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miércoles, 7 de noviembre de 2018

365 QUEJÍOS (190) – ASÍ NOS VEN DESDE FUERA (pq somos así)


Vincent Werner es un ejecutivo holandés que lleva casi veinte años en España. No es un inmigrante de aluvión, está aquí trabajando como consultor para distintas multinacionales. Nada que ver con la legión de manteros. Habla perfectamente castellano y nos ha observado como un entomólogo observa las reacciones de un hormiguero: con atención y objetividad. El resultado ha sido un libro de casi 400 páginas sobre la “mala praxis” de ser español. Se lo ha editado él mismo y lo difunde Amazon: It is not what it is: The real (s)Pain of Europe, un bonito juego de palabras que viene a decir que “no es lo que es”, aludiendo a España, ¿y qué es, pues? Spain pasa a ser (s) pain y “pain” es en inglés, “dolor”. El dolor de Europa. Eso es lo que somos y así nos ve uno que nos conoce.

“¡Maldito holandés!” dirán algunos. El problema es que Werner nos ha clavado en su descripción. La tesis final es que España es una bomba de relojería insertada en la UE que corre el riesgo de acabar dinamitando la institución. Creo que Werner exagera. Ni siquiera somos eso: somos, eso sí, capaces de dinamitarnos a nosotros mismos. Y, de hecho, lo estamos haciendo en estos momentos. Cabe decir que, de los casi 20 años que el holandés errante ha pasado en nuestro país, salvo dos años, el resto del tiempo ha residido en Barcelona. Así pues, lo que describe es, catalán tanto como español. Nuestra tesis siempre ha sido que “Cataluña es España”, por la historia, por la cultura, por las tradiciones, pero, sobre todo, pero que, sobre todo, hoy es la vanguardia de la desintegración de España. Ya se sabe que una “vanguardia” forma parte de un cuerpo de ejército, no es nada separado de él, son los que van por delante, los que abren el camino.

Los europeos que llegan aquí y les interesa algo más que litronas a 0,75 euros, porros a buen precio que consumir aquí y llevarse a su país o darse vuelta y vuelta con nuestro sol, tienen claro que el estado de la sociedad española es mucho peor de lo que imaginaban. Werner es uno de ellos y nos describe en su e-book, una a una. Sostiene que el orgullo español nos impide reconocer nuestra nivel de decadencia y los procesos de desintegración que se dan en nuestra sociedad.

Tiene gracia, por ejemplo, que un holandés como Wernes, se queje de que en Barcelona (y en cualquier otro lugar de Cataluña) sea fácil, por el simple olfato, identificar dónde se está cultivando cannabis para algo más que el consumo privado. Si lo hace el ciudadano de a pie, bien podría hacerlo la policía, pero ¿para qué? no hay órdenes expresas para combatir la principal toxicomanía que ya no es ni el tabaquismo, ni el alcoholismo, sino adolescentes que llevan fumando cannabis desde los 12 años y que, lógicamente, a los 16 se han convertido en futuros ni-nis para toda su vida. Hay que recordar que, hasta no hace mucho, los colgaos europeos hacían de Amsterdam la meca del porro. Hoy, ese dudoso honor corresponde a Barcelona.

Luego están las injusticias: dice Werner, “me molestán pero aquí las sufris y ni siquiera lo sabéis porque aquí es lo normal”. Una de las frases que más le ha sorprendido es la consabida: “esto es lo que hay…”, que indica resignación y fatalismo, que junto con la apatía y el individualismo son las cuatro columnas de “lo español”. Y no de ahora, sino que intuimos que ya en el siglo XVI-XVII, si tenemos que atender a cómo era la España de “La Celestina” o de las “Novelas Ejemplares” de Cervantes.

No estamos a la altura de la sociedad post-industrial: el rendimiento de nuestros trabajadores, incluso en profesiones de alta especialización, es más bajo que la media europea. Porque una cosa es “trabajar mucho” y otra “pasar mucho rato en la oficina”. La productividad del español está a la altura del betún. Y luego está el absentismo laboral (25.000 millones anuales perdidos por las empresas) o fenómenos como el “top manta” o las tarjetas black… tenemos tendencia a pensar que esto es igual en Europa y no lo es, son rasgos propios de la decadencia española. En Oporto y en Belgrado, en Praga y en Budapest, en Edimburgo y el Glasgow, no he visto ni un solo “top manta”.

