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martes, 25 de agosto de 2026

MARRUECOS Y EEUU: UNA AMISTAD DE 250 AÑOS - MARRUECOS E ISRAEL: UNA AMISTAD PELIGROSA

Uno de los mayores éxitos de la política exterior de Mohamed VI fueron los llamados Acuerdos de Abraham, sellados ente el Reino de Marruecos y el Estado de Israel. No era algo nuevo sino a lo que estaba obligado el “enemigo del Sur” a la vista de que era una de las condiciones puestas por las distintas administraciones norteamericanas si es que Rabat aspiraba a ser el “aliado más seguro” de EEUU en el Magreb. El gran problema de los gobiernos españoles, desde la independencia de Marruecos, ha sido desconocer la vieja amistad que una a Washington y Rabat que se remonta al origen mismo de los EEUU.

1. EEUU – MARRUECOS: UNA LARGUÍSIMA AMISTAD

La amistad con EEUU venía de lejos[1]. En 1876, se firmó en Marrakech el Tratado de Paz y Amistad de Marruecos y Estados Unidos que, ha pasado a la historia como el más antiguo ¡y permanente! que firmó haya firmado la administración norteamericana[2].

Doscientos cincuenta años de alianza suponen una continuidad política imposible de romper. Si este dato hubiera sido tenido en cuenta por el gobierno español durante la guerra de Ifni o en las semanas de la “Marcha Verde”, seguramente no se habrían firmado tan alegremente las compras de armamento a EEUU que impedían que se utilizara contra “países aliados de los EEUU”. Y, tanto entonces como medio siglo después, el único riesgo de conflicto armado en el que, eventualmente, podría verse envuelto España es, precisamente, con Marruecos[3].

La rapidez de Marruecos en establecer lazos con EEUU se justificaba, ya a finales del siglo XVIII por la competencia y la actividad de los piratas berberiscos en el Mediterráneo. Marruecos buscó “protección diplomática” en el nuevo Estado que juzgaba menos intrusivo que las potencias europeas. Al independizarse EEUU, los piratas berberiscos que trabajaban para el Imperio Otomano y que vivían de los pagos que el gobierno británico ofrecía a los turcos para evitar ser atacados, sistemáticamente pasaron a atacar a los barcos de bandera norteamericana, secuestraban los cargamentos y vendían a sus tripulaciones como esclavos. En EEUU estalló una polémica entre los partidarios de llegar a un acuerdo de inmunidad para sus barcos y los que proponían armar una flota para destruirlos. La polémica se prolongaría hasta 1794, cuando el Congreso de los EEUU aprobó la construcción de sus seis primeras fragatas de guerra; el presidente Jefferson envió en 1801 a esa primera Navy a bombardear Trípoli y Argel y a los marines a realizar operaciones de castigo en tierra[4]. Las fragatas norteamericanas eran técnicamente muy superiores a los barcos berberiscos y no encontraron dificultades en derrotarlos en varias ocasiones. Fue el inicio de las “guerras berberiscas” que se prolongaron hasta 1815 y terminaron con la piratería magrebí en el Mediterráneo[5].

A diferencia de los gobernantes de Argel, Túnez o Trípoli, dependientes del Imperio Turco, el sultán de Marruecos opto por ofrecer a los barcos norteamericanos protección a cambio de un tratado comercial que, como hemos visto, terminaría firmándose en 1786. Desde entonces, los barcos de bandera americana quedaron protegidos en los puertos marroquíes. Y esa alianza se ha prolongado hasta nuestros días, algo que da muchas claves sobre la situación actual.

En efecto, a diferencia de España país que, tras apoyar con dinero y hombres la independencia de los EEUU, terminó enfrentándose en la Guerra hispano-estadounidense de 1898 y la propia “Doctrina Monroe” (América para los americanos… del Norte) estuvo dirigida contra las potencias europeas, especialmente contra España, con Marruecos nunca ha existido ninguna fricción hasta el punto de que puede decirse que el “enemigo del Sur” ha sido el aliado más fiel de los EEUU desde el tratado de 1786. Existen en esto muchas claves geopolíticas que iremos desglosando en otros artículos, pero, ahora, una de ellas nos interesa particularmente, porque EEUU siempre ha exigido a Marruecos apoyo para su política exterior, a cambio de garantizar su estabilidad interior. Y uno de los puntos más importantes del Departamento de Estado ha sido el apoyo al Estado de Israel: de la misma forma que Marruecos es, hoy, para el Pentágono el portaviones de EEUU en África y en el Magreb, el Estado de Israel es la puerta de Oriente Medio y su aliado más seguro.

2. El triángulo Washington - Rabat - Tel Aviv

Las presiones norteamericanas sobre Marruecos para que reconociera y normalizara las relaciones con Israel eran antiguas y se iniciaron después de que el rival histórico de Israel, Egipto, firmara con este país los Acuerdos de Camp David en 1979, a los que seguiría la reconciliación con Jordania con el Tratado de Paz del Valle de Arabe quince años después. Pero no sería sino hasta 2020, cuando Mike Pompeo, Secretario de Estado de Donald Trump, impulsó una nueva línea diplomática en Oriente Medio basada en marcar a Irán como “enemigo principal” y poner en práctica lo que se ha llamado “diplomacia transaccional”, en la que las monarquías de la zona recibirían incentivos, armamento y garantías de seguridad interior a cambio de normalizar las relaciones con Israel: Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Sudán suscribieron los Acuerdos de Abraham, respectivamente en agosto, septiembre y octubre de 2020; Marruecos se haría de rogar solo dos meses más, firmándolos en diciembre del mismo año.

