Mostrando entradas con la etiqueta progresismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta progresismo. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de septiembre de 2025

LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO (5) – Los cambios sociales: desandar lo andado


Los cambios que se están produciendo en la actualidad en el terreno socio-cultural son el resultado del fracaso absoluto e incontestable de los anteriores “avances progresistas”. Si estos hubieran dado resultado y contribuido a la cohesión de las sociedades, a su fortalecimiento, a un aumento del nivel cultural de la población, a una drástica disminución de la criminalidad y a todos los beneficios augurados por sus predicadores, hoy tendríamos “progresismo” para toda la eternidad. Pero ha ocurrido justo lo contrario.

ROUSSEAU “EL INFELIZ”, EL TEÓRICO DEL “BUEN SALVAJE”, 
COMO PUNTO DE ARRANQUE

Obviamente, el “progresismo” se ha negado a cualquier autocrítica. Siempre ha querido “ir más allá”, a pesar de que cada paso adelante, acercara más a la humanidad al borde de un precipicio. Desde que irrumpió en la historia con Rousseau y su mito del “buen salvaje”, el hombre que lanzó el principio de la igualdad, de la bondad humana universal y de la felicidad del hombre primitivo en su caverna, se sabe que todas estas zarandajas no son más que alucinaciones de un individuo provisto de un carácter anómalo y solitario que había construido una “realidad aparte”, nacida, no de la observación del mundo, sino de sus propias obsesiones y fantasmas interiores.

Rousseau el responsable del “mito progresista” (había precedentes como Amos Comenius -hoy endiosado por la UNESCO- que ya en el siglo XVII dio los primeros pasos para la demolición de la enseñanza tradicional) es descrito como solitario, con un carácter difícil, manía persecutoria y egocentrismo, lo que le llevaba a acusar a otros y sufrir desprecio y destierro por sus ideas. Su vida personal estuvo marcada por la infelicidad, la inestabilidad y la contradicción entre su obra y sus actos. Su egocentrismo lo llevaría a no reconocer errores, sino a negarlos y a convertirse en apologeta de sí mismo. Su drama permanente, dramático y absurdo, es que buscó la felicidad, pero su propio carácter haría que ésta se le escapase como agua entre las manos. Hoy se tiene la seguridad de que Rousseau sufría Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad y se acepta que, en el terreno que le era propio, la filosofía, fue el “menos académico” de todos los filósofos. Desperdició su inteligencia construyendo un modelo que explicara por qué él era desgraciado e infeliz y, como siempre hizo a lo largo de su vida, atribuyó a otros sus desgracias personales, por mucho que es evidente que su carácter era el único responsable. Describir al ser humano como “bueno” por naturaleza, pero al que la sociedad vuelve “malo”, no surgió de observaciones empíricas, sino más bien de intuiciones, hipótesis personales, autojustificaciones y fantasías derivadas de sus trastornos psicológicos.

LA INTERPRETACIÓN MAXISTA R.I.P,
EL CONTRATO SOCIAL SIGUE VENERÁNDOSE

Caída en el desprestigio la teoría marxista, la izquierda -desde la socialdemocracia hasta el anarquismo- tienen a Rousseau, tan rarito como ellos, como “faro y guía”. Su teoría más famosa, expuesta en El contrato social, establecía que toda Autoridad política solamente puede proceder del acuerdo entre individuos libres e iguales… Esto conducía a la democracia cuantitativa. Su falta de método le impidió definir lo que era “libertad” e “igualdad”: lo dio por sentado sin someterlo a la crítica que todo filósofo debe exigirse a sí mismo.

Si lo hubiera hecho, habría advertido, que en el mundo real gobierna el principio de la desigualdad y si hubiera conocido la filosofía clásica habría sabido que “dos seres completamente iguales, no son dos seres, sino un mismo ser”: opinaba que esa “igualdad universal” podía restablecerse mediante la educación y la reforma de las instituciones.

Sobre la educación, Rousseau se limita a introducir algunas modificaciones el sistema pedagógico de Comenius: sí para éste, el niño debe ser educado mediante imágenes que le susciten deseos de paz y amor, para Rousseau basta con que el niño viva feliz en el seno de un mundo que no lo es, para que así aprenda, ya de adulto, a construir ese mundo feliz…

Sobre la igualdad, haciendo abstracción de todas las desigualdades (étnicas en principio, como bien saben genetistas y médicos; intelectuales, como bien saben los psicólogos; morales como saben los criminólogos; sociales, culturales, físicas, etc., para las que basta tener ojos y observar) existen aquí y ahora y no desaparecen con la educación (ante la misma educación que reciben los alumnos de una clase, hay respuestas diversas), haría falta saber si lo que se está imponiendo en la actualidad no es un una “igualdad en la excelencia”, sino más bien una “igualdad en la vulgaridad”. Y preguntarse, finalmente, si la “ideología roussoniana” no es la responsable de que individuos cada vez más mediocres y tarados mentalmente tiendan a ocupar puestos de responsabilidad, elegidos por “sus pares” (esto es, por individuos tan tarados como ellos, en los que se reconocen y apoyan).

Estas son las fuentes del “progresismo” que trescientos años después del nacimiento de Rousseau y, tras trescientos años de una tozuda realidad que desmintió todas y cada una de sus tesis, sigue influyendo en la cotidianeidad y en los sistemas políticos.

EL PROGRESISMO SE SIENTE FUERTE Y PISA EL ACELERADOR

Pero el problema es que, desde finales del siglo XX, el progresismo se creyó lo suficientemente fuerte como para “pisar el acelerador”. Podía hacerlo: las redes sociales todavía no estaban muy extendidas, pero ya empezaban a estar sometidas a censura y, por otra parte, consideraban que al ser algo “nuevo”, sería, inevitablemente un “vehículo de progreso”; además, el clima internacional era favorable: desde 1945, la ONU había insistido en que era el embrión de un “gobierno mundial”, la UNESCO proclamaba la “igualdad universal”, incluso que las razas no existían, multiplicaba sus llamamientos al “ecumenismo” y la formación de una “religión mundial”; la globalización económica parecía imparable y se tenía la presunción de que las deslocalizaciones de Oeste a Este y la inmigración masiva de Sur a Norte y de Este a Oeste, contribuirían a la “igualdad universal”, incluso desde el punto de vista económico-social; el “multiculturalismo” (que solo prosperó en Occidentes) era orgullosamente proclamado por los agentes mundialistas; en 1994 se había producido el fin del apartheid en Sudáfrica (que, en realidad era: “desarrollo por separado” de cada grupo étnico). Las grandes fortunas, educadas en la London Economic School, de obediencia fabiana, compartían estos criterios y alimentaban a una telaraña de ONGs al servicio del “relato oficial”. La consigna en aquel momento era que había que “salvar al planeta”.