Werner se queja de que cuando un empresario extranjero busca instalar una filiar en España choca con una burocracia incomprensible. ¿La peor de todas? La autonómica. ¿La más corrupta? La autonómica, claro está, pero a corta distancia y compitiendo con la corrupción municipal y con la que carcome el Estado. En tanto que procedente de un país protestante, Werner le da mucha importancia a la ética: ética en los negocios, ética en el ejercicio de la abogacía, ética ciudadana… y no ve -acaso porque es una rara avis- ninguna ética en la sociedad española, ni más moral que la del pelotazo. Cuenta el caso de una compañía instalada en Cataluña, tuvo que entregar 5.000 euros para participar en una licitación y otros 3.000 después. Y Werner dice: “esto no ocurre en ningún lugar de Europa, pero sí en toda África”.

¿La democracia ha resuelto algo? Llevamos 40 años. Sabemos que durante el franquismo, España salió del subdesarrollo y lo peor que se le podía reprochar es que las libertades políticas no estaban, que digamos, muy desarrolladas, y que la moral sexual era pacata y grotesca. ¿Hemos mejorado? Cuarenta años son como para mejorar, pero, globalmente no está tan claro: Werner recuerda que España tiene un nivel de pobreza más alto que en los años 40, al menos estadísticamente. Pone el dedo en la llaga: “cuando veo gente rebuscando en la basura o durmiendo por las calles, me duelo ¿qué se ha hecho con todo el dinero enviado por la UE?”.

¿La conclusión? Que España es el eslabón más débil de la UE. Algo con lo que estamos completamente de acuerdo. España es la cuarta economía de la UE en estos momentos: somos un monstruo económico enfermo y decrépito, con una sociedad débil, unos partidos con clases políticas dirigentes y discursos bochornosos, unas televisiones de pega, una justicia que dice “esta es mi sentencia, si no le gusta, le pongo otra”. Sí, en toda Europa hay corrupción, pero sólo en España está fuera de control.

De esto va el libro de Wernes que, por cierto, salió a la calle con una bandera europea el día en que los indepes lo hacían con trapos estelados (“fraccionarse nos hace más débiles a todos”, dice). Nos ha clavado, el jodido holandés herrante…




jueves, 1 de noviembre de 2018

365 QUEJÍOS (185) – LA TEORÍA DEL “BIEN MENOR” (I de IV)


Créanme: estoy harto de oír la estupidez sobre el “mal menor”. Según esto, un cordero estaría obligado a elegir entre ser devorado por un lobo o por un león. Para algunos, el león sería la opción más recomendable y digna. La más rápida, además. Para otros, el ser devorado por un lobo, sería mucho más tradicional, aunque más lento y laborioso. ¡Qué complicada elección! Como elegir entre morirse de hambre o de aburrimiento. Es la teoría del “mal menor”, definida como un principio ético que justifica la elección de un mal para evitar que nos arrolle otro mayor. El primero que se encontró en la disyuntiva fue Ulises, Odiseo: entre Escila y Caribdis. En Escila perdió a seis de los suyos, pero en Caribdis hubieran muerto todos. Así que estaba claro: “ (cayó en Escila, para evitar Caribdis). Me quejo de que la teoría del “mal menor”, sea uno de esos dogmas democráticos de nuestro tiempo, presentados como intocables sin que exista la posibilidad de una alternativa.

Desde 1977, no sé cuántas veces he oído eso de “votaré al PP (o, en su defecto a AP, o incluso a UCD y, hoy, a Ciudadanos), para evitar que gane el PSOE”. El “mal menor” era el PP, el “mal menor” fue UCD, el “mal menor” es Ciudadanos… Y luego hay gente que se queja de que las cosas no salen a su gusto. Es muy duro el tener que decidir si quieres que te amputen un pie para evitar que, unos días después te amputen la pierna.

