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jueves, 17 de junio de 2021

Salvador Dalí, fascismo y política hermética (3 DE 3)

La política hermética de Dalí

Contrariamente a la opinión de algunos biógrafos, Dalí si definió sus ideales políticos y no siempre por el camino de la negación. Si bien en su pensamiento y en sus declaraciones políticas menudearon las negaciones rotundas, también hubo afirmaciones soberanas. Y la primera de ellas es ese alegato al que antes hemos aludido en defensa de la "tradición": "No creía -escribió Dalí- ni en la revolución comunista, ni en la revolución nacional-socialista, ni en ninguna otra clase de revolución. Creía, sólo en la suprema realidad de la Tradición". Tenía muy presente la frase de Eugenio d'Ors: "Todo lo que no es Tradición, es plagio". 

Dalí reconoce ya en su primera juventud el valor de la tradición en la pintura: sus maestros son los clásicos, su modelo a imitar, la gran tradición pictórica renacentista. Este mismo concepto lo traspasa a la política y consigue que, a pesar de todas sus aparentes excentricidades, exista una lógica y una coherencia de hierro en las opiniones políticas de Salvador Dalí.

La admiración de Dalí por la pintura clásica y renacentista, por el Siglo de Oro español, hacía de él un hombre cuyas raíces -o al menos una parte de ellas- estaban ancladas en otro tiempo. Era algo parecido a la fiesta de los toros que, como Picasso, amaba tanto: algo que estaba presente en el mundo moderno, pero que no "era" del mundo moderno. Pues bien, son los valores anti-actuales del Dalí pintor los que traspasa a la política. Dalí tenía tendencia a reducir la Historia a la historia de la pintura.

Y había un punto en el que percibía una inflexión; a pesar de ser un hombre que vivía en el mundo moderno, e incluso que había participado de sus vanguardias artísticas más extremas, la totalidad de la personalidad de Dalí era  in illo tempore, de un Renacimiento que todavía no se ha despojado de los últimos ecos de la humanidad medieval, los que constituyen la médula de la "gran política" para Dalí en su época de madurez. Tales valores son abatidos por la Revolución Francesa. Alzada sobre las cabezas guillotinadas de la aristocracia, la revolución de 1789 afirmó la primacía del burgués y de los valores burgueses en la sociedad occidental. Visto el poco aprecio que Dalí -por rechazo a la situación familiar- tenía por los valores burgueses, no puede extrañar que la sola mención a la Revolución Francesa le enfermara.

Estando en 1929 con el surrealista Robert Desnos en un restaurante de la Avenue Montparnasse, éste le habló entusiásticamente de lo que representó la Revolución Francesa para el espíritu occidental. Al día siguiente, Dalí aquejado de unas fiebres extremas y en estado delirante, vio su habitación invadida por insectos; al deshacerse de uno de ellos que creía ver ascendiendo por su cuerpo, se extirpó un lunar y perdió abundante sangre. A partir de ese momento observó que la mera alusión de alguien a la Revolución Francesa le provocaba inmediatamente accesos de fiebre y fuertes dolores de cabeza. En su período místico, Dalí vio en los sucesos de 1789 el origen de la decadencia del arte moderno [5].

Dalí manifestó en todas las etapas de su vida un desprecio absoluto hacia todos los regímenes demo-liberales. Consideraba que la democracia era el caldo de cultivo de toda corrupción. A la pregunta del ensayista Alain Bosquet sobre los acontecimientos de mayo del 1968 en París, Dalí contesta: "El régimen no me parece suficientemente podrido. Me atraen los regímenes corrompidos al máximo, esos que ya están maduros para el restablecimiento de una monarquía tradicional. ¡Todavía sería necesario que todo estuviera aquí más podrido, aun más podrido!". "Contra peor, mejor", habían dicho algunos revolucionarios antes que él; los místicos e iniciados de todos los tiempos, por su parte, aseguraban que para que algo naciera lo anterior debía de morir: Dalí, como veremos, tenía ideas políticas bastante claras, por paradójicas que pudieran parecer.

