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lunes, 26 de septiembre de 2022

FRATELLI D’ITALIA: 99 AÑOS DESPUÉS DE LA MARCHA SOBRE ROMA

¿Qué quieren que les diga? Me ha gustado eso de ver la “fiamma” del antiguo Movimiento Social Italiano en las banderolas de Fratelli d’Italia, ganador de las últimas elecciones generales en Italia, el país que ha tenido el valor de reducir un tercio el número de diputados. Sí, ya sé que se trata de una evolución post-post-fascista de la Alleanza Nazionale y que esta supuso la liquidación de los viejos ideales del MSI. Incluso la ubicación de FdI entre los conservadores y de centro-derecha europeos, me genera una repugnancia difícil de disimular. Pero han ganado. Y para ganar han tenido que recurrir a los “valores tradicionales”: familia, patria, religión, no al aborto, no al globalismo, no al mundialismo, no al transhumanismo… Creo que ese es el techo de lo que puede conseguirse hoy por vía electoral.

Está también claro que algunas de las tomas de posición que han acompañado a la campaña son prolongación de las que, en su día, tuvo el MSI... para bien y para mal. La campaña ha sido "atlantistas" y "occidentalista", como fue ayer la política oficial del MSI: defensa de Occidente a través de la OTAN. Ha desaparecido cualquier mención al corporativismo y a poner coto a los desmanes de los partidos. Todo ello ¿es un simple "imperativo legal" o es que se busca perpetuar la partidocracia? Y podríamos seguir con nuestra crítica repitiendo lo que otros amigos ya han mencionado. No es el caso.

Me gustan menos los acompañantes de la Meloni. Berlusconi, convertido definitivamente en una máscara con la sonrisa congelada, casi un personaje de videojuego, con unos retoques de cirugía en su rostro que estremecen (¿dónde está eso de envejecer con dignidad?). Y, en cuanto a la Lega Nord… no puedo olvidar que alguno de sus miembros se solidarizó con las payasadas cometidas en Cataluña en los años de Puigdemont, aunque recuerdo todavía medidas anti-inmigración tomadas por Matteo Salvini en su etapa de ministro, tan lógicas como racionales y anheladas por todos los europeos de bien.

Espero que este gobierno se asiente y logre gobernar una legislatura completa. No tengo la menor duda de que en dos años, cuando tengan lugar las Olimpiadas en París, las cosas se pondrán muy cuesta arriba para el gobierno Macron. Si durante la final de la Champions París ya fue escenario de un reguero de disturbios protagonizados por “la racaille”, inintegrada e inintegrable, podemos imaginar lo que será dentro de dos años un evento que se prolonga por espacio de quince días y al que acuden turistas incautos de todo el mundo. Ni el gobierno Macron tiene la más mínima posibilidad de salir airoso de esa prueba, ni la izquierda estará en condiciones de hacer valer una alternativa que, en el fondo, no es más que una afirmación de debilidad y falta de identidad. Veremos qué se ha hecho de Melenchon dentro de dos años.

Y, no digamos en España: el gobierno frankeinsteniano de Pedro Sánchez está desahuciado dos años antes de celebrarse las próximas elecciones. Nadie apuesta por él. Y cada declaración de algún socio de Podemos se salda con una nueva polémica: el “tope de la bolsa de la compra” de Yolanda-Petete, “los derechos sexuales de los niños” de la perturbada acampada en Igualdad, las reacciones histéricas a las bajadas de impuestos en autonomías del PP, todo eso contribuye a hundir más y más, cada día, cada hora que pasa, a un PSOE que, tras los “100 años de honradez”, los “40 de vacaciones”, vive otros cuarenta a corruptelas. 