Con Marruecos, la negociación había sido solamente un poco más prolongada porque Rabat pedía a cambio el reconocimiento estadounidense de su soberanía sobre el Sáhara Occidental y a su plan de autonomía. EEUU se comprometió a abrir un consulado en el Sáhara y promover inversiones en la región. Por su parte, Mohamed VI se comprometió a restablecer relaciones diplomáticas con Israel, autorizar vuelos comerciales directos entre ambos países para fomentar el turismo y los viajes a ciudadanos judío-marroquís (los judíos se benefician de un visado electrónico para entrar en Marruecos y se desplazan por decenas de miles cada año, para visitar los Hiloulot (festividades en tumbas de santos judíos), así como a iniciar una cooperación económica estratégica en distintas áreas (comercio, tecnología, innovación, seguridad…).

Con estos acuerdos, Israel se ha convertido en uno de los principales proveedores militares de Marruecos, destacando la venta y coproducción de drones avanzados, satélites de espionaje, sistemas de defensa aérea de última generación, sin olvidar el tema de la inteligencia y las “operaciones espaciales” que, como veremos, desde los años 60, siempre han sido un terreno de cooperación discreta entre ambos países. La declaración incluyó la posición de Marruecos a una salida negociada para el conflicto entre Israel y los palestinos, así como el reconocimiento del carácter religioso de Jerusalén para las tres religiones monoteístas.

En definitiva, el Estado que más ha ganado con este acuerdo es, desde luego, Marruecos que vio legitimada su posición sobre el Sáhara y desencadeno un “efecto dominó” (de Francia y España) en apoyo a su plan sobre el Sáhara, y abrió la puerta a inversiones estratégicas multimillonarias en su país.

También aquí, un acuerdo de este tipo no es nuevo. Rabat, desde los años 60, había mantenido discretísimas relaciones con el Estado de Israel, dándose la paradoja de que, mientras oficialmente Rabat y Tel-Aviv aparecían como distanciados e, incluso, hostiles, en realidad, tras las bambalinas, existía una sincronización y una coordinación absoluta.

Esta política de ambigüedades y contradicciones cobró forma un lustro después de la independencia marroquí. El comienzo fue duro: Mohamed V, prohibió la emigración judía a Israel y clausuró las oficinas de la Agencia Judía. Pero, apenas un lustro después, el nuevo sultán, Mohamed V, firmó los primeros pactos secretos con Isreal; fue la llama “Operación Yajín” desarrollada entre 1961 y 1964 que permitió la salida de casi 100.000 judíos marroquíes con destino al Estado de Israel a cambio del pago secreto de indemnizaciones económicas (un pago inicial de 500.000 dólares más 100 dólares por cada emigrante) y asistencia militar israelí.

3. La cooperación sacreta Marruecos - Israel

Ese fue el “entremés”, pero en 1965 esa cooperación se estrecharía hasta extremos increíbles con dos escándalos internacionales. Por una parte, Hasán II permitió al Mosad grabar en secreto las reuniones de la cumbre de la Liga Árabe de 1965 en Casablanca. Esta información sobre las capacidades militares árabes fue crucial para la victoria de Israel en la Guerra de los Seis Días que estallaría dos años después. Por otra parte, el Mosad ayudó a Hasán II a localizar al líder opositor marroquí Mehdi Ben Barka, que resultó secuestrado y asesinado en París. Los agentes israelíes proporcionarían apoyo logístico directo (pasaportes falsos, seguimiento y localización) para enterrar y desaparecer el cuerpo[6].

Esta colaboración nunca cesó, sino que cada vez fue más evidente, por mucho que Rabat mostrara “oficialmente” una postura favorable al mundo árabe y a la causa palestina. Fue a través de Marruecos, como se realizaron los primeros encuentros secretos entre oficiales israelíes y egipcios que terminarían con los Acuerdos de Camp David de 1978. En 1986, Marruecos fue el primer país árabe en recibir a Shimon Peres, primer ministro israelí, en el palacio de Ifrane, provocando protestas especialmente de Argelia y Libia. Existieron “baches”, al menos aparentes, en estas relaciones. Si en 1994 se abrieron “oficinas de enlace bilaterales” entre ambos países y miles de turistas judíos pudieron visitar Marruecos, la “Segunda Intifada”, en el año 2000, obligó a Mohamed VI a romper lazos oficiales… pero, una vez liquidado este conflicto, la cooperación entre ambos países aumentaría hasta llegar al acuerdo final de 2020.

¿Éxito diplomático de Rabat? Si, un éxito total, pero también un riesgo interior no desdeñable y un problema más que tendrá que afrontar el sucesor de Mohamed VI. Si anteriores episodios de cooperación entre Marruecos e Israel había pasado casi completamente desapercibidos para la opinión pública marroquí, al estallar la Guerra de Gaza se puso de manifiesto la absoluta impopularidad de cualquier brazo tendido a Israel. Para la población, los lazos étnicos y religiosos que los unen a sus hermanos árabes, hacen que sus simpatías se decanten hacia palestinos y gazatíes. Y este apoyo es casi absoluto, lo que implica que el gobierno marroquí está remando contra los intereses, simpatías y afinidades que reconoce su propia población.

