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viernes, 25 de octubre de 2024

FASCISMO, NEOFASCISMO, POSFASCISMO Y CONSPIROLOGÍA Mito y realidad del conspiracionismo

Un porcentaje muy elevado de teorías conspiracionistas se ha manifestado históricamente a través de los fascismos. En esta obra se trazan esos itinerarios. Por una parte, se fijan conceptos a utilizan: conspiracionismo, teoría de la conspiración, conspiranoia, conspirología… Luego se describen tres conspiraciones sobre las que los fascismos históricos cimentaron su éxito: “la puñalada por la espalda” en Alemania, la “victoria traicionada” en el caso italiano y el mito de la “Cruzada de Franco” en el caso español. Respecto a la escuela tradicionalista, se estudian las teorías conspirativas de sus dos máximos representantes: Julius Evola y René Guénon. En la parte siguiente se pasa revista a las teorías conspirativas “clásicas”: antisemitismo, conspiración masónica, conspiración satanista, conspiración bolchevique y a su síntesis: la conspiración judeo-masónica-bolchevique. En el capítulo siguiente se pasa revistas a las teorías conspirativas (y conspiranoicas) que actualmente circulan por la derecha populista, el posfascismo o la extrema-derecha (algunas de las cuales han desbordado los límites de este sector y han “colonizado” a franjas apolíticas de la población) habitualmente relacionadas con el problema de la inmigración y con el binomio Mundialismo-Globalización. Finalmente, se ofrecen dos propuestas para que el lector extraiga por sí mismo las conclusiones sobre las “teorías de la conspiración” expuestas y sobre las que puedan aparecer en los próximos años: un patrón para valorar las teorías de la conspiración y diez consejos para moverse en el mundo de las “conspiraciones”.

 

SUMARIO

1. Los conceptos. Delimitar áreas. Fijar interpretaciones

1. Pequeño léxico a utilizar

2. ¿De dónde procede el interés por las conspiraciones?

3. ¿Cómo es la psicología del conspiracionista?

4. ¿Cómo es la psicología del “conspiranoico”

5. ¿Existe un modelo conspirativo?

6. ¿Cómo es la perspectiva de los fascismos ante las teorías de la Conspiración?

2. Tres fascismos como ejemplo y tres teorías conspirativas

1. Alemania: “La puñalada por la espalda”

2. Italia: “La victoria mutilada”

3. España: El mito de la “cruzada”

3. Las teorías de la conspiración habituales en la extrema-derecha

1. La conspiración masónica

2. La conspiración masónico–satanista

3. La conspiración judeo–masónica

4. La conspiración judía

5. La síntesis conspirativa judeo–masónica–bolchevique

4. La versión conspirológica del tradicionalismo

1. Guénon o la eterna lucha entre “iniciación” y “contra–iniciación”

2. Julius Evola y su “tercera dimensión de la historia”

6. Las conspiraciones del neo-fascismo

1. Salvador Borrego: la Guerra Mundial como conspiración

2. La Guerra Fría y el destino de Europa

3. El “mundialismo” como conspiración

4. El Plan Andinia, Israel bis en el Cono Sur

5. Miguel Serrano, la conspiración cósmica del nazismo inexistente

6. El Plan Kalergi: Una mala interpretación de la realidad

7. El “Gran Reemplazo”, la realidad convertida en teoría conspirativa

8. Eurabia, otra visión de la realidad hecha “teoría conspirativa”

9. Paul Rassinier y el revisionismo histórico

Conclusiones y consejos

1. Diez consejos para moverse en el mundo de lo conspirativo

2. Diez puntos para valorar una teoría de la conspiración

 

DATOS TÉCNICOS

Páginas: 388

Tamaño: 15 x 23 cm

Portada en cuatricomía

Impreso en papel offset de 80 grs.

Precio Venta al Público: 33,28 €

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miércoles, 9 de octubre de 2024

Diez puntos para valorar una teoría de la conspiración (CONSPIROLOGIA II DE II)

Dentro de las posibilidades de esta obra y a la vista de los errores que hemos apreciado en varias de las teorías de la conspiración que hemos expuesto, vale la pena aportar, para terminar, unos cuantos puntos que permitirán al lector valorar la validez de cualquier nueva teoría que se le presente (y que no dudamos que, en tiempos de confusión y crisis como estos, surgirán por todas partes y en cadencia creciente)

1) Remontarse a las fuentes: no todas las teorías de la conspiración son igualmente “solventes”. Con demasiado frecuencia -como hemos visto en estas páginas- se apoyan en bases lo suficientemente dudosas como para poder atribuirles un mínimo de credibilidad: ante una teoría de la conspiración concreta hay que preguntarse: 1) Qué tiende a explicar, 2) De dónde y cuándo ha surgido, 3) Quiénes son sus mentores, 4) Sobre qué documentación fehaciente se apoya… La simple respuesta a estas cuestiones dará el índice de solvencia y credibilidad de una teoría de la conspiración. Y esto es más que necesario a la vista de que, como hemos podido comprobar, es muy frecuente que una teoría de la conspiración parte de un documento falso, de un malentendido histórico, de una fuente leída demasiado apresuradamente y de un error en la importancia que un documento puede haber jugado en una época concreta. Es frecuente, así mismo, que algunas teorías de la conspiración contengan datos que se han arrastrado a la largo de generaciones y que, dados por buenos generación tras generación, luego resulte que se trata de referencias falsas, dudosas o malinterpretadas

2) Remontarse a la época en la que enunció: esto nos dará el cuadro general de los problemas concretos de ese momento histórico y es posible, incluso, que nos sirva para apreciar la validez de una teoría de la conspiración en un momento dado y en de determinada coyuntura histórica, pero sea inaplicable en otro espacio y en otro tiempo. El tiempo suele matar las teorías de la conspiración que pretenden interpretar la historia en función de un único actor conspirativo. Los datos que pueden parecer “convincentes” en un tiempo, ya no suelen encajar con la realidad pocos 20 años después. Entidades de “poder mundial” que fueron determinantes en un tiempo concreto, pasan a ser irrelevantes apenas unos años después, sustituidas por otras. (recordemos la asociación Skull & Bones a la que perteneció la familia Bush y de la que se habló exhaustivamente mientras George Bush fue presidente, o de la Comisión Trilateral a la que pertenecieron buena parte de los miembros de la administración Carter). Cada generación desarrolla sus propios modelos conspirativos y es inútil pensar que el mismo diseño conspirativo se mantiene inalterable durante siglos.

3) Valorar al autor y su obra: habitualmente, todas las teorías de la conspiración tienen un autor. La validez de la teoría, en gran medida, puede ser evaluada en función de la solvencia de este autor, de su prestigio intelectual y de sus posibilidades reales de análisis e investigación. Es muy posible que autores conspiranoicos, por ejemplo, elaboren sus teorías en función de sus lastres psicológicos personales, de sus filias o sus fobias, de sus obsesiones e, incluso de su incapacidad para entender los mecanismos reales y objetivos para interpretar un hecho concreto o una situación histórico. Un autor solvente desde el punto de vista intelectual, un investigador que trabaje según un método científico, es garantía de que sus conclusiones pueden aproximarse a la verdad. Un autor anónimo, aupado en redes sociales, un intelectual que cambie constantemente de opinión, impulsivo, poco reflexivo, excesivamente intuitivo, suele ser garantía de una teoría de la conspiración errónea. Así mismo, un documento espurio, sin garantías de autenticidad, cuyo origen está envuelto en brumas con posibilidad de que se trate de una falsificación, es el anticipo de una teoría conspiranoica falsa o artificialmente creada.

4) Evitar dar por ciertas versiones de una conspiración que se mantienen a lo largo del tiempo utilizando datos repetidos reiteradamente, pero nunca confirmados como auténticos: es muy frecuente que una teoría de la conspiración que se mantiene durante décadas, encuentre a autores poco escrupulosos que dan por ciertos y repiten (“refritos”) datos que la confirmarían, sin antes preocuparse si estos datos son indubitables o bien nunca han sido confirmados. Es frecuente que una conspiración se dé por cierta por el testimonio de un personaje desconocido que asistió a una reunión de conspiradores y luego sintió una necesidad vital de “contar la verdad”. Luego, dando por cierto ese testimonio, el dato se repite una y otra vez en las sucesivas revisiones de la teoría de la conspiración en cuestión. Ahora bien, siempre hay que tener en cuenta que, si ese dato que puede ser calificado como la “piedra fundacional” es falso o erróneo, toda la construcción que se asienta encima es inestable en tanto que igualmente falsa. Aquí puede aplicarse el principio jurídico de “testimonio único, testimonio nulo”.