Es innegable que hasta mediados de los años 30, mantuvo una postura revolucionaria, como hemos visto, que le llevaba a dar vivas a todo lo que se oponía a la revolución liberal y a los valores burgueses, fuera fascismo o bolchevismo. Sabemos que llegó a estas posiciones percibiendo en los símbolos de tales regímenes un elemento misterioso que estaba del todo ausente en las repúblicas demo-liberales y que le seducía. Dalí sufrió la influencia de personas concretas: Giorgio di Chirico, su amigo, su precursor en cierta forma, creador de la "pintura metafísica" con su hálito misterioso y onírico, fue, poco a poco, derivando del dadaísmo, al surrealismo y de éste a una colaboración cada vez más estrecha con el fascismo. Arno Breker, pasó a ser el escultor oficial del régimen hitleriano. Breker, era una personalidad exuberante e igualmente "renacentista", fuera de lo común, amigo a su vez del escritor Godfried Benn, traductor del esoterista italiano barón Julius Evola al alemán y prologuista de su obra capital Revuelta contra el mundo moderno. Este grupo alemán rechazaba igualmente las categorías burguesas y en sus obras literarias o escultóricas exaltaba los valores inherentes a un tipo humano que busca niveles superiores de vida. Breker esculpió un busto de Dalí como antes había esculpido la estela en honor de los soldados de la Wehrmatch muertos en Stalingrado. Dalí lo tenía en alta estima.

La situación de estos intelectuales y artistas en relación a los regímenes políticos de sus respectivos países fue similar a la de Dalí respecto al franquismo: apoyo crítico y exterior, nunca compromiso total con carnet del partido único en el bolsillo. Simplemente creyeron que los fascismos estaban más próximos a sus categorías éticas y políticas que el demo-liberalismo. Es indudable que las relaciones con estas personalidades decantaron definitivamente las simpatías de Dalí hacia los regímenes totalitarios.

Tras huir de la guerra civil española, Dalí pasa un período en Villa Comboni, cerca de Analfi, propiedad del poeta Edward James. En la vecina Roma, se siente emocionado con las ruinas del Capitolio y del Foro y escucha casualmente un discurso de Mussolini. Ve en él dictador del fascismo una reedición del líder, del hombre "grande" situado más allá del bien y del mal, que actúa a despecho de la opinión de los "pequeños". Por esas fechas, los surrealistas están alarmados, no tanto por el exhibicionismo daliniano que no hace otra cosa que llevar a la práctica el estilo de vida que ellos proclamaban en sus escritos, sino que perciben que "el nombre de Hitler -siempre mostrado en términos correctos y acompañado de las más entusiásticas observaciones- aparece con demasiada frecuencia y entusiasmo. Da la impresión de que este aborrecido nombre no puede separarse de sus labios". En esos momentos, buena parte del surrealismo había terminado mirando hacia la izquierda y no era raro que los surrealistas estuvieran en guardia: el régimen nazi había acuñado una denominación para describir buena parte de sus producciones, "entartete kunst", arte degenerado…

Los nazis habían recuperado esta idea de Max Nordau que, a principios de siglo definió el arte moderno como un "arte débil", "psicológicamente enfermizo", producto de una sociedad crepuscular y en ruinas. En 1937 el régimen nazi organizó, en el Instituto Arqueológico de Berlín, una Exposición de Arte Degenerado compuesta por 700 piezas producidas después de 1910 por artistas alemanes de vanguardia. El grupo surrealista de Colonia, dirigido por Max Ernst, que se había erigido como una de las vanguardias más agresivas y "experimentales", protagonizó buena parte del evento. El diario oficial del partido nazi mostró una foto de Hitler y Goering ante un cuadro de Max Ernst; el pié de foto decía "Ofensa a la mujer alemana"... Esta exposición supuso el punto álgido del enfrentamiento entre las concepciones culturales nazis y las surrealistas.

Dalí se encontró aislado en su propio grupo y tuvo en Louis Aragon a su principal detractor. Aragon, ante un exabrupto imaginativo, de Dalí a propósito de un "objeto surrealista" -una mecedora construida con vasos llenos de leche- se le encaró: "!Basta de excentricidades! La leche será para los hijos de los huelguistas...". Hacía poco que Aragon había estrenado sus lealtades socialistas en el Congreso de Escritores Revolucionarios de Jarkov, definido por Dalí como areópago de la mediocridad. Llegaría a ser director de L’Humanité, el diario del PCF.