En matemáticas, existe lo que se llama “lógica borrosa” que es la negación de la “álgebra de Bool”. La primera considera que en la realidad no todo es blanco o negro, no existen solamente dos opciones, como en la booleana, 0-1, abierto-cerrado, sino que existe una gama de momentos intermedios, una escala de grises. En política ocurre algo parecido.

El ciudadano, hoy, ante la urna electoral, tiene solamente dos opciones:
  • Votar al que se identifica exactamente con su forma de ver las cosas: rara avis en democracia, especialmente, cuando el ciudadano ha ido una y otra vez a las urnas y, sistemáticamente, la clase política ha traicionado sus esperanzas, defraudado ilusiones y traicionado promesas. Aquí incluimos, lo que podríamos llamar el “voto cerril”: “yo he votado siempre PSOE y seguiré haciéndolo hasta que me muera”, “estuve de niño en las Juventudes Comunistas y ahora sigo pensando igual”, “Aznar es mi hombre”… Salvo que Tezanos me corrija, no creo que este voto supere en las actuales circunstancias el 15-20%.
  • Votar el que consideran como el “mal menor”: que, en la práctica, es lo que la mayor parte de electora están haciendo: “me cae mal el PP… voto por el PSOE”, “me cae mal el PSOE… voto por el PP”, “me caen mal los dos y soy el más progre entre los progres, voto por Podemos”, “me caen mal los dos y, en el fondo soy un conservador algo liberal, así que voto por Ciudadanos”… Para votar por el “mal menor” no hace falta creer que vaya a servir para algo positivo, sino para evitar que las cosas se deterioren más rápidamente y, sobre todo, para castigar al que consideramos como más odioso.
A la vista de que hay insensatos que siguen creyendo, contra las apariencias y la experiencia, que su voto es algo muy importante, excluyamos la posibilidad del voto nulo, en blanco o de la abstención y quedémonos con la “booleana”: o voto a “los míos” o “mal menor”. Pero ¿quiénes son los míos y qué posibilidades tienen? Frecuentemente, “los míos”, o están ausentes o entregarles mi voto, de tan minoritarios que son, equivale a tirarlo.



2. EL “BIEN MENOR”: ULISES SE DECIDE POR SIBARIS EN LUGAR DE POR ESCILA O CARIBDIS

¿No notan cómo si faltara algo? En el ejemplo de los corderos, ¿cómo es que no se da la posibilidad al cordero de que sea perseguido, pongamos por caso, por un galápago? Si la oveja pudiera elegir entre el mal menor (el lobo o el cordero) y el galápago, seguramente, elegiría a éste último... y sobreviviría. Ni siquiera la metafísica expresada a través de Ulises nos muestra un ejemplo alternativo: O Escila o Caribdis, sin posibilidades, de ir a Síbaris y llevar una vida sibarítica, que no sería, claro está, como retornar a Ítaca, pero, al menos, supondría un avance menos oneroso que las otras dos posibilidades. En términos electorales, cabe decir, que, hasta ahora en España, no se ha dado esta opción. Votar a Ruiz Mateos o a Gil y Gil, en su momento, fue casi una broma.

Hay que recurrir a la ciencia económica y al marketing para encontrar un concepto interesante: el de “bien inferior”. Es muy interesante. Verán: cuando, por una crisis económica, se restringe la capacidad adquisitiva de la población, ésta, en lugar de seguir adquiriendo productos de misma la calidad que había comprado hasta ese momento, se lanza a productos de una calidad inmediatamente inferior: ya no compra “bienes normales”, sino “bienes inferiores”. Es fácil de entender: esta teoría explica el porqué, determinados productos, el pan, por ejemplo, aumenta extraordinariamente su consumo en momentos de crisis, mientras que las delikatasen desaparecen de la cesta de la compra. Hoy estamos en tiempos de crisis política: sean realistas, no aspiren a consumir delikatesen, aunque se los pida el paladar.