5) Confrontar la teoría con la realidad: las teorías de la conspiración se confirman o quedan desmentidas a la luz de la realidad. Mientras existe un paralelismo entre el enunciado de la teoría y las situaciones reales que se van sucediendo, la teoría en cuestión queda verificada, pero, desde el momento en el que teoría y realidad divergen, hay que evitar tratar de encajarlas a martillazos. La teoría no ha soportado el choque con la realidad y se ha difuminado. El peor error consistiría en seguir creyendo en algo en función de lo que ya no sirve para entender un proceso histórico. En el período de la primera postguerra mundial, por ejemplo, podía darse por cierto la idea del entendimiento entre judíos laicizados y bolchevismo a la vista de que la mayoría de dirigentes comunistas eran de origen judío. Pero, a partir del estalinismo y de sus purgas -que salpicaron especialmente a grupos dirigentes bolcheviques de origen judío- la teoría ya no era válida.

6) Buscar explicaciones alternativas: en ciencia se dice que “más vale una mala teoría que no tener teoría”. Una “mala teoría” sirve para estructurar conocimientos e interpretarlos, pero también para poder realizar una crítica que puede desembocar en la formulación de una “buena teoría”. Esto implica que una interpretación de la realidad en función de una teoría de la conspiración es un recurso aceptable y necesario solamente en el caso de que no exista otra teoría que interprete mejor los mismos hechos. La mayor parte de teorías de la conspiración tratan siempre de explicar problemas complejos mediante respuestas simples. Pero, en un momento de aceleración de la historia y de cada vez mayor complejidad de las sociedades, es inevitable que la explicación a los procesos que se van desarrollando, sean complejas y tengan en cuenta multitud de factores. Precisamente, esa complejidad es lo que hace difícil que existan conspiraciones que puedan soportar el paso del tiempo y cuyos mentores hayan tenido en cuenta todos los elementos de la ecuación. Esto implica que la validez de una teoría de la conspiración es inversamente proporcional al tiempo que transcurre desde que ha sido enunciada.

7) No perder nunca la objetividad en el análisis de una teoría de la conspiración: habitualmente, las teorías de la conspiración tienen éxito o no a partir del énfasis y de la capacidad de convicción de quienes las difunden, por la espectacularidad de algunos de sus contenidos, incluso por su extravagancia y por los canales en los que difunden (habitualmente redes sociales y grupos formados por “creyentes”) mucho más que por el contenido de los datos que aportan. Estos, no siempre superan la prueba de la veracidad. Es importante para el ciudadano al que le llega una nueva teoría de este tipo, que mantenga el cerebro frío y siempre, a la hora de valorarla, especialmente en estos momentos en donde hay bases de datos suficientes en Internet como para poder evaluar y confirmar o desmentir cada dato, confirme por sí mismo, los datos que le llegan.

8) Discriminar y clasificar las fuentes: Un dato olvidado en una web perdida que ni siquiera indica la fuente, suele no ser fiable, sin embargo, muchas teorías de la conspiración se han elaborado sobre esa base (el Plan Kalergi, como hemos demostrado surgió de una mala lectura de un libro olvidado, escrito por un autor que nunca tuvo una relevancia especial). Es importante a la hora de establecer la credibilidad de un dato aportado en una teoría de la conspiración, el valorar la fuente que lo ha emitido. Para ello, habrá que ver qué otros datos, sobre otros temas, aporta esa misma fuente y, en función de ello podremos establecer si el dato es fiable, inseguro en mayor o menor grado, o simplemente falso. En una publicación poco seria, en una web juvenil, en un foro de noticias que habitualmente sirve para canalizar locuras, fakes y es frecuentado por carne de psiquiátrico, es inútil pensar que vamos a encontrar datos que puedan aceptarse sin más. Los datos aceptables, solamente pueden partir de fuentes solventes.

9) Necesidad de documentos indubitables y testimonios múltiples: hay que desconfiar de “documentos probatorios”, sin padres ni madres reconocidos. Guénon sostenía que una sociedad secreta digna de tal nombre no deja rastros escritos de su actividad. Cuando aparece algún documento emanado por una de estas sociedades, hay que desconfiar sobre su autenticidad. Es demasiado frecuente que se trata de una “pieza de intoxicación”. Cuando se publicaron los Protocolos de los Sabios de Sión, algunos recordaron este principio y, aun antes de que aparecieran todos los datos que confirmaron la mistificación, denunciaron que el documento no solo era falso, sino que era cualquier cosa, menos las actas de una reunión secreta tendente a lograr el dominio mundial. Por otra parte, un dato único no puede confirmar una tesis compleja. En ciencia se dice que “a grandes tesis, grandes demostraciones”: si se quiere demostrar la existencia de vida extraterrestre (una gran tesis), la “gran demostración” consiste en entrevistar a un extraterrestre en la CNN. Frecuentemente, las teorías conspiranoicas, aparte de su escasa objetividad, parten de un testimonio único que, como sabe cualquier jurista, equivale a “testimonio nulo”.

10) Si no se dispone de una teoría “segura”, mejor prepararse para afrontar los hechos: vivimos momentos de crisis a los que se une un proceso de aceleración de la historia que se prolonga desde hace más de un siglo, a velocidad creciente. Cada vez es más habitual que las teorías interpretativas vayan por detrás de la realidad de los hechos. El catolicismo, por ejemplo, ha perdido mucho tiempo, tratando de explicarse el porqué está hoy en crisis, especialmente en la tierra de Europa: y no ha llegado a conclusiones unánimemente aceptadas. La situación es que hoy, además de carecer de teoría interpretativa sobre su propia crisis, se encuentra en una situación prácticamente insalvable: para los católicos, ya no se trata de seguir pensando en los “por qué”, sino más bien en actuar para tratar de salvar lo salvable y evitar la islamización de Europa. Es frecuente, como ya hemos dicho, que una teoría que “funcionó” ayer, ya esté superada poco después. Para apreciar un problema, basta con salir a la calle y observar el entorno: a partir de aquí podrá inferirse si hay tiempo para elaborar una teoría de la conspiración, o será necesario enfrentarse al problema que se percibe con la mayor determinación aun sin haber elaborado una teoría que lo explique.

Es posible que estos consejos hayan decepcionado a algunos. Y, sin embargo, son necesarios a la vista de la facilidad con la que hoy se difunden fakes, se repiten errores, se elaboran o adaptan teorías que no tienen posibilidades de interpretar satisfactoriamente nuestro momento histórico. Vivimos tiempos de repliegue a lo personal, nuestras vidas están encerradas en nuestras terminales digitales. Casi sin darnos cuenta hemos terminado presos, primero del racionalismo, luego de los millones de reclamos que cada día exigen nuestra atención, la mayoría carecen de tiempo para recabar datos y deben fiarse de las teorías de la conspiración elaboradas por otros. Ya hemos visto que, con demasiada frecuencia, estas teorías resultan erróneas. En la soledad de nuestros hogares, nosotros y nuestras terminales digitales pueden estas ofreciéndonos informaciones distorsionadas, incompletas, interesadas, pura intoxicación: de ahí la necesidad de salir a la calle, afrontar el mundo tal cual es, y, aun cuando no podamos hacer nada por rectificar un mundo que se derrumba ante nuestros ojos, debemos procurar que ese mismo mundo deletéreo, absurdo y repleto de distorsiones no tenga entrada en nosotros mismos.

A partir de aquí, las actitudes son dos: la el ciudadano más volcado a la meditación que a la acción que reaccionará tratando se confrontar teorías de la conspiración, sus datos y las responsabilidades contra las que apunta o bien elaborar su propia teoría de la conspiración; o bien, en aquellos en los que algo les hierve en la sangre, más resueltos a la acción que a la contemplación, que tratarán de actuar contra la decadencia o bien de preparar el mundo post-apocalíptico. Sí, porque, a fin de cuentas, la grandeza de nuestro momento histórico es que, con o sin teorías de la conspiración, estamos viviendo el final de una era.