Muy difícil lo va a tener la izquierda para seguir gobernando en España y, desde luego, para el PSOE el tiempo de las mayorías absolutas ya ha quedado irremisiblemente atrás. De hecho, la única esperanza que le queda al PSOE de apalancarse en parcelas de poder es que la victoria del PP en las próximas elecciones no sea por mayoría absoluta y Feijóo pueda armar con el “PSOE-Page” un gobierno de coalición. El gallego espera con eso realizar un viejo sueño de la “realpolitik” española: la “gran coalición” para terminar de una vez y para siempre con la centrifugación autonómica, y resolver la cuestión económica. A Feijóo, todo lo demás le interesa poco (modificar la ley trans, la del aborto, la ley de educación, la inmigración masiva…). Y vale la pena que el votante de la derecha sea consciente en las próximas elecciones de a quién vota: a una candidatura que mira como única alianza posible al centro-izquierda (el PSOE-Page) y que tiene resquemor hacia sus hijos separados (Vox). Sin olvidar que Galicia fue la autonomía dirigida por Feijóo que más celo puso en el cumplimiento de las normas abusivas de vacunación, restricciones de movimientos y confinamiento de los años de la pandemia. Feijóo puede parecer un “salvador”… siempre y cuando se le compare con Sánchez esa extraña mezcla de perturbado psicópata-suicida-killer de todo un país. Pero, no nos engañemos: es Feijóo, otro hombre sin ideas, sin ambiciones y sin proyecto más allá de bajar impuestos (lo que no es poco), racionalizar algo el gasto público y alejar a los perturbados de Podemos del poder.

Pero lo cierto es que, en Europa se está produciendo un “giro a la derecha”. Queda ahora la fortaleza alemana. Vamos a ver cómo resiste el gobierno de coalición socialdemócrata-liberal-ecoloco el invierno que se aproxima. Y, lo que es más importante, vamos a ver cómo reacciona la población alemana y si está dispuesta a pagar una elevada factura de luz y gas para solidarizarse con Ucrania. Alemania es -no lo olvidemos- un “país ocupado”. En su territorio hay 40 bases norteamericanas. Que no son pocas. Cuando un país tiene un ejército extranjero sobre su territorio, casi superior a sus propias fuerzas armadas, que a nadie le quepa la menor duda: se trata de un país “ocupado”. Colonizado, incluso. Y seguirá siéndolo mientras acepte el resultado de la Segunda Guerra Mundial que no fue, insistimos, la derrota del Tercer Reich, sino que supuso un a derrota de Europa, de toda Europa, incluso de los europeos que creyeron figurar en el bando de los vencedores. Después, una serie de partidos y de políticos que querían hacer “realpolitik” y aceptar los hechos consumados (que el país tenía relativa autonomía, nula en política internacional) y que no era cuestión de recordar esa sumisión, sino de soslayarla, fueron convenciendo y autoconvenciéndose de que, a partir de la creación de la República Federal Alemana en 1949, se abría un período nuevo. Pero no: lo que siguió, incluso tras la caída del Muro en 1989, fue eternizar una situación de ocupación permanente por parte de las tropas americanas.

Ha resultado significativa la reacción del gobierno alemán después de que, de manera muy irresponsable, los polacos pidieran el pago de más de un billón de euros para compensar los efectos de la guerra. La polémica se cortó cuando el gobierno recordó que Polonia debería responder por los trasvases forzados población de Prusia Oriental y por la expulsión de habitantes de zonas tradicionalmente alemanas entre 1938 y 1945. Y es que, una cosa es olvidar deliberadamente las situaciones reales incómodas en beneficio de una “realpolitik” que permita ir gestionando el día a día, sin fantasmas ni obsesiones de “liberación nacional” y otra, tocar el bolsillo en momentos de crisis, generando el que afloren antiguos resentimientos, querellas y reivindicaciones guardadas en el desván de la historia, pero nunca olvidadas.