Soy de los que opinan que no hay que pedir peras al olmo y que, en los tiempos modernos, no hay más cera que la que arde. Servidor -véase el paradigma que figura en el frontis del blog- se las da de “anarca” (estaré allí en donde no haya un pensamiento masificado), “apolítico” (distanciado de la política), “conservador” (de todo lo que haya digno de ser conservado, si es que queda algo) y “revolucionario” (porque, hoy ser “hombre de orden” y defender el principio de “orden – autoridad -jerarquía” es lo más revolucionario que se puede ser. un mundo dominado por el pensamiento único y la corrección política), por tanto, soy perfectamente consciente de que no existe ninguna opción electoral tan suicida que se identifique son este “programa”. Pero, en tanto que oveja negra y descarriada, no estoy dispuesto a aceptar la teoría de si quiero morir entre las garras de un simpático león o de un taimado lobo de cuento infantil. Yo, es que soy muy de “terceras vías”…


3. ESPAÑA EN LA TORMENTA PERFECTA

Tengo muy claro que en estos momentos nuestro país vive una “tormenta perfecta”: no hemos salido de la crisis económica (y no saldremos hasta que exista un control sobre la moneda y se castigue fiscalmente la economía especulativa, liberándose de cargas fiscales al trabajo y a la economía productiva, se bajen impuestos y se aumenten salarios, se rompa con la globalización, se reindustrialice el país y el campo produzca), tenemos crisis en la vertebración del Estado (cuyo germen está en la misma constitución y en el absurdo inasumible del “Estado de las Taifas”), tenemos una crisis institucional por la presencia de partidos que han olvidado los “consensos” de la transición y hacen gala de un “celo republicano”, “memoria histórica”, y luego está el hundimiento de la enseñanza, el deterioro creciente de la sanidad, los ocho o nueve millones de inmigrantes en aluvión y los otros ocho que pueden llegar en veinte años más, de los que seis ya tienen nacionalidad española, siendo la mitad islamistas, unido a otros elementos desarticuladores de la “identidad nacional”. Desaparecido el terrorismo de ETA, queda el yihadismo.

Estamos en la periferia de Europa sufriendo un proceso de especialización de nuestra economía como país de servicios, es decir, dependiente y estratégicamente irrelevante; abandonada la fantasía de ser geriátrico de Europa (por los altos precios de la vivienda, el deterioro de la seguridad ciudadana), nos queda el dudoso honor de ser el paraíso del turismo de litrona, balconing, porro y chancletas. ¡Como para ahora tratar de establecer cuál de los dos partidos mayoritarios es el “mal menor”!
No hay gran diferencia entre circular a 30 km por hora hacia un muro de hormigón con Casado al volante, o hacerlo a 90 km por hora en la misma dirección con Sánchez en los fogones… O a 60 km/h, dirigidos por el centrista de turno, o a 120 por cualquier colgao podemita, a lo Colau o a lo Carmena.

4. EN UN MUNDO SIN REDENTORES Y SIN POSIBILIDAD DE LLEGAR A ÍTACA

Lo que necesita nuestra sociedad es invertir el ritmo de marcha hacia el abismo: ir en dirección contraria a la que nos llevan todos los partidos hasta ahora mayoritarios. Desengañaros: No va a aparecer ninguna opción salvadora por la que se pueda poner la mano en el fuego o apostar por ella sin ningún tipo de reserva mental, que quede claro. Pero lo que sí puede aspirarse, por lo menos es a invertir la tendencia: a sustituir las delikatessen por curruscos de panarro, negarse a consumir los zurrullos bien aplanados que nos ofrece el “mal menor”; esto es, optar por Síbaris en lugar de elegir entre pasar por Escila o por Caribdis y, a pesar de que nuestro objetivo sea volver a ver las altas defensas de Ítaca.

En tiempos de crisis (crisis mundial, crisis sistémica y de civilización) no puede aspirarse a que se realice el mensaje escatológico y redentor, eso queda para los creyentes en dogmas, no para los que tenemos los pies en la tierra y la cabeza en el cielo. No hay cocineros cuya receta garantice ausencia permanente de colesterol, salud nutricional, ausencia de aditivos, colorantes, que esté cultivado biológicamente y que cuya ingesta reiterada no contemple ningún tipo de riesgo. No hay, oídlo bien, ni recetas mágicas, mi magos topoderosos, ni líderes carismáticos por los que podamos poner la mano en el fuego, ni dioses en los cielos que velen por nosotros: hay un mundo que marcha a la deriva y una España que está en vanguardia de la crisis, entre todos los países occidentales, porque es aquí en donde, a fuerza de votar con la inercia del “mal menor”, se han producido menos resistencias a los procesos de decadencia. Y llevamos décadas avanzando a distintas velocidades hacia el abismo.