Diez consejos para moverse en el mundo de lo conspirativo (CONSPIROLOGÍA I de II)

1) Las conspiraciones existen, pero, cuidado con interpretar toda la realidad en función de teorías conspirativas. Existen aquellos que, intuyendo cómo va a ser el desarrollo económico-social de los próximos años, se adelantan y se presentan como los “diseñadores del futuro”, cuando, en realidad, no son nada más que pobres aprovechados que tratan tener un protagonismo mediático avalados por su patrimonio y con la simple intención de aumentarlo. Un ejemplo, es Klaus Schwab, presidente del Foro de Davos o George Soros, el inversor. El proyecto de ambos, empieza y termina con el objetivo de aumentar su capital. Dado que no pertenecen a ninguna dinastía económica que lleve generaciones multiplicando su capital, ni tampoco han sido creadores de nuevas tecnologías, se han visto obligados a adoptar, para su juego lucrativo personal, la ideología “progresista” que, tradicionalmente ha acompañado a tales dinastías (los Rothschild, los Rockefeller, los Mars, los Walton, etc), cuyos hijos, habitualmente, se han formado en la London Economic School, inicialmente, de obediencia “socialista fabiana”. Pero sería un error considerar que el “socialismo fabiano”, hoy, está detrás de cualquier proyecto conspirativo: su papel político -hoy completamente disminuido incluso en su tierra natal y, no digamos, en los partidos socialistas de los demás países occidentales (en el PSOE existió una “tendencia fabiana” hasta mediados de los 80)- es irrelevante y lo más que se le puede atribuir es la concepción “gradualista” de los procesos de cambio social. La única conspiración que puede atribuirse a estos multimillonarios es la de fomentar maniobras para aumentar más su patrimonio. Para ello cuentan con “redes de influencia” (Bildelgerg, Trilateral, CFR, Foro de Davos, Club de Roma, fundaciones, y un largo etcétera) que sirven, sobre todo, para “socializar” a estas élites económicas, foros de intercambio de informaciones y de relaciones entre el mundo de la política, los negocios y la comunicación. Pero no existen datos suficientes como para suponer que son “centros de planificación” del futuro para toda la humanidad. El mundo moderno es demasiado complejo como para pensar que puede ser dirigido por una élite económica que solamente piensa en sus dividendos y en sus márgenes de beneficios.

2) Existen decenas de asociaciones que suelen ser consideradas como “centros del poder mundial” (que hemos mencionado en el párrafo anterior, la mayoría formada desde el último tercio del siglo XIX hasta nuestros días). Tales centros de poder se han formado en torno a personalidades que disponen de una concentración de capital suficiente como para que lo que hagan con él pueda repercutir directamente en la sociedad y en las políticas de los Estados. Y la ley intrínseca del capital es la necesidad de aumentar y multiplicarse. Por tanto, tales asociaciones suponen un intento de favorecer los intereses de sus miembros a despecho de los intereses de las naciones o de los intereses de la sociedad. No es una novedad propia del siglo XXI el que los intereses de los círculos globalizadores (cuyo único empeño es obtener mayores dividendos para sus inversiones y para los cuales no existen los conceptos de “patria”, “nación”, “sociedad”, ni siquiera ética o moral, sino el simple lucro) y los círculos mundialistas surgidos de proyectos místico-idealistas nacidos en el siglo XIX y que se centraban en la idea de “unificación mundial” (cuyos bastiones son hoy la clase funcionarial de las Naciones Unidas y de la UNESCO, impulsores hoy de la Agenda 2030) se alíen en el mismo impulso: ideas como el “cambio climático” (y la difusión de informaciones que general alarmas sociales aunque estén lejos de ser comprobadas), la “transición energética”, la política de estímulo de las migraciones, la lucha contra la soberanía de los Estados-Nación, definir como racismo, intolerancia y xenofobia a quienes se oponen a estos designios, la generación de miedo a través de pandemias (y la venta masiva de remedios que constituyen peligros mucho mayores que los males que dicen resolver), la apertura de nuevos frentes de negocio vinculados a los mitos contenidos en la Agenda 2030, la creación de problemas artificiales (todo lo relativo a lo LGTBIQ+), la impulsión de la “corrección política”, de nuevos modelos educativos, la difusión de drogas, ritmos y espectáculos que anulan la personalidad, el “wokismo”, todo ello, combinado, no son solo muestras del fracaso de un modelo de sociedad y de unas convicciones políticas y morales, sino, sobre todo, la apertura de “nuevos nichos de negocios” nunca antes explorados en el que los intereses “mundialistas” y los intereses “globalizadores” se combinan y se apoyan mutuamente. Eso es, llamando a las cosas por su nombre, una “conspiración” (acción de gentes que se asocian de forma secreta, clandestina o elitista para lograr determinados fines que les benefician).

   

3) El tiempo ha demostrado ser un gigantesco cementerio de conspiraciones. Los que ayer sostenían que la masonería era una todopoderosa estructura conspirativa contra las monarquías y a favor de las repúblicas, tuvieron razón… pero hoy la masonería no es más que un residuo de una institución todo poderosa allí donde una revolución liberal facilitaba el acceso al poder de la burguesía. Y lo mismo cabe decir de la teoría de la conspiración bolchevique: durante el siglo XX, entre 1917 y 1989, el bolchevismo fue “algo”. Hoy es un cadáver sin que disponga siquiera de fieles que lo velen. Hemos podido ver, entre 1900 y 2024, movimientos conspirativos que nacían, crecían y desaparecían. Y con ellos las teorías que las interpretaban. No puede hablarse de una “única conspiración”, lineal, inexorable y constante a lo largo de los siglos: lo que es humano tiene fecha de caducidad y bastan unas pocas generaciones para que un peligro sea conjurado, pierda fuelle o sea derrotado por otro peligro, acaso aún mayor. Únase al paso del tiempo, el azar, las nuevas realizaciones humanas fruto de la investigación científica, los nuevos procesos sociales y lo que se tendrá es un puzle imprevisible, sorprendente, en el que nadie es capaz de establecer cómo será el futuro, ni mucho menos cómo controlarlo. La flecha del tiempo siempre va hacia adelante y lo que ayer era esencial, mañana puede resultar irrelevante. No existe sociedad conspirativa alguna capaz de interpretar todos los datos existentes hoy y los que pueden aparecer sorpresivamente, para asegurarse una posición dominante permanentemente.

4) Los procesos de degradación que se están dando en la modernidad, más que frutos de la acción consciente de sociedades secretas organizadas, deberían de considerarse como muestras de la entropía. Se iría que lo que podríamos llamar “energía civilizacional” se va agotando y cada vez resulta más difícil invertir la pendiente de la decadencia. Es el proceso de lo que René Guénon llamaba “solidificación del mundo”. Esa entropía hace que el sistema humano sea cada vez más caótico. Las leyes físicas no son objeto de “conspiraciones” y la mayoría de procesos de degradación que se viven en la modernidad son producto de la falta de valores, los sistemas educativos fracasados, las concepciones de la vida tan ingenuas como inútiles, la falta de clase política digna de tal nombre y así sucesivamente. El margen que, en esta situación, puede tener una “conspiración” para actuar es relativamente reducido. Pueden existir, por supuesto, grupos económicos poderosos que se asocien en defensa de sus propios intereses y contra los intereses generales y son esas conspiraciones las que vale la pena denunciar, como también, paralelamente, es necesario denunciar las situaciones de degradación de la vida social y cívica que se están produciendo y que podrían resolverse si existiera interés en hacerlo. Ese absentismo de la clase política a la hora de afrontar problemas reales, es el resultado su incapacidad, una verdadera selección a la inversa en la que los más aptos, preparados y generosos, se han retirado del terreno político, dejándolo como pasto para psicópatas, incapaces, aprovechados, corruptos y vividores. La entropía actúa y aumenta el caos social.

5) No hay teoría conspirativa perfecta: todas adolecen de algún problema y todas quedan superadas a corto plazo por los hechos. Las teorías conspirativas perfectas (es decir, cuya interpretación de las causas y de los efectos superan el espacio y el tiempo y tienen un alcance universal) solamente podrían existir en una sociedad orgánica en cuyo interior rige un principio de orden, pero no en una sociedad que se dirige a marchas forzadas hacia situaciones cada vez más caóticas. Hoy, la única conspiración posible es lo que podríamos llamar “conspiración plutocrática”, esto es, la “conspiración del dinero”, pero no es el una conspiración propiamente dicha, sino el resultado de las leyes de la oferta y de la demanda y de la existencia de grandes monopolios y consorcios que falsean el principio de libertad económica: en un momento en el que los Estados cada vez son más débiles y los grupos económicos más fuertes, no existe ni puede existir “libre competencia” (el factor necesario para garantizar la inexorabilidad y la justeza de la ley de la oferta y la demanda). Las grandes acumulaciones de capital, por su necesidad de obtener réditos del dinero invertido, necesariamente imponen su voluntad sobre los Estados. Pero, más que hablar de una “conspiración” estaríamos hablando de las lacras aparecidas en las últimas fases de acumulación de capital. Por otra parte, pensar que lo que hemos llamado “sociedades del poder mundial” (Bildelberg, Trilateral, Grupo de Davos, etc.) forman grupos unidos de conspiradores significa no conocer que mientras existan dos capitalistas, existirá rivalidad entre ellos, y si bien ambos tendrán enemigos comunes que derrotar, también entre ellos son y serán siempre enemigos: así lo impone la ley de oro del capitalismo. Éste, en su incesante acumulación de capital reduce los actores protagonistas, a unos pocos magnates que compiten entre sí. No hay paz entre ellos. No puede haberla porque la competencia impide alianzas a largo plazo.