Durante toda la crisis de Gaza se estuvieron convocando manifestaciones, algunas reprimidas durante por la policía y, casi todas masivas, de apoyo a la causa palestina y contrarias a los Acuerdos de Abraham. Mohamed VI condenaba las acciones militares israelíes en foros internacionales y enviaba ayuda humanitaria a la Franja de Gaza, pero se negó a romper o congelar los acuerdos bilaterales suscritos. No es nada nuevo, sino más bien una constante que data del período de Hassan II. Para mantener una apariencia de “legitimidad” en el mundo árabe, Hassan II envió tropas simbólicas a combatir contra Israel en la Guerra de los Seis Días (1967) y en la de Yom Kipur (1973), pero los canales de comunicación “discretos” y las colaboraciones en materia de inteligencia e información nunca se cerraron con Tel Aviv. La lección fue asimilada por su hijo y reiterada en cada día de su reinado.

Sin embargo, ahora se dan circunstancias que no existían en aquellos dos conflictos: el fundamentalismo islámico está latente bajo la superficie de la sociedad marroquí. Para los fundamentalistas, la cooperación con Israel, sería una muestra más de que el rey ha traicionado su religión y a su dios, lo que, en otras palabras, supone una merma de la popularidad y del apoyo al régimen y, al mismo tiempo, el caldo de cultivo más favorable para el desarrollo de una nueva oleada de fundamentalismo islámico.

4. La historia de las comunidades judías en Marruecos

La comunidad judía marroquí fue, históricamente, la mayor asentada en un país árabe y esto desde períodos ancestrales[7]. La creación de Israel en 1948, y la primera guerra árabe-palestina, provocó disturbios locales y el inicio de la emigración masiva impulsada por el sionismo. Cuando se produjo la independencia de Marruecos en 1956, los judíos, temieron nuevas explosiones de antisemitismo; finalmente, las Guerras de los Seis Días y del Yon Kipur, levantaron nuevas oleadas de antisemitismo popular. En su conjunto, estos episodios marcaron el fin de la comunidad judía marroquí, su desplazamiento al Estado de Israel y también el inicio de la diáspora; en efecto, los judíos marroquíes se han ido dispersando en algunos países: EEUU, Francia, el Quebec canadiense y Venezuela, muchos de los cuales se han convertido en banqueros y magnates inmobiliarios de origen judío-marroquí que actúan como canales de inversión directa hacia Marruecos, atrayendo fondos de inversión internacionales hacia infraestructuras marroquíes a cambio de la protección y restauración que el rey Mohamed VI otorga al patrimonio judío en Marruecos (sinagogas, cementerios y barrios históricos como los Mellah). Los que se quedaron en el país fueron mencionados expresamente en la constitución de 2011. Cada año, miles de ellos regresan a Marruecos para celebrar el Hiloulout, fiestas religiosas en honor a sabios y santos rabinos enterrados en suelo marroquí. Por otra parte, Marruecos es hoy el único país árabe del mundo donde los ciudadanos judíos cuentan con un sistema judicial propio para el estatuto personal (matrimonios, divorcios, herencias) basado en la ley judía (Halajá).

En la actualidad, en el Estado de Israel viven en torno a un millón de nacidos en Marruecos o descendientes de estos (son los llamados Mizrajíes), mientras que en el país no quedan más de 3.000 personas de religión judía, concentrados en Casablanca, pero extraordinariamente influyentes. Controlan buena parte del comercio mayorista, la industria textil, la joyería, el sector inmobiliario y la alta costura marroquí.

Desde siempre, el Majzén[8] ha mantenido a judíos influyentes en la diplomacia y la economía. En la actualidad, esta práctica todavía ha estado presente en los reinados de Hassan II y Mohamed VI, en el importantísimo papel desempeñado por André Azoulay como “consejero económico principal”[9]. Este protagonismo fue instituido por Hassan II quien, a diferencia de su padre, que tendía a desconfiar de los judíos, les abrió las puertas de los ministerios clave y los puestos de responsabilidad administrativa y, especialmente, en los sectores de defensa y tecnología. Obviamente, este grupo étnico fue uno de los impulsores del acercamiento que terminó en los Acuerdos de Abraham.

Un gobierno no puede actuar -al menos si quiere seguir siendo respetado- contra la opinión mayoritaria de sus ciudadanos. Y el pueblo marroquí siente mayoritariamente que su lugar está al lado de los palestinos y no del de los judíos. ¿Este desacuerdo podría ser considerado como un “tema menor” en Marruecos? Sí, si no fuera porque afecta al terreno religioso y porque el sultán es también el “príncipe de los creyentes”. Y resulta que lo es y que, en lugar de llamar a la yihad junto a sus hermanos musulmanes, el gobierno de Rabat compra armas a Israel para atenazar a su propio pueblo.

5. El Majzén con Israel; el pueblo marroquí con Palestina

El gobierno marroquí no ha hecho públicas las encuestas de opinión sobre este tema (que sin duda ha realizado), pero existen sondeos fiables a nivel internacional que no dejan lugar a dudas. El Barómetro Árabe[10], la red de investigación demoscópica más prestigiosa del norte de África y Oriente Medio, afirma que el apoyo ciudadano en Marruecos a la normalización de relaciones con Israel alcanzó, un año después de firmarse el acuerdo, un 31% (porcentaje inusualmente alto para un país árabe). El “truco” radicaba en que el acuerdo incluía el reconocimiento de EEUU sobre la soberanía marroquí en el Sáhara Occidental. Además, el 80% de los ciudadanos árabes encuestados ve la causa palestina como una “causa árabe colectiva”. Pero, tras la crisis de Gaza, el respaldo a la normalización de relaciones entre los Estados árabes e Israel cayó drásticamente a solo un 13%. Otras encuestas del mismo período (como el Índice de Opinión Árabe) sitúan el rechazo frontal al reconocimiento diplomático de Israel en hasta un 89% entre la población marroquí[11]. Los datos que se pudieron recabar en los años 2024/2025 mostraron un desplome del apoyo a la normalización en países firmantes de los Acuerdos de Abraham, como Marruecos y Sudán, vinculado directamente a la percepción de la guerra en Gaza. El 76% de los ciudadanos árabes califica la política de EE.UU. como negativa, y se percibe a Israel como la mayor amenaza para la seguridad de la región (44%), seguido de EEUU (21%). Cabe añadir que la encuesta del Barómetro Árabe sostiene que ese 13% de la población tiene rasgos parecidos: buena posición económica, buen nivel de ingresos, mayor nivel cultural y educativo.

