Mostrando entradas con la etiqueta Renovar la idea de España. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Renovar la idea de España. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de diciembre de 2012

RENOVAR LA IDEA DE ESPAÑA (III) - ¿NACIONALISMO Y PATRIOTISMO? ¿IMPERIO E IMPERIALISMO? ¿NACIÓN Y NACIONALIDAD?



Intentaremos aclarar una serie de equívocos a fin de fijar unos patrones que faciliten los mismos criterios a la hora de criticar al actual sistema político y establezcan un lenguaje común en tres aspectos, que, a fin de cuentas, derivan todos de la misma cuestión: ¿es lo mismo "nacionalismo" que "patriotismo"? Cuando hablamos de "nación" y de "nacionalidad" estamos hablando de lo mismo? ¿El "Imperio" lleva necesariamente al "imperialismo"? ¿en dónde radica el fondo de estas cuestiones?


5) ¿Nacionalismo o patriotismo?

Primero fue el núcleo familiar, luego la tribu y el clan, y entre agricultores emanó la ciudad. Un grupo de ciudades y comarcas provistas de la misma identidad, generó la nacionalidad, cuando distintas nacionalidades se organizaron en torno a un linaje aparecieron los “reinos” y en el estadio siguiente, surgió la idea Imperial: una élite con voluntad de poder y proyecto civilizador. Al menos esto fue así hasta la modernidad. La “Nación” es un concepto que arranca en la historia con la Revolución Francesa. Mientras, la “Patria” es algo cuyo sentido aparece ya en la Odisea y en la Ilíada y, por supuesto en la Historia de Roma.

Existe, por tanto, una diferencia abismal entre “nacionalismo” y “patriotismo”. Los dos conceptos no son intercambiables y la utilización preferencial de uno de otro indican la posición ideológica que se está asumiendo tal como iremos viendo. Habitualmente, además, se suele explicar en medios de extrema-derecha que el “Imperio” constituyó el momento álgido en la historia de España y la “reconstrucción” imperial tuvo un peso decisivo en la doctrina falangista especialmente en los primeros años de la postguerra. Así pues, el primer elemento clarificador es la diferencia entre “Imperio” e “imperialismo”.

Es obvia, se habla con sana nostalgia del Imperio Romano o del Imperio de los “Grandes Austria”, se rechaza, al mismo tiempo el “imperialismo” americano o el soviético, liquidado en la conclusión de la Guerra Fría. Para que haya “imperio” debe de haber una cultura que exportar. Es precisamente la superioridad cultural –las culturas, por mucho que los amantes del multiculturalismo lo nieguen, también están sometidas a un orden jerárquico. La concepción cultural de Roma la Grande está años luz por encima de la cultura de las islas de Andamán (una de cuyas últimas testigos murió no hace muchos días si hemos de creer a las agencias de prensa; cuenta EFE que hablada una lengua a la que se le calculaba 65.000 años…). Beethoven y Bach no están al mismo nivel que la música sincopada africana, de la misma forma que Wermer de Delf o Velázquez son superiores al chamán africano que pinta el cuerpo de los enfermos, aparentemente, para lograr su curación. En el mundo domina la ley de la desigualdad y de la jerarquía. La realidad no es progresista. Es la negación del progresismo.

Imperio e imperialismo

Por eso mismo el concepto que podemos albergar de los grandes imperios del pasado no tiene nada que ver con su proyección en el presente: a pesar de que Brzezinsky y los teóricos de la proyección “imperial” de los EEUU lo pretendan, este país no es el “reflejo” de Roma la Grande (Brzezinsky llega incluso a comparar el despliegue militar actual de los EEUU con el de las Legiones en el período de la “pax romana”: 250.000 militares). Es justo su inversión. Roma fue una potencia civilizadora, los EEUU son, en cambio, una potencia bastardizadora. No difunde cultura, sino que aculturiza. Roma duró un ciclo de mil años y EEUU difícilmente llegará a 2025. Es así de simple: cualquier parecido con la realidad entre Roma y EEUU, de existir, sería pura coincidencia.

Cuando un “imperio” no tiene una Cultura que exportar (atención a las mayúsculas y a las minúsculas) no es un Imperio, ni su cultura es Cultura (conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social). En el caso de los EEUU, como máximo podríamos hablar de “civilización” (nivel de vida y desarrollo económico-social de una sociedad) siguiendo la distinción spengleriana entre ambos conceptos. Roma, por el contrario, fue una potencia cultural (esto es con principios culturales), capaz de civilizar (es decir, de aplicar estos conceptos para elevar el nivel de vida de las poblaciones conquistadas).

Evola trata este tema en Los Hombres y las ruinas: el Imperio sería tal en cuanto su cultura tuviera como eje central una metafísica (o dicho con otras palabras: con los “espiritual” y con su posibilidad de acceder a lo que está “más allá de lo físico”). El “imperialismo” sería una forma de dominio económico-militar.

En este sentido estos conceptos tienen mucho que ver con las castas dominantes que construyen uno de estos proyectos: el Imperio de los Austria estuvo constituido por la casta guerrera, la aristocracia y la pequeña aristocracia y su fin fue civilizador (llevar una cultura) y metafísico (expandir una concepción de la vida identificada con el catolicismo).

Por el contrario, el Imperio Británico fue un producto de la burguesía emergente y se generó fue a remolque de la Compañía de Indias de las que la casta militar británica no era más que una punta de lanza (facilitaba los buenos negocios y la introducción forzada en mercados y en países proveedores de materias primas…). En este sentido, el imperialismo norteamericano puede considerarse como su continuación, repitiéndose el mismo esquema cambiando sólo la Compañía de Indias por las multinacionales y a los lanceros bengalíes y demás cuerpos coloniales por los marines…

Establecida esta diferencia entre “imperio” e “imperialismo” toda ahora abordar la existente entre “patria” y “nación”. Se trata de dos conceptos antitéticos como el blanco y el negro. La “patria” es la “tierra de los padres”, allí en donde se ha nacido y en donde están enterrados los antepasados. Es una proyección física del linaje, del clan, de la nacionalidad. El concepto, como mínimo, se remonta al siglo VI a. de JC y aparece en el mundo clásico. Indica “transmisión” de un legado que pasa de padres a hijos, siendo la misión de cada generación ampliarlo y engrandecerlo. No tiene nada que ver con lo “individual”, sino con lo “colectivo”: la familia, el clan, la nacionalidad. Tampoco tiene nada que ver con la modernidad, sino que está ligado a la “tradición” (literalmente “lo que se transmite”). Tiene también mucho que ver con el arraigo y la identidad: se está arraigado a la tierra en la que se ha nacido y en la que han nacido y están enterrados los antepasados que es la tierra en la que nacerán los hijos que vendrán; se tiene una identidad específica que procede de un conjunto de rasgos antropológicos, étnicos y culturales que indican a cada persona y a cada grupo social lo que es y lo que no es.

Nación y Patria

En cuanto a la nación es un fenómeno esencialmente moderno que aparece con las revoluciones francesa y norteamericana que, junto con la guerra civil británica anterior y con el movimiento de la Ilustración y el Enciclopedismo, exasperan las líneas de fractura que ya se habían intuido en el siglo XVI y XVII, cuando los descubrimientos y el comercio generan las primeras acumulaciones de capital por parte de los banqueros y comerciantes y estos se sienten incómodos ante cualquier autoridad superior a ellos. No quieren depender de la aristocracia y de la monarquía, sino que aspiran a convertirse ellos mismos en poder.

Por otra parte, la “fides”, base de la sociedad medieval y de su “contrato social”, pierde tensión, los nuevos monarcas intentan amputar los fueros a los cuerpos intermedios de la sociedad y se genera una fenómeno perverso especialmente en Francia con los Borbones: un proceso uniformizador de la sociedad que cristaliza en el absolutismo y en el despotismo ilustrado. Las nacionalidades que forman los reinos se ven presionadas por un centralismo absolutista emergente, nivelador e igualitario que se verá exasperada tras la Revolución Francesa, pero todavía no han irrumpido las naciones. Francia, España, el Reino Unido, no son en el siglo XVII y hasta la Revolución Francesa, “naciones”, sino “reinos” y estos ya no son un conjunto de nacionalidades y estamentos sociales ligados por una “fides”, sino un aparato central monárquico que tiende a asumir cada vez más roles y a ocupar espacios cada vez mayores de poder. Eso es el absolutismo.

En la fase siguiente, cuando estalla la revolución francesa, en la medida en que Luis XVIII es guillotinado, el “reino” desaparece y es justamente entonces cuando aparece la “nación” que continúa la tendencia centralizadora, uniformizadora e igualitaria generado por la monarquía absoluta. Los revolucionarios la emprenden contra los gremios (expresión organizada de la función productiva o de los trabajadores organizados en instituciones de defensa y transmisión del oficio… quienes asumen el poder revolucionario son burgueses, pero no están adscritos a los oficios sino al dominio sobre el capital, al comercio y a la especulación, generándose las oligarquías económicas actuales), contra las órdenes religiosas (impulso anti-religioso de la revolución francesa que persigue, prohíbe y expulsa a los presentantes de la casta sacerdotal) y contra las órdenes militares y la aristocracia que las articulaba (en la medida en que la casta guerrera era renuente a un entendimiento con la oligarquía burguesa: aquellos sostenían principios y valores superiores, estos tenían como único principio: el negocio). Y crean otro modelo de sociedad construida en nombre del “ciudadano” aboliendo la estructura trifuncional propia de las sociedades indoeuropeas que había prevalecido hasta ese momento y que Dumezil reconstruyó y demostró su universalidad en todo el ámbito cultural de los pueblos de ese origen. La Revolución Francesa contribuyó pues a desfigurar la estructura trifuncional de la que derivaba lo esencial de la identidad de los pueblos europeos.