Acosado por la izquierda comunista, disputado por los intelectuales y artistas del fascismo, el pintor, a pesar de su apoliticismo, experimentaba una evolución en sus tendencias interiores. En esos años descubrió, también en política, la "vía de la Tradición". A ello le llevó un razonamiento que, fue sofisticando con el paso de los años, pero que era simple en esencia y que puede resumirse en siete puntos:

1) la idea de que debe existir una entidad suprema que ordene en las alturas, un "líder" que encauce y encarrile;

2) mientras, en la base actúan necesariamente múltiples tendencias contrapuestas cuyos conflictos no pueden nunca ir más allá de los límites impuestos por la entidad suprema;

3) sólo tras la caída del fascismo, Dalí sustituye la figura del "líder" por el "monarca";

4) para dar un aspecto daliniano a esta opción perfectamente coherente, Dalí concilia la idea de liderazgo único en la cúspide con la de multiplicidad de contradicciones en la base, ideando el concepto de "monarquía anárquica" [6];

5) los descubrimientos realizados a lo largo de los años 60 en el dominio de la biología le enseñaron que los organismos naturales, hasta en sus más mínimos detalles, no son amorfos y desestructurados, sino que se encuentran jerarquizados y especializados. 6) la estructura biológico-molecular de la que deriva el hombre en su unidad y en sus potencialidades, es el ADN: por lo tanto, el principio monárquico y la jerarquía que de él emana tiene una justificación biológica [7];

7) así pues, la forma de gobierno más conforme con la naturaleza humana será la "monarquía-anárquica"… Fin del razonamiento.
 

La tesis de Dalí, enunciada de forma jocosa -"en esta época de miseria intelectual en que vivimos debo expresarme en términos caricaturescos para que mis contemporáneos puedan intentar comprenderme", había dicho- si se quiere, paradójica en ocasiones, pero sería, al fin y al cabo, es que debe existir unidad en la cúpula, jerarquía en los escalones intermedios de la sociedad y diversidad actuante en la base. La existencia de esa unidad -monarquía- y de esa jerarquía garantiza que la multiplicidad de tendencias en la base -la "anarquía" a la que alude- no rompa el conjunto en el desorden civil. Dalí intenta conciliar una forma de "tradición" -la monarquía- con un concepto de "revolución" -la anarquía-; su pensamiento político se encaminó, ya desde su juventud, hacia esta síntesis.

Julius Evola, amigo de Tristan Tzara y de Gottfried Benn, conocido de Giorgio de Chirico y de Arno Breker, con muy buenas relaciones en el Tercer Reich (fue de los primeros en saludar a Mussolini en el Cuartel General del Führer tras ser liberado del Gran Sasso por los paracaidistas del coronel Otto Skorzeny), jamás se había afiliado al Partido Fascista, pero de los años 50 a 70, sostuvo ideas que influyeron ampliamente en una parte de la juventud neo-fascista del Movimiento Social Italiano y de los grupos extraparlamentarios Avanguardia Nazionale y Ordine Nuovo; el barón Evola, cuya obra es fundamentalmente de carácter tradicionalista, escribió a principios de la década de los cincuenta un libro titulado Los hombres y las ruinas, que supuso un intento serio de elaborar una línea política que corresponda a la tradición esotérica. Dalí conocía este texto, que le fue remitido en italiano; existen suficientes alusiones, vínculos y amistades comunes, afinidades, entre las declaraciones políticas de Dalí y los puntos de vista de Evola, como para afirmar razonablemente que Dalí, sea directamente, sea a través de terceros, conocía perfectamente la obra del esoterista italiano; máxime cuando los temas tratados en sus libros estuvieron siempre en el espíritu de Dalí: La Tradición Hermética, Metafísica del Sexo, etc.

Dalí establece las motivaciones de lo que, parafraseando a Hitler, llama Mi lucha; algunas de las consignas que sitúa están calcadas literalmente de las teorías políticas de Julius Evola. Véase con detenimiento la relación de Dalí por que constituyen un verdadero manifiesto político:

Contra la simplicidad                           Por la complejidad

Contra la uniformidad                          Por la diversificación

Contra el igualitarismo                         Por la jerarquización

Contra lo colectivo                               Por lo individual

Contra la política                                 Por la metafísica

Contra la naturaleza                            Por la estética

Contra el maquinismo                         Por el sueño

Contra la abstracción                           Por lo concreto

Contra la espinaca                               Por los caracoles

Contra el arte moderno africano         Por el Renacimiento

Contra la Medicina                               Por la magia

Contra la revolución                             Por la tradición...