Media Europa es ya de derechas. Es cierto que, en parte de Europa -España incluida- esa derecha es liberal, mundialista, globalizadora y… poco más. Y es también cierto que esa derecha tiende a converger con el centro-izquierda para mantener el status-quo. Pero, a poco que nos fijemos, advertiremos que, cada vez más, son los “partidos populistas” los que toman la iniciativa. Hace veinte años, Fini y su Alleanza Nazionale eran el comparsa de Berlusconi. Ahora es Berlusconi el que va detrás con su máscara plastificada y como mero acompañamiento. Así mismo, en Francia, los resultados de las últimas elecciones presidenciales -y lo que se avecina dentro de dos años- dejan pocas dudas sobre lo que ocurrirá en el futuro: hoy Marine Le Pen está realizando una aproximación a Macron, apoyando algunas de sus medidas. Mañana, de cumplirse el esquema italiano, será el centro-derecha francés el que se veo obligado a cooperar con el Rassemblement National para salvar lo salvable. Incluso en España, una experiencia Feijóo - PSOE-Page podría dar lugar, en un siguiente proceso electoral, al desplome de las dos opciones y a un formidable impulso a Vox, si sus costuras internas, las tendencias y las sectas católicas que actúan en su interior, consiguen mantener su unidad. Y si se rompe Vox, seguramente aparecerá una versión femenina de Marine Le Pen o de Giorgia Meloni (¿Olona? ¿Ayuso independizada de Feijóo?)

A 99 años de la Marcha sobre Roma está claro que lo que está avanzando en toda Europa no es “fascismo”. Es, claro está, “populismo”. ¿Y que es el “populismo”? Respuesta: el límite máximo al que pueden llegar fórmulas conservadoras mediante el parlamentarismo para afrontar los envites del progresismo globalizador y mundialista. No es mucho, pero es algo. Lo hemos dicho en muchas ocasiones: Podemos representa la ambición de arrojarse al vacío mediante las cantinelas progres más perturbadas; el PSOE supone dirigirse al vacío a buen ritmo; el PP de Feijóo no tiene intención de variar la dirección -lo ha dicho en innumerables ocasiones- solamente que a un paso más lento; y, finalmente, Vox sería la opción “populista” de quienes piden: “detengámonos para reflexionar porque eso de caer por el abismo no es de recibo y hay que rectificar”. ¿Cuál es la mejor opción? Parece bastante claro.  

Si miran en la cabecera de este blog verán mi autodefinición: la firmo y me reafirmo. Conservador consciente de que queda muy poco por conservar y que se trata más bien de instaurar que de conservar. ¿Instaurar el qué? Los valores tradicionales, por supuesto. Luego me defino como “revolucionario”. ¿De qué revolución? De la del Orden, faltaría más. Porque vivimos en el caos y la llegada de la derecha liberal al poder no supone más que un intento de restaurar el “orden” en el terreno económico. Nada más. Luego, me defino como “anarca” en la línea de Jünger: ¿Anarca? Sí, es aquel tipo que huye del pensamiento masificado, que busca tener su centro dentro de sí y no exterior a él. Lo que enlaza, por supuesto, con la definición de “apolítico” que completa mi paradigma: la política no me interesa, nunca he valorado vivir de ella, ni me interesa tomar partido por opciones por las que, inevitablemente, nunca podrás poner la mano en el fuego, pero eso no implica que no me interese por la política, simplemente, me mantengo distanciado de ella. Y eso es lo que recomiendo a todos los amigos que durante veinte años han ido leyendo este blog. Todo esto es lo que me sugieren los resultados electorales de ayer en Italia.

 








 

jueves, 24 de enero de 2019

365 QUEJÍOS (250) – LA EUROPA QUE MUERE Y LA EUROPA QUE QUIERE VIVIR (2 de 3) LOS ANTÍDOTOS DEL RÉGIMEN CONTRA EL “POPULISMO”