La confusión terminológica vino porque los revolucionarios llamaron al “ciudadano”, el “enfant de la patrie” (en la Marsellesa, el himno de los revolucionarios), pero se trata solamente de una licencia poética. Cuando Robespierre, Marat, Dantón y demás criminales, aluden a la “patrie”, en realidad estaban hablando de un valor y de un concepto nuevo puesto al servicio de la burguesía compuesto por el individualismo, el liberalismo económico, el igualitarismo a ultranza, las clases sociales (definidas según parámetros económicos y según su función en el proceso de producción como completará Marx) frente a los estamentos (grupos sociales agrupados según una vocación, con sus tradiciones propias, su función social concreta e interrelacionadas entre sí y en absoluto en lucha tal como quería Marx). La “patria” de la revolución francesa no es la cantada por Homero, ni la experimentada en el mundo clásico.


El “ciudadano” de la revolución francesa es el individuo sin personalidad propia, exactamente igual a otros ciudadanos (como un grano de arena lo es a otros) que experimenta un rechazo hacia cualquier autoridad superior y rechaza toda aquella autoridad que no proceda de la ley del número. El poder tiene una justificación, a partir de entonces, meramente cuantitativa, casi material: un 51% gobierna sobre un 4%, aunque la mayoría esté compuesta por violadores y criminales y la minoría por premios Nobel. Efectivamente, la ley del número de la democracia liberal está ligada a la “nación” tanto como a la burguesía como clase hegemónica y al liberalismo como sistema económico. La patria, por el contrario, está vinculada a la tradición.

Ahora bien, la “patria” es una entidad ideal, útil para reconocer a los que “son como yo”, pero ajena por completo a la tarea de gobierno. De ahí que sea preciso abordar una tercera diferencia, la existente entre “patria” y “Estado”.

En efecto, la patria no está ligada necesariamente a vínculos jurídicos sino sociales, a valores y a espacios concretos. No tiene necesariamente nada que ver con el Estado, aunque tampoco existe contradicción alguna entre “patria” y “Estado”, todo dependerá del momento histórico en el que se aplique: el concepto de Estado ha variado mucho a lo largo de la historia. No es lo mismo un Estado vertebrado por una casta guerrera, que aquel otro al que una casta sacerdotal ha dado coherencia o el que ha tomado forma con la burguesía como clase política dominante. En este último caso se dice que el Estado es la encarnación jurídica de la Nación. Pero en la Edad Media era el marco en el que cristalizaba la idea de la “fides”. Y en el tiempo en el que la casta sacerdotal era hegemónica, estaríamos hablando de una concreción teocrática.

La Nación, como hemos visto, es un término moderno que irrumpió en la historia con la revolución francesa y sustituyó a la idea de Reino. El Reino es a la sociedad tradicional, lo que la Nación es a la sociedad moderna. A pesar de que es difícil marcar con precisión los hitos históricos en este terreno y existen períodos de transición, podemos decir que España fue un “reino” hasta 1820, cuando irrumpe el llamado “trienio liberal”, a partir de ese momento empezó a ser una “Nación”. Los monarcas que fueron apareciendo a partir de entonces fueron “constitucionales”, por tanto, el germen liberal ya se había instaurado implicando un tránsito efectivo de la idea de “Reino” a la de “Nación”, tránsito cuyos primeros despuntes pueden percibirse en las Cortes de Cádiz.

Uno de los hechos políticos más importantes del período histórico que se abre en 1978 con la irrupción de la constitución es la introducción del término “nacionalidad” referido a determinadas regiones del Estado e impuesto por los “nacionalistas” catalanes y vascos. En realidad, se trataba de una trampa porque éstos no distinguían entre “nación” y “nacionalidad” y tendían a reducir lo segundo a lo primero. Cuando en 2004, Rodríguez Zapatero llegó al poder, a pesar de haber ejercido durante seis meses como profesor de derecho constitucional, se percibió claramente que era incapaz de distinguir entre lo uno y lo otro y, por lo demás, al tratarse de un personaje de talante “humanitario y universalista”, no creía en las fronteras y, por tanto, no le importaba las que el nacionalismo periférico pudiera instaurar. Aprovechando la presencia de Zapatero en el gobierno del Estado, los nacionalistas catalanes aprovecharon para redactar un nuevo Estatuto de Autonomía en el que el término “nacionalidad catalana” fue sustituido completamente por “nación catalana”. Cataluña es una “nacionalidad”, nunca en la historia ha sido una “nación”, como máximo han existido “condados catalanes”, nunca nada que pudiera ser asimilado al concepto de nación.

Nación y nacionalidad

¿Cuáles son las diferencias entre “nación” y “nacionalidad”? Evola, en Los hombres y las ruinas sostenía que en el pasado –esto es, en el “mundo tradicional”- no existían “naciones”, sino “nacionalidades”. Basta realizar un análisis histórico para comprobar que el Diccionario de la Real Academia no tiene razón en cuanto sitúa a la “nacionalidad” como “la calidad de los ciudadanos de una nación”. Es otra cosa, porque la “nacionalidad” aparece mucho antes que el concepto de “nación” irrumpiera en la historia.

La “nacionalidad”, en efecto, tiene mucho más que ver con el “imperio” y con el “arraigo” que con la nación. Históricamente, los grandes imperios tradicionales no se podían articular en una unidad al estilo del jacobinismo revolucionario o al absolutismo nivelador inmediatamente anterior. Eran territorios demasiado extensos y con características propias como para que cada parte fuera “lo mismo” que otras. La unidad estructural era “el reino” (desde los míticos reyes de Roma hasta el concepto de reino que se abre en la “Edad Moderna”), y cuando el reino manifestaba una voluntad de poder, “el imperio”. El reino se constituía sobre la base de la “fides”, el acto de reconocimiento de la autoridad de un monarca, el cual, a cambio, reconocía unos fueros concretos (esto es unos beneficios propios a tal o cual región, ciudad o estamento).

La nacionalidad implicaba la existencia de unos vínculos identitarios propios que compartían todos los miembros de esa nacionalidad que generalmente se asentaba sobre un territorio común previo a su incorporación al “imperio”. Una vez incorporados, seguían manteniendo leyes, normas y tradiciones específicas, a las que se superponían las del Imperio. Flandes o el Franco Condado formaron parte del Imperio español aun hablando otra lengua, disponiendo de otras tradiciones, desde el momento en que aceptaron las bases sobre las que se asentaba la construcción de los Grandes Austrias: defensa del catolicismo, expansión universal de una cultura católica y tarea civilizacional. Por naturaleza, los imperios, como las monarquías tradicionales no podían ser más que estructuras descentralizadas en las que cada nacionalidad aplicaba y adaptaba a sus características los principios imperiales.

La nacionalidad tenía por encima al Imperio y por debajo a las comarcas que la componían. Todo esto formaba parte de un sistema flexible, elástico y perfectamente adaptable de distintos niveles de identidad a la que solamente eran refractarios algunos pueblos exóticos (Israel en el caso de la antigua Roma, los pueblos situados al norte de la muralla trajana en las Islas Británicas, entre otros, esto es, pueblos situados en la periferia del Imperio). En ningún caso el concepto de “nación” y de “nacionalidad” que se atribuía en los imperios tradicionales tenía absolutamente nada que ver con el concepto actual que se atribuye a estas palabras. En esto estribó la trampa de los nacionalistas periféricos durante los debates que llevaron a la redacción de la constitución española de 1978: se introdujo el término “nacionalidad” en el texto, dando a entender que se consideraba desde un punto de vista tradicional próximo a regiones del Estado que disponían de cierta personalidad y características propias. Sólo en un segundo momento, esos mismos nacionalistas la ambigüedad del concepto que habían sostenido en 1978 pasaron a afirmar que “nación” y “nacionalidad” eran lo mismo.

La “nacionalidad” es una parte de un organismo mayor (Estado, Imperio), tratándose de un concepto tradicional, mientras que la “nación” es otro concepto esencialmente moderno que sustituye al de “Reino” a partir de la revolución francesa. Aparece en ese momento el concepto de Estado-Nación (el Estado considerado como la encarnación jurídica de una Nación) y el llamado “principio de las nacionalidades” (según el cual un pueblo que disponga de una lengua propia y habite sobre un territorio concreto es una “nación”). Este segundo principio tiende a considerar de manera excesiva el papel de la lengua, cuando para el concepto tradicional de “nacionalidad” eran precisas otras muchas similitudes: cultura, pasado, antropología, historia, geopolítica, etc. ¿Qué había ocurrido?

De la misma forma que la ley de oro que se impone con la Revolución Francesa en materia de relaciones sociales era el individualismo, al perderse en el terreno político la noción de “Reino” y de “Imperio”, el punto de referencia es “material”: el “ciudadano” que no es, como hemos dicho, sino un átomo social. Cada parte de una “nación” reivindica, a partir de la instauración misma del concepto, la aplicación del “principio de las nacionalidades” y se ve así misma como una “nación” que carece de Estado. Con el liberalismo ocurre como con algunos minerales que cristalizan en determinadas estructuras geométricas y que basta con golpear con un martillo para que reproduzcan en dimensiones cada vez más pequeñas esa misma estructura geométrica y así hasta lo infinitamente pequeño. Se empieza afirmando que Catalunya es una nación y los habitantes del valle de Arán terminan sosteniendo su carácter de “nacionalidad” pues -según el “principio de las nacionalidades”- disponen de una lengua propia y habitan sobre un territorio concreto… son, pues, una nacionalidad.