Pero si se ponen en duda la rigurosidad de las encuestas citadas, hay un dato todavía más revelador: las manifestaciones de protesta convocadas especialmente por islamistas y en las que se pedía el cierre de la oficina de enlace judío en Rabat y el fin de la alianza militar entre ambos países, convocadas en las principales ciudades, han arrastrado a un público mayoritario y demuestran que el rechazo a los pactos EEUU-Marruecos-Israel, es “mayoritario y creciente”[12]. Esta percepción del estado de la opinión pública no se le ha escapado al Majzén que ha optado por amortiguar la oposición al Estado de Israel, enviando ayuda humanitaria a Gaza y multiplicando la propaganda en la que se exalta a EEUU (y de manera más discreta a Israel) alegando que gracias a ellos el Sáhara Occidental ha sido incorporado a Marruecos dando fin a medio siglo de discusión internacional.

6. Los problemas de Marruecos con sus vecinos del Magreb

El Majzén empieza a ser consciente de que la alianza entre Marruecos e Israel ha generado profundas tensiones geopolíticas, reconfigurando las alianzas y provocando una fractura diplomática sin precedentes en el Magreb y en el mundo árabe. A esto se unen las cada vez mayores dificultades de entendimiento de Rabat con la UE. Argelia, el rival histórico de Marruecos, ve esta alianza como una amenaza directa a su seguridad nacional. En agosto de 2021, Argelia rompió unilateralmente relaciones diplomáticas con Marruecos. El gobierno argelino citó explícitamente como motivos las “acciones hostiles” de Rabat y la introducción de una “entidad sionista” (Israel) en las fronteras del Magreb. Y el problema no es menor: Argelia comparte una frontera de más de 1.600 kilómetros con Marruecos y la firma de los Acuerdos de Abraham ha contribuido a iniciar una peligrosa carrera armamentística entre ambos países, reforzándose mutuamente las unidades militares a ambos lados de la frontera, en una escalada de tensión que ha convertido la zona en una de las fronteras más inseguras del mundo. 

Argelia ha reforzado sus compras de armas a Rusia y ha desplegado tropas adicionales en la frontera y Marruecos lo ha hecho a EEUU y a Israel. Para colmo, ambos países están también distanciados por su actitud ante Irán: Marruecos ha optado por apoyar la política americano-israelí contra Irán (Estado musulmán chiita, no se olvide), mientras que Argelia la ha condenado sin restricciones. La explicación marroquí (de cara a su opinión pública) ha sido que Irán había enviado asesores de Hezbolláh para entrenar al Polisario en Tinduf[13]

Túnez también ha hecho causa común con Argelia demostrándolo públicamente cuando el presidente tunecino recibió Brahim Gali, líder del Frente Polisario en una cumbre africana en 2022, lo que provocó un berrinche de Rabat que llamó a consultas a su embajador en Túnez[14]

Más difícil lo tiene Mauritania, país particularmente débil, casi un “Estado fallido”, que, para colmo, entra dentro del área de expansión reivindicada por Rabat, el “Gran Marruecos”. En Nuakchot, lo que queda de “gobierno mauritano” prefiere hacerse olvidar ante las presiones tanto de Argelia como de Marruecos.

La actitud marroquí no solo ha generado divisiones y acentuado tensiones en el Magreb, sino que ha alterado profundamente las correlaciones de fuerzas en el mundo árabe: hasta ahora, los grandes aliados de Marruecos eran las monarquías del Golfo Pérsico, los Emiratos Árabes Unidos, Omán y Baréin, pero los Acuerdos de Abraham han debilitado al frente de los países que, aun no siendo beligerantes contra Israel (Egipto, Jordania y Arabia Saudí) aspiran a la creación de un Estado Palestino como único camino para restablecer la paz en Oriente Medio. Y luego están los países en los que el radicalismo islámico gobierna o es muy influyente (Irán, Irak, Siria), para los que la actitud de Rabat es, simplemente, una “traición al pueblo palestino”.

Todo esto induce a pensar que la iniciativa de acercamiento a Israel (un acercamiento que siempre ha existido), al haber sido pública, ha generado tensiones internas y externas. Interiormente ha aumentado la brecha entre el grueso de la población y el Majzén; internacionalmente, ha reavivado el conflicto con Argelia, ha aumentado la división del mundo árabe y ha hecho recordar que ni Rusia ni la ONU reconocen la pertenencia del Sáhara Occidental a Marruecos. Y, todo esto sugiere muy a las claras que en el inicio del reinado de Mohamed VI, Marruecos y toda la región del Magreb era mucho más estable que en la actualidad. Cada movimiento en política exterior, presentado como un éxito por Rabat, ha contribuido a generar tensiones y reavivar ancestrales rivalidades. Incluso con el gobierno español que ha cumplido con fidelidad perruna todas las exigencias y sugerencias de Rabat, los Acuerdos de Abraham suponen un foco de desconfianza.