           

6) Lo que se identifica habitualmente como “actores activos” en las teorías de la conspiración, son en realidad grupos económicos, carteles, dinastías financieras, en muchos casos más fuertes que la mayoría de los Estados que se mueven en defensa de sus intereses. No solo se trata de obtener buenos dividendos hoy, sino de que los que se obtengan el próximo año sean mayores, que el conglomerado industrial y financiera, sea cada vez mayor y eso implica adoptar determinadas estrategias, fundamentalmente, ante los Estados Nación (que, por el momento, son las únicas estructuras que poseen instrumentos suficientes para poner coto a su rapacidad (mediante gobiernos soberanos, provistos de fuerzas de seguridad, instituciones, legislación, métodos coercitivos y fiscalidad). De ahí que todos estos actores activos, tengan como objetivo central disminuir la autoridad y la soberanía de los Estados (y, por tanto, no puede extrañar que apoyen y promocionen a los políticos más corruptos, débiles y amorales que puedan satisfacer con más facilidad los intereses de los grupos económicos). Pero, a partir de ahí, tras ese objetivo común, todo es “competencia” y, por tanto, rivalidad, lucha y conflicto. No existe una sociedad de plutócratas conspiradores que sean solidarios entre ellos y entre los cuales, la rivalidad, la búsqueda de mayores beneficios les garantice paz, armonía y solidaridad eterna.

7) Los fascismos históricos, en especial allí donde tuvieron más arraigo, surgieron de “teorías de la conspiración” que tuvieron altos niveles de aceptación en tanto que respondían a fenómenos muy reales que habían ocurrido con anterioridad. Pero, tras la guerra mundial, los movimientos neofascistas tuvieron una irreprimible tendencia a interpretar los hechos históricos que ocurrieron a partir de 1945, en función de distintas teorías conspirativas que, en realidad, eran reformulaciones de antiguas teorías, refinadas y readaptadas. Los neofascismos y, por extensión, la extrema-derecha no son los únicos ambientes políticos en los que se han manifestado teorías de la conspiración (incluso la propia interpretación marxista de la historia puede ser considerada como una de estas teorías en las que “la burguesía” trata de imponerse al “proletariado”), pero si son aquellos que, por su psicología particular, por la sombra de la derrota de 1945, hayan puesto mayor énfasis en fijar interpretaciones conspirativas (que, recordémoslo, interpretan una realidad compleja en función de teorías muy simples).

8) Ninguna de las teorías de la conspiración que circulan en la actualidad -y que, en buena medida, son compartidas por neofascismos, postfascismos, nacional-populismos o extrema-derecha- es completa y verificada. Obviamente, la que encaja mejor con la realidad es la denuncia realizada contra el mundialismo; en el resto de conspiraciones que hemos analizado parece evidente que se trata de interpretaciones erróneas o con cierto nivel de desenfoque, de problemas realmente existentes. No puede decirse, por ejemplo, que la inmigración musulmana a Europa, con la consiguiente islamización del continente, sea un fake. El problema existe y cada día que pasa es más aguda, incluso en algunos países, es cuestión de tiempo que estalle la guerra civil, étnica, religiosa y social. Pero ninguna de las teorías conspirativas elaboradas para interpretar el fenómeno responde a todas las preguntas planteadas, ni siquiera explican la pasividad de los gobiernos de Europa Occidental ante el fenómeno que pone dudas sobre la viabilidad de estos estados en un futuro desgraciadamente muy próximo. Lo dramático es que el fenómeno existe, que no es un fenómeno grave, sino gravísimo, ante el cual la mayoría de gobiernos parecen paralizados, pero hasta ahora, ninguna teoría de la conspiración ha logrado integrar todos los elementos presentes en la ecuación y aportar un enunciado único que sea capaz de responder a todas las cuestiones que podrían formularse. Ya lo hemos planteado: un George Soros, ¿sería capaz, sin dudarlo, de provocar una guerra civil étnica sólo por “odio” hacia la Vieja Europa, a sabiendas de que lo que quedara de Europa después del conflicto haría que se perdiera el producto de décadas de especulación bursátil realizada por el propio Soros? ¿Cómo integrar en una interpretación de este tipo el axioma económico de que “el dinero es cobarde” y huye de los conflictos? Ninguna de las teorías de la conspiración ha logrado responder a cuestiones tan simples como ésta.

9) La “teoría de la conspiración mundialista” es, por el momento, la que mejor se adapta a la interpretación de la realidad del siglo XXI. Enunciada en medios neofascistas franceses de la segunda mitad del siglo XX acierta a la hora de establecer responsabilidades en los organismos internacionales que surgieron tras la Segunda Guerra Mundial, en especial las Naciones Unidas y la UNESCO. Todo induce a pensar que los grupos de funcionarios, fuera de cualquier disciplina de nación o Estado, de estos organismos, muy influidos por determinadas corrientes místicas nacidas en el siglo XIX, favorables a la “unificación mundial”, hayan elaborado un programa -la Agenda 2030- como antes elaboraron otros muchos (los “Objetivos del Milenio”) pactado en parte con grupos económicos globalizadores. La teoría de la conspiración que logre trasladar a las masas la convicción de que un grupo de funcionarios alucinados a los que nadie ha elegido, han elaborado un plan de “unificación” y que este grupo funcionarial ha pactado con las mayores acumulaciones de capital, cuáles van a ser las mejores áreas de inversión (energías verdes, transición energética, energías renovables) y que la invasión demográfica es el mejor método para que Europa gane competitividad (a despecho de que pierda en identidad, se islamice o la brutalidad se extienda por sus calles), esa teoría logrará comprender los rasgos de nuestra época y la decadencia presente y futura.

10) Las teorías de la conspiración, en sí mismas, son meros modelos de interpretación de la historia, más o menos próximos a la realidad (o completamente alejados de ella en el caso de las teorías conspiranoicas). Pero lo que, en el fondo cuenta, es la capacidad de recuperación de las condiciones normales de vida, de libre albedrío y de libertad de los pueblos. Las teorías de la conspiración se han preocupado solamente de interpretar los sucesos que ocurren en Occidente. Pero, ahora, en tiempos de mundialización, las interpretaciones “eurocéntricas” ya no son válidas. Estas interpretaciones se identifican con las que hemos llamado “teorías clásicas de la conspiración”, de las que las que hoy maneja la extrema-derecha, el postfascismo y los medios conspiranoicos, no son más que adaptaciones o reformulaciones. Lo que valía para la Rusia de 1917, ya no vale para la China o para la Argentina de 2024. Todo período histórico precisa de un modelo interpretativo, para entenderlo y prever su evolución futura. Entre todas las teorías de la conspiración, incluida la mundialista, la más próxima a la realidad, no hay ninguna que consiga integrar todos los elementos y factores que operan en la modernidad y dar una respuesta sobre los motores del proceso entrópico, con nombres y apellidos. Aquel que logre elaborar una teoría global sobre los orígenes y los factótums de la crisis de civilización actual, conseguirá que sus epígonos la traduzcan en términos políticos en un programa de reconstrucción de los pueblos. Si es que ello es posible. Puede ocurrir también que la realidad mundial actual sea tan completa y diversa, según grupos sociales, continentes y civilizaciones que, esta tarea sea imposible y, a la postre, el caos que estamos viviendo sea solamente el resultado de la entropía que sufre cualquier sistema cerrado de energía: cuando ésta se agota, el sistema, al estar cerrado, entra en crisis. Y el planeta Tierra, más vale que no lo olvidemos, es precisamente un sistema cerrado de energías diversas cada vez más agotadas, como consecuencia de lo cual, en lugar de tender al orden, tienden al caos.








lunes, 5 de octubre de 2020

"LA CONSPIRACIÓN ABIERTA" (2 DE 3) - EL PAPEL DE LA SOCIEDAD FABIANA

 

En 1884, Wells se matriculó la Escuela Normal, no se graduaría en 1887, a causa de haber iniciado su trabajo como periodista aficionado. En el curso 1886-1887 participó en los debates de la Sociedad Fabiana y en los encuentros nocturnos en la Kelmscott House de Willian Morris, una mansión victoriana de ladrillo que era su residencia londinense. Morris era, en la época, uno de las personalidades más influyentes del mundo de la cultura inglesa y se había vinculado a John Ruskin que puede ser calificado como el “último de los socialistas utópicos”. Se sentía atraído por la Edad Media y eso le llevó a pertenecer a la Sociedad Prerrafaelita y a través de ella y directamente intentó ofrecer a la sociedad victoriana una interpretación propia de la artesanía medieval.