A partir de la instauración del concepto de “nación”, el único poder que puede contribuir a mantener la unidad del conjunto es la fuerza. Europa es un continente excepcionalmente rico cuyas naciones han estado compuestas hasta hace poco más de 200 años por nacionalidades que han hundido sus raíces muy profundamente. Los revolucionarios franceses de 1789 entendieron que, desaparecidos los rastros de la “fides” medieval que habían quedado en pie después del absolutismo borbónico, la única posibilidad de mantener unidad a la nación era mediante la fuerza de la guillotina. A diferencia de estos, el carlismo español, mantuvo en la segunda mitad del siglo XIX en su lema –Dios, Patria, Fueros, Rey- en tercer lugar los “fueros” concedidos por los monarcas a ciudades, estamentos, regiones y… nacionalidades. Hasta hacía poco no se hablaba de “España” en singular, sino de “las Españas” en plural, reconocimiento la existencia de distintas nacionalidades que formaban ese racimo de “las Españas”.

Una vez desaparecida la “fides” y los principios superiores de carácter civilizacional que mantenían unidos al conjunto de los reinos y los imperios, quedaba solamente la fuerza para mantener la integridad del conjunto. Y la fuerza generaba, allí en donde se aplicaba tímidamente una reacción en contra. Según la ley del equilibrio que gobierna todo lo que está en el Cosmos, a una fuerza aplicada en dirección centrípeta, debía seguir otra fuerza centrífuga de orientación inversa.

Nacionalismo y patriotismo

Toca ahora afrontar la diferencia esencial entre “nacionalismo” y “patriotismo”. El “nacionalismo” fue definido por José Antonio Primo de Rivera como el “individualismo de los pueblos” y, sin duda, esta es una de sus frases más afortunadas. El nacionalismo no es más que un impulso emotivo y sentimental –luego, irracional o, mejor, infrarracional- surgido de sugestiones históricas impuesta por complejos colectivos, frustraciones, resentimientos y traumas históricos que tiende a ser inevitablemente agresivo contra el nacionalismo más próximo y sumir a una nación en el aislamiento y la hostilidad hacia el vecino. En este sentido, el nacionalismo es un fenómeno beligerante y enfermizo (“lo mío es superior a lo de los demás”).

En cierto sentido el “nacionalismo” es un legado de nuestra herencia animal, no modulado por la cultura. De la misma forma que todos los mamíferos experimentan el impulso territorial y no toleran que ningún otro animal penetre en su territorio, los humanos acompañan a este impulso irracional por consideraciones filosóficas y existenciales. En tanto que residuo del impulso territorial, el nacionalismo no puede ser sino hostil y beligerante hacia cualquier otra cosa que no sea lo propio. De hecho, los conflictos que se han desarrollado en los últimos 200 años tienen como germen el exclusivismo nacionalista (y los deseos de hegemonía económica que van parejos a él).

El patriotismo es otra cosa muy diferente: deriva de algo tan objetivo como es la fidelidad a la tierra y a los antepasados. Así como el nacionalismo está ligado a la idea exasperada de Nación y esta a la idea democrática que aparece con la revolución francesa, el patriotismo surge en la historia con las civilizaciones tradicionales de la antigüedad a partir del mundo clásico, es decir, irrumpe con determinado nivel de cultura. El nacionalismo, por el contrario, no tiene nada que ver con la cultura, sino con la civilización. Las guerras del siglo XIX y XX son precisamente esto: intentos de conquistar territorios de unas naciones a otras, para controlar recursos energéticos, no para expandir modelos de cultura.

El hecho es que no hay rastros de nacionalismo antes de 1789. Antes, desde la Edad Media, hasta finales del XVIII, cuando se declaraba una guerra y la población demostraba su entusiasmo no era por el “honor nacional” como por la “fidelidad” al Rey y por su honor. De ahí que, históricamente, el nacionalismo esté ligado a un determinado modelo: a la burguesía como casta hegemónica, a la democracia del número como sistema político, al liberalismo capitalista como concepción económica y así sucesivamente. Del paradigma liberal deriva el nacionalismo y la exaltación irracional que expande.

Esta idea es importante: para ser un “nacionalista” consecuente es preciso ser jacobino, liberal, defender los valores burgueses, adherirse al capitalismo y a la democracia, o de lo contrario, se corre el riesgo de caer en la incoherencia. Eso es coherencia. Ser “nacionalista”, pero antiliberal o les liberal pero antinacionalista es simplemente inconsecuencia. Tal fue lo que entendió perfectamente José Antonio Primo de Rivera, cuando en ningún momento se declaró “nacionalista”.

El nacionalismo nunca ha pertenecido a nuestra familia política. En su forma jacobina ha sido patrimonio de la izquierda y en su forma liberal cosa de la derecha. Se empieza confundiendo nacionalismo y patriotismo y se termina desconociendo a la propia familia política. Nunca un imperio ha sido “nacionalista” pues no en vano “nación” e “imperio” son conceptos imposibles históricamente de encajar. Volvemos pues, al principio: un imperio no es más que una nacionalidad con voluntad de poder y proyecto cultural superior a los demás.


*     *     *
Sobre la inexistencia del nacionalismo español

Habría que preguntarse por qué viviendo en una sociedad liberal y democrática, capitalista y gobernada por los ideales de la burguesía, el nacionalismo español es casi inexistente. Esto se debe a varios fenómenos perfectamente identificables y completamente concatenados.

El nacionalismo español que emergió inicialmente durante el siglo XIX, especialmente a partir del trienio liberal (1820-23), terminó generando cincuenta años después una eclosión de nacionalismos periféricos (catalán, vasco, gallego, andaluz) que un mineral que cristaliza en forma cúbica puede romperse hasta el infinito reproduciendo esa misma estructura cúbica en formas cada vez más pequeñas. A partir de ese momento, hacia finales del siglo XIX, la historia de España se convierte en un permanente tira y afloja entre el nacionalismo central y el periférico.

Paradójicamente, el franquismo, que incluía entre sus soportes al carlismo y que reconocía como filiación política la negación de la Revolución Francesa, esto es, del jacobinismo, terminó siendo un régimen jacobino y centralista seguramente como rechazo al separatismo de ERC, Estat Catalá, el PNV o ANV… Algunos de los teóricos del nuevo régimen llamaron la atención sobre los riesgos del jacobinismo y de la desconsideración hacia las lenguas y los rasgos regionales. Esto hizo que mientras otras extremas-derechas europeas (la francesa, por ejemplo) aceptan el hecho regional (en las manifestaciones del Front National, por ejemplo, están siempre presentes las banderas de las distintas regiones), en la española todavía se desconfíe de lo que supone la periferia.

A esto ha contribuido el fracaso del Estado de las Autonomías y las tensiones generadas por los nacionalistas. La extrema-derecha (y buena parte del centro-derecha y del centro-izquierda) están presos de una lógica endiablada: esencialmente el nacionalismo español y el nacionalismo periférico son de la misma naturaleza, sólo que éste es la fotocopia reducida de aquel.

Otro fenómeno ha agravado esta situación: la pérdida de la tensión ideal del nacionalismo español que, a partir del desastre de 1898 y, mucho más, después de la Generación del 98, cayó en la atonía y detuvo su teorización. El mundo fue evolucionando y se produjo un desfase especialmente a partir de 1945 cuando volvió la paz y el mundo resultó empequeñecido gracias a los nuevos medios de comunicación de masas y a la evolución de los transportes. En los treinta años siguientes (de 1945 a la crisis del petróleo de 1973) se produjo un crecimiento económico constante que elevó el nivel de vida y aceleró la concentración de capitales. Veinte años después –tras la conclusión de la II Guerra del Golfo, la de Kuwait- el capitalismo ya no era el mismo que en 1945 (capitalismo industrial), ni el mismo que en 1973 (capitalismo multinacional), se había convertido en capitalismo globalizador.

La clase hegemónica ya no era la burguesía media sino la oligarquía económica que se nutre, fundamentalmente, esquilmando a las clases medias. La “nación-Estado” ya no es la dimensión apropiada para gestionar el sistema mundial.

Es preciso aludir al franquismo y a sus contradicciones: siendo un régimen antiliberal y, por tanto, antinacionalista, parecía lógico que su gestión del poder fuera, también, antijacobina. Sin embargo, lejos de asumir los hechos regionales como rechazo al jacobinismo liberal, adoptó éste laminando completamente a aquellos. El resultado fue que, a diferencia de en casi toda Europa en donde el jacobinismo es considerado como patrimonio tradicional de la izquierda, en España es considerado como un rasgo del régimen franquista, de tal manera que rechazar al franquismo, implica para la izquierda, rechazar también la idea de España, confundida abusivamente con la que el franquismo defendió: la idea jacobina de la “España una”, sin referencia alguna a la periferia.

Por otra parte, los Estados-Nación, demasiado pequeños para afrontar los desafíos del tiempo nuevo se ven obligados a agruparse en unidades mayores (los proyectos Airbus, ciclotrón para desarrollar la energía de fusión, caza europeo, etc., superan con mucho el presupuesto de los Estados de tamaño medio de la UE). Y, hasta ahora, la crítica de los “nacionalistas” no ha sido capaz de elaborar una alternativa a esta situación. El nacionalismo jacobino de hoy sigue siendo exactamente el mismo que el de finales del siglo XIX, no ha variado un ápice, mientras que la sociedad y la situación internacional ha variado extraordinariamente.

El tiempo del nacionalismo ya ha pasado porque era solamente el impulso emotivo, sentimental e irracional de la burguesía media, ligado a la democracia liberal y al capitalismo industrial, fenómenos todos ellos que han quedado muy atrás en la historia.

Contenidos

Primera Parte
Segunda Parte
5) ¿Nacionalismo o patriotismo?
6) ¿España con Portugal?
7) ¿Qué enfoque cultural?
(c) Ernesto Milá - ernesto.mila.rodri@gmail.com

sábado, 8 de diciembre de 2012

RENOVAR LA IDEA DE ESPAÑA (II de V) - ¿CON O CONTRA EUROPA? ¿QUÉ MODELO POLÍTICO?



