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viernes, 5 de noviembre de 2021

LA ESPIRITUALIDAD PAGANA EN EL SENO DE LA EDAD MEDIA CATÓLICA - (3 de 4) - EL SENTIDO DE LA CABALLERIA

LA ESPIRITUALIDAD PAGANA

EN EL SENO DE LA EDAD MEDIA CATÓLICA

V. EL SENTIDO DE LA CABALLERIA

La caballería es al Imperio, lo que el sacerdote a la Iglesia. Y, de la misma forma que el Imperio conoció el intento de reconstruir la unidad suprema de los dos poderes según el ideal pagano, igualmente la caballería conoció un intento de referir a un plano ascético, es decir, metafísico e iniciático, el tipo del guerrero, del aristócrata y del héroe. En el ideal político medieval, está presente un doble aspecto -uno relativo al "ethos" feudal, el otro al aspecto interno del mito del Imperio- de irreductibilidad, ética y esotérica.

Por lo que respecta al primer aspecto, relativo al ethos, la constatación es casi banal. La caballería, teniendo por ideal al héroe antes que al santo y al vencedor antes que al mártir; para quien todos los valores se resumían en la fidelidad y el honor, más que en la caridad y el amor; viendo en la dejadez y la vergüenza males peores que el "pecado": poco inclinado a no resistir al mal y a devolver bien por mal, sino, más bien, habituada a castigar la injusticia y devolver mal por mal; excluyendo de sus filas aquellos que mantuvieran el principio cristiano de "No matarás", teniendo por principio no amar al enemigo sino combatirlo y no demostrar magnaminidad con él sino tras haberlo vencido; en todo esto la Caballería afirma, casi sin alteración, una ética heroico-pagana y aria en el seno de un mundo que tenía de católico solo el nombre.

Hay más. Si la "prueba de las armas", la solución de las conflictos por la fuerza, considerada como una virtud concedida por Dios al hombre para hacer triunfar la justicia y la verdad, es la idea fundamental sobre la que reposa el espíritu caballeresco y se extiende del derecho feudal al plano teológico proponiendo el uso de las armas y el "juicio de Dios", incluso en materia de fe, tal idea pertenecía, también, al espíritu pagano; más directamente aún, se refería a la doctrina mística de la "Victoria", que -ajena a los dualismos propios de las concepciones religiosas- unía el espíritu a la potencia, transformando la victoria en una especie de consagración divina, al vencedor y al héroe en un ser tan próximo a los "cielos" como podían estar un santo o un asceta; mientras que asimilaba al vencido, por el contrario, al culpable y casi al pecador. Las edulcoraciones teístas en nombre de las cuales, en la Edad Media se quería ver, alegóricamente, una intervención personal y directa de Dios, no muestran nada del fondo anticristiano presente en las costumbres de los que acabamos de hablar y que restituye al concepto de "gloria" (reducida por el cristianismo a la aureola de los santos y de los mártires) su significado original y viril, ya que la "gloria", es el varenô iranio, el arr de las más recientes tradiciones, es decir, el fuego divino propio de las naturalezas solares que alumbra a los reyes de la victoria su derecho de orden trascendental.

Se nos objetará: la caballería ¿acaso no reconoció la autoridad de la Iglesia? La caballería ¿no emprendió las cruzadas en defensa del cristianismo? Si, todo esto es cierto, pero debe ser situado en su justo lugar, sin olvidar todo lo demás. Si el mundo caballeresco, en general, proclama su fidelidad a la Iglesia, y también, al mismo tiempo al Imperio, demasiados elementos hacen pensar que, más que una aceptación de la creencia cristiana, se trataba de un homenaje similar al que se rendía igualmente a los diversos ideales y a las "damas" hacia las cuales el caballero se volvía de forma desindividualizada, pues, para él, y conforme a la vía que se había trazado, solo era decisiva la facultad genérica del sacrificio heroico de su propia felicidad y de su vida, y no el problema mismo de fe en el sentido específicamente teológico. En realidad, el espíritu mismo de las Cruzadas no fue diferente. En el ideal de las Cruzadas, está implícito aquel otro, no reductible evidentemente solo al cristianismo evangélico, pero fácilmente reconocible, por el contrario, tanto en la tradición irania como en la hindú (Bhagavad-gita) o en el Corán, sin hablar de las concepciones clásicas referidas a la mors triunphalis o la "guerra santa" como vía heroica de superación de la muerte y de inmortalización.