En lo político, Morris se sentía atraído por el anarquismo desde la década de 1880 y, posteriormente, en el período en que se vinculó con Wells, había pasado a ser un socialista convencido y miembro de la Federación Socialdemócrata (en 1893) que dio lugar a la Liga Socialista (1894) en la que también participó. Se trataba de una organización que agrupaba a socialistas no marxistas, con cierta tendencia al misticismo y entre los que se encontraban los primeros cristianos de izquierdas y gentes que, posteriormente militarán en la Sociedad Teosófico o que ya lo hacían en ese momento. Ese período, precisamente, coincide con los encuentros de Kelmscott House. Morris defendía un “socialismo de Estado”, partidario del control centralizado y activamente promotor del ateísmo. Desde el punto de vista personal, Morris era un tipo inestable, que llegaba a perder el conocimiento cuando se enojaba (probablemente estuviera afectado por el síndrome de Tourette). Sin embargo, influyó decisivamente en toda la izquierda inglesa de finales del XIX.

Para Wells, las discusiones en el domicilio de Morris le sirvieron para vincularse con George Bernard Shaw, Graham Wallas que ya participaban en las actividades de la Sociedad Fabiana. Esta entidad había sido fundada en 1884 en Londres. Su nombre derivaba del cónsul romano Quintus Fabius Máximus, “Cuntactor” (literalmente “el que retrasa” o “el que contemporiza”), que ha pasado a la historia al haber logrado frenar la invasión cartaginesa de Roma, evitando los enfrentamientos directos con Aníbal, tendiéndole ocasionalmente la mano para negociar, pero intentando solamente evitar el choque directo y recurriendo frecuentemente a la guerra de guerrillas y al sabotaje en la retaguardia cartaginesa. Estas actividades llamaron la atención de los fundadores del grupo (una verdadera secta política) que lo tomaron como ejemplo de la estrategia a aplicar contra el capitalismo y para seguir la marcha hacia una sociedad socialista.

A diferencia de Marx, los fabianos, que también se consideraban socialistas y revolucionarios, opinaban que había que avanzar discretamente erosionando al capitalismo y tratando de reconducirlo desde dentro impulsando una evolución gradual que transformara, poco a poco, a la sociedad de capitalista en socialista.  

Las primeras opiniones políticas de Wells tuvieron lugar en este marco y cuando ya se había visto ganado por estas ideas. El 15 de octubre de 1886, en una de las reuniones de la Sociedad de Debate, presentó la potencia “Socialismo Democrático” en el que definía lo que era para él el socialismo (“una causa común de los hombres en la búsqueda de la felicidad mutua”). Sorprendentemente, sostenía que se llegaría al socialismo mediante “la fusión del individuo con el Estado” lográndose con ello la fusión entre la capacidad productiva del Estado que éste debía estimular y las necesidades de consumo de la población. Resumió, en plena ortodoxia fabiana, su programa sosteniendo que lo que proponía era un pacto social equitativo que supusiera un aumento del nivel de vida para la mayoría y una pequeña disminución para las clases superiores.

Sin embargo, en este planteamiento –como en el de los fabianos- existían muchas sombras de duda. La primera de todas era que entendía como “clases superiores”. Lo aclaró poco después en el mismo foro, cuando ya se había radicalizado. Para él, en ese momento (1889), lo esencial era la “abolición de la herencia y la propiedad” y tal debía ser “el único objetivo de la nueva y progresista orden de los socialistas”. No era eso, exactamente, lo que proponían los fabianos que formaban en torno al matrimonio Webb, fundadores de la sociedad y al propio Bernard Shaw, su miembro más prominente.

En realidad, Wells estaba proponiendo un tercer camino en la marcha hacia el socialismo que consideraba ineluctable. Por un lado estaba el socialismo marxista (o “científico”) que aspiraba a la “igualdad de oportunidades”, mientras que el socialismo fabiano (o “acientífico) pretendía aspirar a la “igualdad de condiciones”. Wells pretendía que desaparecieran las barreras de clase y que se estableciera una libre competencia de los individuos al margen de su origen y establecer una “meritocracia” de carácter darwinista. Estaba convencido de que lo que valía para las especies animales podía también aplicarse para la especie humana y que la competencia biológica eliminaría la incompetencia. La eliminación de la herencia y de la propiedad privada haría el resto.

Así pues, es importante, dejar claro que Wells fue “fabiano” relativamente y solamente en un momento de su vida. Su pensamiento y el de la sociedad fabiana diferían ampliamente y no tanto en su ideología como en la aplicación de sus principios. Ambos, Wells y los fabianos, eran ateos, con cierta tendencia al misticismo (procedente de sus maestros de pensamiento, Morris y Ruskin) y anclado en la simpatía con el que contemplaban al socialismo utópico premarxista. Pero Wells, era mucho menos místico que los Webs o la propia teósofa Annie Besant (que también participó en este círculo). Ambos se querían “realistas y objetivos”, pero eran utópicos en sus ideales, en ninguno de los dos casos eran marxistas y no creían, en absoluto, en la capacidad del proletariado en ser la clase social hegemónica en el futuro, ni siquiera en la conveniencia de que lo fuera. Los fabianos eran paternalistas en relación al proletariado, pero  Wells, sustituyó ese paternalismo por un darwinismo social que aspiraba a que, incluso los elementos disfuncionales en el seno del proletariado se sometieran a los elementos mejor preparados y más aptos.

Desde el punto de vista estratégico, tanto Wells como los fabianos opinaban que no se podía afrontar una lucha contra el capitalismo frontalmente, sino que era preciso hacerlo de manera gradual. Harina de otro costal es lo que entendía por “capitalismo”. En realidad, no albergaban particular hostilidad hacia el mercado, el liberalismo económico y todo aquello que había facilitado la irrupción de la burguesía en la modernidad. Da, más bien, la sensación de que entendían por “capitalismo”, al sistema establecido por las antiguas élites nobiliarias inglesas devenidas en un primer tiempo, patronos (a diferencia de en España, en el Reino Unido, la industrialización se realizó porque buena parte del capital excedentario obtenido por los terratenientes, en su inmensa mayoría miembros de la nobleza, se invirtió en la industria). Así pues, en el fondo, de lo que se trataba era de privar a los “lores” de sus privilegios. Y las tácticas para hacerlo eran diferentes (en Wells mediante la lucha contra la “herencia” y contra la propiedad, y entre los fabianos, mediante una serie de medidas, especialmente fiscales).

Así como Wells expresaba un criterio personal, compartido públicamente por su círculo íntimo, los fabianos, constituyeron pronto un grupo de presión dentro del Partido Laborista y se dedicaron a la formación de cuadros a través de la fundación de la London Economic School en 1894. Lo sorprendente es que, esta escuela, desde aquel momento, se ha dedicado a la formación de élites mundialistas y entre las capas más selectas de la alta finanza, y ciertamente, las promociones que han salido de allí, se han situado siempre en el espacio de la socialdemocracia europea y de los liberales norteamericanso, sin embargo, el proyecto que, en la práctica han defendido tiene mucho más que ver con las ideas registradas por Wells.

Así como Wells expuso sus ideas en La Conspiración Abierta, los fabianos multiplicaron sus publicaciones y en 1889 reunieron todos los textos elaborados en el volumen titulado Fabian Essays in Socialism. En ambos casos, lo que intentaban no era una “revolución por lo bajo”, sino un “cambio revolucionario por lo alto”, tratando de que se sumaran a sus tesis y a las filas de la Sociedad Fabiana, miembros relevantes e influyentes de la sociedad. Es decir, en ambos casos, su mensaje, por “socialista” que se considerase, no iba dirigido a las masas populares, sino a élites de grupos sociales relevantes.

Para los fabianos, uno de los elementos clave de su táctica y lo que debía unir su movimiento al Partido Laborista, eran las políticas municipales. A través de los ayuntamientos, podían obtenerse mejoras directas en el nivel y en las condiciones de vida de la población. De ahí que enfocaran buena parte de sus esfuerzos a presentar a sus élites en las elecciones municipales o a influir en el programa municipal del laborismo. De ahí que, en algún momento, se conociera al fabianismo como “socialismo municipalista”. Wells rechazaba completamente este planteamiento y fue, entre otros, el que tuvo mayor peso a la hora de romper con el matrimonio Webb y con Bernard Shaw. Wells no pensaba que se pudiera organizar la reforma del “capitalismo” y la marcha hacia una sociedad socialista en base a los municipios que, eran, en su mayoría, en aquel momento, muy pequeños. Proponía, más bien, una regionalización de los servicios, pero en absoluto una conversión de estos en empresas colectivizadas o estatalizadas; para él, bastaba, simplemente, con que las grandes empresas tuvieran un “representante público en su Consejo de Administración y con poderes del Parlamento” para lograr honestidad y eficacia en la gestión, mucho más de lo que sería capaz de realizar una empresa que trabajara para un ayuntamiento por muy colectivizada que estuviera.

