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sábado, 2 de diciembre de 2023

EVOLA Y NIETZSCHE Y LOS "DESTINOS ESTELARES" (2 DE 3)


Criticidad y positividad de Nietzsche

Evola en su juventud, por lo tanto, lee al pensador alemán y lo considera un “heroico rompedor de brechas”. Posteriormente se convierte en el símbolo de la modernidad por excelencia, entendida como el resultado de la “muerte de Dios”, si bien, frente al “crecimiento del desierto nihilista”, la pars construens [1] de Nietzsche se experimenta como un posible punto de apoyo teórico–práctico. Como señaló puntualmente Melchionda, aunque las dosificaciones de los juicios variaron con el tiempo: “Los aspectos de la obra de Nietzsche hacia los que (Evola) dirige a las críticas son siempre los mismos, sólo que están mejor excavados y profundizados” [2]. Los textos incorporados en este volumen lo confirman. Cabe precisar, sin embargo, que las distintas lecturas de Nietzsche están condicionadas por las valoraciones divergentes que Evola, en el transcurso de su iter [3] especulativo, ofrece sobre el fenómeno dionisíaco. Giovanni Damiano [4] se ha ocupado recientemente de la exégesis de lo dionisíaco realizada por Evola. Señala, a este respecto, cómo la exégesis del dios de Evola no fue lineal.

A la adhesión incondicional inicial a los significados de su potestas, descrita un poco más arriba, siguió, en la fase propiamente tradicionalista, una lectura negativa del fenómeno dionisíaco relegado a la dimensión ctónica y femenina, en contraposición a la “luz del norte”, para luego proceder a su recuperación después de la Segunda Guerra Mundial, en la teoría en Cavalgar el tigre de un “apolinismo Dionisíaco”. Evola aquí volvió a proponer, de hecho, el tema nietzscheano de la libertad positiva. Los hombres de la era nihilista que se dicen libres deben preguntarse, y en esto se ponen a prueba: “¿Libres para hacer qué?”. La respuesta del alemán, si bien se caracterizó por una “sed de eternidad” y “aperturas extáticas momentáneas”, quedó excesivamente ligada al “Sí” a la tierra.

A partir de esta conclusión, es posible identificar los puntos críticos que encuentra el tradicionalista en Nietzsche. Evola critica el titanismo del superhombre. En algunas circunstancias, el pensador tradicionalista destaca la falta de “inversión de polaridad” del pensamiento nietzscheano, aplanado en la mera inmanencia y teluricidad de la experiencia humana, en otros casos argumentará que la apertura hacia la “trascendencia” sólo será intuida por Nietzsche, en una suerte de incontenible inspiración mística.

Esta lectura “negativa” del filósofo alemán está mediada por Evola a través de las dos principales referencias exegéticas del nietzscheanismo que utilizó: el mencionado Reininger y George Simmel[5]. Estos, analizando las experiencias liminales en las que el vivir es experimentado con extrema intensidad, argumentaron que, en el momento culminante, tales experiencias adquieren una cualidad totalmente diferente, transformándose en algo “más que vivir”, conduciendo al encuentro con la trascendencia. Es interesante notar cómo la posición de Simmel se acerca a la tesis defendida por Giorgio Colli, sobre el tema del dionisismo. Hasta entonces se había identificado la mística dionisíaca, sic et simpliciter [6], con el desvanecimiento coribántico [7], con la música menádica [8] y con las prácticas orgiásticas. Colli especifica que la experiencia báquica se transforma, en su culminación, en una experiencia cognitiva. El entusiasta, el que tiene al dios dentro de sí, ve la unidad en lo múltiple, en el rostro de Dionisio. La potestas del dios no puede pues reducirse a una dimensión puramente naturalista y reproductiva, dado que el eros dionisíaco es funcional para aperturas hacia lo alto [9]. Se trata pues del descubrimiento de la trascendencia en la inmanencia, en el mundo. Evola, en el artículo Superación del superhombre de 1934, incluido en esta recopilación, comenta lo siguiente: “Pero en el mundo del Superhombre nietzscheano no hay premisas para que éste se corresponda con la realidad: falta una idea, un punto de referencia que hace, por así decirlo, como transformador en el circuito de la vida y la pone en acción como “luz” [...] es decir, como revelación y afirmación de algo sobrenatural” [10]. En definitiva, el límite fundamental implícito en el pensamiento de Nietzsche es, para el tradicionalista, la falta de la doctrina de las dos naturalezas, base sobre la que él, en el mismo 1934, había construido la estructura básica de la visión del Revuelta contra el mundo moderno [11].

Ni que decir tiene que esta crítica iba acompañada de la observación de Evola de cómo el filósofo alemán había mostrado una importante incomprensión de la espiritualidad antigua, a pesar de que Nietzsche se inclinaba hacia esta forma de religiosidad por su “ecuación personal”. La crítica al naturalismo, en otros escritos de Evola, se convertirá en la crítica al supuesto biologismo y evolucionismo de Nietzsche. En verdad, el mismo pensador de La voluntad de poder ya había advertido a los lectores que no analizaran sus obras en términos darwinianos [12]. Heidegger aclaraba, nos parece de manera ejemplar –y esto lo recuerda oportunamente Alain de Benoist– que cuando Nietzsche piensa los seres en términos de vida no es biológicamente en lo que está pensando, sino que es metafísicamente que funda esta aparentemente imagen biológica del mundo” [13].