Incluso admitiendo que se combatiese para liberar a la tierra en la que murió el apóstol galileo, en las Cruzadas se encuentra una vez más, un fenómeno que, por su origen, entraba en el marco de estas visiones del mundo a las cuales pertenece la máxima: "La sangre de los héroes está más cerca Dios que las oraciones de los devotos y la tinta de los sabios", que mantenía el Walhalla (el "palacio de los héroes") como ideal celeste, la "isla de los héroes" donde reina el rubio Radamanto sobre el trono de los inmortales. Estas concepciones no tenían nada en común con el horror pelasgo-meridional hacia la sangre, que se percibe en la sentencia agustiniana: "Aquel que puede pensar en la guerra y soportarla sin grave dolor, verdaderamente ha perdido todo sentido de lo humano", o en expresiones aún más drásticas como las de un Tertuliano, fiel al evangelio -"quien a hierro mata a hierro muere"- y al mandato de Jesús a Pedro para que retornara la espada a su vaina.

En realidad, si los cruzados pudieron aparecer como cristianos y ser queridos y santificados por la Iglesia, la conclusión que debe extraerse de todo esto, es que la tradición heroica, nórdico-germánica, había terminado por prevalecer sobre el cristianismo, incluso durante las Cruzadas. En lugar de una edulcoración de esta tradición por el cristianismo, por el contrario, tras las formas cristianas, se constata la restauración de la antigua virilidad espiritual, donde la vía del guerrero sacro, sustituye a la del santo y el devoto.

El tipo de guerrero sacro es, en el fondo, el tipo del caballero de las grandes órdenes medievales. En ellas la idea ascética se une al ethos nórdico, y fueron estas órdenes las que practicaban, no en el sentido religioso, sino en el heroico, los mismos votos que los monjes: pero en fortalezas, y no en iglesias. Poseyeron ceremonias regulares de consagración, llegaron en ocasiones hasta dotarse de iniciaciones en el sentido propio y de símbolos enigmáticos propios de una espiritualidad superior.

A este respecto, la orden de los Templarios fue naturalmente una de las más significativas: y aún más significativa aún, fue su feroz destrucción bajo los golpes de la Iglesia y de un soberano, enemigo de la aristocracia y ya próximo al tipo laico moderno, como Felipe el Hermoso. Se sabe que, a través de las acusaciones formuladas contra los Templarios, existía, en el grado preliminar de su iniciación, el rito de imponer al neófito el rechazo al símbolo de la cruz y de ver en Jesús un falso profeta cuya doctrina no conducía a ninguna salvación. Otra acusación se refería a ritos abominables entre los cuales, se decía, figuraba, la quema de los niños. El aspecto sacrílego expresamente dado a estas supuestas confesiones arrancadas mediante la tortura, a pesar de la declaración clara y concordante por parte de los acusados de que se trataba de símbolos, no debe impedirnos presentir un sentido mucho más profundo. Rechazando la cruz, no se trataba, con toda seguridad, más que de rechazar una forma inferior de creencia, en nombre de una forma superior. La famosa acción de quemar a un recién nacido no significa otra cosa que el bautismo del fuego destinado a la regeneración (este símbolo puede ser aproximado al de la salamandra animal que, como el Fénix inmortal, se baña en el "fuego" del renacimiento heroico) -que es también uno de los signos que Federico II habría recibido del "Preste Juan"- rito que puede también hacer pensar en la ceremonia ritual de la cremación de los cadáveres practicada por casi todas las grandes civilizaciones arias, y especialmente prescrita por Odín para aquellos que están destinados a entrar en el Walhalla.

Por otra parte, el simbolismo del Templo, al cual se habían consagrado los templarios, y por el cual la mayor parte de los cruzados luchaban y morían en la esperanza de transmutar la muerte en vida nueva e inmortalidad, de obtener la "gloria absoluta" y "conquistar un lecho en el paraíso", no se reduce, sin más, a ser un sinónimo de Iglesia. Justamente se ha dicho que “Templo” es un término más augusto, vasto y menos condicionado que el de "Iglesia". El Templo está por encima de la Iglesia: las iglesias pueden destruirse, pero el Templo permanece como el símbolo del parentesco de todas las grandes tradiciones espirituales y de lo perenne de su espíritu. Es por ello que el gran movimiento universal de las Cruzadas hacia Jerusalén, hacia el Templo, en el cual Europa realiza, por primera y última vez, el ideal imperial de una unidad supranacional a través del rito de la acción y de la guerra santa, no está desprovisto, en nuestra opinión de un significado esotérico. El papel que jugaron los albigenses y los templarios, su carácter eminentemente gibelino, deberían bastar para atraer la atención. En realidad, en la corriente hacia Jerusalén se esconde frecuentemente una corriente oculta contra la Roma de los papas y que Roma, sin percibirlo, alimentaba ella misma, de la que la caballería era la militia y que debía encontrar su apoteosis con un emperador estigmatizado por Gregorio IX como aquel "que amenaza con sustituir a la fe cristina por los antiguos ritos de los pueblos paganos y, acusado en medio del templo, de usurpar las funciones del sacerdocio".