Hay en todo esto una dosis considerable de estilo daliniano. Por ejemplo, cuando truena contra la espinaca lo está haciendo contra lo informe y lo caótico (en otras ocasiones compara lo informe a la baba de un perro), el caracol le evoca, por el contrario, la espiral generadora perfectamente trazada; tales son las asociaciones sugeridas por su método paranoico-crítico.

El sistema de "monarquía-anárquica", propuesto por Dalí, es, fundamentalmente, aristocrático; la aristocracia, antes que cualquier otra cosa, es un "estilo", sereno, estable, mesurado, responsable, es el estilo que entrevé en los grandes cuadros del Renacimiento y que quiere reproducir en sus mejores obras. Pero para llegar a él había que destruir los fundamentos del mundo moderno y esto pasaba a través del apoyo a las fracciones más extremas que lo combatían: así no es de extrañar que Dalí apoyase a los contestatarios de las barricadas y difundiera entre los estudiantes de la Sorbona un panfleto -Mi revolución cultural- que, en parte, podrían haber suscrito los mismos grupos anarco-situacionistas detonadores de los sucesos. Tampoco es extraño que Dalí glosara las virtudes de la revolución cultural maoísta, aun afirmando que el marxismo estaba enterrado. Era una forma de implementar la acción de los grupos más radicales con objeto de acelerar el proceso destructivo que desbloquearía el ascenso de un orden nuevo. Tal es el sentido de la "estrategia" política daliniana...

Estas posiciones no fueron entendidas por la izquierda progresista que lideró la vida cultural española durante la transición. Solo tres botones de muestra bastan para mostrar la superficialidad de aquellos que se llamaron "intelectuales". En 1979, la Asamblea Democrática de Artistas de Gerona condenó la obra de Dalí; ninguno de los integrantes de esta "asamblea" pasará a la historia de la pintura. Algunos desconocidos, seguramente vinculados a estos ambientes, apedrearon la casa de Port Lligat. Finalmente, en junio de 1979, el Ayuntamiento de Figueras cambió el nombre de la Plaza Gala-Dalí con los votos favorables del Partido Socialista, Esquerra Republicana de Catalunya, Convergencia i Unió y el Partido Comunista (PSUC). A todos ellos se les puede dedicar la frase extraída del Libro Rojo de Mao: "La rana de la charca jamás comprenderá la grandeza del océano"...

NOTAS

 

[1] Esta misma anécdota, la encontramos en la biografía de otro personaje conocido de éste siglo, escolarizado en otra escuela laica a 2000 km de distancia, en Como, Italia: Benito Mussolini.

[2] Eliade era tenido en alta estima por los esoteristas Julius Evola y René Guénon con los que mantuvo correspondencia y cuyos trabajos utiliza para sus compilaciones. Eliade pasó unos años en la India instruyéndose, teórica y prácticamente, en los distintos yogas y se interesó vivamente por la alquimia en varios ensayos. A Dalí le llamaron particularmente la atención tres de sus trabajos: "Mefistófeles y el Andrógino" (Ed. Guadarrama, Madrid 1974) y "Herreros y Alquimistas" (Alianza Editorial, Madrid 1973) y "Yoga: Inmortalidad y libertad" (Editorial La Pleyade, Buenos Aires 1972).

