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miércoles, 10 de marzo de 2021

METAFÍSICA DE LA MODERNIDAD (1) - LA HORMIGA Y EL ELEFANTE

En 1961 Julius Evola publicó Cabalgar el Tigre. Se trataba de una obra, no particularmente extensa en la que el autor realizaba un análisis completo sobre los distintos aspectos de la modernidad. Todavía hoy, su lectura estremece, al advertir que el análisis de Evola se adelantó a su tiempo y que la obra había previsto los desarrollos que tendrían las principales corrientes socio-culturales en los siguientes sesenta años.

El autor, apenas ocho años antes (en 1953) había lanzado lo que puede considerarse como el gran manifiesto político de la derecha tradicional de la postguerra europea (acaso el único que ese sector político fue capaz de producir en esa época), Los hombres y las ruinas, una verdadera llamada al combate, rectificaba las posiciones y decía en 1961, textualmente, que la política no es un campo preferencial de trabajo, salvo para aquellos cuyo carácter y aptitudes están predispuestos para ello. Afirmaba que “hacer las cosas bien” en política no era mejor que hacer otro tanto siendo traficante de drogas o proxeneta. En la década que media entre la aparición de una y otra obras, Evola había llegado a la conclusión de que las “desintegraciones” que estaba sufriendo el mundo eran de tal calibre que ya no podía hacerse nada para rectificar el rumbo. Era preciso… “cabalgar el tigre” y ver en qué podían ayudar estos procesos para el “hombre diferenciado”, aquel que no se resignaba a seguir la corriente como los peces muertos, sino que aspiraba a realizar una transformación efectiva de su ser.

Cerrada la vía de la política, en el que la “acción heroica” pudo manifestarse en otro tiempo, quedaba la vía de “asomarse al interior”. Evola, a lo largo de la obra da algunos consejos en esta dirección.

Pero, Cabalgar el Tigre tiene un problema: fue escrito en un mundo muy diferente al nuestro, prácticamente irreconocible. Evola había previsto la “aceleración de la historia”, entendido como el aumento de la velocidad asindótica de caída de los niveles de civilización. Pero lo había previsto desde la óptica de 1961 y, si bien, los procesos de disolución cuyo análisis aborda en el terreno de la filosofía, de la técnica, de la familia, de la religión, de la política, siguen sucediéndose tal y como previó, no es menos cierto, que, especialmente a partir de 2001, fueron apareciendo elementos nuevos que contribuyeron a acelerar la velocidad de desintegración de nuestra civilización. En estos párrafos pretendemos realizar un seguimiento a estos procesos disgregadores. Esto implica realizar un análisis completo de las distintas derivas de la modernidad.

*     *      *

Entre mis recuerdos infancia figuran dos películas a cuya proyección asistieron mis padres. Yo era demasiado pequeño para acompañarlos a estas sesiones sólo “para mayores de catorce años”, pero, al volver, me contaban lo que habían visto con las palabras que puede entender un niño de apenas cinco años. Hubo dos películas que me llamaron la atención. Se estrenaron en España, unos años después de que fueran filmadas. Una de ellas era La senda de los elefantes, la otra Cuando ruje la marabunta. Las dos se filmaron en 1954 y debieron llegar a España un par o tres de años después. De mayor, claro está, tuve la ocasión de ver ambas cintas. En la primera, una mujer se va a vivir a Ceilán a una plantación de té que se ve amenazada por hordas de elefantes sedientos y enloquecidos; en la segunda, otra mujer acude a la selva amazónica para casarse con el propietario de una plantación que resulta asolada por una plaga de hormigas asesinas.

Sería difícil encontrar animales tan opuestos como la hormiga y el elefante. Lo que es grande en el elefante, tiene su contraste en lo minúsculo de la hormiga; el paquidermo escasea sin haber disminuido su potencia, en cuanto al segundo es una especie que prolifera con miles de millones de individuos; los elefantes tienen larga vida, mientras que en las hormigas es breve; el elefante tiene una inteligencia -e, incluso, una memoria- individual, en cambio, la hormiga tiene una inteligencia colectiva.