Segunda parte del estudio que iniciamos el día de la Constitución de 2012 inspirado en el hecho de que la constitución aprobada en 1978 ha soportado mal el paso del tiempo, pero el entramado de intereses que se sitúan tras ella y que la utilizan como defensa sigue negando la evidencia y sosteniendo que en base a aquel contrato puede seguir organizándose la Nación española. En esta segunda parte afrontamos el carácter europeo de España y la necesaria reforma de las estructuras políticas.

3) ¿Con Europa o contra Europa?

Enarbolar el “que inventen ellos” o aquello otro de “Españolizar Europa” parece hoy más que nunca fuera de lugar. A la vista de la crisis actual de España (que es a la vez política, económica, social, constitucional y moral) resulta evidente que no estamos en condiciones de proponer a Europa un modelo y una pauta. Pero también resulta evidente que esta Europa, la Europa de la UE, de los burócratas de Bruselas, del inútil parlamento de Estrasburgo, la Europa del BCE y de las medidas liberales restrictivas del Estado del Bienes, esa no es nuestra Europa.

Hay que aceptar, forzosamente, que somos Europa en la medida en que desde que España quedó incorporada al mundo celta y al mundo clásico, lo somos cultural y antropológicamente, y en la medida en que nuestro país mantiene una contigüidad geográfica con Europa a través de los Pirineos, no podemos sino considerarnos como parte integrante de Europa. Harina de otro costal es establecer qué Europa nos interesa y cuál es nuestro papel dentro de Europa.

Empecemos diciendo que la reflexión identitaria sobre España no puede alejarse de la identidad europea: tanto en lo que se refiere a los sustratos originarios de nuestra población, como a la presencia e influencia de la cultura clásica greco-latina, como por la aparición del cristianismo y su impronta desde la sociedad medieval, España forma parte de Europa. Negarlo equivaldría a negar la existencia de la ley de la gravedad. Por otra parte, el 75% de nuestro comercio exterior se realiza con países europeos.

El problema radica en que Europa ya no es “Europa”, sino una prolongación cultural de los EEUU. Esta transformación se ha operado en varias fases, la última de las cuales se produjo cuando para defender la existencia de la OTAN y el fortalecimiento de la “alianza atlántica”, se implementó el concepto “occidente” como sustituto del concepto “Europa”. “Occidente” era, a partir de entonces, el eje EEUU-Europa Occidental, los intereses de Europa se identificaban y se subordinaban a los intereses estratégicos de los EEUU y el poderío militar y político europeo aceptaba la hegemonía norteamericana para afrontar la “Guerra Fría”.

Luego resultó que nunca, efectivamente, la URSS pensó en invadir Europa Occidental y que experimentaba la sensación de que los EEUU aspiraban a erosionar su red de alianzas y a convertir el espacio soviético en una nueva área comercial para sus productos. Sea como fuere, y se dé la interpretación que se dé a aquel período, lo cierto es:
1) que existió el clima de enfrentamiento entre el Este y el Oeste (aunque se tratara de un combate con tongo o bien en un combate en el que una de las partes actuaba a la defensiva y la otra a la ofensiva),
2) que primero el Mercado Común Europeo, luego las Comunidades Europeas y actualmente la Unión Europea, adoptó una política “occidentalista” de mero seguidismo hacia los EEUU y
3) que España se vinculó desde 1956 a la OTAN a través de los acuerdos militares firmados con los EEUU a cambio de los cuales, empezó a llegar capital extranjero a España gracias al cual se inició el despegue económico a partir de 1959.

En la actualidad la situación no ha variado extraordinariamente:
1) La UE sigue siendo un satélite militar de los EEUU y un enano político sin presencia propia en los escenarios mundiales y dirigida por políticos que tienen los pies en Europa y el corazón y los intereses en EEUU,
2) España sigue siendo un vasallo (los imperios no tienen aliados, tienen sólo vasallos) de los EEUU.

En muchas ocasiones hemos manifestado que desde el siglo XIX la pesadilla de los estrategas anglosajones (de EEUU y de las Islas Británicas) consiste en presenciar el nacimiento de un eje París – Berlín – Moscú que les impediría poner el pie (militar y económicamente) en el espacio euro-ruso. Las dos guerras mundiales, la guerra fría, el período de “lucha antiterrorista”, todo ello ha sido conducido en esa misma dirección: hacer imposible el que los países europeos se alíen con sus aliados naturales, han generado discordias, divisiones y masacres, para mayor gloria de los estrategas anglosajones. Hoy, esa estrategia sigue en pie y España, de manera entusiasta con los presidentes de gobierno del PP y de los presidentes del PSOE, es un país alineado con los EEUU, que carece de política exterior propio, de criterios de defensa fuera de la OTAN y de personalidad política autónoma.

Negamos que los intereses de Europa coincidan con los de los EEUU. Afirmamos que la presencia del Reino Unido en la UE tiene como objetivo torpedear, ralentizar, limitar y crear dificultades a esta estructura y que el Reino Unido y los EEUU forman un eje que históricamente, desde Enrique VIII hasta la guerra hispano-americana de 1898, han constituido el “enemigo histórico” de España con el cual ningún entendimiento es posible y ningún acuerdo deseable. Por otra parte, el mundo anglosajón es la punta de lanza de la alta finanza internacional, la meca del capitalismo ultraliberal y alberga a los centros de decisión del capitalismo financiero y de la economía especulativa mundial.

De ahí la necesidad de que España se independice en todos los ámbitos (económico, militar, político, estratégico y cultural) de los EEUU y del mundo anglosajón y lidere la senda que toda Europa debe recorrer en esa dirección. Europa debe recuperar su identidad originaria. El proyecto europeo de vida no puede ser otro más que el de recuperar la mentalidad de la Europa de los orígenes, la de los hoplitas de Esparta que afrontaron la amenaza asiática, la de los legionarios de Roma que vencieron a la oligarquía comercial cartaginesa, la de los cruzados que marcharon a Tierra Santa en busca de la “prueba” que diera la medida de su valor, de los combatientes de Lepanto y de los defensores de Viena que en el siglo XVI cerraron la vía a los otomanos. Ejemplos de lo que debe ser la Europa del futuro no faltan. Pues bien, esa Europa, nacida de las profundidades de la historia y que siempre, a lo largo de esta ha manifestado constantes prometeicas, debe asumir con apertura de miras, las tecnologías más avanzadas y responsables, las fronteras de la ciencia más audaces y la creatividad más osada, sin límites, ni obstáculos, como su nueva misión histórica: conquistar un nivel de desarrollo técnico-científico para un determinado tipo humano que hay que recuperar.

España no puede estar ausente de ese planteamiento. Sería absurdo pensar que España tiene una identidad cultural completamente autónoma independiente de la de otros países europeos y en absoluto deudora de la herencia clásica, del germanismo que llegó con los godos y con el catolicismo medieval que surgió del cristianismo primitivo rectificado por la impronta romana y nórdico-germánica.

Somos, pues, Europa, pero no “esta Europa”. No se trata tanto de hispanizar Europa, ni de “europeizar” España, sino de realizar un largo y problemático “retorno a los orígenes”. Insistiremos en este tema cuando aludamos en la última parte de este estudio al enfoque cultural, de momento, valdrá la pena decir, que España solamente tiene razón de ser:
1) Oponiéndose a lo políticamente correcto,
2) oponiéndose al Nuevo Orden Mundial globalizado y
3) oponiéndose al pensamiento único. Y otro tanto vale la pena decir sobre Europa.

4) ¿Qué modelo político?

En 1978 terminó la larga etapa considerada como “de provisionalidad” que se inició en 1936. Las “leyes fundamentales del Reino” fueron sustituidas por una constitución trabajosamente elaborada por una “comisión parlamentaria” que supuso un verdadero cambalacheo entre las fuerzas políticas que en aquel momento eran hegemónicas para tratar de seguir prolongando eternamente su influencia. Para evitar que se convocase una “constituyente” y la “transición” no pudiera ser considerada como tal, sino que fuera evidente que se trataba de una verdadera “ruptura”, la forma política del nuevo régimen fue el de “monarquía parlamentaria”. Salvo eso y salvo la pervivencia durante apenas una década más de “poderes fácticos” (ejército, magistratura, policía, fuerzas económicas nacionales), la nueva constitución marcó una ruptura total con el antiguo régimen. Eso supuso que, políticamente, los logros de la provisionalidad franquista, que efectivamente existieron, fueran abolidos de un plumazo. La nueva clase política emergente no toleraría ningún tipo de competencia y el sistema político español resultante fue un bipartidismo imperfecto que se turnarían en el ejercicio del poder, con el apoyo de dos partidos nacionalistas que garantizaban que los techos autonómicos de esas regiones serían superiores al resto, como de hecho así ha ocurrido.

No fue una buena constitución. A los pocos años de subir a los socialistas al poder, ya era evidente que la constitución estaba avejentada, sino agonizante y que el verdadero sujeto de la política española en ese período y hasta nuestros días iba a ser la corrupción. Corrupción en todos los niveles de la administración, corrupción silenciada, corrupción reducida a la mínima expresión de los pocos casos que han ido saliendo a la superficie, verdadero iceberg que ocultaba el hecho experimentado como sensación extremadamente vivida en las calles, de que toda la clase política está corrupta en todos los niveles administrativos y que allí solamente van a parar ambiciosos sin escrúpulos, con pocas ganas de trabajar, perfectos ignorantes estructurales que jamás habrían hecho fortuna en la empresa privada y que se muestran absolutamente desaprensivos y avalados por el “derecho a la presunción de inocencia” y por un régimen jurídico extremadamente garantista.

Desde el principio de la transición empezó a sospecharse que todo lo que rodeaba a la Casa Real estaba envuelto en opacidad y que los “amigos del Rey” estaban presentes en prácticamente todos los escándalos económicos y financieros. El Caso Urdangarín confirmó estas sospechas que ya se tenían desde el Caso Ruiz Mateos, el Caso De la Rosa, el Caso Mario Conde, el Caso Prado y Colón de Carvajal, y algunos más, cuyos protagonistas tienen TODOS como en común, la amistad con Juan Carlos I. La abdicación de éste fue ineludible para salvar a la Monarquía.