En el mismo itinerario hermenéutico, Heidegger explica cómo el “superhombre” “no se diferencia [...] cuantitativamente del hombre tradicional, sino cualitativamente” [14], por lo que la traducción más correcta del término alemán Übermensch resulta ser el de superhombre, que no se refiere ambiguamente a un hombre “grande”. Y esto, que quede claro, no se debe a la adhesión del escritor a perspectivas de pensamiento débil. En cualquier caso, el fracaso de Evola en el encuentro con la filosofía de Heidegger, reducida en Cabalgar el tigre a un momento interno del existencialismo, fue por ello negativamente estigmatizado, en el ensayo introductorio a la obra, por Stefano Zecchi, quien con razón ve en el filósofo del ser un excepcional conversador del evolucionismo [15]. No es casualidad que el tradicionalista, en el mismo artículo, a la luz de estas posiciones, pueda argumentar: “Hoy el racismo parece retomar el peor legado de Nietzsche cuando tiende a reconducir todos los valores a bases biológicas, a hacer de la vida, de la sangre y de la raza la medida y la condición de toda forma espiritual [...] Para nosotros en cambio es [...] el espíritu el que da forma a la vida” [16]. Lo que aclara completamente la posición de Evola.

Este último, en cambio, no se limitó a la crítica, sino que apreció otros temas abordados por el filósofo de Zaratustra, como “la oposición entre lo apolíneo y lo dionisíaco, la figura del 'espíritu libre' promotor de la campaña nihilista de purificación, y el ideal del superhombre, la intuición del ser como voluntad y como poder, la visión–mito del eterno retorno”. Reconoció “que por 'voluntad de poder' Nietzsche no entiende la voluntad sólo de una dominación externa, sino también interna”. En este sentido, el “superhombre” no sería otro que el “Señor de sí mismo” platónico, aquel que logra dominar y controlar plenamente, a través del nous, la dimensión concupiscible y deseante del alma. Por ello, en el artículo El “mejor Nietzsche”, Evola escribe cuán verdaderamente esencial en la obra del alemán fue “el problema del sentido de la vida en el mundo moderno y en la era posnihilista” [17]. Frente al punto cero de los valores, es necesario ser fiel a uno mismo para traspasar la línea del nihilismo. En este contexto teórico, el Nietzsche de Evola es el pensador del Nuevo Comienzo, teórico de la visión esférica del tiempo y de la historia abierta, pero, sobre todo, filósofo de la existencia.

La expresión fue utilizada por Gian Franco Lami a propósito del mismo Evola, para señalar en los momentos constitutivos de la Fenomenología del individuo absoluto las etapas existenciales por las que el pensador había atravesado, en el proceso de progresiva liberación de la persona del pesadez instintiva y animal que condiciona y lastra, como una piedra, la naturaleza humana [18]. Nietzsche teorizó pues, según Evola, una filosofía de la existencia modulada ad hoc para el hombre de la época nihilista, con el fin de propiciar la superación del meridiano cero: “El superhombre positivo, el que corresponde al 'mejor Nietzsche' puede identificarse con el tipo humano que, incluso en un mundo nihilista [...] sabe ponerse en pie, porque es capaz de darse una ley a sí mismo” [19]. El tipo nietzscheano positivo restablece la primacía del hegemonikon y es completamente ajeno al hombre en una dimensión marcusiana [20], presa de impulsos inconscientes procedente de lo bajo. Tal vez, sugiere Evola, el hombre Nietzsche no tuvo éxito en este experimento, como “evocador de una fuerza demasiado intensa para su humanidad” [21] Por lo tanto, es posible, con Evola, compartir lo que Löwith sostuvo a propósito del trágico final del pensador: habría sido provocado por el conflicto no resuelto entre la idea de la interioridad–subjetividad –herencia de la visión cristiana– y la naturaleza, concebida en cambio sobre el modelo griego antiguo. Si esto es cierto, es fácil comprender por qué Evola trató de resolver la dicotomía sujeto–objeto en el nivel de la práctica, en el nivel del magismo.

Hacia la Nueva Esencialidad

Para la visión tradicional, a la que Evola llegó definitivamente tras su encuentro con Guénon y con las obras de principios de los años treinta, un aspecto relevante puede verse en la oposición de sujeto y objeto antes mencionada. Esta dicotomía no sólo debe ser superada conceptualmente, como intentó hacer Nietzsche, sino también experimentalmente. Sólo asumiendo este particular punto de vista, como sugiere Luisa Bonesio, es posible comprender plenamente las críticas de Evola a Nietzsche. Tal es el centro neurálgico que envuelve el distinto destino estelar de los dos pensadores. La doctrina de Nietzsche, en las tesis de Evola “puede constituir un pasaje, una preparación existencial […] a través de una prueba extrema de fuerza, de despojo del Yo […] en favor de una nueva esencialidad” [22]. Para afrontarlo y, sobre todo, para poder vivirlo y por lo tanto realizarlo, para resistir la disolución anuladora de la época contemporánea “se necesita una actitud muy diferente a un endurecimiento arrogante de la individualidad física” [23], que parece emerger de los aforismos nietzscheanos.