De la misma forma que España está, en el momento de escribir estas líneas, pendientes del giro inevitable que tendrá el gobierno en el pos-sanchismo, en Rabat se permanece a la expectativa de lo que ocurrirá cuando se produzca la sucesión al trono. Y todo induce a pensar que las resistencias y las tensiones regionales aumentarán en el Magreb y en el ámbito islámico.

 

NOTAS

[1] Marruecos había sido el primer país del mundo en reconocer la independencia de los EEUU. El 20 de diciembre de 1777, año y medio después de la Declaración de Independencia, el sultán de Marruecos, Mohamed III, anunció que los mercantes de bandera estadounidense podrían entrar en puertos marroquíes. El anuncio se adelantó apenas un mes al reconocimiento francés. Para mayor información ver en la web de la embajada de los EEUU en Marruecos, History of the U.S. and Morocco”: https://ma.usembassy.gov/history-of-the-u-s-and-morocco/, un largo artículo en el que se describe con minuciosidad el inicio de las relaciones entre ambos países.

[2] “A Guide to the United States’ History of Recognition, Diplomatic, and Consular Relations, by Country, since 1776: Morocco”, artículo sin firma en Office of the Historian. US Department of State, https://history.state.gov/countries/morocco. Como muestra de esta amistad, el sultán regaló en 1821 el edificio en el que se instalaría la embajada americana en Tánger que hoy sigue siendo propiedad del Departamento de Estado y es considerado como su propiedad más antigua en el extranjero… (Cf. “America's oldest ally? Morocco has longest continual relationship with US”, Cody Combs, The National News, 3 de julio de 2026).

[3] Esto explica porque, en Ifni no se utilizaron ni los 250 reactores F-86 Sabre que llegaron a España en 1955, ni los 60 Lockheed T-33 que habían llegado de fábricas norteamericanas el año anterior, ni siquiera los 400 North American T-6 Texan, ni los 26 Beechcraft T-34 Mentor, de hélice, como tampoco se pudieron utilizar los 67 transportes Douglas DC-3 y hubo que recurrir a anticuados aviones que databan de la Segunda Guerra Mundial (los venerables Messerschmitt 109, los Heinkel 111, los Junkers 52 o los aviones de observación Fieseler Storch 152). Esta cláusula “de exclusión” explica también por qué se desarrolló a partir de los años 50 distintos proyectos de la industria aeronáutica española: el caza ligero y avión de bombardeo táctico HA-200 Saeta en sus distintas versiones, el transporte ligero CASA 112 a principios de los 70 que sustituyó a los CASA 201 Alcotán, CASA 202 Halcón y CASA 207 Azor. Contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, la industria aeronáutica española de carácter militar, a pesar de su modestia, tuvo proyectos punteros y ambiciosos que no pudieron desarrollarse, bien por factores económicos o porque, durante la transición, se optó por renunciar a proyectos innovadores. El HA-300 de Hispano Aviación, caza interceptor Mach 2 con ala Delta, que terminó vendiéndose a Egipto y que éste país canceló tras la derrota en la Guerra de los Seis Días, el HA-400 Alacrán de la misma empresa, avión de ataque a tierra y despegue mediante riel en cortos espacios y dos reactores en la parte trasera del fuselaje (que sería sospechosamente similar al Fairchild-Republic A-10 Thunderbolt, caza-tanques norteamericano unos años posterior), el cuatrimotor de transporte HA-500 para uso civil y militar que encontró una réplica en el CASA C-401 con cuatro turbohélices (proyecto que décadas después reviviría en el Airbus A400M), variaciones del Saeta para despegues VTOL prácticamente verticales, varios aviones de entrenamiento, observación y helicópteros de fabricación nacional suplieron las limitaciones de uso del material adquirido a EEUU.

[4] El himno de los marines aún contiene la famosa frase "To the shores of Tripoli" (Hacia las costas de Trípoli).

[5] Véase: “Guerras Berberiscas, los conflictos que pusieron fin a la esclavitud en el Mediterráneo a comienzos del siglo XIX”, artículo on line en http://www.labrujulaverde.com : La llamada «diplomacia de las cañoneras», (…) puso fin a la piratería como medio de vida en el Mediterráneo. Asimismo, Berbería no pudo seguir el ritmo de desarrollo tecnológico naval de Occidente, quedando sus barcos y ejércitos tan atrás que ese mismo siglo Argel (1830) y Túnez (1881) pasarían a ser colonias de Francia, y Trípoli volvería al control otomano (1835) hasta su conquista por Italia en 1911”.

[6]ESPIONAGE: The Murder of Mehdi Ben Barka”, 20 de diciembre de 1975, revista Time.

[7] En Marruecos existieron dos grandes grupos judíos con tradiciones culturales y lingüísticas propias: por una parte, los Toshavim (indígenas) que llegaron tras el año 70, después de las campañas de Tito en Jerusalén, hablaban dialectos bereberes o árabe judío, y se establecieron en las montañas del Atlas pero también en los oasis del desierto; por otra parte, los Megorashim (sefardíes), expulsados de la península ibérica por los Reyes Católicos en 1492 que se asentaron principalmente en ciudades del norte y de la costa (Fez, Tetuán, Tánger, Esauira) y hablaban el ladino. A diferencia de los guetos europeos, los Mellah solían construirse pegados a los palacios reales o gobernaciones locales. Esto permitía a los sultanes ofrecer protección directa a la comunidad frente a los frecuentes pogromos, dada la importancia económica de los artesanos y comerciantes judíos para la Corona

[8] Se entiende por “Majzén”, la red de influencias, políticas, económicas y militares que derivan y tienen su centro en el Palacio Real y en la “corte” del rey de Marruecos. Prácticamente, toda la vida política, económica y militar de Marruecos está controlada y dominada por este entorno.