De la misma forma que bajo la restauración decimonónica el caciquismo fue el elemento determinante y más significativo de aquel régimen (frecuentemente ligada, por lo demás, a los sectores “progresistas” mucho más que a los conservadores) y en aquella época toda la clase política negaba este fenómeno, hoy, cien años después, la corrupción generalizada sigue siendo negada por toda la clase política, atreviéndose cínicamente a afirmar que “se trata solo de casos aislados”… seguramente por eso, la clase política se ha negado a precisar más la legislación anticorrupción y seguramente por eso, el parlamento, que redacta leyes como quien hace rosquillas, se ha negado a elaborar una sobre financiación de los partidos políticos.


Por otra parte, la corrupción está íntimamente ligada al fenómeno de la degeneración de los partidos políticos. Estos han dejado de ser grupos homogéneos que defienden programas y determinadas ideologías, para ser agregados de defensa de intereses personales espúreos, oportunistas y desaprensivos. En 1939, legítimamente, se podía aspirar a que los partidos políticos hubieran entrado en el desván de la historia. La masacre de la guerra civil se debió en su totalidad al sectarismo y la intolerancia tanto de las derechas como de las izquierdas. Los Gil Robles, los Juan March y los Largo Caballero, los Durruti y los Martínez Barrio, todos ellos, con su hemiplejia mental consiguieron que media España se lanzara contra la otra media. En 1939, parecía como si España hubiera extraído como consecuencia que los partidos políticos no habían mostrado otra capacidad salvo la de arrojar por el precipicio a este país. La discusión más inútil que se ha podido realizar desde entonces fue la de establecer “quién fue más culpable”, si las derechas o las izquierdas. Todas las partes lo fueron y lo realmente increíble es que casi setenta años después, algunos prosigan con la hemiplejia mental y la pongan al servicio de su particular versión de la “memoria histórica”.

Si el régimen de Franco tuvo algo positivo y saludable fue el rescatar a España durante un ciclo de 40 años de las luchas fraccionales generadas por los partidos políticos, concentrando todo el esfuerzo, por primera vez en la historia, en el desarrollo económico. La legislación franquista configuró el parlamento en función de la estructura del país: los sindicatos, la patronal, las fuerzas armadas, los colegios profesionales, las provincias, el mundo asociativo, estaban representadas en aquellas Cortes a las que lo único que se le puede achacar es que no fueran democráticas (¿lo son las actuales? ¿Acaso la Ley d’Hont no está hecha para falsear los resultados?) pero en las que los grupos sociales estaban directamente representados y no necesitaban del tamiz de los partidos políticos.

Indudablemente, aquel régimen tuvo innumerables defectos, pero el tratar de liquidar a los partidos políticos distó mucho de ser el mayor. En 1976 todo eso saltó por los aires y tres años y medio después teníamos nueva constitución. Apenas diez años después, cuando ya habíamos entrado en la UE y en la OTAN, cuando la corrupción se enseñoreaba de todas las estructuras del Estado y cuando la partidocracia y la plutocracia habían sustituido a una democracia que jamás acudió a la cita, entonces fue posible añadir a la “gigantesca pirámide de fracasos” con la que Ramiro Ledesma finalizaba su Discurso a las Juventudes de España (“Resumimos así el panorama de los últimos cien años: Fracaso de la España tradicional, fracaso de la España subversiva (ambas en sus luchas del siglo XIX), fracaso de la Restauración (Monarquía constitucional), fracaso de la dictadura militar de Primo de Rivera, fracaso de la República”), otros dos fracasos más, el fracaso final del régimen franquista que no logró pervivir en el tiempo más allá de la muerte de su fundador y el fracaso del régimen democrático nacido en 1978. Una vez más será preciso recordar como terminaba Ledesma su análisis de la historia reciente de España: “Vamos a ver cómo sobre esa gran pirámide egipcia de fracasos se puede edificar un formidable éxito histórico, duradero y rotundo. La consigna es: ¡REVOLUCIÓN NACIONAL!”.

Cuando se cumplen 40 años de la constitución, es evidente que esta constitución ya no sirve, que está agotada, que ha dado de sí todo lo que podía dar y que lo peor que pudo ocurrir en 1978 fue que quienes la elaboraron pensaran ante todo y sobre todo en prolongar su posición de dominio sobre España, antes que en los intereses y en la coherencia del Estado.

Si hubieran pensado en esto último es evidente que jamás se hubiera redactado libelo constitucional alguno que hubiera podido derivar hacia el odioso “Estado de las Autonomías”, verdadera fuente de conflictos, foco inenarrable de corrupción y centro de todas las pequeñas ambiciones justificadas por el más mínimo “factor diferencial”.

Si se hubiera pensado en los intereses del Estado, hubiera sido evidente desde el principio que Juan Carlos I no estaba en condiciones de asumir la principal representación de la nación y que la historia había demostrado muy a las claras que los Borbones habían supuesto una verdadera tragedia para la historia reciente de España y que nada bueno podía extraerse ellos. Ahora, ya parece tarde para reivindicar a la dinastía.

Si se hubiera pensado en los intereses del Estado nunca se hubiera constituido un régimen en el que los partidos políticos estuvieran sobrevalorados y no importa quien pudiera llegar a ser alto cargo de la nación, a despecho de su nula preparación profesional, de su ausencia completa de valores éticos y morales y por el mero hecho de tener el carné de un partido político o bien por mantener amistad con los gestores de ese partido.

Si se hubiera pensado en los intereses de los ciudadanos, en lugar de derechos constitucionales instalados en el vacío, se hubieran habilitado los mecanismos para hacerlos realidad y transformar el régimen saliente en un “Estado Social” en lugar de tener una sociedad arrojada a las garras de los especuladores y de las patronales carentes del más mínimo sentido social e interesadas solamente en aumentar sus márgenes de beneficios a costa de comprimir el bienestar de la sociedad.

No se pensó en nada de todo esto y, poco a poco, el valor del texto constitucional se fue apagando. A pesar de que los políticos anualmente “celebren” los valores constitucionales y los “logros” de esta constitución ¡solamente ha servido para tener una sociedad huérfana de valores y desprovista de defensas sociales y una clase política ávida de lucrarse a expensas de las clases medias! ¡Esta constitución está más que muerta, está en situación de putrefacción tal como ha demostrado la incapacidad para salir de la crisis, la presencia de equipos ministeriales cada vez más ineptos y que se limitan a trasladar programas neoliberales elaborados fuera de España y a los que no ha votado la población, y tal como ha demostrado la crisis del independentismo catalán, los acuerdos de paz con ETA, el terrorismo de misterioso origen del 11-M, la llegada de 10.000.000 de inmigrantes, la quiebra demográfica, todo ello son síntomas de putrefacción a la que ha conducido el intentar mantener con vida un texto constitucional que nació muerto y ante el que no era lícito de ninguna manera ser optimista sobre a dónde nos llevaría.

La constitución de 1978, no es el contrato que nos hará superar los últimos 200 años de fracasos históricos cosechados uno tras otro. ¡Hace falta, no solamente otra constitución, sino otros valores políticos que se encarnen en un texto ordenador de la sociedad política! No vale la pena engañarse: los últimos 34 años presididos por el lema liberal “libertad, igualdad, fraternidad” nos han conducido hasta donde estábamos: a la pérdida de todos los valores, al fracaso del sistema educativo y, por tanto, a la imposibilidad de enderezar “normalmente” la situación, al hundimiento económico y al despilfarro político. Una cosa son los lemas y otra la posibilidad de llevarlos a la práctica.

No estamos hablando solamente del fracaso político de España: es cierto que en otros países europeos los regímenes constitucionales que llegaron en los furgones de los ocupantes angloamericanos en 1945, son también obsoletos y están completamente periclitados. Si se nota menos es, seguramente, porque tienen una mayor tradición democrática que España, pero también por esto mismo es significativo el proceso de agotamiento que están sufriendo las fuerzas políticas de centro-derecha y centro-izquierda que durante más de medio siglo han constituido su alma y en torno a los cuales se ha ordenado el sistema.

El “pensamiento único” y el culto generalizado a lo “políticamente correcto”, la fidelidad perruna con la que siguen las instrucciones emanadas de los centro financieros de poder y de la globalización y el silencio que muestran ante el evidente fracaso del “nuevo orden mundial”, son síntomas inequívocos de ese agotamiento. La aparición de “partidos populistas” en toda Europa es muestra inequívoca de este agotamiento. En España, todavía es pronto para decir si Vox asumirá este rol o se convertirá en un correctivo de derechas del régimen, sin intención, ni vocación de operar reformas constitucionales en profundidad.


Así pues, estamos hablando de una crisis europea generalizado que afecta a todo el sistema político, no solamente a España.

Va siendo hora de recuperar y adaptar elementos políticos que han sido desechados sistemáticamente por quienes nos han llevado a la ruina y han abordado en primera línea la tarea de demolición de nuestras sociedades. Si el trilema “libertad – igualdad – fraternidad” no funciona (y en realidad nunca funcionó porque el bolchevismo volvió a recuperarlo alegando que la “democracia burguesa” se había apartado de él y, posteriormente, la extrema-izquierda de los años 60, de nuevo lo volvió a recuperar denunciando que los partidos comunistas ortodoxos lo habían traicionado) será preciso adoptar otro mejor adaptado a la actual situación y mucho más realista: “Autoridad – Orden – Jerarquía”: la Autoridad es el principio del mando exento de cualquier sombra de corrupción, la seguridad de que quien la ejerce lo hará en la dirección justa o de lo contrario será revocado, el principio según el cual se elije democráticamente a un líder y a su equipo, y luego se acepta su ejercicio del poder huyendo de luchas partidistas; el Orden es la cohesión que un Estado y una administración tienen en su interior, en torno a un proyecto político-histórico a realizar, del cual nadie entre los ciudadanos aspira a separarse, el cumplimiento de un destino ineluctable que atañe a la generación actual y a la que está por venir; una Jerarquía que implica el mando para los mejores, complementareidad entre las distintas fuerzas políticas y sociales, gradación jerárquica entre los distintos niveles administrativos, la inexistencia de vacíos de poder y la presencia clara y nítida de centros de imputación a los que pueda señalarse como responsables de los éxitos y de los fracasos en la gestión del gobierno.