Además, como ya se mencionó, el dionisismo mismo no debe apuntar a fortalecer lo elemental, sino que debe “abrirse hacia lo trascendente, activando conscientemente dentro de sí mismo otro principio que conduce a una ruptura de nivel” [24]. Tal es el acto de actuar sin deseo. Su claridad cristalina capta, dice Evola, en la vida, no fuera de ella, algo que la supera: la trascendencia inmanente. El tradicionalista, recuerda acertadamente Bonesio, llegó a él por diferentes caminos, pero la experiencia más significativa en este sentido la vivió en su confrontación con los Alpes: la metafísica del alpinismo. La soledad es un elemento esencial de esta Vía y corresponde al carácter “excepcional” (simbólico) de la montaña. En sus caminos y en sus paredes es posible experimentar la amistad estelar de la que dijo Nietzsche [25]: los alpinistas están unidos, aunque en mutua separación, precisamente por la montaña, convirtiéndose así en miembros de una comunidad paradójica, y en todo caso siempre, in fieri [26] [27]. Como señaló René Daumal, la práctica del alpinismo al exigir el control del propio mundo interior, así como sobre lo mental e instintivo, es un arte en el sentido tradicional del término, es decir un saber que se aplica en una acción[28]. Por eso, los puntos de contacto entre Evola y Nietzsche son muchos y mucho más profundos de lo que el propio Evola haya explicado. El tradicionalista vio en Nietzsche un símbolo de nuestro tiempo y de su posible superación: “En las diversas etapas de su pensamiento, o más bien de su experiencia, se pueden reconocer las etapas mismas de este camino recorrido por el hombre occidental moderno, así como también el significado último de las mismas, no percibido claramente por la mayoría” [29].

El significado último de la decadencia para Nietzsche muestra que, junto a la enfermedad, hay signos de una fuerza y ​​un poder del alma inexperimentados. La maquinaria moderna y el activismo producirán a la larga “un tedio desesperado del alma que aprende por ello a tener sed de ociosidad llena de cambios” [30]. Como es evidente, aquí el pensador alemán no sueña con volver al pasado, sino que, por el contrario, se apoya en el “carácter autocontradictorio de lo Moderno y en su ambigüedad intrínseca” [31]. Desde un punto de vista político, la autocontradicción de la era actual producirá, según Nietzsche, la unidad de Europa, un tema en armonía con la idea evoliana del Imperium [32]. La relectura crítica de la relación Evola–Nietzsche puede, por tanto, brindar importantes aportes precisamente en el ámbito práctico–político.


[1] Pars destruens/pars construens es una expresión latina que refiere a las diferentes partes de una argumentación. La parte negativa, con visos críticos y destructivos, es la pars destruens. Y la parte positiva, constructiva, pars construens, que se utiliza en este texto, plantea una posición y ofrece argumentos para sostenerla. [NdT]

[2] Ver Roberto Melchionda, Il volto de Dioniso, op. cit., pág. 214.

[3] En latín en el original, iter, itinerario, viaje. [NdT]

[4] Véase Giovanni Damiano, Il dio ambiguo. Dioniso e dionisismo nell’opera evoliana, en Aa.Vv., Studi Evoliani 2014, Arktos–Fondazione J. Evola, Carmagnola 2016, p. 110.

[5] En 1907 escribió un texto muy significativo en el que Evola hace frecuentemente referencia a Schopenhauer y a Nietzsche. En Italia, el libro fue publicado en 1923, un año crucial para el desarrollo de la filosofía evoliana, por Paravia de Turín.

[6] En latín en el texto original: “Simplemente así”. [NdT]

[7] Los coribantes, en la antigua mitología griega eran bailarines tocados con casco que celebraban el culto a Cibeles al son del tambor hasta llegar al éxtasis (de ahí la alusión de Evola al “desvanecimiento coribántico”. Eran hijos de Apolo y de la musa Talía. Cuidaron a Dioniso en su infancia.  [NdT]

[8] Las ménades en la mitología griega eran seres femeninos divinos, relacionados con Dioniso. Las primeras se encargaron de su crianza y luego se dedicaron a los cultos orgiásticos. Su nombre significa “las que desvarían”. Eran mujeres “salvajes” que practicaban los misterios dionisíacos, su atributo eran las hojas de vid, aludiendo a sus intoxicaciones etílicas que incluían violencia, sexo y automutilación. Al morir Orfeo que había preferido el culto apolíneo al dionisíaco, las ménades lo descuartizaron. Su práctica incluía danzas desenfrenadas en la naturaleza y sacrificios de animales cuya carne cruda ingerían después de descuartizarlos. [NdT]

[9] Véase Giorgio Colli, Apollineo e dionisiaco, Adelphi, Milán 2010; Id., Filosofi superrumani, Adelphi, Milán 2009. En el primer volumen Colli, superando a Nietzsche, eleva lo apolíneo y lo dionisíaco a principios universales y supremos capaces de explicar la realidad. En la segunda, el autor presenta el extraordinario encuentro que produjo la civilización griega: el de la política innata de los helenos, con la mística dionisíaca.

[10] Véase Julius Evola, Sorpassamento del superuomo, texto incorporado en este volumen.

[11] Véase Julius Evola, Rivolta contra il mondo moderno, editado por Gianfranco de Turris, ensayo introductorio de Claudio Risé, Edizioni Mediterranee, Roma 1998.

[12] Entre los intérpretes filo–darwinianos debemos recordar a Alexander Tille. Durante mucho tiempo, se pensó que Elisabeth Fiirster había empujado a los críticos en esa dirección. La investigación de Domenico Losurdo ha desmentido esta tesis: "Elisabeth [...] también da poco espacio a las interpretaciones en clave social–darwinista: Alexander Tille se compromete particularmente a leer a Nietzsche en esta dirección". Véase Domenico Losurdo, Nietzsche, il ribelie aristocratico. Biografía intelectual y valoración crítica, Bollati Boringhieri, Turín 2004, pág. 771; Roberto Melchionda, Il volto di Dioniso, op. cit., pág. 214, núm. 2.

