totalitarios. Nada más lejos de la realidad. EE.UU. no han entrado jamás en una guerra por motivos ideológicos y mucho menos en defensa de unos derechos humanos que ellos mismos son los primeros en conculcar incluso en su propio territorio. EE.UU. sólo ha entrado en guerra –como potencia oceánica que es- allí donde ha querido ampliar sus mercados o para asegurarse el control de zonas ricas en reservas estratégicas. Cuando sus magnates económicos perciben una posibilidad de obtener buenos beneficios presentes o futuros deciden irrumpir en una zona. Frecuentemente bajo la forma de una intervención militar. Y si la opinión pública no es proclive a esta intervención, basta generar una situación de indudable dramatismo, poner en marcha los mecanismos de guerra psicológica (siempre hay un Hearst o una CNN dispuestos a hacer esa parte del trabajo sucio) para conseguir que todo un pueblo clame al unísono “¡venganza!”. Afán de lucro, cinismo criminal, provocación y doble lenguaje, son las armas empleadas habitualmente en este tipo de operaciones. La entrada de EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial engloba, una vez más, todas estas técnicas.

Cuando el 7 de diciembre de 1941 los japoneses atacaron Pearl Harbour, los dos principales portaaviones norteamericanos habían abandonado la rada del puerto unos días antes. Este hecho ha permitido sospechar sobre si realmente se trató de un ataque por sorpresa. Cada vez con más insistencia se sostiene que, efectivamente, se trató de una maniobra de Roosevelt para justificar la entrada en guerra de su país. Con el ataque a Pearl Harbour los japoneses no sólo brindaron a los norteamericanos los pretextos necesarios para entrar en guerra contra las potencias del Eje, sino que además se embarcaron en una guerra desigual contra una nación pródiga en recursos humanos y en extensión territorial.

La invasión alemana de Polonia en 1 de septiembre de 1939, supuso el estallido de la Segunda Guerra Mundial. El día 3 de septiembre, Francia e Inglaterra declararon la guerra a Alemania. Hitler no tenía concepciones geopolíticas excesivamente claras. Como hombre visceral que era, se guiaba por impulsos, fue tensando una cuerda que finalmente se rompió. Se podía haber roto dos o tres años antes, al producirse la anexión de Austria o con la invasión del Checoslovaquia. Pero ocurrió con la intervención en Polonia. Esta ocurrió cuando la diplomacia alemana había sellado el Pacto Germano-Soviético, el cual implicaba algo más que manos libres en Polonia. Si bien, con el acuerdo, no había razón suficiente para la existencia de un Estado-tapón entre ambas potencias –Polonia-, los mentores del Pacto lo consideraron un acuerdo de alcance histórico que lograría crear un espacio euro-asiático continental, hegemónico frente a las potencias oceánicas anglosajonas. Las victorias alemanas en el Oeste, el episodio de Dunkerque y el vuelo de Hess a Inglaterra, demostró que una parte del régimen nazi deseaba la paz con Inglaterra precisamente para tener las manos libres en Rusia. Otros miembros del régimen nazi –Rosemberg, Bormann- tenían la concepción opuesta: querían vencer al mundo anglosajón y pactar con el mundo eslavo.
En cualquiera de los dos casos, EE.UU. permanecía alerta. Percibía que, sea cual fuera la orientación del conflicto, una vez más, Europa quedaría literalmente arrasada (a medida que los medios de destrucción eran cada vez mayores) y el esfuerzo bélico generaría un nuevo impulso para la industria norteamericana, incluyendo la posibilidad de penetrar en los mercados europeos hasta entonces vedados por medidas proteccionistas.

La cuestión era que el lobby pacifista norteamericano contaba con personajes extremadamente conocidos de la vida pública americana. El hecho de que Alemania hubiera terminado atacando a la meca del bolchevismo, implicaba que sectores conservadores, católicos y anticomunistas norteamericanos, miraron con simpatía esa operación. El famoso aviador Charles Limberg era uno de los antibelicistas más conocidos. Era imposible que cualquier presidente de los EE.UU. que quisiera ser reelegido, pudiera obtener del Congreso plenos poderes para declarar la guerra en esas condiciones. La tradicional amistad con Gran Bretaña no era suficiente como para arrastrar al país a la guerra. Así pues era necesario generar, una vez más, un “casus belli” capaz de vencer las resistencias y generar un estado de cólera en la opinión pública. Así se forjó la “operación Peard Harbour”.

En el verano de 1940 el Presidente Roosevelt ordenó la movilización de la flota del Pacífico y su concentración en Pearl Harbour. Cuando su comandante, el Almirante Richardson, protestó porque dicho puerto ofrecía protección inadecuada contra ataques aéreos y torpedos, fue relevado del cargo. El 7 de octubre de 1940 el analista de inteligencia naval McCollum, mandó a Roosevelt un memorando detallando cómo se podría forzar a Japón a una guerra contra Estados Unidos, proponiendo, entre las opciones, un embargo de petróleo a los nipones. Todo lo propuesto en ese memorando fue sistemáticamente llevado a la práctica.