Todos compartieron -como por casualidad- los “objetivos del milenio” proclamados por la ONU en la pomposamente llamada “Cumbre del Milenio” (septiembre de 2000): erradicación de la pobreza, la educación primaria universal, la igualdad entre los géneros, la mortalidad infantil, materna, el avance del VIH/sida y el sustento del medio ambiente. ¿Quién podía negarse a implicarse en estos “nobles ideales”. En 2015, por ejemplo, había que erradicar por completo el hambre en el mundo (y en cierto sentido se logró: hoy el sobrepaso es el gran problema africano).

 Era evidente que la mayoría de estos objetivos solamente podían ser comprendidos en Occidente. En su conjunto, un cuarto de siglo después, el balance es mas que discreto: se ha producido una igualación creciente en la renta, pero de forma desigual y solo en Occidente; las clases medias son más pobres y la vida se ha encarecido, mientras que en el antiguo Tercer Mundo, la pobreza mejora solo muy ligeramente, pero las oligarquías mafiosas cada vez son más fuertes; efectivamente, la educación se ha extendido casi universalmente, pero ni remotamente puede afirmarse que haya servido para algo a la vista de que el nivel cultural y la capacidad crítica están mucho peor que a mediados del siglo XX. Sobre la “igualdad de géneros”, ha progresado en todo el mundo, salvo en zonas islámicas y en el África negra. La mortalidad infantil, está a mínimos en el antiguo Tercer Mundo, sin olvidar que, en Occidente, el sistema económico-social impide, en la práctica, tener hijos y ningún gobierno hace nada para estimular la natalidad de la población europea tradicional.

Las experiencias obtenidas con la promoción de los “Objetivos del Milenio” demostró que los medios de comunicación y la industria del entertainment, podían transmitir sugestiones a voluntad especialmente generadas por lo que podemos llamar “centros progresistas de poder mundial”. Estos “centros” tienen su núcleo duro en la casta funcionarial de la ONU y de la UNESCO, sus promotores en las élites económicas formadas en la London Economic School y articuladas en “estados mayores” de información (Foro de Davos, Club de Bildelbrg, Comisión Trilateral, Club de Roma, Council Foreing Relations, etc.), verdaderas correas de transmisión de las élites económicas y de los centros de poder a los gobiernos; el “trabajo de base” era ejecutado por los interesados “soldados de a pie”, tropas bien alimentadas compuestas por buena parte de las ONGs internacionales y en las siglas de la izquierda.

Toda esta estructura monstruosa, aprendió de los “Objetivos del Milenio”, de sus fracasos y de su impacto limitado y procedieron a las rectificaciones correspondiente. El resultado fue la Agenda 2030 y sus 17 “objetivos para el desarrollo sostenible” (ignorando que una “desarrollo sostenible” e ilimitado como está explícito es incompatible con un planeta de posibilidades limitadas) con el objetivo de proteger el planeta y garantizar la paz y la prosperidad para todas las personas para el año 2030…

La Agenda 2030 se adoptó en 2015, en el curso de una reunión en la que participaron 193 países de las Naciones Unidas. Por España firmó el gobierno por entonces en manos del PP: y lo firmó -como la mayor parte de los gobiernos- presionado por el carácter que se presuponía “neutral” de Naciones Unidas y sin meditar mucho lo que firmaba. Pero, contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, la ONU no es un “foro de naciones”, sino más bien una organización internacional en manos de una casta funcionarial con sus obsesiones, sus planes propios y sus objetivos enunciados por criterios “progresistas”. Y otro tanto puede decirse de la UNESCO. Por otra parte, como cualquier jurista sabe, lo importante no es redactar una “ley justa” (más o menos), sino desarrollar los reglamentos para su aplicación. Y esto corrió a cargo de la casta funcionarial. En la mayoría del planeta, la Agenda 2030 no se tomó en serio, ni siquiera se consideró; sólo en los países de “Occidente” se convirtió en una influencia exterior que se proyectó sobre las políticas interiores de los gobiernos.

El “progresismo” creyó que era dueño del terreno de juego y, como hemos dicho, “pisó el acelerador”. En meses, políticas erráticas se convirtieron en dogmas de fe: el “indigenismo”, la “liberación de la mujer”, la promoción de “nuevas masculinidades”, el complejo LGTBIQ+, el “género como constructo social”, el wokismo (lo negro es hermoso y lo blanco criminal, colonialista y debe pagar), la perversión del idioma (el atribuir significados nuevos a palabras viejas), los “derechos adquiridos e irrenunciables por el mero hecho de nacer” (la idea del Salario Mínimo Vital sin dar nada a cambio), la idea de que la humanidad era una peste que había que eliminar ¡para salvar el planeta!, la doctrina del cambio climático antropogénico (al que la Agenda 2030 atribuye todos los males, empezando por la violencia machista) que ni siquiera está confirmado, pero que la “progresía” da como “evidente” (con casi 127 investigados y 41 detenidos como “pirómanos”, con las directivas comunitarias que impiden la limpieza de los bosques y las restricciones a la ganadería en la Europa de la UE, ¿qué porcentaje de incendios ha sido generado por el “cambio climático”?), si hay sequía es por el “cambio climático”, si llueve es por el “cambio climático”, si se incendian los bosques es “por el cambio climático”, si sube medio milímetro el “nivel medio” del Mediterráneo se debe a la “huella de carbono” (¡como si fuera posible conocer al milímetro el “nivel medio” de un ar!). Se extrapolan cifras, se falsean datos y se construyen hipótesis de futuro aterradoras. Surgen personajes grotescos como una niña rechoncha, grita y fea cuyos padres la han convertido en modelo reivindicativo, o una exalcaldesa torpe, sin ideas, zafia y carente de cualquier formación, con los estudios abandonados, con una pobrísima carrera televisiva, y una gestión nefasta al frente del ayuntamiento (fue ella la que mantuvo en todo su mandato el “Welcome refugies” y convirtió BCN en capital mundial de la ocupación) que sirven tanto para un roto como para un descosido: tan pronto están en una manifa a favor de la okupación, como en un acto contra el racismo, dan una charla sobre el cambio climático a un público entregado, o hacen como si fueran a “ayudar al pueblo gazatí”… son las tropas de a pie de la “oligarquía progresista” y de “barrigas agradecidas” salidas del submundo de las ONGs.