[13] Véase Alain de Benoist, Heidegger crítico di Nietzsche, en Aa.Vv., Friedrich Nietzsche: oltre l’Occidente, editado por Luciano Arcella, Settimo Sigillo, Roma 2002, pág. 74; Martin Heidegger, Nietzsche, editado por Franco Volpi, Adelphi, Milán 1995. Se sabe que Heidegger lee a Nietzsche como "término" de la metafísica occidental. La voluntad de poder, concebida por el filósofo como esencia de la realidad, habría encontrado su cumplimiento definitivo en la Gestell, en el Implante a través del cual la Técnica realiza la manipulación de la realidad. Por tanto, la filosofía de Nietzsche resultaría plenamente implicada en la metafísica de la subjetividad y momento del olvido del Ser. Las tesis de Heidegger tendieron a liberar el pensamiento de Nietzsche de la lectura eminentemente política propuesta por Alfred Bàumler. Véase Alfred Mumler, Nietzsche filosofo e politico, Lupa Capitolina, Padua 1983.

[14] Véase Martin Heidegger, Chi è lo Zarathustra di Nietzsche? en Che cosa significa pensare, trad. It. de  Ugo Ugazio y Gianni Vattimo, Sugarco, Milán 1976, p. 128.

[15] Véase Stefano Zecchi, Evola o una filosofia della responsabilità contro il nihilismo, en Julius Evola, Cavalcare la tigre. Orientamenti existenziali per un’epoca della dissoluzione, editado por Gianfranco de Turris, Edizioni Mediterranee, Roma 2009. La tarea ineludible de la crítica evoliana es comenzar a leer a los dos autores en paralelo. En particular, tras la publicación de una breve pero significativa nota manuscrita, hasta ahora desconocida, de Heidegger, en un artículo firmado por Thomas Vasek, redactor jefe de la revista filosófica Hohe Luft, aparecido en el suplemento cultural del Frankfurter Allegemeine Zeitung del 30 de diciembre de 2015, con el título Ein spirituelles Umsturzprogramm (Un programma di sovvertimento spirituale). Es un extracto de la edición alemana de 1935 de Rivolta contro il mondo moderno de Evola, que confirma que Heidegger fue un lector atento del tradicionalista.

[16] Ver Julius Evola, Sorpassamento del superuomo, incluido en este volumen.

[17] Ver Julius Evola, Il “miglior Nietzsche”, incluido en este mismo volumen.

[18] Véase Gian Franco Lami, Arte e filosofía in Julius Evola, editado por Giovanni Sessa, Fondazione J. Evola–Pagine, Roma 2017.

[19] Cf. Julius Evola, Nietzsche ancora oggi, incluido en este mismo volumen.

[20] Ver Julius Evola, Il mito Marcuse, incluido en este mismo volumen.

[21] Ver Julius Evola, Sono una macchina che può saltare in aria, en este mismo volumen.

[22] Cf. Luisa Bonesio, Nietzsche ed Evola: il pensiero come destino, en Aa.Vv., Friedrich Nietzsche: oltre Occidente, op. cit., pág. 51.

[23] Idem, pág. 52.

[24] Ibidem.

[25] Cf. Luisa Bonesio, Nietzsche ed Evola: il pensiero come destino, op. cit., págs. 54–56.

[26] En latín en el original, in fieri, al hacerse, indica algo que se está haciendo [NdT]

[27] Más que sobre las seguridades, un rasgo específico de la comunidad teorizada en sociología en la década de 1930, la comunidad paradójica formada por los que de hecho no tienen comunidad son parte de sí mismos, como los alpinistas se basa en la distancia. Nunca se da de una vez por todas, siempre está en construcción, un modelo por el que luchar en un camino mítico–utópico inconcluso. Sobre este aspecto específico, véase Gianluca Bonaiuti, Sfere politiche. I vincoli della comunità tra Plessner e Canetti, en Aa.Vv., Patologie della política. Crisis e critica della democracia tra Otto e Novecento, editado por Maria Donzelli y Regina Pozzi, Donzelli, Roma 2003. Véase también Helmuth Plessner, I limiti della comunità. Per una critica del radicalismo sociale, editado por Bruno Acarino, Laterza, Roma–Bari 2001; Elias Canetti, Massa e potere, traducción italiana de Furio Jesi, Adelphi, Milán 1981; Jean–Luc Nancy, La comunità inoperosa, traducción italiana de Antonella Moscati, Cronopio, Nápoles 1992; Roberto Espósito, Communitas. Origine e destino della comunità, Einaudi, Turín 1998.

[28] Véase René Daumal, Il Monte Analogo. Romanzo d’avventure alpine non euclidee e simbólicamente autentiche, editada por Claudio Rugafiori, Adelphi, Milán 1988.

[29] Véase Julius Evola, Maschera e volto dello spiritualismo contemporaneo, editado por Gianfranco de Turris, Edizioni Mediterranee, Roma 1990, pág. 156.

[30] Ver Friedrich Nietzsche, Umano, troppo umano, traducción italiana de Sossio Giametta, Adelphi, Milán 1967, pág. 227.

[31] Ver Caterina Resta, Nietzsche, l’Europa ed il destino dell’Occidente, en Aa.Vv., Friedrich Nietzsche: oltre Occidente, op. cit., págs. 135–136.








jueves, 9 de noviembre de 2023

EVOLA - NIETZSCHE - LA IDEA DEL "SUPERHOMBRE" EN LOS ESCRITOS DE JULIUS EVOLA (3 de 3) - Por Giovanni Perez


5. El Superhombre y el último Nietzsche

“Zaratustra se ha transformado,
un niño se ha convertido en Zaratustra,
Zaratustra ha despertado:
¿qué buscas entre los que duermen?”
Friedrich Nietzsche,
Así habló Zaratustra, Prólogo

Si este es el horizonte que Evola pretendía recorrer, entonces se comprende fácilmente por qué Nietzsche, más que su pensamiento o su filosofía, debió atraerle hacia la experiencia vivida a la que aluden los títulos de obras como Aurora y Más allá del bien y del mal. Por otro lado, la correlación entre las expresiones “Voluntad de poder” nietzscheana y “Mundo como poder” evoliano, también debe atraer nuestra atención en este trabajo de exégesis: está claro que no puede tratarse de una simple proximidad terminológica. De manera similar, el Übermensch de Nietzsche y el Individuo absoluto de Evola se mueven, al menos inicialmente, en el terreno común de la autoafirmación, donde resuena la pregunta: “¿Quién y qué soy yo?”