Luego, el 23 de junio de 1941, un día después que Hitler atacase a la URSS, el Secretario del Interior y consejero del presidente, Harold Ickes, escribió otro memorando a Roosevelt en el que reafirmaba que “..se podría generar a raíz del embargo de petróleo contra Japón, una situación tal que haría no sólo posible sino sencillo el involucramiento en esta guerra de un modo efectivo. Y si de esta forma ingresamos indirectamente, nos evitaremos las críticas de haber entrado como un aliado de la Rusia comunista”. El propio Ickes hizo la siguiente anotación en su diario: “Por mucho tiempo he creído que nuestra mejor entrada en la guerra sería por el lado de Japón”.
Actualmente, a más de medio Siglo de ocurrido el ataque, el gobierno norteamericano se sigue negando a identificar y desclasificar muchos documentos japoneses descifrados antes del ataque, bajo la excusa de poner en peligro su “seguridad nacional”.

El 1 de agosto de 1.941, los EE.UU. impusieron el embargo de petróleo a Japón. Esto significaba apretar el cuello a esta nación que recibía de Norteamérica el 90% de su combustible. Los especialistas cifraban las reservas de petróleo de Japón en 65 millones de hectolitros. Como mucho daban para año y medio. Ahogando a Japón con el embargo de petróleo, y presentando propuestas inadmisibles para los nipones en términos geoestratégicos y militares, los Estados Unidos empujaron al Japón hacia la única salida posible: la guerra. Roosevelt había incitado directamente a los japoneses a entrar en guerra planteando un ultimátum el 26 de noviembre de 1941. En él exigía la retirada de todas las tropas japonesas de Indochina y Manchuria. Este ultimátum sólo fue comunicado al Congreso después del ataque a Pearl Harbour. Hasta ese momento los japoneses habían hecho todo lo posible para evitar la guerra, a partir del ultimátum no tenían otra posibilidad más que declararla. El príncipe Kenoye, embajador del Japón en los Estados Unidos había solicitado en varias ocasiones entrevistarse con Roosevelt para encontrar la solución. Roosevelt rechazó siempre el encuentro. Hoy se sabe que el gobierno de los Estados Unidos preparaba desde hacía años la guerra contra Alemania y Japón. La población norteamericana, sin embargo, no quería comprometerse en aventuras de este tipo y se mostraba francamente antibelicista e incluso, algunos sectores, especialmente tras el ataque alemán a la URSS, se mostraban abiertamente partidarios del Eje. Haciéndose eco de tal estado de ánimo, Roosevelt hacía declarado solemnemente, con un cinismo habitual en los presidentes americanos: “Me dirijo a todas las madres y padres para hacerles una promesa formal. Lo he dicho antes y lo repetiré sin cesar: vuestros hijos no serán enviados a la guerra en el extranjero”. Pero, junto a estas palabras tranquilizadoras, se negaba a entrevistarse con Kenoye, aumentando progresivamente la tensión.
Existen pruebas más que suficientes de que el Ejército Norteamericano estaba informado de que se iba a producir el ataque a Pearl Harbour. El embajador de los EE.UU. en Tokyo, Joseph Grew, informó en una carta dirigida a Roosevelt (27.01.1941) que, en caso de guerra, Pearl Harbour sería el primer objetivo japonés. El senador Dies, no solamente indicó al presidente (03.08.1941) que Pearl Harbour sería el objetivo preferencial japonés. Fue condenado al silencio. El 1941, la inteligencia americana consiguió decodificar las claves militares y diplomáticas de los japoneses. Esto permitía a Roosevelt conocer la fecha exacta, la hora y el lugar del ataque.

Al día siguiente, el presidente Roosevelt anunció en el Congreso que se había implantado el estado de guerra entre los Estados Unidos de América y el Imperio de Japón. La cifra oficial de bajas quedó fijada en 2.086 muertos, 749 heridos y 22 desaparecidos. La Armada perdió 92 aviones, y el Ejército, 96. La flota perdió 8 acorazados, 3 cruceros y varios buques menores de apoyo.

Desde la campaña japonesa en China, el gobierno norteamericano presionaba a Japón tensando la cuerda hasta el límite del enfrentamiento armado. Las Fuerzas Armadas de los EE.UU., conscientes de los riesgos que implicaba esta tensión, desde 1932 habían realizado ejercicios de simulación sobre ataques aéreos a Pearl Harbour, con aviones que despegaron desde portaaviones norteamericanos, y así pudo constatarse lo insuficientes de las defensas.