[3] Las relaciones entre Dalí y Picasso son importantes y tormentosas. Al llegar Dalí a París, lo primero que hizo fue visitar a Picasso: "He venido a verle a usted antes que el Louvre", le dijo; el malagueño le contestó: "Ha hecho usted muy bien". Más adelante le presentaría a Gertrud Stein, relacionada con todos los ambientes artísticos de París; la Stein contribuiría a introducir a Dalí en estos medios. Picasso era, igualmente, amigo de Eluard y de Gala a quien regaló algunas pinturas que hoy permanecen en el Teatro-Museo de Figueras. El fotógrafo Brassaï vio en el pintor malagueño al primer mecenas y protector de Dalí. Picasso le prestó dinero para su irrupción en EE.UU. y hasta el estallido de la guerra civil hubo entre ambos artistas una buena y sincera amistad. A partir de entonces todo cambió. Picasso optó por el Partido Comunista. A partir de entonces todo fue desencuentro y oposición. En realidad Picasso fue un punto de referencia para Dalí que se convirtió en el anti-Picasso: "Estoy fusionando el surrealismo con la mística. Dalí está por la fusión. Picasso por la confusión. Ambos somos genios en un país de contrastes: sol y sombra". Los dos pintores nunca más volvieron a verse a pesar de la mutua simpatía y admiración que se profesaban en privado. Antonio D. Olano (que fue amigo de ambos), dice que se "enfurruñaron como chiquillos" y todo induce a pensar que, efectivamente, así fue. Cada verano Dalí escribía a Picasso solicitándole una entrevista, pero la carta quedó siempre sin respuesta. Picasso reconoció a Olano que le hizo mucha gracia la frase de “Picasso es comunista. Yo tampoco" e, incluso le dijo: "Ese muchacho es el último pintor renacentista que le queda al mundo". A la "Paloma de la Paz" de Picasso, correspondió Dalí con su "Cruz de la Paz", y al "Guernica" de Picasso, Dalí respondió con su "Santiago el Grande". Las correspondencias y antítesis entre ambos pintores llegan a tal punto que, incluso, sus compañeras eran rusas...



[4] Todas estas relaciones han sido descubiertas por Silvia Nieto y José Hermida en su libro “Viajes esotéricos" (Temas de Hoy, Madrid 1994) y a ellos corresponde la paternidad de estas afirmaciones.

[5]  "Uno de los pintores modernos de importancia fue sin duda alguna Henri Matisse, pero Matisse representa exactamente las últimas consecuencias de la revolución francesa; es decir, el triunfo de la burguesía y del espíritu burgués (...) Las consecuencias del arte moderno contemporáneo radican en haber llegado al máximo de racionalización y al no va más allá del escepticismo. Hoy en día, los jóvenes modernos no creen en nada. Es perfectamente normal que, cuando no se cree en nada, se acabe pintando apenas nada, que es, poco más o menos el caso de toda la pintura moderna" ("Diario de un Genio", anotación del 18 de diciembre de 1955).

[6]  "La política no me interesa porque es algo que pasa rápidamente, algo accidental. Pero tengo una pequeña teoría sobre la monarquía... cada día me hago más monárquico", había dicho y también: "Me había formado toda una teoría que puede parecer absurda, según la cual yo creía que el régimen maravilloso sería la Monarquía anárquica. O sea: arriba el máximo orden absoluto que permitiese a los de abajo hacer lo que les diese la gana y divertirse al máximo". Y Antonio D. Olano, comentando análogos fragmentos escribe: "La monarquía no es política, en absoluto. Es la única manera de gobierno que no tiene que ver con la política". En otra ocasión profetizó que las monarquías se reinstaurarían en Europa por este orden: primero España, posteriormente, Rumanía y, finalmente, Rusia. Entonces muchos rieron la excentricidad que, con el paso del tiempo, si bien es improbable, no es absurda.

[7] "Desde el punto de vista científico, la monarquía es la única forma de gobierno que corresponde a los más recientes descubrimientos de la biología. La monarquía es genética. Viene de Dios. Lo único terrible es que los actuales reyes no son monárquicos. Dicen que son liberales, hablan de socialismo, etc. Y hace falta que sean absolutistas -terminaba ironizando-, pero convencer a un rey para que se convierta en monárquico es una empresa complicada".


 

martes, 26 de marzo de 2019

365 QUEJÍOS (296) – Dalí, su Tarot y Amanda Lear


El pasado 24 de enero, El Pais, en su edición digital, dedicó un homenaje a Salvador Dalí, repasando su vida a lo largo de 22 fotografías. Era el 30 aniversario de la muerte del pintor y, después de unos años de olvido, motivado por circunstancias políticas, finalmente, a las tres décadas de su desaparición proliferan exposiciones itinerantes, monografías y artículos. Una de las 22 fotografías seleccionadas por El País está tomada en Barcelona en 1969. El pintor, ya maduro, aparece junto a Amanda Lear, un personaje polémico. Están en las gradas de la Monumental de Barcelona, asistiendo a una corrida de toros. Por aquellas coincidencias cósmicas, el mismo día en que veo estas fotos me encuentro, olvidado en un cajón, el “Tarot Dalí” que compré hará un cuarto de siglo y cuyo origen me preocupé por establecer.