El “sistema” (entendido como el poder político-mediático-cultural sostenido por una clase que actúa mancomunadamente con los intereses de los promotores económicos del mundialismo y de la globalización) no ha encontrado la “fórmula mágica” para vacunar a las poblaciones del virus del “populismo”. Las fórmulas utilizadas hasta ahora ya no sirven: cada fórmula empleada, si bien logra contener el ascenso de las fuerzas populistas, están van, poco a poco, royendo las bases electorales de los partidos “del sistema”. A lo mejor es que las posiciones populistas no son tan descabelladas desde el punto de vista del electorado y el problema es que el “sistema” ha generado una brecha creciente e insuperable entre la clase política que ha asumido la defensa de sus intereses y el electorado. Desde este punto de vista, los votantes a los partidos tradicionales, serían los “últimos engañados” por las fantasías generadas por “el sistema”, los últimos mohicanos que aún creen en la multiculturalidad, las bondades del “mercado”, las posibilidades de estabilizar la globalización, el relativismo y la mitología progresista (que no termina de advertir que cada “progreso” supone un paso al frente ante el precipicio) o de la fatuidad conservadora (que no se ha enterado que, en la cotidianeidad, ya no queda nada digno de ser conservado). El problema que tienen los partidos “del sistema” es que hoy están todos desgastados y en horas bajas después de más de casi ochenta años de regir los destinos de Europa y en España tras la experiencia de cuarenta años de partidocracia. Y, a diferencia de hace apenas una década, las opciones “populistas” ya no son marginales: están situadas en el eje del panorama político. ¿Qué lo demuestra? El que el debate político, ya no lo marcan los partidos tradicionales sino las fuerzas populistas: se habla de inmigración masiva, se habla de decadencia cultural, se habla de la globalización imposible y de la multiculturalidad, de evitar el contagio islamista, se habla de identidad… ya no se habla de lucha de clases, no se tiene fe ciega en “el mercado”, los defensores de la inmigración y del mundialismo cada vez están más arrinconados: los intelectuales “del sistema” ya no son leídos, seguidos ni respetados en sus opiniones, están cayendo como las hojas en otoño.

¿Qué fórmulas están recomendadas por el poder económico, están empleando en estos momentos, los partidos tradicionales para frenar a las fuerzas populistas?
  • 1) Aislar políticamente al “populismo”,
  • 2) Ignorar su existencia y hacer como si no existiera
  • 3) Crear una legislación de contención y,
  • 4) Tratar de integrarlo en el establishment

Cada una de estas opciones tiene sus pros y sus contras. Veámoslas con algo de detenimiento:

1) Aislar políticamente al “populismo”: el “cordón sanitario”

Es lo que se hizo con el franquismo durante la transición: se le aisló, se le redujo a partidos testimoniales, se creó y se favoreció la creación en torno suyo de un aura de violencia y terror. A ello contribuyeron grupos mediáticos (Prisa, Cadena 16 y Cadena Z, fundamentalmente), poder económico (intereses del capitalismo español para entrar en la UE y de grupos financieros extranjeros que deseaban invertir en España), que encumbraron a una clase política que quizás tuviera talla para dirigir una huelga en un centro universitario o ejercer de panfleto parlante, pero que carecía de experiencia en gestión política. La consigna era: “todos contra la extrema-derecha”. Antes se había aplicado en Italia y se resumía, en una palabra: “Antifascismo”, es decir, “todos contra el Movimiento Social Italiano”. No faltaron, ni en España ni en Italia, provocaciones procedentes de servicios de inteligencia que asumieron su parte en la tarea de aislar a la extrema-derecha. Quienes comprendieron la tormenta que se cernía sobre este espacio político, simplemente, lo abandonaron. En Italia quedó configurado un “espacio de protesta”, protagonizado por el MSI que nunca superó el 12-15% de los votos. En España, solamente en las elecciones de 1979 la Alianza Nacional pudo colocar un diputado en el parlamento. Así pues, la primera aplicación de la política del aislamiento se saldó de manera positiva. Pero, el problema es que, todo ha cambiado extraordinariamente: el nuevo “populismo” no tiene nada que ver con la vieja “extrema-derecha”: no estamos hablando de neofascistas, neonazis o neofranquistas, sino de un verdadero movimiento social y popular que si tiene nostalgia es de la estabilidad y de la tranquilidad y quiere reinstalarlas en sus vidas. No quiere ni alzar el brazo, ni cantar el Cara al Sol, ni vestir una camisa, ni aplaudir a una retórica patriótica: es un movimiento que exige eficiencia a las instituciones y que, en lo personal, figura en el bloque de los “damnificados de la globalización”. Al sistema, seamos claros, le faltan argumentos suficientes como para articular un discurso culpabilizador sobre este “populismo” y, por mucho que lo intenten, mediocres tertulianos y políticos temerosos de perder su poltrona, lo cierto es que sus argumentos chocan con la realidad de los hechos: hoy no puede tildarse de “extremistas de derechas, radicales y violentos” a gentes que conocemos de toda la vida, que hablan, conversan, discuten y lo hacen sin aspavientos ni actitudes violentas: la diferencia cada vez más marcada entre el “discurso antifascista” y la realidad del “populismo” es tal, que inhabilita de partida a los primeros que, para colmo, no pueden alardear ni de honestidad, ni de eficiencia en la gestión, ni siquiera de claridad de ideas.