A Salvador Dalí, con tendencia a apreciar instintivamente cualquier simbolismo, ya le habían llamado la atención ambas especies animales. Cuenta que, de pequeño, observó el caparazón de un insecto que había sido devorado por hormigas. En su neurosis obsesiva, Dalí veía en esto el símbolo de la muerte y también en del deseo sexual (sin duda, por la proliferación de hormigas que sugería la fecundidad de la reina). En sus sueños de adulto, Dalí empezó a ver elefantes zancudos, con patas largas, delgadas, frágiles, casi invisibles que portan pesadas cargas en su lomo y con la trompa levantada que, para él, sería también otro símbolo sexual, especialmente cuando, en sus creaciones artísticas, los hace acompañar de obeliscos.

Dalí había identificado dos símbolos esenciales para caracterizar nuestra época, solo que, en su obsesión freudiana, los había interpretado de manera errónea. Y, sin embargo, hormiga y elefante, por sí mismos, bastan para caracterizar nuestro tiempo.

Recordemos que, para René Guénon, el símbolo es la “expresión sensible de una idea”. Para que un símbolo pueda ser considerado como tal, es necesario que sea universal, esto es, fácilmente accesible a todo el mundo y perceptible de manera natural con sólo visionarlo una vez. El hombre occidental, en general, ha perdido el sentido de los símbolos: vive en un mundo de realidades tangibles. Una mesa es una mesa en tanto que tiene una tabla, cuatro patas y sirve para realizar sobre ella alguna actividad. Pero un círculo, en sí mismo, no representa ninguna idea tangible, en la medida en que expresa también la idea de lo que no tiene principio ni fin, lo que se cierra sobre sí mismo, o aquello cuyos puntos de los que está compuesto distan lo mismo de un centro, y cualquier otra característica simbólica, alude a algo “metafísico” que se sitúa de espaldas y por encima al campo preferencial en la que el ser humano actual desarrolla su vida, el mundo de lo “físico”.

El mismo Guénon aludía en El Reino de la Cantidad y los signos de los tiempos a la progresiva materialización (o solidificación) de la modernidad. En los tiempos en los que Evola y Guénon escribían sus obras (años 20-60 del siglo XX), todavía era posible encontrar individuos, incluso grupos organizados, que aspiraban a conocer el mundo que está “más allá de lo físico”. Pero hoy, estos sectores, se encuentran prácticamente desaparecidos y resulta difícil entablar conversaciones sobre “lo espiritual”, y mucho más encontrar verdaderos “maestros espirituales”, incluso, para la mayoría, resulta remoto hacerse una idea de lo que encierran conceptos metafísicos o cualquier cosa que no sea la pura materialidad. Parece como si un filón de la cultura se hubiera extinguido. En muchos casos, “lo espiritual” es reducido a lo psíquico o, incluso, a meras supersticiones o a doctrinas orientales malamente explicadas y peor enseñadas por gurús de medio pelo con ansias de utilizar lo “metafísico” para saciar sus necesidades tan “físicas” como inconfesables. Ya aludiremos más adelante a este orden de ideas; retornemos, por el momento al simbolismo de la hormiga y del elefante.

Nadie se sorprenderá si afirmamos que, de entre todos los animales, el elefante africano se lo más parecido a una apisonadora. Las manadas de elefantes, formadas por pocos individuos, asolan los territorios por los que pasan, abren caminos, arrancan árboles con sus trompas o, simplemente, embistiéndolos, y nada se resiste a su paso. Las legiones romanas temían a los elefantes que conseguían romper sus barreras de escudos sin inmutarse y tardaron en elaborar tácticas para contrarrestar su papel como punta de lanza de los ejércitos cartagineses.

Si tuviéramos que compara el elefante con algo existente en nuestro mundo, sin duda, podríamos hacerlo, sin forzar el simbolismo, con los “señores del dinero”, con las grandes acumulaciones de capital, con los fondos de inversión omnipotentes y omnívoros, y con las “dinastías económicas capitalistas”. En la modernidad, se hace y se deshace solamente lo que ellos quieren.  Contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, no constituyen una única fuerza, sino un mismo estado de espíritu, con los mismos objetivos, idénticos métodos e igual lógica, pero divididos en distintas manadas, incluso enfrentadas entre sí. Cuando una de estas manadas entra en acción, nada se resiste a su paso, no hay baluartes ni barreras que logren detener su avance. Porque el “elefante”, en forma de gigantescas corporaciones e inhumanas acumulaciones de capital, es, a fin de cuentas, la imagen simbólica que mejor corresponde a uno de los aspectos de la globalización y de la actual etapa del neocapitalismo.