Además, criptógrafos estadounidenses lograron descifrar el código secreto de transmisiones de Japón y tenían conocimiento, desde 1.940, del creciente interés japonés sobre Pearl Harbour. A partir de septiembre de 1.941, los informes interceptados se referían no sólo a los movimientos de buques, sino a la posición exacta de los mismos en la rada del puerto así como de la posición de las baterías antiaéreas y frecuencia de los vuelos de reconocimiento en torno a las islas Hawaii, lo que sólo podía indicar que se estaba preparando un ataque.

A principios de 1.941, el General Martin y el Contralmirante Bellinger, jefes de las fuerzas aéreas del ejercito y de la aviación naval en Pearl Harbour, habían manifestado su preocupación por la pocas defensas de la base y anunciaban la posibilidad de un ataque japonés previendo la ruta, la intensidad y el número de portaaviones. No se equivocaron en nada.

Días antes de la operación, los norteamericanos habían interceptado y descifrado la orden dada a consulados y embajadas japonesas en los países hostiles (Holanda, Inglaterra y EE.UU., básicamente) de destruir los códigos secretos y documentos comprometedores ante el riesgo de conflicto, lo que sólo podía suponer que el Japón iba a entrar en guerra con ellos de forma inminente. Pese a todo no se adoptaron medidas preventivas. Pocas horas antes del ataque, los norteamericanos habían interceptado el mensaje cifrado, dirigido por el Ministerio de Asuntos Exteriores japonés a la embajada en Washington, que había de ser presentado al Secretario de Estado norteamericano: contenía la declaración de guerra. De todo lo anterior se desprende que los EE.UU. sabían dónde, cómo y cuándo se iba a producir el ataque japonés.

La pregunta es: ¿por qué no se adoptaron las medidas de seguridad oportunas? La explicación más probable se encuentra en el deseo del gobierno estadounidense de entrar en guerra, al encontrarse amenazados sus intereses económicos en el Pacífico y China, y con el riesgo de perder las millonarias inversiones efectuadas en Gran Bretaña, si ésta sucumbía ante Alemania.

Tras haberse pasado años abogando por la neutralidad, el gobierno estadounidense no podía esperar que sus ciudadanos aceptaran una entrada en la guerra de forma voluntaria, por lo que había que encontrar la manera de presentar la guerra como algo no deseado por el gobierno, pero necesario, como una guerra patriótica librada para vengar una agresión previa. Sólo un deseo calculado de entrar en guerra por parte del gobierno estadounidense explicaría la ausencia de medidas defensivas apropiadas, o por qué se retiraron las redes antitorpedos a los acorazados, se desistió de colocar globos cautivos de defensa antiaérea en la base, o por qué se retiraron aquel día los portaaviones norteamericanos de la rada de Pearl Harbour, dejando en su lugar acorazados obsoletos de la I Guerra Mundial. El valor militar de estos viejos buques frente a unidades japonesas del mismo porte era escaso.
A causa de retrasos en el descifrado del mensaje en la Embajada japonesa, la nota fue presentada a las dos y veinte de la tarde. En ese momento, la Flota del Pacífico ya había sido virtualmente aniquilada en Pearl Harbour. El efecto de su destrucción ante la opinión pública estadounidense determinó la decisión de vengar con sangre la afrenta. Sabemos lo que ocurrió después; lo que empezó en Pearl Harbour, terminó en Hiroshima y Nagasaki.

V. EL EXTRAÑO “INCIDENTE DE TONKIN”

Veintitrés años después, llegamos a Vietnam. El 2 de Agosto del 1964, siete meses después del asesinato de Kennedy, barcos aparentemente norvietnamitas atacaban al destructor “Madox” en el Golfo de Tonkín “sin mediar provocación alguna”. Dos días después, en la misma zona, en medio de una tormenta, dos lanchas presuntamente norvietnamitas lanzaron 43 torpedos contra dos barcos norteamericanos. En medio de un clima emocional extremadamente excitado, el Congreso norteamericano no pudo negarse a la petición de guerra abierta contra Vietnam del Norte, formulada por el presidente Johnson.

Inmediatamente fueron bombardeadas instalaciones militares de Hanoi. A partir del 5 de febrero de 1965, estos bombardeos fueron diarios. Casi cuarenta años después, nadie ha podido demostrar que este ataque alguna vez se produjera. Los barcos norvietnamitas eran invisibles y los presuntos torpedos no provocaron daño alguno en los navíos americanos. El segundo ataque jamás existió y en cuanto al primero, Murrey Marder, reportero que cubrió la noticia para el Washington Post, reconoció años después que la información publicada era falsa y que “jamás hubo retractación”. Marder recordó haber visto con sus propios ojos como la marina de Vietnam del Sur “respaldada por EE.UU., había estado bombardeando las islas costeras de Vietnam del Norte, justo antes de los ataques “no provocados” contra los barcos de EE.UU. en el golfo de Tonkín. Pero la máquina de propaganda del Pentágono estaba acelerando: Antes de que pudiera hacer algo como reportero, el Washington Post había apoyado la Resolución de Tonkín”. Marder añadió: “Si la prensa estadounidense hubiera estado haciendo su trabajo correctamente y el Congreso hubiera hecho lo mismo, no nos hubiéramos implicado en la guerra de Vietnam”. Raldolph Hearst había muerto, pero su espíritu seguía vivo entre los magnates de la prensa americana...