Un nuevo modelo político hoy, en medio de la crisis económico-social más atroz que han vivido los siglos equivale a defender, afianzar y profundizar el Estado del Bienestar por encima y sobre cualquier otra opción. Defender el Estado del bienestar quiere decir aspirar a extender la justicia social a todos los escalones de la sociedad, reconocer que el principal derecho “humano” del ciudadano es la seguridad en todos los órdenes y que ningún otro derecho puede ejercerse sin que éste se encuentre perfectamente afianzado. Y quiere decir también aplastar a quienes insinúen siquiera que el modelo del Estado del Bienestar es un modelo “superado”, simplemente porque defienden sus intereses de parte, o los beneficios de sus negocios habitualmente usureros o especuladores.

Es preciso, por esto mismo, proclamar bien alto que la recuperación de la idea de España y su adecuación a la realidad del siglo XXI, debe estar vinculada especialmente a la lucha contra el neocapitalismo y contra el liberalismo salvaje y su secuela más mortal para la identidad de los pueblos: la globalización. No basta con que el Estado surgido de una “revolución nacional” sea una “Estado Fuerte”, sino especialmente y sobre todo un “Estado Social” en el que el mercado esté regulado para evitar la aparición de burbujas, en donde exista una planificación lúcida y organizada y donde se tienda a la responsabilización de los ciudadanos en las tareas que competen a la economía nacional a cambio de una justa distribución de la riqueza y a una tendencia a eliminar las grandes desigualdades sociales.

Es cierto que en Europa muchas fuerzas políticas tienden hacia esa dirección, pero lo que estamos proponiendo es que España y su sociedad asuman el liderazgo y sean capaces de dar ejemplo y sustituir el actual modelo político (que, sin duda en nuestro país está más agotado que en cualquier otro lugar de Europa) por un Estado Fuerte determinado a poner fin a los excesos del capitalismo y en donde la usura, la especulación y las prácticas antisociales sean consideradas como un delito contra la sociedad y contra el propio Estado, pues no en vano, el Estado es la encarnación jurídica de la Nación y está el conjunto de ciudadanos que asumen una misión y un destino común.

Luego queda por resolver el espinoso problema de las autonomías. Hay que decir, ante todo, que el problema no son los “derechos regionales” (a fin de cuentas, España hasta hace 200 años se ha organizado en base a los “fueros”), sino que el problema real lo constituyen los nacionalismos. Allí donde existe un “nacionalista” allí existe alguien desleal para con la Nación y para con el Estado. Todo nacionalismo no tiene como finalidad última la constitución de una “nación” separada e independiente de la matriz, por tanto, en el origen mismo del nacionalismo regionalista lo que existe es una deslealtad manifiesta contra la Nación que si no se manifiesta en un momento dado, lo hará más adelante.


Fieles a la tradición foral de nuestro país, justo es reconocer que España es una entidad surgida de la convergencia de distintas regiones que reconstruyó en 1492 la unidad perdida del Reino visigodo desintegrado por la invasión islámica. Es evidente que existen idiomas regionales, salvo el euskera, surgidos como variantes hispano-romances procedentes de un tronco común. Pero justo es reconocer también que, en las actuales circunstancias, asumir la defensa de esas culturas regionales supone simplemente hacer el caldo gordo al nacionalismo que basa todo su proyecto en reforzar esos “rasgos diferenciales” (incluso falsificándolos, generándolos artificialmente y, siempre, subvencionándolos hasta la saciedad, para colmo, creando una historia-ficción destinada a cortar vínculos culturales y lazos históricos con la matriz hispana. Por eso, decimos, el nacionalismo no es la solución, es una parte sustancial del problema de la articulación del Estado y, por tanto, para poder realizar un nuevo proyecto descentralizador y que suponga la aportación de las regiones al enriquecimiento del Estado, es preciso que una nueva constitución sitúe al nacionalismo ante la tesitura de demostrar lealtad hacia la nación (introduciendo en una futura constitución la prohibición de promover acciones secesionistas. Contrariamente a la tendencia demostrada por la constitución de 1978, no se trata de dar un mayor techo autonómico a las regiones que tengan movimientos nacionalistas más amplios, sino a aquellas que demuestren mayor lealtad hacia el Estado. El lema, el lema de la España foral, no era otro que “Máxima autonomía a cambio de máxima lealtad”.

Queda el espinoso problema de si la forma de Estado debe ser monárquica o republicana. Este planteamiento es incorrecto, en la actualidad no existen grandes diferencias entre una y otra, lo único que cuenta y lo único que puede pedirse a un presidente de la República o a un Rey es que sean la encarnación máxima de la Nación y, por tanto, un dechado de virtudes y de valores encarnados que transmitir a toda la población. Si es una monarquía, el titular de la Corona no puede ser un pobre espabilado, sin opinión ni criterio propios, y lo que es peor, rodeado por una legión de cortesanos que, frecuentemente, han pasado a la primera página de los diarios protagonizando casos de corrupción.

No estamos dispuestos a condenar a la idea monárquica en bloque: creemos que la monarquía tradicional no puede ser medida por la capacidad y el talante de quienes han reinado en los últimos 200 años. Pero ahora ya hay poco que hacer: las aristocracias tradicionales ya no existen, la nobleza se ha convertido en algo completamente diferente a lo que fue en otro tiempo: terratenientes, especuladores, haraganes, carne del colorín, nada que puede servir para enderezar el país y asumir como clase social la tarea de recuperar y enderezar la situación. Si la monarquía española aspira a prolongarse en nuestra historia, deberá introducir un cambio radical en la percepción de su papel y convertirse en elemento activo de una reconstrucción nacional. La excusa de “representar a todos los españoles” no puede ser el muro que impida a la monarquía participar o orientar la vida política y moral de la nación. Mejor una monarquía con autoridad, que un Estado sin autoridad. Pero nunca más un Estado con monarca y sin autoridad.

Felipe VI ha heredado el Trono en condiciones extremadamente difíciles para la institución. Juan Carlos I no fue un “buen monarca”: se preocupó poco por el rumbo del país, no ejerció como moderador, ni como “conciencia nacional”, se inhibió y dejó que un “plotter” firmara las leyes. Juró las Leyes Fundamentales del franquismo y su reinado se basó en la Constitución que las negaba. Dio excesivas muestras de apatía, desinterés y debilidad de carácter. No fue un “modelo” para las familias españolas, ni para la sociedad. Sólo el tiempo dirá si su sucesor tiene fuerza y energía para superar todos estos déficits que afectan a la institución monárquica.

Sin embargo, justo es reconocer que, en las actuales circunstancias, el salto de la monarquía a la república supone una pirueta mortal sobre el vacío, especialmente cuando el país está  partido entre una izquierda republicana y una derecha monárquica, casi como lo estaba en 1931.

Lo que debe estar claro es que esta figura que esté en la cúspide del Estado, no puede ser en absoluto “decorativa” sino que, el mero hecho de existir implica que debe también tener responsabilidades y competencias. El rey “constitucional” no es solamente el representante de la nación, de la misma forma que el presidente no es meramente un cargo protocolario y representativo. En un Estado eficiente y moderno estas figuras no existen en la práctica. El monarca, el regente o el presidente del Estado, o son máximos centros de imputación y responsabilidad, a los que corresponde atribuir los éxitos y los fracasos en la gestión del gobierno y como afirmación del principio de autoridad y de jerarquía, o no son nada.

En un Estado eficiente y moderno, a fin de cuentas, no hay lugar para las “instituciones florero”, de hecho ya hemos conocido demasiadas en el régimen nacido en 1978. Las instituciones deben tener competencias y poder, también responsabilidad y deben rendir cuentas de sugestión. Nada que exista puede tener una función protocolaria o simplemente decorativa, ni, por supuesto, servir únicamente para que los partidos políticos sitúen a sus segundones.

En el régimen surgido en 1978 abundan tales “instituciones florero”. En un Estado regenerado, reconstituido y digno de tal nombre, no hay lugar para ninguna de estas instituciones inútiles. Ya hemos aludido a que la monarquía (la regencia o la república) no debe seguir estar desprovistas de funciones reales de mando, gobierno y poder. Otro tanto vale para otras instituciones. Se ha aludido a la ausencia de funciones del Senado y a su necesaria transformación en una “cámara autonómica”… En la medida en la que todos los diputados del parlamento representan a sectores de la población concretos situados en zonas geográficas determinadas (esto es, autonomías), por eso mismo ya cumplen esa función. De ahí que no tenga sentido la existencia de una “cámara autonómica” porque esta función ya está implícita en el parlamento.

Cabrían, pues, dos formas de organizar la representatividad en un Estado regenerado. O bien el actual parlamento se transforma en una “cámara de las corporaciones” en la que no estén representados los partidos políticos, sino los distintos cuerpos de la sociedad, o bien el parlamento sigue ostentando representación procedentes de los partidos políticos, pero junto a la cual se sitúe un senado reconvertido en “cámara de las corporaciones” con capacidad de veto sobre las decisiones adoptadas en el Congreso de los Diputados.