Pero luego está el otro aspecto representado por la hormiga carnívora. Ésta no posee la fuerza del elefante, pero si la que le otorga el número. Allí donde va, también lo arrasa todo. Ver moverse a un termitero es contemplar el avance del “hombre masa”: en él no existe el pensamiento individual, sino reacciones colectivas, si el elefante es el rey de la fuerza bruta, la hormiga es el emperador de la cantidad, de lo indiferencia, de la masa de seres que discurren vorazmente hacia allí en donde pueden ser satisfechos sus instintos más primarios.

No es raro que las plantas de producción industrial se hayan desplazado hacia Oriente; allí, desde la noche de los tiempos, el mandarinato ha impuesto su esquema: la sumisión a los que mandan (hoy en forma de nuevos mandarines del Partido Comunista), el cumplimiento de un triste destino hasta la extenuación, la invasión de todo territorio en donde haya algo que esquilmar. Sería difícil no ver como un termitero a la República Popular China a donde han ido a converger mediante “deslocalización”, las manufacturas de buena parte del mundo. Allí es donde empleados anónimos, al servicio de los nuevos mandarines, comunistas y de la nueva clase empresarial, producen continuamente millones de objetos que se consumirán en todo el mundo. Los bajos costes de producción terminan arrasando la industria en cualquier otra parte del mundo y, para colmo, dado que en aquel país existen abundantes excedentes de población, se exporta carne humana en forma de emigración a todo el mundo. Hoy, en Cataluña, es más fácil encontrar un bar regentado por chinos que comprar una barretina y, cuando se encuentra, seguramente la venderá un badulaque propiedad de chinos…

De la misma forma que existen distintos tipos de hormigas carnívoras (las hay “guerreras”, las hay “exploradoras”, las hay “zapadoras”, además, por supuesto de la “reina”), en la humanidad los chinos no son la única marabunta presente en el escenario, el “hombre masa”, el consumidor compulsivo, aquel que es permeable a las sugestiones de la publicidad y, en general, todo aquel que se mueve en el universo del “look”, del “entertaintment”, del “advertising” y quiera hacerse un hueco preeminente como “influencer” en las redes sociales telemáticas y, precisa, mostrarse como poseedor de los últimos productos lanzados al mercado, constituye otra de las variedades de estos insectos.

Nuestro mundo está dominado por las grandes corporaciones y las grandes acumulaciones de capital -los elefantes- y por la producción dirigida por los nuevos mandarines y por el hombre-masa, el consumidor, esto es, por las hormigas. Hay pocas defensas posibles contra lo uno y contra lo otro. Se diría que los animales más enormes y los insectos más minúsculos se han conjurado para destruir el mundo. Los elefantes abren el camino al consumo, son aspiradoras de riqueza, su avance implica que cada metro devastado aumenta su poder y su influencia en las alturas económicas; las hormigas lo arrasan todo a su nivel, en lo bajo, en el día a día del “hombre masa”.

En lenguaje marxista, parece bastante claro que las corporaciones y los “señores del dinero” son las infraestructuras operativas que ponen en marcha las superestructuras en donde se encuentran los siervos del mandarinato y el hombre-masa. Sea como fuere, la acción de élites económicas irresponsables, de productores alienados y de consumidores integrados, están devastando la modernidad. Más aún, a poco que tengamos una edad superar a 40 años, nos será posible apreciar que la velocidad en la que se están produciendo tales devastaciones, va aumentando. Resulta impensable pensar que las transformaciones que se están produciendo en la modernidad, conseguirán estabilizarse en algún momento. La idea de “progreso” implica que, para “avanzar”, es necesario, como lo es para el ciclista, seguir pedaleando. Detenerse, supone caer. Pero seguir avanzando supone algo todavía peor, especialmente, si como está haciendo la civilización actual, por delante solamente existe un precipicio.

No es aquí el lugar para presentar lo que otros autores ya han hecho con particular brillantez: el proceso de decadencia del mundo y de inestabilidad creciente, es algo en lo que insistieron Julius Evola (que trazó la génesis de la decadencia en la segunda parte de su Revuelta contra el mundo moderno) y René Guénon (que sentenció el cumplimiento del destino fatal de nuestra civilización en La crisis del mundo moderno). No es cuestión de repetir sus análisis, sino de recordar sus sentencias y actualizarlas:

- Toda decadencia es un producto del alejamiento de lo espiritual y de períodos de materialismo que se van exasperando a medida que lo metafísico deja de estar en el centro de los valores y de los sistemas de organización social.