La llamada Resolución del Golfo de Tonkin, entregaba al presidente poderes para intervenir directamente en el conflicto. Fue el inicio de la guerra del Vietnam. Hoy se sabe que el primer ataque norvietnamita, de haber ocurrido –y no existe seguridad de que así fuera- fue provocado por Estados Unidos y el segundo nunca existió. Con posterioridad, se revelaron las conversaciones telefónicas entre el Presidente y el Secretario de Defensa McNamara; se supo entonces que Johnson había engañado al Congreso, ocultando que habían ordenado operaciones secretas para provocar a las fuerzas de Hanoi, previamente al episodio de Tonkín.

Es imposible separar en el tiempo y en la lógica de los hechos, el asesinato de Kennedy del episodio de Tonkín. La única diferencia entre la presidencia de JFK y la de Johnson consistía en que, el primero se negaba a implicar más al país en Indochina, mientras que el segundo –comprometido con sus amigos tejanos representantes del consorcio militar-industrial- no perdió la ocasión para intervenir en Vietnam. Pero existían limitaciones legislativas y la opinión pública no se sentía excesivamente atraída por la intervención. Fue necesario un episodio de alto voltaje dramático para sacudir –una vez más- la conciencia americana. Y esa fue la función del “incidente de Tonkín”. Si bien en ese episodio no se produjeron muertos ni heridos, sino solo una afrenta al orgullo norteamericano, lo que seguiría en los diez años siguientes costaría casi 50.000 muertos y el hundimiento moral de los EE.UU. Además, por su puesto, de cuantiosos dividendos para la industria de armamento.

Todavía hoy, cuando las relaciones entre EE.UU. y Vietnam se han normalizado, éste país sigue negando cualquier implicación en el “incidente” y, ni ayer ni hoy, el Pentágono ha podido demostrar fehacientemente que el ataque se produjera, aun a pesar de que los torpedos disparados deberían haber dejado rastros físicos. No fue así. Hoy puede intuirse que se trató de una nueva provocación a fin de formar un “casus belli”.

VI. EL MISTERIO DEL PRIMER ATENTADO CONTRA EL WTC

Una bomba cargada con 600 kilos de dinamita, oculta en una rampa de acceso al aparcamiento subterráneo, estalló en el WTC de Nueva York. Era el 26 de febrero de 1993. La explosión provocó un cráter de 30 metros de diámetro y unos 60 de profundidad, desatando un incendio. También destruyó los seis niveles de subsuelo del centro y, poco después, por efecto de la onda expansiva, se derrumbó el techo de la estación de trenes que cubren el trayecto entre Nueva York y Nueva Jersey. Fallecieron seis personas y otras mil resultaron heridas. El atentado anticipó lo que ocurriría ocho años después en el mismo lugar y a una escala mucho mayor y no sólo por que anticipó las escenas de dramatismo y terror, sino por los puntos oscuros que salieron a la superficie durante la investigación.

Rápidamente, las investigaciones se dirigieron hacia los medios islámicos y el FBI no tardó en identificar a los culpables. En mayo de 1994 cuatro activistas islámicos integristas fueron condenados a un total de 240 años de cárcel por ese atentado, que luego fue imputado a la red terrorista que supuestamente dirigida por el jeque Omar Abdel Rahman, guía espiritual de una organización clandestina integrista egipcia.

Pero no todo estaba tan claro como el jurado pretendía. Empecemos por el “jeque ciego”. No era un desconocido. Predicador islámico y líder religioso abogaba por el derrocamiento violento del Gobierno egipcio, lo que no fue obstáculo para que obtuviera en 1990 un visado para EEUU. Abdel Rahman predicaba en una mezquita de Nueva Jersey que frecuentaban varios de los sospechosos detenidos por el atentado de 1993. El líder islámico religioso obtuvo un visado para EEUU en Jartum, “gracias a un error informático” y después de que los consulados norteamericanos en Cairo y Londres se lo denegaran. Al saberse este dato, se difundió el rumor entre los medios de información de que “Hubo una serie de mensajes frenéticos de Washington y El Cairo a la Embajada para cancelar el visado, pero el líder islámico ya había partido para EEUU y pasó sin problemas el control de pasaportes en el aeropuerto J.F. Kennedy de Nueva York”. Esta noticia, como veremos, resultó ser completamente falsa. Estaba claro que se le había ayudado a entrar en EE.UU. por los servicios prestados en anteriores episodios, sin duda, el más notorio de los cuales fue su apoyo a las guerrillas antisoviéticas afganas.

