martes, 6 de noviembre de 2018

365 QUEJÍOS (189) – DE LA INMERSIÓN AL NAUFRAGIO LINGÜÍSTICO


El “proceso soberanista” ha entrado en su fase de descomposición, marcado por el enfrentamiento entre tendencias caracterizadas por su grado de fanatismo más que por sus impostaciones ideológicas. Nada menos interesante que repasar las luchas entre mindundis y políticos que ya han advertido la inviabilidad de la secesión y cuyo único es cómo explicarles a los votantes que han fanatizado a lo largo de años, que ya no se puede ir más allá de donde han llegado. Todo esto, resulta aburrido y puede tener solamente interés para quienes apostaron por el soberanismo ignorando que era un triple salto mortal sobre el vacío realizado por un fonambulista emporrado, pasado de copas, y no particularmente inteligente. Esto no es para quejarse sino para reconocer el hartazgo que genera. Lo que sí resulta más oportuno para una queja es pensar que en democracia los padres castellano parlantes (amplia mayoría por lo demás, en una región en el que solamente se expresa normalmente en catalán el 35%) tienen que ver como sus hijos son víctimas de la inmersión lingüística.

Decimos bien: víctimas. Escribo estas líneas después de haber leído la carta por un familiar de catorce años. Tiene buena letra. Coordina ideas. El problema es cómo las expresa: el texto, apenas unas 30 líneas, está repleto de falta de ortografía. Me escribe en castellano, pero son reconocibles giros y más giros propios de la lengua catalana. La carta está, escrita en una especie de híbrido lingüístico entre el catalán y el castellano, que genera una irreprimible tristeza: la gencat ha conseguido, finalmente, algo que parecía imposible: hoy, los niños en Cataluña no solamente no dominan una lengua, sino que son capaces de cometer faltas de ortografía y sintaxis en dos lenguas.

Item más. No hace mucho, en una estación de tren estaba escuchando la conversación de un grupo de chicas, también de mas o menos catorce o quince años. Era inevitable, porque hablaban a voz en grito. No hacía falta ser un lince para saber que sus pañuelos islámicos indicaban su origen: quizás habían “nacido aquí”, pero “no eran de aquí”. Lo realmente sorprendente es que, gracias a la gencat una vez más, el diktat lingüístico establecido en las escuelas de la región, había logrado lo que parecía imposible: aquellas chicas hablaban una jerga incomprensible en algunas de cuyas partes podían identificarse palabras en catalán, otras en castellano y en las incomprensibles, jerigonza árabe. Si añadimos palabras como week-end, rock, software, coladas en cada uno de estos idiomas, incluso podía añadirse a esta neolingua elementos procedentes del inglés.

Así estamos por culpa de las veleidades lingüísticas. Y todo porque hace treinta años, la gencat entonces controlada por una banda de salteadores de caminos y por el clan mafioso de los Pujol, impuso la “inmersión lingüística”. A partir de ese momento, la gencat cometió la mayor de sus tropelías: tratar de romper la comunicación entre padres e hijos, evitar que padres y abuelos castellano parlantes, ayudaran a sus hijos o nietos en los estudios. Y esto se hizo argumentando que “lo había decidido el parlament de Cataluña”… el mismo que años después decidió que Cataluña era una República independiente durante unos segundos y cuyos debates hoy siguen generando hilaridad.

En aquel momento se nos dijo que en Canadá, la inmersión lingüística había ido muy bien y que los niños quebequeses hablaban inglés y francés a la perfección. Luego cuando me establecí en Montreal vi que, efectivamente, así era, pero… que en Quebec la inmensa mayoría de la población siempre ha sido francófona, y que hace solamente 125 años, ingleses y franceses se mataban entre sí y no constituían todavía una nación unificada. Cualquier parecido con la realidad catalana era pura coincidencia.

De eso hace ya 30 años. El camino recorrido ha servido solamente para que el resultado sea más que cuestionable. Si las bases sobre las que la gencat construyó la inmersión lingüística eran moralmente cuestionables, su traslado a la práctica ha resultado catastrófico, especialmente en un momento en el que el castellano es una de las tres lenguas mas utilizadas en el mundo y cuando son habituales los traslados de población de un lugar a otro. El modelo educativo catalán tiene que cambiar, a menos que se pretenda crear una generación de minusválidos lingüístico que hablen una jerga imposible de entender fuera de la región catalana y cuya ortografía cause risa a 600 millones de castellanoparlantes.

La gencat tiene que entender que en el proyecto personal de vida de muchos habitantes de la región no está el permanecer durante muchos años en el mismo lugar: muchos aspiran a establecerse en otros lugares, ejercer su profesión en otros horizontes en los que el catalán les será completa, total y absolutamente inútil.

Está claro que cada vez que alguien alude a liquidar la ley de inmersión lingüística, ese residuo del peor pujolismo, los indepes claman “en defensa de la escola catalana” como si en ello les fuera la vida. El tono histérico que encierra la reivindicación es síntoma de la dramática situación que están viviendo: después de 30 años de inmersión lingüística, el uso del catalán como lengua habitual apenas ha avanzado.

Hace falta que la legislación catalana vuelva a reconocer el derecho de los padres a elegir el idioma en el que quieren ser educados sus hijos. Si se enarbola, como hacen los indepes, la bandera de “la libertad”, el primer síntoma de libertad es la libertad lingüística.

El problema lingüístico en Cataluña se sitúa dentro de un ámbito mayor: la incapacidad del “Estado de las Autonomías” para solucionar los problemas del país y su capacidad cada vez mayor para generar problemas nuevos y liquidar vínculos entre comunidades. La solución al problema de la inmersión lingüística no puede darse sino en un marco de potenciación del Estado. Pero no estaría mal dar algún paso en esa dirección.

Si la gencat se emperra en su “inmersión” ¡que se inmersionen ellos! El resto no tiene porqué soportar ni sus imposiciones lingüísticas, ni su historia de ficción apta solo para indigentes intelectuales. El Estado debe asumir la responsabilidad de abrir escuelas en Cataluña que enseñen en la lengua del Estado. ¡Ya! Primero, porque es una necesidad y una exigencia de buena parte de la sociedad catalana. Es preciso reivindicar el derecho a la libertad de opción y hacer patente la desconfianza que una parte muy importante de la sociedad catalana tiene hacia el sistema de enseñanza de la gencat: no sólo por la “inmersión” sino por los contenidos de la enseñanza. No se trata ahora de que haya “dos líneas língüísticas” de enseñanza como hubiera sido de desear, y como nosotros mismos reivindicamos hace 30 años: es preciso que haya dos tipos de escuela y que la población pueda elegir: o una escuela lastrada por los indepes.cat o una escuela que mire más allá de los altos muros construidos por la gencat.

Más allá de las ambigüedades calculadas del PSC con su “federalismo” de pacotilla, o de “En Comú – Podem” con sus “autodeterminación”, lo que marca la diferencia, lo que indica las intenciones de los partidos, su decisión y su orientación en esta cuestión es:
  • o se está por la libertad de opción lingüística y por la elección de lengua vehicular y de proyecto educativo,
  • o se sigue defendiendo el diktat lingüístico establecido por un partido que hoy ya ni siquiera existe evaporado por la corrupción.
No hay “terceras vías” posibles. Ahí va mi queja sobre “el naufragio lingüístico”.