2) Ignorar la existencia del “populismo”: el “muro del silencio”

Es otra actitud habitual. Lo importante para el “stablishment” es que ni se consideren, ni se atiendan, ni se responda a los debates que plantea la “extrema-derecha”: entrar a discutir es perder. Si se empieza a discutir sobre la inmigración masiva, no existe ni un solo argumento válido para seguirla defendiendo aquí y ahora. Si se discute sobre la eficiencia de los partidos tradicionales, incluso a los militantes de estos partidos, les falta valor para defender públicamente la gestión de un Gonzáles, un Zapatero, un Aznar o un Rajoy; así que mejor no discutir. Si se admite a un “populista” en un debate sobre la corrupción, el problema es que aparecerá como el único no contaminado y podrá lanzar salvas contra el resto de interlocutores que han hecho de la política su huerto particular. Y si se deja que un “populista” explique que ni es radical, ni es fascista, se corre el riesgo de que el arsenal contra él quede vaciado de argumentos. Así pues, lo mejor es que no aparezca en lugar en lugar alguno, que, en los debates sobre la inmigración, no se invite a ningún “populista”, que se cierren las puertas de los medios de comunicación a los representantes del “populismo” y que se genere un muro de silencio en torno suyo. La existía de grupos radicales “antifas” y el ejercicio de la “permisividad”, hará que las reuniones y mítines convocadas por los “populistas” sean, allí donde puedan serlo, obstaculizadas e impedidas: porque de lo que se trata, a fin de cuentas, es de negarles el derecho a la libertad de expresión, no sea que convenzan a sectores de la población. Es aquí en donde el “stablishment” utiliza a mano de obra barata y marginal para completar la creación de un muro de silencio impenetrable. La estrategia funciona, mientras el populismo no alcanza una masa crítica suficiente como para que resulta imposible ignorar su existencia. A esto se une el hecho de que las nuevas tecnologías han convertido a las redes sociales en extraordinariamente permeables para la actuación del “populismo”. Las políticas del “muro de silencio” se muestras, por todo ello, cada vez más inoperantes.

3) Crear una legislación de contención: “el muro legal”