El Tarot atribuido a Dalí es uno de los que han experimentado más difusión en los últimos veinticinco años; sin embargo muy pocos conocen su origen y llama la atención que, tratándose de uno de los tarots más conocidos a nivel popular –se han hecho multitud de reediciones y distintas revistas y diarios lo han puesto en el mercado «por entregas»– muy pocos especialistas en cartomancia lo utilizan; es habitual entre estos calificarlo con unas palabras tan reiterativas como definitorias: el «Tarot Dalí no tiene buenas vibraciones», «hay algo en él que es negativo, extraño», no ha faltado quien nos lo definiera como «satánico». La ambigüedad del Tarot Dalí no es sino un reflejo de la ambigüedad espiritual del pintor.

Es suficientemente conocido que muchos surrealistas eran grandes aficionados al Tarot; Gala –ya lo hemos dicho– creía firmemente en la capacidad adivinatoria de las cartas y en la suya propia. Para ella no se trataba de un juego, ni mucho menos de algo frívolo o banal: era el patrón a través del cual analizaba su vida y la de Dalí, día a día, actuando según el dictado de los naipes. Gala –y esto resulta incuestionable– creó en Dalí el interés por las cartas del Tarot, hasta el punto de que el mismo pintor, se dejaba dirigir por las predicciones que su esposa le realizaba diariamente al despertar.

El surrealismo ya había manifestado un interés por el Tarot. Bretón mismo lo había loado. La afición de Gala –y su dependencia– por el Tarot procedía del ambiente parisino en donde en los años 20 y 30 era posible encontrar un adivino en cada esquina; no hay rastro de que conociera esta técnica antes de unirse a Eluard, ni su hermana –que ha explicado todos los recuerdos que guardaba de su hermana a varios periodistas– menciona nada por el estilo; seguramente conoció a alguien en el ambiente que rodeaba los centros de reunión surrealistas, habitualmente cabarets, bares y braserias, que le enseñó a dar los primeros pasos en este terreno, posiblemente se tratase de algún amigo de René Crevel o quizás la propia María de Naglowska; no hay datos fiables a este respecto. La versión que afirma que Gala aprendió a tirar el Tarot en Rusia, y que, al conocer a Eluard en Clevedel ya sería una consumada tarotista, tiene poco fundamento y sólo se apoya en el hecho de que Gala procedía de Kazán, donde existían fuertes asentamientos gitanos; ya hemos visto que ella misma, en alguna ocasión, enfatizó su supuesto origen gitano y, en otras, se hacía pasar por judía (1).

Sea como fuere, en todas las biografías y testimonios directos que hemos podido recoger, no hay ninguna duda que, al unirse a Dalí, Gala ya dominaba la cartomancia. El pintor era el primero en reconocer sus méritos e infalibilidad; cuarenta años después de encontrarse y de que Gala cotidianamente le realizara sus predicciones, Dalí comentó a Amanda Lear: «Gala lee muy bien las cartas; un día te tirará el Tarot; es extraordinario». Y efectivamente llegó el día en que se las tiró; si hemos de creer el testimonio de Amanda, acertó plenamente: «conocerás a un hombre joven que te seducirá por su gentileza»... y así fue, en efecto.

A mediados de la década de los sesenta, Amanda empezaba a frecuentar la «corte» de Dalí en París. En aquella época lo más duro del rock se polarizaba en torno a los «Rolling Stones», con algunos de cuyos miembros Amanda Lear tenía una estrecha amistad. Fue sin duda su aspecto ambiguo y otros extremos de su físico los que despertaron una irresistible atracción en Dalí; por lo demás, Amanda Lear aprendió pronto los resortes psicológicos del pintor y los supo explotar mientras tuvo necesidad.

En el otoño de 1965, Amanda Lear estudiaba Bellas Artes en Londres y se ganaba la vida como modelo de una agencia parisina. La directora de esta agencia era amiga de Anita Pallemberg, compañera sentimental del «Rolling Stone» Brian Jones; Amanda, por su parte, estaba ligada a «Tara», un amigo de éste. En el curso de una cena en «Chez Castel», Brian Jones, «Tara» y Amanda, coincidieron con la «corte» de Dalí, a uno de cuyos invitados conocían. Es Amanda quien nos describe la escena: «Estaban sentados en una larga mesa presidida por Dalí, sentado en una especie de trono y rodeado de cortesanos, jóvenes preciosos y favoritas».