Evola captó en Nietzsche el eco de una profunda necesidad de realización interior, que sin embargo quedó incompleta; exigencia dominada por una peligrosa polaridad no resuelta y desprovista de esa fuerza superior que debería haberlo sostenido. El desenlace sólo podía dar lugar a un cortocircuito en lo más profundo de la psique del filósofo alemán, sumergiéndolo en una locura irreversible.

Evola dedica amplia atención a la figura del Superhombre en un capítulo añadido a la edición original de Máscara y rostro del espiritismo contemporáneo. Aquí, el tradicionalista romano se inspira en la tesis de Dmitrij Sergeevic Merezkovskij, según la cual cierto cristianismo monástico, renunciante, “enemigo de la vida” en nombre del “más allá” considerado como un lugar privilegiado de elección, ha generado, como una reacción del signo opuesto, la glorificación de la Vida y del “aquí”; oponiendo al principio del “Cristo”, el término opuesto y ambiguo de “Anticristo”; Dostoievski y Nietzsche, a través de la figura del Superhombre, representarían la culminación de este cambio radical de perspectiva, dentro del cual la época del Dios–hombre debe ser sucedida por la del Hombre–dios.

Evola acepta este planteamiento, aunque podemos dudar de que Nietzsche pretendiera realmente perseguir un tipo de hombre elevado al rango de Dios–hombre. Sea como fuere, Nietzsche, quien, por muchas razones (en primer lugar la impronta de su “educador” Arthur Schopenhauer), no tuvo una adecuada comprensión de las grandes civilizaciones con trasfondo tradicional; representa y “encarna el tipo de aquellos que han querido ser 'libres' como individuos humanos y que se han dejado llevar hasta el final en tal vocación”[1].

Siguiendo el ejemplo de las tesis de El nacimiento de la tragedia, Nietzsche, no solo no logró comprender completamente el significado preciso de lo “apolíneo”, tal como se entendía en la antigua Grecia, es decir, según la “tradición hiperbórea”, sino que luego se volvió hacia lo “dionisiaco”, el principio opuesto, que también asumió de forma parcial, reduciéndolo al sentido unilateral de una religiosidad de la vida y de una embriaguez naturalista, excluyendo toda referencia a una trascendencia “superior a la vida”.

Como se sabe, en la interpretación nietzscheana no debe reconocerse un punto de vista estrictamente filológica[2], sino que más cierto que el dionisíaco anticipa sin embargo el llamamiento a la “fidelidad a la tierra”, una de las revelaciones de Zaratustra.

El Nietzsche demoledor, a “martillazos”, de las falsas certezas, de los “ídolos” y de la moral contra la Vida, no aporta como contrapartida positiva, nada más que la Voluntad de Poder –el dulce “decir sí” a la Vida– y el Superhombre como tipo humano capaz de vivir hasta el final, con la tragedia consciente, el Eterno retorno de todas las cosas, es decir, realidad desprovista de esos finalismos que necesariamente recuerdan un punto de vista metafísico, más aún, en sentido pleno, un punto de vista onto–teológico.

Nietzsche nunca hubiera aceptado la siguiente tesis de Evola: “En la vía del 'superhombre', aun sin quererlo y sin darse cuenta, pueden establecerse contactos con lo suprasensible y con lo 'espiritual', porque se transita por el límite que separa lo individual y humano de lo que ya no es”[3], porque es dentro, y no más allá de los horizontes de la Vida, como Nietzsche lleva adelante el mismo proyecto de una “transmutación de todos los valores”.

En Cabalgar el tigre, Evola resume y reitera las motivaciones que inspiraron un segundo aspecto de su lectura de Nietzsche, destacando, no sólo su papel de profeta del “nihilismo europeo”, sino, sobre todo, como defensor de la posibilidad de ir más allá de este destino histórico y espiritual, señalando el camino hacia un “nihilismo activo”, más allá del “punto cero de todos los valores”.

El “mejor Nietzsche”, como se afirma en el artículo insertado en la parte antológica que acompaña a esta introducción, es el que plantea y aborda la pregunta decisiva: “¿Cuál es el sentido de la vida en el mundo moderno y en la era post–nihilista”? Y esta es la respuesta que él mismo da: “Ser fiel a uno mismo y sólo a uno mismo, ser uno mismo. No buscar justificaciones externas, normas, verdades externas; afirmarse, realizarse, reconocer como única ley la que corresponde a la propia naturaleza, a la justa ser más profunda y orgánica y hacer de ella algo absoluto, un 'imperativo categórico'“.

Evola reconoció en el libro de Robert Reininger, Nietzsche y el sentido de la vida[4], una de las reconstrucciones con las que se sentía más afín entre la vasta literatura dedicada al filósofo alemán. En el mundo nihilista donde los valores supremos se han derrumbado, Evola cree que el problema central en torno al cual gravitan todos los demás, según Nietzsche, es el ético, por lo que en la figura del Superhombre se reconoce al que es capaz de dar sentido a la vida tras la “muerte de Dios” anunciada en La gaya ciencia por el “hombre loco” (aforismo 125), y por tanto tras el advenimiento del “nihilismo total”.