La figura de Godofredo de Bouillon -representante más significativo de la caballería de las Cruzadas, llamado lux monachorum (lo que nos lleva de nuevo a la unidad del principio ascético y espiritual y del principio guerrero propio de estas órdenes)- es la de un príncipe que no acepta ascender al trono de Jerusalén, sino después de haber traído a Roma la sangre y el fuego, matando con su propia mano al anticésar Rodolfo de Rhinfeld, y expulsando al papa de la ciudad d los Césares.

Además, la leyenda establece un "parentesco" significativo entre este rey de los Cruzados y el mítico "Caballero del Cisne" (el Helias francés, el Lohengrim germánico) quien, a su vez, se refiere a símbolos imperiales paganos (algunos sugieren, incluso, una conexión genealógica con el mismo César), solares (ver las relaciones etimológicas entre Helias, Helio y Elías) y pagano-hiperbóreas (el cisne que conduce Helias o Lohengrin a la "sede celeste" es el mismo animal emblemático que lleva Apolo entre los Hiperbóreos y aparece frecuentemente en las huellas paleográficas del culto nórdico-ártico prehistórico). Tal conjunción de elementos hace de Godofredo de Bouillon fuera un símbolo más -en relación con las mismas Cruzadas- dando el verdadero sentido a esta fuerza secreta que, en la lucha política de los emperadores germánicos y en el triunfo mismo de un Otón I, no revela más que su manifestación superior más visible.


martes, 25 de mayo de 2021

TEMPLARIOS Y CATAROS: NADA EN COMUN, EL FIN DE LA LEYENDA

A principios de los años 70, distintos trabajos de desigual calidad pusieron de moda los estudios sobre el templarismo y la herejía cátara. Algunos de tales estudios, siempre difundidos en medios próximos a distintos grupos ocultistas, popularizaron una idea que todavía hoy permanece anclada en numerosos cerebros. Los razonamientos encadenados definen a los cátaros como maniqueos (premisa 1); el maniqueísmo es una forma de gnosis (premisa 2); los templarios son, igualmente maniqueos (premisa 3); luego los cátaros y los templarios derivan del mismo tronco y son lo mismo (conclusión).

Los estudios de Ferdinand Niel sobre Montsegur y Queribús como templos solares, abonaban este razonamiento. Y otro tanto ocurría con los estudios que relacionaban el Grial con los cátaros. Sin embargo, ni Montsegur fue un templo solar, ni los cátaros practicaron culto alguno al Sol, ni tuvieron nada que ver con la gnosis templaria que ciertamente existió. 

LA GNOSIS TEMPLARIA, VIA DE LA ACCION

A efectos de nuestro estudio deberemos de resumir el estado de la cuestión: los templarios constituyeron una orden ascético-militar. No fueron la única de su tiempo, pero si la más poderosa y sobre la que recayó la sospecha de herejía (no fue tampoco la única: los Caballeros Teutónicos fueron acusados por el obispo de Riga en 1307 y Gregorio IX acusó a los Hospitalarios en 1258). Esta herejía, efectivamente, existía. No era compartida por toda la Orden sino por un "círculo interior" al cual solo ingresaban algunos templarios, tras acceder a la Orden. La función de ese círculo interior era reconstruir un "esoterismo católico" bajo la forma de gnosis. Así puede entenderse la acusación de escupir contra el crucifijo (rito en el que manifestaban su voluntad de trascender el mero culto exterior) o quemar recién nacidos y de adorar a un ídolo, el Bafomet (el Bafomet era en realidad una ceremonia iniciática en la cual el postulante recibía el "bautismo por el fuego", baphos-metheos, de ahí la confusión con la quema de recién nacidos); es de destacar que jamás se plantearon a los templarios objeciones teológicas. Hay que suponer que no existían diferencias doctrinales entre los templarios y la iglesia; simplemente, los templarios querían "ir más allá" de la simple fe.