Dalí inmediatamente se sintió atraído por el físico de Amanda, alta, extremadamente delgada, de rostro agresivo: «¿Amanda? Es bonito, no teníamos ninguna Amanda en la corte» y al día siguiente les cita para comer; ya desde ese primer encuentro se evidencian los motivos por los que la modelo atrae la atención de Dalí: «Tiene usted una buena calavera», opina y dice a los otros: «mirad la buena calidad del esqueleto de Amanda». Luego les explicará que, en su concepción, el esqueleto es lo más importante, ¿motivo?, «es lo que queda tras la muerte». Sin más preámbulos le pregunta si es lesbiana: «Todas las mujeres son un poco lesbianas y todos los muchachos pederastas, como seguramente su amigo, como todos los ingleses de buena calidad».

Unos pocos días después de su primer encuentro, Dalí tiene ocasión de ver el pie desnudo de Amanda Lear, no puede contenerse y muestra su sexualidad fetichista tal cual es: se abalanza sobre el hermoso pie, arrodillado, lo elogia y destaca su clasicismo –el dedo índice más largo que el pulgar– para luego besarlo durante un interminable lapso, jadeando de manera entrecortada y visiblemente alterado: «... estas cosas me causan una terrible impresión», se justificó el pintor, para declarar finalmente «Os amo, es una verdadera pasión, os amo cada vez más». Amanda extrañada recuerda: «[todo aquello] me pareció más una manifestación de fetichismo que un acto de amor». Pero el episodio es importante: Dalí, por segunda vez en su vida, declara su amor a alguien que, sin ser completamente mujer, al menos es, una forma femenina; tras Gala, Amanda Lear es el único ser del que se sentirá verdaderamente enamorado. Si bien la atracción por el pie es una de las formas clásicas y relativamente divulgadas de fetichismo, no parece que la totalidad de la atracción que Dalí sentía hacia Amanda Lear derivara de ello.

A la vista de los motivos que le llevaron a sentirse atraído por Gala, puede intuirse en qué radicaba para él el encanto de Amanda: su supuesto o real transexualismo (2). Dalí la pintó en varias ocasiones desnuda y conocía perfectamente el secreto de su sexualidad. Aunque Amanda Lear, tras haber alcanzado un cierto nivel de popularidad, negó siempre su transexualismo, lo cierto es que basó su promoción artística precisamente en la ambigüedad sexual. El semanario sensacionalista de extrema­–­derecha, Minute, reveló que Amanda Lear sería un transexual vietnamita; Dalí, aprovechó para elogiar esta condición: «Deberías de estar orgullosa, querida, ahora todo el mundo estará doblemente intrigado y te hará la corte. Por lo demás ¡es cierto!: no eres ni chica, ni muchacho. Ya te lo he dicho: eres angélica, un arquetipo». Para Dalí la palabra angélica tenía el significado equivalente de hermafrodita y andrógino.

La asociación paranoica angélico­andrógino derivaba ya de sus tiempos infantiles. Dalí solía contar ­e incluso llevó al lienzo­ un episodio de su infancia que, sin duda no habrá sido el único en vivir, sólo que al atribuir una importancia desmesurada y una infalibilidad absoluta a las tesis freudianas, consideraba como una de las piedras angulares de su sexualidad. Cuenta el pintor que sus tíos le obsequian con un disfraz de rey, capa de armiño, corona de oro y cetro incluidos; en la soledad de su habitación se los prueba, la suavidad del armiño y la peluca le inducen a desnudarse ante el espejo; ve algo que sobra, que no entiende para qué puede servir y oculta sus genitales entre los muslos, luego se mira satisfecho. Asocia su autodivinización a este impulso hacia la androginia del que la anécdota de su infancia da constancia y que luego reflejará en varios cuadros.

Este impulso vuelve a salir a la superficie en el momento en que siente el flechazo por Gala en 1929, pocos años después lo experimenta hacia la figura de Hitler del cual le excita particularmente sus «fascinantes caderas blancas y rollizas»; la svástica empieza a causarle alucinaciones paranoicas: «estaba hasta tal punto obsesionado por la svástica que concentré mi delirio sobre la personalidad de Hitler que se me aparecía siempre en mi fantasía como mujer». Estas alucinaciones le satisfacen y se recrea en ellas, acaso porque como dice, es el momento en que «por fin rozo la locura».

