miércoles, 11 de septiembre de 2019

En recuerdo de Stefano delle Chiaie


"Sé que nuestra presunción de cambiar el mundo fue considerada por muchos como un sueño loco. En una de mis notas dispersas he encontrado una reflexión de Corneliu Codreanu: "Sé algo con certeza: entre el suelo y la gris resignación de quien duda sin atreverse, prefiero el sueño. Porque el sueño es el motor de cualquier empresa". Preferimos el sueño. Muchos, incluso en frentes opuestos, soñaron. Cuando nos han obligado a todos a despertar, nos hemos encontrado en un desierto de ideas y de emociones. Pero entonces ¿no fue más noble nuestro sueño que la realidad que nos ha vencido?"
Stefano delle Chiaie (El Águila y el Cóndor)

Es con profundo dolor que hace unas semanas, un querido amigo romano, nos comunicó el ingreso en el hospital de Stefano delle Chiaie, aquejado de un cáncer terminal. Desde entonces esperábamos que no llegara la triste noticia de su fallecimiento. Sin embargo, el martes, a las 5:00 a.m., cuando el sol de septiembre se empieza a intuir por el Este, se produjo el desenlace.

Lo que Stefano quería que se dijera sobre él mismo, lo dijo en su testimonio, “El Águila y el Cóndor – Memorias de un militante político” que, nosotros mismos tradujimos y editamos hace apenas unos meses. Si resaltaremos cuatro aspectos generales de su vida y de su trayectoria política.

El primer de todos es que su nombre ha quedado unido a las “masacres” que se produjeron en Italia desde finales de los años 60 hasta principios de los 80. La magistratura, mediante “arrepentidos” o simples montajes, intentó implicarlo en las masacres de Piazza Fontana y de Bolonia, de las que, en ambos casos, resultó absuelto en las distintas instancias judiciales. Pero, eso es lo de menos: lo importante, es que, tras su retorno de Venezuela, cuando recobró la libertad, él mismo se preocupó hasta la saciedad de que se supiera la verdad sobre aquel episodio negro en la historia de Italia. Declaró y participó en la “Comisión de las Masacres” organizada por el parlamento italiano. Así pues, Stefano, no solamente no tuvo nada que ver con las “masacres” que se le imputaron (y de las que salió absuelto), sino que hizo todo lo posible por tirar del hilo para que los verdaderos culpables salieran a la superficie, en un gesto que le honró y que le ocupó en buena parte de los años que vivió en libertad tras su retorno a Italia.

Stefano, en segundo lugar, participó en todos los episodios políticos que se produjeron en la Italia de la postguerra y que demostraron que una parte importante de la juventud italiana no había bajado la cabeza y aceptado el orden impuesto en Yalta desde los años 60 hasta los 80. Los nombres de Valle Giulia, de Reggio Calabria, del Golpe Borguese, de Avanguardia Nazionale, la organización que fundó en 1960, lo evidencian. Y lo hizo en calidad de dirigente político, consciente de su compromiso doctrinal e irreductible. Por eso fue atacado de manera preferente y criminalizado por medios de comunicación, por servicios de inteligencia, por partidos políticos del “arco constitucional” y, por una extrema-izquierda que lo temió. El hecho de que todos estos ambientes, representantes del orden de Yalta, apuntaran de manera preferente contra él desde principios de los años 60 hasta ahora que ha fallecido, es buena muestra de que era considerado como “el gran enemigo”, el adversario irreductible capaz de convertir en realidad un diseño político alternativo.

En tercer lugar, fue de los primeros camaradas que comprendió que la evolución de la civilización hacía necesario combatir a los adversarios en un teatro internacional. Stefano no era un “nacionalista italiano”; había asumido lo que Julius Evola le supo transmitir: que la patria está allí en donde se combate por la idea. Allí donde estuvo realizó los mismos trabajos de agitación, propaganda y organización que había llevado en Italia. La prensa habló de una fantasiosa “internacional negra” que jamás existió, pero sí es cierto, que son muchos los países en los que estuvo entre los años 70 y 80 y en donde hizo valer su personalidad política con el único aval de su valía personal y sin que mediera acta de diputado o título alguno.

Fue en esas circunstancias como lo conocí en 1972. Debo descender, en última instancia, al plano puramente personal para recordar que yo recorría los ambientes “patrióticos” y “nacional-revolucionarios” desde 1968, cuando tenía 16 años. Intuía por aquello que había que combatir e incluso había intentado asumir una preparación autodidacta (en aquella época y en nuestro ambiente, no había “maestros” que nos enseñaran cómo hacer política, ni las líneas doctrinales de nuestro estilo), pero no fue sino hasta que conocí a Stefano en un bar de la Gran Vía barcelonesa, cuando empecé a entender los mecanismos de la política, sus necesidades, y a completar mi visión doctrinal. Le debo mucho en este sentido.

No es raro, por tanto, que, para mí, como para muchos de nosotros, fuera el único jefe político al que he reconocido como tal a lo largo de cuarenta años de militancia política y al que no tengo el menor inconveniente seguir hasta donde me lo hubiera ordenado. Creo que soy una persona afortunada: no todos pueden decir lo mismo en nuestra desgraciada época, cuando tener un Jefe digno de tal nombre es, simplemente, un lujo.

Con Stefano ha muerto uno de los representantes de la “generación puente” entre la que hizo la guerra con los fascismos históricos y las nuevas generaciones que aspiraron a recoger la bandera de los valores de la tradición y de la libertad de Europa, del Estado Social y de la victoria de la sangre sobre el oro.

Su imagen tiene dos perfiles: el personal, con su rostro, su humor, su sentido crítico, su autoridad y energía, que todos recordaremos; y el comunitario, representado por la runa de Avanguardia Nazionale. Yo espero que cada vez que pensemos en la revolución que Europa necesita, veamos esa runa como síntesis de unos ideales irrenunciables y que suponen la cristalización de la mejor esencia de nuestra raza, la raza de los irreductibles y de los que no conocen la traición y recordemos que Stefano fue el mejor de los nuestros y, como tal, el más atacado.

El sentimentalismo no pertenece a nuestra familia de pensamiento y el uso de una retórica ampulosa sobre los camaradas muertos, era algo que no tenía nada que ver con Stefano y que le hubiera disgustado. Era partidario del lenguaje lacónico. Se le podrá a acompañar por última vez el jueves a las 15:30 en la Basílica de San Lorenzo Extramuros de Roma.

Inútil decir que su recuerdo permanecerá con nosotros para siempre.