- Estamos llegando al final de un ciclo. La modernidad, no es la etapa intermedia hacia una “new age” de paz, amor y fraternidad universal, sino la última etapa de decadencia.

- Nuestra civilización no es eterna y el mundo basado en el paradigma newtoniano mecanicista, en los ideales de la revolución francesa, en la economía liberal llevada a sus límites extremos, y en el proceso producción-consumo, produce cada vez más desajustes a medida que avanzan las “revoluciones industriales”.

- La velocidad de caída no es uniforme: se está acelerando y esa aceleración es perceptible, no solo observando el inicio del actual ciclo (en 1945), ni siquiera desde las fechas claves de 1989 (Caída del Muro de Berlín e inicio de la globalización), 2001 (episodio de las Torres Gemelas), sino incluso va a ser visible en la década 2020-2030, dominada por la “cuarta revolución industrial” y el cambio tecnológico acelerado.

- Han dejado de existir “muros de contención”: la corrección política y el pensamiento único, ejercen un chantaje al que muy pocos parecen dispuestos a resistir. Por otra parte, incluso los grupos sociales que ejercían como representantes de los sectores burgueses y conservadores, se van deshaciendo como hielo bajo el sol: aristocracia, iglesias, moral, valores burgueses, etc.

Estando de acuerdo en estos puntos, la velocidad con la que avanza la modernidad, obliga a introducir algunos cambios de perspectiva en relación a los consejos que se podían leer en Cabalgar el Tigre. Evola sostenía que lo principal es “no dejarse impresionar” por las destrucciones a las que estamos asistiendo y Guénon, contextualizaba nuestra época dentro de la doctrina tradicional de los ciclos, explicando que “todo desorden parcial, no es más que un factor de un orden más general”.

Vale la pena recordar que las marabuntas de hormigas avanzan hasta que, finalmente, una ley de su especie, las detiene. Hoy se conocen los motivos, antes o después a las hormigas les fallan sus feromonas; están habituadas a seguir a la que tienen delante, pero si, en algún momento de la marabunta, se produce un error en la apreciación de las feromonas, las que siguen detrás, se limitan a imitar a las que van por delante, llegando a morir de agotamiento. También, un hormiguero muere cuando muere su reina. Y ésta, como nada de lo que existe en este mundo sublunar en eterno. Así mismo, es relativamente frecuente presenciar “guerras de hormigueros” que enfrentan a ejércitos opuestos y dejan decenas de miles de cadáveres en el suelo: porque las hormigas, como los humanos, también se destruyen a sí mismas. Finalmente, en los casos extremos, la única manera de detener una marabunta -y tal como suele detenerse- es mediante el fuego, utilizando lanzallamas o gasolina inflamada.

En cuanto a los elefantes, en África se conoce el emplazamiento de “cementerios” de estos paquidermos. Su última senda les conduce hasta allí. Hasta el último momento van arrasando los territorios por los que pasan, intuyen que van a morir, están viejos y cansados, pero siguen avanzando, hasta que, en un momento dado, al llegar al “cementerio”, se desploman. El elefante ha muerto de forma natural. Y, claro está, también puede ocurrir, como de hecho ocurre con frecuencia, que sean cazados, no como deporte sino por el marfil de sus cuernos. También aquí podemos ver en esto el simbolismo de aquel que acumula y lleva consigo un bien codiciado por otros, que se convierte en causa de su muerte.

Hasta las especies que parecían invencibles -una por la fuerza y el tamaño de sus individuos aislados y la otra por la masa y la agresividad depredadora- desaparecen. Sus trayectorias nos parecen perífrasis simbólicas excepcionalmente ajustadas a la realidad para describir nuestro mundo y la perspectiva de su final. El propio sistema creado por el neoliberalismo globalizado y mundialista, con sus elefantes y sus hormigas simbólicas, puede desaparecer como lo hacen estos seres de la naturaleza.