En realidad, la lucha de la Iglesia contra el templarismo si pudo calificarse en rigor de "cruzada contra el Grial" (nombre del apologético libro escrito por Otto Rhan sobre el catarismo). En varios relatos del Grial los guardianes de la copa sagrada son considerados monjes-guerreros que, incluso, en Wolfram von Eschembach son llamados "templeisen". Uno de los antepasados de Galahad, el héroe del Grial, recibió del propio José de Arimatea, un escudo blanco con la cruz paté... es decir, la cruz templaria.

La vida del templario recordaba extraordinariamente a la sugerida como modélica para los caballeros de la Tabla Redonda.

Es significativo, igualmente, que los romances de la Tabla Redonda aparecieran con el templarismo y desaparecieran en la primera mitad del siglo XIII, cuando éste ya estaba suficientemente instaurado. Coinciden con el momento álgido de las cruzadas y con la incorporación del concepto de "guerra santa" a la cristiandad. Cuando en el siglo XIV y XV reaparecen algunos relatos graélicos se trata de obras estereotipadas y carentes de valor iniciático.

De hecho, todo induce a pensar que el templarismo apenas consiguió estabilizar su sistema iniciático durante apenas un siglo. El hecho de que se tratara de una orden guerrera, sometida a constantes situaciones bélicas y a la pérdida de sus mejores efectivos en combate, hizo que, hacia el último tercio del siglo XIII, la tensión metafísica de la orden se relajara. Cuando se produjo la detención de todos los templarios de Francia, ordenada por Guillaume de Nogaret en 1307, y en los interrogatorios que siguieron, da la sensación de que el significado de muchos ritos secretos ya se había perdido. Los templarios presos apenas eran capaces de describir las ceremonias a las que habían sido sometidas, sin entenderlas, en ocasiones pensando que se trataba de simples novatadas; pero el relato de algunas leyendas templarias (como aquella del caballero que copuló con la dama muerta y de su sexo nació el Bafomet, difundida entre los templarios de Armenia) y el esoterismo (aun perceptible) de las construcciones templarias, indican mucho sobre el esoterismo inherente en el seno de la Orden.

Vanamente buscaríamos algo parecido en el catarismo. El hecho de que pensemos que, efectivamente, tenían ceremonias secretas y rituales propios, no implica necesariamente que existiera un esoterismo cátaro. Este solo existió en la mente de muchos de sus admiradores y apareció con el siglo XX.

LA PRACTICA TEMPLARIA: INHIBIDOS, PERO BELIGERANTES

Resulta significativo que Bernardo de Claraval, el gran predicador contra el catarismo en tierras de Oc, fuera el inspirador de la Orden del Temple. San Bernardo, redactó la Regla de la Orden, les dedicó su libro "De la Nueva Milicia del Temple" y, finalmente, fue el principal valedor de la nueva orden ante el papa. Este mero hecho bastaría para disolver la supuesta identidad entre catarismo y templarismo.

Los votos templarios les impedían tomar las armas contra otros cristianos. Y los cátaros, aunque tenidos por herejes eran considerados, cristianos. Consta, sin embargo, que, si bien las encomiendas templarias de Occitania permanecieron neutrales en el conflicto, las simpatías de la Orden se decantaban hacia los cruzados del Norte. Más aun, se registran algunos episodios en los que los caballeros templarios tomaron las armas junto a los cruzados, nunca, absolutamente nunca, las tomaron por el campo opuesto.

Actitud opuesta adoptaron los hospitalarios -esto es, la Orden de San Juan de Jerusalén, llamada también Orden de los Caballeros Hospitalarios y, posteriormente, Caballeros de Rodas o Caballeros de Malta- que tenían unas relaciones más estrechas con la nobleza languedoquiana y eran fuertes en Toulouse, mientras los templarios tenían su mayor encomienda en Agen. Así quedaban establecidas las afinidades entre las dos órdenes militares y los bandos combatientes: Templarios simpatizando con la nobleza del Norte y hospitalarios haciendo causa común con la nobleza del Languedoc y, en particular, con los condes de Toulouse. Su feudo fue la zona donde mejor se implantó en Francia el Hospital.