El 22 de julio se supo que el “error informático” al que se aludió en un principio era falso. Ese día, The New York Times reveló que los servicios secretos de Estados Unidos estuvieron más implicados de lo que se creía en la concesión de visados de entrada en el país al Omar Abdel Rhaman. El diario había obtenido documentos secretos del Departamento de Estado. Entre 1986 y 1990, el Servicio Central de Información estadounidense (CIA) aprobó seis veces la concesión de visado a su nombre.

La última vez que Abdel Rahman obtuvo un visado de entrada en EEUU fue en la embajada estadounidense en Sudán en 1990, donde se lo concedió un empleado de la CIA destacado en dicha representación diplomática. Pero en esa época, el líder integrista ya tenía un amplio historial relacionado con episodios de terrorismo. En 1981 fue procesado y absuelto en Egipto de los cargos de participar en la conspiración para el asesinato del presidente Anwar Sadat. Ocho años después las autoridades egipcias le acusaron de incitar a la violencia entre sus fieles. Pero sus extremadas buenas relaciones con la CIA derivaban de su contribución al reclutamiento de integristas musulmanes para luchar en las filas de la guerrilla afgana. Fuentes gubernamentales egipcias aseguraron que incluso trabajó para la inteligencia americana.

Hosni Mubarak, presidente egipcio, afirmó dos meses después del primer atentado al WTC, que había enviado informaciones al FBI sobre la red de integristas islámicos en EEUU. En una entrevista publicada hoy por el The New York Times, el líder egipcio declaró que “el atentado podría haberse evitado si hubierais escuchado nuestros consejos". Mubarak echó la culpa por la ola de violencia en Egipto y otros países de Oriente Próximo a los guerrilleros afganos que, apoyados por EEUU, combatieron al Ejército Soviético en la década de los años 80. Altos funcionarios egipcios dijeron a ese diario norteamericano que meses antes habían alertado a EEUU sobre las actividades y los discursos incendiarios del líder religioso integrista Omar Abdel Rahman y sus predicaciones en Nueva Jersey y en las mezquitas de Brooklyn.

Así pues, el principal instigador del crimen –o presentado como tal- había entrado sin problemas en EE.UU. de la mano de la CIA. Pero lo más sorprendente es que el resto de acusados, con anterioridad, ya había sido investigado por el FBI. El 10 de junio de 1993, se supo que el FBI tenía la sospecha de que estaban programando un “acto criminal”, se habló incluso del intento de asesinato del secretario general de la ONU, Butros Gali. Sorprendentemente, seis semanas antes del atentado al WTC, los agentes de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) desistieron de sus pesquisas que se habían prolongado por espacio de cinco meses, al no encontrar pruebas que confirmaran sus sospechas, según el periódico neoyorquino US News and World Report.

Entre la veintena de investigados estaba el egipcio Mahmud Abuhalima, de 33 años, considerado el "cerebro" del atentado. Era la cuarta vez que el FBI le investigaba, y en enero de 1993, los agentes concluyeron que las sospechas de que planeaba el asesinato de Gali eran infundadas. Sin embargo, cuando se decidía concluir esta investigación, su célula ya estaba planificando el atentado contra el WTC.
Todo esto es bastante preocupante, pero mucho más lo es recordar la noticia publicada el 28 de octubre de 1993 y difundida en España por EFE, según la cual: “El FBI no sólo sabía que se estaba preparando un atentado contra el World Trade Center de Nueva York sino que anuló unos planes para hacerlo fracasar, según cintas grabadas en secreto por un confidente”. Algunos extractos, fueron publicadas por el diario The New York Times, y revelan que las autoridades fueron alertadas sobre los preparativos de un atentado. La noticia proseguía explicando que, ante las advertencias del confidente, los investigadores prepararon un plan para cambiar los explosivos que iban a utilizar los presuntos terroristas por una sustancia inofensiva. Pero el plan fue cancelado por un supervisor del FBI, cuya identidad no ha sido facilitada, “quien tenía diferentes ideas de cómo utilizar los servicios y los datos que ofrecía el confidente, el ex militar egipcio Edmad Salem”. Las transcripciones de las cintas fueron facilitadas a la defensa de los 15 acusados de formar parte de un complot que presuntamente planeaba asesinar al presidente egipcio, Hosni Mubarak, en una visita a Nueva York y cometer un atentado contra la sede de la ONU y dos túneles muy transitados de esta ciudad.