*     *     *

Las observaciones realizadas hasta aquí justifican el trabajo que nos hemos propuesto:

- analizar con detalle y prever el desencadenamiento, el alcance y el colapso de los elementos de la modernidad surgidos con posterioridad a Cabalgar el Tigre (1961) y con especial atención a los que pueden preverse en la “cuarta revolución industrial”.

- prever las características que puede revestir el “final de la última parte” de este ciclo de la decadencia en el que estamos embarcados, añadiendo algunos consejos complementarios a los aportados por Evola en la citada obra.

(continuará)

 

jueves, 28 de febrero de 2019

365 QUEJÍOS (282) – DALI FRENTE A FREUD


La generalidad de Cataluña no ama a Salvador Dalí. El mejor pintor catalán del siglo XX está prácticamente ausente de la tierra que le vio nacer… salvo en Figueras y gracias a la herencia que él mismo dejó. Dalí está enterrado hoy en el Teatro Museo de Figueras cerca de los urinarios… La idea fue del alcalde de la población (CiU) que, contrariamente a lo que Dalí había dicho siempre sobre su deseo de ser enterrado en el castillo de Púbol, comunicó que el pintor le había dicho a él en conversación privada, 52 días antes de su muerte que quería ser enterrado en Figueras… La pequeña población recibe cada año, entre 1.500.000 y 2.000.000 de visitantes que dejan una media de 5.000.000 de euros. Pero si Salvador Dalí debió soportar una vez muerto, el sectarismo y oportunismo de CiU, toda su vida estuvo determinada por la influencia de Freud y del psicoanálisis que pesó como una losa, no tanto en su obra, como en su psicología y comportamientos. Esta es la historia de la influencia más nefasta que recibió el pintor de Cadaqués…

Freud murió sin comprender por qué los surrealistas estaban tan interesados en su obra. Dalí, fue de todos ellos, el único que le impresionó verdaderamente. Como el discípulo de los cuentos esotéricos que desea ser admitido por un maestro de sabiduría, Dalí debió de llamar tres veces a la puerta del Doctor Freud ­«mis tres viajes a Viena fueron como tres gotas de agua, faltas de reflejo que las hiciera brillar», había escrito­ antes de ser recibido por éste en 1938. Deseaba verlo desde que en 1924 leyera La interpretación de los sueños en la Residencia de Estudiantes, «uno de los descubrimientos capitales de mi vida» explicó; creyó encontrar en esta obra la razón de ser de sus paranoias. Por entonces, era todavía un ilustre desconocido, sin medios para atravesar media Europa y llegar a la antesala del venerable anciano. Cuando pudo alcanzar la ciudad de los valses, Freud estaba aquejado de un cáncer de mandíbula y no pudo recibirlo. La enfermedad de Freud no dejaba de agravarse desde 1922, así que, en dos ocasiones más, Dalí tuvo que contentarse ­y no era poco para él­ con contemplar los cuadros de Vermeer de Delft incluidos en la colección Czernin. Finalmente, en 1938, poco después de que Freud eludiera de la ocupación alemana de Austria y se expatriara en Londres, ambos se conocieron a instancias de Stefan Zweig.

Freud se convirtió en una obsesión, aparecía en sus sueños, e incluso le acompañó imaginariamente en su recorrido por Europa; en Francia, durante una comida, vio su rostro en el caparazón de los caracoles que tenía en el plato y así advirtió que «el inventor del psicoanálisis ya no tenía secretos morfológicos para mí. Su cráneo era un caracol»... Y en Vida Secreta insiste en la misma obsesión: «Mientras cruzaba el patio del anciano profesor vi una bicicleta apoyada en la pared y sobre la silla, atada con un cordel, había una roja bolsa de goma, de las utilizadas para el agua caliente, que parecía llena, y sobre la bolsa ¡se paseaba un caracol! La presencia de éste parecía extraña e inexplicable en el patio de la casa de Freud». En 1938, después de la entrevista pintó cuatro retratos del psiquiatra, tres con tinta china y el cuarto al guache. Uno de ellos, el que hoy se encuentra expuesto en la «Edward James Foundation» de Gran Bretaña, está inspirado precisamente en esa morfología de caracol10. Estos retratos aparecen en el período surrealista más duro de Salvador Dalí, cuando, a despecho de la disputa con André Bretón, jefe de filas de la vanguardia artística, afirmó «El surrealismo soy yo»...