Mas de un lustro después de iniciarse la difusión masiva de estas ideas-fuerzas, ya pude constatarse su resultado sobre las sociedades: el programa roussoniano ha resultado ser un auténtico, total y absoluto fracaso. Puesto en práctica sólo en “Occidente”, este programa ha generado, a la vista de sus efectos, en pocos años un rechazo tan absolutamente decidido que, incluso sectores e intelectuales que hasta no hace mucho compartían los puntos de vista “progresistas”, han recapacitado pasando al bando conservador.

Las sociedades occidentales han perdido cohesión y solidez interior, en todos los temas en donde existían creencias bien arraigadas que, poco a poco, habían encontrado justificación y sustento en la ciencia (en la genética por ejemplo, para la que existen cromosomas X y cromosomas Y que determinan la identidad sexual), han sido barridos con los razonamientos s más peregrinos y las teorías más simplistas elaboradas por verdaderos anormales: hoy cada día es posible cambiar de “identidad sexual”, incluso para eludir cualquier responsabilidad y beneficiarse de las políticas de “discriminación positiva”. La delincuencia se terminó atribuyendo a la “pobreza” y desvinculándola completamente y contra toda lógica del grupo étnico. Se ha llegado a prohibir la publicación del grupo étnico de los violadores y las noticias sobre delincuencia son lo contrario de lo que enseña en las facultades de ciencias de la información (¿quién?, ¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿por qué?). El “relato” ha terminado dominando, sometiendo al dato objetivo a un segundo plano o a ser ignorado. El relativismo de todos los valores ha terminado por desvincular a las sociedades de cualquier criterio estable, racional, razonable, que era precisamente lo que aportada estabilidad y viabilidad. La anormalidad, la locura, el parasitismo, las excentricidades de enfermos mentales, se habían convertido en lo cotidiano.

Y entonces se produjo la reacción.

Las fantasías que la “progresía” iba repitiendo desde los tiempos de Rousseau, al creer que ya existía un clima adecuado para “el tránsito de la Era de Piscis” a la “Era de Acuario”, la “nueva era” (creencia que está tras los desvaríos de la élite funcionarial de la ONU y la UNESCO), creyeron poder acelerar la implantación de los cambios, con la excusa de la Agenda 2030. El resultado no ha sido el que esperaban: sino unas convulsiones agónicas, incluso mucho más extremas de lo que algunos garantizábamos desde el principio del proceso.

Hoy estamos viviendo la introducción a la primera parte de la reacción conservadora. O, más bien, la irrupción del “nuevo conservadurismo”. Rouseau empieza a ser cuestionado.










jueves, 2 de febrero de 2023

Psicopatología del antifascismo. Entre el complejo de culpabilidad y la frustración

Lo que “yo soy” -intolerante, dictatorial, degenerado, violento, frustrado, cabronazo- lo proyecto sobre “el otro” y así me “libero” del peso de la culpa. Así surge el “antifascismo” (y, por extensión, todos los “antis”). Detrás de cualquier forma de irracionalidad (y el antifascismo lo tiene impreso a fuego) lo que existe es una enfermedad del alma. No es raro que la izquierda progre, en sus distintas variedades, esté unida por el “antifascismo”, precisamente para ocultar el fracaso de sus políticas y su orfandad doctrinal. Pasen y vean porqué un “antifa” debería tener una sala propia en el “museo de los horrores políticos”…

*     *     *

Amadeo Bordiga, secretario general del Partido Comunista Italiano en los años 20 y disidente del estalinismo decía literalmente: “Lo peor del fascismo será el antifascismo”. Esta sentencia queda confirmada por el seguimiento de las páginas “antifas” de la web y por el día a día del pedrosanchismo. Hasta la aparición del Internet, el antifascismo era un residuo impenetrable al que solamente sus últimos mohicanos prestaban atención. Internet lo ha convertido en la ventana abierta de una patología social, relativamente compleja en unos casos y más simple que el mecanismo de un botijo en otros.

Pero ¿qué es el fascismo?

Hablando con propiedad, el fascismo fue el movimiento político italiano creado por Benito Mussolini de procedencia socialista, por los futuristas y por los nacionalistas italianos después de la Primera Guerra Mundial y que gobernó Italia durante 20 años, cohabitando con la monarquía de los Saboya y teniendo una prolongación de apenas dos años en la República Social Italiana. Así pues, históricamente no hubo más fascismo que éste.

Desde el punto de vista de las tipologías políticas se conoce por generalización abusiva como “fascismo” a los movimientos que, en líneas generales, tienen un alto grado de similitudes con el fascismo italiano y en esto entran movimientos muy diversos, todos los cuales tienen como características comunes: nacionalismo, movimiento de masas, interclasismo, anticomunismo y voluntad de llevar a la práctica una política social avanzada que pudiera rivalizar con la agitada por la izquierda. Las componentes de estos movimientos, que se dan en todas las formas de fascismo, proceden de sectores de la izquierda, de la burguesía y de los excombatientes de la Gran Guerra.

Hay distintas interpretaciones históricas sobre el fascismo. Una de las más interesantes es la del profesor Zeev Sternhell a la que dedicó cuatro de sus obras. La tesis de Sternhell afirma que el roce con el poder y el ejercicio del poder, contaminaron al fascismo y lo desviaron de su esencia original. Por tanto, no es en Italia ni en Alemania donde puede estudiarse formas químicamente puras de fascismo, sino en Francia donde éste movimiento no llegó al poder (y por tanto, no rectificó su línea según las componendas necesarias en toda gestión del poder), pero sí tuvo una larga gestación ideológica muy anterior que se inicia con disidentes del socialismo (desde Proudhom a Henry de Man), con la aparición del nacionalismo integral de Maurras y con los llamados “no conformistas de los años 30” (el grupo Ordre Nouveau, Esprit, etc.). Para Sternhell no hay duda de que el fascismo fue un movimiento político de nuevo cuño, alternativa a la derecha y a la izquierda.