[9] Azoulay es, seguramente, el judío con mayor poder político en el mundo árabe. Nombrado originalmente en 1991 por el rey Hasán II, era hasta ese momento vicepresidente ejecutivo del banco internacional Paribas en París. Y ha sido el gurú de la liberación económica del país y de los programas de privatización. Es la persona que ha introducido a Marruecos en los mercados globales. Gracias a su prestigio y a la confianza depositada por el Majzén en su gestión, ha convencido a multinacionales e instituciones financieras de que Marruecos es un destino seguro y estable para sus inversiones en el norte de África (André Azoulay – Marruecos, artículo on line, sin firma ni fecha, en https://www.takreem.org/andre-azoulay-morocco/). Durante décadas, ejerció como emisario de confianza de la monarquía para mantener sus discretos canales de comunicación con el gobierno de Israel y con las influyentes organizaciones judías de Estados Unidos. Su hija es la actual directora general de la UNESCO (“André Azoulay, un viejo amigo marroquí de Andalucía”, Redacción, 24 de febrero de 2020, La Vanguardia). Azoulay también ha dedicado buena parte de sus esfuerzos al “frente cultural”. Su trabajo en pro de la cultura judía en Marruecos ha sido notable: se ha preocupado por impulsar la restauración de cara al turismo de los barrios judíos (Mellahs), cementerios e iglesias antiguas. Su objetivo aparente es proyectar la imagen de Marruecos como un “faro de tolerancia y cohabitación religiosa”. Preside el comité ejecutivo de la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo, con sede en Sevilla, institución patrocinada por la Junta de Andalucía y el Reino de Marruecos, creada para mejorar las relaciones bilaterales hispano-marroquíes a través de la diplomacia “blanda” y la difusión de mitos culturales progresistas. Todo esto le ha valido el que el ministro sanchista José Manuel Albares le concediera la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio (“André Azoulay, co-presidente de la Fundación Tres Culturas y Consejero de S.M. el Rey de Marruecos, distinguido con la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio”, publicado en la web Tres Culturas el 11 de abril de 2024).

[10] https://www.arabbarometer.org/

[11] “Un 89% de la población de Marruecos rechaza a Israel”, en https://cidafucm.es/un-89-de-la-poblacion-de-marruecos-rechaza-a-israel/

[12] “Multitudinaria protesta en Marruecos contra la «masacre» de palestinos en Gaza”, AFP, 6 de octubre 2025. En SWI, http://www.swissinfo.ch

[13] Ver “La otra África: rivalidades superpuestas en el Magreb”, por Eduard Soler i Lecha, revista IDEES, nº 56, 28 de enero 2022.

[14] En la lucha contra el fundamentalismo radical, Túnez es un referente para otros países árabes y para Europa”, entrevista a Aldo Olcese por Gabriela González, sin fecha, en Ideas/afkar nº 7, https://www.iemed.org/publication/en-la-lucha-contra-el-fundamentalismo-radicaltunez-es-un-referente-para-otros-paises-arabes-y-para-europa/





lunes, 27 de abril de 2026

POR UN JUICIO OBJETIVO DEL FRANQUISMO: ADAPTACIONISMO Y REGENERACIONISMO


Concluida la Guerra Civil se inicia el “régimen de Franco”. Dicho período comprendido entre 1939 y finales de 1975, es el central en la Historia de España del siglo XX. Es habitual definirlo como una “dictadura”, si bien hay que presentar matices (que, en parte, ya vimos en la primera parte de este estudio). El primero de todos ellos es que no se trató de un período homogéneo, sino cambiante (que ya definimos como una forma de “adaptacionismo político”).

Las tres etapas del régimen están perfectamente marcadas: una primera, entre 1939 y 1942, con un marcado carácter “fascistizante” y la hegemonía de Serrano Suñer, próximo, en política internacional, a los países del Eje, en el que el régimen se adapta a una forma particular de “fascismo” (que hemos llamado “tercer fascismo” y al que hemos consagrado varios estudios en esta publicación) de moda en Europa en ese momento y ante la posibilidad de que los países del Eje resulten vencedores en la Segunda Guerra Mundial. Cuando estos deseos se vieron decepcionados (tras El Alamein, Stalingrado y la entrada de los EEUU en la guerra), se inició la segunda etapa que se prolongará entre 1943 y 1957, es la etapa “nacional–católica, en que se produce un segundo vuelco adaptacionista.

El cambio se decanta hacia lo más parecido al “catolicismo social” que habían promovido los vencedores en los países vencidos (tanto en Alemania como en Italia, las “democracias cristianas” fueron la opción con la que sustituyeron a los fascismos). Se desmantelaron los símbolos fascistas más evidentes y se potenció el papel de la Iglesia Católica a la que se entregaba la legitimidad moral del régimen y el control sobre la educación y sobre la vida pública.

El período nacional–católico fue el de mayor asfixia económica, hasta que, en la última etapa, la presión internacional fue cediendo y España se convirtió en un prometedor lugar de inversión y un aliado seguro de los EEUU en la lucha por la hegemonía mundial durante la Guerra Fría.

Y esto llevó a la tercera adaptación del régimen: tras la firma de los acuerdos con los EEUU de defensa mutua y cooperación, el régimen pudo entrar en los organismos mundiales de crédito creados en la postguerra mundial y, por otra parte, entró capital en España suficiente como para desarrollar la economía y convertir el país en la séptima potencial industrial de ese período. Y, entonces, lo que hizo falta fue: por un lado, terminar de institucionalizar el régimen, rebajar la tensión político–religiosa y colocar cuadros técnicos preparados para esta etapa “desarrollista”. Este último período, fue el “tecnocrático” que se prolongaría prácticamente hasta el final del régimen en 1975.

