La proximidad de las elecciones ha hecho que la opinión
pública vuelva a manifestar su interés por los sondeos electorales y por las
encuestas a pesar de que siempre, absolutamente, se equivocan. Y ese error,
nunca, absolutamente nunca, es ingenuo. Las encuestas son un medio más de
manipulación electoral: si las encuestas realizadas o encargadas por medios de
derechas hablan de que la extrema-izquierda tendrá mayoría, no es para
constatar una realidad, sino para inducir al votante de derechas a acudir a las
urnas. Y lo mismo pasa en cualquier otro sector político. ¿Y la realidad? Desde
luego, es lo que menos le importa a quienes encargan las encuestas y a los
encuestadores: lo que interesa no es la “realidad”, sino como manipularla.
Ni los medios, ni la opinión pública –conformada y modelada
al cincel de esos medios- tienen “memoria” (ni a corto, ni a medio, ni a largo
plazo). La memoria es algo a extirpar en la política corrupta que se practica
en la modernidad. En eso están de acuerdo todos los partidos: el PP alardeará
de que el gobierno Aznar fue al más eficiente, olvidando que durante su gobierno
se dispararon todos los problemas que venimos padeciendo actualmente; los
socialistas dirán que ellos han aportado “paz y progreso”, pero no que han sido
los únicos responsables del desastre educativo y del caos autonómico; Ciudadanos
intentará conectar con el centrismo de la transición como si aquella hubiera
sido una panacea. Y, para colmo, Podemos se presentará como socialdemócrata una
semana después de que los residuos estalinistas del PCE se le incorporaran. Y
todo esto se puede decir porque no existe nada parecido la memoria histórica, ni siquiera a corto
plazo.