Pero existe una tercera forma de fascismo, que más que una catalogación política o ideológica supondría un adjetivo de propaganda lanzado contra tal o cual adversario. Se sabe, por ejemplo, que cuanto más virado a la izquierda está un partido, más amplio considera el “espectro fascista”. Para HB “fascismo” es, desde el PSOE hasta la falange, incluyendo al PP, al PNV y al turista que pasaba por ahí y que no había sido recibido con un aurresku. Antes de la Segunda Guerra Mundial vimos a los estalinistas llamar “social-fascistas” a los partidos socialdemócratas y, por extensión, fascismo sería toda forma de prevención contra el comunismo, incluso la más tibia.

Quienes consideran la primera definición de fascismo se centran en el análisis histórico rigorista; quienes asumen la segunda, preferencialmente, contemplan los aspectos ideológicos y doctrinales del fascismo. Ambas son posturas razonables que no presuponen una adhesión a los principios del fascismo ni a ninguna organización fascista. Es la tercera opción la que nos permite ver en quienes la sostienen una psicopatología, esto es “enfermedad del alma” o “perversión de la mente”.

En la mentalidad de quien se define como “antifa” hay algo averiado y sombrío. Que el antifa no es el único sometido a la patología social que vamos a definir, es claro y cristalino. Podemos decir que la entrada de un virus dentro del organismo puede afectar al anfitrión de muy distintas maneras, dependiendo del estado de su sistema inmunológico y, desde la “pandemia” lo sabemos, también existir “asintomáticos”. Sin embargo, en aquellos otros en los sus defensas naturales han dejado de existir, ese virus puede ser mortal. Es lo que les ocurre a los antifascistas

Antifascismo uno y múltiple

El antifascismo es un fenómeno único en la historia reciente de las ideas. De hecho, ya hemos dicho que no es una idea, sino una “patología del alma”. Normalmente, el antifascismo aparece en aquellos individuos que cuyas “defensas” han sido debilitadas por la bacteria de la “corrección política” que ha anidado entre sus neuronas y les impide el normal fluyo del pensamiento. Esta “bacteria” genera bloqueos en determinadas áreas del cerebro y predispone para que el virus del antifascismo cause estragos en unas “pequeñas células grises” que no logran establecer las conexiones neuronales habituales en un cerebro sano.

Lo importante, en cualquier caso, es señalar que el antifascismo sólo aparece en mentes aplanadas (y aplatanadas) por lo políticamente correcto y sólo en ellas. Una mente que trabaja con parámetros aceptables de racionalidad, lógica, sentido común y capacidad para encadenar silogismos, nunca aceptará ni el pensamiento único, ni lo políticamente correcto y, por tanto, estará dotado de defensas naturales para rechazar otros estados degenerativos del cerebro.

Así pues, en toda forma de antifascismo hay una renuncia y una imposibilidad, nacidas de la propia dolencia: al sujeto afectado le resulta imposible pensar más allá del límite marcado por lo políticamente correcto, como si esa frontera fuera un finís terrae, más allá del cual solamente existe un área incógnita que más vale no adentrarse ni conocer. Esto le genera apriorismos que le impiden ver la realidad tal cual es, esto es, con objetividad.

Existe problema da lugar a tres tipos de antifascismo, según su intensidad y origen:

1) El antifascismo inercial: es el propio del ciudadano medio que sigue pasivamente la política, no se preocupa ni por adoptar una posición activa –salvo en muy determinadas ocasiones, siempre en episodios de masas– ni por las causas últimas, le basta con que los “líderes de opinión” sean más o menos antifascistas como para adherirse a esa corriente general. A fuerza de oír hablar de “fascismo” y de identificarlo con el mal absoluto, su falta de energía mental le lleva a aceptar la consigna atribuida al Gran Hermano: “No pienses, el gran hermano piensa por ti”. Y el Gran Hermano dice que el fascismo es malvado, por tanto, hay que condenarlo. Es una forma de ser antifa, pero sin ejercerlo. Una parte sustancial de la sociedad está aquejada de esta enfermedad del alma que, en el fondo, no es sino una forma de pereza mental.

2) El antifascismo político: es mucho más consciente que el anterior, habitualmente es utilizado por los agitprop de los partidos para lanzar la acusación de “fascista” sobre el adversario. También por determinadas ONGs que tildan de “fascismo” a todo aquel que discute sus razonamientos. Estas ONGs, de la que el “Movimiento contra la Intolerancia” o “SOS Racismo”, son la caricatura más chusca, sostienen que los medios de comunicación, los gobiernos, las policías y la propia sociedad, ocultan la realidad: el fascismo, con sus secuelas, xenofobia y racismo, está vivo y activo y ataca desde las sombras. Cualquiera que llame a la sede de estas ONGs y denuncie que “ha tenido noticia de que un primo de un cuñado, de un hermano del portero de la casa en donde vive el chico que sale con su hermana, ha oído que en la discoteca en la que se emporra cada sábado ha habido una trifulca y un pelao le ha metido dos buchantes a un nano que lo dejado cucufati…” verá como su “denuncia” es registrada por los escribas de estas ONGs y utilizada para avalar su “trabajo” que, obviamente, merece ser recompensado con jugosos subsidios que, por cierto, nadie controla. ¿Para qué confirmar datos surgidos de nadie sabe dónde? El fascismo es intrínsecamente perverso, por tanto, cualquier cosa que se ponga en su haber será incuestionablemente cierto e incluso resultará legítimo inventar episodios inexistentes para concienciar a la sociedad sobre el mal absoluto.

3) El antifascismo visceral: es el propio de los que hacen del antifascismo el eje de su vida. Si le pedís a un okupa, o a Ada Colau, su madrina, que se defina políticamente, lo primero que os dirá es “Colega, yo soy antifa”. Eso es todo. La variedad inferior de este espécimen es la que conecta independentismo con antifascismo. En estos, el virus es donde ha generado más estragos mentales. Vale la pena ver las webs de los independentistas catalanes y vascos en donde el primitivismo y el irracionalismo propio de todo nacionalismo (el nacionalismo es sólo víscera, sentimiento, emotividad y mitología ad hoc) se unen las consideraciones antifas. Para un independentista, “facha” es todo aquel que no se muestra del todo decidido a meter a un país en la centrifugadora. Alguien que haya decidido no hablar castellano en Catalunya es un “facha” y, poco importa, si tiene argumentos suficientes como para negarse a aprender catalán o renunciar voluntariamente a hablarlo. Es facha y punto. Así lo sentencian los talibanes de la lengua.