Hay ejemplos de este orden de afinidades -ya que no de alianzas-; los hospitalarios realizaron los oficios fúnebres al rey de Aragón tras su muerte en Muret, mientras que Raymond VI de Toulouse, tras cruzarse, fue recibido en el Hospital de San Juan de Jerusalén como caballero armado. En Muret los hospitalarios de Toulouse fueron autorizados por Simón de Montfort para retirar el cuerpo de Pedro II. Inhumado en su cementerio tolosano, debió esperar el traslado a su emplazamiento definitivo. Su hijo, Jaime I, con apenas 6 años y medio, fue entregado al Gran Maestre de los Templarios de Aragón, Guillaume de Montredon, permaneciendo dos años y medio en el castillo de Monzón.  

Los templarios, por su parte, rescataron el cuerpo de Balduino de Toulouse, colgado por orden de su hermano, y le dieron sepultura en el claustro de Villadieu, una de las encomiendas de la Orden en el Languedoc. Los propios condes de Toulouse, pero también los de Carcasona, habían cedido, antes de la cruzada, amplias posesiones a los templarios.

Todo esto no será obstáculo para que en 1216 Montfort haga incendiar el barrio de Saint-Remy de Toulouse donde se encontraba la casa de sus amigos templarios que resultará igualmente dañada. Estaba situada entre los números 13 y 15 de la actual rue de la Dalbade. A partir de la destrucción de su casa en Toulouse, los templarios instalarán su cuartel general en la región en la encomienda de Villedieu, cerca de Montauban, donde todavía puede visitarse. Villadieu, está situada en un meandro del Garona, en la ruta principal del Midi. Durante un tiempo, Fulco de Tolosa, el ex-trovador devenido obispo de la ciudad, tuvo allí su cuartel general.

La casa de los Caballeros de Malta, por su parte, estaba situada cerca de allí, en el número 30 de la misma calle y fue reconstruida en el siglo XVII.

LA IMPLANTACION DEL TEMPLE EN OCCITANIA

Se tienen informaciones muy concretas sobre la implantación de los templarios en Occitania. Existieron encomiendas en Narbona, Mirepoix, Carcasona, Agen y otras poblaciones menores. La implantación templaria en la zona se remontaba a los primeros años de la orden. En 1136 el conde Roger de Foix y su esposa Ximena, fundaron en Nogarede, cerca de Pamiers, el primer centro templario en Ariege. Hoy llamado La Cavalerie. La comandería sigue siendo una gran explotación agrícola. El 13 de octubre de 1307 el último jefe templario del lugar fue detenido en Carcasona. Torturado confesó crímenes, pero luego se retractó.

Los templarios poseían casa en Mirepoix, en 1207. También tenían molino cerca del río, granja en Comegoude y una iglesia dedicada a Saint Martin. En 1219 los templarios ayudaron a Amauri de Montfort durante su asedio a Marmande. Sino participaron, si al menos asistieron pasivamente, al saqueo de la ciudad que costó 5.000 muertos. En 1212 los templarios de Narbona volvieron a ayudar a Amaury de Montfort, albergándolo en su fuerte, tras ser asediada su casa durante un pequeño motín. En 1215 cuando, su padre, Simón de Montfort fue al concilio de Montpellier, debió albergarse en el castillo de los templarios situado fuera de los muros de la ciudad. En otro edificio templario, en 1209, recibió a los parlamentarios que cedieron, en nombre de Arges, viuda del vizconde de Carcasona, Trencavel, el abandono de sus derechos.

La comandería de Mas Deu fue la mayor posesión del Temple en el Rosellon. El lugar está situado a tres km de Trouillas y fue ofrecido por los Señores de Vilemolaque antes del año 1138. Cuando la cruzada contra los albigenses, el Rosellón pertenecía al reino de Aragón y estaba gobernado por el conde Sancho al que sucederá Nuño Sancho.

EL DESTINO DE LOS TEMPLARIOS, ¿LIGADO AL FIN DEL CATARISMO?

Por aquellas fatalidades del destino, los cátaros y los templarios tienen un nombre común, Guillaume de Nogaret. Nogaret, no solamente fue el gran perseguidor de los templarios, el hombre que selló su ruina, sino que también perteneció a una familia occitana.