En general, los historiadores –salvo una minoría excesivamente ideologizada– coinciden que en el franquismo fue un régimen autoritario y no totalitario, ya que permitió cierto pluralismo limitado dentro de las élites (monárquicos, católicos, militares), no existió una componente única que fuera hegemónica a lo largo de las casi cuatro décadas en las que se prolongó y no buscó la movilización permanente de las masas, a diferencia del nazismo o el fascismo italiano.

El elemento determinante de este período fue el objetivo propuesto por Franco en 1936: llevar a España a niveles de desarrollo equiparables con el resto de países de Europa Occidental. Cuando concluyó el régimen con la muerte de Franco, puede decirse que este objetivo se había alcanzado en grandísima medida. Contrariamente a las visiones “ideológicas”, por nuestra parte, sostenemos que el régimen de Franco tuvo un objetivo a largo plazo, exclusivamente económico, de manera preferente y que iba parejo al intento de “reconstrucción nacional” que pretendía el viejo regeneracionismo español al cual, el régimen franquista, se adscribió objetivamente.

Y aquí es donde se inicia una polémica histórica, aún no resuelta, cuya cuestión fundamental es si el régimen fue “regeneracionista” o, simplemente, “autocrático”. Para nosotros está muy claro que Franco se apropió de muchos de la mayor parte del ideario “regeneracionista” para legitimarse, presentándose como la culminación de la “cura” que España necesitaba. Joaquín Costa, el principal intelectual regeneracionista, proponía al “Cirujano de Hierro”, como una figura autoritaria temporal que extirpara los males de la política (oligarquía y caciquismo). Era evidente que Franco asumió ese rol (y las circunstancias sugieren que se trató de un papel que no buscó deliberadamente, pero al que le determinó su historial previo a la Guerra Civil, su “baraka”, y demás azares de su biografía. Todo induce a pensar que Franco nunca fue ni quiso ser un “político”. Su historial de ascensos confirma a las claras que solamente aspiraba a ser un militar, el mejor de su promoción y a ocupar los más altos cargos… en las fuerzas armadas. Nada más.

Pero, además, el leitmotiv del franquismo fue el mismo que el eslogan propuesto por Costa: “Escuela y Despensa”:  priorizar la educación y el bienestar material sobre la política parlamentaria, para justificar la despolitización de la sociedad y centrar el discurso en el desarrollo económico y el orden social. Y en ese punto, cabría decir que el ideal franquista y el del resto de componentes que participaron en la “coalición” que dio lugar el “18 de julio”, coincidían colocando como denominador común de todo el ciclo, la voluntad de “Regeneración Nacional”, buscando romper con la decadencia del sistema liberal anterior: un objetivo que compartían desde 1898 las mentes más lúcidas del país. Cada componente tenía matices propios, connaturales a cada una de las ideologías y tendencias de las que procedían: pero el denominador común era siempre el mismo, llevar a la práctica el regeneracionismo.

Quienes opinan en contra de que el régimen franquista fuera “regeneracionista”, argumentan que fue “antidemocrático”. Sostienen que el regeneracionismo buscaba reformar el sistema, pero que el franquismo eliminó la posibilidad de elecciones libres y fue particularmente represivo y basado en la violencia política y en un aparato represivo. Sostienen que no “modernizó” España, sino que restauró valores tradicionales, con fuerte peso de la Iglesia católica.  Y, finalmente, que la modernización limitada y tardía: el desarrollo económico serio llega décadas después, y no implicó apertura política.

A la vista de todo esto, cabe preguntarse si, cuando Costa sostenía la necesidad de un “cirujano de hierro” creía que éste saldría de unas elecciones libres y que, con mandato de cuatro años, en medio de luchas partidarias, bastaría para “regenerar” España. Por otra parte, al hablar de “regeneracionismo” existen algunas confusiones: “regenerar” no era segar a la “España tradicional”, sino implementar el desarrollo económico y educativo de España. Existe una deliberada malinterpretación del regeneracionismo que consiste en que su propuesta solamente podía ejecutarse tirando por la borda todo lo que había sido España hasta ese momento. Y España, no lo olvidemos, era católica a lo largo de toda su historia desde la “conversión de Recaredo”. Su atraso secular no era un producto de ese catolicismo sino de circunstancias históricas muy concretas. Una de ellas, desangrarse durante los siglos XVI y XVIII en defensa de la catolicidad, no a causa de la catolicidad, sino en lucha contra otros países. Nadie, ni el propio Costa creía en que fuera posible una “regeneración” de guante blanco: en su propia idea de un “cirujano de hierro”, veía un “momento” traumático en la aplicación de los principios que proponía y que, él mismo, reconocía que no serían compartidos por la totalidad de la población.

Así pues, dejemos claro, desde el principio, que en el franquismo existió esa deliberada voluntad regeneracionista. Y que si el desarrollo económico se limitó a un período “tardío” (finales de los años 50) se debió, sobre todo a circunstancias internacionales. En efecto, en los años 40 se ha critica que el régimen fuera “autárquico”: en realidad no tenía otra salida y, la realidad de los hechos, impulsó un modelo de autosuficiencia. No es que, el desarrollismo de los años 60 hubiera supuesto el “despertar” del régimen, sino que solamente fue posible en ese momento gracias a cuatro elementos:

1º. La firma de los acuerdos con los EEUU.

2º. El fin del cerco internacional.