 

Si bien, la Sociedad Fabiana, asumió e integró esta crítica en su patrimonio ideológico, la siguiente, emitida por Wells en 1906, sería ya de imposible digestión y llevó a la ruptura. En efecto, el 9 de noviembre de ese año, en el curso de una charla titulada Los fallos de la Sociedad Fabiana, Wells siguió con sus críticas aludiendo al “elitismo” de la que hacía gala y pidiendo que se abriera a otras clases sociales (en realidad, a otras “élites sociales”). Para él era fundamental, actuar entre las “clases educadas y las clases medias” y realizar una adaptación en la forma de presentar el “socialismo”. En esa ocasión propuso la conversión de la Sociedad en un “movimiento de masas” (creía que podría reunir a nuevos 10.000 miembros en un año). La conferencia fue considerada como un desafío a la “vieja guardia fabiana” (los Webb y Shaw), sin embargo, se estableció un comité especial para analizar las propuestas de Wells. Ocho meses después, el comité aceptó las recomendaciones para ampliar la base de la sociedad, aumentar la propaganda y abrirse a otras formaciones socialistas. Pero cuando se trató de poner en práctica las recomendaciones tuvo lugar el choque entre Wells y Shaw (en las reuniones celebradas entre el 8 y el 14 de marzo de 1907) que solamente se salvó in extremis cuando el primero retiró su moción de censura a la “vieja guardia” de la sociedad.

Así se saldó la primera fase de la batalla que había emprendido Wells para tratar de convertir a la Sociedad Fabiana en una formación más activa y militante: con un ligero avance hacia las posiciones de Wells, pero sin alterarse la composición de la dirección. La Sociedad creció, como proponía Wells, llegando a 1267 miembros en 1907, y creando varias sucursales en las universidades más importantes del país. También se incrementó el número de mujeres. Pero en la junta elegida en 1907, la proporción seguía siendo favorable a la “vieja guardia” con 12 miembros en la dirección, por 8 partidarios de Wells.

En 1906, Wells publicó una obra profética, En los días del cometa. Fue un error que le costaría caro. En la novela, el planeta vivía una situación extrema: estaba casi al borde de la guerra y cerca del precipicio de una crisis industrial sin precedentes. Pero, entonces, un pequeño cometa se estrella contra la Tierra y sus vapores transforman a la humanidad, estableciéndose una sociedad basada en la fraternidad, la paz y el amor… Hasta aquí, se trataría de la típica utopía novelada, pero el problema era que, como es habitual en la producción de Wells, el problema de fondo queda envuelto en las vicisitudes personales de los protagonistas directos. El protagonista, un tal Leadford, queda también transmutado por los efectos del cometa y terminará proponiendo la vida en común entre él, su mujer, su amante y el novio de ésta, incluyendo la promiscuidad sexual. Las críticas llovieron sobre Wells que quedó definido como partidario de la promiscuidad, destructor de la familia y propagador de una sexualidad viciosa.

A raíz de este patinazo, y de las críticas que surgieron contra él en el seno mismo de la Sociedad Fabiana, Wells debió escribir un ensayo, El socialismo y la familia, en el que rechazó todas estas acusaciones. Realizó, eso sí, una crítica a la familia burguesa y patriarcal; sostuvo también que las jóvenes que se casaban perdían su libertad y que, como consecuencia de esto, la natalidad declinaba. Proponía, por tanto, la abolición del orden patriarcal en tanto que el socialismo rechazaba la “propiedad de los seres humanos”. Haciendo causa común con las sufraguistas, proponía una igualdad absoluta de derechos entre el hombre y la mujer; defendía que el Estado pagara la educación de los hijos nacidos fuera del matrimonio; establecía que los padres que no educasen a sus hijos debían ser castigados por el Estado e incluso se preocupó de definir cuáles deberían ser las características de los que podían aspirar a la paternidad (incluyendo un perfecto estado de salud, libres de cualquier enfermedad hereditaria, solventes, independientes y mayores de edad). El Estado ayudaría a los padres, exigiéndose responsabilidades y se producirían sanciones si las incumplían. Otra de sus propuestas fue subsidiar a las madres para que fueran completamente independientes. En cualquier caso, lo que quedó claro es que la paternidad debería estar rígidamente regulada.

La polémica en torno a la familia agravó la situación de Wells dentro de la Sociedad Fabiana. Poco después, en junio de 1907, se produciría otra polémica que agriaría definitivamente su posición en el seno de la entidad. En realidad, la Sociedad Fabiana, aspiraba a ser un grupo de presión dentro del Partido Laborista, pero no a constituir un nuevo partido socialita, ni ha hablar vagamente en nombre del “socialismo”. En su artículo publicado en la revista New Age [1], El movimiento socialista y los partidos políticos socialistas, sostenía que el “socialismo” no debía de ser un “partido” (para él “un intento de utilizar las fuerzas de la comunidad”) sino un “movimiento” capaz de “crear una fuerza de convicción en la sociedad”. Experimenta la fórmula “partido” como un límite. Propone que la Sociedad Fabiana “colabore” con el laborismo, pero no oculta que le gustaría más que se dedicara solamente a la formación de élites culturales, a la educación y a preparar el estado de ánimo de la población para la construcción de una sociedad socialista.

Con todo, durante la época en la que Wells perteneció a la Sociedad Fabiana, nunca se preocupó de definir exactamente en qué consistía su concepto de “socialismo”. Hubo que esperar a 1908 para leer su concepción en el libro El nuevo mundo para el viejo. En la primera parte, traza la historia del socialismo y elogia particularmente a los socialistas utópicos, apoya a Marx en un punto particularmente significativo (la internacionalización del socialismo). Posteriormente incluirá el socialismo dentro de un marco democrático. Explicará que los socialistas deben orientarse, con espíritu internacional y democrático, hacia una administración eficiente, lo que implicará la planificación a gran escala. A la pregunta de ¿qué es el socialismo?, responderá diciendo que es “es la negación de que el impulso y la voluntad individual son los únicos posibles métodos por los cuales la cosas pueden mejorar en el mundo”: el “plan” es el resultado de los esfuerzos organizacidos y de la superación de la individualidad. Termina tocando los dos puntos: la educación de los niños y el control de la producción y distribución. En el primer punto defiende las posiciones que ya expuso en El socialismo y la familia. En el segundo, propone una nacionalización con compensación (expropiación retribuida). Demuestra no estar muy lejos de los bolcheviques cuando asegura que “el Estado será el único banquero ... así como el terrateniente universal”. Prácticamente todos los sectores económicos deberían ser nacionalizados en su criterio.

Pero si la propuesta es radical, el tono es gradualista, como lo era el de la Sociedad Fabiana. Incluso la expropiación debía realizarse, paso a paso. No se muestra muy partidario ni de la opinión pública ni de las elecciones parlamentarias, pero sostiene que el socialismo llevará también a lo que denomina “mente colectiva”. Todas estas propuestas fueron publicadas a principio de 1908, pero en las siguientes elecciones, celebradas el 24 de abril del mismo año, Wells –que por entonces ya estaba dado de baja de la Sociedad Fabiana- recomendó el voto para el candidato liberal-conservador Winston Churchill en la demarcación de Manchester, en lugar de sostener a los socialistas de los que dijo que no tenían posibilidades. A fin de cuentas, no había ocultado en la polémica sobre el movimiento y el partido que su socialismo era “pragmático”.

El problema fue que Churchill perdió las elecciones y que Wells había fracasado en su empeño de hacerse con el control de la Sociedad Fabiana. Ambas derrotas le indujeron a abandonar la política activa. Poco después estallaron las huelgas de obreros portuarios que se extendieron a la minería y que, todavía hoy, suponen los conflictos laborales de más larga duración habidos en el Reino Unido. Wells escribió un artículo sobre el tema en un periódico de tinte conservador, alarmando a la población sobre la posibilidad de que estallará una lucha de clases. Explicaba que, en las primeras huelgas protagonizadas por el movimiento obrero se estaba luchando por mejoras salariales y reivindicaciones laborales, pero que ahora, los obreros estaban planteando una huelga “contra el sistema”. El trabajador ha dejado de creer en el Parlamento, decía, y la situación puede volverse tan explosiva que termine en una revolución. Pero si el gobierno decide aplastar la huelga, lo que conseguirá será aplastar la esperanza, así pues, para prevenir que los desórdenes vayan a más, habrá que introducir medidas para mejorar las relaciones de clase y “abolir la clase trabajadora”. Más adelante lo resume en una consigna: “Necesitamos un nuevo contrato social” y a este solamente se podía llegar mediante las negociaciones entre el gobierno, la patronal y los sindicatos. Pero lo que estaba proponiendo también era eliminar el trabajo asalariado. Propone una especie de servicio civil obligatorio y comunitario, en lugar del “trabajo asalariado”, que lleve a una “sociedad sin clases”. Lo siguiente será mejorar la representación, mediante una nueva ley electoral de carácter proporcional y una mejor ordenación de las zonas urbanas, para crear entornos de vida agradables.