NOTAS

(1) Estas dos filiaciones merecen ser comentadas con algún detalle. En Figueras, entre las gentes de la generación del padre de Dalí, circulaba el rumor de que la familia tenía sangre gitana. Sea como fuere, resulta difícil establecer los orígenes del apellido Dalí y las investigaciones de Josep Pla relacionándolo con un inglés, O’Daly, parecen excesivamente aventuradas. El mismo Pla había escrito que “el padre de Dalí tenía algo tirando a faraónico y agitanado” y Santos Torroella, por su parte, escribió: “Dalí y su hermana tienen todos los rasgos de la raza calé”.

Luis Romero da unos cuantos datos biográficos de Dalí relativos a los gitanos. El primero es el proyecto frustrado de película inspirada en El Angelus de Millet, titulado La carretilla. La película debería ser financiada por Alberto Puig Palau del que Romero dice era “mecenas bien relacionado con el folklore gitano”. Como se sabe, Dalí era un enamorado del baile gitano e invitó a La Chunga para que bailara para él sobre un lienzo y tubos de pintura de distintos colores. En 1943 pintó un cuadro titulado La guerra civil española en la que el tema era una guitarra que se transfomaba en gitana cruficiada, con castañuelas. La música gitana ejerció un gran atractivo sobre el pintor. La base del cuadro era un decorado que había diseñado para Lorca, El café de chinitas.

Romero menciona, igualmente, una anécdota significativa. Al parecer en la primavera de 1965 llegó con los Dalí a Cadaqués, un joven desconocido; en el pueblo se rumoreaba que era gitano. Gala se había enamorado de él por considerarlo sosias de Dalí joven. El pintor lo llamaba “Aldi”, por transposición de las letras de su propio apellido. Había conocido a los Dalí en EE.UU. y, al cabo de unas semanas en Port Lligat, Dalí se deshizo de él, al parecer, por unos celos inesperados. Gala lo envió a Italia con unos amigos suyos y de ahí, embarcó para EE.UU. donde, concluye Romero, murió al cabo de algunos meses, víctima de las drogas.

Distintos biógrafos han coincidido en establecer que la rama de la que procedió Salvador Dalí, tenía su origen en Pere Dalí Raqué, herrero que ejercía su profesión en Llers -el pueblo que hasta mediados del siglo XX contó con una colonia de brujas bien conocidas- a principios del siglo XIX. Santos Torroella, comentando este dato, recuerda que «caldereros, herreros y gitanos eran bien conocidos por sus habilidades manuales». El mismo Antonio Gaudí  -cuya vida tiene tantos paralelismos con Dalí- era hijo de una familia de caldereros.

En cuanto a Gala, las dudas sobre su origen no son menores. La madre de Gala convivió con un abogado converso a la ortodoxia rusa, de origen judío. Quizás por ello Gala afirmó muy frecuentemente su origen judío, sin ser del todo cierto. Pero también aquí el misterio permanece. 

Durante los primeros años de su vida en común en Cadaqués, tal como narra el pintor en su Vida Secreta, tras adquirir la cabaña de Lidia, vivieron rodeados de pescadores y gitanos. Lo gitano fue una discreta constante que planeó siempre sobre la vida de Dalí y que ejerció sobre la pareja una influencia no desdeñable.

(2) Luis Romero que compartió con Dalí una estrecha relación durante muchos años, se inclina a pensar que Amanda Lear era, efectivamente, un travestí. Lo supo de labios del propio Dalí, el cual, tras enseñarle unas cuantas fotos del exuberante cuerpo de “ginesta” (rubia, en lenguaje daliniano), le preguntó si le gustaba. Romero asintió: “Pues es un tío”, respondió Dalí riendo. Romero tiende a minimizar el impacto de Amanda Lear en la vida de Dalí; para él fue un pasatiempo más en la extraña vida erótica del pintor, y cuestiona muchos de los contenidos del libro escrito por Amanda Lear, Le Dalí d’Amanda, entre otros cuestiona la última entrevista con el pintor, en la oscuridad. Finaliza diciendo que, efectivamente, le inspiró un cuadro que concluyó cuando la amistad ya se había roto, Angélica salvada por el dragón. Romero, añade con razón, «no es de los mejores».