Podríamos hablar de una cuarta variedad de antifascismo, minoritaria y, esta sí, exigua, que nos impide unirla a las tres anteriores. Es el antifascismo del que hacen gala algunos que conocen perfectamente el fondo ideológico del fascismo, pero temen mostrar su adhesión a él, o bien son conscientes de su incapacidad para ser fascistas. He visto periodistas que hubieran amado tener una vida aventurera como muchos de los “fascistas” a los que han conocido. Investigaban sus andanzas para sorprenderse de hasta qué punto algunos militantes que en los años setenta y ochenta seguían fieles al fascismo, eran capaces de asumir. Para estos el “vivir peligrosamente” era un estilo de vida, mucho más que una frase hecha o una consigna. Conozco más de media docena de periodistas, vivos y muertos, que responden a esta característica, muestra excesivamente pequeña como para que de ella se pueda extrapolar una categoría universal.

Así mismo, he visto a otros, militar en grupos fascistas en los años 60, hacerlo con obstinación y convicción ideológica, hasta el día en que llegaron a la universidad y percibieron que en aquella época o se era militante de izquierdas o resultaba imposible llegar a fin de curso sin ser agredido. Además, en aquella época, los grupos de izquierda, como reclamo principal, tenían chicas… había gente incapaz de ligar y de tener el aplomo suficiente para acercarse a una mujer, que solamente podía experimentar ese calor en un grupo de izquierdas (claro está que, a partir de 1977, el grueso de militancia política femenina se decantó hacia Fuerza Nueva especialmente en Madrid, coincidiendo esta decantación con la desmovilización de la izquierda militante). Muchos militaron en esos grupos de izquierda, tuvieron que leer obras infumables de Nikos Poulantzas, Castoriadis, Debray, o las soporíferas resoluciones de la IV Internacional, simplemente para poder ir de intelectuales ante las ricashembras de la izquierda y llamar su atención recitando las mejores filípicas antifascistas como el palomo atrae a la paloma con su gorgojeo. A todos estos –que no fueron pocos pero que ya no son– les podemos llamar “antifascistas por vía vaginal”. “Quico el progre” (el personaje ideado por el fallecido Perich) tenía mucho de esto y no era, desde luego, una caricatura, sino la quintaesencia de los pobres diablos que recorrían la hoy mitificada “oposición democrática al franquismo”

La psicopatología del antifascismo

El alma antifascista, hoy, en el siglo XXI, oscila entre el complejo de culpabilidad y la frustración.

Un complejo de culpabilidad consiste en albergar la íntima convicción en el subconsciente de que se es culpable (por cualquier motivo: por pensar como un proletario y vivir como un burgués, por no vivir de papá y de mamá, pero ser incapaz de demostrarles aprecio, estima y cariño, por solidarizarse con la última “lucha de liberación” que se da en el último rincón del globo, pero ser incapaz de ir más allá, de esforzarse algo más o de llevar la solidaridad hasta extremos concretos y apreciables, y así sucesivamente).

Hay un hecho sociológico que vale la pena señalar: la abundancia de individuos que han recibido una educación cristiana, que pueden encontrarse en ambientes antifascistas. De hecho, todo el independentismo catalanista actual tiene una matriz boy-scout que deriva de órdenes religiosas que en los años 60-90 inspiraron a este movimiento y le imbuyeron valores “cristianos”.

Los cristianos “comprometidos” han sido educados en la noción de “pecado”. El pecado es una falta por acción, omisión, pensamiento, etc. Un ser humano, simplemente por el hecho de levantarse de la cama, cuando preferiría seguir descansando, peca (pecado de pereza). La noción de pecado y la imposibilidad a escapar al pecado, induce a un complejo de culpabilidad permanente. De ahí la importancia del sacramento de la confesión y de la absolución. Es como pasar la conciencia por la lavadora. Supone hacer tabula rasa para disminuir la sensación de culpabilidad, generando, al mismo tiempo, “propósito de enmienda”. Desde el punto de vista psicológico, era preciso compensar el omnipresente riesgo de pecar con un remedio limpiados y, al mismo tiempo, con una enseñanza moral para mejorar el comportamiento. “Yo peco, sé que he pecado, me confieso, escucho los consejos morales del sacerdote, cumplo la penitencia, salgo renovado del templo”. La habilidad del cristianismo ha consistido en desbloquear la psique de las tendencias más bajas y considerar la vida como “un camino de perfección”. Lamentablemente, esta concepción no es la que hoy está vigente en la sociedad. ¿Qué ocurre, pues, con alguien que “peca”, que sabe que ha hecho o pensado algo de manera incorrecta o, simplemente malvada, y que carece de la posibilidad de “lavar su conciencia”, mediante una concepción del mundo que le anime a seguir por el “camino de perfección”?

Habitualmente, los complejos de culpabilidad crean un descenso en la autoestima que puede llegar incluso a la depresión o al suicidio. Desde el punto de vista psicológico es fundamental que quien está aquejado de un complejo de culpabilidad sea capaz de reconocerlo, mucho más que de mantenerlo latente en los corredores más sombríos de su psique. La vida psicológica sana y normal es incompatible con la existencia de profundos complejos de culpabilidad. El proceso mental con el que la mente se resguarda de los efectos deletéreos de estos complejos es mediante la sublimación de los mismos: “Si, yo soy culpable porque me mato a pajas… si, yo soy culpable porque no hago lo suficiente por los niños del Brasil, sí, yo soy culpable por que el mundo sufre y yo estoy aquí tan contento viviendo de papá y mamá… pero –y aquí viene la sublimación– hay otros que son MAS CULPABLES QUE YO: los fascistas, por ejemplo”.

Este proceso de sublimación conduce a la primera forma de antifascismo psicológico. ¿Qué es un antifa? Muy sencillo: alguien culpable de algo, que ha desterrado ese complejo a las profundidades de su subconsciente y que cubre esa culpabilidad forjando la imagen de alguien más “culpable” que él, proyectando sobre “el otro” sus propias obsesiones.