5. EL “BIEN MENOR” ES INVERTIR LA MARCHA HACIA EL ABISMO

Ser realistas, aquí y ahora, implica decir: podemos ser maximalistas, pero no creamos que servirá para algo. Podemos evitar jugar al monopoly del “mal menor”, pero, al mismo tiempo ser conscientes de avanzar hacia el precipicio es un mal negocio. O podemos, claro, está decir también: “busco el bien menor”. No la opción que nos precipitará a menor velocidad hacia el abismo, sino aquella otra que, al menos tiene la voluntad, de desandar lo andado e invertir la marcha hacia el abismo.

Y no me importa si la velocidad de alejamiento del abismo es de 5 km/h o de 25. Sé que las circunstancias no permiten el alejamiento a mayor velocidad. Sé también que en el curso del viaje tendré que vérmelas con gentes que no me gustan, que no piensan al 100 por 100 como yo, incluso que algunas piensan y creen justo lo contrario de lo que yo creo. Pero la “teoría del bien menor”, implica caminar en dirección opuesta al abismo, a la velocidad que sea. Aunque sea a la velocidad del galápago que, al final termina (Zenón dixit), paradójicamente, llegando al mismo lugar que Aquiles, el de los “pies ligeros”

Y, ahora me planteo, ¿existe un “bien menor” en el panorama político español del declinante 2018? Antes de contestar, recomendaría asumir los razonamientos de este post. Porque, si se dan por buenos, la respuesta nos lleva a otros planteamientos. Si se rechaza lo planteado, nos situamos en el área de los maximalismos y/o de la desesperación que supone, predicar el Paraíso en el desierto, mientras en los fogones del tren en el que vamos embarcados, se pelean el maquinista emporrao, el maquinista tontorrón o el maquinista gilipollas…

LA TEORÍA DEL "BIEN MENOR" - I PARTE
LA TEORÍA DEL "BIEN MENOR" - II PARTE
LA TEORÍA DEL "BIEN MENOR" - III PARTE
LA TEORÍA DEL "BIEN MENOR" - IV PARTE

lunes, 24 de septiembre de 2018

365 QUEJIOS (142) – LO PEOR DE VIAJAR ES VOLVER


Me ha ocurrido, como mínimo desde hace diez años. Siempre que salgo de España, parece como si dejara atrás problemas irresolubles, noticias sobre gente estúpida haciendo estupideces (desde el gobierno o desde la oposición) y, a medida que el avión despega, todo ese guirigay absurdo vaya quedando atrás. Sé que en todas partes cuecen habas y que en la era de la globalización los problemas apenas existen problemas locales sino problemas generales que están más desarrollados en unos países y menos en otros. Siempre, vaya donde vaya, habrá corrupción de la clase política, siempre habrá un pensamiento masificado y corrección política, siempre habrá inmigración y siempre habrá inseguridad ciudadana, pero podéis estar seguro de que si siguiéramos el invento unamuniano de “españolizar Europa”, o que haríamos sería transferir las impotencias, los vicios, el malestar del país que se encuentra más en crisis en el continente, a todos los demás que, en el fondo, o viven situaciones degenerativas menores o mucho menores o, desde hace años, un sector de los ciudadanos conscientes de la pendiente descendente y de la crisis de Europa, han ido reaccionando. Me quejo de que, no solamente España es, en todos los sentidos, la avanzada de Europa en materia de degradación de la vida social y pública, sino de que además, la ciudadanía no responde y se muestra no solamente tan apática como siempre, sino mucho más abúlica que nunca.