Sin embargo, las grabaciones contienen también conversaciones en las que Salem se queja a agentes del FBI de que si hubieran hecho caso a sus advertencias se hubiera podido evitar el atentado contra el WTC. Después del atentado, Salem estaba tan furioso que quería quejarse a los máximos representantes del FBI en Washington, pero agentes de dicho organismo en Nueva York le disuadieron, según The New York Times, que cita un fragmento en el que el informante afirma que "desde el atentado me siento horrible ... siento que aquí (FBI) hay gente que no me escucha". En la misma conversación la agente del FBI Nancy Floyd intenta animar a Salem al declarar que "no fue porque usted no lo intentó y yo lo intenté" y agregó que "no se puede forzar a la gente a hacer lo apropiado". En otro fragmento Salem comenta una conversación que tuvo con el agente del FBI, John Anticev, al que le dijo que "ahora han visto el atentado y ustedes dos saben que hubiéramos podido evitarlo (...) a ustedes se les paga para prevenir que ocurran estos problemas". "Manejábamos el caso perfectamente hasta que llegó el supervisor que lo enredó todo", declaró Salem en una conversación con Anticev, quien no puso objeciones a dicha afirmación. En otros extractos de las cintas filtradas a la prensa, el líder integrista musulmán Omar Abdel Rahman declaró a Salem que no quería tomar parte en el atentado contra la ONU.

Aunque el director del FBI, Louis Freech, afirmó que no podía comentar el asunto, fuentes no identificadas de esa agencia federal confirmaron al diario The New York Times la apertura de una investigación sobre el tratamiento que se dio a las informaciones y advertencias hechas por Emad Salem. Las informaciones de Salem, quien supuestamente recibió un millón de dólares del Gobierno de EEUU por sus servicios, permitieron la detención de los presuntos miembros del complot. Salem empezó a trabajar como confidente del FBI antes del atentado e incluso se infiltró en los círculos más cercanos a Omar Abdel Arman, en 1991, a raíz de la investigación sobre el asesinato en Nueva York del líder radical judío Meir Kahane.

La información transmitida por Salem permitió al FBI vigilar durante más de seis semanas y detener finalmente a los ocho presuntos terroristas, de los que se dijo que planeaban volar la ONU, dos túneles bajo el río Hudson por donde transitan decenas de miles de personas al día, y la sede del FBI en Nueva York. La banda también preparaba, según las autoridades, el asesinato del secretario general de la ONU, el egipcio Butros Gali, del presidente de Egipto Hosni Mubarak, y de dos políticos neoyorquinos. Sus motivos para cooperar con el FBI eran "altruistas y mercenarios", dijo una fuente, mientras otra explicó que el ex militar egipcio, musulmán convencido, consideraba que los conspiradores habían pervertido el Islam.

Recapitulemos.

-          Así pues, el inspirador del atentado era un antiguo colaborador de la CIA en Afganistán, al que la CIA introdujo en EE.UU.;
-          la célula terrorista había sido investigada por el FBI, existían informes procedentes de Egipto en los que se detallaban los episodios de terrorismo en los que estaban implicados los miembros de la célula y su inspirador;
-          la célula estaba infiltrada por el FBI que seguía sus pasos con uno de sus confidentes inmejorablemente situado en su interior.

Pero aún hay algo más grave que todo esto. La “infiltración” de Salem no fue tangencial o exterior al centro que planificó el atentado. De hecho fue él mismo quien fabricó la bomba. La afirmación se encuentra en la trascripción judicial de las conversaciones grabadas secretamente por el informante y que revelan que la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) estaba presuntamente al tanto de la fabricación de la bomba. En una conversación tenida en abril de 1993 con el agente del FBI, John Anticev, Salem justificó la nota de gastos que le presentó al señalar que los costes eran más elevados, debido “a la fabricación de la bomba”. Salem afirmó también que la bomba fue construida "con la supervisión de la Oficina" (el FBI). En un fragmento de la conversación, Salem dijo: "sabemos que la bomba empieza a ser construida. ¿Por quien? por vuestro informante confidencial".

Uno de los abogados de la defensa, Ronald Kuby, afirmó: "creemos que Emad Salem puso la bomba en el World Trade Center". Kuby explicó que debido a que se encontraba cerca del lugar del suceso cuando ocurrió la explosión, Salem sufrió una afección de oído, por la que fue hospitalizado. Según la hipótesis de la defensa, Salem se habría ofrecido para fabricar la bomba con el fin de ganarse la confianza de los acusados y al mismo tiempo obtener un lucrativo beneficio por su colaboración con el FBI.

Con los datos de que disponemos es posible afirmar que:

-          los servicios de inteligencia americanos, no sólo sabían que se iba a producir un atentado en el WTC, sino que además lo estimularon,
-          no hicieron nada sustancial para impedirlo e incluso puede pensarse si no lo instigaron y
-          el celo de la CIA en introducir en EE.UU. al jeque Abdel Rhaman parece una maniobra para crear un falso responsable intelectual del crimen.