Luego está el complejo de frustración. Es normal que todos, en la vida alberguemos ciertas frustraciones. Una frustración es un deseo permanentemente insatisfecho. Es frecuente que, haya gente “progresista”, “de izquierdas”, permanentemente insatisfecha (en la derecha este porcentaje es menor a causa del pesimismo propio de este ambiente que, con demasiada frecuencia se ha limitado a ser los “Casandras” de la sociedad, la profetisa que veía el futuro y en cuyas previsiones nadie creía) con el presente que se ha construido, precisamente, sobre los valores propios de la izquierda. De la misma forma que los aquejados con el complejo de culpabilidad, lo cubren mediante el proceso de sublimación que hemos visto, la frustración ante el presente se cubre mediante referencias permanentes al pasado, una mirada hacia atrás, obsesiva, frecuentemente iracunda, violenta. Es una forma de antifascismo que en España ha recibido el nombre de “memoria histórica”. La izquierda mira al pasado para evitar horrorizarse con el presente que han construido: en educación, en inmigración, en seguridad, en sanidad, en fiscalidad, en economía, en valores… Es mucho más cómodo y reconfortante mirar hacia atrás y buscar tumbas de fusilados por el franquismo (que, en buena parte de los casos, resultan ser de fusilados por milicianos incontrolados…, lo que aumenta aun más la frustración y el bloqueo emotivo que sufren) que mirar el ominoso presente y el incierto futuro al que conduce el uso y abuso de los valores “progres” tan queridos por todas las variedades entomológicas de izquierda.


Esa izquierda que carecen de futuro, solamente tiene la alternativa de mirar al pasado. Su vida ha sido una frustración permanente.  El antifascismo es lo único que les queda para dar un sentido a su vida. Hoy el franquismo no existe, pero en algún pueblo, en algún lugar recóndito de la geografía española, ellos están dispuestos a encontrar una placa de una calle con el nombre de un jefe de centuria de Falange caído en una ignota batalla. O una fosa en la que está enterrado no se sabe quién.

Quedaría por hablar de cierto antifascismo practicado por grupos juveniles, a los que, además de poder aplicárseles el esquema del “complejo de culpabilidad”, está también muy presente la “frustración”. Parece normal que muchos jóvenes no se sientan competitivos, y se tengan por verdaderos fracasos, subproductos de las leyes de educación, a cuál peor, promulgadas desde 1973. Para ellos, el “facha” es el “triunfador”. No es que conciban la lucha de clases entre explotados y explotadores, es que la han traslado al terreno del “éxito” o el “fracaso” y les resulta imposible pensar en otra medida del éxito que no sea la propiedad y el dinero. Quien tiene “propiedad” y “dinero”, no puede constituir para ellos, más que “signos externos” del “fascismo”. Eso les da razones suficientes para odiarlo. La frustración, por su parte, exalta ese odio y lo convierte en incondicional, irracional, visceral, sin apelación. Esa falta de competitividad ideológica, personal, política, social, una característica demasiado evidente que está presente en todas las webs y blogs antifascistas.

Por último, los antifas que, además, son independentistas, merecen un pequeño apunte. La pirueta de estos es notable: unen a la frustración personal, la frustración que atribuyen a una “nación”. La Catalunya que fue una parte del Reino de Aragón, no gana, batallas en solitario, desde el siglo XIII. Desde Muret hasta los 8 segundos de “independencia” decretados por Puigdemont en aquella memorable sesión del “parlament” hará cinco años. Todas las conmemoraciones indepes son, inevitablemente, celebraciones de derrotas, sublimando esas derrotas se oculta el complejo de frustración latente del independentismo. “El día que Catalunya sea libre, volverán los mejores tiempos” ¿cuáles? No importa, eso ocurrirá el día en que Catalunya sea libre. Entonces, la frustración desaparecerá. El independentismo reconstruirá la historia de Catalunya a partir de una única e improbable “victoria” a partir de la que se iniciará la “verdadera historia”: la misma independencia. Es el viejo sueño mesiánico: “la historia empieza conmigo, antes de mí no hay nada. ¿Qué me impide ser yo mismo? La España fascista”.

En realidad, el antifa independentista cubre el pasado mediante la reconstrucción de una historia ad usum delphini, y proyecta sus ilusiones para un improbable futuro (una Catalunya independiente es tan viable como un puesto de gominolas frente a una clínica para diabéticos) situando el hecho triunfal de la independencia de Catalunya como un fin de la historia y una entrada en tiempos míticos en los que Catalunya “será rica i plena”.

Lo dicho ¿Es usted antifa? Míreselo, porque usted lo que tiene es un problema grande y no es precisamente el fascismo, sino su vida misma.






 

jueves, 26 de septiembre de 2019

Crónicas desde mi retrete (12) LA TRISTEZA DEL PROGRE


Varias noticias ocurridas en el mismo día me plantean la pregunta de ¿por qué los progres se ríen tan poco? O lo que es peor ¿por qué se ríen cuando tocaría llorar y, sin embargo, desconocen lo que es la alegría de vivir? Y es que el “progre” es un completo desubicado cuya personalidad es llevada y traída por el viento de la corrección político y, por tanto, debe estar atento a lo que hace o deja de hacer, porque lo que generaba risas ayer, mañana puede sufrir el interdicto y, sin embargo, tendrá que reír cuando lo normal sería abochornarse o, simplemente, mirar al suelo avergonzado. Los ejemplos son muchos, variados y suceden de continuo.

GRETA, LA NIÑA QUE NO DEBERÍA ESTAR AHÍ

Fijaron, sin ir más lejos, en Greta Thunberg, niña enferma convertida en espectáculo mediático. Triste, a ratos patética. De infancia obsesivo-compulsiva que dice que se la han robado. Habitualmente, debería echar la culpa a papá y mamá, actores ambos, que deberían haberle enseñado a no sobreactuar. El “progre” ha convertido lo que es la felicidad propia del a infancia en algo condenable: “¿Cómo va a estar feliz Greta si el planeta muere?”. Claro, es dramático. Y, por eso, en lugar de preocuparse de aquello que está al alcance de su mano (ayudar a sus padres, aprender, formarse y combatir sus minusvalías psíquicas) Greta prefiere pontificar sobre lo que ignora y sobre un terreno en el que solamente la ciencia tiene la última palabra: ¡a ver si vamos a creer que reciclando basura o reutilizando bolsas de plástico vamos a salvar el planeta! Pero Greta, esa obsesiva “activista del planeta”, vive rodeada de plásticos, come comida basura (las fotos que se han publicado sobre ella indican estas inconsecuencias) y la única diferencia con cualquier otro adolescente es que, a ella, sus padres -actores mediocres- la han vendido al peso a iniciativas mediático-progres, sacrificando su infancia, a cambio de un futuro seguro subsidiado por ONGs. Papá y mamá y el apoyo mediático progre han convertido en “salvadora del planeta” a una pobre niña con una larga lista de discapacidades mentales. En lugar de eso, deberían haberle enseñado a reír.