La entrevista entre Dalí y Freud distó mucho de ser un encuentro entre genios. El psiquiatra vienés, desde su entrevista con Breton y Eluard en 1923, tenía prevenciones contra el movimiento surrealista y contra sus surrealistas. Dalí estaba avalado por el escritor Stephan Zweig y fue acompañado por éste y por el poeta Edward James (inmortalizado en una serie de fotos de Man Ray, que luego interpretó René Magritte de manera espectacular), mecenas de Dalí que, dotado de una personalidad muy compleja, deseaba ser psicoanalizado por Freud.

http://eminves.blogspot.com/2017/11/en-esta-obra-de-225-paginas-se-engloban.html

El diálogo fue imposible: Dalí acudió con la obsesión de conocer la opinión de Freud sobre un artículo suyo dedicado a la paranoia, pero Freud, esa tarde, no tenía muchas ganas de leer y por tres veces rechazó la lectura del texto. Durante largos e interminables minutos ambos se miraron a los ojos fijamente («nos devorábamos mutuamente con la vista», escribió luego el pintor). A pesar de la insistencia de Dalí, no hubo forma de que Freud abordara las cuartillas. Años después, el pintor reconoció que no había estado particularmente inspirado aquella tarde; se mostró petulante y falsamente intelectual; con todo, Freud rectificó en parte su opinión sobre el surrealismo; al día siguiente de la entrevista, escribió a Stephan Zweig: «Tengo que darle mis más efusivas gracias por la presentación del visitante de ayer. Hasta ahora estaba inclinado a considerar a los surrealistas (...) necios ciento por ciento (...). Este joven español, con sus ingenuos ojos fanáticos y su perfecta maestría técnica, me ha hecho cambiar de concepto. Sería muy interesante explicar analíticamente el desarrollo de un cuadro como ése». Se refería a LAS METAMORFOSIS DE NARCISO. De aquella conversación, Dalí retuvo sobre todo una frase de Freud: «En las pinturas clásicas busco lo subconsciente; en una pintura surrealista, lo consciente». Las teorías de Freud se adaptaban sorprendentemente bien a la compleja ecuación personal de Dalí... lo cual no implicaba, necesariamente, que fueran ciertas.

La vida sexual de Dalí, desde su adolescencia, estuvo repleta de obsesiones paranoicas; en la medida que el freudismo intentaba explicar en qué forma la sexualidad era una infraestructura que afectaba en todos los órdenes de lo cotidiano, el pintor se interesó por él como instrumento de reflexión sobre sí mismo; el freudismo proporcionaba respuestas a los porqués de su carácter, respuestas que, ante la ausencia de cualquier otra, aceptaba como buenas. En los años 70, Dalí verdaderamente necesitó tratamiento psiquiátrico para superar sus crisis anímicas y depresiones internas.

La lectura de Freud ­a quien Dalí colocaba a la misma altura de Paracelso, Lulio o Della Porta, como «alquimista de la mente», impulsó al pintor a analizarse a sí mismo de manera implacable y, a nuestro juicio, errónea. Puede decirse que el freudismo tendió a complicar su, ya de por sí, complicada ecuación personal y le indujo a seguir caminos erróneos en el conocimiento de sí mismo. La situación familiar de Dalí era susceptible de explicarse en clave freudiana: menos de una semana después de la muerte de su hermano, con el recuerdo del óbito reciente, sus padres lo habían engendrado; el hecho de que su hermano mayor muerto se llamara igualmente Salvador; las proyecciones edípicas arraigadas antes de la muerte prematura de su madre y el hecho de que su padre esposara a la hermana de la fallecida, su cuñada, que pasó a ser madrastra, pero nunca aceptada como tal, sino llamada por Dalí y por su hermana Ana María, «la tieta»; su expulsión de la familia por parte del padre tras conocer que el pintor había faltado al respeto a su madre muerta, la «proyección de la imagen del padre» en objetos, insectos e incluso en su hermana; su sexualidad completamente anómala y pusilánime, con la convicción, arraigada desde niño, de que el acto sexual  ­tanto hétero como homosexual­ era una práctica que exigía un esfuerzo superior a su capacidad, su terror desmesurado a contraer una enfermedad venérea y el conflicto entre su deseo de gozar y su miedo a la muerte ­problemática Eros–Thanatos­ que le fue avivado por García Lorca, verdaderamente obsesionado con la idea de morir... todo esto era excepcionalmente fácil interpretarlo en clave freudiana. 