La moral del Superhombre, por tanto, a diferencia de la del imperativo categórico invocado por Kant, tiene sólo valor particular y no universal, es decir, no es válida para todo posible ser humano, con la consecuencia lógica fácilmente imaginable, si se toma literalmente, sobre la compatibilidad mutua de los múltiples valores posibles, en un escenario que, en palabras de Max Weber, podríamos definir como “politeísmo de los valores”.

En la Voluntad de poder o en el Superhombre -dentro de una perspectiva vitalista- la vida tiene un sentido para sí misma y todos los valores pueden ser gradualmente superados y devorados. Sin embargo, Evola indica en la doctrina del Eterno retorno de lo idéntico lo que realmente se sustrae y escapa a la furia destructiva del nihilismo, precisando que se trata, sin embargo, de un “mito” a través del cual Nietzsche llega implícitamente a una “eternización del ser”, más allá del mundo del devenir marcado por ciclos cósmicos infinitamente idénticos. En palabras del mismo Nietzsche: “Que todo vuelva, es la extrema aproximación de un mundo del devenir al del ser”; y también: “Imprimir el carácter del ser en el devenir es la prueba suprema del poder”.

Nietzsche se dio cuenta de que el eterno retorno no es sólo de las cosas tomadas en su particularidad, sino también en su ser el “todo”, lo “entero” de toda cosa posible, para lo cual hay identidad entre el devenir y el ser, entre el todo que eternamente vuelve y el todo lo que es tal no sólo para toda la eternidad, sino también desde la eternidad. El Superhombre es aquel que, en el mundo en el que todo es reflejo y momento de la Voluntad de poder, es capaz de experimentar el eterno devenir de las cosas, según su aparecer y desaparecer, porque ese es el verdadero significado de “Eterno retorno de lo idéntico”: imprimir a las cosas el sello de la eternidad, es decir, considerar su ser, por el mero hecho de ser, verdadero para la eternidad.

Ahora bien, para llegar a ese punto es necesario, según Evola, –con una lectura un tanto forzada, en nuestra opinión– sentir la dimensión de la trascendencia operando dentro de uno mismo, aunque haya quedado en un estado elemental y parcial, desprovisto de desarrollos posteriores y conscientes.

Para el Superhombre hay una clara inversión de los finalismos: no hay una “Vía” a la que conformar el querer, sino un “Querer” que traza la dirección del camino a seguir. En nombre de lo cual, el querer debe orientar el camino “que conduce a un y a un no”, en la pretensión de no dejar subsistir más, en su objetividad, un “Bien” y un “Mal”. Esto es precisamente lo que Nietzsche no dijo, o no sintió que debía decir, evidenciando el principal límite de su filosofía.

Volviendo a nuestro tema general, Evola reconoce que, desde el punto de vista de la búsqueda de una realización interior, la solución nietzscheana de “ser ley para uno mismo” es sólo una “solución de primer grado”, que sirve para una purificación inicial, a la que deberían seguir muchas otras metamorfosis espirituales.

En cuanto a la figura del Superhombre, en síntesis, Evola capta por un lado el aspecto que evoca una orientación decisiva en la dirección de la superación del hombre tal como se presenta y se manifiesta, en una corriente que podríamos definir, en sus orígenes, como platónica, para luego asumir la forma de cristianismo, y llegar, a través de la modernidad, hasta la crisis que Nietzsche resume en la expresión de “nihilismo europeo”; por otra parte, reconoce en él un segundo aspecto latente, una agitación “aunque inconsciente de la dimensión de la trascendencia”[5].

Sin embargo, esta “agitación inconsciente” no es suficiente, y Nietzsche se convierte en el emblema de una humanidad que, desprovista de puntos de referencia superiores, al tratar de realizar su intento prometeico de ser exclusivamente “fiel a la tierra”, desencadena un cortocircuito del que le impide salvarse a sí mismo. Se trata del hombre moderno, incapaz de evitar su propia aniquilación y de ir más allá del nihilismo, el “punto cero de todos los valores”, para realizar la íntima transmutación alquímica.

El hombre de Evola no será entonces el “Señor de la tierra” nietzscheano, sino el “hombre diferenciado” descrito en Cabalgar el Tigre; elegir una u otra forma de humanidad no es un simple artificio intelectual, sino la consecuencia directa de nuestra identidad profunda, cuyo destino queremos indicarnos a nosotros mismos y a nuestra existencia.

En el Prólogo de Así habló Zaratustra se contiene un pasaje célebre: “Os enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho para superarlo?”. El hombre que hay que superar, o que debe “poner” para que surja el Superhombre, es definido por Nietzsche con las figuras del “último hombre” y del “hombre superior”, y se anuncia así: “El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, una cuerda sobre un abismo. Un peligroso pasar al otro lado, un peligroso caminar, un peligroso mirar atrás, un peligroso estremecerse y pararse. La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta, un tránsito, un camino y no una meta ni un fin”.

En el capítulo decisivo titulado “De las tres metamorfosis”, el “último hombre” se describe en forma alegórica, en la figura del “asno”, para representar el “tu debes”; luego el “hombre superior”, con la figura del “león”, para expresar el “tu quiero”, y, finalmente, el Superhombre, el que finalmente encarna el “yo soy” en la figura del “niño”. En la identidad de voluntad y realidad, en ese “dulce decir sí a la vida” invocado en otra parte, consiste explícita y definitivamente en lo que Nietzsche–Zaratustra narra en este otro célebre pasaje: “¡Mirad, yo os enseño el superhombre! El superhombre es el sentido de la tierra. Diga vuestra voluntad: ¡sea el superhombre el sentido de la tierra! ¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobrenaturales! Son envenenadores, lo sepan o no. Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan!”