Habría mucho de divagación propia de un intelectual de provincias empeñado en reordenar el mundo en su cerebro, de no ser porque Wells gozaba ya en ese momento de un extraordinario prestigio. Su opinión era tomada en consideración al tratarse de uno de los escritores más conocidos del Reino Unido. Por tanto, cuando estalló la Primer Guerra Mundial, a pesar de sus alegatos pacifistas, se declaró a favor de la guerra y por la destrucción del poder del “Kaiser-Krupp”. Llegó a decir que “Cada espada que se leventa contra Alemania se levanta por la paz”. Todo lo cual no le impidió seguir considerándose como “pacifista”. En realidad, en aquellos años, Wells se declaró a favor de la guerra pero en ningún momento en función de una postura nacionalista. Fue del núcleo de intelectuales que impusieron la idea, en el curso de aquellos años, de que la Primera Guerra Mundial sería la última guerra, una guerra para acabar con todas las guerras. En múltiples ocasiones se volvió contra el pacifismo de izquierdas.

En realidad, en su concepción, la derrota de Alemania y de los Imperios Centrales, supondría la extensión de la democracia a todo el mundo. El conflicto supondría tal schock en las poblaciones que se abriría una posibilidad para reordenar el mundo sobre una base social más justa, que para él solamente podía ser su concepción del socialismo. Así mismo, sentenció la proximidad del fin para el Imperio Británico.

Durante ese período (1914-1918) las prioridades políticas que se fijo Wells desde su soberbia independencia y que propuso a toda la nación fueron: el control de armamentos (la industria del sector debería estar en manos del Estado y no en manos privadas), la creación de un organismo internacional (“La Liga de Naciones Libres”) para preservar la paz y conseguir acuerdos federales entre las naciones.

Ahora bien, durante los años de la Guerra Mundial, había estallado en Rusia la revolución bolchevique y en 1920, Wells viajó al naciente Estado Soviético registrando sus opiniones en una obra titulada Rusia en las sombras, en el que expresaba su simpatía por el republicanismo, por la planificación y por el rechazo a la diplomacia tradicional. Conoció en Rusia a Gorki y a Lenin, pero lo que vio no le convenció de la justeza de los análisis marxistas. Consideró el bolchevismo como una simple teoría de la revolución, que no estaba abalado por ningún proyecto de transformación real y pragmático de la sociedad. Termina llamando al comunismo “el basurero de Estados podridos y fallidos”. Así pues, lo que experimenta por el bolchevismo, en síntesis, es simpatía, pero decepción.

Al volver de Rusia, Wells se unió al Partido Laborista y realizó cierta actividad propagandística para esta formación. Lo considera “el partido de una nación” (mientras el bolchevismo sería para él “el partido de una clase”), admira la posibilidad de que en su interior puedan coexistir tendencias (a diferencia del Partido Comunista y del Partido Socialista) y exalta el que el “labour” no aspire solamente a ser representante de los trabajadores. Sin embargo, todo su activismo no sirvió para que quedara en buena posición en las elecciones celebraras el 15 de noviembre de 1922, en las que se presentó como candidato por su distrito quedando en tercer lugar, tras el candidato conservador y el liberal.

Al año siguiente, volvió a presentarse, a otras elecciones parciales. Pero tampoco en esta segunda ocasión la suerte le sonrió, a pesar de que había modificado sus posiciones y había escrito cuatro folletos para sus electores explicando sus posiciones. Insistía en que “capitalismo” y “socialismo” no eran contradictorios sino que podían convivir. Defendía que se aplicaran impuestos a los propietarios de mayores fortunas, que se insistiera en la educación y que se limitará la propiedad a las “cosas privadas”, insistía en una política económica planificada a nivel internacional y en la práctica afirmaba principios que en ese momento estaban defendidos por Keynes. Se muestra contrario al proteccionismo y partidario de las rebajas arancelarias, favorable al comercio “libre y amigable” a escala internacional. También en esta convocatoria quedó el tercero, tras el candidato conservador y el liberal. Ahí terminaron sus ambiciones parlamentarias y sus compromisos de partido. Wells recuperó su independencia. En los años siguientes seguiría escribiendo crónicas políticas y análisis semanales en distintas revistas insistiendo en los temas que hemos expuesto precedentemente (en especial, en materia educativa).

Fue a finales de los años 20 y en los primeros años 30 cuando Wells, escribió sus obras políticas más visionarias, entre ellas La Conspiración Abierta, planes para una revolución mundial, junto a El trabajo, la riqueza y la felicidad de la humanidad (1932) y El cerebro mundial (1938). En estas tres obras, Wells desarrolla su propia teoría, el funcionalismo. El estilo literario de Wells siempre resultó descuidado y poco atractivo. Su fama literaria, no deriva de su forma de escribir sino de los temas que presenta. Estos libros fueron el fruto de la Gran Depresión que alertó a Wells sobre las disfunciones del sistema económico mundial. Los cuatro puntos de esta teoría son:

1.- la existencia de un gobierno mundial.

2.- la existencia de una enciclopedia mundial y de una red mundial educativa.

3.- la existencia de una producción colectiva y de un sistema mundial de crédito y dinero.

4.- la extinción de las fábricas de armamentos en manos privadas.

5.- la modernización de la educación en todo el mundo.

6.- la libertad de expresión y de prensa y

7.- el derecho de circulación por todo el mundo

Y tales son las ideas que constituyen el leit-motiv de estas tres obras. Al mismo tiempo, Wells asumió la presidencia del PEN Club Internacional (organización de los derechos humanos que en teoría une a escritores de todo el mundo) y primer presidente de la Sección de Educación de la Asociación Británica. En ambas asociaciones, la meta esencial era la “paz mundial” y la “cooperación internacional”. Pero, de entre todos los temas propios del “funcionalismo”, Wells insistió especialmente en la necesidad de una “revolución mundial” que debería de surgir como resultado de los siete puntos anteriores. Obviamente, no entendía esta revolución como una insurrección generalizada y la toma del poder por la violencia, sino como una especie de revolución de las ideas y de establecimiento de la planificación económica. Esto último era lo que seguía atrayéndole del bolchevismo y del New Deal de Roosevelt (intento de planificación estatal para salvar las consecuencias adversas de la Gran Depresión). A pesar de que su actitud ante la URSS no varió esencialmente desde su visita a Moscú, en 1930, al observar que la URSS no se había visto afectada por la Gran Depresion, escribió cuando se estableció el famoso Plan Quinquenal soviético:

“Toda la Unión Soviética está en medio de un gran experimento, el más amplio y extraordinario intento de reconstruir la vida económica como nunca se ha intentado... Dentro de cinco años, si el Plan tiene éxito, Rusia se transformará en un país de grandes latifundios dirigidas por el gobierno del pueblo... La Unión Soviética se va a convertir en una enorme organización productora cuyas tierras trabajarán para el beneficio común”.

Sin embargo, esta opinión se veía atemperada especialmente por el miedo de que el Plan pudiera tener éxito y esto supusiera reavivar el modelo de la revolución soviética de 1917 para todo el mundo. Estaba convencido de la tosquedad de las estructuras de poder soviéticas y de su falta de formación cultural y temía que, de resultar exitoso el plan, este modelo pudiera exportarse a todo el mundo. Sin olvidar, por supuesto, las limitaciones a la libertad de expresión que se habían puesto brutalmente en evidencia con las purgas estalinistas en el interior del PCUS. En 1935, varío ligeramente su opinión inicial, afirmando que “En ningún sentido se puede decir que Rusia es ahora un país revolucionario: se ha convertido en una país dogmático”. Pero, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y especialmente cuando la URSS entró en guerra, volvió elogiar al bolchevismo considerándolo que Stalin “defiende la bandera desgarrada de la colectividad y el mundo sigue siendo algo espléndido y lleno de esperanza”.