Lao-Tsé dijo: “La justicia es como el timón; hacia donde se le da, gira”. Así es, efectivamente, el “legislador” puede hacer y deshacer leyes a su antojo. Cuando en los años 80 el Front National en Francia logró colocar a un grupo de diputados en el congreso nacional, la iniciativa del régimen fue modificar el sistema electoral e introducir la “segunda vuelta” en las elecciones generales. Obviamente, el grupo parlamentario del Front National no fue reelegido en las elecciones siguientes y el régimen pudo continuar tranquilamente otros treinta años. Luego están los obstáculos puestos a la libertad de expresión, el aguijoneo constante a los partidos disidentes mediante denuncias y apertura de investigaciones, la infiltración por parte de los servicios de seguridad del Estado que pueden llegar, incluso, a las provocaciones para conseguir introducir actitudes legalmente punibles. Esto llegó hasta tal punto que hablar sobre la inmigración masiva sin expresar un deseo favorable a la llegada de más y más inmigrantes, en países como Francia, Alemania o el Reino Unido, acarreaba inmediatamente la sospecha de ser “xenófobo y racista”. El “legislador” creó, en toda Europa, una legislación que penalizaba estos comportamientos y que, para colmo, impedía, incluso, en algunos casos, aludir siquiera al grupo étnico de un delincuente o de un violador o a impedir que se publicaran estadísticas sobre el origen étnico de los presos en las cárceles de países como Francia. No hace mucho se anunció que un partido parlamentario, en realidad, la única fuerza de oposición que existe en Alemania en estos momentos, estaba siendo “vigilada” por los servicios de seguridad. Algo parecido ha ocurrido en Francia. El arsenal legal construido ad hoc, llega allí en donde no alcanzan otras medidas. Pero también esta estrategia conlleva un problema: el primero de todos es lo que podríamos llamar “la evidencia”. Muchos comportamientos y problemas que han llegado con la inmigración masiva, son demasiado evidentes como para poderlos negar y, por supuesto, para condenarlos por parte de jueces conscientes de que se trata de una legislación de carácter político. Por otra parte, lo realmente terrible para el “stablishment” es que los partidos “populistas” no sostienen posturas “anticonstitucionales”, ni comportamientos ilegales, sino que hacen todo lo posible por mantenerse, no solo dentro de la legalidad vigente, sino incluso obligando a que esa legalidad se cumpla. Por otra parte, la aplicación de “represión legal” contra los “populistas”, por sus opiniones políticas, rompe el “frente único” de las fuerzas democráticas: en efecto, algunos sectores consideran estas medidas como afrentas y vulneraciones a la “libertad de expresión”. Por tanto, no solo la eficiencia de estas medidas sino, incluso, la posibilidad de aplicarlas, va siendo cada vez más difícil.

4) Tratar de integrarlos en el “stablishment”

Es la última opción y la más arriesgada. Se trata de negar las tres opciones anteriores y, mediante pactos y acuerdos, comprometerlos en la gestión cotidiana, lo que equivale a reducirlos a un simple partido más que, antes o después, empezará a tener los mismos problemas que cualquier otra formación del régimen: corrupción, errores de gestión, puntos incumplidos de su programa, ejercicio del transfuguismo, problemas interiores, etc. Problemas que plantea esta opción: estos partidos “populistas”, si, además de visibilidad, logran encaramarse a puestos de poder, exigirán reformas y giros políticos que comprometen la viabilidad misma del sistema mundial globalizado. Y desde el momento en el que uno de sus miembros alcanza un puesto ministerial, se corre el riesgo de que quiera aplicar la política que ha venido defendiendo desde la oposición o, en cualquier caso, parece evidente que sus declaraciones tendrán más eco y alcanzará una mayor visibilidad. Es lo que ocurre en Italia en estos momentos con el “caso Salvini”. Por el momento, las “órdenes” que llegan de la “internacional del dinero” son claras: aislar a los populistas, afianzar el “muro de silencio”, construir una política de aislamiento. Tal es el papel que va a ejercer Manuel Valls en Ciudadanos, de cara a evitar pactos entre Vox y PP y para eso, finalmente, está aquí, aspirando a la alcandía de Barcelona y luego a la dirección del propio partido. España, una vez más -y las elecciones andaluzas lo han demostrado- es el eslabón más débil en la cadena de defensa ante el “populismo” europeo: aquí la derecha está predispuesta al pacto, si eso evita que la izquierda llegue al poder: aquí, las décadas han demostrado en situaciones mucho peores que la actual, que no existe “cultura de Gran Koalición” a la alemana y que un pacto de este tipo podría hundir electoralmente tanto al PSOE como al PP y para siempre. Es el tributo que tienen que pagar a 40 años de bipartidismo y a la fractura de la sociedad española en derecha-izquierda. Después de su fracaso en las anteriores elecciones generales, Vox entendió el mensaje: había que actualizar el discurso y ocupar un espacio que existía en toda Europa y que en España todavía no estaba ocupado. Introdujo nuevos temas y la erosión del PP y su debilidad en relación al tema catalán, hicieron el resto. Ahora es el PP el que no tiene muy clara cuál es su situación, ni cuál es su política preferencial de alianzas. Y si tenemos en cuenta que Ciudadanos, como todo partido centrista, tiene una vida corta que dura lo que duran las causas que generaron su aparición (la necesidad de la transición en 1977 y la respuesta a la crisis independentista en 2010), el futuro del PP es muy complicado en este momento, en donde, por primera vez desde Cánovas, a la derecha tradicional le ha aparecido un adversario a su derecha. El “populismo” europeo, finalmente, no ha renunciado a su intención de “reformar” el régimen e introducir correcciones en beneficio de la población de sus respectivos países. Integrarlo en el régimen supone, en definitiva, un altísimo riesgo para que el régimen se mantenga en su actual configuración. Y si bien es cierto que los aparatos legislativos, no permiten reformas radicales y a corto plazo, si que toleran reformas progresivas y continuas. Vetar, por ejemplo, la importación de cítricos no europeos, supondría una revolución económica como lo sería instalar un régimen de aranceles para determinados productos o favorecer desde el Estado Español o desde la UE, la creación de empresas semi-públicas en el sector de las nuevas tecnologías. A esto tiende el “populismo” europeo: a que una serie de reformas progresivas bloqueen los mecanismos del mundialismo y de la globalización y estabilicen la situación económico-social y cultural en el continente.