Algunos estudios históricos consideran que Guillaume de Nogaret, oriundo de Saint Felix de Caramanh, la villa en la que tuvo lugar el primer concilio cátaro del Languedoc, quiso vengarse de la actitud de los templarios durante la cruzada contra los cátaros. El abuelo de Nogaret, hereje y relapso había sido ejecutado tras ser prendido por los templarios y entregado a la inquisición.

El papa Bonifacio VIII llegó incluso a acusar a Nogaret de pertenecer a una familia de contumaces "patarinos". En el estado actual de conocimientos históricos parece demostrado que no solo el abuelo, sino otros ascendentes de Nogaret fueron condenados por herejes, sancionados y ejecutados en algunos casos.

Llama la atención, eso sí, que se disponga de abundante documentación sobre otras familias de la zona, sin embargo, la saga de los Nogaret adolece de falta de fuentes documentales. Presumiblemente, el propio interesado se encargó de destruirla y apenas se salvó el archifamoso abuelo, un pequeño noble local cuyo nombre sobresalió en varios procesos.

Esto explicaría el odio irracional de Nogaret hacia los templarios y la saña innecesaria con que los persiguió. Explicaría también que, templarismo y catarismo, lejos de coincidir en punto alguno, estaban situados en trincheras enemigas.

ESOTERISMO TEMPLARIO EN EL LANGUEDOC. ¿MONTSEGUR?

Los templarios de Cominges, lejos de colaborar con los invasores del Norte, permanecieron en la más estricta neutralidad. Esta actitud quizás se debió, en parte, a que algunos nobles locales ingresaron en el Temple y, fieles a su voto, prefirieron permanecer al margen del conflicto, sin enfrentarse -pero tampoco sin apoyarlos ciertamente- a sus paisanos. Tal fue el caso de Dodon, conde de Cominges, armado templario en mayo 1174. Dodon entregó el gobierno del condado a su hijo Bernard IV. Este prometió a su padre proteger a los templarios de Montsaumes. Y si bien es cierto que durante la cruzada luchó junto a los condes de Tolosa y Foix, cumplió en todo momento la promesa realizada a su padre.

Bernard IV de Cominges era muy amigo de Raymond VI conde de Toulouse. Murió el 22 de febrero de 1225 y no realizó más donaciones a los templarios de Montsaumés. Una tradición dice que es allí donde se encuentra el sepulcro del terrible inquisidor Bernard Gui. Es posible que su sarcófago sea uno de los que pueden verse bajo las arcadas del pórtico de la iglesia.

Montsaunés es una típica capilla templaria. Austera y sencilla, recia y compacta, tiene la planta de un rectángulo terminado en un semicírculo o coro. La construcción realizada en estilo tolosano -esto es, en ladrillo- la construcción es muy perfecta y cuidada. Quienes la levantaron dominaban el arte de la construcción. Los capiteles están ornados con escenas del Antiguo Testamento y hojas de acanto corintias. Los firmantes de la obra dejaron una cruz en un círculo esculpido en una clave de bóveda de una pequeña puerta, la cruz es similar a la templaria. En otros lugares de la iglesuela pueden verse distintos signos lapidarios. Se detecta con facilidad la presencia de una fraternidad de constructores, verosímilmente, ligada a la Orden de los Templarios.

Esta hermandad sintetizó técnicas mediterráneas e irlandesas que habían sido conservadas por los monjes de San Columbano. Algunos de estos monjes, instalados en Lombardía, se situaron bajo la influencia cluniacense. En este núcleo tienen su origen los "Hijos del Maestre Jacques", futuros "Compañeros del Santo Deber de Dios", la hermandad que realizó las construcciones esotéricas en el Languedoc.

La iglesia de la encomienda de Montsaunés está repleta de signos astrológicos. Podemos ver fácilmente rosas de seis pétalos, flores de lis arcaicas, patas de oca. Pero el sello de la hermandad es un extraño rectángulo de ocho por cinco casillas de las cuales, una porción de tres por tres tiene en su interior aspas. Este "cuadrado mágico" no esconde el número de oro y guarda el secreto de la "divina proporción".

Solamente una hermandad de constructores capaz de haber conservado estas sutilezas estilísticas pudo reconstruir los castillos de Montsegur, Queribús y otros de la zona, dándoles el aspecto de templos solares. No, Montsegur, no fue un "templo para los vencidos" tal como sostenía Ferdinand Niel. En su estudio había tomado tierra impecablemente... pero se había equivocado de aeropuerto. Si Montsegur tiene innegables connotaciones esotéricas se debe a los templarios y no a los cátaros.