Para colmo, el énfasis colocado por Freud en el estudio de la niñez, período en el cual juzgaba que se encontraban inscritas las impresiones que luego condicionarían la vida del sujeto, le llevó a Dalí a pormenorizar sus recuerdos infantiles y atribuirles una importancia desmesurada que reaparecería, casi constantemente, a lo largo de toda su vida: la visión del asno muerto que los campesinos de Cadaqués colocaban en los campos dejándolo pudrir para así abonar la tierra, o del hidrocéfalo que veía en Figueras, el impulso a besar los dientes de un asno podrido, los alaridos de los animales sacrificados en el matadero ante su casa, la ocultación de su sexo entre las piernas ante un espejo a los seis años, y un largo, muy largo etcétera que Dalí describe detalladamente en sus cuadros, libros teóricos, poemas, diarios y novelas, demuestra hasta qué punto su reflexión sobre sí mismo había sido minuciosa y de qué manera había interpretado sus recuerdos en clave freudiana... 

En su relato autobiográfico Confesiones Inconfesables, escrito a una edad ya madura, reconoce la utilidad de su constante mirada atrás: «Fue durante mi infancia cuando se forjaron todos los arquetipos de mi personalidad, mi obra y mis ideas. El inventario de este material psicológico es, por tanto, imprescindible». Si hemos de creer al pintor, la rememoración de los acontecimientos más importantes de su infancia, se remonta hasta el período intrauterino del que recuerda «la viscosidad de esperma y clara de huevo fosforescente». Incluso en muchas ocasiones fue fotografiado en posición fetal, incluso en tomas no preparadas; cuando lo eran, Dalí quería dramatizar su regresión al estado primario de la creación, idea también extraída del arsenal freudiano. Freud nunca desaparecerá totalmente del universo daliniano.

Algunas de sus últimas pinturas realizadas en 1983 representan violines en los que destaca la abertura de la caja, una S, inicial de Salvador, igualmente, signo matemático de integración, pero también, reminiscencia freudiana. Su obsesión por los violines venía de lejos. Dalí en sus memorias cuenta que conoció en Figueras a un niño que tenía un violín, esperó pacientemente el momento oportuno para destrozarlo de un puntapié. El niño lo persiguió hasta alcanzarlo; Dalí optó por arrodillarse, pedirle perdón y ofrecerle 25 pesetas para compensarlo; pero el niño lo golpeó hasta que los gritos fueron oídos por un maestro. Dalí explicó que había destrozado el violín para demostrar la superioridad de la pintura sobre la música. El profesor no le castigó y el pintor, a partir de este episodio dedujo lo beneficioso de dar una explicación ingeniosa, por grotesca que pudiera parecer.

Ahora sabemos que el freudismo era sólo una sugestión de la época ­–como el mesmerismo o la frenología lo fueron antes y como son ahora las ideologías de género– en la que se buscaban respuestas que el médico vienés efectivamente daba, pero en función de una selección arbitraria de datos y de una teoría con pretensiones científicas, mal construida pero bien envuelta. Haber asumido el psicoanálisis como filtro para la observación de sí mismo, constituyó, tanto en Dalí como en el grueso del surrealismo, un verdadero lastre. Buena parte de las pesquisas y experiencias de esta vanguardia artística ­a la que el pintor se adscribió entre 1929 y 1938­ fueron frenadas, desviadas y unidimensionalizadas por el pansexualismo freudiano que supuso un corsé para la investigación surrealista, más que un soporte, tal como creían Dalí y, por supuesto, André Breton. Ana María Dalí en su libro de recuerdos –Dalí visto por su hermana– culpaba a los surrealistas del cambio de carácter de su hermano (finales de los años 20), pero cometía un error de bulto: no fueron los surrealistas los culpables de tal mutación, sino que ésta fue preparada por la lectura de Freud  realizada por Dalí y que siete años antes habían experimentado André Breton y los suyos. Existían otras muchas vanguardias artísticas en la época, pero solo una ­el surrealismo­ tenía al psicoanálisis por dios y a Freud por su profeta. Freud fue el principal camino a través del cual Dalí llegó al surrealismo. El freudismo fue, en gran medida, la «madre de todas sus locuras».

http://eminves.blogspot.com/2013/02/dali-entre-dios-y-el-diablo.html