*    *    *

Si bien, la “integración es la fórmula que, antes o después, terminará imponiéndose (en Francia el “frente anti Le Pen” se está desgajando en estos momentos, con el tránsito de antiguos miembros del partido de Sarkozy a la formación “populista” y en otros países, fuerzas “populistas” ya están en el poder y han trenzado pactos con otros sectores políticos), lo cierto es que los sectores cavernícolas del “stablishment” (frecuentemente salidos de los medios masónicos más apegados a los “inmortales principios”, o a los medios ultraliberales vinculados a la banca o a la alta finanza internacional) tratarán por todos los medios -y en los cuatro meses que quedan hasta las elecciones europeas de seguir aplicando las tres fórmulas habituales (“muro de contención”, “muro de silencio” y “el muro legal”), lo cierto es que ninguna de estas opciones ofrece garantías de éxito. Todas tienen pros, pero, sobre todo, contras y todas hacen aparecen al “populismo” como algo radicalmente diferente al resto del panorama político en un momento de crisis de las fórmulas tradicionales. En esa óptima, el problema para el “stablishment” es que el “populismo” aparece ante los ojos del electorado como una alternativa viable y esperanzadora. Ahí reside su fuerza.


365 QUEJÍOS (250) – LA EUROPA QUE MUERE Y LA EUROPA QUE QUIERE VIVIR (3 de 3) – LAS TRES CORRIENTES DE LA POLÍTICA EUROPEA

viernes, 24 de junio de 2016

BREXIT: LO HAN LOGRADO. DESENGAÑAROS NO HABRA HISPANEXIT?


Con un nivel de participación aceptable (el 72%) el 52% de los votantes han dicho NO a la permanencia del Reino Unido en la UE, contra el 48% que pretendían que permaneciera el actual estatus. Ha terminado la presencia de este país en la UE que se inició en 1973. Pero esta ruptura matrimonial no ha sido el resultado (como lo interpretan los grandes medios de comunicación) de la desigualdad entre ricos y pobres o de la “gran crisis financiera”: ha sido solamente el resultado de la alarma de una sociedad ante su pérdida de identidad a causa de la inmigración masiva. Vale la pena realizar algunas reflexiones sobre las implicaciones de este resultado.

En política interior.- el gobierno Cameron queda en posición dificilísima. Había propuesto el voto favorable a la UE y el resultado le ha supuesto una verdadera moción de censura popular. Por otra parte, el peso de la campaña electoral ha recaído especialmente sobre el UKIP de Nigel Farage (cuyo rostro sonriente ha reproducido toda la prensa mundial). Parece innegable que el resultado de las pasadas elecciones generales ya no se corresponde con la correlación de fuerzas que se da en la calle. La debilidad del gobierno Cameron y de la oposición laborista son demasiado evidentes. La actitud más lógica de esta situación ha sido la propuesta por Nigel Farage quien, tras anunciar la victoria del Brexit –“Lo hemos conseguido”- pedía la dimisión del gobierno Cameron y la convocatoria de nuevas elecciones.