Y esto ¿por qué? Sencillamente porque los partidos políticos ya han decepcionado a la población, jamás han expresado programas que se hayan tomado la molestia en cumplir, han sido fuentes de corruptelas, nepotismo, amiguismo e ineficiencia y siempre han situado sus intereses de parte sobre los intereses de la comunidad; por lo demás, los partidos políticos han dejado de ser expresión de opciones ideológicas para convertirse en ariete de intereses de su capa dirigente.

Realizada esta constatación se trata solamente de reconocer que un ordenamiento democrático “normal” debe tratar de reducir el campo de acción de los partidos políticos, establecer como contrapeso otras fuentes de representación (de ahí la necesidad de establecer una “cámara corporativa”) y reducir al máximo su peso en la sociedad (no deberán tener subsidios públicos ni ellos, ni sus fundaciones, deberá existir una ley de financiación en la que quede claro cuáles son sus ingresos y de dónde proceden y no recibirán ayudas postelectorales por votos obtenidos).

Lo que un sistema político maduro y del siglo XXI debe tender es a lograr que los ciudadanos estén representados DIRECTAMENTE y a través de instituciones imprescindibles (colegios profesionales, sindicatos, asociacionismo cultural, etc.) en lugar de mediante el tamiz distorsionador de los partidos políticos. Hay que establecer de una vez por todas que éstos han fracasado en su tarea representativa y que ya no tiene lugar en el futuro de España. Es más, a ellos se debe por encima de todo y sobre todo, la corrupción generalizada, el nepotismo, la incompetencia convertida en norma de gobierno y la legión de “asesores” que medran hoy a la sombra del poder.

Contenidos
Primera Parte
Segunda Parte
3) ¿Con Europa o contra Europa?
4) ¿Qué modelo político?
5) ¿Nacionalismo o patriotismo?
6) ¿España con Portugal?
7) ¿Qué enfoque cultural?


© Ernesto Milà – infokrisis – ernesto.mila.rodi@gmail.com – Prohibida la reproducción de este artículo sin indicar origen - Revisado el 12.06.2019..

viernes, 7 de diciembre de 2012

RENOVAR LA IDEA DE ESPAÑA (I de V) - EL DRAMA HISTÓRICO DE ESPAÑA Y EL DRAMA ECONÓMICO ACTUAL


Lo hemos escrito en varias ocasiones, la idea de España no se ha renovado desde hace 121 años. Prácticamente, después de 1898 la idea de España no ha sufrido aportaciones nuevas a pesar de que España haya cambiado extraordinariamente y que el mundo lo haya hecho todavía más. Y esta reflexión es extremadamente importante porque una “nación” es especialmente una “misión” y un “destino”. La definición de Ortega y Gasset, popularizada por José Antonio Primo de Rivera, según la cual España es “una unidad de destino en lo universal”, implica tener muy claro cuál es ese “destino”. Y hoy las ideas del 98, ya no sirven para alumbrar el futuro de España en el siglo XXI porque el mundo es muy diferente de cómo lo era hace 121 años. De ahí que desde hace tiempo hayamos sostenido que la crisis de España es, sobre todo, la crisis de la “idea de España” y la incapacidad de los pensadores “patriotas” para abrir senderos nuevos. El día de la constitución (no merece mayúsculas un contrato incumplido del que España ya ha tenido muchas versiones en 200 años) nos ha animado a hacer algunas reflexiones en este sentido.

1) Tierra o Mar

El drama histórico de España consistió en ignorar la ley básica de la geopolítica, aquella que distingue entre naciones “marítimas” y naciones “continentales”, es decir, aquellas que dan más importancia a su expansión oceánica y aquellas otras que la dan a su expansión terrestre. En España, a partir del siglo XVI y hasta el XVII, se combatió entre dos frentes: de un lado en la conquista y colonización de América, de otro en las guerras europeas. Era evidente que España ni poseía la capacidad demográfica, ni la riqueza suficiente, ni existía una mentalidad en las masas capaz de asumir un desafío de tal magnitud que ningún país ha podido soportar jamás.

La nitidez y la duplicidad de este combate desangraron España durante dos siglos y fue precisamente en 1898 hasta donde se prolongó la agonía imperial. Luego, en el siglo XX, España fue incapaz de definir ese aspecto axial de nuestro pasado y de nuestro futuro: ¿nación continental o nación marítima? Dio, por un momento, la sensación durante el franquismo de que el impulso decidido a los astilleros, era el síntoma de que España había optado por un enfoque marítimo. El plan de renovación de la Armada elaborado a finales de los 60 pareció confirmar en esa dirección, pero al llegar la transición todo esto se difuminó y las necesidades de nuestra defensa, de nuestra industria y de nuestros intereses, se situó en el furgón de cola de la OTAN y se supeditó a los intereses de las Comunidades Europeas (hoy UE).

Ahora hace falta reconocer el error histórico que supuso el intentar compaginar durante el reinado de los Austrias el enfoque terrestre y el marítimo. Heroísmos aparte y asumiendo el hecho de que el legado de la historia es irrenunciable, la aventura colonial en América y las guerras de religión se nos aparecen hoy como insensatas. Y la alternativa pendiente de nuestra historia es precisamente el elegir por uno u otro enfoque, a la vista de que la experiencia histórica mundial enseña que es tan imposible luchar en dos frentes al mismo tiempo como el asumir dos empresas históricas tan antagónicas como titánicas.

No es raro que se trate de un episodio irresuelto de nuestra historia porque la situación geográfica de España parece configurarla como algo “descolgado” de Europa con quien estamos unidos solamente por los Pirineos (si olvidamos que la orilla occidental nos sitúa como integrantes del “estanque mediterráneo”). El hecho de que estemos rodeados de aguas por casi todas partes nos determina, pues, como “nación marítima” y, por tanto, nuestro impulso esencial debería de haberse situado en la construcción de una gran flota que garantizara la seguridad de los mares y asegurara la integridad de nuestras rutas comerciales.


Pero la destrucción de la Armada Invencible cortó ese sueño y, a partir de ese momento, el Imperio Español jamás estuvo en condiciones de garantizar la seguridad de las rutas marítimas con Iberoamérica. Esta situación se prolonga todavía hoy: carecemos de una marina de guerra en condiciones de garantizar algo más que la vigilancia de nuestras costas. La indecisión a la hora de habilitar un presupuesto capaz de convertir a nuestra marina de guerra en hegemónica en el eje estratégico Baleares – Estrecho – Canarias y de garantizar la seguridad marítima en los tránsitos hacia el Atlántico Sur, así como el hecho de que ni Portugal, ni Brasil, ni Argentina (países con los que sería posible establecer alianzas estratégicas interoceánicas) cuenten con una marina en condiciones de garantizar la seguridad en el Atlántico Sur, suponen dificultades casi insuperables para convertir a España en “potencia oceánica”. Y sin esto, el comercio con Iberoamérica pende de un hilo y no puede ser considerado en ningún caso como la orientación histórica que hoy se pueda asumir sin riesgos y con seguridad.

Por otra parte, la irrupción del Islam como fuerza política en el norte de África, especialmente en Marruecos, Mauritania, Mali y Senegal, hace que nuestra penetración hacia el Sur (que en buena medida sería una penetración naval) sea completamente imposible y extremadamente limitada. Harina de otro costal hubiera sito si con posterioridad a la Reconquista hubiera continuado el arrinconamiento del Islam en el Magreb Occidental para garantizar que la seguridad del Mediterráneo Occidental y el paso por Gibraltar estaban completamente en manos de España.

Las naciones “marítimas”, habitualmente determinan la aparición de imperios comerciales (Atenas, Cartago, EEUU) y plutocracias democráticas. Pero, como decían los antiguos alquimistas “para fabricar oro es necesario poseer el oro”, y España ni ayer ni hoy ha tenido los recursos económicos suficientes como para poder afrontar la construcción de una marina de guerra, algo que hoy es más caro que nunca (salvo que se renuncie a la construcción de navíos de superficie y se centren los presupuestos en el arma submarina. Hoy, las limitaciones económicas siguen impidiendo la realización de un plan de esta magnitud.

Así pues, inicialmente, España estaría obligada a ser una “potencia terrestre”. Pero en la actualidad, la mala negociación del acuerdo de adhesión a la Unión Europea, gestionado de manera irresponsable por el gobierno de Felipe González, nos confinó a un lugar “periférico” dentro de Europa: vimos como nuestra industria estratégica (altos hornos, industria pesada, astilleros, minería) quedaba completamente liquidada y nos transformamos en un mero país de “servicios”, geriátrico de Europa, dotado de actividad económica de escaso valor añadido (turismo y construcción) y poco más.

Por ello, nuestro drama actual, radica en que, sea como fuere, por imperativos históricos del pasado remoto, o por condicionamientos debidos a los errores de los últimos gobiernos democráticos, el hecho es que estamos en malas condiciones de asumir cualquiera de las dos orientaciones.

Europa está “cerca” geográficamente y, por tanto, con ella es con quien estamos obligados a tener la mayoría de intercambios comerciales. Sin embargo, con América nos une una lengua cada vez más extendida (especialmente con la América que “interesa” y que no es, desde luego, la andina, sino la ribereña del Atlántico y del Pacífico a la vista de que en amplias zonas del interior, se ha extendido entre las capas indígenas la idea de que la miseria actual de esas poblaciones radica en la etapa de colonización), incluso en el Norte.

En EEUU, la expansión de los núcleos hispanos es imparable y las tres últimas elecciones presidenciales indican que quien quiera ser presidente de los EEUU debe hacer campaña en castellano o al menos simular que lo habla. Los hispanos constituyen, sin duda, la mayor contradicción interior de aquel país: los hispanos rompen, no sólo la unidad lingüística, sino también la unidad cultural y de valores de los EEUU. A los valores “blancos, anglosajones y protestantes” que hasta ahora han sido hegemónicos allí, se están superponiendo los valores “cristianos, hispanos y criollos” apoyados en una lengua que muestra una extraordinaria potencia en los EEUU. Se engañan quienes piensan que la minoría hispana va a tener el mismo destino, subordinado y marginal, de los afroamericanos.