La CIA sospechaba que el jefe del comando, Ramiz Ahmed Yousef, que logró huir -¡tras ser interrogado por el FBI!- se ocultaba en Iraq, a pesar de que sus pistas se perdían en Jordania. El presidente Clinton, ordenó un nuevo bombardeo de Bagdad...

VII. CONCLUSIONES

-          Gracias al Motín del Te de Boston, se inició la guerra de la independencia de Gran Bretaña.
-          Gracias a la caída de El Alamo, EE.UU. arrebató e incorporó 1/3 del territorio mexicano.
-          Gracias a la explosión del Maine se hizo con el control económico del comercio en el Caribe.
-          Gracias al hundimiento de Lusitania logró entrar en la guerra europea y dar salida a enormes excedentes de producción.
-          Gracias a Pearl Harbour, consiguió entrar en la guerra europeoa y obtener un espacio preferencia en los mercados europeos en la postguerra.
-          Gracias al incidente de Tonkin el conplejo militar-industrial se enriqueció como nunca había hecho, gracias a la entrada en la guerra del Vietnam.

El llamado “motín del té de Boston” fue el pistoletazo de salida de la independencia americana. Y no se trató de un episodio misterioso. Hoy se sabe que los “indios” que asaltaron el buque inglés en el puerto de Boston y arrojaron toda la carga al mar, eran colonos pintarrajeados y disfrazados de indios, todos los cuales pertenecían a la logia masónica local. El “motín del té” es el primer episodio en la historia de los EE.UU. en el que lo que se ve es muy diferente de la realidad en sí misma. Nada es lo que parece en la historia de los EE.UU. Ese mismo esquema basado en la falsedad, la mentira, la provocación y el cinismo, han sido una constante en la historia americana que ha afectado, como hemos visto, de manera muy directa a España. Pero los pueblos y sus gobiernos eluden extraer consecuencias de la historia.

Gracias a esa ignorancia histórica, EE.UU. puede permitirse el lujo de crear un “casus belli” capaz de generar un nuevo conflicto del que sus intereses salgan reforzados. Cuenta para ellos con 26 servicios de inteligencia dotados globalmente de un presupuesto anual de 30.000 millones de dólares. La red de complicidades de estos servicios con los medios de comunicación es hoy, proporcionalmente tan importante como lo era en tiempos del Maine.

El pueblo americano, celoso de sus libertades, contrario a las intervenciones estatales, opuesto tradicionalmente a los dispendios de los organismos federales, desconfía de todo lo que supongan aventuras exteriores. La oposición a la guerra de Vietnam, a pesar de ser protagonizada por movimientos pacifistas, nueva izquierda y grupos contestatarios, fue una iniciativa muy propia del pueblo americano. De la misma forma que justificar los bombardeos de Vietnam del Norte en función del prefabricado “incidente de Tonkín” era una argucia, también muy propia, de la Administración...

Los Presidentes de los EE.UU. saben que sus posibilidades de reelección están muy disminuidas en caso en embarcarse en aventuras exteriores. Y es que las decisiones en política exterior pesan mucho en la política interior americana. Por lo demás, no resulta demagógico recordar que en las guerras cuyo desarrollo aumenta inevitablemente el poder del consorcio militar-industrial, los que mueren son los hijos de los norteamericanos medios, no los vástagos de las dinastías locales.

El único procedimiento mediante el cual las administraciones americanas han logrado salvar la resistencia de la población a implicarse en conflictos fuera de su territorio, ha sido la creación de episodios de inusitado dramatismo que han suscitado un impulso emocional en busca de venganza, ante el cual, el aislacionismo en política exterior pasa a un plano muy secundario.

Pero el impulso de venganza dura poco; cuando está agotado, o bien es necesario ofrecer victorias al pueblo americano (como ocurrió con las dos Guerras Mundiales), o bien se trate de una guerra de corta duración que termine con una rápida e incuestionable victoria (guerra contra México, guerra contra España, Segunda Guerra del Golfo, ataque a Afganistán). El riesgo consiste en que el deseo de venganza se disipe antes de haber podido ofrecer victorias. En ese caso, el pueblo americano genera redobladas resistencias a proseguir el conflicto. Tal fue lo que ocurrió en Vietnam.

Sea como fuere el modelo histórico es siempre el mismo a expensas del resultado final del conflicto iniciado. Lo verdaderamente importante es establecer el mecanismo mediante el cual se genera un conflicto a partir del interés de una parte por adquirir una posición preponderante en una zona geográfica o en una competencia comercial.

EE.UU. es, como hemos visto, lo que geopolíticamente es una “potencia oceánica” y, por tanto, sus intereses son, ante todo y sobre todo, comerciales. Es la “nueva Cartago”. Y para defender esos intereses, cualquier procedimiento es bueno. No puede decirse que, para las administraciones americanas “el fin justifique los medios”, sino más bien que “un solo fin –la hegemonía- justifica todos los medios”. Y uno de estos medios es el terrorismo entendido como provocación.