3º. La culminación de la reconstrucción de Europa Occidental tras la guerra mundial,

4º. La Ley de Inversiones Extranjeras de 1959 que, junto con el Plan de Estabilización, España abrió su economía a excedentes de capital y a inversionistas en busca de nuevos destinos particularmente rentables.

El “aislamiento internacional” fue el castigo que sufrió el régimen de Franco por haber apoyado al Eje en el primer momento de la Segunda Guerra Mundial. La “teoría de las dos guerras”, a la que ya hemos aludido en la primera parte de este estudio, chocó con la creación de las Naciones Unidas y del Nuevo Orden Internacional: en efecto, el régimen se había declarado “neutral” ante el conflicto entre el eje y los aliados occidentales, pero seguía considerando a la URSS como responsable de la Guerra Civil y cuando estalló el conflicto germano–soviético, Franco apoyó al Eje enviando la División Azul de voluntarios a Rusia: no fue, por tanto, neutral.

Pero, el Nuevo Orden Mundial cristalizado con la instauración de las Naciones Unidas (remedo relativamente mejorado de la Sociedad de Naciones), hizo de las cuatro potencias vencedoras, los garantes de la nueva situación y, una de ellas, la URSS, apoyada por una Francia que debía mucho a los exiliados republicanos españoles que habían participado en la última fase de la “resistencia” anti-alemana y donde la izquierda alcanzó un peso decisivo tras la guerra, impulsaron el “cerco internacional”. En el Reino Unido, el Partido Laborista (que durante la Guerra Civil había apoyado el envío de las Brigadas Internacionales, una de cuyas compañías llevaba su nombre), encabezado por Clement Atlee se prolongó desde su contundente victoria electoral en julio de 1945 hasta octubre de 1951 e hizo todo lo posible para mantener un “cinturón sanitario” en torno al franquismo. Bajo el liderazgo de su secretario de Exteriores, Ernest Bevin, el Reino Unido apoyó la exclusión de España de la ONU en 1945 y participó en la retirada de embajadores de Madrid en 1946 como señal de desaprobación. A medida que la Guerra Fría iba concretando sus frentes, el Reino Unido y el propio Atlee rebajaron esta hostilidad, hasta que, finalmente el regreso de los conservadores implicó una modificación de estas políticas.

En la medida en que el acta de constitución de la ONU establecía que cinco naciones tendrían derecho de veto (Estados Unidos, Reino Unido, Unión Soviética, Francia y la República de China (en ese periodo representada por el gobierno nacionalista, que posteriormente se trasladó a Taiwán), bastaba con que una lo pusiera sobre la mesa para impedir el acceso a la nueva entidad internacional de una u otra nación. Durante estos primeros años, la Unión Soviética fue el país que más utilizó el veto. El primer veto de la historia lo emitió la URSS el 16 de febrero de 1946 respecto a la situación en Líbano y Siria. Países como Estados Unidos no ejercieron este derecho por primera vez hasta mucho después (en 1970) y en cuanto a Francia y el Reino Unido utilizaron sus primeros vetos para bloquear resoluciones relacionadas con la invasión de la zona del Canal de Suez. La URSS usaba el veto con frecuencia para bloquear la admisión de nuevos estados, entre ellos España. Y México, ya durante la Conferencia de San Francisco, había lanzado una propuesta especialmente dirigida contra España.

Todo esto generó que, entre 1945 y 1950, España fuera excluida de la ONU y de los planes de reconstrucción europea (Plan Marshall). Pero el estallido de la Guerra Fría en 1948–49, modificó esta situación. El anticomunismo de Franco le valió la alianza con Estados Unidos. En 1953 se firmaron los Pactos de Madrid, que establecieron bases militares estadounidenses en suelo español, y en 1955 España ingresó en la ONU.

En los años 60, puede decirse que ya habían quedado atrás las lacras y los lastres de la Guerra Civil. Alguien ha dicho que fueron “años tranquilos”, en realidad, el elemento dominante fue la euforia económica, los “planes de desarrollo”. Fue la época de “los tecnócratas” procedentes de una fuerza que no había participado en la coalición del 18 de julio, el Opus Dei, prácticamente irrelevante en 1936.

Aquí vale la pena realizar un distingo que no suelen hacer algunos historiadores: es necesario distinguir entre los “nacional–católicos” y el Opus Dei; no solamente no eran lo mismo, sino que, muy a menudo, sus posiciones eran contradictorias. Mientras que los primeros tendían a una visión tradicionalista de la Iglesia y se mostraban interesados por la pureza católica de las costumbres, los miembros del Opus Dei, salidos de centros universitarios que impartían formación técnica y, especialmente, presentes en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y en la Universidad de Navarra, apostaban por el desarrollismo y las soluciones técnicas a los problemas.

En otras circunstancias, es posible que esta minoría opusdeísta no hubiera jugado nunca un papel determinante en el desarrollismo (si las otras componentes, los falangistas, los carlistas, los monárquicos, hubiera dispuesto de cuadros técnicos suficientes como para garantizar el curso del desarrollo económico: pero no los tenían) y Franco, con su irreprimible pragmatismo, optó por ellos a la hora de constituir los gobiernos de los años 60.

Pero, en 1967 era evidente que el tiempo pasaba, Franco, poco a poco, iba envejeciendo y empezaba a plantearse lo que ocurriría después. Así que el régimen optó por completar su cuadro legislativo (las Leyes Fundamentales) con la Ley Orgánica del Estado. Aprobada ésta, en 1969, Franco nombró como su sucesor al príncipe Juan Carlos de Borbón, a título de Rey. Era el intento de perpetuar el régimen (un “franquismo sin Franco”) tras su muerte.