En el Zaratustra, Nietzsche se mueve sin duda por el horizonte de la inmanencia, de la “fidelidad a la tierra”, y juzga toda referencia a presuntas dimensiones trascendentes como fruto del resentimiento y del instinto nihilista[6], con una particular crítica al paradigma establecido en la filosofía de Occidente por Platón y luego reafirmado por el cristianismo, que, como era de esperar, mereció la condena nietzscheana como “platonismo para el pueblo”.

Sumado a esto, en Nietzsche es radical el rechazo a cualquier concepción religiosa o gnóstica, caracterizada por la necesidad de una perspectiva salvífica, así como por ese “ideal ascético” en el que podemos hacer converger la idea de “liberación” o “despertar” que Evola toma del budismo y que contrasta con la idea cristiana de “redención”, sin olvidar la decisiva referencia a los mejores aspectos de las diversas religiosidades mistéricas y dionisíacas y, sobre todo, a esa “Vía de la Mano Izquierda” presente en el yoga tántrico, en esa forma de yoga llamado del “Poder”, que sigue siendo una de las constantes de su “viaje” espiritual, por los caminos de la búsqueda de un método de crecimiento y de realización interior adecuado a su propia “ecuación personal”.

6. Discípulos e iniciados de la Diosa de Sais

“Todos vivirán en todos
y todos en cada uno;
y en un mismo corazón
latirá una sola Vida.”
Novalis, Enrique de Ofterdingen

El tema que hemos puesto en el centro de estas reflexiones, recuerda algunos aspectos de la llamada “novela de formación” (Bildungsroman), cuyos orígenes se remontan a la célebre obra de Goethe, Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, fechada en 1796, y al Enrique de Ofterdingen de Novalis, de 1801, para atravesar la literatura de los siglos XIX y XX con las obras de Stendhal, Dickens, Musil, Joyce y otros muchos. Seguramente porque en esta forma de novela escuchamos el eco de paradigmas que nos llegan desde los clásicos, de Homero y Virgilio hasta Dante Alighieri, sobre los que, dada su grandeza, no hace falta escribir. Además, el tema de la formación no sólo está muy presente en los mitos, leyendas, cuentos de hadas, literatura de viajes de todos los tiempos, sino que recorre toda la pedagogía, la psicología, la literatura religiosa, especialmente la hagiografía, a la que podemos sumar también la literatura fantástica más reciente, en cuyo centro hay que situar obviamente a Tolkien y a la llamada literatura infantil, de la que bastará recordar Las aventuras de Pinocho, en las que resultan evidentes los significados y las referencias, expresadas en forma alegórica, a temas esotéricos.

Ahora bien, para comprender el significado de la figura del Superhombre, en torno al cual el propio Nietzsche se expresó de manera enigmática, proponemos dar un paso atrás y remontarnos al poeta supremo del romanticismo, es decir, a Novalis. Y no tanto al citado Enrique de Ofterdingen, en el que la búsqueda de la “Flor Azul” es una metáfora demasiado clara de la búsqueda de la autorrealización, sino a su célebre obra Los discípulos de Sais[7], escrita entre 1797 y 1798. El poeta advierte que “los hombres van por caminos diferentes” y “cada uno sigue su propio camino”, pero llega el momento en que cada uno, impulsado por el deseo ardiente de iniciar un viaje, cuyo sentido incluye una dirección y, sobre todo, el fin último hacia el que se emprende. Para dar una respuesta a esta pregunta y así resumir lo que distingue la actitud existencial básica adoptada por Evola respecto a la que adoptó en su lugar Nietzsche, podemos por tanto referirnos a este famoso texto, vinculado a una fase del pensamiento de Novalis, influido no sólo por la filosofía idealista de Fichte y Schelling, sino también con claras referencias a formas de conocimiento esotérico y místico, remontándose, entre otros, a Jacob Böhme.

Como es sabido, se trata de una obra inacabada, con evidentes significados simbólicos, que consta de dos capítulos, titulados “El Discípulo” y “La Naturaleza”, a los que hay que añadir un rico apéndice con borradores y fragmentos. Novalis narra el viaje –un verdadero viaje iniciático– emprendido por Jacinto, un discípulo que, queriendo comprender el misterio del universo, lo deja todo atrás y se dirige hacia exóticos “países lejanos”, en busca del sagrado y misterioso templo de ciudad de Sais, “donde mora la madre de las cosas, la virgen velada”; allí se conservaba y transmitía la antigua sabiduría del “fiel retrato y de la fórmula del universo”, y las ruinas de la lengua sagrada hablada por los humanidad de los orígenes, “que había sido el vínculo resplandeciente entre aquellos hombres regios y los seres supraterrestres”.

En el templo se veneraba la imagen de la diosa Isis–Iside, cuyo rostro, sin embargo, estaba cubierto con un velo; el levantamiento de ese velo por parte del discípulo, según la etimología de la palabra griega aletheia, significaba la conquista de la verdad última y de la visión inmediata del sentido universal de todas las cosas: la “gran simultaneidad de la naturaleza”, regida por una sola “onda de luz”.

Cuenta Novalis en un fragmento que un discípulo quiso ver la verdad y el eterno misterio de las cosas: “le sonrió levantando el velo de la diosa de Sais. ¿Qué es lo que vio? Se vio, oh maravilla de las maravillas, a sí mismo”.

Según las interpretaciones más difundidas, que recuerdan el concepto de panteísmo, esta conclusión puede significar el reconocimiento de la “verdad olvidada” según la cual en todas las “cosas” del universo, incluyendo lo Divino, la Naturaleza y nuestro Yo, está presente, es inmanente, la misma Realidad o, si se prefiere, una idéntica Energía, un mismo Espíritu, que los impregna y conecta a todos. El discípulo habría revelado la verdad según la cual el universo también respira en nosotros el espíritu Divino, así como en cualquier otro fragmento de la naturaleza.