Desde el punto de vista operativo, contra más extremista es un grupo político, más fácilmente es manipularlo. Muy frecuentemente determinados grupos terroristas –o sus cúpulas- han aceptado fácilmente su manipulación a fin de aumentar su radio de acción o su capacidad para cometer atentados. Tal es el caso de Bin Laden durante su período de colaboración con la CIA en la lucha contra los soviéticos en Afganistán.

Puede establecerse el siguiente axioma: allí donde existe extremismo político, no hay reflexión estratégica en profundidad y, por tanto, hay una inmadurez política susceptible de ser manipulada. Entendemos por “inmadurez política” el desfase existente entre el proyecto político que se pretende poner en práctica y las posibilidades reales de hacerlo recurriendo a la violencia. El tipo de activista que ingresa en un grupo terrorista une a su convencimiento ideológico un impulso irrefrenable a la violencia que puede surgir de factores muy diversos: sexualidad anómala, frustraciones existenciales, psicopatías, una energía vital mal encauzada, presiones socio-culturales del medio en el que vive, etc. Sea como fuere, la inmadurez política está siempre presente. Y eso facilita la manipulación, la provocación y la infiltración.

Como ya hemos visto, otra estrategia muy habitual en los servicios de inteligencia es dejar actuar a un grupo terrorista, sin interferir en su acción, ni desarticularlo, así puede ir cometiendo pequeñas acciones terroristas, hasta que, finalmente, “alguien” comete un macroatentado que es endosado en la cuenta del grupo terrorista en cuestión. Dado que ese grupo se ha mostrado capaz de cometer acciones terroristas, nada impide pensar que, bruscamente, haya dado un salto cualitativo, y cometido una acción mucho más importante... a pesar de que, en realidad, no haya tenido nada que ver con ella. Es la estrategia de la manipulación y la provocación.

Otra estrategia habitualmente utilizada en la historia americana es la del arrinconamiento del adversario hasta que se le pone en situación de responder (así ocurrió con los japoneses en Pearl Harbour y en el caso del Lusitania). En el momento en que se ha atraído al adversario a la trampa, cuesta poco sacrificar unos cuantos cientos o miles de peones si, a cambio, el beneficio que se va a obtener es extraordinariamente alto. Colóquese a un lado lo que significan los 3.500 muertos en los atentados del 11-S, junto a los extraordinarios beneficios que reporta adelantar las líneas hasta las puertas del Caspio, custodiando las terceras reservas petrolíferas mundiales. Piénsese en los 2.500 americanos muertos en Pearl Harbour junto a los extraordinarios beneficios que reportó el vencer las barreras arancelarias europeas y crear mercados mundiales como consecuencia del conflicto desencadenado con un ataque que, era impactante para la opinión pública, pero estaba muy lejos de aportar una victoria completa para los japoneses.

Finalmente, otra estrategia concurrente consiste en achacar al adversario justamente aquello que uno mismo está realizando. El doble lenguaje ha sido utilizado por los totalitarismos de todos los tiempos. El caso del 11 de septiembre es extremadamente significativo: EE.UU. ha mentido, intoxicado, falseado y manipulado pruebas, lanzado acusaciones falsas, decretado medidas totalitarias en Intertnet, realizado bombardeos de terror sobre las ciudades afganas, apoyado y armado a bandas de asesinos, como mínimo tan desaprensivas como los talibanes, tratado a los prisioneros en Guantánamo con una crueldad difícilmente imaginable para un Estado occidental moderno, todo ello para concluir que se ha actuado en nombre de la libertad, los derechos humanos y la democracia que estaban en peligro por la acción de los terroristas. O como dice el refranero español “te lo digo para que no me lo digas”. 

El misterio que rodea al atentado contra las Torres Gemelas y el Pentágono no es sino la reedición de un modelo histórico repetido en innumerables ocasiones y con pocas variaciones, en la historia de los EE.UU. En el momento de escribir estas líneas lo obtenido por la política exterior americana bien vale la humillación de ver el WTC convertido en un amasijo de ruinas flameantes. Al calor de esas ruinas, el pueblo americano elevó un grito de venganza. Y George W. Bush, el presidente no refrendado en las urnas, “escuchó” ese grito y aprovechó para matar varios pájaros de un tiro: con la presión psicológicas de los atentados y estimulado el deseo de venganza, nadie se opuso a sus medidas limitadoras de las libertades en el interior del país, nadie condenó los bombardeos de Afganistán, nadie denunció que toda la farsa olía a petróleo y que se aprovechaba para intervenir en zonas distantes del foco del conflicto (Filipinas) y amenazar a otras (Irán, Iraq, Corea, Siria); finalmente, Bush alcanzó el liderazgo que no tenía al alcanzar fraudulentamente la Presidencia y borró su imagen de patán ignorante y zafio.

© Ernest Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es  http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen