Después de que el pasado 11-S la “vía
independentista” formara una cadena humana desde la frontera francesa hasta
Vinaroz, existía expectación por ver cómo sería la respuesta “estatalista”. Lo
ocurrido ayer 12-O en Barcelona es lo que esperábamos y confirma nuestro
análisis.
El pasado 11-S demostró demasiado claramente
que los independentistas carecían de “fuerza social” suficiente como para
arrastrar una escisión de Cataluña del resto de España. Cuando decimos “fuerza
social” queremos decir, seguimiento y apoyo por parte de la población. El
nacionalismo, por su naturaleza, solamente puede progresar en sectores de la
población catalanoparlantes; un 35% de la población catalana utiliza habitualmente
esta lengua como vehículo de expresión, así pues, digan lo que digan las
encuestas más o menos maquilladas por la Generalitat o pagadas con cargo a sus
presupuestos, la “fuerza social” del independentismo catalán deben ser, como
mínimo, inferior al 30% (si tenemos en cuenta que hay un cierto número de
catalanes que se expresan en esta lengua que, por unos u otros motivos, están
desvinculados del independentismo). Con un tercio de la población no se puede
alcanzar una meta que solamente sería realizable mediante un amplio consenso.
Y, aún en ese 30% habría que aludir a fanáticos independentistas,
independentistas moderados, nacionalistas, catalanistas y federalistas…