Si exceptuamos a los EEUU, me da la sensación de que España es, incluso, la cabeza de la degradación mundial. Incluso en los EEUU reaccionan a su manera y, sobre todo, tienen una fe envidiable (e incomprensible) en su sistema político. Aman a su país y muestran orgullosos su bandera. Y lo hacen como patriotas. No como futboleros o un par de veces al año. Me hace gracia que en Cataluña, incluso, muchos hayan decidido que su bandera es la de un partido y hayan insertado un triángulo en la bandera de la Corona de Aragón. Me hace gracia que muestren ese trapo que apenas tiene algo más de cien años y que se [mal]diseñó en Cuba como el emblema de “todos los catalanes” y que lo muestren afeando las calles. Y, por si ese trapo no fuera lo suficientemente triste, lo acompañen de colgajos amarillos pálido, color que, por lo demás, no sólo en Cataluña, sino en todos los pueblos del mundo ha sido el símbolo de lo negativo, la mala pata, e incluso en el mundo árabe del color de los ojos de los “perros del infierno”. Porque el amarillo tiene un pantone relativamente amplio y el que estos memos han elegido –el amarillo pálido- es universalmente considerado como símbolo de todo lo malo. Si al menos fuera el dorado simbolizaría la riqueza y la alegría.

El caso es que España debe seguir como cuando me fui hace quince días. Me equivoco: seguramente andará un poco peor. Seré todavía más claro: a estas alturas estoy convencido de que –óiganlo bien- España perjudica gravemente a la salud. Este año han muerto varios amigos míos, todos ellos relativamente jóvenes, ninguno había cumplido los 70 y ninguno ha muerto de enfermedades hereditarias o de tumores derivados del estilo de vida. Han muerto del corazón. Todos ellos tenían una característica que los diferenciaba de la mayoría de ciudadanos: se habían educado en el patriotismo. Eran catalanes que se expresaban corrientemente en esa lengua desde mucho antes de que fuera “oficial” en la autonomía. Habían nacido aquí, sus ocho apellidos eran catalanes y si alguien podía reivindicar ese título eran ellos. Y nunca, ni ellos ni sus próximos dudaron jamás de la nacionalidad que llevaban escrita en el pasaporte, eran y se sentían españoles. Tengo por cierto que han muerto de dolor. Porque de dolor se muere y aquel que dijo “me duele España” no era consciente de hasta qué punto se podía morir de tal dolencia. Y, si quieren que les diga la verdad, no me extraña.


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Recordaré el planteamiento que realizaba José Antonio sobre la cuestión nacional. Decía que existen dos formas de patriotismo “el espontáneo” y “el difícil”. El espontáneo era el que derivaba de un instinto natural, el de apego a la tierra natal. Algunos sienten que han nacido en Cataluña y que sólo por eso Cataluña deben amar a Cataluña y eso está bien. Es el patriotismo de la tierra natal, de apego a lo que en Francia se llama “la patria carnal”. Pero luego está ese otro patriotismo que entiende la nación como “misión” y como “destino”, que es reflexivo y comunitario, que aporta razones y políticas de Estado. Ese patriotismo, no lo dudéis, se ha extinguido completamente: España ya no tiene misión, ni destino, y por tanto pierde su identidad. Si considero a los independentistas catalanes como infelices es porque, más allá de la independencia no conciben un futuro para Cataluña. Su horizonte  mental empieza y termina con la independencia. No hay nada después. No hay misión ni destino, acaso porque no puede haberlo…

Sé que en unos días tendré que volver a España. Tierra en la que hombres y mujeres que aún se mantienen en pie, lo hacen sin esperanza. Tierra en lo que lo mejor que puede hacerse es caminar con los ojos cerrados, los oídos tapados y con una pinza en la nariz. Eso, o mueres de puro dolor y de tristeza interior. España no es ya un finis terreare, sino una terra finita y más que finita, finiquitada. ¿Qué ha pasado con España? La han matado, en primer lugar, la apatía consuetudinaria de sus gentes. En segundo lugar su clase política hecha de perfectos incapaces y ambiciosos extremos. En tercer lugar un sistema democrático que parece primar la estupidez y la insensatez. Pero sobre todo, la ruptura con sus raíces, con su pasado, con su tradición y consigo misma. Estamos a la cola del mundo en casi todo (desde la educación hasta la natalidad), pero, eso sí, somos los líderes europeos en la autodestrucción. ¿Entienden por qué se me hace muy cuesta arriba volver a España?

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