Esta campaña mediática para “salvar al planeta” incluye un nuevo elemento. Ser vegano. Si eres carnívoro estás por el genocidio. Fijo. Eres un asesino de seres vivos. El grupo de amigotes que brindaban con tintorro en torno a un estofado de buey o a unas costillas de cabrito, es, desde ahora, sospechoso. Sus risas ofenden la vida de los animales sacrificados. Pero, eso sí, no les toquen a los moros y a su “fiesta del cordero” porque degollar pertenece a su tradición ancestral. Lo vegano aplatana y hoy hacen falta seres aplatanados que no respondan a las crisis ni a esa marcha decidida y firme hacia el precipicio. Yo tuve mi experiencia -breve- vegetariana y todo el personal que acudía a ese tipo de restaurantes pertenecía al mismo modelo: circunspectos, blancuzcos, aspecto enfermizo, como si les faltara vitalidad. ¿Reír? Los he visto, aliñar una ensañada con la gravedad con la que se arrojan una paletada de tierra sobre un cadáver.


VEGANOS, SALVADORES DE POLLOS Y GILIPOLLOS

En realidad, si hubieran consultado a un nutricionista no vegetariano, les había explicado que acumulaban déficits vitamínicos. No me extraña que tengan la misma seriedad que Adán el día del padre. Sin olvidar que, a la vista de cómo se producen alimentos, especialmente vegetales (regados con verdaderos caldos de abonos químicos, vermicidas, fungicidas, herbicidas e insecticidas), comer compulsivamente vegetales supone atizarse sobredosis de venenos químicos. La “prudencia alimentaria” recomienda comer productos variados para evitar precisamente el absorber determinados agentes químicos.

Existe un caso extremo del que se ha hablado mucho en los últimos tiempos: esos progres veganos que consideran que su gran misión en la vida es asaltar gallineros y denunciar las condiciones de vida de los cerdos o de las vacas. Se nota que lo ignoran todo sobre los animales. Cuando se les oye decir seriamente que quieren evitar las violaciones de las gallinas o que nadie toque las tetas a las vacas sin su permiso, uno no puede por menos que pensar que nuestra civilización está pero que muy mal. Son progres, son así.

Lo mismo puede decirse de un gobierno que en dos años ha conseguido, como única realización, una sentencia favorable al traslado de un cadáver fallecido hace casi medio siglo. Como para estar orgulloso. Se frotan las manos y ríen: “Lo hemos logrado”… Para alguien normal, remover un cadáver de su tumba sería algo terrible, una odiosa profanación. Para los progres es su gran logro. Deberían de imitar a los independentistas catalanes y retorcer la historia como han hecho ellos: a fin de cuentas, si han tomado el 11 de septiembre de 1714 como el día en que se cercenaron las libertades de Cataluña en una guerra que fue de “sucesión a la corona de España” y no de “secesión de España”, bien podría establecerse una nueva Ley de Memoria Histórica en la que resulte prohibido afirmar que los franquistas ganaran en la guerra civil. “La verdad es la mentira y la mentira la verdad”, escribió Orwell como lema de su “Ministerio de la Verdad” en 1984.

El programa del PSOE y, no digamos, el de Podemos, está plagado de reivindicaciones dramáticas que encubren ese mal estado espiritual interior propio del progre, alejado de la alegría y de la vida. Se sabe que, en los hospitales, desde hace mucho, los médicos practican eutanasia a determinados pacientes aquejados de cáncer terminal y con permiso de pacientes o familiares. No es un plato de gusto, desde luego, para los que hemos pasado por esos trances. Pero el PSOE quiere legislar incluso el dolor como ha legislado los piropos.


LA TRISTEZA SEXUAL DEL PROGRE

Hete aquí otra prueba de que el progre no sabe reír. El piropo. Insultante… especialmente para el que no lo recibe. “¿Crees en el amor a primera vista o tengo que pasar otra vez delante de ti?”, “camina por la sombra, no te vayas a derretir, bombón”, “¿Desde cuándo las estrellas bajaron a la tierra?”, “quien fuera gato para pasar siete vidas contigo”… ¿Algo de todo esto puede considerarse ofensivo, discriminatorio o sexista?

Y, es curioso, porque en el sexo es en donde la izquierda progre pone más el énfasis. El progre convierte el placer y la sexualidad en angustia y conflicto. Si por los progres fuera, la heterosexualidad estaría en entredicho y habría que rellenar un cuestionario para garantizar la corrección política del cada coito. Se desconfía del amor y se acepta el sexo sin ninguna restricción… sin embargo, en ningún momento de la historia como en este, esta receta ha generado un número tan elevado de disfunciones sexuales, parafilias, inhibidos y frustrados sexuales que hacen las delicias de la industria psiquiátrica.

Para el progre de estricta observancia, incluso la belleza es sospechosa. Es una exaltación sexista y machista. Mejor ser fea y descuidada, para evitar que te valoren por tu físico y no por tus cualidades (para eso ya está la política de cuotas que algunos proponen que se imponga en todos los puestos de trabajo). El “mens sana in corpore sano”, es sexismo puro. La belleza, dicen los progres, puede encubrir bajeza moral. Y es más importante la altura ética (es decir, el progresismo) antes que la belleza siempre engañosa. El ideal femenino progresista es un cuerpo con sobrepeso, descuidado, con más pelo que una orgía de wookies, aspecto iracundo y, eso sí, liberada de cualquier servidumbre sexual…

En una vieja canción de montaña se decía: “Sólo palabras limpias, sólo verdades recias…”. Todo eso causa rechazo en el progre que preferiría cantar: “Sólo onomatopeyas, sólo corrección política”. Y así hemos llegado a donde estamos.