Respecto a los EEUU, el interés de Wells fue creciendo a lo largo de los años 30. Vio en el New Deal otro intento de reconstruir la economía, relativamente similar a los Planes Quinquenales soviéticos. Se sintió entusiasmado por los programas de Roosevelt de creación de empleo y de inversiones públicas. Viajó a los EEUU en 1934, 1935, 1937 y 1940 y contempló de cerca el hecho de que hasta que no comenzó la Segunda Guerra Mundial, la economía nortemaeircana no se recuperó completamente: y eso, a consecuencia del conflicto. Wells pensaba que todo esto se debía a que la economía estaba descontrolada y que era necesario embridarla para siempre. Consideró que si la política del New Deal había tenido un éxito limitado, se debía a que no tuvo el valor de ser suficientemente audaz. Llegó a escribir: “tanto Roosvelt como Stalin estaban intentando crear un Estado socialista moderno, gigantesco y científicamente organizado”. De ahí a proponer un “eje mundial” Moscú-Washington, había solo un paso que Wells dio en varios artículos escritos entre 1934 y 1938: solamente tal eje podía superar la Gran Depresión y la amenaza de guerra. Incluso en su viaje a Moscú en 1934, en el curso del cual se entrevistó con Stalin, le comentó el paralelismo entre los dos proyectos soviético y norteamericano. Stalin negó tales parecidos, alegando que la diferencia estribaba en que el objetivo de Roosevelt era salvar al capitalismo y el de su interlocutor avanzar hacia el socialismo. Wells, sin embargo, siguió detalló el paralelismo:

"Si empezamos con el control estatal de los bancos y después sigue el control de la industria pesada, de la industria en general, del comercio, etc., este control que abarca a los principales sectores de la economía, es equivalente a la propiedad estatal de todas las ramas de la economía nacional. Este será el proceso de socialización” y sobre las diferencias entre capitalismo y socialismo argumentó: “Me parece que, en lugar de poner el acento el antagonismo entre los dos mundos, deberíamos, en las presentes circunstancias, esforzarnos en establecer una lengua común para todas las fuerzas constructivas”.

Así se llegó a la Segunda Guerra Mundial. En ese momento, Wells no parece interesado ni en los orígenes del conflicto, ni en quien fue el verdadero responsable del mismo (sus admirados Roosevelt y Churchill, tendrían demasiado que decir al respecto, así que optó por eludir, significativamente, la cuestión), pero aprovechó el conflicto para agitar sus ideas internacionalistas. Inicialmente lanzó una campaña a favor de los “derechos humanos universales”. Dado que en el período bélico existieron restricciones a los derechos democráticos y se estableció entre los partidos británicos una “tregua electoral” que prolongó el parlamento hasta que terminó la guerra en Europa, Wells aprovechó para pedir más transparencia y “poder popular”.

Sus intereses estuvieron orientados en esos años a la defensa de una democracia liberal y convencional que para él consistía en subordinar el Estado al “bien común”. En realidad, en esos años, fue el único que apostaba por esas ideas que, solamente unos años antes habían sufrido (especialmente en su fórmula parlamentarista) un desprestigio absoluto. Así pues, se conviene que en esos años, la postura de Wells fue “liberal” de un lado e “internacionalista” de otro, a lo que hay que añadir toda la retórica que añadió en torno a los “derechos humanos internacionales”. Expuso estas opiniones en varios artículos y folletos escritos entre 1939 y 1945.

En realidad, ninguna de estas ideas era completamente nueva: el “liberalismo” tenía varios siglos de existencia, el “internacionalismo” estaba por cumplir el primero y en cuanto a los “derechos humanos”, ya estaban enunciados en los textos de la Ilustración. Ahora bien, la habilidad de Wells consistió en refundirlos y en darles una proyección mundial. Ni siquiera sus sugerencias sobre la necesidad de una “autoridad mundial” eran nuevas. Cuando la expuso, se preocupó de realizar una crítica a la Sociedad de Nacional y, en realidad, no estaba exponiendo nada que no se hubiera ya experimentado como necesidad en los medios teosóficos y “progresistas” de finales del siglo XIX y principios del XX que dieron lugar a las más diversas manifestaciones, desde el internacionalismo proletario, hasta organismos que regularon las Exposiciones Internacionales o los Juegos Olímpicos o movimientos, como la misma Sociedad Teosófica que proponían una “religión mundial”. Así mismo, Wells siguió existiendo en el “derecho a la educación” como una parte de los “derechos humanos universales”.

Ahora bien, Wells, en su obra The New World Order, diseña el mundo como una confederación de Estados mezcla de capitalismo y colectivismo difícilmente digerible en aquel momento. Está proponiendo un “capitalismo ético” y una sociedad en la que todos piensen en todos y todos actúen en beneficio de todos. Establece la obra como si se tratara del articulado de una ley y propone un mundo que extrañamente se parece al que empezó a cobrar forma tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Atrás quedaron las tentaciones “gradualistas” que había defendido veinte años antes en el seno de la Sociedad Fabiana, se muestra extremadamente radical, especialmente en dos frentes, los derechos humanos universales y la regulación de los conflictos mediante una asociación internacional con capacidad para enjuiciar a líderes de los países que no cumplen la legislación mundial que, por supuesto, en su óptima, está por encima de las soberanías nacionales. Wells había defendido desde 1901 la existencia de “un Estado mundial”, pero solamente ahora tenía posibilidades de realizarse.

Obviamente, Wells nunca se preocupó por la vulneración de los derechos humanos a causa de los bombardeos de terror realizados sobre Alemania (e incluso sobre poblaciones civiles de la Francia ocupada) entre 1942 y 1945. Tampoco dijo ni una sola palabra sobre los millones de violaciones que protagonizó el ejército soviético en su entrada en los países carpáticos y de la Europa Central, ni por los desplazamientos de millones y millones de ciudadanos de las tierras que les vieron nacer. No parecía que sus propuestas sobre estos temas fueran dirigidas contra “todos los contendientes”, sino a favor de los aliados. De hecho, desde los años 20 siempre se había mostrado como un antifascista militante, incluso en su novela The Holy Terror (1939), mostró a un personaje cuyos rasgos coincidían exactamente con los de Sir Oswald Mosley, aristócrata jefe y fundador de la British Union of Fascists.

Wells murió el 13 de agosto de 1946, pero su obra quedó. No tuvo tiempo de ver que los organismo internacionales constituidos a partir de la victoria aliada, respondían extrañamente a sus propuestas. Es más, los procesos de Nuremberg, respondieron a su visión particular del “derecho”.



[1] El editor de la revista era Alfred Richard Orage quien tras interesarse por la política y por el socialismo se pasó a la Sociedad Teosófica y trabó amistad con Ouspensky y Gurdjieff. Con este último trabajó durante años siendo responsable, entre otras cosas, de difundir su sistema de autodesarrollo personal. Antes había sido editor de la revista The New Age, una publicación muy importante durante los primeros años del siglo XX en la que escribieron autores muy conocidos como Bernard Shaw, G. K. Chesterton y H.G. Wells y que trató sobre temas literarios, filosóficos, místicos y políticos. Orage publicó varios libros sobre sus experiencias esotéricas, filosóficas y las relacionadas con la teosofía, movimiento al que criticó de forma importante y del que se separó oportunamente. La revista The New Age, que fue creada en 1907 y editada por Orage hasta 1922, comenzó siendo de carácter literario y se inclinó posteriormente hacia el misticismo. Declinó a partir de que fuera vendida por su fundador y terminó por desaparecer en 1938. La revista The New Age estuvo inicialmente influida por el socialismo utópico de William Morris y John Ruskin, George Bernard Shaw, que luego formaría parte de la Sociedad Fabiana, apoyó a Orage en la iniciativa. Sin embargo, en el interior de la redacción se filtraron intelectuales y poetas que luego fueron a converger con el fascismo (Wyndham Lewis y Ezra Pound) procedentes del “vorticismo”. Orage seguiría también una vía personal en política. Se declaró partidario de las políticas de Georges Sorel sobre el sindicalismo y la huelga general. Al igual que Wells apoyó a los movimientos feministas y se declaró “socialista”. Incluso en los momentos en los que se había dejado de interesar preferencialmente por la política, y centrado en los trabajos de Gurdjieff y Ouspensky, siguió manteniendo una personal concepción del “socialismo”. En sus últimos años insistió en la idea del “crédito social” impulsada por un “movimiento” con ese nombre fundado en 1924 por CH Douglas y e el que participó Ezra Pound e incluso en Los Cantos Pisanos, recogió algunas ideas de Douglas. Orage elaboró un plan inspirado en la teoría del “crédito social” que fue presentado por el senador Bronson M. Cutting ante el Senado de los EEUU proponiendo que se convirtiera en una de las herramientas del New Deal de Roosevelt.