Pero esa visión del discípulo también puede significar otra verdad, opuesta y “terrible”. Ese reflejo podría, en efecto, señalar al Yo como la única realidad fundamental, más aún, nuestro Yo, afirmando que no hay divinidad o misterio universal por revelar, porque todo, incluso Dios y la naturaleza, es sólo nuestra representación, nuestro reflejo; la solución del misterio eterno estaría así en el mismo Yo, de modo que el final del camino coincidiría con su comienzo. Por tanto, toda realización espiritual no revelaría ningún rostro de la divinidad, sino sólo el reflejo de lo que es nuestro Yo: sólo dentro de nosotros reside el secreto y la solución del eterno misterio de las cosas. Toda realización espiritual, precisamente porque el secreto de las cosas descansa en nosotros, no revelaría ninguna identidad olvidada entre la conciencia particular y la Universal, ni revelaría la presencia de una chispa divina en nosotros, sino sólo el resultado de lo que nosotros mismos concretamente somos, podemos o queremos ser.

El Superhombre podría entonces revelar la misma y terrible verdad de aquel discípulo de Sais, quien, como un nuevo Narciso, descubre al final de su viaje, no sólo que no habita en él ninguna “chispa divina”, sino que el mundo es un entretejido de Voluntad de poder y de Eterno retorno, no según la verdad, que permanece inalcanzable, sino sólo como su representación. “Por mucho que el hombre amplíe sus conocimientos y se muestre todo lo objetivo que quiera, el único fruto que consigue no es más que su propia biografía”, tal como había señalado Nietzsche en Humano demasiado humano (aforismo 513, libro 19).

En el fondo, nos encontramos ante las dos perspectivas que animan, en el primero de los sentidos indicados en el comentario, la búsqueda de realización interior emprendida por Evola y, en el otro sentido, por Nietzsche; otras tantas expresiones de dos criterios opuestos de existencia, de dos fórmulas con las que decidimos cómo y por qué dar sentido a nuestro ser en el mundo, como solitarios “habitantes del tiempo”.

Giovanni Perez

 

BIBLIOGRAFIA

AA.VV., Il Superuomo e i suoi simboli nelle letterature moderne, a cargo de Elémire Zolla, La Nuova Italia, Florencia 1971 (en particular, los análisis desarrollados en los primeros cinco volúmenes de Augusto Menduni sobre la figura del Superhombre en el Così parlò Zarathustra).

Luciano Arcella, Oltre Nietzsche, en Studi Evoliani 1999, Fondazione J. Evola, Roma 2001, págs. 110–118.

Luisa Bonesio, Nietzsche e Evola: il pensiero come destino, in AA.VV., Friedrich Nietzsche: oltre l'Occidente, a cargo de Luciano Arcella, Settimo Sigillo, Roma 2002, págs. 41–56.

Giorgio Brianese, La volontà di potenza e il problema filosofico del superuomo, Paravia, Turín 1989.

Domenico Caccamo, Evola e la critica della civiltà: Freud e Nietzsche, en Studi Evoliani 2010. Julius Evola e la filosofia, Fondazione J. Evola, Roma 2013, págs. 64–72.

Gaspare Cannizzo, Iniziazione e contro–iniziazione o tradizione e contro–tradizione, en Vie della Tradizione, III, nº. 10, abril–junio 1973 y nº. 11, julio–septiembre 1973.

Giorgio Colli, Dopo Nietzsche, Adelphi, Milano 1974.

Giorgio Colli, Scritti su Nietzsche, Adelphi, Milano 1980.

Maurizio Ferraris, Storia della volontà di potenza, en Friedrich Nietzsche, La volontà di potenza. Frammenti postumi ordinati da Peter Gast e Elisabeth Fórster–Nietzsche, tr. it. de Angelo Treves, revisada por Pietro Kobau y Maurizio Ferraris, Bompiani, Milán 1995.

Roberto Melchionda, Il volto di Dioniso. Filosofia e–arte in Julius Evola, Basaia, Roma 1984.

Friedrich Nietzsche, Così parlò Zarathustra. Un libro per tutti e per nessuno, en Opere, a cargo de Giorgio Colli e Mazzino Montinari, Adelphi, Milano 1968, vol. VI, 1.

Friedrich Nietzsche, Ecce homo. Come si diventa ciò che si è, en Opere, op. cit., vol. VI, 3.

Michel Onfray, Nietzsche e la costruzione del superuomo, Ponte alle Grazie, Milán 2014.

Andrea Scarabelli, Evola e Nietzsche, ovvero sulle audaci affermazioni di un “giovane scrittore”, en Julius Evola, Par delà Nietzsche, a cura di Gianfranco de Turris, Aragno, Torino 2015, págs. 51–61.



[1] Julius Evola, Maschera e volto dello spiritualismo contemporaneo, op. cit., pág. 144.

[2] Véase el libro Nietzsche, Rohde, Wilamowitz, Wagner, La polemica sull'arte tragica, editado por Franco Serpa, Sansoni, Florencia 1972.

[3] Julius Evola, Maschera e volto dello spiritualismo contemporaneo, op. cit., págs. 149–150.

[4] Robert Reininger, Nietzsche e il censo della vita, Volpe, Roma 1971 (la traducción se debe al propio Evola).

[5] Julius Evola, Cavalcare la tigre, op. cit., pág. 54 (cito la edición de 2009).

[6] Sobre el tema, me remito a mi Nietzsche e la metafisica, Il Settimo Sigillo, Brescia–Roma 1982.

[7] Indicamos, entre las diversas ediciones disponibles, Novalis, I discipoli de Sais, editado por Alberto Reale, Bompiani, Milán 2015. 


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