El valor de la risa es curativo. En los 90 hice un reportaje sobre “terapias de la risa”. Pero la risa parece prohibida en la casa del progre: ni chistes gays, ni de gangosos, ni de tartamudos, ni que contengan arquetipos sociales. Si por los animalistas fuera, se prohibirían incluso los chistes de peces (“Que le dice un pez a otro… Nada”). Hay que ir con mucho cuidado, de lo que uno se ríe. La sociedad progre libertaria es la más tiránica y restrictiva que se ha conocido desde el ocaso de los dinosaurios. Durante unos años de mi vida, me relacioné con anarquistas: creedme, no hay nada más autoritario que un anarquista, perpetuamente preocupado de ser víctima de las pulsiones autoritarias reflejas y que impone ese criterio a los que están cerca suyo.


-PAPÁ, PAPÁ, YO NO SE REIR. -PUES HAZTE TERRORISTA, IDIOTA...

Si se hubiera realizado un estudio taxonómico sobre el terrorismo político, hubiera resultado, sin duda, que la cara de todos ellos era el reflejo de su alma. No he visto rostros de personas más amargadas y con mayor intensidad de amargura y hundimiento interior, que el de algunos terroristas vascos, cuya opción era simplemente una forma de huir de su triste cotidianeidad y canalizar sus pulsiones de matarifes. Josu Ternera, sin ir más lejos, era el arquetipo del hombre que se olvidó de reír. Y no digamos algunos de los rostros más habituales del independentismo catalán de nuestros días.

Los indepes, progres entre los progres, son seguramente el fenómeno político que más carcajadas ha generado en los últimos tiempos. Su exigencia de “democracia” y “libertad” cuando ellos mismos quieren imponer a más de la mitad del electorado, la voluntad de menos de la mitad del electorado, su negativa a reconocer que el “procés” ha concluido hace tiempo y nunca tuvo la más mínima posibilidad de prosperar, su defensa de la “identidad catalana” en unos momentos en los que ellos mismos la han desfigurado impulsando el proceso de islamización de Cataluña y esa interpretación de la historia de la que el Instituto de Nova Historia de Catalunya es la quintaesencia, acumulan más carcajadas que las que pueda generar la colección completa de clips de Leo Harlem, Ernesto Sevilla o Faemino y Cansado…

Entiendo perfectamente que los progres sean los principales defensores del “cigarrillo de la risa”. Usted y yo, seguramente, encontramos cada día miles de motivos para estallar en carcajadas (sólo con ver los informativos). Pero cuando se ha convertido la vida en un drama y se han asumido prejuicios y actitudes excéntricas, hace falta un estímulo para reír. De ahí que los progres desde hace 50 años hayan reivindicado el porro como tabla de salvación. Reír a cambio de un número en el sorteo de la esquizofrenia. Buena opción.

SEMBRAR TRISTEZA, EL GRAN LOGRO DEL PROGRESISMO

Los que somos padres, sabemos la satisfacción que produce en la pareja, la gestación y el nacimiento de un hijo. Educarlo siempre es un reto. Hoy, una de las pocas tareas heroicas que se pueden asumir es la de ser padres. Y digo "padres": es decir, padre y madre. Pero esta fuente de satisfacción es rechazada por el progre, en beneficio de aquella mucho más triste y dramática que es la lucha por el aborto. Quizás este caso sea el más claro en el que el progre opta por la tristeza y lo negativo, antes que por la felicidad y la dicha de ser padres. Por eso, cuando alguien pone ante cualquier otro valor, la discusión sobre el aborto, sospecho de él y de las coordenadas mentales en las que se sitúa: es un progre, es decir, un tipo tristón.

El progre vive y proclama todo lo que ha sido considerado durante 3.000 años de historia de Europa como superfluo, estúpido o, simplemente, aberrante. El progre vive de todo lo que ha sido desechado. No es raro: en tiempo de telebasura, de comida-basura, de cultura-basura, de política-basura, de información-basura, los valores que comparte deben ser, necesariamente, basura. Se alimentan hoy de lo que nadie ha querido consumir ayer. Que les aproveche.

Termino con una imagen espeluznante. Esa analfabeta estructural, verdadera tonta del bote, que ejerce como alcaldesa de Barcelona, ofreció en las fiestas de la Merced un espectáculo absurdo: un striptease gay para niños. Claro está que la mente de alguien que ya colocó como “asesora de prensa” a una individua cuyo único mérito había sido orinar ante la Puerta de Brandenburgo, o colocar hace unos meses un tobogán, también para niños, en forma de vagina en la Festa de la Terra, demuestra que su cerebro no da más de sí. Es la alcaldesa bajo cuyo mandato Barcelona se ha convertido en capital mundial de la delincuencia. Entiendo perfectamente que cada vez menos barceloneses rían… Sembrar la tristeza, finalmente, es el único logro, el gran logro del progresismo. Yo creo, incluso, que es su única intención.

sábado, 28 de mayo de 2016

¿HIPTERS NAZIS? ¡ACHTUNG, NEONAZIS ESTILOSOS!


El éxito del FPÖ en las pasadas elecciones presidenciales austríacas (la “providencial” aparición de 60.000 votos por correo, más que deslucir, ha establecido que los movimientos euroescépticos avanzan, más que ayer y menos que mañana) ha servido para que los medios de comunicación hablen de este país (salvo en los últimos 80 años solamente ha estado en el “candelabro” de la información gracias a Georg Haider y al FPÖ). El País, publicó el pasado 25 de mayo un artículo que pretendía ser ingenioso titulado “Hipsters nazis” en el que se aludía a la versión austríaca del movimiento identitario europeo. Cada frase del artículo pretendía ser “ingeniosa” (“los skinheads visten de Prada”, “ahora puedes odiar a los árabes y comer tofu”, “los nazi-hipsters, llamados nipsters, llevan años usando el nuevo look para burlar la ley”, “los nuevos hipsters pueden tratar de que el odio parezca guay”… tal es el contenido del artículo.

El País demuestra el extraordinario desprecio que le representa la mayoría electoral obtenida en Austria por el FPÖ. Hay que decir que Identitäre Generation (GI, que es el nombre del movimiento al que alude el artículo de El País, está dirigido por Martin Sellner y ha apoyado al FPÖ en el curso de la campaña electoral. ¿Nazis? No: identitarios. El nazismo es historia, sólo historia y nada más que historia. El día en que El País y los representantes obsesivos de la “memoria histórica” empiecen a reconocerlo será un buen asunto.