España no puede permanecer al margen del destino de las comunidades hispanas al otro lado del Atlántico, pero el drama es que no lo puede hacer en solitario. Así pues –si de lo que se trata es de una orientación oceánica y marítima- de lo que se trata es que una diplomacia agresiva al servicio de un gobierno fuerte labre pactos y acuerdos especialmente con Portugal, Argentina, Brasil, Chile y Venezuela. Solo a través de acuerdos de este tipo valdría la pena lograr la revitalización marítima de España. De lo contrario habría que renunciar a este tipo de orientación y centrarse en la exclusivamente terrestre.


Una orientación de este tipo pasa por una renegociación del acuerdo de adhesión a la UE y porque España recuperara el viejo proyecto de liderar a los países de tamaño medio de la UE para alterar la actual hegemonía franco-alemana, cortar cualquier acuerdo preferencial con terceros países que menoscabara los intereses de España (especialmente con Marruecos, Argelia, Túnez e Israel), o simplemente separarse de la UE, arrastrando a los países de tamaño medio y presentando una alternativa (que no puede ser sino la formación de un eje euro-ruso de espaldas a la Europa atlantista que se limita a permanecer a remolque de los EEUU a través de la OTAN.

Excluimos por obvias razones culturales y antropológicas, la segunda opción que sería separarse de la UE y orientarse hacia el mundo árabe y que a medio plazo impondría como alto precio la pérdida del perfil histórico y de la identidad española. Así mismo, no hay que perder de vista que la orientación marítima siempre da lugar a gobiernos oligárquicos y plutocráticos, mientras que la orientación terrestre genera una mayor valorización de la idea del Estado. Se trata, por tanto, de ser conscientes de estas repercusiones en el terreno político: porque puede ocurrir que un país tenga vocación comercial y marítima, pero su idiosincrasia no sea la más adecuada para desembocar en la organización en torno a oligarquías plutocráticas. Y puede ocurrir, así mismo, que una orientación “terrestre” sea inviable porque existe en las masas un espíritu anárquico e inorgánico que impida la creación de un Estado fuerte.

Así pues, esta pregunta de cuál es la orientación geopolítica de España no puede cerrarse completamente en el momento en este momento y lo recuperaremos de nuevo al final de este estudio.

2) Modelo económico

La orientación geopolítica de España (potencia naval o terrestre) tiene, como hemos visto, una íntima repercusión, en el plano económico. No todos los proyectos pueden realizarse porque la dimensión de nuestra economía es cada vez más limitada y en los actuales momentos de crisis se ha revelado como extraordinariamente frágil.

En los últimos 10 años hemos sostenido que el modelo económico de España adoptado desde 1996 y que supone una renovación parcial del proyecto franquista (esto es, crear una economía cuyo motor sea la construcción y el sector turístico, la hostelería) era un modelo económico erróneo que nos llevaría, antes o después, a la ruina. Este momento ha llegado ya y se ha agravado a causa de la crisis económica generada por la imposible globalización.


Hemos sostenido, igualmente, que no saldremos de la crisis económica hasta que no estemos en condiciones de enunciar un nuevo modelo económico de sustitución. Y este es el segundo problema que debe afrontar un proceso de reconstrucción nacional. Tampoco aquí está muy clara cuál es la salida. El zapaterismo, intentó conjugar al mismo tiempo el modelo económico heredado del aznarismo (ladrillo, salarios bajos, inmigración y acceso fácil al crédito) ampliando incluso la presencia de algunos de sus elementos (inmigración masiva) con un modelo idealizado e imposible basado en I+D+i. Incluso las propuestas de Vox en materia económica van en la misma dirección que el aznarismo de hace veinticinco años: ladrillo-ladrillo-ladrillo. Poco, desde luego. Nada para el futuro.

El intento zapaterista suponía ignorar que desde hace casi 40 años nuestro sistema educativo está en crisis, que estamos a la cola de Europa en materia educativa, que el fracaso escolar y los estudios en carreras “de letras” con pocas salidas profesionales, son el elemento dominante en nuestro panorama juvenil y que, por todo ello, nuestro modelo económico (por el momento y mientras el sistema educativo no renazca de sus cenizas) está condicionado por la baja calidad de la formación de la mayoría de nuestros jóvenes. Un panorama de I+D+i solamente podría realizarse con una masa juvenil capacitada para asumir trabajos en ese sector y bien remunerados… lo cual no tiene nada que ver con la situación actual en la que nuestros jóvenes mejor preparados o no encuentran trabajo en España o se trata de trabajo mal pagado y eventual, obligándoles en ambos casos, a mirar a otros países europeos o americanos.


Por otra parte, mientras la globalización no sea definitiva y completamente abolida en la ordenación económica mundial, no podemos aspirar a una reindustrialización en la que los costes de producción siempre resultarían superiores a los que ofrecen hoy los países (especialmente extremo-orientales) que han ido configurándose como “factoría mundial”.

No hay, así mismo, la menor duda, de que la transformación de las economía occidentales de productivas en especulativas, no redunda en beneficio de la Unión Europa y, mientras el PIB sea la medida del “bienestar económico” y no la “renta per cápita”, la estructura sociológica de Europa será una clase madia cada vez más comprimida por la fiscalidad y reducida en número, una oligarquía económica cada vez más restringida pero cada vez más poderosa y unos grupos sociales poco competitivos, compuestos mayoritariamente por jóvenes y mayores de 45 años, sin trabajo estable, ni posibilidad de acceder a los escaparates de consumo.


A esto se une el problema de la inmigración masiva. Nuestra sociedad está todavía más fragmentados por la introducción con calzados de media docena de grupos étnicos no europeos (negro-africanos, magrebíes, orientales, indígenas sudamericanos, musulmanes de medio y extremo oriente, gitanos rumanos) que contribuyen a convertir nuestra sociedad en un mosaico carente de intereses comunes y en el que paradójicamente, el conjunto de origen español se declara “anti-racista”, pero cada grupo no europeo está interesado solamente en la defensa de sus intereses étnicos…


Así pues, es preciso plantearse objetivos a corto y a medio plazo. A corto plazo hay que tener en cuenta que, salvo la acumulación de población en las costas, la realidad es que buena parte del interior de España está despoblado o en vías de despoblación, especialmente en zonas de Castilla la Vieja y Aragón. En estas zonas existiría riqueza agrícola si existiera población y capitales suficientes para explotarla. Lo que estamos proponiendo es que la economía española reconozca su realidad y el hecho de que, si se quiere dar una salida a millones de jóvenes con formación muy precaria y en situación de paro, no tiene más remedio que retornar a un modelo económico en el cual el sector primario (relacionado con los recursos naturales y su transformación).

Esto implica, en primer lugar, renegociar el acuerdo de adhesión a la UE, obteniendo el reconocimiento de España como “factoría alimentaria de Europa” y, en segundo lugar por vetar y denunciar cualquier acuerdo suscrito por la UE con países del Magreb, Sudáfrica o con Israel. La importación de frutas, verduras, hortalizas, ganado vacuno y ovino, que pueda ser cultivado o criado en España no debe de ser objeto de importaciones procedentes de esos países.

El objetivo a medio plazo no es menos evidente y necesario: se trata de que la UE denuncie la globalización y se emancipe de ella. Esto solamente ocurrirá cuando se reduzca la dependencia de la economía financiera y cuando Europa se sustraiga completamente a las influencias y a las leyes de la alta finanza internacional, de los “señores del dinero” y de las grandes instituciones financieras mundiales (FMI, Banco mundial, especialmente). Europa debe convertirse en una “unidad económica” capaz de disponer de un mercado interior potente, reduciendo al mínimo las importaciones procedentes del exterior de ese espacio.

La lección de la crisis de 2008 no ha sido aprendida ni asimilada, ni por la clase política, ni por la población. En aquel momento, el sector de la construcción cayó con el estallido de la burbuja inmobiliaria. Y, si bien es cierto, que nunca más se volverán a generar procesos hipertróficos como el que vimos entonces, lo cierto es que, en la actualidad (2019) estamos viendo un repunte del sector que augura una próxima reproducción de aquella crisis en una escala menor.
Así mismo, el sector de hostelería, corre el riesgo de disminuir su actividad en los próximos años, a causa de la competencia de los países de Europa Central y de los Balcanes y lo único que nos permitirá seguir recibiendo turistas es bajando el listón, abaratando costes para atraer a turismo de aluvión, litrona y bocata que llega a España con los fortaits ya cerrados. Una perspectiva absolutamente indeseable, pero a estas alturas el pretender atraer a “turismo de calidad” ya parece demasiado remoto como para poder actualizarse. Desde los años 60, el turismo que ha venido a España ha sido siempre “de aluvión” y a estas alturas, las infraestructuras turísticas ya están diseñadas para ese perfil, con lo que resulta prácticamente imposible rectificar y enderezar un fenómeno que desde el principio se torció.

Por lo tanto, resumiendo, desde el punto de vista del modelo económico, las dos opciones que pueden asumirse son: énfasis en el sector primario con recolonización de los espacios interiores del país, renegociación del acuerdo de adhesión a la UE priorizando a España como “granero y despensa de Europa”, facilitar la ruptura de la UE con la economía globalizada mundial y en especial lucha contra los centros financieros internacionales, constitución de Europa como “gran espacio económico”, ajeno e independiente de la globalización.

Segunda Parte

3) ¿Con Europa o contra Europa?
4) ¿Qué modelo político?
5) ¿Nacionalismo o patriotismo?
6) ¿España con Portugal?
7) ¿Qué enfoque cultural?

© Ernesto Milà – infokrisis – ernesto.mila.rodi@gmail.com – Artículo revisado el 11.06.2019.